16 de julio.

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Homilía XV Domingo durante el Año A

La agricultura o la jardinería pueden ser una buena escuela de paciencia, de confianza y de abandono. Una vez que se ha trabajado el suelo, se han depositado allí las semillas y se ha regado, no se tiene más que esperar con paciencia. Durante un primer tiempo no hay ningún medio para saber de modo cierto si la semilla crecerá o no. Después no se puede saber hasta dónde crecerá la semilla. Se puede actuar de diversas maneras sobre las condiciones que favorecen el crecimiento, pero no se puede intervenir de ningún modo en el proceso mismo de crecimiento. Teniendo esto presente volvamos, ahora, a la lectura del Evangelio de hoy.

Los profetas de Israel así como Jesús hablaban a un pueblo compuesto en su mayor parte de granjeros y de pescadores. Por eso, cuando querían hablar del Reino de Dios, utilizaban imágenes y parábolas vinculadas a la vida y al crecimiento.

En la primera lectura de hoy, el profeta Isaías compara la Palabra de Dios a la lluvia que abreva la tierra y la fecunda y no vuelve a Dios sin haber cumplido la misión para la que fue enviada, es decir, hacer germinar la semilla y procurarle el pan al sembrador. Y en el Evangelio Jesús compara esta Palabra con una semilla.

Una cosa destacable, en el Evangelio de hoy, es que no se tiene solamente una parábola, sino a la vez la parábola y su interpretación. Eso es muy inusual, ya que el uso clásico de la parábola implicaba una técnica según la cual el rabino, o el maestro, llevaban a cada oyente a sacar sus propias conclusiones de la parábola. Es por eso que los exegetas y los comentadores son bastante unánimes en pensar que la segunda parte de nuestro Evangelio de hoy – es decir la interpretación – no es de Jesús mismo sino que representa la interpretación de la Iglesia primitiva, tomada seguramente de otras enseñanzas de Cristo. Por otro lado sabemos que la gracia de la inspiración, en los escritores sagrados, no anula sus recursos lingüísticos, semánticos y morfológicos-

En el texto de Mateo, esta parábola, sigue inmediatamente el relato donde los miembros de la familia de Jesús querían agarrarlo y llevarlo a la casa, porque pensaban que había perdido la cabeza. Esta parábola es en realidad una reflexión de Jesús sobre su ministerio. Su Palabra – la Palabra de Dios – es recibida de diversos modos. En ciertas personas, encuentra un corazón de piedra y no crece en absoluto; en otras, se cree con dificultad, pero crece sin embargo. Y cuando haya alcanzado su pleno crecimiento, será el Fin. En resumen, se trata de un mensaje de esperanza.

Cuando esta parábola era proclamada en la Iglesia primitiva, se añadió a ello una interpretación que le fue atribuida a continuación a Jesús. Y, de modo sorprendente, ha habido un deslizamiento de acento de la semilla hacia el suelo. Toda la atención – y la preocupación – de Jesús se ponía sobre la semilla misma, es decir sobre el Reinado de Dios. Para los primeros cristianos, la preocupación se vuelve gradualmente aquella de ser una tierra tan buena como posible para recibir esta semilla.

Tal preocupación era evidentemente legítima y encontraba un cierto fundamento en la parábola misma, tal como había sido contada por Jesús. Pero este deslizamiento muestra a pesar de todo bastante bien nuestra tendencia humana a estar preocupados más por nosotros mismos y del modo en como recibimos la Palabra de Dios, que de la Palabra misma. ¡Jesús se preocupaba por la Palabra! Y su mensaje es precisamente que incluso a pesar de nuestro endurecimiento y nuestra falta de cooperación, la semilla del Reino crecerá hasta su plena medida.

La razón de este deslizamiento en el objeto de nuestra preocupación es probablemente nuestro miedo innato al sufrimiento. Pablo, en su Carta a los Romanos, nos recuerda, que todo el sufrimiento cuya experiencia podemos hacer no es más que un elemento del proceso de crecimiento hacia la plenitud del Reino de Dios en nosotros. Se trata de los dolores normales del parto.

Es curioso como encontramos fácilmente toda clase de buenas razones y de pretextos para protegernos de la dolorosa realidad del crecimiento y refugiarnos en la actividad más segura de preparar el suelo. Nos sentimos más seguros cuando nos preocupamos de labrar el suelo, de arrancar las malas hierbas, de poner la tierra de diversos modos. «Hacemos» algo y esperamos una recompensa por lo que hacemos. Todo eso es bueno y necesario. Pero el Evangelio y Pablo nos recuerdan otra dimensión: la necesidad de esperar con paciencia mientras la semilla llega al tiempo del crecimiento; la necesidad de hacer la experiencia de muerte de la semilla sin estar seguros de si verdaderamente echará raíz, sin saber hasta qué punto crecerá. No controlamos el crecimiento. Y eso es penoso. Es penoso tanto el proceso de crecimiento como el hecho de no poder controlarlo. Por eso todo el tema de los pequeños en el Evangelio, sin ser pequeños no es posible recibir el Reino.

Un tema que no quiero dejar de señalar es el comentario que hace Jesús, acerca de por qué habla en parábolas con los judíos. Allí cita un texto de Isaías dónde se habla de la dureza del corazón: tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan… Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. ¿A qué se refiere? Hay una expresión que vamos a entender bien: No hay peor sordo que el que no quiere oír. Cerrarse cuando uno puede entender. Y ¿por qué se le quitará hasta lo que tiene? Porque lo que tiene es falso y deforma la realidad y la desordena, y aunque haya algunas percepciones verdaderas existe en lo profundo el deseo de no entender, y este es el único obstáculo definitivo a la Palabra. Los otros obstáculos se superan, porque lo importante no es lo que hacemos nosotros para que crezca, lo importante es ella que crece.

Conscientes de la necesidad de prácticas ascéticas, de la necesidad de trabajar el jardín de nuestro corazón y de regar en él las plantas, no olvidamos volver a lo que, para Jesús, es lo más importante: la Palabra de Dios, la semilla depositada por el Padre en la humanidad; y que nosotros no tengamos ojos u oídos que no quieren ver y escuchar, sino que esperemos con confianza su crecimiento en cada uno de nosotros y en toda la humanidad. Aceptemos también pasar a través de los sufrimientos que forman parte de tal nacimiento y de tal crecimiento. Que María nos ayude a tener paciencia y nos acompañe con su intercesión.

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