SAN CARLOS BORROMEO

(1584)

La Iglesia se encontraba en una de sus coyunturas más decisivas. Se había consumado desgraciadamente la ruptura religiosa con todo el norte de Europa. Sin embargo, después de mil dificultades, el concilio de Trento iba trazando un programa de auténtica reforma realmente maravilloso, que había de bastar para llenar durante siglos las actividades de los más celosos pastores.

Por aquellos días acude a Roma, llamado por su tío, el nuevo papa Pío IV, un joven de veintidós años. Es cierto que había estudiado en la Universidad de Pavía, y que durante esos estudios se había mostrado serio, formal, buen amigo de los libros y de las prácticas de piedad. Es cierto que un año antes, en 1559, él había obtenido su doctorado en Derecho canónico y en Derecho civil. Pero de eso a hacer de aquel joven, nada brillante por otra parte, cardenal de la Iglesia romana, administrador de la diócesis de Milán, de las legaciones de Bolonia y de la Romaña… iba una gran distancia. Distancia que una vez más llenaba el nepotismo de la época. El papa Pío IV iba a hacer de Carlos Borromeo como un anticipo de lo que habría de ser después el cardenal secretario. Al configurar el cargo y las atribuciones, el nepotismo que le movía iba ordenado por la divina Providencia, porque su sobrino habría de ser una de las figuras más extraordinarias de la moderna historia eclesiástica.

Carlos, con sus veintidós años, llega a Roma contento al ver la suerte que se le viene a las manos. Es necesario decir con verdad que trabaja como bueno, que es activo, incansable, lealísimo a su tío el Papa. Hay que decir también que no le falta trabajo, porque a la tarea normal se le añaden las fatigas no pequeñas que lleva consigo el concilio de Trento. Una correspondencia delicadísima con los legados del concilio y con los padres más destacados, se entreteje con la que hay que mantener con los nuncios, los agentes pontificios en las diferentes cortes, etc,.

Aunque el ejemplo que daba era bueno, reconozcamos, sin embargo, que el Santo estaba aún lejos. El arranque hacia la santidad tiene en la vida de San Carlos una fecha determinada: la de su ordenación sacerdotal. Desde entonces pudieron observar los romanos que el cardenal Borromeo era otro. Meses después recibía la consagración episcopal, en diciembre de 1563. Y terminado felizmente el concilio de Trento, quería dar por sí mismo el mejor ejemplo de observante a sus decretos abandonando Roma para residir en Milán, porque si es cierto que desde Roma atendía, con minuciosidad que hoy nos admira, la marcha de la diócesis milanesa, no es menos cierto que los decretos del concilio de Trento eran terminantes por lo que a la residencia de los obispos se refería.

Y a Milán marcha. Entra solemnemente el 23 de septiembre de 1565, pero vuelve a Roma para el conclave en que sería elegido San Pío V. En abril de 1566 está de nuevo en Milán, donde desarrolla durante unos veinte años una labor colosal. San Carlos Borromeo, que muere joven, de cuarenta y seis años, atiende no sólo a las necesidades de la diócesis de Milán, que aún hoy, después de haber sido muy recortada, continúa siendo inmensa, sino también a las de las quince diócesis sufrugáneas. Es más, designado primero protector de los cantones católicos y después visitador de toda Suiza, realiza allí varias veces minuciosas visitas, en las que consigue contener el avance del protestantismo, y toma medidas eficacísimas para lograr la sólida implantación de la reforma católica.

Notemos que todo esto se alcanza a fuerza de laboriosidad y de entrega. Dotado de una salud de hierro, que le permite pasar días enteros sin comer y durmiendo unas pocas horas; resistir largas horas de viaje, a un ritmo extraordinario con los medios de que entonces se disponía; sacar tiempo para hacer larga oración sin desatender los cuidados de su diócesis, San Carlos logra superar todo. De una parte su falta de simpatía natural. Con tendencia a la rigidez, tímido por naturaleza, escasamente conversador, le faltaba además una de las condiciones más preciadas para un hombre hábil: la rapidez en las decisiones. Y sin embargo, este hombre excepcional consiguió a fuerza de santidad cambiar la fisonomía de su clero, hacerse amar por su pueblo, superar los continuos conflictos con los autoridades y los representantes de los intereses creados y dejar en pos de sí una huella imborrable.

Su santidad es, en su suprema sencillez, una gran lección para todos. Se hizo santo por un método viejo y poco complicado: cumpliendo su obligación. Se hace santo por la observancia rigurosa y plenísima de sus deberes, quemando toda su existencia, poco a poco, entre los mil negocios de cada día. Sus mismos defectos, al contacto con la santidad, quedan trocados “a lo divino”: su orgullo y desprecio a lo bajo, se transforman en horror al pecado; su mala administración y excesiva liberalidad de los tiempos de estudiante, se truecan en caridad hacia los pobres; su terquedad se hace tenacidad; su falta de brillantez, le da ocasión de ejercitarse en la laboriosidad y en la humildad. Pero si quisiéramos resumir su vida espiritual en una virtud más característica diríamos que fue la constancia. Pese a todo y a todos mantuvo en alto la bandera de la reforma. Es cierto que la visita a los “humillados:” termina a tiros; los canónigos de la Colegiata de Santa María le cierran las puertas a la faz de todos sus acompañantes; los asuntos temporales le traen disgusto sobre disgusto y denuncia sobre denuncia; si consigue ir a su diócesis y permanecer en ella es con la oposición de los Papas que le querían junto a sí. Y contra todo esto, él realiza impávido su obra.

¡Y qué obra! Recientemente Mols ha hecho el balance de lo que hoy debemos a San Carlos Borromeo en la vida de a Iglesia:

“En materia administrativa: la residencia de los pastores, la celebración de concilios provinciales, de sínodos diocesanos, de reuniones y conferencias arciprestales, el desenvolvimiento de la estadística eclesiástica y de los datos numéricos parroquiales, el llevar libros, expedientes y registros sobre los aspectos más variados de la administración diocesana y parroquial, el cuidado de una adaptación geográfica de las diócesis a las exigencias pastorales, la preocupación por asegurar un mayor cuidado material de las iglesias, la tendencia a acentuar el aspecto defensivo del catolicismo y su organización. En materia escolar: la fundación de seminarios e instituciones especializadas de enseñanza y ayuda mutua, el desenvolvimiento de la formación catequística y religiosa de los cristianos. En materia directamente apostólica: la fundación de los Oblatos de San Ambrosio comprendiendo miembros laicos, el impulso dado a las misiones parroquiales, el apostolado de la Prensa, a una predicación dominical regular de inspiración bíblica y litúrgica, a ciertas devociones populares eucarísticas, la organización regular de visitas diocesanas y de recorridos de confirmación, el recurso a equipos apostólicos especializados, la preocupación por un apostolado comunitario.

Salta a la vista que no todas estas cosas pueden atribuírsele a él exclusivamente. Pero lo que no se le puede negar es haber sido el genial ordenador de materiales legislativos y pastorales tomados de sus predecesores, que, sistematizados, ofreció a toda la Iglesia. Porque durante toda la época de la reforma católica puede decirse que en la Iglesia entera los ojos están fijos en Milán, y ya nos encontremos en la Francia del siglo XVII, de tan magnífica orientación pastoral; ya en la España de Felipe II, y en Valencia con el Beato Ribera; ya en Italia, que en gran parte visitó él mismo; ya en Indias con Santo Toribio… en todas partes veremos cómo San Carlos es el auténtico ideal del obispo reformador y sus medidas legislativas son copiadas, adaptadas, implantadas y urgidas.

En muchos aspectos es decidido antecesor de iniciativas que estimamos modernísimas. Recordemos el “Asceterium”. al que el papa Pío XI llamó en la encíclica Menti Nostrae la primera casa de ejercicios del mundo; recordemos su preocupación por el seminario, y su clara visión de la necesidad de adaptar la formación de los seminaristas a la vida real; recordemos su empeño por la santificación de los seglares y la organización apostólica de los mismos; recordemos la amplitud de espíritu con que concibió las relaciones del clero secular con los religiosos.

Todavía más que en sus obras puede encontrarse la medida de sus preocupaciones apostólicas en las actas de las visitas apostólicas. Porque, como ha escrito el actual papa Juan XXIII, incansable editor de las que corresponden a Bérgamo, ” la historia escrita por otros tiene un poco siempre del pensamiento y de las impresiones de quien escribe. En cambio, en las actas de la visita es San Carlos mismo vivo, operante, el que a distancia de más de tres siglos aparece tal cual le veneraron sus contemporáneos; alta inteligencia de hombre de gobierno que todo lo ve y a todo llega, espíritu noble y excelso, corazón de obispo y de santo. De aquellos papeles brota su figura entera, y juntamente con ella todo un mundo que resucita en torno a él… Mas aún que en las disposiciones conciliares y sinodales, las actas de las visitas dan el tono más justo y auténtico de esta sabiduría apostólica y pastoral que tan admirablemente supo unirse en Borromeo con su íntimo fervor religioso, de aquella arte exquisita que él poseía de proveer a todo con medios aptos, de conseguir con orden, con organización perfecta, con calma, lograr un fruto, no sin dificultades a veces, pero siempre con gran dignidad y con bondad inmensa en los mismos choques”.

Muchísimas veces había desafiado la muerte: viajes de noche por los Alpes, entrevistas con sus más mortales enemigos sin defensa alguna, y, sobre todo, contactos durante largas temporadas con los apestados, en especial en la terrible peste de 1576-1577. Sin embargo, la muerte le había respetado hasta entonces.

Pero hubo un momento en que llegó ya. Tenía el cardenal cuarenta y seis años. Aunque devorado por la fiebre, continuaba haciendo su visita pastoral. El 30 de octubre inauguró un seminario. Después consoló a los habitantes de Locarno, que de cuatro mil ochocientos habían quedado reducidos a setecientos a causa de la peste. La fiebre le devoraba. Fue necesario rendirse por fin. Y en Milán, rodeado del amor de todo su pueblo, expiró dulcemente el sábado 3 de noviembre de 1584.

Desde el primer momento fue venerado. Ya el día 4 hubo una grandiosa manifestación de veneración pública. Pocos años después, en 1610, era canonizado. Su culto se extendió rapidísimamente por todo el mundo. Símbolo de la reforma católica, imagen del buen pastor, fue desde el primer momento su devoción un estímulo para continuar trabajando en las mismas tareas que él había emprendido. San Francisco de Sales le tuvo una gran devoción y visitó su sepulcro. El papa san Juan XXIII, eligió para su coronación, aun sabiendo que esto suponía un gran esfuerzo, el día de su fiesta, queriendo colocar su pontificado bajo el patronato de este gran Santo.

20171104_134758

Anuncios
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

2 de noviembre.

LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los “que siguen al Cordero”, nuestro pensamiento acompaña a “los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz”. Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor…

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos “para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz“. Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de “viatores“. Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también “signos del futuro”, desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma (el 9 san Juan de Letrán y el 18 las Basílicas de san Pedro y san Pablo). El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la “ciudad santa de Jerusalén“, donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el “somos polvo y ceniza” del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: “Aquí yace polvo, ceniza y nada”.

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas…

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: “Espero la resurrección de los muertos”.

El cristiano “no se muere”, en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que “muere”, es decir, entrega su alma al Creador”. Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el “Manual Toledano” para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente…

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta… evocaban muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dio en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de “celebración pascual” que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este “tránsito” o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados “graduales”.

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de “morir en el Señor”, que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: “Dichosos los difuntos que mueren en el Señor” (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muere acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el “socorro del viaje” que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la “recomendación del alma”.

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la “letanía de los santos”. Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: “Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc.”

Después se realiza solemnemente la entrega:

Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente… Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo…”

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite “Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo“.

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un “acto jurídico”, en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió  signum fidei “con el sello de la fe”, según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman “cementerios”, palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios fueron sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una “pérdida irreparable”, el cementerio no es la “última morada’. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: “No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él… Consolaos, pues, con tales pensamientos” (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la “vida del siglo futuro”.

“A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre” (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros “puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer” y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, “porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección” (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta por la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, “el sacrificio de nuestra redención”, o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, “sacrificio por los que durmieron”. La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima “representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio” (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: “Allí siempre estaremos con el Señor”. En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica “están en el Señor”.

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste
y al ladrón oíste,
también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos.

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio “y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar“.

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos “meses de ánimas” y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: “Tu misericordia y tu juicio cantaré“.

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.

La imagen del “paraíso” aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

“Jerusalén” es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la “patria del paraíso”, como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él “cortejo de los ángeles y los santos”. La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el “descanso eterno”, sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: “Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos” (Apoc. 1 4,16) .

“Dios es luz, y en sí no existen tinieblas”, dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos “la luz eterna”, la claridad inextinguible en el foco divino, para “ver la luz en su luz”, como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

“Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la “paz”, el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del “refrigerio”, tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del “refrigerio, de la luz y de la paz” se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la “conmemoración de los fieles difuntos”. San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Hoy los sacerdotes podemos celebrar tres misas. Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

1 de noviembre.

Mural de Todos los santos capilla del Santuario de la Divina Misericordia, Polonia

Homilía para la Solemnidad de Todos los Santos

Jornada nacional de oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de sus siervos de Dios

Hoy la Iglesia celebra su dignidad de “madre de los santos, imagen de la ciudad celestial” (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.

Pero, “¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?”. Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para el día de Todos los Santos. Es una pregunta que también se puede plantear hoy. También es actual la respuesta que el Santo da: “Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos” (Discurso 2: Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).

Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia. Esta es la vocación de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atención.

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? Decía en una ocasión como esta el papa emérito: a esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. “Si alguno me quiere servir―nos exhorta―, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Jn12, 26).

Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.

Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, “han pasado por la gran tribulación ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). Sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.

La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura el apóstol san Juan observa: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.

El Evangelio propio de esta solemnidad son las Bienaventuranzas, que nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.

En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

El inicio de la vida de fe y la perseverancia final es un don gratuito de la gracia, pero en el medio tenemos que colaborar. La santidad deseada y vivida exige atención, buen uso de la libertad.

Antes de ayer una amiga me envío un videíto por wasap, en italiano. Se trata del experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical, que consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero de 2007, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital de seis melodías de diversos compositores clásicos en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos -donados a la beneficencia-. La cifra está muy lejos de los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

El diario en cuestión partía de la siguiente pregunta: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?

Seguro que ya saben por dónde voy, ¿seremos capaces de percibir la belleza de la santidad en el contexto de nuestra vida? O ¿pagamos fortunas por cosas que no apreciamos y lo que de verdad nos puede llenar de sentido la vida, pasa sin que lo avistemos, al lado nuestro?

Con María pidamos a Dios reconocer lo bueno y lo bello de la santidad a la que nos llama Jesús.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

31 de octubre.

Lecturas del Martes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,18-25):

Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un dia se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/. El Señor ha estado grande con nosotros

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,18-21):

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

Palabra del Señor

_________________________________

1. (Año I) Romanos 8,18-25

a) Ayer nos decía Pablo que el Espíritu nos hace ser hijos. Pero hoy nos presenta una perspectiva todavía más optimista: nuestra filiación está destinada a una plenitud mucho mayor de la que podríamos imaginar.

No sólo nosotros, sino toda la creación, está en una actitud de esperanza gozosa. Según el Apóstol, el cosmos está en gestación, en estado de buena esperanza, preñado de vida. Y cuando dé a luz nosotros seremos hijos en un sentido más pleno: “está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios”, “para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. Porque ahora gemimos, “como con dolores de parto”, “aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.

b) La imagen de la Iglesia, de la humanidad y hasta de toda la naturaleza cósmica preñadas, con dolores de parto, en espera de alumbrar un mundo nuevo, es una imagen poderosa y atrevida.

Lo que ya tenemos ya es bueno y llena de sentido la existencia. Pero “fuimos salvados en esperanza”: todavía nos va a dar Dios una vida más gloriosa. Resulta que sólo tenemos “las primicias del Espíritu” y todavía no somos hijos en plenitud, ni estamos totalmente liberados de la esclavitud. Caminamos hacia esa “libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

¡Qué visión tan dinámica y comprometedora de la vida cristiana! Una visión de marcha y de camino, de crecimiento y maduración, de gestación de una nueva vida. ¿Qué importancia puede tener, en esta perspectiva, que haya algunos momentos de sufrimiento y de prueba? Como dice Pablo, “considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Haremos bien en dejarnos contagiar por la alegría del salmo: “la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

Esto incluye también al mundo, a la naturaleza creada, llamada a verse un día “liberada de la esclavitud de la corrupción”. Pablo nos presenta una unidad de destino entre la humanidad y el cosmos: no es mera yuxtaposición lo que nos une a este mundo, sino que estamos enraizados profundamente en él. También el mundo cósmico está destinado a la salvación, al igual que nosotros estamos llamados a salvarnos, no sólo en nuestro espíritu, sino también en nuestra corporeidad.

