12 de diciembre.

12 de diciembre en América Nuestra Sra. de Guadalupe, patrona de América.

Lecturas del Martes de la 2ª semana de Adviento

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (40,1-11):

«CONSOLAD, consolad a mi pueblo
—dice vuestro Dios—;
hablad al corazón de Jerusalén,
gritadle,
que se ha cumplido su servicio,
y está pagado su crimen,
pues de la mano del Señor ha recibido
doble paga por sus pecados».
Una voz grita:
«En el desierto preparadle
un camino al Señor;
allanad en la estepa
una calzada para nuestro Dios;
que los valles se levanten,
que montes y colinas se abajen,
que lo torcido se enderece
y lo escabroso se iguale.
Se revelará la gloria del Señor,
y verán todos juntos
—ha hablado la boca del Señor—».
Dice una voz: «Grita».
Respondo: «¿Qué debo gritar?».
«Toda carne es hierba
y su belleza como flor campestre:
se agosta la hierba, se marchita la flor,
cuando el aliento del Señor
sopla sobre ellos;
sí, la hierba es el pueblo;
se agosta la hierba, se marchita la flor,
pero la palabra de nuestro Dios
permanece por siempre».
Súbete a un monte elevado,
heraldo de Sión;
alza fuerte la voz,
heraldo de Jerusalén;
álzala, no temas,
di a las ciudades de Judá:
«Aquí está vuestro Dios.
Mirad, el Señor Dios llega con poder
y con su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario
y su recompensa lo precede.
Como un pastor que apacienta el rebaño,
reúne con su brazo los corderos
y los lleva sobre el pecho;
cuida él mismo a las ovejas que crían».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,1-2.3.10ac.11-12.13-14

R/. Aquí está nuestro Dios, que llega con poder.

V/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria. R/.

V/. Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente». R/.

V/. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. R/.

V/. Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,12-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

Palabra del Señor

_______________________

1. Se nota que el pasaje pertenece al «libro de la consolación» del profeta Isaías: sea de él en persona o de un discípulo suyo posterior, llamado «el segundo Isaías», que profetizó en tiempos del destierro.

En medio de una historia bien triste para el pueblo de Israel, tanto política como religiosa, resuena un pregón de esperanza, describiendo con fuerza literaria y plástica los caminos que a través del desierto van a conducir al pueblo de vuelta a Jerusalén, como sucedería en efecto, en el siglo VI antes de Cristo, por decisión del rey Ciro.

Se dibuja aquí como una repetición del éxodo desde Egipto, camino de la tierra prometida. Ahora es la vuelta del destierro de Babilonia. En ambas ocasiones es Dios quien conduce y protege a su pueblo. Pero exigirá esfuerzo por parte de todos: han de ir construyendo el camino, allanando, rellenando, enderezando, como recordará más tarde el Bautista. Un buen símbolo de la colaboración del hombre en la salvación que le ofrece Dios.

El anuncio más consolador es que Dios llega, que llega con poder, que perdona a su pueblo sus pecados anteriores, que quiere reunir a todos los dispersos, como el pastor a sus ovejas. Es un retrato poético y amable de Dios como Pastor: «lleva en brazos los corderos, cuida de las madres». Tiene entrañas de misericordia para con su pueblo. No quiere que permanezcan más tiempo en la aflicción.

No es extraño que el salmo nos haga cantar sentimientos de alegría por la cercanía mostrada en todo tiempo por Dios a su pueblo: «cantad al Señor, bendecid su nombre, delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra».

2. Es un mensaje que nosotros acogemos con más motivos todavía al escuchar el evangelio. También Jesús hace un retrato del «Padre del cielo», y lo describe como Pastor con un corazón bueno, comprensivo, que va en busca de la oveja descarriada y se llena de alegría cuando la encuentra. «No quiere que se pierda ni uno de estos pequeños».

Es un retrato que más que con palabras ha manifestado Jesús con su propia vida. A imitación de su Padre, él se preocupa de todas las ovejas, de modo especial por las más débiles, las que se escapan del redil y corren peligros.

No las abandona, las busca, las acoge, las perdona, las devuelve a la seguridad. Es en verdad el Buen Pastor.

Si el Padre es rico en misericordia, Cristo aparece también en las páginas del evangelio como comprensivo, misericordioso, benigno con los pecadores, dispuesto siempre a perdonar. A los dos discípulos «extraviados» que abandonan la comunidad de Jerusalén y, desanimados, se quieren refugiar en su casa de Emaús, el Resucitado les sale al encuentro, los recupera pacientemente y les envía de nuevo a la comunidad. Siempre Buen Pastor.

No ha venido a condenar, sino a salvar.

3. a) A los primeros a quien Cristo Jesús quiere salvar en este Adviento es a nosotros mismos. Tal vez no seremos ovejas muy descarriadas, pero puede ser que tampoco estemos en un momento demasiado fervoroso en nuestro seguimiento del Pastor. Todos somos débiles y a veces nos distraemos del camino recto.

Cristo Jesús nos busca y nos espera. No sólo a los grandes pecadores y a los alejados, sino a nosotros, los cristianos que le seguimos con un ritmo más intenso, pero que también necesitamos el estímulo de estas llamadas y de la gracia de su amor. Somos nosotros mismos los invitados a confiar en Dios, a celebrar su perdón, a aprovechar la gracia de la Navidad. El que está en actitud de Adviento -espera, búsqueda- es Dios para con nosotros.

Y se alegrará inmensamente si volvemos a él.

b) Pero también nos enseñan estas lecturas a mejorar nuestra actitud para con los demás. ¿Ayudamos a otros a volver del destierro o del alejamiento a la cercanía de Dios? ¿estamos siendo en este Adviento, ya en su segunda semana, mensajeros de la Buena Nueva para con otros y pastores ayudantes del Buen Pastor? ¿sabemos respetar a los demás, esperarles, buscarles, ser comprensivos para con ellos, y ayudarles a encontrar el sentido de su vida? ¿tenemos corazón acogedor para con todos, aunque nos parezcan poco preparados, incluso alejados, como lo tiene Dios para con nosotros, que tampoco somos un prodigio de santidad?

Tal vez depende de nuestra actitud el que para algunas personas esta Navidad sea un reencuentro con Dios. Y no por nuestros discursos, sino por nuestra cercanía y acogida.

El profeta puede dirigirse a nosotros y decirnos: «Consolad, consolad a mi pueblo».

¡Grita! ¿Qué debo gritar? ¡Aquí está vuestro Dios!». Hoy las lecturas nos lo han gritado a nosotros. Ahora nosotros podemos ser heraldos de esperanza en medio de un mundo que no abunda precisamente en noticias buenas. Empezando por nuestra propia familia o comunidad.

c) En cada Eucaristía viene Cristo Jesús a nosotros. En la comunidad: «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio»; en la Palabra que nos dirige: él mismo es la Palabra viviente de Dios que se nos da; en la Eucaristía de su Cuerpo y su Sangre, que son alimento de vida eterna. Ahí está condensada la razón de ser de nuestra confianza y de nuestra actuación misionera durante la jornada.

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10 de diciembre.

Lecturas del Domingo 2º de Adviento – Ciclo B

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (40,1-5.9-11):

«Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.»
Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos –ha hablado la boca del Señor–.»
Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 84,9ab-10.11-12.13-14

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro (3,8-14):

No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Marcos (1,1-8), del domingo, 10 de diciembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,1-8):

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”»
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

Palabra del Señor

Homilía para el II Domingo del Adviento B

A lo largo del Antiguo Testamento, dos períodos marcaron profundamente la historia del Pueblo de Dios.   El primero fue el del Éxodo, los cuarenta años durante los cuales el pueblo fue formado por Dios en el desierto, y, el segundo fue el del exilio donde la gente tuvo que asumir un camino de conversión para descubrir el camino de regreso a Tierra Santa.

Podríamos preguntarnos a cuál de estos dos períodos se refiere a Juan el Bautista espiritualmente. Pero probablemente sea más útil y más oportuno, antes de releer los textos de la Misa de hoy, preguntar cuál de estos períodos pertenece al mundo en el que vivimos, y a cual pertenecemos cada uno personalmente.

Israel había sido liberado de la opresión, la servidumbre y la injusticia que había experimentado en Egipto. Esta liberación, el pueblo, la experimentó en el desierto. Pero después de unos siglos de establecimiento y enraizamiento en la tierra prometida, los profetas están llamados a gritar y protestar contra la opresión, la servidumbre y la injusticia en el corazón mismo del pueblo elegido. Y fue esta situación pecaminosa lo que lo llevó al exilio.

La experiencia de toda la humanidad hoy, así como la experiencia de la Iglesia, cincuenta y algo de años después del Concilio, es mucho más una experiencia de exilio que una experiencia en el desierto. Hoy en día, hay una parte importante de la población mundial en el exilio.¡Y cuántas personas se han exiliado a sí mismas de la esperanza, abandonando la lucha, abandonando los sueños y las utopías! Los psicólogos y los teólogos hablan de “depresión psicosocial”. La Iglesia misma está viviendo en una situación desértica. Las voces de los grandes teólogos y los grandes maestros espirituales de la época del Concilio se extinguieron una tras otra, sin que ninguna voz de la misma fuerza se manifestara para cubrir la de los “guardianes”. ¡No tenemos más profetas!

Damos la bienvenida a una voz, por lo tanto, esa voz del Segundo Isaías, esa voz del Tiempo del Exilio que pone palabras de consolación en la boca de Dios: “Consuela, consuela a mi pueblo”, dijo tu Dios. Habla al corazón de Jerusalén.”

Cuantos pueblos, sumidos en el materialismo y la negación de lo religioso, cuantos oprimidos por guerras y amenazas de guerra necesitan consuelo hoy.

Es por eso que el mensaje de san Juan Bautista sigue siendo relevante hoy. Su tiempo también fue un tiempo de exilio mucho más que un tiempo de éxodo. Era, como hoy, un tiempo de violencia, de opresión de los pobres por los ricos, de los pequeños por los grandes, de una práctica sociológica de la religión, sin mirada trascendente. El evangelista san Marcos coloca su llamada a la conversión al comienzo de su Evangelio, las primeras palabras de gran solemnidad: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo.” Esta buena noticia es sobre todo una llamada a la conversión. Y la conversión a la que Juan llama no es la simple corrección de algunas pequeñas imperfecciones o el comportamiento puramente individual. Tiene una dimensión esencialmente social: es un llamado a compartir, a hacer justicia y a la no violencia, y a ser religiosos de verdad, creyendo en Dios y dándole un culto integral.

La situación contemporánea del exilio , de la desmotivación, que mencioné hace un momento, puede deberse al hecho de que hemos intentado demasiado para transformar directamente las estructuras de la Sociedad y la Iglesia, pero con métodos sociológicos o simil-políticos, y estamos desanimados por los pobres resultados. Tal vez el mensaje de Juan el Bautista es que sí, debemos transformar las estructuras de la Sociedad y de la Iglesia, pero que esto solo puede hacerse mediante la transformación de los individuos, es decir, a través de nuestra conversión personal.

En este sentido decía Benedicto XVI, en el Angelus correspondiente a este domingo en 2008: “También hoy se eleva la voz de la Iglesia: “En el desierto preparadle un camino al Señor” (Is 40, 3). Para las poblaciones agotadas por la miseria y el hambre, para las multitudes de prófugos, para cuantos sufren graves y sistemáticas violaciones de sus derechos, la Iglesia se pone como centinela sobre el monte alto de la fe y anuncia: “Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza” (Is 40, 11). Este anuncio profético se realizó en Jesucristo. Él, con su predicación y después con su muerte y resurrección, cumplió las antiguas promesas, revelando una perspectiva más profunda y universal. Inauguró un éxodo ya no sólo terreno, histórico y como tal provisional, sino radical y definitivo: el paso del reino del mal al reino de Dios, del dominio del pecado y la muerte al del amor y la vida. Por tanto, la esperanza cristiana va más allá de la legítima esperanza de una liberación social y política, porque lo que Jesús inició es una humanidad nueva, que viene “de Dios”, pero al mismo tiempo germina en nuestra tierra, en la medida en que se deja fecundar por el Espíritu del Señor. Por tanto, se trata de entrar plenamente en la lógica de la fe: creer en Dios, en su designio de salvación, y al mismo tiempo comprometerse en la construcción de su reino. En efecto, la justicia y la paz son un don de Dios, pero requieren de hombres y mujeres que sean “tierra buena”, dispuesta a acoger la buena semilla de su Palabra”.

Escuchemos en este día la voz del comedor de langostas y de miel silvestre, predicando en el desierto e invitándonos a sumirnos en la penitencia, para el perdón de nuestros pecados. Caminemos por esta senda con María, la Virgen Inmaculada.

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9 de diciembre.

Lecturas del Sábado de la 1ª semana de Adviento

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (30,19-21.23-26):

ESTO dice el Señor, el Santo de Israel:
«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén,
no tendrás que llorar,
se apiadará de ti al oír tu gemido:
apenas te oiga, te responderá.
Aunque el Señor te diera
el pan de la angustia y el agua de la opresión
ya no se esconderá tu Maestro,
tus ojos verán a tu Maestro.
Si te desvías a la derecha o a la izquierda,
tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.
Te dará lluvia para la semilla
que siembras en el campo,
y el grano cosechado en el campo
será abundante y suculento;
aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas;
los bueyes y asnos que trabajan en el campo
comerán forraje fermentado,
aventado con pala y con rastrillo.
En toda alta montaña,
en toda colina elevada
habrá canales y cauces de agua
el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
La luz de la luna será como la luz del sol,
y la luz del sol será siete veces mayor,
como la luz de siete días,
cuando el Señor vende la herida de su pueblo
y cure las llagas de sus golpes».
Palabra de Dios

Salmo

Sal 146,1-2.3-4.5-6

R/. Dichosos los que esperan en el Señor

V/. Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.

V/. Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.

V/. Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,35–10,1.6-8):

EN aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor

__________________________

1. Toda la semana estamos escuchando a Isaías, el maestro de la esperanza. Él nos va proponiendo el programa que tiene Dios, lleno de gracia salvadora. Nos sigue llamando cada día a dejar el pesimismo y mirar con ilusión hacia el futuro.

Los símiles están tomados de la vida agrícola, que todos entendían y entendemos fácilmente: Dios quiere que ya no haya lloros ni hambre, que no falte la lluvia para los campos, que las cosechas sean abundantes y no le falten pastos al ganado.

El profeta nos asegura que nuestro Dios es un Dios cercano, que nos escucha y nos conoce por nuestro nombre: «Apenas te oiga, te responderá». Si andamos desorientados, oiremos muy cerca su voz que nos dice: «éste es el camino, caminad por él». «No se esconderá tu Maestro». «Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre» (salmo). Y si estamos heridos, o nuestros corazones están destrozados, él vendará nuestras heridas y reconstruirá lo que estaba destruido.

El profeta tiene permiso para soñar. Habla a un pueblo que está desanimado, destrozado política y religiosamente. Es a los pobres y a los afligidos a quienes se dirige su palabra de ánimo, para anunciarles que Dios no les olvida, que se apiada de ellos, porque es rico en misericordia.

2. El anuncio de esperanza del profeta se cumple en Cristo Jesús. Como en tantas otras páginas del evangelio, en la de hoy se ve cómo él está muy cercano y camina con su pueblo, ayuda a todos, no sólo a los que están llenos de vida, sino a los cansados, a los sumergidos en enfermedades y dolencias, a los que andan como ovejas sin pastor, y de modo particular si se trata de ovejas perdidas. Como su Padre, Jesús es rico en misericordia. Su corazón se compadece de los que sufren.

No pretende aportar soluciones políticas ni económicas: lo que da Jesús a los que se encuentran con él es esperanza, sentido de la vida. Les predica la Buena Noticia. Orienta a los desorientados, como prometía Isaías.

Y es éste precisamente el encargo que transmite a sus discípulos: les envía como trabajadores a la mies para que hagan lo mismo que él, que expulsen demonios, curen enfermedades y proclamen a todos la Buena Nueva de la salvación. Y que lo hagan gratis, como gratis lo han recibido. Que comuniquen esperanza a los que la han perdido.

3. a) Ese Dios que sana corazones destrozados, ese Cristo que se apiada de los que sufren, es quien hoy nos invita a nosotros a tener y a repartir esperanza.

La humanidad sigue igual, hambrienta, desorientada, desilusionada. Si estamos desanimados, o más o menos hundidos en una situación de pecado o de tibieza, la llamada del Adviento, o sea, el anuncio de la venida de Jesús a nuestra historia, va dirigida preferentemente a nosotros. Son nuestras lágrimas las que quiere enjugar, y nuestras heridas las que quiere vendar con solicitud.

Eso es Adviento y eso es Navidad. Que se repite año tras año. Si Isaías podía decir que Dios está cerca, ahora, con Cristo, esta cercanía es mucho mayor.

b) Esto, en primer lugar, nos da confianza a nosotros. Pero a la vez que buscadores de Dios, se nos invita a ser anunciadores de Dios, a comunicar nuestra esperanza a los demás. ¿Haremos el papel de Isaías en medio de nuestra sociedad? ¿anunciaremos a alguien, cerca de nosotros, la Buena Noticia de la salvación a través de nuestra cercanía y de la esperanza que le contagiamos? ¿seremos «adviento» para alguien, porque comunicamos alegría, porque cuidamos de los enfermos o de los abandonados, porque nos acercamos al que sufre o está solo? Y eso no sólo a los que son de trato agradable, sino también a los que han sido menos agraciados por la vida, menos simpáticos y cultos, menos fáciles de tratar.

c) Dios quiere vendar nuestras heridas. Pero a la vez nos encarga que nosotros también vendemos heridas a nuestro alrededor. Ahora Cristo no va por las calles curando y liberando a los posesos. Pero sí vamos los cristianos, con el encargo de que seamos adviento y profeta Isaías en nuestra familia, en nuestra comunidad, en la parroquia, en la sociedad. Y eso lo cumpliremos si a nuestro alrededor crece un poco más la esperanza, y las personas que conviven con nosotros se sienten amadas y ven cómo se les curan las heridas y se va remediando su desencanto. Si inspiramos serenidad con nuestra actitud, y sabemos quitar hierro a las tensiones, y aliviar el dolor de tantas personas, cerca de nosotros, que sufren de mil maneras.

Eso es lo que hacia Cristo Jesús hace dos mil años. Y será Adviento y Navidad si vuelve a suceder lo mismo, ahora por medio de los cristianos que estamos en el mundo.

d) La Virgen María también nos da ejemplo, en las páginas del evangelio, de saber mostrarse cercana a los que la necesitan. Está contenta con el anuncio del ángel, pero corre a ayudar a su prima en los trabajos de su casa. En Caná está al quite del apuro de los novios e intercede ante su Hijo para que les proporcione vino. La Virgen creyente, y a la vez, la Virgen servicial.

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8 de diciembre.

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Homilía para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

El tiempo de Adviento no es una simple preparación a la fiesta de la Navidad. Navidad es más bien el momento culminante de una larga celebración que dura casi cuatro semanas, y que es la celebración de la venida (adventus en latín) del Hijo de Dios en la humanidad y en la historia. Navidad, en efecto, no es una suerte de aniversario del nacimiento de Jesús niño, sino la celebración de esta realidad extraordinaria: ¡Dios ha venido en medio nuestro y se hizo uno de nosotros!

Si Dios viene a nosotros, si se nos da, es necesario recibirlo. Por eso la Liturgia de Adviento, desde los primeros días, nos pone delate de los ojos la figura de la Virgen María, aquella que estuvo totalmente abierta a esta presencia, hasta el punto que fue la Madre de Dios.

En esta fiesta de la Inmaculada Concepción, celebramos precisamente esta total apertura a Dios, esta completa aceptación de su venida y de su presencia. Y porque el pecado es cerrazón y rechazo, aquella que es total apertura nació y se mantuvo sin pecado.

Hay sin embargo apertura y apertura. Al ser humano, en un pleno respeto de su libertad, son ofrecidas la muerte y la vida. El género humano, representado simbólicamente por Adán y Eva, desde los inicios de su historia, ha acogido la mentira, la tentación y la muerte, es lo que nos contó la primera lectura de la Misa de hoy, tomada del libro del Génesis.  Muchos siglos más tarde, es en María, esta humilde joven de Galilea, que toda la humanidad se abre no ya a la mentira y a la muerte sino a la Verdad y a la Vida.

En uno y en otro caso, hay un mensajero. En el primer caso es la serpiente, que simboliza la mentira que induce al error. En el segundo caso se trata de Gabriel, un mensajero de Dios. El relato es muy colorido. San Lucas, en efecto, sabe escribir. El ángel aparece al inicio y desaparece al final. Entre esta llegada y esta partida, san Lucas logra presentarnos los principales personajes del Evangelio, a partir de un hecho (el anuncio a la Virgen), diciéndonos quienes son y cuál es su misión: primero Jesús, nacido de María, la cual es prometida de José, después san Juan Bautista, nacido de Elizabeth, esposa de Zacarías.

¿Cuál es el tenor esencial del mensaje del arcángel Gabriel a María? Es este: Tú fuiste colmada de los favores divinos -tú concebirás y darás a luz un hijo al cual darás el nombre de Jesús – el será el Hijo del Altísimo y al mismo tiempo el hijo de David. Y ¿cuál es el tenor esencial de la respuesta de la Virgen?: Yo soy la sierva del Señor, que todo suceda según su voluntad. El ofrecimiento más sublime por una parte, y la aceptación más total y más humilde por otra.

¿Qué lección podemos sacar para nosotros? Nuestra vida está signada por “visitas” con las cuales Dios, utilizando diversos intermediarios y diversos mensajeros, nos hace conocer su voluntad. Nosotros no somos, como María, total aceptación y total apertura. Pero, en la misma medida que vamos por ese camino, Dios nace en nosotros gradualmente, y nos vuelve conforme a su imagen. En María es la apertura absoluta a la gracia que la ha llenado de la presencia divina, además de ser la madre biológica de Jesús; en nuestro caso es la gracia inversa; vale a decir, es la presencia divina en nosotros que nos abre gradualmente a la gracia.

Que en estos días de Adviento intensifiquemos nuestro encuentro con Jesús y, a ejemplo de María, que nuestra vida sea un gran sí y nunca cerrazón y rechazo.

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7 de diciembre.

Lecturas del Jueves de la 1ª semana de Adviento

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (26,1-6):

AQUEL día, se cantará este canto en la tierra de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte,
ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
Abrid las puertas para que entre un pueblo justo,
que observa la lealtad;
su ánimo está firme y mantiene la paz,
porque confía en ti.
Confiad siempre en el Señor,
porque el Señor es la Roca perpetua.
Doblegó a los habitantes de la altura,
a la ciudad elevada;
la abatirá, la abatirá
hasta el suelo, hasta tocar el polvo.
La pisarán los pies, los pies del oprimido,
los pasos de los pobres».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1.8-9.19-21.25-27a

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor.

O bien:

R/. Aleluya

V/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R/.

V/. Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mí salvación. R/.

V/. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

________________________________

1. Tener una ciudad fuerte, asentada sobre roca, inexpugnable para el enemigo, era una de las condiciones más importantes en la antigüedad para sentirse seguros. Sus murallas y torreones, sus puertas bien guardadas, eran garantía de paz y de victoria.

La imagen le sirve al profeta para anunciar que el pueblo puede confiar en el Señor, nuestro Dios. Él es nuestra muralla y torreón, la roca y la fortaleza de nuestra ciudad. Y a la vez, con él podemos conquistar las ciudades enemigas, por inexpugnables que crean ser

-¿Babel, Nínive?-, porque la fuerza de Dios no tiene límites.

Sólo acertaremos en la vida si ponemos de veras nuestra confianza en él: «mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres» (salmo). Un pueblo que confía en el Señor, que sigue sus mandatos y observa la lealtad, es feliz, «su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti». Mientras que los que confían en las murallas de piedra, y se sienten orgullosamente fuertes, se llevarán pronto o tarde un desengaño. Nuestra Roca es Dios. En él está nuestra paz y nuestra seguridad. Él nos llevará a la Jerusalén celestial, la ciudad de la fiesta perpetua.

2. El evangelio también nos habla de edificar sobre roca.

Jesús -al final del sermón de la montaña- nos asegura que está edificando sobre roca, y por tanto su edificio está garantizado, aquél que no sólo oye la Palabra sino que la pone por obra. Edifica sobre arena, y por tanto se expone a un derrumbamiento lastimoso, el que se contenta con oír la Palabra o con clamar en sus oraciones ¡Señor, Señor!

Cuando Jesús compara la oración con las obras, la liturgia con la vida, siempre parece que muestra su preferencia por la vida. Lo que quedan descalificadas son las palabras vacías, el culto no comprometido, sólo exterior.

3. a) ¿Cómo estamos construyendo nosotros el edificio de nuestra casa, de nuestra persona, de nuestro futuro? ¿cómo edificamos nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra Iglesia y sociedad?

La imagen de las dos lecturas es clara y nos interpela en este Adviento, para que reorientemos claramente nuestra vida.

Si en la construcción de nuestra propia personalidad o de la comunidad nos fiamos de nuestras propias fuerzas, o de unas instituciones, o unas estructuras, o unas doctrinas, nos exponemos a la ruina. Es como si una amistad se basa en el interés, o un matrimonio se apoya sólo en un amor romántico, o una espiritualidad se deja dirigir por la moda o el gusto personal, o una vocación sacerdotal o religiosa no se fundamenta en valores de fe profunda. Eso sería construir sobre arena. La casa puede que parezca de momento hermosa y bien construida, pero es puro cartón, que al menor viento se hunde.

b) Debemos construir sobre la Palabra de Dios escuchada y aceptada como criterio de vida.

Seguramente todos tenemos ya experiencia, y nuestra propia historia ya nos va enseñando la verdad del aviso de Isaías y de Jesús. Porque buscamos seguridades humanas, o nos dejamos encandilar por mesianismos fugaces que siempre nos fallan. Como tantas personas que no creen de veras en Dios, y se refugian en los horóscopos o en las religiones orientales o en las sectas o en los varios mesías falsos que se cruzan en su camino.

El único fundamento que no falla y da solidez a lo que intentamos construir es Dios.

Seremos buenos arquitectos si en la programación de nuestra vida volvemos continuamente nuestra mirada hacia él y hacia su Palabra, y nos preguntamos cuál es su proyecto de vida, cuál es su voluntad, manifestada en Cristo Jesús, y obramos en consecuencia. Si no sólo decimos oraciones y cantos bonitos, ¡Señor, Señor!, sino que nuestra oración nos compromete y estimula a lo largo de la jornada. Si no nos contentamos con escuchar la Palabra, sino que nos esforzamos porque sea el criterio de nuestro obrar.

Entonces sí que serán sólidos los cimientos y las murallas y las puertas de la ciudad o de la casa que edificamos.

c) Tenemos un modelo admirable, sobre todo estos días de Adviento, en María, la Madre de Jesús. Ella fue una mujer de fe, totalmente disponible ante Dios, que edificó su vida sobre la roca de la Palabra. Que ante el anuncio de la misión que Dios le encomendaba, respondió con una frase que fue la consigna de toda su vida, y que debería ser también la nuestra: «hágase en mí según tu Palabra». Es nuestra maestra en la obediencia a la Palabra.

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5 de diciembre.


AQUEL día, brotará un renuevo del tronco de Jesé.

Lecturas del Martes de la 1ª semana de Adviento

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (11,1-10):

AQUEL día, brotará un renuevo del tronco de Jesé,
y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría y entendimiento,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias
ni sentenciará de oídas;
juzgará a los pobres con justicia,
sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra;
pero golpeará al violento con la vara de su boca,
y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
La justicia será ceñidor de su cintura,
y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero,
el leopardo se tumbará con el cabrito,
el ternero y el león pacerán juntos:
un muchacho será su pastor.
La vaca pastará con el oso,
sus crías se tumbarán juntas;
el león como el buey, comerá paja.
El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente,
y el recién destetado extiende la mano
hacia la madriguera del áspid.
Nadie causará daño ni estrago
por todo mi monte santo:
porque está lleno el país del conocimiento del Señor,
como las aguas colman el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé
será elevada como enseña de los pueblos:
se volverán hacia ella las naciones
y será gloriosa su morada.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 71,1-2.7-8.12-13.17

R/. Que en sus días florezca la justicia
y la paz abunde eternamente.

V/. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

V/. En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.

V/. Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.

V/. Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,21-24):

EN aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor

_________________________

1. La hermosa imagen del tronco y del renuevo le sirve a Isaias, el profeta de la esperanza, para anunciar que, a pesar de que el pueblo de Israel parece un tronco seco y sin futuro (en tiempos del rey Acaz), Dios le va a infundir vida y de él va a brotar un retoño que traerá a todos la salvación.

Jesé era el padre del rey David. Por tanto el «tronco de Jesé» hace referencia a la familia y descendencia de David, que será la que va a alegrarse de este nuevo brote, empezando por las esperanzas puestas en el rey Ezequías. La «raíz de Jesé» se erguirá como enseña y bandera para todos los pueblos.

Esta página del profeta fue siempre interpretada, por los mismos judíos -y mucho más por nosotros, que la escuchamos dos mil años después de la venida de Cristo Jesús- como un anuncio de los planes salvadores de Dios para los tiempos mesiánicos.

El cuadro no puede ser más optimista. El Espíritu de Dios reposará sobre el Mesías y le llenará de sus dones. Por eso será siempre justo su juicio, y trabajará en favor de la justicia, y doblegará a los violentos. En su tiempo reinará la paz. Las comparaciones, tomadas del mundo de los animales, son poéticas y expresivas. Los que parecen más irreconciliables, estarán en paz: el lobo y el cordero.

Son motivos muy válidos para mirar al futuro con ánimos y con esperanza. El Salmo 71 hace eco a este anuncio alabando el programa de justicia y de paz de un rey bueno, destacando sobre todo que en sus intenciones entra la atención y la defensa del pobre y del afligido.

2. En Cristo Jesús se cumplieron estas esperanzas.

Así como en la escena de su bautismo en el Jordán apareció el Espíritu, en forma de paloma, que se posaba sobre él, proclamando su mesianidad, del mismo modo en la página que hemos escuchado el Espíritu le llena de alegría. Jesús se deja contagiar del buen humor de los suyos, que vuelven de un viaje apostólico y cuentan lo que han hecho en su nombre.

Y lleno de esta alegría y de esta sabiduría del Espíritu, pronuncia una de sus frases llenas de paradoja e ironía: sólo a los sencillos de corazón les revela Dios los secretos del Reino. Los que se creen sabios, resulta que no entienden nada. En Jerusalén había doctores de la ley, pero Jesús, un buen día, alabó el gesto de aquella mujer anónima, pobre, que echaba unos céntimos en el cepillo del Templo. Los sencillos de corazón son en verdad los sabios a los ojos de Dios. Es lo que también dirá María de Nazaret en su canto del Magníficat: a ella la ha mirado Dios con predilección porque es humilde y es la sierva del Señor, del mismo modo que llenará de sus bienes a los pobres, y a los ricos los despedirá vacíos.

3. a) También ahora, en un mundo autosuficiente, orgulloso de los progresos de la ciencia y la técnica, sólo entran de veras en el espíritu del Adviento los sencillos de corazón. No se trata de gestos solemnes o de discursos muy preparados. Sino de abrirse al don de Dios y alegrarse de su salvación. Y esto no lo hacen los que ya están llenos de sí mismos.

La alegría profunda de la Navidad la vivirán los humildes, los que saben apreciar el amor que Dios nos tiene. Ellos serán los que llegarán a conocer en profundidad al Hijo, porque se lo concederá el Padre. No se contentarán de una alegría exterior y superficial: sabrán reconocer la venida de Dios a nuestra historia. Mientras que habrá muchos «sabios» para los que pasará el Adviento y la Navidad y no habrán visto nada, saturados de su propia riqueza, riqueza que no conduce a la salvación. O le seguirán buscando en los libros o en los hechos milagrosos.

b) ¿Seremos nosotros de esas personas sencillas que saben descubrir la presencia de Dios y salirle al encuentro? ¿mereceremos la bienaventuranza de Jesús: «dichosos los ojos que ven lo que véis?». Cristo Jesús quiere seguir «viniendo» este año, a nuestra vida personal y a la sociedad, para seguir cumpliendo el programa mesiánico de paz y justicia que está en marcha desde su venida primera, pero que todavía tiene mucho por recorrer, hasta el final de los tiempos. Porque la salvación «ya» está entre nosotros, pero a la vez se puede decir que «todavía no» está del todo.

c) En el mundo de hoy hay muchas personas que esperan, muchos corazones que sufren y buscan: ¿cómo notarán que el Salvador ya ha venido, y que es Cristo Jesús? ¿quién se lo dirá? ¿qué profeta Isaías les abrirá el corazón a la esperanza verdadera?

También hoy, como en el panorama que dibuja el profeta, el mejor signo de la venida del Mesías será si se ve más paz, más reconciliación y más justicia, en el nivel internacional y también en el doméstico, en cada familia, en cada comunidad religiosa, en la parroquia, en nuestro trato con las demás personas, aunque sean de diferente carácter y gusto. Así podremos anunciar que el Salvador ya está en medio de nosotros, que es Adviento y Navidad. Y del tronco que parecía seco brotará un renuevo, y dará fruto, y nos invitará a la esperanza.

d) En cada Eucaristía, además de hacer memoria de la Pascua del Señor, y de dejarnos llenar de su gracia y su alimento, también lanzamos una mirada hacia el futuro: «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». El «ven, Señor Jesús» lo cantamos muchas veces después del relato de la institución eucarística. Como dijo Pablo, «cada vez que comáis y bebáis, proclamáis la muerte del Señor hasta que venga».

La esperanza nos hace mirar lejos. No sólo a la Navidad cercana, sino a la venida gloriosa y definitiva del Señor, cuando su Reino haya madurado en todo su programa.

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3 de diciembre.

Lecturas del Domingo 1º de Adviento – Ciclo B

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (63,16b-17.19b;64,2b-7):

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19

R/. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,3-9):

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Marcos (13,33-37), del domingo, 3 de diciembre de 2017

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Palabra del Señor

________________________

Homilía para el 1er. Domingo de Adviento B

Mucho ruido se hizo, hace unos cuantos años, en torno a lo que se llamó la teología de la “muerte de Dios”, una expresión que obviamente puede significar muchas cosas pero por la que al menos algunos escritores o teólogos querían enfatizar el hecho de la ausencia de Dios en el imaginario colectivo de hoy y especialmente el hecho de que la presencia de Dios ya no es tan obvia como lo fue, por ejemplo, en una sociedad como la “cristiandad” medieval.

Ahora, en la parábola que acabamos de proclamar, porque el contenido de esta enseñanza de Jesús es realmente una parábola, incluso si la forma es diferente de la que normalmente tienen las parábolas, Jesús compara a su Padre o se compara a sí mismo a un hombre “que partió de viaje”.

Sí, habiendo vivido entre nosotros por muy poco tiempo, Jesús, desde su ascensión al cielo después de su muerte y resurrección, “emprendió un viaje” hacia su Padre. Nos dejó solos, testigos de su mensaje, después de confiarnos la tarea de continuar su misión. Volverá por cada uno de nosotros individualmente al final de nuestra vida aquí abajo y para toda la humanidad en el “fin de los tiempos” (cualquiera que sea el significado de esta expresión). Hasta entonces, se ha “ido” y nos deja totalmente responsables.

Hubo siglos en que los cristianos, los discípulos de Cristo, han multiplicado los signos visibles de su fe en Dios, a través de la arquitectura, el arte y la literatura, con la esperanza de hacer que Dios sea visible en el mundo. Hubo incluso siglos en Occidente, donde toda la estructura de la vida pública estaba destinada a ajustarse a los requisitos del Evangelio, y donde Dios estaba presente en todas partes a través de una gran variedad de símbolos.

Ese tiempo ha conocido su grandeza. Ahora ha terminado, al menos aquí en el Occidente. Dios, como dice Jesús, se fue de viaje. A sus siervos “Él, como dijo Jesús, dejó todo el poder”, es decir, el poder de alimentar a los hambrientos, consolar los corazones tristes, visitar a los prisioneros, predicar la buena nueva a los pobres. A cada uno le dejó su trabajo; es decir, todos hemos recibido una misión distinta y única para cada uno de nosotros.

Nos ha convertido a todos en “guardianes” al recomendarnos “velar”. “Lo que les digo allí, les digo a todos: ¡velen!”. Qué día o en qué momento Dios regrese no parece importarle a Jesús en esta parábola. Lo que es importante es lo que estamos haciendo mientras tanto lo esperamos. Tenemos que vivir no dormidos, dormidos por todas las distracciones que la vida nos puede ofrecer, sino más bien tenemos que vivir despiertos, despiertos a todos los signos de Su presencia que tenemos la misión de realizar en nuestro mundo, a través de nuestra vida conforme a su mensaje.

Esta misión de “vigilantes” adquiere una importancia particular hoy en día, donde durante un tiempo los gobiernos “socialistas” fundados en la ideología vacía y antirreligiosa dieron paso al avance del neoliberalismo en las culturas occidentales que tiende a crear una sociedad de lo inmediato y lo instantáneo, sin utopía, sin esperanza, sin siquiera un esfuerzo por comprender y explicarse por alguna referencia el paso de esta vida a la futura, sin visión sobrenatural. En esta sociedad, debemos ser testigos de la Esperanza, es decir, de la apertura a un exceso de ser que siempre se nos ofrece y que siempre debemos recibir como un regalo puramente gratuito.

Según el teólogo protestante Gerhard Ebeling, “lo más real en la realidad no es la realidad misma, sino sus posibilidades”. El Reino de Dios, como lo anunció Jesús, es una Gran Utopía, que debemos mantener viva y para la cual somos responsables de realizar todas las posibilidades. Recordando que esa realidad no la hacemos nosotros, sino que la realizó Cristo cuando, encarnándose, abrió una brecha, parafraseando a Isaías en la primera lectura: rasgando el cielo y descendiendo comunicó el espacio y el tiempo con la eternidad. Recemos con María Virgen, para que nos haga estar vigilantes, despiertos, haciendo posible el Reino.

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26 de noviembre.

Lecturas de mañana Cristo Rey – Ciclo A

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (34,11-12.15-17):

Así dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear –oráculo del Señor Dios–. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrio.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22,1-2a.2b-3.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar. R/.

Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,20-26.28):

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (25,31-46, del domingo, 26 de noviembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor

 

Homilía para la solemnidad de Cristo Rey

Los parágrafos que preceden inmediatamente el texto que hemos proclamado, en el Evangelio de san Mateo, están consagrados a explicar cómo será el reencuentro de los que siguieron a Jesús, con él y su Padre. Ese es el sentido de la parábola de las vírgenes prudentes y necias, de hace dos semanas, y la parábola de los talentos del domingo pasado. El texto de hoy habla de un reencuentro final con Jesús de todos aquellos que no lo han conocido aquí, por la razón que sea. En efecto, Jesús habla del momento en que serán juntados delante de él todas las naciones, recordemos que en el evangelio, naciones es un término que dice relación a los paganos, los gentiles (es decir los que no conocen el verdadero Dios)

Entre estas naciones, Jesús establecerá dos grupos. Uno a su derecha, en el lugar de honor, pondrá a las ovejas y a su izquierda, las cabras. En la antigüedad, en particular en la Biblia, las ovejas son símbolo de la virtud: afectuosas, no agresivas, relativamente sin defensa, sumisas, tienen necesidad de cuidado y atención. En el Antiguo Testamento, la relación afectuosa entre el pastor y su rebaño es constantemente utilizado como imagen de la relación entre Dios y su pueblo. La cabra por oposición es agresiva, cambiante («loco como una cabra»), combativa, disolvente.

Y bien, Jesús en este Evangelio distingue dos grupos entre los paganos que no lo han conocido aquí, en la tierra y que no han tenido ocasión de conocer su revelación en la Biblia o a través de la predicación. Entre ellos, unos heredarán el reino de los cielos y otros irán al castigo eterno. Y lo impresionante es que la diferencia no estará fundada sobre su actitud de cara a Dios, sino sobre su actitud en relación al prójimo.

La más grande sorpresa será, sin duda, de aquellos a quienes Jesús les diga: «tuve hambre, y me han dado de comer, tuve sed, y me dieron de beber, era extranjero y me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y en prisión y me visitaron» Y delante de su sorpresa (¿cuándo lo vimos con hambre y sed, extranjero, desnudo, enfermo y en prisión y lo hemos atendido?) Él les responderá: “De verdad de verdad les digo, cada vez que lo hicieron con estos pequeños, conmigo lo hicieron”.

Las situaciones que Jesús enumera son bien conocidas, hoy las vemos en el diario y la televisión a cada rato, y en la calle. Y a veces, puede ser, que no nos demos cuenta demasiado, del hecho que nosotros somos discípulos de Cristo y no paganos, y muchas veces nos comportamos como aquellos a quien Jesús llama «cabras», cuando ignoramos las necesidades de los hambrientos, de los extranjeros, de los prisioneros, de los enfermos, etc. Y atención que no dice alimentar al hambriento (bueno trabajador y honesto) visitar al preso intachable, etc. Dice Jesús: socorrer. Si no entendemos esto seremos doblemente culpables porque nosotros leímos toda la vida el Evangelio dónde Jesús se identifica con los pequeños (los necesitados sean estos buenos o malos).

El Evangelio utiliza muchos títulos para designar a Jesús. En este Evangelio, el título utilizado por Jesús para hablar de él mismo, es el de Hijo del hombre. Y esto está lleno de sentido, porque las Naciones, que no tienen la Revelación de otros títulos del Mesías, se encontrarán en el día del Juicio con el Hijo del Hombre directamente, el ser humano en la plenitud de su realización y de su dignidad. Y serán juzgados delante del rostro dónde, durante toda su vida, han tratado al ser humano.

El Papa Francisco hablando de la realeza de Cristo en la homilía de clausura del Año de la Fe, decía: “Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En él somos uno, un solo pueblo; unidos a él, como centro, participamos de un solo camino, un solo destino. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y el centro de la historia y de todo hombre”.

De la cita se deduce la naturaleza del reinado o señorío de Cristo: un Rey que se ha entregado por su pueblo; es el Señor de la Historia y también el Rey de nuestra historia personal, la de cada hombre y mujer. El que quiere reinar en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras sociedades; no por la fuerza ni por la imposición sino como resultado del amor, del servicio, que en lenguaje evangélico es la manera de «dirigir». El que quiera ser el primero entre ustedes (dirigente, presidente, rey), que sea vuestro servidor, nos recuerda el Evangelio.

Leyendo la homilía del papa Francisco viene a la memoria lo escrito por Benedicto XVI en Jesús de Nazaret: “…los dominadores, que no toleran ningún otro reino y desean eliminar al rey sin poder, pero cuya fuerza misteriosa temen, terminan en la nada, porque «su reino no tendrá fin»: este reino diferente.” Diferente porque lo construimos en el amor y la misericordia.

Preguntémonos al final del año litúrgico, cuál es, en la vida corriente, nuestra actitud con nuestros hermanos y hermanas. ¿Tenemos la actitud de las ovejas o de las cabras? Que la virgen nos ayude a ser las ovejas que socorren a Cristo en el hermano.

¡Viva Cristo Rey! y que reine en nuestra sociedad.

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22 de noviembre.

A continuación, la catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Continuando con la catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del misterio pascual de Cristo. Nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte, y da un significado pleno a nuestra vida.

Por eso, para comprender el valor de la misa, debemos entender ante todo el significado bíblico del “memorial”. No es “solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos”. “(Catecismo de la Iglesia Católica, 1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ha llevado a cumplimiento la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su “éxodo” que cumplió por nosotros, para sacarnos de la esclavitud y hacernos entrar en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no; es mucho más: es hacer presente lo que sucedió hace veinte siglos.

La Eucaristía nos lleva siempre a la cumbre de la acción salvífica de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, derrama sobre todos nosotros su misericordia y su amor, como hizo en la cruz, con el fin de renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestra forma de comunicarnos con Él y con nuestros hermanos. Dice el Concilio Vaticano II:.. ” La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado»” (Const. dogmática Lumen Gentium, 3).

Cada celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, especialmente el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús también nos arrastra con Él para hacer  Pascua. En la misa se hace Pascua. En la misa nosotros estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos empuja hacia adelante, a la vida eterna,  En la misa, nos unimos a Él. Más aún, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. ” Con Cristo estoy crucificado, -dice San Pablo- y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente, en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí “(Gálatas 2: 19-20). Así pensaba Pablo.

En efecto,  su sangre nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino también de la muerte espiritual, que es el mal, el pecado, que se apodera de nosotros  cada vez que somos víctimas de nuestros pecados o de los pecados de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Cristo, en cambio, nos vuelve a dar la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando se enfrentó a la muerte la aniquiló para siempre: “Resucitando destruyó la muerte y nos dio nueva  vida”.  La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte porque Él transformó su muerte en acto supremo de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía quiere comunicarnos este amor pascual y victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar cómo Él nos amó, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo entregarme plenamente al otro en la certeza interior de que si el otro me hiriera, yo no moriría; de lo contrario, debería defenderme. Los mártires han dado sus vidas por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin temor. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús. Cuando vamos a misa es como si fuéramos al calvario, lo mismo. Pero pensad: Si en el momento de la misa vamos al calvario- imaginadlo- y sabemos que el hombre que está allí es Jesús: ¿Nos pondríamos a hablar, a sacar fotografías, a hacer un espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! De seguro estaríamos en silencio, en llanto y también con la alegría de ser salvados. Cuando entramos en una iglesia para ir a misa pensemos en esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así se acaba el espectáculo, se acaban las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de algo tan hermoso como es la misa, el triunfo de Jesús.

Creo que está más claro ahora que la Pascua está presente y activa cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos adentra en el misterio pascual de Cristo, haciéndonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no un espectáculo

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22 de noviembre.

 

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19 de noviembre.

Lecturas Domingo 33º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de los Proverbios (31,10-13.19-20.30-31):

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 127,1-2.3.4-5

R/. Dichoso el que teme al Señor

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa; tus hijos,
como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5,1-6):

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas, Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,14-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”»

Palabra del Señor

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HOMILÍA PARA EL XXXIII DOMINGO DURANTE EL AÑO A

La Palabra de Dios de este domingo, penúltimo del año litúrgico, nos invita a estar vigilantes y activos, en espera de la vuelta del Señor Jesús al final de los tiempos. La página del Evangelio narra la célebre parábola de los talentos, referida por san Mateo (cf.Mt 25, 14-30). El “talento” era una antigua moneda romana, de gran valor, y precisamente a causa de la popularidad de esta parábola se ha convertido en sinónimo de dote personal, que cada uno está llamado a hacer fructificar. En realidad, el texto habla de “un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda” (Mt 25, 14).

Hablando del final de los tiempos, sin embargo, debemos prestar atención al hecho de que la concepción de Jesús, al igual que todos los judíos de su tiempo, era muy diferente de la nuestra. Nuestra noción de tiempo es cuantitativa, mientras que la de la época de Jessús es cualitativa. Los judíos pensaban y hablaban del tiempo como de una cualidad. Tenemos muy claro esto en una sola página del Eclesiastés (3,1-4): Hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo, un tiempo para cada ocupación: un tiempo para construir y un tiempo para morir, un tiempo de llorar y tiempo de reír, un tiempo para estar triste y un tiempo para bailar. Para ellos, conocer el tiempo no era conocer la fecha de algo. Más bien se trataba de conocer la calidad de un momento dado. Hay un tiempo para llorar o reír. El tiempo que lo medía la calidad de las actitudes y eventos.

Nosotros consideramos el tiempo como una progresión de momentos en una línea continua, con una larga serie de instantes detrás de nosotros, y otra larga serie por delante. Nos imaginamos que uno de estos momentos será el último; entonces será el final del tiempo y el final de la historia. Este enfoque habría sido incomprensible para los judíos en los tiempos de Jesús y para Jesús mismo. Mientras nosotros nos ponemos en una larga línea de tiempo imaginario, los hebreos de la antigüedad no se situaban en ninguna parte. Estaban a distancia de los eventos, lugares y tiempos, y se consideraba que viajaban entre estos puntos de referencia. Los eventos sagrados, tales como la creación el Éxodo, los lugares como Jerusalén y el Sinaí, los tiempos, como las Fiestas y los días de ayuno o de siembra eran puntos fijos. El individuo viajaba lejos a través de estos puntos fijos. Sus predecesores habían pasado antes que ellos por estos puntos, y sus descendientes harían otro tanto. Cuando un individuo llegaba a uno de estos puntos estables, como por ejemplo la Pascua, o un tiempo de carestía, se volvía contemporáneo de sus antepasados y de sus descendientes que habían pasado o pasarían por aquél mismo tiempo cualitativo. Ellos compartían el mismo momento, el mismo tiempo, también aunque los separasen muchos años. Sería un poco lo que pasa con la Liturgia, no repetimos la salvación de Cristo sino que místicamente nos hacemos presente en ella cuando celebramos.

Se consideraba que la naturaleza del tiempo presente estaba determinada o por una acto salvífico de Dios en el pasado, por ejemplo el Éxodo, o por una acto salvífico de Dios en el futuro. El acto futuro de Dios siempre era visto por los profetas como un evento del todo nuevo e inédito. Este acto representaba una rotura con el pasado tan profunda que no podía ser concebido como continuación de lo que le había precedido.

Por eso, cuando leemos los textos concernientes al esjaton al fin de los tiempos, considerar este esjaton como un momento más allá de la historia, esto es más allá de la medida del tiempo, sería confundir dos concepciones del tiempo totalmente diversas. Los sucesos de la historia son actos de Dios. Por consiguiente, cuando Jesús anuncia la inminencia del Reino final y definitivo de Dios, lo que anuncia es que Dios mismo cambió y que esto se puede ver en los signos de los tiempos.

El Padre de Jesús, es radicalmente diferente de la imagen de Dios en el Antiguo Testamento, y también del Dios que muchos cristianos adoran. En realidad Jesús no presenta una imagen de Dios. Lo que anuncia es que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob hace cosas absolutamente nuevas e inéditas. Dios mismo está movido a compasión y expresa su misericordia y su amor de una manera absolutamente desproporcionada respecto a nuestras acciones. Cada servicio en la fidelidad meritaría en aquél que lo hubiese cumplido el privilegio de ser admitido para siempre en la gloria de su Señor. Esta largueza le sería quitada únicamente a aquél que se hubiese cerrado solamente por miedo y falta de confianza.

Podemos, por supuesto, si queremos aprender una lección de esta parábola en relación a utilizar los talentos que hemos recibido. Pero la preocupación de Jesús en este texto no son nuestros talentos, sino mostrarnos la generosidad benevolente y la compasión del Padre.

El hombre de esta parábola representa a Cristo mismo; los siervos son los discípulos; y los talentos son los dones que Jesús les encomienda. Por tanto, estos dones, no sólo representan las cualidades naturales, sino también las riquezas que el Señor Jesús nos ha dejado como herencia para que las hagamos fructificar: su Palabra, depositada en el santo Evangelio; el Bautismo, que nos renueva en el Espíritu Santo; la oración —el “padrenuestro”— que elevamos a Dios como hijos unidos en el Hijo; su perdón, que nos ha ordenado llevar a todos; y el sacramento de su Cuerpo inmolado y de su Sangre derramada. En una palabra: el reino de Dios, que es él mismo, presente y vivo en medio de nosotros.

