25 de septiembre.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

Homilía para el XXVI Domingo durante el año C

La mayoría de las parábolas de Jesús, como ya hemos dicho varias veces, son enseñanzas sobre Dios, en las cuales Jesús quiere mostrarnos quien es su Padre, la enseñanza moral es consecuencia de haber entendido el mensaje principal. Pero otras parábolas, como es el caso de este domingo, traen esencialmente una enseñanza moral. La técnica de la parábola, como también lo hemos comentado, consiste en animar a los que escuchan a que se identifiquen con un personaje y a sacar de esta identificación todas las consecuencias o todas las enseñanzas que seamos capaces. Es entonces el caso de la parábola proclamada este domingo, llamada tradicionalmente: «Parábola del rico epulón y del pobre Lázaro». Aquí Dios no es mencionado.

¿Cuál es el personaje con el que nos tenemos que identificar en este relato? Ciertamente no el hombre rico, ni Abraham. ¿Será, entonces, el pobre Lázaro? No. El, o más bien, los personajes más importantes de esta parábola, para nuestro cometido, son los cinco hermanos del hombre rico, Abraham le dice al rico que ellos «tienen a Moisés y los profetas», estos cinco hermanos están aquí abajo, entre los vivos, somos todos nosotros.

Retomemos un poco los detalles de esta parábola. Había un hombre rico y uno pobre. No dice si se trata de un rico bueno o malo, o, de un pobre bueno o malo. No. Simplemente el Evangelio nos dice: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro.» que no tenía nada para comer. El pobre bien quería comer las migas que caían de la mesa del rico, no dice que él las había pedido y que le fueran negadas. Estos hombres vivían uno al lado de otro y simplemente se ignoraban sin malicia y sin celos. La única nota de intimidad es un perro que lame las llagas del pobre (una vez leí que un político americano dijo: «si quieres tener un amigo en Washington, cómprate un perro» se podría reemplazar fácilmente Washington por cualquier capital política del mundo, por lo demás hay muchas personas que por defectos de los otros, o incapacidad propia, llegaron a esta conclusión: «mientras más conozco a las personas más quiero a los animales», claro: los animales no son personas, en el sentido que no me discuten, no las puedo enviar a hacer algún trabajo, los formo a mi manera y con mis mañas, etc.).

El rico no tiene nombre. Algunos confunden el sustantivo común epulón del título de la parábola con el nombre. Epulón en el diccionario de la Real Academia viene definido como: «hombre que come y se regala mucho». Este rico representa a todos los que se dejan alienar por el tener. El pobre tiene un nombre cuya etimología es «“Él” Azar» y que quiere decir «Dios socorre». Lo que parecería un poco irónico, por lo menos, no lo socorre aquí abajo. Cuando los dos llegan al otro lado, o «el seno de Abraham» (aquí no se trata del cielo porque Jesús, hablando a los Fariseos, uliza sus categorías), cambian los roles. El pobre, que yacía en el suelo, es llevado por los ángeles al seno de Abraham, es decir al Paraiso; y el rico que, aquí abajo, reposó en los divanes elevados, fue enterrado. Él estaba hasta tal punto ligado a las realidades de este mundo, que permanece encadenado aún después de su muerte.

Este rico no era malo, simplemente inconsciente, a lo largo de toda su vida. Ahora sufre terriblemente y como tiene un buen corazón, quisiera ahorrarle la misma suerte a sus hermanos, y querría que Abraham les envíe a Lázaro para sacarlos de su letargo. Es cuando Abraham responde: «“Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”».

Como dije antes, estos cinco hermanos del hombre rico, nos representan a nosotros. Y nosotros no tenemos solamente a Moisés y los Profetas para escuchar, sino a la Palabra definitiva del Padre: Jesús y su Evangelio. Seguramente entre nosotros muy pocos vivirán fastos parecidos a los del rico de la parábola, y seguramente no serán tantos los que vivan una miseria parecida a la de Lázaro. Pero el hecho es que, hoy como en la época de Jesús , y quizás aún más, existe una brecha entre los ricos y los pobres. Desde hace varios años, especialmente desde el rápido avance de la economía global neoliberal, sin moral, a escala mundial, esta brecha es cada vez mayor, tanto dentro de los países como entre los países. De acuerdo con información del Banco Mundial, de hace unos años, había más de mil millones de personas que viven por debajo del nivel de pobreza absoluta (con menos de un dólar al día). En Argentina la lucha contra la pobreza debe preocuparnos más, y más podríamos hacer, cuando pensamos en los demás pueblos de latinoamérica, en África, Asia, tal vez no sentimos más sensación que una encuesta.

¿Somo inconscientes, como el rico del Evangelio de hoy, o bien somos conscientes de todas las desigualdades en las que vivimos y seguro disfrutamos. Hacemos algo para remediarlo? San Juan Pablo II, hablando a la Tribuna de las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979, hizo alusión a esta parábola del rico y del pobre Lázaro y concluyó que «es urgente traducir en términos económicos y políticos y en términos de derechos humanos, de relación entre el primer, el segundo y el tercer Mundo el contenido de esta parábola.» Magisterio semejante fue realizado por Benedicto XVI y contemporáneamente por el papa Francisco quien frecuentemente alude a esta parte esencial de la Buena Noticia. Que la Virgen nos ayude con su intercesión para que nosotros seamos capaces de traducir en nuestra vida diaria la enseñanza de Jesús: no ser inconscientes con la necesidad del que tenemos al lado, espero que este año de la Misericordia nos haya ayudado en este camino. Recordar que la vida, que no se acaba, se define en base a esta conciencia de no ignorar al otro, vivir el Evangelio es un saber y un obrar que no es mecánico, es fruto de una relación y se alimenta de la gracia de Dios; dice la conocida copla española:

La ciencia más acabada
es que el hombre en gracia acabe,
pues al fin de la jornada,
aquél que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada.

En esta vida emprestada,
do bien obrar es la llave,
aquel que se salva sabe;
el otro no sabe nada.

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18 de septiembre.

bonanova

Homilía para el XXV Domingo durante el año C

La primera lectura que escuchamos nos ofrece el contexto necesario para comprender este difícil evangelio. Esta primera lectura tomada del libro del profeta Amós, que vivió durante los fastos del reino de Jeroboam II, en el Reino del Norte en Israel, en la época en que este reino había alcanzado su máximo esplendor, en cuanto a poder material y prosperidad.

Cuando el profeta Amós se manifestó, había en el país abundancia, esplendor y orgullo. Los ricos vivían en la opulencia. Tenían sus palacios de verano e invierno, ricamente adornados de mármol, con espléndidos divanes, sobre los que se echaban para consumir sus suntuosos banquetes. Poseían viñas y bebían buen vino, y se ungían con ungüentos preciosos. En el mismo momento en cambio la justicia fallaba en el país. Los pobres estaban afligidos, explotados y hasta vendidos como esclavos, y los jueces estaban corrompidos. Es en este clima que Amós profiere las palabras rugientes que hemos escuchado: “Escuchen esto, ustedes, los que pisotean al indigente para hacer desaparecer a los pobres del país. Ustedes dicen:… compraremos a los débiles con dinero y al indigente por un par de sandalias, y venderemos hasta los desechos del trigo. El Señor lo ha jurado por el orgullo de Jacob: Jamás olvidaré ninguna de sus acciones.”

Teniendo en mente esta advertencia, pasemos ahora al Evangelio. Parece efectivamente que Jesús alude a un fraude que habría sucedido poco tiempo antes y que era ciertamente bien conocido por su auditorio. Jesús no tiene ciertamente la intención de enseñarnos como engañar a nuestro empleador o al fisco (que puede ser, que este, nos engañe a nosotros). Un detalle interesante para anotar, es que Lucas es el único de los Evangelistas que trae este relato; y sabemos hasta que punto, Lucas, se preocupa de todo lo que concierne a la pobreza y el peligro de las riquezas y el dinero. En realidad la frase que resume todo es la última: “No pueden servir a Dios y a Mammona”. San Lucas, en efecto, da al dinero un nombre proprio: Mammona, para indicarnos bien que, si uno se vuelve esclavo del dinero, este se vuelve nuestro patrón y nos domina como haría un dueño humano.

Esta es la parábola del “Mayordomo Infiel” como dicen nuestros Evangelios castellanos, no fue infiel. Mucho menos fue “inicuo”, como dice la Vulgata latina: “vilicum iniquitatis”, (“granjero de iniquidad”). Ni fue granjero ni fue de iniquidad. El texto griego dice “ecónomo” o sea, “administrador o gerente”; y en cuanto al genitivo “tes adikías” (de injusticia), Cristo lo usa irónicamente, como se ve por todo el contexto. La traducción exacta española y argentina sería: el Capataz Camandulero; o el Apoderado Pícaro.

Los intérpretes tropiezan aquí: ¡Cristo aprobó un robo, alabó a un ladrón, fomentó la infidelidad de los empleados y… la “lucha de clases”! “¿También ustedes están sin inteligencia?”, les habría respondido el Señor. ¡Como si todo el que cuenta un caso, aprobase el caso! Uno cuenta lo que pasa. Pero lo que más hay que notar, es que en ningún lado del relato consta que el Gerente haya sido un ladrón: “que fue acusado de ladrón”, lo cual es cosa distinta. Y las quitas que hizo a las deudas, podía tener atribuciones para hacerlas; y leyendo atentamente se ve que las tenía, como ustedes lo verán si leen atentamente. Si los deudores aceptaron y el amo aprobó, es que las tenía. Cristo concluyó con una observación irónica: “los hijos de este mundo son más videntes en sus negocios que los hijos de la luz”.

La enseñanza de Jesús en este relato es la siguiente: si los hijos de este mundo, que son esclavos de las cosas materiales, son tan hábiles, cuanto más hábiles deberemos ser los que pretendemos ser hijos de Dios. Se debe utilizar el dinero no para construir una seguridad en vistas a un porvenir temporal y mundano, solamente, sino para construir el reino eterno. La manera de hacerlo es considerar que uno no es propietario de cuanto posee. Que uno administra para uno y en relación con los otros. Por eso así como este administrador (“deshonesto” “injusto: no sujeto a la justicia”, dice Cristo: fronímos ¡un vivo, hábil!) hace caridad, no es justo en el sentido de aplicar la ley sin circunstancias, pero hace caridad, baja los intereses de los préstamos de su amo, que seguramente eran excesivos, hace una caridad interesada. Y, entonces, Jesús dice: si este hace caridad por su interés y recibe un beneficio, si los hijos de la luz hacen caridad como tiene que ser: ¡qué beneficios no recibirán! ¡El mejor negocio es la caridad! Este negocio se cobra aquí, pero sobre todo en las mansiones eternas.

Sabemos que hay codicia en nuestro corazón, y sabemos que la hay también en grandes dosis en el mundo, en las relaciones individuales, como entre las naciones y los bloques de naciones. Los reproches de Amós llegan actuales. Y como en tiempos de Jesús debemos elegir entre Dios y Mammona.

Renovemos de nuevo, cada uno de nosotros, nuestra opción por Dios, no despreciemos ni endiosemos el dinero y los negocios materiales, sino que recordemos hacer negocios verdaderos como tantas veces Cristo nos advierte, dónde la polilla no roe, ni los ladrones roban. Recordemos una página del P. Leonardo Castellani: “Cristo no afirmó que todo les tiene que salir mal a “los hijos de la luz”; entonces apaga y vámonos ¿para qué viniste al mundo?, ¡oh Luz del Mundo! Cristo exhortó irónicamente a los que se llaman “buenos” a tener por lo menos tanta prudencia en sus negocios como los llamados por ellos “malos”; y si la tienen, no hay ninguna razón porque no les sucedan a ellos también sus negocios, tanto los del cielo como los de la tierra. … Fíjese: Dios podía haber dispuesto los sucesos de este mundo de tres maneras: 1) Que a los buenos les fuese siempre bien y a los malos siempre mal; 2) al revés: siempre mal a los buenos, siempre bien a los malos; 3) mezclando bienes y males a buenos y malos; con una preferencia de males a los santos y a los idiotas. Dios prefirió el plan 3; y si ustedes lo piensan un momento, verán que está muy bien. Si a los buenos siempre les fuese bien y mal a los malos (plan 1) simplemente no habría buenos, porque todos serían buenos a la fuerza: se suprimirían el mérito, la bondad, la virtud, la santidad y hasta el mismo libre albedrío. Sería imposible ser malo. Ese es el estado de los animales: no pueden ser malos… ni buenos tampoco. Son animales. Si al revés, a los buenos siempre les fuese mal (plan 2) la bondad se volvería imposible, porque no habría ser humano capaz de soportarla; habría que ser ángel. Dios escogió el tercer plan: hacer salir el sol sobre los buenos y los malos y llover sobre los justos y los injustos; y que cada cual procure tomar el solcito y aprovechar el agua lo mejor que pueda. Y si a un católico, por idiota o descuidado, se le rompen las acequias, que no le eche la culpa a Dios y que no ande diciendo que “bien dijo Cristo que los hijos de este siglo son necesariamente más felices en sus negocios que los hijos de la luz”. Cristo no dijo eso.” (CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Editorial Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 282-287)

Seamos astutos en las cosas materiales, para bien, pero en las espirituales mucho más, que a todos nos va a favorecer. Recemos unos por otros y pidamos a la Virgen que sepamos hacer el verdadero negocio: la caridad, sobre todo en este último trecho del año de la Misericordia.

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14 de septiembre.

18

EXALTACIÓN DE LA CRUZ

“Exaltación de la Cruz” será mejor que para nosotros no signifique elevación, sublimación en vagas nubes de gloria, sino, al contrario: “humillación de la Cruz”, mirada cara a cara a la dura realidad de lo que fue esa cama de muerte del Hijo de Dios. Ya nos hemos acostumbrado a la cruz, y hasta hay quien gusta de interpretarla como signo abstracto, casi como el “más” de los matemáticos, como “cruce de infinitos”, etc. Pero para los primeros cristianos, la cruz era todavía algo tan horroroso que tardaron mucho en representar a Cristo clavado en ella (fue, recordémoslo, en la puerta de madera de Santa Sabina, en Roma). Porque, ¿qué era la cruz? Lo que más se le parece ahora es la horca (una horca, en su forma, viene a ser una cruz manca). Pero en España dice poco: pensemos en el garrote vil (otros pueblos pensarán en la guillotina, en la silla eléctrica, en la cámara de gas; nunca en el piquete de ejecución que, después de todo, tiene algo de honor militar). Pero, además, añadamos el lento suplicio a la ejecución: un suplicio gratuito, no para obtener declaraciones, a la manera moderna (y antigua), sino para hacer lenta y desgarradora la agonía. No entremos a preguntar detalles a los historiadores: si el reo era clavado antes por las manos al palo transversal, y éste elevado con cuerdas —como con las reses muertas, pero en vivo—, etc. Nos basta con saber: horas de tortura para morir, como los peores bandidos, para quienes quitarles la vida en un momento se hubiera considerado escaso castigo.

 Es frecuente —se dirá— el caso de fundadores políticos y religiosos que murieron “ajusticiados”. En nuestra época no nos es muy difícil imaginar que el Hijo de Dios se hubiera dejado fusilar (eso imagina Faulkner en su extraña reviviscencia de Una fábula). Pero de haber nacido en nuestra época, el hecho de que hubiera muerto agarrotado, con dos granujas cualquiera —”A éste por ladrón”, “A éste por subversivo”, “A éste por ladrón”—, eso rebasa lo que podríamos esperar (a pesar de que nuestro siglo nos ha desengañado mucho de las justicias humanas y sus castigos). Ahora tenemos cruces al cuello y en las paredes, pero, ¿no nos hubiera escandalizado este artefacto de ejecución de haberlo conocido como tal antes de contar con Cristo? Quizá alguna vez, leyendo muertes de mártires —con refinadas torturas de ruedas de cuchillos, calderas de aceite, desolladuras— hemos pensado que Jesucristo aceptó una muerte sencilla, casi fácil. Sencilla, sí, pero la peor. Una muerte corriente, de código penal, sin ningún artilugio inventado para el caso, con el procedimiento vulgar; una “muerte en serie”, como diría Rilke, igual que un traje de almacén, pero el más sucio y roto entre tantos iguales, para redimir la muerte de todos. Porque ya venía del tormento, refinado a fuerza de estúpido, de los soldados, que ni siquiera le odiaban como los judíos, y para quienes era un anarquista chiflado a quien azotaban para ver si así se podía cerrar el expediente, y a quien abofeteaban sólo por pasar el aburrimiento en el cuerpo de guardia, por vengarse de sus “horas extraordinarias” de servicio. Y de ahí —a petición de los suyos, no por deseo de los ocupantes extranjeros— a una muerte de delincuente común, con su palo como un poste de tormento, para que todos descargasen en él su golpe: unos, los celos, ya tranquilizados, de perder el poderío religioso —y ésos darían más fuerte, para acelerar la muerte, y con ella su propio sosiego—; otros, echándole encima su desengaño político de conspiradores ambiciosos, despechados porque sus afanes de mando se hubieran esfumado en redención de espíritu.

 A la vez que aparato de muerte, la cruz fue para Cristo picota de vergüenza. Para eso se ponían las cruces en alto; para “dar ejemplo” y permitir la burla y el salivazo. Pero seguramente ningún reo tuvo tal tempestad encima de insultos y manchas. Los ladrones, a los lados, aun con todos sus dolores, todavía se asombraron, sin comprender: el uno le increpó, el otro le defendió. De cruz a cruz se hizo un extraño diálogo, más allá de la vida y el mundo: el pobre agonizante de en medio prometía la gloria eterna al otro agonizante que creía en su inocencia. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era una piltrafa, con la cara tapada por hilos de sangre de las espinas y por las huellas de las bofetadas; su cuerpo parecía vestido por millares de líneas de azotes; sobre su desnudez, un papelón anunciaba, con burlona seriedad: “Fulano de Tal, rey del país”.

 Estaba ronco de sed, pero el vino con hiel era peor que la sed; alrededor, todos se le burlaban, jaleaban su agonía, le escupían. Pero Jesús, todavía en el potro, ganaba y se llevaba un compañero de tormento.

 “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz” (Gal. 6, 8), leemos en la misa de hoy. Y de otro lugar, recordamos el mandato para salvarse: “tome cada uno su cruz, y sígame”. Pero pensamos en algo extraordinario, en un peso que, hasta en su misma forma, sea un testimonio de Dios, con su recuerdo y su consuelo aún en el dolor. Y, sin embargo, nuestra cruz es lo vulgar, lo de siempre; nos la tiene preparada la vida, y no se distingue de lo humano: está hecha con la madera misma de nuestro ser. La llevamos de todas maneras encima, pero se hace de Cristo cuando, en vez de odiarla, la aceptamos para ir detrás de ÉI. La vida, más o menos cruelmente, antes o después, nos crucifica también. Pero podemos volver la mirada al que más sufre clavado sobre nuestro mismo tormento de muerte, y confesar: “A mí me está bien empleado, pero, ¿y a éste, que no hizo más que querernos bien?”

 Mientras llevamos la cruz invisible, alrededor florecen las cruces. ¡Qué extraño! Todos los emblemas suelen ser signos de gloria, o atributos de trabajo, o alusiones convenidas. El símbolo de Cristo es un esquema de muerte vil; de toda su misión en la tierra eso es lo que mejor le representa, la clave rápida para no olvidar y reconocer, justamente la mayor humillación, la peor vulgaridad.

 Basta un leve gesto, casi un azar, cualquier cosa, para una cruz. Un viajero inglés del siglo XVII contaba de los españoles: “algunos, si ven en el suelo dos pajitas cruzadas, se arrodillan y las besan en el mismo polvo”. Muy bello es, pero no es ésa la obediencia de que Cristo nos daba ejemplo. Esa es la obediencia invisible, que no rompe una línea de vida como un intermedio extraordinario; en otro sentido: es la sumisión a lo que nos toque, la renuncia a que nuestra voluntad sea algo aparte de la de Dios. Es el andar por la vida sin apego a lo que —con todo amor— hacemos: cuidando nuestros hechos, pero dispuestos a dejarlos en cuanto tiren para el otro lado de Cristo, y dispuestos a seguirlos amando también cuando se nos vuelvan dolor y fatiga sobre los hombros, y no podamos quitárnoslos de encima. Cuando nos dicen “obediencia”, parece que lo oímos siempre como a través de nuestros oídos de niño: “haz esto”, haz aquello”, “no comas esto”, “no toques lo otro”. Quizá no hemos aprendido una obediencia “de mayores”, y pensamos que si Dios nos mandara algo, si Cristo nos viniera a dar una orden, ¡qué de prisa lo haríamos! Pero nunca nos ha mandado nada Cristo; no hemos oído su voz diciéndonos que oficio debíamos seguir, qué estado debíamos tomar, qué solución debíamos adoptar en aquella ocasión de la que dependió nuestra vida, y en que volvimos los ojos al cielo deseando un mandato que nos evitara la responsabilidad y el terror de equivocarnos. Nuestra obediencia ha de ser otra: estampada en cada momento, más allá de lo que elijamos y lo que hagamos, como entrega ciega de nuestra voluntad a la divina, sin importarnos siquiera nuestro margen de error y aun nuestras mismas caídas de todos los días. Pues no seremos nosotros quienes nos elevemos, sino Él que tira de nosotros desde el mismo centro de la renuncia y el sufrimiento.

 En el evangelio de la misa de hoy se lee: “Cuando me eleven sobre la tierra, atraeré a Mí todas las cosas. (Pero esto lo decía indicando de qué muerte tenía que morir)” (lo. 12, 32). Nadie entendió esta paradoja: acaso pensarían en un trono, y en el mundo entero viniendo a rendir homenaje a Cristo. Hubiera sido imposible que imaginaran un trono en forma de cruz y una elevación a través del dolor: hacia la muerte y el abandono de Jesús acuden todas las cosas, acrecentando su propia desazón íntima para tender a ese centro de resolución y gloria. Pero se ha dejado elevar en tormento, porque lo que quería no era reinar simplemente sobre los hombres y las cosas, sino elevarlos, sacarlos de su ser caído, y hacerles subir hasta que fueran mundo suyo, y ya no mundo del pecado. Muerto, y muerto a manos de los hombres, y estrujado hasta quedar como cosa, humillado hasta el nivel de la materia misma, desde ahí acompaña el ascenso de todo, tira de todo para que por su cruz suba con Él al cielo.

 Y la cruz volverá a estar en el trono de esplendor de Jesucristo, cuando vuelva para juzgar al mundo y darle la gloria final: cruz será el relámpago que le precederá, escrito en el cielo sobre los países, y el signo en su mano, como la llave de su poderío y la vara que divida el rebaño humano, a un lado o a otro, para siempre. De su paso por la tierra, sólo eso le quedará acompañando su carne gloriosa: la señal de la cruz, convertida de tortura en árbol de luz, lo mismo que todo dolor ha de resucitar hecho esplendor en nuestro cuerpo, y toda memoria convertida en alegría.

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13 de septiembre.

Icono, san Pablo guía a san Juan crisóstomo.

Icono, san Pablo guía a san Juan crisóstomo.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR

(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton…, y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 – veintidós exuberantes años – hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: “¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!”

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle – divino pretexto – una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo – llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo… Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase – y a él le gusta, de seguro, el juego – diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis…

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia…, o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón… Pero, hasta entonces…, turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía – le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio – misterios de Dios – lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara… en el derecho de asilo… Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía… Bendito sea el Señor… ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón – dice él – más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionte al pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. “Gloria a Dios en todas las cosas”, clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

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Noche de sábado. Cantobar, Parroquia Santa Inés.

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Tarde en el Barrio.

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11 de septiembre.

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Homilía para el XXIV domingo durante el año C

El relato del diálogo entre Dios y Moisés (primera lectura) a propósito del pueblo que cometió el pecado de idolatría termina con las palabras: “El Señor renunció al propósito de hacer mal a su pueblo”. Este texto no habla de conversión, porque no se menciona ninguna conversión, al menos hasta este punto del relato; tampoco directamente de la plegaria, aunque nos enseña algo sobre la plegaria. Este texto trata esencialmente de Dios. Nos dice quién es Dios.

Lo mismo en el Evangelio de hoy. Como en todas sus otras parábolas, Jesús, en estas, nos dice algo a propósito de su Padre y del Reino del Padre. Y sin embargo nosotros estamos tan concentrados sobre nosotros mismos que la mayor parte de las veces encontramos en estas parábolas, sobre todo, enseñanzas sobre nosotros y sobre nuestra conducta moral.

En el Evangelio del domingo pasado Jesús anunciaba la radicalidad de las exigencias para seguirlo. Inmediatamente después, vemos a los Publicanos y pecadores que se congregan alrededor de Jesús, con gran escándalo de los Fariseos y de los Escribas que le reprochan hacer un buen recibimiento a Publicanos y pecadores y de comer a la mesa con ellos. En respuesta a estas murmuraciones Jesús les ofrece no una parábola, si no tres, y todas sobre el gozo que hay en el cielo cuando un pecador se arrepiente y vuelve a Dios. Es un gozo similar a aquél de un pastor que ha reencontrado la oveja que había perdido y también aquél de la mujer que encontró la moneda de plata que había perdido. O mejor, es como el gozo de un padre cuando su hijo vuelve a casa. Y esta tercera parábola es mucho más elaborada que las otras dos.

Un hombre tenía dos hijos…” Estos dos hijos corresponden a todas las personas presentes: el más joven, que pide su parte de la herencia y se va, corresponde a los Publicanos y a los pecadores; mientras el más grande, que queda en casa, corresponde a los Fariseos y a los Escribas.

El primer hijo rechaza al Padre, o en todo caso se comporta como si su padre estuviese ya muerto: “Dame la parte de la herencia que me toca”, dice. Y es solo después de haber gastado todo y volverse esclavo de otro, que se acuerda de su padre y vuelve a él. En cuanto al padre, él nunca olvidó que era su hijo, y nunca dejó de considerarlo hijo suyo, esperándolo continuamente, y hasta corriendo a su encuentro cuando lo ve llegar. A la confesión de su hijo: “Padre he pecado contra el cielo y contra tí. No merezco más ser llamado tu hijo…”, él no responde nada, sino solamente con los gestos: lo abraza, lo cubre de besos, lo calza, y organiza un banquete para celebrar su retorno.

El otro hijo, que representa a los Fariseos y Escribas, dejó de ser hijo, todavía más que el primero. Él mismo se hizo servidor y esclavo. Dice: “Cuántos años estoy a tu servicio, sin haber desobedecido nunca tus órdenes…” Olvidó que era su hijo, y por tanto tampoco tiene un hermano. Dice a su padre: “Este hijo tuyo…” y entonces el padre le responde: “Este tu hermano….

En oposición al dios oscuro de los Fariseos, Jesús describe a su Padre como un Dios que danza. Una frase de este texto siempre me ha llamado la atención; es la reflexión que hace justamente el hermano mayor cuando vuelve del campo y llama a uno de los servidores para preguntarle la razón de aquella música y danza. Cada vez que nosotros volvemos a Dios, después de alguna de nuestras escapadas, es para Dios un tiempo de música y de danza.

La interpretación de la parábola podemos compararla a la de un sueño. Nosotros somos, en cierto modo, cada uno de los personajes. Cada uno de nosotros es a la vez el hijo pródigo y aquél que queda en casa, que se lamenta de la atención que el padre presta al primero cuando vuelve. Pero -más importante todavía- en una parábola estamos llamados a identificarnos con uno de los personajes. Y aquí el personaje central, que debemos mirar, es el Padre. No tanto en el sentido que debemos recibir a aquél que nos ha ofendido, cuando vuelve humildemente, obrando como un pequeño dios (cuantas veces tenemos esta fantasía: que de nosotros dependen los otros y la realidad), sino más bien en el sentido que nosotros estamos invitados a alegrarnos con Dios cada vez que alguno que estaba alejado vuelve a Él.

Los fariseos consideraban a los Publicanos y pecadores como esa clase de personas con las que alguien respetable no debía mezclarse, y se escandalizaban del hecho que Jesús comiese con ellos. Con esta parábola Jesús enseña que lo que es verdaderamente importante no es lo que estas personas son, sino lo que Dios es; porque, en definitiva, todos somos pecadores. Y esta es la lección de la lectura del libro del Éxodo concerniente a Moisés. Dios escucha a Moisés no porque era santo y distinto del resto del pueblo, sino al contrario porque él es y quiere estar como alguien del pueblo (se siente parte del pueblo) y entonces nada, ni una promesa hecha a Dios puede romper esta solidaridad que él tiene con los suyos.

Hermanos la Biblia nos revela a Dios y Dios es Padre, y si aceptamos esta revelación nos tenemos que volver hijos y ensanchar el corazón para llevarnos como tales. Recemos para que esta enseñanza de Jesús sobre su Padre, se verifique y crezca en nuestras familias, parroquias, comunidades y en nuestro mundo. Para que nos alegremos cuando los que están lejos vuelvan, para que cambiemos de verdad, para que este año de la Misericordia sea eficaz para cambiar nuestro corazón. Puedan todos los hijos del Padre celeste aprender como calmar la violencia, llegando a establecer una sociedad justa en la cual todos y cada uno sean respetados como seres humanos y vean respetados todos sus derechos.

Que nuestra Madre, la Virgen María, interceda por nosotros y que haya mucha alegría por todos los que de corazón vuelvan a la casa del Padre, que no critiquemos ni tengamos miedo que Jesús trate a los pecadores y publicamos, el médico vino para los enfermos.

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9 de septiembre.

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Aljibe , dónde bautizaba el santo.

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Reliquias del Santo

SAN PEDRO CLAVER

 (†  1654)

Escenario de horror.— Hace 231 años los periódicos de La Habana publicaron estos avisos en sitio destacado:

 “Un mulato como de treinta años, buen cocinero, sano y con todas tachas, menos ladrón, se cambia por negro, mulas, caballos o volanta. En el almacén que era de don Juan Rincón darán razón.” (Papel periódico 18 enero de 1785.)

Buena ocasión. Se vende una mulata de dieciocho años de edad, recién venida del campo, sin vicios malos, muy dócil, 500 pesos. Otra mulata de veintiséis años, casada en la villa de Santiago, con su cría de cinco meses, en 300 pesos, alcabala y escritura y sin incluir la cría.”

Adelante, señores; 200 piastras vale esta linda negra, buena lavadora, 200 piastras, señores. Vedla: es joven aún.”

 “¿250 piastras dijo? Es suya… “,  y el dueño la empujó y siguió con ella; había comprado también un reloj de la sucesión de M. Reynoil y dos sillas. La escena sucede en Martinica, comienzos del XVIII.

 Mercados parecidos tenían lugar en Portobello, Jamaica, Lima, Veracruz, Cartagena. Es la esclavitud de la raza de color. La trata negrera. El negocio era bueno. Un esclavo, “una pieza de Indias”, se compraba en Africa en 1683 por ocho francos y se vendía en Cartagena en 100 pesos. Se podían permitir los negreros el lujo “de que murieran en el camino las dos terceras partes del cargamento humano”.

 El sordo rumor de los encadenados, el ambiente fétido “de las calas de los veleros, el dolor de un presente y el temor de un futuro sin esperanzas”, pensaban que les destinaban a morir y de su sangre teñir los navíos, dan una estampa de colores crudos. Aragó fue un viajero que vio esta escena:

 “Allá en un salón bajo y hediondo están clavados en el suelo y en las paredes bancos negros y sangrientos. En estos bancos y sobre este piso húmedo, se sientan desnudos, hombres, mujeres, niños y alguna vez ancianos que esperan al comprador. Apenas se presenta éste en la puerta, y a una señal del amo, todo el harén se levanta, gesticula, se agita, se contrae, muge canciones salvajes, prueba de que tiene pulmones y que ha comprendido perfectamente la esclavitud. ¡Infeliz del que no trata de distinguirse de sus compañeros!, el látigo está preparado para surcar su cuerpo y hacer volar por el aire los pedazos de carne negra.

 Ahora, silencio: el negocio va a tratarse, y cerrarse la venta.

 —¡Eh, pst, tú, aquí…!

 “Cualquiera cosa” se levanta: esa cualquiera cosa es un ser que tiene dos ojos, una frente, sesos, un corazón como vos y como Yo… ¡pero me engaño!, ese pecho no encierra un corazón; pero, por lo demás, está completo.

 —Mirad “esto”. (Es el amo.)

 —Camina.

 Y “eso” se pone a caminar.

 —Ahora corre.

 Y “eso” corre. Alza la cabeza, agita los miembros, patea, grita, enseña los dientes.

 —Vamos, bravo. ¿Cuánto vale?

 —Seis cuádruplos.

 —Doy cinco. Pero ahora que me acuerdo, ¿ha pasado ya la viruela?

 —Ya la ha tenido; mirad bien.

 “En efecto, manchas amarillas y lucientes esparcidas sobre el cuerpo negro testifican el contacto de un pequeño hierro candente, cuya cicatriz ha dejado una señal que engaña al inexperto comprador.”

 —Está bien; he aquí vuestros cuádruplos.

 —Cantad ahora vosotros.

 La cascada cae mugiendo, los compradores salen, empujando delante de ellos a puntapiés su adquisición. El amo mete su oro en una bolsa de cuero, y se coloca en la puerta para detener otros parroquianos al paso: he aquí en miniatura un mercado de negros.

Estas escenas del realismo brutal ocurrían en el Nuevo Mundo y eran eco de la gran cacería africana.

 Un día del siglo XV el portugués Albiso de Cadamosto se encontró en la Costa de Oro con unos negros. “Todos –-dice— corrieron a verme como una gran maravilla…; los unos cogían mis manos y las frotaban con saliva para ver si mi blancura procedía de alguna pintura o tinte que tuviera sobre mi carne…”

 Más tarde hay una fecha. El 12 de enero de 1510, segundo viaje de Colón. Su majestad manda a los oficiales de Indias emplear negros. Asientos de negros…, palabras que esconde la tragedia de catorce millones de seres desplazados de sus bohíos, de su tierra nativa, de sus familiares y lanzados a un mundo nuevo. Un millón llegó a Cartagena de Indias. Era uno de los tres puertos negreros.

 El dorado Divino.— “Padre Claver: ¿cuántos esclavos negros cree haber bautizado?

 —Hermano Nicolás: según mi cuenta más de 300.000…”

 Este diálogo seco tuvo lugar hace trescientos treinta y seis años en el colegio de los jesuitas de Cartagena de Indias. Al protagonista no le ha cubierto el polvo de tres siglos.

 En voz baja los niños de hoy, blancos y negros, preguntan a sus padres: “¿De quién es esa calavera que va en esa urna dorada? —Es un santo, es San Pedro Claver, y agregan: se llamó el esclavo de los esclavos negros; les quería mucho; murió en Cartagena el 8 de septiembre de l654.”

 Tres siglos no han borrado su recuerdo. Y los niños blancos y negros unen sus rostros curiosos y se acercan al Santo que vive hoy como ayer. La figura de Claver se agiganta. Es el patrono de Colombia. No se piensa que ese hombre es el libertador de una raza oprimida.

 El padre Pedro Claver, cuando charlaba con el hermano Nicolás y se sometía a un verdadero reportaje, era un anciano de setenta años; le llamaban el Santo y sus ojos eran tristes. “Era de mediana estatura, un poco inclinado, cabeza grande, rostro descarnado, color pálido obscuro, frente ancha y rugosa cruzada por dos profundas arrugas horizontales, ojos hundidos, tristes, barba poblada, boca grande.”

 El hermano Nicolás González, cuyo testimonio permite reconstruir algo de la vida del Santo, era un hermano coadjutor jesuita que le acompañó durante veintidós años. Fue su gran amigo y admirador: fue el testigo que dijo más cosas en el proceso de canonización. La personalidad de Claver le llenaba de estupor. En él no se realizaba la frase “No hay hombre grande para el ayuda de cámara”.

 Declaró con juramento, “por lo menos hacía un acto heroico diario”. Esta palabra: “heroísmo”, en aquel siglo XVII, tenía un sentido fuerte, sonaba a selva virgen y a sangre. Pedro Claver vivió una época brillante (1580-1651).

 Habían pasado tres grandes sucesos: el Renacimiento, la Reforma y el descubrimiento de América. Era la etapa de la consolidación de fronteras, de forcejeo de fuerzas, de cimientos de imperios. Existía la magia fresca del Nuevo Mundo. El eco de las hazañas sonaba como clarín en los descendientes de Pizarro, Cortés, Quesada… El Dorado brillaba como una ilusión en los ojos ardientes de aquellos campesinos acostumbrados a domeñar una tierra gastada. El fabuloso nuevo mundo era el ideal de las almas selectas y de los cuerpos famélicos. América fue luz de conquista terrena y espiritual. El soldado soñaba con su espada y su misión. Era la tierra nueva para los conquistadores a lo humano y lo divino.

 El 15 de abril de 1610 se embarcó en Sevilla en el galeón San Pedro en la madurez de los treinta años el silencioso Pedro Claver. Un conquistador más en su Dorado de esclavitud.

 Infancia sin historia.— Verdú es un pueblo catalán del valle del Urgel. 2.000 habitantes en tiempos del Santo. Célebre entonces y hasta el siglo pasado por sus ferias de mulas y sus cántaros redondos que conservan el agua fresca. Paisaje de viñedos, olivos y cereales. El horizonte es amplio en la llanura. La silueta que se destaca desde la carretera de Lérida-Barcelona es simple en su simbolismo. La torre —Verdú era una villa amurallada, militar— del homenaje, que domina el castillo, gloria de los Cerveras antes, después depósito de cereales y una iglesia románica. Verdú fue durante mucho tiempo una ciudad levítica, de abadengo. Perteneció a la abadía de Poblet. Una sardana popular dice de la villa: “Brillas en primavera la púrpura con sus amapolas, en verano con el oro de tus trigales, en otoño con el rojo de los viñedos y el verde obscuro de los olivares”. Verdú es gloria de dos grandes hombres: Juan Teres, que fue virrey de Cataluña, y Pedro Claver, el misionero de la Nueva Granada. Los amigos de la leyenda agregan un tercer personaje: Colom… Este apellido es frecuente entre los payeses, y un padrino de Claver calcetero se apellidaba Colom.

 En la calle mayor de la villa, en una masía grande, nació el 26 de junio de 1580 Pedro Claver. Sus padres eran unos campesinos acomodados, tenían dieciocho fincas y un patronato con otras once: no pertenecían a la nobleza como se ha dicho. Los padrinos eran calceteros y canteros. Los padres del Santo se llamaban Pedro Claver y Juana Corberó. Tuvieron 6 hijos, de los cuales, Catalina y Catalina María murieron en la infancia, Jaime a los veintiún años. Quedaron tres: Juan Martín, el mayor; Isabel, la más pequeña, y el Santo, que era el penúltimo. El jefe de la familia no era muy instruido, apenas sabía firmar, pero era de juicio recto y singular bondad; figura como albacea en muchos testamentos y fue “jurat encap” en 1601 y 1605. La fe de bautismo que se conserva hoy día en el despacho parroquial de Verdú dice así: “El 26 de junio de 1580 fue bautizado Juan Pedro, hijo de Pedro Claver, de la calle mayor, y Ana, mujer de aquél. Fueron padrinos Juan Borrel, cantero, y Magdalena, mujer de Flavian Colom, calcetero, todos de Verdú. Dios le haga buen cristiano“. Dios le hizo algo más: un gran santo.

 Su infancia fue la de un campesino. No tiene historia. A los diecinueve años inició su vida eclesiástica. Más tarde entró en la Compañía de Jesús. En la maravillosa isla de Mallorca se encontró con un santo anciano, San Alfonso Rodríguez. Era un místico, su figura de castellano viejo se parecía a un sarmiento retorcido por la penitencia, tenía fuego interior. Un día tuvo una visión que se refería a su amigo. Vio un trono en el cielo para Claver, “porque allá en las Indias tendría que padecer mucho”.

¡Ay!, Pedro, cuántos están ociosos en Europa mientras en América perecen tantas almas…, allá está tu misión“. Pedro Claver sintió una luz en su camino y un gran ardor conquistador. Desde ese momento su alma grande soñó con el nuevo mundo. Tres ciudades de Colombia fueron el escenario de su vida:

Santa Fe de Bogotá, con sus casonas, sus patios, sus claustros viejos de San Bartolomé. Pedro Claver vivió en la capital dos años. Es el único santo canonizado que ha pisado estas calles y recorrido estos caminos.

Tunja, envuelta en su paisaje ascético y místico, dureza serena y elevación profunda. Es otra ciudad claveriana. Allí estuvo un año.

Cartagena, la metrópoli cálida de la colonia, llena de luz y de contrastes, ciudad militar, mística y popular. Por sus calles y plazas el Santo de los esclavos anduvo treinta y ocho años.

El día 20 de marzo de 1616 Pedro Claver se ordena de sacerdote en la catedral de la ciudad heroica. Unos años más tarde, el 3 de abril de 1622, tuvo lugar una escena silenciosa pero trascendental. En un papel ordinario, vasto, con su letra clara un poco inclinada a la derecha y con trazos rectos, escribió las palabras que se han hecho inmortales, Petrus Claver aethiopum semper servus. “Pedro Claver, esclavo para siempre de los etíopes” (es decir, de los negros).

Desde este momento, la vida de este hombre no será sino una cadena de sacrificios, de entregas al hermano, que sufre abandonado. Olvidará todo lo brillante de la vida.

Ataúdes flotantes.— La humanidad siempre ha sido cruel; hoy hay campos de concentración, ayer había barracones negreros.

El padre Sandoval fue el primer apóstol de los negros que de una manera sistemática trabajó en Cartagena de Indias. Escribió un libro genial: De la salvación de los negros, que en su género es único por su valor sociológico y valiente. El galeón negrero se acerca al puerto. Ya las velas se recogen. Ha pasado el fuerte del Pastelillo y se puede oír el rumor del puerto. En el fondo del navío un terrible murmullo. Gritos de angustia, miradas ansiosas, los negreros muestran un rostro más benévolo. Ha llegado una tercera parte de su mercancía y hay interés en que dé buena impresión. “Rían, esclavos…, rían”.

“Cautivos estos negros con la justicia que Dios sabe —dice Sandoval— los echan luego en prisiones asperísimas, de donde no salen hasta llegar a este puerto de Cartagena. A veces llegan doce o catorce navíos al año, hediondos, y les da tanta tristeza y melancolía por la idea que tienen que les traen para hacer aceite de ellos o comérselos, que mueren un tercio de la navegación. Vienen apretados, asquerosos y tan mal tratados que me certifican los que los traen que vienen de seis en seis con argollas en el cuello, con grillos en los pies de dos en dos, de modo que de los pies a la cabeza vienen aprisionados. Debajo de la cubierta, cerrados por fuera, donde no ven sol ni luna, que nadie puede atreverse a meterse allá sin marearse ni resistir una hora.

“Comen cada veinticuatro horas, no más que una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo o millo crudo y con él un pequeño jarro de agua, y no otra cosa sino mucho palo, mucho azote y malas palabras.”

“Con este tratamiento llegan unos esqueletos, sacándolos luego a tierra en carnes vivas, pónenles en un gran patio corral, acuden luego a él innumerables gentes, unos llevados de la codicia, otros de curiosidad y otros de compasión; éstos son los misioneros, y aunque van corriendo siempre hallan algunos muertos.”

Página terrible de un testigo del maestro y antecesor de San Pedro Claver. El mismo confiesa que, ante esta humanidad repugnante, sentía espasmo y su naturaleza quería huir.

La gran manada.— Sólo se conserva un retazo de carta del 31 de marzo de 1617. De ella son estas líneas:

“Ayer saltaron a tierra un gran navío de negros de los Ríos de Guinea. Fuimos allá cargados de naranjas, limones, tabaco. Entramos en sus barracones, remeros de una y otra parte. Fuimos rompiendo hasta llegar a los enfermos, de que había gran manada echados en el suelo, muy húmedo y anegadizo. Echamos manteos fuera, terraplenamos el lugar, llevamos en brazos a los enfermos…”

La sociología de Claver no era complicada ni recargada de incisos. Tuvo un amor supremo: “Señor, te amo mucho, mucho…”. Una voluntad de acero: cuando el cuerpo se rebelaba ante una llaga abierta, ante el horror de un leproso hecho pedazos, su rostro demacrado y amarillento como las olivas de su pueblo se encendía, sacaba una disciplina que termina en pequeños pedazos de hierro y allí mismo, ante el enfermo, desgarraba sus carnes magras. “Así, así, pues ya verás”, y la tempestad pasaba, Su rostro, como el mar Caribe que lamía los muros de su cuarto, se volvía sereno y se inclinaba al enfermo, besaba una y otra vez sus llagas, “hasta dejarlas limpias con sus propios labios”.

Retírese, hermano“.— El hermano Nicolás, su compañero de veintidós años, dijo: “Yo le acompañé —declara en el proceso—, la enferma está en un cuarto obscuro, hacía un calor terrible y un hedor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y me caía por tierra. El padre me dijo: “Retírese, hermano mío” y vi sus labios en las llagas de la pobre esclava negra”. Una vez, una enferma no pudo soportar esta postración y gritó con angustia: “No, no, mí padre, no hagáis esto”. Pocas veces la tierra ha visto a un hombre amar tanto a unos seres rotos y abandonados. como el padre Claver.

El capitán Barahonda testifica: “Y los negros a su vez le amaban, pues les tenía mucho amor y siempre que lo veían iban a besarle la mano y se postraban arrodillados en su presencia”.

Llega un buque negrero.— Un día cualquiera de 1622 a 1654. La escena era muy conocida en el colegio de San Ignacio, situado junto a las murallas, a pocos pasos del desembarcadero de los esclavos. Un mensajero llegaba jadeante al cuarto de Claver. El Santo había prometido oraciones especiales al que diera la primera noticia. Gran don. Su cuarto era muy pobre: una silla desvencijada, una cama con una estera y allá, en el rincón —cosa singular— una despensa abastecida: naranjas, limones, tabaco, aguardiente o aguafuerte.

Al primer anuncio todo es movimiento. Los intérpretes negros “su brazo derecho”; uno, llamado Calapino, hablaba doce lenguas de Africa. ¿Sus nombres? Andrés Sacabuche, Aluanil, de Angola; Sofo y Yolofo, de Guinea; Viafara Manuel y Juan Moniolo… y con ellos el hermano Nicolás González, el viejo amigo. Al puerto, pronto. Cada uno con su carga. Decía Pedro Claver: “Navío de negros ha venido, es necesario anzuelo”.

Su facha era singular: una bolsa de cuero amarrada al brazo izquierdo, en ella un revoltijo: un manual eclesiástico, los cirios, aceite santo, una cruz, tabaco, vestidos…

El padre Claver era melancólico en sus últimos años, pero su natural era colérico. Había sufrido mucho y visto mucha miseria. Allá se veían en la borda unas figuras negras, él saludaba con ansia. A veces no esperaba, tomaba la primera barquichuela que encontraba. El espectáculo era triste, en el ambiente fétido, mezcla de pez y desperdicios, un rebaño de seres desnudos; en su mirada, el recuerdo de un pasado de horror y terror indisimulado.

Pensaban que les iban a matar y por eso gritaban en su lengua aguda. ¿Habría llegado la hora de la matanza? “No temáis —gritaban los intérpretes—, es el padre Pedro; él os ama”. Y Claver, en la imposibilidad de hacerse entender en todas las lenguas, les iba abrazando uno a uno, era el lenguaje común. Primero a los niños moribundos: “yo te bautizo”, y allí mismo muchos volaban a la eternidad. Luego los enfermos. A veces un sorbo de aguafuerte les hacía volver en sí. Claver era muy humano para los demás, sólo para él reservaba el rigor. Su cuerpo estaba lleno de cilicios “desde los dedos del pie al cuello”. El hermano Lomparte dijo un día:

 —¿Qué es eso, padre? Hasta cuándo ha de tener amarrado el borrico?

 —Hasta la muerte, hermano —fue la respuesta.

 El borrico era su Propio cuerpo atormentado.

Esclavo, de los esclavos.— Y seguía la gran carrera de la caridad. La catequesis maravillosa; cinco, ocho horas en lóbregos barracones. El bautismo, 300.000. La rudeza de los hospitales donde su cuerpo y su alma se entregaban. La idea fija de la liberación de sus “señores esclavos”. Este fue Claver durante cuarenta años. El santo heroico. El maravilloso santo de Cartagena que hacía milagros con su Cristo de madera y sabía poner esperanzas en los que habían llegado de Africa sin ellas. Tuvo contradicciones. Le llamaron ignorante. “El prefería a sus negros, y las señoras de Cartagena doña Isabel de Urbina y doña Mariana de Delgado debieron aguardar horas en la fila de esclavas que esperaban junto al confesonario del padre Claver”. Dice un intérprete: “Tenía gran compasión de estas pobres negras que no tenían a nadie. Para las otras no faltaban confesores”.

Abandonado.— Misterios de la vida y de la ingratitud humana. El padre Claver cayó un día paralítico, “entró, después de una misión en Tolú, al colegio con el color del rostro más pálido, las facciones desencajadas, las fuerzas débiles”. Estaba herido de muerte.

Cuatro años en este aposento que visitan hoy los turistas en Cartagena de Colombia, allí, junto al rumor del mar Caribe. El dinámico estaba inmóvil. El santo de la ciudad estaba abandonado. Todos habían huido y sólo el negro Manuel estaba a su lado. El negro Manuel, sin embargo, era esclavo nuevo. Le hizo sufrir mucho y no se quejó. “El mismo confesó luego que le dejaba sin pan ni ración. No quería vestirle, le gobernaba a empellones y sólo pudo notar que cuando bajaba a la cocina el anciano paralítico, con su mano temblorosa, tomaba una disciplina sobre sus carnes moribundas. “Más merecen mis culpas”, solía decir. Era la suprema purificación del abandono y el olvido.

Paz.— Y llegó un día, 6 de septiembre de 1654, en que un murmullo potente se oyó en la ciudad. Despertaba de un sueño de olvido. ¿Qué sucedía? El Santo muere. El Santo muere. Y ante el moribundo empezó la apoteosis más gigantesca que los hombres hayan conocido. El 7 de septiembre perdió el habla y el día 8, entre “la una y las dos de la mañana —dice el padre Arcos, su superior y testigo—, sin hacer acción ni movimiento alguno, con la misma paz, tranquilidad y quietud que había vivido. dio su alma a Dios”.

El hermano Nicolás escribía sublimemente más tarde:

Quedó con el mismo semblante que siempre tuvo, Y yo conocí que había muerto porque de repente se le mudó la cara pálida y muy macilenta en un esplendor y belleza extraordinarias; conocí que su alma gozaba de Dios separada del cuerpo. Me arrodillé, besé sus pies muertos, muy bellos y muy blancos y lo mismo hicieron los que estaban allí, sacerdotes, españoles, moros…

Han pasado más de tres siglos desde aquel día memorable. San Pedro Claver no es para su ciudad, Cartagena, ni para el mundo un personaje muerto. Vive irradiando beneficios y amor. Sus reliquias van triunfales por los caminos de Colombia y en su santuario de Cartagena pasan todos los años más de 100.000 personas venidas de todo el mundo.

Hoy se oye también la palabra maravillada: “el Santo, el Santo”. Es el patrono de todas las misiones con negros, el patrono de los obreros de Colombia, en especial. Es una de las mayores figuras del mundo hispánico. El primer misionero del siglo XVII (Astrain).

 “Columna inexpugnable de la Iglesia” (Tarraconense).

 “Su nombre queda grabado con letras de oro en la historia” (Pastor).

 “La vida que más nos ha impresionado después de la de Cristo” (León XIII).

Reconciliación.— Margarita era una esclava negra de Caboverde; su dueña era la gran señora cartagenera doña Isabel de Urbina, devotísima de Claver. La esclava era predilecta del Santo, pues le ayudaba a cocinar platos especiales para los leprosos de San Lázaro y en los últimos días ella preparaba, por mandato de su ama, algo nuevo para el moribundo. En la mañana del 8 de septiembre doña Isabel se acercó llorosa a la esclava. Leyó en sus ojos la noticia. El padre Pedro había muerto. “Margarita —le dijo— desde hoy eres libre”. Abrió sus grandes ojos y cayó en los brazos de la gran señora. Sintió dolor por su libertad. Era la reconciliación simbólica de dos razas sobre la tumba de Claver.

Esta es una de las mayores grandezas de este Santo. Fue el libertador de una raza, sobre todo porque supo infundir en aquellas almas desgarradas un ideal de esperanza. Les enseñó a reír de nuevo con esa risa fresca de la raza de color. En estos tiempos de inquietudes, de odios, de egoísmos, San Pedro Claver trae un mensaje.

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8 de septiembre.

lujan

LA NATIVIDAD DE SANTA MARÍA VIRGEN

El Evangelio de la Misa, en esta fiesta, es peculiar, por su mismo contenido, una genealogía, y porque como es lógico, en esta celebración, tiene que ver con la Navidad, con el nacimiento, con la vida.

A simple vista la lectura de esta genealogía puede resultar reiterativa, aburrida. Pero si lo vemos desde la historia de la salvación, esta lista de antepasados de Cristo puede convertirse en conmovedora e incluso en apasionante. Escribe Guardini:

«¡Qué elocuentes son estos nombres! A través de ellos surgen de las tinieblas del pasado más remoto las figuras de los tiempos primitivos. Adán, penetrado por la nostalgia de la felicidad perdida del paraíso; Matusalén, el muy anciano; Noé, rodeado del terrible fragor del diluvio; Abrahán, al que Dios hizo salir de su país y de su familia para que formase una alianza con él; Isaac, el hijo del milagro, que le fue devuelto desde el altar del sacrificio; Jacob, el nieto que luchó con el ángel de Dios… »

Pero no sólo hay luz en esa lista. Lo verdaderamente conmovedor de esta genealogía es que ninguno de los dos evangelistas, que las traen, ha «limpiado» la estirpe de Jesús. En la lista aparece -y casi subrayado- Farés, hijo incestuoso de Judá; Salomón, hijo adulterino de David. Los escritores bíblicos no disimulan la realidad de la naturaleza humana, con sus lados claros y obscuros.

Y digo que casi lo subrayan porque no era frecuente que en las genealogías hebreas aparecieran mujeres; aquí aparecen cuatro y las cuatro con historias tristes. Tres de ellas son extranjeras (una cananea, una moabita, otra hitita) y para los hebreos era una infidelidad el matrimonio con extranjeros. Tres de ellas son pecadoras. Sólo Ruth pone una nota de pureza. No se oculta el terrible nombre de Tamar, nuera de Judá, que, deseando vengarse de él, se vistió de cortesana y esperó a su suegro en una oscura encrucijada. De aquel encuentro incestuoso nacerían dos ascendientes de Cristo: Farés y Zara. Y el evangelista no lo oculta. Y aparece el nombre de Rajab, pagana como Ruth. y «mesonera», es decir, prostituta de profesión. De ella engendró Salomón a Booz.

Y no se dice -hubiera sido tan sencillo- «David engendró a Salomón de Betsabé», sino, abiertamente, «de la mujer de Urías». Parece como si el evangelista tuviera especial interés en recordarnos la historia del pecado de David que se enamoró de la mujer de uno de sus generales, que tuvo con ella un hijo y que, para ocultar su pecado, hizo matar con refinamiento cruel al esposo deshonrado.

Cristo entró en la raza humana tal y como la raza humana es, sólo la genealogía muestra un pórtico de pureza total en el penúltimo escalón -su madre Inmaculada- pero aceptó, en todo el resto de su progenie, la realidad humana total que él venia a salvar. Dios, que escribe con líneas torcidas entró por caminos torcidos, por los caminos que son los de la humanidad.

Hoy celebramos el nacimiento de aquella que con su sí nos posibilitó el nacimiento de Cristo en nuestra naturaleza.

Los Evangelios canónicos guardan silencio del nacimiento de la Virgen. Dios ha comenzado la obra, Él la terminará. Ese será en todo momento el “sello” de la Virgen. La madre de la “palabra eterna” nació en “silencio”. Sin embargo algo podemos saber por la tradición.

¿Quiénes fueron sus padres? Nació de Joaquín y Ana, dos israelitas ancianos. Fue de sangre real y de estirpe sacerdotal. Según consta en los evangelios, María perteneció a la estirpe de David y tenía como antepasados a Leví y Aarón. La genealogía basada en registros públicos conservados en Jerusalén, que S. Lucas, inserta en su evangelio, parece ser la de María, así como la que hemos proclamado hoy, de Mateo, corresponde a José.

¿Cómo fue concebida? Natural y prodigiosamente. Esto último por haber sido concebida de hombre anciano y de mujer estéril. Fue una concepción milagrosa, pero no virginal.

¿Cómo nació? El nacimiento de María fue proporcionado a su concepción. Nació de una manera natural, en cuanto a lo sustancial del nacimiento, y de una forma prodigiosa en cuanto a ciertas circunstancias. San Bernardo ve la conveniencia de que Santa María, naciera sin producir dolor a su madre.

¿Dónde nació María? La opinión más común es que Joaquín y Ana vivían en Jerusalén. Su casa distaría como unos treinta metros de la piscina de Betesda, tan frecuentada por Jesús y en la que curó al paralítico. No es cierto que naciera la Virgen en Nazaret, donde luego estuvo. Los Padres antiguos llamaban a María “Virgo hierosolimitana”. “Virgen Jerosolimitana”.

El desarrollo de su vida, fue acorde con la naturaleza humana, pero con las prerrogativas de haber nacido no sujeta al pecado original, de ahí que su vida siempre estuvo en sintonía con la gracia de Dios.

La Iglesia honró siempre con solemnidad la Natividad de la Virgen, por qué su fiesta fue fijada para el 8 de septiembre se ignora, quizás tenga que ver con el inicio del año de trabajo en Europa. Su origen, como el de todas las fiestas mayores marianas, se encuentra en Oriente, probablemente en Palestina. Menciones del nacimiento de la Virgen las tenemos en el siglo II, con el protoevangelio de Santiago, S. Agustín habla de que en su tiempo no había una fiesta litúrgica del nacimiento de María. En los concilios de Éfeso (431) y Calcedionia (451) Se hace una referencia. Y así hasta nuestros días.

Nosotros tenemos un nacimiento, una familia carnal y espiritual, y la fe, que también implica una ‘descendencia’. No debemos tapar o falsear las páginas que, quizás, no son tan hermosas, en nuestra historia, si no que, fieles a la herencia recibida debemos caminar hacia adelante realizando el bien. Qué María nos anime y haga provechosa nuestra vida.

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6 de septiembre.

JESÚS-ORANDO-EN-EL-DESIERTO

MARTES DE LA SEMANA 23ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,1-11):

Cuando uno de vosotros está en pleito con otro, ¿cómo tiene el descaro de llevarlo a un tribunal pagano y no ante los santos? ¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias? Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria. De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a ésos que en la Iglesia no pintan nada.
¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos? No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro, y además entre no creyentes. Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar? En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros. Sabéis muy bien que la gente injusta no heredará el reino de Dios. No os llaméis a engaño: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por Espíritu de nuestro Dios.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 149,1-2.3-4.5-6a.9b

R/. El Señor ama a su pueblo

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey. R/.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R/.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca;
es un honor para todos sus fieles. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-19):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salta de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor
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1. (Año II) 1 Corintios 6,1-11
a) Otro de los desórdenes que Pablo quiere corregir es el de los pleitos que surgen en la comunidad de Corinto, y que algunos llevan a los tribunales paganos.
Para el apóstol es intolerable que haya pleitos, pero, si los hay, deben resolverse fraternalmente, sin acudir a la jurisdicción del fuero civil o penal. Ya que los corintios están tan orgullosos de su “sabiduría” (¡son griegos!), Pablo, con ironía, les dice: “¿no os da vergüenza? ¿es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?”.
Aduce varios argumentos:
– los cristianos estamos destinados, al fin de la historia, a “juzgar al mundo”: cuánto más estas pequeñeces de ahora;
– lo mejor sería que tuviéramos tanta paciencia que nadie se diera fácilmente por ofendido, sobre todo tratándose de hermanos, y así no habría pleitos: “¿no estaría mejor sufrir la injusticia?”,
– y enumera una serie de situaciones pecaminosas que nos excluirían de heredar el reino de Dios: inmorales, idólatras, adúlteros, invertidos, ladrones, difamadores… (le gusta concretar: cf. las listas de Ga 5,19-21 y de Ef 5,3-6).
b) Una familia y una comunidad cristiana deberían saber “lavar la ropa sucia en casa”, con una actitud tolerante, imitando la misericordia de Cristo, que refleja la de Dios Padre. Jesús nos dijo lo de presentar la otra mejilla. Aquí Pablo dice: “¿no sería mejor dejarse robar?”. Son actitudes difíciles, porque a todos nos gusta que se respeten nuestros derechos y salirnos con la nuestra. Pero alguien tiene que romper la espiral de la violencia o del rencor. A todos Dios nos ha tenido que perdonar: “os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios”, como ha dicho Pablo. Ahora se trata de que nosotros tengamos una actitud semejante de perdón para con los demás, sin estar siempre alzando la bandera de nuestros derechos y de las (presuntas) ofensas que hemos recibido.
¡Qué impresión más pobre hace el que una familia airee sus tensiones internas con personas ajenas! ¡Qué mal efecto produce el que los miembros de una comunidad parroquial o religiosa hablen mal los unos de los otros! Tendríamos que saber dialogar y resolver nosotros mismos estos “pleitos”, cediendo todos un poco y poniendo cada uno su parte de perdón y de capacidad de humor.
2. Lucas 6,12-19
a) Antes de contar la elección de los doce apóstoles, Lucas nos dice expresamente que “Jesús subió a la montaña a orar y pasó la noche orando a Dios”.
Es el evangelista que más énfasis pone en la figura de Jesús orante. Aquí se dispone a elegir, entre los discípulos que le siguen, a doce apóstoles (palabra griega para “enviados”), pero el evangelio da importancia al hecho de que antes se pasa la noche orando a su Padre.
Son doce: un número que puede verse como simbólico de muchas cosas (los doce meses del año, o los signos del zodíaco), pero sobre todo de las doce tribus de Israel. Así, Jesús manifiesta que el nuevo Israel, la Iglesia, viene a sustituir y cumplir lo que se había empezado en el antiguo.
La lista de los doce aparece varias veces en el evangelio, con ligeras diferencias de orden, que aquí no nos interesa subrayar. Los doce no son grandes personalidades. Le van a defraudar en más de una ocasión. Pero es el estilo de Dios, que va eligiendo para su obra a personas débiles.
A partir de ahora estos doce van a acompañar muy de cerca a Jesús, y van a colaborar en su evangelización, en sus signos de curación y de liberación del mal. Aunque tendrán que madurar mucho para ser los colaboradores que Jesús necesita para la salvación del mundo.
b) La comunidad de Jesús es “apostólica”. Está cimentada en la piedra angular, que es Cristo Jesús. Pero también tiene como fundamento a los apóstoles que él mismo eligió como núcleo inicial de la Iglesia.
Todos los bautizados formamos la comunidad, el Cuerpo de Cristo, que es la Cabeza. Él es el Pastor, la Luz, el Maestro. Pero a la vez recordamos que mandó a sus apóstoles que enseñaran y que fueran pastores y luz para el mundo. Detrás de ellos vinieron sus sucesores, como Pablo y Bernabé y Timoteo y Tito, ministros en una comunidad compuesta por innumerables hombres y mujeres. Ahora, nosotros. No todos somos “sucesores de los apóstoles”, como el Papa y los Obispos, pero sí todos somos miembros activos de la Iglesia.
Esta comunidad “apostólica” es la que colabora con el Resucitado y su Espíritu en el trabajo que él hizo en directo, mientras vivió sobre la tierra: anunciar la buena noticia a todos, curar enfermos, liberar a los atormentados por los espíritus malos…
Si entonces dice Lucas que “salía de él una fuerza que los curaba a todos”, lo mismo se tendría que poder decir de su Iglesia, de nosotros. Desde hace dos mil años este mundo no ve a Jesús, pero debería sentir la fuerza curativa y liberadora de la comunidad de Jesús, en todos los ambientes, también en los más cercanos de la vida familiar y social y de nuestro trabajo.

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guadalupe

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE de Extremadura

Sucedió, según cuenta el hecho una sencilla leyenda rimada, allá mediado el siglo XIII. Nos hallamos en una región agreste, corazón de Extremadura, en los repliegues de los montes de Toledo vecinos al pico de las Villuercas, en la aldea de Alía. Un pastor, recontando el ganado a la hora del encierro, echó de menos una vaca. Partió a buscarla. Internóse por aquellos montes, robledales bravíos, buenos para la caza de osos en verano al decir del libro de La Montería, hasta llegar a un riachuelo de arábigo nombre, el Guadalupejo (río escondido). Remontóle. A la derecha, desviándose de su curso y siguiendo probablemente los restos de una calzada romana, encontró, luego de pasados tres días, la vaca, muerta pero intacta, respetada por las fieras. Sacó de la vaina un cuchillo de monte y se dispuso a desollarla. Comenzó, según costumbre, haciéndole en el pecho dos incisiones en forma de cruz. Y entonces…
El pastor vio a la Señora. La Señora Santa María le dijo:
—Ve a comunicar a los clérigos de Cáceres que en el sitio donde yace tu vaca hay enterrada una gloriosa imagen mía. Quiero la desentierren, le erijan una capilla y le tributen el culto debido, porque mediante ella yo derramaré misericordias. Vendrán gentes de todas las tierras y haré innumerables milagros. Que se dé a todos cuantos vengan a visitarme comida y hospedaje gratuitos. Y será edificado un pueblo.
Desaparecida la visión y preso de la emoción consiguiente, contempló el pastor con asombro que la vaca, resucitada, pacía quieta a la sombra de un roble, conservando entre las patas delanteras una cicatriz en forma de cruz.
Marchó a la ciudad. La Virgen quiso confirmar su mensaje resucitando a un hijo del pastor que acababa de morir. Con ello consiguió persuadir a los clérigos, que se encaminaron en algún número al lugar del prodigio. Allí, efectivamente, encontraron enterrada una antiquísima imagen. Le construyeron con premura una capilla de ramaje y cortezas de alcornoques.
Dice la leyenda que junto a la imagen se conservaba un pergamino declarando su procedencia:
Había pertenecido al papa San Gregorio, quien le profesaba suma devoción. Un día la peste asoló a Roma y el Papa determinó sacarla en procesión de rogativas. Durante ella el Papa vio aparecer un ángel sobre el sepulcro de Adriano (llamado luego por esto castillo de Sant’angelo) envainando una espada ensangrentada, y un coro de ángeles cantando, como señal de que el azote de Dios cesaba por la intercesión de María, la antífona Regina coeli laetare…
El Papa envió la imagen a San Isidoro de Sevilla, por medio de su hermano San Leandro, para que presidiera los destinos de la España recién convertida y unificada. Y cuando la invasión sarracena amenazó Sevilla, los cristianos huyeron, llevándose nuestra imagen con las reliquias de aquella familia de santos, para enterrarla en lugar seguro, como hicieron cerca del Guadalupejo en el lugar que mejor les pareció.
Inmediatamente comenzaron los milagros y el afluir de las gentes. Ya en 1329 consta históricamente de la existencia de una capilla, dotada con algunas tierras, junto a la que se levantaban hospitales para peregrinos y enfermos. Entre aquellas gentes piadosas, no era el menos devoto Alfonso Onceno, rey de Castilla.
Viendo este rey que la ermita amenazaba ruina, mandó construir el hermoso templo que hoy se conserva (1330-1335). Poco después, habiéndose encomendado a Nuestra Señora en la batalla del Salado, le atribuyó su victoria y en agradecimiento declaró al monasterio de patronato real y lo constituyó en priorato. Como dice un historiador. “Desde entonces quedó consagrada esta santa casa como santuario real y las glorias españolas, lo mismo que sus desgracias, comenzaron de consuno a girar en torno del hermoso trono de la reina de Altamira, de la Morenita de las Villuercas”.
En 1346 el segundo prior del monasterio lo transforma en un impresionante castillo a fin de protegerlo de las incursiones de las ciudades vecinas. Y ya en l383 es tan grande la afluencia de peregrinos, procedentes de todas partes, que el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, se ve compelido a construir el famoso puente sobre el Tajo que lleva su nombre (Puente del Arzobispo) con objeto de facilitarles el paso.
Pocos años después, en 1389, viendo el rey que la importancia del santuario crecía sin cesar y que la afluencia de los peregrinos y el correr de los milagros aumentaban continuamente, comprendió la necesidad de una comunidad religiosa que lo sostuviese y se dedicara exclusivamente al culto de Nuestra Señora. Así en el año 1389 llegaron al monasterio 31 monjes de la recién nacida Orden de San Jerónimo, llevando al frente a uno de sus cofundadores, el padre Yáñez, a quien Enrique III quiso para arzobispo de Toledo, sin poderlo recabar de su modestia.
Desde estos momentos la Virgen no parece cansarse de prodigar sus gracias desde el monasterio. A sus pies encontraron los grandes hombres y mujeres de la España de oro el aliento y el espíritu cristiano y caballeresco que les impulsó en sus empresas. Todas las grandezas de España se forjaron a sus pies.
Sería imposible enumerarlas. Recordemos solamente algunos de los nombres más ilustres y hechos más significativos:
La casa de Trastamara tuvo extraordinaria devoción a la Virgen. Para ayudar a Juan I en la batalla de Aljubarrota se vendió su primer trono. Juan II se buscó entre los monjes del monasterio un consejero, a la muerte del valido don Alvaro de Luna. Doña María de Aragón y Enrique IV (enterrados en el monasterio) tuvieron por confesor al extático padre Cabañuelas, de quien se cuenta uno de los milagros eucarísticos más célebres de España.
La vida de los Reyes Católicos dice estrechísima relación con Guadalupe. En 1464, teniendo Isabel trece años, se celebra en el santuario su primer concierto matrimonial con el portugués Alfonso V, y el segundo en 1469. Más de veinte veces vino ella al monasterio con diversos motivos, y siempre en busca de la sombra de la Virgen, ordenando por último que su testamento fuese conservado siempre en el monasterio. Yendo a Guadalupe visitó la muerte a su esposo don Fernando, quien ya había sido librado por intercesión de la Virgen del atentado que sufrió en Barcelona el 1492.
Bien es sabido que durante el reinado de Fernando e Isabel se realizan dos gestas que van a definir para siempre el perfil y la misión histórica de España en el mundo: la integración nacional y unidad religiosa por la toma de Granada y la conquista y cristianización de América.
Devotamente se encomendó a Nuestra Señora la reina Isabel, mediante las oraciones de los monjes, cuando la guerra de Granada. Una vez conquistada la ciudad, en el mismo día, se apresuró a enviar la siguiente carta que se conserva en el archivo de la casa “Devoto Prior: Ya sabéis cómo vos hice saber muchas veces la entrada del Rey mi Señor a conquistar el reino de Granada, por que rogásedes a Dios Nuestro Señor le diese la victoria de aquellos enemigos de nuestra Santa Fe Católica. Agora vos hago saber cómo ya, bendito Nuestro Señor, le plugo dar al Rey mi Señor esta victoria que hoy dos días de este mes de enero, se nos entregó la ciudad de Granada con todas sus fuerzas y sus tierras. Lo que vos escribo solamente para que hagáis gracias a Dios Nuestro Señor que tuvo por bien de vos oír, y dar en esto el fin deseado.— De la ciudad de Granada, dos días de enero de 92 años. Yo, la Reina.” Y el 9 de junio vinieron los dos reyes a dar personalmente gracias a la Virgen trayéndole innumerables trofeos de la batalla.
En Guadalupe se firmaron en 20 de junio de 1488 las cartas reales a Juan de Peñalosa, dándole facultades para que “constriñades a los maestres y gentes dellas (las carabelas) que fueren menester, que vayan con él (Colón) para que las puedan llevar a donde por vos le ha sido mandado”.
Si por la Virgen pudo comenzarse el viaje, por la Virgen se pudo terminar, porque, cuando al regreso les asaltó durísima tempestad en las islas Azores, se encomendaron a Santa María de Guadalupe, prometiendo ir, aquél a quien designare la suerte, a llevarle un grueso cirio a su casa, siendo el mismo almirante el designado para traerlo. Por eso en el segundo viaje puso el nombre de Guadalupe a la primera isla descubierta —Turuqueira— y a los pies de la imagen (29 de julio de 1496) consagró las primicias espirituales del Nuevo Mundo, ya que hizo bautizar a los dos primeros indios que recibieron este sacramento en España.
Si a ello añadimos que los grandes conquistadores de América, nacidos al amparo de la Virgen de Guadalupe en la región extremeña (Pizarro, Cortés, Ovando, etc.) aprendieron desde niños a encomendarse a Ella, no nos extrañará que llevasen su devoción al Nuevo Mundo y acudiesen a Ella en sus momentos difíciles, como hizo señaladamente Cortés, quien, cual prenda de agradecimiento, le envió en una ocasión una hermosa lámpara y un alacrán de oro. Así encontramos el nombre de la Virgen de Guadalupe extendido por toda la geografía americana, desde el Tepeyac, en Méjico, hasta Lima, pasando por Guápulo (Quito), Potosí, Sucre, Pacasmayo, Ica, Chuquiabo, Misque, Trujillo, Cochabamba y Oruro.
Cuando el último rey de España, Alfonso XIII, le ciñó hermosísima corona, como representante de tantos antecesores suyos en el trono y en la devoción, pudo leerse en ella: Regina Hispaniarum, ora pro nobis (Reina de las Españas, ora por nosotros): reconocimiento de esta atribución suya de realeza sobre toda la Hispanidad.
Porque no fue solamente América, sino todo lugar donde lo español puso su planta. El Gran Capitán, su devotísimo, la llevó por Nápoles, Palermo, Mesina. Ella ayudó a Cisneros en la conquista de Orán y Cisneros, en buena ley de caballería andante a lo divino, le envió 300 cautivos por él libertados para que le dieran gracias, viniendo luego también él para hacerlo personalmente.
Estuvo presente en Lepanto con don Juan de Austria; con Felipe II en la guerra contra los moriscos de Granada; con don Sebastián de Portugal en la guerra de Marruecos (precisamente fue en Guadalupe donde Felipe II le negó ayuda militar y la mano de su hija Isabel Clara): presidió las negociaciones que llevaron a la unidad ibérica en tiempo de este rey.
La invocó el conde-duque de Olivares en la batalla de Fuenterrabía; Alvarez de Sotomayor en la batalla de Budapest contra los turcos (1686), y le envió su corazón para que yaciera siempre a sus pies; el conde de Alcaudete en las batallas de Temeswar (1716) y de Belgrado (1717). La llevaron a Flandes el duque de Alba e Isabel Clara Eugenia, a Hungría el emperador Fernando: Carlos V a Alemania; a Inglaterra la desgraciada María Tudor. Todo el esplendor de la España de los Austrias, cuyos reyes la visitaron innúmeras veces, le ofrecieron sus mejores exvotos, propagaron su devoción por el mundo. Hasta Polonia, el Congo, Grecia, conocieron y rezaron al Señor por intercesión de la Virgen de Guadalupe; hasta la lejana India a donde la llevaron los portuegueses.
Brilló peculiarmente el Poder de Nuestra Señora en la liberación de cautivos, de forma tal que a sus devotos se les daba trato de especial vigilancia en los mercados de esclavos de Berbería, por la presteza con que alcanzaban libertad. Cautivo insigne que supo esto por experiencia fue Miguel de Cervantes, quien vino a ofrecerle sus cadenas después del cautiverio de Argel. Ya en el siglo XV daba testimonio un viajero alemán de que colgaban de las paredes del templo cadenas de cautivos libertados en cantidad tal, que no se podrían transportar ni con 200 carros.

Muchos de ellos servían como agradecimiento, a las obras del monasterio. Hubo quienes, imitados luego por gentes de toda condición y estilo, se consagraban al servicio de la Virgen de por vida, mediante voto de esclavitud perpetua primer forma de esclavitud mariana conocida en la Iglesia.
Y fue San Juan de Dios quien escuchó en Guadalupe de labios de la Virgen la orden de consagrarse al cuidado de los enfermos, que eran atendidos, por otra parte, en el monasterio con tanto esmero, que llegaron a ser mundialmente famosas sus escuelas de medicina, donde se practicó por vez primera en Europa la autopsia.
La casa de Borbón, menos afecta al santuario, recibió también muchos beneficios de la Virgen. El monasterio ayudó mucho a Carlos III en la guerra contra Inglaterra; a Carlos IV contra la Revolución Francesa; a Godoy contra Inglaterra. Y cuando la invasión francesa asoló España, el monasterio se volcó exhaustivamente en ayuda de los patriotas empeñando todas las alhajas de la Virgen.
Luego vinieron los años negros. En 1835 la exclaustración terminó con lo poco que dejaron los franceses y poco a poco la inmensa mayoría de los españoles olvidaron a la Virgen de Guadalupe. Su monasterio fue en gran parte destruido; sus riquezas aventadas; sirvió hasta de cuartel…
En 1908 comenzó su restauración material y espiritual. Se hicieron cargo de la empresa los hijos de San Francisco de Asís, que tanto habían propagado su devoción por América. Alfonso XIII y el Primado de las Españas quisieron reparar tanta ingratitud, coronándola solemnemente en 1928. Luego Ella volvió a proteger a sus hijos y de nuevo tornó a difundirse su devoción y sus milagros. Fue decisiva su milagrosa intervención en la guerra de 1936 y desde entonces su culto fue aumentando más y más, porque Ella es aquí, en Guadalupe, reina y madre de misericordia, sanadora de almas y cuerpos.
No cabe duda de que la Virgen se ha manifestado en Guadalupe como Reina de las grandezas de España, Reina de la Hispanidad. Ella templó espíritus para obras grandes —reconquista, unidad hispana político-religiosa, conquista de América, Imperio español, lucha contra los turcos—, imprimiendo a los momentos más esplendorosos de nuestra historia un sello espiritual, católico, mariano. Ahora bien, el recuerdo de las glorias pretéritas sólo debe servirnos para incitarnos al hacer.
Pensar lo que significa la Virgen de Guadalupe en la historia espiritual de España y del mundo debe enseñarnos a acudir a Ella, para adquirir a sus plantas ese espíritu caballeresco y cristiano indispensable a la gran tarea que llama a nuestros corazones. Cada uno de nosotros debe ser un conquistador, un misionero. Y todos podemos serlo si confiamos en su ayuda y nos apoyamos en su intercesión.
No se trata de que volvamos a soñar con pasadas grandezas imperiales estilo siglo XVI —la historia no suele volver—. Hemos de ser más generosos, más espirituales, vivir nuestra hora: se trata de un quehacer más amplio y de mayor ambición: ganar el mundo —el mundo de hoy, el mundo del porvenir sobre todo— para Cristo.

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Sábado 3 de septiembre peregrinación Diocesana a Luján.

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4 de septiembre.

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Homilía para el XXIII domingo durante el año C

Al entrar en la última fase del año litúrgico, el ciclo de las lecturas bíblicas de este domingo nos señala como siempre, con mayor insistencia, ciertos aspectos fundamentales de la vida cristiana, y especialmente la necesidad de pertenecer radicalmente a Cristo.

El texto del Evangelio de Lucas se encuentra en el corazón de una larga sección (9, 51- 19, 27) cuyo tema principal es aquél de la subida de Jesús hacia Jerusalén, dónde será entregado. En este momento, grandes muchedumbres lo siguen en su subida. Lo aclamarán con ramos de olivos, el día en que entrará en Jerusalén, pero sabemos también con que rapidez las mismas muchedumbres lo abandonarán y pedirán su muerte.

Es a esta muchedumbre, y no a pocos discípulos elegidos, que Jesús traza las exigencias que se imponen a quién quiera seguirlo. Estas exigencias puden reducirse a dos: la primera es aquella que san Benito pone en su Regla con las palabras: “No preferir nada a Cristo” (RB 4, 24) “Si alguno viene a mí, dice Jesús, sin preferirme a su padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. La segunda exigencia, es la disposición para aceptar todos los sufrimientos, ahí entran las incomprensiones y las persecusiones que tal opción radical puede provocar. Y de esta cruz es de la que habla Jesús y no de pequeñas mortificaciones que uno se puede auto-imponer. “Aquél que no lleva su cruz para caminar detrás mío, dice Jesús, no puede ser mi discípulo”.

San Lucas refiere todavía dos logia (dichos) de Jesús, y él es el único evangelista que los ha conservado. Se trata de dos enseñanzas de prudencia humana: antes de ponerse a construir algo, es necesario detenerse a examinar si se tiene todo cuanto es necesario para conducir el proyecto a buen fin; y antes de partir a una guerra contra alguien, se debe verificar si se tienen las fuerzas necesarias para no hacerse vencer por el adversario.

Después de estas dos indicaciones de buen sentido, Jesús continúa: “del mismo modo”, y aquí la palabra “mismo” es muy importante, aquél que de entre ustedes no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Esto muestra que, en el pensamiento de Jesús, el solo comportamiento “prudente”, si se quiere ser su discípulo, consiste en el desprenderse de todo lo que no es Él. Y el comportamiento “prudente” posible, porque de otra manera no se puede ser feliz, estando divididos entre dos señores. Es  en este desprendimiento: dónde esté tu tesoro, también estará tu corazón. Y allá dónde esté tu corazón estará tu felicidad. Si nuestro corazón está dividido entre Jesús y cualquier otro, no podemos ser felices, porque no vivimos más que divisiones internas e insatisfacción.

En la segunda lectura tenemos un bello ejemplo de alguien que ha sabido abandonar todo para seguir a Cristo, es el apóstol Pablo. Cuando Pablo hizo su opción total por Cristo, significó un corte rotundo con su pasado y sus realizaciones anteriores. Esto también significó la prisión, es propiamente desde la prisión que escribe a Filemón. Exhorta a Filemón a obrar también él contra corriente, por fidelidad a Cristo, recibiendo su esclavo Onésimo no más como esclavo, sino como un hermano muy amado. Las exigencias del seguimiento de Jesús son muchas veces imprevisibles.

Recordando el llamado del Papa Francisco a orar, y a hacer penitencia por la paz, tengamos presente esta enseñanza de Jesús y vivamos en la prudencia del desprendimiento y la entrega. Que María, nuestra Madre, nos ayude, pues parece difícil el camino, pero así sólo nos realizaremos y encontraremos nuestro lugar, y nuestra felicidad.

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Una homilía del Papa emérito sobre este Evangelio.

VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A AUSTRIA
CON OCASIÓN DEL 850 ANIVERSARIO
DE LA FUNDACIÓN DEL SANTUARIO DE MARIAZELL
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA CATEDRAL DE SAN ESTEBAN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Viena, domingo 9 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

“Sine dominico non possumus!” Sin el don del Señor, sin el Día del Señor no  podemos vivir:  así respondieron en el año 304 algunos cristianos de Abitina, en la  actual Túnez, cuando, sorprendidos en la celebración eucarística dominical, que  estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les preguntó por qué habían  celebrado en domingo la función religiosa cristiana, sabiendo que esto se castigaba  con la muerte. “Sine dominico non possumus”.  En la palabra dominicum / dominico se encuentran entrelazados indisolublemente  dos significados, cuya unidad debemos aprender de nuevo a percibir. Está ante  todo el don del Señor. Este don es él mismo, el Resucitado, cuyo contacto y  cercanía los cristianos necesitan para ser de verdad cristianos. Sin embargo, no se  trata sólo de un contacto espiritual, interno, subjetivo: el encuentro con el Señor se  inscribe en el tiempo a través de un día preciso. Y de esta manera se inscribe en  nuestra existencia concreta, corpórea y comunitaria, que es temporalidad. Da un  centro, un orden interior a nuestro tiempo y, por tanto, a nuestra vida en su  conjunto. Para aquellos cristianos la celebración eucarística dominical no era un  precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida, la vida  misma queda vacía. Abandonar o traicionar este centro quitaría a la vida misma su  fundamento, su dignidad interior y su belleza.  Esa actitud de los cristianos de entonces, ¿tiene importancia también para nosotros,  los cristianos de hoy? Sí, es válida también para nosotros, que necesitamos una  relación que nos sostenga y dé orientación y contenido a nuestra vida. También  nosotros necesitamos el contacto con el Resucitado, que nos sostiene más allá de la  muerte. Necesitamos este encuentro que nos reúne, que nos da un espacio de  libertad, que nos hace mirar más allá del activismo de la vida diaria hacia el amor  creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual vamos en camino.  Si reflexionamos en el pasaje evangélico de hoy y escuchamos al Señor, que en él  nos habla, nos asustamos. “Quien no renuncia a todas sus propiedades y no deja

 también todos sus lazos familiares, no puede ser mi discípulo”. Quisiéramos  objetar:  pero, ¿qué dices, Señor? ¿Acaso el mundo no tiene precisamente  necesidad de la familia? ¿Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del  amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? ¿Acaso no tenemos  necesidad del amor de la vida, de la alegría de vivir? ¿Acaso no hacen falta también  personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos  ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ¿Acaso no nos  ha sido confiada también la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus  bienes?  Si escuchamos mejor al Señor y, sobre todo, si lo escuchamos en el conjunto de  todo lo que nos dice, entonces comprendemos que Jesús no exige a todos lo  mismo. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para  él. En el evangelio de hoy Jesús habla directamente de algo que no es tarea de las  numerosas personas que se habían unido a él durante la peregrinación hacia  Jerusalén, sino que es una llamada particular para los Doce. Estos, ante todo,  deben superar el escándalo de la cruz; luego deben estar dispuestos a dejar  verdaderamente todo y aceptar la misión aparentemente absurda de ir hasta los  confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de  presunta erudición y de formación ficticia o verdadera, y ciertamente de modo  especial a los pobres y a los sencillos, el Evangelio de Jesucristo. En su camino a lo  largo del mundo, deben estar dispuestos a sufrir en primera persona el martirio,  para dar así testimonio del Evangelio del Señor crucificado y resucitado.  Aunque, en esa peregrinación hacia Jerusalén, en la que va acompañado por una  gran muchedumbre, la palabra de Jesús se dirige ante todo a los Doce, su llamada  naturalmente alcanza, más allá del momento histórico, todos los siglos. En todos  los tiempos llama a las personas a contar exclusivamente con él, a dejar todo lo  demás y a estar totalmente a su disposición, para estar así a disposición de los  otros; a crear oasis de amor desinteresado en un mundo en el que tantas veces  parecen contar solamente el poder y el dinero. Demos gracias al Señor porque en  todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor a él han dejado  todo lo demás, convirtiéndose en signos luminosos de su amor. Basta pensar en  personas como Benito y Escolástica, como Francisco y Clara de Asís, como Isabel de  Hungría y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila, hasta la  madre Teresa de Calcuta y el padre Pío. Estas personas, con toda su vida, han sido  una interpretación de la palabra de Jesús, que en ellos se hace cercana y  comprensiva para nosotros. Oremos al Señor para que también en nuestro tiempo  conceda a muchas personas la valentía para dejarlo todo, a fin de estar así a  disposición de todos.  Pero si volvemos al Evangelio, podemos observar que el Señor no habla solamente  de unos pocos y de su tarea particular; el núcleo de lo que dice vale para todos. En  otra ocasión aclara así de qué cosa se trata, en definitiva:  “Quien  quiera salvar su  vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará. Pues, ¿de qué le  sirve al hombre  haber  ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se  arruina?” (Lc 9, 24-25). Quien quiere sólo poseer su vida, tomarla sólo para sí  mismo, la perderá. Sólo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras: sólo

 quien ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre salir de sí mismo, requiere  olvidarse de sí mismo.  Quien mira hacia atrás para buscarse a sí mismo y quiere tener al otro solamente  para sí, precisamente de este modo se pierde a sí mismo y pierde al otro. Sin este  más profundo perderse a sí mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy  no da paz a los hombres acaba en el vacío de la vida perdida. “Quien pierda su vida por mí…”, dice el Señor. Renunciar a nosotros mismos de modo más radical sólo es  posible si con ello al final no caemos en el vacío, sino en las manos del Amor  eterno. Sólo el amor de Dios, que se perdió a sí mismo entregándose a nosotros, nos permite ser libres también nosotros, perdernos, para así encontrar  verdaderamente la vida.  Este es el núcleo del mensaje que el Señor quiere comunicarnos en el pasaje  evangélico, aparentemente tan duro, de este domingo. Con su palabra nos da la  certeza de que podemos contar con su amor, con el amor del Dios hecho hombre.  Reconocer esto es la sabiduría de la que habla la primera lectura de hoy. También  vale aquí aquello de que de nada sirve todo el saber del mundo si no aprendemos a  vivir, si no aprendemos qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida.  “Sine dominico non possumus!”. Sin el Señor y el día que le pertenece no se realiza  una vida plena. En nuestras sociedades occidentales el domingo se ha transformado  en un fin de semana, en tiempo libre. Ciertamente, el tiempo libre, especialmente  con la prisa del mundo moderno, es algo bello y necesario, como lo sabemos todos.  Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del que provenga una orientación  para el conjunto, acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece ni nos recrea. El  tiempo libre necesita un centro:  el encuentro con Aquel que es nuestro origen y  nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el  cardenal Faulhaber, lo expresó en cierta ocasión de la siguiente manera:  “Da al  alma su domingo, da al domingo su alma”.  Precisamente porque, en su sentido profundo, en el domingo se trata del  encuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con Cristo resucitado, el rayo de este  día abarca toda la realidad. Los primeros cristianos celebraban el primer día de la  semana como día del Señor porque era el día de la Resurrección. Sin embargo, muy  pronto la Iglesia tomó conciencia también del hecho de que el primer día de la  semana es el día de la mañana de la creación, el día en que Dios dijo:  “Hágase la  luz” (Gn 1, 3). Por eso, en la Iglesia el domingo es también la fiesta semanal de la  creación, la fiesta de la acción de gracias y de la alegría por la creación de Dios.  En una época, en la que, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creación  parece expuesta a múltiples peligros, deberíamos acoger conscientemente también  esta dimensión del domingo. Más tarde, para la Iglesia primitiva, el primer día  asimiló progresivamente también la herencia del séptimo día, del sabbat.  Participamos en el descanso de Dios, un descanso que abraza a todos los hombres.  Así percibimos en este día algo de la libertad y de la igualdad de todas las criaturas  de Dios.

 En la oración de este domingo recordamos ante todo que Dios, mediante su Hijo,  nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con  benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos conceda la verdadera libertad y la  vida eterna. Pedimos a Dios que nos mire con bondad. Nosotros mismos  necesitamos esa mirada de bondad, no sólo el domingo, sino también en la vida de  cada día. Al orar sabemos que esa mirada ya nos ha sido donada; más aún,  sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en  la comunión con él mismo.  Ser hijo significa —lo sabía muy bien la Iglesia primitiva— ser una persona libre; no  un esclavo, sino un miembro de la familia. Y significa ser heredero. Si  pertenecemos al Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tenemos  miedo y somos libres; entonces somos herederos. La herencia que él nos ha dejado  es él mismo, su amor.  ¡Sí, Señor, haz que este conocimiento penetre profundamente en nuestra alma,  para que así aprendamos el gozo de los redimidos! Amén.

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2 de septiembre.

Odre época Jesús

Odre época Jesús

VIERNES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (4,1-5):

Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 36,3-4.5-6.27-28.39-40

R/. El Señor es quien salva a los justos

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R/.

Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía. R/.

Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles. R/.

El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados
y los salva porque se acogen a él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,33-39):

En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.»
Jesús les contestó: «¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.»
Y añadió esta parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “Está bueno el añejo.”»

Palabra del Señor

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1. (Año II) 1 Corintios 4,1-5

a) Se ve que el problema de los ministros y su comprensión dentro de la comunidad de Corinto era grave, porque Pablo sigue tratando de él. Estos días pasados hemos visto cómo aludía a la división entre los partidarios de Apolo o de Pablo.

Para él, los apóstoles -y todos los que de alguna manera ejercen un ministerio pastoral en la comunidad- son sólo “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”.

Y por tanto, deben ser “fieles”, que es lo que se pide de un administrador. No son dueños, no son protagonistas. No salvan ellos. Predican una palabra que no es suya, sino de Dios.

Por tanto, el prestigio que pueda tener entre los fieles es sólo relativamente importante.

A lo que tiene respeto Pablo es al juicio de Dios, no al que él mismo haga de sí, ni al que puedan hacer de él los corintios, un tanto superficialmente. Si le alaban por algún motivo, no por eso es necesariamente bueno. Si le critican, no por eso es necesariamente malo. El salmo nos asegura que es “el Señor quien salva a los justos… apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles”.

b) Es una buena ocasión para que los encargados de una comunidad se examinen a sí mismos: no son sino administradores y servidores de unos bienes que pertenecen a Dios y a la comunidad.

Su actuación debe ser seria, responsable, con la mirada puesta en el juicio de Dios, que es profundo: “él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón”. Una persona que tiene autoridad no debe fiarse demasiado de la opinión que tiene de si misma, que será benévola normalmente, ni tampoco depender obsesivamente del juicio que les merezca a los demás.

La crítica de los demás nos tiene que infundir respeto, y nos puede ayudar a madurar y a mejorar nuestro servicio. Y haremos bien en hacer caso de las interpelaciones que se nos hagan con seriedad. Pero tampoco deberíamos estar continuamente pendientes de si agradamos o no a todos: si seguimos nuestra conciencia e intentamos agradar a Dios, podemos tener esa serenidad que parece tener Pablo, porque “la conciencia no le remuerde”.

¿Qué buscamos en nuestro trabajo: el aplauso humano o el de Dios? Si la gente habla bien de nosotros, pero a Dios le estamos defraudando con nuestra actuación, malo. Es el juicio de Dios, que escruta nuestro corazón, el que nos debería preocupar.

2. Lucas 5,33-39

a) Empiezan las discusiones con los fariseos: ¿por qué no ayunan los seguidores de Jesús, como hacen todos los buenos judíos, los fariseos y los discípulos del Bautista? Acusan a los discípulos de que “comen y beben”, lo mismo que achacarán a Jesús (Lc 7,33s).

El tema no es tanto si ayunar o no, o si el ayuno entra en el programa ascético de Jesús.

Él mismo había ayunado cuarenta días en el desierto y la comunidad cristiana, desde muy pronto, dedicó dos días a la semana (miércoles y viernes) al ayuno. Jesús no elimina el ayuno, muy arraigado en la espiritualidad de su pueblo.

El interrogante es si ha llegado o no el Mesías. El ayuno previo a Jesús tenía un sentido de preparación mesiánica, con un cierto tono de tristeza y duelo. Seguir haciendo ayuno es no reconocer que ha llegado el Mesías. Ha llegado el Novio. Sus amigos están de fiesta. La alegría mesiánica supera al ayuno. Luego, cuando de nuevo les “sea quitado” el Novio, porque no les será visible desde el día de la Ascensión, volverán a hacer ayuno, aunque no con tono de espera ni de tristeza.

Sobre todo, Jesús subraya el carácter de radical novedad que supone el acogerle como enviado de Dios. Lo hace con la doble comparación de la “pieza de un manto nuevo en un manto viejo” y del “vino nuevo en odres viejos”.

b) Aceptar a Jesús en nuestras vidas comporta cambios importantes. No se trata sólo de “saber” unas cuantas verdades respecto a él, sino de cambiar nuestro estilo de vida.

Significa vivir con alegría interior. Jesús se compara a sí mismo con el Novio y a nosotros con los “amigos del Novio”. Estamos de fiesta. ¿Se nos nota? ¿o vivimos tristes, como si no hubiera venido todavía el Salvador?

Significa también novedad radical. La fe en Cristo no nos pide que hagamos algunos pequeños cambios de fachada, que remendemos un poco el traje viejo, o que aprovechemos los odres viejos en que guardábamos el vino anterior. La fe en Cristo pide traje nuevo y odres nuevos. Jesús rompe moldes. Lo que Pablo llama “revestirse de Cristo Jesús” no consiste en unos parches y unos cambios superficiales.

Los apóstoles, por ejemplo, tenían una formación religiosa propia del AT: les costó ir madurando en la nueva mentalidad de Jesús. Nosotros estamos rodeados de una ideología y una sensibilidad neopagana. También tenemos que ir madurando: el vino nuevo de Jesús nos obliga a cambiar los odres. El vino nuevo implica actitudes nuevas, maneras de pensar propias de Cristo, que no coinciden con las de este mundo. Son cambios de mentalidad, profundos. No de meros retoques externos. En muchos aspectos son incompatibles el traje de este mundo y el de Cristo. Por eso cada día venimos a escuchar, en la misa, la doctrina nueva de Jesús y a recibir su vino nuevo.

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1 de septiembre.

jesús y pedro en la barca

JUEVES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (3,18-23):

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia.» Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.» Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 23,1-2.3-4ab.5-6

R/. Del Señor es la tierra y cuanto la llena

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R/.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R/.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

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1. (Año II) 1 Corintios 3,18-23

a) Ayer acusaba Pablo a los Corintios de inmaduros e infantiles, por las divisiones que se suscitaban entre ellos. Hoy vuelve al tema desde la perspectiva de la “sabiduría”.

Si son “sabios según el mundo”, entonces sí que se explican estas divisiones sobre Apolo y Pablo (esta vez añade también a Cefas, o sea, Pedro, que también se ve que tenía sus “fans” allí). Pero eso no es sabiduría, sino necedad a los ojos de Dios. Deberíamos juzgar las cosas y las personas desde una mentalidad espiritual y madura.

Esta mirada la expresa Pablo con una profunda y lúcida gradación: “todo es vuestro (Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro), todo es vuestro; vosotros, de Cristo, y Cristo, de Dios”.

b) Esta visión sí que es una interpretación espiritual de la historia, que, a la vez, relativiza nuestras preocupaciones y celos en la vida de la comunidad. Nada es “absoluto” sino Cristo y Dios. Lo demás -incluidos los ministros de la comunidad- son relativos. Morirá Apolo y morirá Pablo, y morirá el Papa actual y el siguiente. Pero Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y es el que, a través de esta Iglesia frágil y caduca, nos va llevando a todos a Dios.

Ésta es la clave de la sabiduría espiritual, la sabiduría del “grupo que busca al Señor”, del que habla el salmo de hoy. El que sigue criterios humanos y se cree listo, “sus pensamientos son vanos” y “Dios lo caza en su astucia”.

En nuestra vida de comunidad se establecen a veces una serie de divisiones, más o menos sutiles, basadas en lo que Pablo llama claramente “necedades”. Damos importancia a lo que no la tiene. Los ministros de la comunidad -el Papa, el Obispo, los pastores más cercanos- no son los protagonistas, ni los dueños. Su elocuencia o sus carismas personales -que ojalá no sean pequeños- no son el factor determinante. Están al servicio de la comunidad (“son vuestros”). Son colaboradores de Dios. No vale la pena que por unas cualidades más o menos se produzcan tensiones tontas. Ni porque ellos se lo creen (“¿qué tienes que no hayas recibido?”, nos dirá Pablo pasado mañana) ni porque sus oyentes o fieles toman partido por uno u otro.

2. Lucas 5,1-11

a) Lucas nos narra la llamada vocacional de Pedro y de los otros primeros discípulos: “desde ahora serás pescador de hombres”. Hasta ahora aparecía trabajando solo. Ahora busca colaboradores.

Ya ayer hablaba de Pedro el evangelio: Jesús curó a su suegra de la fiebre. Hoy nos cuenta cómo, para poder apartarse un poco de la gente que se agolpaba en torno, le pide a Pedro que le preste su barca. Qué satisfacción sentiría Pedro: ese predicador que se está haciendo famoso, por su palabra y por sus milagros, le ha pedido a él su barca.

Luego, aunque a regañadientes, porque tiene la experiencia del fracaso de la noche, echa las redes “por la palabra de Jesús”. Y sucede lo inesperado: la pesca milagrosa, que provoca en Pedro una reacción de espanto y admiración: “apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.

No debieron entender mucho lo de ser “pescador de hombres”. Pero aquel hombre les ha convencido: “dejándolo todo, lo siguieron”.

b) Ser “pescadores de hombres” no significa nada peyorativo. Pescar a las personas, en este sentido, no es un proselitismo a ultranza, ni hacer que mueran para nuestro provecho -en eso consiste la pesca de los peces- sino lo contrario: evangelizar, convencer, ofrecer de parte de Dios a cuantas más personas mejor la buena noticia del amor y la salvación.

En el origen de nuestra vocación cristiana y apostólica tal vez no haya una “pesca milagrosa” o algún hecho extraordinario. Pero sí, de algún modo, ha habido y sigue habiendo un sentimiento de admiración y asombro por Cristo, y la convicción de que vale la pena dejarlo todo y seguirle, para colaborar con él en la salvación del mundo.

Probablemente lo que sí hemos experimentado ya son noches estériles en que “no hemos pescado nada” y días en que hemos sentido la presencia de Jesús que ha vuelto eficaz nuestro trabajo. Sin él, esterilidad. Con él, fecundidad sorprendente. Y así vamos madurando, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, a través de los días buenos y de los malos. Para que, por una parte, no caigamos en la tentación del miedo o la pereza. Y, por otra, no confiemos excesivamente en nuestros métodos, sino en la fuerza de la palabra de Cristo.

Si no hemos conseguido más, en nuestro apostolado, “mar adentro”, ¿no habrá sido porque hemos confiado más en nosotros que en él? ¿porque hemos “echado las redes” en nombre propio y no en el de él?

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Bis. San Ramón patrono de las embarazadas y de quienes quieren estarlo.

Retablo de San Ramón Nonato, Pamplona, España: Situado junto a la cancela de la entrada sur, y construido en 1678, de estilo barroco, y restaurado en el 2005, contiene en el centro la imagen del Corazón de Jesús, de finales del siglo XIX, a la izquierda una magnífica talla sedente del papa San Gregorio, del siglo XV y a la derecha otra talla similar de San Fermín, del siglo XVIII. En la parte superior aparece el lienzo de San Ramón Nonato, mostrando la Sagrada Custodia, acompañado por otros lienzos más pequeños de San Miguel a la izquierda y San José a la derecha.

Retablo de San Ramón Nonato, Pamplona, España: Situado junto a la cancela de la entrada sur, y construido en 1678, de estilo barroco, y restaurado en el 2005, contiene en el centro la imagen del Corazón de Jesús, de finales del siglo XIX, a la izquierda una magnífica talla sedente del papa San Gregorio, del siglo XV y a la derecha otra talla similar de San Fermín, del siglo XVIII. En la parte superior aparece el lienzo de San Ramón Nonato, mostrando la Sagrada Custodia, acompañado por otros lienzos más pequeños de San Miguel a la izquierda y San José a la derecha.

SAN RAMÓN NONATO

(† 1240)

Nació San Ramón en las alturas de la Segarra catalana, en el pueblecito o lugar de Portell, provincia de Lérida y Abadía de Solsona, más tarde elevada a obispado.

 Descendía de padres nobles y virtuosos, emparentados con las ilustres familias de Fox y de Cardona. No conoció las caricias de su madre, pues ésta murió antes de venir él al mundo, y nació Ramón a favor de una operación sobre el cuerpo ya muerto de su madre, por lo que se le llamó el nonato, o no nacido. Desde muy temprana edad fue devoto, humilde, manso, prudente, obediente a su padre, temeroso de Dios cuidadoso de su conciencia, limpio en los pensamientos, modesto en su porte, discreto en las palabras, ángel en las acciones y amado de cuantos le conocían.

 Proyectó su padre darle una carrera civil, y lo mandó a Barcelona para que aprendiese las primeras letras. Aquí conoció la buena fama del comerciante Pedro Nolasco, cuya amistad cultivó, y dio muestras de inclinarse al estado eclesiástico, razón por la cual su padre le hizo volver a Portell y lo puso al cuidado de unas fincas patrimoniales.

 Mientras Ramón pastoreaba sus rebaños por la seca y áspera Segarra, va encendiéndose en él una luz, una antorcha, una hoguera. El zagal catalán supervive hoy en la historia, en el arte, en la poesía, en el folklore, y, lo que vale más, en el Santoral, que para nosotros, hijos de la Iglesia católica, significa tener un puesto al lado de Dios en el cielo.

 En las faenas del campo goza del contacto de la naturaleza, siente con más fuerza la llamada interior, habla sin cesar con Dios, y siente crecer en su corazón un amor filial grandísimo por la Virgen María. Las gentes le llamarán muy pronto el “hijo de María”.

 Solía guiar su rebaño hacia una ermita de San Nicolás, en que se veneraba una imagen de María; y, mientras el ganado pacía, él se acercaba a la Virgen, y daba rienda suelta a su espíritu en la oración. Ya no estaba huérfano. había encontrado en ella a una madre. La dulce ermita era su centro, su retiro y su alegría.

 Pero el demonio, que todo lo enreda, suscitó envidias en otros zagales y pastorcillos, quienes acusaron a Ramón, y dijeron a su padre que abandonaba el rebaño por sus oraciones. Trató el padre de averiguar la verdad y buscó a su hijo en la ermita. Allí estaba; pero, ¿quién era aquel mancebo que cuidaba de las ovejas?

 Se dio cuenta de que el cielo acudía en favor de Ramón, enviando un ángel para ayudarle, y nunca más volvió a intervenir en lo que a Dios estaba reservado. Pocos días después la misma Santísima Virgen comunicaría al joven pastor su deseo de que ingresase como religioso en la Orden de la Merced, recién fundada en Barcelona, para la redención de cautivos.

 Con su ida a Barcelona, Ramón se puso en manos de San Pedro Nolasco, el fundador de la Merced. Quemando etapas, y creciendo siempre en el gozo perenne de la virtud, cumplió el año del noviciado, hizo solemne profesión y recibió las sagradas órdenes. La presencia del joven fraile en el hospital de Santa Eulalia barcelonés dilataba su fama entre propios y extraños.

 La caridad de Cristo le urgía, los dolores del prójimo le conmovían y la redención de los cautivos le atraía. Deseaba de veras pasar al Africa para poner en práctica el cuarto voto mercedario de la redención. Con este deseo iba unido un afán de coadyuvar a la salvación de miles de almas, peligrosamente cercadas de enemigos en la esclavitud, en las mazmorras, en los zocos de venta africanos. Más aún, deseaba ardientemente el martirio.

 Designado por sus superiores para ir en redención, la alegría de padecer por Cristo le enajenaba. La Virgen le dijo: como mi Hijo se sacrificó en la cruz, así tú has de moler el grano de tu cuerpo en el suplicio y en el dolor, y como Él es alimento y sostén en la Eucaristía, tú lo serás también de tus hermanos.

 Y Ramón predicó a los cautivos, los fortaleció en la fe, los consoló en los trabajos y exhortó a la paciencia. Servía a los enfermos, y curó a muchos de ellos. Cuando la limosna de la redención no bastó, él mismo se quedó en rehenes. Esto le dio ocasión de tratar con moros y judíos, de enseñarles la fe católica, de impugnar los errores de Mahoma y de atraerlos con santas y eficaces razones.

 Tal tempestad levantó con su predicación, que lo encarcelaron, lo apalearon y, para que no volviese a hablar, le cerraron los labios con un candado, por espacio de ocho meses. La Virgen, que le había asociado a Jesucristo en la tarea de redimir y salvar a sus hermanos los esclavos, no le dejó sólo en este martirio, sino que le acudía y consolaba.

 Mientras tanto, llegó el dinero de su rescate, y fue puesto en libertad. Se embarcó para España y desembarcó en Barcelona, donde se le hizo un recibimiento apoteósico, como a un héroe triunfal. Pero él, desoyendo palmas, cantos y parabienes, corrió al sagrario de su convento a echarse a los pies de Jesús.

 La noticia de su caridad, de sus apologéticas, de su labor redentora y de su martirio, llegó a conocimiento del papa Gregorio IX, quien le creó cardenal de la Santa Iglesia Romana, con el título de San Eustaquio, premiando de ese modo sus excelentes virtudes y honrando el Colegio Apostólico con la juventud santificada del eminente mercedario.

 San Ramón Nonato, el “hijo de María”, y mártir de la caridad, fue un reflejo de Dios, como debe serlo toda criatura. Buscó a su Amado con el ansia que la Esposa de los Cantares ponía en hallar al que amaba su corazón. Esta unión con Dios se efectuó intensamente por la Eucaristía. Pertenece al número de los “grandes amadores” del sacramento del Amor.

 ¿Quién no ha visto una y mil veces, en ermitas y catedrales, la imagen de San Ramón, irguiendo en la diestra mano la custodia, símbolo de su amor eucarístico? Su actitud es una profesión de fe, una afirmación teológica; es una mano que avanza, como la proa de un barco que cortase aguas de incredulidad; es la posición de un santo que nos muestra al Cordero de Dios y nos dice: he aquí el pan de los ángeles.

 Cuando en agosto de 1240 se dirigía nuestro Santo a Roma, llamado por Gregorio IX, pasó por Cardona, para despedirse del vizconde Ramón VI, de quien era confesor. Aquí le salteó la muerte. Pidió el santo viático y, no habiendo quien se lo administrase, —¡oh dignación de Dios con sus criaturas!— el mismo Jesucristo, con larga corte de ángeles, se le dio en comunión. No fue él quien recostó su cabeza sobre el pecho del Maestro, sino que Éste se le metió dentro, como señal de santidad y eterna predestinación.

 Tanto los señores de Cardona, como los frailes de la Merced, contendieron sobre los restos mortales del Santo. En vista de que no se ponían de acuerdo, determinaron someterse a un arbitrio providencial: cual fue cargar el santo cuerpo sobre una mula ciega, a, fin de que fuese sepultado en el lugar en que ésta parase. Ejecutándolo así, el animal guió sus pasos a la ermita de San Nicolás de Portell, en donde los sagrados restos fueron depositados y venerados hasta la revolución de 1936, en que las hordas rojas los hicieron desaparecer.

 Al volver a la ermita, volvía al regazo de la Virgen, después de dar al mundo un pregón de amores: mariano, eucarístico y mercedario. Desde Portell su fama creció y por su intercesión se obraron milagros, La Orden de la Merced urgió su veneración en los altares, y la Santidad de Urbano VIII aprobó su culto inmemorial a 9 de mayo de 1626.

 Contra la mentira pagana de un vivir materialista y fofo, se levanta la verdad alta y divina de la vida, santidad y milagros de San Ramón, flor amable del santoral mercedario y gloria auténtica del jardín de la Iglesia católica. Al correr de los siglos, su figura fue exaltada por la devoción de los fieles, por las letras y por las artes. Las fiestas que aún hoy se celebran en su ermita de Portell concentran ingentes muchedumbres, no sólo de los habitantes de la Segarra, sino de toda Cataluña.

 Se cuenta entre la media docena de santos populares, cuya efigie suele encontrarse en casi todas las iglesias españolas e iberoamericanas. Abundan sus cofradías, y uno de los títulos que más popularidad le granjeó fue el de ser el abogado de las mujeres parturientas, en recuerdo de su especial nacimiento. También figura como patrono de las obras eucarísticas.

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31 de agosto.

AGN35544 Christ healing the mother of Simon Peter by Bridges, John (fl.1818-1854) oil on canvas 121.9x152. Private Collection © Agnew's, London, UK English, out of copyright

Christ healing the mother of Simon Peter by Bridges, John (fl.18181854) Private Collection © Agnew’s, London, UK
English, out of copyright

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (3,1-9):

Hermanos, no pude hablaros como a hombres de espíritu, sino como a gente carnal, como a niños en Cristo. Por eso os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora, que seguís los instintos carnales. Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y que procedéis según lo humano. Cuando uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no estáis procediendo según lo humano? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Ministros que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios. El que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32,12-13.14-15.20-21

R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R/.

Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,38-44):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.»
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor

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1. (Año II) 1 Corintios 3,1-9

a) Para Pablo, la existencia de divisiones en la comunidad es un signo claro de inmadurez, de falta de verdadera sabiduría.

Se ve que en Corinto se habían formado bandos: unos eran “fans” de Pablo y otros de Apolo, que se ve que era mejor orador. Estas divisiones, para Pablo, se deben a que siguen unos criterios humanos, “carnales”, y no se dejan guiar por el Espíritu. Son niños pequeños todavía y por eso no pueden alimentarse más que de leche, no de alimentos sólidos.

Porque si tuvieran la mirada del Espirítu, verían a Pablo y a Apolo -a los ministros y predicadores de la comunidad- como “agentes de Dios”, servidores, que sólo preparan el campo para que Dios lo haga fructificar, o el edificio para que Dios lo edifique.

Para los griegos, el sabio habla en su propio nombre y lo que tiene fuerza decisiva son sus cualidades. Pero la mirada de los cristianos debería estar puesta más en Dios que en Pablo y Apolo. Como repite el salmo, “dichosa la nación cuyo Dios es el Señor… el Señor, desde su morada, observa a todos los habitantes de la tierra, él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones”.

b) La sabiduría no se evalúa por los conocimientos eruditos, sino por las actitudes concretas de la vida comunitaria. Un termómetro de madurez para una comunidad cristiana es la existencia o no de cismas y celos en su seno. ¿Fomentamos divisiones en nuestra comunidad religiosa o parroquial o en nuestra vida social?

Nuestras divisiones de ahora tal vez no son precisamente porque unos sean partidarios de un apóstol y otros de otro. Pero, sea cual sea el motivo de las “envidias y contiendas” que nos dividan, que siempre se deberán a nuestra falta de visión “espiritual” de las cosas, estamos demostrando nuestra inmadurez y nuestra cortedad de miras. Estamos actuando según criterios humanos y no espirituales.

Si no somos capaces de vivir en paz, si no aceptamos a los demás con sus diferencias y nos fijamos sólo en si alguien habla mejor que otro, somos todavía infantiles y no entendemos lo que es el ministerio en la Iglesia. Recordemos cómo Juan el Bautista no quería que se fijasen en él, sino en aquél a quien él anunciaba: que crezca él y que yo disminuya.

A veces llegamos a perder la paz y el humor por pequeñeces. ¿Qué importa si Apolo tiene unas cualidades humanas más brillantes que Pablo? Los dos anuncian al mismo Cristo, y ese mensaje es el que tenemos que oir y seguir. ¿Qué importa si un sembrador lanza su semilla en el campo con más o menos garbo, si el verdadero agricultor, el que da fecundidad al grano, es Dios? ¿Qué importan las cualidades del capataz, si el verdadero arquitecto es Dios (“sois también edificio de Dios”)?

2. Lucas 4,38-44

a) Lo que Jesús anunció en Nazaret lo va cumpliendo. Allí dijo, aplicándose la profecía de Isaías, que había venido a anunciar la salvación a los pobres y curar a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos.

En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús “al salir de la sinagoga”: cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a los poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo “anunciando el reino de Dios”. En medio, busca momentos de paz para rezar personalmente en un lugar solitario.

Desde luego, el Reino ya está aquí. Ha empezado a actuar la fuerza salvadora de Dios a través de su Enviado, Jesús.

b) Buen programa para un cristiano y sobre todo para un apóstol. “Al salir de la sinagoga”, o sea, “al salir de nuestra misa o de nuestra oración”, nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal.

¿Ayudamos a que a la gente se le pase la fiebre? ¿a que se liberen de sus depresiones y males? ¿atendemos a los que acuden a nosotros, acogiéndoles con nuestra palabra y dedicándoles nuestro tiempo? ¿nos sentimos obligados a seguir anunciando la buena noticia del Reino, sea cual sea el éxito de nuestro esfuerzo? ¿y lo hacemos todo en un clima de oración?

Podemos revisar dos significativos rasgos de esta página. a) Jesús, en medio de una jornada con un horario intensivo de trabajo y dedicación misionera, encuentra momentos para orar a solas. b) Y no quiere “instalarse” en un lugar donde le han acogido bien: “también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios”. Para que evitemos dos peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.

Cristo evangelizador. Cristo liberador. Cristo orante. Fijos nuestros ojos en él, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida. Dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Jesús su verdadera felicidad.

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30 de agosto.

Santa Rosa de Lima por Claudio Coello (ca. 1684) Museo del Prado, Madrid.

Santa Rosa de Lima por Claudio Coello (ca. 1684) Museo del Prado, Madrid.

SANTA ROSA DE LIMA

(En Lima y otros lugares se celebra el 23 de agosto)

(+ 1617)


El honrado y humilde hogar limeño de Gaspar Flores y María de Oliva, en el cual nació, el 20 de abril de 1586, la niña a quien en el bautismo llamaron Isabel, pero que desde la infancia había de recibir el sobrenombre de Rosa, nos parece, en el gran día del nacimiento de la Santa, un trasunto de Belén y de la humilde gruta en que vino a este mundo el Hijo de Dios. Belén, porque allí nació la primera flor de santidad que perfumó al Nuevo Mundo; Belén, por la pobreza de sus moradores, que pertenecían a la modesta clase media; Belén, por el ambiente bucólico que se respiraba y aún se respira en el huerto que circunda la histórica morada, el humilde aposento hoy convertido en oratorio, en donde vino al mundo Santa Rosa de Lima.

Además, si en mirada de conjunto se abarca el agitadísimo mundo de aquellos tiempos, si se contempla la tragedia del Occidente cristiano, que, con la defección de las naciones protestantes y con la crisis y guerras de religión de las católicas, queda dividido en dos bandos que luchan encarnizadamente por la hegemonía; si en el terreno intelectual, moral, disciplinario, se sigue con atención el duelo a muerte de la Reforma y Contrarreforma, y se admira la oportunidad con que la Providencia divina saca, por decirlo así, de la nada toda un mundo nuevo, toda una familia de futuras naciones, y pone casi todo su peso del lado de la fe tradicional, inclinando así en favor de ésta la balanza de los destinos: en este cuadro de grandiosidad mundial y de trascendencia histórica incalculable, la pequeña Lima del siglo xvi, perdida en las lejanías del Perú colonial, evoca espontáneamente el recuerdo de Belén, y la estrella que en su cielo se levanta nos aparece como el signo del gran Rey y del advenimiento de tiempos mejores, en que acabará por imponerse la fe católica contra la herejía. “A la Ciudad de los Reyes, como se suele llamar a Lima -dice la bula de canonización, de Clemente X-, no le podía faltar su estrella propia que guiara hacia Cristo, Señor y Rey de Reyes” : “Civitati enim regum, qualis dicitur Lima, suum debebabur sydus, quod ad Christum Dominum regem regum dux esset” (a.1671).

Es una delicia para el historiador católico y para todo cristiano sincero contemplar el despliegue de fuerza que la Iglesia emplea en el mundo recién descubierto para ensanchar las fronteras del Reino de Cristo, para consolidar su posesión con el establecimiento de la jerarquía y para ganar. mediante nuevas conquistas en América, la batalla que libraba contra el protestantismo en Europa.

Su misión consiste en ganar el mundo para Cristo mediante un testimonio multiforme. “Seréis mis testigos hasta los confines del mundo” (Act. 1,8). Este multiforme testimonio no faltaba, sino sobreabundaba en América.

Testimonio de la palabra, por boca de los incontables misioneros que se repartían por doquier, con éxito creciente, los campos de la evangelización.

En tiempos de Santa Rosa más de dos mil habían atravesado el Atlántico y habían recorrido el nuevo continente en todas direcciones, realizando el inaudito portento de convertirlo, en menos de un siglo, de pagano en cristiano.

Testimonio de la sangre, vertida con abundancia por tantos mártires de que nos hablan las crónicas de aquellos tiempos, para que con este milagroso riego germinara y fructificara la semilla de la evangelización.

Testimonio de la luz, que brilló en la sabiduría de sus concilios, en la institución de sus universidades, en las obras inmortales de cronistas, historiadores y escritores. en las admirables Leyes de Indias, en la organización, multiplicación y disposición inteligente de las nuevas sedes episcopales.

Clarísima aurora llena de promesas que las misionólogos comparan con la que iluminó al mundo romano en la predicación de los apóstoles.

Testimonio de la santidad, que alumbró a todo el continente a través de la vida ejemplar de tantos prelados y misioneros, enviados a estas tierras por la Madre Patria para admiración y edificación de las nuevas cristiandades. Son muchos los nombres que registra la historia, y cada país honra de modo especial a quienes directamente lo santificaron con su presencia y acción; pero no cabe duda que entre todos descuellan, para gloria de la patria de Santa Rosa, Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, “la mayor lumbrera del episcopado en América”, “totius episcopatus americani luminare maius”, al decir del Concilio Plenario de la América Latina, y San Francisco Solano, el taumaturgo y figura misionera de mayor relieve en los tiempos coloniales.

Pero al finalizar el siglo xvi algo faltaba a este múltiple y glorioso testimonio y era que, al lado de los santos oriundos de España y que se habían santificado en América, surgieran santos nacidos en este continente y del todo identificados con él. Y Dios en su infinita bondad otorgó al Nuevo Mundo ese precioso don. Muchos santos y santas ocultos debe haber habido en este privilegiado continente desde los días de su descubrimiento y primera evangelización, puesto que una de las notas de la verdadera Iglesia es el florecimiento de la santidad bajo todos los cielos y todas las latitudes; pero sólo tres han alcanzado hasta ahora el honor de la canonización: el contemporáneo de Santa Rosa, San Felipe de Jesús, originario de la Nueva España y protomártir del Japón, donde murió crucificado y atravesado con triple lanza (+ 1597); Santa Mariana de Jesús Paredes, llamada “la azucena de Quito” por su pureza angelical unida a una heroica penitencia, y Santa Rosa de Lima, cuyo perfume podemos decir que ha embalsamado al mundo entero, al insertarse su fiesta en el calendario universal. El primero es una florecilla rubicunda de la Orden seráfica; la segunda es un retoño de la Compañía de Jesús, de cuya recia espiritualidad se nutrió, y la tercera es una gloria de la Orden dominicana, de la cual fue terciaria y cuyo espíritu poseyó con plenitud.

Santo Rosa vino al mundo cuando ya tocaba a su ocaso el gran siglo de España, el siglo xvi. Su vida, breve, interior, escondida, carece del movimiento y dramatismo que llama la atención en las vidas de los grandes apóstoles, de los grandes misioneros, de los personajes epónimos que llevan el sobrenombre de “magnos” y que hacen época en la historia de la Iglesia y del mundo.

Así resume el Breviario Romano—”pro festo simplificato”—su vida admirable, apegándose con fidelidad a la verdad histórica, según consta en los procesos: “La primera flor de santidad de la América meridional, Santa Rosa, virgen, nacida en Lima, de padres cristianos, ya desde la cuna empezó a resplandecer con los indicios de su futura santidad, porque su rostro infantil, tomando la apariencia de una rosa, dio ocasión a que se le diera este nombre. Para no verse obligada por sus padres a contraer matrimonio, cortó ocultamente su bellísima cabellera. Su austeridad de vida fue singular. Tomado el hábito de la Tercera Oden de Santo Domingo, se propuso seguir en su arduo camino a Santa Catalina de Sena. Terriblemente atormentada, durante quince años, por la aridez y desolación espiritual, sobrellevó con fortaleza aquellas agonías más amargas que la misma muerte. Gozó con admirable familiaridad de frecuentes apariciones de su Angel Custodio, de Santa Catalina de Sena y de la Virgen Madre de Dios, y mereció escuchar de los labios de Cristo estas palabras: “Rosa de mi corazón, sé mi esposa”. Famosa por sus milagros antes y después de su muerte, el papa Clemente X la colocó en el catálogo de las santas vírgenes”. Hasta aquí el Breviario Romano.

Pero esta vida humilde y oculta entraña un mensaje de gran trascendencia que bien podemos calificar de providencial y actualísimo. Providencial para su tiempo, y de perenne actualidad, porque contiene la quintaesencia del Evangelio y va directamente contra el espíritu que anima al renacimiento pagano, que es una de las características de los tiempos modernos.

Ateniéndonos a lo principal y considerando la necesidad des los tiempos, señalaremos cuatro renglones en este mensaje realmente completo y ecuménico: Amor, oración, pureza y sacrificio.

El mundo de aquel entonces, mundo del Renacimiento y de la Reforma, que exaltaba exageradamente los valores naturales y paganos y subestimaba todo lo sobrenatural, necesitaba, además del anatema fulminado contra sus errores y de la palabra de los heraldos de la verdad, el lenguaje contundente de los hechos, la doctrina de Cristo vivida en toda su integridad, y eso tuvo en los numerosos santos suscitados por Dios en el siglo xvi y lo vio admirablemente confirmado en aquel retoño del Nuevo Mundo que fue Santa Rosa, alma que desde la más tierna edad supo valorar las realidades sobrenaturales, alma totalmente abrasada en divina caridad, que a los cinco años se consagraba íntegramente al Esposo inmaculado, que para Él sólo vivía y que mereció al fin de su carrera escuchar de labios de Cristo esta declaración de amor, incomprensible para el mundo: “Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa”. Ese amor  con el cual nuestra Santa se esforzaba en corresponder a Cristo, y Cristo Crucificado, es clave que nos explica el sesgo heroico de su vida: su fuga del mundo sin dejar de vivir en medio de él; su vida eremítica en minúscula celda construida con sus manos; su rompimiento con toda vanidad; el tanto furor con que armaba su brazo y flagelaba su carne inocente en anhelo insaciable de asemejarse más y más a su Amado divino; su fina sensibilidad para descubrir la presencia y vestigio de Dios en todas las cosas.

Aún se conserva y se visita con mucha edificación, al lado de su casa, un cuarto que la caridad de la Santa convirtió en pequeño hospital, al cual ella conducía a enfermas encontradas en extrema miseria y que tenían la dicha de recibir de las manos de nuestra Santa una atención cuya delicadeza y heroísmo rayan en lo increíble. Cosa parecida acontecía tratándose de las necesidades de orden moral, a cuyo remedio acudía solícita nuestra Santa en cuanto de ella dependía, preocupándose por la evangelización y atención espiritual de los indios, de los negros, de los infieles, y, al no poder ocuparse de esto por sí misma, recomendándolo a quienes podían y contribuyendo con limosnas que ella misma colectaba al sostenimiento de algún seminarista pobre, como verdadera precursora de la Obra de Vocaciones.

Esta divina caridad, de flama tan seráfica al elevarse hacia Dios y de sentido tan humano al extenderse hacia el prójimo, encendió en el alma de Rosa la luz de la contemplación, y ciertamente en grado eminente. Así lo persuaden sus hechos, sus escritos y el testimonio unánime de quienes la conocieron y trataron, tal como aparece en los Procesos y en el amplio estudio de los Bolandistas. Aquel amor a la soledad; aquella asiduidad con que frecuentaba y pasaba largas horas en su celdita de anacoreta, que aún subsiste; aquella fervorosa vida eucarística, tan rara en su tiempo; aquella filial devoción a la Madre de Dios; aquel espíritu de penitencia y amor apasionado a la cruz, son indicios ciertos de la intimidad con Dios y de la elevación habitual en que vivía su alma. El padre Villalobos asegura en su declaración que “había alcanzado una presencia de Dios tan habitual, que nunca, estando despierta, lo perdía de vista”. El doctor Castillo, íntimo y autorizado confidente y examinador de la Santa, asegura que desde los cinco años empezó a practicar la oración mental y que a partir de los doce hasta su muerte su oración fue la que los autores místicos llaman unitiva. Y, en general, como asevera L. Hansen, O. P., el testimonio de sus directores, los padres de la Orden de Santo Domingo y de los varios padres de la Compañía de Jesús que largamente la conocieron y trataron, es unánime al reconocer los dones extraordinarios de oración con que el Señor la regaló, elevándola hasta los más altos grados de la vida mística.

Es también la divina caridad en que se abrasaba aquella alma santa la que explica los dos rasgos que la oración litúrgica de su fiesta señala como característicos de su espiritualidad: la pureza y el sacrificio: “Virginitatis et patientiae decore Indis florescere voluisti”. Porque el amor, o encuentra parecidos a los que se aman, o los hace tales. Enamorada de Jesús Crucificado, Santa Rosa se aplicó con invencible constancia a reproducir en sí misma la imagen del Divino Modelo de quien proféticamente se dice en el Cantar de los Cantares 5,10: “Dilectus meus candidus et rubicundus”: mi amado es cándido y rubicundo. Es blanco, dicen los sagrados intérpretes, por su pureza y santidad sin límites, y es rojo por su sacrificio de redención.

La contemplación de esa pureza y santidad hizo nacer en Santa Rosa el anhelo de la imitación y la movió a realizarlo en forma extraordinaria. Conserva hasta la muerte su inocencia bautismal; hace a los cinco años voto de virginidad; rechaza sin vacilaciones toda proposición de matrimonio, aun cuando sea su propia madre quien porfiadamente la haga; afea con varias industrias su natural hermosura; corta sin miramientos su blonda cabellera; se niega a aceptar el nombre de Rosa, por parecerle llamativo y peligroso, hasta que la Santísima Virgen completa y santifica ese hombre, llamándola Rosa de Santa María; únese a Cristo con el vínculo del matrimonio espiritual, vínculo inefable que transporta a la tierra el misterio de los desposorios inmaculados de la Patria eterna, y sigue hasta el fin de su vida las huellas luminosas de aquella Virgen que la toma por suya y le comunica un reflejo de su pureza singular.

Pero, para que la semejanza con Jesús Crucificado sea perfecta, Rosa tendrá que ser para Él “lirio entre espinas”, y a este fin afligirá su carne inocente con toda suerte de maceraciones: ayunos, vigilias, cilicios, disciplinas, austeridades que llenan de asombro y que más son para admirarse que para imitarse.

Configurada así con la Divina Víctima durante su vida, sólo faltaba el rasgo supremo de la muerte para que la semejanza fuera perfecta, y la muerte vino con sus terribles angustias y dolores a convertirla en un acabado retrato del “Varón de dolores”, si bien esta colmada medida de dolor no pudo impedir, ‘ni siquiera a la hora de la agonía, aquel gozo íntimo que la había acompañado durante la vida, escondido en la parte superior de su alma y que se exteriorizó en alguna forma, momentos antes de morir, en el jubiloso canto de amor que, al son de la vihuela, entonó por indicación suya una de sus más fieles discípulas, Luisa de Santa María, que la acompañaba en aquel angustioso trance.

Así consumaba su sacrificio y preludiaba el cántico nuevo de la bienaventuranza la admirable virgen Santa Rosa, exhalando el último suspiró en la fecha que ella misma había anunciado, 24 de agosto de 1617, fiesta de un santo a quien ella honró durante su vida con una devoción especial y sin duda con luz profética, el apóstol San Bartolomé.

La oportunidad del mensaje de la gran Santa limeña con relación a las necesidades de su .tiempo, el interés permanente de sus grandes lecciones sobre puntos esenciales de la espiritualidad cristiana, las dotes naturales y sobrenaturales con que Dios la adornó a fin de que pudiera transmitir al mundo un mensaje de tanta trascendencia, explican la aceptación general y entusiasta del mismo, su rápida difusión a través de las muchas obras escritas sobre la Santa, la extensión de su culto a todo el continente ya desde los tiempos coloniales, y asegura una creciente gloria, una supervivencia real en el porvenir a la que justamente ha sido declarada por la Santa Sede Patrona de América e incluida en el catálogo de los santos, cuya fiesta anualmente celebra la Iglesia universal. Traducimos a continuación la expresiva y devota oración litúrgica con que se la invoca en el mundo entero: “Oh Dios Todopoderoso, fuente de todo bien, que has querido que Santa Rosa floreciera en las Indias con el encanto de su virginidad y paciencia, y para ello la preveniste con el rocío de tu gracia: concédenos a nosotros tus siervos, que corriendo en pos de sus perfumes suavísimos, merezcamos ser el buen olor de Jesucristo. Que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo Dios por todos los siglos. Así sea”.

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28 de agosto.

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Homilía para el XXII domingo durante el año C

Todo el capítulo 14 de san Lucas está dedicado a lo que podríamos llamar las “conversaciones de mesa” de Jesús. Estas “conversaciones de mesa”, son propias del Evangelio de Lucas, pero eso no significa que la mesa en tiempo de Jesús no fuera un lugar importante para expresar opinión o enseñanza, según se infiere de este género literario. Era la mesa ciertamente un lugar social muy importante. Uno es invitado a una comida y, como todos los otros huéspedes, de a uno, cada invitado ofrece una reflexión o da una enseñanza. En este caso, Jesús, aborda dos cuestiones en relación a un banquete: la elección de los lugares y la elección de los invitados. Su enseñanza sobre la elección de los lugares está dirigida a todos los invitados presentes y la de la elección de los huéspedes está dirigida al anfitrión. Cuando leemos los Evangelios, podemos considerar que somos a la vez tanto el anfitrión como los invitados, las dos enseñanzas son para todos nosotros. La primera es una llamada a la humildad; la segunda, a la generosa y desinteresada hospitalidad.

La humildad ya fue objeto de la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico: “Hijo mío, haz todo con humildad, y serás más amado que un benefactor.” ¿Qué es la humildad? No consiste en el hecho de estar constantemente pidiendo disculpas y admitir que nos equivocamos. Estos son sin duda signos de humildad, pero no son la esencia de la humildad, porque Jesús nunca se disculpó y él nunca admitió mal -y por una buena razón, y sin embargo, dijo: «aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón».

Entonces, ¿qué es esta humildad de Jesús? Consiste en el hecho de haber bajado para ser puesto al servicio de todos. Esta es la verdadera humildad, que no consiste en el teatro o gestos simbólicos. Se trata simplemente de servir a los demás en las cosas más ordinarias de la vida cotidiana. Es por eso que el orgullo – lo opuesto a la humildad – es el deseo de que los demás estén a nuestro servicio. Tomar el último lugar es, precisamente, servir a los demás, y no se toma el primer lugar para ser servido por otros.

La segunda enseñanza de Jesús – sobre la hospitalidad – es igualmente importante. Las personas a las que estamos dispuestos a servir no deben ser solo personas interesantes con las que nos sentimos a gusto cuando las encontramos, y que también nos pueden, a su vez, ayudar a conseguir un buen trabajo o evitar que paguemos una multa. Debemos invitar -y por lo tanto servir- sobre todo: «a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos», dice Jesús.

La enseñanza de Jesús está dirigida a todos. También se aplica a los grupos: familias, comunidades y naciones. No podemos enumerar todas las guerras y los conflictos que ensangrientan la humanidad hoy en día. Estos conflictos nacen siempre del deseo de un grupo de sentarse en el primer lugar en el banquete, a menudo negando a otros el derecho de ser parte de ese banquete común. Fíjense si no en declaraciones de líderes, de poderosos países, que dicen reservarse el derecho a intervenir en Siria u otro lugar según los “intereses” de su país, y así está Siria… O en nuestras Parroquias y Capillas, cuántas veces hay peleas por el primer lugar, cuántas veces nos relacionamos guiados sólo por simpatías o intereses…

Vivimos en una sociedad competitiva. Los padres quieren que su hijo sea el primero en clase, ¡aun pegándole a una maestra por una mala nota, hija y madre!, leíamos hace tiempo; se desea la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, se aspira a un mejor trabajo, una mejor posición en la sociedad, estas últimas cosas no están mal. Esto puede ayudar a desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Pero la humildad es reconocer que nuestro valor personal no reside en nada de esto, sino sólo únicamente en la calidad de nuestra relación con Dios y con los demás, servir a Dios y servir a los demás.

Que María, que sirvió a Isabel y a los suyos, nos ayude a entender la lección de la humildad y a la hospitalidad.

 

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26 de agosto.

10 virgenes

VIERNES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,17-25):

No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios. Dice la Escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces.» ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados a Cristo, judíos o griegos, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32

R/. La misericordia del Señor llena la tierra

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. R/.

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos,
pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor

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1. (Año II) 1 Corintios 1,17-25

a) Pablo aborda el tema de la «sabiduría» verdadera.

Como decíamos en la introducción de ayer, la temática de esta carta, escrita a una comunidad griega, se va a referir con frecuencia a la relación entre el «conocimiento» y la «caridad», entre la «gnosis» y el «ágape».

Los judíos «piden signos». Los griegos «buscan sabiduría». Pero la fe cristiana es «fuerza de Dios», es el lenguaje de la cruz («nosotros predicamos a Cristo crucificado»), que puede parecer necedad a los griegos y a los judíos, escándalo. Pero que es la verdadera «sabiduría de Dios», que siempre se muestra sorprendente y no sigue los criterios ni de los judíos ni de los griegos. Más bien parece como si Dios quisiera desprestigiar lo que los hombres llamamos sabiduría, demostrando que es necedad, mientras que lo que nosotros despreciamos como necio o débil es a sus ojos lo sabio y fuerte.

b) Este planteamiento lo hace Pablo a unos cristianos que proceden de la mentalidad griega, pagados de sí mismos y de su avanzada filosofía humana.

Pero puede resultar oportuno también para nosotros. Todos necesitamos reajustar mentalidades. Porque los criterios de «sabiduría» de este mundo no siempre coinciden con los de Jesús. Debemos «evangelizar» la cultura de nuestro tiempo, llenarla de Cristo, no «dejarnos evangelizar» por ella. Aunque tomamos en serio cada cultura y apreciamos los múltiples valores que existen en nuestra sociedad, lo que tenemos que hacer los cristianos es impregnarla de la sabiduría de Dios, como hizo Pablo con la cultura helénica.

Pablo empieza diciendo que lo suyo es evangelizar, no tanto bautizar: lo cual no cabe interpretarlo como negación de los sacramentos en la vida eclesial, sino como afirmación de la prioridad lógica de la evangelización y de la fe, sobre todo en un ambiente saturado de paganismo. Eso sí, Pablo anuncia el Evangelio «no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo».

La sabiduría cristiana se basa en Cristo, aunque chocaba en el ambiente helénico y sigue chocando también en la cultura actual. Pero es la que nos lleva a la verdadera felicidad: «nosotros predicamos a Cristo crucificado… fuerza de Dios y sabiduría de Dios».

Sigue siendo verdad lo que ya afirmaba el salmista sobre los caminos de Dios y los nuestros: «el Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad».

2. Mateo 25,1-13

a) Sigue la enseñanza de Jesús sobre la vigilancia. Ayer ponía el ejemplo del ladrón que puede venir en cualquier momento, y el del amo de la casa, que deseará ver a los criados preparados cuando vuelva. Hoy son las diez jóvenes que acompañarán, como damas de honor, a la novia cuando llegue el novio.

La parábola es sencilla, pero muy hermosa y significativa. Naturalmente, como pasa siempre en las parábolas, hay detalles exagerados o inusuales, que sirven para subrayar más la enseñanza que Jesús busca. Así, la tardanza del novio hasta medianoche, o la negativa de las jóvenes sensatas a compartir su aceite con las demás, o la idea de que puedan estar abiertas las tiendas a esas horas, o la respuesta tajante del novio, que cierra bruscamente la puerta, contra todas las reglas de la hospitalidad oriental…

Jesús quiere transmitir esta idea: que todas tenían que haber estado preparadas y despiertas cuando llegó el novio. Su venida será imprevista. Nadie sabe el día ni la hora. Israel -al menos sus dirigentes- no supieron estarlo y desperdiciaron la gran ocasión de la venida del Novio, Jesús, el Enviado de Dios, el que inauguraba el Reino y su banquete festivo.

b) «Velad, porque no sabéis el día ni la hora». ¿Estamos siempre preparados y en vela? ¿llevamos aceite para nuestra lámpara? La pregunta se nos hace a nosotros, que vamos adelante en nuestra historia, se supone que atentos a la presencia del Señor Resucitado -el Novio en nuestra vida, preparándonos al encuentro definitivo con él.

Que no falte aceite en nuestra lámpara. Es lo que tenían que haber cuidado las jóvenes antes de echarse a dormir. Como el conductor que controla el aceite y la gasolina del coche antes del viaje. Como el encargado de la economía a la hora de hacer sus presupuestos.

Se trata de estar alerta y ser conscientes de la cercanía del Señor a nuestras vidas. Todos somos invitados a la boda, pero tenemos que llevar aceite.

No hace falta, tampoco aquí, que pensemos necesariamente en el fin del mundo, o sólo en la hora de nuestra muerte. La fiesta de boda a la que estamos invitados sucede cada día, en los pequeños encuentros con el Señor, en las continuas ocasiones que nos proporciona de saberle descubrir en los sacramentos, en las personas, en los signos de los tiempos. Y como «no sabemos ni el día ni la hora» del encuentro final, esta vigilancia diaria, hecha de amor y seriedad, nos va preparando para que no falte aceite en nuestra lámpara. Al final, Jesús nos dirá qué clase de aceite debíamos tener: si hemos amado, si hemos dado de comer, si hemos visitado al enfermo. El aceite de la fe, del amor y de las buenas obras.

Cuando celebramos la Eucaristía de Jesús, «mientras esperamos su venida gloriosa», se nos provee de esa luz y de esa fuerza que necesitamos para el camino. Jesús nos dijo: «el que me come, tiene vida eterna, yo le resucitaré el último día».

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25 de agosto.

san josé de calazans

SAN JOSÉ DE CALASANZ

(† 1648)

La villa aragonesa de Peralta de la Sal fue la patria del Santo de los niños. La fecha natalicia que armoniza la más antigua versión con todos los datos del Epistolario Calasancio es la de 31 de julio de 1558, en los albores del reinado de Felipe II.

 Cinco hermanas y dos hermanos eran los vástagos del matrimonio Calasanz-Gastón, formado en la herrería peralteña por don Pedro, baile de la villa, segundón de familia infanzona venida a menos, y doña María, madre ejemplar que educó cristianamente a todos sus hijos, muy en especial a José, su benjamín, al que inculcó una tierna devoción a la Virgen y un agresivo odio al pecado. El maestro de la escuela rural, para descansar de la monotonía del deletreo, tomaba al pequeño, subíale sobre su cátedra y hacíale recitar ante sus condiscípulos los milagros de Nuestra Señora, tal como se los enseñaba en casa su madre. De mayor interés psicológico había sido aún antes, cuando apenas frisaba en los cinco años, el rasgo de su primera escapada por los olivares del contorno, cuchillo, en mano, para matar al demonio, que las pláticas maternales le pintaban cómo a su más encarnizado enemigo.

 A los diez años pasa a Estadilla a cursar latines, y jamás empieza las clases sin haber hecho antes su oración en la iglesia, a despecho de las burlas de sus compañeros, que acaban por admirarle, llamándole “el Santet” en su ribagorzano-catalán.

 Los estudios superiores de filosofía y teología, preparación inmediata para el sacerdocio a que aspiraba, los comenzó en la universidad de Lérida, donde los estudiantes aragoneses le eligieron su prior o representante para la votación de rector, cargo que había de desempeñar un estudiante legista, en régimen harto democrático. Condiscípulo hubo, un tal Mateo García, que llamaba a José su verdadero espíritu santo, pues él le inspiraba la manera de salir con bien de las frecuentes reyertas en que le metía su carácter pendenciero. Recibióse allí nuestro pacífico Calasanz de bachiller en artes, se tonsuró de clérigo, cursó dos años de teología y se volvió a Peralta en 1577, dispuesto a cambiar de universidad, en busca de menos disturbios escolares y más disciplina académica,

 Marchó, efectivamente, a la de Valencia, dentro siempre de la corona de Aragón, y regentada entonces con mano enérgica por el patriarca Juan de Ribera; pero aquí le acechaba el Tentador, dispuesto a truncar aquella carrera sacerdotal tan decidida. Para ayuda de costas de sus estudios el joven teólogo, que estaba en la florida edad de sus veintiuno, entró de memorialista y tenedor de libros al servicio de una dama que le remuneraba con buen sueldo, pero en cuyo pecho el enemigo de toda castidad acertó a encender tan secreta cuanto viva llama de pasión. Contenida al principio, estalla al fin, tumultuosa y vehemente, aturdiendo al sorprendido e inocente joven, que reacciona inmediato eludiendo el lance con la fuga, no ya de la casa, sino de la ciudad y de la universidad misma, sin atención a sueldo y matrícula, que pierde, ni a carrera, que arriesga, pero con logro de una inocencia que mantiene inmaculada por gracia de Dios y su Santísima Madre.

 El súbito retorno a Peralta le enfrenta con nuevo peligro para su vocación. La Ribagorza arde en inquietudes de carácter político-social que ocasionan la muerte violenta de Pedro Calasanz, el hermano mayor de nuestro joven teólogo. El padre quiere ahora que José contraiga matrimonio y herede el mayorazgo. En tan difícil situación Dios acude con el remedio de una grave enfermedad que pone al propio José al borde del sepulcro. No hay opción ante el dilema de muerte o altar, que el enfermo propone al atribulado padre. Y, obtenido el paterno consentimiento, emite voto formal de recepción oportuna del sacerdocio, cede inmediatamente la enfermedad, y se retira a Barbastro el restablecido estudiante a proseguir su carrera tres años más, hasta cumplir los veinticinco y recibir las sagradas órdenes.

 El novel sacerdote continúa junto al obispo de Barbastro, el dominico Urríes; pero se le muere al año y medio, dejándole sin patrono. Retírase a su beneficio de San Esteban y coincide allí la celebración de las Cortes de Monzón, que preside personalmente Felipe II en 1585. Requieren a nuestro José para secretario de la Comisión de Reforma de los agustinos, y el presidente de la misma, prendado de él, se lo queda para examinador y confesor, partiendo ambos para otro cometido reformatorio, el de los benedictinos, catalanes y vallisoletanos, del célebre monasterio de Montserrat. Aquí nada se logra, por muerte del visitador La Figuera, que deja una vez más a Calasanz sin patrono.

Tras breve estancia en Peralta se incorpora a la diócesis de Urgel como secretario y maestro de ceremonias del Cabildo de La Seo, donde no tardan en reconocer sus valores. Es su obispo, el cartujo Andrés Capella, y su vicario general, Antonio de Gallart, futuro obispo de Perpiñán y Vich, quien le acumula los cuatro oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, con la encomienda de la visita a lo más abrupto del Pirineo, deparándole tres años de intensísimo apostolado sacerdotal, pródigo en curiosas incidencias y espirituales satisfacciones.

 Tal vez le quiere el Señor en aquella senda de cargos y ministerios, y le ronda el deseo de obtener una canonjía que los consolide y afiance. Por ello renuncia a su plebanía de Ortoneda y Claverol, asegurando para los pobres la renta en trigo de su personado, y marcha a Barcelona a los estudios, trocando entonces su licenciatura en teología por el doctorado. Para agenciar con mayor seguridad el canonicato a que aspira, marcha a Roma en 1592, asumiendo la preceptoría de dos sobrinos del cardenal Colonna y la gerencia de los asuntos de varias diócesis españolas.

Pero Dios espera en Roma al doctor Calasanz, precisamente a propósito de la canonjía. Fracasa en su intento repetidas veces, hasta que da un vuelco su alma hacia las renunciaciones completas y se entrega ardoroso a las aspiraciones de la santidad. Se olvida de España para romanizarse definitivamente, y en él la romanización equivale a santificación.

La archicofradía de los Doce Apóstoles, la cofradía de las Llagas de San Francisco, la de la Trinidad de los Peregrinos y la del Sufragio en la vía Giulia no sólo aprenden su nombre, sino que se contagian de su actividad ardorosa, tanto en las efusiones de su caridad operante cuanto en la intercesión y prácticas de su mortificación penitente, La visita diaria a las siete basílicas romanas halló por aquellos años en Calasanz un incansable y fervoroso promotor. Y empezaron entonces los carismas y los milagros, ornamento frecuente en las vidas de los elegidos del Señor.

Peregrino de los santuarios de Italia, San Francisco le desposa en Asís con tres doncellas representativas de los votos religiosos, su suerte futura; y particularmente la santa pobreza le regala con apariciones de singular predilección. Llegó la madurez, la hora de Dios.

El concilio de Trento acababa de urgir para la Contrarreforma una mayor difusión de la enseñanza del catecismo; habíase publicado el de San Pío V: era un hecho la archicofradía de la Doctrina Cristiana. Calasanz se inscribió en ella con más entusiasmo que en las cuatro anteriores, y poco faltó para que se le eligiera su presidente en Roma. Pero comprendía que no bastaba con la catequesis dominical. Sostenía con otros catequistas una escuelita cotidiana en Santa Dorotea del Trastevere; mas lamentaba en la mayoría escasa constancia y sobrado interés. Roma seguía con la lacra de la infancia enlodada en el arroyo, y a su vista Dios apretaba de congojas el corazón de su siervo. Se dedicó a llamar a muchas puertas, sombrero en mano, pordioseando amparo para los pequeñuelos, hasta que al fin comprendió que era más bien el Señor quien daba los aldabonazos en su alma para que se lanzara de lleno al apostolado de la enseñanza infantil. Y se decidió a la acción. Despidió de Santa Dorotea a los maestros interesados; proclamó la gratuidad absoluta; abrió sus aulas para todos y las rotuló con el breve y denso nombre de Escuelas Pías. Y entonces, en 1597, surgió en la Iglesia de Dios y en lo que siglos después se llamaría Historia de la Pedagogía una cosa totalmente nueva, que prepararía tiempos asimismo nuevos: el grupo escolar popular. Estaban en puerta las democracias; la cultura ya no tropezaría con el espíritu clasista; el apostolado contaría con la más eficaz de sus actividades, y se levantaba bandera tras de la cual no tardarían en formarse las numerosas mesnadas de las corporaciones católicas dedicadas a la tarea de la enseñanza. La preocupación docente prendió en los Gobiernos y hasta los Ministerios de Fomento, Instrucción Pública y Educación Nacional tienen su origen remoto en el gesto calasancio que organizó las escuelitas transtiberinas.

Una avalancha de niños las llenó hasta el tope; pero a los dos años, otra avalancha, la del Tíber, lo inunda todo, y vuelta a empezar. Calasanz ahora deja el arrabal y las introduce en el corazón de Roma, precisamente en el 1600. Y la obra puesta en marcha ya no se detiene, Varias veces cambia de local hasta definitivamente establecerse en San Pantaleón. Durante veinte años continuos (1597-1617) el padre José se ha ingeniado para mantener una comunidad secular “sui generis”, sin votos ni reglas, sin otro apoyo que el prestigio de su prefecto. Es el grupo escolar con su balumba de niños perfectamente distribuidos, con sus clases de lectura, escritura, ábaco y latín o humanidades, entreverado todo de doctrina y piedad cristianas, con pasmo de la Ciudad Eterna y de los romeros que la visitan desde toda la catolicidad, al ver el orden y compostura de las interminables rutas de alumnos, y al recordar el antiguo abandono de la infancia, que al fin encontraba su mentor y padre. La Providencia le deparó colaboradores valiosísimos como el joven Glicerio y el viejo Dragonetti, pero el factor más eficaz de consolidación fue la autoridad pontificia. Tras un fallido ensayo de agregación a una Corporación religiosa ya existente, la de San Leonardo de Lucca, el pontífice Paulo V erigió las Escuelas Pías en congregación de votos simples, y a los cuatro años de prueba, en 1621, ya logró el padre José de la santidad de Gregorio XV la elevación a Orden de votos solemnes, última de las de esta categoría en la Iglesia de Dios.

Pedagogo y legislador de pedagogos, José de la Madre de Dios estampó en sus constituciones su áurea sentencia: “Si desde los tiernos años son imbuidos los niños en piedad y letras, podrá sin duda esperarse de ellos un feliz desarrollo de toda su vida”. Y apasionado de hecho de la tarea de la enseñanza, dirá de su ejercicio que es “degnissimo, nobilissimo, meritissimo, favorevolissimo, utilissimo, bisognevolissimo, naturalissimo, ragionevolissimo, graditissimo, piacevolissimo, e gloriosissimo” (el más digno, el más noble, el de más mérito, el más favorable, el más útil, el más necesario, el más natural y razonable, el más de agradecer, el más agradable y de máxima gloria). Y, efectivamente, su dedicación a él fue integral, no solamente los veinte años dichos de su prefectura, sino también los quince de su generalato temporal, los catorce de su generalato vitalicio y aun los dos últimos de su senectud, después de destituido de su cargo de general de su Orden. Cincuenta y un años de entrega total a sus escuelas, después de los treinta y nueve de preparación y actuación sacerdotal, dan carácter a los noventa de su fecunda existencia: fecunda en su labor personal de educador, que domina a los niños con mano de santo, y con mano de santo hasta restituye a su órbita el ojo saltado a un muchacho en una pelea durante el recreo; y fecunda en su acción oficial de fundador y dilatador de su Orden por las provincias de Roma, Génova, Nápoles, Florencia, Sicilia, Germania, Polonia y Cerdeña, con más de cuarenta fundaciones realizadas bajo su gobierno. En visita personal a Cárcare, en el genovesado, reconcilió facciones ancestralmente enemistadas; en Nápoles volvió a buen camino a tres disolutos artistas que trataban de ofenderle; en Florencia permitió y estimuló a sus hijos al cultivo de las ciencias, con la amistad del perseguido sabio Galileo; en Germania sus escolapios o piaristas, como allí les llaman, ocuparon las avanzadillas de la catolicidad frente a la acometida protestante, y su santuario de NikoIsburg fue centro de irradiación y reconquista espiritual, reconocido por Von Pástor.

Mas las benemerencias del santo Calasanz no terminan con su magisterio y su Orden docente. Brilla en él la ejemplaridad de su humilde acatamiento ante las persecuciones y humillaciones más extrañas. Un miembro de su propia Corporación, el padre Mario Sozzi, logra por sus servicios y delaciones un proteccionismo excepcional de parte del Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición, y lo emplea en desacreditar a su padre general y revolverle la Orden, singularmente en Florencia. En Roma llegó a provocar el arresto y conducción del padre José y de su curia generalicia al Tribunal de la Fe entre esbirros y corchetes; como espía y malhechor, entre la nerviosa agitación de la pontificia guerra de Castro. Suspendido en su cargo de supremo moderador de la Orden, se atreve a suplantarle como primer asistente en funciones de general, y le humilla y desprecia sin respeto a su ancianidad venerable. La revancha es de Dios, que se lleva al padre Mario preso de una sífilis horripilante; mas le sucede el padre Querubini, hechura suya y tan indigno como él, presagio de que se va a la ruina del Instituto. Termina en desastre la guerra de Castro; muere el papa Urbano VIII; la comisión cardenalicia nombrada para los asuntos de las Escuelas Pías decide la reintegración del anciano padre general en el puesto de mando de la Orden; pero el Santo Oficio entiende que tal reparación será en desdoro de su prestigio tribunalicio y el papa Inocencio X opta al fin por la destrucción de la obra calasancia, desarticulándola y privándola de su jerarquía. Queda el Santo definitivamente destituido, sin perder por ello la resignación, la paciencia, ni la esperanza. Dios me lo dio, Dios me lo quitó —repite con el Job del Viejo Testamento—. Mas no vacila en profetizar la restauración de su Orden y en animar a todos sus hijos a la perseverancia. No se abandona, en efecto, ninguna casa y siguen todas repletas de alumnos. Dos años aún de infatigable actividad y de invencible paciencia, y llega el triunfo de su última enfermedad y de su muerte preciosa, el 25 de agosto de 1648.

El principio del fin fue su última comunión entre sus niños como lección postrimera, para caer en el lecho de su cuartito de San Pantaleón y edificar con sus fervores a sus desolados religiosos. De curaciones ajenas y penetración de espíritus fueron los casos frecuentes; pero mucho más los de virtudes heroicas: en materia de fe, hasta arrojó de su boca un sedante al saber que había sido ideado por el hereje Enrique VIII de Inglaterra; envió a dos de sus hijos a poner en su nombre la cabeza a los pies de la estatua de San Pedro y no quedó tranquilo hasta obtener del Papa, por escrito, la bendición apostólica, con transportes de alegría que contrastaban con los desaires, nada leves, de la propia Sede Apostólica recibidos antes. Y en sus últimos días de enfermedad tuvo el consuelo inefable de la aparición de la Virgen Santísima reafirmando sus esperanzas, y la de los escolapios hasta entonces difuntos en número de 254, con solo una ausencia.

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24 de agosto.

bartolome

SAN BARTOLOMÉ

(†  siglo I)

El nombre de Bartolomé es un patronímico que significa “Hijo de Tholmai“, derivado del arameo a través del griego. El nombre de Tholmai aparece en el Antiguo Testamento (Núm. 13, 23, y 2 Sam. 3, 3), y Josefo lo cita en la forma griega, Tholomaios (Antigüedades, XX, I, 1).

 Del apóstol Bartolomé el Nuevo Testamento no conoce más que el nombre, consignado en las cuatro listas del Colegio Apostólico (Mt. 10, 3; Mc. 3, 18; Lc. 6, 14, y Act. 1, 13).

 Si el cuarto Evangelio no menciona a Bartolomé, señala por dos veces la presencia cerca de Jesús de un discípulo llamado Natanael, nombre derivado también del arameo, que quiere decir “Don de Dios”.

 Se plantea la cuestión de saber si Bartolomé y Natanael son el mismo personaje. Esta identificación es muy posible, puesto que Bartolomé es un simple patronímico, como Barabbas o Barjona, que puede usarse solo, pero supone, naturalmente, un nombre propio.

 Pero, además, esta identificación es muy probable porque la vocación extraordinaria de Natanael, consignada en el cuarto Evangelio, no parece que fuera estéril. A continuación del relato de su primer encuentro con Jesús, San Juan introduce a nuevos personajes que comienzan a relacionarse con el joven Maestro, y uno de ellos debió ser nuestro apóstol.

 “Al otro día, queriendo Jesús salir hacia Galilea, encontró a Felipe, y le dijo: Sígueme. Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Encontró Felipe a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y en los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret. Díjole Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Díjole Felipe: Ven y verás. Vio Jesús a Natanael, que venía hacia El, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay dolo. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael le contestó: Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestóle Jesús y le dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad te digo, que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre” (lo. 1, 43-51).

 Este Natanael, que tan cumplido elogio mereció de Cristo, era de Caná (lo. 21, 2), dato que consigna San Juan al presentarle por segunda vez, cuando la pesca milagrosa en el Tiberíades después de la resurrección del Señor. Era también amigo de Felipe, como acabamos de ver, y quizá esta amistad sea la razón de que Bartolomé y Felipe formen pareja en la lista de los apóstoles que traen los sinópticos, lo cual confirma la tesis de que Bartolomé y Natanael son una sola persona.

 Las objeciones en contra no tienen peso. Porque si en antiguos catálogos de apóstoles figuran como distintos, también son distintos Pedro y Cefas, con lo que pierden toda autoridad tales documentos. Y si San Agustín se inclina igualmente a distinguirlos (Comm. in Io., I, 843), y le sigue San Gregorio Magno, lo hace dando una interpretación demasiado personal al pasaje “¿De Nazaret puede salir nada bueno?”, que le descubriría como “doctor de la Ley”, demasiado suspicaz para que Cristo le admitiera como apóstol, lo cual está en contradicción con el elogio del mismo Cristo y se explica suficientemente admitiendo que Natanael no dominara del todo sus sentimientos de paisanaje. Caná y Nazaret eran poblaciones demasiado cercanas para que entre ambas no hubiera rivalidades.

 Probada de esta forma la identidad de Bartolomé y Natanael, recapacitemos un instante sobre su primer encuentro con Jesús. Alma noble e impresionable, sin dobleces ni recovecos, manifiesta con todo candor sus emociones, pasando de la duda a la admiración y a la entrega. Juega Jesús con esta fogosidad del discípulo, y le prepara ya desde ahora para las grandes teofanías y revelaciones.

 Lo de la higuera fue un simple destello de su sabiduría divina. “¿Porque te he dicho eso crees? Cosas mayores has de ver.” La primera gran manifestación llegará a los tres días, y precisamente en Caná, para que obrando allí el prodigio desaparezca toda sospecha contra el descendiente de Nazaret. Porque en el reino de Dios no hay compromisos aldeanos de patria o lugar, de carne o sangre.

 En Caná, patria de Bartolomé, asistió Jesús con su Madre y sus discípulos a aquella boda que envidiarían los esposos jóvenes de todos los siglos. En ella convirtió el agua en vino y elevó el contrato a sacramento, el amor humano a caridad sobrenatural, dando así su regalo nupcial anticipado a todos los matrimonios cristianos.

 El maestresala, atolondrado con el apuro de faltar el vino, no sabía la procedencia del vino nuevo; pero sí estaban al tanto de ello los criados, que llenaron de agua hasta rebosar las ánforas de las abluciones. Ciertamente que Jesús había hecho una espléndida manifestación de su gloria y con razón podían creer en él sus discípulos. ¿Sería descabellado imaginarnos un aparte de Felipe a Bartolomé al gustar el vino milagroso: “¡Qué! ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”

 Y aquello era sólo el comienzo. Restaban mayores cosas, no tanto por los prodigios espectaculares cuanto por la intimidad con el Señor. ¡La dicha de convivir hora a hora con el Maestro! Jesús va moldeando a sus discípulos como el alfarero el dócil barro. La materia prima es buena, la gracia divina hará lo demás. Los apóstoles fueron la mejor obra artesana del Carpintero de Nazaret.

 El Evangelio, parco siempre y contenido, no desciende a muchos detalles que saciarían nuestra devota curiosidad; pero a través de sus páginas podemos seguir las andanzas del Colegio Apostólico. Presididos por el Maestro recorren, en continuo trajín pueblos y aldeas, predican en sinagogas y plazas, a las orillas del lago o en los repechos de la montaña. Las turbas les acosan, sin darles lugar a descanso, “pues eran muchos los que iban y venían y ni tiempo de comer les dejaban” (Mc. 6, 31).

 Esto de la comida era frecuente, como cuando se percatan, después de haber subido a la barca, que han olvidado proveerse de pan (Mt. 8, 14), o cuando tienen que comer espigas de los sembrados, desgranándolas con las manos, lo que provoca un conflicto con los fariseos, por ser día de sábado (Mt. 12, 1), o buscan higos en la higuera estéril (Mt. 21, 18).

 De dormir tampoco andarían muy sobrados. El Señor pasaba las noches en oración y sus discípulos procurarían imitarle. Pero es que les vemos en diferentes ocasiones cruzando el lago de noche, para aprovechar el tiempo, como después de las dos multiplicaciones de los panes y los peces, y puede que también durante la tempestad, cuando el mismo Señor, rendido, se durmió en la navecilla (Mt. 8, 24).

 Era la vida errante que Cristo había mostrado al discípulo tímido que deseaba seguirle. “Las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza” (Lc. 9, 58).

 Y como El los suyos. Dependían de la caridad ajena, de los amigos que les invitaban a comer, del socorro de las santas mujeres o de la administración tacaña de Judas, que, como ladrón, robaba de la bolsa común (lo. 21, 5).

 ¿Cuál era la condición de los apóstoles? En lo social pertenecían a lo que pudiéramos llamar una clase media acomodada. Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, tenían un próspero negocio de pesca, con barca propia y criados. Similar era la situación de Simón y Andrés, y por el estilo la de Felipe y Bartolomé, los galileos que vivían en la región ribereña del lago. Probablemente alternaban el oficio de la pesca con otras profesiones artesanas, o con el pastoreo y la labranza.

 En lo cultural poseían la instrucción de los de su clase, basada en un conocimiento suficiente de la Ley y la literatura religiosa judía, y seguramente sabían, además del arameo, el griego común, la lengua que se hablaba en Cafarnaúm y sus aledaños, por ser nudo de comunicaciones y comercio.

 En lo religioso eran almas sinceras, asiduos a la sinagoga los sábados, cumplidores sin escrúpulos nimios de la Ley, encendidos en la esperanza del Mesías, entregados de lleno al ideal de salvación de Israel que el Maestro predicaba, aunque algunas veces se dejaran llevar de interpretaciones algo terrenas.

 ¿Cómo se manifiestan los apóstoles? Con una mezcla muy humana de buenas cualidades y defectos.

 Son generosos, lo han dejado todo, sus casas, su familia, sus amistades, su profesión… Han roto todos los lazos que les unían a cosas tan queridas y entrañables, y se han lanzado a la gran aventura.

 Son leales a su Maestro, y tiemblan la noche de la cena, cuando les anuncia que entre ellos se encuentra un traidor.

 Piden al Señor que les aumente la fe, que les enseñe a orar, que les explique las parábolas, todo lo cual denota una enorme buena voluntad y un deseo grande de aprovechamiento.

 Junto a estas excelentes cualidades apuntan las imperfecciones. Son puntillosos, buscan los primeros puestos, quieren figurar. Son cobardes cuando regresa Jesús a Judea y cuando le abandonan la noche del prendimiento.

 No entienden tampoco la Pasión, por más explicaciones y anuncios que el Señor les da.

 Mas Jesús, con paciencia infinita, les va instruyendo y formando, aunque deje también para el Espíritu el completar interiormente su obra.

 Alterna la teoría con la práctica y por dos veces les envía a evangelizar los poblados galileos, concediéndoles poderes de arrojar los demonios y realizar milagros.

 Ellos volvieron radiantes por el fruto cosechado, y entonces Jesús exulta de gozo, porque su Padre revela estas cosas a los pequeñuelos y se las esconde a los sabios y prudentes.

 Fueron tres años de trabajo y convivencia que dejaron en su alma un poso inolvidable. Jesús los destinaba a ser sus sucesores en el ministerio pastoral. Ellos gobernarían la grey cristiana y les concedió amplísimos poderes. Les transmitió su sacerdocio, con la potestad de ofrecer el sacrificio de su Cuerpo y Sangre y administrar los sacramentos, signos eficaces de la gracia. Les encomendó el depósito de su doctrina, haciéndolos maestros y doctores.

 Tenían que superar la hora de la prueba, cuando fue como si todo se derrumbara. Ya lo había predicho el Maestro: “Todos padeceréis escándalo por mí esta noche”. Ellos, que esperaban había de redimir a Israel…

 Mas ¡qué sobresalto cuando empiezan a llegar noticias confusas de que vive! Y aquella misma tarde del domingo, estando en el cenáculo con las puertas cerradas, se les aparece Jesús: “La paz con vosotros. Yo soy; no temáis. Mirad mis llagas”.

 Allí estaba también Bartolomé, que no faltó a la reunión de los hermanos, como Tomás, apóstol individualista.

 Y también estuvo con otros siete discípulos la noche aquella en que Pedro, recordando su juventud, dijo:

 —Voy a pescar.

 Y los demás dijeron:

 —Vamos también nosotros contigo.

 Era al filo de la madrugada, cuando una sombra gritó desde la orilla:

 —Muchachos, ¿tenéis algo que comer?

 —No —contestaron ellos secamente.

 —Pues echad la red a la derecha del navío.

 Y no podían sacar las redes por la abundancia de la pesca. Entonces Juan, el más joven, susurró a Pedro:

 —Es el Señor.

 Y Pedro, impetuoso, sin esperar a que la barca llegara a la orilla, se lanzó a nado, porque estaban cerca de la costa.

 Después fue la ascensión del Señor desde el monte Olivete. Y diez días más tarde la efusión del Espíritu Santo, y la proclamación de la Iglesia, y las primeras conversiones, y los primeros fieles, y la comunidad de todos, hasta formar una sola alma y un solo corazón.

 Pero el Maestro había dicho que predicaran en todo el mundo. ¿Adónde marchó San Bartolomé? Todo es obscuro y confuso en su vida, emborronado por la literatura apócrifa y la leyenda.

 Según las Actas de Felipe habría predicado en Licaonia y en la Frigia; según el Martirio de San Bartolomé, pasión legendaria de la que se conservan dos redacciones, una en griego y otra en latín, habría predicado en el Ponto y el Bósforo; según la tradición que se remonta a Panteno y recoge Eusebio en su Historia, habría predicado en las Indias, entendiendo por tales las Indias orientales, donde habría llevado el Evangelio en arameo escrito por San Mateo; o a un país vecino a Etiopía o a la Arabia Feliz, según las referencias que tomaron los historiadores Rufino y Sócrates.

 Y todavía quedan leyendas más seguras que sitúan a nuestro Santo en Mesopotamia, Persia y Armenia. Allí habría predicado la fe en Areobanos, no lejos de Albak, y habría convertido a la hermana del rey, quien, en un acceso de ira, le mandó desollar vivo y decapitarlo. Desde luego los armenios le tienen por patrono principal, y por las circunstancias de su martirio lo es también de los carniceros y curtidores.

 En mis recuerdos infantiles se halla ligada la historia de San Bartolomé, patrono de mi pueblo natal, a esta coplilla que se cantaba la mañana del día 24 de agosto en el rosario de la aurora, y recoge la imagen del Santo que nos ha transmitido la iconografía:

 No hay ningún santo en el cielo
que tenga la honra de Bartolomé,
porque tiene el cuchillo en la mano,
el pellejo al hombro y el diablo a los pies.
Y habéis de saber
que este Santo fue martirizado
porque predicaba nuestra santa fe.

Lo del pellejo al hombro y el cuchillo en la mano está relacionado con su martirio; lo del demonio encadenado se refiere al milagro que hizo el Santo aherrojando con cadenas al demonio que hablaba por boca del ídolo Astaroth, que engañaba a los cándidos habitantes de una de las ciudades que evangelizó.

El culto a San Bartolomé está sujeto a la crítica tanto como su propia vida. Las leyendas armenias y coptas aseguran que su cuerpo fue arrojado al mar. Teodoro el Lector y Procopio hablan de un traslado a Daras, en Mesopotamia. Gregorio de Tours dice que llegó milagrosamente a la isla de Lípari. De allí, por miedo a los sarracenos, fue transportado en 808 a Benevento, y más tarde, el año 1000, fue llevado a Roma por gestiones de Otón III, depositándolo en la iglesia de San Adalberto, en la isla Tiberina, que desde entonces se llamó deSan Bartolomeo in ínsula, y llegó a ser título cardenalicio. Aunque no está claro si los beneventanos dieron las reliquias del apóstol o las de San Paulino de Nola. Sin embargo, la festividad de hoy es por esta fecha de su traslación. En la Roma medieval llegó a tener dedicadas otras muchas iglesias, lo que se explica por la gran devoción que los fieles han profesado siempre a este glorioso apóstol.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14):

El ángel me habló así: «Ven acá, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero.»
Me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y la majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51):

En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó: «Ven y verás.»
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

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1. (Año II) 2 Tesalonicenses 3,6-10.16-18

a) Terminamos hoy la lectura de la segunda carta de Pablo a los de Tesalónica: y lo hacemos con una descalificación a los que no quieren trabajar.

Se ve que la creencia en la inminente vuelta del Señor, como Juez de la historia, les movía a algunos a pensar que ya no valía la pena trabajar en nada, ni en lo material ni en lo espiritual y comunitario. Con la consecuencia de que, al no tener nada que hacer, se metían en todo y turbaban la paz de la comunidad.

Pablo, una vez más, se pone a sí mismo como ejemplo de trabajador: cuando estuvo en esa ciudad, se ganó la vida con sus propias manos. Así tienen que hacer todos, sin prestar oídos a los rumores de un próximo fin del mundo. La consigna de Pablo se ha hecho famosa: «el que no trabaja, que no coma».

La carta termina con deseos de paz y de gracia para la comunidad.

b) En todas partes puede haber perezosos y gandules. No será porque crean que está próximo el final de todo. Pero siempre hay motivos, más o menos confesables, que a algunos les hace inhibirse del trabajo comunitario: se aprovechan de la buena voluntad y viven a costa de los demás. Y, como en Tesalónica, luego se meten en todo y siembran desorden en la comunidad, porque no hay nada como el ocio para tener tiempo para la murmuración y trastornarlo todo.

La llamada al orden de Pablo nos alcanza a todos, para que no seamos remisos en aportar nuestra parte al trabajo común. En el aspecto humano, contribuyendo al mantenimiento de la familia o de la comunidad. Y también en cuanto a la tarea evangelizadora de los cristianos en este mundo. El ejemplo de Pablo sigue al del mismo Jesús, trabajador también, hijo de trabajadores, que nos recomendó hacer fructificar los talentos que cada uno haya recibido de Dios, y a no estar mano sobre mano, enterrando los dones bajo tierra para que no se pierdan.

Las motivaciones no hace falta que sean de alta teología: la honradez y el sentido de responsabilidad nos urgen a trabajar. Como nos ha hecho decir el salmo: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos; comerás el fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien». Todo tiene que empezar por ahí: que cada uno cumpla su parte en el trabajo comunitario. Eso es lo que nos produce la mejor satisfacción y felicidad. Luego vendrán otras filigranas que podemos decir y hacer: pero si no tienen como base el trabajo responsable, serán sólo palabras vacías y demagogia.

2. Mateo 23,27-32

a) Dos acusaciones más de Jesús contra los fariseos, con los que terminamos esta serie, nada halagüeña para las clases dirigentes de Israel.

Según él, esos letrados y fariseos hipócritas se parecen a «sepulcros encalados», por fuera «con buena apariencia», pero por dentro «llenos de podredumbre». Los sepulcros se blanqueaban, entre otras cosas, para que se pudieran distinguir bien y no tocarlos, porque eso dejaba impura a la persona.

Además, los fariseos levantan mausoleos o adornan los sepulcros de los profetas muertos por sus antepasados: pero ellos mismos rechazan a los profetas vivientes, y están a punto de asesinar al enviado de Dios, con lo que van a «colmar la medida de sus padres».

b) Jesús sigue fustigando el pecado de hipocresía: aparecer por fuera lo que no se es por dentro. Como había condenado los árboles que sólo tienen apariencia y no dan fruto, aquí desautoriza a las personas que cuidan su buena opinión ante los demás, pero dentro están llenos de maldad.

¿Se nos podría achacar algo de esto? ¿no andamos preocupados por lo que los demás piensan de nosotros, cuando en lo que tendríamos que trabajar es en mejorar nuestro interior, en la presencia de Dios, a quien no podemos engañar? ¿es auténtica o falsa nuestra apariencia de piedad? ¿seria muy exagerado tacharnos de «sepulcros blanqueados»?

También conviene que nos evaluemos en el otro aspecto que Jesús denuncia: ¿somos de las personas que, de palabra, se distancian de los malos, como los fariseos de sus antepasados («nosotros no hubiéramos hecho eso de ninguna manera»), pero en realidad somos tan malos o peores que ellos, cuando se nos presenta la ocasión? Se podría decir algo así de la Iglesia, que denuncia, y con razón, los defectos de la sociedad, pero que puede caer en las mismas faltas que critica, como la ambición o la violencia o el interés por el poder? Y también de cada uno de nosotros, los «buenos», siempre tentados de creernos los mejores, los perfectos, cuando en realidad tal vez somos espiritualmente más pobres que los que tenemos por alejados o no creyentes.

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23 de agosto.

fariseos

MARTES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (2,1-3a.14-17):

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno os desoriente. Dios os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerzas para toda clase de palabras y de obras buenas.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,10.11-12a.12b-13

R/. Llega el Señor a regir la tierra

Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. R/.

Aclamen los árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,23-26):

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera.»

Palabra del Señor

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1.(Año II) 2 Tesalonicenses 2,1-3.13-16

a) Se ve que uno de los puntos de la doctrina cristiana que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la Parusía, o sea, a la venida última, escatológica, de Jesús.

Dificultad que, probablemente, compartieron otros muchos en las primeras generaciones.

Pablo les pide que «no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones… como si el día del Señor estuviera encima». En otros pasajes de las cartas a los Tesalonicenses afirma que nadie sabe el día ni la hora. Aquí parece decir que no es inminente, y que no hagan caso de los rumores sobre visiones y revelaciones en ese sentido.

b) A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Menos mal que, tal vez por los sucesivos fracasos de tales augurios, últimamente está el tema más pacífico. Pero sí sigue el afán de «supuestas revelaciones» y de apariciones con mensajes más o menos repetidos y turbadores.

Para nosotros, la revelación es la de Cristo Jesús, la que se contiene en el Evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos.

Ahí es también donde nos ha dado su gran lección María, la Madre de Jesús, con su presencia junto al Hijo a lo largo de toda su historia de salvación. No necesitamos nuevas revelaciones. Esto no quiere decir que la Virgen no se pueda aparecer, pero tenemos que tener cuidado de la curiosidad y el deseo de novedades, porque lo necesario para la salvación ya está en el Evangelio y no hay otro.

Con relación al «fin del mundo», estamos en las manos de Dios. Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (cf. Mt 25,13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: «manteneos firmes y conservad las tradiciones», «Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza», y nos da fuerzas «para toda clase de palabras y de obras buenas». O sea, hay mucho que hacer todavía, antes del final.

Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, no sabemos cuándo será la Venida del Señor. Y, por otra, sabemos que viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho. Lo que sí importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo nos preparamos para el encuentro final.

2. Mateo 23,23-26

a) Uno de los defectos de los fariseos era el dar importancia a cosas insignificantes, poco importantes ante Dios, y descuidar las que verdaderamente valen la pena.

Jesús se lo echa en cara: «pagáis el diezmo de la menta… y descuidáis el derecho, la compasión y la sinceridad». De un modo muy expresivo les dice: «filtráis el mosquito y os tragáis el camello». El diezmo lo pagaban los judíos de los productos del campo (cf. Dt 14,22-29), pero pagar el diezmo de esos condimentos tan poco importantes (la menta, el anís y el comino) no tiene relevancia, comparado con las actitudes de justicia y caridad que debemos mantener en nuestra vida.

Otra de las acusaciones contra los fariseos es que «limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno». Cuidan la apariencia exterior, la fachada. Pero no se preocupan de lo interior.

b) Estos defectos no eran exclusivos de los fariseos de hace dos mil años. También los podemos tener nosotros.

En la vida hay cosas de poca importancia, a las que, coherentemente, hay que dar poca importancia. Y otras mucho más trascendentes, a las que vale la pena que les prestemos más atención. ¿De qué nos examinamos al final de la jornada, o cuando preparamos una confesión, o en unos días de retiro: sólo de actos concretos, más o menos pequeños, olvidando las actitudes interiores que están en su raíz: la caridad, la honradez o la misericordia?

Ahora bien, la consigna de Jesús es que no se descuiden tampoco las cosas pequeñas: «esto es lo que habría que practicar (lo del derecho y la compasión y la sinceridad), aunque sin descuidar aquello (el pago de los diezmos que haya que pagar)». A cada cosa hay que darle la importancia que tiene, ni más ni menos. En los detalles de las cosas pequeñas también puede haber amor y fidelidad. Aunque haya que dar más importancia a las grandes.

También el otro ataque nos lo podemos aplicar: si cuidamos la apariencia exterior, cuando por dentro estamos llenos de «robo y desenfreno». Si limpiamos la copa por fuera y, por dentro, el corazón lo tenemos impresentable.

Somos como los fariseos cuando hacemos las cosas para que nos vean y nos alaben, si damos más importancia al parecer que al ser. Si reducimos nuestra vida de fe a meros ritos externos, sin coherencia en nuestra conducta. En el sermón de la montaña nos enseñó Jesús que, cuando ayunamos, oramos y hacemos limosna, no busquemos el aplauso de los hombres, sino el de Dios. Esto le puede pasar a un niño de escuela y a un joven y a unos padres y a un religioso y a un sacerdote. Nos va bien a todos examinarnos de estas denuncias de Jesús.

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22 de agosto. Santa María, Reina.

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REALEZA DE MARÍA

 La realeza de Cristo es dogma fundamental de la Iglesia y a la par canon supremo de la vida cristiana.

 Esta realeza, consustancial con el cristianismo, es objeto de una fiesta inserta solemnemente en la Sagrada Liturgia por el papa Pío XI a través de la bula Quas primas del 11 de diciembre de 1925. Era como el broche de oro que cerraba los actos oficiales de aquel Año Santo.

 La idea primordial de la bula podría formularse de esta guisa. Cristo, aun como hombre, participa de la realeza de Dios por doble manera: por derecho natural y por derecho adquirido. Por derecho natural, ante todo, a causa de su personalidad divina; por derecho adquirido a causa de la redención del género humano por ÉI realizada.

 Si algún día juzgase oportuno la Iglesia —decía un teólogo español en el Congreso Mariano de Zaragoza de 1940— proclamar en forma solemne y oficial la realeza de María, podría casi transcribir a la letra, en su justa medida y proporción, claro está, los principales argumentos de aquella bula.

 Y así ha sido. El 11 de octubre de 1954 publicó Pío XII la encíclica Ad Coeli Reginam. Resulta una verdadera tesis doctoral acerca de la realeza de la Madre de Dios. En ella, luego de explanar ampliamente las altas razones teológicas que justifican aquella prerrogativa mariana, instituye una fiesta litúrgica en honor de la realeza de María para el 31 de mayo. Era también como el broche de oro que cerraba las memorables jornadas del Año Santo Concepcionista.

 El paralelismo entre ambos documentos pontificios, y aun entre las dos festividades litúrgicas, salta a la vista.

 La realeza de Cristo es consustancial, escribíamos antes, con el cristianismo; la de María también. La realeza de Cristo ha sido fijada para siempre en el bronce de las Sagradas Escrituras y de la tradición patrística; la de María lo mismo.

 La realeza de Cristo, lo insinuábamos al principio, descansa sobre dos hechos fundamentales: la unión hipostática —así la llaman los teólogos y no acierta uno a desprenderse de esta nomenclatura— y la redención; la de María, por parecida manera, estriba sobre el misterio de su Maternidad Divina y el de Corredención.

 Ni podría suceder de otra manera. Los títulos y grandezas de nuestra Señora son todos reflejos, en cuanto que, arrancando frontalmente del Hijo, reverberan en la Madre, y la realeza no había de ser excepción. La Virgen, escribe el óptimo doctor mariano San Alfonso de Ligorio, es Reina por su Hijo, con su Hijo y como su Hijo. Es patente que se trata de una semejanza, no de una identidad absoluta.

 “El fundamento principal —decía Pío XII—, documentado por la Tradición y la Sagrada Liturgia, en que se apoya la realeza de María es, indudablemente, su Divina Maternidad. Y así aparecen entrelazadas la realeza del Hijo y la de la Madre en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia. El evangelio de la Maternidad Divina es el evangelio de su realeza, como lo reconoce expresamente el Papa; y el mensaje del arcángel es mensaje de un Hijo Rey y de una Madre Reina.

 Entre Jesús y María se da una relación estrechísima e indisoluble —de tal la califican Pío IX y Pío XII—, no sólo de sangre o de orden puramente natural, sino de raigambre y alcance sobrenatural trascendente. Esta vinculación estrechísima e indisoluble, de rango no sólo pasivo, sino activo y operante, la constituye a la Virgen particionera de la realeza de Jesucristo. Que no fue María una mujer que llegó a ser Reina. No. Nació Reina. Su realeza y su existencia se compenetran. Nunca, fuera de Jesús, tuvo el verbo “ser” un alcance tan verdadero y sustantivo. Su realeza, al igual que su Maternidad, no es en Ella un accidente o modalidad cronológica. Más bien fue toda su razón de ser. Predestinóla el cielo, desde los albores de la eternidad, para ser Reina y Madre de Misericordia.

 Toda realeza como toda paternidad viene de Dios, Rey inmortal de los siglos. Pero un día quiso Dios hacerse carne en el seno de una mujer, entre todas las mujeres bendita, para así asociarla entrañablemente a su gran hazaña redentora. Y este doble hecho comunica a la Virgen Madre una dignidad, alteza y misión evidentemente reales.

 Saliendo al paso de una objeción que podría hacerse fácilmente al precedente raciocinio, escribe nuestro Cristóbal Vega que, si la dignidad y el poder consular o presidencial resulta intransferible, ello se debe a su peculiar naturaleza o modo de ser, por venir como viene conferido por elección popular. Pero la realeza de Cristo no se cimenta en el sufragio veleidoso del pueblo, sino en la roca viva de su propia personalidad.

 Y, por consecuencia legítima, la de su Madre tampoco es una realeza sobrevenida o episódica, sino natural, contemporánea y consustancial con su maternidad divina y función corredentora. Con atuendo real, vestida del sol, calzada de la luna y coronada de doce estrellas viola San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis, asociada a su Hijo en la lucha y en la victoria sobre la serpiente, según que ya se había profetizado en el Génesis.

 Y esta realeza es cantada por los Santos Padres y la Sagrada Liturgia en himnos inspiradísimos que repiten en todos los tonos el “Salve, Regina”.

 Hable por todos nuestro San Ildefonso, el capellán de la Virgen, cantor incomparable de la realeza de María, que, anticipándose a Grignon de Monfort y al español Bartolomé de los Ríos, agota los apelativos reales de la lengua del Lacio: Señora mía, Dueña mía, Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas, Dominadora mía y Emperatriz.

 Realeza celebrada en octavas reales, sonoras como sartal de perlas orientales y perfectas como las premisas de un silogismo coruscante, por el capellán de la catedral primada don José de Valdivielso, cuando, dirigiéndose a la Virgen del Sagrario, le dice:

Sois, Virgen Santa, universal Señora
de cuanto en cielo y tierra ha Dios formado;
todo se humilla a Vos, todo os adora
y todo os honra y a vuestro honrado;
que quien os hizo de Dios engendradora,
que es lo que pudo más haberos dado,
lo que es menos os debe de derecho,
que es Reina universal haberos hecho.

Los dos versos finales se imponen con la rotundidez lógica de una conclusión silogística.

En el 2º concilio de Nicea, VII ecuménico, celebrado bajo Adriano en 787, leyóse una carta de Gregorio II (715-731) a San Germán, el patriarca de Constantinopla, en que el Papa vindica el culto especial a la “Señora de todos y verdadera Madre de Dios”.

Inocencio III (1198-1216) compuso y enriqueció con gracias espirituales una preciosa poesía en honor de la Reina y Emperatriz de los ángeles.

Nicolás IV (1288-1292) edificó un templo en 1290 a María, Reina de los Angeles.

Juan XXII (1316-1334) indulgenció la antífona “Dios te salve, Reina”, que viene a ser como el himno oficial de la realeza de María.

Los papas Bonifacio IX, Sixto IV, Paulo V, Gregorio XV, Benedicto XIV, León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI repiten esta soberanía real de la Madre de Dios.

Y Pío XII, recogiendo la voz solemne de los siglos cristianos, refrenda con su autoridad magisterial los títulos y poder reales de la Virgen y consagra la Iglesia al Inmaculado Corazón de María, Reina del mundo. Y en el radiomensaje para la coronación de la Virgen de Fátima, al conjuro de aquellas vibraciones marianas de la Cova de Iría, parece trasladarse al día aquel, eternamente solemne, al día sin ocaso de la eternidad, cuando la Virgen gloriosa, entrando triunfante en los cielos, es elevada por los serafines bienaventurados Y los coros de los ángeles hasta el trono de la Santísima trinidad, que, poniéndole en la frente triple diadema de gloria, la presentó a la corte celeste coronada Reina del universo… “Y el empíreo vio que era verdaderamente digna de recibir el honor, la gloria, el imperio, por estar infinitamente más llena de gracias, por ser más santa, más bella, más sublime, incomparablemente más que los mayores santos y que los más excelsos ángeles, solos o todos juntos, por estar misteriosamente emparentada, en virtud de la Maternidad Divina, con la Santísima Trinidad, con Aquel que es por esencia Majestad infinita, Rey de Reyes y Señor de Señores, como Hija primogénita del Padre, Madre ternísima del Verbo, Esposa predilecta del Espíritu Santo, por ser Madre del Rey Divino, de Aquel a quien el Señor Dios, desde el seno materno, dio el trono de David y la realeza eterna de la casa de Jacob, de Aquel que ofreció tener todo el poder en el cielo y en la tierra. El, el Hijo de Dios, refleja sobre su Madre celeste la gloria, la majestad, el imperio de su realeza, porque, como Madre y servidora del Rey de los mártires en la obra inefable de la Redención, le está asociada para siempre con un poder casi inmenso en la distribución de las gracias que de la Redención derivan…”

Por esto la Iglesia la confiesa y saluda Señora y Reina de los ángeles y de los hombres.

Reina de todo lo creado en el orden de la naturaleza y de la gracia.

Reina de los reyes y de los vasallos.

Reina de los cielos y de la tierra.

Reina de la Iglesia triunfante y militante.

Reina de la fe y de las misiones.

Reina de la misericordia.

Reina del mundo, y Reina especialmente nuestra, de las tierras y de las gentes hispanas ya desde los días del Pilar bendita. Reina del reino de Cristo, que es reino de “verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Y en este reino y reinado de Cristo, que es la Iglesia santa, es Ella Reina por fueros de maternidad y de mediación universal y, además, por aclamación universal de todos sus hijos.

En este gran día jubilar de la realeza de María renovemos nuestro vasallaje espiritual a la Señora y con fervor y piedad entrañables digámosla esa plegaria dulcísima, de solera hispánica, que aprendimos de niños en el regazo de nuestras madres para ya no olvidarla jamás:

“Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; Dios te salve”.

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21 de agosto. Día del Catequista.

Tumba san Pío X. Vaticano. enero 2015

Tumba san Pío X. Vaticano. enero 2015

SAN PÍO X

 († 1914)

San Pío X está muy reciente en el amor de la Iglesia. Aún perdura el grato recuerdo de su memoria —no hace cincuenta años que nos dejó— como el perfume que llena las naves del templo después de una solemne ceremonia religiosa. San Pío X es algo muy reciente en la Iglesia. Reciente su elevación a los altares por Pío XII, y más reciente la visita de su cuerpo a la bella Venecia en cumplimiento de una vieja promesa hecha a sus amados diocesanos:

 —Vivo o muerto volveré a Venecia.

 En la basílica de San Pedro de Roma un sencillo y hermoso sepulcro guarda sus restos. Este sepulcro es hoy día uno de los lugares vivos de la oración. Nunca faltan allí el recuerdo de las flores secas y la plegaria de los romanos y cuantos católicos visitan el templo de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

 Hay otra presencia más viva y fecunda de San Pío X. Presencia de alma a alma, que es como la gracia de su intercesión ante Dios. Cuántos sacerdotes de nuestros días se miran en el rostro de San Pío X y sacan de su ejemplo el impulso de un sacerdocio verdaderamente santo. Me parece que este hecho no se podía escapar de mis líneas al trazar su semblanza, y que debía hacer constancia de él para las nuevas generaciones de hijos de Dios que nos sucedan.

 San Pío X ha dado jornadas de inmensa gloria de Dios a su Iglesia del siglo XX.

 Su figura noble y bondadosa es algo muy cercano que cuelga de la pared de nuestro despacho o se esconde en las páginas de nuestro breviario.

 En muy pocas palabras nos resume su vida la lápida de su sepulcro:

 “Pío Papa X, pobre y rico, suave y humilde, de corazón fuerte, luchador en pro de los derechos de la Iglesia, esforzado en el empeño de restaurar en Cristo todas las cosas.”

 San Pío X nació en Riese, humilde pueblo del norte de Italia, el 2 de junio de 1835. El nombre de bautismo era José Melchor Sarto. Sus padres se llamaban Juan Bautista Sarto y Margarita Sansón. Tuvieron diez hijos, de los cuales vivieron ocho.

 Juan Bautista era alguacil del ayuntamiento de Riese. En su oficio entraba hacer la limpieza de la casa-ayuntamiento y los recados del alcalde. Por todo ello recibía cincuenta céntimos diarios.

 Los padres de San Pío X eran pobres, pero muy piadosos. Sobre todo, su madre.

 “Siendo Beppi Sarto —dice René Bazin—, hijo de padres tan cristianos, no podía dejar de amar a la Iglesia, a los oficios, al cura, al cielo, del que se aparta a tantos niños.

 Vistió muy pronto la sotana de acólito y empezó a decir que deseaba ser sacerdote.

 A los once años hizo la primera comunión. Uno necesariamente tiene que pensar aquí en el amor con que recibiría a Jesús Eucaristía aquel niño que un día Papa iba a abrir de par en par las puertas del sagrario a los pequeños.

 El cura de Riese, que se llamaba don Tito Fusarini, conocía muy bien a Beppi y decía de él:

 —Es el alma noble de este país.

 Todos los niños saben que para ser sacerdote hay que saber latín. También lo sabía el pequeño Beppi. Para ello tuvo que ir a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Y después, al seminario de Padua. Antes hay que conseguir una beca. De esto se encarga el cura de Riese, quien un día llama con bastante misterio al muchacho y le dice:

 —”De rodillas, Beppi, y da gracias a Dios, que, seguramente, tiene algún designio para ti: pronto entrarás en el seminario, y, como yo, tú también serás sacerdote.”

 José Sarto fue siempre un estudiante aventajado. Junto a las notas de los archivos del seminario de Padua se ha conservado este juicio: “Discípulo irreprochable; inteligencia superior; memoria excelente; ofrece toda esperanza”.

 Fue ordenado sacerdote el 18 de septiembre de 1858 en la catedral de Castelfranco. Al día siguiente canta su primera misa en Riese, ante las lágrimas y gozo de su madre y sus hermanas.

 Don José era un sacerdote de buena estatura, muy delgado, pero de fuerte osamenta y estaba dotado de un rostro encantador, La frente, alta; los cabellos, abundantes y echados hacia atrás; los labios, finos; las mejillas y el mentón sólidamente modelados. Pero, sobre todo, un alma que iluminaba todos sus rasgos del cuerpo con una mirada de pureza, de suavidad, que se transparentaba en sus ojos. Alguien dirá más tarde de Pío X:

 “Todo corazón recto vuela hacia él.”

 Y después de la primera audiencia que como Papa concedió al cuerpo diplomático, preguntaban éstos al cardenal Merry del Val:

 —Monseñor, ¿qué tiene este hombre que atrae tanto?

 La vida sacerdotal de don José Sarto empieza como coadjutor de Tómbolo y termina en la cátedra de Pedro. Se puede decir que pasó por la mayoría de los cargos por que puede pasar un eclesiástico. Un estupendo aprendizaje brindado por la Providencia al hijo del humilde alguacil de Riese.

 Hay una hermosa anécdota de sus tiempos de cardenal de Venecia. Nos la cuenta don José María Javierre en su estupenda vida de San Pío X.

 Al patriarca de Venecia, la ciudad más bella del mundo, le gustaba jugar alguna que otra vez una partidita a los naipes. Esta tarde son cinco amigos en torno a la mesa. Una niebla espesa cubre los canales y apenas se divisan las luces movedizas de las góndolas. Dentro se está bien al calorcillo de la estufa. Se acaba la partida y Rosa, la hermana del cardenal ha traído unas tacitas de café. Brota la charla festiva.

 —De todos modos —bromea el cardenal—, me dará mucha pena dejar Venecia. Sí, porque pronto se cumplirá mi fecha. Cada nueve años cae una hoja de mi calendario. Fui nueve años coadjutor de Tómbolo. Nueve años párroco de Salzano, y otros nueve, canónigo de Treviso. Nueve años goberné Mantua como obispo. ¿Qué me harán al terminar mis nueve años de patriarca en Venecia? ¿Papa? Porque otra solución no veo.

 Ríen todos. El patriarca está firmemente convencido de que sus días terminarán en Venecia.

 Pero Dios ha dispuesto otra cosa. A los nueve años es elegido Papa y tiene que dejar su amada Venecia.

 El Papa ha muerto. León XIII, el anciano y sabio pontífice acaba de morir. Los cardenales de todo el mundo se han reunido en Roma para elegir al nuevo Papa. Al lado del cardenal Sarto está el cardenal Lecot, arzobispo de Burdeos, quien le pregunta en francés:

 —Vuestra eminencia es, sin duda, arzobispo en Italia. ¿De qué diócesis?

 —No hablo francés —responde Sarto en italiano.

 —¿De qué diócesis sois arzobispo? —pregunta ahora en latín, el cardenal francés.

 —Soy patriarca de Venecia.

 —¿Y no habláis francés? Por tanto no sois papable, pues el Papa debe hablar francés.

 —Cierto, eminencia, no soy papable. Gracias a Dios.

 A pesar de no saber francés fue elegido Papa. Se resistió cuanto pudo, pero finalmente tuvo que rendirse a lo que claramente era la voluntad de Dios.

 El cardenal Oreglia, decano del Sacro Colegio y camarlengo de la Santa Romana iglesia, se acerca al trono del patriarca de Venecia para recibir su aceptación del Sumo Pontificado:

 —¿Aceptas la elección que acaba de hacerse de tu persona, en calidad de Papa?

 Un momento de silencio, y el elegido contesta:

 —Que ese cáliz se aparte de mí. Sin embargo, que se haga la voluntad de Dios.

 La contestación no fue considerada válida y el cardenal decano insiste:

 —¿Aceptas la elección que acaba de ser hecha de tu persona, en calidad de Papa?

 El cardenal Sarto contesta:

 —Acepto, como una cruz.

 —¿Cómo quieres ser llamado?

 —Puesto que debo sufrir, tomo el nombre de los que han sufrido: me llamaré Pío.

 El 4 de octubre de 1903 publica Pío X su primera encíclica que empieza por las palabras E supremi apostolatus cathedra. En ella va el programa de todo su pontificado: Restaurar todas las cosas en Cristo.

 “Puesto que plugo a Dios —dice— elevar nuestra bajeza hasta esta plenitud de poder, Nos sacamos ánimo de Quien nos conforta, y poniendo manos a la obra, sostenido por la fuerza divina, Nos declaramos que nuestro fin único, en el ejercicio del Sumo Pontificado, es restaurar todo en Cristo, a fin de que Cristo sea todo y esté en todo…”

 Pío X, intrépido y manso, va a dar a la Iglesia de Cristo uno de los pontificados más fecundos de toda la historia. Pío X es el papa de la Eucaristía, de la codificación del Derecho canónico, de la condenación del modernismo y restaurador de la música sacra. Cada una de estas empresas es suficiente para hacer glorioso a un pontificado.

 San Pío X abrió las puertas del sagrario a los niños. El jansenismo había propagado un concepto de Dios demasiado severo. Exigía una pureza extraordinaria para acercarse a comulgar. A los niños no se les permitía hacerlo hasta los doce años o más. Y una vez hecha la primera comunión, las restantes se distanciaban mucho.

 Pío X señaló los siete años como edad normativa para la primera comunión. Basta —decía— que los niños conozcan las verdades fundamentales de la fe y sepan distinguir este pan divino del otro pan.

 Una dama inglesa presentó su chiquitín a Pío X pidiéndole la bendición.

 —¿Cuántos años tiene?

 —Cuatro, Santidad, y espero que dentro de poco pueda él recibir la comunión.

 —¿A quién recibirás en la comunión?

 —A Jesucristo.

 —¿Y Jesucristo, quién es?

 —Es Dios —contestó el pequeño sin titubeos.

 —Tráigamelo mañana —dijo a la madre—, y yo mismo le daré la comunión.

 Uno de los problemas más difíciles de su pontificado fue la condenación del modernismo. Este le costó la encíclica Pascendi, probablemente la más importante de San Pío X. En ella califica a estas doctrinas como “el punto de cita de todas las herejías”. Era un ataque sutil a la revelación y sentido sobrenatural del catolicismo. Algo muy peligroso por salir del mismo seno de la Iglesia y minar los fundamentos de nuestra santa religión. Influenciados por las corrientes filosóficas en boga daban una interpretación enteramente natural y racionalista de las verdades religiosas, Hizo falta el instinto sobrenatural de un santo y toda la fortaleza del espíritu de Dios para desenmascarar y afrontar al modernismo.

 Fueron días de tormenta para la barca de Pedro. No era fácil ver claro entonces. Hoy, en cambio, todos vemos claro la certeza con que obró el Papa.

 Otra gran empresa de San Pío X fue la codificación del Derecho canónico.

 En una audiencia con monseñor Gasparri, uno de los canonistas más eminentes del momento, le dice el Papa:

 —Seguramente, es posible la codificación del Derecho canónico.

 —Sí, Santo Padre.

 —Pues bien, hágala usted.

 No pudo ver esta obra terminada. El día de Pentecostés de 1917 promulgaba Benedicto XV esta gran obra legislativa.

 Escogió el nombre de Pío porque así se habían llamado los papas que habían sufrido mucho. No se equivocó; tuvo que sufrir mucho. El mayor sufrimiento le vino de Francia, la hija mayor de la Iglesia.

 El 6 de diciembre de 1905 el Parlamento francés votó la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. Era el laicismo para el pueblo francés y la pobreza para la Iglesia de Francia.

 El 11 de febrero de 1906 se dirigía el Papa a los cardenales, obispos, clero y pueblo de Francia:

 “Tenemos la esperanza, mil veces cumplida, de que jamás Jesucristo abandonará a su Iglesia, y jamás la privará de su apoyo indefectible. No podemos temblar por el futuro de la Iglesia. Su fuerza es divina… y contamos con experiencia de siglos.”

 El catolicismo francés cuenta en nuestros días con un magnífico florecimiento. Sin duda que Pío X no tiene en ello la menor parte.

 Don José María Javierre tiene en su vida de Pío X un capítulo extraño y simpático. Se titula “Los defectos de Pío X”. Acaso sea la única vida de santos que tiene ese capítulo, aunque lo deberían de tener todas. Así nos daríamos perfectamente cuenta de lo que les costó llegar a la santidad y nos animaríamos a imitarlos.

 Allí se nos cuenta que José Sarto era de un temperamento fuerte y que en un momento de intenso dolor de muelas dio un tortazo a su hermana Rosa.

 A cargo de su ironía se cuentan bastantes anécdotas. De no ser santo, hubiese sido mordaz e insoportable. Pero la santidad despejó totalmente este peligro.

 La gente empezó a equivocarse cariñosamente y a llamarle Papa Santo. El corregía inmediatamente:

 —No Papa Santo, sino Papa Sarto.

 Esa santidad suya se reflejaba en su rostro, en sus palabras, en su espíritu de oración y en su incansable sentido apostólico. Cuantos le trataron de cerca aseguraban que acababan de ver a un santo. En vida se le atribuían milagros.

 Su blanca figura de Papa era la encarnación de la mansedumbre y el sentido sobrenatural.

 La Iglesia ha reconocido oficialmente su santidad. El 29 de mayo de 1954 es elevado al honor de los altares por Su Santidad Pío XII.

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Festejo del dia del Niño y del Catequista en nuestra Parroquia de santa Inés.

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21 de agosto.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

Homilía para el XXI Domingo durante el año C

El poema del libro de Isaías, que hemos tenido como primera lectura, es uno de los textos “universalistas” (universalista: salvación para todo el mundo. Particularista: salvación para un pueblo o nación) más sorprendentes de todo el Antiguo Testamento. Al pueblo de Israel, convencido de ser el único pueblo elegido de Dios y el único destinatario de todos los privilegios de la salvación, Isaías le anuncia que Dios mandará sus mensajeros a todas las naciones y vendrán de todos los pueblos para ofrecer culto en Jerusalén.

Lo que Jesús dice en el Evangelio de hoy es ciertamente muy difícil de entender para los que lo escuchaban. Él anuncia que vendrán pueblos de oriente y de occidente, de norte y sur, y se sentarán en la mesa del reino de Dios.

Todavía más sorprendente es la afirmación que, para ser admitidos al banquete, no es importante formar parte de alguna institución, sino seguir fielmente sus enseñanzas. Muchos vendrán y dirán: “Aquí estoy Señor” ¿Nos conocemos bien, nosotros, no? Fui católico toda la vida. Participé de diversas asociaciones pías. Tengo todavía mis distintivos y mis diplomas. Pagué mi cuota todos los años. Formé parte de la Acción Católica, de Cáritas, del Opus Dei, de cursillos, partida, de la Legión de María, del camino Neocatecumenal, etc.” El Señor dirá: “Lo siento, pero no te conozco”. Tú no eres alguien que vivió según mis mandamientos de amor y de justicia, de compasión y de perdón. Sentí hablar de vos, pero no te conozco. Tú no compartiste tus riquezas con los pobres. Tú has sido despiadado en los negocios y has provocado la ruina de muchos. Nunca has olvidado un insulto o una injusticia súbita de un hermano tuyo desde hace veinte años. Los siento, pero no eres uno de los míos”. O situaciones por el estilo.

Vendrá después alguno que nunca sintió hablar de Jesús, o quizá, alguno que sea considerado no creyente, porque se quedaba en la falsa idea de Dios que se le mostraba. Y Jesús le dirá: “Bienvenido a mi reino”. Esta persona tal vez le diga: “Mira que te equivocas, me abras tomado por otro. ¿No sabes que no soy católico? O tal vez: que he abandonado la Iglesia a los 18 años?” Y Jesús entonces le dirá: “Lo que tienes como ideas no me interesa. El hecho es que tu corazón siempre estuvo conmigo. Tú has vivido según mis mandamientos, por los cuales viví y morí. Tú me has conocido siempre, aunque ignorabas mi nombre. Bienvenido a mi reino”. Estos buscaban la verdad y por lo tanto hacían el bien. Porque Cristo es la camino, Verdad y vida.

Esto por ahí escandaliza a los buenos cristianos que creemos ser, pero es la enseñanza de Jesús.

El hecho que Jesús había elegido a Israel no comportaba ningún privilegio. Esta elección confería solamente al pueblo de Israel un rol único en el plan universal de salvación -una salvación que es para todas las naciones. Análogamente, el hecho que nosotros estamos elegidos y llamados a ser miembros de la Iglesia no implica ningún privilegio, conlleva una misión y una responsabilidad.

Estamos llamados a ser auténticos discípulos de Cristo. Ser discípulos de Cristo quiere decir ponerse a seguirlo y vivir según sus enseñanzas. La Iglesia es la comunidad de todos los discípulos de Cristo que se reconocen como tal. Si formo parte de la Iglesia, pero no vivo según las enseñanzas de Jesús, no soy su discípulo. Mi pertenencia a la Iglesia está vacía de sentido. Por otra parte, alguno puede no pertenecer a la Iglesia, visiblemente, pero ser un auténtico discípulo de Cristo, aunque nunca haya sentido hablar de él, porque vive según los valores humanos y espirituales por los que Jesús vivió y murió, es decir busca y realiza la verdad, rechaza el error.

Si nosotros somos, como espero que lo seamos, miembros de la Iglesia y al mismo tiempo discípulos de Cristo, vale decir, personas que se esfuerzan, a pesar de las propias debilidades, por vivir según el mensaje de Cristo, entonces tenemos, en el plan de salvación de Dios para la humanidad, una responsabilidad grandísima: tenemos la responsabilidad de hacer conocer la persona, el nombre y el mensaje de Cristo al rededor nuestro, con nuestra vida y con nuestras palabras.

Veamos entonces en el Evangelio de hoy no la seguridad gratificante que nosotros formamos parte del pequeño número de privilegiados, sino más bien el llamado a una bella misión y al mismo tiempo de anunciar y vivir, decir y hacer, para conocer a Jesús y ser conocidos por él.

San Agustín hablando de cuantos se salvan y de los que vendrán de oriente y de occidente, comenta: “Si, entonces, hermanos míos, hablo a los granos de trigo, si los predestinados al reino de los cielos, entienden esto que les digo, hablen con las obras, no con palabras. Estoy empujado a decirles lo que no les debería haber dicho nunca. Tendría que haber, en efecto, encontrado en ustedes motivos de alabanza, no motivos de reproche. Lo digo rápido. Tomen conciencia del deber de la hospitalidad, es el camino para llegar a Dios. Si recibes a un huésped, recibes un compañero de viaje, porque todos somos viajeros. Lo es el cristiano que reconoce ser un peregrino, sea en su casa, o en su patria. Nuestra patria está allá arriba: solo allí no seremos huéspedes. Aquí, también en su casa, cada uno es huésped. Si no fuera huésped no se iría nunca. Si un día se va, es huésped. No se engañen, se es huésped, se quiera o no. Pero deja su casa a sus hijos. No dice nada: es un huésped que deja el puesto a otro huésped. En un hotel, ¿no dejas el lugar a otro que llega? Así en tu casa. El padre deja el lugar al hijo, y este a los suyos. No estamos para permanecer; y no se dejará a uno que permanezca. Si debemos todos pasar, busquemos de hacer algo que no pase porque una vez pasados y llegados allí donde no se parte más, encontremos nuestras obras buenas. Cristo es el custodio ¿podemos temer no tener más lo que le confiamos?” ( Agostino, Sermo 111, 1-2. Lezionario “I Padri vivi” 191)

Para ser conocidos de Jesús tenemos que tener obras y no títulos y jaculatorias, todas las pertenencias y títulos son tales si hacemos los que Jesús nos enseña, hagamos un tesoro de obras en el cielo, san Agustín lo dice claro, no podemos tener miedo de perder lo que le confiamos a Cristo; es más, lo único que es de verdad nuestro es lo que Él nos custodia. María la Virgen obediente interceda por nosotros, para que reconozcamos a Cristo y Él nos reconozca.

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19 de agosto.

JuanEudes-19Agosto

SAN JUAN EUDES

(†  1680)

En la noche de Navidad de 1625, en la capilla del Oratorio de París, capilla y altar dedicados a la Santísima Virgen, decía su primera misa un joven sacerdote normando. Aquel mismo día hizo el voto de perpetua servidumbre a Jesús y María.

 No habían pasado aún dos años desde que, atraído por la doctrina espiritual y prendado por los planes apostólicos del célebre cardenal De Bérulle, había ingresado en el Oratorio. ¿Quién podía vislumbrar en aquellos momentos cuál fuera el futuro brillante, aunque doloroso, del novel sacerdote?

 Su vida sería larga: ochenta años. El voto de servidumbre que acababa de recitar la resumiría perfectamente. Juan Eudes no viviría para sí, sino para Jesús y María. Necesitaría todo su tesón normando para no cejar en aquella batalla continua y dura, que cubriría toda su vida sacerdotal. Habría de luchar y sufrir por la salvación de sus hermanos y la gloria de Jesús y María. Ello sólo le interesaba.

 Quiso la Providencia que viviera en los días de mayor esplendor de la historia de Francia. No le faltaron contactos con los principales personajes y actores de él. Pero a Eudes nada le interesaban los triunfos temporales y descansaba en la abundante cosecha de sinsabores y amarguras que siempre le acompañó. Por doquiera le surgieron enemigos enconados. De entre los que debieran ser sus amigos, como servidores del mismo Dios, y de entre los separados por el hondo foso de las diferencias ideológicas. En su propia casa le acecharía la traición. En aquella cruz constante, cruz dura y dolorosa, Eudes veía el sello del beneplácito divino que, contra el parecer de los hombres, refrendaba su apostolado y sus obras. Fiel a la voluntad del Señor, su siervo caminaría hasta el fin.

 Había venido al mundo en un pueblecito normando, de la diócesis de Séez: Ri. Era el 14 de noviembre de 1601. Pocos años antes la peste lo había asolado. De la familia Eudes sólo sobrevivió un varón: Isaac. Para que no pereciera la familia, Isaac, a punto de ordenarse de subdiácono, renuncia a la carrera eclesiástica, vuelve a la heredad paterna, la cultiva y con su esfuerzo logra crearse una posición desahogada. En las postrimerías del siglo XVI contrae matrimonio con Marta Corbin, mujer de ejemplares virtudes y de una probada y no común energía de carácter.

 De Isaac Eudes, que, casado y padre de siete hijos, rezaba diariamente el oficio divino, y de Marta Corbin nació Juan Eudes. Era el mayor de los hermanos.

 Próximo a cumplir sus catorce años, fue encomendada su educación a los padres jesuitas que, en Caen, regentaban el Real Colegio del Monte. Allí cursó los estudios de humanidades y filosofía. Muchos años después, en la conclusión de su libro El corazón admirable, Eudes recordará con agradecimiento a su antiguo colegio y a su congregación mariana. En septiembre de 1620 recibió la tonsura y las órdenes menores.

 Dos años después, cuando ya adelantaba en sus estudios de teología, se creó en Caen una casa del Oratorio, instituto recientemente fundado, en París, por el padre De Bertille. Conoció Eudes a los oratorianos e inmediatamente simpatizó con ellos.

 El cardenal De Bérulle fue una de las grandes glorias religiosas de la Francia del Siglo de Oro. Enamorado de su sacerdocio, añoraba los días antiguos en que el clero “no respiraba más que cosas santas, dejando las profanas a los profanos, y llevaba profundamente grabado en sí mismo la autoridad de Dios, la santidad de Dios y la luz de Dios”. Pero, ¡qué distinto espectáculo presentaba el clero de sus días! Se ha podido escribir que “el nombre de sacerdote había llegado a ser sinónimo de ignorante y libertino”. De Bérulle quiso rehabilitarlo. El Oratorio tendrá como misión santificar al clero secular.

 ¿No era la santidad lo que desde su niñez anhelaba Eudes? En su Memorial dejará anotado: “Fui recibido y entré en la congregación del Oratorio, en la casa de Saint-Honoré, de París, por su fundador el reverendo padre De Bérulle, en el año de 1623, el 25 de marzo”. En 1625 fue ordenado de presbítero y en 1627 volvió a su tierra, cuando nuevamente se ensañaba en ella la peste. Adscrito a la casa de Caen, el padre Eudes atiende a los apestados, se dedica al estudio y a la oración e inicia la predicación de misiones populares, apostolado que constituirá una de las grandes tareas de su vida.

 Toda la vida del padre Eudes había de ser un martirio continuado, por lo que no podemos olvidar el voto que hiciera al Señor en 1637: “Me ofrezco y me entrego, me dedico y consagro a Vos, oh Jesús mi Señor, como hostia y víctima para sufrir en mi cuerpo y en mi alma, según vuestro agrado y mediante vuestra santa gracia, toda clase de penas y tormentos, incluso el derramamiento de mi sangre y sacrificio de mi vida con cualquier género de muerte. Y esto, sólo para vuestra gloria y por vuestro puro amor”.

 En 1640 fue nombrado superior del Oratorio de Caen. Poco tiempo lo sería.

 El padre Eudes había comprobado el bien inmenso que las misiones realizaban en la población; mas una preocupación le inquietaba: ¿Era posible que el fruto perdurase sin un clero que acogiera y alimentara los buenos propósitos?

 El clero. Al padre Eudes le preocupaba el clero. “¿Qué se puede esperar de estos pobres hombres con disposiciones excelentes —decía refiriéndose a los seglares— si están bajo la dirección de tales pastores como por doquier vemos?. ¿No es lógico que, olvidando pronto las grandes verdades que les impresionaron durante la misión, caigan en sus anteriores desórdenes?”

 Pensando en ello había dedicado en algunas misiones conferencias especiales a los eclesiásticos. No bastaba. Eudes comienza a pensar en una congregación que tuviera por primera finalidad el crear y regir seminarios para la formación y santificación del clero. Su pertenencia al Oratorio es un obstáculo para sus proyectos.

 En 1642 es llamado a París por el cardenal Richelieu y cambia impresiones con él sobre sus planes. El cardenal le comprende perfectamente; él también sueña con la erección de seminarios y le promete su apoyo. El cardenal muere a fines del mismo año, pero la autorización real para la fundación de la nueva congregación es firmada en el mes de diciembre.

 El padre Eudes está resuelto a abandonar el Oratorio. Ningún obstáculo canónico existe, pues en el Oratorio no hay votos religiosos que vinculen a sus miembros con el instituto. Entretanto, para evitar posibles complicaciones, las letras reales se expiden a nombre de monseñor D’Angennes, obispo de Bayeux, amigo y protector del Santo.

 A principios de 1643 el padre Eudes vuelve a Caen. Todo está decidido. Abandona el Oratorio y el 25 de marzo nace la Congregación de los Seminarios de Jesús y de María.

 La congregación nació en la fiesta de la Anunciación, porque pretendía “continuar el trabajo y las funciones del Verbo Encarnado y debía estar consagrada por entero a Jesús y María”. Sus finalidades, tal como se concretan en las letras de Luis XIII, son: “Trabajar con el ejemplo y la instrucción por establecer la piedad y santidad entre los sacerdotes y aquellos que aspiran al sacerdocio, enseñándoles a llevar una vida conforme a la dignidad y santidad de su condición, y desempeñar convenientemente todas las funciones sacerdotales, como también emplearse en la enseñanza de la doctrina cristiana por medio de misiones, predicaciones, exhortaciones, conferencias y otros ejercicios”.

 Seminarios y misiones. Pero, en primer término, seminarios.

 Seis años hacía que el padre Eudes había firmado con su sangre el voto martirial; ahora, separándose del Oratorio, desencadenaba el inacabable séquito de dolores, persecuciones y calumnias que no le abandonaría jamás.

 En todas sus negociaciones, tanto ante las autoridades regionales como en París, tanto ante los obispos como en las Congregaciones romanas, el padre Eudes tropezará con una enemiga tenaz y poderosa, abierta unas veces, solapada otras, que no reparará en dificultades ni en la licitud de los medios y tratará de hacerle fracasar y con frecuencia lo conseguirá. Si en 1648 logró en Roma la aprobación del seminario de Caen, en noviembre de 1650 el obispo de la misma ciudad, monseñor Malé, sucesor de monseñor D’Arigennes, llegará a clausurarle la capilla.

 Eudes no desiste. En 1652 ultima las constituciones de su congregación. En 1653, muerto monseñor Malé, la autoridad diocesana permite la apertura de la capilla del seminario de Caen. Tendrá que luchar para aclarar malentendidos y refutar calumnias. El sigue adelante. Tras del seminario de Caen vendrán los de Coutances en 1650, Lisieux en 1653, Evreux en 1667 y Rennes en 1670.

 Su apostolado entre los sacerdotes se intensifica. A ellos dedica retiros especiales en sus misiones; para ellos escribe diversos libros que los ayuden en su vida espiritual o pastoral. Y su enamoramiento del sacerdocio halla expresión magnífica y bella en su oficio del sacerdocio de Cristo y de los santos sacerdotes, que le fue aprobado por la autoridad eclesiástica en 1652.

 La Congregación de Jesús y María había de dedicar una atención primordial a la fundación de seminarios y a la formación del clero. Por tal motivo, el padre Eudes había abandonado el Oratorio. Ella nació en el laborar misional del Santo, al contacto con las necesidades espirituales de los pueblos misionados. San Juan había nacido misionero y jamás dejaría de serlo; la congregación que él fundara sería también misionera. En el Oratorio comenzó el misionar del padre Eudes y continuó toda su vida, con gran éxito visible y espiritual. Cruzó en todas direcciones su provincia natal de Normandía. Las poblaciones de gran parte de Bretaña, Picardía, Ile-de-France, Perche, Brie y Borgoña se apiñaron cabe su púlpito. Ciudades populosas como Caen, Rouen, Autun, Beaune, Versalles y París escucharon su predicación.

 Recorriendo el Memorial en que el Santo recogió los principales recuerdos de su vida hallamos mencionadas unas ciento diez misiones predicadas desde 1632 hasta 1676, y no puede olvidarse que la duración mínima ordinaria de una misión era de seis semanas y algunas, como la de Rennes, en 1667, se prolongó durante cinco meses.

 Su predicación era ardorosa y vibrante. Dotado de un temperamento ardiente y apasionado, sus palabras brotaban directamente del corazón. Le llamaron “león en el púlpito y cordero en el confesonario”. Tronaba sin compasión contra los vicios y con espíritu de caridad hacia los pobres pecadores, cuya suerte le acongojaba. Su palabra se alzaba enérgica y libre, con la santa libertad de los apóstoles. Buen ejemplo de ello dio en la misión de Saint-Germain-des-Prés (1660), en presencia de la reina de Francia y de la corte. Poco antes el fuego había destruido, en parte, el palacio del Louvre, y de ello tomó pie el Santo para recordar a sus oyentes que, si a los príncipes les está permitido edificar Louvres, Dios les manda aliviar a sus súbditos desgraciados; que no pueden pasar los días y los años en diversiones, pues no es ése el camino del cielo; que si el fuego temporal no había respetado la mansión real, tampoco el fuego eterno respetaría a los reyes y príncipes que no vivieran como cristianos; que causaba grande pena, finalmente, ver a los grandes de la tierra asediados por una multitud de aduladores sin que casi nunca se les diga la verdad y que él se consideraría por muy culpable si ocultara estas cosas a su majestad.

 De las misiones nació la Congregación de Jesús y de María; de ellas nacería también la de Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a la rehabilitación de las desgraciadas víctimas del vicio. Nació esta obra del padre Eudes en los mismos días en que abandonaba el Oratorio y, como todas las suyas, nació y creció en medio de las mayores dificultades exteriores, a las que aquí se sumaron las más penosas interiores. En la consolidación de la nueva congregación tuvieron gran parte las religiosas de la Orden de la Visitación, que, a petición del fundador, se encargaron de la formación de las primeras postulantes. La primera toma de hábito fue la de la señorita Taillefer, en la Orden sor María de la Asunción, el 12 de febrero de 1645. Monseñor Malé, obispo de Bayeux y no afecto al Santo como vimos, aprobó la fundación de la casa de Caen, en 1651. El papa Alejandro VII dio la bula de erección de la nueva Orden el 2 de enero de 1666.

 Aún nacientes sus dos congregaciones, el padre Eudes las consagró, en 1643, a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Esta devoción llena su vida y su apostolado. Ella aparece pujante en todas sus manifestaciones: misiones, cartas, libros… Desde 1643 o, a más tardar, 1644, la Congregación de Jesús y de María celebraba ya la fiesta del Sagrado Corazón de María. Entre 1668 y 1670 el padre: Eudes compuso su oficio del Sagrado Corazón de Jesús, que inmediatamente fue aprobado por varios obispos. Desde 1672 celebra su instituto la fiesta del Corazón de Jesús el día 20 de octubre, día en que aún la celebran por concesión de la Santa Sede, en atención a los méritos de su fundador, a quien San Pío X no dudó en calificar, en el decreto de beatificación, de padre, doctor y apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones. Al año siguiente de disponer el padre Eudes la celebración de la fiesta, se manifestó por primera vez el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.

 El último decenio de la vida de nuestro Santo, como toda su vida, fue abundante en tribulaciones y persecuciones. Su Memorialrepite año tras año: “En este año (1670) quiso el Señor favorecerme con diferentes cruces, por lo que sea eternamente bendecido… En este año (1671) me acompañaron las cruces por todas partes. Eternas gracias sean dadas al amabilísimo Crucificado… En el año de 1672 estuve rodeado de cruces casi sin, interrupción…” Y así continúa. Sus enemigos tradicionales, oratorianos y jansenistas, a los que ahora se sumarán los lazaristas, no cejaron en su empeño de sembrarle de dificultades todos los caminos. En Roma impidieron que llegara a buen término la aprobación canónica de la Congregación de Jesús y de María; en París le hicieron caer en desgracia de Luis XIV, que le desterró de la corte.

 Por su parte los jansenistas atacaban su ortodoxia. “Me cargan con trece herejías —escribía la víctima—. El motivo de toda su cólera está en que me opuse en todas partes a sus novedades, que sostengo en alto la fe en la Iglesia y la autoridad del Romano Pontífice y que he quemado un libro detestable compuesto contra la devoción a la Santísima Virgen.” Llegaron a sobornar a su secretario para que le traicionase. En numerosas cartas expresa el padre Eudes la compasión que siente hacia sus calumniadores y el perdón que rebosa de su corazón. Pero no podía menos de defenderse. El rey encargó del asunto a la asamblea episcopal de la región, reunida en Meulan a fines de 1674; ella le declaró inocente de cuantas acusaciones se acumulaban contra su persona y su doctrina. A mediados de 1679 Luis XIV volvió a acoger en su gracia al Santo, le recibió en audiencia, alabó sus afanes apostólicos y le prometió su apoyo.

 Ya la vida del infatigable misionero tocaba a su fin. Consciente él más que nadie de la precariedad de su salud, convocó en junio de 1680 la primera asamblea de su instituto y en ella presentó la dimisión de su cargo de superior general. Dos meses no habían transcurrido cuando la enfermedad le rindió en el lecho. A sus hijos, que ansiosos le rodeaban, les habló de las alegrías del paraíso y de la eternidad, y de su gran indignidad. Les exhortó a la paz, les consoló de su muerte, les recomendó a Dios y les puso en manos de la Santísima Virgen.

 El 19 de agosto entregó su alma a Dios. Eran las tres de la tarde. Se consumaba el sacrificio de un hombre cuya vida entera fue un ascender a la cumbre del Calvario.

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18 de agosto.

Jan van Eyck. Pintura flamenca. Santa Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Influyó en la conversión de su hijo, así como en el hallazgo de la Cruz de Cristo.

Jan van Eyck. Pintura flamenca. Santa Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Influyó en la conversión de su hijo, así como en el hallazgo de la Cruz de Cristo.

SANTA ELENA 

(†  329)

No, no durmió sus sueños de recién nacida entre los encajes de una cuna imperial. Fue en un pobre cortijo de Deprano, en Nicomedia, donde vio la luz, en el 248 ó 249, aquella niña, escasa de bienes de fortuna, sobre la que Dios tenía planes estupendos.

 Así nos lo dijo San Ambrosio, que vivió en una época inmediata a la de nuestra Santa.

 Nos figuramos a Elena en su adolescencia y juventud trabajando en el mesón de su padre. Atendiendo a todo, trajinando para tener las dependencias limpias y la comida sabrosa y a punto, obsequiosa con sus huéspedes… Siempre sencilla, humilde, recatada, sonriente. Era pagana, sí, porque de familia pagana había nacido, pero sentía en su corazón el vacío de aquellas falsas divinidades.

 Hacía unos años que había unas persecuciones horribles contra los cristianos, desencadenadas por los propios emperadores de Roma, que los mandaban apresar y les sometían a tormentos terribilísimos y terminaban por llevarlos al anfiteatro para echárselos a las fieras. También a muchos los quemaban vivos.

 Elena no terminaba de comprender por qué sus emperadores hacían aquello. ¡Si los cristianos eran buena gente! Ella trataba con algunas muchachas de su edad que pertenecían a aquella “secta” y no podía sino decir que eran excelentes. Tanto que, a veces, comparándolas con sus amigas paganas, había de reconocer que las superaban en todos los aspectos.

 Naturaleza la suya rica en dones de Dios, poseía físicamente una singular hermosura que realzaba la espontánea nobleza de su espíritu y esa que llaman “aristocracia del alma”: una inteligencia privilegiada y un gran corazón.

 Tenía ya Elena alrededor de veintitrés años. Todos sus encantos estaban en auge, como en capullo recién abierto. Cuando la Providencia, “río caudaloso lleno de posibilidades y de sorpresas”, cambió por completo el curso de su obscura vida.

 Ignoramos dónde y cómo se conocieron Elena y Constancio. Él, general valeroso, de noble familia, prefecto del Pretorio durante el gobierno de Maximiano, era de carácter suave, de espíritu exquisito y culto y de salud delicada. La palidez de su rostro había dado origen a su sobrenombre: Cloro.

 La espléndida y pudorosa hermosura de aquella muchacha se le entró por los ojos robándole el corazón. Aunque ¿quién dudará que su asombro no tuvo límite cuando, al tratarla, pudo percibir la nobleza de sus sentimientos?… Y la hizo su esposa.

 No han faltado autores malintencionados que han hablado de concubinato. Nada de eso. Tillemont se ha encargado de demostrar plenamente la legitimidad de su matrimonio. Fruto de él fue su hijo Constantino, futuro emperador de Roma, que vino al mundo en Naïssus (Dardania) el 27 de febrero del 274.

 1º de marzo de 293. El Imperio romano se había extendido prodigiosamente. Diocleciano y Maximiano, que, unidos hacía tiempo, lo compartían con el título de Augustos, decidieron tener cada uno de ellos un César que colaborara en el gobierno y administración de sus Estados. Diocleciano eligió a Galerio, y Maximiano a Constancio Cloro.

 Una condición se le impuso al marido de Elena: había de repudiar a su mujer y casarse con la hijastra de Maximiano, único medio de que existiera el imprescindible “parentesco” entre los Augustos y sus Césares. Se separó, pues, de Elena y se unió en matrimonio con Teodora. Prevaleció en él la ambición de la gloria sobre la gloria del amor.

 Y nuestra Santa ¿qué hizo? Al verse postergada no dejó que se le quebrasen las alas del alma. Las plegó hacia dentro, y serena, tranquila y solitaria se refugió en el reino de su corazón. Allí le dolía menos su abandono. Es que, sin ella sospecharlo, la acompañaba Dios.

 Más le costaba la ausencia de su hijo. Intuyendo Diocleciano en el muchacho excepcionales dotes de guerrero y organizador, quiso prepararlo por sí mismo con vistas al futuro, y hacía tiempo que lo tenía en su palacio. Años fecundos éstos que pasó junto al emperador. Dejaron en el adolescente una impresión indeleble, ya que, al estallar furiosa y demoledora “la gran persecución” contra los cristianos, pudo personalmente comprobar de qué era capaz una fe religiosa profundamente sentida.

 25 de julio del 306. En este día muere Constancio Cloro. Su hijo, que le acompañó en sus últimos momentos, ya no sueña más que con llevarse a su madre a vivir con él. Está orgulloso de ella y quiere compartir su misma vida para sentir siempre el beneficio de su influencia.

 ¿Era Elena cristiana ya entonces? ¿Desde cuándo? No se sabe exactamente. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que no lo fue hasta después de la aparición de la cruz en el Cielo, durante la batalla de Saxa Rubra. Recordemos brevemente el suceso copiando a Eusebio de Cesarea, que dice haberlo oído de labios del emperador.

 “Era en las horas posmeridianas, cuando el sol declina ya; Constantino vio en el cielo, con sus propios ojos, un trofeo de cruz compuesto de luz, superpuesto al sol, y adherida al mismo una escritura que decía: “Con este signo vencerás”. Él, juntamente con todo el ejército que le sigue, se sienten presa de estupor. Constantino no comprende el significado de la aparición y pensándolo largamente llega la noche. Pero, mientras duerme, le aparece el Cristo de Dios, juntamente con el signo visto en el cielo, y le manda que haga una imitación del signo y se sirva de él como de salvaguarda en las refriegas con los enemigos.”

 Efectivamente, fabricado el “lábaro” según el signo aparecido, se lanza a la batalla y termina con aquella aplastante victoria, “que decidió los destinos del mundo y de la cristiandad”.

 A los pocos días era Constantino dueño de Roma y entraba en la Ciudad Eterna como único emperador. Era el 28 de octubre del 312. Desde entonces, en sus ideas y en su corazón, puede decirse que es cristiano. No obstante, plenamente, no llegó a realizarlo hasta los últimos momentos de su vida en que recibió el bautismo.

 No obró así su madre. El sol de la cruz que alumbró el cielo de Roma iluminó y caldeó el corazón de Elena haciéndole sentir la sublimidad de la religión cristiana y se abrazó con ella. El bautismo abrió en su alma una fuente de piedad viva, consciente, activa.

 Ya está restablecida la unidad imperial. Reconocido Constantino soberano del orbe, considera a su madre la soberana. Le da el título de Augusta, manda acuñar monedas con su efigie y, mostrándole una ilimitada confianza, deja a su plena disposición el tesoro del Estado. Mas, elevada a la cúspide de las grandezas humanas, Elena no se envanece. Vive sin fausto ni lujosas ostentaciones, y, según afirma San Gregorio, “su encantadora modestia enardece de entusiasmo a los romanos”.

 Al ser enriquecidas por la gracia sus espléndidas cualidades personales despliega todo su poder en favor de su hijo. Y es entonces cuando se percibe el valor de su influencia al transmitirle, con su cariño, todos los tesoros de bondad y prudencia que su alma acumula. El Dante decía de Beatriz: “Ella miraba hacia arriba y yo miraba en ella”. Algo así podemos creer de Elena y Constantino. Léase, si no, el famoso Edicto de Milán y todos los que le siguieron, hasta su prohibición del culto de los dioses lares, en el 321, y “toda la lluvia de beneficios morales y materiales que el gobierno de Constantino hizo caer sobre la Iglesia y que no son del todo legendarios”.

 Entramos en el año 326. Elena siente el declinar de su vida. Desde que el emperador ha trasladado su sede a la antigua Bizancio, la “nueva Roma”, allí vive ahora su madre, en aquella ágora que él, en su honor, ha adornado prodigiosamente de pórticos y estatuas. Cerca tiene la iglesia de Santa Irene, también restaurada y embellecida por su hijo. En la placidez de los atardeceres, acompañada de alguna de aquellas esclavas a las que la emperatriz trata como a hijas de su corazón, entra en la iglesia y en ella permanece largo rato dando expansión a su piedad. Considerando la magnificencia de aquella ciudad que ha hecho resurgir Constantino a orillas del Bósforo, se le enardecen los deseos de hacer algo semejante en los lugares que, en Palestina, santificó Jesucristo con su presencia.

 Contaba a la sazón setenta y siete años, y los viajes en el siglo IV no se hacían con la rapidísima comodidad que los hacemos en la vigésima centuria. Eran, por el contrario, de una lentitud y solemnidad abrumadoras. Pero nada hay difícil para un grande amor.

 Partió, pues. Su viaje, realizado con ese despliegue de lujo que pedía su rango en aquella época, dejó tras de sí imborrable estela de maravillas. Llamaba sobremanera la atención la persona de la emperatriz. Anciana, conservando aún los rasgos de su extraordinaria belleza, parecía no darse cuenta de la admiración que despertaba a su paso. En cambio, con una humildad que sobrecogía el ánimo de todos, se colocaba en las asambleas de los fieles en cualquier punto designado para las mujeres, mezclándose con las de más baja condición. Se hospedaba en conventos de monjas y hacía vida común con ellas, ocupando su tiempo en remediar toda clase de necesidades y estudiando las Sagradas Escrituras. Cuanto más se adentraba en la religión cristiana, mayor era el entusiasmo y la admiración que por ella sentía. Pero nada le produjo una impresión tan reverente como el ver a aquellas doncellas cristianas que, renunciando a los halagos del mundo, consagraban a Cristo su virginidad.

 Leyenda o historia, no hay nadie que, al escribir la semblanza de esta ilustre mujer, silencie el caso maravilloso de la invención de la Santa Cruz.

 Parece que la mayor disconformidad existente en este punto entre los historiadores es debida al silencio que del viaje de Elena hace Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino el Grande, a quien —acaso por adulación— atribuye todas las construcciones y reconstrucciones que se hicieron en Palestina aquellos años.

 Así lo juzga Tillemont al comprobar que los Santos Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo, aunque difieren en alguna pequeña circunstancia, todos atribuyen a Santa Elena el descubrimiento de la Vera Cruz. Por otra parte, el misal que a diario usamos, al comentar esta fiesta el 3 de mayo, se lo asigna también a nuestra Santa. ¿Por que habríamos de silenciarlo aquí?

 Mientras la piadosa emperatriz proyectó su viaje a Palestina un deseo vehemente enardecía su corazón: ver, tocar, venerar el sagrado leño del que estuvo colgado el Salvador del mundo. A su llegada a Jerusalén ahí se enderezan todas sus investigaciones. Mas sin éxito alguno entre los cristianos. Entonces se dirige a los judíos. Y es uno, llamado Judas, quien —señalándole el sitio exacto donde se encuentra—, le pone en antecedentes de una tradición conservada entre ellos: “hacía muchos años que, por despojar los judíos a la devoción cristiana del precioso símbolo de la cruz, la habían echado, con las de los dos ladrones, a un pozo que después colmaron de tierra y piedras para que se pudriera la madera”.

 Comienzan las excavaciones. Y, después de dos días de ansiosa expectación, aparecen las tres cruces. Pero ¿cuál de las tres sería la de nuestro divino Salvador? El santo obispo Macario acompaña a la emperatriz, y, por una inspiración súbita, recurre a una prueba decisiva: Había en aquel lugar una enferma en estado agónico. Se dirigen procesionalmente a su casa llevando las tres cruces y, cantando durante el trayecto todos los asistentes himnos sagrados, imploran la ayuda del cielo.

 Sacan a la enferma fuera en una parihuela. Y, en medio del silencio más impresionante, se acerca el obispo, ayudado por la emperatriz, y toca suavemente la cabeza de la moribunda con una de las cruces. Ni al contacto de la primera ni al de la segunda muestra aquella pobre mujer ninguna reacción. Sus ojos cerrados y su rostro exánime dan la impresión de que ya es cadáver. Mas, al posar sobre ella la tercera cruz, se incorpora, abre los ojos llenos de luz y de vida, y, cruzando las manos en el aire, exclama con exultación: “¡Dios mío, estoy curada!”.

 La alegría que rezuma el alma de Elena en aquellos momentos hay que intuirla; no se puede describir.

 Después de dar satisfacción cumplida a su piedad dispone que la Santa Cruz se divida en tres trozos. Uno lo entrega al obispo Macario para la veneración de los fieles en la iglesia de Jerusalén. El segundo lo envía a la iglesia de Constantinopla, y el tercero a Roma, a la basílica mandada levantar por ella unos años antes y que más tarde se llamó de “Santa Cruz de Jerusalén”.

 Llegamos al 329. Santa Elena, cumplidos ya los deseos más ardientes de su corazón, siente en su cuerpo el peso de los años y en su alma ansias de eternidad. Y al bendecir al Señor, llena de reconocimiento, sus labios repiten con el anciano Simeón: Nunc dimittis ancillam tuam Domine.

 Regresa junto a su hijo, y al poco tiempo muere en sus brazos. Se desconocen la fecha y el lugar de su partida de este mundo. Consta, sin embargo, que no fue en Roma, ya que Constantino hizo trasladar allí sus restos con la máxima solemnidad. Hoy, en la iglesia de Ara Caeli, de la Ciudad Eterna, existe una capilla dedicada a Santa Elena. En ella se venera la cabeza y algunos huesos de la santa emperatriz.

 No hizo Santa Elena, que sepamos, milagros en vida, y aun ignoramos si después de su muerte. Pero supo hacer el “milagro” de esgrimir con la misma gentileza una escoba en la hostería de su padre que el cetro del mundo en la corte de su hijo, y de dar un brinco gigante desde las tinieblas del paganismo hasta los esplendores de la santidad.

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Tris – 17 de agosto. General José de San Martín, padre de la Patria.

DON JOSÉ DE SAN MARTÍN, PADRE DE LA PATRIA INDEPENDIENTE

El caso de San Martín es un caso polémico en ambientes tradicionalistas y católicos. Es innegable que al pedir la baja del Ejército español en 1811 – cuando toda España estaba ocupada ya por Napoleón – y decidir su vuelta a América, estaba influenciado por cierto liberalismo al estilo inglés, moderado y en todo caso, no hostil al catolicismo. Su pertenencia a la Masonería no está probada y, lo que es más importante, toda su actuación pública parece revelar un accionar contrario a los intereses de Inglaterra, de la Masonería y de los liberales criollos o peninsulares. Eso no implica que pudiera pertenecer a cierta masonería irregular, lo que explicaría ciertas conductas, escritos y hechos de su vida. De hecho, cierto pensamiento ilustrado lo mantuvo a lo largo de su existencia (se nota en muy pocas cartas privadas, en la semblanza de algún contemporáneo y en las Máximas a su hija) pero el tono general de su vida privada y sobre todo su actuación como hombre público (como Jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, como Gobernador de Mendoza, como Jefe del Ejército de los Andes, como Protector del Perú, como enemigo del gobierno de Rivadavia y como admirador de la Dictadura de Rosas) es la de un hombre profundamente respetuoso de la tradición católica americana y, a su manera, la de un católico más o menos práctico. Muy difícilmente un liberal hiciera rezar diariamente el Rosario en el Ejército como lo hacía San Martín, pedir más capellanes para sus oficiales y soldados, tener él un capellán y oratorio personal, honrar a la Virgen del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes, declarar al catolicismo la religión oficial del Perú, fundar una Orden aristocrática (la Orden del Sol) bajo el patrocinio de Santa Rosa de Lima…y proyectar una gran monarquía católica americana e independiente, con un Príncipe Español a la cabeza y sin la Constitución de 1812, como le propuso al Virrey La Serna en la Hacienda de Punchauca (siendo obstaculizado en esto por el masón General Valdés, enviado por Fernando VII). Ni, fracasada la propuesta del monarca español, enviar a buscar Príncipes europeos (ingleses, rusos, austríacos, etc) con la expresa condición de que fueran católicos y vinieran a garantizar la Independencia americana. Como afirma un historiador americano, la historia de la Independencia parece ser la de la lucha de los Libertadores (San Martín, O´Higgins, Bolívar, Iturbide) contra los liberales. Los conflictos que pudo tener San Martín con ciertas autoridades eclesiásticas no fueron de índole religiosa, sino política (como en el Perú), y además se trató de algo excepcional.

Los proyectos de San Martín se remontan al momento de su llegada al Río de la Plata (1812), cuando discute con Rivadavia por la forma de gobierno – oponiéndose a la exigencia masónica de instalar repúblicas en América – , y se extienden a lo largo de toda su vida, siendo de especial importancia sus recomendaciones monárquicas al Congreso de Tucumán (1816) y las propuestas en el Perú (1821-22).

Que San Martín estuvo vinculado a los ingleses no ofrece mayor dificultad: toda la España que combatía a Napoléon lo estaba. Que tenía algunas influencias liberales en su pensamiento (como se desprende de los recuerdos de Mrs. Graham, de algunas cartas a Guido o de referencias al estilo de la leyenda negra) tampoco, pues poco influyeron en su vida política y no fueron permanentes en su intimidad. En su vida pública San Martín obró habitualmente – con alguna excepción – en sentido católico, monárquico y si no tradicionalista, al menos conservador. Escribió además en contra de las teorías liberales, socialistas y comunistas y en favor de la religión y la tradición. Que por otro lado no obedeció a los intereses ingleses se desprende de su lucha constante por la Independencia, hecho que Gran Bretaña no apoyaba desde 1808. Esto es importante aclararlo, pues aún hoy se sigue insistiendo en que Inglaterra fomentó la Independencia americana: eso fue así hasta la invasión napoléonica a la Península. Luego actuó como intermediaria, procurando que los gobiernos americanos garantizaran la libertad de comercio y la libertad de cultos, pero procurando un entendimiento con Fernando VII y obstaculizando todo intento de independencia de los Reinos de Indias. En el Río de la Plata esto es conocido, sobre todo siguiendo la actuación de Lord Strangford. Y el Libertador – que en 1816 había dicho que nada podía esperarse de los ingleses – propuso precisamente lo que Inglaterra no quería, como es de sobra conocido: la Independencia de Sud América, tratados comerciales favorables a España y la construcción de una gran monarquía que uniera Chile, Perú y el Río de la Plata bajo la Corona de un Príncipe Español. En tal sentido, el ofrecimiento de Punchauca y Miraflores parece sincero porque a pesar de la carta a Miller, lo dicho allí se contradice con la que le escribió a Riva Agüero, y además están los testimonios de Guido, Abreu, García del Río, la última carta del propio San Martín a La Serna (poco antes de viajar a Guayaquil) y las tratativas de llegar a un acuerdo con la Madre Patria que hizo a través de su hermano Justo Rufino, que trabajaba en la Secretaría de Guerra de España. Mitre, que tuvo toda la documentación sobre el Libertador en sus manos, la da por cierta, criticándolo porque – según su opinión- de este modo los americanos perdíamos el apoyo de EE.UU, nos ligábamos a la política “reaccionaria” de la Santa Alianza y abandonábamos el camino “republicano” de la Independencia (república que en realidad nunca estuvo en la cabeza de sus protagonistas – salvo de la minoría liberal -, como puede advertirse conociendo la discusión al respecto del Congreso de Tucumán)

El conflicto con la masonería peruana y rioplatense se deduce leyendo las Memorias de Iriarte. Y probablemente sea cierta la interpretación de que eso explique el “secreto” de Guayaquil, como sugiere Steffens Soler.

La postura contraria a San Martín de algunos tradicionalistas puede refutarse diciendo que, de obrar en sentido contrario, San Martín hubiera tenido que seguir peleando en una España que en 1812 casi no existía (¡y al mando de Beresford, el jefe de las tropas británicas que invadieron Bs. As en 1806!) o luego ser cómplice de los militares iluministas que nos mandó Fernando VII (Morillo y más precisamente Valdés, el General masón, Venerable de la Logia en Perú y que fue quien se opuso al ofrecimiento de Punchauca). O aceptar la unión con España de un modo contrario a la Tradición: aceptando la Constitución de 1812 (como pedía el Rey en 1821, luego de la Revolución de Riego) y bajo un régimen centralizado, contrario a la autonomía que América tenía desde tiempos de Carlos V. ¿Quién era pues más tradicionalista? Lo de Punchauca es similar al Plan de Iguala de Iturbide, y de allí que fuera alabado por algunos monárquicos europeos de la Santa Alianza. Por otro lado, San Martín no “huyó clandestinamente” de Cádiz, sino que pidió la baja del Ejército Español, que le fue concedida con uso del grado y uniforme. Y a esa decisión llegó, probablemente y como otros americanos, por la gran persecución que estos sufrían en la ciudad española, como se desprende del epistolario del logista venezolano López Méndez, de probada ortodoxia católica. Nada tuvo que ver en esto la influencia de Miranda – que sí estuvo al servicio del Imperio inglés-, a quien San Martín jamás no conoció ni tuvo el más mínimo compromiso político.

El hilo conductor que explica algunos misterios en la vida del Padre de la Patria independiente, parece ser este: San Martín comenzó a pelear por la independencia de América cuando la Península estaba ya totalmente ocupada por Napoléon y luego contra la testarudez de Fernando VII, a pesar de los ofrecimientos de paz del gobierno rioplatense (en 1814) o del propio San Martín en el Perú. Con España o sin España, San Martín propuso la unión de Perú, Chile y el Río de la Plata bajo una monarquía católica. Fueron los masones Valdés y Rivadavia quienes combatieron este proyecto hasta lograr vencer a San Martín, quien sin embargo no dudó en apoyar al Partido Federal y sobre todo al Restaurador, que defendían los intereses americanos y la Tradición hispano- criolla en el Río de la Plata.

Todo esto está muy bien documentado en los libros de Ibarguren, Díaz Araujo y Steffens Soler. Hay que leerlos detenidamente y que el árbol (cierto liberalismo marginal de San Martín) no tape el bosque (el proyecto de monarquía católica con príncipe español a la cabeza y luego el apoyo a Rosas).

No se comprende esto, por otro lado, sin conocer el contexto en que se dio el proceso emancipador: el progresivo incumplimiento de los Borbones respecto al pacto explícito de Carlos V con los Reinos de Indias (1519), por el que se garantizaba su autonomía – incumplimiento que se dio por el Tratado de Permuta de 1750, la expulsión de los Jesuitas, la Conferencia de Bayona, la alianza del Virrey Elío con los portugueses y la represión violenta de Fernando VII a las Juntas americanas – que condujeron a los pueblos del Nuevo Mundo de un planteo inicialmente autonomista a uno más decididamente emancipador. Los argumentos jurídicos esgrimidos en el Manifiesto del Congreso de Tucumán son claros en ese sentido. Lo mismo había sido expuesto por Mariano Moreno en su polémica con el Marqués de Casa Irujo, por Fray Francisco de Paula Castañeda (quien dijo que debíamos emanciparnos con el honor propio de quienes habíamos sido hijos y súbditos de la Corona, porque entre otras cosas, “por Castilla somos gente”), por Don Juan Manuel de Rosas en su discurso de 1835 y por las cartas al propio Rosas de Tomás Manuel de Anchorena – partícipe de los hechos de Mayo de 1810 y Congresal en Tucumán -. Que en la Independencia actuaron también liberales y masones es algo similar a lo que ocurrió en España en la Guerra contra Napoleón. Pero el primer grito de autonomía se dio en el Río de la Plata bajo el lema “por Dios, por la Patria y el Rey”. La Guerra de la Independencia no fue una guerra ideológica (hubo tradicionalistas y liberales en ambos bandos), ni étnica (hubo criollos y peninsulares en un lado y en el otro) ni religiosa (masones y católicos actuaron por igual a favor o en contra de la emancipación americana). Fue una guerra separatista, fundada no en los principios abstractos del nacionalismo moderno (principio de las nacionalidades, autodeterminación de los pueblos) sino en aquellos derechos concretos reconocidos en el Fuero Juzgo, las Leyes de Partidas y sobre todo las Leyes de Indias, que garantizaban para nuestro caso que América era intangible, inalienable y autónoma. Fernando Romero Moreno.

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Bis

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17 de agosto.

parabola de los jornaleros

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 20ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (34,1-11):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza, diciéndoles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo. Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las buscase, siguiendo su rastro. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ‘¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Mis ovejas fueron presa, mis ovejas fueron pasto de las fieras del campo, por falta de pastor; pues los pastores no las cuidaban, los pastores se apacentaban a sí mismos; por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Así dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a si mismos los pastores; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que no sean su manjar. Así dice el Señor Dios: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro.”»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

______________________________

1. (Año II) Ezequiel 34,1-11

a) Esta vez la voz del profeta se alza contra los pastores de Israel: sus dirigentes, tanto civiles como religiosos.

Describe muy certeramente su pecado: «se apacientan a sí mismos». En vez de cuidar de las ovejas, curándolas, fortaleciendo a las débiles, recogiendo las descarriadas, defendiéndolas contra las fieras, lo que hacen es comer a costa de ellas y maltratarlas y, cuando hay peligro, abandonarlas. Son mercenarios.

La queja de Dios («me voy a enfrentar con los pastores») se convierte en promesa: «yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El mismo tendrá que remediar la situación. Por eso se alegra el salmista: «el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas».

b) En Jesús hemos visto cómo Dios cumple su promesa de alimentar, buscar y defender a sus ovejas, al pueblo de Israel y a toda la humanidad. Les ha enviado como Buen Pastor a su propio Hijo.

Cuando Jesús, en el capitulo 10 del evangelio de san Juan, describe las cualidades del pastor bueno, enumera precisamente las actitudes contrarias a las que Ezequiel había tenido que señalar en los malos pastores de su época, los que llevaron al pueblo de Israel a la ruina total.

Jesús conoce a sus ovejas, va delante de ellas, las busca y rehabilita, las defiende, da la vida por ellas. He ahí el modelo para todos los que, de una manera u otra, somos «pastores» o encargados del bien de los demás: los obispos y los sacerdotes, los padres, los educadores, los catequistas, los responsables de un grupo, y también las autoridades civiles.

Criticamos, y a veces con razón, a los dirigentes corruptos y aprovechados. Pero hemos de examinarnos a nosotros mismos, porque podría ser que, en nuestro nivel, también tendamos a aprovecharnos de nuestros cargos.

Quien nos ve actuar en nuestro trato con los demás, ¿nos puede aplicar el retrato de Ezequiel o el de Jesús? ¿servimos a los demás o nos servimos de ellos? ¿somos mercenarios o pastores por vocación?

2. Mateo 20,1-16

a) Hoy escuchamos la desconcertante parábola de los trabajadores de la viña, que trabajan un número desigual de horas y, sin embargo, reciben el mismo jornal.

La idea central no es el paro obrero (aunque Dios parece preocupado de que nadie se quede sin trabajo, sea cual sea la hora) ni la cuestión de los salarios ni la justicia social. La parábola no se fija en los trabajadores, sino en la actuación de Dios. Él da a todos según justicia, pero también es generoso con los últimos, aunque hayan trabajado menos.

Cuando Mateo escribió su evangelio, muchos paganos se iban incorporando a la Iglesia de Cristo, y podían suscitar, entre los provenientes del pueblo judío, el interrogante de cómo los últimos llegados recibían la misma herencia y paga. Es la sorpresa que Jesús describe en quienes habían trabajado desde primera hora de la mañana. La respuesta es el amor gratuito de Dios, que sobrepasa las medidas de la justicia y actúa libremente, también con los de la hora undécima. El tema no es si a los primeros les paga lo justo. Sino que Dios quiere pagar a los últimos también lo mismo, aunque parezca que no se lo hayan merecido tanto.

b) Los caminos de Dios son sorprendentes. No siguen nuestra lógica.

Él sigue llamando a su viña a jóvenes y mayores, a fuertes y a débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. ¿Tendremos envidia de que Dios llame a otros «distintos», o que premie de la misma manera a quienes no tienen tantos méritos como creamos tener nosotros?¿nos duele que en la vida de la comunidad eclesial, los laicos tengan ahora más protagonismo que antes, o que haya más igualdad entre hombres y mujeres, o que las generaciones jóvenes vengan con ideas nuevas y con su estilo particular de actuación?

Abrahán fue llamado a los setenta y cinco años. Samuel, cuando era un jovencito.

Mateo, desde su mesa de recaudador. Pedro tuvo que abandonar su barca. Algunos de nosotros hemos sido llamados desde muy niños, porque las condiciones de una familia cristiana lo hicieron posible. Otros han escuchado la voz de Dios más tarde. El ladrón bueno ha sido considerado como el prototipo de quienes han recibido el premio del cielo, habiendo sido llamados en la hora undécima.

Si nos sentimos demasiado «de primera hora», mirando por encima del hombro a quienes se han incorporado al trabajo a horas más tardías, estamos adoptando la actitud de los fariseos, que se creían superiores a los demás.

Esto no es, naturalmente, una invitación a llegar tarde y trabajar lo menos posible. Sino un aviso de que el premio que esperamos de Dios no es cuestión de derechos y méritos, sino de gratuidad libre y amorosa por su parte. La parábola parece una respuesta a la pregunta de Pedro, uno de los de la primera hora, que todavía no estaba purificado en sus intenciones al seguir al Mesías: «a nosotros ¿qué nos va a tocar?».

Hoy es un buen día para cantar el himno de Vísperas «Hora de la tarde, fin de las labores», que, en sus diversas estrofas, nos hace alabar a Dios por su insondable generosidad, a la hora de darnos el jornal por nuestro trabajo.

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Fiesta Diocesana.

 

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15 de agosto.

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Homilia para la ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN 2016

Escuchábamos en la segunda lectura: «El último enemigo en ser destruido será la Muerte.» (1 Cor 15, 26) Si continuamos leyendo el capítulo 15 hacia el final nos encontramos con estas palabras: «Cuando lo que es corruptible se revista de  incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: la muerte ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado…» (1Cor 15, 54-56)

Ya van más de 2000 años, en un día de Dios, con el gozo de los ángeles y santos, se cumplieron en la Santísima Virgen (subida por el poder y los méritos de Cristo su Hijo al cielo), esas palabras de San Pablo.

Si también por los méritos de su Hijo había sido concebida sin pecado (Inmaculada Concepción), era lógico que aunque pasara por la muerte, no se cebara en su cuerpo (ese cuerpo que había dado carne, sangre, vida a Jesús). La corrupción del sepulcro, de la muerte.

Esta verdad creída en la Iglesia desde los primeros siglos fue la que el 1º de noviembre de 1950, el Papa Pío XII, declaró como dogma de nuestra fe. Y por ser verdad de fe (= don, regalo de Dios), no la creen los que quieren, sino los que pueden…

El triunfo de María que hoy celebramos es el triunfo de su fe, de su fidelidad a Dios. Su vida de fe se fue desarrollando en etapas sucesivas y continuas. Dios la fue despojando de sus proyectos, de sus planes. No porque eran inconvenientes o malos, sino porque tenía que creer que los que Él le proponía eran mejores: ¡y María creyó y los aceptó! Le dice Isabel: Feliz de ti por haber creído lo que te fue anunciado de parte del Señor.

Proyectó ser virgen (dedicada a Dios en cuerpo y alma), y Dios le propuso ser virgen y además madre. Si Dios era capaz de crear de la nada, ¿por qué no iba a poder hacer nacer la vida de una virgen? Y Ella, sin comprender, aceptó por la fe.

El Señor pensó para su madre en alguien excepcional. Y ella pensó en alguien excepcional, José, con ideales parecidos, para que amparara su decisión y cubriera jurídicamente su estado en una sociedad que no entendía el estado de virginidad. Pero Dios no le autorizó a explicarle su estado, Ella calló, José estuvo a punto de abandonarla, María mientras tanto creyó y Dios en sueños, por medio de su ángel, le explica a José sus planes.

Pensó en una casa digna para que nazca su Hijo, pero Jesús tuvo que nacer en una cueva de animales. Ella creyó y aceptó.

Pensó en consagrar a su Hijo a Dios en el Templo, estaba viviendo esta alegría de la maternidad y del ofrecimiento. Cuando en esta historia de paz y amor, aparece el anciano Simeón y le anuncia que Jesús será signo de contradicción, ella no entendió, pero creyó y aceptó.

Pensó en un Hijo “Príncipe de la Paz”, este era uno de los títulos de Mesías… y tuvo que escapar a Egipto. Pero ella creía y aceptaba.

Un festejo, Jesús con 12 años en el Templo, el festejo de la Pascua, se convirtió en dolor, lágrimas y angustias, Jesús se pierde. Pero ella creyó y aceptó “conservando estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51)

José la deja, en su vida pública, Jesús sale a predicar, ella queda sola en la casa, con sus recuerdos, sus preocupaciones, sus miedos… pero siempre creyendo y aceptando.

Como toda madre temió la muerte de su Hijo. Y la tuvo que presenciar, y ni siquiera una muerte normal, sino la muerte más indigna, la muerte de un malhechor. María al pie de la cruz creyó y aceptó.

Y tantas cosa de la vida cotidiana, que fueron ocasión para su acto de fe y aceptación, que no sabemos.

Tanta fidelidad recibió el día de la Asunción su premio. Y la Virgen está en el cielo, como Madre de Jesús y Madre nuestra, signo de lo que sucederá con todos hijos fieles de Dios.

Madre subida al cielo, para gozarnos con ella, para amarla, para encomendarnos a Dios, pero también para imitarla, ahora en su fidelidad, un día más adelante en su triunfo.

Fidelidad a Dios en tantas cosas que querríamos distintas y no son o no resultan así: enfermedades en vez de salud. Angustias en vez de serenidad. Injusticias en vez de justicia. Pobreza en vez de seguridad económica. Desempleo en vez de trabajo. Conventillo en vez de vivienda digna. Calumnias o mentiras en vez de verdad. Soledad y muerte en vez de compañía y vida. Desuniones en vez de unidad y paz.

Celebramos la Asunción de María, como don, como misterio, pero también como certeza que la promesa de Dios es para toda nuestra realidad humana y creyendo y aceptando también nosotros, debemos crecer en la verdadera realidad y transformar el mundo para bien.

Si aceptamos y vivimos a fondo nuestra realidad, a ejemplo de María, que sube al cielo, entonces lo corruptible se revestirá de incorruptibilidad. Vivamos ya desde ahora con un gran espíritu de fe y aceptación de la voluntad de Dios, vivamos como sus hijos.

 

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Misa fin novena en Catedral. 14 de agosto tris.

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Celebración externa de Santo Domingo. 14 de agosto.

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14 de agosto.

verde homiHomilía Domingo XX durante el año C

Nos encontramos con un aspecto del mensaje de Jesús desconcertante. El amor del prójimo es el elemento central del mensaje de Jesús. Y cuando pensamos el amor y la caridad, nosotros pensamos en unidad, en armonía, en ausencia de conflicto. Entonces, somos sorprendidos, casi como un shock, es sentir a Jesús decirnos que no ha venido a traer paz sobre la tierra, sino división. Evidentemente es fácil explicar rápidamente este texto diciendo que se trata de un lenguaje figurado, e ir a buscar otros textos del Evangelio que se correspondan mejor a nuestro deseo de tranquilidad y de calor humano, de contención.

Sin embargo, si queremos ser realistas y si abrimos los ojos, veremos rápido que hay muchísimas divisiones en torno nuestro. En el mundo contemporáneo han tomado dimensiones gigantescas, el Papa Francisco lo recuerda frecuentemente: divisiones entre las culturas, entre las naciones, entre las clases sociales y entre las generaciones, los pobres y los encarcelados son una realidad palpable, si no le damos vuelta la cara, en nuestra sociedad.

El amor cristiano no pretende y no quiere suprimir las diferencias que están frecuentemente en el origen de estas divisiones, sino que quiere más bien construir puentes entre los grupos humanos, las culturas, las religiones, las civilizaciones, para superar la pobreza y la marginalidad. La originalidad del Evangelio consiste en el mandamiento de amar sin límites, de amar a todos los seres humanos, así como son, en su diversidad, para llevarlos a lo auténticamente humano.

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre, vino para ser un puente no solo entre Dios y la humanidad, sino también entre los hombres. En la tradición del Antiguo Testamento, para Israel, como para el resto de los otros pueblos de la época, los lazos familiares y tribales tenían una importancia capital. Eran sin duda una condición para la supervivencia. Una persona debía todo a su familia, y estos lazos se extendían a una serie de círculos concéntricos de la familia extendida, hasta el clan, hasta la tribu, a la nación. En una civilización que estaba casi continuamente en guerra, una persona debía amar a los suyos y odiar a todos los otros. Toda la capacidad de comunión estaba reservada a la familia.

Jesús quería hacer desaparecer esta división. Vino para llevar la salvación a todo el mundo; amaba a todos y quería extender su amor más allá de su familia y de sus parientes. Él nos invita a hacer lo mismo. Los lazos de familia, y también aquellos de pertenencia a una nación, son importantes; pero están subordinados a algo más importante: están subordinados al amor de Dios y a su invitación al amor universal, así como a la necesidad de establecer el reino de Dios, que es un reino de amor. Porque la religión verdadera no es una sociología, el Reino no se establece cuando mejoran los parámetros de bienestar social, desligados de un crecimiento humano (moral) real, por eso la Asunción de la Virgen, la Vida plena, el cielo, es la meta de la superación de toda pobreza y marginación, pero como el cielo es real, debemos transformar el aquí y el ahora de nuestra sociedad. La verdadera religión transforma a la persona y así los cambios sociales son permanentes.

Si estos principios evangélicos fueran puestos en práctica, muchos de los problemas modernos concernientes a las tensiones étnicas o a los malentendidos entre pueblos serían resueltos.

Cada uno de nosotros debe asumir sus propias elecciones por fidelidad al Evangelio. Si algunos de los nuestros nos rechazan porque hemos hecho la elección del amor universal, debemos aceptar este rechazo en comunión con Cristo que fue rechazado por los suyos por esta misma razón, y siguiendo el ejemplo del profeta Jeremías, de quien habla la primera lectura del domingo XX. Esto quiere decir Jesús cuando dice, que ha venido a traer fuego sobre la tierra -un fuego que purifica y hace nacer a la vida nueva. Y también un fuego que obra el discernimiento y el juicio. Dejémonos purificar por este fuego.

«He venido a traer fuego sobre la tierra y ¿qué quiero sino que arda?» (Lc 12,49). El entonces cardenal Ratzinger, comentando esta cita del Evangelio, opinaba que es quizá una de las sentencias más importantes pronunciadas por Jesucristo sobre la paz; en ella Jesús nos está enseñando una gran verdad: «que la verdadera paz es belicosa, que la verdad merece sufrimiento y también lucha. Que no puedo aceptar la mentira para que haya sosiego» (J. Ratzinger, Dios y el mundo, Círculo de Lectores, Barcelona 2005, p. 210)

Es común encontrar personas que piensan que alcanzaremos la paz y superaremos la pobreza cuando organicemos una estructura de seguridad confiable o establezcamos un organismo de protección civil infranqueable, pero esto aún es poco. Podríamos contar con todas estas cosas, pero todavía estaríamos viviendo una paz de caricatura y postiza, que no ha llegado a la raíz del problema y al corazón de cada hombre de nuestra sociedad.

La paz verdadera, la superación de la pobreza y el delito, no es fruto de estructuras políticas u organismos internacionales en su raíz. Nace en el alma de cada hombre y de allí se expande hasta permeabilizar toda la sociedad. Es, por lo tanto, consecuencia de una elección personal.

¿Elección de qué cosa? Elección de la verdad. La paz genuina se logra con la aceptación de la verdad en la propia vida. Por esto mismo es belicosa, porque aceptarla y vivir de acuerdo con ella muchas veces significa ir contra corriente y quedar mal ante los ojos de muchos.

No hay que pensar ahora en los delincuentes como la única fuente del problema. Cada uno debe entrar en sí mismo y preguntarse hasta qué punto ha pactado ya con la mentira y vive en el engaño. Y este pactar con la mentira puede ir de las cosas más simples como la famosa “mordida” al oficial de tránsito (que en otros términos es la acción de dar el dinero de la multa al policía para su uso personal) hasta una vivencia disfrazada o incluso traicionera de la propia vocación como esposo(a), padre/madre, profesional, religioso(a) hasta la mayor de las corrupciones a nivel nacional o internacional.

Jesús ha traído fuego, el fuego de la verdad y del amor no debemos crear falsos pacifismos pero debemos respetar al otro y vivir en la verdad personal, familiar y social aunque esto suponga lucha. Lucha que no es por capricho o desahogo sino por vivir en la auténtica paz.

Que María Asunta nos acompañe, para que no tengamos la tentación de edulcorar la Palabra de Dios, para que no pidamos perdón por cumplir los mandamientos y vivir los preceptos de la Iglesia, sino tratar en la medida de nuestro leal saber, entender y poder, vivir según sus exigencias, para superar la pobreza, y visitar y acompañar a los presos, no sólo los de las cárceles, si no los presos de cualquier pecado.

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9 de agosto.

Edith_Stein-Student_at_Breslau_(1913-1914) Edith_Stein_(ca._1938-1939)

Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith Stein, patrona de Europa

Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw- capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la segunda guerra mundial).

Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de cumplir Edith los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.

Edith escribió de sí misma que de niña era muy sensible, dinámica, nerviosa e irascible, pero que a los siete años ya empezó en ella a madurar un temperamento reflexivo. Pronto Edith se destacará por su inteligencia y por su capacidad de estar abierta a los problemas que la rodean.

En plena adolescencia deja la escuela y la religión porque no encuentra en ellas sentido para la vida. Surgen sus grandes dudas existenciales sobre el sentido de la vida del hombre en general, y se percata de la discriminación que sufre la mujer. Y desde ahí inicia su búsqueda, motivada por un sólo principio: “estamos en el mundo para servir a la humanidad”.

En 1913, atraída por la fenomenología de Husserl, se hace su discípula y asistente.

Pronto interrumpe sus estudios y trabajos para colaborar con su ayuda en la 1ª Guerra Mundial. Durante 6 meses trabajará como enfermera de la Cruz Roja en 1915. Será un encuentro decisivo con las situaciones límite en la vida del hombre: el dolor, el odio, la guerra, la muerte. Será un aliciente para seguir buscando respuestas.

En 1916 concluye su tesis de doctorado sobre la empatía, y hasta 1918 trabaja como asistente de Husserl.

El estudio de fenomenología hecho con seriedad le lleva al conocimiento profundo de la Iglesia católica. Pero su conversión definitiva será en 1921 leyendo la Autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Finalmente se bautiza en el año 1922, recibiendo el nombre de Teresa Edwig. Dios o “el Absoluto” llena toda su alma: “Cristo se elevó radiante ante mi mirada; Cristo en el misterio de la Cruz”.

Hasta 1933 será maestra, conferenciante, traductora y profesora de antropología.

A sus 42 años, el 15 de abril de 1934, viste el hábito carmelita en el convento de Colonia.

Pronto la atmósfera en Alemania se complica y ella presagia la suerte que le espera. Quieren salvarla haciendo que huya a Holanda, pero ella no accede, ya que eso implicaría abandonar a su hermana Rosa. El 7 de agosto del año1942, miembros de las SS se presentan en el convento y apresan a ambas para conducirlas al campo de concentración de Auschwitz.

Después de varios tormentos en la cámara de gas, el 9 de agosto moría la mártir de la Cruz, Sor Bendicta. Edith consuma su vocación en el martirio, entregando su vida por todos, por amor.

Fue canonizada como mártir en 1998. Luego, en octubre de 1999, fue declarada patrona de Europa junto con Santa Brígida y Santa Catalina.

Tanto cuando era creyente y practicante judía como cuando se alejó de la fe, y, sobre todo, cuando se convirtió después y abrazó la vida del Carmelo, su espiritualidad se manifiesta, sobre todo, en sus maravillosos y profundos escritos. Estos son los principales: Ser finito y ser eterno, La ciencia de la Cruz, Caminos para el conocimiento de Dios, Teresa de Jesús, El Misterio de Navidad, Las Bodas del cordero, La oración de la Iglesia y Ave Cruz. Sus escritos son de talante muy diverso: filosofía, antropología, psicología, espiritualidad… pero en todos ellos encontramos un denominador común: su preocupación por comprender y clarificar quién es el hombre.

Edith Stein nos da ejemplo de una vida recorrida con sincera búsqueda de la verdad, con una disposición a oír la voz del Señor aunque haga cambiar el rumbo. Nos enseña también a enamorarnos de la cruz como medio de salvación y a que seamos fieles hasta el final aunque sea con el martirio.

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8 de agosto. Santo Domingo de Guzmán.

Capilla Santo Domingo.

Capilla Santo Domingo.

Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los condes-fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

Caleruega - Torreón de los Guzmanes (Vidriera)De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.

Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España.

Al concluir la Teología en 1194, se ordenó sacerdote y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al Obispo de Osma, Diego, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al obispo Diego a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Langüedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.

Bolonia - Verdadero rostro de Sto. DomingoEn septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores.

Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia.

Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.

En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias.

Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.

 

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Un texto de Leonardo Castellani.

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Palabras pronunciadas por el padre Castellani en la cena que se le ofreció el 5 de diciembre de 1970 con motivo de citmplir sus 70 años de vida y sus 50 de escritor

 

Lo primero que debo hacer es agradecer esta gran manifestación de amistad, grande en cantidad y más aún en calidad. Esto significa algo, nosotros queremos que signifique algo. Tuve que aceptar este homenaje más por el bien común que por mi propia vanidad. Eso de “homenaje” parece cosa más bien de Rotary Club o La Nación diario en su centenario. Pero recordé que Cristo aceptó un homenaje; aunque lo aceptó como preparación para una buena muerte; y dijo defendiendo a la mujercita que le echaba aceite sobre los pies y se los enjugaba con su cabellera —cosa difícilmente agradable— que la dejaran hacer, porque eso significaba que Él ya estaba muerto, Del mismo modo aquí yo debo pronunciar mi testamento. O para no ser romántico, mi despedida. ¿Despedida de soltero o de casado? Parece que de casado, porque dicen que son mis bodas de oro con la literatura, con la cual jamás me he casado. Pero en fin, algo había que inventar; porque solamente el tener 70 años no tiene mucho mérito. Puede que tenga el mérito de la experiencia. Lo único que le queda al viejo es la experiencia.

La experiencia es un modo de conocer que se refiere a uno mismo por un lado y por otro a las cosas; pero a las cosas que han pasado por uno; de modo que es un conocimiento enteramente cierto, indubitable; porque no es conocimiento de oídas; y eso es lo que significa esa frase aparentemente disparatada del filósofo Kirkegor; “La subjetividad es la verdad”; lo cual quie­re decir que la única verdad verdadera, segura y vital que poseemos es aquella que está enzarzada con nuestra propia existencia. Todo lo demás, aunque no sea despreciable, son saberes “de oídas”. Y por eso en los juicios criminales de las naciones anglosajonas el testigo debe atestiguar solamente de cosas que él ha hecho o ha visto, no las que ha oído: hearsay!, le objetan: o sea ¡díceres!

Por tanto debo atestiguar mi experiencia de 50 o más años; no lo que dicen los libros que he leído o los sabios que he escuchado; y esa experiencia a lo primero resulta sombría, pero a una segunda consideración resulta más alentadora. Por tanto, si me dejara llevar del afecto de melancolía, que es propio de los ancianos, debería glosar lo que decimos cuando nos encontramos los de mi edad, que ya van quedando pocos: ‘‘somos una generación sacrificada” – “hemos fracasado” – “La Argentina no tiene remedio, es un país malnacido”, o bien es “un país cretinizado por 100 años de mala educación”, como dijo el yerno de Mussolini en su Diario.

Pero si vamos a ésa, la generación anterior, la de Lugones y Lisandro de la Torre —cuyos dos suicidios son para nosotros un dolor inconsolable y una severísima advertencia de Dios—, también fue una generación fracasada; y la que nos sigue, la de Soler Cañas y Armando Cascella, también fracasada; de modo que ¡todas las generaciones serían sacrificadas! Y por desgracia, en un sentido, ésa es la verdad religiosa: la vida del hombre pasa como un soplo y desemboca en la sepultura, y todo lo que ha hecho por regla general también se lo traga el tiempo. Ahora veo cuán verdad es ese lugar común de que la vida pasa, volando.

“Y pues vemos lo presente

cómo en un punte se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente

daremos lo aún no venido

por pasado”.

De modo que la primera parte el este protocolo consistiría en quejarme que la Iglesia me ha perseguido y la Patria me ha pospuesto y postergado; y de ahí concluir que hay un estrato de vitriolo en el fondo de la Iglesia y un gusano inmortal en el seno de la Patria. Pero después deso tendré que confesar que la Patria me ha dejado vivir —lo cual no es poco— y la Iglesia me ha enseñado la fe de Cristo.

En medio del camino de mi vida, la Iglesia, a la cual había estado sirviendo bien o mal y amando – sí – tranquilamente, se me dio vuelta y me mostró una figura de hiena, altro que Madre; la cual figura se me aparece de nuevo cada día que hay viento norte. Fue la mayor tentación de mi vida, una tentación contra la Fe —la cual como digo, vuelve a veces—, tentación que pisaba sobre hechos indubitables, o sea hechos de experiencia. Su formulación era ésta: Si la Iglesia me persigue gratuitamente, no es una sociedad fundada por Cristo, la sociedad santa que nos enseñaron. La respuesta —sencilla pero difícil de actuar— era: Esto no es la Iglesia. Pero es la Jerarquía de la Iglesia, la más alta Jerarquía. No toda la Jerarquía; y algunos cuantos miembros de la Jerarquía, por altos que estén, no son la Iglesia. La Iglesia son los santos, los humildes, los rectos, los que tienen fe actuosa, los jerarcas iluminados sean pocos o muchos, la inmensa masa de los que practican la doctrina de Cristo calladamente. La Iglesia no se conoce por los vestidos colorados; es más difícil de conocer que eso.

Puesto que la tentación va de vencida, los hechos que la fundaron no hay por qué contarlos; y en parte han sido contados ya por mí, pero transformados en material poético o novelesco, no como quejas o reproches lo cual fuera vileza. Que para eso sirven las experiencias adversas, para volverlas experiencia poética o filosófica o práctica, justamente. Sin embargo, voy a aludir al último episodio que muchos conocen, para que se vea la capa de vitriolo que hay en el fondo y que lanza radios [vitriolo: vidrio y ácido; radios: rayos, directo del latín] hacia la superficie, que no fue una casualidad sino que permanece. Dios me hizo como una sonda viva para que tocase el vitriolo; y cuando el ácido me estaba por devorar, me sacó arriba armado de una nueva terrible experiencia, una inesperada sabiduría.

La última vitriolada es pues la siguiente; hace cosa de un año vino una orden de Roma a los padres paulinos de que no editaran ningún libro de Castellani, pretérito, presente ni futuro. La orden fue oculta, a mí no me dijeron nada. La orden provino de la Congregación del Santo Oficio, cuya competencia son los errores y herejías; pero no me quisieron decir qué herejía había yo perpetrado. El derecho canónico y una bula de Benedicto XIV mandan que sí un cristiano se despeña en un error, se le avise; y recién se lo condene si después de dos avisos no se corrige. Aquí se procedió al revés: se sentenció primero y no se avisó nunca. Como los salesianos y los verbodivinos se enteraron de la orden a los paulinos, y como, haciendo celo, se dispusieron de inmediato a cumplir lo que nadie les pedía, heme aquí que no puedo editar ni reeditar ningún libro religioso mío —y libros no religiosos no tengo ganas de hacer—, porque mis libros religiosos, obviamente no puedo ir a Losada, Emecé o Sudamericana con ellos; y como tengo que ayudarme de mis libros para comer, pues la picola jubilación de periodista no alcanza para comer, ayúdenme a pensar. O sea, el disparo eclesiástico partido de las Tinieblas apuntaba a la barriga; conforme decían los rojos catalanes durante la última guerra civil española: “Apunteu a la barrigue”.

Me dirán: bien, sabido es que de Roma viene lo que a Roma va; y bien sabe usted de quién partió aquí en Buenos Arres la denuncia que en Roma se convirtió en sentencia. No vale: pues el que convirtió la secreta denuncia en secreta sentencia es el más alto organismo jerárquico de la Iglesia; el cual debería tener la obligación —no sólo como santo sino aun como racional- no sentenciar sin oír. El gran pensador suizo Gonzaga de Reynolds me dijo una vez, cuando estuvo aquí en Buenos Aires: “No hay en el mundo sociedad más desagradecida que la Iglesia Católica”. Mas en este caso se podría encarecer más, diciendo que no ya sólo la virtud de la gratitud, sino la simple virtud de la honradez han sido atropelladas aquí; pero, como está dicho, se niega que venga propiamente de la. Iglesia.

Éste es uno de los rayos de vitriolo que parten del forado inficionado de la Iglesia actual: el depósito de vitriolo se llama fariseísmo; y dese depósito viene la perturbación y crisis actual. Siempre ha existido; y las grandes perturbaciones de la Iglesia actual de allí deben de venir. Ahora bien, el fariseísmo fue la Sinagoga, la que dio muerte a Cristo; pero el fariseísmo no es la Iglesia. ¿Y quién es, pues la Iglesia en este caso? En este caso la Iglesia sería yo, como “siguiendo los preceptos del Señor y sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir”; como cuando condenaban a San Basilio la Iglesia era San Basilio, cuando condenaban a San Atanasio la Iglesia era San Atanasio, cuando condenaban a Juana de Arco la Iglesia era Juana de Arco: y lo mismo en 10 otros casos, San Juan de la Cruz, el arzobispo Carranza, el Beato Oriol, el padre Coloma, Jacinto Verdaguer. ¡Quién me iba a decir a mí: cuando joven en el Colegio del Salvador había un padre muy pomposo, majestuoso y prosopopéyico, el padre Isem, al cual por eso le pusimos el apodo de la Iglesia Católica; y ahora resulta que en justo castigo soy yo la Iglesia Católica en confronto con el padre Mejía”.

Dejando esto, y pasando a la Patria, es el mismo cuento. Ustedes tendrán sus propias experiencias, pero mi propia experiencia es que la Patria me ha puesto al margen de sus movimientos, me ha hecho ciudadano de segundo orden, me ha cargado como escritor con la conspiración del silencio, me ha exonerado de mi trabajo cinco veces, y en algunos lapsos no me ha dejado ejercitar ninguno de los tres oficios que sé, o sea: sacerdote, profesor y escritor. Son oficios que estudié bien; y ha habido trechos en mi vida en que no podía ejercitar ninguno. Podía haberme agregado a la “emigración de los técnicos”; pero no lo hice. Me quedé aquí. Incluso lo juré.

La respuesta a esto es la misma. No son la Patria los que actualmente y desde hace mucho tiempo mangonean el país a su gusto o a gusto del diablo: ¡La Patria son ustedes! No es la patria la ideología liberal, la plutocracia mercantil ni el imperialismo extranjero; esas cosas no se pueden consagrar al Corazón de María. Alguien dijo que puede ser que Onganía se haya convertido anteayer al hacer su consagración; pero en este caso va a tener que cambiar una cantidad de cosas que ha hecho. Si no comienza a cambiar una cantidad de cosas que ha hecho, no se ha convertido nada y menos consagrado; y tanto peor para él.

¡Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esta casona derruida donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada día cosas que nos dan en rostro, estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales. La Patria son ustedes. Entonces la Patria real ¿es muy chica? No lo sé, puede que sí, puede que no. Pero la Patria son ustedes.

Y si la Iglesia somos nosotros y la nación real —no La Nación diario— somos nosotros, ¿qué porvenir nos espera?

Un buen porvenir. Después de lo que ve la melancolía del anciano, viene lo que ve la juventud renovada por la fe; pues el salmo 102 dice: “Dios puede renovar mi juventud como la juventud del águila”, o sea del Ave Fénix.

La Iglesia está en crisis. Bien. ¿Es la primera crisis en su historia? No es la primera crisis, aunque los pesimistas dicen es la última. Se puede decir que, en cierto modo, la Iglesia ha andado en crisis siempre; y hasta hoy ha salido de todas y ha salido con ganancia. Baste recordar aquí la histórica frase de San Jerónimo cuando la crisis arriana del siglo IV: “El mundo se despertó un día y se espantó de verse arriano”. O sea, la herejía de Arrío, acompañada de tremenda persecución a la Iglesia, se había propagado en forma fulminante, adoptada por los emperadores y el ejército romano. De la noche a la mañana, como si dijéramos, el mundo se encontró hereje; y sin embargo poco después, cuando San Jerónimo escribió, la pesadilla había pasado.

La crisis que dio origen al Protestantismo fue algo parecido. El gran teólogo San Roberto Belarmino creyó que era la Gran Apostasía, predicha por San Pablo, tras de la cual ha de venir el Anticristo y el fin del tiempo; y la razón que lo movía era que la Pseudo Reforma era la herejía más grande que había habido “y podía haber”’ pues al cortarse de la Iglesia Visible y librar la religión al libre Examen (o sea el capricho individual), abría la puerta a todas las herejías posibles, como de hecho sucedió en el mundo protestante; en el cual existen actualmente si no me equivoco 200 religiones diferentes o denominaciones, como dicen ellos; a no ser que sean 300. Desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona de la Santísima Trinidad empezó a decir cada macana que tembló el misterio; y que me perdonen mis hermanos separados, pero me es imposible tomarlos demasiado en serio.

Desa pavorosa crisis que parecía iba a barrer con el cristianismo romano, la Iglesia Romana salió con graves pérdidas pero también con mayores ventajas; creció incluso numéricamente, a causa de la evangelización de América por España. El Protestantismo siguió el curso que le habían predicha los mejores teólogos; es decir, se desmigajó, y se sometió a los poderes polí­ticos; y si no desapareció del todo fue porque readaptó una cantidad de cosas que había comenzado por repudiar, como las parroquias, el sacerdocio, los obispos, la liturgia, e incluso, la comunión, los anglicanos y los luteranos. El Protestantismo fue combatido por Roma como una siniestra herejía por tres siglos, desde Belarmino a Newman; y si ahora la Iglesia parece haber aflojado respecto a él, es porque la situación ha cambiado; o sea, brevemente hablando, los que ahora nacen y son educados en el seno de un país protestante no son ya como los primeros protestantes, renegados y apóstatas: son como nosotros, maleducados.

Pero algunos dicen que la crisis actual de la Iglesia es peor que la crisis del siglo XVI; y yo creo lo mismo, después de haberlo largamente considerado. Bien ¿y qué? La mano de Dios no está abreviada y Dios puede conceder al mundo lo que Belloc y Chesterton tanto han deseado: la conversión de Europa; y la conversión de Europa sería entonces la resurrección del mundo. Las otras grandes crisis de la Iglesia, no se veía durante ellas como podían solventarse; y se solventaron, Así tampoco veo yo ahora cómo puede solventarse el presente berenjenal; pero eso quiere decir que Dios no vea mejor que yo las berenjenas.

Si la crisis de la Iglesia se solventa, la crisis de la Argentina se solventa; porque su raíz más honda es de índole religiosa. Dicen que esa crisis consiste simplemente en la lucha entre federales y unitarios, los unitarios estando actualmente triunfantes y los federales derrotados. (Yo soy federal santafecino del mariscal don Estanislao López; y por lo tanto es justo esté derrotado). Yo diría más bien que la lucha es entre los logistas, o sea masones, los cuales están triunfantes, por medio principalmente de los católicos llamados mistongos, y la sencilla e ingenua fe de los que en otros tiempos enarbolaron un estandarte que decía: Religión o Muerte, y ahora no se atreven a hacer lo mismo y enarbolan un estandarte que dice: “Una esclavitud confortable; que sea confortable y además lleve el nombre de LIBERTAD”.

Llegamos; pues a la profecía sobre la Patria.

He dicho antes que ustedes son la Patria, porque sé que hay muchísima gente como ustedes en todo el ámbito del país; y mediante ellos estoy yo vivo todavía y séame lícito mencionar de paso a monseñor Roberto Tavella, el doctor Alberto Graffigna y el finado Enrique Von Grolman, el señor don Florencio Gamallo, el padre Llussá y el padre Furlong, dejando otro montón entre mis bienhechores. Este montón incalculable de gente, que son los argentinos antiguos, esperan la salvación de la Patria de la bondad de Dios y de sus propios esfuerzos; hasta hoy por desgracia aislados, dispersos y aparentemente inútiles. Y mientras ellos existan, aunque sea como generación sacrificada, la redención de la Argentina es posible.

—Así que usted cree que la redención de la Argentina es posible.

—Sí, pero no la creo fácil.

—Y ¿cómo se iría a verificar?

—El cómo creo no hay un solo hombre en el mundo que lo sepa.

—¿O por lo menos, por qué camino?

—Días pasados me decía Octavio Maestu que no por el camino de cambiar estructuras, sino que deben cambiar los hombres, o sea los ánimos, o las ánimas. En realidad de verdad, ambas cosas deben cambiar, juntas y recíprocamente; o sea en causalidad recíproca, como dicen los filósofos. O sea, para repetir una cosa ya muy conocida, que Dios nos exige un cambio juntamente político y religioso. El cambio religioso es el más importante pero el cambio político es el más urgente: y ninguno de los dos puede darse solo. Y aunque para algunos conocidos míos estas dos cosas, religión y política, son distintas, y aun opuestas, y “hay que dejar la política y hacer sólo religión” dicen; es fácil de ver dónde estas dos cosas se tocan y conectan, que es en el Reino de la Verdad. Rendir culto, cultivar y resguardar la verdad, aunque sea acerca de Rosas, es hacer a la vez religión y política. Porque la Verdad es Dios, dijo crudamente Quevedo; o sea, el hombre ve las cosas porque existen y las cosas existen porque Dios las ve; y eso es la Verdad, una trascendencia que está colocada entre los hombres y Dios y tiene relación con ambos intelectos. Y así el Dios que se hizo hombre fue el Logos, es decir, la Verdad. “Nuestro Dios es el Dios de las cosas como son. Nuestro Dios es el Dios que es”.

—¿Y Ud. cree que lo va a ver?

—Sí, yo creo que lo voy a ver, desde este mundo o desde el otro.

Veré la conversión de Europa precedida ojalá de la conversión de la Argentina, la cual hemos de desear y procurar lleve la delantera, o al menos no vaya de baticola. Y si yo no veo eso, veré el gran desbarajuste atómico, en el cual el cielo y la tierra pasarán con gran estruendo, como dice San Pedro en su Epístola II, para dar lugar a la Reconstrucción Total y Definitiva a cargo del Dictador, y Taumaturgo de Nazareth, que, conforme a nuestra fe, algún día para eso solamente tiene que volver a la tierra, de la cual nunca se separó demasiado ni puede separarse, como indica ese nombre de Parusía. Porque una de dos: esta crisis atómica —y estas convulsiones entre trágicas y grotescas del mundo actual— o es la última crisis o no es la última crisis. Si no es la última crisis, entonces pasará y con ello pasará también la crisis argentina, aunque no sin que nosotros cinchemos; porque de arriba y gratis no dan nada hoy día; y sí es la última crisis, precursora del gran tumbo y voltereta, entonces debemos trabajar lo mismo hasta estar seguros de que ha llegado, aunque no para impedirlo, porque ya no habrá caso, sino para salvamos. Y la salvación consistirá en levantar las cabezas, animarnos y alegrarnos —lo cual no será fácil— porque así lo mandó Cristo. “Cuando veáis que todas estas casas comienzan”. . . , dijo; o sea, la Gran Apostaría, la persecución a los cristianos veros y el Evangelio ya predicado a todas las gentes; precedidos estos Tres Signos, del Presigno que son “guerras y rumores de guerra”. “Cuando estas cosas comiencen, levantad vuestras cabezas, porque vuestra salvación está cerca”.

Vaya un donoso consuelo que ha venido usté a darnos aquí; desde el principio del discurso —y menos mal que ya se acaba— ha estado recordando la muerte; y menos mal que no adornó la mesa con calaveras. No. Hemos estado recordando la Resurrección: la Resurrección del mundo, la Resurrección de la Argentina y la Resurrección de cada uno en particular. Y por eso hemos adornado la mesa con flores.

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7 de agosto.

verdeyo

Homilía para el domingo XIX durante el año C

La historia, vista con ojos humanos, es casi siempre una pesadilla. Esto es cierto hoy como lo fue en los días de los profetas del Antiguo Testamento y en el tiempo de Jesús. Siempre hay más escándalos, opresión, agresión,guerras, limpieza étnica y cosas que no podemos imaginar. Sin embargo, hay que poner todo esto en un contexto más amplio, en relación con el pasado, por supuesto, pero sobre todo en relación con el futuro. Porque si el pasado puede ayudarnos a entender lo que estamos viviendo, es el futuro que le da sentido a lo que vivimos hoy. Por eso Jesús nos llama a estar listos para el día del encuentro final con nuestro Dios. Y esto lo podemos aprender de nuestros antepasados en la fe, el pueblo de Israel

Dios, tal como es concebido por el pueblo de Israel, es el Dios del Éxodo, del exilio, de la Promesa. La concepción pagana de Dios era la de una presencia inmediata y dio lugar a una religión de los ídolos. Israel no tenía ídolos, Israel, adoró el nombre del Dios de la Promesa y esta religión creó una historia – una historia que fue menos la experiencia de un cambio continuo que el esperar el cumplimiento de una promesa. Siempre vivieron en el presente, pero lo que estaban viviendo recibía su sentido de lo que se les prometió para el futuro y la esperanza para el futuro se basa en el amor que Dios les había mostrado en el pasado.

La primera lectura de hoy, tomada del libro de la Sabiduría, habla de la noche santa del Éxodo, en el que el pueblo de Israel fue sacado de Egipto por Yahvé. Luego la lectura del Evangelio se refiere a la gran noche de la Resurrección de Cristo de la muerte. Ninguna de estas dos noches era el final de un proceso histórico. La resurrección no fue el final de nada. La tumba vacía no era como pensaba Hegel, el memorial de la nostalgia. La resurrección de Cristo, como el Éxodo de Egipto, fue un acontecimiento que abrió al Pueblo al futuro, que a su vez afirma y confirma la promesa de Dios.

El sentido último de nuestra existencia no está en el pasado evento del pueblo de Israel saliendo de Egipto, hace cerca de tres mil años, o de Jesús, que salió de la tumba hace poco más de dos mil años. El sentido último está en la resurrección de toda la humanidad en la liberación total de todos los seres humanos de la esclavitud del pecado, la opresión, la guerra. Esta es la razón por la cual la llamada de Jesús a estar preparados y vigilantes no es un llamado a la pasividad. Este es un llamado a ser activamente atentos, una llamada a trabajar personalmente y con lucidez en la realización de la promesa. Por eso este Evangelio no es un elogio al desinterés. Es más, al escuchar la invitación tranquilizadora de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles a ustedes el Reino» (Lc12,  32), nuestro corazón se abre a una esperanza que ilumina y anima la existencia  concreta: tenemos la certeza de que «el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva» (Spe salvi, 2).

No se debe entrar en la historia hacia atrás, mirando hacia atrás. A lo que se nos llama, es a construir un futuro que estará más cerca de la liberación total y definitiva, vivir con autenticidad y responsablemente nuestro presente. No sabemos exactamente cuál será el futuro de nuestra sociedad, nuestra iglesia, nuestra comunidad. Pero creemos que (en la fe) hay un futuro y sabemos que este futuro está en manos de Dios y se hará con nuestra cooperación. Y el fundamento de esta fe es que sabemos que Dios ha estado con nosotros en el pasado.

Muchos de nuestros planes no funcionaron, muchas de nuestras expectativas no se cumplieron. Como los discípulos de Emaús, caminando juntos, a menudo enumeramos varias de nuestras esperanzas no realizadas. La fe en la presencia del Extranjero (Jesús) que camina con nosotros nos asegura que él ha resucitado verdaderamente y que tarde o temprano, con nuestra participación, la resurrección final será una realidad.

En Lumen fidei nº 4 nos dice el Papa Francisco, en el escrito del Papa emérito Benedicto: “Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas.”

Y Jesús en el Evangelio de hoy —mediante las tres parábolas— ilustra cómo la  espera del cumplimiento de la «bienaventurada esperanza», su venida, debe  impulsar todavía más a una vida intensa, llena de obras buenas: «Vendan sus bienes y den limosna. Háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla» (Lc12, 33). Se trata de una invitación a usar las cosas sin egoísmo, sin sed de posesión o de dominio, sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los demás, la lógica del amor: como escribe sintéticamente Romano Guardini, «en la forma de una relación: a partir de Dios, con vistas a Dios» (Accettare se stessi, Brescia  1992, p. 44).

Cómo nos cuesta vivir en el presente, si nos anclamos en el pasado nos angustiamos, si vivimos muy pendientes del futuro la ansiedad nos nubla el presente y nos intranquiliza. El pasado nos tiene que enseñar que Dios siempre estuvo con nosotros y viviendo seria y profundamente el hoy preparamos el cumplimiento de la Promesa de Dios que parte de este mundo y se hunde en la vida bienaventurada de Dios, la fe luminosa es la esperanza que nos trae la luz del futuro de la resurrección de Cristo que nos atrae a él, para transformar el hoy.

Que María nuestra Madre nos haga estar atentos y vigilantes esperando a nuestro Señor, sin ser vagos ni maltratadores sino administrando seriamente el don de la vida, hoy. Si somos fieles con los bienes que el Señor nos dio en el presente él nos dará muchos más y el que más vale, que es su amor y su amistad.

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5 de agosto.

Basílica santa María la mayor, Roma

Basílica santa María la mayor, Roma

SANTA MARIA LA MAYOR

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES

LA LEYENDA

Una deliciosa leyenda da origen a la devoción de Roma a la Virgen de las Nieves.  Leyenda, que inmortalizó en la misma basílica un discípulo de Giotto, pintando el suceso extraordinario en la misma Basílica de Santa María la Mayor, donde permanece.  La escena: Está dormido el papa Líborio, con la mitra al Iado; y sobre él hay ángeles y llamas. Delante está la Virgen. En otro cuadro, Juan, el fabuloso patricio que dedicará su fortuna a la construcción de la basílica también está dormido y es iluminado por una aparición. Era un sueño doblemente milagroso. La Virgen hace descender una copiosa nevada sobre el monte Esquilino, diciéndoles que quiere se le consagre el campo nevado. El pueblo acogió la leyenda alborozado, los artistas la reprodujeron en sus lienzos. los poetas la cantaron en sus odas, y Santa María la Mayor sigue siendo todavía Nuestra Señora de las Nieves. Nieve en el ferragosto en Roma era para colapsar la atención, ya que el hecho ocurre en la noche del 4 al 5 de agosto, los días más calurosos de la canícula romana.

RESUELTAS LA DUDAS DEL PIADOSO MATRIMONIO PROCER

Juan y su esposa, matrimonio sin hijos, que pensaban a qué dedicarían su copioso patrimonio, se dirigen a contar su visión al papa Liberio, que había recibido la misma revelación. El Pontífice, todavía impresionado por el sueño extraordinario organizó una procesión hacia el lugar señalado por la Madre de Dios. Estupefactos y maravillados quedaron todos al ver un trozo del monte Esquilino, acotado y cubierto por la nieve fresca y blanca, recién llovida, con lo que la Virgen  manifestaba su deseo de que allí se levantase un templo en su honor. Repetidas son las veces en que María pide la construcción de templos, lugares de oración, por la importancia que tiene para el mundo la plegaria, presagio de lluvia de gracias y bendiciones. Basta pensar en Fátima y en Lourdes.

LOS ARTISTAS

Nuestro Murillo inmortalizó también esta leyenda En él aparece el matrimonio contando la visión al Papa, y en el fondo se contempla la procesión y el campo nevado. También otros artistas reprodujeron en sus cuadros este milagro y los poetas lo cantaron en sus versos.

Bartolomé Murillo, fundación de la Basílica Santa Maria Mayor
 

ARRAIGO EN ROMA

La devoción a la Virgen de las Nieves arraigó fuertemente en el pueblo romano hasta trapasar los límites de las fronteras y a extenderse por toda la cristiandad. En su honor se levantan hoy templos por todo el mundo, y muchas mujeres cristianas que llevan el bendito nombre de la Santísima Virgen de las Nieves.

Nuestra Señora de las Nieves es lo mismo que Santa María la Mayor, primera iglesia que se levantó en Roma en honor de María y una de las más suntuosas de Roma, por lo que mereció el título de la Mayor. Así se la distinguía de las otras sesenta iglesias que tenía la Ciudad Eterna dedicadas a Nuestra Señora.

VARIAS ETAPAS  DE LA BASILICA

Esta basílica ha pasado por bastantes vicisitudes a través de los tiempos. Situada en el Esquilino, una de las siete colinas de Roma, durante la República era necrópolis y paseo público bajo el Imperio de Augusto, donde el opulento Mecenas tenía unos jardines. Allí estaba la torre desde la cual contempló Nerón el incendio de Roma y allí había un templo dedicado a la diosa Juno, al que acudían las parejas de novios para implorar sus buenos auspicios. Aquí quiso la Reina del Cielo poner su morada. En el corazón de la urbe introduce su planta virginal y Roma se abrirá al amor de la Madre. Aún no estaba consagrada a María y era designada como basílica Sociniana. Allí habían luchado los partidarios del papa Dámaso con los secuaces del antipapa Ursino. a finales del siglo IV. Es conocida también como basílica Liberiana por su fundador, el papa Liborio, que es el papa del sueño milagroso.

En el siglo V la reconstruye Sixto III, quien la consagra a la Virgen.

El gran triunfo de María  en el Concilio de Efeso ocurrió  cuando en 431 cuando los padres del tercer concilio ecuménico  proclamaron la maternidad divina de María contra el hereje Nestorio. Este acontecimiento desató una crecida ola de amor a la Virgen que recorrió toda la cristiandad de oriente a occidente, pues la maternidad divina de María es el más grande de los privilegios de María y la raíz de todas sus grandezas.

ROMA TRAS EL CONCILIO DE EFESO

Roma no podía faltar en esta hora de gloria de Maria. Santa María la Mayor recibió el eco de la definición de los padres de Efeso en honor de la Theotocos. La ciudad entera levantó y hermoseó esta basílica. Los pintores pusieron sus pinceles bajo la dirección del Papa y las damas relaron sus joyas. La antigua basílica Sociniana fue decorada con pinturas frescos, lienos, óleos y mosaicos que celebraban el misterio de la maternidad divina de María. Se alzó un arco de triunfo y sobre la puerta de entrada se leía: “A ti, oh Virgen María, Sixto te dedicó este nuevo templo… ” Las pinturas son de tema Mariano y relacionadas con la maternidad divina de María. Representan a la Anunciación, la Visitación, María con el Niño, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y escenas de la vida de la Virgen. Las tres amplias naves de la basílica se enriquecieron con los dones de los fieles y los ábsides se adornaron de lámparas y mosaicos.

SANTA MARIA AD PRAESEPE

En el siglo VII se le añade una nueva advocación: Santa María ad praesepe, Santa María en el Pesebre. La maternidad de María conduce la devoción de los fieles al portal de Belén, a Jesús. Como siempre, por María a Jesús. Al lado de la basílica surge una gruta estrecha, obscura y recogida como la de Belén. Allí irán los papas a celebrar la misa del gallo cada Navidad.

UNA DE LAS CUATRO BASILICAS

Hoy Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas patriarcales de Roma cuya visita es necesaria para ganar el jubileo del año santo. Actualmente es una de las iglesias más ricas y bellas de la ciudad de Roma, que conserva muy bien su carácter de basílica antigua..

Sobre el altar mayor hay una imagen de María del siglo XIII, atribuida a San Lucas, y en la nave se halla el monumento a la Reina de la Paz, erigido por Benedicto XV cuando terminó la primera guerra mundial. Su artesonado está dorado con el primer oro que Colón trajo de América.  Santa María de las Nieves es una de las advocaciones más bellas de la Santísima Virgen. Ella, que es la Madre de Dios, Inmaculada, Asunta al cielo, Virgen de la Salud y del Rocío, es también Nuestra Señora de las Nieves.

LA PRIMERA BASILICA

Ni San Pedro del Vaticano, ni San Pablo extramuros, ni San Salvador de Letrán habían osado establecerse en el corazón de Roma hasta que María: “con el poder de su belleza avanza, triunfa y reina”, como dice el salmo, se estableció en el corazón del paganismo. Penetró en la ciudad, atravesó los jardines de Mecenas y puso su planta en el Esquilino. La torre donde Nerón contempló cantando el incendio de Roma, fué derruída; el templo de la reina Juno cedió sus columnas y sus bronces a la nueva basílica cristiana. La reina del Cielo destronó a la reina del Olimpo.

 

 

 

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4 de agosto.

Ars, Francia.

Ars, Francia.

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EL SANTO CURA DE ARS, Juan María Vianney, patrono de los párrocos.

(† 1859)

Oficialmente, en los libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica. Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney. ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

 Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

 Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar. Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

 Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc., etc.

 El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra

 Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourviere, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera. Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

 Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

 A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero… el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino. pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

 Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

 Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María. continúa sus estudios sacerdotales en Verriéres primero. y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero… falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. El se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

 Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

 Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón “a llorar su pobre vida”, como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

 Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

 Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

 No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que “Ars ya no es Ars”. Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

 La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

 Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

 Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

 Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

 Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina…

 Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir… Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

 No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. ¡Ah, amigo mío! —respondió sonriente—, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado.” “Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento.” “Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte.”

 Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

 Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de “La Providencia”, aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. “Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras.” Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: “El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres.”

 El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. “El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans.”

 Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Este había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras “que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén”, suavemente, sin agonía, “como obrero que ha terminado bien su jornada”, el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

 Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: “¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás.”

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3 de agosto.

Jesús y la cananea

Jesús y la cananea

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 18ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del profeta Jeremías (31,1-7):

En aquel tiempo –oráculo del Señor–, seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo. Así dice el Señor: Halló gracia en el desierto el pueblo escapado de la espada; camina Israel a su descanso, el Señor se le apareció de lejos. Con amor eterno te amé, por eso prolongue mi misericordia. Todavía te construiré y serás reconstruida, Doncella de Israel; todavía te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros; todavía plantarás viñas en los montes de Samaría, y los que plantan cosecharán. «Es de día» gritarán los centinelas en la montaña de Efraín: «Levantaos y marchemos a Sión, al Señor nuestro Dios.» Porque así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el amor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: “El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel.”»

Palabra de Dios

Salmo

Jr 31,10-13

R/. El Señor nos guardará como pastor a su rebaño

Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como pastor a su rebaño.» R/.

Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte.
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor. R/.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

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1. (Año II) Jeremías 31,1-7

a) Siguen las palabras de ánimo de Jeremías. Quiere que el pueblo no pierda la esperanza. El golpe del destierro va a ser duro, pero los caminos de Dios siguen siendo caminos de salvación y reconstrucción.

El lenguaje es entrañable. Dios es el Dios de la Alianza, el que ama, el que ayuda: «con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia… doncella de Israel, todavía te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros». Y, aunque parezca que todo está perdido, «todavía te construiré y serás reconstruida».

b) No tiene desperdicio la página de Jeremías también para nosotros, si nos encontramos en situación de desánimo.

Por una parte, haremos bien en aprender las lecciones que nos da la historia, pensando que, seguramente, algo de culpa habremos tenido nosotros en el deterioro de las cosas.

San Juan Pablo II, en su carta convocatoria del Jubileo 2000, nos invitaba a un examen de conciencia: «A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo… la indiferencia religiosa… la pérdida del sentido trascendente de la vida… la atmósfera de secularismo y relativismo ético. ¿Qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios, a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social?» (TMA 36). En esta año el papa Francisco nos invita, a mostrar el genuino rostro de Dios, el rostro de la misericordia.

Pero, a la vez, el profeta nos invita a la esperanza. El lenguaje es optimista: «halló gracia… camina al descanso… te construiré, serás reconstruida… te adornarás y saldrás a bailar… plantarás… cosecharás…». Eso no pasó sólo hace dos mil quinientos años. Dios quiere que pase también ahora lo que dice el salmo: «el que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño… entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos…».

No está hoy el mundo peor que en tiempos de Jeremías. Y tuvo solución, porque Dios lo seguía amando. Y ahora ¿quién nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?

Que alguien suba hoy a la azotea y grite, con el profeta: «Es de día». E invite a todos: «Levantaos y marchemos al Señor nuestro Dios… gritad de alegría… el Señor ha salvado a su pueblo».

2. Mateo 15,21-38

a) Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por primera vez fuera del territorio de Israel, a Tiro y Sidón, el actual Líbano.

Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.

Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero, hace ver que no ha oído. Luego, le pone unas dificultades que parecen duras: lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. Ella no parece interpretar tan negativas estas palabras y reacciona con humildad e insistencia. Hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».

b)La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por «un demonio muy malo», es sencilla y honda: «Ten compasión de mí, Señor» (en griego: Kyrie, eleison).

No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las «dificultades» que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano), en contraposición a los judíos, los de casa, a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera. La fe de esta mujer nos interpela a los que somos «de casa» y que, por eso mismo, a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás. Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.

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31 de julio bis. Una homilía del P. Castellani.

Habitación de san Ignacio en Roma.

Habitación de san Ignacio en Roma.

San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas

Hacer el panegírico de San Ignacio de Loyola es un gran honor para mí; y le quedo cordialmente agradecido por el honor al Sr. Cura Párroco, Dr. Agüero. La palabra «panegírico» ha ido tomando un sentido peyorativo; y eso con razón, cuando en vez de ser una simple exposición de la vida del Santo se convierten en piezas retóricas pomposas hinchadas y huecas que ponen al santo por las nubes pero lo quitan de la tierra.

Pero las vidas de los Santos es la lectura más útil al cristiano después de la Sagrada Escritura: esa lectura convirtió a San Ignacio de Loyola.

Una monja mejicana me escribió hace poco que no le gustan la vida de los Santos porque son aburridas o mentirosas; tiene razón con respecto a las biografías escritas por devotos ininteligentes. En su Vida de San Ignacio el escritor inglés Cristopher Hollis dice que los devotos suelen ser poco honrados; quiere decir que escriben vidas de Santos hombres que no tienen la inteligencia y la experiencia requeridas por ese género literario, el más difícil de todos. «Hay que ser un santo para escribir bien la vida de otro santo» dijo Tomás de Aquino, con alguna exageración. Pero hay numerosas vidas de Santos buenas: hace poco la Sra. Clara Luce Booth ha publicado un libro Santos de Ahora, entre quienes cuenta a San Ignacio: vidas breves escritas por los mejores escritores yanquis -de ahora.

San Ignacio no ha tenido suerte en biografía: no he hallado ninguna que me satisfaga, y he leído muchas. Incluso hay no pocas equivocadas y aun calumniosas, como la del austríaco Fulop-Müller y la del suizo Bluck, que ha publicado Peuser entre nosotros. Casi todas conciben a Iñigo de Yañez y Loyola (no Iñigo López de Recalde que dicen algunos) como el «Gran Inquisidor»: un hombre terco, rígido, implacable, inhumano incluso; porque, por ejemplo, a un jesuita que dio por broma una palmada en el trasero a otro que estaba agachado, lo echó al instante de la Compañía; rasgo accidental que no define a San Ignacio, y pudo ser un error, por cierto; pero para mí, en el fondo es un rasgo de sentido común; como el rasgo de Onganía al cerrar Tía Vicenta.

He aquí un soldado cojo y calvo, «soldado desgarrado y vano», de estatura casi enano, hijo de un terruño rudo, que jamás supo bien el castellano ni el vasco ni el latín ni el francés ni el italiano… se pone en el siglo XVI –dice el historiador protestante Lord Macaulay- «en el rango de los más grandes estadistas europeos» y el hombre que más ha influido en el mundo moderno –dentro de la Iglesia: A san Ignacio se podría aplicar lo que me dijo por broma un vasco no hace mucho: «Nosotros los vascos somos todos buenos; pero somos muy brutos. Ahora que cuando un vasco sale inteligente, como yo por ejemplo.. ¡arripoa!». San Ignacio fue un vasco genial. No les han faltado tampoco a los vascos genios especulativos.

Ignacio no fue ni el gran inquisidor de la leyenda de Dostoiewski, ni el jefe taimado y tramposo de Carducci y Víctor Hugo, ni el «Perinde ac cadáver» (frase que no inventó él sino San Francisco de Asís) ni el sargento mayor encalabrinado de disciplina, ni el «profesor de energía» que dice el P. Laburu, ni el gran politicastro, ni el Quijote viviente de Unamuno. Eso es leyenda o caricatura. Más cerca de encender hogueras estuvo él de ser mandado a la hoguera; y salvó de la hoguera a muchos. El nombre que él se daba era el de «Peregrino», el de «Pecador» o el de «Pobre en virtud»; y quienes lo conocían lo llamaban «Padre».

Veremos brevemente la conversión de San Ignacio, la fundación de la Compañía de Jesús y el estado de la Compañía hoy en día.

I

Dice Papini en su libro «Los Operarios de la Viña» que Ignacio de Loyola no es un santo popular: pocas veces los hombres de mando y de lucha y de orden son populares para el vulgo; son muy amados por los que están en contacto inmediato con ellos; y esto sucedió grandemente con San Ignacio. Por otra parte tuvo siempre enemigos y calumniadores –hasta nuestro días. Grandes amigos y grandes enemigos; porque simplemente, era grande.

La conversión de San Ignacio se verificó en 1521 a los 30 años, en su lecho de convaleciente; en la misma fecha en que Lutero se sublevó contra la Iglesia de Roma. En el sitio de Pamplona por el ejército francés, una bala de cañón le trizó la pierna derecha, no el muslo sino la canilla; y apenas cayó él, el puñado de españoles que defendía la fortaleza se rindió. Los médicos le ensamblaron los huesos rotos mal que bien; mejor dicho mal; y después se vio que una punta de hueso se proyectaba como un tarugo debajo de la piel; impidiendo el uso de la bota alta y estrecha que usaban los oficiales. Iñigo de Loyola exigió que le arreglaran eso: dijeron había que reabrir la herida, serruchar el hueso y estirar la pierna con poleas: sin anestesia. Iñigo soportó la horrible operación sin un gemido, solamente suspirando «¡Ay Jesús!» de vez en cuando. Quedó sin embargo rengo: «martirio de vanidad» lo llamará más tarde. No era su primer acto hazañoso; y mucho menos el último: toda su vida hizo actos arrojados, indomables, atrevidos incluso; es decir, caballerescos.
En su segunda larga convalecencia Iñigo leyó vidas de Santos; había pedido le trajeran novelas de caballería y le trajeron a falta dellas la «Vida de Cristo» del Cartujano y el «Flos Santorum», o Vidas de los Santos. Leyéndolas, su ánimo ardiente y ambicioso decía: «¿Esto hizo San Francisco? Pues yo también lo puedo hacer. ¿Esto hizo Santo Domingo? Pues yo también lo tengo de hacer» Y notó que cuando se pasaba horas soñando con «la dama de sus pensamientos» (que era nada menos según parece que la princesa Juana de Aragón, casada más tarde con el Rey de Nápoles; «pues no era condesa ni duquesa sino más arriba que eso» -dice él en su Autobiografía) mas cuando pensaba en las grandes hazañas y hechurías que iba a hacer por ella, el final de los pensamientos le dejaba un extraño amargor; mas cuando pensaba en los Santos, el final era tranquilo y gozoso. Después de una larga lucha de sentimientos («discernimiento de espíritus» lo llamará más tarde) se decidió a dejar la caballería terrena y seguir a Jesucristo, visto por él como un Jefe temporal (mucho mejor que el Duque de Najera, su señor) que hace reclutamiento en todo el orbe de la tierra para su sempiterna campaña contra Satanás. «Si San Bernardo hizo esto (la primera Cruzada) yo también lo haré».
Se arrancó de su casa no sin resistencia de los suyos y fue, cojeando, mendigando y desconocido al monasterio de Montserrat, donde veló una noche entera en oración, conforme a la costumbre de los caballeros antes que un Rey o una Reina (o «su señor natural») les diesen el espaldarazo con la espada y les calzasen las espuelas de oro, consagrándolos para siempre al servicio de la Justicia –y de la patria. Pero él dejó su espada al pie del altar de Nuestra Señora; y se fue, hecho un mendigo rengo y penitente a la vecina ciudad de Manresa. Allí buscó una cueva a la orilla del Río Cardoner y comenzó la más extraordinaria tanda penitencias, privaciones y oraciones. «Si San Antonio Abad hizo esto, yo también lo haré». El demonio lo tentó como a San Antonio, también extraordinariamente, con tristezas, escrúpulos, desesperación, hasta el punto de incitarlo a suicidarse. Pero él venció las tentaciones con decisiones heroicas, y tuvo grandes visiones de Dios. Esta fue la conversión de Iñigo, que tiene destellos épicos, novelescos, dramáticos y estremecedores; los cuales son conocidos. Un año estuvo en Montserrat y Manresa; y de ahí se trasladó a Barcelona, después a Venecia, después a Jerusalén.

Fue a Barcelona como etapa para Jerusalén. Una noble dama catalana que tenía un marido ciego y vivía dedicada a su cuidado y a la piedad, Isabel Rosell, estando en la iglesia sintió como una voz interior que le decía «Ese mendigo que está en la puerta». Enseguida que habló con él quedó prendida o prendada: le oyó el lenguaje de los caballeros; y lo protegió todo el tiempo de Barcelona y todo el tiempo de su vida, como otra dama, Inés Pascual en Manresa; y con esta y otra monja, Teresa Rejadella, Ignacio se escribió toda la vida. Blunck dice que San Ignacio fue un misógeno, es decir, enemigo de las mujeres; y en realidad fue lo contrario, demasiado atraído por las mujeres, digamos enamoradizo. En Roma fundó una casa para mujeres arrepentidas; y se iba él mismo a las casas malas, peleaba con los rufianes o «cafishios» y siendo ya General de la Compañía, consejero del Papa y conocido en todo el mundo, las acompañaba a pie por las estrechas y lodosas calles de Roma. Un enemigo de los Jesuitas, Miguel Mir, ex-jesuita, escribió: «Ignacio de Loyola prohibió a sus secuaces la dirección espiritual de mujeres; y él dirigió hasta su muerte un montón de mujeres. Impuso a sus secuaces una obediencia férrea; y él no obedeció una sola vez en su vida…» Lo primero es verdad, lo segundo falso.

En Barcelona tuvo su primer topetazo con la Inquisición; no el último ni mucho menos. Ignacio no podía quitarse de enseñar, exhortar y predicar, incluso en las calles; ni podía andar sin una cola, es decir, compañeros que se le pegaban infaltablemente, como a un imán. Tenía ese magnetismo, el poder de influenciar, tenía «el genio de la amistad» dijo un contemporáneo. No era ni brillo intelectual ni prepotencia de la voluntad; simplemente su libertad obraba sobre las libertades ajenas, y su dignidad era atrayente, radiante, arrastrante. El que se haga Emperador de sí mismo, ese podrá imperar a los otros. Más de una vez le bastó ir a visitar a un enemigo, conversar una hora y dejarlo convertido en adicto; como cuentan de Irigoyen; pero más que don Hipólito por cierto, como fue también el caso de San Francisco y Santo Domingo. La Inquisición andaba con ojo inquieto y barbas al hombro en ese tiempo; y con razón. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al partir él para Venecia y para Jerusalén. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al partir él para Venecia y para Jerusalén.
El viaje a Jerusalén, hecho sin dinero y descalzo, tuvo las más increíbles peripecias, que no contaré: los desprecios, los peligros y las palizas fueron sin cuento. Cuando la nave de los peregrinos en que viajó gratis llegó a Jerusalén, el Provincial de los franciscanos, que era prácticamente el Arzobispo de Tierra Santa, les dijo visitaran el Santo Sepulcro y se mandaran mudar, porque el Turco andaba bravo -los turcos desplumaban y maltrataban a los peregrinos- Ignacio se quedó. El franciscano lo llamó y le dijo si no se marchaba lo iba a excomulgar. Obedeció, pero antes fue a despedirse del Monte Oliveto, de la piedra donde según decían, estampó sus pies Jesucristo al subir al cielo. Sobornó al centinela turco con un cortaplumas, adoró la piedra, y se volvía cuando le vino una idea repentina: mirar si Cristo al subir al cielo estaba mirando hacia España, o al revés, de espaldas. Sobornó otra vez al centinela con una tijeras y entrando vio con gran ufanía que las puntas de los pies miraban a España. Se le acabó la ufanía enseguida porque un sirviente armenio del convento franciscano lo topó; y a empellones puñadas y patadas lo llevó ante el Provincial, que lo reprendió ásperamente. Este era el mismo Iñigo que a los 18 años: porque un grupo de hombres armados que venían por su acera no le cedían la derecha, desenvainó, hirió a uno y los hizo huir a todos. Pero él contó que mientras el armenio lo arreaba como a un animal, el veía delante de sí a Cristo.

Vuelto a España (en las mismas condiciones hazañosas de siempre, de Venecia a Barcelona a pie y mendigando, pasando por Francia, que estaba en guerra con España) Ignacio se puso a estudiar o quiso ponerse a estudiar: la Inquisición le había mostrado que lo que importa no es el saber, lo que importa es el título; que no basta tener talento, hay que tener permiso de tener talento.

Se fue a Alcalá y después a Salamanca algo más de dos años: en Alcalá a la escuela del maestro Arévalo, donde iban niños de 10 años, sentado en el último banco; y de hecho era el último de la clase. Se ponía a decorar la primera conjugación, Amo amas amare amavi amatum y se acordaba del amor de Dios, se abstraía y no aprendía; ni a palos, pues le pidió al maestro Arévalo que le pegase como a los chicos si no sabía la lección. A los dos años Arévalo cansado lo mandó a Salamanca. Como siempre, se le apegaron tres compañeros; y como siempre, andaba predicando y visitando enfermos y encarcelados; y como siempre, alarmó a la Inquisición y los metieron presos tres veces por lo menos.

La primera vez los interrogaron interminablemente y los largaron mandándoles se comprasen zapatos y no anduvieran descalzos. Ignacio le dijo al Inquisidor Figueroa que le regalase él los zapatos; y añadió: «Con tanta y tanta pregunta, ¿qué ha sacado Ud.? ¿Ha encontrado algo malo en lo que enseño?» «No,» -dijo Figueroa- «porque si hubiese encontrado algo malo, os mandaba a la hoguera.» «Y yo también a vos, en el mismo caso» dijo el peregrino.

Este rasgo de humor de Ignacio es uno entre muchísimos: tenía el sentido del humor, que según Aristóteles es propio del hombre magnánimo; y en él era cosa habitual; en este vasco que suelen pintar como seco, seriote, ceñudo, adusto, frío y aun lúgubre. Por ejemplo, cuando por tercera vez lo metieron preso, en Salamanca, con grillos y cadenas, fue a verlo el Inquisidor Frías con el Obispo Mendoza -el que después se haría famoso en el Concilio de Trento, hecho Cardenal de Burgos, confesor y amigo íntimo de Carlos V-; y Frías le preguntó irónicamente: «¿Me tiene odio por estos grillos y cadenas?» «Dr. Frías» contestó el reo «sepa que no hay en toda Salamanca tantos grillos y tantas cadenas cuantos yo desearía sufrir por Cristo. Lo que me impacienta son unos animalejos que hay por aquí, muy chiquitos, pero muy bravos.» La respuesta le ganó la voluntad del Cardenal de Burgos, que lo había ido a ver por curiosidad como a un chiflado cualquiera.

Podría multiplicar los ejemplos del humor un poco tosco y aun salvaje pero siempre amable del peregrino. (Una vez en Roma dijo que a él le gustaría ser judío para tener en las venas sangre de la raza de Jesucristo y un tal Mateo López le dijo, «¿Judío, señor?» y escupió. «Sí señor, judío… como Vuestra Merced» dijo Ignacio, y escupió también).

Una vez, ya General, encontró a un lego que estaba barriendo un corredor y le dijo: «Hermanos, este trabajo ¿lo haces por Dios o por los hombres?» «Por Dios» dijo el lego. «¡Qué lástima! Porque si lo hicieras por los hombres no me importaba; pero haciéndolo por Dios y barriendo tan mal como barres te tengo de dar una buena penitencia». Las penitencias que solía dar era mandar al culpable a rezar a la Capilla hasta que él avisase. Y cuando le preguntaban «¿Por quién debo rezar?» respondía: «Por mí, para que no me olvide».

Dando Ejercicios al Dr. Ortiz, un célebre profesor de Teología y encontrándolo deprimido se puso a bailar delante con su pata renga para hacerlo reír; y cuando, salido de Ejercicios, Ortiz le pidió entrar en Compañía, le dijo «No, porque sois muy gordo». Prohibió admitir en la Compañía hombres de cara fea; sin embargo Diego Laínez, el segundo General, era feísimo. «Me admitieron de noche» decía él.

Se puede contar también como rasgo de humor las catorce horas que esperó sentado a la puerta del Papa Paulo IV, su enemigo, sin comer, sin beber y sin dormir. Lo que quería el Papa era que se fuese; pero tuvo que recibirlo.

El P. Nadal en su «Memorial» dice que el buen humor era continuo en él: «En la recreación y en su aposento estaba siempre alegre y risueño, pero guay cuando fruncía el ceño; ninguno podía sostener su mirada de enojo» esa misma mirada que dirigió en Pamplona a sus compañeros de armas y al Capitán Herrera cuando querían rendirse a los franceses.
Lo hemos dejado en Salamanca, preso. Lo soltaron, con el mandato de no predicar más sobre la diferencia del pecado venial y el pecado mortal. El no se avino a ese mandato: «Me voy a estudiar a París».

Al Prior de San Esteban que, habiéndolo invitado a almorzar, le preguntó de sobremesa, después de haberlo interrogado sobre su vida y haber respondido él ingenuamente: «Bueno, si Ud. no tiene estudios, y predica cosas teológicas, entonces a Ud. ¿le ha enseñado el Espíritu Santo?» Ignacio respondió: «Si lo que yo predico está bien ¿qué le importa a Ud. quién me lo ha enseñado?» «Pues ahora veréis», dijo el Prior y salió furioso y lo denunció, y esta fue su tercera prisión. Cuando salió, dejó a sus primeros compañeros, se fue a París y fundó la Compañía de Jesús.

II

San Ignacio entró en la Sorbona, donde permaneció 7 años (1528-1535) al mismo tiempo que salía della el heresiarca Juan Calvino: otra coincidencia. ¿Para qué voy a contar las peripecias novelescas y las obras hazañosas que hizo en todo este tiempo, como de costumbre? Para él lo más hazañoso fue sacar los títulos de bachiller, maestro de Artes y licenciado y teología; porque el estudio le costaba la mar. Seguía predicando, exhortando, dando Ejercicios y eso casi le costó una «sala» que era un tremendo e infamante castigo; del cual se libró con uno de sus rasgos geniales: fue a verlo a Govea, el Rector, le habló media hora y terminó diciendo: «Cosa donosa es, Sr. Rector, que en un país cristiano sea novedad hablar de Cristo». El Rector lo abrazó y le perdonó la «sala».

Apenas dio el tremendo examen de la Piedra seleccionó seis de sus muchos seguidores, los llevó a la Capilla de Montmartre (Monte de los Mártires) donde hoy está la suntuosa basílica del Sacré Coeur; y allí hicieron votos de pobreza, celibato, obedecer al Papa e ir a Jerusalén. Esta fue la primera fundación de la Compañía. Los siete nuevos monjes eran Francisco Javier, navarro, que de joven casquivano y divertido se había de convertir en el misionero más grande que ha habido después de San Pablo; Pedro Fabbro, francés, beatificado por Paulo V, Simón Rodríguez, portugués, Alfonso Salmerón, castellano; Nicolás Bobadilla, granadino, y Diego Laínez, judío, hijo de judíos conversos.

Constituidos en «Societas Iesus», nueva sociedad religiosa, partieron hacia Roma, caminando, mendigando y predicando, estilo Loyola, en medio de la tercera guerra entre Francisco I Carlos V. En Roma se pusieron a predicar en todos los barrios y después en varias ciudades de Italia con gran expectación: la gente comenzaba por reírse del cocoliche que hablaban, mezcla de español, francés e italiano, pero luego quedaban prendidos por el fuego y verdad de sus palabras: surgieron los eternos impugnadores, que metieron presos a dos de ellos en Ravenna, y también los amigos que los apelaban «los Santos». Se enteró Paulo III, que les había negado una audiencia, y los invitó a almorzar; y esos harapientos le cayeron en gracia y les dijo: «¿Para qué quieren ir a Jerusalén? Italia es su Jerusalén». Gracias a esta caída en gracia existe hoy la Compañía de Jesús. Dos años más tarde aprobó el esquema de sus Constituciones. «El dedo de Dios está aquí» dijo al leerlas.

Paulo III subió al Papado a los 60 años y vivió hasta los 85. No hubiese subido al Papado de no ser el hermano de Julia Farnesio, la concubina de su antecesor, Alejandro VI. Era propenso a la ira y estaba siempre rabioso contra la Iglesia, contra Francia, contra España, contra Inglaterra, contra el Turco y contra sí mismo; los Romanos decían «la iracundia deste viejo no parece cosa deste mundo». Antes de morir le asesinaron un hijo suyo, Pier Luigi; y entre los asesinos estaba un Cardenal, el Cardenal Gambara. Murió lleno de ira como había vivido, pero su ira no hizo daño a la Iglesia; pues cuando estaba enojado, acertaba. Cristopher Hollis ha escrito: «Es curioso que Paulo III, si no hubiese tenido una hermana manceba de un Papa no hubiese llegado a Papa; y que si no llegaba a Papa, la Iglesia perdía a toda Europa». En efecto, Paulo III estableció a los jesuitas, convocó el Concilio de Trento y fundó el Colegio Romano, mi Universidad, la Universidad Gregoriana hoy día. Fue el primer Papa de la Contrarreforma y el más eficaz de todo. Como Uds. Ven, tenía motivos para andar enojado.

Después de Paulo III vinieron dos Papas contrarios a los jesuitas, uno los molestó poco, Julio III, pero el otro quiso suprimirlos, Paulo IV; y otro favorable, pero que reinó sólo 21 días, Marcelo I. La Compañía de Jesús empezó a crecer con rapidez tal que tan sólo el Imperio de Alejandro y el Imperio de Napoleón pueden comparársele. Entonces fue elegido el Cardenal Juan Pedro Caraffa, Paulo IV. Cuando le anunciaron a Ignacio la elección, le temblaron los huesos; el P. Nadal dice que se puso pálido y se le estremeció la osamenta. Caraffa era enemigo personal de San Ignacio porque, en primer lugar, Ignacio era español y él era napolitano y odiaba a los españoles; en segundo lugar porque lo había invitado a entrar en la Orden de los Teatinos que él había fundado junto con San Cayetano en Thiena; y tercero, después de hecha la Compañía los había instado a fundirse con su Orden que tenía porvenir mientras ellos no tenían ninguno –creía él; e Ignacio se había negado. Era para temblar porque Paulo IV era intemperante y arbitrario; y por cierto gobernó desastrosamente.

Pero San Ignacio, una vez que el médico le había dicho que evitara todo disgusto, y los presentes le preguntaron qué cosa le podría dar a él el mayor disgusto, se recogió un momento y respondió: «Si mi Compañía se deshiciese como la sal en el agua; pero si mi Compañía, que me ha costado tantos esfuerzos, luchas y sufrimientos se deshiciese como la sal en el agua, me bastaría hacer un cuarto de hora de oración para quedar de nuevo tranquilo y en paz». Y, en efecto, después de haberle temblado los huesos, al día siguiente se fue a verlo al Papa; el Papa lo hizo esperar 14 horas y después no pudo menos que recibirle media hora y, al salir el Santo, Paulo IV no estaba amigado pero sí estaba advertido: había visto ante sí un hombre de poderoso carácter cuya mirada le hacía bajar los ojos. Siguió un tira y afloje hasta la muerte de San Ignacio; una serie de desafueros que no puedo detallar, para obligar a los jesuitas a disgregarse y entrar en los Teatinos; los cuales jesuitas vivían en el más extremo apuro; pues tenían voto especial de obediencia al Papa y el Papa no podía verlos ni en pintura. Mas Ignacio aguantó: cuando en la recreación alguno comenzaba a hablar de Paulo IV (todos en Roma hablaban mal del Papa), Ignacio lo cortaba diciendo: «Hablemos del Papa Marcelo», frase que se usa aún como proverbio entre los jesuitas. El gobierno de Paulo IV fue desastroso. Al morir, él le dijo al Padre Diego Laínez que estaba a su cabecera: «Mi Pontificado ha sido el más desastroso que ha habido». No era verdad del todo, pero era verdad en parte.(Es curioso que este Papa de vida intachable y gran letrado, pero sonso para gobernar, hiciese más daño a la Iglesia que otros Papas disolutos -pero mejores estadistas- como Julio II y Alejandro Borgia. Es que, como dijo Macaulay, un Rey sonso hace más daño que un Rey malvado; y Santo Tomás dice que los sonsos pueden ir al cielo, con tal que no sean gobernantes. Así que el que saca a un sonso del gobierno, aunque sea por medio de un golpe, se hace un bien a su alma).

La Compañía creció y se plantificó en todas las partes del mundo: los Teatinos se extinguieron. El Rey Juan III mandó a su Embajador en Roma pidiese a Ignacio seis jesuitas para Portugal; y el reciente General dijo: «Embajador, somos diez actualmente: si mando seis a Portugal ¿qué me queda para todos el mundo?». Pareció una humorada y era una verdad. «Los jesuitas conquistaron a Sud América para la Iglesia de Roma» dijo Lord Macaulay, que es muy adverso a ellos. Es exageración grande pues cooperaron muchísimo franciscanos, dominicos y clero secular; pero la verdad es que los jesuitas llevaron la batuta, por decirlo así, en la evangelización del Nuevo Mundo; no olvidemos las Misiones del Paraguay, o sea de la Argentina (pues la mayoría dellas estuvieron en territorio actualmente argentino donde tuvieron tres mártires, un paraguayo, Roque González de Santa Cruz, pariente de Hernandarias; y dos españoles) y no olvidemos que un hermano carnal de San Ignacio fue uno de los fundadores de Santiago del Estero.

Así quedó establecida en el mundo la Primera gloriosa Compañía de Jesús. Después, Ignacio la gobernó 15 años y murió apaciblemente y silenciosamente, con sólo un compañero a su lado y dos médicos. Sus últimas palabras fueron iguales a las de Juan Manuel de Rosas: «¿Cómo se siente Padre?» «No sé» dijo. «Cómo se encuentra, tatita?» preguntó Manuelita a su padre. «No sé, niña». A lo mejor lo hizo adrede el “astuto tirano” –porque tenía gran admiración por San Ignacio de Loyola.

III

La Segunda Compañía de Jesús ¿es la misma que la primera? Hoy día lo niegan; diciendo por ejemplo que el Papa Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús y por algo lo habrá hecho.
Hay que decir brevemente una verdad enorme; la Compañía de Jesús fue suprimida en 1773 por obra de los masones, los enciclopedistas y un Rey cristiano tonto y disoluto -tres personas distintas y una sola calamidad verdadera. Verdad histórica demostrada diez veces.

¿No dieron motivo los jesuitas para su eliminación? Dieron asa para ello los jesuitas franceses, como he explicado en algún libro mío; sin algunos abusos ocurridos en Francia, jamás Luis XV, el Duque de Choiseul y Madama Pompadour hubieran podido eliminarlos; pero esos abusos fueron el asa, la ocasión, el pretexto, no la causa. La causa fue que ellos defendían la religión y el Papa en Europa y todo el mundo.

Pero la nueva Compañía, restaurada por Pío VII en 1814, ya no es la antigua: se ha sentado, se ha conventualizado, se ha cuartelizado, ha perdido sus filos. Fue fundada para la Contrarreforma, ya no tiene nada que hacer. Ya no tiene el espíritu de San Ignacio, ha cambiado muchas cosas de San Ignacio. Ellos que fueron el martillo de los herejes y siempre de ortodoxia impecable, han dado nacimiento en su seno a herejes o sospechosos de herejía, como el P. Telar Chardon, el P. De Lubac, el P. Rahner…

Etcétera. Estas cosas se oyen y se escriben, aquí también en la Argentina: al primero a quién se las oí fue al filósofo Maritain, cuando vino a dar conferencias a Buenos Aires. Son sofismas, según creo. Yo no puedo dar respuesta a esos brulotes y a otra media docena que podría añadir, porque acabaría a las 12 de la noche. Daré la respuesta breve de Diego Laínez a Melchor Cano en el Concilio de Trento.

Melchor Cano fue un gran teólogo español dominico que les agarró una tirria implacable a los jesuitas, a los que llamaba precursores del Anticristo. Les achacaba que no tenían coro, y por tanto no eran una verdadera Orden Religiosa; que ayunaban y se azotaban demasiado poco; y que eran demasiado indulgentes con los pecados carnales –en el confesionario, por supuesto.

En el Concilio de Trento acusó a los jesuitas y pidió su abolición. Se levantó Diego Laínez –que era un judiíto muy feo de cara, endeble y enfermo, pero el hombre más docto del Concilio y quizá de toda Europa, una inteligencia vivaz y una memoria prodigiosa- y dijo:

– Reverendo Padre, ¿cuántos Papas hay?

– Uno solo, por supuesto.

– Y entonces ¿por qué recusa Ud. una orden religiosa aprobada por Paulo III, haciéndose Ud. otro Papa? ¿Quién es Ud. para eso?

– Ah querido colega, querido colega –dijo Melchor Cano -¿Qué quiere Ud.? Cuando los pastores del aprisco duermen, por lo menos que los perros ladren.

– Que ladren -dijo Laínez- pero que ladren contra los lobos, no contra los perros.

Así también, si los Papas todos han mantenido su confianza en la nueva Compañía y la han colmado de aprobaciones y elogios ¿quiénes somos nosotros para improperiarlos y corregirlos?

¡Adelante los que quedan! ¡Oh mínima Compañía de Iñigo de Loyola –y de Jesús! Yo quisiera que repitieses los hechos hazañosos y gloriosos de tu primer siglo –y eso pido de todo corazón a tu Jefe Jesús y a tu fundador el rengo. Pero si por una desgracia enorme llegases a caer de tu espíritu y a inutilizarte para las grandes batallas actuales, si dejases de ser la caballería ligera de la Iglesia para convertirte en burocracia o rutina, si te contaminases de mundanidad, de vanidad o de progresismo, si cedieses a la pereza o a la mentira, vicios que tanto aborreció San Ignacio, entonces… ¡que Dios tenga misericordia de los cristianos que hayan de vivir en el mundo que se viene!

Finis

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31 de julio.

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Homilía para el domingo XVIII durante el año C.

 En el dinero está el poder, e incluso el dinero es poder. Y el poder fácilmente crea divisiones. En efecto, la riqueza es una fuente de las jerarquías sociales y la discriminación, porque el que tiene más se sitúa por encima del que tiene menos. Obviamente, el que tiene dinero puede utilizarlo para ayudar a los demás, pero si alguien se convierte en un “hombre del dinero”, se queda terriblemente solo, esclavo, alienado. El dinero se convierte en su prisión.

No es raro, por desgracia, que el reparto de una herencia – ya sea grande o pequeña – provoque división en una familia. El hombre que viene a Jesús al comienzo del Evangelio de hoy, pidió que intervenga ante su hermano. “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia“. Pero Jesús no aceptó ejercer ese poder. Más bien le da una lección moral y lo hace en forma de parábola.

 El personaje principal de esta parábola parece existir sólo para sí mismo. Habla como si fuera la única persona en la tierra. Todo, en su breve declaración, está en primera persona: “¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Y se dijo: “Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes, para guardar en ellos toda mi cosecha y todo lo que tengo. Luego me diré: Amigo, tienes muchas cosas guardadas para muchos años; descansa, come, bebe, goza de la vida”. Habla como si no hubiera recibido nada de sus padres como si no se hubiera hecho rico gracias al trabajo de sus siervos. Él es un hombre terriblemente solo.

Está solo, incluso en el uso de sus recursos. Su única preocupación es acumular más y más. Ni siquiera se le ocurrió la idea de que los pobres y hambrientos pueden tener necesidad, de una pequeña porción, de esta riqueza acumulada en sus graneros.

Su locura reside en su incapacidad para comprender que todas las personas son interdependientes. Esta locura ha llevado a la humanidad al borde del desastre, los países pobres siempre se convierten en países más pobres y los ricos se dedican cada vez más en el consumismo desenfrenado, aún en época de crisis. La misma división también aumenta en todos los países, incluso en los países pobres.

En cuanto a lo que nos concierne, seguramente no estamos en condiciones de acumular posesiones materiales o controlar imperios económicos. Pero todos tenemos alguna posesión. Probablemente no tendremos excesivas posesiones materiales, pero tenemos otros tipos de bienes, posesiones: nuestra fama, nuestra reputación, la imagen que tenemos de nosotros mismos y ofrecemos a los otros, la estima y el afecto de nuestras hermanas y nuestros hermanos. El mensaje de Jesús no es que todo esto es malo, sino que si nos aferramos demasiado a estas posesiones, nos volvemos locos, porque nos mantendrán separados de Dios, cuando lo que debería suceder, cuando son posesiones ordenadas, es que nos lleven a Dios y nos acerquen al prójimo.

 Si realmente estamos resucitados a una nueva vida, como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy, entonces estamos en una situación en la que hemos rechazado todo lo que divide: todos los grupos raciales, religiosos, culturales. Nosotros no tenemos que preocuparnos por el futuro, dice Pablo, porque ya vivimos en los últimos tiempos. Ya que estamos resucitados en compañía de Cristo, no debemos pensar en cosas de mañana, sino en lo que existe hoy y que pertenece al Reino dónde está Cristo sentado a la diestra del Padre.

 San Basilio nos habla de la tentación de la prosperidad en relación con el Evangelio de este domingo, en definitiva la tentación es no ver al otro como hermano, si no vemos al otro como hermano, no podemos tener a Dios de verdad como Padre. Dice este santo Padre: «La tentación es de dos especies. A veces las adversidades prueban el corazón como el oro en el horno, cuando a través de la paciencia se pone a la luz toda la bondad; a veces, y no pocas, la prosperidad de la vida tiene para algunos el puesto de la tentación. Es igualmente difícil, en efecto, conservar en la adversidad un ánimo noble y guardarse de un abuso en la prosperidad. De la primera tentación es modelo Job, aquél gran atleta que sosteniendo con ánimo indómito el ímpetu atronador del diablo, fue tanto más grande su resistencia a la tentación, cuanto más grandes e inexplicables fueron las pruebas a él infligidas por el enemigo. Ejemplo de la tentación que nace de la prosperidad es aquél rico que, teniendo ya muchas riquezas, soñaba todavía con más; pero el buen Dios al principio no lo condenó por su ingratitud, al contrario, lo favoreció con nuevas riquezas, en espera que su ánimo se vuelva de una vez a la generosidad y a la mansedumbre. Pero: “el campo del rico dio frutos abundantes y él andaba pensando: ¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Y se dijo: “Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes”. (Lc 12, 16-18). ¿Por qué fue fértil el campo de aquél hombre, que no habría hecho nada de bueno con aquella riqueza? Ciertamente para que resplandezca más la indulgencia de Dios, cuya bondad se extiende también a estos, porque: “hace llover sobre justos e injustos y hace que el sol salga para buenos y malos” (Mt 4, 45). Pero esta bondad de Dios acrecienta la pena contra los malvados. Dios mandó la lluvia sobre la tierra cultivada con manos avaras, dio el sol para calentar las semillas y multiplicar los frutos. De Dios viene la tierra buena, el clima templado, la fecundidad de las semillas, la obra de los bueyes que son los medios de la riqueza de los campos. ¿Y cuál fue la reacción del hombre? Modos amargos, odio, tacañez en el dar. Esta era la respuesta a tanta magnificencia recibida. No se acordó de sus iguales, no pensó que lo superfluo debería haber sido distribuido a los indigentes, no hizo ningún caso del mandamiento: “No te canses de dar al necesitado” (Prov. 3, 27). y: “Parte tu pan con el ambriento” (Prov. 3, 3). No escuchaba la voz de los profetas, y sus graneros estallando por todas partes, pero su corazón avaro no estaba saciado. Agregando siempre nuevos productos a los viejos, terminó en esta enredada pobreza de mente, que la avaricia no le consentía de quitar lo que superaba y no tenía lugar dónde depositar la nueva riqueza. Por eso no encuentra una solución, y sin aliento: ¿Qué haré? Es infeliz por la fertilidad de sus campos, por lo que tiene, más infeliz por lo que espera. La tierra a él no le produce bienes, le trae suspiros; no le acrecienta abundancia de frutos, le trae preocupaciones, penas, ansiedad. Se lamenta como los pobres. Su grito ¿qué haré? ¿no es el mismo que emite el indigente? ¿Dónde encontraré la ropa y la comida? El rico hace el mismo lamento. Está afligido. Lo que lleva alegría a los otros le trae muerte a él. No se alegra, cuando los granos son plenos; las riquezas sobreabundantes e incontenibles lo hieren; tiene miedo que alguna gota, que caiga, sea motivo de alivio para un indigente.» (Basilio di Cesarea, In illud «Destruam»,  (Lezionario “I Padri vivi” 188)

Que María nuestra Madre, nos ayude a ser más serios y responsables con el hoy y con los dones que Dios nos da, no tengamos miedo a las riquezas, tengamos miedo cuando estas nos roban el hoy y el mañana, cuando no dejan que veamos al otro como hermano, cuando no vemos la necesidad del pobre, porque entonces también las riquezas nos pueden robar la vida eterna. Seamos generosos con los bienes materiales y espirituales y nuestra vida verá la luz de la felicidad.

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29 de julio.

santa marta

SANTA MARTA

En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado “estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios” (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de “ama”; “dueña”. En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de “Marta y María” (martah wemariah).

Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de “ama de casa” la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: “Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude” (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana:“Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”. En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: “No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto… Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: “Señor, el que amas está enfermo”. Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue “se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro”. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará”. Díjole Jesús: “Resucitará tu hermano”. Marta le contestó: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día”. Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Respondió Marta: “Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo” (lo. 11, 20-27).

Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. “Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano”. Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, “se conmovió hondamente, se turbó y dijo: “¿Dónde le habéis puesto?”. Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: “¡Cómo le amaba!”. Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: “Quitad la piedra”, a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: “Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días”. Jesús atajó toda duda diciendo: “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?”. Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, “ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario” (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: “Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá” (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida”.

Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. “Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él” (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de “ama de casa”. También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana “ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos” (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa “ama de casa” a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que “Jesús amaba a Marta” (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.

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Homilía breve de santa Ana.

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28 de julio.

el reino de Dios

JUEVES DE LA SEMANA 17ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,1-6):

Palabra del Señor que recibió Jeremías: «Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra.»
Bajé al taller del alfarero, que estaba trabajando en el torno. A veces, le salía mal una vasija de barro que estaba haciendo, y volvía a hacer otra vasija, según le parecía al alfarero.
Entonces me vino la palabra del Señor: «¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? –oráculo del Señor–. Mirad: como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 145

R/. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. R/.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes. R/.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,47-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos les contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor

1. (Año II) Jeremías 18,1-6

a) Otro gesto simbólico. Después del cinturón de lino, que leíamos anteayer, ahora Jeremías expresa su mensaje al pueblo con la «parábola en acción» de su visita al taller de un alfarero.

El alfarero, al moldear una vasija con barro, si no le sale como quería, vuelve a utilizar el mismo barro para otra que le salga mejor. La intención simbólica podría ser doble:

– o se está diciendo a Israel que no juegue con Dios, porque podría muy bien elegirse otro pueblo que le responda mejor (algo parecido a la parábola de los viñadores infieles de Jesús, que anuncia que Dios pasará su Reino a otros mejores),

– o se está acentuando que Dios tiene paciencia, como el alfarero, y si no le sale la forma que quería, vuelve a probar de nuevo con la misma arcilla.

El salmo parece interpretar la página con esperanza: «alaba, alma mía, al Señor… dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios».

b) Todos somos, en manos de Dios, como el barro o la arcilla en las del alfarero. Nos trata personalmente, uno a uno. Somos originales, irrepetibles, sin clonación alguna. Pero ¿nos dejamos moldear según la imagen que él quiere, o le defraudamos?

Adán, según el Génesis, fue formado del barro de la tierra. Es una imagen antigua, por tanto, que expresa bien cómo dependemos de Dios, cómo deberíamos ser dóciles en sus manos de Artista supremo, disponibles a lo que él quiera: y ya sabemos que lo que quiere de cada uno de nosotros es una imagen de su Hijo. La lástima es que nos podemos resistir.

Pablo usaba el mismo lenguaje: «¿acaso la pieza de barro dirá a quien la moldeó: por qué me hiciste así? ¿o es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras no?» (Rm 9,20?)

Los santos son las «figuras» que mejor le han salido a Dios: como para exponerlas en un museo a la vista de todos. Empezando por María de Nazaret, la madre de su Hijo, la obra maestra de este taller divino de alfarería. Mientras que nosotros, tal vez, no le damos demasiadas satisfacciones y defraudamos al Alfarero, porque no nos dejamos moldear por sus manos.

Otro profeta, Isaías, usaba la misma comparación y nos sugería una oración humilde para que Dios no pierda la paciencia con nosotros: «Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros somos el barro, y tú eres el alfarero: todos somos obra de tus manos. No te irrites, oh Dios, demasiado, ni para siempre recuerdes la culpa» (Is 64,7-8).

Además, podríamos aprender la paciencia del alfarero cuando, en las obras que llevamos entre manos, algo nos sale mal. No se trata de romper, sino de volver a empezar.

Como hace Dios con nosotros, año tras año. Respetando los ritmos de las personas, y buscando su bien, no nuestra satisfacción.

2. Mateo 13,47-53

a) La de hoy es la última parábola de la serie, y resulta muy parecida a la de la cizaña.

Esta vez, la imagen está tomada, no del trabajo del campo, sino de la pesca en el lago.

Jesús compara su Reino -por tanto, su Iglesia- a una red que los pescadores recogen con peces buenos y malos, y la llevan a la orilla tal como está, sin preocuparse, de momento, de separarlos. