17 de septiembre.

Lecturas del Domingo 24º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (27,33–28,9):

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (14,7-9):

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (18,21-35), del domingo, 17 de septiembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor

Homilía para el XXIV domingo durante el año A

Las escuelas rabínicas pedían a sus discípulos perdonar a sus parientes, mujeres, hijos e hermanos, un cierto número de veces, y este número variaba de escuela en escuela. Pedro quiere saber cuál es la “tarifa” aplicada por Jesús. ¿Es más severa que aquella de la escuela que pedía perdonar hasta siete veces a un hermano que había ofendido?

Jesús responde con una parábola que hace salir a la persona de este sistema de tarifas y la invita a imitar el perdón de Dios. San Mateo subraya, por otra parte, la diferencia increíble entre los diez mil talentos y los cien denarios (un poco como la diferencia entre la paja y la viga en el ojo (cf. Mt. 7, 1-5), para mostrar la diferencia infinita que separa las ideas humanas sobre el deber y la justicia de las de Dios.

Ya el Antiguo Testamento nos mostraba al Señor como un “Dios de ternura y de compasión, lento a la ira y lleno de amor, que permanece fiel por mil generaciones”. Este amor sin límites no significa sin embargo indiferencia en relación con el pecado. Cuando su pueblo peca, el Señor se llena de cólera; pero también entonces muestra su misericordia llamando a su pueblo a la conversión.

Toda la vida de Jesús, sobre todo su muerte en la cruz, fue igualmente un ejercicio de misericordia sin límites. Por donde pasaba, Jesús esperaba al hijo pródigo. No había venido para los que se creían justos, sino para los pecadores que se arrepienten. Él busca a estos últimos como un pastor busca una oveja perdida, como una mujer busca su última moneda de plata que perdió. Algunos parecen ser objetos privilegiados de su misericordia, especialmente en san Lucas. Son los pobres, las mujeres, los extranjeros –todos aquellos que estaban excluidos o rechazados por una u otra exclusión.

La parábola narrada por Jesús en el Evangelio de hoy supone una teología de tiempo presente, que es el tiempo de la Iglesia –un tiempo que nos es dado para la conversión. Así, el deber de perdonar, Mateo, lo pone en un contexto escatológico. Los últimos tiempos vendrán bajo la forma de un año sabático (Deut. 15, 1-5), durante el cual Dios condonará la enorme deuda de la humanidad y ofrecerá la justificación. Algunos empero rechazarán este don y se condenarán solos a la infelicidad sin fin.

Podríamos decir que estamos en un tiempo de “probation” o de “libertad condicionada”. En nuestro derecho actual tenemos, en la mayor parte de nuestros países, la noción de “probación”, correspondiente en este caso a una suspensión provisoria y condicional de la pena de un condenado, condicionada a una verificación y medidas de control, así como referidas a un servicio social.

Ahora, en el relato de esta parábola, el hombre se encuentra situado entre dos juicios (versículos 25-26 y 31-35). El primer juicio se concluyó con un perdón de la deuda. El segundo juicio dependerá del modo en cómo se utilice el tiempo entre ambos juicios. El hombre será definitivamente perdonado y justificado si utiliza “el tiempo de probación que le fue concedido para perdonar a su vez y hacer justicia. La vida cristiana es una suerte de tiempo de probación o libertad condicionada. Nosotros fuimos absueltos de nuestras culpas. Esta absolución debe sin embargo ser ratificada al fin de nuestra vida en este mundo, y lo será solamente en la medida en que habremos nosotros mismos ejercido el perdón en relación a los otros.

Las últimas palabras de la parábola: “es así que hará mi Padre celestial, si cada uno no perdona a su hermano de todo corazón”, esto nos recuerda el pedido que hacemos cada día en el Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Entre los diversos caminos que conducen al descubrimiento de Dios, uno de los más importantes es la experiencia que el hombre pecador hace de la misericordia de Dios. Pero el perdón que hemos recibido no permanecerá a menos que nosotros también hayamos perdonado.

Que la Virgen santa nos ayude en esta tarea.

 

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14 de septiembre.

EXALTACIÓN DE LA CRUZ

Primera lectura

Lectura del libro de los Números (21,4b-9):

En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo.»
El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes.»
Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: «Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla.»
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 77,1-2.34-35.36-37.38

R/. No olvidéis las acciones del Señor

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado. R/.

Cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor. R/.

Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza. R/.

Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor. R/.

Como es fiesta, y no es domingo se elige entre la lectura anterior o la siguiente:

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,13-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

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“Exaltación de la Cruz” será mejor que para nosotros no signifique elevación, sublimación en vagas nubes de gloria, sino, al contrario: “humillación de la Cruz”, mirada cara a cara a la dura realidad de lo que fue esa cama de muerte del Hijo de Dios. Ya nos hemos acostumbrado a la cruz, y hasta hay quien gusta de interpretarla como signo abstracto, casi como el “más” de los matemáticos, como “cruce de infinitos”, etc. Pero para los primeros cristianos, la cruz era todavía algo tan horroroso que tardaron mucho en representar a Cristo clavado en ella (fue, recordémoslo, en la puerta de madera de Santa Sabina, en Roma). Porque, ¿que era la cruz? Lo que más se le parece ahora es la horca (una horca, en su forma, viene a ser una cruz manca). Pero en España eso nos dice poco: pensemos en el garrote vil (otros pueblos pensarán en la guillotina, en la silla eléctrica, en la cámara de gas; nunca en el piquete de ejecución que, después de todo, tiene algo de honor militar). Pero, además, añadamos el lento suplicio a la ejecución: un suplicio gratuito, no para obtener declaraciones, a la manera moderna (y antigua), sino para hacer lenta y desgarradora la agonía. No entremos a preguntar detalles a los historiadores: si el reo era clavado antes por las manos al palo transversal, y éste elevado con cuerdas —como con las reses muertas, pero en vivo—, etc. Nos basta con saber: horas de tortura para morir, como los peores bandidos, para quienes quitarles la vida en un momento se hubiera considerado escaso castigo.

 Es frecuente —se dirá— el caso de fundadores políticos y religiosos que murieron “ajusticiados”. En nuestra época no nos es muy difícil imaginar que el Hijo de Dios se hubiera dejado fusilar (eso imagina Faulkner en su extraña reviviscencia de Una fábula). Pero de haber nacido en nuestra época, el hecho de que hubiera muerto agarrotado, con dos granujas cualquiera —”A éste por ladrón”, “A éste por subversivo”, “A éste por ladrón”—, eso rebasa lo que podríamos esperar (a pesar de que nuestro siglo nos ha desengañado mucho de las justicias humanas y sus castigos). Ahora tenemos cruces al cuello y en las paredes, pero, ¿no nos hubiera escandalizado este artefacto de ejecución de haberlo conocido como tal antes de contar con Cristo? Quizá alguna vez, leyendo muertes de mártires —con refinadas torturas de ruedas de cuchillos, calderas de aceite, desolladuras— hemos pensado que Jesucristo aceptó una muerte sencilla, casi fácil. Sencilla, sí, pero la peor. Una muerte corriente, de código penal, sin ningún artilugio inventado para el caso, con el procedimiento vulgar; una “muerte en serie”, como diría Rilke, igual que un traje de almacén, pero el más sucio y roto entre tantos iguales, para redimir la muerte de todos. Porque ya venía del tormento, refinado a fuerza de estúpido, de los soldados, que ni siquiera le odiaban como los judíos, y para quienes era un anarquista chiflado a quien azotaban para ver si así se podía cerrar el expediente, y a quien abofeteaban sólo por pasar el aburrimiento en el cuerpo de guardia, por vengarse de sus “horas extraordinarias” de servicio. Y de ahí —a petición de los suyos, no por deseo de los ocupantes extranjeros— a una muerte de delincuente común, con su palo como un poste de tormento, para que todos descargasen en él su golpe: unos, los celos, ya tranquilizados, de perder el poderío religioso —y ésos darían más fuerte, para acelerar la muerte, y con ella su propio sosiego—; otros, echándole encima su desengaño político de conspiradores ambiciosos, despechados porque sus afanes de mando se hubieran esfumado en redención de espíritu.