Al Espíritu le rezamos los cristianos pidiendo “que renueve la faz de la tierra”. En la Plegaria Eucarística IV del Misal, al mirar al pasado, damos gracias a Dios porque “hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria”; y al mirar al futuro, nos gozamos porque un día, “junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro”. Estos gemidos y dolores de parto de que habla Pablo van a tener, por la fuerza del Espíritu, un alumbramiento sorprendente y lleno de alegría. ¿Será la vuelta al paraíso inicial, pero con mayor plenitud?

2. Lucas 13,18-21

a) Dos breves comparaciones le sirven a Jesús para explicarnos cómo actúa el Reino de Dios en este mundo: el grano de mostaza que sembró un hombre y la levadura con la que una mujer quiso fabricar pan para su familia.

La semilla de la mostaza, aunque aquí no lo recuerde Lucas, es en verdad pequeñísima.

Y, sin embargo, tiene una fuerza interior que la llevará a ser un arbusto de los más altos.

Un poco de levadura es capaz de transformar tres medidas de harina, haciéndola fermentar.

b) A nosotros nos suelen gustar las cosas espectaculares, solemnes y, a ser posible, rápidas.

No es ése el estilo de Dios. ¡Cuántas veces, tanto en el AT como en el NT y en la historia de la Iglesia, Dios se sirve de medios que humanamente parecen insignificantes, pero consigue frutos muy notables! La Iglesia empezó en Israel, pueblo pequeño en el concierto político de su tiempo, animada por unos apóstoles que eran personas muy sencillas, en medio de persecuciones que parecía que iban a ahogar la iniciativa. Pero, como el grano de mostaza y como la pequeña porción de levadura, la fe cristiana fue transformando a todo el mundo conocido y creció hasta ser un árbol en el que anidan generaciones y generaciones de creyentes.

Así crecen las iniciativas de Dios. Esa es la fuerza expansiva que posee su Palabra, como la que ha dado en el orden cósmico a la humilde semilla que se entierra y muere.

Estas palabras de Jesús corrigen nuestras perspectivas. Nos enseñan a tener paciencia y a no precipitarnos, a recordar que Dios tiene predilección por los humildes y sencillos, y no por los que humanamente son aplaudidos por su eficacia. Su Reino -su Palabra, su evangelio, su gracia- actúa, también hoy, humildemente, desde dentro, vivificado por el Espíritu.

No nos dejemos desalentar por las apariencias de fracaso o de lentitud: la Iglesia sigue creciendo con la fuerza de Dios. En silencio. Un árbol seco que cae estrepitosamente hace mucho ruido, y puede provocar un escándalo en la Iglesia. Fijémonos más bien en tantos y tantos árboles que, silenciosamente, viven y están creciendo. Abunda más el bien que el mal, aunque éste se vea más.

Lo que sí tenemos que cuidar es el no caer nosotros mismos en la pereza y en el conformismo. Estamos destinados a crecer y a producir fruto, a ser levadura en el ambiente en que vivimos, ayudando a este mundo a transformarse en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

27 de octubre.

20171027_123538

Arriba visita a la Virgen de Częstochowa. Abajo visita al Santuario de la Divina Misericordia y a Santa Faustina Kowalska.


Viernes, XXIX semana del Tiempo Ordinario, feria

Rm 7,18-25a: ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte?

 

Hermanos:

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no.

El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago.

Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno., me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos.

En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte?

Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

 

Sal 118,66.68.76.77.93.94: Instrúyeme, Señor en tus leyes.

 

Enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos.Tú eres bueno y haces el bien,
instrúyeme en tus leyes.Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo.Cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad.

Jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida.

Soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.

 

Lc 12,54-59: Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?

 

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:

–Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. Cuando sopla el sur decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace.

Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?

Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel.

Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

22 de octubre.

IMG-20171022-WA0003

Lecturas Domingo 29º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (45,1.4-6):

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10e

R/. Aclamad la gloria y el poder del Señor

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda;
decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1,1-5b):

Pablo, Silvano y Tirnoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,15-21):

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor

________________

Homilía para el XXIX domingo durante el año A

Cuando los Fariseos, los Escribas y los Sacerdotes llevaron a Jesús a Pilato para ser condenado y ejecutado por las autoridades romanas, ellos utilizaron contra él la siguiente acusación: «Hemos encontrado a este hombre incitando nuestra nación: no queriendo que paguen el impuesto al César…» (Lc. 23, 2). En realidad el hecho pone en evidencia que Jesús fue históricamente juzgado y ejecutado por los romanos bajo una acusación de alta traición. Es por esto importante analizar atentamente los eventos traídos en el Evangelio de este domingo, porque estos hechos serán usados por las autoridades judías para hacer ejecutar a Jesús como un agitador político.

Jesús es muy comprensivo al mirar las debilidades humanas y manifiesta una compasión exquisita con cualquier suerte de pecador. Pero hay una cosa que él no puede soportar, es la hipocresía. No puede soportar la hipocresía de las autoridades judías que permiten oprimir política, social y económicamente a su propio pueblo en nombre de la religión. Como, seguramente no soporta, en nuestros días, la hipocresía de querer usar el Evangelio como fundamento de una distinción entre política y religión que permite en muchos casos que actitudes en el orden social y económico no sean influenciadas por el Evangelio. En realidad tal distinción (que es otra cosa que la sana autonomía de cada esfera de autoridad) es un concepto moderno y puramente pagano.

El pueblo de Israel vivía bajo la dominación romana. Muchos rasgos de los Evangelios nos muestran que Jesús deseaba, así como los zelotes, los fariseos, los esenios, y todos, que Israel sea liberado del imperialismo romano. Pero su preocupación iba más allá, de la de todos estos grupos. Él quería ir a las raíces de la opresión y la dominación: la falta de compasión del hombre para el hombre. Si los Judíos no tenían compasión por los demás, ¿serían con la libertad de la ocupación romana más misericordiosos? Si los Judíos continúan basando sus vidas en los valores mundanos del dinero, el prestigio, la solidaridad sólo con el propio clan y el poder; la opresión romana ¿no sería simplemente reemplazada por una opresión judía igualmente implacable? Los mismo vale para nosotros cristianos, si no entendemos el Evangelio.

Jesús estaba preocupado por la liberación de una forma más verdadera que los zelotes. Ellos querían un cambio de Gobierno (hoy diríamos un “cambio de régimen”) de romano a Judío. Esto no fue un problema para Jesús. Pero él quería que este cambio afectara a todas las dimensiones de la vida. Él vio lo que nadie más vio: que la opresión y la explotación económica, de los judíos, venía más de dentro que desde fuera. La clase media judía, que se rebeló contra Roma, oprimía a los pobres y a los sin educación. La gente común sufría más la opresión de los escribas, los fariseos, los saduceos y los zelotes que la de los romanos. Las protestas de esta clase media contra los romanos eran hipócritas. Y este es el punto central de la famosa respuesta de Jesús a la pregunta de si es lícito pagar tributo al César.

En la práctica, la ocupación romana significaba pagar impuestos. En la mente de los fariseos, pagar impuestos a los ocupantes romanos significaba dar al César lo que pertenece a Dios, es decir, la propiedad de Israel. Pero Jesús veía que esto era una mera racionalización, excusa hipócrita por su avaricia. No tenía nada que ver con el problema real.

En su intervención, los fariseos, le preguntan si está permitido pagar impuestos al emperador. En respuesta, Jesús no habla de pagar, sino de dar. “Dad al César lo que es del César”, les dijo. Esta respuesta muestra que Jesús vio la verdadera razón detrás del problema que estaban planteando con este tema de los impuestos. Los que ponen esta pregunta estaban en posesión de la moneda romana. Estas monedas llevaban la imagen y el nombre de César. No era el dinero de Dios; sino que era dinero del César. Si usted se niega a dar al César lo que es del César, esto sólo se puede deber a su amor por el dinero. Pero, dice Jesús, “también den a Dios lo que es de Dios”, es decir a su pueblo, que ustedes han arrinconado para acaparar más dinero. Si ustedes realmente desean dar a Dios lo que es de Dios, venderían todos sus bienes y los darían a los pobres; y renunciarían también al poder y al prestigio.

El verdadero problema era el de la opresión entre ellos, y no el hecho de que el Imperio Romano se atrevió oprimir al pueblo elegido. La raíz de todas las formas de opresión es la falta de compasión. Considerado en estos términos, las limitaciones que producían pagar los impuestos a los romanos, más que a los judíos, fueron mínimas en comparación con las restricciones sufridas por los pobres y pecadores judíos por parte de sus ricos y “virtuosos” conciudadanos. Todas estas restricciones se debían eliminar, pero Jesús estaba mucho más preocupado por los sufrimientos a que estaban sujetos los pobres y los pecadores, como nos revela el Evangelio.

Jesús, conociendo su intención, se libra de la trampa. Nadie puede acusarlo, porque los envuelve en la misma red que le han tendido. Jesús dice: «Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentan un denario, que ciertamente tenía la imagen del César. Roma había impuesto su moneda como signo de dominación. Entonces Jesús les pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos responden: «Del César». Han caído en la trampa. Jesús concluye de esa respuesta: «Dad al César, lo que es del César». La frase tiene un doble sentido; uno para satisfacer a los herodianos y otro para satisfacción de los fariseos, de manera que no pudieran acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. «Devolved al César lo que es del César», puede entenderse: «Pagad el impuesto». De esta manera, no resistía el poder de Roma. Pero también puede entenderse: «Liberaos de la odiosa imagen del César y de su dominación, devolviéndole lo suyo». De esta manera, daba satisfacción a los judíos. De todas maneras, fue acusado de sedición. La acusación que llevaron a Pilato era ésta: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Lc 23,2). Como vemos, era mentira.

Pero la pregunta también tenía una intención religiosa: «¿Es lícito, es decir, conforme a la ley de Dios, pagar el tributo?» Por eso Jesús agrega: «Dad a Dios lo que es de Dios». Si el denario tiene impresa la imagen del César y por eso debe devolverse al César lo suyo, el hombre tiene impresa «la imagen de Dios». Por tanto, él se debe completamente a Dios. Hemos sido creados por Dios, a imagen de Dios y para Dios. Dios es nuestro origen, nuestro divino prototipo y nuestro fin; por eso nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Dios donde encuentra su fin último y su felicidad. El hombre debe obedecer la ley humana civil siempre que ésta no sea contraria a la ley divina natural. Si ocurre esa desgraciada circunstancia, el hombre debe resistir la ley civil porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres« (Hch 5,29). Y lo debe hacer aunque esto le acarree inconvenientes y persecución, porque la pureza y paz de la conciencia moral es superior a cualquier bienestar o ventaja material.