Este es el tesoro que Jesús encomendó a sus amigos al final de su breve existencia terrena. La parábola de hoy insiste en la actitud interior con la que se debe acoger y valorar este don. La actitud equivocada es la del miedo: el siervo que tiene miedo de su señor y teme su regreso, esconde la moneda bajo tierra y no produce ningún fruto. Esto sucede, por ejemplo, a quien, habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación, entierra después dichos dones bajo una capa de prejuicios, bajo una falsa imagen de Dios que paraliza la fe y las obras, defraudando las expectativas del Señor.

Decía el papa emérito en 2008: “Pero la parábola da más relieve a los buenos frutos producidos por los discípulos que, felices por el don recibido, no lo mantuvieron escondido por temor y celos, sino que lo hicieron fructificar, compartiéndolo, repartiéndolo. Sí; lo que Cristo nos ha dado se multiplica dándolo. Es un tesoro que hemos recibido para gastarlo, invertirlo y compartirlo con todos, como nos enseña el apóstol san Pablo, gran administrador de los talentos de Jesús. La enseñanza evangélica que la liturgia nos ofrece hoy ha influido también en el plano histórico-social, promoviendo en las poblaciones cristianas una mentalidad activa y emprendedora. Pero el mensaje central se refiere al espíritu de responsabilidad con el que se debe acoger el reino de Dios: responsabilidad con Dios y con la humanidad. La Virgen María, que, al recibir el don más valioso, Jesús mismo, lo ofreció al mundo con inmenso amor, encarna perfectamente esta actitud del corazón. Pidámosle que nos ayude a ser “siervos buenos y fieles”, para que podamos participar un día en “el gozo de nuestro Señor”.

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15 de noviembre. bis

A continuación, la catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para entender la belleza de la celebración eucarística me gustaría comenzar con un aspecto muy simple: La misa es oración, de hecho, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y al mismo tiempo la más “concreta”. Porque es el encuentro de amor con Dios a través de su Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.

Pero, primero, tenemos que responder una pregunta. ¿Qué es la oración realmente? En primer lugar es ante todo diálogo, relación personal con Dios. Y el hombre ha sido creado como un ser en relación personal con Dios que halla su relación plena únicamente en el encuentro con su Creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con el Señor.

El Libro de Génesis afirma que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto podemos entender que todos nosotros  hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un entregarse y recibirse continuo para encontrar así  la plenitud de nuestro ser.

Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre, y ¿qué responde Dios? : “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). Esta expresión, en su sentido original, expresa presencia y favor, y, de hecho, inmediatamente después  Dios añade: “El Señor, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob” (v. 15).  Así también  Cristo cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él .Esta es, pues, la gracia más grande: poder experimentar que la misa,  la eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús, y a través de Él, con Dios y con los hermanos.

Rezar, como cualquier diálogo verdadero, es también saber permanecer en silencio, -en los diálogos hay momentos de silencio-,  en silencio con Jesús. Y cuando vamos a misa, a lo mejor llegamos cinco minutos antes y empezamos a charlar con el que está al lado. Pero no es el momento de  charlar: es el momento del silencio para prepararse al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es tan importante! Acordaos de lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor  y el silencio nos prepara y nos acompaña. Permanecer en silencio junto con Jesús. Y del silencio misterioso de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es realmente posible “estar” con el Padre y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares apartados para orar; los discípulos, al ver esta relación íntima con el Padre, sienten el deseo de participar  y le preguntan: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1).  Lo hemos escuchado en la lectura antes del principio de la audiencia. Jesús responde que lo primero que se necesita para orar es saber decir “Padre”. Prestemos atención: si yo no soy capaz de decir “Padre” a Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que aprender a decir “Padre”, es decir,  a ponernos en su presencia con una confianza filial. Pero para aprender, debemos reconocer humildemente que necesitamos que nos instruyan  y decir con sencillez: Señor,  enséñame a rezar.

Este es el primer punto: ser humilde, reconocerse hijo, reposar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los Cielos, es necesario hacerse pequeños como niños. En el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará de ellos, de lo que comerán, de lo que se pondrán, etc. (ver Mt 6: 25-32). Esta es la primera actitud: fiarse y confiar, como el niño con sus  padres; saber que Dios se acuerda de ti, te  cuida, a ti, a mí, a todos.

La segunda predisposición, que también es propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño siempre hace mil preguntas porque quiere descubrir el mundo; y se maravilla incluso  de las  cosas pequeñas porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los Cielos, hay que dejarse  sorprender. En nuestra relación con el Señor,  en la oración, -pregunto-  ¿Nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es hablar con Dios como hacen los loros? No; es fiarse, es abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender  por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y nosotros vamos a misa, no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.

En el Evangelio se habla de un  tal Nicodemo (Jn 3, 1-2), un hombre anciano, una autoridad en Israel, que va donde Jesús para conocerlo; y el Señor le habla de la necesidad de “nacer de lo alto” (véase vers. 3). Pero, ¿qué significa? ¿Se puede  “renacer”? Volver  a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, ¿es posible incluso frente a tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de comenzar de nuevo. ¿Tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros quiere renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Vosotros tenéis este deseo? Efectivamente , se puede perder fácilmente porque, debido a tantas actividades, a tantos  proyectos que realizar , al final  nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida del corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.

En verdad, el Señor nos  sorprende mostrándonos  que Él también nos ama en nuestras debilidades. “Jesucristo […] es  víctima de propiciación por nuestros pecados; no solo por los nuestros sino también por los del mundo entero (1 Jn 2: 2). Este don,  fuente de verdadero consuelo,  -pero el Señor siempre nos perdona- esto consuela, es un verdadero consuelo, es un don que se nos  da a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial  donde el Esposo  se encuentra con nuestra fragilidad,  ¿Puedo decir que cuando comulgo en misa, el Señor  se encuentra con mi fragilidad? Sí; ¡podemos decirlo porque es verdad! El Señor se encuentra con nuestra fragilidad para llevarnos de vuelta a la primera llamada:. La de ser a imagen y semejanza de Dios Este es el ambiente de  la Eucaristía, esta es la oración.

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15 de noviembre.

La cita de Mateo 5: El que haga y enseñe será llamado grande en el Reino de los cielos.

 SAN ALBERTO MAGNO

(+ 1280)

La historia le llama Magno y Mago. Con ello justiprecia sus méritos y hace a la vez un juego malabar. Es preciso distinguir el ocultismo y el conocimiento de lo oculto. Alberto fue muy grande en muchas cosas, entre ellas en el espíritu de observación. Por él llegó a saber mucho que en su tiempo se desconocía. Conoció las propiedades de los cuerpos y las fuerzas de la naturaleza, fue físico, químico, geógrafo, astrónomo, naturalista. Y teólogo, naturalmente. No supo nada de esto por malas artes. Lo aprendió noblemente. Leyó libros de magia, pero no para aprender sus artes, sino, como él mismo dice, “para no ser tentado por sus procedimientos, que juzgo inválidos e inadmisibles”. Los sensatos y los sabios le llaman Magno. Los insensatos y los ignorantes siguen llamándole todavía Mago. Con este nombre le dedicaron una plaza en París, en el lugar mismo que llenaban sus alumnos cuando no cabían  para oírle en las aulas de la Universidad.

Nació el año 1206 en Lauingen, ciudad de la Suevia bávara, asentada a las orillas del Danubio. Su familia era militar; tenía una historia gastada al servicio del emperador y un castillo a dos millas de la ciudad. En él pasó Alberto los primeros años de la infancia. Luego, en la escuela de la catedral, empezó a aprender las letras y afianzó su corazón en la piedad.

Pero la vida del joven necesitaba más horizonte. No le llamaba la milicia. Le atraía la observación de la naturaleza, y por eso se dirigió a Padua, en cuya Universidad a la sazón se aprendían especialmente las artes liberales del Trivium y del Quatrivium. Sin embargo, la ciencia sola no le convenció nunca. Tampoco quería ser sólo santo. Le atraían las dos cosas. Por eso frecuentaba la iglesia de unos frailes de reciente fundación. Se decía que habían roto los moldes del monaquismo tradicional y que acompasaban la institución monástica con las necesidades culturales y apostólicas de la época. El fundador era un español, Domingo de Guzmán, quien quiso que sus religiosos fueran predicadores y doctores. Acababa de morir, dejando la institución en manos de un compatriota de Alberto, Jordán de Sajonia. Dios había dado a Jordán un tacto especial para tratar y convencer a gentes de universidad. Más de mil vistieron el hábito durante su gobierno, salidos de los claustros universitarios de Nápoles, de Bolonia, de Padua, de París, de Oxford y de Colonia. Y no era infrecuente el caso en que, al frente de los estudiantes y capitaneando el grupo, lo vistiera también algún renombrado profesor.

Alberto cayó en sus redes. Un sueño en el que la Virgen le invitaba a hacerse religioso y el hecho de que Jordán le adivinara las indecisiones que le atormentaban, le indujeron a dar el paso. Con ello no abandonó los estudios de la Universidad. Domingo quería sabios a sus frailes; sólo que a la sabiduría clásica debían añadir el conocimiento profundo de las verdades reveladas. El joven novicio dedicó cinco años a la formación que le daban los nuevos maestros, y el Chronicon de Helsford resume su vida .de estos años diciendo que era “humilde, puro, afable, estudioso y muy entregado a Dios”. La Leyenda de Rodolfo lo describe como “un alumno piadoso, que en breve tiempo llegó a superar de tal modo a sus compañeros y alcanzó con tal facilidad la meta de todos los conocimientos, que sus condiscípulos y sus maestros le llamaban el filósofo”.

Terminados los estudios empiezan la docencia y la carrera de escritor, menesteres en que consumiría su vida, salvo dos paréntesis administrativos, uno al frente de la provincia dominicana de Germania, y otro, ya obispo, al frente de la diócesis de Ratisbona. Su vida docente empezó en Colonia. Después pasó a regentar cátedra en Hildesheim, en Friburgo, en Estrasburgo, de nuevo en Colonia y en París. Simultaneó la labor de cátedra con la de escritor y comentó los libros de Aristóteles, los del Maestro de las Sentencias y la Sagrada Escritura. Pedro de Prusia escribió este elogio de la obra de Alberto: Cunctis luxisti, / scriptis praeclarus fuisti, / mundo luxisti, / quia totum scibile scisti: “Ilustraste a todos; fuiste preclaro por tus escritos; iluminaste al mundo porque todo lo conocible lo hiciste conocer.”

Para desarrollar su labor docente y escrita le había dotado Dios de un fino espíritu de observación. Estudió las propiedades de los minerales y de las hierbas, montando en su convento lo que hoy llamaríamos un laboratorio de química. Estudió también las costumbres de los animales y las leyes de la naturaleza y del universo. Movilizó un equipo de ayudantes, hizo con ellos excursiones audaces y peligrosas a lugares difíciles, viajó mucho, gastando lo que pudo y más de lo que pudo, todo con el fin de robar sus secretos a la obra de la creación.

A la observación añadió la habilidad, y al laboratorio conventual de química sumó lo que llamaríamos gabinete de física y taller mecánico. Dice la leyenda que construyó una cabeza parlante, destruida a golpes por su discípulo Tomás de Aquino al creerla obra del demonio. La anécdota, que no es histórica, ilustra el espíritu positivo y práctico del Santo, que sí lo es. Por todo ello entre los elementos formadores del carácter alemán, sentimental, artista, práctico y exacto, cuenta Ozanam a los Nibelungos, al Parsifal, a la obra poética de Gualter de Vogelweide y a las obras de San Alberto Magno.

Su labor no terminó con el estudio de las criaturas. Además de naturalista era teólogo y santo. Precisamente para serlo se decidió en Padua a simultanear la Escritura con el Trivium y el Quatriyium y a frecuentar a la vez la Universidad y el convento de dominicos. No es extraño, pues, que, cuando se puso a escribir sus veinte volúmenes en folio, lo hiciera señalándose a sí mismo una meta clara: Et intentionem nostram in scientiis divinis finiemus: “Terminaremos todos hablando de las cosas de Dios”. Y así, a la Summa de creaturis siguieron los Comentarios a las Sentencias, los Comentarios a la Biblia y una serie de opúsculos de muy subida espiritualidad. Nada tenía interés para él si no terminaba en Dios. De estudiante lo vimos ya piadoso y sobrenaturalizador de su vida estudiantil. Tomás de Cantimprano describe así su vida de maestro: “Lo vi con mis ojos durante mucho tiempo, y observé cómo diariamente, terminada la cátedra, decía el Salterio de David y se entregaba con mucha dedicación a contemplar lo divino y a meditar“.

Se dijo más arriba que su paso por la vida no fue sólo el de un maestro y un escritor, fue también el de un gobernante. Metido en la barahúnda de la administración, se distinguió como árbitro, como pacificador, como reformador. Acaeció su muerte el 15 de noviembre de 1280, cuando tenía setenta y cuatro años. Le precedieron unos meses de obnubilación, como si esto fuera privilegio de los genios. También la sufrieron Tomás de Aquino, Newton y Galileo. En realidad la ciencia de aquí era nada para el conocimiento que con la muerte le iba a sobrevenir en la contemplación de Dios.

Quedan aquí señalados algunos de sus muchos merecimientos. Recordaremos otro singular. Alberto descubrió a Tomás de Aquino entre sus muchos alumnos de Colonia. Lo formó con mimo y con amor, porque adivinó las inmensas posibilidades de este napolitano. Luego influyó para que, joven aún, ocupara en París la cátedra más alta de la cristiandad. El Doctor Angélico murió antes que él. Algunos doctores parisinos quisieron proscribir sus doctrinas, y era preciso defenderlas. El Santo, ya viejo, cubre a pie las largas etapas que separan Colonia de París para defender a su discípulo. Su intervención fue eficaz y decisiva. La Iglesia y el mundo, que le deben mucho por lo que fue y por lo que hizo, le son deudores también en gran parte de lo que fue y de lo que hizo Santo Tomás.

 

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14 de noviembre.

MARTES DE LA SEMANA 32ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (2,23–3,9):

Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella. En cambio, la vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de si; los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto; a la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden por un cañaveral; gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente. Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,2-3.16-17.18-19

R/. Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloria en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R/.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,7-10):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa” ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú” ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Sabiduría 2,23 -3,9

a) Uno de los aspectos en que el libro de la Sabiduría supone un progreso en relación con el resto del AT es su visión sobre la vida futura.

El interrogante de la vida y de la muerte preocupa a todos. Antes que nada, aquí se dice que Dios sólo creó la vida, “creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza”. El mal, el pecado y, como consecuencia, la muerte, entró después, “por envidia del diablo”, como dice el autor.

Pero, sea cual sea el origen de la muerte, lo que es más importante es el más allá después de la misma. Los justos están destinados a la vida: “la gente insensata pensaba que morían, pero ellos están en paz; la gente pensaba que eran castigados, pero ellos esperaban seguros la inmortalidad”.

b) Esta perspectiva es la que da sentido a nuestra vida y la que nos llena de esperanza.

La muerte no es una pared con la que chocamos al final de la carrera. Con ojos humanos, es un misterio sin sentido, un fatalismo sin esperanza. Pero ya desde estas últimas páginas del AT se nos orienta hacia una visión luminosa del más allá. Los justos vivirán en Dios, en el amor, en la felicidad. Que antes hayan tenido que pasar por tribulaciones y pruebas, pierde importancia ante la intensidad de lo que les espera: “sufrieron un poco, pero recibirán grandes favores”. Dios los ha probado como se prueba el oro en un crisol “y los halló dignos de sí”.

La sabiduría humana se contenta con la perspectiva de aquí abajo. Y, por tanto, la muerte la considera la desgracia total: “la gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia”. Pero no es así, en los planes de Dios.

Nosotros, con mayores razones que el autor del AT, sabemos que estamos destinados a compartir con Cristo su existencia gloriosa: “los que en él confían, conocerán la verdad y los fieles permanecerán con él en el amor”. En el año litúrgico, para celebrar el recuerdo de los Santos, no elegimos el día en que nacieron: su auténtico “dies natalis” es el día en que murieron, su verdadero nacimiento a la vida definitiva.

2. Lucas 17,7-10

a) El pasaje de hoy es un poco extraño: parece como si Jesús defendiera una actitud tiránica del amo con su empleado. Cuando éste vuelve del trabajo del campo, todavía le exige que le prepare y le sirva la cena.

Jesús no está hablando aquí de las relaciones laborales ni alabando un trato caprichoso.

Lo que le interesa subrayar es la actitud de sus discípulos ante Dios, que no tiene que ser como la de los fariseos, que parecen exigir el premio, sino la humildad de los que, después de haber trabajado, no se dan importancia y son capaces de decir: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

b) Tenemos que servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos.

Y lo que decimos en nuestra relación con Dios, también se podría aplicar a nuestro trabajo comunitario, eclesial o familiar. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, ni pregonando nuestros méritos. Que no recordemos continuamente a la familia o a la comunidad todo lo que hacemos por ella y los esfuerzos que nos cuesta.

Sino gratuitamente, como lo hacen los padres en su entrega total a su familia. Como lo hacen los verdaderos amigos, que no llevan contabilidad de los favores hechos. Con la reacción que describe Jesús: “hemos hecho lo que teníamos que hacer: somos unos pobres siervos”. ¡Cuántas veces nos ha enseñado Jesús que trabajemos gratuitamente, por amor! Eso sí, seguros de que Dios no se dejará ganar en generosidad: “alegraos y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo” (Lc 6,23), “porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,38).

Si al final de la jornada nos sentimos cansados por el trabajo realizado, seguro que también estaremos satisfechos, porque nada produce más alegría que lo que se ha logrado con sacrificio. Pero sin darnos importancia ni ir diciendo a todo el mundo lo cansados que estamos. Entre otras cosas, porque también los otros trabajan. Y además, si hemos recibido gratis de Dios, es justo que demos gratis, sin quejarnos demasiado si nadie nos alaba ni nos aplaude. Dios seguro que sí nos está aplaudiendo, si hemos dado con amor.

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12 de noviembre.

Lecturas del Domingo 32º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (6,12-16):

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 62,2.3-4.5-6.7-8
R/.
 Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansía de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas
canto con júbilo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (4,13-17):

No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (25,1-13), del domingo, 12 de noviembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXXII domingo durante el año A

Al comentar la parábola de las diez vírgenes, no queremos insistir tanto en lo que diferencia a las muchachas (cinco son prudentes y cinco necias), sino más bien en lo que les une: todas están saliendo al encuentro del esposo. Esto nos permite reflexionar sobre un aspecto fundamental de la vida cristiana, su orientación escatológica; es decir, la espera del regreso del Señor y nuestro encuentro con él. Nos ayuda a responder a la eterna e inquietante pregunta: ¿Quién somos y adónde vamos?

La Escritura dice que en esta vida somos «peregrinos forasteros», somos «párrocos», pues «paróikos» es la palabra del Nuevo Testamento que se traduce como peregrino y forastero (Cf. 1 Pedro 2,11), como «paroikía» (parroquia) es la traducción de peregrinación o exilio (Cf. 1 Pedro 1, 17). El sentido es claro: en griego «pará» es un adverbio y significa junto: «oikía» es un sustantivo y significa casa; por tanto: vivir junto, cerca, no dentro, sino a un lado. Por este motivo el término pasa a indicar después a quien vive en un puesto durante un tiempo, el hombre de paso, o el exiliado; «paroikía» indica, por tanto, una casa provisional.

La vida de los cristianos es una vida de peregrinos y forasteros, pues están «en» en el mundo, pero no son «del» mundo (Cf. Juan 17,11.16); pues su verdadera patria está en los cielos, de donde esperan que venga Jesucristo el Salvador (Cf. Filipenses 3, 20); pues aquí no tienen una morada estable, sino que están en camino hacia la futura (Cf. Hebreos 13, 14). Toda la Iglesia no es más que una gran «parroquia».

La Carta a Diogneto, del siglo II, define a los cristianos como hombres que «habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña». Se trata, sin embargo, de una manera especial de ser «extranjero». Algunos pensadores de la época también definían al hombre «extranjero en el mundo por naturaleza». Pero la diferencia es enorme: éstos consideraban el mundo como obra del mal y, por ello, no recomendaban el compromiso con él que se expresa en el matrimonio, en el trabajo, en el Estado. En el cristiano no hay nada de todo esto. Los cristianos, dice la Carta, «se casan como todos y engendran hijos», «participan en todo».

Su manera de ser «extranjero» es escatológica, no ontológica; es decir, el cristiano se siente extranjero por vocación, no por naturaleza; en cuanto que está destinado a otro mundo, y no en cuanto que procede de otro mundo (no es un marciano). El sentimiento cristiano de reconocerse extranjero se fundamenta en la resurrección de Cristo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Colosenses, 3, 1). Por eso, no rechaza la creación ni su bondad fundamental.

En los últimos tiempos, el redescubrimiento del papel y del compromiso de los cristianos en el mundo ha contribuido a atenuar el sentido escatológico, hasta el punto de que ya casi no se habla de los novísimos: muerte, juicio, infierno y paraíso. Pero cuando la espera en el regreso del Señor es genuinamente bíblica, no distrae del compromiso por los hermanos; más bien, lo purifica; enseña a «juzgar con sabiduría los bienes de la tierra, orientándonos siempre hacia los bienes del cielo». San Pablo, después de haber recordado a los cristianos que «el tiempo es breve», concluía diciendo: «Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Gálatas 6,10).

Decía el papa emérito en 2011: “El Evangelio de hoy es una célebre parábola, que habla de diez muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino de los cielos, de la vida eterna (cf. Mt 25, 1-13). Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace reflexionar; de hecho, de aquellas diez muchachas, cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, necias, no han llevado aceite. ¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se realizará según el amor practicado en la vida terrena (cf. Mt 25, 31-46). Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida.”

Vivir en espera del regreso del Señor no significa ni siquiera desear morir pronto. «Buscar las cosas de arriba» significa más bien orientar la existencia de cara al encuentro con el Señor, hacer de este acontecimiento el polo de atracción, el faro de la vida. El «cuándo» es secundario y hay que dejarlo en la voluntad de Dios. Que María sabia y prudente nos ayude a que no se nos agote el aceite. Amén.

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9 de noviembre

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco de ayer.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Iniciamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada al “corazón” de la Iglesia, es decir, la Eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir siempre más plenamente nuestra relación con Dios.

No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la Eucaristía; y cuantos, aun hoy, arriesgan la vida por participar en la Misa dominical. En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, un grupo de cristianos, del Norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban la Misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les pregunto porque lo habían hecho, sabiendo que era absolutamente prohibido. Y ellos respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebra la Eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.

De hecho, Jesús dice a sus discípulos: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,53-54).

Estos cristianos del Norte de África fueron asesinados por celebrar la Eucaristía. Han dejado el testimonio que se puede renunciar a la vida terrena por la Eucaristía, porque ella nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué cosa signifique para cada uno de nosotros participar en el Sacrificio de la Misa y acercarnos al Banquete del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente de donde “brota agua viva” para la vida eterna?, ¿Qué hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de acción de gracias y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la Santa Eucaristía, que significa “acción de gracias”: Eucaristía significa acción de gracias. Acción de gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos envuelve y nos transforma en su comunión de amor.

En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la Eucaristía y la Misa, para redescubrir, o descubrir, como a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.

El Concilio Vaticano II ha sido fuertemente animado por el deseo de llevar a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo actuar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella.

Un tema central que los Padres conciliares han subrayado es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es justamente este el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy iniciamos: crecer en el conocimiento de este gran don de Dios que nos ha donado en la Eucaristía.

La Eucaristía es un evento maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre para la salvación del mundo» (Homilía, Santa Misa en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Pero, muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la Eucaristía… pero nosotros no celebramos cerca de él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguramente todos estaríamos cerca de él, quisiéramos saludarlo. Pero, piensa: cuando tú vas a Misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estás distraído, volteado… ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto, ¡eh! “Padre, es que las misas son aburridas” – “Pero que cosa dices, ¿Qué el Señor es aburrido?” – “No, no. La Misa no, los sacerdotes”. “Ah, que se conviertan los sacerdotes, pero es el Señor que está ahí, ¡eh!” ¿Entendido? No lo olviden. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor».

Tratemos ahora de ponernos algunas simples preguntas. Por ejemplo, ¿Por qué se hace el signo de la cruz y el acto penitencial al inicio de la Misa? Una pregunta. Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Ustedes han visto como los niños se hacen el signo de la cruz? Tú no sabes que cosas hacen, si es el signo de la cruz o un diseño. Hacen así… Pero, aprender, enseñar a los niños a hacer bien el signo de la cruz, así comienza la Misa, así inicia la vida, así inicia el día. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Miren a los niños y enséñenles bien a hacer el signo de la cruz. Y esas Lecturas, en la Misa, ¿Por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres Lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué cosa significa la Lectura de la Misa? ¿Por qué se leen y que tienen que ver? O quizás, ¿Por qué a cierto momento el sacerdote que preside la celebración dice: “Levantemos el corazón”?. No dice: “Levantemos nuestros celulares para tomar una fotografía”. No, es una cosa fea. Y les digo que a mí me da mucha tristeza cuando celebro aquí en la Plaza o en la Basílica y veo muchos celulares levantados no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también de obispos. ¡Por favor! La Misa no es un espectáculo: es ir al encuentro de la pasión, de la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”. ¿Qué cosa quiere decir esto? Recuerden: nada de celulares.

Es muy importante regresar a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los Sacramentos. La pregunta del apóstol Santo Tomás (Cfr. Jn 20,25), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de algún modo “tocar” a Dios para creerle. Lo que Santo Tomás pide al Señor es aquello de lo cual todos nosotros tenemos necesidad: verlo y tocarlo para poder reconocerlo. Los Sacramentos van al encuentro de esta exigencia humana. Los Sacramentos, y la celebración eucarística de modo particular, son los signos del amor de Dios, las vías privilegiadas para encontrarnos con Él.

Así a través de estas catequesis que hoy iniciamos, quisiera redescubrir junto a ustedes la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez revelada, da sentido pleno a la vida de cada uno. La Virgen nos acompañe en este nuevo tramo del camino. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez para Radio Vaticana)

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5 de noviembre.

Lecturas del Domingo 31º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura de la profecía de Malaquías (1,14–2,2b.8-10):

«Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones –dice el Señor de los ejércitos–. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre –dice el Señor de los ejércitos–, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví –dice el Señor de los ejércitos–. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 130,1.2.3
R/.
 Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad. R/.

Sino que acallo
y modero mis deseos,
como un niño
en brazos de su madre. R/.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (29,7b-9.13):

Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. Ésa es la razón por la que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (23,1-12), del domingo, 5 de noviembre de 2017

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Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXXI domingo durante el año A

Los textos de hoy nos ayudan a reflexionar sobre el servicio de autoridad. Podemos pensar en las autoridades en la Iglesia, las autoridades de gobierno, y en este tiempo en que por estas tierras tenemos las primeras comuniones podemos pensar en la autoridad en la familia. Como es nuestra relación con la autoridad.

De la afirmación principal y más absoluto de Jesús: “ustedes no tienen más que un solo Padre, que está en el cielo”, se desprende que quién ejerce, dentro de la familia, la sociedad o la Iglesia, una paternidad o maternidad, comparte algo que es propio de Dios, y que si otro lo ejerce es como en representación o vicariamente (vicario es ejercer un oficio que no es de uno). Si esto se reconocerá bien, todo se armonizaría fácilmente, la autoridad, que no el autoritarismo, en un servicio a la convivencia. La comunidad cristiana, como ninguna otra comunidad humana, no puede ser un grupo amorfo, sin estructura. Debido a la naturaleza social de los seres humanos, la comunidad se compone de un conjunto de relaciones y estas relaciones están conectadas a diversos servicios que harán que cada miembro de la comunidad se integre en ella, y se beneficie o preste los servicios que necesite.

El problema no son los nombres que se pueden dar a los diversos servicios (“a nadie llamen padre… ni maestro…) ni los títulos que se otorgan a quienes realizan estos servicios. Estos títulos varían según la sensibilidad de cada época y cultura. Lo que importa es el espíritu con el que se cumplen estos servicios.

A lo largo del Evangelio, Jesús dijo en repetidas ocasiones con mucha claridad y de muchas maneras (por ejemplo, el capítulo 18 de san Mateo) en el corazón de la comunidad se encuentras los pequeños y los necesitados. Si Jesús es tan severo con los fariseos, y para ellos usa palabras tan duras, es porque habían formado una especie de comunidad en la que ellos mismos estaban en el centro e imponían “su” voluntad a la gente haciéndoles entender que era la voluntad de Dios. No predicaban a Dios se predicaban ellos.

 Una comunidad unida en la misma búsqueda de Dios respeta sus dirigentes y todos aquellos que, dentro de ella, tienen servicios a realizar, del orden que estos sean, sabiendo que al hacerlo se respeta a sí misma. En la lectura de Malaquías (primera lectura de la misa de hoy), el profeta denuncia al mismo tiempo a los sacerdotes que no han “tomado en serio glorificar el nombre de Dios” y las personas que se olvidaron de que tenían a Dios como Padre. “¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?”

Los problemas estigmatizados por las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy vienen cuando los responsables consideran que sus distinciones se deben a ellos personalmente, y que no tienen nada que agradecer ni a Dios ni a la Iglesia, ni a la sociedad. Decía el papa emérito el 30 de octubre de 2011: “Pensando en los maestros que oprimen la libertad de los demás en nombre de su propia autoridad, san Buenaventura indica quién es el auténtico Maestro, afirmando: «Nadie puede enseñar, ni obrar, ni alcanzar las verdades conocibles sin que esté presente el Hijo de Dios» (Sermo I de Tempore, Dom. XXII post Pentecosten, Opera omnia, IX, Quaracchi, 1901, p. 442). «Jesús se sienta en la «cátedra» como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 93). ¡Él es nuestro verdadero y único Maestro! Por ello, estamos llamados a seguir al Hijo de Dios, al Verbo encarnado, que manifiesta la verdad de su enseñanza a través de la fidelidad a la voluntad del Padre, a través del don de sí mismo. Escribe el beato Antonio Rosmini: «El primer maestro forma a todos los demás maestros, del mismo modo que forma a los discípulos, porque [tanto unos como otros] existen sólo en virtud de ese tácito pero poderosísimo magisterio» (Idea della Sapienza, 82, en: Introduzione alla filosofia, vol. II, Roma 1934, p. 143). Jesús condena enérgicamente también la vanagloria y asegura que obrar «para que los vea la gente» (Mt 23, 5) pone a merced de la aprobación humana, amenazando los valores que fundan la autenticidad de la persona”.

La carta de Pablo a los Tesalonicenses es un gran ejemplo del espíritu con el que se deben desempeñar los ministerios o servicios dentro de la Iglesia. San Pablo es muy consciente de su autoridad sobre las comunidades que fundó o simplemente visitó; y a veces afirma esta autoridad con una fuerza que nos deja casi incómodos. Sin embargo, el texto que leímos indica claramente el espíritu con el que lo estaba haciendo. Fue con una condición, si se quiere, más maternal que paternal: “Los tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Les teníamos tanto cariño que deseábamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque se habían ganado nuestro amor”. Es probable que en este hermoso texto San Benito, por ejemplo, se inspira cuando recomienda que el abad hacerse amar más bien que temer.

Dado que sólo Dios es nuestro padre, que tiene entrañas de misericordia, siempre esforcémonos para que todas nuestras relaciones broten de esta ternura y no de una autoridad autorreferencial y centrada en el egoísmo. Que la Virgen interceda para que esto lo vivamos en la Iglesia, en la familia y en la sociedad.

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SAN CARLOS BORROMEO

(1584)

La Iglesia se encontraba en una de sus coyunturas más decisivas. Se había consumado desgraciadamente la ruptura religiosa con todo el norte de Europa. Sin embargo, después de mil dificultades, el concilio de Trento iba trazando un programa de auténtica reforma realmente maravilloso, que había de bastar para llenar durante siglos las actividades de los más celosos pastores.

Por aquellos días acude a Roma, llamado por su tío, el nuevo papa Pío IV, un joven de veintidós años. Es cierto que había estudiado en la Universidad de Pavía, y que durante esos estudios se había mostrado serio, formal, buen amigo de los libros y de las prácticas de piedad. Es cierto que un año antes, en 1559, él había obtenido su doctorado en Derecho canónico y en Derecho civil. Pero de eso a hacer de aquel joven, nada brillante por otra parte, cardenal de la Iglesia romana, administrador de la diócesis de Milán, de las legaciones de Bolonia y de la Romaña… iba una gran distancia. Distancia que una vez más llenaba el nepotismo de la época. El papa Pío IV iba a hacer de Carlos Borromeo como un anticipo de lo que habría de ser después el cardenal secretario. Al configurar el cargo y las atribuciones, el nepotismo que le movía iba ordenado por la divina Providencia, porque su sobrino habría de ser una de las figuras más extraordinarias de la moderna historia eclesiástica.

Carlos, con sus veintidós años, llega a Roma contento al ver la suerte que se le viene a las manos. Es necesario decir con verdad que trabaja como bueno, que es activo, incansable, lealísimo a su tío el Papa. Hay que decir también que no le falta trabajo, porque a la tarea normal se le añaden las fatigas no pequeñas que lleva consigo el concilio de Trento. Una correspondencia delicadísima con los legados del concilio y con los padres más destacados, se entreteje con la que hay que mantener con los nuncios, los agentes pontificios en las diferentes cortes, etc,.

Aunque el ejemplo que daba era bueno, reconozcamos, sin embargo, que el Santo estaba aún lejos. El arranque hacia la santidad tiene en la vida de San Carlos una fecha determinada: la de su ordenación sacerdotal. Desde entonces pudieron observar los romanos que el cardenal Borromeo era otro. Meses después recibía la consagración episcopal, en diciembre de 1563. Y terminado felizmente el concilio de Trento, quería dar por sí mismo el mejor ejemplo de observante a sus decretos abandonando Roma para residir en Milán, porque si es cierto que desde Roma atendía, con minuciosidad que hoy nos admira, la marcha de la diócesis milanesa, no es menos cierto que los decretos del concilio de Trento eran terminantes por lo que a la residencia de los obispos se refería.

Y a Milán marcha. Entra solemnemente el 23 de septiembre de 1565, pero vuelve a Roma para el conclave en que sería elegido San Pío V. En abril de 1566 está de nuevo en Milán, donde desarrolla durante unos veinte años una labor colosal. San Carlos Borromeo, que muere joven, de cuarenta y seis años, atiende no sólo a las necesidades de la diócesis de Milán, que aún hoy, después de haber sido muy recortada, continúa siendo inmensa, sino también a las de las quince diócesis sufrugáneas. Es más, designado primero protector de los cantones católicos y después visitador de toda Suiza, realiza allí varias veces minuciosas visitas, en las que consigue contener el avance del protestantismo, y toma medidas eficacísimas para lograr la sólida implantación de la reforma católica.

Notemos que todo esto se alcanza a fuerza de laboriosidad y de entrega. Dotado de una salud de hierro, que le permite pasar días enteros sin comer y durmiendo unas pocas horas; resistir largas horas de viaje, a un ritmo extraordinario con los medios de que entonces se disponía; sacar tiempo para hacer larga oración sin desatender los cuidados de su diócesis, San Carlos logra superar todo. De una parte su falta de simpatía natural. Con tendencia a la rigidez, tímido por naturaleza, escasamente conversador, le faltaba además una de las condiciones más preciadas para un hombre hábil: la rapidez en las decisiones. Y sin embargo, este hombre excepcional consiguió a fuerza de santidad cambiar la fisonomía de su clero, hacerse amar por su pueblo, superar los continuos conflictos con los autoridades y los representantes de los intereses creados y dejar en pos de sí una huella imborrable.

Su santidad es, en su suprema sencillez, una gran lección para todos. Se hizo santo por un método viejo y poco complicado: cumpliendo su obligación. Se hace santo por la observancia rigurosa y plenísima de sus deberes, quemando toda su existencia, poco a poco, entre los mil negocios de cada día. Sus mismos defectos, al contacto con la santidad, quedan trocados “a lo divino”: su orgullo y desprecio a lo bajo, se transforman en horror al pecado; su mala administración y excesiva liberalidad de los tiempos de estudiante, se truecan en caridad hacia los pobres; su terquedad se hace tenacidad; su falta de brillantez, le da ocasión de ejercitarse en la laboriosidad y en la humildad. Pero si quisiéramos resumir su vida espiritual en una virtud más característica diríamos que fue la constancia. Pese a todo y a todos mantuvo en alto la bandera de la reforma. Es cierto que la visita a los “humillados:” termina a tiros; los canónigos de la Colegiata de Santa María le cierran las puertas a la faz de todos sus acompañantes; los asuntos temporales le traen disgusto sobre disgusto y denuncia sobre denuncia; si consigue ir a su diócesis y permanecer en ella es con la oposición de los Papas que le querían junto a sí. Y contra todo esto, él realiza impávido su obra.

¡Y qué obra! Recientemente Mols ha hecho el balance de lo que hoy debemos a San Carlos Borromeo en la vida de a Iglesia:

“En materia administrativa: la residencia de los pastores, la celebración de concilios provinciales, de sínodos diocesanos, de reuniones y conferencias arciprestales, el desenvolvimiento de la estadística eclesiástica y de los datos numéricos parroquiales, el llevar libros, expedientes y registros sobre los aspectos más variados de la administración diocesana y parroquial, el cuidado de una adaptación geográfica de las diócesis a las exigencias pastorales, la preocupación por asegurar un mayor cuidado material de las iglesias, la tendencia a acentuar el aspecto defensivo del catolicismo y su organización. En materia escolar: la fundación de seminarios e instituciones especializadas de enseñanza y ayuda mutua, el desenvolvimiento de la formación catequística y religiosa de los cristianos. En materia directamente apostólica: la fundación de los Oblatos de San Ambrosio comprendiendo miembros laicos, el impulso dado a las misiones parroquiales, el apostolado de la Prensa, a una predicación dominical regular de inspiración bíblica y litúrgica, a ciertas devociones populares eucarísticas, la organización regular de visitas diocesanas y de recorridos de confirmación, el recurso a equipos apostólicos especializados, la preocupación por un apostolado comunitario.

Salta a la vista que no todas estas cosas pueden atribuírsele a él exclusivamente. Pero lo que no se le puede negar es haber sido el genial ordenador de materiales legislativos y pastorales tomados de sus predecesores, que, sistematizados, ofreció a toda la Iglesia. Porque durante toda la época de la reforma católica puede decirse que en la Iglesia entera los ojos están fijos en Milán, y ya nos encontremos en la Francia del siglo XVII, de tan magnífica orientación pastoral; ya en la España de Felipe II, y en Valencia con el Beato Ribera; ya en Italia, que en gran parte visitó él mismo; ya en Indias con Santo Toribio… en todas partes veremos cómo San Carlos es el auténtico ideal del obispo reformador y sus medidas legislativas son copiadas, adaptadas, implantadas y urgidas.

En muchos aspectos es decidido antecesor de iniciativas que estimamos modernísimas. Recordemos el “Asceterium”. al que el papa Pío XI llamó en la encíclica Menti Nostrae la primera casa de ejercicios del mundo; recordemos su preocupación por el seminario, y su clara visión de la necesidad de adaptar la formación de los seminaristas a la vida real; recordemos su empeño por la santificación de los seglares y la organización apostólica de los mismos; recordemos la amplitud de espíritu con que concibió las relaciones del clero secular con los religiosos.

Todavía más que en sus obras puede encontrarse la medida de sus preocupaciones apostólicas en las actas de las visitas apostólicas. Porque, como ha escrito el actual papa Juan XXIII, incansable editor de las que corresponden a Bérgamo, ” la historia escrita por otros tiene un poco siempre del pensamiento y de las impresiones de quien escribe. En cambio, en las actas de la visita es San Carlos mismo vivo, operante, el que a distancia de más de tres siglos aparece tal cual le veneraron sus contemporáneos; alta inteligencia de hombre de gobierno que todo lo ve y a todo llega, espíritu noble y excelso, corazón de obispo y de santo. De aquellos papeles brota su figura entera, y juntamente con ella todo un mundo que resucita en torno a él… Mas aún que en las disposiciones conciliares y sinodales, las actas de las visitas dan el tono más justo y auténtico de esta sabiduría apostólica y pastoral que tan admirablemente supo unirse en Borromeo con su íntimo fervor religioso, de aquella arte exquisita que él poseía de proveer a todo con medios aptos, de conseguir con orden, con organización perfecta, con calma, lograr un fruto, no sin dificultades a veces, pero siempre con gran dignidad y con bondad inmensa en los mismos choques”.

Muchísimas veces había desafiado la muerte: viajes de noche por los Alpes, entrevistas con sus más mortales enemigos sin defensa alguna, y, sobre todo, contactos durante largas temporadas con los apestados, en especial en la terrible peste de 1576-1577. Sin embargo, la muerte le había respetado hasta entonces.

Pero hubo un momento en que llegó ya. Tenía el cardenal cuarenta y seis años. Aunque devorado por la fiebre, continuaba haciendo su visita pastoral. El 30 de octubre inauguró un seminario. Después consoló a los habitantes de Locarno, que de cuatro mil ochocientos habían quedado reducidos a setecientos a causa de la peste. La fiebre le devoraba. Fue necesario rendirse por fin. Y en Milán, rodeado del amor de todo su pueblo, expiró dulcemente el sábado 3 de noviembre de 1584.

Desde el primer momento fue venerado. Ya el día 4 hubo una grandiosa manifestación de veneración pública. Pocos años después, en 1610, era canonizado. Su culto se extendió rapidísimamente por todo el mundo. Símbolo de la reforma católica, imagen del buen pastor, fue desde el primer momento su devoción un estímulo para continuar trabajando en las mismas tareas que él había emprendido. San Francisco de Sales le tuvo una gran devoción y visitó su sepulcro. El papa san Juan XXIII, eligió para su coronación, aun sabiendo que esto suponía un gran esfuerzo, el día de su fiesta, queriendo colocar su pontificado bajo el patronato de este gran Santo.

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2 de noviembre.

LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los “que siguen al Cordero”, nuestro pensamiento acompaña a “los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz”. Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor…

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos “para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz“. Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de “viatores“. Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también “signos del futuro”, desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma (el 9 san Juan de Letrán y el 18 las Basílicas de san Pedro y san Pablo). El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la “ciudad santa de Jerusalén“, donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el “somos polvo y ceniza” del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: “Aquí yace polvo, ceniza y nada”.

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas…

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: “Espero la resurrección de los muertos”.

El cristiano “no se muere”, en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que “muere”, es decir, entrega su alma al Creador”. Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el “Manual Toledano” para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente…

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta… evocaban muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dio en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de “celebración pascual” que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este “tránsito” o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados “graduales”.

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de “morir en el Señor”, que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: “Dichosos los difuntos que mueren en el Señor” (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muere acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el “socorro del viaje” que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la “recomendación del alma”.

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la “letanía de los santos”. Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: “Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc.”

Después se realiza solemnemente la entrega:

Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente… Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo…”

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite “Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo“.

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un “acto jurídico”, en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió  signum fidei “con el sello de la fe”, según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman “cementerios”, palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios fueron sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una “pérdida irreparable”, el cementerio no es la “última morada’. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: “No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él… Consolaos, pues, con tales pensamientos” (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la “vida del siglo futuro”.

“A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre” (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros “puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer” y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, “porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección” (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta por la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, “el sacrificio de nuestra redención”, o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, “sacrificio por los que durmieron”. La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima “representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio” (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: “Allí siempre estaremos con el Señor”. En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica “están en el Señor”.

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste
y al ladrón oíste,
también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos.

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio “y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar“.

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos “meses de ánimas” y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: “Tu misericordia y tu juicio cantaré“.

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.

La imagen del “paraíso” aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

“Jerusalén” es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la “patria del paraíso”, como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él “cortejo de los ángeles y los santos”. La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el “descanso eterno”, sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: “Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos” (Apoc. 1 4,16) .

“Dios es luz, y en sí no existen tinieblas”, dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos “la luz eterna”, la claridad inextinguible en el foco divino, para “ver la luz en su luz”, como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

“Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la “paz”, el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del “refrigerio”, tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del “refrigerio, de la luz y de la paz” se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la “conmemoración de los fieles difuntos”. San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Hoy los sacerdotes podemos celebrar tres misas. Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

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1 de noviembre.

Mural de Todos los santos capilla del Santuario de la Divina Misericordia, Polonia

Homilía para la Solemnidad de Todos los Santos

Jornada nacional de oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de sus siervos de Dios

Hoy la Iglesia celebra su dignidad de “madre de los santos, imagen de la ciudad celestial” (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.

Pero, “¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?”. Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para el día de Todos los Santos. Es una pregunta que también se puede plantear hoy. También es actual la respuesta que el Santo da: “Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos” (Discurso 2: Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).

Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia. Esta es la vocación de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atención.

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? Decía en una ocasión como esta el papa emérito: a esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. “Si alguno me quiere servir―nos exhorta―, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Jn12, 26).

Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.

Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, “han pasado por la gran tribulación ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). Sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.

La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura el apóstol san Juan observa: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.

El Evangelio propio de esta solemnidad son las Bienaventuranzas, que nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.

En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

El inicio de la vida de fe y la perseverancia final es un don gratuito de la gracia, pero en el medio tenemos que colaborar. La santidad deseada y vivida exige atención, buen uso de la libertad.

Antes de ayer una amiga me envío un videíto por wasap, en italiano. Se trata del experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical, que consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero de 2007, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital de seis melodías de diversos compositores clásicos en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos -donados a la beneficencia-. La cifra está muy lejos de los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

El diario en cuestión partía de la siguiente pregunta: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?

Seguro que ya saben por dónde voy, ¿seremos capaces de percibir la belleza de la santidad en el contexto de nuestra vida? O ¿pagamos fortunas por cosas que no apreciamos y lo que de verdad nos puede llenar de sentido la vida, pasa sin que lo avistemos, al lado nuestro?

Con María pidamos a Dios reconocer lo bueno y lo bello de la santidad a la que nos llama Jesús.

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31 de octubre.

Lecturas del Martes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,18-25):

Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un dia se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/. El Señor ha estado grande con nosotros

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,18-21):

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Romanos 8,18-25

a) Ayer nos decía Pablo que el Espíritu nos hace ser hijos. Pero hoy nos presenta una perspectiva todavía más optimista: nuestra filiación está destinada a una plenitud mucho mayor de la que podríamos imaginar.

No sólo nosotros, sino toda la creación, está en una actitud de esperanza gozosa. Según el Apóstol, el cosmos está en gestación, en estado de buena esperanza, preñado de vida. Y cuando dé a luz nosotros seremos hijos en un sentido más pleno: “está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios”, “para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. Porque ahora gemimos, “como con dolores de parto”, “aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.

b) La imagen de la Iglesia, de la humanidad y hasta de toda la naturaleza cósmica preñadas, con dolores de parto, en espera de alumbrar un mundo nuevo, es una imagen poderosa y atrevida.

Lo que ya tenemos ya es bueno y llena de sentido la existencia. Pero “fuimos salvados en esperanza”: todavía nos va a dar Dios una vida más gloriosa. Resulta que sólo tenemos “las primicias del Espíritu” y todavía no somos hijos en plenitud, ni estamos totalmente liberados de la esclavitud. Caminamos hacia esa “libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

¡Qué visión tan dinámica y comprometedora de la vida cristiana! Una visión de marcha y de camino, de crecimiento y maduración, de gestación de una nueva vida. ¿Qué importancia puede tener, en esta perspectiva, que haya algunos momentos de sufrimiento y de prueba? Como dice Pablo, “considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Haremos bien en dejarnos contagiar por la alegría del salmo: “la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

Esto incluye también al mundo, a la naturaleza creada, llamada a verse un día “liberada de la esclavitud de la corrupción”. Pablo nos presenta una unidad de destino entre la humanidad y el cosmos: no es mera yuxtaposición lo que nos une a este mundo, sino que estamos enraizados profundamente en él. También el mundo cósmico está destinado a la salvación, al igual que nosotros estamos llamados a salvarnos, no sólo en nuestro espíritu, sino también en nuestra corporeidad.

Al Espíritu le rezamos los cristianos pidiendo “que renueve la faz de la tierra”. En la Plegaria Eucarística IV del Misal, al mirar al pasado, damos gracias a Dios porque “hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria”; y al mirar al futuro, nos gozamos porque un día, “junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro”. Estos gemidos y dolores de parto de que habla Pablo van a tener, por la fuerza del Espíritu, un alumbramiento sorprendente y lleno de alegría. ¿Será la vuelta al paraíso inicial, pero con mayor plenitud?

2. Lucas 13,18-21

a) Dos breves comparaciones le sirven a Jesús para explicarnos cómo actúa el Reino de Dios en este mundo: el grano de mostaza que sembró un hombre y la levadura con la que una mujer quiso fabricar pan para su familia.

La semilla de la mostaza, aunque aquí no lo recuerde Lucas, es en verdad pequeñísima.

Y, sin embargo, tiene una fuerza interior que la llevará a ser un arbusto de los más altos.

Un poco de levadura es capaz de transformar tres medidas de harina, haciéndola fermentar.

b) A nosotros nos suelen gustar las cosas espectaculares, solemnes y, a ser posible, rápidas.

No es ése el estilo de Dios. ¡Cuántas veces, tanto en el AT como en el NT y en la historia de la Iglesia, Dios se sirve de medios que humanamente parecen insignificantes, pero consigue frutos muy notables! La Iglesia empezó en Israel, pueblo pequeño en el concierto político de su tiempo, animada por unos apóstoles que eran personas muy sencillas, en medio de persecuciones que parecía que iban a ahogar la iniciativa. Pero, como el grano de mostaza y como la pequeña porción de levadura, la fe cristiana fue transformando a todo el mundo conocido y creció hasta ser un árbol en el que anidan generaciones y generaciones de creyentes.

Así crecen las iniciativas de Dios. Esa es la fuerza expansiva que posee su Palabra, como la que ha dado en el orden cósmico a la humilde semilla que se entierra y muere.

Estas palabras de Jesús corrigen nuestras perspectivas. Nos enseñan a tener paciencia y a no precipitarnos, a recordar que Dios tiene predilección por los humildes y sencillos, y no por los que humanamente son aplaudidos por su eficacia. Su Reino -su Palabra, su evangelio, su gracia- actúa, también hoy, humildemente, desde dentro, vivificado por el Espíritu.

No nos dejemos desalentar por las apariencias de fracaso o de lentitud: la Iglesia sigue creciendo con la fuerza de Dios. En silencio. Un árbol seco que cae estrepitosamente hace mucho ruido, y puede provocar un escándalo en la Iglesia. Fijémonos más bien en tantos y tantos árboles que, silenciosamente, viven y están creciendo. Abunda más el bien que el mal, aunque éste se vea más.

Lo que sí tenemos que cuidar es el no caer nosotros mismos en la pereza y en el conformismo. Estamos destinados a crecer y a producir fruto, a ser levadura en el ambiente en que vivimos, ayudando a este mundo a transformarse en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

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27 de octubre.

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Arriba visita a la Virgen de Częstochowa. Abajo visita al Santuario de la Divina Misericordia y a Santa Faustina Kowalska.


Viernes, XXIX semana del Tiempo Ordinario, feria

Rm 7,18-25a: ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte?

 

Hermanos:

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no.

El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago.

Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno., me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos.

En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte?

Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

 

Sal 118,66.68.76.77.93.94: Instrúyeme, Señor en tus leyes.

 

Enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos.Tú eres bueno y haces el bien,
instrúyeme en tus leyes.Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo.Cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad.

Jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida.

Soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.

 

Lc 12,54-59: Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?

 

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:

–Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. Cuando sopla el sur decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace.

Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?

Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel.

Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.

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22 de octubre.

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Lecturas Domingo 29º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (45,1.4-6):

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10e

R/. Aclamad la gloria y el poder del Señor

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda;
decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1,1-5b):

Pablo, Silvano y Tirnoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,15-21):

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXIX domingo durante el año A

Cuando los Fariseos, los Escribas y los Sacerdotes llevaron a Jesús a Pilato para ser condenado y ejecutado por las autoridades romanas, ellos utilizaron contra él la siguiente acusación: «Hemos encontrado a este hombre incitando nuestra nación: no queriendo que paguen el impuesto al César…» (Lc. 23, 2). En realidad el hecho pone en evidencia que Jesús fue históricamente juzgado y ejecutado por los romanos bajo una acusación de alta traición. Es por esto importante analizar atentamente los eventos traídos en el Evangelio de este domingo, porque estos hechos serán usados por las autoridades judías para hacer ejecutar a Jesús como un agitador político.

Jesús es muy comprensivo al mirar las debilidades humanas y manifiesta una compasión exquisita con cualquier suerte de pecador. Pero hay una cosa que él no puede soportar, es la hipocresía. No puede soportar la hipocresía de las autoridades judías que permiten oprimir política, social y económicamente a su propio pueblo en nombre de la religión. Como, seguramente no soporta, en nuestros días, la hipocresía de querer usar el Evangelio como fundamento de una distinción entre política y religión que permite en muchos casos que actitudes en el orden social y económico no sean influenciadas por el Evangelio. En realidad tal distinción (que es otra cosa que la sana autonomía de cada esfera de autoridad) es un concepto moderno y puramente pagano.

El pueblo de Israel vivía bajo la dominación romana. Muchos rasgos de los Evangelios nos muestran que Jesús deseaba, así como los zelotes, los fariseos, los esenios, y todos, que Israel sea liberado del imperialismo romano. Pero su preocupación iba más allá, de la de todos estos grupos. Él quería ir a las raíces de la opresión y la dominación: la falta de compasión del hombre para el hombre. Si los Judíos no tenían compasión por los demás, ¿serían con la libertad de la ocupación romana más misericordiosos? Si los Judíos continúan basando sus vidas en los valores mundanos del dinero, el prestigio, la solidaridad sólo con el propio clan y el poder; la opresión romana ¿no sería simplemente reemplazada por una opresión judía igualmente implacable? Los mismo vale para nosotros cristianos, si no entendemos el Evangelio.

Jesús estaba preocupado por la liberación de una forma más verdadera que los zelotes. Ellos querían un cambio de Gobierno (hoy diríamos un “cambio de régimen”) de romano a Judío. Esto no fue un problema para Jesús. Pero él quería que este cambio afectara a todas las dimensiones de la vida. Él vio lo que nadie más vio: que la opresión y la explotación económica, de los judíos, venía más de dentro que desde fuera. La clase media judía, que se rebeló contra Roma, oprimía a los pobres y a los sin educación. La gente común sufría más la opresión de los escribas, los fariseos, los saduceos y los zelotes que la de los romanos. Las protestas de esta clase media contra los romanos eran hipócritas. Y este es el punto central de la famosa respuesta de Jesús a la pregunta de si es lícito pagar tributo al César.

En la práctica, la ocupación romana significaba pagar impuestos. En la mente de los fariseos, pagar impuestos a los ocupantes romanos significaba dar al César lo que pertenece a Dios, es decir, la propiedad de Israel. Pero Jesús veía que esto era una mera racionalización, excusa hipócrita por su avaricia. No tenía nada que ver con el problema real.

En su intervención, los fariseos, le preguntan si está permitido pagar impuestos al emperador. En respuesta, Jesús no habla de pagar, sino de dar. “Dad al César lo que es del César”, les dijo. Esta respuesta muestra que Jesús vio la verdadera razón detrás del problema que estaban planteando con este tema de los impuestos. Los que ponen esta pregunta estaban en posesión de la moneda romana. Estas monedas llevaban la imagen y el nombre de César. No era el dinero de Dios; sino que era dinero del César. Si usted se niega a dar al César lo que es del César, esto sólo se puede deber a su amor por el dinero. Pero, dice Jesús, “también den a Dios lo que es de Dios”, es decir a su pueblo, que ustedes han arrinconado para acaparar más dinero. Si ustedes realmente desean dar a Dios lo que es de Dios, venderían todos sus bienes y los darían a los pobres; y renunciarían también al poder y al prestigio.

El verdadero problema era el de la opresión entre ellos, y no el hecho de que el Imperio Romano se atrevió oprimir al pueblo elegido. La raíz de todas las formas de opresión es la falta de compasión. Considerado en estos términos, las limitaciones que producían pagar los impuestos a los romanos, más que a los judíos, fueron mínimas en comparación con las restricciones sufridas por los pobres y pecadores judíos por parte de sus ricos y “virtuosos” conciudadanos. Todas estas restricciones se debían eliminar, pero Jesús estaba mucho más preocupado por los sufrimientos a que estaban sujetos los pobres y los pecadores, como nos revela el Evangelio.

Jesús, conociendo su intención, se libra de la trampa. Nadie puede acusarlo, porque los envuelve en la misma red que le han tendido. Jesús dice: «Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentan un denario, que ciertamente tenía la imagen del César. Roma había impuesto su moneda como signo de dominación. Entonces Jesús les pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos responden: «Del César». Han caído en la trampa. Jesús concluye de esa respuesta: «Dad al César, lo que es del César». La frase tiene un doble sentido; uno para satisfacer a los herodianos y otro para satisfacción de los fariseos, de manera que no pudieran acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. «Devolved al César lo que es del César», puede entenderse: «Pagad el impuesto». De esta manera, no resistía el poder de Roma. Pero también puede entenderse: «Liberaos de la odiosa imagen del César y de su dominación, devolviéndole lo suyo». De esta manera, daba satisfacción a los judíos. De todas maneras, fue acusado de sedición. La acusación que llevaron a Pilato era ésta: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Lc 23,2). Como vemos, era mentira.

Pero la pregunta también tenía una intención religiosa: «¿Es lícito, es decir, conforme a la ley de Dios, pagar el tributo?» Por eso Jesús agrega: «Dad a Dios lo que es de Dios». Si el denario tiene impresa la imagen del César y por eso debe devolverse al César lo suyo, el hombre tiene impresa «la imagen de Dios». Por tanto, él se debe completamente a Dios. Hemos sido creados por Dios, a imagen de Dios y para Dios. Dios es nuestro origen, nuestro divino prototipo y nuestro fin; por eso nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Dios donde encuentra su fin último y su felicidad. El hombre debe obedecer la ley humana civil siempre que ésta no sea contraria a la ley divina natural. Si ocurre esa desgraciada circunstancia, el hombre debe resistir la ley civil porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres« (Hch 5,29). Y lo debe hacer aunque esto le acarree inconvenientes y persecución, porque la pureza y paz de la conciencia moral es superior a cualquier bienestar o ventaja material.

Jesús no reprocha a los fariseos porque sean demasiado políticos. En un cierto sentido él les reprocha ser demasiado religiosos, es decir de oprimir a sus hermanos en nombre de una religión sin amor.

¿Seremos nosotros así: demasiado religiosos, pero sin dar a Dios lo que es de Dios?

Pidamos a María nuestra Madre dejar que en nuestra vida todo este iluminado por el Evangelio y la compasión y siempre le demos lo suyo a Dios.

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18 de octubre.

 

Haciendo memoria del santo

De visita en la Signatura


S A N   L U C A S
(Siglo I)

 

Con sencillez impresionante da entrada el tercer evangelio a una escena donde lo humano va poco a poco cediendo paso a lo divino. Era el día de la resurrección de Cristo y, buscando salida a las fuertes y encontradas emociones de toda aquella jornada, dos de los discípulos de Cristo se dirigían aquel mismo día a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén ciento sesenta estadios (Lc. 24,23). Junto al nombre de Cleofás, uno de “los dos”, sólo una alusión que deja en la penumbra al compañero. Silencio “intencionado”, sin duda, sobre el nombre del “otro” discípulo, que por lo mismo habría que identificar con ei propio San Lucas, autor del relato, Asi lo creyó San Gregorio Magno, apoyado, por lo demás, en el testimonio de “algunos” estudiosos de entonces (ML 75,517), y así despues de él lo aceptó un grupo de autores antiguos y modernos. Cuestión al parecer sin importancia, pero que la tiene en el fondo

Si el “otro” discípulo, compañero de Cleofás, fuese el autor del tercer evangelio, habría que pensar en un Lucas no de origen gentil, sino judío y discípulo en vida del Señor, como, entre otros, lo apuntó San Epifanio (MG 41, 280.908). Es un testimonio que queda muy solo frente al origen del nombre griego Lukas, Lukanos o Lukios y frente a las explícitas afirmaciones de los célebres Prólogos (antiguo y monarquiano ) de Ireneo, del Fragmento Muratoriano, de Eusebio, de Jerónimo… Discípulo, sí, de Cristo, pero no de aquellos “que desde el principio fueron testigos oculares y ministros después de la palabra” (Lc. 1,2), sino a través de Pablo.

Al cristianismo, acaso ya hacia el año 40, llega San Lucas sin haber tenido contacto directo con Cristo, como tampoco lo había tenido San Pablo. En Antioquía probablemente, y por aquella fecha, el futuro evangelista e historiador se encuentra por vez primera con el gran apóstol-escritor: desde entonces Lucas es al lado de Pablo un incansable misionero, sembrador del mensaje de Cristo entre los gentiles. Con Pablo le vemos partir primero a Filipos de Macedonia, más tarde a Jerusalén y por fin a Roma (Act. 16,20-21.27,28). Fiel al misionero de las gentes, su maestro, no le abandona en las amargas horas de su primera cautividad. A su lado, como uno de “sus auxiliares”, mientras Pablo desde su prisión romana escribe su densa carta a los colosenses y su delicado billete a Filemón, está “Lucas el médico, el querido” (Col. 4,14: Phil. 24).

Es un hecho que el Lucas evangelista-historiador ha hecho, acaso un poco injustamente, pasar a segundo término al Lucas misionero, de quien Pablo, el apóstol de las gentes, escribía desde su prisión de Roma: Lucas solo queda conmigo (2 Tim. 4,11). Como escribe San Juan Crisóstomo, “incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrido, Lucas no acertaba a separarse de Pablo” (MG 62,656). Sólo la muerte le podrá separar de su maestro: con él había misionado hasta entonces y, misionero incansable, seguirá por los campos de Acaya y Bitinia, Dalmacia y Macedonia, Galia, Italia y Egipto, hasta morir, mártir como el maestro, en Beocia o Bitinia, y reposar definitivameníe en Constantinopla.

Año tras año en intimidad de discípulo con el gran predicador de los gentiles, Lucas iba asimilando poco a poco el evangelio de Pablo. Su evangelio ofrecerá, por lo mismo, tantos puntos de contacto literarios y doctrinales con los escritos del apóstol que podrá hablarse de “Pablo iluminador de Lucas” en frase de Tertuliano (ML 2,365 ). Luz literario-doctrinal de Pablo, a la que, con su cultura griega, su trato con los “testigos oculares” de la vida de Cristo, su conocimiento de los diversos relatos evangélicos existentes y su vocación de “investigador escrupuloso”, Lucas supo dar cuerpo y proyectar definitivamente en el complejo armónico del tercer evangelio.

Predicador incansable al lado de Pablo, Lucas siguió también como escritor las huellas del maestro: la tradición en bloque le atribuye la composición del tercer evangelio, cuyo contenido, por otra parte, responde tan de lleno a las cualidades del griego Lucas, del “compañero” y del “médico querido” de Pablo. Fruto de años, la redacción del evangelio de Lucas debió de recibir el empujón definitivo durante las largas horas de cariñosa vela junto al prisionero Pablo, y, ya antes de la muerte del apóstol, pudo correr de mano en mano, primero entre los cristianos de Roma y más tarde entre los de Acaya, Egipto, Macedonia…

Aunque lo dedique a Teófilo y no se trate de un mero nombre simbólico, Lucas apunta con su evangelio a un objetivo mucho más amplio que la simple formación cristiana, segura y a fondo, de su discípulo o amigo. Con miras de universalismo, herencia de Pablo, Lucas compone su evangelio de cara al mundo gentil, cuyo movimiento en masa hacia el cristianismo se veía amenazado por las exigencias legales y sueños judíos, las fábulas de los herejes, la frivolidad peligrosa del ambiente pagano. Pablo, con insistencia machacona, habia dado la voz de alerta de pa]abra y por escrito, y Lucas, una vez más, se hace eco del maestro.

Lucas, griego y gentil de origen, “hace gracia de su evangelio a los gentiles”, como observa Origenes (MG 20, 5tS1). Antiguos hermanos en el paganismo y hermanos nuevos en la fe cristiana, como a hermanos les trata. Conoce sus errores, y busca instruirles en cuanto la religión judía conserva de esencial y permanente, pero sin exigencias inutiles de lo transitorio; ha vivido su ambiente, y señala con acierto sus vacíos y sus plagas morales: cae en la cuenta de sus naturales prevenciones y susceptibilidades de raza, cultura…, y con delicadeza va ladeando escenas que pudieran herirles, o recalcando las que habrían de halagarles. Silencio sobre el aparente desprecio de Cristo ante la mujer cananea, sobre las befas de los soldados romanos junto a la cruz, sobre el mandato con que Cristo restringe provisionalmente la predicación del Evangelio a los gentiles: apología del bondadoso samaritano, del entero centurión, del agradecido leproso de Samaria: gozo no disimulado ante la buena acogida dispensada por el Bautista a los soldados gentiles; insistente presentación de las “mujeres del Evangelio” junto a la Mujer por excelencia, como abriendo camino a la dignificación de la mujer entre los gentiles.

Espontáneas filigranas de delicadeza por parte de quien, como su maestro, había escogido,como lema “hacerse todo a todos para ganarlos a todos”. Lucas el evangelista sigue la linea del Lucas misionero. Su evangelio se abre en un ambiente de suavidad y dulzura humano-divina, que parece como el despliegue de aquellas profundas y sentidas afirmaciones de San Pablo cuidadosamente recogidas en la liturgia navideña: Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios para todos los hombres…, pues quiere que todos se salven…, por la aparición de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús (I Tim. 2,4; 2 Tim. 1,10; Tit. 2,11-13). Lucas, el evangelista de la Encarnación y de la infancia de Cristo, saluda el alborear de esa gracia de cara al Sol naciente que desde lo alto baja a iluminar a los sentados en tinieblas y sombra de muerte, de cara al Niño de Belén, Híjo de María, que, sin distinción entre israelitas y gentiles, trae paz a la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc. 1,78-79: 2,14).

Evangelista-misionero, Lucas señala la trayectoria universalista de la luz salvadora que es el gran Dios y Salvador Cristo Jesús desde el seno de María, desde la cuna de Belén, desde los brazos de Simeón en el templo. Siente llegada la hora de la luz de las naciones profetizada de antiguo, y gozoso recoge el anuncio primero de Juan Bautista, poco después de labios del mismo Cristo: al Precursor le oye clamar con la vista hundida en las naciones: Y verá toda carne la salvación de Dios: a Cristo le sorprende en su primera predicación pública como al Envíado del Padre a las naciones para evangelizar a los pobres, para anunciar liberación a los cautivos y vista a los ciegos, para libertar a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor (Lc. 2,32; 4,18-19), Como Pablo, siente Lucas en el corazón que la ceguera voluntaria cierre a la masa del pueblo judío la puerta del Evangelio; pero, también como Pablo. no puede disimular su alegría ante la llegada torrencial de los pueblos a las puertas del reino: Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del mediodía. y serán admitidos al banquete en el reino de Dios (Lc. 13.29). Sabe que es palabra de Cristo y con ella cierra su relato evangélico: Y les dijo: Así está escrito: Que… se había de predicar en su nombre penitencia y remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Lc. 24, 46-47).

El antiguo médico de los cuerpos, que en su estilo y en los detalles de sus narraciones evangélicas refleja tantas veces la técnica de su antigua profesión, desemboca finalmente en el misionero y evangelista-médico de las almas. Su psicología profesional, psicología de misericordia ante el enfermo y desgraciado, se robustece y espiritualiza ante el pecador-enfermo del alma. El paso era lógico, y Lucas, que, como los otros evangelistas, ha sabido transmitir la actividad de Cristo en la tierra como médico divino de los cuerpos, mejor que ninguno ha logrado vibrar al unísono con la misericordia de Cristo ante las miserias del alma.

El evangelio de Lucas, “el médico carísimo” de Pablo, es el evangelio de la misericordia de Cristo, médico incorregible de los cuerpos y de las almas, que pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los tiranizados por el diablo (Act. 10,38). Como al acecho de este “misericordioso samaritano”, Lucas recoge cuidadosamente las palabras con que Zacarías anuncia su próxima llegada y le proclama campeón de misericordia y perdón de los pecados por el amor entrañable de nuestro Dios (Lc. 1,72, 77,78 ).

Trabajado por la misericordia y compasión, el médico de antes y el misionero-médico de más tarde sigue incansable en su evangelio las huellas del Cristo médico compasivo de las almas enfermas. De su corazón y de sus labios recoge el perdón sin condiciones de la “mujer pecadora” (Lc. 7,36-50), la llamada tajante de Zaqueo, “el publicano y hombre pecador” (Lc. 19,1,10); la respuesta al ataque farisaico, “ése acoge a los pecadores y come con ellos”, en las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada y otra vez vuelta al redil en brazos del pastor, la de la dracma perdida y encontrada de nuevo tras búsqueda trabajosa, la del hijo pródigo y de nuevo en la casa paterna entre los brazos del padre, siempre en espera. Cantor de la misericordia de Cristo y del gozo en el cielo ante el pecador a quien el médico divino cura (Lc. 15).

Como a Médico compasivo Lucas le sigue paso a paso hasta el Calvario, para poder consignar en su evangelio los últimos latidos de un corazón que desde la cruz perdona-cura Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.,, Hoy estarás conmiço en el paraíso (Lc. 23,34-43). Es la herencia de misericordia-perdón que Cristo deja a los suyos antes de separarse definitivamente de ellos (Lc. 24,47).

Con esta línea de salvación universal y de misericordía sin límites por parte de Cristo frente a miserias de cuerpo y de alma, Lucas ha reflejado también en su evangelio los más íntimos repliegues de su alma de evangelista, médico frente al mundo enfermo y alejado de Dios. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, incontestablemente suyo según el testimonio de las diversas iglesias primitivas, sigue acentuando esta linea confirmada por la propia experiencia y el contacto directo con apóstoles y discípulos. Escrito seguramente en Roma años antes del 70, y dedicado también a Teófilo, mira en último término al mundo cristiano de la gentilidad y en torno a él gira desde el principio. En su primera página repite el último mandato de Cristo, el Salvador del mundo, a los apóstoles el día de la Ascensión: Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra (Act. 1,8).

Auras de salvación universal desde el día de Pentecostés. En él, junto a los judíos y prosélitos, todo el mundo oriental, desde Frigia y Egipto hasta Mesopotamia y Elam, se agrupa en torno a los apóstoles y recoge admirado de labios de Pedro la profecía de Joel: Derramaré mi Espiritu sobre toda carne… Todo el que invocare el nombre del Señor se salvará (Act. 2). A golpes de misericordia, Lucas ve derrumbarse el antiguo muro de separación entre Israel y las naciones, y hace suyas las palabras con que el propio Pedro anuncia inminente la plena realización de la promesa divina a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra (Act. 3,25). Después de la evangelización de los samaritanos, Felipe abrirá paso a la antigua promesa con la evangelización del eunuco de Etiopía y de todas las ciudades costeras a lo largo del país filisteo y de la llanura de Sarón (Act. 8).

Es el momento escogido por Lucas para volcarse como historiador del universalismo cristiano. Biógrafo de Pablo, pero no su interesado apologista, le presenta, desde el momento de su conversión-vocación al apostolado, como vaso de elección para llevar hasta las naciones el nombre de Dios (Act. 9,15), como heraldo de luz y libertad, de perdón de pecados y fe santificadora (Act. 26,17-18), como testigo ante los hombres todos de cuanto en sus comunicaciones con Jesús ha visto y oído (Act. 22,25).

A este Pablo, caballero andante del Evangelio, acompañó Lucas como misionero auxiliar en activo de Palestina y Asia Menor a Grecia e Italia. El libro de los Hechos ofrece algunos textos-clave de estas andanzas misionales del evangelista con el apóstol (Act. 16,20-21.27,28). Y cuando Pablo recuerda a su “colaborador” en el ministerio y evoca al “médico carísimo, compañero único” en algunas horas amargas, hace pensar en un Lucas que como él sufre hambre y sed, desnudeces y persecuciones, como él se preocupa por la suerte de las diversas comunidades cristianas, como él muere al servicio del Evangelio.

Su psicología de médico de los cuerpos ha ganado las alturas psicológicas del divino Médico de los cuerpos y las almas: en sus escritos y en su vida apostólica se ha esforzado por hacer suyo aquel lema de Cristo de que no son los sanos quienes tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Sin excluir a los fieles de Israel, muestra sus preferencias por la conversión de los pueblos gentiles: a ellos dedicó su evangelio y su libro de los Hechos, y a ellos, como Pablo y los compañeros de Pablo y suyos, consagró su vida y su muerte.

Gracias principalmente a él conocemos en parte la historia de la Iglesia en sus primeros esfuerzos y en sus primeras realizaciones de expansión por Oriente y Occidente. Pablo y los suyos entran con ello en la órbita misionera de salvación universal trazada por Cristo y oficialmente sancionada por Pedro con la admisión en la Iglesia del centurión Cornelio y los gentiles. Lucas, una vez más evangelista de alma misionera, transmite el hecho y la declaración oficial del Príncipe de los Apóstoles: A la verdad entiendo ahora que no es Dios aceptador de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. En marcha incontenible la evangelización del mundo gentil, los apóstoles y fieles israelitas glorificaron a Dios, porque también a los gentiles había concedido la penitencia para alcanzar la vida (Act. 11).

Cuadro de misericordia, de perdón de pecados, de salvación universal. Lucas es una de sus figuras en activo y el autor de su trazado. Artista de la pluma, fue también, según una tradición antigua, artista del lienzo y del pincel. A él se le atribuyen algunas imágenes de María que se conservan principalmente en Bolonia y Roma. Ciertamente ofrece en su evangelio como una galería de cuadros maestros de la Virgen: a su pluma se deben los cuadros de la Anunciación y de la Visitación de María, del Nacimiento y de la Circuncisión de Jesús en los brazos maternos, de la Purificación de la Madre y de la Presentación del Hijo en el Templo, de Jesús entre los doctores y en diálogo con María. Espíritu de artista mariano que Lucas vuelca por última vez en aquella pincelada final del día de la Ascensión: Los apóstoles perseveraron unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con Maria, Ia Madre de Jesús, y con sus hermanos (Act. 1,19). Junto a la imagen de Jesús, el Salvador y médico compasivo, la imagen de Maria, la Madre de misericordia.

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17 de octubre.

Haciendo hoy memoria del santo en el Vaticano

Lecturas Martes de la 28ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (1,16-25):

Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen disculpa, porque, conociendo a Dios, no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía, al contrario, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por esa razón, abandonándolos a los deseos de su corazón, los ha entregado Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/. El cielo proclama la gloria de Dios

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Romanos 1,16-25

a) El tema central de toda la carta va a ser que la salvación de Dios nos alcanza con plena energía en Cristo Jesús. Y que va destinada no sólo a los judíos sino también a los “griegos”, o sea, a los paganos.

Por una parte está el evangelio, que “es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree” y es Buena Noticia “para los que creen en virtud de su fe, porque el justo vivirá por su fe”.

Pero, por otra, está la debilidad humana, el desfase entre el amor de Dios y nuestro pecado. Hoy, Pablo describe el fallo de los paganos, que deberían haber llegado a conocer a Dios y aceptarle, porque en la misma creación del mundo hay más que suficientes signos de su poder y su divinidad. Sin embargo, “no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que se merecía”.

Los paganos, “alardeando de sabios, resultaron unos necios”: no han sabido dar el salto desde la hermosura de la naturaleza -“Dios mismo se lo ha puesto delante”- a la adoración del Dios verdadero, sino que se han hecho ídolos falsos y han caído en una vergonzosa decadencia en sus costumbres. La creación es ya el primer evangelio, que los paganos no supieron oír.

b) Pablo define el evangelio de Jesús, no tanto como una serie de verdades o de normas morales o de memorias históricas, sino como “fuerza de salvación de Dios”. Es fuerza, hoy y aquí, no un recuerdo del pasado. Una fuerza que ha sido capaz de sacar a Pablo de su convicción judía y farisaica de antes y le ha convertido en apóstol incansable del Señor.

Pero no sólo a él: Dios quiere transformar a todos, judíos o paganos, por la fe en Cristo Jesús.

Pero la Buena Noticia es a la vez juicio y contraste, signo de contradicción. También hoy muchos se quedan en los medios y no llegan al fin, admiran la hermosura y la grandeza del cosmos o los enormes progresos de la ciencia. En vez de llegar a Dios, se llenan de satisfacción con eso y se construyen ídolos a los que adoran. Con las mismas consecuencias morales de corrupción que criticaba Pablo en la sociedad pagana de su tiempo, porque si prescindimos de Dios, estamos prescindiendo también de la ética en sus motivaciones últimas, y entonces no hay control posible que detenga la degradación del obrar humano (sería bueno leer el análisis que hizo el Vaticano II sobre el ateísmo moderno: GS 19-22).

Si a los paganos los llamaba Pablo necios por no llegar a conocer a Dios, a pesar de que tenían suficiente luz, ¡cuánto más lo diría de los judíos, que tuvieron la revelación del AT, y sobre todo de los cristianos, que tenemos la gran suerte de conocer además la verdad plena de Jesús. Todo nos tendría que ayudar a reconocer la cercanía de Dios, y lo afortunados que somos por ser sus hijos: la hermosura sorprendente de la creación, la historia de salvación que Dios lleva desde el comienzo de la humanidad y, sobre todo, el don que nos ha hecho en Cristo su Hijo y también en la Iglesia, que, animada por el Espiritu de Jesús, prolonga en el tiempo su plan salvador. No tenemos excusa si no vivimos totalmente impregnados por la Buena Noticia y movidos por su fuerza transformadora.

2. Lucas 11,37-41

a) Continúa el viaje de Jesús, camino de Jerusalén. Lucas sitúa en este contexto una serie de recomendaciones y episodios. Durante tres días escucharemos sus duras invectivas contra los fariseos.

Los fariseos eran buena gente: cumplidores de la ley, deseosos de agradar a Dios en todo. Pero tenían el peligro de poner todo su empeño sólo en lo exterior, de cuidar las apariencias, de sentirse demasiado satisfechos de su propia santidad. Por eso les ataca Jesús, con el deseo de que reflexionen y cambien.

Tal vez no haya que pensar que dijo todo esto precisamente en casa del fariseo que le había invitado a comer. Es un recurso literario de Lucas: agrupar las varias enseñanzas de Jesús contra las actitudes de los malos fariseos. Mateo y Marcos las sitúan en otro contexto.

Hoy la acusación es que los fariseos cuidan lo exterior -limpiarse las manos, purificar los vasos por fuera- y descuidan lo interior: “por dentro rebosáis de robos y maldades”. Lo de “dar limosna” es uno de los temas preferidos de Lucas, pero no se sabe a qué se puede referir lo de “dar limosna de lo de dentro”: ¿darse a sí mismo, su tiempo, su interés? ¿dar desde dentro, con el corazón, y no sólo con apariencia exterior?

b) Los detalles exteriores, que pueden ser legítimos, sin embargo no son tan importantes como las actitudes interiores.

Claro que hay gestos externos y ritos celebrativos en nuestra vida de fe. El mismo Jesús nos encargó, por ejemplo, que hiciéramos el doble gesto del pan y del vino en memoria suya. Lo que desautoriza aquí es que nos quedemos en mero formalismo, que nos contentemos con lo exterior, cuando los gestos deben ser signo de lo interior.

Nosotros no nos escandalizamos ahora si alguien no se lava las manos. Pero puede haber “escándalos farisaicos” equivalentes, si nos contentamos con limpiar lo de fuera, mientras que lo de dentro lo tenemos impresentable, si ponemos demasiado énfasis en detalles insignificantes y casi hacemos depender de ellos la justicia o la salvación de alguien.

¿Qué es lo que nos preocupa: el ser o el parecer? ¿cumplir los ritos externos o la conversión y la pureza del corazón? Nuestra religión es “religión del deber” o “religión de la fe y del amor”?

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SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
(† 107)

Si pudiera hablarse de patronazgos en el martirio o se tratara de elegir un modelo perfecto, como símbolo del testimonio máximo del cristiano, habría que proponer para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura, amasada de dulzura, de mística y de valentía que desconoce el miedo al dolor y a la muerte, resplandece, desde los tiempos apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que sufrir por ser fieles a Jesucristo. Su estampa está envuelta en luz celestial, no por lo extraordinario de los milagros o de cualquiera forma de prodigios, sino por la sobrenatural sencillez de su conducta, moviéndose totalmente en el mundo de la fe, desde el cual adquiere una lógica incontrastable lo que, a nuestros ojos humanos, parecen aterradoras perspectivas de dolor.

Además de esto, San Ignacio es, sin pretenderlo, el cantor de su propio martirio. Sus cartas apasionadas. de estilo único, siguen vivas, estremeciendo al lector, que percibe en ellas el rugido de las fieras, el zarpazo sangrante, el crujir de los huesos triturados, todo el horror del circo romano, en el que perecían las primicias del cristianismo, convertidas en simiente de sangre, cuya espléndida cosecha recogió la historia. Pero estos horrores pierden en San Ignacio sus tonos repulsivos, para convertirse en canto de gloria. No es la muerte cruel, sino el martirio por Jesucristo; no es el sufrimiento, sino la ofrenda de una hostia pacífica. lo que allí se retrata. La crueldad queda sepultada en la caridad, la muerte es entrada triunfal en la vida eterna, la ignominia de la condenación queda convertida en apoteosis de inmortalidad. Las cartas del santo obispo de Antioquía. que hoy nos conmueven ciertamente constituyeron, para los cristianos de los siglos de persecución, para aquellos que se sabían destinados a la muerte violenta, una arenga de combate, una fuente pura de fortaleza y de esperanza, porque en ellas estaba presente la eternidad, iluminando el tránsito tenebroso de esta vida hacia la otra.

Ignacio lleva como sobrenombre Theophoros, portador de Dios. El Martyrium que relata su vida atribuye al santo obispo, al presentarse voluntariamente en Antioquía a Trajano, orgulloso por su triunfo militar sobre los dacios, el siguiente diálogo, que, si históricamente no parece genuino, refleja la verdad de su vida. Trajano le pregunta:

– ¿Quién eres tú, demonio mísero, que tanto empeño pones en transgredir mis órdenes y persuades a otros a transgredirías, para que míseramente perezcan?

Respondió Ignacio:

– Nadie puede llamar demonio mísero al portador de Dios, siendo así que los demonios huyen de los siervos de Dios. Mas, si por ser yo aborrecible a los demonios, me llamas malo contra ellos, estoy conforme contigo, pues teniendo a Cristo, rey celeste, conmigo, deshago todas las asechanzas de los demonios,

Dijo Trajano:

– ¿Quién es el Theophoros o portador de Dios?

Respondió Ignacio:

El que tiene a Cristo en su pecho…

Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La leyenda, sin embargo, aureolando su figura, vio en él aquel niño que cuenta San Mateo: “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Sí, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe; y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaron al fondo del mar” (Mt. 18,1-6).

San Juan Crisóstomo, que cantó en Antioquía las glorías del mártir, ante sus reliquias, afirma que convivió con los apóstoles. Tampoco esto parece cierto. Pero nada estorba la rigurosa crítica histórica a la realidad espiritual de nuestro Santo: su fe sencilla y vigorosa es la fe de niño que el Evangelio exige para el seguidor de Cristo, y el alma de San Ignacio es apostólica en la máxima pureza primera, bebida en la fuente fresca de Pentecostés El evangelista San Juan, el ap6stol de la caridad, y San Pablo, el batallador ardiente de Jesucristo, se aúnan en el espíritu que llenó el alma de San Ignacio. Sus cartas están dictadas como glosa y fruto de ambas doctrinas entrelazadas. El amor joanístico inspira su holocausto de hostia viva. Cristo y su Iglesia constituyen el leitmotiv de sus exhortaciones a los cristianos, a quienes dirige sus cartas.

La fe en San Ignacio es completa, con formulaciones de un credo que preludia ya el símbolo de Nicea: Así, pues, cerrad vuestros oídos, escribe a los trallenses, cuandoquiera se os hable fuera de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió: fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato y verdaderamente crucificado y muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre los muertos por virtud de su Padre, quien, a semejanza suya, nos resucitará también a nosotros que creemos en Él. Sí, su Padre nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la vida verdadera” (Trall. IX).

Sus cartas pueden considerarse como la “segunda formulación doctrinal cristiana”; en ellas se refleja lo que pensaban los cristianos de la segunda generación. la inmediatamente posterior a los apóstoles. Hay en ellas toda la doctrina evangélica y paulina, elaborada, profundamente compartida y aceptada, matizada ante los ataques de las primeras desviaciones heréticas. deseosas de romper la unidad, tanto jerárquica como doctrinal. La semejanza de doctrina no es tanto una repetición de textos cuanto un espíritu idéntico, del cual brotan las fórmulas sin citas, pero con la coincidencia exacta de quien vive en el alma la misma fe y las mismas verdades, todas emanadas de la misma fuente, Jesucristo.

Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión con Cristo dentro de la Iglesia: “Como el amor no me consiente callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto, al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo” (Eph. III,3).

El es el inventor de la palabra católica aplicada a la Iglesia. “En las cartas de Ignacio – escribe Grandmaison – se enlaza por primera vez el epíteto glorioso de católica al nombre de la Iglesia: “Donde apareciere el obispo, allí está también la muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia Católica” (Smyrn. VIII,2). De esta manera, el obispo encarna su iglesia particular, absolutamente como la gran Iglesia es la encarnación continuada del Hijo de Dios. ¿No creeríamos estar leyendo uno de los campeones de la unidad eclesiástica de nuestro tiempo, a un Adán Moehle, un Jaime Ralmes, un Eduardo Pie?” (Jésus Chist II p.634).

Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, fines del siglo I, la estructura y él pensamiento sobre la Iglesia es completo y maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del cristianismo. Es preciso permanecer unidos a esta jerarquía para vivir dentro del espíritu de Cristo. “Por consiguiente7 a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho como estaba una cosa con Él – nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles -; así vosotros nada hagáis tampoco sin contar con vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada existe” (Mag. VII,1). Sin esta jerarquía no existe la Iglesia: “Por vuestra parte, escribe a los trallenses, todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos (presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de Iglesia” (Trall III,1).

Ignorarnos los años que rigió la iglesia de Antioquía, como segundo sucesor de San Pedro, lo mismo que los motivos concretos que provocaron su detención y condenación a muerte, Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier delación o el capricho de un gobernador bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de Bitinia, escribía a su amo Trajano: “A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mande ejecutar”.

San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, el Santo contesta: Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, juntamente con tu, apóstol Pablo, con cadenas de hierro…” (Mart. II,8). No hay en esta actitud nada parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde. No existe la menor partícula de protesta contra los poderes temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos – eso significa mártir – de Jesucristo, haciéndose semejantes a Él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo escribiendo a los fieles de Efeso: “Apenas os enterasteis de que venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver”. (Eph.I,1).

Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia, puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de caridad.

Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde: “Yo glorifico a Jesucristo. Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible,

bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor” (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto Con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio, de su anhelada nieta. Para conjurar esta posibilidad escribe la famosa carta, Renán mismo se vio obligado a escribir: “La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los mártires, que fue, por espacio de doscientos años, el espíritu dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza extraordinaria su expresión más exaltada” (Les Huangiles, p.489, cit. por Daniel Ruiz Bueno, Los Padres apostólicos: BAC, p.425). Seria necesario transcribir la carta entera, pero, no siendo posible, unos párrafos darán idea de su altura celestial.

Después de saludar a la iglesia de Roma, testimoniando su jerarquía, al decirla que “preside en la capital del territorio de los romanos y puesta a la cabeza de la caridad”, títulos preciosos para probar que la iglesia de Roma era considerada ya como cabeza de la cristiandad, dice: “Por fin, a fuerza de oraciones a Dios, he alcanzado ver vuestros rostros divinos, y de suerte lo he alcanzado, que se me concede más de lo que pedía”. En efecto, encadenado por Jesucristo, tengo esperanza de iros a saludar, si fuere voluntad del Señor hacerme la gracia de llegar hasta el fin. Porque los comienzos, cierto, bien puestos están, como yo logré gracia para alcanzar sin impedimento la herencia que me toca. Y es que temo justamente vuestra caridad, no sea ella la que me perjudique. Porque a vosotros, a la verdad, cosa fácil es hacer lo que pretendéis; a mí, en cambio, sí vosotros no tenéis consideración conmigo, me va a ser difícil alcanzar a Dios… El hecho es que ni yo tendré jamás ocasión semejante de alcanzar a Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podéis poner vuestra firma en obra más bella. Porque, si vosotros calláis respecto de mí, yo me convertiré en palabra de Dios; mas, si os dejáis llevar del amor a mi carne, seré otra vez una mera voz humana. No me procuréis otra cosa fuera de permitirme inmolar por Dios, mientras hay todavía un altar preparado, a fin de que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre por medio de Jesucristo, por haber hecho Dios la gracia al obispo de Siria de llegar hasta Occidente después de haberle mandado llamar de Oriente. ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en Él yo amanezca!

“Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte: ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas si lograre sufrir el martirio, quedará liberto de Jesucristo y resucitará libre en ti. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno.

“Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos. es decir, un pelotón de soldados, que. hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado.

“¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me Conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo.

“Porque ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: “Ven al Padre”. No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible.”

¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier glosa las empobrecería: son para meditar en silencio, con sobrecogida consideración de lo que es el amor sobrenatural llevado hasta las cumbres de la mística más pura.

Partiendo de Esmirna, toca en Alejandría de Troas, desde donde escribe a los filadelfios, a los esmirniotas y a Policarpo, su obispo. Sigue su viaje, parándose también en Filípos; atraviesan Macedonia. Vuelven a embarcar en Dirraquio, rodean el sur de Italia, desembarcando en Ostia.

En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106. Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el 20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía.

Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero sus verdaderas reliquias inmortales fueron sus cartas, de las cuales escribe el P, J. Huby: “Ignacio, entregado a las fieras bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo del mártir Es la realización viva de las palabras apostólicas: Vivo, pero no vivo yo, Sino que es Cristo quien vive en mí… Deseo ser disuelto y estar con Cristo. Sus acentos no conmovieron a la Iglesia menos que los de San Pablo, y en ciertas frases, mil veces citadas, parece estar concentrado todo el espíritu de los mártires” (Chrístus p. 1031-32).

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16 de octubre. Haciendo memoria de la Santa, en Roma, la ciudad eterna.

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SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE
(+ 1690)

La primera comunión de una niña de nueve años pasó inadvertida en aquel mundo francés del siglo XVII, deslumbrado por la creciente majestad de Luis XIV, que se habia hecho declarar mayor de edad y habia comenzado a reinar a los catorce años.

El nacimiento de este rey, 1638, coincidía con la muerte del holandés Cornelio Jansenio, obispo de Yprès, cuya obra principal, el Augustinus, habia de producir en Francia una revolución contra la piedad debida a Dios, contra la obediencia debida al Papa.

Frente al mundo del poder, del placer y de las herejías, aquella primera comulgante de 1656 iniciaba una cadena de comuniones y visitas íntimas con el Señor sacramentado, que habian de repercutir en toda la Iglesia y habian de contribuir a llenar muchos comulgatorios.

Era hija del notario real Claudio Alacoque, que desempeñaba su cargo en la ciudad de Lhautecour, actual diócesis de Autun. Nació el 22 de julio de 1647, la quinta entre sus hermanos, y fue bautizada con el nombre de Margarita.

Su primera infancia transcurrió en el placentero castillo de su madrina. Prevenida por la gracia de Dios, se sentía como obligada a repetir: “Dios mio, te consagro mi pureza y te hago voto de perpetua castidad”.

Perdió a su padre cuando tenia ocho años. Su madre la puso interna con las clarisas urbanistas de Charolles, que la permitieron comulgar a los nueve años, y esta comunión le puso amargor en las diversiones mundanas. Le encantaba la vida religiosa.

Imitaba los buenos ejemplos que veía en las clarisas, y muy gustosa se hubiera quedado con ellas para siempre.

Pero el Señor manifestó su voluntad iniciándola en el misterio de la cruz. A los diez años fue presa de una enfermedad que le duró hasta los catorce, produciéndole la impresión de que los huesos le perforaban la piel. Tuvo que volver a casa de su madre y prometió a la Virgen Santisima ser una de sus hijas si recobraba la salud.

La Madre de Dios atendió a sus ruegos, y en el corazón de Margarita se entabló entonces el combate de la juventud: la alegría de verse curada, su temperamento muy afectuoso y las atracciones del mundo, por un lado; por otro, el recuerdo de su promesa y los interiores atractivos de la gracia…

Los planes de Dios se hicieron más definidos, y sus invitaciones más apremiantes.

Un dia, después de comulgar, respondió a su Señor que, aunque hubiese de costarle mil vidas, sólo seria religlosa.

Luego declaró resueltamente este deseo a sus familiares, pidiéndoles que despidieran a todos los pretendientes. Tenia veintidós años. El obispo de Chalons la confirmó en sus deseos y, por devoción a la Santísima Virgen, solicitó y obtuvo de este prelado permiso para añadir al suyo propio el nombre de María.

Dudaba qué instituto religioso habia de escoger; mas el 25 de mayo de 1671 visitó a las religiosas salesas, en su monasterio de Paray-le-Monial. y en seguida oyó a su divino Esposo que le aseguraba: ‘Aquí es donde te quiero”.

Una vez en el noviciado pidió a su maestra que le enseñase cómo habia de hacer oración.

“Id a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante del pintor.” Hizolo así Margarita María, y Nuestro Señor Jesucristo le dió a entender que quería reproducir la imagen de su propia vida terrestre en el alma de la nueva religiosa: los rasgos principales serían el amor a Dios y el amor a la cruz.

Tomó el hábito el 25 de agosto de 1671, y en las conversaciones del noviciado la hermana Margarita Maria contaba con cándida sencillez los grandes favores que su Señor le dispensaba. Las superioras temieron por el bien de toda la comunidad ante una novicia de caminos tan extraordinarios y decidieron probarla, imponiéndole faenas humillantes y penitencias muy opuestas a su extremada sensibilidad. Margarita María temió desfallecer antes de llegar a su profesión religiosa. Pero Nuestro Señor la sostuvo y la animó a vencer las propias debilidades y repugnancias, buscando por sí misma ocasiones de humillarse y sufrir más.

El 6 de noviembre de 1672 hace su profesión: ya es religiosa en la Orden de la Visitación de Nuestra Señora, y ya le ha descubierto el divino Esposo la mayor parte de las gracias que disponía para ella, sobre todo las que se refieren a su amable Corazón, en cuya llaga le ha prometido una mansión actual y perpetua.

Cuatro se consideran como principales entre aquellas maravillosas comunicaciones de Jesucristo a Santa Margarita María: en la primera le descubrió el abismo de su amor a los hombres (dia de San Juan, 1673). En la segunda, al año siguiente, el Corazón de Jesús se le mostró herido por las espinas de nuestros pecados, que lo rodeaban y oprimían.

El mismo año 1674, cuando la hermana Margarita María se hallaba ante el Santísimo Sacramento expuesto solemnemente, el Señor se deja ver y le pide que comulgue siempre que se lo permita la obediencia, especialmente todos los primeros viernes. Le pide además la Hora Santa en la noche del jueves al viernes, “para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas…”

Absorta Margarita en su larga oración, la tienen que hacer volver en si, y la llevan a la superiora. Esta responde negativamente a las peticiones que ella le hace de parte del Señor: Hora Santa, comunión más frecuente, comunión especial de los primeros viernes…

La superiora se pregunta ansiosa qué espíritu será el que guía a esta hermana tan singular, y hace que la examinen algunos personas doctas. El resultado es deplorable: la tienen por visionaria, condenan su gusto por la oración, prohiben a la hermana y a la superiora hacer caso de esas maravillas y dan la orden de obligarla a comer sopa.

La heroica religiosa se somete a la obediencia, mas persevera en su deseo de cumplir lo que con toda certeza considera designios de Dios. Esta es la gran cruz interior de su vida. Cuando parece que humanamente no podia resistir más, Jesucristo le anuncia formalmente: “Yo te enviaré a mi siervo. Descúbrete a él por completo y él te dirigirá según mis designios”.

Este escoqido del divino Corazón era un padre jesuita, el Beato Claudio de la Colombiere, que llegó a Paray-leMonial el, año 1675, como superior de la residencia que allí tenía la Compañía de Jesús. Poco después visitó el monasterio de las Salesas para dar ejercicios espirituales. Confortó a la confidente del Sagrado Corazan y reanimó su confianza, después de oírla bondadosamente.

Así llegó la gran revelación del Corazón de Jesús a su mensajera. Mientras ella adoraba al Santísimo Sacramento en uno de los dias de la infraoctava del Corpus (junio de 1675), Nuestro Señor se le apareció mostrándole su divino Corazón y le dijo:

“Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que nada ha perdonado hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor; y, en cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes, por sus irreverencias, sacrilegios y desacatos en este sacramento de amor. Pero lo que me es todavía más sensible es que obren así hasta los corazones que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta particular para horrar mi Corazón, comulgando en dicho día y reparando las ofensas que he recibido en el augusto sacramento del altar. Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar aquella práctica”.

Santa Margarita María entiende bien el mensaje que debe transmitir a toda la Iglesia de parte de su divino Salvador.

“Entonces yo ­cuenta la misma Santa en la carta 103­ postrándome en tierra, le dije con Santo Tomás: “¡Señor mío y Dios mio!” Era la profunda humildad que aceptaba sin condiciones los planes divinos; era la generosidad heroica que se entregaba a realizarlos.

En lo exterior aparecía la hermana Margarita Maria como una religiosa inteligente, flexible, buena para todo y apta para desempeñar cualquier cargo que se le confiara. Fue sucesivamente enfermera, profesora del grupo de alumnas procedentes de familias distinguidas que vivían en el convento, maestra de novicias, otra vez enfermera, por segunda vez con las pensionistas, asistente de la comunidad y propuesta para superiora.

Mas presintiendo todas las actividades de esta vida exterior, animada siempre por su ardentisima caridad hacia el Corazón de Jesucristo, triunfa por todas partes su incontenible deseo de darlo a conocer y hacerlo amar. Es abrumadora la actividad apostólica que revelan sus escritos, especialmente sus cartas, abundantes y algunas larguísimas. En ellas. Io mismo atiende a las pequeñas propagandas de estampas y cuadritos del Corazón de Jesús que procura se conceda la misa propia del Sagrado Corazón; Io mismo escribe al capellán de Luis XIV para que éste le consagre su persona y su palacio, que comunica los ardores de su devoción con varios sacerdotes jesuitas: lo mismo repite cómo se siente apremiada a promover el reinado de su único amor que anuncia increíbles gracias de salvación y santificación a los que se entreguen a Él; lo mismo refiere los favores y carismas celestiales con que la regala el Hijo de Dios, nunca oídos hasta ahora, que expone el sincerísirno convencimiento de su propia nulidad o su anhelo insaciable de sufrir por imitar a Jesús.

El mensaje de Margarita suscitó explosiones de entusiasmo, efluvios de santidad, y al mismo tiempo tempestades de contradicción, ataques enconados.

Lo mismo que el mensaje de Jesús en el Evangelio, del que era copia fiel y renovación viviente.

El libro Augustinus habia sido solemnemente condenado el 31 de mayo de 1653. Poco antes de morir su autor habia declarado: “Me someto a lo que ordena la Santa Iglesia, en la que he vivido hasta mi última hora”. Pero la muerte impidió a Jansenio retractar los errores contenidos en el libro, y espantarse ante los daños que causaban sus afirmaciones y las de sus fanáticos discípulos.

El Dios de los jansenistas es un Dios que no ha amado tanto a los hombres como para morir por todos: un Dios que contempla impasible cómo la voluntad del hombre obra irresistiblemente el bien o el mal; un Dios alejado, un Dios juez más que un Dios padre. ¡Qué distinto del Dios que Santa Margarita ha visto en la Hostia Santa, con un corazón incontenible de bondad y de amor para todos: un Dios tan cercano a los hambres que pide amor, frecuencia de comuniones, entrega personal! Y pide consuelo en su agonía de Getsemani.

Jesús, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre por medio de su ciencia infusa, preveia durante su vida mortal todos los pecados de los hombres, todas sus tragedias, todas las sentencias de eterna condenación… Y esto le hacía sudar sangre por la fuerza de la pena interior, ya que amaba tanto a esos mismos hombres que iba a morir por ellos. Pero preveia también las obras buenas, las horas santas. Ias comuniones, las obediencias, los sacrificios voluntarios de sus amigos, y esto le hacia sentirse acompañado, le consolaba. Nuestros pecados de hoy le hicieron sufrir entonces; nuestras buenas obras de hoy le consolaron entonces. Participar en las penas y alegrías de un amigo es el gran recurso que fomenta la verdadera amistad. Por eso los consagrados al Corazón de Jesús desarrollan toda su vida espiritual ­y tal vez sin darse cuenta, que es lo más bello­ en ese ambiente santificador de la familiar amistad con Jesús.

Mas !a consideración de Dios ofendido por los pecados suscitaba también en Santa Margarita una reacción menos sentimental si se quiere, pero más torturante y más purificadora: más espiritual y más difícil de comprender: un dolor insufrible por las ofensas de Dios y la perdición de los hombres con un anhelo nobilísimo de tributar gloria a Dios, en compensación de la deshonra que tiende a infligirle el pecador, y de salvar a los hermanos.

Este anhelo explica el heroísmo que alcanzó Santa Margarita Maria en orar, en trabajar, en obedecer, y, compendio de todo, en sufrir por amor. Se consagra al Corazón de Jesús en una entrega absoluta de todo, exceptuando la voluntad “de estar por siempre unida a este divino Corazón y amarle puramente por amor de Él. Graba sobre su propio corazón con un cortaplumas el nombre sacrosanto de Jesús. Hace el voto de inmolarse perfectamente al Sagrado Corazón de Jesucristo, escribiendo una fórmula de 19 puntos, cuya sola lectura aterra a la pobre naturaleza humana.

Sufre con dulce paciencia la marcha a Inglaterra de su director espiritual, el Beato Claudio de la Colombiere, y, cuando regresa, le anuncia con perfecta sumisión: ”Él me ha dicho que quiere aquí el sacrificio de vuestra vida”. Acepta el martirio de pedir a la comunidad, de parte de su divino Maestro, que se corrija de algunas faltas. Y vive muriendo en deseos de hacerse pedazos para glorificar a Dios y salvar a los hombres, contrarrestando la obra destructora del pecado.

Jesucristo Nuestro Señor tributó a Dios la suma gloria, al mismo tiempo que redimía y salvaba a los hombres. Pero sólo en la cruz, como víctima divina, consumó su obra. También Margarita María será víctima, Esta es su vocación especial.

La devoción al Corazón de Jesús es para todos: mas cada uno la practicará según los dones de gracia y naturaleza que Dios le haya comunicado. Santa Margarita ha sido lIamada para ser víctima al mismo tiempo que mensajera. Por eso lo acepta todo, se inmola en todo, con tal de glorificar a su rey y pasar ella completamente inadvertida, “gozándose en su inutilidad”.

Precisamente de esta inutilidad se sirvió Nuestro Señor Jesucristo para demostrar al mundo que el establecimiento de la devoción a su Corazón Sagrado no se funda en cualidades humanas, sino, en la Providencia divina.

Salida de Paray-le-Monial, se extiende primero por las comunidades salesas de Dijon, Moulins y Seamur; llega en’ seguido a Lyon y Marsella; salta hasta Inglaterra, avivando los gérmenes allí sembrados por el Beato Claudio. Una circular de la superiora de Dijon lleva la buena nueva a ciento cuarenta y tres monasterios de la Visitación. El fuego divino va conquistando Francia, Saboya, Italia, Bolonia, Borgoña, Canadá… Varios obispos permiten en sus diócesis la misa propia. Circulan algunos libros y miles de estampas. Aquellas recatadas confidencias del Divino Corazón a Margarita María, y de ésta a su director, han salvado las distancias y resuenan en muchos oídos cristianos. La primera fiesta del Corazón de Jesús (21 de junio de 1075, viernes siguiente a la infraoctava del Corpus), en la que se consagraron fervorosamente al Divino Corazón Santa Margarita y el Beato Claudio, empieza a repetirse a lo largo de los años siguientes. El primer cuadro del Corazón de Jesús, dibujado a tinta en un papel por Santa Margarita María para la fiesta de 1685, es la semilla de miles de cuadros, a los que seguirán miles de estatuas, monumentos, templos…

Las contradicciones habían sido fuertes, sobre todo de los jansenistas; mas también de buenos católicos recelosos ante cualquier devoción nueva. Pero Jesucristo cumple la promesa que hiciera a su santa confidente: “Reinaré a pesar de mis enemigos”.

Las ansías de este reinado consumen la vida mortal de la fidelísima mensajera.

En junio de 1690 la nueva superiora le prohibe la Hora Santa y todas sus austeridades. Margarita María se somete dulcemente como siempre; pero dice: ‘Ya no viviré mucho, porque ya no sufro”.

El 2 de julio, fiesta de la Visitación, comienza un retiro interior que ha de durar cuarenta días, porque quiere “estar preparada para comparecer ante la santidad de Dios”. El 8 de octubre se siente acometida por una fiebre que la obliga a guardar cama, aunque el médico no le da importancia especial. Ya había confesado otras veces que para las enfermedades de Margarita, ocasionadas por la fuerza del divino amor, no encontraba ramedio.

Pasan pocos días. Una de las hermanas conoce que Margarita María sufre extraordinariamente y muestra deseos de aliviarla.

“Muchas gracias ­responde la santa enferma­; pero son muy cortos los instantes de vida que me restan para desperdiciarlos. Sufro mucho; mas no lo bastante para satisfacer mis ansias de padecer.”

Pasan dos días más. Pide a su superiora el Viático; mas no se lo conceden, por creer todos que no se trata de enfermedad grave. Margarita María no insiste; pero el 16 por la manana, estando aún en ayunas, manifiesta deseos de comulgar y hace intención de recibir a Jesús como viático para el gran viaje. Al atardecer empeora, y deciden velarla por la noche. Así hubo testigos de las jaculatorias, oraciones y coloquios que le inspiraban su impaciente deseo por abismarse en el Corazón de Jesucristo.

Persevera hasta el fin en su función de victima. A la mañana siguiente parece sentir por unos instantes el peso abrumador de la santidad de justicia, ofendida por los pe cados. Es un pavor de Getsemani: ¿Me salvaré, me condenaré? Las miradas a Jesús crucificado, el clamor: ¡Misericordia, Dios mío!, la confianza en los méritos del Corazón de Jesús le devuelven la paz.

Y horas después, rodeada de la comunidad, mientras el capellán le administra la santa unción, pronuncia en un supremo esfuerzo de amor el nombre de Jesús, y en ella se cumple lo que tantas veces había repetido: ¡Qué dulce es morir, después de haber tenido una tierna y constante devoción al Corazón de Aquel que nos ha de juzgar!

Era el 17 de octubre de 1690. Pronto corrió por la pequeña ciudad, con inmensa conmoción y edificación de todos, la noticia de que habia muerto la Santa.

Fue canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920.

Este Papa, en la bula de canonización, consigna la promesa de la perseverancia final hecha por el Corazón de Jesús a Santa Margarita en favor de los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos. León XIII consagra todo el género humano al Corazón de Jesús. Pio XI reproduce en la encíclica Miserentissimus la doctrina de Santa Margarita acerca de la reparación y de la consagración personal. Pío Xll, en la Haurietis aquas, vuelve a presentarla como confidente del Divino Redentor para divulgar la devoción a su Corazón Sagrado.

No hay santo cuyas revelaciones privadas hayan ejercido en toda la Iglesia influencia tan profunda y tan bienhechora como las de Santa Margarita Maria de Alacoque.

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15 de octubre.

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Lecturas del Domingo 28º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (25,6-10a):

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22, 1-6

R/. Habitaré en la casa del Señor
por años sin término

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (4,12-14.19-20):

Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (22,1-14), del domingo, 15 de octubre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXVIII domingo durante el año A

El profeta Isaías utiliza la imagen del banquete para describir la salvación del tiempo mesiánico ofrecida a todos los pueblos. Del mismo modo Jesús utiliza frecuentemente en el Evangelio la imagen del banquete de bodas, cuando quiere revelar el misterio de la historia de la salvación.

Reflexionemos, entonces, sobre el sentido de esta imagen. Y primero de todo preguntémonos qué distingue un banquete de una comida común.

La primera diferencia la encontramos en la invitación. En efecto no nos presentamos a un banquete sin ser invitados, al menos que seamos ‘cara dura’, se trata de una comida festiva que quien la realiza invita libremente a quién quiere. Los invitados o el invitado son libres de aceptar, pero están, en alguna medida, expuestos a revelar, por esta invitación, si son o no unos verdaderos amigos.

Y después, un banquete reúne varias personas. Para un dueño o dueña de casa es un arte saber elegir con cuidado los invitados. Por un lado es necesario evitar poner juntos, en la misma mesa, a personas que no saben encontrase (por mal educación, rencillas o rencores). Por otro lado un banquete puede ser una ocasión, también, de reconciliación, ofrecida a personas que tienen cosas que perdonarse recíprocamente. Puede ser también la ocasión de estrechar nuevas amistades.

El tercer elemento que caracteriza un banquete, es el hecho que no se hace todos los días y por cualquier motivo. Es necesario tener alguien o alguna cosa que celebrar. Se puede celebrar una llegada, una partida, un encuentro después de una larga separación, una elección, un cargo, un cumpleaños, etc. Siempre es la ocasión de hacer memoria de algo que tiene una importancia especial para los participantes.

Este tipo de celebraciones supone un cierto empeño por parte de todos. Por ejemplo no puede permitirse ser enemigos, después de haber participado de un banquete con amigos, si antes no se era así.

Un banquete exige también una cocina especial: algo de verdad bueno y preparado con amor, que sea una gratificación para los ojos, el olfato y el gusto. Lo que se come en el banquete no tiene sólo como fin calmar el hambre.

Y para terminar, podríamos marcar más diferencias, se impone una costumbre ceremonial. Una persona bien educada no va a un banquete en jeans (en Argentina: vaqueros, en España: tejanos).

Pues, parece bastante fácil aplicar todo esto al banquete Eucarístico. Sin olvidar, por supuesto, la central realidad de que es un banquete sacrificial. Sin noción de sacrificio cae la Eucaristía.

Nosotros somos los invitados del Señor Jesús, que nos recomendó reunirnos en torno a su mesa, en memoria suya. Se trata de algo muchísimo más importante y rico que ser fieles a una observación o a la observación de una regla. Es para nosotros la ocasión de mostrar nuestro amor por la persona que nos invita, sabiendo además que permanentemente somos invitados.

Aquel que nos ha invitado, nos ha llamado de todas las partes del mundo, para transformarnos en una comunidad, en una Iglesia. Y esta invitación es nuestra celebración que más allá de todas nuestras diferencias de ideas, de opiniones y de preocupaciones, hace de nosotros una comunidad.

Este día estamos reunidos aquí para celebrar algo juntos, o mejor para celebrar a Alguien. Celebramos el misterio pascual de nuestra redención en Cristo. Queremos conservar vivo el recuerdo de Aquél que nos invitó, y escuchar de nuevo su mensaje.

Tenemos un alimento especial, que es el cuerpo y la sangre de Cristo, sacramento del amor de Jesús por nosotros y del amor que queremos tener los unos por los otros.

También nosotros tenemos un traje adaptado a la circunstancia porque hemos sido revestidos de Cristo (liturgia bautismal) en el día de nuestro bautismo, y sin este traje es imposible celebrar la Eucaristía.

¿Qué es este traje? Hay un bello comentario de san Gregorio Magno a esta parábola. Explica que ese comensal responde a la invitación de Dios a participar en su banquete; tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido nupcial, que es la caridad, el amor. Y san Gregorio añade: «Cada uno de vosotros, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva el vestido nupcial si no custodia la gracia de la caridad» (Homilía 38, 9: pl 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. ib., 10: pl 76, 1288). Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido nupcial, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

Todo esto requiere de nuestra parte un compromiso: el compromiso de vivir el mensaje recibido, y manifestar en nuestra vida de hoy el vínculo purificado y consolidado; el compromiso de trasmitir a todos la invitación; y por fin el compromiso de hacer posible a todos la participación en este banquete, que no tengan impedimento y lo pidan espontáneamente, el compromiso de vivir en serio la caridad, un amor que solo busca el bien del otro.

La Virgen, que vivió con este traje de la caridad, interceda para que nunca dejemos de tejerlo en nuestra vida, amando a Dios y a los hermanos.

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8 de octubre.

Homilía para el XXVII domingo durante el año A

Entre los libros del Antiguo Testamento hay uno, el Cantar de los Cantares, que es totalmente una canción de amor o una serie de canciones de amor. Aunque mentes cartesianas a menudo han expresado su sorpresa al ver este tipo de poesía en la Biblia, los grandes místicos judíos y cristianos de todos los tiempos vieron una imagen de la relación de amor entre Dios y su pueblo. Y más de uno de estos místicos – San Bernardo, por ejemplo – lo comentó, a este libro, ampliamente. Pero hay otros ejemplos similares en toda la Biblia; y el canto de amor a la viña, que hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías es un buen ejemplo.

Isaías escribió probablemente unos siglos antes que el autor del Cantar de los Cantares, y Jesús mismo tomará la imagen de la vid, varios siglos más tarde. Lo hace en el Evangelio de hoy como lo hizo en el último domingo. El texto de Isaías probablemente retoma una canción popular, donde el amado se queja de su viña, porque él esperaba que de buenas uvas y le dio, sin embargo, muy malas, amargas. Se trata de un canto ambientado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar muy familiar a los oyentes de Jesús y gracias a la cual, como gracias a otras referencias de los profetas, se comprendía bien que la viña indicaba a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha elegido, los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa. Por eso, él, llama a los habitantes de Jerusalén para que sean el juez entre él y su viña. Esto es obviamente Isaías – o al autor de esta canción popular – aún no está revelado suficiente el Señor de la viña. No conocían al Padre de Jesús.

Con Jesús, el uso de la imagen es diferente. El dueño de la viña no tiene ningún problema con ella, el problema es con los viñadores a los que se la confió y que, en lugar de dedicar toda su energía para que le dé buen fruto, quieren disfrutar egoístamente y hasta quieren matar al hijo del dueño de la viña. Obviamente esta parábola está dirigida a los jefes de los sacerdotes y de los fariseos que se describen con su propia actitud hacia el pueblo y en relación con el mismo Jesús, que pronto será conducido a la muerte.

También es diferente la actitud de Jesús en relación con el amado del Cantar de Isaías. Jesús no está interesado en el castigo. Él sólo está interesado en que su viña, su pueblo, su iglesia den frutos. Cuando pregunta, «cuando llegue el dueño, ¿qué crees que hará a aquellos labradores?» Los que escuchaban responden: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo. Ante esta respuesta, Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?» Él no está interesado en el castigo y menos aún para la venganza. Por otra parte, no se trata de quitar el reino a los judíos para dárselo a los paganos, como podríamos pensar al hacer una lectura rápida y superficial. En realidad la casa de Dios es y sigue siendo el pueblo elegido, que son las naciones paganas. Los que están escuchando, son pastores. Hay una lección severa aquí para cualquier persona que ejerce un ministerio de algún tipo en el Pueblo de Dios. Este ministerio es para el bien de las personas y no para su propia satisfacción.

Pero lo que aparece más fuerte a lo largo de esta parábola es la necesidad de dar frutos. Y eso nos concierne a todos. Nosotros no hemos recibido el mensaje del Evangelio sólo para nuestra propia satisfacción o simplemente para nuestra salvación. Lo recibimos para dar fruto – fruto de justicia y rectitud, de acuerdo con el texto de Isaías. Juntos somos la Iglesia, y la Iglesia existe para el mundo. Preguntémonos, en el fondo de nuestro corazón, por nuestra forma de vida, si nos comportamos como los que le quitaron la viña a su dueño, y hasta se deshicieron del heredero o, por el contrario, si contribuimos a que en el mundo haya más justicia y derecho, trabajando alegremente en la viña.

Decía el papa emérito, Benedicto XVI, en 2008: «Desembarazándose de Dios, y sin esperar de él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que se le antoje y que puede ponerse como la única medida de sí mismo y de su obrar. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara “muerto” a Dios, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y dueños únicos de la creación, ¿pueden construir de verdad una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿No sucede más bien —como lo demuestra ampliamente la crónica diaria— que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en todas sus manifestaciones? Al final, el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida. Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su suerte a los viñadores infieles, el propietario no renuncia a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por eso Jesús, citando el salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (v. 22), asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte no permanecerá en la tumba; más aún, precisamente lo que parecerá ser una derrota total marcará el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte en la cruz seguirá la gloria de la resurrección. Entonces, la viña continuará produciendo uva y el dueño la arrendará “a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo” (Mt 21, 41).»

Por consiguiente, a partir del acontecimiento pascual la historia de la salvación experimentará un viraje decisivo, y sus protagonistas serán los “otros labradores” que, injertados como brotes elegidos en Cristo, verdadera vid, darán frutos abundantes de vida eterna (cf. Oración colecta). Entre estos “labradores” estamos también nosotros, injertados en Cristo, que quiso convertirse él mismo en la “verdadera vid”. Con María, nuestra Madre, pidamos al Señor, que nos da su sangre, que se nos da a sí mismo en la Eucaristía, que nos ayude a “dar fruto” para la vida eterna y para nuestro tiempo.

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7 de octubre.

Nuestra Señora del Rosario del milagroso triunfo de Lepanto.

Celebración de las Fiestas Patronales Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Piñeiro, Misa con el Obispo viernes 6 de octubre 20:30 hs:

SÁBADO DE LA SEMANA 26ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Baruc (4,5-12.27-29):

Ánimo, pueblo mío, que llevas el nombre de Israel. Os vendieron a los gentiles, pero no para ser aniquilados; por la cólera de Dios contra vosotros os entregaron a vuestros enemigos, porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios; os olvidasteis del Señor eterno que os había criado, y afligisteis a Jerusalén que os sustentó. Cuando ella vio que el castigo de Dios se avecinaba dijo: «Escuchad, habitantes de Sión, Dios me ha enviado una pena terrible: vi cómo el Eterno desterraba a mis hijos e hijas; yo los crié con alegría, los despedí con lágrimas de pena. Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos. Si estoy desierta, es por los pecados de mis hijos, que se apartaron de la ley de Dios. Ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros. Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño. El que os mandó las desgracias os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 68,33-35.36-37

R/. El Señor escucha a sus pobres.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R/.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,17-24):

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»
Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»
En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Baruc 4,5-12.27-29

a) Sigue el profeta Baruc, esta vez animando al pueblo a volver decididamente a Dios.

Ante todo, repite la idea de que las desgracias que les están abrumando las tienen bien merecidas: “os entregaron a vuestros enemigos porque os olvidasteis del Señor que os había criado”. Es patética la queja que pone en labios de Jerusalén, la madre que ha perdido a sus hijos y además se siente viuda: “Dios me ha enviado una pena terrible, mandó cautivos a mis hijos e hijas: yo los crié con alegría y los despedí con lágrimas de pena. Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos”.

Pero prevalece la esperanza: “ánimo, pueblo, ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros, os mandará el gozo eterno de vuestra salvación”. Eso sí, deben convertirse a él: “volveos a buscarlo con redoblado empeño”.

b) El destierro ayudó al pueblo israelita a madurar en su fe. Las pruebas de la vida nos templan, nos van puliendo, nos hacen revisar nuestros caminos y reorientar la dirección de nuestras vidas.

A Ignacio de Loyola la herida de Pamplona le resultó providencial para encontrar cuál era la voluntad de Dios sobre su futuro. A nosotros, los diversos acontecimientos de la vida, también las desgracias y hasta nuestros propios fallos y pecados, nos recuerdan que somos frágiles y nos urgen a adoptar una actitud, ante Dios y ante los demás, no de orgullo y autosuficiencia, sino de humildad.

Además, nuestros fallos, los de cada uno de nosotros, empobrecen a toda la comunidad eclesial. Se pueden poner en labios de la Iglesia los lamentos que Baruc pone en boca de Sión, abandonada y empobrecida por sus hijos.

El remedio es, según el profeta, que volvamos a Dios: “si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño”. Es una consigna para cada uno de nosotros. Con nuestra vuelta al buen camino, no sólo saldremos ganando nosotros, sino llenaremos de alegría el corazón de la Madre Iglesia y enriqueceremos a toda la comunidad.

Si hacemos caso del salmo, “buscad al Señor y vivirá vuestro corazón”, entonces sucederá además que “el Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá y los que aman su nombre vivirán en ella”.

2. Lucas 10,17-24

a) La vuelta de los 72 discípulos de su ensayo misionero es eufórica: “hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

Jesús les escucha, les anima y se deja contagiar de su optimismo: “lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: te doy gracias, Padre…”. Y alaba a Dios porque revela estas cosas a los sencillos de corazón y no a los que se creen sabios.

Habla también de su íntima unión con el Padre, que es la raíz de su misión y de su alegría, y entona la bienaventuranza de sus seguidores: “dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”.

b) También hay momentos de satisfacción y éxitos en nuestra vida de testimonio cristiano.

Como aquellos discípulos, sería bueno que tuviéramos alguien con quien poder compartir nuestros interrogantes y dificultades, y también nuestras alegrías. Que sepamos “rezar” nuestra experiencia, tanto si es buena como mala. Que la convirtamos en alabanza y en súplica ante Dios. Que sepamos dar gracias a Dios porque sigue moviendo los corazones de muchos, e iluminando a los de corazón sencillo, y triunfando de los poderes del mal y abriendo las puertas de su Reino a muchas personas.

También personalmente podemos sentirnos satisfechos: lo que han visto nuestros ojos -la riqueza de la fe, de la verdad, de la salvación que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús- es una suerte que no todos tienen. Podremos estar contentos, como les dijo Jesús a los suyos, de que “nuestros nombres están inscritos en el cielo”. Es legítima y profunda la alegría que sentimos por la fe que Dios nos ha concedido y por haber sido llamados a colaborar en el bien de los demás.

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NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Fangeaux está en un alto, dominando la inmensa llanura de Lauregais. Es un paisaje impresionante, en especial por la inmensidad del horizonte que se descubre. Precisamente Dios Nuestro Señor lo eligió para abrir los ojos de Santo Domingo de Guzmán a otro paisaje más dilatado aún, el de la inmensidad de las almas que estaban esperando quien les mostrara el camino de la auténtica vida cristiana.

Un discreto y sencillo monumento, llamado la Seignadou, marca y lugar en que, estando en oración, recibió el Santo una gracia extraordinaria. Pocos detalles sabemos de ella. Es muy fácil que, como suele ocurrir tantas veces en las vidas de los santos, ni el mismo Santo Domingo percibiera desde el primer momento toda la trascendencia de lo que entonces se le revelaba. Parece cierto que Dios le confirmó en su idea de fundar una Orden de Predicadores, que le confirmó también que eran aquellas tierras del mediodia de Francia el más adecuado escenario para dar comienzo a la tarea, y que la Santísima Virgen mostró mirar con especial predilección este apostolado dominical.

¿Ocurrió entonces la revelación del Santísimo RosarIo? Ya hemos dicho que es poco lo que nos queda de fehaciente sobre aquella visión. El Santo no fue nunca explicito, pero la tradición unánime hasta tiempos muy recientes ha hecho a Santo Domingo de Guzmán fundador del rosario. Oigamos, por ejemplo, al papa Benedicto XV:

“Y así—dice hablando de Santo Domingo—, en sus luchas con los albigenses que, entre otros artículos de nuestra fe, negaban y escarnecían con injurias la maternidad divina de Maria y su virginidad, el Santo, al defender con todas las fuerzas de su alma la santidad de estos dogmas, imploraba el auxilio de la Virgen Madre. Con cuánto agrado recibiese la Reina de los cielos la súplica de su piadosisimo siervo, fácilmente puede colegirse por el hecho de haberse servido de él la Virgen para que enseñase a la Iglesia, Esposa de su Hijo, la devoción del Santísimo Rosario: es decir, esa fórmula deprecatoria que, siendo a la vez vocal y mental (pues al mismo tiempo que se contemplan los principales misterios de la religión se recita quince veces la oración dominical con otras tantas decenas de avemarias), es devoción muy a propósito para excitar y mantener en el pueblo el fervor de la piedad y la práctica de todas las virtudes. Con razón, pues Domingo de Guzmán manda a sus hijos que, al predicar a los pueblos la palabra de Dios, se dedicasen constantemente y con todo empeño a inculcar en los ánimos de sus oyentes esta forma de orar, cuya utilidad práctica tenía él harto experimentada.”

Este es, por consiguiente, según el parecer unánime de la tradición, robustecida por los documentos pontificios el celestial origen del Santísimo Rosario. La moderna critica pone, sin embargo, no pocos reparos a este sentir. Las trazas del rosario como devoción popular son muy posteriores, y aparecen con independencia de la actuación de Santo Domingo.

No es éste el lugar de discutir una cuestión histórica. Como suele suceder en estas ocasiones, hay un desenfoque inicial en la actitud de los críticos: una idea, una institución, una devoción, no nacen nunca enteramente hechas. Piénsese en la devoción al Corazón de Jesús, elaborada durante siglos por el amor hacia la humanidad de Cristo que iba en aumento. O piénsese en la serie de vicisitudes por que pasa una idea, antes de plasmar en una realización práctica, poniendo ante los ojos, por ejemplo, las diversas tentativas y ensayos que precedieron a la configuración jurídica de la Compañía de Jesus. Que Santo Domingo de Guzmán concibió su apostolado y el de sus hijos con un mabz eminentemente mariano. no hay quien lo discuta. Que ya en los primeros tiempos de la Orden dominicana encontramos la recitación frecuente del avemaría, utilizando incluso cuerdas con nudos, también parece cierto. Recuérdese el ejemplo de Romeo de Livia, O. P. (+ 1261): el de Delfín Humberto, O. P. (+ 1356), el de la Beata Margarita Ebner, O. P. (+ 1351); el de Juan Taulero, O. P. (+ 1361), y otros muchos personajes eminentes de la Orden de Predicadores en los que encontramos elementos que luego han de servir para dar la estructuración definitiva al rosario. Esto sólo puede explicarse, o al menos se explica muy fácilmente, teniendo presente una tradición que arrancara del fundador y que perseverase dentro de la Orden.

A base de estos elementos comienza la devoción del rosario a extenderse en el siglo XV por obra principalmente de dos insignes dominicos: Alano de Rupe, forma latinizante de su apellido de la Roche, y Santiago Sprenger. El primero prefería la fórmula “salterio de la Virgen” más que la de rosario, que le parecía un tanto paganizante, y trabajó no poco en los Países Bajos por extenderlo. Sprenger no sólo consiguió extender grandemente el rosario por Alemania y los países del centro de Europa, sino que escribió un folleto de propaganda y consiguió la primera aprobación por parte de la autoridad apostólica el 10 de marzo de 1476, otorgada por el papa Sixto IV. Ni fue ésta sola la aprobación que obtuvo, sino que antes de morir logró nuevos documentos pontificios y la confirmación de todo lo actuado por parte del maestro general de la Orden. Por eso aunque algunas veces no se valore suficientemente su influencia en la difusión del rosario, es necesario tenerle por uno de los más destacados artífices de la difusión de la misma.

Ya desde entonces puede decirse que la marcha del rosario por todo el mundo es verdaderamente triunfal. Pronto salta de los países de la Europa central a los países latinos, y las concesiones papales se encuentran ya en abundancia. En España mismo vemos cómo el cardenal Gil de Viterbo, legado para España y Portugal, después de definir el rosario en su forma actual, concede gracias en 1519 a la cofradía que se había fundado en Tudela. En Vitoria, en el convento de Santo Domingo, había una capilla y altar bajo la advocación del rosario, a la que Adriano VI concede amplias indulgencias el 1 de abri! de 1523, confirmadas luego por Clemente VII y dos veces por Paulo III. Algo parecido se encuentra ya por todas partes, no sólo en Europa, sino también en América, a la que la devoción del rosario es llevada por los dominicos. Ni se piense solo en el rosario como una devoción exclusivamente dominicana: San Ignacio de Loyola, por ejemplo, y los primeros jesuítas fueron extraordinariamente afectos a ella.

Los papas continuaron alabando esta devoción y cargándola de indulgencias. Pero quien verdaderamente aparece como eminente en la historia del rosario es San Pio V. Tras algunos actos de carácter más bien particular, el día 17 de septiembre de 1569 daba la solemne bula Consueverunt Romani Pontífices, en la que no sólo definía ya con exactitud el rosario, sino que además resumía y ampliaba todos los privilegios e indulgencias unidos a esta devoción. Continúa durante todo su pontificado trabajando por la difusión del rosario. Y el 5 de marzo de 1572 da la bula Salvatoris Domini, en la que, recordando la victoria obtenida en Lepanto el 7 de octubre, permite a la Cofradía del Rosario de Martorell (Barcelona) que ese día celebren todos los años una fiesta bajo la advocación de la Virgen del Rosario, según lo había pedido don Luis de Requesens, señor de Martorell, que había estado presente en Lepanto. No parece que pueda decirse que fue San Pío V el que insertó en las letanías la invocación “Auxilium christianorum“, sino que tal invocación parece haber tenido origen en sus tiempos en Loreto mismo, por donde pasaron no pocos de los que habían participado en la batalla de Lepanto.

Su sucesor Gregorio XIII, el 1 de abril de 1533, extiende la fiesta del Rosario a todas las iglesias y capillas en que estuviera erigida la cofradía. Clemente Xl, en 1716 extendió la solemnidad a la Iglesia universal, unida al primer domingo de octubre. Sólo en 1913, como consecuencia de la reforma litúrgica que quiso descargar de fiestas los domingos, quedó fijada en el calendario de la Iglesia universal esta fiesta en el 7 de octubre, conservando la Orden dominicana el privilegio de celebrar la fiesta el mismo primer domingo de octubre.

Todos estos datos cronológicos y eruditos no son al fin y al cabo más que una manifestación del unánime sentir del pueblo cristiano, que ama extraordinariamente esta devoción. Con el certero instinto que le caracteriza, adivina lo grata que es a la Santísma Vrgen. Por eso en cuantas circunstancias, agradables o tristes, se presentan en la vida del cristiano, espontáneamente sube a sus labios esta hermosa oración. Ya se encuentre velando un cadáver, ya se acerque en peregrinación a un santuario famoso, ya trate de ofrecer algo por el éxito de unos exámenes o la resolución de un asunto difícil… en cualquier circunstancia el cristiano recurre al rosario, seguro de hallar en él un obsequio verdaderamente grato a la Santísima Virgen.

Y que tal sentir no es erróneo nos lo demuestra claramente la actitud de la Iglesia. Puede decirse que no hay devoción que de manera tan continuada haya sido recomendada e inculcada por los Romanos Pontífices. Es más, hay un hecho bien significativo: la devoción al rosario es para los Papas un refugio providencial en las circunstancias dificiles que se presentan a la Iglesia. Ya se trate, como en tiempos de San Pío V, del peligro turco, ya se trate de los espinosos problemas que plantea la fermentación intelectual del siglo XIX, como en tiempos de León XIII, hacia esta devoción se vuelven los ojos de los Papas

¿En qué está el secreto de la eficacia? Precisamente los mismos Papas nos lo dicen: en tratarse de una devoción que, siendo sencilla, está, sin embargo, llena de contenido. Sencilla, porque hartos estamos de ver cómo la más humilde mujercita sabe rezar su rosario. Llena de contenido, puesto que sistemáticamente nos obliga a recorrer los principales misterios de la vida de Jesucristo y de su santísima Madre.

Buena prueba de ello la tuvieron los misioneros que en 1865 descubrieron, viva aún, la fe de no pocos japoneses que ocultamente habían continuado, aislados del resto del mundo, siendo cristianos. La fiesta de Nuestra Señora deñ Japón, que se celebra allí el 17 de marzo, recuerda precisamente ese descubrimiento. Pues bien, una de las armas que habían servido para mantener viva la fe, había sido el rosario, recitado por aquellos que sobrevivieron a las persecuciones y por sus descendientes, que de ellos lo habían aprendido.

Trabajar, por consiguiente, en el conocimiento y en la difusión del Santísimo Rosario es hacer obra muy grata a Dios Nuestro Señor y contribuir al arraigo y difusión de nuestra santa fe. La aparición de la Santísima Virgen en Lourdes y Fátima, así nos lo confirman. Como nos confirma también la admirable adaptación de esta forma de devoción a los tiempos modernos la asombrosa acogida que ha tenido la cruzada del rosario en familia, nacida en Estados Unidos y difundida por todo el mundo.

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4 de octubre.

Lecturas de mañana Miércoles de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

Lectura del libro de Nehemías (2,1-8):

Era el mes de Nisán del año veinte del rey Artajerjes. Tenía el vino delante, y yo tomé la copa y se la serví. En su presencia no debía tener cara triste.
El rey me preguntó: «¿Qué te pasa, que tienes mala cara? Tú no estás enfermo, sino triste.»
Me llevé un susto, pero contesté al rey: «Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está en ruinas, y sus puertas consumidas por el fuego?»
El rey me dijo: «¿Qué es lo que pretendes?»
Me encomendé al Dios del cielo y respondí: «Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá a reconstruir la ciudad donde están enterrados mis padres.»
El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron: «¿Cuánto durará tu viaje, y cuándo volverás?»
Al rey le pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir.
Pero añadí: «Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, superintendente de los bosques reales para que me suministren tablones para las puertas de la ciudadela de templo, para el muro de la ciudad y para la casa donde me instalaré.»
Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 136,1-2.3.4-5.6

R/. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión.» R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R/.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,57-62):

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme.»
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Nehemias 2,1-8

a) Hoy y mañana leemos unos pasajes del libro de Nehemías. Este judío, que se quedó en Babilonia cuando empezaron a volver las primeras caravanas de repatriados, había llegado a ocupar un cargo bastante importante en la corte de los reyes persas: era el copero mayor. Lo que nos recuerda la historia de José en Egipto, y también la de Ester en la corte de Asuero.

Se ve que llegan noticias tristes de Jerusalén, por la desgana de algunos en la reconstrucción y por las dificultades que los pueblos vecinos -sobre todo los samaritanos- les ponen en el camino. Nehemias se muestra solidario de su pueblo y pide al rey que le permita volver a ayudar a su pueblo en la difícil tarea. Se ve que no sólo es una buena persona, sino que es emprendedor y sabe convencer a los que haga falta para conseguir sus propósitos. El rey le da facilidades, siguiendo la linea de tolerancia de la dinastía persa.

b) Es interesante que un laico, Nehemias, sienta esta preocupación por ayudar al pueblo en su reedificación, no sólo en el sentido material, sino también en el social y religioso.

Nehemias, laico, y Esdras, sacerdote, trabajarán juntos en la gran obra.

Podemos ver fácilmente el paralelo en nuestro tiempo. También ahora se puede decir que la situación no es nada halagüeña, ni en la Iglesia ni en la sociedad. Tal vez no será tan dramática como la que refleja el clásico salmo de Babilonia. Allí, después de una generación de lejanía de Jerusalén, el pueblo judío estaba a punto de olvidarse de la Alianza. Ya no sonaban los cantos en honor de Yahvé: “¿cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera?”. E incluso los ancianos se quejaban, poéticamente, de que se les podia “pegar la lengua al paladar”, porque ya no iban a cantar más salmos, y que no les importaba que se les “paralice la mano derecha”, porque ya no necesitarán tocar las citaras en el culto de Dios. Se estaba perdiendo, no sólo la identidad política, sino también la fe.

Pero entre todos, clérigos y laicos, pusieron manos a la obra y reedificaron Sión en todos los sentidos. En nuestra situación actual también hace falta la colaboración de todos, de los sacerdotes y religiosos, de las familias, de los catequistas, de los maestros, de los profesionales cristianos, incluidos los que están metidos en los medios de comunicación o -como en el caso de Nehemias- en la política. Se trata de salvar los valores humanos y cristianos fundamentales, para que las generaciones futuras tengan una sociedad mejor.

2. Lucas 9,57-62

a) En el camino de Jesús se espeja nuestro camino. Hoy leemos tres breves episodios de “vocación” a su seguimiento, con situaciones diferentes y respuestas que parecen paradójicas por parte de Jesús.

A uno que le quería seguir, Jesús le advierte que no tiene ni dónde reclinar la cabeza: menos que los pájaros y las zorras, que tienen su nido o su madriguera. A otro le llama él, y no le acepta la excusa dilatoria de que tiene que enterrar a su padre: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. Al que le pide permiso para despedirse de su familia, le urge a que deje estar eso, porque sería como el que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás.

b) Las respuestas no se deben tomar al pie de la letra, sino como una manera expresiva de acentuar la radicalidad del seguimiento que pide Jesús, y su urgencia, porque hay mucho trabajo y no nos podemos entretener en cosas secundarias.

Con su primera respuesta, nos dice que su seguimiento no nos va a permitir “instalarnos” cómodamente. Jesús está de camino, es andariego. Como Abrahán desde que salió de su tierra de Ur y peregrinó por tierras extrañas cumpliendo los planes de Dios.

Con la segunda, Jesús no desautoriza la buena obra de enterrar a los muertos. Recordemos el libro de Tobías, en que aparece como una de las obras más meritorias que hacía el buen hombre. A Jesús mismo le enterraron, igual que hicieron luego con el primer mártir Esteban. Lo que nos dice es que no podemos dar largas a nuestro seguimiento. El trabajo apremia. Sobre todo si la petición de enterrar al padre se interpreta como una promesa de seguirle una vez que hayan muerto los padres. El evangelio pone como modelos a los primeros apóstoles, que, “dejándolo todo, le siguieron”.

Lo mismo nos enseña con lo de “no despedirse de la familia”. No está suprimiendo el cuarto mandamiento. Es cuestión de prioridades. Cuando el discípulo Eliseo le pidió lo mismo al profeta Elías, éste se lo permitió (I R 19). Jesús es más radical: sus seguidores no tienen que mirar atrás. Incluso hay que saber renunciar a los lazos de la familia si lo pide la misión evangelizadora, como hacen tantos cristianos cuando se sienten llamados a la vocación ministerial o religiosa, y tantos misioneros, también laicos, que deciden trabajar por Cristo dejando todo lo demás.

Sin dejarnos distraer ni por los bienes materiales ni por la familia ni por los muertos. La fe y su testimonio son valores absolutos. Todos los demás, relativos.

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SAN FRANCISCO DE ASÍS
(+ 1226)

 

—¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo viene en pos de ti? Así le preguntaba cierto día a San Francisco uno de sus discípulos, intrigado por la irresistible atracción que ejercía un hombre externamente tan despreciable como el Pobrecillo de Asís.

Fray Maseo, que tal era el nombre del que preguntaba, se planteó hace ya siete siglos un problema que todavia hay sigue intrigando a cuantos reflexionan sobre él. Prescindiendo de los innumerables simpatizantes que San Francisco tiene, tanto entre los católicos como entre los que no lo son, cuarenta y seis mil religiosos, ciento cincuenta mil religiosas y tres millones de terciarios franciscanos están atestiguando que todavía subsiste actualmente el hecho observado por fray Maseo. Nuestra sabiduría popular lo ha reflejado en el adagio de que “o por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano”. Y esto viene sucediendo así desde hace setecientos años. ¿Qué tendrá San Francisco para ejercer esta atracción? Cuanto más se estudia la personalidad del Santo más claras aparecen estas tres cosas: humanamente considerado, San Francisco poseía una riqueza de dotes intelectuales, morales y psicológicas que hacen atrayente su figura; estas cualidades humanas, lejos de quedar sepultadas, adquirieron bajo el manto de la santidad un matiz nuevo y le infundieron a ésta un carácter extraordinariamente amable; la unión de las cualidades humanas y de la santidad hicieron de San Francisco el Santo eminentemente moderno.

La riqueza de sus atractivos humanos se nos presenta desbordante ya en su misma juventud. Y es que, además de poseer excelentes cualidades, dispuso también de medios para manifestarlas.

Nacido en Asís entre 1181 y 1182, tuvo la fortuna de poseer una madre piadosa, Madonna Pica, de la que recibió una honda educación cristiana. Su padre, Pedro Bernardone, era un rico mercader en telas. De carácter jovial, altruista, soñador, caballeresco, Francisco amaba la vida y se entregó a ella. Por eso lo encontramos constituido en jefe de la juventud, en organizador de holgorios y bullanguerias, en alma de todas las fiestas juveniles. Le gustaba vestir con elegancia, cultivar el cabello, aparecer limpio, comportarse con finura y cortesía. Los historiadores nos lo presentan también como generoso hasta el derroche leal con los amigos y liberal para con los pobres. Era un auténtico juerguista, pero no un disoluto. Sus fiestas juveniles eran bulliciosas, pero se mantenían siempre dentro de lo correcto. Se nos dice que nunca perdió la gracia santificante.

Este carácter alegre, jovial, desprendido, volverá a manifestarse con mucha frecuencia a lo largo de su vida. En medio de sus enfermedades cantaba. A sus frailes los quería ver siempre alegres, con esa sana y honda alegría que nace del saber que se tiene a Dios. En medio de su pobreza daba cuanto tenia a otro tal vez menos pobre que él. A su Orden le imprimió ese sello característico de alegría y de pobreza que se ha hecho proverbial. Pero de una pobreza que, cuando no tiene que dar, se da a si misma de una manera alegre por amor de Dios.

A los veinte años le sobrevino una crisis. En su ciudad natal se declararon la guerra nobles y plebeyos. Aquellos aliados con la vecina ciudad de Perusa vendieron a éstos y Francisco, que había luchado en las filas de los humildes tuvo que soportar en Perusa un año de prisión. Al poco tiempo de verse libre, en 1203, se apoderó de él una fiebre gravisima. Durante la convalecencia se percata, con gran sorpresa suya, de que las fiestas juveniles ya no le llenaban el alma, y entonces, sediento de aventuras, en 1205 emprendió viaje hacia el sur de Italia para luchar contra el Imperio al lado de las fuerzas de Inocencio III. Inesperadamente, desde Spoleto, regresa a Asís cuando apenas había hecho otra cosa que iniciar el viaje. Es que la mano de Dios había comenzado a trabajarlo de una manera definitiva. Poco a poco va perdiendo el gusto por las diversiones bulliciosas. Poco a poco se va dando cuenta de que algo quiere Dios de él. ¿Qué será?

Años cruciales y difíciles fueron para Francisco los transcurridos entre 1205 y 1208. Abandonado de sus amigos, distanciado de su mismo padre, a quien en presencia del obispo de Asís le entregó hasta los vestidos que llevaba puestos, inició amistad con los pobres y con los leprosos. Su carácter dinámico y resuelto le impulsó a restaurar tres ruinosas ermitas de Asís una vez que en la de San Damián le pareció oír del crucifijo la voz de que restaurase su casa. El nuevo comportamiento del joven no podia menos de parecer absurdo a quienes lo habían conocido antes. Pero lo grave para Francisco no era tanto el hecho de que sus conciudadanos comenzasen a mirarlo como un lastimoso enajenado, cuanto la angustiosa incertidumbre en que vivía respecto de la voluntad de Dios.

Después de tan larga crisis, el 24 de febrero de 1208 le vino la luz repentinamente. Al oir las palabras del Evangelio en que Jesucristo enviaba a sus apóstoles por el mundo a hacer bien a todos, desprovistos de todo y expuestos a cualquier trato que quisieran darles, Francisco, súbitamente iluminado por Dios, comprendió que esto mismo era lo que el Señor pedía de él. A su característico dinamismo le faltó tiempo para llevar a la práctica el programa evangélico. No importaba que sus conciudadanos se mofasen de él. Descalzo, vestido de túnica y capuchón aldeanos, y ceñido con una cuerda, apareció por las calles de Asís predicando, con el entusiasmo y vigor que le eran propios, la paz, la pobreza y la caridad cristianas.

Si una obra es de Dios, tarde o temprano termina por triunfar. Francisco experimentó muy pronto que la suya era obra divina. Mientras la mayor parte de los habitantes de Asís esperaban que el nuevo apóstol fracasase en su empeño, a los dos meses de su decisión se le comenzaron a unir hombres tan sensatos y respetados en la ciudad como el rico y sesudo Bernardo de Quintaval, el pobre pero honrado Gil de Asís y el noble e ilustrado canónigo de la catedral Pedro Cattani. Incomprensiblemente a los ojos de los prudentes del mundo, estos hombres abandonaron la sabiduría y riqueza humanas para, al igual que Francisco, dedicarse a predicar a los demás el Evangelio viviéndolo ellos personalmente de la manera más radical.

Cuando a estos tres discípulos de la primera hora se le sumaron otros ocho, el Santo experimentó la necesidad de trazar para los doce un único programa de vida. Recopiló con este fin varios textos del Evangelio, aquellos precisamente que hablan de la renuncia a todo y del seguimiento decidido de Jesucristo, y con sus discípulos se presentó a Inocencio III para que le aprobase el nuevo modo de vida. La iniciativa de someter previamente al Papa la breve regla de una naciente Orden religiosa era inusitada entonces. Pero más llamativo que este gesto original de Francisco era el contenido de la regla misma. Nadie, ni incluso Inocencio III, creían posible vivir como Francisco y sus compañeros se proponían. ¿Es que entonces, objetaba el Santo, era imposible vivir el Evangelio? El Papa comprendió que Francisco tenia razón y aprobó verbalmente su programa de vida. Era el año 1209. El año del nacimiento de la Orden franciscana.

Constituido en padre de una familia religiosa, San Francisco en adelante ya no es sólo él, sino también sus hijos. Pero ni él ni sus hijos se pueden comprender si las cualidades humanas del padre las seccionamos del elemento divino que comenzó a intervenir a raíz de su crisis.

La gracia no cambia la naturaleza. A sus veintiséis o veintisiete años, Francisco seguía conservando su espiritu idealista y caballeresco de años atrás. Se trata de aquel espiritu caballeresco de la Edad Media que lo arriesgaba todo por el honor o por la gloria de depositar los laureles a los pies de la amada, y que Francisco no pudo saciar cuando, de camino hacia el sur de Italia para participar en la guerra, la gracia divina le hizo regresar a Asís. Esta misma gracia es la que ahora, apoderándose de su espiritu caballeresco inicialmente contrariado, lo proyectó hacia nuevos ideales. Francisco y sus compañeros se convirtieron en caballeros andantes del Evangelio, porque sin un qui jotismo espiritual como el suyo, a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse a la conquista de las almas desprovistos de todo, renunciando a todo, descalzos, burdamente vestidos, dependiendo de la benévola caridad de los demás.

Sorprendentemente, este género de vida obtuvo un éxito que nadie hubiera podido pronosticar. La Iglesia necesitaba entonces de reforma y todos anhelaban un cristianismo más impregnado de Evangelio, sobre todo en el aspecto de la pobreza. Este ambiente dio origen a una verdadera pululación de sectas heréticas que se proclamaban las restauradoras del cristianismo evangélico o apostólico como entonces se llamaba. Reflejando los deseos de todos y oponiéndose a las desviaciones heterodoxas, Francisco of reció con su Orden la verdadera solución a los problemas de la Iglesia. De aquí que las gentes se volcaran sobre él: a los doce años de su fundación, en 1221, la Orden contaba ya con el sorprendente número de más de tres mil frailes; en 1212 fundó con Santa Clara de Asís la rama femenina de las clarisas, en 1221, para dar cabida en la Fraternidad a los muchos que lo solicitaban, pero que por diversas circunstancias no podían hacerse religiosos, instituyó la Orden Tercera, es decir, la de los terciarios franciscanos.

La pobreza es lo que externamente resalta más, tanto en San Francisco como en sus frailes, aun actualmente. Incluso no se puede negar que es un elemento de gran importancia lo mismo en la espiritualidad del fundador que en la de su Orden. Pero se equivocaría quien sólo, o principalmente, considerase a Francisco en función de esta virtud. Por debajo de la pobreza late otro elemento, el más fundamental de todos: un incondicional amor a Jesucristo, que llevó a Francisco y a sus frailes a identificarse lo más posible con el Salvador. Repercusión inmediata de este amor incondicional, Ilamémosle caballeresco, es la vivencia del Evangelio de una manera literal, incluso bajo el aspecto de no poseer absolutamente nada, es decir, de la más estrecha pobreza,

Aquí es donde reside el secreto de San Francisco y lo que impulsa todos sus movimientos. Se trata de una proyección espiritual, en cuanto usufructuado por la gracia, de las grandes cualidades afectivas que poseía el Santo.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el amor que Francisco sentía por la naturaleza. La hermana agua, la hermana alondra, el hermano lobo, el hermano sol, las hermanas aves, los hermanos menores (sus frailes), no son sino modos de expresarse, adoptados por el Santo, reveladores de la capacidad y necesidad humanas de amar que encerraba su alma. Sólo que estas cualidades psíquicas estaban ahora espiritualizadas por la gracia.

Enfocada esta capacidad de amar hacia Jesucristo con el nuevo impulso de la gracia, no es extraño que llegara a donde llegó.

“¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!”, repetía frecuentemente el Santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor.

Este amor a Jesucristo será el resorte mágico que le impulsará a realizar acciones que un hombre superficial tal vez considere como niñerías. Cada vez que oía pronunciar el nombre de Jesús se relamía los labios. Deseaba que sus frailes recogiesen del suelo los fragmentos de pergamino que hallasen porque en ellos podía encontrarse escrito el nombre del Señor. En cierta ocasión se desnudaron él y su compañero para vestir a un mendigo, porque los pobres eran hermanos de Jesucristo. En la Sagrada Escritura se alude al Redentor como a un leproso, razón suficiente para que Francisco reservase para estos desgraciados, a quienes llamaba los hermanos cristianos, sus más finas atenciones. La fidelidad incondicional a la Iglesia y la devoción al Papado, una de las grandes virtudes del Santo, no frecuentes en una época minada por pequeñas pero múltiples heterodoxias, obedecía a su firme persuasión de que la Iglesia era la Esposa de Jesucristo, y el Papa su Vicario en la tierra.

Dotado de una imaginación viva y enemigo de lo abstracto, en el Santo este amor iba dirigido a Jesucristo, considerado sobre todo en sus misterios de sabor humano. Para vivir plenamente la fiesta de Navidad, Francisco representó plásticamente en Greccio, en 1223, el nacimiento del Niño Jesús, primera representación origen de nuestros belenes. La Pasión y la Eucaristía constituían el centro de sus pensamientos. San Francisco tiene el mérito de haber introducido en la Iglesia de una manera definitiva la devoción a la humanidad de Jesucristo.

Fue también el amor al Salvador lo que le infundió una sed insaciable de almas, que le condujo a él y a sus frailes a lanzarse desde el primer momento a la predicación, de la misma manera que quería Jesucristo lo hicieran sus apóstoles: ” No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni zapato, ni cayado” (Mt. 10,9-10).

A partir de la fundación de la Orden el Santo apenas tendrá un momento de reposo (tampoco lo tendrán sus frailes), acuciado por llevar almas a Jesucristo. Esta será en los doce años que siguen su ocupación más frecuente, y la Italia central su preferido campo de acción. En 1210 lo encontramos evangelizando la Umbría y estableciendo la paz entre los nobles y plebeyos de Asís. Luego pasa a Toscana y pacifica asimismo la ciudad de Arezzo, ensangrentada por luchas fratricidas. En 1217 quiere pasar a Francia, pero se vio obligado a detenerse en Florencia. Todavía en 1222, cuando ya sus enfermedades le hacían sufrir no poco, lo encontramos predicando y ofreciendo un testimonio viviente del Evangelio en la parte oriental y meridional de Italia, Sus pláticas eran sencillas, salpicadas de vivas imágenes, de tono cálidamente familiar y al aire libre. Poseía una oratoria personalísima e inconfundible, que ofrecía un marcado contraste con la vigente en aquellos tiempos. Sus historiadores nos aseguran que, atraídos por ella, ‘hombres y mujeres, clérigos y religiosos, corrían ansiosos de ver y escuchar al hombre de Dios”. Y añaden, refiriéndose a la región de Umbría: “Así se vio entonces transformarse en breve tiempo la faz de toda la comarca y aparecer risueña y hermosa la que antes se mostraba cubierta de máculas y fealdades”. Su deseo de dar a conocer a Jesucristo le indujo en cierta ocasión a pararse en mitad del camino y dirigir la palabra a sus hermanas aves, que, solícitas y silenciosas, acudieron a escucharle.

De entre sus viajes apostólicos merecen destacarse dos por el especial significado que entrañan. Como los anteriores a que nos acabamos de referir, también éstos proceden de su insaciable amor a Jesucristo, pero adquieren una expresión nueva, prácticamente inédita hasta entonces. La atracción que sentía hacia la humanidad del Salvador le hizo concebir en 1212 el propósito de llegarse hasta Palestina para visitar los lugares santificados por el Señor. La nave tenía todas las plazas ocupadas y entonces Francisco se arriesga con su compañero a viajar ocultamente en calidad de polizón. Una tempestad impidió al barco llegar a su destino, y el Santo tuvo que regresar a Italia. Ante esta contrariedad, su fértil imaginación le sugirió un nuevo proyecto, que tenía la ventaja de ofrecerle una ocasión probable de morir, como buen caballero, por el objeto de sus amores. En 1213 se encamina hacia España, visita el sepulcro de Santiago e intenta trasladarse a Marruecos para anunciar a Jesucristo entre los musulmanes. Tampoco en esta ocasión puede realizar su programa. Pero no ceja. En 1219 consigue, por fin, embarcarse hacia Siria y revivir en Palestina, sobre el mismo terreno que los presenció, los hechos de la vida del Salvador.

Con esta visita a los Santos Lugares, Francisco se convierte en el iniciador de esa epopeya heroica y sangrienta que sus hijos han venido realizando desde hace seis siglos y medio por defender la tierra santificada por Jesucristo. Tanto este viaje a Tierra Santa como el que proyectó a Marruecos significan el primer intento de evangebzación pacífica entre los musulmanes, que es también una de las más preciadas herencias que los franciscanos han conservado siempre de su fundador.

Sin embargo, esto no es todo. Desde su regreso de Tierra Santa, es decir, desde 1221, francisco tendrá que ocuparse preferentemente de los asuntos de la Orden, que iba adquiriendo un rápido desarrollo. Y así como los viajes apostólicos por Italia son la expresión del deseo que le roía de dar a conocer a Jesucristo, su labor de estos años consistirá, sobre todo, en trabajar por mantener dentro de la Orden la pureza de los ideales evangélicos. En los capítulos generales de 1221 y 1223, en las exhortaciones a los frailes, en sus contactos con el cardenal Hugolino, protector de la Fraternidad, la meta que perseguia era siempre la observancia estricta del Evangelio. Esto ya era nuevo. Pero aún dio un paso más adelante. Si en el Evangelio se dice que Jesucristo envió a sus apóstoles por todo el mundo, ¿por qué los franciscanos se iban a arredrar ante esto? A imitación del Maestro, Francisco envió también sus frailes a predicar entre los no cristianos, fundando de esta manera las modernas misiones entre infieles. Expuesta era en aquella época esta clase de apostolado, pero el amor no conoce limites, y si gana la muerte, la sufre con alegría.

La correspondencia suprema y tangible por parte del Salvador al amor que Francisco le profesaba sobrevino en la mitad de septiembre de 1224. Encontrándose en el monte de La Verna, Jesucristo se le aparece al Santo en forma de serafín y lo identifica humanamente consigo imprimiéndole sus cinco llagas. Francisco quedó convertido en un Cristo viviente. Con razón se le ha !iamado “el Cristo de la Edad Media”.

Enfermo, casi ciego, con el agudo dolor de las llagas, pero siempre alegre (precisamente en esta época compuso y cantaba frecuentemente el hermoso Cántico de las criaturas o del hermano sol), el Santo expiró en Asís el atardecer del 3 de octubre de 1226, junto a su amada capilla de la Porciúncula, centro de todo el movimiento franciscano y testigo, mediante la indulgencia obtenida del Papa por el Santo, del oculto retorno a Cristo de tantas almas descarriadas.

Con su atractivo personal, su altísima y austera pero agradable santidad, sus intuiciones y geniales innovaciones en la Iglesia, San Francisco termina siempre ganándose la simpatía de cuantos se acercan a él.

Aun bajo el aspecto puramente humano, su nueva manera de ver las cosas obliga a los historiadores a considerarlo como el primer hombre moderno y el forjador, mediante su Orden, del humanismo cristiano.

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3 de octubre.

MARTES DE LA SEMANA 26ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la profecía de Zacarías (8,20-23):

Así dice el Señor de los Ejércitos: Todavía vendrán pueblos y habitantes de grandes ciudades, y los de una ciudad irán a otra diciendo: «Vayamos a implorar al Señor, a consultar al Señor de los Ejércitos. – Yo también voy contigo.» Y vendrán pueblos incontables y numerosas naciones a consultar al Señor de los Ejércitos en Jerusalén y a implorar su protección. Así dice el Señor de los Ejércitos: Aquel día diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto, diciendo: «Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 86,1-3.4-5.6-7

R/. Dios está con nosotros

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! R/.

«Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles;
filisteos, tirios y etiópes han nacido allí.»
Se dirá de Sión: «Uno, por uno todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado.» R/.

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Éste ha nacido allí.»
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.» R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,51-56):

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»
Él se volvió y les regañó y dijo: «No sabéis de que espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.»
Y se marcharon a otra aldea.

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1. (Año I) Zacarías 8,20-23

a) Con dos oráculos más terminamos la breve lectura del profeta Zacarías.

Esta vez no sólo anuncia el bienestar del pueblo en su vuelta a Sión, sino que afirma el carácter universal de la salvación que Dios tiene programada: “vendrán pueblos incontables y numerosas naciones a consultar al Señor en Jerusalén”. O sea, todos se habrán enterado de que la Palabra salvadora, la Verdad plena, está en Jerusalén, y correrán a porfía a “consultar” al Dios verdadero.

“Diez extranjeros agarrarán a un judío por la orla del manto”: o sea, le pedirán insistentemente que les diga cómo se va a Jerusalén y que les admita en el grupo de los que rinden culto a su Dios.

b) Nosotros, escuchando estas palabras, nos damos cuenta de que no se trataba, en los planes de Dios, de Jerusalén en su sentido geográfico: ya entonces los planes de Dios eran “católicos”, universales, que esto significa el vocablo católico: Kata holom (según la totalidad) . Pero que en Jesús lo empezaron a ser más plenamente.

La nueva Jerusalén es la Iglesia de Jesús. Si de los judíos se podía decir: “Dios está con vosotros”, mucho más de nosotros, porque él nos ha enviado al que se llama en verdad “Dios-con-nosotros“. Si iban a subir los pueblos a consultar la Palabra de Dios a Jerusalén, mucho más desde que ha venido el que es la Palabra viviente de Dios, Jesús. Por descristianizada que nos parezca nuestra generación, en los planes de Dios todos están destinados a la fe y a la salvación.

Pero queda en el aire el interrogante: ¿somos en verdad, los que formamos la Iglesia, un signo tan lúcido de la presencia de Dios, una comunidad tan atractiva a la que da gusto acudir a “consultar con Dios” y a escuchar su Palabra? Los que nos ven actuar, ¿se sienten atraídos y nos tiran de la manga para que sin falta les dejemos juntarse con nosotros en nuestra vida de fe?

Todos los cristianos debemos ser “misioneros”, preocupados de que cuantos más mejor escuchen la Palabra de Dios y se enteren de sus planes de vida. Empezando por los que tenemos más cerca en la familia o en la sociedad.

También nuestro mundo de hoy, a veces sin saberlo explícitamente, anda a la búsqueda de los valores que le den la felicidad. ¿Encuentran en nosotros la luz que les oriente? ¿les resultamos creíbles en nuestro testimonio de fe? ¿se cumple en la Iglesia lo que el salmo decía poéticamente de Sión: “contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles”, hasta el punto de sentirse todos orgullosos, porque “uno por uno todos han nacido en ella”? Seguro que tendremos que mejorar nuestra imagen para que todo esto deje de ser utopía.

2. Lucas 9,51-56

a) Los estudiosos afirman que en este pasaje empieza toda una larga sección, propia de Lucas, a la que llaman “el viaje a Jerusalén”. En Lc 9,51 se nos dice que “Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”, y este largo viaje durará diez capítulos del evangelio, hasta Lc 18,14.

Ha llegado para Jesús la hora “de ser llevado al cielo”. Ha terminado su predicación en Galilea, y todo va a ser desde ahora “subida” a Jerusalén, o sea, hacia los grandes acontecimientos de su muerte y resurrección. De paso va a ir adoctrinando a sus discípulos sobre cómo tiene que ser su seguimiento.

El primer episodio en el camino les pasa cuando tienen que atravesar territorio samaritano y no les reciben bien (porque los samaritanos no pueden ver a los judíos, sobre todo si van a Jerusalén). La reacción de Santiago y Juan es drástica: ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos? Se repite la reacción del profeta Elías, que hace bajar fuego del cielo contra los sacerdotes del dios Baal. Jesús, una vez más, les tiene que corregir, y duramente: “no sabéis de qué espíritu sois”.

b) Una primera interpelación de este pasaje es, para nosotros, la decisión con que Jesús se dirige a cumplir la misión para la que ha venido. Sabe cuál es su camino y se dispone con generosidad a seguirlo, a pesar de que le llevará a la cruz.

¿Somos conscientes de dónde venimos y a dónde vamos, en nuestra vida? Nuestro seguimiento de Cristo ¿es tan lúcido y decidido, a pesar de que ya nos dijo que habremos de tomar la cruz cada día e ir detrás de él?

También podemos dejarnos interrogar sobre nuestra reacción cuando algo nos sale mal, cuando experimentamos el rechazo por parte de alguien: ¿somos tan violentos como los “hijos del trueno”, Santiago y Juan, que nada menos que quieren que baje un rayo del cielo y fulmine a los que no les han querido dar hospedaje? ¿reaccionamos así cuando alguien no nos hace caso o nos lleva la contra? La violencia no puede ser nuestra respuesta al mal.

Jesús es mucho más tolerante. No quiere -según la parábola que él mismo les contó- arrancar ya la cizaña porque se haya atrevido a mezclarse con el trigo. El juicio lo deja para más tarde. De momento, “se marcharon a otra aldea”. Como hacía Pablo, cuando le rechazaban en la sinagoga y se iba a los paganos, o cuando le apaleaban en una ciudad y se marchaba a otra.

Si aquí no nos escuchan, vamos a otra parte y seguiremos evangelizando, allá donde podamos. Sin impaciencias. Sin ánimo justiciero ni fiscalizador. Sin dejarnos hundir por un fracaso. Evangelizando, no condenando: “porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder, sino a salvar”.

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1 de octubre.

Lisieux, Francia

Lecturas de mañana Domingo 26º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,25-28):

Así dice el Señor: «Comentáis: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 24,4bc-5.6-7.8-9

R/. Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando. R/.

Recuerda, Señor,
que tu ternura y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,1-11):

Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (21,28-32), del domingo, 1 de octubre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Palabra del Señor

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Homilía para el XXVI domingo durante el año A

Para Dios, la gente no está dividida en dos categorías: los buenos y los malos. Para Él, todos somos hijos e hijas, todos somos pecadores, en camino, siempre capaces de caer de nuevo, pero también siempre llamados a una nueva conversión y entonces capaces también de ella.

En la sociedad en la que Jesús vivía, los “pecadores” no eran solamente algunas personas que habían cometido cualquier pecado grave. Era una clase social. En realidad eran proscriptos. Aquel que por una razón u otra, se había desviado de la ley y de las costumbres tradicionales de la clase media (que estaba constituida por las personas educadas y virtuosas, los escribas y fariseos) era apartado a una clase inferior. Los pecadores eran una clase social bien definida, la misma clase social de los pobres en el sentido amplio de la palabra.

Esta clase incluía a todos aquellos que tenían una profesión inmoral o impura: las prostitutas (en sentido estricto no es una profesión, se asimila porque se usa para ganarse la vida), los recolectores de impuestos y los usureros. Incluía también a todos los que no pagan el diezmo a los sacerdotes y aquellos que no eran diligentes con el descanso del sábado y la pureza ritual. Las leyes y las costumbres en estas materias eran complicadas, tanto que las personas sin instrucción estaban incapacitadas de entender lo que se esperaba de ellos. Los ignorantes, sin instrucción, eran inevitablemente sin ley e inmorales, considerados por los Fariseos como pecadores.

Era casi imposible salir de esta situación. Teóricamente, la prostituta podía ser purificada, pero a través de un elaborado proceso de penitencia, de purificación y de expiación. Pero esto costaba mucho dinero y evidentemente no podía usar el dinero que ganaba con su oficio. Igualmente de los recaudadores de impuestos, se esperaba que renunciasen a su oficio y que restituyeran todo, lo cobrado de más, sumando una quinta parte a todas las personas que habían defraudado. La persona sin instrucción debía pasar a través de un largo proceso de enseñanza antes que pudiese ser considerada purificada. Concretamente ser un pecador era el destino de ciertas personas. Algunos estaban destinados a esta inferioridad por el destino o por Dios, según la mentalidad de la época. En este sentido los pecadores eran prisioneros. Se les quitaba toda forma de respetabilidad en una sociedad muy preocupada por las clases.

¿Qué hacía Jesús? Se mezclaba con los pecadores y así restablecía su respetabilidad. Hacía esfuerzos por mezclarse socialmente con los recaudadores de impuestos y las prostitutas. Comía con ellos. Y cada vez que manifestaban la más mínima apertura de corazón, Jesús les decía que sus pecados le son perdonados. La palabra griega perdonar significa remitir, desatar, liberar. Perdonar a alguien es librarlo de la dominación de su historia pasada. Cuando Dios perdona, Él ignora el pasado de la persona a la que perdona, y suprime las consecuencias presentes o futuras de las transgresiones, en orden a la culpa (la pena no siempre, si uno mató y está preso, esa consecuencia no la suprime). Pero lo importante es que el perdón es de presente y mira al futuro. ¡No peques más, empieza una vida nueva, te solté, no te ates de nuevo! Qué distinto esta actitud a la tontería que muchos predicadores acomodaticios de hoy endilgan a Jesús, alguno diría: “si Jesús hoy ve a la prostituta le dice seguí trabajando, al matrimonio igualitario te bendigo” y así en todo, la conversión, la corrección de la vida, la elección del bien nunca.

Los gestos de amistad de Jesús hacia estas personas manifiestan claramente lo que tenía en la mente. Ignoraba, no tenía en cuenta, el pasado de estas personas. Las consideraba eso mismo: personas que no tenían más deudas con Dios, y que, por eso no merecían más ser rechazadas o castigadas. Estaban perdonadas, para que ese perdón les cambie la vida.

No solamente con las palabras del Evangelio de hoy, sino también con su comportamiento general Jesús proclama que alguien que dice “no” a Dios es capaz con la gracia de Él, de transformar ese “no” en un “si”, mientras que alguno que al momento dice “si”, o que piensa hacerlo, no debe gloriarse, porque este “si” es todavía más frágil cuando se es soberbio.

Mucha gente dice sí siempre, en cualquier circunstancia y en todas partes. Y todo termina ahí.

Una obediencia aparatosa con frecuencia es “sospechosa”. Surge la duda legítima de si no es un recurso sutil para esquivar las tareas más ingratas.

Se proclama a voces la propia fidelidad, y se condenan duramente las infidelidades ajenas (con frecuencia solamente verbales), para ganar una zona franca, un camino de huida, donde al resguardo de palabras solemnes, se conceden todas las evasiones, se cultiva lo que agrada.

Al Padre, después de la confusión de muchos ‘sí’ que son no, y ‘no’ que son sí, le guste escuchar el silencio de un hijo plenamente obediente (ob-audire = escuchar) y apreciar el ruido de los pasos (en dirección a la viña no a la plaza), y se fía del rumor de la pala que hunde el hierro en el terreno.

Hacen falta palabras para hacer saber que “no quiero”, pero basta mi espalda doblada para informar que un hijo ha dejado pasar de la boca al corazón la voluntad del Padre.

El domingo pasado decíamos que Pablo se encontraba con la comunidad de Filipos como con amigos, por eso estaba gozoso.

Como se desprende de la segunda lectura Pablo no sueña una comunidad ideal, desbordante de fe, esperanza y amor. Se conforma con que en la Iglesia de Filipos haya al menos un “poco” de fe, de esperanza y amor. Un poco de concordia. Un poco de decencia. Con tal de que ese “poco” sea verdadero.

Exige a sus parroquianos de Filipos que sean al menos “un poco” cristianos. Pero que, en relación a ese “poco”, lo sean de verdad. Entonces se percibe el mensaje del Evangelio del domingo pasado: los que trabajaron todo el día deben estar más contentos, que el que trabajó una hora, y no quejarse porque estos trabajando menos recibieron lo mismo.

A veces basta el “poco” para distinguir a la Iglesia de los otros grupos humanos. Si ese “poco” existe se tiene que ver. Y muestra que Jesús salva al hombre porque toca la comunidad.

Sí, ese Cristo que ha emprendido una carrera descendente de expoliación, de no prestigio, de humillación, de entrega, de servicio, de pérdida de sí mismo, y que ahora, después de haber tocado el punto límite de abajamiento, ha sido exaltado por Dios y ha recibido de Él el nombre-sobre-todo-nombre.

A pesar de las declaraciones solemnes que parecen afirmar lo contrario, a la Iglesia le bastan “pocas cosas” para que sea lo que está llamada a ser y se distinga de los otros. Pero esas “pocas cosas” tienen que ser distintas de los discursos y las proclamas (miren lo paradójico de esto, hoy la homilía me está saliendo más extensa).

Mil palabras, centenares de documentos o declaraciones solemnes no hacen un sí. También porque el sí no es una palabra. Es la vida vivida a la luz de Dios.

Que María, nuestra Madre, Virgen del Sí, nos enseñe a pronunciarlo con nuestra vida.

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Teresa del Niño Jesús, Santa
Teresa de Lisieux

Virgen y Doctora de la Iglesia

Martirologio Romano: Memoria de santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, que entró aún muy joven en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Lisieux, llegando a ser maestra de santidad en Cristo por su inocencia y simplicidad. Enseñó el camino de la perfección cristiana por medio de la infancia espiritual, demostrando una mística solicitud en bien de las almas y del incremento de la Iglesia, y terminó su vida a los veinticinco años de edad, el día treinta de septiembre ( 1897)

Fecha de canonización: 17 de mayo de 1925, por el Papa Pío XI

Breve Biografía

Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux. Sencillez y perfección en las cosas pequeñas, la Iglesia le dedica este día para que la conozcamos y tratemos de imitar sus virtudes de delicadeza y pefección en las cosas pequeñas.

Hay dos santas con el mismo nombre: Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux y Santa Teresa de Ávila (15 de Octubre). Ambas fueron monjas carmelitas, nos dejaron una autobiografía y son santas doctoras de la Iglesia.

María Francisca Teresa (Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux) nació el 2 de Enero de 1873 en Francia. Hija de un relojero y una costurera de Alençon. Tuvo una infancia feliz y ordinaria, llena de buenos ejemplos. Teresita era viva e impresionable, pero no particularmente devota.

En 1877, cuando Teresita tenía cuatro años, murió su madre. Su padre vendió su relojería y se fue a vivir a Lisieux donde sus hijas estarían bajo el ciudado de su tía, la Sra. Guerin, que era una mujer excelente. Santa Teresita era la preferida de su padre. Sus hermanas eran María, Paulina y Celina. La que dirigía la casa era María y Paulina que era la mayor se encargaba de la educación religiosa de sus hermanas. Les leía mucho en el invierno.

Cuando Teresita tenía 9 años, Paulina ingresó al convento de las carmelitas. Desde entonces, Teresita se sintió inclinada a seguirla por ese camino. Era una niña afable y sensible y la religión ocupaba una parte muy importante de su vida.

Cuando Teresita tenía catorce años, su hermana María se fue al convento de las carmelitas igual que Paulina. La Navidad de ese año, tuvo la expeirencia que ella llamó su “conversión”. Dice ella que apenas a una hora de nacido el Niño Jesús, inundó la oscuridad de su alma con ríos de luz. Decía que Dios se había hecho débil y pequeño por amor a ella para hacerla fuerte y valiente.
Al año siguiente, Teresita le pidió permiso a su padre para entrar al convento de las carmelitas y él dijo que sí. Las monjas del convento y el obispo de Bayeux opinaron que era muy joven y que debía esperar.

Algunos meses más tarde fueron a Roma en una peregrinación por el jubileo sacerdotal del Papa León XIII. Al arrodillarse frenta al Papa para recibir su bendición, rompió el silencio y le pidió si podía entrar en el convento a los quince años. El Papa quedó impresionado por su aspecto y modales y le dijo que si era la voluntad de Dios así sería

Teresita rezó mucho en todos los santuarios de la peregrinación y con el apoyo del Papa, logró entrar en el Carmelo en Abril de 1888. Al entrar al convento, la maestra de novicias dijo; “ Desde su entrada en la orden, su porte tenía una dignidad poco común de su edad, que sorprendió a todas las religiosas.” Profesó como religiosa el 8 de Septiembre de 1890. Su deseo era llegar a la cumbre del monte del amor.

Teresita cumplió con las reglas y deberes de los carmelitas. Oraba con un inmenso fervor por los sacerdotes y los misioneros. Debido a esto, fue nombrada después de su muerte, con el título de patrona de las misiones, aunque nunca habia salido de su convento.

Se sometió a todas las austeridades de la orden, menos al ayuno, ya que era delicada de salud y sus superiores se lo impidieron. Entre las penitencias corporales, la más dura para ella era el frío del invierno en el convento. Pero ella decía “Quería Jesús concederme el martirio del corazón o el martirio de la carne; preferiría que me concediera ambos.” Y un día pudo exclamar “He llegado a un punto en el que me es imposible sufrir, porque todo sufrimiento es dulce.”

En 1893, a los veinte años, la hermana Teresa fue nombrada asistente de la maestra de novicias. Prácticamente ella era la maestra de novicias, aunque no tuviera el título. Con respecto a esta labor, decía ella que hacer el bien sin la ayuda de Dios era tan imposible como hacer que el sol brille a media noche.

Su padre enfermó perdiendo el uso de la razón a causa de dos ataques de parálisis. Celina, su hermana, se encargó de cuidarlo. Fueron unos año difíciles para las hijas. Al morir el padre, Celina ingresó al convento con sus hermanas.

En este mismo año, Teresita se enfermó de tuberculosis. Quería ir a una misión en Indochina pero su salud no se lo permitió. Sufrió mucho los últimos 18 meses de su vida. Fue un período de sufrimiento corporal y de pruebas espirituales. En junio de 1897 fue trasladada a la enfermería del convento de la que no volvió a salir. A partir de agosto ya no podía recibir la Comunión debido a su enfermedad y murió el 30 de Septiembre de ese año. Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. Se le presenta como una monja carmelita con un crucifijo y rosas en los brazos. Ella decía que después de su muerte derramaría una lluvia de rosas.
El culto a esta santa comenzó a crecer con rapidez. Los milagros hechos gracias a su intercesión atrajeron a atención de los cristianos del mundo entero.

Escribió el libro “Historia de un alma” que es una autobiografía. Escribe frases preciosas como éstas en ese libro: “Para mí, orar consiste en elevar el corazón, en levantar los ojos al cielo, en manifestar mi graitud y mi amor lo mismo en el gozo que en la prueba.”; “Te ruego que poses tus divinos ojos sobre un gran número de almas pequeñas.” Teresita se contaba a sí misma entre las almas pequeñas, decía “Yo soy un alma minúscula, que sólo puede ofrecer pequeñeces a nuestro Señor.”

¿Qué nos enseña Santa Teresita?

Nos enseña un camino para llegar a Dios: la sencillez de alma. Hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días. Tener detalles de amor con los que nos rodean. Esta es la “grandeza” de Santa Teresita. Decía: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra.”El secreto es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestro Padre. Tener una actitud de niño al amar a Dios, es decir, amarlo con simplicidad, con confianza absoltua, con humildad sirvendo a los demás. Esto es a lo que ella llama su “caminito”. Es el camino de la infancia espiritual, un camino de confianza y entrega absoluta a Dios.

Nos enseña a servir a los demás con amor y perfección viendo en ellos a Jesús. Toda su vida fue de servicio a los demás. Ser mejores cada día con los demás en los detalles de todos los días.

Nos enseña a tener paciencia ante las dificultades de la vida. Su enfermedad requi-rió de mucha paciencia y aceptación. Sólo estando cerca de Dios el sufrimiento se hace dulce.

Nos enseña a tener sentido del humor ante lo inevitable. Dicen que durante la meditación en el convento, una de las hermanas agitaba su rosario y esto irritaba a Santa Teresita. Decidió entonces en lugar de tratar de no oir nada, escuchar este ruido como si fuera una música preciosa. En nuestras vidas hay situaciones o acciones de los demás que nos molestan y que no podemos evitar. Debemos aprender a reirnos de éstas, a disfrutarlas por que nos dan la oportunidad de ofrecer algo a Dios.

Nos enseña que podemos vivir nuestro cielo en la tierra haciendo el bien a los que nos rodean. Actuar con bondad siempre, buscando lo mejor para los demás. Esta es una manera de alcanzar el cielo.

Nos enseña a ser sencillos como niños para llegar a Dios. Orar con confianza, con simplicidad. Sentirnos pequeños ante Dios nuestro Padre.

Oración
Virgen María y Santa Teresita, ayúdenme a tener más amor a Dios para servir mejor a los que me rodean.

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30 de septiembre.

SAN JERÓNIMO

 († 420)

La Iglesia ha reconocido a San Jerónimo como Doctor Máximo en exponer las Sagradas Escrituras. Tampoco se le puede negar el título de Doctor de los ayunos. Fue admirado ya por sus contemporáneos como el varón trilingüe, por sus conocimientos del latín, del griego, del hebreo. La Edad Media se entusiasmó con sus cartas ascéticas a clérigos, monjes, vírgenes y viudas, en las que trataba el ideal de la cristiana perfección. Hoy mismo, más que sus trabajos bíblicos, superados por el incesante avance de la ciencia, siguen deleitándonos sus epístolas y sus polémicas, sus vidas de Pablo, Malco e Hilarión, es decir, aquellos escritos en que se revela más espontáneamente —el estilo del hombre— el temperamento y la personalidad de San Jerónimo. Y aquí, precisamente, es donde radica la dificultad para tejer su semblanza crítica, no su panegírico.

Ya en el siglo XVI, el gran escritor español Juan José de Sigüenza, en su Vida de San Jerónimo —la primera escrita en castellano—, tuvo que defenderlo de quienes reparaban en “que tiene mucha libertad en el decir, que es muy desenvuelto para santo”. Por otra parte, se ha llegado a decir en nuestros días que algunos pasajes de sus obras completas quizá no hubieran sido aprobados en un proceso moderno de canonización.

Ciertamente, la vida de Jerónimo, seguida paso a paso a través de los abundantes fragmentos autobiográficos de su obra escrita, nos da la clave para interpretar su santidad de la mejor ley. En sus escandalosas invectivas, así como en sus criticas mordaces y sus polémicas ofensivas, había mucho de “literatura”, esto es, “adornos retóricos” para impresionar a los lectores. Si esto se juzga defecto o sombra, error o debilidad, habrá que achacarlos al “hombre viejo”, al literato ciceroniano que pugnaba por salirse a través de su pluma. En todo caso, su entusiasmo por la Iglesia y por la ciencia, su tenaz lucha por alcanzar la perfección monástica, su entrega total a las tareas bíblicas, renunciando a su innata vocación a la literatura profana, hacen de Jerónimo un santo extraordinario, único en su género, tal vez más admirable que fácilmente imitable.

Había nacido, en la primera mitad del siglo IV, en Stridón (Dalmacia). Su padre, Eusebio, gozaba de buena posición. Pudo, pues, enviar a su hijo a Roma para que estudiara allí con los mejores maestros. Jerónimo, casi un niño, destacó entre los alumnos del célebre gramático Elio Donato. Luego estudió retórica y filosofía. A medida que avanzaba en los saberes, crecía en él la afición a los libros. Comenzó entonces a formar su propia biblioteca; unas veces compraba los códices y otras era él mismo quien se los copiaba. Iba así aumentando su rica colección de autores profanos, su tesoro, como él reconocerá más tarde.

Durante esta época de estudiante romano, Jerónimo no estaba bautizado; era solamente catecúmeno y le gustaba visitar, con sus amigos, las catacumbas. Nada, empero, tiene de extraño que, lejos de las paternas miradas, se dejase arrastrar también, en alguna ocasión, por las malas influencias del ambiente. Las cenas entre amigos jóvenes, bien rociadas con vino, hacían peligrar la castidad de los ebrios. “jamás juzgaré casto al ebrio —escribía Jerónimo desde Belén—; dirá cada cual lo que quiera; yo hablo según mi conciencia: sé que a mí la abstinencia omitida me ha dañado, y recobrada me ha aprovechado.”

Al terminar sus estudios, recibió en Roma el bautismo. Comenzó entonces una etapa viajera. Fue a Francia y entró en contacto con la colonia monástica de Tréveris. Estuvo luego en Aquilea. Súbitamente, se le ocurrió peregrinar a Jerusalén. Cortó de un tajo todos los lazos que le unían a Occidente: casa, padres, hermana, parientes; y —lo que aún le costó más— dejó la costumbre de una alimentación variada, para trocarla por una dieta de ayuno cotidiano. Sólo se llevó consigo sus libros, “la biblioteca que con enorme esfuerzo y trabajo logré reunir en Roma”.

Fue precisamente en Antioquía de Siria, a mitad de la Cuaresma, cuando una gravísima avitaminosis —un beriberi— estuvo a punto de poner fin a su vida. Durante el delirio de su enfermedad, soñó que le azotaban por ser ciceroniano. Al despertar, sintió el dolor de las heridas y sus espaldas acardenaladas. Y él mismo se las había causado, en la agitación del ensueño, al chocar su piel adelgazada y ser comprimida entre el duro suelo y sus costillas. Juró Jerónimo en aquella ocasión no volver a leer más los códices paganos. Comprendió que era necedad ayunar para estudiar a Marco Tulio. Su vocación innata de escritor estaba en crisis. Había que renunciar a los caminos de la gloria humana que le brindaba su dominio de los clásicos latinos. Era preciso, para ser fiel a la nueva llamada, entregarse al estudio de la divina palabra. La decisión de Jerónimo fue inquebrantable: el literato en ciernes se transformaría en filólogo. Profundizó el estudio del griego y, más tarde, en la soledad del desierto, con un esfuerzo sobrehumano, aprendió el hebreo con un maestro judío. La gracia había venido en ayuda de la naturaleza. La literatura profana podía despedirse de contar un clásico entre sus filas; ganaban, en cambio, el cielo, al santo penitente, la Iglesia, al Doctor Máximo de las Escrituras; la literatura cristiana, al hombre más culto y erudito de su siglo.

Apenas repuesto de su beriberi, en la misma Antioquía, comenzó Jerónimo a escribir para el público de Occidente.

Fueron al principio cartas dirigidas a los amigos, pero destinadas a la publicidad. Poco después se trasladó al desierto de Calcis, donde hizo vida de anacoreta. Los primeros días, entregado de lleno a la oración y el ayuno, se vio envuelto en un mar de tentaciones. Su cuerpo, débil por las abstinencias y convaleciente de la avitaminosis, se estremecía con el recuerdo de las danzas romanas. La temperatura subnormal, típica del hambre, enfrió su cuerpo. Sin embargo, seguían hirviendo en su mente los incendios libidinosos. Esto indignaba al eremita y provocaba sus golpes de pecho, una noche tras otra, sin dormir apenas. Aquel fugaz episodio ha servido de inspiración para toda la iconografía jeronimiana. Lienzos y estatuas en iglesias y museos nos presentan al Santo semidesnudo, sarmentoso, golpeando con una piedra su pecho, el león a sus pies, la cueva por habitación, la soledad por paisaje. Sin embargo, aquellas vehementes tentaciones desaparecieron pronto; tan pronto como Jerónimo comenzó en serio el estudio del hebreo. Le costó, se desesperó, lo echó a rodar y, por la porfía de aprender, volvió a comenzarlo de nuevo. Reanudó, pues, sus tareas intelectuales; mandó buscar los libros que necesitaba; se rodeó de copistas, siguió escribiendo. De esta época son la Carta a Heliodoro, donde canta las excelencias de la vida solitaria, así como la Vida de Pablo, el primer ermitaño, en la que la fantasía del autor suplió maravillosamente la falta de información de las fuentes.

Poco más de treinta años contaría Jerónimo cuando se dejó ordenar sacerdote por el obispo Paulino de Antioquía, pero a condición de seguir siendo monje, esto es, solitario, y no dedicarse al servicio del culto. Después trató en Constatinopla con San Gregorio Nacianceno e hizo también amistad con San Gregorio de Nisa.

Hacia el año 382, invitado por el papa San Dámaso, Jerónimo se trasladó a Roma. Llegó a ser secretario del anciano Papa y hasta se habló de que sería su sucesor. Recibió el encargo de revisar el texto de la Sagrada Escritura. Ya no cesó de ocuparse de trabajos bíblicos. Hasta que se extinga su vida, en el retiro de Belén, irá acumulando códices, cotejando textos, para darnos su versión del hebreo.

Tres años duró esta estancia de Jerónimo en Roma y durante ella pasó un verdadero calvario. Al principio, con fama de sabio y de santo, todos se inclinaban respetuosamente a su paso. Pero quiso extender su apostolado a un grupo de damas pertenecientes a la nobleza romana. Ayunar diariamente, abstenerse de carne y de vino, dormir en el suelo, es decir, el más severo ascetismo oriental implantado en el corazón de Roma. Tal era el programa de las penitencias exteriores a las que se sometieron gustosas las viudas Marcela y Paula, así como la hija de ésta, Eustoquio. Por otra parte, llevado de su amor a las Escrituras, Jerónimo dio a sus discípulas lecciones bíblicas; les enseñó el hebreo para que pudieran cantar los Salmos en su lengua original; les aconsejó que tuvieran día y noche el libro sagrado en la mano. Las murmuraciones fueron surgiendo solapadamente. Jerónimo, ajeno a la tempestad que le rodeaba, quiso corregir los escándalos que veía a su alrededor. En la Carta sobre la virginidad, que escribió a su discípula Eustoquio, lanzó críticas mordaces sobre los abusos del clero romano. La tormenta estalló cuando murió la joven Blesila, otra hija de Paula. Era una viuda muy joven, y cuando todos esperaban que se volvería a casar, fue convertida por Jerónimo. Su noviciado, por decirlo así, sólo duró tres meses, porque murió apenas iniciada su vida ascética. En sus funerales, el público gritó contra “el detestable género de los monjes” y le acusó de haber provocado con los ayunos la muerte de la amable y noble joven.

Jerónimo, consternado, tuvo que abandonar Roma y emprender el camino de Jerusalén. Poco después, se reunía en Oriente con Paula y Eustoquio, “quiera o no el mundo, mías en Cristo”. Juntos visitaron los Santos Lugares; llegaron a Alejandría, al desierto de Nistria. Hacia el año 386 se establecieron definitivamente en Belén. Con el rico patrimonio de Paula pudieron construir tres monasterios femeninos y uno de hombres, dirigido por Jerónimo. Se agregó más tarde una hospedería para los peregrinos y una escuela monacal, en la que Jerónimo explicaba los autores clásicos.

Aquellos siete lustros pasados en el retiro de Belén fueron de incansable actividad literaria. Rodeado de una magnífica biblioteca, el sabio penitente seguía leyendo y escribiendo día y noche. Sólo cuando las repetidas enfermedades, avitaminosis ocasionadas por sus abstinencias, le impedían escribir, dictaba a vuela pluma a sus taquígrafos, sin retocar el escrito. Junto a sus trabajos bíblicos sobre el texto de la Sagrada Escritura, que culminaron en la versión del hebreo, hay que señalar sus comentarios a los profetas, a San Pablo, al evangelio de San Mateo, Fue también traductor excelente de Orígenes, de la Crónica de Eusebio, de Dídimo el Ciego, de las reglas de Pacomio. Las polémicas en que se vio envuelto Jerónimo no tienen parangón en la literatura cristiana. Escribió contra Elvidio, que negaba la perpetua virginidad de María; contra Joviniano, que negaba la superioridad del estado virginal sobre el matrimonio y proclamaba la inutilidad de las prácticas ascéticas; contra Vigilancio, que atacaba el culto de los santos y de las reliquias; contra los pelagianos; contra su antiguo amigo Rufino y contra Juan de Jerusalén, en aquella desdichada controversia origenista. En esas paginas polémicas es donde abundan las invectivas que ensombrecen los escritos del monje de Belén.

He aquí una muestra en el libro contra Joviniano: “Sólo nos resta —escribía Jerónimo al fin de la polémica— que nos dirijamos a nuestro Epicuro, metido en su jardín, entre adolescentes y mujerzuelas. Te apoyan los gordinflones, los de reluciente cutis, los que visten de blanco…; a cuantos viere guapetones, a cuantos se rizan el cabello, a los que vea con cara sonrosada, de tu rebaño serán, o mejor, gruñen entre tus puercos… Tienes también en tu ejército muchísimos que añadir a la centuria…: los gordos, los peinados y perfumados, los elegantes, los charlatanes, que te pueden defender con sus puños y sus patadas. A ti te ceden el paso en la calle los nobles; los ricos besan tu cabeza. Porque, si tú no hubieras venido, los borrachos y los que eructan no podrían entrar en el paraíso.” Cierto que en estos insultos personales hay mucho de retórica para desarmar con el ridículo al hereje; es verdad también que el tono oratorio se prestaba a exagerar las frases para que produjeran mayor efecto en los lectores. Muchos enemigos se creó, empero, el erudito por aquellos desahogos de su cáustica pluma. Lo que no podemos dudar un momento es de la buena intención con que Jerónimo luchó siempre en defensa de la ortodoxia, de la virginidad, del ascetismo.

Precisamente en sus cartas de Belén y en las homilías que predicaba a sus monjes se nos aparece un Jerónimo menos impulsivo, menos irónico, más moderado, más humano, más deseoso de vivir en paz que lo que muestran sus polémicas. La bella Epístola a Nepociano sobre los deberes de los clérigos, los panegíricos de sus amigos difuntos, sobre todo el de la viuda Paula; las cartas de dirección a monjes y vírgenes, forman una corona de prudentes consejos, de sabias enseñanzas, de cálidas exhortaciones a la virtud y a la perfección.

“Me pides a mí, carísimo Nepociano, en carta de la otra parte del mar, que redacte para ti, en un pequeño volumen, los preceptos del vivir y con que proceder aquel que, abandonada la milicia del siglo, tratare de ser monje o clérigo, debe ir por el recto camino a Cristo para no ser arrastrado a los apartaderos de los vicios.” Y líneas más abajo: “Imponte solamente el modo de ayunar que puedas tolerar.” “Por experiencia he aprendido —dice en otra de sus cartas— que el asnillo, cuando se fatiga en el camino, busca el pesebre.” Y en la carta a Demetríades: “No te imperamos, en verdad, los ayunos inmoderados ni las enormes abstinencias de los alimentos, con las cuales se quebrantan en seguida los cuerpos delicados y empiezan a enfermar antes de que echen los fundamentos de la santa conversión…; el ayuno no es la perfecta virtud, sino el fundamento de las demás virtudes.”

Con idéntica moderación va señalando Jerónimo, en esos escritos de dirección de las almas, los peligros de la vida solitaria, la necesidad de un director experto, del vencimiento del orgullo, de las buenas obras, sin las cuales las mismas vírgenes, según la parábola del Evangelio, son excluidas, por tener sus lámparas apagadas.

Las invasiones de los bárbaros, la ruina del Imperio, el asalto de su propio monasterio por los herejes, la repentina muerte de su cara Eustoquio, fueron dejando huella en el anciano septuagenario. Murió hacia el 20 de septiembre del año 420. Así fue, en efecto, la vida y la obra de aquel dálmata fogoso, que logró domeñar sus pasiones con las más severas abstinencias y acertó a encauzar su ambición literaria convirtiendo su pecho en la biblioteca de Cristo.

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26 de septiembre. Esta semana estamos los sacerdotes de Avellaneda-Lanús de retiro espiritual. Una oración por nosotros, gracias.

MARTES DE LA SEMANA 25ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Esdras (6,7-8.12b.14-20):

En aquellos días, el rey Darío escribió a los gobernantes de Transeufratina: «Permitid al gobernador y al senado de Judá que trabajen reconstruyendo el templo de Dios en su antiguo sitio. En cuanto al senado de Judá y a la construcción del templo de Dios, os ordeno que se paguen a esos hombres todos los gastos puntualmente y sin interrupción, utilizando los fondos reales de los impuestos de Transeufratina. La orden es mía, y quiero que se cumpla a la letra. Darío.»
De este modo, el senado de Judá adelantó mucho la construcción, cumpliendo las instrucciones de los profetas Ageo y Zacarías, hijo de Idó, hasta que por fin la terminaron, conforme a lo mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia. El templo se terminó el día tres del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas, sacerdotes, levitas y resto de los deportados, celebraron con júbilo la dedicación del templo, ofreciendo con este motivo cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabríos, uno por tribu, como sacrificio expiatorio por todo Israel. El culto del templo de Jerusalén se lo encomendaron a los sacerdotes, por grupos, y a los levitas, por clases, como manda la ley de Moisés. Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del mes primero; como los levitas se habían purificado, junto con los sacerdotes, estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los deportados, para los sacerdotes, sus hermanos, y para ellos mismos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 121,1-2.3-4a.4b-5

R/. Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R/.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (8,19-21):

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces lo avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»
Él les contestó: «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Esdras 6,7-8.12.14-20

a) Darío, sucesor de Ciro, sigue con su misma política de dejar bastante autonomía a los pueblos que pertenecen a su imperio, y favorece claramente, según el relato de hoy, que los judíos puedan reconstruir su templo. Los persas pensaban, como estrategia política, que se consigue mucho más teniendo contentos a los pueblos que oprimiéndolos innecesariamente. El relato deja entrever que los judíos habían encontrado dificultades por parte de los pueblos vecinos.

La fiesta de la Dedicación del templo -el año 515 antes de Cristo- fue solemne y colmó de alegría el corazón de los israelitas. Este templo era el segundo, después del de Salomón, y duraría hasta Herodes el Grande, que un poco antes de nacer Jesús lo reedificó completamente, y que a su vez duraría hasta que los romanos lo asolaron el año 70 de nuestra era.

A pesar de que esta reconstrucción no llegó a tener al esplendor del templo anterior, ¡qué emoción sentirían los israelitas, sobre todo los mayores, al volver a oír los cantos y al ver el esplendor de las ceremonias y las volutas de incienso subiendo hacia Dios!

No es extraño que el salmo, uno de los más conocidos también por nosotros, exprese estos sentimientos: “¡qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor… Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta”.

b) Después de la tempestad viene la calma. Ojalá también en nuestra propia vida, y en la de cada comunidad, tuviéramos, si hiciera falta, ánimos para una reconstrucción ilusionada.

Si nuestra historia personal ha dejado que desear, o se ha empobrecido una comunidad cristiana, o fallan las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, o la Iglesia atraviesa -como ha sucedido no pocas veces en la historia- por momentos de decadencia, siempre deseamos que Dios nos dé la fuerza suficiente para rehacernos. Nos costará, como les costó a aquella generación de los que volvieron del destierro. Nada se reconstruye sin esfuerzo y sacrificio.

El templo no era lo único que se reconstruía en aquel tiempo, pero era el mejor símbolo de la identidad histórica de Israel. Por eso el relato nos habla de cómo se reorganizó el culto y la celebración de la Pascua: era la gozosa vuelta a los buenos tiempos de la Alianza con Dios. También ahora, cuando hay que reconstruir muchas cosas humanas, sociales, de justicia y distribución de bienes, no olvidamos los valores religiosos y éticos, que pueden considerarse como el termómetro de la recta dirección de la tarea.

Ojalá también hoy se eleven voces proféticas, como las de Ageo y Zacarías, que se nombran en la lectura de hoy y que leeremos en días sucesivos, que inviten a nuestra sociedad a recapacitar y a no dejar perder los valores que constituyen nuestra mejor identidad humana y cristiana, y no sólo los materiales. Octubre para Argentina es un mes de elecciones, recemos para que todos seamos conscientes de nuestra fe y seamos ciudadanos que trabajemos por el bien común rechazando y luchando contra la corrupción.

Cuando celebramos, en el año litúrgico, las fiestas de la Dedicación de san Juan de Letrán o de la catedral de la diócesis o de la propia iglesia, los textos nos invitan a renovar cada año nuestra identidad eclesial: esas paredes son el símbolo exterior del edificio vivo que es la comunidad misma, destinada a alabar a Dios y a difundir su Palabra y celebrar sus sacramentos.

2. Lucas 8,19-21

a) Entre los muchos que seguían a Jesús, hoy aparecen también “su madre y sus hermanos”, o sea, María su madre y los parientes de Nazaret, que en lengua hebrea se designan indistintamente con el nombre de “hermanos”.

¿A qué vinieron? Lucas no nos lo dice. Marcos, en una situación paralela, interpreta la escena como que los familiares, asustados por lo que se decía de Jesús y las reacciones contrarias que hacían peligrar su vida, venían poco menos que a llevárselo, porque decían que “estaba fuera de sí” (Mc 3,20-21). Lucas, que parece conocer noticias más directas -¿de parte de la misma Virgen?- no le da esa lectura. Podían venir sencillamente a saludarle, a hacer acto de presencia junto a su pariente tan famoso, a alegrarse con él y a preocuparse de si necesitaba algo.

Jesús aprovecha la ocasión para decir cuál es su nuevo concepto de familia o de comunidad: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra”. No niega el concepto de familia, pero sí lo amplía, dando prioridad a los lazos de fe por encima de la sangre. Continúa, por tanto, el eco de la parábola que leíamos el sábado: la de la semilla que es la Palabra de Dios. Da fruto cuando se acoge bien y se pone en práctica.

b) La nueva comunidad de Jesús no va a tener como criterio básico la pertenencia a la misma raza o familia de sangre, sino la fe.

Ciertamente en el pasaje de Lucas no podrá entenderse esto como una desautorización de su madre, porque el mismo evangelista la ha puesto ya antes como modelo de creyente: “hágase en mí según tu palabra”. Al contrario: es una alabanza a su madre, en la que Jesús destaca, no tanto su maternidad biológica, sino su cercanía de fe. Su prima Isabel la retrató bien: “dichosa tú, porque has creído”.

Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según este nueva clave: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados como ministros, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo. Pero todos, sacerdotes, religiosos o casados, el cristiano católico en cualquier estado, debemos servir a esa “super-familia” de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conocen y le siguen.

__________________

SANTOS COSME Y DAMIÁN

 (c. 300)

Con los santos populares de los primeros siglos la leyenda ha hecho estragos. De tal manera ha embrollado sus vidas, que ahora nos resulta poco menos que imposible desenmarañar la madeja.

 Si fueron santos que, además, tuvieron mucho culto, que vieron surgir en honor suyo numerosas iglesias, que favorecieron con el beneficio de sus milagros a los fieles que se encomendaban a ellos, entonces la cosa se complica, hasta el punto de que podamos encontrarlos sufriendo el martirio en poblaciones distantes o hallar sus cuerpos enterrados en santuarios diferentes.

 Todo se comprende partiendo de la devoción popular, que pedía detalles, anécdotas, referencias concretas, y si eran prodigiosas, mejor.

 Y nunca faltaban quienes se prestasen a saciar este ansia de noticias. No con mala intención, sino simplemente para glorificar al santo bendito. Eran tiempos en que el concepto de lo histórico no tenía un significado tan riguroso como en nuestros días.

 Por eso, al comenzar la semblanza de San Cosme y San Damián habremos de desbrozar primero el terreno para quedarnos con el hecho cierto de su existencia, atestiguado por la enorme extensión de su culto, que alcanzó de Oriente a Occidente,

 Lo que refieren las gesta Cosmae et Damiani merece poco crédito. Queden como ejemplo típico de leyendas hagiográficas, a las que el padre Delehaye dio hace ya años el golpe de muerte. Es verdad que todavía las recoge el segundo nocturno de maitines de su oficio litúrgico. Eso quiere decir únicamente la penosa tarea que tiene delante la Comisión Histórica de la Sagrada Congregación de Ritos antes de proceder a una reforma del breviario. Actualmente .nos sirven de resumen de las pasadas tradiciones, a través de las cuales se percibe lo fabuloso. Veamos lo que dice el martirologio romano de estos Santos:

 “En Egea, ciudad del Asia Menor, los dos santos hermanos Cosme y Damián, que en la persecución de Diocleciano sufrieron diversos tormentos, pues como hubiesen sido cargados de cadenas, arrojados a la cárcel, pasados por el agua y por el fuego, crucificados y por fin asaeteados, sin experimentar daño alguno gracias al auxilio divino, acabaron siendo decapitados hacia el año 300”.

 Las lecciones del oficio dicen además que “eran médicos muy distinguidos, que tanto como por sus conocimientos en medicina curaban con la virtud de Cristo, aun aquellas enfermedades que se consideraban incurables”.

 La tradición constante los designa con el calificativo agua y por el fuego, crucificados y por fin asaeteados, sin exigir honores por sus servicios.

 Pero aquí surge otra vez la duda: ¿fueron médicos en el sentido profesional de la palabra, o fueron más bien médicos sobrenaturales en virtud de las sanaciones milagrosas debidas a su intercesión después de muertos?

 Esto segundo parece más probable y contribuyó eficazmente a la asombrosa propagación de su culto. Ya San Gregorio de Tours, en su libro De gloria martyrium, escribe:

 “Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, espantaban las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones… Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer, y luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que con lo dicho es suficiente”.

 A pesar de las referencias del martirologio y el breviario, parece más seguro que ambos hermanos fueron martirizados y están enterrados en Cyro, ciudad de Siria no lejos de Alepo. Teodoreto, que fue obispo de Cyro en el siglo V, hace alusión a la suntuosa basílica que ambos Santos poseían allí. Desde la primera mitad del siglo V existían dos iglesias en honor suyo en Constantinopla, habiéndoles sido dedicadas otras dos en tiempos de Justiniano. También este emperador les edificó otra en Panfilia. En Capadocia, en Matalasca, San Sabas († 531) transformó en basílica de San Cosme y San Damián la casa de sus padres. En Jerusalén y en Mesopotamia tuvieron igualmente templos. En Edesa eran patronos de un hospital levantado en 457, y se decía que los dos Santos estaban enterrados en dos iglesias diferentes de esta ciudad monacal.

 En Egipto, el calendario de Oxyrhyrico del 535 anota que San Cosme posee templo propio. La devoción copta a ambos Santos siempre fue muy ferviente.

 En San Jorge de Tesalónica aparecen en un mosaico con el calificativo de mártires y médicos. En Bizona, en Escitia, se halla también una iglesia que les levantara el diácono Estéfano.

 Pero tal vez el más célebre de los santuarios orientales era el de Egea, en Cilicia, donde nació la leyenda llamada “árabe”, relatada en dos pasiones, y es la que recogen nuestros actuales libros litúrgicos.

 Estos Santos, que a lo largo del siglo V y VI habían conquistado el Oriente, penetraron también triunfalmente en Occidente. Ya hemos referido el testimonio de San Gregorio de Tours. Tenemos testimonios de su culto en Cagliari (Cerdeña), promovido por San Fulgencio, fugitivo de los bárbaros. En Ravena hay mosaicos suyos del siglo VI y VII.

 El oracional visigótico de Verona los incluye en el calendario de santos que festejaba la Iglesia de España.

 Mas donde gozaron de una popularidad excepcional fue en la propia Roma, llegando a tener dedicadas más de diez iglesias. El papa Símaco (498-514) les consagró un oratorio en el Esquilino, que posteriormente se convirtió en abadía. San Félix IV, hacía el año 527, transformó para uso eclesiástico dos célebres edificios antiguos, la basílica de Rómulo y el templum sacrum Urbis, con el archivo civil a ellos anejo, situados en la vía Sacra, en el Foro, dedicándoselo a los dos médicos anárgiros.

 Tan magnífico desarrollo alcanzó su culto, por influjo sobre todo de los bizantinos, que, además de esta fecha del 27 de septiembre, se les asignó por obra del papa Gregorio II la estación coincidente con el jueves de la tercera semana de Cuaresma, cuando ocurre la fecha exacta de la mitad de este tiempo de penitencia, lo que daba lugar a numerosa asistencia de fieles, que acudían a los celestiales médicos para implorar la salud de alma y cuerpo. Caso realmente insólito, el texto de la misa cuaresmal se refiere preferentemente a los dichos Santos, que son mencionados en la colecta, secreta y poscomunión, jugándose en los textos litúrgicos con la palabra salus en el introito y ofertorio y estando destinada la lectura evangélica a narrar la curación de la suegra de San Pedro y otras muchas curaciones milagrosas que obró el Señor en Cafarnaúm aquel mismo día, así como la liberación de muchos posesos. Esta escena de compasión era como un reflejo de la que se repetía en Roma, en el santuario de los anárgiros, con los prodigios que realizaban entre los enfermos que se encomendaban a ellos.

 El texto de la misa que acabamos de referir, cuyas oraciones son del sacramentario Gelasiano, debió de ser el empleado en la dedicación de la iglesia de los gloriosos taumaturgos, como lo abona la lectura de la epístola, tomada de Jeremías, en que se reprende la actitud de los judíos, que sólo veían en su templo de Jerusalén una gloria nacional, sin percibir que la presencia divina se hace más cercana para aquellos que cumplen los mandamientos y practican sobre todo la caridad con el prójimo. Esta misa debió de ser la usada primitivamente el 27 de septiembre, transferida después a la estación cuaresmal del jueves de la tercera semana. La actual para hoy tiene también muy en cuenta el poder milagroso de los dos hermanos, pues la lectura del evangelio nos presenta a Cristo rodeado de las turbas, “que querían tocarle, porque salía de Él una virtud que curaba a todos”. A pesar de la restauración un tanto “bárbara” que llevó a cabo el papa Barberini, Urbano VIII, en 1631, la iglesia de San Cosme y San Damián en el Foro es una de las más hermosas de Roma. En la actualidad es título cardenalicio. En el ábside, un antiguo mosaico de fondo obscuro con nubes rojas nos presenta a Cristo “con unos ojos grandes, que miran a todas, partes”, como dice el epitafio de Abercio, llenando con su presencia toda la sala de la asamblea. A uno y otro lado están los hermanos médicos, prontos a escuchar las súplicas de sus devotos.

 Cabría preguntarse: ¿Por qué hoy estos Santos gloriosos no obran las maravillas de las antiguas edades? Tal vez la contestación podría formularse a través de otra pregunta: ¿Por qué hoy no nos encomendamos a ellos con la misma fe, con esa fe que arranca los milagros?

 También podría entrar en la providencia divina el reservar cada época a determinados santos, y así tenemos que en el sepulcro del monje Charbel Makhlouf, muerto en 1898, vecino libanés de los médicos sirios, parecen renovarse los prodigios que de éstos nos refieren los historiadores.

 Pero lo que conviene es que no se apague la fe, que la mano del Señor “no se ha contraído”. Y si San Cosme y San Damián continúan siendo patronos de médicos y farmacéuticos, bien podemos seguirles invocando con una oración como ésta, de la antigua liturgia hispana: “¡Oh Dios, nuestro médico y remediador eterno, que hiciste a Cosme y Damián inquebrantables en su fe, invencibles en su heroísmo, para llevar salud por sus heridas a las dolencias humanas haz que por ellos sea curada nuestra enfermedad, y que por ellos también la curación sea sin recaída”.

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24 septiembre.

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Lecturas de mañana Domingo 25º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (55, 6-9):

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144

R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan

Día tras día, te bendeciré, Dios mío
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor y merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (1,20c-24.27a):

Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según San Mateo (20,1-16), del domingo, 24 de septiembre de 2017

Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

Homilía para el XXV domingo durante el año A

De acuerdo a todos los principios hoy admitidos en el ámbito de las relaciones laborales, el empleador de nuestro Evangelio obra de manera más bien extraña y hasta inaceptable. Su comportamiento no corresponde ciertamente a nuestros criterios de justicia y es desconcertante. Igualmente sorprendentes son las últimas palabras de la parábola: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Parece que los primeros cristianos se confundieron con estas palabras de Jesús, tanto es así que ninguno de los Evangelistas las pone en un contexto diferente, y Mateo las repite dos veces.

San Pablo, en relación a esto, es un buen ejemplo de último que se volvió primero. El último de los Apóstoles, se convierte pronto en el más activo y más eficaz de todos en difundir la Buena Noticia a todas las naciones. Porque recibe gratis, y trabaja con ganas en la viña.

Todavía Pablo realizó la enseñanza y las palabras de Jesús de manera particular, esto es predicando a los paganos. Ahora, esto parece ser el verdadero significado de nuestro Evangelio, que, evidentemente, no trata del justo salario a pagar a trabajadores dependientes, sino que trata de los paganos que recibirán la Buena Noticia y entrarán primeros en el Reino, mientras los Hebreos, la mayor parte, rechazará esta Buena Noticia.

La segunda lectura de esta Misa tomada de la carta de san Pablo a los Filipenses, una carta de gran belleza, y también de una cierta frescura. Filipo fue la primera ciudad de Europa en recibir el mensaje cristiano, durante el tercer viaje misionero de Pablo. Era una comunidad cristiana muy pequeña, con la cual, Pablo, mantiene una buena relación, parecida a la que Jesús tiene con Marta, María y Lázaro. En su carta Pablo habla en un tono personal, y hasta íntimo. Aunque se encuentre en prisión, es un hombre feliz. Su gozo se manifiesta a través de su carta, que fue llamada justamente la “carta del gozo”.

Esta carta fue escrita, como dijimos, en prisión. Pablo ya había comparecido ante los tribunales, pero no tenía todavía la sentencia. Esta sentencia podía ser tanto su liberación como su ejecución. Se admite generalmente que se trata de la prisión de Pablo en Éfeso, y no de su última prisión en Roma. Pablo no era entonces anciano. Estaba en el vigor de la edad, hacia el final de los cuarenta o el inicio de los cincuenta. Un hombre que, con el pasar de los años, a través del sufrimiento y la lucha, había adquirido una buena conciencia de sí mismo y estaba en grado de reconocer los varios deseos, a veces contradictorios, de su corazón.

Entonces explotaba de gozo con el pensamiento del amor de Cristo por él. Deseaba morir y estar con Cristo para siempre. Pero sabía también que Cristo era su vida, también aquí abajo. Deseaba también continuar predicándolo, y permanecer cerca de sus amigos, especialmente los filipenses. No sabe si morir para estar con Cristo, o vivir para anunciarlo. Sabía que, de una manera o la otra, Cristo sería exaltado en él.

Pablo es un hombre feliz porque es un hombre libre. Libre del miedo, libre de las ambiciones personales, libre de todo lo que no es Cristo. Y así nos enseña como el gozo de Cristo puedo llenar nuestras vidas y comunidades.

Esta es la diferencia de trabajar por la ganancia y de trabajar porque el trabajo en el reino es parte de nuestra vocación. La verdadera paga no es el denario, o los bienes; la verdadera paga es la invitación a la viña, esto da libertad, esto da sentido a nuestro vacío. Porque es aceptar la gratuidad de Dios y su amistad. De ahí que a la última hora nadie puede decir que hizo esto o aquello, que tuvo tal o cual cualidad, que significó esto o aquello y por lo tanto merece más. Todo es gratis y proviene de la bondad de Dios.

Recemos con María, para que sigamos trabajando en la viña, ya que nos llamó Dios con amor y que, como Pablo, sepamos cual es la verdadera paga: Cristo. Con este gozo que solo se puede poseer cuando no se espera probar nada, conservar nada, cuando no se teme perder o ganar nada. Es el gozo de aquellos que son libres porque saben que, cualquier cosa que les suceda, a ellos o a sus comunidades, no deben preocuparse, porque están en los brazos del Padre, porque son de Cristo, el único y verdadero salario.

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23 de septiembre.

SAN PIO DE PIETRELCINA,
FRANCISCANO CAPUCHINO.
1887-1968

Modelo de sacerdote. Ofreció su vida a Dios como víctima por la conversión de los pecadores. Atrajo a multitudes para Cristo. 

“Solo quiero ser un fraile que reza…”

 

“Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración… La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón…” -Padre Pío

 

CRONOLOGÍA DEL P. PÍO

1887 – 25 mayo:        Nace en Pietrelcina, Italia
1903 – 6 enero:          Edad 15 años. Entra al noviciado franciscano OFM cap en Morcone.
1904 – 22 enero:        Profesa como franciscano
1910 – 10 agosto:      Ordenación sacerdotal en Benevento
1918 – 20 septiembre:Recibe las estigmas, (llagas de Jesucristo)
1923 – 1933               Le fue prohibido celebrar misa en público y comunicación con
sus hijos espirituales; víctima de calumnias.

1947                        Comienzan los grupos de oración del Padre Pío.
1956 – 5 mayo:          Inauguración de la Casa Sollievo della Sofferenza (alivio del sufrimiento)
1968 – 23 septiembre:Fallece en San Giovanni Rotondo
1998 – 21 de diciembre: Reconocimiento de milagro
1999 – 2 de mayo:      Beatificación
2001 – 20 de diciembre: Reconocimiento de 2º milagro
2002 – 16 junio:          Canonización en el Vaticano


Biografía breve
El Padre Pío es uno de los más grandes místicos de nuestro tiempo. Nos enseñó el amor radical al corazón de Jesús y a su Iglesia. Su vida era oración, sacrificio, pobreza.

Sacerdote capuchino. Celebró su primera misa el 10 de Agosto de 1910. Ocho años más tarde, el 20 de Septiembre de 1918, aparecieron visiblemente las llagas de Nuestro Señor en sus manos, pies y costado izquierdo del pecho, haciendo del P. Pío el primer sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia  (San Francisco Asís no era sacerdote).

Fue heróico en su apostolado sacerdotal, que duró 58 años. Grandes multitudes, de todas las nacionalidades, pasaron por su confesionario. Las conversiones fueron innumerables. Diariamente recibía centenares de cartas de fieles, que pedían su consejo iluminado y su dirección espiritual, la cual ha siempre significado un retorno a la serenidad, a la paz espiritual y al coloquio con Dios.

Famoso confesor. El Padre Pío pasaba hasta 16 horas diarias en el confesionario.  Algunos debían esperar dos semanas para lograr confesarse con él, porque el Señor les hacía ver por medio de este sencillo sacerdote la verdad del evangelio. Su vida se centraba en torno a la Eucaristía.Sus misas conmovían a los fieles por su profunda devoción.
Amante de la Santísima Virgen

Toda su vida no ha sido otra cosa que una contínua oración y penitencia, lo cual no impedía que sembrase a su alrededor felicidad y gran alegría entre aquellos que escuchaban sus palabras, que eran llenas de sabiduría o de un extraordinario sentido del humor. A través de sus cartasal Confesor se le descubren insospechables y  tremendos sufrimientos espirituales y físicos, seguidos de una dicha inefable derivada de su íntima y contínua unión con Dios 

Llegaban a verle multitud de peregrinos de todo el mundo y además recibía numerosas cartas pidiendo oración y consejo.

El Papa Juan Pablo II, en 1947, cuando era un sacerdote recién ordenado fue a visitar al Padre Pío y quedó profundamente impresionado por su santidad. Ya siendo Papa visitó su tumba.

Dones extraordinarios:

Discernimiento extraordinario: la capacidad de leer los corazones y las conciencias.
Profecía: Pudo anunciar eventos del futuro.
Curación: curas milagrosas por el poder de la oración.
Bilocación: estar en dos lugares al mismo tiempo.
Perfume: la sangre de sus estigmas tenían fragancia de flores.
Estigmas: Recibió los estigmas el 20 de septiembre, 1918 y los llevó hasta su muerte 50 años después (23 de septiembre, 1968). Los médicos que observaron los estigmas del Padre Pío no pudieron hacer cicatrizar sus llagas ni dar explicación de ellas. Calcularon que perdía una copa de sangre diaria, pero sus llagas nunca se infectaron.  El Padre Pío decía que eran un regalo de Dios y una oportunidad para luchar por ser más y más como Jesucristo Crucificado.

Muerte. El Señor lo llamó a recibir el premio celestial el 23 de Septiembre de 1968. Tenía 81 años. Durante 4 días su cuerpo fue expuesto ante millares de personas que formaban una enorme columna que no conoció interrupción hasta el momento del funeral, al cual asistieron mas de cien mil personas.

Millones visitan su tumba en la Cripta del Santuario de Ntra. Sra. de las Gracias en San Giovani Rotondo. El número de peregrinos continúa aumentando.

Los preliminares de su Causa se iniciaron en Noviembre de 1969.
Fue declarado venerable el 18 de Diciembre de 1997.
Beatificado el 2 de mayo de 1999.  Tan grande fue la multitud en la misa de beatificación que desbordaron la Plaza de San Pedro y toda la Avenida de la Conciliación hasta el río Tiber sin ser estos lugares suficiente.  Millones además lo contemplaron por la televisión en el mundo entero.
Canonizado el 16 de junio de 2002.

Su beatificación y su canonización fueron las de mayor asistencia en la historia. La plaza de San Pedro y sus alrededores no pudieron contener las multitudes.

El Padre Pío es un poderoso intercesor.  Los milagros se siguen multiplicando. 

El santuario del Padre Pío en San Giovanni Rotondo recibe mas peregrinos cada año que el de Lourdes. Es el segundo santuario mas visitado, después del Tepeyac (Virgen de Guadalupe).

Segunda persecución
Por Enrique Calicó

–Un escándalo sonado. –Milagro viviente.

En los años 60 se produce la segunda persecución. Ya no se le puede acusar de falsario, pues son demasiados los testimonios y los informes médicos. Este segundo acoso vendrá después de poner en marcha sus dos grandes obras y se buscarán otros motivos tales como «el bien de la Orden capuchina» o «el buen sentido de la Iglesia» para disimular los intereses humanos y sus pasiones. Sin embargo, durante las persecuciones no cesarán las curaciones y demás acciones sobrenaturales, cuya abundancia inducirá a algunas autoridades eclesiásticas a una mayor «prudencia y severidad». La nueva serie de vejaciones y de condenas hará exclamar al cardenal Lercaro:

–El Padre Pío una vez más encuentra su configuración con Cristo humillado, perseguido y condenado.

Ya el 3 de mayo de 1952, inesperadamente y sin justificación, el padre Clemente Da Milwaukee, superior de la Orden, había dirigido una carta a todas las casas capuchinas de Italia pidiendo:

«Absténganse de favorecer las peregrinaciones a San Giovanni Rotondo, de difundir escritos y estampas del Padre Pío».

¿Qué lo movía? ¿Prudencia o intereses ocultos?

Al poco, monseñor Girolamo Bortignon, obispo de Padua y también capuchino, prohibió los Grupos de Oración en su diócesis.

Todo aquello era el prólogo de una segunda persecución, la de los años 60.

Un escándalo sonado

Todo empieza por un problema de finanzas llamado «escándalo Giuffrè». El tal Giuffrè prometía unos intereses del 100% a sus inversores, casi todos clérigos provinciales de las órdenes religiosas, que jugaban con créditos baratos obtenidos de sus fieles, y con la diferencia de intereses aspiraban a cubrir los costes de las reconstrucciones y obras nuevas, después del desastre de la guerra.

Al quebrar, pilla de por medio a todos sus acreedores, entre ellos al obispo capuchino de Padua, quien tenía previsto construir un seminario y un hogar para dos mil incurables. En su diócesis había una gran devoción al Padre Pío y era evidente que los fieles si eran generosos con la Casa di Sollievo no lo podían ser también con su obispo y sus proyectos. De esta manera, desaconsejando toda relación con el Padre Pío, con muy buenas palabras en pro de la Iglesia, monseñor Bortignon buscaba conseguir que el dinero de sus fieles fuera para sus proyectos.

La provincia capuchina de Foggia había sido también una de las más afectadas por la quiebra de Giuffrè. Tenía grandes proyectos que realizar, igual que las demás provincias capuchinas. Al encontrarse en una situación desesperada, caen en la tentación de restablecer su situación financiera valiéndose de las arcas del Padre Pío.

Lamentable historia que habla poco en favor de la Orden capuchina, pero no hay que generalizar, pues fue obra de unas personas determinadas que querían cubrir su responsabilidad y se vieron envueltas cada vez más, buscando solucionar su problema, en una situación más y más turbia, pues al no conseguir la desviación de caudales del Padre Pío destinados al hospital, quisieron obligarlo por la fuerza.

El superior general había ido un día a San Giovanni Rotondo para pedir al guardián del convento, el entonces padre Carmelo de Sessano, que animara al Padre Pío para que confiara a Giuffrè los donativos que recibía. Molesto por esa petición, el padre Carmelo le explicó al Padre Pío el sistema Giuffrè y le pidió consejo. El Padre le respondió:

–No veo claro este asunto, no es lícito ni moral.

Razón tenía, pues era usura y además prevaricación al utilizar el dinero de los fieles para otros fines que los recibidos.

S.S. Pío XII opinaba igual y había advertido a obispos y responsables de congregaciones y órdenes religiosas que no mantuvieran relaciones con Giuffrè, pero bien pocos fueron los que obedecieron.

El 17 de agosto de 1958 estalló el «escándalo Giuffrè» a raíz de las denuncias de los prestamistas que ni siquiera habían cobrado los intereses prometidos. Las órdenes, congregaciones u obispados se vieron obligados a devolver a los fieles el dinero prestado y a terminar las construcciones empezadas. Para la mayoría era una situación crítica; para la provincia capuchina de Foggia, un verdadero desastre: debía devolver mil seiscientos millones de liras y sólo disponía de un millón. La única solución, el Padre Pío y su generosidad.

A los pocos meses, el 9 de octubre, S.S. Pío XII entregaba su alma a Dios. Al padre Agostino le debemos esta confidencia del Padre Pío:

–He sentido, padre, todo el dolor de mi alma por la muerte de Su Santidad, pero después el Señor me lo ha mostrado en su gloria.

Milagro viviente

Pero aquí en la tierra se quedaba sin su más eficaz protector. Por otro lado, su salud física continuaba tan débil como siempre, continuamente perdiendo sangre, siguiendo escrupulosamente la regla de su orden y manteniendo la actividad ya descrita a pesar de sus setenta y dos años. Era un «milagro viviente». Salía de una enfermedad para caer en otra. El 25 de abril de 1959 se le diagnosticó bronconeumonía complicada con pleuresía, que le obligó a un reposo absoluto. Nos dice el padre Agostino en su diario:

«El Padre sufre, sufre porque no puede seguir su vida de cada día con su ministerio espiritual para el bien de las almas. Por un micrófono desde su celda sigue las ceremonias que se celebran en la iglesia y después dirige al pueblo unas palabras y da la bendición».

La situación es angustiosa y no mejora a pesar de los esfuerzos médicos y del tiempo de primavera y verano que se disfruta. El mismo día en que el Padre Pío se puso enfermo, el 24 de abril de 1959, llegaba a Italia la imagen de Nuestra Señora de Fátima que era llevada de país en país y de ciudad en ciudad. En su recorrido iba dejando memoria de su mensaje y sus promesas hechas en 1917 a los niños pastores.

El 5 de agosto por la tarde llegó la venerada imagen a San Giovanni Rotondo. El Padre Pío había exhortado a los fieles:

–Abramos nuestros corazones a la confianza y a la esperanza. Viene con las manos llenas de gracias y bendiciones (…) Debemos amar a nuestra Madre celestial con perseverancia y constancia. Hemos de prometérselo y esa Madre no nos abandonará en la pena cuando se vaya de aquí…

El arzobispo y todo el clero de Manfredonia junto con un gran gentío llegado de toda la provincia recibieron a la imagen y la depositaron en la iglesia del convento, donde pasó la noche entre multitud de fieles. Al día siguiente el Padre Pío, muy débil, fue llevado ante la imagen en una silla y pudo, con lágrimas en los ojos, besar los pies de la Señora y colocar un rosario entre sus manos. Por la tarde la imagen fue trasladada a la Casa di Sollievo para finalmente subirla a la terraza del hospital donde esperaba el helicóptero para llevarla a Sicilia. El Padre quiso y pudo verla por última vez desde una ventana, ver cómo se elevaba el helicóptero y daba tres vueltas sobre la muchedumbre y el convento… Entonces el Padre Pío no se pudo contener:

–Madonna, Mamma mía, desde que has entrado en Italia estoy enfermo, ¿ahora te vas y me dejas enfermo?

En el acto sintió un «escalofrío en los huesos» (sic) y dijo a sus hermanos presentes:

–¡Estoy curado!

El 10 de agosto volvía a celebrar de nuevo la misa en la iglesia del convento. Cuando alguien le preguntaba:

–Padre, ¿cómo se encuentra ahora?

–Estoy sano y fuerte como nunca en mi vida –respondía.

Era una gracia concedida por el cielo antes de la tempestad.

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20 de septiembre.

Santos Andrés Kim Taegon, Pablo Chong Hasang y compañeros, mártires

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (3,14-16):

Aunque espero ir a verte pronto, te escribo esto por si me retraso; quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la asamblea de Dios vivo, columna y base de la verdad. Sin discusión, grande es el misterio que veneramos: Manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, contemplado por los ángeles, predicado a los paganos, creído en el mundo, llevado a la gloria.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 110,1-2.3-4.5-6

R/. Grandes son las obras del Señor

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R/.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. R/.

Él da alimento, a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,31-35):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.” Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenla un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) 1 Timoteo 3,14-16

a) Aunque Pablo parece que tiene la intención de viajar a Éfeso, mientras tanto da consejos a Timoteo, el responsable de aquella comunidad. En el breve pasaje de hoy se apoya en dos puntos de referencia teológicos: la comunidad y el misterio de Cristo.

La comunidad es “templo de Dios”, “asamblea de Dios vivo” y “columna y base de la verdad”. El salmo ya se alegraba de esta comunidad en el AT: “doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea”.

El otro polo es Cristo, el que da sentido a la evangelización y a la vida de la comunidad: “grande es el misterio que veneramos, se manifestó como hombre, se apareció… se proclamó a las naciones… fue exaltado a la gloria”. Es como un credo breve que abarca el camino salvador de Jesús, desde su encarnación hasta su glorificación.

b) Todos, y de modo especial los que en la comunidad tienen algún ministerio de gobierno, deberíamos cultivar este doble respeto: a la comunidad y a Cristo.

La comunidad es sagrada, es edificio y asamblea de Dios (no nuestra), la depositaria de la verdad y de los mejores dones de Dios. Los ministros no somos dueños de la gracia ni de la Palabra ni de la comunidad. Sino sus servidores.

Y por otra parte, somos signos y representantes de Cristo, que es el verdadero Maestro y Salvador y Guía. El biblista y compositor Deiss tomó de este pasaje de Pablo el texto para su hermoso himno cristológico: “Gloria y honor a ti, Señor Jesús… manifestado en la carne… santificado en el Espíritu… proclamado entre los paganos… exaltado en la gloria“.

Es un buen día, hoy, para cantarlo.

Si esta doble relación -Iglesia y Cristo- estuviera más presente en nuestra sensibilidad, nuestro talante para con los demás sería seguramente más humilde y generoso, como el que quería Pablo de Timoteo.

2. Lucas 7,31-35

a) El episodio de los niños que invitan con su música a otros niños no se puede entender sin hacer referencia a la escena anterior, que no se ha leído en esta selección de lecturas: el pasaje en que Jesús alaba a Juan Bautista y se lamenta de que algunos, los fariseos y escribas, no le aceptan.

Por tanto, no acogen bien ni a Juan ni a Jesús. Uno es austero. El otro, come y bebe con normalidad. Pero hay siempre excusas para no dar crédito a su mensaje. Al uno le tildan de fanático. Al otro, de comilón y “amigo de pecadores”. Aunque haya curado al criado del centurión y resucitado al hijo de la viuda de Naín, no le aceptan.

La comparación de los dos grupos de niños es expresiva: ni con música alegre ni con triste consiguen unos que los otros colaboren. Cuando no se quiere a una persona, se encuentran con facilidad excusas para no hacer caso de lo que nos propone.

b) Eso mismo nos puede pasar a nosotros, en pasiva y en activa.

A la comunidad cristiana -desde sus responsables últimos, el Papa o los Obispos, hasta aquella familia que vive en un piso de la misma escalera dando ejemplo de vida cristiana íntegra- se la rechaza muchas veces, desacreditándola por cualquier motivo. Hay personas siempre críticas, con mecanismos de defensa contra todo. Como decía Jesús de los fariseos, ni entran ni dejan entrar. En el fondo, lo que pasa es que resulta incómodo el testimonio de alguien y por eso se le persigue o se le ridiculiza. Es muy antiguo eso de no creer y de no aceptar lo que Cristo o su Iglesia proponen.

Pero también, por desgracia, podemos hacer lo mismo nosotros con los demás. Cuando no nos interesa aceptar un mensaje, sacamos excusas -a veces ridículas o contradictorias- para justificar de alguna manera nuestra negativa a aceptarlo. Eso puede pasar en nuestra vida de cada día, en esa sutil y complicada relación interpersonal que sucede en toda vida comunitaria: si nos invitan a fiesta, mal, y si nos sugieren duelo, peor. Podemos llegar a ser caprichosos en extremo en nuestras reacciones de cerrazón y sordera voluntaria, a veces por un instinto continuado de contradicción a lo que dicen los demás.

Ya dijo Jesús que sólo “los discípulos de la Sabiduría” entienden estas cosas, los de corazón sencillo y humilde, los que no están llenos de sí mismos.

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SANTOS ANDRÉS KIM, PABLO CHONG

Y COMPAÑEROS

SANTOS MÁRTIRES DE COREA

(†  1839 a 1846)

París, rue du Bac. La calle está hoy compartida. Una de sus aceras la ocupan casi íntegramente los inmensos almacenes “Au bon marché“. La otra acera conserva todavía un cierto aire del primitivo París. Una puerta humilde, que da a un estrecho callejón, conduce a una iglesia objeto de la veneración de todos los católicos del mundo: la capilla de las apariciones de la Virgen Milagrosa. Siguiendo por la misma acera encontramos otro edificio, también humilde en apariencia, pero de enorme significación en la historia de la Iglesia: el seminario de misiones extranjeras. Allí se forjó un nuevo estilo en la manera de concebir la tarea misional y allí, por vez primera, en forma orgánica, el clero secular forjó sus armas para salir a luchar las rudas batallas contra el paganismo.

 El seminario llevaba ya muchos años funcionando cuando en 1831 se confiaba a sus alumnos un nuevo territorio de misión: la península de Corea. Territorio muy vasto, su extensión equivale prácticamente a la de Italia, y cuya evangelización habría de resultar muy penosa. Pese a estar a la misma latitud que España o Italia, el clima es duro, continental, extremado. Por otra parte, el país es pobre, y no podría resultar fácil la vida de los misioneros. En cambio iban a tener éstos una ventaja: les esperaban unas cristiandades que habían sufrido ya su bautismo de sangre y la terrible prueba de la persecución.

 En efecto, en 1784, un intelectual coreano, bautizado en Pekín, consiguió introducir el cristianismo en Corea. Pero aquella naciente cristiandad sufrió una dura persecución y estuvo a punto de ser aniquilada. Sin embargo, cuando en 1794 un sacerdote chino vino de Pekín encontró todavía cuatro mil cristianos, tan fervorosos que en poco tiempo su número se duplicó. En 1801 se produce una nueva represión, y el sacerdote fue ejecutado con unos trescientos cristianos, entre quienes destacaba la noble figura de Juan Niou y su mujer Lutgarda, que habían contraído matrimonio sin usar nunca del mismo.

 Treinta años después, la Sagrada Congregación de Propaganda erigía un vicariato apostólico en Corea y lo confiaba, según hemos dicho, al Seminario de Misiones Extranjeras, de París. Pese a que en 1815 y en 1827 había habido nuevas oleadas de persecución, el número de cristianos sobrepujaba ya los seis millares. Al frente del nuevo vicariato iba a ser colocado un fervoroso misionero de China: Lorenzo José Mario Imbert.

 Su nombre es el primero y el más destacado de la larga relación de mártires cuya fiesta se celebra hoy. Había nacido en la diócesis de Aix-en-Provence. Su familia residía en Calas, y era harto pobre. Es conmovedor saber cómo aprendió a leer: un día encontró un centimillo en la calle, con el compró un alfabeto y rogó a una vecina que le enseñara las letras. Así, a fuerza de perseverancia, consiguió la preparación suficiente para poder ingresar, en 1818, en el seminario de Misiones Extranjeras. Después de dos años de estudios se embarca en Burdeos y marcha a trabajar a China.

 En plena tarea apostólica le sorprende el nombramiento de vicario apostólico de Corea y su elevación al episcopado. En mayo de 1837 es consagrado en Seu-Tchouen, y al terminar el año llega a Corea.

 No era el primero en llegar. Le habían precedido ya otros dos misioneros, llamados a compartir el martirio con él. Los dos franceses: Pedro Filiberto Maubant, nacido en la diócesis de Bayeux, y Santiago Honorato Castán, nacido en la diócesis de Digne. El primero había venido directamente de Francia. El segundo había trabajado anteriormente en Siam.

 Inmediatamente pusieron manos a la obra. Ante todo fue necesario aprender la lengua coreana, tributaria del chino, pero con muchas analogías con los dialectos siberianos. Después pudieron ya ponerse de lleno al trabajo apostólico.

 Escuchemos a monseñor Imbert lo que era su vida: “No permanezco mas que dos días en cada casa que reúno los cristianos, y antes de que amanezca el tercer día paso a otra casa. Me toca sufrir mucha hambre, porque después de haberme levantado a las dos y media de la madrugada, esperar hasta el mediodía y recibir entonces una comida mala y floja, bajo un clima bajo y seco, no es cosa fácil. Después de comer reposo un poco, y a continuación doy clase de teología a mis seminaristas; después oigo confesiones hasta la noche. Me acuesto a las nueve sobre la tierra cubierta de una lona y un tapiz de lana de Tartaria, porque en Corea no hay ni camas ni mantas. He tenido, siempre un cuerpo débil y enfermizo, y a pesar de todo he llevado adelante una vida laboriosa y bien ocupada; pero aquí pienso haber llegado a lo superlativo y al nec plus ultra de trabajo. Ya os imaginaréis que con una vida tan penosa no tengamos miedo al golpe de sable que debe terminarla.”

 Todo esto había que hacerlo con el mayor secreto. Las quince o veinte personas a las que había atendido cada día: confesiones, bautismos, confirmaciones, matrimonios, etcétera, tenían que retirarse antes de la aurora. Aun así, aquella vida no pudo prolongarse mucho tiempo. Dos años después de su llegada, el 11 de agosto de 1839, monseñor Imbert era detenido por los perseguidores.

 Comprendió bien que había llegado el final de su vida. Y creyó un deber, para evitar apostasías a los fieles seguidores, invitar a sus dos compañeros a entregarse. La tarjeta enviada por el obispo, que era una invitación al martirio, llegó primero al padre Maubant, quien la transmitió a su compañero el padre Castán. Ambos obedecieron sin vacilar. Cada uno redactó una instrucción para uso de sus fieles y luego en común unas líneas dirigidas a toda la cristiandad coreana. Escribieron una breve memoria para el Cardenal Prefecto de Propaganda Fide y una carta a sus hermanos de las Misiones Extranjeras para encomendarles a sus neófitos. En esta carta es donde alegremente, como si quisieran aliviarles la pena, dicen que “el primer ministro Ni, actualmente gran perseguidor, ha hecho fabricar tres grandes sables para cortar cabezas”.

 Todo esto llevaba la fecha del 6 de septiembre. Y una vez terminados los preparativos, los dos misioneros se unieron a su obispo. Los tres europeos comparecieron ante el prefecto y confesaron noblemente su fe: “Por salvar las almas de muchos, no hemos vacilado ante una distancia de diez millares de lys. Denunciar a nuestras gentes, y hacerles daño, olvidando los diez mandamientos, no lo haremos jamás, preferimos morir.” Aquel mismo día 15 de septiembre recibieron la primera paliza, con bastones. Otra nueva les esperaba, después de un interrogatorio similar, el día 16. Por fin, el día 21 tuvo lugar el suplicio final.

 Les desnudaron hasta la cintura, y les asaetearon cruelmente, de arriba a abajo, a través de las orejas, les colmaron de heridas y, por fin, los rociaron de cal viva. Después de obligarles a dar por tres veces la vuelta a la plaza, mostrándose al público que se burlaba de ellos, se les hizo arrodillarse. Los soldados empezaron a correr en su derredor y al pasar les golpeaban con su sable. El padre Castán se puso instintivamente de pie al recibir el primer golpe. Después se arrodilló junto a sus dos compañeros, que estaban inmóviles. Al poco tiempo, los tres habían muerto.

 Pero no eran ellos solos. Antes y después iban a perecer en aquella misma persecución otros muchos cristianos.

 El primer lugar, un sacerdote nativo: el padre Andrés Kim. De acuerdo con las mejores tradiciones del seminario de Misiones Extranjeras, los misioneros se habían preocupado de ir preparando, en lo posible, un clero nativo. Cuando ellos murieron, el padre Kim se esforzó por conseguir que vinieran nuevos misioneros. En estos afanes le sorprendieron los perseguidores. Después de larga estancia en la cárcel, fue decapitado en 1846.

 En la misma persecución murieron también diez catequistas y una muchedumbre de fieles. De entre ellos se escogieron unos cuantos, a quienes hoy veneramos en los altares: setenta y cinco héroes “nobles y plebeyos, jóvenes y viejos, mujeres ya maduras y jóvenes en la más florida edad, que prefirieron las cárceles, los tormentos, el fuego, el hierro, las cosas más extremas a trueque de no apartarse de la religión santísima. Para tentar su fe, los bárbaros verdugos recurrieron a los tormentos más refinados. Unos fueron ahorcados, a otros les rompieron las piernas, otros fueron azotados hasta la muerte, otros quemados con planchas ardientes, otros enterrados vivos en nichos para que murieran de hambre, y así todos cambiaron esta vida por otra inmortal y feliz. Tantos y tan crueles suplicios los sufrieron todos con invicta fortaleza”. Tales son las palabras del Decreto de beatificación expedido por el papa Pío XI. Porque, como ya anteriormente se había escrito en el Decreto de tuto, aquella muchedumbre, en la que había incluso niños de quince y trece años, “mostró tanta constancia en profesar la fe, que en manera alguna pudo la rabia de los perseguidores llegar a vencerla. Ni las cárceles largas y horribles, ni los tormentos crudelísimos, ni el hambre y la sed, con la que ellos eran probados, ni otros horrendos suplicios, ni el terror y los halagos de los jueces impíos, ni la edad juvenil o provecta, ni el amor materno, ni la piedad filial, ni el dulce yugo del matrimonio, fueron capaces de superar la fortaleza y firmeza de aquellos mártires”.

 No es extraño que muy pronto se extendiera por todo el mundo la fama de su admirable ejemplo. Por eso, el papa Pío XI, superando las dificultades de tipo jurídico que se oponían a su beatificación, pues resultaba muy difícil recoger las pruebas exigidas con todo el rigor canónico, teniendo en cuenta que había certeza absoluta de la realidad del martirio, los beatificó solemnemente en 1925. Su sangre, como siempre ha ocurrido, fue semilla de nuevos cristianos, y hoy Corea, al menos en su parte Sur, libre del comunismo, es una de las cristiandades más florecientes y esperanzadoras de todo el Extremo Oriente.

San Juan Pablo II rindió homenaje a todos los mártires de Corea, canonizando este escogido grupo de confesores de la fe en la ciudad de Seúl el 6 de mayo de 1984.

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Ahora en san Expedido 18:00hs.

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Los dos sabados anteriores grupos de catequesis después de su 1ra confesión

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19 de septiembre.

Capilla de san Jenaro, Nápoles.

MARTES DE LA SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (3,1-13):

Es cierto que aspirar al cargo de obispo es aspirar a una excelente función. Por lo mismo, es preciso que el obispo sea irreprochable, que no se haya casado más que una vez; que sea sensato, prudente, bien educado, digno, hospitalario, hábil para enseñar; no dado al vino ni a la violencia, sino comprensivo, enemigo de pleitos y no ávido de dinero; que sepa gobernar bien su propia casa y educar dignamente a sus hijos. Porque, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios quien no sabe gobernar su propia casa? No debe ser recién convertido, no sea que se llene de soberbia y sea por eso condenado como el demonio. Es necesario que los no creyentes tengan buena opinión de él, para que no caiga en el descrédito ni en las redes del demonio. Los diáconos deben, asimismo, ser respetables y sin doblez, no dados al vino ni a negocios sucios; deben conservar la fe revelada con una conciencia limpia. Que se les ponga a prueba primero y luego, si no hay nada que reprocharles, que ejerzan su oficio de diáconos. Las mujeres deben ser igualmente respetables, no chismosas, juiciosas y fieles en todo. Los diáconos, que sean casados una sola vez y sepan gobernar bien a sus hijos y su propia casa. Los que ejercen bien el diaconado alcanzarán un puesto honroso y gran autoridad para hablar de la fe que tenemos en Cristo Jesús.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 100

R/. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia

Voy a cantar la bondad y la justicia;
para ti, Señor, tocaré mi música.
Voy a explicar el camino perfecto.
¿Cuándo vendrás a mí? R/.

Quiero proceder en mi casa con recta conciencia.
No quiero ocuparme de asuntos indignos,
aborrezco las acciones criminales. R/.

Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
al altanero y al ambicioso
no los soportaré. R/.

Escojo a gente de fiar
para que vivan conmigo;
el que sigue un camino perfecto
será mi servidor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (7,11-17):

En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.
Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores.»
Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo Jesús: «Joven, yo te lo mando: levántate.»
Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.

Palabra del Señor

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1. (Año I) 1 Timoteo 3,1-13

a) ¿Qué cualidades debe tener un responsable en la comunidad cristiana?

Pablo habla de los “epíscopos” y de los “diáconos”. “Epíscopos” en griego significa “inspector” y es la palabra de la que deriva “obispo”, aunque no necesariamente correspondan las funciones de entonces con las de ahora. Mientras que el “diácono” (“servidor”) sí parece que se corresponde con el actual.

Las cualidades que pide de ellos son las que se pedirían de cualquier persona a la que se le encomienda un cargo de responsabilidad: sensatez, equilibrio, fidelidad, buena educación, dominio de sí, comprensión, buen gobierno de su propia casa, que sean hombres de palabra, no envueltos en negocios sucios, ni “dados al vino”, sino irreprochables.

Cuando habla de “las mujeres”, de las que pide que sean respetables, sensatas y no chismosas, no se sabe si se refiere a las mujeres de los diáconos (es lo más probable, según el contexto) o a otras que tienen algún ministerio en la comunidad.

El salmo se hace eco de un aspecto que Pablo subrayaba, que los ministros de la comunidad sepan antes gobernar bien su propia casa: “andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa… el que sigue un camino perfecto, ése me servirá”.

b) Las virtudes humanas son la base también para la vida cristiana, y fundamentales para el ministerio de gobierno.

Esto no se aplica sólo a los obispos o a los ministros ordenados o a los superiores y superioras de comunidades religiosas. Todos, de alguna manera, tenemos misiones que cumplir que suponen una cierta responsabilidad en algún aspecto de la vida comunitaria. Todos, por tanto, podemos examinarnos de esa lista, de esas “asignaturas” que deberíamos aprobar en nuestro quehacer comunitario.

La madurez personal y el equilibrio, el buen corazón, la fidelidad a los nuestros, el control de nosotros mismos, la honradez y la ejemplaridad… Haremos bien en repasar el programa y respondernos nosotros mismos con sinceridad. En esta autoevaluación conviene que seamos exigentes, pensando que la comunidad o la familia también nos están evaluando continuamente, y sobre todo Dios, que espera de nosotros más de lo que estamos dando.

2. Lucas 7,11-17

a) Esta vez el gesto milagroso de Jesús es para la viuda de Naín. Un episodio que sólo Lucas nos cuenta y que presenta un paralelo sorprendente con el episodio en que Elías resucita al hijo de la viuda de Sarepta (1 R 17).

Cuántas veces se ve en el evangelio que Jesús se compadece de los que sufren y les alivia con sus palabras, sus gestos y sus milagros! Hoy atiende a esta pobre mujer, que, además de haber quedado viuda y desamparada, ha perdido a su único hijo.

La reacción de la gente ante el prodigio es la justa: “un gran profeta ha surgido entre nosotros: Dios ha visitado a su pueblo”.

b) El Resucitado sigue todavía hoy aliviando a los que sufren y resucitando a los muertos. Lo hace a través de su comunidad, la Iglesia, de un modo especial por medio de su Palabra poderosa y de sus sacramentos de gracia. Dios nos tiene destinados a la vida. Cristo Jesús, nos quiere comunicar continuamente esta vida suya.

El sacramento de la Reconciliación, ¿no es la aplicación actual de las palabras de Jesús, “joven, a ti te lo digo, levántate”? La Unción de los enfermos, ¿no es Cristo Jesús que se acerca al que sufre, por medio de su comunidad, y le da el alivio y la fuerza de su Espíritu?

La Eucaristía, en la que recibimos su Cuerpo y Sangre, ¿no es garantía de resurrección, como él nos prometió: “el que me coma vivirá por mí, como yo vivo por el Padre”?

La escena de hoy nos interpela también en el sentido de que debemos actuar con los demás como lo hizo Cristo. Cuando nos encontramos con personas que sufren -porque están solitarias, enfermas o de alguna manera muertas, y no han tenido suerte en la vida- ¿cuál es nuestra reacción? ¿la de los que pasaron de largo ante el que había sido víctima de los bandidos, o la del samaritano que le atendió? Aquella fue una parábola que contó Jesús. Lo de hoy no es una parábola: es su actitud ante un hecho concreto.

Si actuamos como Jesús ante el dolor ajeno, aliviando y repartiendo esperanza, por ejemplo a los jóvenes (“joven, levántate”), también podrá oírse la misma reacción que entonces: “en verdad, Dios ha visitado a su pueblo”. La caridad nos hace ser signos visibles de Cristo porque es el mejor lenguaje del evangelio, el lenguaje que todos entienden.

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SAN JENARO
obispo y mártir

(†  305)

Hay santos de los que es más fácil conocer la misión que les cabe ejercer desde el cielo que la que cumplieron en la tierra. En este caso están muchos de los antiguos héroes cristianos, de los cuales la historia nos ha guardado muy poco, la leyenda algo más, pero de los que la devoción popular, ancha como un río, ha escrito secularmente su cometido de valedores e intercesores a favor de un pueblo o una época de la cristiandad. La continua intervención sobrenatural de San Jenaro en la vida de las gentes de Nápoles nos recuerda al Jesús clemente y poderoso que acallaba las tempestades y se compadecía de las muchedumbres; que vivía con los hombres y para los hombres y era oprimido a veces por las avalanchas del fervor popular. Nápoles, uno de los pueblos más vivaces y expresivistas de la tierra, asentado en esa maravilla que es la bahía partenopea, tierna y alegre como un nido, ha vivido bajo la amenaza del Vesubio, el siniestro volcán vecino, el monstruo nunca muerto, aunque con frecuencia dormido o dormitante. Nápoles, cantora y jovial, donde la naturaleza es exuberante y muelle, la temperatura maravillosa, la vida humana fácil y cómoda, pertenece a esas ciudades cuya psicología ha sido moldeada por el secreto terror a la desgracia, que siempre se cierne sobre ellas en la lontananza. Ante los vestigios de las antiguas erupciones, ante el recuerdo de las ciudades vecinas desaparecidas bajo la lava, ante el “respiro” periódico del volcán que se corona con la clásica humareda o “fumata”, era lógico que Nápoles buscara —como Tebas— un exorcismo de sus zozobras. Nápoles es una de las ciudades donde son más abundantes los “telesmata“, objetos mágicos que se enterraban al poner los fundamentos de las murallas o de las primeras edificaciones. La leyenda virgiliana encierra también un significado de protección de la ciudad. Nápoles cristiana encontró, por fin, el verdadero símbolo y sacramento en la sangre del mártir San Jenaro. La historia de la devoción a San Jenaro es la historia toda de Nápoles.

 Es rigurosamente histórico el martirio de San Jenaro, hacia el año 305, así como que sus restos reposan en la catedral de Nápoles. San Jenaro era obispo de Benevento, ciudad de la Campania, como Nápoles, cuando se desencadenó la persecución de Diocleciano, la última que sufrió la Iglesia antes de la paz de Constantino. Pertenece, pues, San Jenaro a la misma “promoción” martirial que San Vicente, Santa Eulalia, San Severo, Santa Engracia y los “innumerables mártires de Zaragoza”. Refiere la tradición que San Jenaro fue reconocido y apresado por los soldados del gobernador de Campania cuando se dirigía a la cárcel a visitar a los cristianos en ella detenidos. Según la misma tradición, Jenaro y sus compañeros habrían sido arrojados a un horno encendido del que salieron milagrosamente ilesos. De todos modos, pronto fueron conducidos a Puzol (Puteoli, en latín; Pozzuoli, en italiano), la primera tierra italiana que pisara San Pablo camino de Roma, y donde había desde antiguo una crecida comunidad cristiana. Refiérese que en el anfiteatro de esta ciudad fueron expuestos a las fieras, que, como anteriormente las llamas, también respetaron a los cristianos. El gobernador ordenó finalmente que fueran degollados. Eran los mártires, además del obispo Jenaro, los diáconos Sosio, Próculo y Festo; Desiderio, que había recibido el orden del lectorado, y Eutiquio y Acucio.

 La leyenda cuenta que un anciano había pedido al obispo antes del martirio un recuerdo y que al día siguiente San Jenaro se le apareció ofreciéndole un lienzo ensangrentado: el pañuelo con que los verdugos solían vendar los ojos de las víctimas antes de descargar el golpe. Los cristianos recogieron, como tenían por costumbre, un poco de la sangre de los mártires para colocarla en unas ampollas o anforitas de cristal ante la tumba de éstos. Se sabe que los restos de San Jenaro recibieron sepultura primero en Puzol, en el Campo de Marte. Luego en Nápoles, y aquí, en las catacumbas (que después fueron designadas con el nombre del Santo) hay, documentos arqueológicos que atestiguan la existencia de una devoción antiquísima y singular. Entre ellos está la pintura de San Jenaro, que data del siglo V, en la que aparece el santo obispo con un nimbo en que figura el anagrama de Cristo y la inscripción: sancto Ianuario. A ambos lados, dos fieles cristianas, una adulta y la otra niña, las dos con los brazos levantados en actitud orante. En el siglo IX las reliquias fueron trasladadas a Benevento y más tarde a Monte de la Virgen (Montevergine). Pero en 1497 encontraron sepulcro definitivo en la catedral de Nápoles, en una capilla hermosísima que los napolitanos construyeron en 1608 en cumplimiento de un voto formulado por ellos casi un siglo antes, en 1527, con ocasión de una peste que asoló a la región, pero de la cual el Santo libró a la ciudad.

 Si los napolitanos tardaron bastante tiempo en cumplir su promesa, la verdad es que, por fin, la cumplieron con munificencia y esplendidez. Debemos dedicar unas líneas a la descripción de esta capilla porque es, además, el marco adecuado e ideal para la devoción popular a las reliquias del mártir. Su planta tiene forma de cruz griega; las paredes están todas revestidas de mármol, y de mármol son también las 42 columnas que la decoran. Hay en ella siete altares, con cuadros pintados por el Dominiquino sobre cobre plateado y con muchos dorados y pinturas al fresco. Pero no sólo el célebre Dominiquino; todos los nombres del barroco de Campania parecen darse cita en ella, para honrar al santo patrón de Nápoles. El arquitecto de la capilla fue el religioso teatino Francisco Grimaldi; el altar mayor, todo de pórfido y con adornos de bronce dorado, fue diseñado por Solimena; Juliano Finelli es el autor de la mayor parte de las esculturas, y, entre los pintores, hay que nombrar, además del Dominiquino, a Lanfranco y al español Ribera. No es exagerado decir que este recinto es una de las más bellas muestras del arte del 700, y que su plástica guarda correspondencia perfecta con la espiritualidad a que sirve de expresión. A él acuden los fieles en sus necesidades espirituales ordinarias y en toda clase de calamidades públicas.

 Ya quedó mencionada la peste de 1597, pero hemos de referirnos a otras dos ocasiones en que la protección del Santo es recuerdo imborrable para los napolitanos. La primera es la erupción del Vesubio de 1631, una de las más espantosas de este volcán y que sólo puede compararse con la que destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano en el año 79 de nuestra era. Durante tres días de fragor apocalíptico y tinieblas densísimas que sólo permitían ver las llamas rojizas y los torrentes de lava que descendían de la cumbre, los creyentes se apiñaron en torno al sepulcro de su Santo en oración incesante y concluyeron sacando en procesión el sagrado cuerpo. Muchas localidades vecinas quedaron destruidas, pero la ciudad, una vez más, se salvó. La segunda gran ocasión memorable tuvo lugar el año 1884, en que el cólera devastó muchas regiones. Pero también en casos de guerras o desventuras entre las gentes de mar la fe de los devotos no ha conocido límites.

 Ahora bien, si la devoción de San Jenaro es conocida en el mundo entero, ello no se debe —hay que confesarlo— a nada de lo dicho anteriormente, sino al portento de la licuefacción de la sangre del mártir. Todos los años el día de hoy, 19 de septiembre, y en otras varias ocasiones, la sangre de San Jenaro, que se conserva en dos ampollas o frasquitos de vidrio donde la recogieron los cristianos después del martirio y donde está seca, en estado sólido, de ordinario, tórnase líquida y de color rojo vivo, como si estuviera recién vertida por el mártir. La licuefacción tiene lugar dentro de una ceremonia brillantísima en la que se muestra a las autoridades eclesiásticas y civiles y luego a los fieles la teca o estuche donde se contienen las ampollas de sangre. Esta teca es de metal, con dos cristales transparentes y semeja a un viril para las exposiciones del Santísimo. La sangre entonces pasa al estado líquido sin precisar temperatura determinada, cambia de color y de volumen y de peso hasta alcanzar el doble y sin guardar proporción constante en el uno y el otro. La muchedumbre prorrumpe en aclamaciones y con entusiasmo delirante la teca es devuelta al tesoro de la catedral para su custodia hasta la próxima exhibición. Naturalmente, el prodigio había de tropezar con la incredulidad de muchos, y las polémicas en torno a la naturaleza del fenómeno menudearon, sobre todo y como fácilmente puede suponerse, durante el siglo XIX. Más de veinte hipótesis se han formulado buscando una explicación natural, algunas de ellas por católicos, pero se ha de decir que ninguna resulta satisfactoria respecto de la totalidad de los fenómenos. Mucho menos se ha conseguido reproducirlo. El 15 de septiembre de 1902 el contenido de las ampollas fue sometido a examen espectroscópico ante testigos. Escribe el científico Sperindeo, que llevó a cabo la experiencia, que se vio “aparecer… detrás de la línea D, la banda obscura característica de la sangre, seguida de otra en el verde, y entre las dos una zona clara”. No cabe duda de que se trata de sangre humana y que en ella se verifican los efectos antes descritos. Pero no cesarán, a buen seguro, los intentos de darle una interpretación que no rebase la esfera de lo natural. La devoción, sin embargo, seguirá viendo un signo por el que San Jenaro testimonia su misión de representar ante el trono de Dios a sus fieles, y ante éstos, la misericordia y el perdón divinos. La sangre de San Jenaro es la sangre del sacerdote de Cristo, viva y fresca en el recuerdo de Dios, clamando mejor que la sangre de Abel, y viva también en el recuerdo de los hombres por los que fue derramada, porque sin sangre no se verifica redención ninguna. A esa sangre, que en cada época histórica sale de venas de los elegidos para juntarse con la de Cristo, se debe y se deberá que el ángel exterminador pase de largo envainando su espada muchas veces y el perdón se extienda a todo lo que ella ha rociado: las manos del verdugo lo primero.

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18 de septiembre.

LUNES DE LA SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2,1-8):

Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno, y de este testimonio –digo la verdad, no miento– yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 27

R/. Salva, Señor, a tu pueblo

Escucha, Señor, mi súplica
cuando te pido ayuda
y levanto las manos hacia tu santuario. R/.

El Señor es mi fuerza y mi escudo,
en él confía mi corazón;
él me socorrió y mi corazón se alegra
y le canta agradecido. R/.

El Señor es la fuerza de su pueblo,
el apoyo y la salvación de su Mesías.
Salva, Señor, a tu pueblo
y bendícelo porque es tuyo;
apaciéntalo y condúcelo para siempre. R/.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (7,1-10):

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaum. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado, a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado.
Ellos presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»
Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “ve”, y va; al otro: “ven”, y viene; y a mi criado: “haz esto”, y lo hace.»
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.»
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor

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1. (Año I) 1 Timoteo 2,1-8

a) Después de un primer capítulo de introducción y alabanza a Dios, entra Pablo en materia, recomendando a Timoteo que en su comunidad se haga lo que ahora llamamos oración universal.

Quiere que recen “por todos los hombres, por los reyes y por todos lo que están en el mundo”. Y que recen por la paz: “que podamos llevar una vida tranquila y apacible”.

El motivo es teológico y doble: “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Y, además, al igual que Dios es único y Dios de todos, también tenemos un único “mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos”. La lógica es perfecta: Dios es Padre de todos y Cristo ha muerto para salvar a todos. Por tanto los cristianos tenemos que desear y pedir la salvación de todos.

Eso si, “alzando las manos limpias de ira y divisiones”, porque si estamos llenos de orgullo, o de odio, o de divisiones, mal podemos rezar por todos.

El salmo recoge este tono de súplica: “escucha mi voz suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo las manos hacia tu santuario. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad”.

b) Tenemos la tendencia a rezar por nosotros. Es lo que nos sale más espontáneo, y además es legítimo. Por ejemplo, en las preces de Laudes invocamos a Dios ofreciéndole nuestra jornada y pidiéndole nos ayude en lo que vamos a hacer.

Pero hay momentos en que rezamos por los demás, por el mundo, por la Iglesia. Es una actitud fundamental de la fe cristiana. Somos “católicos = universales” también en nuestra oración.

Convencidos de que Dios quiere la salvación de todos y de que Cristo se ha entregado por todos, los cristianos, en la “oración universal” de la misa (y también en las preces de Vísperas), nos ponemos ante Dios a modo de mediadores e intercedemos por los demás.

Nos sentimos “sacerdotes”: por el Bautismo todos somos pueblo sacerdotal, y una de las cosas que hace el mediador es rezar ante Dios por los demás. Ésta es la motivación que ofrece la introducción al Misal:

“En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres.. . por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo” (IGMR 45).

Nos hace bien pensar y rezar a Dios por los demás. Luego trabajaremos por el bien público, pero el haber rezado por esas mismas intenciones por las que luego luchamos -la paz, el bienestar, la salud, la esperanza, la justicia- hace que nuestro trabajo quede iluminado desde la fe y el amor de Dios, y no sólo desde nuestro buen corazón o nuestro sentido de solidaridad humana, aunque ya sean buenas motivaciones.

De alguna manera convertimos en oración la historia que estamos viviendo, con sus momentos gloriosos y sus deficiencias. “Decimos” ante Dios las urgencias de la humanidad y, al rezarlas, nos comprometemos en lo mismo que pedimos.

Esta oración nos pide que elevemos nuestras manos a Dios libres de ira, con corazón reconciliado: nos educa a vivir la historia con una cierta serenidad, con una visión desde Dios, deseando que se cumpla en nuestra generación su plan salvador.

2. Lucas 7,1-10

a) Jesús hace un milagro en favor de un extranjero, que, además, es un oficial, jefe de centuria del ejército romano de ocupación. Según los informes que le dan a Jesús, es buena persona, simpatiza con los judíos y les ha construido la sinagoga.

La actitud de este centurión es de humilde respeto: no se atreve a ir él personalmente a ver a Jesús, ni le invita a venir a su casa, porque ya sabe que los judios no pueden entrar en casa de un pagano. Pero tiene confianza en la fuerza curativa de Jesús, que él relaciona con las claves de mando y obediencia de la vida militar.

Jesús alaba la fe de este extranjero. Después de tantos rechazos entre los suyos, es reconfortante encontrar una fe así: “os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.

Cuando Lucas escribe el evangelio, la comunidad eclesial ya hacia tiempo que iba admitiendo a los paganos a la fe, por ejemplo en la persona de otro centurión romano, Cornelio, que se convirtió con toda su familia. Entonces (cf.Hch 10,34ss) sacaron la conclusión de que “realmente Dios no hace distinción de personas”.

b) ¿Sabemos reconocer los valores que tienen “los otros”, los que no son de nuestra cultura, raza, lengua, religión? ¿sabemos dialogar con ellos, ayudarles en lo que podemos? ¿nos alegramos de que el bien no sea exclusiva nuestra?

La actitud de aquel centurión y la alabanza de Jesús son una lección para que revisemos nuestros archivos mentales, en los que a veces a una persona, por no ser de “los nuestros”, ya la hemos catalogado poco menos que de inútil o indeseable. Si fuéramos sinceros, a veces tendríamos que reconocer, viendo los valores de personas como ésas, que “ni en Israel he encontrado tanta fe”.

La Iglesia, en el Concilio Vaticano, se abrió más claramente al diálogo con todos: los otros cristianos, los creyentes no cristianos y también los no creyentes. ¿Hemos asimilado nosotros esta actitud universalista, sabiendo dar un voto de confianza a todos? ¿o estamos encerrados en alguna clase de racismo o nacionalismo, por razón de lengua, edad, sexo o religión? ¿somos como los fariseos, que se creían ellos justos y a los demás los miraban como pecadores?

Tenemos que empezar por ser humildes nosotros mismos. Cuando nos preparamos a acudir a la comunión eucarística, repetimos cada vez -ojalá con la misma fe y confianza que él- las palabras del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

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17 de septiembre.

Lecturas del Domingo 24º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (27,33–28,9):

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (14,7-9):

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Mateo (18,21-35), del domingo, 17 de septiembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor

Homilía para el XXIV domingo durante el año A

Las escuelas rabínicas pedían a sus discípulos perdonar a sus parientes, mujeres, hijos e hermanos, un cierto número de veces, y este número variaba de escuela en escuela. Pedro quiere saber cuál es la “tarifa” aplicada por Jesús. ¿Es más severa que aquella de la escuela que pedía perdonar hasta siete veces a un hermano que había ofendido?

Jesús responde con una parábola que hace salir a la persona de este sistema de tarifas y la invita a imitar el perdón de Dios. San Mateo subraya, por otra parte, la diferencia increíble entre los diez mil talentos y los cien denarios (un poco como la diferencia entre la paja y la viga en el ojo (cf. Mt. 7, 1-5), para mostrar la diferencia infinita que separa las ideas humanas sobre el deber y la justicia de las de Dios.

Ya el Antiguo Testamento nos mostraba al Señor como un “Dios de ternura y de compasión, lento a la ira y lleno de amor, que permanece fiel por mil generaciones”. Este amor sin límites no significa sin embargo indiferencia en relación con el pecado. Cuando su pueblo peca, el Señor se llena de cólera; pero también entonces muestra su misericordia llamando a su pueblo a la conversión.

Toda la vida de Jesús, sobre todo su muerte en la cruz, fue igualmente un ejercicio de misericordia sin límites. Por donde pasaba, Jesús esperaba al hijo pródigo. No había venido para los que se creían justos, sino para los pecadores que se arrepienten. Él busca a estos últimos como un pastor busca una oveja perdida, como una mujer busca su última moneda de plata que perdió. Algunos parecen ser objetos privilegiados de su misericordia, especialmente en san Lucas. Son los pobres, las mujeres, los extranjeros –todos aquellos que estaban excluidos o rechazados por una u otra exclusión.

La parábola narrada por Jesús en el Evangelio de hoy supone una teología de tiempo presente, que es el tiempo de la Iglesia –un tiempo que nos es dado para la conversión. Así, el deber de perdonar, Mateo, lo pone en un contexto escatológico. Los últimos tiempos vendrán bajo la forma de un año sabático (Deut. 15, 1-5), durante el cual Dios condonará la enorme deuda de la humanidad y ofrecerá la justificación. Algunos empero rechazarán este don y se condenarán solos a la infelicidad sin fin.

Podríamos decir que estamos en un tiempo de “probation” o de “libertad condicionada”. En nuestro derecho actual tenemos, en la mayor parte de nuestros países, la noción de “probación”, correspondiente en este caso a una suspensión provisoria y condicional de la pena de un condenado, condicionada a una verificación y medidas de control, así como referidas a un servicio social.

Ahora, en el relato de esta parábola, el hombre se encuentra situado entre dos juicios (versículos 25-26 y 31-35). El primer juicio se concluyó con un perdón de la deuda. El segundo juicio dependerá del modo en cómo se utilice el tiempo entre ambos juicios. El hombre será definitivamente perdonado y justificado si utiliza “el tiempo de probación que le fue concedido para perdonar a su vez y hacer justicia. La vida cristiana es una suerte de tiempo de probación o libertad condicionada. Nosotros fuimos absueltos de nuestras culpas. Esta absolución debe sin embargo ser ratificada al fin de nuestra vida en este mundo, y lo será solamente en la medida en que habremos nosotros mismos ejercido el perdón en relación a los otros.

Las últimas palabras de la parábola: “es así que hará mi Padre celestial, si cada uno no perdona a su hermano de todo corazón”, esto nos recuerda el pedido que hacemos cada día en el Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Entre los diversos caminos que conducen al descubrimiento de Dios, uno de los más importantes es la experiencia que el hombre pecador hace de la misericordia de Dios. Pero el perdón que hemos recibido no permanecerá a menos que nosotros también hayamos perdonado.

Que la Virgen santa nos ayude en esta tarea.

 

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14 de septiembre.

EXALTACIÓN DE LA CRUZ

Primera lectura

Lectura del libro de los Números (21,4b-9):

En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo.»
El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes.»
Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: «Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla.»
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 77,1-2.34-35.36-37.38

R/. No olvidéis las acciones del Señor

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado. R/.

Cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor. R/.

Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza. R/.

Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor. R/.

Como es fiesta, y no es domingo se elige entre la lectura anterior o la siguiente:

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,13-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

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“Exaltación de la Cruz” será mejor que para nosotros no signifique elevación, sublimación en vagas nubes de gloria, sino, al contrario: “humillación de la Cruz”, mirada cara a cara a la dura realidad de lo que fue esa cama de muerte del Hijo de Dios. Ya nos hemos acostumbrado a la cruz, y hasta hay quien gusta de interpretarla como signo abstracto, casi como el “más” de los matemáticos, como “cruce de infinitos”, etc. Pero para los primeros cristianos, la cruz era todavía algo tan horroroso que tardaron mucho en representar a Cristo clavado en ella (fue, recordémoslo, en la puerta de madera de Santa Sabina, en Roma). Porque, ¿que era la cruz? Lo que más se le parece ahora es la horca (una horca, en su forma, viene a ser una cruz manca). Pero en España eso nos dice poco: pensemos en el garrote vil (otros pueblos pensarán en la guillotina, en la silla eléctrica, en la cámara de gas; nunca en el piquete de ejecución que, después de todo, tiene algo de honor militar). Pero, además, añadamos el lento suplicio a la ejecución: un suplicio gratuito, no para obtener declaraciones, a la manera moderna (y antigua), sino para hacer lenta y desgarradora la agonía. No entremos a preguntar detalles a los historiadores: si el reo era clavado antes por las manos al palo transversal, y éste elevado con cuerdas —como con las reses muertas, pero en vivo—, etc. Nos basta con saber: horas de tortura para morir, como los peores bandidos, para quienes quitarles la vida en un momento se hubiera considerado escaso castigo.

 Es frecuente —se dirá— el caso de fundadores políticos y religiosos que murieron “ajusticiados”. En nuestra época no nos es muy difícil imaginar que el Hijo de Dios se hubiera dejado fusilar (eso imagina Faulkner en su extraña reviviscencia de Una fábula). Pero de haber nacido en nuestra época, el hecho de que hubiera muerto agarrotado, con dos granujas cualquiera —”A éste por ladrón”, “A éste por subversivo”, “A éste por ladrón”—, eso rebasa lo que podríamos esperar (a pesar de que nuestro siglo nos ha desengañado mucho de las justicias humanas y sus castigos). Ahora tenemos cruces al cuello y en las paredes, pero, ¿no nos hubiera escandalizado este artefacto de ejecución de haberlo conocido como tal antes de contar con Cristo? Quizá alguna vez, leyendo muertes de mártires —con refinadas torturas de ruedas de cuchillos, calderas de aceite, desolladuras— hemos pensado que Jesucristo aceptó una muerte sencilla, casi fácil. Sencilla, sí, pero la peor. Una muerte corriente, de código penal, sin ningún artilugio inventado para el caso, con el procedimiento vulgar; una “muerte en serie”, como diría Rilke, igual que un traje de almacén, pero el más sucio y roto entre tantos iguales, para redimir la muerte de todos. Porque ya venía del tormento, refinado a fuerza de estúpido, de los soldados, que ni siquiera le odiaban como los judíos, y para quienes era un anarquista chiflado a quien azotaban para ver si así se podía cerrar el expediente, y a quien abofeteaban sólo por pasar el aburrimiento en el cuerpo de guardia, por vengarse de sus “horas extraordinarias” de servicio. Y de ahí —a petición de los suyos, no por deseo de los ocupantes extranjeros— a una muerte de delincuente común, con su palo como un poste de tormento, para que todos descargasen en él su golpe: unos, los celos, ya tranquilizados, de perder el poderío religioso —y ésos darían más fuerte, para acelerar la muerte, y con ella su propio sosiego—; otros, echándole encima su desengaño político de conspiradores ambiciosos, despechados porque sus afanes de mando se hubieran esfumado en redención de espíritu.

 A la vez que aparato de muerte, la cruz fue para Cristo picota de vergüenza. Para eso se ponían las cruces en alto; para “dar ejemplo” y permitir la burla y el salivazo. Pero seguramente ningún reo tuvo tal tempestad encima de insultos y manchas. Los ladrones, a los lados, aun con todos sus dolores, todavía se asombraron, sin comprender: el uno le increpó, el otro le defendió. De cruz a cruz se hizo un extraño diálogo, más allá de la vida y el mundo: el pobre agonizante de en medio prometía la gloria eterna al otro agonizante que creía en su inocencia. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era una piltrafa, con la cara tapada por hilos de sangre de las espinas y por las huellas de las bofetadas; su cuerpo parecía vestido por millares de líneas de azotes; sobre su desnudez, un papelón anunciaba, con burlona seriedad: “Fulano de Tal, rey del país”.

 Estaba ronco de sed, pero el vino con hiel era peor que la sed; alrededor, todos se le burlaban, jaleaban su agonía, le escupían. Pero Jesús, todavía en el potro, ganaba y se llevaba un compañero de tormento.

 “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz” (Gal. 6, 8), leemos en la misa de hoy. Y de otro lugar, recordamos el mandato para salvarse: “tome cada uno su cruz, y sígame”. Pero pensamos en algo extraordinario, en un peso que, hasta en su misma forma, sea un testimonio de Dios, con su recuerdo y su consuelo aún en el dolor. Y, sin embargo, nuestra cruz es lo vulgar, lo de siempre; nos la tiene preparada la vida, y no se distingue de lo humano: está hecha con la madera misma de nuestro ser. La llevamos de todas maneras encima, pero se hace de Cristo cuando, en vez de odiarla, la aceptamos para ir detrás de ÉI. La vida, más o menos cruelmente, antes o después, nos crucifica también. Pero podemos volver la mirada al que más sufre clavado sobre nuestro mismo tormento de muerte, y confesar: “A mí me está bien empleado, pero, ¿y a éste, que no hizo más que querernos bien?”

 Mientras llevamos la cruz invisible, alrededor florecen las cruces. ¡Qué extraño! Todos los emblemas suelen ser signos de gloria, o atributos de trabajo, o alusiones convenidas. El símbolo de Cristo es un esquema de muerte vil; de toda su misión en la tierra eso es lo que mejor le representa, la clave rápida para no olvidar y reconocer, justamente la mayor humillación, la peor vulgaridad.

 Basta un leve gesto, casi un azar, cualquier cosa, para una cruz. Un viajero inglés del siglo XVII contaba de los españoles: “algunos, si ven en el suelo dos pajitas cruzadas, se arrodillan y las besan en el mismo polvo”. Muy bello es, pero no es ésa la obediencia de que Cristo nos daba ejemplo. Esa es la obediencia invisible, que no rompe una línea de vida como un intermedio extraordinario; en otro sentido: es la sumisión a lo que nos toque, la renuncia a que nuestra voluntad sea algo aparte de la de Dios. Es el andar por la vida sin apego a lo que —con todo amor— hacemos: cuidando nuestros hechos, pero dispuestos a dejarlos en cuanto tiren para el otro lado de Cristo, y dispuestos a seguirlos amando también cuando se nos vuelvan dolor y fatiga sobre los hombros, y no podamos quitárnoslos de encima. Cuando nos dicen “obediencia”, parece que lo oímos siempre como a través de nuestros oídos de niño: “haz esto”, haz aquello”, “no comas esto”, “no toques lo otro”. Quizá no hemos aprendido una obediencia “de mayores”, y pensamos que si Dios nos mandara algo, si Cristo nos viniera a dar una orden, ¡qué de prisa lo haríamos! Pero nunca nos ha mandado nada Cristo; no hemos oído su voz diciéndonos que oficio debíamos seguir, qué estado debíamos tomar, qué solución debíamos adoptar en aquella ocasión de la que dependió nuestra vida, y en que volvimos los ojos al cielo deseando un mandato que nos evitara la responsabilidad y el terror de equivocarnos. Nuestra obediencia ha de ser otra: estampada en cada momento, más allá de lo que elijamos y lo que hagamos, como entrega ciega de nuestra voluntad a la divina, sin importarnos siquiera nuestro margen de error y aun nuestras mismas caídas de todos los días. Pues no seremos nosotros quienes nos elevemos, sino Él que tira de nosotros desde el mismo centro de la renuncia y el sufrimiento.

 En el evangelio de la misa de hoy se lee: “Cuando me eleven sobre la tierra, atraeré a Mí todas las cosas. (Pero esto lo decía indicando de qué muerte tenía que morir)” (lo. 12, 32). Nadie entendió esta paradoja: acaso pensarían en un trono, y en el mundo entero viniendo a rendir homenaje a Cristo. Hubiera sido imposible que imaginaran un trono en forma de cruz y una elevación a través del dolor: hacia la muerte y el abandono de Jesús acuden todas las cosas, acrecentando su propia desazón íntima para tender a ese centro de resolución y gloria. Pero se ha dejado elevar en tormento, porque lo que quería no era reinar simplemente sobre los hombres y las cosas, sino elevarlos, sacarlos de su ser caído, y hacerles subir hasta que fueran mundo suyo, y ya no mundo del pecado. Muerto, y muerto a manos de los hombres, y estrujado hasta quedar como cosa, humillado hasta el nivel de la materia misma, desde ahí acompaña el ascenso de todo, tira de todo para que por su cruz suba con Él al cielo.

 Y la cruz volverá a estar en el trono de esplendor de Jesucristo, cuando vuelva para juzgar al mundo y darle la gloria final: cruz será el relámpago que le precederá, escrito en el cielo sobre los países, y el signo en su mano, como la llave de su poderío y la vara que divida el rebaño humano, a un lado o a otro, para siempre. De su paso por la tierra, sólo eso le quedará acompañando su carne gloriosa: la señal de la cruz, convertida de tortura en árbol de luz, lo mismo que todo dolor ha de resucitar hecho esplendor en nuestro cuerpo, y toda memoria convertida en alegría.

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13 de septiembre.

UNSPECIFIED – JUNE 12: Saint John Chrysostom (345-407) archbishop of Constantinople, one of the greek Church Fathers, illustration from book “Butler’s lives of the fathers martyrs and other saints” by Alban Butler (1928) (Photo by Apic/Getty Images)

Miércoles de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-11):

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Eso es lo que atrae el castigo de Dios sobre los desobedientes. Entre ellos andabais también vosotros, cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca! No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,2-3.10-11.12-13ab

R/. El Señor es bueno con todos

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Colosenses 3,1-11

a) San Pablo sigue con su razonamiento de coherencia. Si los cristianos de Colosas son conscientes de que “han resucitado con Cristo”, deben ser consecuentes y buscar “los bienes de allá arriba” y no los de este mundo.

En el orden del ser, el ontológico, ya ha sucedido -por el bautismo- que “habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”, y “habéis resucitado con Cristo”, y “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria”.

Pero eso no sólo es una realidad futura. Ya desde ahora funciona esta unión con el misterio de muerte y resurrección de Cristo. Hay cosas a las que renunciar: “dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros”. Pablo enumera una serie de situaciones pecaminosas: la fornicación, la codicia, la avaricia, ira, coraje, calumnias y groserías: “despojaos de la vieja condición humana, con sus obras”. Algunos de estos ejemplos apuntan a las costumbres sexuales. Otros, a la caridad fraterna. Otros, a la avaricia del dinero, que es una idolatría.

Los cristianos, despojados del pecado, deben abrazar las obras de Cristo: “revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador”. Según esta nueva condición, “no hay distinción entre judíos y gentiles, entre esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”. En las relaciones con los demás se notará si hemos asimilado el estilo de vida de Cristo.

b) Los sacramentos cristianos se tienen que notar luego en la vida. Es muy hermoso poder decir que el bautismo nos ha hecho morir con Cristo y resucitar con él a una nueva vida. Eso es una realidad misteriosa y consoladora. Pero Pablo nos recuerda la consecuencia: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”. Estamos arraigados en este mundo y realizamos en él una tarea muy importante: vivir y ayudar a vivir. Pero “buscar las cosas de allá arriba” significa vivir con una mentalidad no terrena, según las pasiones e instintos que a todos nos atan de alguna manera. Significa ser libres, resucitados, “revestidos de la nueva condición” de cristianos, que todos somos conscientes que exige, no tanto unos conocimientos, sino un modo distinto de vida.

La lista de peligros que citaba Pablo nos la podría recordar también hoy, invitándonos a una conducta sexual justa, una caridad sin ira ni maldad, evitando la codicia y la avaricia del dinero, que son unos dioses falsos que atan a sus seguidores.

La motivación siempre es la misma: “habéis resucitado con Cristo”, “vuestra vida está con Cristo”, “Cristo es vida nuestra”, “Cristo es la síntesis de todo y está en todos”… ¿Se nota en nuestras vidas, concretamente, que día tras día escuchamos la palabra de ese Cristo y recibimos su Cuerpo y su Sangre? ¿se nos va comunicando su “nueva condición”, o seguimos aferrados a la terrena?

1. (Año II) 1 Corintios 7,25-31

a) Se ve que los Corintios le habían hecho unas consultas a Pablo, que va respondiendo en su Carta.

Hoy trata de la tensión que había entre las diversas concepciones de la vida sexual y en concreto del matrimonio. Probablemente las posturas iban de extremo a extremo: desde los que abogaban por una libertad total, siguiendo las costumbres paganas, hasta los que despreciaban la vida sexual y el matrimonio y predicaban la abstención total.

En los versículos que aquí leemos -y que sólo se entienden si se lee todo el capítulo 7- Pablo dice con mucho cuidado su opinión. Los tres estados son buenos: el de los solteros, el de los casados y el de los viudos. Aunque él crea que el celibato por el Reino -a ejemplo de Jesús y del suyo propio- sea lo mejor. Pero eso no es imposición del Señor, sino opción de san Pablo.

Lo que prefiere hacer es “relativizar” el tema y pedir a todos que, cada uno en su estado, se dedique a hacer el bien, a trabajar por el Reino, sobre todo teniendo en cuenta como era la opinión de la época- que era inminente la vuelta del Señor: “porque la representación de este mundo se termina”.

b) No busquemos aquí un tratado completo de los valores del matrimonio cristiano O del celibato.

Pablo ya sabe que la mayoría se casan (su alto concepto del matrimonio lo expresa sobre todo en Ef 5), y que algunos ya están viudos, mientras que otros, como él mismo, han optado por el celibato, para dedicar todas sus energías a la evangelización. En el fondo nos invita a una sana “indiferencia”, una relativización del tema. Les dice a los Corintios que continúen en el estado en que se encontraban cuando se convirtieron: no abandonen el matrimonio, o el celibato, sino que, cada uno como está, intente cumplir la voluntad de Dios y trabajar en favor del Reino, porque urge el tiempo y hay que aprovecharlo.

Nos viene bien relativizar los valores de acá abajo y tener ante la vista los escatológicos. Los religiosos, por ejemplo, relativizamos la posesión de bienes, la libertad personal y la vida matrimonial por medio de los votos de pobreza, obediencia y castidad, siguiendo así los consejos de Jesús en su evangelio e intentando ser, en medio de este mundo, signos vivientes de la radicalidad de los valores de Cristo.

Pero también los casados saben relativizar muchas cosas, porque hay valores e ideales por los que vale la pena gastarse más plenamente. Cada uno en su estado, nos comprometemos a vivir el evangelio de Cristo, teniendo en cuenta los valores más inmediatos y sobre todo los superiores, que dan sentido más pleno a todo lo que hacemos. Los casados, con su vida de amor y de educación de sus hijos. Los que han optado por el celibato, desde el carisma propio y la misión recibida en la Iglesia. Todos intentamos ser fieles a Cristo y signos suyos creíbles en medio del mundo.

2. Lucas 6,20-26

a) Al bajar Jesús de la montaña, donde había elegido a los doce apóstoles, empieza en Lucas lo que los autores llaman “el sermón de la llanura” (Lc 6,20-49), que leeremos desde hoy al sábado, y que recoge diversas enseñanzas de Jesús, como había hecho Mateo en el “sermón de la montaña”.

Ambos empiezan con las bienaventuranzas. Las de Lucas son distintas. En Mateo eran ocho, mientras que aquí son cuatro bienaventuranzas y cuatro que podemos llamar malaventuranzas o lamentaciones. En Mateo están en tercera persona (“de ellos es el Reino”), mientras que aquí en segunda: “vuestro es el Reino”).

Jesús llama “felices y dichosos” a cuatro clases de personas: los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por causa de su fe. Pero se lamenta y dedica su “ay” a otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que son adulados por el mundo.

Se trata, por tanto, de cuatro antítesis. Como las que pone Lucas en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos. Es como el desarrollo de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos.

b) Nos sorprende siempre esta lista de bienaventuranzas. ¿Cómo se puede llamar dichosos a los que lloran o a los pobres o a los perseguidos? La enseñanza de Jesús es paradójica. No va según nuestros gustos y según los criterios de este mundo. En nuestra sociedad se felicita a los ricos y a los que tienen éxito y a los que gozan de salud y a los que son aplaudidos por todos.

En estas ocasiones es cuando recordamos que ser cristianos no es fácil, que no consiste sólo en estar bautizados o hacer unos rezos o llevar unos distintivos. Sino en creer a Jesús y fiarse de lo que nos enseña y en seguir sus criterios de vida, aunque nos parezcan difíciles. Seguro que él está señalando una felicidad más definitiva que las pasajeras que nos puede ofrecer este mundo.

Es la verdadera sabiduría, el auténtico camino de la felicidad y de la libertad. La del salmo 1: “Dichoso el que no sigue el consejo de los impíos: es como un árbol plantado junto a corrientes de agua… No así los impíos, no así, que son como paja que se lleva el viento”. O como la de Jeremías: “Maldito aquél que se fía de los hombres y aparta de Yahvé su corazón… Bendito aquél que se fía de Yahvé y a la orilla de la corriente echa sus raíces” (Jr 1 7,5-6). O como la de la parábola del pobre y del rico: ¿quién es feliz en definitiva, el pobre Lázaro a quien nadie hacía caso, o el rico Epulón que fue a parar al fuego del castigo? Jesús llama felices a los que están vacíos de sí mismos y abiertos a Dios, y se lamenta de los autosuficientes y satisfechos, porque se están engañando: los éxitos inmediatos no les van a traer la felicidad verdadera.

¿Estamos en la lista de bienaventurados de Jesús, o nos empeñamos en seguir en la lista de este mundo? Si no encontramos la felicidad, ¿no será porque la estamos buscando donde no está, en las cosas aparentes y superficiales?

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SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR

(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton…, y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 – veintidós exuberantes años – hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: “¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!”

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle – divino pretexto – una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo – llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo… Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase – y a él le gusta, de seguro, el juego – diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis…

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia…, o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón… Pero, hasta entonces…, turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía – le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio – misterios de Dios – lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara… en el derecho de asilo… Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía… Bendito sea el Señor… ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón – dice él – más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionte al pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. “Gloria a Dios en todas las cosas”, clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

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12 de septiembre.

EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

¡Con qué reverente brevedad escribe San Lucas, en el capítulo primero de su Evangelio, la frase que sirve de pórtico al divino cuadro de la Encarnación!: “¡Y el nombre de la Virgen era María!”. Es como presentarnos, en toda su regia sencillez, en el azahar florido y oloroso de su huerto cerrado, a la llena de gracia, a la Reina de los cielos y tierra, a la elegida, a la excelsa Madre de Dios.

 Y, escuchando el acelerado palpitar de aquel corazón sorprendido ante el inefable misterio que va a realizarse, el ángel San Gabriel, con dulce confianza de siervo expresamente encargado de la custodia y guarda de su Señora, le dice, subrayando su augusto nombre: “No temas, María… “.

 La creación entera se goza en balbucear el eufónico nombre que Dios le impuso a su Madre. “Nombre cargado de divinas dulzuras”, como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas: O clemens, o pia, o dulcis Virgo María!

 Bien le cantamos Mutans Evae nomen, porque Ella devolvió a la gracia, con el nombre de vida, todo lo que la desdichada madre natural de los hombres había entregado a las tinieblas, con el nombre de muerte.

 Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado.

 Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica. Aun ahora, muchas tribus africanas, otras dispersas en los inmensos parques de América del Norte, y los negros australianos, consideran el nombre como una parte integrante de la personalidad, ocultándolo, a veces, a los extranjeros, bajo apodos y paráfrasis, por temor a los perjuicios que pudiera acarrear su conocimiento.

 En los países cuya historia se ha ido desenvolviendo al veril de una civilización normal y cada vez más pujante, el simbolismo de los nombres perdió, poco a poco, su luz bajo la potencia bienhechora o maléfica de las personas que los ostentaron. Con razón se dice, pues, que el nombre no hace a la persona, sino la persona al nombre. Y afirma San Pedro Canisio que, puesto que “el nombre es símbolo y cifra de la persona, invocar el nombre de María equivale a empeñar su poder en favor nuestro”.

 Si el Señor escogió entre todas las criaturas la más perfecta, para ser Madre del Hijo divino; si como privilegio de esta maternidad la hizo inmaculada y arca de todas las virtudes, nos parece muy lógico que también eligiera para Ella el nombre más hermoso, el de más alta y acendrada significación, el más dulce entre todos los del humano lenguaje.

 ¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar?

 Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena. Otro tercer grupo de filólogos e intérpretes sostienen que la palabra María es de origen estrictamente hebreo. Y sus diversas y preciosas significaciones son las siguientes:

 Primera. Mar amargo, de la raíz mar y jam. María fue un verdadero mar de amargura, desde que en el templo, cuando la presentación de su Hijo, vislumbró la silueta cárdena y dolorida del Calvario. Y un mar de amargura desbordante en la pasión y muerte de Jesús.

 Segunda. Rebeldía, de la raíz mar. Ella, la omnipotencia suplicante, vence a las satánicas huestes. “El nombre de María —escribe el padre Campana— es de una energía singular y tiene en sí una fuerza divina para impetrar en favor nuestro la ayuda del cielo.”

 Tercera. Estrella del mar. Le cantamos Ave, Maris Stella! ¡Y con qué arrebatador encanto glosa y profundiza San Bernardo esta expresiva metonimia!

 Cuarta. Señora de mí linaje. Frase muy justa y apropiada a la prerrogativa nobilísima de ser Madre de Dios, Reina de todo lo creado.

 Quinta. Esperanza. Significado más alegórico que etimológico, pero lleno de inefable consuelo. Porque Ella, Spes nostra, es el camino de la felicidad, el arco iris que señala un pacto de armonía entre Dios y los hombres. “Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia.”

 Sexta. Elevada, grande, de ram. San Agustín y San Juan Crisóstomo coinciden en adjudicarle el excelso sentido de “Señora y Maestra”.

 Séptima. Iluminada, iluminadora. Está llena de luz. Sostiene en sus brazos la luz del mundo. Es pura y diáfana. “El nombre de María indica castidad”, dice San Pedro Crisólogo.

 Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina. dar a la “Niña Reina” un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: “María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna”.

 Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, “llave del cielo”, como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria. Por eso su fiesta lleva esa impronta: Acies ordinata.

 España, siempre dispuesta a romper lanzas por la gloria de María, fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció el año 1513. Cuenca fue la diócesis que primeramente solemnizó dicha fiesta, siguiendo su ejemplo, en seguida, las demás, porque el amor de Nuestra Señora es efusivo y prende con facilidad en terrenos de sincera devoción.

 Pero fue el papa Inocencio XI —”defensor de la Iglesia con toda la fuerza de su férreo carácter, con la sabiduría de su espíritu y, sobre todo, con el amor de absoluta entrega”, como decía en el radio mensaje de beatificación nuestro Santísimo Padre Pío XII—, quien decretó, el 25 de noviembre del año 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, pues invocándolo se había alcanzado la completa victoria sobre los turcos.

 Uno de los más trascendentales y emotivos episodios de la historia universal nos da el relato de esta decisiva victoria:

 Si el empuje de las fuerzas cristianas en Lepanto, cuya alma había sido también el papa San Pío V, debilitó la potencia otomana, frenando el ímpetu de sus conquistas, el límite de los territorios dominados por los turcos no había retrocedido, y la puerta tendía a resurgir con el intento de una invasión total de Europa. En 1683 el peligro se hizo ya inminente. Los cálculos menores estiman el ejército que el gran visir Kara Mustafá llevó contra Viena, en unos 200.000 hombres. Era un momento critico en la historia del mundo. Inocencio XI, ante las indecisiones ambiciosas y la política turbia de algunos príncipes europeos, le escribía a Luis XIV de Francia: “Te conjuro, por la misericordia de Dios, que acudas en auxilio de la oprimida Cristiandad, para que no caiga bajo el yugo del tirano. Dios te ha señalado con tan buenas cualidades, y a tu reino con tantas fuerzas y recursos, que creo estás llamado por la Providencia para lograr la más hermosa gloria. ¡Sé digno de la grandeza de tu vocación!”. Pero, mientras Luis XIV contestaba con frías excusas, la católica Polonia, al mando de su heroico rey Juan Sobieski, ajustaba alianza con el emperador de Austria, Leopoldo I, y acudía en su ayuda.

 Desde el 14 de julio, Viena había quedado ya enteramente cercada por los turcos y aislada del ejército imperial, que se había retirado a la izquierda del Danubio.

 Un bosque de tiendas de campaña se extendía en forma de medialuna en torno a la ciudad. Comenzó el terrible bombardeo y, por efecto de él, un incendio imponente. Las enfermedades se cebaban también en los sitiados. Las provisiones de pólvora y los víveres disminuían con suma rapidez. Cada día se hacía más violento y amenazador el apremio de los enemigos. Pero la Providencia divina atendió, una vez más, las oraciones del papa Inocencio XI y de los fieles devotos de la Madre de Dios, que en Ella habían puesto sus esperanzas. Juan Sobieski se preparó al combate recibiendo el Pan de los fuertes y oyendo devotamente la santa misa, y todo el ejército polaco siguió el ejemplo de su rey. “La hora histórica de la batalla definitiva de Viena sonó al alborear el límpido sol del día 12 de septiembre” —dice S. S. Pío XII en el citado radiomensaje con motivo de la beatificación de Inocencio XI—. El ejército de socorro, dirigido por Juan Sobieski, atacó a los asaltantes. Una inesperada tormenta de granizo cayó sobre el campamento de los turcos. Antes de la noche, la victoria sonreía a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate invocando el Nombre de María. Si como instrumento de liberación Dios había escogido al rey de Polonia, unánimes afirman los críticos e historiadores que el artífice primario de esta misma liberación fue el papa Inocencio, y éste, a su vez, con humildad conmovedora, atribuyó el mérito y la gloria de aquella jornada al favor y socorro de María. Por eso quiso dedicar este luminoso día de septiembre a la fiesta de su Santísimo Nombre.

 “El Señor ha hecho vuestro Nombre tan glorioso que no se caerá de la boca de los hombres” (Judith, 13, 25). Sublime elogio que corresponde a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que “hizo en Ella cosas grandes y cuyo Nombre es santo”, quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce Nombre. Nombre que ha de ser también loado, “santificado”, como el Nombre de Dios, en todo el mundo, porque —repitámoslo una vez más— infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso “teocalli” invocando: “¡Ay, Santa María!”, y con este nombre en los labios expiraban.

 En el áureo Blanquerna, de Raimundo Lulio, en el cual, según alada frase del excelentísimo doctor García y García de Castro, arzobispo de Granada, “el beato mallorquín logró aprisionar las transparencias de las ondas del mar de Mallorca y las incógnitas armonías de los montes de Miramar…”, se lee de aquel monje que sólo tenía por oficio dirigir, tres veces al día, una salutación a Nuestra Señora. “Es el ruiseñor del monasterio —continúa el doctor García y García de Castro con galana pluma— y canta las delicias de María, y envídianle los otros ruiseñores esparcidos por aquellos bosques que se reflejan en las aguas luminosas del Mediterráneo mallorquín”.

 “¿Quién se resistirá a escuchar sus melodiosos trinos?”

 “¡Ave, María! Salúdate tu siervo de parte de los ángeles y de los patriarcas y los profetas y los mártires y los confesores y las vírgenes, y salúdate por todos los santos de la gloria. ¡Ave, María! Saludos te traigo de todos los cristianos, justos y pecadores; los justos te saludan porque eres digna de salutación y porque eres esperanza de salvación; los pecadores te saludan porque te piden perdón y tienen esperanza de que tus ojos misericordiosos miren a tu Hijo para que tenga piedad y misericordia de sus culpas y recuerde la dolorosa pasión que sostuvo para darles salud y perdonarles sus culpas y pecados.

 ¡Ave, María! Saludos te traigo de los sarracenos, judíos, griegos, mongoles, tártaros, búlgaros, húngaros de Hungría la menor, comanos nestorinos, rusos, quinovinos, armenios y georgianos. Todos ellos y muchos otros infieles te saludan por ministerio mío, cuyo procurador soy…” (Obras selectas de Raimundo Lulio: B.A.C., p.160).

 Esa debe ser nuestra salutación y nuestro ruego: que todos conozcan y alaben a María, que todos pronuncien con reverencia su santo Nombre y que Ella mire a todos sus hijos, dispersos por el mundo, con ojos de misericordia y de amor.

 Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: “Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos.”

 Que el dulce Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús su hijo: verdadero hombre y verdadero Dios, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

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Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 2, 6-15

Hermanos:

Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded según

Arraigados en él, dejaos construir y afianzar en la fe que os enseñaron, y rebosad agradecimiento.

Cuidado con que haya alguno que os capture con esa teoría que es una insulsa patraña forjada y transmitida por hombres, fundada en los elementos del mundo y no en Cristo.

Porque es en Cristo en quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y por él, que es cabeza de todo principado y autoridad, habéis obtenido vuestra plenitud.

Por él fuisteis también circuncidados con una circuncisión no hecha por hombres, cuando os despojaron de los bajos instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo.

Por el bautismo fuisteis sepultados con él, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo

Palabra de Dios.

Salmo

Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11

R/. El Señor es bueno con todos.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.. R/.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañasR/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según San Lucas (6, 12-19):

Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.
A Simón, a quien llamó Pedro,
y a su hermano Andrés;
a Santiago y Juan,
a Felipe y Bartolomé,
a Mateo y Tomás,
a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes;
a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados.
Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Colosenses 2,6-15

a) Ayer era él mismo, el apóstol, el que se unía a Cristo, colaborando así en la evangelización del mundo. Hoy son los cristianos de Colosas los que tienen que sentirse unidos a Cristo.

Se trata de que vayan madurando y siendo consecuentes: “ya que habéis aceptado a Jesús, el Señor, proceded como cristianos; arraigados en él, dejaos construir y afianzar en la fe”. Y, a la vez, que se sepan defender de las “insulsas patrañas” que alguien está sembrando en la comunidad.

En Colosas, en la actual Turquía, había mezcla racial y sincretismo ideológico entre el judaísmo, el paganismo y el cristianismo. Esa doctrina falsa a que alude Pablo, de corriente gnóstica, está “fundada en los elementos del mundo”, fuerzas astrales o angélicas mal entendidas, “y no en Cristo”. El viernes de la semana pasada leíamos el himno cristológico de Pablo, para convencerles de que no hay otra respuesta de Dios que Jesús. Hoy vuelve a repetir que “en Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad”, que es “la cabeza de todo poder y autoridad” y que por él quedaron “destituidos los poderes y autoridades y los llevó cautivos en su cortejo”.

b) No sólo en Colosas. También en nuestra sociedad de hoy necesitamos que se nos anime a crecer en la fe y a vivir coherentemente nuestra incorporación a Cristo.

Los cristianos, por el bautismo, fuimos injertados a Cristo en su muerte y en su resurrección (“fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él”), estábamos muertos y ahora vivimos, éramos pecadores y ahora estamos perdonados. Es hermoso el símil de Pablo para explicar este perdón, comparándolo con el gesto de romper una factura que teníamos en contra: “borró el protocolo que nos condenaba y era contrario a nosotros: lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz”. El salmo recoge esta idea del perdón de Dios: “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”.

Seguramente nos acechan también a nosotros “insulsas patrañas, forjadas y transmitidas por hombres”, ideologías que nos ofrecen la felicidad y la salvación, pero que no tienen consistencia. Los “elementos de este mundo”, sean los que sean -seres misteriosos, poderes astrales, la ciencia, el progreso, los horóscopos, el dinero, el placer inmediato, el éxito-, no nos salvarán: “Dios os dio vida en Cristo”. Sólo si vivimos arraigados en él, como los sarmientos a la cepa, viviremos. Sólo si edificamos sobre él, que es la piedra angular, nos mantendremos. Las filosofías humanas sólo son válidas si nos ayudan a penetrar en la sabiduría de Dios, que es Cristo. El vino nuevo, que es Cristo, necesita odres nuevos.

2. Lucas 6,12-19

a) Antes de contar la elección de los doce apóstoles, Lucas nos dice expresamente que “Jesús subió a la montaña a orar y pasó la noche orando a Dios”.

Es el evangelista que más énfasis pone en la figura de Jesús orante. Aquí se dispone a elegir, entre los discípulos que le siguen, a doce apóstoles (palabra griega para “enviados”), pero el evangelio da importancia al hecho de que antes se pasa la noche orando a su Padre.

Son doce: un número que puede verse como simbólico de muchas cosas (los doce meses del año, o los signos del zodíaco), pero sobre todo de las doce tribus de Israel. Así, Jesús manifiesta que el nuevo Israel, la Iglesia, viene a sustituir y cumplir lo que se había empezado en el antiguo.

La lista de los doce aparece varias veces en el evangelio, con ligeras diferencias de orden, que aquí no nos interesa subrayar. Los doce no son grandes personalidades. Le van a defraudar en más de una ocasión. Pero es el estilo de Dios, que va eligiendo para su obra a personas débiles.

A partir de ahora estos doce van a acompañar muy de cerca a Jesús, y van a colaborar en su evangelización, en sus signos de curación y de liberación del mal. Aunque tendrán que madurar mucho para ser los colaboradores que Jesús necesita para la salvación del mundo.

b) La comunidad de Jesús es “apostólica”. Está cimentada en la piedra angular, que es Cristo Jesús. Pero también tiene como fundamento a los apóstoles que él mismo eligió como núcleo inicial de la Iglesia.

Todos los bautizados formamos la comunidad, el Cuerpo de Cristo, que es la Cabeza. Él es el Pastor, la Luz, el Maestro. Pero a la vez recordamos que mandó a sus apóstoles que enseñaran y que fueran pastores y luz para el mundo. Detrás de ellos vinieron sus sucesores, como Pablo y Bernabé y Timoteo y Tito, ministros en una comunidad compuesta por innumerables hombres y mujeres. Ahora, nosotros. No todos somos “sucesores de los apóstoles”, como el Papa y los Obispos, pero sí todos somos miembros activos de la Iglesia.

Esta comunidad “apostólica” es la que colabora con el Resucitado y su Espíritu en el trabajo que él hizo en directo, mientras vivió sobre la tierra: anunciar la buena noticia a todos, curar enfermos, liberar a los atormentados por los espíritus malos…

Si entonces dice Lucas que “salía de él una fuerza que los curaba a todos”, lo mismo se tendría que poder decir de su Iglesia, de nosotros. Desde hace dos mil años este mundo no ve a Jesús, pero debería sentir la fuerza curativa y liberadora de la comunidad de Jesús, en todos los ambientes, también en los más cercanos de la vida familiar y social y de nuestro trabajo.

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Feliz día y nuestra gratitud y oración a los maestros.

Del libro de Leonardo Castellani: El nuevo gobierno  de Sancho. Una reflexión de lo que es la verdadera enseñanza, que a pesar de la crítica certera que el autor hace de la educación en Argentina, como mutando mutandis, también la de España, u otras, que por cierto comparto, nos muestra el valor de la docencia. Los españoles y catalanes pueden consultar al escritor De Prada en su libro: Castellani y cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Un recuerdo a los maestros de los primeros años y la oración sincera por ellos, para que nunca, aún jubilados, dejen de buscar la Verdad y enseñarla.

5. El Maestro

El maestro

Apenas asomó el rubicundo Febo por las puertas y balcones de Oriente con el fin manifiesto de iluminar con sus rayos el histórico convento de la marcha de San Lorenzo, cuando sacaron a Su Alteza el nuevo Gobernador de la iglesia donde pasara la noche en oración y lo condujeron en su silla gestatoria a la Sala de los Altos Capítulos para atender a los negocios del día. Inmediatamente sonaron chirimías, y fue introducido en audiencia un señor cabezón y gordito, enteramente calvo, salvo por una ligera pelusa amarilla que le cubría el cascarón, y con una carita redonda de torta pascualina, abundantemente poblada por una inefable sonrisa. El señor se sacó la gorra, dio los buenos días, mostró a Sancho las manitas -palma y dorso- extendidas, y dijo:

-La vaca es un animal que tiene cola, cuatro patas, cuernos y cabeza. También da leche, queso y manteca. Según la Historia Natural, la vaca es animal rumiante. ¡Qué animal tan útil es la vaca!

Sorprendiose el buen Sancho al oír tan nuevas razones, y preguntó al doctor Pedro Recio de Afuera:

SANCHO.-  ¿Quién es, Doctor?

RECIO.-  Es el Hombre Encargado de Hacer los Libros Para las Escuelas Primarias.

SANCHO.-  ¿Qué pretende?

RECIO.-  Pretende un Premio Nacional de Literatura de 200000 escudos, en mérito a su gran esfuerzo y obra proficua.

SANCHO.-  ¿Qué obra?

RECIO.-  Haber realizado la uniformidad de la Escuela Primaria.

SANCHO.-  No entiendo eso.

RECIO.-  Perdone Su Prominencia: la escuela primaria debe ser uniforme en todo el país, y todos los maestros deben pensar, decir y enseñar las mismas cosas con las mismas palabras.

SANCHO.-  ¿Por qué?

RECIO.-  Porque de ese modo será posible que un Alto Consejo de Funcionarios situado en la cabeza de nuestra Ínsula pueda de un solo gesto hacerlas danzar a todas las escuelas al son que quiera, aunque estén situadas a diez mil leguas de distancia.

SANCHO.-  ¿Y qué vamos ganando con eso?

RECIO.-  Vamos ganando el manejar mucha plata, y el poder dar puestos a los amigos, única manera de gobernar a la gente desta Ínsula; sin contar las innumerables ventajas pedagógicas y estéticas de la uniformización, que seguramente no escapan a Su Prominencia.

SANCHO.-  No escapan. ¡Qué van a escapar! Lo que yo no veo es el mérito literario de este señor gordinfloncito -¡míalo tú ahora cómo se chupa el dedo, angelito!- en esas cosas que dijo acerca de la vaca.

RECIO.-  Y sin embargo, es extremado. ¿No ve Su Prominencia que en nuestra Ínsula hay niños de muchas clases?

SANCHO.-  Probablemente.

RECIO.-  Y habrá naturalmente algunos niños más listos… y también por fatalidad algunos niños idiotas, ¿eh?

SANCHO.-  Eso, seguro. ¡Misericordia! No había pensado.

RECIO.-  Ahora bien; y esteme atento Usía a mi raciocinio. ¿Cómo se podrá uniformizar la enseñanza de todos los niños, a no ser con libros de texto que estén al alcance de los idiotas?

SANCHO.-  Es cierto.

RECIO.-  ¿Ve ahora Su Prominencia el esfuerzo enorme que supone escribir un libro entero solamente de frases idiotas, sin errar una sola?