 A la vez que aparato de muerte, la cruz fue para Cristo picota de vergüenza. Para eso se ponían las cruces en alto; para “dar ejemplo” y permitir la burla y el salivazo. Pero seguramente ningún reo tuvo tal tempestad encima de insultos y manchas. Los ladrones, a los lados, aun con todos sus dolores, todavía se asombraron, sin comprender: el uno le increpó, el otro le defendió. De cruz a cruz se hizo un extraño diálogo, más allá de la vida y el mundo: el pobre agonizante de en medio prometía la gloria eterna al otro agonizante que creía en su inocencia. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era una piltrafa, con la cara tapada por hilos de sangre de las espinas y por las huellas de las bofetadas; su cuerpo parecía vestido por millares de líneas de azotes; sobre su desnudez, un papelón anunciaba, con burlona seriedad: “Fulano de Tal, rey del país”.

 Estaba ronco de sed, pero el vino con hiel era peor que la sed; alrededor, todos se le burlaban, jaleaban su agonía, le escupían. Pero Jesús, todavía en el potro, ganaba y se llevaba un compañero de tormento.

 “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz” (Gal. 6, 8), leemos en la misa de hoy. Y de otro lugar, recordamos el mandato para salvarse: “tome cada uno su cruz, y sígame”. Pero pensamos en algo extraordinario, en un peso que, hasta en su misma forma, sea un testimonio de Dios, con su recuerdo y su consuelo aún en el dolor. Y, sin embargo, nuestra cruz es lo vulgar, lo de siempre; nos la tiene preparada la vida, y no se distingue de lo humano: está hecha con la madera misma de nuestro ser. La llevamos de todas maneras encima, pero se hace de Cristo cuando, en vez de odiarla, la aceptamos para ir detrás de ÉI. La vida, más o menos cruelmente, antes o después, nos crucifica también. Pero podemos volver la mirada al que más sufre clavado sobre nuestro mismo tormento de muerte, y confesar: “A mí me está bien empleado, pero, ¿y a éste, que no hizo más que querernos bien?”

 Mientras llevamos la cruz invisible, alrededor florecen las cruces. ¡Qué extraño! Todos los emblemas suelen ser signos de gloria, o atributos de trabajo, o alusiones convenidas. El símbolo de Cristo es un esquema de muerte vil; de toda su misión en la tierra eso es lo que mejor le representa, la clave rápida para no olvidar y reconocer, justamente la mayor humillación, la peor vulgaridad.

 Basta un leve gesto, casi un azar, cualquier cosa, para una cruz. Un viajero inglés del siglo XVII contaba de los españoles: “algunos, si ven en el suelo dos pajitas cruzadas, se arrodillan y las besan en el mismo polvo”. Muy bello es, pero no es ésa la obediencia de que Cristo nos daba ejemplo. Esa es la obediencia invisible, que no rompe una línea de vida como un intermedio extraordinario; en otro sentido: es la sumisión a lo que nos toque, la renuncia a que nuestra voluntad sea algo aparte de la de Dios. Es el andar por la vida sin apego a lo que —con todo amor— hacemos: cuidando nuestros hechos, pero dispuestos a dejarlos en cuanto tiren para el otro lado de Cristo, y dispuestos a seguirlos amando también cuando se nos vuelvan dolor y fatiga sobre los hombros, y no podamos quitárnoslos de encima. Cuando nos dicen “obediencia”, parece que lo oímos siempre como a través de nuestros oídos de niño: “haz esto”, haz aquello”, “no comas esto”, “no toques lo otro”. Quizá no hemos aprendido una obediencia “de mayores”, y pensamos que si Dios nos mandara algo, si Cristo nos viniera a dar una orden, ¡qué de prisa lo haríamos! Pero nunca nos ha mandado nada Cristo; no hemos oído su voz diciéndonos que oficio debíamos seguir, qué estado debíamos tomar, qué solución debíamos adoptar en aquella ocasión de la que dependió nuestra vida, y en que volvimos los ojos al cielo deseando un mandato que nos evitara la responsabilidad y el terror de equivocarnos. Nuestra obediencia ha de ser otra: estampada en cada momento, más allá de lo que elijamos y lo que hagamos, como entrega ciega de nuestra voluntad a la divina, sin importarnos siquiera nuestro margen de error y aun nuestras mismas caídas de todos los días. Pues no seremos nosotros quienes nos elevemos, sino Él que tira de nosotros desde el mismo centro de la renuncia y el sufrimiento.

 En el evangelio de la misa de hoy se lee: “Cuando me eleven sobre la tierra, atraeré a Mí todas las cosas. (Pero esto lo decía indicando de qué muerte tenía que morir)” (lo. 12, 32). Nadie entendió esta paradoja: acaso pensarían en un trono, y en el mundo entero viniendo a rendir homenaje a Cristo. Hubiera sido imposible que imaginaran un trono en forma de cruz y una elevación a través del dolor: hacia la muerte y el abandono de Jesús acuden todas las cosas, acrecentando su propia desazón íntima para tender a ese centro de resolución y gloria. Pero se ha dejado elevar en tormento, porque lo que quería no era reinar simplemente sobre los hombres y las cosas, sino elevarlos, sacarlos de su ser caído, y hacerles subir hasta que fueran mundo suyo, y ya no mundo del pecado. Muerto, y muerto a manos de los hombres, y estrujado hasta quedar como cosa, humillado hasta el nivel de la materia misma, desde ahí acompaña el ascenso de todo, tira de todo para que por su cruz suba con Él al cielo.

 Y la cruz volverá a estar en el trono de esplendor de Jesucristo, cuando vuelva para juzgar al mundo y darle la gloria final: cruz será el relámpago que le precederá, escrito en el cielo sobre los países, y el signo en su mano, como la llave de su poderío y la vara que divida el rebaño humano, a un lado o a otro, para siempre. De su paso por la tierra, sólo eso le quedará acompañando su carne gloriosa: la señal de la cruz, convertida de tortura en árbol de luz, lo mismo que todo dolor ha de resucitar hecho esplendor en nuestro cuerpo, y toda memoria convertida en alegría.

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13 de septiembre.

UNSPECIFIED – JUNE 12: Saint John Chrysostom (345-407) archbishop of Constantinople, one of the greek Church Fathers, illustration from book “Butler’s lives of the fathers martyrs and other saints” by Alban Butler (1928) (Photo by Apic/Getty Images)

Miércoles de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-11):

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Eso es lo que atrae el castigo de Dios sobre los desobedientes. Entre ellos andabais también vosotros, cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca! No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,2-3.10-11.12-13ab

R/. El Señor es bueno con todos

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Colosenses 3,1-11

a) San Pablo sigue con su razonamiento de coherencia. Si los cristianos de Colosas son conscientes de que “han resucitado con Cristo”, deben ser consecuentes y buscar “los bienes de allá arriba” y no los de este mundo.

En el orden del ser, el ontológico, ya ha sucedido -por el bautismo- que “habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”, y “habéis resucitado con Cristo”, y “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria”.

Pero eso no sólo es una realidad futura. Ya desde ahora funciona esta unión con el misterio de muerte y resurrección de Cristo. Hay cosas a las que renunciar: “dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros”. Pablo enumera una serie de situaciones pecaminosas: la fornicación, la codicia, la avaricia, ira, coraje, calumnias y groserías: “despojaos de la vieja condición humana, con sus obras”. Algunos de estos ejemplos apuntan a las costumbres sexuales. Otros, a la caridad fraterna. Otros, a la avaricia del dinero, que es una idolatría.

Los cristianos, despojados del pecado, deben abrazar las obras de Cristo: “revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador”. Según esta nueva condición, “no hay distinción entre judíos y gentiles, entre esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”. En las relaciones con los demás se notará si hemos asimilado el estilo de vida de Cristo.

b) Los sacramentos cristianos se tienen que notar luego en la vida. Es muy hermoso poder decir que el bautismo nos ha hecho morir con Cristo y resucitar con él a una nueva vida. Eso es una realidad misteriosa y consoladora. Pero Pablo nos recuerda la consecuencia: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”. Estamos arraigados en este mundo y realizamos en él una tarea muy importante: vivir y ayudar a vivir. Pero “buscar las cosas de allá arriba” significa vivir con una mentalidad no terrena, según las pasiones e instintos que a todos nos atan de alguna manera. Significa ser libres, resucitados, “revestidos de la nueva condición” de cristianos, que todos somos conscientes que exige, no tanto unos conocimientos, sino un modo distinto de vida.

