Misa exequial de una parroquiana.

Homilía para la Misa exequial de Victoria Marcone

Estamos de duelo, estamos tristes. Se nos ha muerto una feligresa que para algunos era madre, abuela, bisabuela, pariente, una amiga, un vecina del barrio que había conquistado nuestro aprecio, su relación con esta Iglesia de santa Inés todos la conocemos, y yo en estos cuatro años que estoy aquí he percibido la profunda religiosidad y he percibido la entrega y donación para nuestra Iglesia. Victoria ha vuelto a la casa del Padre. Hacía tiempo que sabíamos que su salud, a causa de sus años, estaba muy débil, y ya veíamos la hermana muerte, como decía san Francisco, cercana. Y cuando hemos sabido que le había llegado su hora nos hemos propuesto acompañar sus restos mortales y estar al lado de sus familiares que tanto la extrañarán.

Y aquí estamos. Terminamos de escuchar unas palabras de un hombre al que le preocupaba como a nosotros la muerte. Vivió hace casi dos mil años: Pablo de Tarso. Con su estilo característico nos acaba de decir unas cosas de las que en buena parte estamos convencidos, pero que por otra parte tenemos que hacer un esfuerzo muy grande -un esfuerzo de fe- para aceptarlas y entenderlas un poco.

San Pablo nos ha venido a decir que tarde o temprano todos moriremos, sin ninguna excepción. Cuando una persona ha podido vivir tantos años como Victoria, es como un consuelo humano para los que la querían, para los que durante años y años han gozado del calor de su compañía. No todos pueden llegar a la edad de nuestra hermana.

Pero por otra parte cuando se llega a esta edad, imagino que uno mismo desea la muerte, aunque lo quiera disimular. Querés vivir, pero el no poder hacer aquello que querrías, a causa de la enfermedad, tener que depender casi siempre de los demás te va preparando a desear, aunque la temas, la muerte. Todo esto, mirando así humanamente, nos lo recordaba san Pablo: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo”. Es decir, todos sin excepción moriremos un día u otro. Una persona que tuvo una gracia muy particular, Lucia la vidente de Fátima, que murió casi con 100 años, escribía: “nadie quiere morir, pero cuesta mucho ser viejo”, precisamente por experimentar las limitaciones de la edad.

Pero esto que es tan evidente para cualquiera, los cristianos lo miramos desde otra perspectiva, desde la fe. Ampliamos la profundidad de esta visión humana. No vemos sólo un primer plano de una mujer que ya ha muerto y que nada se puede hacer para devolverla a la vida. Nuestra fe nos revela, nos quiere hacer ver que los deseos de vivir que ella tenía no son en vano, no han sido frustrados. Que la Vida (con mayúsculas) triunfa sobre la muerte. Que por más que ahora nos dispongamos a enterrar los restos de Victoria, su vida no cabe en la bóveda.

Su vida tiene una coronación, un desenlace que la liturgia lo nombra con tres expresiones: el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. Sólo cabe al lado de Dios. Es lo que nos quería decir san Pablo: “si se destruye esta tienda corporal, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene duración eterna en los cielos“.

Como ven, san Pablo utiliza una imagen que para muchos puede resultar familiar. Hay mucha gente que ha tenido que dejar sus tierras, su casa, para ir a ganarse la vida a otras tierras, a veces en el extranjero, cómo no pensar en la Italia natal. Allí viven de modo provisional, en una casa que tal vez se han arreglado un poco, pero que no sienten como su casa. Para ellos “en casa” quiere decir la que han dejado, la de su niñez, la de sus padres. En el país que los recibe ellos trabajan sin desanimarse y se construyen una casa, con la nostalgia de la primera, tienen hijos y familia y esta ya es también su casa, pero la nostalgia de aquella queda. El creyente de verdad es el que mira la vida presente de esta manera. Vive trabajando con todas sus fuerzas para arreglar este mundo, para hacerlo más hermoso, más acogedor, más humano, para poder encontrarse mejor en él el tiempo que tenga que estar. Pero sabiendo que su tierra, su casa definitiva no está aquí. Que un día tiene que salir de ella. Que la vida para él no se acaba con la muerte. Que al morir hará como el emigrante que vuelve a la casa paterna donde le espera el Padre para darle un fuerte abrazo. Esto es lo que como creyentes creemos que ha pasado ya con Victoria que nos ha dejado, el Padre la ha recibido en la casa definitiva, en su morada, y allí con María santísima y sus seres querido, nos agradece haber compartido tantos años con nosotros, sabiendo que los vínculos no se cortan, en la comunión de los santos estamos cerca de nuestros difuntos, estando cerca de Dios tenemos una comunión más límpida que la que tenemos aquí.

Al encomendar a Victoria a la misericordia de Dios, con esta misa en sufragio, le agradecemos al Señor lo que ella significó y nos dio, lo que hizo por sus familiares y por la Iglesia, y pedimos por su purificación y su descanso eterno. Amén.

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