-Veo, comprendo y admiro -dijo el buen Sancho I el Único. Y volviéndose al señor gordinfloncito, que lo miraba con la boca muy abierta, le dijo:

-Señor mío, aquí estamos para escuchar sus requerimientos. Adelante.

-Niño, dígame la lección de Historia -dijo el señor con voz aclarinetada, es decir, casi aflautada-. ¿No la sabe? ¡Qué niño más ignorante! Es usted un niño malo. Me escribirá diez veces en una plana: «El niño ignorante es malo. El niño bueno, por el contrario, es el encanto de sus excelentes padres». Entre paréntesis: (Samuel W. Smiles).

-Esto me parece mejor que lo de la vaca -dijo Sancho.

-Barrunto, señor, que usté nunca ha sido un niño malo; y que, como Sarmiento, no jugaba a la rayuela ni trepaba a los árboles por aprender la lección de Historia -dijo el doctor Pedro Recio.

-Atención, niños. Historia para mañana. Colón descubrió la América. San Martín fue el libertador de medio continente. El Sargento Cabral dijo: «Muero contento, hemos batido al enemigo». El negro Facundo murió por la patria. Rosas fue un tirano. Sarmiento fue un titán del pensamiento.

-¿Qué es titán? -preguntó Sancho.

-Titán es un coso grandote, con un solo ojo en medio de la frente, y un gran palo en la mano que se llama clava, que tiene fuerza como diez hombres juntos…

-¡Cristí! Me gustaría ser titán -dijo Sancho.

-Y a mí -dijo Tirteafuera.

-¡Silencio, niños! En clase se atiende. Apunten ahora la lección de Mineralogía y Geología. El cinc es un metal que sirve para hacer techos de casas. ¿Quién tiene una casa de cinc? ¿Usté? Muy bien, niño. Es usted un niño bueno. El plomo es un metal de color plomizo, así como el cobre es de color cobrizo. El feldespato se encuentra en la provincia de San Luis…

-¿Y el pato? -interrumpió Sancho-. Me parece a mí que primero viene el pato.

-El pato -contestó triunfante el Maestro- ¡es un animal palmípedo! Pero pertenece a la Zoología, y no a la Mineralogía. Palmípedo no es lo mismo que batracio, niños. Batracios son el sapo, la rana y el renacuajo. El reno no es batracio, sino paquidermo; no confundan con   -55-   los rumiantes, como la vaca. El reno se encuentra en una región llamada Renania. En Bosnia y Herzegovina, no hay renos.

-¡Cristí! -exclamó Sancho-. ¡Lo que sabe este hombre!

Sonrió modestamente el Maestro, y dijo:

-Idioma Nacional. El sustantivo. El sustantivo es una parte variable de la oración que sirve para designar personas, cosas, sustancias y sucesos en general, casi siempre con expresión de género y número. Por ejemplo: burro, papá, mamá, menega. El sustantivo puede ser abstracto y concreto. Es abstracto cuando designa cosas que no son perceptibles por los sentidos, o que simplemente no existen, como cualidad, virtud, moralidad, Dios, alma, espíritu, etcétera.

-Bien -interrumpió Sancho-. Éste se está subiendo a matemáticas superiores; y yo ya no lo sigo. Este hombre es una enciclopedia. ¿Me permite, señor, que le haga unas preguntitas de catecismo? Es lo único que me queda hoy día de lo que aprendí en la escuela, así Dios me salve. Dígame, señor, ¿quién es Dios?… Pero… ¿qué pasa?

La cara del Maestro se había descompuesto horrorosamente, reflejando en su simpática y simplona luna la más grande estupefacción acompañada de terror y asco:

-¡Ley 1420! -balbuceaba temblorosamente.

-¿Qué dice? -preguntó Sancho.

-¡Ley 1420! ¡El puesto! ¡Cesante! ¡Fuera de las horas de clase! -sollozaba el pedagogo lastimeramente-. ¡A mí no, a mí no me metan en líos!

-¿Qué quiere decir? -preguntó Sancho.

-Quiere decir, Prominencia, que esa materia, de acuerdo con la ley 1420, pertenece a las cosas que no deben saber los niños y que un niño bien educado no pregunta a sus padres y maestros, a no ser fuera de las horas de clase, a los compañeros solamente.

-¡Cristí! -dijo Sancho-. ¡Entonces esto está todo cambiado! En mi tiempo era lo primero que nos enseñaban en la aldea. ¡Cómo me recitaba yo mi Astete! Recuerdo que el señor cura me premió un día: tercer premio empezando por la cola, con una taleguilla de avellanas,    vanas ellas casi todas, pero magníficas para jugar al choclón. ¡Qué tiempos aquéllos!

«Todo buen cristiano

si quiere llevar

vida en modo humano

y se salvar

debe de saber

y deprender

con devoción

la sacra lección

de la Santa Cruz

de Cristo Nuestra Luz».

Todavía me acuerdo, Doctor, aunque nunca he sabido lo que quiere decir sacra. Y después acababa:

«La ciencia más acabada

es que el hombre bien acabe,

pues al fin de la jornada

aquel que se salva, sabe;

y el que no, no sabe nada…».

-Nous avons changé tout cela -dijo el doctor Pedro Recio.

Enmudeció de repente Sancho y se abismó en sus recuerdos; y como Sancho se abismó en sus recuerdos, todos los Cortesanos consecuentemente se abismaron también en la misma parte. Después de un ratito de meditación, volvió Sancho al Capellán diciendo:

-Mi señor Capellán, ¿puede salvar su alma un Gobernador?

-Puede, y con mucha gloria -contestó el Capellán-, aunque con muchísimo más trabajo. Santos los ha habido, en tiempos pasados.

-¡Bien! -dijo Sancho-. Aquí me parece que éste es un asunto serio, en que me juego nada menos la salvación de mi alma.

Y alzándose del trono, allegose al Maestro sabio, y parcial y cariñoso, le halagó con la mano la papada, preguntándole melosamente:

-Hijito, ¿quién es Dios?

El Maestro lo miró con ojos enloquecidos.

-¿Cuántas personas hay en Dios?

Nada.

-¿Cuántos dioses hay?

Ni por ésas.

-¿Hay un solo Dios?

El Maestro movió los labios desde el fondo de su consternación, como Job, y dijo, con marcado acento correntino.

-Es inútil, señor -dijo-. Ni anque me mate. En eso no le voy a dar dato.

-Magnífico -dijo Sancho-. Aquí vamos a salvar dos almas, la mía y la de este buen amigo. Ahó, Escribano. Llegaos acá y escribid mi sentencia.

Decreto

Considerando:

1. Que los maestros también tienen alma, aunque esté convertida en sustantivo abstracto; y que el presente maestro, escritor de libros para niños, debe de tener un alma como un pan, aunque parezca mentira por la facha;

y 2. Viendo el grandísimo peligro en que la tal alma se encuentra, dado que ni siquiera sabe, a la edad en que estamos, cuántos dioses hay, ni si hay Dios siquiera;

vengo en decretar y decreto, que se le suspenda la paga y salario por espacio de treinta meses, en los cuales ayunará, estudiará catecismo y emprestará de los judíos, los cuales por lo menos tienen Dios, aunque mataron a Jesucristo;

con la conminación formal de que si en ese tiempo no llega a averiguar si hay Dios o no, le será retirado primero por tres años y después a perpetuitate, el permiso y facultad de enseñar a otros, por más Mineralogía que sepa.

                                                                                                                                                                                            Yo, Sancho I, Gobernador

Dicho lo cual, dio Su Excelencia el Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el monte Everest y el Gran Lama del Tibet desde el punto de vista éticosocial, acompañados de ligeras incursiones enemigas en todo el frente occidental y duelos de artillería que fueron rechazados con graves pérdidas.

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11 de septiembre.

LUNES DE LA SEMANA 23ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,24–2,3):

Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A éstos Dios ha querido dar a conocer la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo: ésta es mi tarea, en la que lucho denonadamente con la fuerza poderosa que él me da. Quiero que tengáis noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente. Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender, y que capten el misterio de Dios. Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 61,6-7.9

R/. De Dios viene mi salvación y mi gloria

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R/.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,6-11):

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: «Levántate y ponte ahí en medio.» Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?»
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor 

________________________

1. (Año I) Colosenses 1,24 a 2,3

a) Dos cosas fundamentales hace san Pablo en su ministerio: evangelizar y sufrir.

La principal es, naturalmente, la evangelización. Dios le ha nombrado ministro y anunciador del “misterio que ha tenido escondido desde siglos y que ahora ha revelado a su pueblo”. Este misterio es la salvación en Cristo, o, como él dice: “que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria”. O bien: “este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer”.

Para cumplir este ministerio, Pablo está dispuesto a soportarlo todo. Habla del “empeñado combate” que libra en las varias comunidades: “amonestamos a todos, enseñamos a todos, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana: ésta es mi tarea, en la que lucho denodadamente”.

En esta lucha, el Apóstol, ha asumido también el sufrimiento: “me alegro de sufrir por vosotros”. La razón profunda de esta disponibilidad es: “así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia”.

b) Si nosotros tuviéramos ese “motor” de la fe en Cristo, también estaríamos dispuestos a cualquier cosa para poderlo anunciar, que es a lo que hemos sido llamados todos los cristianos: padres, amigos, educadores, sacerdotes, religiosos. Si no evangelizamos -por pereza o por frialdad o por miedo- tal vez muchas personas se quedarán sin enterarse de ese plan salvador que Dios quiere dar a conocer a todos.

La condición es que nosotros mismos estemos convencidos, que Cristo sea “para nosotros la esperanza de la gloria” y la razón de ser de todo. Entonces seremos tan valientes y generosos como san Pablo. Él escribe esta carta desde la cárcel, donde está detenido por predicar a Cristo. Pero no le pueden hacer callar.

Mirándonos en el espejo de Pablo, ya sabemos que seguramente nos tocará sufrir. Pero, como él, hemos de alegrarnos de poder sufrir, porque así nos incorporamos al dolor del mismo Cristo, en su misterio pascual, y contribuimos a la salvación de los demás.

Cuando celebramos la Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo, podemos aportar al altar, incluidos simbólicamente en el pan y el vino que aportamos, “los gozos y las fatigas de cada día”, como nos invita a veces el sacerdote antes de la oración sobre las ofrendas.

Unimos a la ofrenda definitiva de Cristo lo que hayamos tenido que sufrir para ser fieles testigos suyos en el mundo, contentos de incorporar nuestra pequeña cruz a la de Cristo.

Es valiente la afirmación del santo Apóstol: “completo en mi carne los dolores de Cristo”. ¿Qué le falta a la pasión de Cristo? Que sea también nuestra. Así hay un intercambio misterioso: el dolor de Cristo se hace nuestro y el nuestro se une al suyo. Y así podemos colaborar con él en la llegada del Reino a este mundo.

2. Lucas 6,6-11

a) De nuevo la tensión en torno al cumplimiento del sábado. Esta vez no por las espigas que comían por el campo, sino por una curación hecha en la sinagoga precisamente en sábado.

Jesús se da cuenta del dolor de aquel hombre. El enfermo con el brazo paralizado no le dice nada, pero se debía leer en su cara la súplica. Los fariseos están al acecho para ver qué hará. Jesús “sabía lo que pensaban”, y primero les provoca con su pregunta: “¿qué está permitido en sábado?”. No contestaron. Entonces Jesús, “echando una mirada a todos” (Lucas no dice, como Marcos, que esta mirada estuvo “llena de ira y tristeza”), curó al buen hombre.

La reacción no se hizo esperar: “ellos se pusieron furiosos”.

b) Es evidente que Jesús no desautoriza aquella institución tan válida del sábado, el día dedicado al culto de Dios, a la alegría, al descanso laboral, a la oración, a la vida de familia, al agradecimiento por la obra de la creación. Más aún, parece como si él ese día acumulara sus gestos curativos y salvadores.

Lo que critica es una comprensión raquítica, más preocupada por cumplir unas normas, muchas veces inventadas por las varias escuelas, que por el espíritu de fe que debe impregnar la vivencia de este día. No se podrá trabajar en sábado, y por tanto no habrá que hacer curas médicas a no ser que sean necesarias. Pero extender el brazo y decir una palabra de curación ¿es trabajar? El recoger unas espigas y comer sus granos al pasear por el campo, ¿es un trabajo equiparable a la siega?

Las escuelas de los fariseos habían llegado a interpretar el sábado convirtiéndolo en día de preocupación casuística en vez de en día de libertad. Jesús enseña actitudes más profundas, más preocupadas por el espíritu que por la letra. Y nosotros tendríamos que aplicar esta enseñanza a muchos detalles de nuestras normas de vida. Las normas están muy bien, y son necesarias, pero sin llegar a un legalismo formalista. No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (cf. Mc 2,27).

Hay instituciones muy válidas y llenas de espíritu: el domingo cristiano, la celebración de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas. Realidades que tienen importancia para la vida de fe, y que necesitan, dado su carácter de comunitarias, unas normas para su realización. Pero no se tenían que haber rodeado, en la historia, de normas tan estrictas y minuciosas que a veces ahogan la alegría de su celebración. En vez de esponjar el ánimo y alegrarse con Dios y dedicarle una alabanza sentida y celebrar su comida pascual en el día consagrado a él, a veces nos hemos limitado a crear un clima de mero cumplimiento exterior.

Lo mismo pasa con la relación entre el culto (la celebración de la sinagoga en sábado) y la caridad fraterna (¿puedo curar a este buen hombre?). Para Cristo hay que saber conjugar las dos cosas. Va a la sinagoga, porque es sábado, pero también cura el brazo paralítico de aquella persona. Y, por el tono del relato, se nota claramente que da prioridad a la persona que a la institución.

Los cristianos debemos rezar y celebrar la Eucaristía en domingo. Y a la vez, precisamente ese día, nos deberíamos mostrar fraternos y sanantes, con detalles de caridad y buen corazón con las personas cercanas que, aunque no nos lo pidan, ya sabemos que necesitan nuestro interés y nuestro cariño.

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10 de septiembre.

Lecturas del Domingo 23º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (33,7-9):

Así dice el Señor: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vitores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masa en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (13,8-10):

A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Palabra de Dios

Evangelio según san Mateo (18,15-20), del domingo, 10 de septiembre de 2017

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor

______________________

Homilía para el XXIII domingo durante el año A

En la vida de san Pacomio se encuentra un texto muy interesante sobre las “visiones” y los “milagros”. A los hermanos que lo interrogaban sobre sus visiones, Pacomio les responde: “¿Quieren que les hable de una gran visión?, Muy bien, no hay visión más grande que aquella de ver a Dios invisible en un hombre visible (el prójimo)”. Y en cuanto a los milagros y curaciones, he aquí lo que les dice: “Si un hombre es tan ciego para no ver la luz de Dios, y si un hermano lo conduce a la fe, ¿no es quizá esto una curación? ¿Si un hombre es mudo, al punto de no poder decir la verdad, o si es manco, a causa de su pereza en cumplir los mandamientos de Dios; en otras palabras: si un pecador es conducido a arrepentirse por la ayuda de un hermano, no es esto un gran milagro?

Es es el tipo de milagro que Jesús nos invita, a todos, a realizar, sin negar los milagros estupendos que nos anuncia el Evangelio, y que pueden maravillarnos.

San Pablo, en la segunda lectura, vuelve a repetir lo que nosotros sabemos, pero que siempre es bueno volver a escuchar: “quien ama a su prójimo cumplió la ley entera”. Pero para entender lo que Pablo en verdad quiere decir, debemos prestar atención al contexto en el cual nos habla. El apóstol invita a sus lectores a que obedezcan las leyes civiles, incluso cuando estas emanan de una autoridad pagana, y a observar todavía más los mandamientos de Dios (de lo que se desprende que las leyes inicuas no han de ser obedecidas), porque este es el modo de expresar nuestro amor por aquellos con los que formamos una nación, una iglesia, o una comunidad.

El amor es exigente y comporta responsabilidades. Implica, entre otras cosas, la responsabilidad de ayudar al otro a crecer y de conducir al otro a la conversión, esta es la labor del sacerdote especialmente, la corrección a de mirar a que el otro se convierta, no que nosotros, como dice el Papa Francisco somos patrones, o ‘maestritos’, sino que deseamos como Jesús la conversión y la vida del pecador. Dios, leíamos en la primera lectura le dice algo muy grave al profeta Ezequiel: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. Dios antepone la vida a su mandamiento, pero si uno igual rechaza su mandamiento, elige la muerte, Dios no lo mata.

El pasaje del Evangelio que hemos proclamado nos permite entrar un poco en la vida interior de la comunidad cristiana primitiva y de ver como aquellos primeros cristianos expresaban su amor recíproco a través de la corrección fraterna, será útil comenzar de los últimos versículos de este pasaje. Estos nos muestran que estamos en presencia de una comunidad, primero la de los apóstoles, luego la Iglesia local, porque “allí dónde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”.

Cuando un grupo de personas se reúnen en una Iglesia, o en una comunidad particular, lo hacen con el encargo de vivir una forma determinada de experiencia espiritual, según una disciplina propia, y para ayudarse mutuamente a crecer en el amor de Dios, dentro de un determinado contexto, y también mediante este contexto. Es porque somos todos pecadores, que esta situación exige la corrección fraterna.

Una comunidad no puede absolutamente permitir a uno de sus miembros vivir una vida que está en contradicción con cuanto la comunidad representa. Pero la primera reacción a tal situación, si se presenta, no debe ser de rechazo o de reproche, sino de amor fraterno. No se puede evitar, en situaciones similares, tomar decisiones claras, en nombre del cuerpo que es la Iglesia. el Evangelio describe con mucho cuidado las etapas para seguir si se quiere obrar en un verdadero espíritu de amor y de caridad. La corrección fraterna auténtica no tiene nada que ver con la delación o con iniciativas fanáticas, ni tampoco con “terapias de grupo”.

Dios quiere que cada pecador se convierta y viva. Pero el gran misterio es que Dios ha elegido no ejercer directamente su atención amorosa hacia cada uno de nosotros, pecadores, sino de hacerlo a través de otros seres humanos. Ya recordamos el tema de la primera lectura: “Si un pecador no se deshace de su inclinaciones malvadas, porque tú no has hecho nada para disuadirlo de su malas acciones, él morirá, y Tú, serás responsable de su muerte”. Y también San Agustín advierte sobre la grave falta que supondría omitir esa ayuda al prójimo: “Peor eres tú callando que él faltando” Las palabras de Jesús en el Evangelio son también fuertes. Lo que aten en la tierra –no haciendo nada para ayudar al hermano a crecer y a arrepentirse- será atado en el cielo. Y aquello que desaten sobre la tierra –induciendo a su hermano a arrepentirse- será desatado en el cielo. Notemos que el texto del Evangelio de hoy no habla del poder de las llaves dado a Pedro, poder que fue conferido unos capítulos antes. En este texto, Jesús se dirige a todos y recuerda a cada uno que: 1) no practicando la corrección fraterna no se ayuda al hermano a salir de una situación grave; 2) desatando al hermano con la corrección fraterna se le da posibilidad de salvarse.

Se trata, evidentemente, de una terrible “responsabilidad”, pero también de un misterio maravilloso: el hecho que Dios haya elegido salvar a la humanidad, no solamente haciéndose hombre él mismo, sino a través del ministerio de otras personas. El fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. De ahí que esta práctica haya sido recomendada también por los autores clásicos como medio para ayudar a los amigos. Corregir al otro es expresión de amistad y de franqueza, y rasgo que distingue al adulador del amigo verdadero. A su vez, dejarse corregir es señal de madurez y condición de progreso espiritual: “el hombre bueno se alegra de ser corregido; el malvado soporta con impaciencia al consejero” (Admoneri bonus gaudet; pessimus quisque rectorem asperrime patitur, Séneca, De ira, 3, 36, 4.).

La corrección fraterna es parte de nuestra vocación, ¡el ofrecerla y recibirla!. Pidamos con María la humildad de vivir esta parte tan importante del Evangelio.

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6 de septiembre.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,1-8):

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos que viven en Colosas, hermanos fieles en Cristo. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros desde el día en que lo escuchasteis y comprendisteis de verdad la gracia de Dios. Fue Epafras quien os lo enseñó, nuestro querido compañero de servicio, fiel ministro de Cristo para con vosotros, el cual nos ha informado de vuestro amor en el Espíritu.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 51,10.11

R/. Confío en tu misericordia, Señor, por siempre jamás

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás. R/.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,38-44):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.»
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Colosenses 1,1-8

A partir de hoy, y durante ocho días, leeremos la Carta de san Pablo a los cristianos de Colosas, una ciudad que estaba en Frigia, a unos doscientos kilómetros de Éfeso, en el Asia Menor, actual Turquía.

Pablo no había fundado aquella comunidad, ni la conocía. Había sido su discípulo Epafras el evangelizador de aquella región. Pablo les dirige una carta amable, hacia el año 63, cuando estaba en Roma en arresto domiciliario. Se ve que aquellos cristianos, aunque no conocían personalmente a san Pablo, habían oído hablar mucho y sentían “un profundo amor” por él.

Por el contenido de su misiva se entrevé la vida de aquella comunidad, mezcla de griegos y judíos, también con algún problema doctrinal: por ejemplo la tendencia “gnóstica”, la dualidad de su visión cósmica, tal vez con un excesivo aprecio de los ángeles, mientras que los cristianos sitúan claramente a Cristo en el centro de toda su cosmovisión. Por eso la Carta es muy “cristológica”.

a) La primera página de esta Carta es un saludo afectuoso y lleno de optimismo. Pablo tenía buenas noticias de aquel “pueblo santo que vive en Colosas”: tiene fama “vuestra fe en Cristo Jesús y el amor que tenéis a todo el pueblo santo”. Buen retrato de una comunidad.

Pablo aprovecha para decirles que la fe en Cristo, “el mensaje de la verdad, se sigue propagando y dando fruto en el mundo entero”.

El salmo hace un eco amable a este saludo: “confío en tu misericordia, Señor… proclamaré delante de tus fieles: tu nombre es bueno”.

b) Ojalá se pudiera decir de todas nuestras comunidades -las diócesis, las parroquias, las comunidades religiosas, los diversos movimientos y asociaciones- que son famosas por su “fe en Cristo Jesús” y su “amor a todos los demás” y que “les anima en todo la esperanza”.

Luego pueden añadirse más cosas organizativas y vistosas. Pero lo principal es que existan estas tres virtudes llamadas teologales, las básicas de todo cristiano: la fe, la esperanza y la caridad. Éste es el mejor adorno de una comunidad, y la mejor garantía de que su presencia en medio de la sociedad será eficazmente misionera.

2. Lucas 4,38-44

a) Lo que Jesús anunció en Nazaret lo va cumpliendo. Allí dijo, aplicándose la profecía de Isaías, que había venido a anunciar la salvación a los pobres y curar a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos.

En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús “al salir de la sinagoga”: cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a los poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo “anunciando el reino de Dios”. En medio, busca momentos de paz para rezar personalmente en un lugar solitario.

Desde luego, el Reino ya está aquí. Ha empezado a actuar la fuerza salvadora de Dios a través de su Enviado, Jesús.

b) Buen programa para un cristiano y sobre todo para un apóstol. “Al salir de la sinagoga”, o sea, “al salir de nuestra misa o de nuestra oración”, nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal.

¿Ayudamos a que a la gente se le pase la fiebre? ¿a que se liberen de sus depresiones y males? ¿atendemos a los que acuden a nosotros, acogiéndoles con nuestra palabra y dedicándoles nuestro tiempo? ¿nos sentimos obligados a seguir anunciando la buena noticia del Reino, sea cual sea el éxito de nuestro esfuerzo? ¿y lo hacemos todo en un clima de oración?

Podemos revisar dos significativos rasgos de esta página. a) Jesús, en medio de una jornada con un horario intensivo de trabajo y dedicación misionera, encuentra momentos para orar a solas. b) Y no quiere “instalarse” en un lugar donde le han acogido bien: “también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios”. Para que evitemos dos peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.

Cristo evangelizador. Cristo liberador. Cristo orante. Fijos nuestros ojos en él, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida. Dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Jesús su verdadera felicidad.

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5 de septiembre. Santa Teresa de Calcuta, en Argentina no está en el Calendario litúrgico, pero al ser santa, los que quieren pueden celebrar, pues hoy es un día de feria.

Los santos: Teresa de Calcuta y Juan Pablo II

MARTES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5,1-6.9-11):

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.
Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él. Por eso, animaos mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 26,1.4.13-14

R/. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,31-37):

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!»
El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño.
Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor

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1. (Año I) 1 Tesalonicenses 5,1-6.9-11

a) Terminamos hoy nuestra lectura de la Carta de Pablo a los de Tesalónica. Y lo hacemos con un tema que se ve que preocupaba a aquella comunidad y en general a todas las de Grecia: la venida última de Cristo y la resurrección de los muertos.

Cuando san Pablo escribe esta Carta, todavía no han aparecido por escrito los evangelios, pero él ya anticipa la recomendación que Jesús hará varias veces referente al futuro: “el día del Señor llegará como un ladrón en la noche”, o “como los dolores de parto a la que está encinta”, y por eso no podemos vivir distraídos y en la oscuridad: “no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente”.

Estas palabras de Pablo no quieren producir en nosotros angustia: Dios nos tiene destinados, no al castigo, “sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

b) A todos nos hace bien pensar en el futuro. Como a un viajero no se le olvida el destino que está marcado en el billete. Como al estudiante no le resulta superfluo pensar en el fin del curso y sus evaluaciones.

Pablo nos invita a vivir en vigilancia, con una cierta tensión, aprovechando el tiempo, como “hijos de la luz”, sin dejarnos adormecer por las cosas del camino.

Además, Pablo da un consejo fundamental para que la comunidad cristiana encare con esperanza su marcha hacia adelante: “animaos mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis”. Si cada uno está despierto y vive como “hijo de la luz”, sin trampas ni enredos, y además los hermanos de la comunidad también se ayudan mutuamente con su ejemplo, seguro que el “día del Señor”, sea el último de la historia como el nuestro particular como las gracias continuas que se suceden en nuestra vida, nos encontrarán preparados.

Seguirá infundiéndonos respeto la muerte, pero dentro del miedo sentiremos también confianza. Lo que nos da esperanza es saber que “Dios nos ha destinado a obtener la salvación por medio de Jesús”, para que “despiertos o dormidos, vivamos con él”. Como nos ha hecho decir el salmo: “espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”.

2. Lucas 4,31-37

a) Rechazado en su pueblo, Nazaret, Jesús va a Cafarnaún. Habla “con autoridad” a la gente y despierta la admiración de todos.

Allí hace el primer “signo”: libera a un poseso de su mal. Predica y a la vez libera. La Buena Noticia es que ya está actuando en este mundo la fuerza salvadora de Dios. El mal empieza a ser vencido. Un exorcismo: la primera victoria de Jesús contra el maligno. El demonio lo expresa certeramente: “¿has venido a destruirnos?”. Y protesta: naturalmente, el mal no quiere perder terreno.

Los contemporáneos de Jesús unían lo físico y lo espiritual. La causa del mal de una persona -corporal, anímico, espiritual- la atribuían normalmente a los espíritus malignos.

Sea cual sea el origen de estos males, Jesús libera a toda la persona: a veces le cura de su enfermedad, otras de su posesión maligna, otras de su muerte, y sobre todo, de su pecado.

Hay una visión integral de la persona: de sus males y de su salvación.

b) El Señor Resucitado quiere seguir liberándonos a nosotros de nuestros males.

¿Cuáles son nuestros “demonios” particulares? ¿cuáles nuestras esclavitudes: envidias, miedo, depresiones, egoísmo, materialismo? Jesús está siempre dispuesto a curarnos.

Cuando se nos dice, al invitarnos a comulgar en la misa, que él es “el que quita el pecado del mundo”, entendemos que nos quiere totalmente libres, en el sentido más pleno de la palabra.

Pero también quiere que colaboremos con él en la curación de los demás. La fuerza curativa de Jesús pasó a su comunidad: por eso Pedro y Juan curaron al paralítico del Templo “en nombre de Jesús”. La Iglesia, sobre todo por sus sacramentos, pero también por su acogida humana, por su palabra de esperanza, por su anuncio de la Buena Noticia del amor de Dios, debería estar curando males y “posesiones” de todos. Repartiendo esperanza. Liberando de esclavitudes. Venciendo al mal.

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Una reflexión del teólogo de la casa Pontificia Fr. Raniero Cantalamessa, en torno a Madre Teresa de Calcuta:

P. Raniero Cantalamessa

Adviento 2003 en la Casa Pontificia
Segunda predicación

«AUNQUE CAMINE POR UN VALLE OSCURO…»

Un día, Francisco de Asís exclamó: «Carlo emperador, Orlando y Oliviero, todos los paladines y bravos guerreros que fueron valientes en los combates, persiguiendo a los infieles con mucho sudor y fatiga hasta la muerte, lograron sobre ellos una gloriosa y memorable victoria, y por último estos santos mártires cayeron en batalla por la fe de Cristo. Pero hay muchos que, sólo narrando sus gestas, quieren recibir honor y gloria de los hombres» [1].

En una de sus Admoniciones, el santo explicó lo que había querido decir con aquellas palabras: «Es una gran vergüenza para nosotros, siervos del Señor, el hecho de que los santos actuaron con los hechos y nosotros, relatando y predicando las cosas que ellos hicieron, queramos recibir honor y gloria» [2]. Estas palabras me vienen a la memoria como una austera señal en el momento en que me dispongo a ofrecer la segunda meditación sobre la santidad de Madre Teresa de Calcuta.

1. En la oscuridad de la noche

¿Qué ocurrió después de que Madre Teresa diera su «sí» a la inspiración divina que la llamaba a dejar todo para ponerse al servicio de los más pobres entre los pobres? El mundo ha conocido bien lo que sucedió en torno a ella –la llegada de las primeras compañeras, la aprobación eclesiástica, el vertiginoso desarrollo de sus actividades caritativas–, pero hasta su muerte, nadie ha sabido lo que sucedió dentro de ella.

Lo han revelado los diarios personales y las cartas a su director espiritual, hechas públicas con ocasión del proceso de beatificación: «Con el inicio de su nueva vida al servicio de los pobres, una opresiva oscuridad vino sobre ella» [3]. Bastan algunos breves fragmentos para dar una idea de la densidad de las tinieblas en las que se encontró:

«Hay tanta contradicción en mi alma, un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño, un sufrimiento continuo –y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin entusiasmo… El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío» [4].

No ha sido difícil reconocer inmediatamente en esta experiencia de Madre Teresa un caso clásico de lo que los estudiosos de la mística, detrás de San Juan de la Cruz, suelen llamar la noche oscura del espíritu. Taulero hace una descripción impresionante de esta etapa de la vida espiritual:

«Entonces somos abandonados de tal forma que ya no tenemos conocimiento de Dios y caemos en tal angustia que ya no sabemos si hemos estado en el camino justo, ni sabemos ya si Dios existe o no, o si nosotros mismos estamos vivos o muertos. De suerte que sobre nosotros cae un dolor tan extraño que nos parece que todo el mundo en su extensión nos oprime. Ya no tenemos ninguna experiencia ni conocimiento de Dios, e incluso todo lo demás nos parece repugnante, de forma que nos parece estar prisioneros entre dos muros» [5].

Todo permite pensar que esta oscuridad acompañó a Madre Teresa hasta la muerte [6], con un breve paréntesis en 1958, durante el cual pudo escribir gozosa: «Hoy mi alma está llena de amor, de alegría indecible y de una ininterrumpida unión de amor» [7]. Si a partir de cierto momento ya no habla casi de ello, no es porque la noche se haya terminado, sino porque ella se ha adaptado a vivir en ésta. No sólo la ha aceptado, sino que reconoce la gracia extraordinaria que encierra para ella.

«He comenzado a amar mi oscuridad, porque creo que ésta es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del sufrimiento en que Jesús vivió en la tierra» [8].

La flor más perfumada de la noche de Madre Teresa es su silencio sobre ésta. Tenía miedo, al hablar de ello, de hacerse notar. Las personas más cercanas a ella no sospecharon nada, hasta el final, de este tormento interior de la Madre. Por orden suya, el director espiritual tuvo que destruir todas sus cartas y si algunas se salvaron es porque él, con permiso de ella, hizo una copia para el arzobispo y futuro cardenal T. Picachy, las cuales se encontraron tras su muerte. El arzobispo, afortunadamente, rechazó la petición que le hizo también a él Madre Teresa de destruirlas.

El peligro más insidioso para el alma en la noche oscura del espíritu es el de… percatarse de que se trata, precisamente, de la noche oscura, de aquello que los grandes místicos vivieron antes de ella y, por lo tanto, formar parte de un círculo de almas elegidas. Con la gracia de Dios, Madre Teresa evitó este riesgo escondiendo a todos su tormento bajo una eterna sonrisa.

«Todo el tiempo sonriendo, dicen de mí las hermanas y la gente. Piensan que mi interior está lleno de fe, confianza y amor… ¡Si sólo supieran cómo mi apariencia gozosa no es sino un manto con el que cubro vacío y miseria!» [9]

Los Padres del desierto dicen: «Por grandes que sean tus penas, tu victoria sobre ellas están en el silencio» [10]. Madre Teresa lo puso en práctica de forma heroica.

2. Madre Teresa de Calcuta y Padre Pío de Pietrelcina

Con ocasión de la canonización de Padre Pío de Pietrelcina, los observadores laicos expresaron el parecer de que la del místico Padre Pío era una santidad arcaica, a diferencia de la de Madre Teresa, la santa de la caridad, que sería una santidad moderna. Ahora descubrimos que también Madre Teresa era una mística (que Padre Pío era también un santo de la caridad bastaba para demostrarlo la obra que él realizó en el «alivio del sufrimiento»).

El error es contraponer estos dos rasgos de la santidad cristiana que vemos, al contrario, con frecuencia unidos admirablemente, esto es, altísima contemplación y intensísima acción. Santa Catalina de Génova, considerada como una de las cimas de la mística, fue desde Pío XII proclamada patrona de los hospitales en Italia por su obra y la de sus discípulos a favor de los enfermos y de los incurables, que recuerda de cerca la de la Madre Teresa en nuestros días.

En un bello artículo, escrito con ocasión de la beatificación, un autor indio define a Madre Teresa como «una hermana para Gandhi» [11]. Ciertamente muchos rasgos reúnen a las dos grandes almas, los dos Mahatma, de la India moderna, pero es aún más justo, creo, ver en Madre Teresa «una hermana para Padre Pío». Les une no sólo la misma veneración de la Iglesia, sino también un mismo ciclón de gloria de parte de la opinión pública mundial. Una se distinguió sobre todo en las obras de misericordia corporales, el otro en las obras de misericordia espirituales. Pero fue precisamente Madre Teresa la que recordó al mundo de hoy que la pobreza peor no es la de los pobres de cosas, sino la de los pobres de Dios, de humanidad y de amor, la pobreza, en suma, del pecado.

El rasgo que más acerca a estos dos santos es, tal vez, precisamente la larga noche oscura en la que vivieron toda la vida. Siempre recordaré la impresión que tuve al leer, en el coro de San Giovanni Rotondo, donde está expuesto en un marco, el relato con el que Padre Pío describía a su padre espiritual el hecho de los estigmas. Él terminaba haciendo suyas las palabras del salmo que dice: «Señor, no me corrijas en tu enojo, en tu furor no me castigues» (Sal 38, 2). Estaba convencido, y esta convicción le acompañó toda la vida, de que los estigmas no eran un signo de predilección y de aceptación de parte de Dios, sino, al contrario, de su rechazo y del justo castigo divino por sus pecados. Fue aquello lo que me abrió los ojos sobre la estatura mística de este hermano mío del que, hasta entonces, me había interesado poco.

Para irradiar luz, estas dos almas tuvieron que pasar la vida en la oscuridad, convencidas, además, de «engañar a la gente». San Gregorio Magno dice que la característica de los hombres superiores es que «en el dolor de la propia tribulación, no descuidan la conveniencia de los demás; y mientras soportan con paciencia las adversidades que les golpean, piensan en enseñar a los demás lo necesario, semejantes en ello a ciertos grandes médicos que, afectados ellos mismos, olvidan sus heridas para atender a los demás» [12]. Esta señal resplandece en grado eminente en la vida de Madre Teresa y de Padre Pío.

3. No sólo purificación

¿Por qué este extraño fenómeno de una noche del espíritu que dura prácticamente toda la vida? Aquí hay algo nuevo respecto a lo que vivieron y explicaron los maestros del pasado, incluido San Juan de la Cruz. Esta noche oscura no se explica con la única idea tradicional de la purificación pasiva, la llamada vía purgativa, que prepara a la vía iluminativa y a la unitiva. Madre Teresa estaba convencida de que se trataba precisamente de esto en su caso; pensaba que su «yo» era particularmente duro de vencer, si Dios se veía obligado a tenerla durante tan largo tiempo en ese estado.

Pero esto no era cierto. La interminable noche de algunos santos modernos es el medio de protección inventado por Dios para los santos de hoy que viven y trabajan constantemente bajo los focos de los medios. Es el traje de amianto para quien debe ir entre las llamas; es el aislante que impide a la corriente eléctrica salir, provocando cortocircuitos…

San Pablo decía: «Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne» (2 Co 12,7). La espina en la carne, que era el silencio de Dios, se reveló eficacísima para Madre Teresa: la preservó de todo arrobamiento en medio de todo lo que el mundo decía de ella, también en el momento de recoger el premio Nobel de la paz. «El dolor interior que siento –decía— es tan grande que no me afecta nada toda la publicidad y el hablar de la gente».

También esto une a Madre Teresa y a Padre Pío. Un día, Padre Pío, mirando por la ventana a la multitud reunida en la plaza, preguntó maravillado al hermano que tenía al lado: «¿Por qué han venido todos éstos?», y a la respuesta: «Por usted, Padre», se retiró rápidamente suspirando: «Si sólo supieran…».

Pero existe una razón aún mas profunda que explica estas noches que se prolongan durante toda una vida: la imitación de Cristo, la participación en la oscura noche del espíritu que envolvió a Jesús en Getsemaní y en la que murió en el Calvario, gritando: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En la carta apostólica Novo millennio ineunte, a propósito del «rostro doliente» de Cristo, el Papa escribe:

«Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la «teología vivida» de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han tenido de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como «noche oscura». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor». [13]

La carta cita la experiencia de Santa Catalina de Siena y de Teresa del Niño Jesús; ahora sabemos que se podría citar también el ejemplo de Madre Teresa. Ella llegó a ver cada vez más claramente su prueba como una respuesta a su deseo de compartir el «Sitio» de Jesús en la cruz:

«Si la pena y el sufrimiento, mi oscuridad y separación te da una gota de consolación, Jesús mío, haz de mí lo que quieras… Imprime en mi alma y vida el sufrimiento de tu corazón. Quiero saciar tu sed con cada gota de sangre que puedas hallar en mí. No te preocupes de volver pronto; estoy dispuesta a esperarte toda la eternidad» [14].

Sería un gran error pensar que la vida de estas personas sea toda sombrío sufrimiento. La Novo millennio ineunte, hemos oído, habla de una «paradójica confluencia de felicidad y dolor». En el fondo del alma, estas personas gozan de una paz y alegría desconocidas para el resto de los hombres, derivadas de la certeza, más fuerte que la duda, de estar en la voluntad de Dios. Santa Catalina de Génova compara el sufrimiento de las almas en este estado al del Purgatorio, y dice que éste «es tan grande que sólo es comparable al del infierno», pero que existe en ellas una «grandísima alegría» que sólo se puede comparar a la de los santos en el Paraíso [15].

La alegría y la serenidad que emanaban del rostro de Madre Teresa no eran una máscara, sino el reflejo de la unión profunda con Dios, en quien vivía su alma. Era ella la que se «engañaba» sobre sí misma, no la gente.

4. Al lado de los ateos

En lugar de santos «arcaicos», los místicos son los más modernos entre los santos. El mundo de hoy conoce una nueva categoría de personas: los ateos de buena fe, aquellos que viven dolorosamente la situación del silencio de Dios, que no creen en Dios pero no se jactan de ello; experimentan más bien la angustia existencial y la falta de sentido de todo; viven también ellos, a su modo, en una noche oscura del espíritu. Albert Camus les llamaba «los santos sin Dios». Los místicos existen sobre todo para ellos; son sus compañeros de viaje y de mesa. Como Jesús, ellos «están sentados a la mesa de los pecadores y han comido con ellos» (Cf. Lc 15,2).

Esto explica la pasión con la que ciertos ateos, una vez que se han convertido, se han lanzado sobre los escritos de los místicos: Claudel, Bernanos, los dos Maritain, L. Bloy, el escritor J.-K. Huysmans y muchos otros sobre los escritos de Angela de Foligno; T. S. Eliot sobre los de Giuliana de Norwich. Allí encontraban el mismo paisaje que habían dejado, pero esta vez iluminado por el sol. Este año se celebra el 50º aniversario de la primera representación de «Esperando a Godot», el drama más representativo del teatro del absurdo, pero pocos saben que su autor, Samuel Beckett, en su tiempo libre leía a San Juan de la Cruz.

La palabra «ateo» puede tener un sentido activo y un sentido pasivo. Puede indicar uno que rechaza a Dios, pero también uno que –al menos así les parece— es rechazado por Dios. En el primer caso, se trata de un ateismo de culpa (cuando no es de buena fe), en el segundo de un ateismo de pena, o de expiación. En este último sentido podemos decir que los místicos, en la noche del espíritu, son los a-teos, los sin Dios. Madre Teresa tiene palabras que nadie habría sospechado en ella:

«Dicen que la pena eterna que sufren las almas en el infierno es la pérdida de Dios… En mi alma yo experimento precisamente esta terrible pena de la pérdida, de Dios que no me quiere, de Dios que no es Dios, de Dios que en realidad no existe. Jesús, te lo ruego, perdona mi blasfemia» [16].

Pero se da cuenta de la naturaleza distinta, de solidaridad y de expiación, de este «ateísmo» suyo:

«Quiero vivir en este mundo tan lejano de Dios y que ha dado la espalda a la luz de Jesús, para ayudar a la gente, cargando con algo de su sufrimiento» [17].

Los místicos han llegado a un paso del mundo donde viven los sin Dios; han experimentado el vértigo de precipitarse hacia abajo. Escribe Madre Teresa a su padre espiritual:

«He estado a punto de decir “no”… Me siento como si algo, un día u otro, se tuviera que romper en mí». «Ruegue por mí, para que yo no rechace a Dios en esta hora. No quiero hacerlo, pero temo que pueda hacerlo» [18].

Por esto los místicos son los evangelizadores ideales en el mundo post-moderno, donde se vive «etsi Deus non daretur», como si Dios no existiera. Recuerdan a los ateos honestos que no están «lejos del reino de Dios»; que les bastaría dar un salto para encontrarse en la orilla de los místicos, pasando de la nada al todo. Tenía razón Karl Rahner al decir: «El cristianismo del futuro, o es místico o no será». Padre Pío y Madre Teresa son la respuesta a este signo de los tiempos. No debemos «desperdiciar» a los santos reduciéndolos a dispensadores de gracias o de buenos ejemplos.

5. Nuestra pequeña noche

Los místicos tienen sin embargo algo que decirnos a los creyentes, y no sólo a los ateos. No son una excepción, o una categoría aparte de cristianos. Muestran más bien, como de forma ampliada, lo que debería ser la plena expansión de la vida de gracia. Una cosa aprendemos especialmente de la noche oscura de los místicos, y en particular de la de Madre Teresa: cómo comportarnos en tiempo de aridez, cuando la oración se convierte en lucha, fatiga, un golpe de la cabeza contra un «muro de lamentación».

No es necesario insistir en la oración de Madre Teresa en todos aquellos años pasados en la oscuridad; la imagen de ella en oración es la que todos tenemos aún ante de los ojos. Una serie de bellísimas oraciones se encuentran entre la herencia más preciosa que ella dejó a sus hijas y a la Iglesia. De Jesús, el evangelista Lucas dice que «sumido en agonía, insistía más en su oración», factus in agonia prolixius orabat (Lc 22,44). Es lo que se observa también en la vida de estas almas.

La aridez en la oración, cuando no es fruto de disipación o de pactos con la carne, sino permisión de Dios, es la forma atenuada y común que adopta la noche oscura en la mayoría de las personas que tienden a la santidad. En esta situación es importante no rendirse y comenzar a omitir la oración para entregarse al trabajo, visto que se consigue bien poco estando en oración. Cuando Dios no está, es importante al menos que su lugar permanezca vacío y que no sea ocupado por algún ídolo, especialmente el que llamamos activismo.

Para impedir que esto ocurra es bueno interrumpir cada rato el trabajo para elevar al menos un pensamiento a Dios, o para sacrificarle sencillamente un poco de tiempo. En tiempo de aridez hay que descubrir un tipo de oración especial que la beata Angela de Foligno definía como la oración forzada y que dice haber practicado ella misma:

«Es bueno y muy agradable a Dios que tú ores con el fervor de la gracia divina, que veles y te fatigues al realizar toda acción buena; pero es más agradable y aceptable al Señor si, faltándote la gracia, no disminuyes tus oraciones, tus vigilias, tus buenas obras. Actúa sin la gracia como lo hacías cuando la poseías… Tú haz tu parte, hijo mío, y Dios hará la suya. La oración forzada, violenta, es muy agradable a Dios» [19].

Esta es una oración que se puede hacer más con el cuerpo que con la mente. Existe una secreta alianza entre la voluntad y el cuerpo y hay que usarla para reducir la mente… a la razón. A menudo, cuando nuestra voluntad no puede ordenar a la mente que tenga o no ciertos pensamientos, puede ordenar al cuerpo: a las rodillas que se doblen, a las manos que se junten, a los labios que se abran y pronuncien algunas palabras, por ejemplo, «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

Un místico oriental, Isaac el Sirio, decía: «Cuanto tu corazón está muerto y ya no tenemos la mínima oración ni súplica alguna, cuando Él venga que nos encuentre postrados con el rostro en tierra perpetuamente». Madre Teresa conoció también esta oración «forzada».

«No puedo decirle lo mal que me sentí el otro día; hubo un momento en el que por poco rechacé aceptar. Entonces tomé decididamente el Rosario y lo recé lentamente y con calma, sin meditar ni pensar en nada» [20].

Simplemente permanecer con el cuerpo en la iglesia, o en el lugar elegido para la oración, simplemente estar en oración, es entonces el único modo que queda para continuar siendo perseverantes en la oración. Dios sabe que podríamos ir y hacer cientos de cosas más útiles y que nos agradarían más, pero permanecemos allí, consumimos en blanco el tiempo a Él destinado por nuestro horario o por nuestro propósito.

A un discípulo que se lamentaba continuamente de no poder orar a causa de las distracciones, un anciano monje, al que se había dirigido, le respondió: «Que tu pensamiento vaya donde quiera, ¡pero que tu cuerpo no salga de la celda!» [21]. Es un consejo que también nos sirve a nosotros, cuando nos encontramos en situación de distracciones crónicas que ya no está en nuestras manos poder controlar: que nuestro pensamiento vaya donde quiera, ¡pero que nuestro cuerpo permanezca en oración!

En tiempo de aridez, debemos recordar la dulcísima palabra del Apóstol: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza…» (Rm 8,26 s). Él, sin que lo notemos, llena nuestras palabras y nuestros gemidos de deseo de Dios, de humildad, de amor. El Paráclito se convierte, entonces, en la fuerza de nuestra oración «débil», en la luz de nuestra oración apagada; en una palabra, en el alma de nuestra oración. Verdaderamente, como dice la Secuencia, Él «riega lo que es árido», rigat quod est aridum.

Todo esto sucede por fe. Basta que yo diga: «Padre, tu me has regalado el Espíritu de Jesús; formando, por ello, “un solo Espíritu” con Él, yo rezo este salmo, celebro esta Santa Misa, o estoy simplemente en silencio, aquí, en tu presencia. Quiero darte la gloria y la alegría que te daría Jesús, si fuera Él quien te orara aún desde la tierra». Con esta certeza, concluimos nuestra reflexión orando:

«Espíritu Santo, Tú que intercedes en el corazón de los creyentes con gemidos inenarrables, llama al corazón de tantos de nuestros contemporáneos que viven sin Dios y sin esperanza en este mundo. Ilumina la mente de aquellos que en este momento están delineando la fisonomía futura de nuestro continente; hazles comprender que Cristo no es una amenaza para nadie, sino hermano de todos. Que a los pobres, a los pequeños, a los perseguidos y a los excluidos de la Europa de mañana no les sea quitada, con culpable silencio, la garantía que hasta ahora más les ha defendido del arbitrio de los grandes y de la dureza de la vida: el nombre del primero de ellos, ¡Jesús de Nazareth!».

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[1] Leyenda Perusina, 72 (Fuentes Franciscanas, n. 1626)

[2] Admoniciones, VI (FF, n. 155).

[3] Fr. Joseph Neuner, S.J., On Mother Teresa’s Charism, “Review for Religious”, Sept- Oct. 2001, vol. 60, n.5 [En adelante abreviado: JN] (Los documentos citados en esta predicación me los ha puesto amablemente a disposición la Postulación general de la Causa de Madre Teresa).

[4] “There is so much contradiction in my soul, such deep longing for God, so deep that it is painful, a suffering continual – yet not wanted by God, repulsed, empty, no faith, no love, no zeal…. Heaven means nothing to me, it looks like an empty Place” (JN)

[5] Juan Taulero, Homilía 40 ( ed. G. Hofmann, Johannes Tauler, Predigten, Friburgo en Br. 1961, p.305).

[6] Cf. Fr. A. Huart, S.J., Mother Teresa: Joy in the Night, “Review for Religious”, Sept.-Oct. 2001. vol. 60, n.5 [En adelante abreviado AH].

[7] “Today my soul is filled with love, with joy untold, with an unbroken union of love” (JN)

[8] “I have begun to love my darkness for I believe now that it is a part, a very small part, of Jesus’ darkness and pain on earth” (JN).

[9] “The whole time smiling – Sisters and people pass such remarks – they think my faith, trust, and love are filling my very being… Could they but know – and how my cheerfulness is the cloak by which I cover the emptiness and misery” (AH).

[10] Apophtegmata Patrum, Poemen 37 (PG 65, 332).

[11] G. Varangalakudy, A sister for Gandhi, “The Tablett”, 11 octubre 2003, p. 12.

[12] S. Gregorio Magno, Moralia in Job, I,3,40 (PL 75, 619).

[13] NMI, 27

[14] “If my pain and suffering, my darkness and separation give you a drop of consolation, my own Jesus, do with me as you wish… Imprint on my soul and life the suffering of your heart…. I want to satiate your thirst with every single drop of blood that you can find in me…. Please do not take the trouble to return soon. I am ready to wait for you for all eternity” (JN).

[15] Cf. S. Caterina da Genova, Trattato del Purgatorio, 4 (ed. Cassiano Carpaneto da Langasco, Sommersa nella fontana dell’amore. Santa Caterina Fieschi Adorno, vol. 2, Le opere, p. 96; cf. también vol. 1. La vita, pp. 49 s.

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