La lista de peligros que citaba Pablo nos la podría recordar también hoy, invitándonos a una conducta sexual justa, una caridad sin ira ni maldad, evitando la codicia y la avaricia del dinero, que son unos dioses falsos que atan a sus seguidores.

La motivación siempre es la misma: “habéis resucitado con Cristo”, “vuestra vida está con Cristo”, “Cristo es vida nuestra”, “Cristo es la síntesis de todo y está en todos”… ¿Se nota en nuestras vidas, concretamente, que día tras día escuchamos la palabra de ese Cristo y recibimos su Cuerpo y su Sangre? ¿se nos va comunicando su “nueva condición”, o seguimos aferrados a la terrena?

1. (Año II) 1 Corintios 7,25-31

a) Se ve que los Corintios le habían hecho unas consultas a Pablo, que va respondiendo en su Carta.

Hoy trata de la tensión que había entre las diversas concepciones de la vida sexual y en concreto del matrimonio. Probablemente las posturas iban de extremo a extremo: desde los que abogaban por una libertad total, siguiendo las costumbres paganas, hasta los que despreciaban la vida sexual y el matrimonio y predicaban la abstención total.

En los versículos que aquí leemos -y que sólo se entienden si se lee todo el capítulo 7- Pablo dice con mucho cuidado su opinión. Los tres estados son buenos: el de los solteros, el de los casados y el de los viudos. Aunque él crea que el celibato por el Reino -a ejemplo de Jesús y del suyo propio- sea lo mejor. Pero eso no es imposición del Señor, sino opción de san Pablo.

Lo que prefiere hacer es “relativizar” el tema y pedir a todos que, cada uno en su estado, se dedique a hacer el bien, a trabajar por el Reino, sobre todo teniendo en cuenta como era la opinión de la época- que era inminente la vuelta del Señor: “porque la representación de este mundo se termina”.

b) No busquemos aquí un tratado completo de los valores del matrimonio cristiano O del celibato.

Pablo ya sabe que la mayoría se casan (su alto concepto del matrimonio lo expresa sobre todo en Ef 5), y que algunos ya están viudos, mientras que otros, como él mismo, han optado por el celibato, para dedicar todas sus energías a la evangelización. En el fondo nos invita a una sana “indiferencia”, una relativización del tema. Les dice a los Corintios que continúen en el estado en que se encontraban cuando se convirtieron: no abandonen el matrimonio, o el celibato, sino que, cada uno como está, intente cumplir la voluntad de Dios y trabajar en favor del Reino, porque urge el tiempo y hay que aprovecharlo.

Nos viene bien relativizar los valores de acá abajo y tener ante la vista los escatológicos. Los religiosos, por ejemplo, relativizamos la posesión de bienes, la libertad personal y la vida matrimonial por medio de los votos de pobreza, obediencia y castidad, siguiendo así los consejos de Jesús en su evangelio e intentando ser, en medio de este mundo, signos vivientes de la radicalidad de los valores de Cristo.

Pero también los casados saben relativizar muchas cosas, porque hay valores e ideales por los que vale la pena gastarse más plenamente. Cada uno en su estado, nos comprometemos a vivir el evangelio de Cristo, teniendo en cuenta los valores más inmediatos y sobre todo los superiores, que dan sentido más pleno a todo lo que hacemos. Los casados, con su vida de amor y de educación de sus hijos. Los que han optado por el celibato, desde el carisma propio y la misión recibida en la Iglesia. Todos intentamos ser fieles a Cristo y signos suyos creíbles en medio del mundo.

2. Lucas 6,20-26

a) Al bajar Jesús de la montaña, donde había elegido a los doce apóstoles, empieza en Lucas lo que los autores llaman “el sermón de la llanura” (Lc 6,20-49), que leeremos desde hoy al sábado, y que recoge diversas enseñanzas de Jesús, como había hecho Mateo en el “sermón de la montaña”.

Ambos empiezan con las bienaventuranzas. Las de Lucas son distintas. En Mateo eran ocho, mientras que aquí son cuatro bienaventuranzas y cuatro que podemos llamar malaventuranzas o lamentaciones. En Mateo están en tercera persona (“de ellos es el Reino”), mientras que aquí en segunda: “vuestro es el Reino”).

Jesús llama “felices y dichosos” a cuatro clases de personas: los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por causa de su fe. Pero se lamenta y dedica su “ay” a otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que son adulados por el mundo.

Se trata, por tanto, de cuatro antítesis. Como las que pone Lucas en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos. Es como el desarrollo de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos.

b) Nos sorprende siempre esta lista de bienaventuranzas. ¿Cómo se puede llamar dichosos a los que lloran o a los pobres o a los perseguidos? La enseñanza de Jesús es paradójica. No va según nuestros gustos y según los criterios de este mundo. En nuestra sociedad se felicita a los ricos y a los que tienen éxito y a los que gozan de salud y a los que son aplaudidos por todos.

En estas ocasiones es cuando recordamos que ser cristianos no es fácil, que no consiste sólo en estar bautizados o hacer unos rezos o llevar unos distintivos. Sino en creer a Jesús y fiarse de lo que nos enseña y en seguir sus criterios de vida, aunque nos parezcan difíciles. Seguro que él está señalando una felicidad más definitiva que las pasajeras que nos puede ofrecer este mundo.

Es la verdadera sabiduría, el auténtico camino de la felicidad y de la libertad. La del salmo 1: “Dichoso el que no sigue el consejo de los impíos: es como un árbol plantado junto a corrientes de agua… No así los impíos, no así, que son como paja que se lleva el viento”. O como la de Jeremías: “Maldito aquél que se fía de los hombres y aparta de Yahvé su corazón… Bendito aquél que se fía de Yahvé y a la orilla de la corriente echa sus raíces” (Jr 1 7,5-6). O como la de la parábola del pobre y del rico: ¿quién es feliz en definitiva, el pobre Lázaro a quien nadie hacía caso, o el rico Epulón que fue a parar al fuego del castigo? Jesús llama felices a los que están vacíos de sí mismos y abiertos a Dios, y se lamenta de los autosuficientes y satisfechos, porque se están engañando: los éxitos inmediatos no les van a traer la felicidad verdadera.

¿Estamos en la lista de bienaventurados de Jesús, o nos empeñamos en seguir en la lista de este mundo? Si no encontramos la felicidad, ¿no será porque la estamos buscando donde no está, en las cosas aparentes y superficiales?

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SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR

(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton…, y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 – veintidós exuberantes años – hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: “¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!”

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle – divino pretexto – una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo – llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo… Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase – y a él le gusta, de seguro, el juego – diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis…

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia…, o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón… Pero, hasta entonces…, turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía – le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio – misterios de Dios – lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara… en el derecho de asilo… Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía… Bendito sea el Señor… ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón – dice él – más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionte al pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. “Gloria a Dios en todas las cosas”, clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

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12 de septiembre.

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

¡Con qué reverente brevedad escribe San Lucas, en el capítulo primero de su Evangelio, la frase que sirve de pórtico al divino cuadro de la Encarnación!: “¡Y el nombre de la Virgen era María!”. Es como presentarnos, en toda su regia sencillez, en el azahar florido y oloroso de su huerto cerrado, a la llena de gracia, a la Reina de los cielos y tierra, a la elegida, a la excelsa Madre de Dios.

 Y, escuchando el acelerado palpitar de aquel corazón sorprendido ante el inefable misterio que va a realizarse, el ángel San Gabriel, con dulce confianza de siervo expresamente encargado de la custodia y guarda de su Señora, le dice, subrayando su augusto nombre: “No temas, María… “.

 La creación entera se goza en balbucear el eufónico nombre que Dios le impuso a su Madre. “Nombre cargado de divinas dulzuras”, como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas: O clemens, o pia, o dulcis Virgo María!

 Bien le cantamos Mutans Evae nomen, porque Ella devolvió a la gracia, con el nombre de vida, todo lo que la desdichada madre natural de los hombres había entregado a las tinieblas, con el nombre de muerte.

 Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado.

 Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica. Aun ahora, muchas tribus africanas, otras dispersas en los inmensos parques de América del Norte, y los negros australianos, consideran el nombre como una parte integrante de la personalidad, ocultándolo, a veces, a los extranjeros, bajo apodos y paráfrasis, por temor a los perjuicios que pudiera acarrear su conocimiento.

 En los países cuya historia se ha ido desenvolviendo al veril de una civilización normal y cada vez más pujante, el simbolismo de los nombres perdió, poco a poco, su luz bajo la potencia bienhechora o maléfica de las personas que los ostentaron. Con razón se dice, pues, que el nombre no hace a la persona, sino la persona al nombre. Y afirma San Pedro Canisio que, puesto que “el nombre es símbolo y cifra de la persona, invocar el nombre de María equivale a empeñar su poder en favor nuestro”.

 Si el Señor escogió entre todas las criaturas la más perfecta, para ser Madre del Hijo divino; si como privilegio de esta maternidad la hizo inmaculada y arca de todas las virtudes, nos parece muy lógico que también eligiera para Ella el nombre más hermoso, el de más alta y acendrada significación, el más dulce entre todos los del humano lenguaje.

 ¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar?

 Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena. Otro tercer grupo de filólogos e intérpretes sostienen que la palabra María es de origen estrictamente hebreo. Y sus diversas y preciosas significaciones son las siguientes:

 Primera. Mar amargo, de la raíz mar y jam. María fue un verdadero mar de amargura, desde que en el templo, cuando la presentación de su Hijo, vislumbró la silueta cárdena y dolorida del Calvario. Y un mar de amargura desbordante en la pasión y muerte de Jesús.

 Segunda. Rebeldía, de la raíz mar. Ella, la omnipotencia suplicante, vence a las satánicas huestes. “El nombre de María —escribe el padre Campana— es de una energía singular y tiene en sí una fuerza divina para impetrar en favor nuestro la ayuda del cielo.”

 Tercera. Estrella del mar. Le cantamos Ave, Maris Stella! ¡Y con qué arrebatador encanto glosa y profundiza San Bernardo esta expresiva metonimia!

 Cuarta. Señora de mí linaje. Frase muy justa y apropiada a la prerrogativa nobilísima de ser Madre de Dios, Reina de todo lo creado.

 Quinta. Esperanza. Significado más alegórico que etimológico, pero lleno de inefable consuelo. Porque Ella, Spes nostra, es el camino de la felicidad, el arco iris que señala un pacto de armonía entre Dios y los hombres. “Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia.”

 Sexta. Elevada, grande, de ram. San Agustín y San Juan Crisóstomo coinciden en adjudicarle el excelso sentido de “Señora y Maestra”.

 Séptima. Iluminada, iluminadora. Está llena de luz. Sostiene en sus brazos la luz del mundo. Es pura y diáfana. “El nombre de María indica castidad”, dice San Pedro Crisólogo.

 Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina. dar a la “Niña Reina” un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: “María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna”.

 Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, “llave del cielo”, como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria. Por eso su fiesta lleva esa impronta: Acies ordinata.

 España, siempre dispuesta a romper lanzas por la gloria de María, fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció el año 1513. Cuenca fue la diócesis que primeramente solemnizó dicha fiesta, siguiendo su ejemplo, en seguida, las demás, porque el amor de Nuestra Señora es efusivo y prende con facilidad en terrenos de sincera devoción.

 Pero fue el papa Inocencio XI —”defensor de la Iglesia con toda la fuerza de su férreo carácter, con la sabiduría de su espíritu y, sobre todo, con el amor de absoluta entrega”, como decía en el radio mensaje de beatificación nuestro Santísimo Padre Pío XII—, quien decretó, el 25 de noviembre del año 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, pues invocándolo se había alcanzado la completa victoria sobre los turcos.

 Uno de los más trascendentales y emotivos episodios de la historia universal nos da el relato de esta decisiva victoria:

 Si el empuje de las fuerzas cristianas en Lepanto, cuya alma había sido también el papa San Pío V, debilitó la potencia otomana, frenando el ímpetu de sus conquistas, el límite de los territorios dominados por los turcos no había retrocedido, y la puerta tendía a resurgir con el intento de una invasión total de Europa. En 1683 el peligro se hizo ya inminente. Los cálculos menores estiman el ejército que el gran visir Kara Mustafá llevó contra Viena, en unos 200.000 hombres. Era un momento critico en la historia del mundo. Inocencio XI, ante las indecisiones ambiciosas y la política turbia de algunos príncipes europeos, le escribía a Luis XIV de Francia: “Te conjuro, por la misericordia de Dios, que acudas en auxilio de la oprimida Cristiandad, para que no caiga bajo el yugo del tirano. Dios te ha señalado con tan buenas cualidades, y a tu reino con tantas fuerzas y recursos, que creo estás llamado por la Providencia para lograr la más hermosa gloria. ¡Sé digno de la grandeza de tu vocación!”. Pero, mientras Luis XIV contestaba con frías excusas, la católica Polonia, al mando de su heroico rey Juan Sobieski, ajustaba alianza con el emperador de Austria, Leopoldo I, y acudía en su ayuda.

 Desde el 14 de julio, Viena había quedado ya enteramente cercada por los turcos y aislada del ejército imperial, que se había retirado a la izquierda del Danubio.

 Un bosque de tiendas de campaña se extendía en forma de medialuna en torno a la ciudad. Comenzó el terrible bombardeo y, por efecto de él, un incendio imponente. Las enfermedades se cebaban también en los sitiados. Las provisiones de pólvora y los víveres disminuían con suma rapidez. Cada día se hacía más violento y amenazador el apremio de los enemigos. Pero la Providencia divina atendió, una vez más, las oraciones del papa Inocencio XI y de los fieles devotos de la Madre de Dios, que en Ella habían puesto sus esperanzas. Juan Sobieski se preparó al combate recibiendo el Pan de los fuertes y oyendo devotamente la santa misa, y todo el ejército polaco siguió el ejemplo de su rey. “La hora histórica de la batalla definitiva de Viena sonó al alborear el límpido sol del día 12 de septiembre” —dice S. S. Pío XII en el citado radiomensaje con motivo de la beatificación de Inocencio XI—. El ejército de socorro, dirigido por Juan Sobieski, atacó a los asaltantes. Una inesperada tormenta de granizo cayó sobre el campamento de los turcos. Antes de la noche, la victoria sonreía a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate invocando el Nombre de María. Si como instrumento de liberación Dios había escogido al rey de Polonia, unánimes afirman los críticos e historiadores que el artífice primario de esta misma liberación fue el papa Inocencio, y éste, a su vez, con humildad conmovedora, atribuyó el mérito y la gloria de aquella jornada al favor y socorro de María. Por eso quiso dedicar este luminoso día de septiembre a la fiesta de su Santísimo Nombre.

 “El Señor ha hecho vuestro Nombre tan glorioso que no se caerá de la boca de los hombres” (Judith, 13, 25). Sublime elogio que corresponde a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que “hizo en Ella cosas grandes y cuyo Nombre es santo”, quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce Nombre. Nombre que ha de ser también loado, “santificado”, como el Nombre de Dios, en todo el mundo, porque —repitámoslo una vez más— infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso “teocalli” invocando: “¡Ay, Santa María!”, y con este nombre en los labios expiraban.

 En el áureo Blanquerna, de Raimundo Lulio, en el cual, según alada frase del excelentísimo doctor García y García de Castro, arzobispo de Granada, “el beato mallorquín logró aprisionar las transparencias de las ondas del mar de Mallorca y las incógnitas armonías de los montes de Miramar…”, se lee de aquel monje que sólo tenía por oficio dirigir, tres veces al día, una salutación a Nuestra Señora. “Es el ruiseñor del monasterio —continúa el doctor García y García de Castro con galana pluma— y canta las delicias de María, y envídianle los otros ruiseñores esparcidos por aquellos bosques que se reflejan en las aguas luminosas del Mediterráneo mallorquín”.

 “¿Quién se resistirá a escuchar sus melodiosos trinos?”

 “¡Ave, María! Salúdate tu siervo de parte de los ángeles y de los patriarcas y los profetas y los mártires y los confesores y las vírgenes, y salúdate por todos los santos de la gloria. ¡Ave, María! Saludos te traigo de todos los cristianos, justos y pecadores; los justos te saludan porque eres digna de salutación y porque eres esperanza de salvación; los pecadores te saludan porque te piden perdón y tienen esperanza de que tus ojos misericordiosos miren a tu Hijo para que tenga piedad y misericordia de sus culpas y recuerde la dolorosa pasión que sostuvo para darles salud y perdonarles sus culpas y pecados.

 ¡Ave, María! Saludos te traigo de los sarracenos, judíos, griegos, mongoles, tártaros, búlgaros, húngaros de Hungría la menor, comanos nestorinos, rusos, quinovinos, armenios y georgianos. Todos ellos y muchos otros infieles te saludan por ministerio mío, cuyo procurador soy…” (Obras selectas de Raimundo Lulio: B.A.C., p.160).

 Esa debe ser nuestra salutación y nuestro ruego: que todos conozcan y alaben a María, que todos pronuncien con reverencia su santo Nombre y que Ella mire a todos sus hijos, dispersos por el mundo, con ojos de misericordia y de amor.

 Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: “Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos.”

 Que el dulce Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús su hijo: verdadero hombre y verdadero Dios, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

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Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 2, 6-15

Hermanos:

Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded según

Arraigados en él, dejaos construir y afianzar en la fe que os enseñaron, y rebosad agradecimiento.

Cuidado con que haya alguno que os capture con esa teoría que es una insulsa patraña forjada y transmitida por hombres, fundada en los elementos del mundo y no en Cristo.

Porque es en Cristo en quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y por él, que es cabeza de todo principado y autoridad, habéis obtenido vuestra plenitud.

Por él fuisteis también circuncidados con una circuncisión no hecha por hombres, cuando os despojaron de los bajos instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo.

Por el bautismo fuisteis sepultados con él, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo

Palabra de Dios.

Salmo

Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11

R/. El Señor es bueno con todos.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.. R/.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañasR/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según San Lucas (6, 12-19):

Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.
A Simón, a quien llamó Pedro,
y a su hermano Andrés;
a Santiago y Juan,
a Felipe y Bartolomé,
a Mateo y Tomás,
a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes;
a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados.
Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Colosenses 2,6-15

a) Ayer era él mismo, el apóstol, el que se unía a Cristo, colaborando así en la evangelización del mundo. Hoy son los cristianos de Colosas los que tienen que sentirse unidos a Cristo.

Se trata de que vayan madurando y siendo consecuentes: “ya que habéis aceptado a Jesús, el Señor, proceded como cristianos; arraigados en él, dejaos construir y afianzar en la fe”. Y, a la vez, que se sepan defender de las “insulsas patrañas” que alguien está sembrando en la comunidad.

En Colosas, en la actual Turquía, había mezcla racial y sincretismo ideológico entre el judaísmo, el paganismo y el cristianismo. Esa doctrina falsa a que alude Pablo, de corriente gnóstica, está “fundada en los elementos del mundo”, fuerzas astrales o angélicas mal entendidas, “y no en Cristo”. El viernes de la semana pasada leíamos el himno cristológico de Pablo, para convencerles de que no hay otra respuesta de Dios que Jesús. Hoy vuelve a repetir que “en Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad”, que es “la cabeza de todo poder y autoridad” y que por él quedaron “destituidos los poderes y autoridades y los llevó cautivos en su cortejo”.

b) No sólo en Colosas. También en nuestra sociedad de hoy necesitamos que se nos anime a crecer en la fe y a vivir coherentemente nuestra incorporación a Cristo.

Los cristianos, por el bautismo, fuimos injertados a Cristo en su muerte y en su resurrección (“fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él”), estábamos muertos y ahora vivimos, éramos pecadores y ahora estamos perdonados. Es hermoso el símil de Pablo para explicar este perdón, comparándolo con el gesto de romper una factura que teníamos en contra: “borró el protocolo que nos condenaba y era contrario a nosotros: lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz”. El salmo recoge esta idea del perdón de Dios: “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”.

Seguramente nos acechan también a nosotros “insulsas patrañas, forjadas y transmitidas por hombres”, ideologías que nos ofrecen la felicidad y la salvación, pero que no tienen consistencia. Los “elementos de este mundo”, sean los que sean -seres misteriosos, poderes astrales, la ciencia, el progreso, los horóscopos, el dinero, el placer inmediato, el éxito-, no nos salvarán: “Dios os dio vida en Cristo”. Sólo si vivimos arraigados en él, como los sarmientos a la cepa, viviremos. Sólo si edificamos sobre él, que es la piedra angular, nos mantendremos. Las filosofías humanas sólo son válidas si nos ayudan a penetrar en la sabiduría de Dios, que es Cristo. El vino nuevo, que es Cristo, necesita odres nuevos.

2. Lucas 6,12-19

a) Antes de contar la elección de los doce apóstoles, Lucas nos dice expresamente que “Jesús subió a la montaña a orar y pasó la noche orando a Dios”.

Es el evangelista que más énfasis pone en la figura de Jesús orante. Aquí se dispone a elegir, entre los discípulos que le siguen, a doce apóstoles (palabra griega para “enviados”), pero el evangelio da importancia al hecho de que antes se pasa la noche orando a su Padre.

Son doce: un número que puede verse como simbólico de muchas cosas (los doce meses del año, o los signos del zodíaco), pero sobre todo de las doce tribus de Israel. Así, Jesús manifiesta que el nuevo Israel, la Iglesia, viene a sustituir y cumplir lo que se había empezado en el antiguo.

La lista de los doce aparece varias veces en el evangelio, con ligeras diferencias de orden, que aquí no nos interesa subrayar. Los doce no son grandes personalidades. Le van a defraudar en más de una ocasión. Pero es el estilo de Dios, que va eligiendo para su obra a personas débiles.

A partir de ahora estos doce van a acompañar muy de cerca a Jesús, y van a colaborar en su evangelización, en sus signos de curación y de liberación del mal. Aunque tendrán que madurar mucho para ser los colaboradores que Jesús necesita para la salvación del mundo.

b) La comunidad de Jesús es “apostólica”. Está cimentada en la piedra angular, que es Cristo Jesús. Pero también tiene como fundamento a los apóstoles que él mismo eligió como núcleo inicial de la Iglesia.

Todos los bautizados formamos la comunidad, el Cuerpo de Cristo, que es la Cabeza. Él es el Pastor, la Luz, el Maestro. Pero a la vez recordamos que mandó a sus apóstoles que enseñaran y que fueran pastores y luz para el mundo. Detrás de ellos vinieron sus sucesores, como Pablo y Bernabé y Timoteo y Tito, ministros en una comunidad compuesta por innumerables hombres y mujeres. Ahora, nosotros. No todos somos “sucesores de los apóstoles”, como el Papa y los Obispos, pero sí todos somos miembros activos de la Iglesia.

Esta comunidad “apostólica” es la que colabora con el Resucitado y su Espíritu en el trabajo que él hizo en directo, mientras vivió sobre la tierra: anunciar la buena noticia a todos, curar enfermos, liberar a los atormentados por los espíritus malos…

Si entonces dice Lucas que “salía de él una fuerza que los curaba a todos”, lo mismo se tendría que poder decir de su Iglesia, de nosotros. Desde hace dos mil años este mundo no ve a Jesús, pero debería sentir la fuerza curativa y liberadora de la comunidad de Jesús, en todos los ambientes, también en los más cercanos de la vida familiar y social y de nuestro trabajo.

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Feliz día y nuestra gratitud y oración a los maestros.

Del libro de Leonardo Castellani: El nuevo gobierno  de Sancho. Una reflexión de lo que es la verdadera enseñanza, que a pesar de la crítica certera que el autor hace de la educación en Argentina, como mutando mutandis, también la de España, u otras, que por cierto comparto, nos muestra el valor de la docencia. Los españoles y catalanes pueden consultar al escritor De Prada en su libro: Castellani y cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Un recuerdo a los maestros de los primeros años y la oración sincera por ellos, para que nunca, aún jubilados, dejen de buscar la Verdad y enseñarla.

5. El Maestro

El maestro

Apenas asomó el rubicundo Febo por las puertas y balcones de Oriente con el fin manifiesto de iluminar con sus rayos el histórico convento de la marcha de San Lorenzo, cuando sacaron a Su Alteza el nuevo Gobernador de la iglesia donde pasara la noche en oración y lo condujeron en su silla gestatoria a la Sala de los Altos Capítulos para atender a los negocios del día. Inmediatamente sonaron chirimías, y fue introducido en audiencia un señor cabezón y gordito, enteramente calvo, salvo por una ligera pelusa amarilla que le cubría el cascarón, y con una carita redonda de torta pascualina, abundantemente poblada por una inefable sonrisa. El señor se sacó la gorra, dio los buenos días, mostró a Sancho las manitas -palma y dorso- extendidas, y dijo:

-La vaca es un animal que tiene cola, cuatro patas, cuernos y cabeza. También da leche, queso y manteca. Según la Historia Natural, la vaca es animal rumiante. ¡Qué animal tan útil es la vaca!

Sorprendiose el buen Sancho al oír tan nuevas razones, y preguntó al doctor Pedro Recio de Afuera:

SANCHO.-  ¿Quién es, Doctor?

RECIO.-  Es el Hombre Encargado de Hacer los Libros Para las Escuelas Primarias.

SANCHO.-  ¿Qué pretende?

RECIO.-  Pretende un Premio Nacional de Literatura de 200000 escudos, en mérito a su gran esfuerzo y obra proficua.

SANCHO.-  ¿Qué obra?

RECIO.-  Haber realizado la uniformidad de la Escuela Primaria.

SANCHO.-  No entiendo eso.

RECIO.-  Perdone Su Prominencia: la escuela primaria debe ser uniforme en todo el país, y todos los maestros deben pensar, decir y enseñar las mismas cosas con las mismas palabras.

SANCHO.-  ¿Por qué?

RECIO.-  Porque de ese modo será posible que un Alto Consejo de Funcionarios situado en la cabeza de nuestra Ínsula pueda de un solo gesto hacerlas danzar a todas las escuelas al son que quiera, aunque estén situadas a diez mil leguas de distancia.

SANCHO.-  ¿Y qué vamos ganando con eso?

RECIO.-  Vamos ganando el manejar mucha plata, y el poder dar puestos a los amigos, única manera de gobernar a la gente desta Ínsula; sin contar las innumerables ventajas pedagógicas y estéticas de la uniformización, que seguramente no escapan a Su Prominencia.

SANCHO.-  No escapan. ¡Qué van a escapar! Lo que yo no veo es el mérito literario de este señor gordinfloncito -¡míalo tú ahora cómo se chupa el dedo, angelito!- en esas cosas que dijo acerca de la vaca.

RECIO.-  Y sin embargo, es extremado. ¿No ve Su Prominencia que en nuestra Ínsula hay niños de muchas clases?

SANCHO.-  Probablemente.

RECIO.-  Y habrá naturalmente algunos niños más listos… y también por fatalidad algunos niños idiotas, ¿eh?

SANCHO.-  Eso, seguro. ¡Misericordia! No había pensado.

RECIO.-  Ahora bien; y esteme atento Usía a mi raciocinio. ¿Cómo se podrá uniformizar la enseñanza de todos los niños, a no ser con libros de texto que estén al alcance de los idiotas?

SANCHO.-  Es cierto.

RECIO.-  ¿Ve ahora Su Prominencia el esfuerzo enorme que supone escribir un libro entero solamente de frases idiotas, sin errar una sola?

-Veo, comprendo y admiro -dijo el buen Sancho I el Único. Y volviéndose al señor gordinfloncito, que lo miraba con la boca muy abierta, le dijo:

-Señor mío, aquí estamos para escuchar sus requerimientos. Adelante.

-Niño, dígame la lección de Historia -dijo el señor con voz aclarinetada, es decir, casi aflautada-. ¿No la sabe? ¡Qué niño más ignorante! Es usted un niño malo. Me escribirá diez veces en una plana: «El niño ignorante es malo. El niño bueno, por el contrario, es el encanto de sus excelentes padres». Entre paréntesis: (Samuel W. Smiles).

-Esto me parece mejor que lo de la vaca -dijo Sancho.

-Barrunto, señor, que usté nunca ha sido un niño malo; y que, como Sarmiento, no jugaba a la rayuela ni trepaba a los árboles por aprender la lección de Historia -dijo el doctor Pedro Recio.

-Atención, niños. Historia para mañana. Colón descubrió la América. San Martín fue el libertador de medio continente. El Sargento Cabral dijo: «Muero contento, hemos batido al enemigo». El negro Facundo murió por la patria. Rosas fue un tirano. Sarmiento fue un titán del pensamiento.

-¿Qué es titán? -preguntó Sancho.

-Titán es un coso grandote, con un solo ojo en medio de la frente, y un gran palo en la mano que se llama clava, que tiene fuerza como diez hombres juntos…

-¡Cristí! Me gustaría ser titán -dijo Sancho.

-Y a mí -dijo Tirteafuera.

-¡Silencio, niños! En clase se atiende. Apunten ahora la lección de Mineralogía y Geología. El cinc es un metal que sirve para hacer techos de casas. ¿Quién tiene una casa de cinc? ¿Usté? Muy bien, niño. Es usted un niño bueno. El plomo es un metal de color plomizo, así como el cobre es de color cobrizo. El feldespato se encuentra en la provincia de San Luis…

-¿Y el pato? -interrumpió Sancho-. Me parece a mí que primero viene el pato.

-El pato -contestó triunfante el Maestro- ¡es un animal palmípedo! Pero pertenece a la Zoología, y no a la Mineralogía. Palmípedo no es lo mismo que batracio, niños. Batracios son el sapo, la rana y el renacuajo. El reno no es batracio, sino paquidermo; no confundan con   -55-   los rumiantes, como la vaca. El reno se encuentra en una región llamada Renania. En Bosnia y Herzegovina, no hay renos.

-¡Cristí! -exclamó Sancho-. ¡Lo que sabe este hombre!

Sonrió modestamente el Maestro, y dijo:

-Idioma Nacional. El sustantivo. El sustantivo es una parte variable de la oración que sirve para designar personas, cosas, sustancias y sucesos en general, casi siempre con expresión de género y número. Por ejemplo: burro, papá, mamá, menega. El sustantivo puede ser abstracto y concreto. Es abstracto cuando designa cosas que no son perceptibles por los sentidos, o que simplemente no existen, como cualidad, virtud, moralidad, Dios, alma, espíritu, etcétera.

-Bien -interrumpió Sancho-. Éste se está subiendo a matemáticas superiores; y yo ya no lo sigo. Este hombre es una enciclopedia. ¿Me permite, señor, que le haga unas preguntitas de catecismo? Es lo único que me queda hoy día de lo que aprendí en la escuela, así Dios me salve. Dígame, señor, ¿quién es Dios?… Pero… ¿qué pasa?

La cara del Maestro se había descompuesto horrorosamente, reflejando en su simpática y simplona luna la más grande estupefacción acompañada de terror y asco:

-¡Ley 1420! -balbuceaba temblorosamente.

-¿Qué dice? -preguntó Sancho.

-¡Ley 1420! ¡El puesto! ¡Cesante! ¡Fuera de las horas de clase! -sollozaba el pedagogo lastimeramente-. ¡A mí no, a mí no me metan en líos!

-¿Qué quiere decir? -preguntó Sancho.

-Quiere decir, Prominencia, que esa materia, de acuerdo con la ley 1420, pertenece a las cosas que no deben saber los niños y que un niño bien educado no pregunta a sus padres y maestros, a no ser fuera de las horas de clase, a los compañeros solamente.

-¡Cristí! -dijo Sancho-. ¡Entonces esto está todo cambiado! En mi tiempo era lo primero que nos enseñaban en la aldea. ¡Cómo me recitaba yo mi Astete! Recuerdo que el señor cura me premió un día: tercer premio empezando por la cola, con una taleguilla de avellanas,    vanas ellas casi todas, pero magníficas para jugar al choclón. ¡Qué tiempos aquéllos!

«Todo buen cristiano

si quiere llevar

vida en modo humano

y se salvar

debe de saber

y deprender

con devoción

la sacra lección

de la Santa Cruz

de Cristo Nuestra Luz».

Todavía me acuerdo, Doctor, aunque nunca he sabido lo que quiere decir sacra. Y después acababa:

«La ciencia más acabada

es que el hombre bien acabe,

pues al fin de la jornada

aquel que se salva, sabe;

y el que no, no sabe nada…».

-Nous avons changé tout cela -dijo el doctor Pedro Recio.

Enmudeció de repente Sancho y se abismó en sus recuerdos; y como Sancho se abismó en sus recuerdos, todos los Cortesanos consecuentemente se abismaron también en la misma parte. Después de un ratito de meditación, volvió Sancho al Capellán diciendo:

-Mi señor Capellán, ¿puede salvar su alma un Gobernador?

-Puede, y con mucha gloria -contestó el Capellán-, aunque con muchísimo más trabajo. Santos los ha habido, en tiempos pasados.

-¡Bien! -dijo Sancho-. Aquí me parece que éste es un asunto serio, en que me juego nada menos la salvación de mi alma.

Y alzándose del trono, allegose al Maestro sabio, y parcial y cariñoso, le halagó con la mano la papada, preguntándole melosamente:

-Hijito, ¿quién es Dios?

El Maestro lo miró con ojos enloquecidos.

-¿Cuántas personas hay en Dios?

Nada.

-¿Cuántos dioses hay?

Ni por ésas.

-¿Hay un solo Dios?

El Maestro movió los labios desde el fondo de su consternación, como Job, y dijo, con marcado acento correntino.

-Es inútil, señor -dijo-. Ni anque me mate. En eso no le voy a dar dato.

-Magnífico -dijo Sancho-. Aquí vamos a salvar dos almas, la mía y la de este buen amigo. Ahó, Escribano. Llegaos acá y escribid mi sentencia.

Decreto

Considerando:

1. Que los maestros también tienen alma, aunque esté convertida en sustantivo abstracto; y que el presente maestro, escritor de libros para niños, debe de tener un alma como un pan, aunque parezca mentira por la facha;

y 2. Viendo el grandísimo peligro en que la tal alma se encuentra, dado que ni siquiera sabe, a la edad en que estamos, cuántos dioses hay, ni si hay Dios siquiera;

vengo en decretar y decreto, que se le suspenda la paga y salario por espacio de treinta meses, en los cuales ayunará, estudiará catecismo y emprestará de los judíos, los cuales por lo menos tienen Dios, aunque mataron a Jesucristo;

con la conminación formal de que si en ese tiempo no llega a averiguar si hay Dios o no, le será retirado primero por tres años y después a perpetuitate, el permiso y facultad de enseñar a otros, por más Mineralogía que sepa.

                                                                                                                                                                                            Yo, Sancho I, Gobernador

Dicho lo cual, dio Su Excelencia el Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el monte Everest y el Gran Lama del Tibet desde el punto de vista éticosocial, acompañados de ligeras incursiones enemigas en todo el frente occidental y duelos de artillería que fueron rechazados con graves pérdidas.

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11 de septiembre.

LUNES DE LA SEMANA 23ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,24–2,3):

Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A éstos Dios ha querido dar a conocer la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo: ésta es mi tarea, en la que lucho denonadamente con la fuerza poderosa que él me da. Quiero que tengáis noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente. Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender, y que capten el misterio de Dios. Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 61,6-7.9

R/. De Dios viene mi salvación y mi gloria

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R/.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,6-11):

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: «Levántate y ponte ahí en medio.» Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?»
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor 

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1. (Año I) Colosenses 1,24 a 2,3

a) Dos cosas fundamentales hace san Pablo en su ministerio: evangelizar y sufrir.

La principal es, naturalmente, la evangelización. Dios le ha nombrado ministro y anunciador del “misterio que ha tenido escondido desde siglos y que ahora ha revelado a su pueblo”. Este misterio es la salvación en Cristo, o, como él dice: “que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria”. O bien: “este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer”.

Para cumplir este ministerio, Pablo está dispuesto a soportarlo todo. Habla del “empeñado combate” que libra en las varias comunidades: “amonestamos a todos, enseñamos a todos, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana: ésta es mi tarea, en la que lucho denodadamente”.

En esta lucha, el Apóstol, ha asumido también el sufrimiento: “me alegro de sufrir por vosotros”. La razón profunda de esta disponibilidad es: “así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia”.

b) Si nosotros tuviéramos ese “motor” de la fe en Cristo, también estaríamos dispuestos a cualquier cosa para poderlo anunciar, que es a lo que hemos sido llamados todos los cristianos: padres, amigos, educadores, sacerdotes, religiosos. Si no evangelizamos -por pereza o por frialdad o por miedo- tal vez muchas personas se quedarán sin enterarse de ese plan salvador que Dios quiere dar a conocer a todos.

La condición es que nosotros mismos estemos convencidos, que Cristo sea “para nosotros la esperanza de la gloria” y la razón de ser de todo. Entonces seremos tan valientes y generosos como san Pablo. Él escribe esta carta desde la cárcel, donde está detenido por predicar a Cristo. Pero no le pueden hacer callar.

Mirándonos en el espejo de Pablo, ya sabemos que seguramente nos tocará sufrir. Pero, como él, hemos de alegrarnos de poder sufrir, porque así nos incorporamos al dolor del mismo Cristo, en su misterio pascual, y contribuimos a la salvación de los demás.

Cuando celebramos la Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo, podemos aportar al altar, incluidos simbólicamente en el pan y el vino que aportamos, “los gozos y las fatigas de cada día”, como nos invita a veces el sacerdote antes de la oración sobre las ofrendas.

Unimos a la ofrenda definitiva de Cristo lo que hayamos tenido que sufrir para ser fieles testigos suyos en el mundo, contentos de incorporar nuestra pequeña cruz a la de Cristo.

Es valiente la afirmación del santo Apóstol: “completo en mi carne los dolores de Cristo”. ¿Qué le falta a la pasión de Cristo? Que sea también nuestra. Así hay un intercambio misterioso: el dolor de Cristo se hace nuestro y el nuestro se une al suyo. Y así podemos colaborar con él en la llegada del Reino a este mundo.

2. Lucas 6,6-11

a) De nuevo la tensión en torno al cumplimiento del sábado. Esta vez no por las espigas que comían por el campo, sino por una curación hecha en la sinagoga precisamente en sábado.

Jesús se da cuenta del dolor de aquel hombre. El enfermo con el brazo paralizado no le dice nada, pero se debía leer en su cara la súplica. Los fariseos están al acecho para ver qué hará. Jesús “sabía lo que pensaban”, y primero les provoca con su pregunta: “¿qué está permitido en sábado?”. No contestaron. Entonces Jesús, “echando una mirada a todos” (Lucas no dice, como Marcos, que esta mirada estuvo “llena de ira y tristeza”), curó al buen hombre.

La reacción no se hizo esperar: “ellos se pusieron furiosos”.

b) Es evidente que Jesús no desautoriza aquella institución tan válida del sábado, el día dedicado al culto de Dios, a la alegría, al descanso laboral, a la oración, a la vida de familia, al agradecimiento por la obra de la creación. Más aún, parece como si él ese día acumulara sus gestos curativos y salvadores.

Lo que critica es una comprensión raquítica, más preocupada por cumplir unas normas, muchas veces inventadas por las varias escuelas, que por el espíritu de fe que debe impregnar la vivencia de este día. No se podrá trabajar en sábado, y por tanto no habrá que hacer curas médicas a no ser que sean necesarias. Pero extender el brazo y decir una palabra de curación ¿es trabajar? El recoger unas espigas y comer sus granos al pasear por el campo, ¿es un trabajo equiparable a la siega?

Las escuelas de los fariseos habían llegado a interpretar el sábado convirtiéndolo en día de preocupación casuística en vez de en día de libertad. Jesús enseña actitudes más profundas, más preocupadas por el espíritu que por la letra. Y nosotros tendríamos que aplicar esta enseñanza a muchos detalles de nuestras normas de vida. Las normas están muy bien, y son necesarias, pero sin llegar a un legalismo formalista. No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (cf. Mc 2,27).

Hay instituciones muy válidas y llenas de espíritu: el domingo cristiano, la celebración de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas. Realidades que tienen importancia para la vida de fe, y que necesitan, dado su carácter de comunitarias, unas normas para su realización. Pero no se tenían que haber rodeado, en la historia, de normas tan estrictas y minuciosas que a veces ahogan la alegría de su celebración. En vez de esponjar el ánimo y alegrarse con Dios y dedicarle una alabanza sentida y celebrar su comida pascual en el día consagrado a él, a veces nos hemos limitado a crear un clima de mero cumplimiento exterior.

Lo mismo pasa con la relación entre el culto (la celebración de la sinagoga en sábado) y la caridad fraterna (¿puedo curar a este buen hombre?). Para Cristo hay que saber conjugar las dos cosas. Va a la sinagoga, porque es sábado, pero también cura el brazo paralítico de aquella persona. Y, por el tono del relato, se nota claramente que da prioridad a la persona que a la institución.

Los cristianos debemos rezar y celebrar la Eucaristía en domingo. Y a la vez, precisamente ese día, nos deberíamos mostrar fraternos y sanantes, con detalles de caridad y buen corazón con las personas cercanas que, aunque no nos lo pidan, ya sabemos que necesitan nuestro interés y nuestro cariño.

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10 de septiembre.

Lecturas del Domingo 23º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (33,7-9):

Así dice el Señor: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vitores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masa en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (13,8-10):

A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Palabra de Dios

Evangelio según san Mateo (18,15-20), del domingo, 10 de septiembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXIII domingo durante el año A

En la vida de san Pacomio se encuentra un texto muy interesante sobre las “visiones” y los “milagros”. A los hermanos que lo interrogaban sobre sus visiones, Pacomio les responde: “¿Quieren que les hable de una gran visión?, Muy bien, no hay visión más grande que aquella de ver a Dios invisible en un hombre visible (el prójimo)”. Y en cuanto a los milagros y curaciones, he aquí lo que les dice: “Si un hombre es tan ciego para no ver la luz de Dios, y si un hermano lo conduce a la fe, ¿no es quizá esto una curación? ¿Si un hombre es mudo, al punto de no poder decir la verdad, o si es manco, a causa de su pereza en cumplir los mandamientos de Dios; en otras palabras: si un pecador es conducido a arrepentirse por la ayuda de un hermano, no es esto un gran milagro?

Es es el tipo de milagro que Jesús nos invita, a todos, a realizar, sin negar los milagros estupendos que nos anuncia el Evangelio, y que pueden maravillarnos.

San Pablo, en la segunda lectura, vuelve a repetir lo que nosotros sabemos, pero que siempre es bueno volver a escuchar: “quien ama a su prójimo cumplió la ley entera”. Pero para entender lo que Pablo en verdad quiere decir, debemos prestar atención al contexto en el cual nos habla. El apóstol invita a sus lectores a que obedezcan las leyes civiles, incluso cuando estas emanan de una autoridad pagana, y a observar todavía más los mandamientos de Dios (de lo que se desprende que las leyes inicuas no han de ser obedecidas), porque este es el modo de expresar nuestro amor por aquellos con los que formamos una nación, una iglesia, o una comunidad.

El amor es exigente y comporta responsabilidades. Implica, entre otras cosas, la responsabilidad de ayudar al otro a crecer y de conducir al otro a la conversión, esta es la labor del sacerdote especialmente, la corrección a de mirar a que el otro se convierta, no que nosotros, como dice el Papa Francisco somos patrones, o ‘maestritos’, sino que deseamos como Jesús la conversión y la vida del pecador. Dios, leíamos en la primera lectura le dice algo muy grave al profeta Ezequiel: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. Dios antepone la vida a su mandamiento, pero si uno igual rechaza su mandamiento, elige la muerte, Dios no lo mata.

El pasaje del Evangelio que hemos proclamado nos permite entrar un poco en la vida interior de la comunidad cristiana primitiva y de ver como aquellos primeros cristianos expresaban su amor recíproco a través de la corrección fraterna, será útil comenzar de los últimos versículos de este pasaje. Estos nos muestran que estamos en presencia de una comunidad, primero la de los apóstoles, luego la Iglesia local, porque “allí dónde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”.

Cuando un grupo de personas se reúnen en una Iglesia, o en una comunidad particular, lo hacen con el encargo de vivir una forma determinada de experiencia espiritual, según una disciplina propia, y para ayudarse mutuamente a crecer en el amor de Dios, dentro de un determinado contexto, y también mediante este contexto. Es porque somos todos pecadores, que esta situación exige la corrección fraterna.

Una comunidad no puede absolutamente permitir a uno de sus miembros vivir una vida que está en contradicción con cuanto la comunidad representa. Pero la primera reacción a tal situación, si se presenta, no debe ser de rechazo o de reproche, sino de amor fraterno. No se puede evitar, en situaciones similares, tomar decisiones claras, en nombre del cuerpo que es la Iglesia. el Evangelio describe con mucho cuidado las etapas para seguir si se quiere obrar en un verdadero espíritu de amor y de caridad. La corrección fraterna auténtica no tiene nada que ver con la delación o con iniciativas fanáticas, ni tampoco con “terapias de grupo”.

Dios quiere que cada pecador se convierta y viva. Pero el gran misterio es que Dios ha elegido no ejercer directamente su atención amorosa hacia cada uno de nosotros, pecadores, sino de hacerlo a través de otros seres humanos. Ya recordamos el tema de la primera lectura: “Si un pecador no se deshace de su inclinaciones malvadas, porque tú no has hecho nada para disuadirlo de su malas acciones, él morirá, y Tú, serás responsable de su muerte”. Y también San Agustín advierte sobre la grave falta que supondría omitir esa ayuda al prójimo: “Peor eres tú callando que él faltando” Las palabras de Jesús en el Evangelio son también fuertes. Lo que aten en la tierra –no haciendo nada para ayudar al hermano a crecer y a arrepentirse- será atado en el cielo. Y aquello que desaten sobre la tierra –induciendo a su hermano a arrepentirse- será desatado en el cielo. Notemos que el texto del Evangelio de hoy no habla del poder de las llaves dado a Pedro, poder que fue conferido unos capítulos antes. En este texto, Jesús se dirige a todos y recuerda a cada uno que: 1) no practicando la corrección fraterna no se ayuda al hermano a salir de una situación grave; 2) desatando al hermano con la corrección fraterna se le da posibilidad de salvarse.

Se trata, evidentemente, de una terrible “responsabilidad”, pero también de un misterio maravilloso: el hecho que Dios haya elegido salvar a la humanidad, no solamente haciéndose hombre él mismo, sino a través del ministerio de otras personas. El fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. De ahí que esta práctica haya sido recomendada también por los autores clásicos como medio para ayudar a los amigos. Corregir al otro es expresión de amistad y de franqueza, y rasgo que distingue al adulador del amigo verdadero. A su vez, dejarse corregir es señal de madurez y condición de progreso espiritual: “el hombre bueno se alegra de ser corregido; el malvado soporta con impaciencia al consejero” (Admoneri bonus gaudet; pessimus quisque rectorem asperrime patitur, Séneca, De ira, 3, 36, 4.).

La corrección fraterna es parte de nuestra vocación, ¡el ofrecerla y recibirla!. Pidamos con María la humildad de vivir esta parte tan importante del Evangelio.

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