Jesús no reprocha a los fariseos porque sean demasiado políticos. En un cierto sentido él les reprocha ser demasiado religiosos, es decir de oprimir a sus hermanos en nombre de una religión sin amor.

¿Seremos nosotros así: demasiado religiosos, pero sin dar a Dios lo que es de Dios?

Pidamos a María nuestra Madre dejar que en nuestra vida todo este iluminado por el Evangelio y la compasión y siempre le demos lo suyo a Dios.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

18 de octubre.

 

Haciendo memoria del santo

De visita en la Signatura


S A N   L U C A S
(Siglo I)

 

Con sencillez impresionante da entrada el tercer evangelio a una escena donde lo humano va poco a poco cediendo paso a lo divino. Era el día de la resurrección de Cristo y, buscando salida a las fuertes y encontradas emociones de toda aquella jornada, dos de los discípulos de Cristo se dirigían aquel mismo día a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén ciento sesenta estadios (Lc. 24,23). Junto al nombre de Cleofás, uno de “los dos”, sólo una alusión que deja en la penumbra al compañero. Silencio “intencionado”, sin duda, sobre el nombre del “otro” discípulo, que por lo mismo habría que identificar con ei propio San Lucas, autor del relato, Asi lo creyó San Gregorio Magno, apoyado, por lo demás, en el testimonio de “algunos” estudiosos de entonces (ML 75,517), y así despues de él lo aceptó un grupo de autores antiguos y modernos. Cuestión al parecer sin importancia, pero que la tiene en el fondo

Si el “otro” discípulo, compañero de Cleofás, fuese el autor del tercer evangelio, habría que pensar en un Lucas no de origen gentil, sino judío y discípulo en vida del Señor, como, entre otros, lo apuntó San Epifanio (MG 41, 280.908). Es un testimonio que queda muy solo frente al origen del nombre griego Lukas, Lukanos o Lukios y frente a las explícitas afirmaciones de los célebres Prólogos (antiguo y monarquiano ) de Ireneo, del Fragmento Muratoriano, de Eusebio, de Jerónimo… Discípulo, sí, de Cristo, pero no de aquellos “que desde el principio fueron testigos oculares y ministros después de la palabra” (Lc. 1,2), sino a través de Pablo.

Al cristianismo, acaso ya hacia el año 40, llega San Lucas sin haber tenido contacto directo con Cristo, como tampoco lo había tenido San Pablo. En Antioquía probablemente, y por aquella fecha, el futuro evangelista e historiador se encuentra por vez primera con el gran apóstol-escritor: desde entonces Lucas es al lado de Pablo un incansable misionero, sembrador del mensaje de Cristo entre los gentiles. Con Pablo le vemos partir primero a Filipos de Macedonia, más tarde a Jerusalén y por fin a Roma (Act. 16,20-21.27,28). Fiel al misionero de las gentes, su maestro, no le abandona en las amargas horas de su primera cautividad. A su lado, como uno de “sus auxiliares”, mientras Pablo desde su prisión romana escribe su densa carta a los colosenses y su delicado billete a Filemón, está “Lucas el médico, el querido” (Col. 4,14: Phil. 24).

Es un hecho que el Lucas evangelista-historiador ha hecho, acaso un poco injustamente, pasar a segundo término al Lucas misionero, de quien Pablo, el apóstol de las gentes, escribía desde su prisión de Roma: Lucas solo queda conmigo (2 Tim. 4,11). Como escribe San Juan Crisóstomo, “incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrido, Lucas no acertaba a separarse de Pablo” (MG 62,656). Sólo la muerte le podrá separar de su maestro: con él había misionado hasta entonces y, misionero incansable, seguirá por los campos de Acaya y Bitinia, Dalmacia y Macedonia, Galia, Italia y Egipto, hasta morir, mártir como el maestro, en Beocia o Bitinia, y reposar definitivameníe en Constantinopla.

Año tras año en intimidad de discípulo con el gran predicador de los gentiles, Lucas iba asimilando poco a poco el evangelio de Pablo. Su evangelio ofrecerá, por lo mismo, tantos puntos de contacto literarios y doctrinales con los escritos del apóstol que podrá hablarse de “Pablo iluminador de Lucas” en frase de Tertuliano (ML 2,365 ). Luz literario-doctrinal de Pablo, a la que, con su cultura griega, su trato con los “testigos oculares” de la vida de Cristo, su conocimiento de los diversos relatos evangélicos existentes y su vocación de “investigador escrupuloso”, Lucas supo dar cuerpo y proyectar definitivamente en el complejo armónico del tercer evangelio.

Predicador incansable al lado de Pablo, Lucas siguió también como escritor las huellas del maestro: la tradición en bloque le atribuye la composición del tercer evangelio, cuyo contenido, por otra parte, responde tan de lleno a las cualidades del griego Lucas, del “compañero” y del “médico querido” de Pablo. Fruto de años, la redacción del evangelio de Lucas debió de recibir el empujón definitivo durante las largas horas de cariñosa vela junto al prisionero Pablo, y, ya antes de la muerte del apóstol, pudo correr de mano en mano, primero entre los cristianos de Roma y más tarde entre los de Acaya, Egipto, Macedonia…

Aunque lo dedique a Teófilo y no se trate de un mero nombre simbólico, Lucas apunta con su evangelio a un objetivo mucho más amplio que la simple formación cristiana, segura y a fondo, de su discípulo o amigo. Con miras de universalismo, herencia de Pablo, Lucas compone su evangelio de cara al mundo gentil, cuyo movimiento en masa hacia el cristianismo se veía amenazado por las exigencias legales y sueños judíos, las fábulas de los herejes, la frivolidad peligrosa del ambiente pagano. Pablo, con insistencia machacona, habia dado la voz de alerta de pa]abra y por escrito, y Lucas, una vez más, se hace eco del maestro.

Lucas, griego y gentil de origen, “hace gracia de su evangelio a los gentiles”, como observa Origenes (MG 20, 5tS1). Antiguos hermanos en el paganismo y hermanos nuevos en la fe cristiana, como a hermanos les trata. Conoce sus errores, y busca instruirles en cuanto la religión judía conserva de esencial y permanente, pero sin exigencias inutiles de lo transitorio; ha vivido su ambiente, y señala con acierto sus vacíos y sus plagas morales: cae en la cuenta de sus naturales prevenciones y susceptibilidades de raza, cultura…, y con delicadeza va ladeando escenas que pudieran herirles, o recalcando las que habrían de halagarles. Silencio sobre el aparente desprecio de Cristo ante la mujer cananea, sobre las befas de los soldados romanos junto a la cruz, sobre el mandato con que Cristo restringe provisionalmente la predicación del Evangelio a los gentiles: apología del bondadoso samaritano, del entero centurión, del agradecido leproso de Samaria: gozo no disimulado ante la buena acogida dispensada por el Bautista a los soldados gentiles; insistente presentación de las “mujeres del Evangelio” junto a la Mujer por excelencia, como abriendo camino a la dignificación de la mujer entre los gentiles.

Espontáneas filigranas de delicadeza por parte de quien, como su maestro, había escogido,como lema “hacerse todo a todos para ganarlos a todos”. Lucas el evangelista sigue la linea del Lucas misionero. Su evangelio se abre en un ambiente de suavidad y dulzura humano-divina, que parece como el despliegue de aquellas profundas y sentidas afirmaciones de San Pablo cuidadosamente recogidas en la liturgia navideña: Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios para todos los hombres…, pues quiere que todos se salven…, por la aparición de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús (I Tim. 2,4; 2 Tim. 1,10; Tit. 2,11-13). Lucas, el evangelista de la Encarnación y de la infancia de Cristo, saluda el alborear de esa gracia de cara al Sol naciente que desde lo alto baja a iluminar a los sentados en tinieblas y sombra de muerte, de cara al Niño de Belén, Híjo de María, que, sin distinción entre israelitas y gentiles, trae paz a la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc. 1,78-79: 2,14).

Evangelista-misionero, Lucas señala la trayectoria universalista de la luz salvadora que es el gran Dios y Salvador Cristo Jesús desde el seno de María, desde la cuna de Belén, desde los brazos de Simeón en el templo. Siente llegada la hora de la luz de las naciones profetizada de antiguo, y gozoso recoge el anuncio primero de Juan Bautista, poco después de labios del mismo Cristo: al Precursor le oye clamar con la vista hundida en las naciones: Y verá toda carne la salvación de Dios: a Cristo le sorprende en su primera predicación pública como al Envíado del Padre a las naciones para evangelizar a los pobres, para anunciar liberación a los cautivos y vista a los ciegos, para libertar a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor (Lc. 2,32; 4,18-19), Como Pablo, siente Lucas en el corazón que la ceguera voluntaria cierre a la masa del pueblo judío la puerta del Evangelio; pero, también como Pablo. no puede disimular su alegría ante la llegada torrencial de los pueblos a las puertas del reino: Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del mediodía. y serán admitidos al banquete en el reino de Dios (Lc. 13.29). Sabe que es palabra de Cristo y con ella cierra su relato evangélico: Y les dijo: Así está escrito: Que… se había de predicar en su nombre penitencia y remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Lc. 24, 46-47).

El antiguo médico de los cuerpos, que en su estilo y en los detalles de sus narraciones evangélicas refleja tantas veces la técnica de su antigua profesión, desemboca finalmente en el misionero y evangelista-médico de las almas. Su psicología profesional, psicología de misericordia ante el enfermo y desgraciado, se robustece y espiritualiza ante el pecador-enfermo del alma. El paso era lógico, y Lucas, que, como los otros evangelistas, ha sabido transmitir la actividad de Cristo en la tierra como médico divino de los cuerpos, mejor que ninguno ha logrado vibrar al unísono con la misericordia de Cristo ante las miserias del alma.

El evangelio de Lucas, “el médico carísimo” de Pablo, es el evangelio de la misericordia de Cristo, médico incorregible de los cuerpos y de las almas, que pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los tiranizados por el diablo (Act. 10,38). Como al acecho de este “misericordioso samaritano”, Lucas recoge cuidadosamente las palabras con que Zacarías anuncia su próxima llegada y le proclama campeón de misericordia y perdón de los pecados por el amor entrañable de nuestro Dios (Lc. 1,72, 77,78 ).

Trabajado por la misericordia y compasión, el médico de antes y el misionero-médico de más tarde sigue incansable en su evangelio las huellas del Cristo médico compasivo de las almas enfermas. De su corazón y de sus labios recoge el perdón sin condiciones de la “mujer pecadora” (Lc. 7,36-50), la llamada tajante de Zaqueo, “el publicano y hombre pecador” (Lc. 19,1,10); la respuesta al ataque farisaico, “ése acoge a los pecadores y come con ellos”, en las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada y otra vez vuelta al redil en brazos del pastor, la de la dracma perdida y encontrada de nuevo tras búsqueda trabajosa, la del hijo pródigo y de nuevo en la casa paterna entre los brazos del padre, siempre en espera. Cantor de la misericordia de Cristo y del gozo en el cielo ante el pecador a quien el médico divino cura (Lc. 15).

Como a Médico compasivo Lucas le sigue paso a paso hasta el Calvario, para poder consignar en su evangelio los últimos latidos de un corazón que desde la cruz perdona-cura Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.,, Hoy estarás conmiço en el paraíso (Lc. 23,34-43). Es la herencia de misericordia-perdón que Cristo deja a los suyos antes de separarse definitivamente de ellos (Lc. 24,47).

Con esta línea de salvación universal y de misericordía sin límites por parte de Cristo frente a miserias de cuerpo y de alma, Lucas ha reflejado también en su evangelio los más íntimos repliegues de su alma de evangelista, médico frente al mundo enfermo y alejado de Dios. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, incontestablemente suyo según el testimonio de las diversas iglesias primitivas, sigue acentuando esta linea confirmada por la propia experiencia y el contacto directo con apóstoles y discípulos. Escrito seguramente en Roma años antes del 70, y dedicado también a Teófilo, mira en último término al mundo cristiano de la gentilidad y en torno a él gira desde el principio. En su primera página repite el último mandato de Cristo, el Salvador del mundo, a los apóstoles el día de la Ascensión: Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra (Act. 1,8).

Auras de salvación universal desde el día de Pentecostés. En él, junto a los judíos y prosélitos, todo el mundo oriental, desde Frigia y Egipto hasta Mesopotamia y Elam, se agrupa en torno a los apóstoles y recoge admirado de labios de Pedro la profecía de Joel: Derramaré mi Espiritu sobre toda carne… Todo el que invocare el nombre del Señor se salvará (Act. 2). A golpes de misericordia, Lucas ve derrumbarse el antiguo muro de separación entre Israel y las naciones, y hace suyas las palabras con que el propio Pedro anuncia inminente la plena realización de la promesa divina a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra (Act. 3,25). Después de la evangelización de los samaritanos, Felipe abrirá paso a la antigua promesa con la evangelización del eunuco de Etiopía y de todas las ciudades costeras a lo largo del país filisteo y de la llanura de Sarón (Act. 8).

Es el momento escogido por Lucas para volcarse como historiador del universalismo cristiano. Biógrafo de Pablo, pero no su interesado apologista, le presenta, desde el momento de su conversión-vocación al apostolado, como vaso de elección para llevar hasta las naciones el nombre de Dios (Act. 9,15), como heraldo de luz y libertad, de perdón de pecados y fe santificadora (Act. 26,17-18), como testigo ante los hombres todos de cuanto en sus comunicaciones con Jesús ha visto y oído (Act. 22,25).

A este Pablo, caballero andante del Evangelio, acompañó Lucas como misionero auxiliar en activo de Palestina y Asia Menor a Grecia e Italia. El libro de los Hechos ofrece algunos textos-clave de estas andanzas misionales del evangelista con el apóstol (Act. 16,20-21.27,28). Y cuando Pablo recuerda a su “colaborador” en el ministerio y evoca al “médico carísimo, compañero único” en algunas horas amargas, hace pensar en un Lucas que como él sufre hambre y sed, desnudeces y persecuciones, como él se preocupa por la suerte de las diversas comunidades cristianas, como él muere al servicio del Evangelio.

Su psicología de médico de los cuerpos ha ganado las alturas psicológicas del divino Médico de los cuerpos y las almas: en sus escritos y en su vida apostólica se ha esforzado por hacer suyo aquel lema de Cristo de que no son los sanos quienes tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Sin excluir a los fieles de Israel, muestra sus preferencias por la conversión de los pueblos gentiles: a ellos dedicó su evangelio y su libro de los Hechos, y a ellos, como Pablo y los compañeros de Pablo y suyos, consagró su vida y su muerte.

Gracias principalmente a él conocemos en parte la historia de la Iglesia en sus primeros esfuerzos y en sus primeras realizaciones de expansión por Oriente y Occidente. Pablo y los suyos entran con ello en la órbita misionera de salvación universal trazada por Cristo y oficialmente sancionada por Pedro con la admisión en la Iglesia del centurión Cornelio y los gentiles. Lucas, una vez más evangelista de alma misionera, transmite el hecho y la declaración oficial del Príncipe de los Apóstoles: A la verdad entiendo ahora que no es Dios aceptador de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. En marcha incontenible la evangelización del mundo gentil, los apóstoles y fieles israelitas glorificaron a Dios, porque también a los gentiles había concedido la penitencia para alcanzar la vida (Act. 11).

Cuadro de misericordia, de perdón de pecados, de salvación universal. Lucas es una de sus figuras en activo y el autor de su trazado. Artista de la pluma, fue también, según una tradición antigua, artista del lienzo y del pincel. A él se le atribuyen algunas imágenes de María que se conservan principalmente en Bolonia y Roma. Ciertamente ofrece en su evangelio como una galería de cuadros maestros de la Virgen: a su pluma se deben los cuadros de la Anunciación y de la Visitación de María, del Nacimiento y de la Circuncisión de Jesús en los brazos maternos, de la Purificación de la Madre y de la Presentación del Hijo en el Templo, de Jesús entre los doctores y en diálogo con María. Espíritu de artista mariano que Lucas vuelca por última vez en aquella pincelada final del día de la Ascensión: Los apóstoles perseveraron unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con Maria, Ia Madre de Jesús, y con sus hermanos (Act. 1,19). Junto a la imagen de Jesús, el Salvador y médico compasivo, la imagen de Maria, la Madre de misericordia.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario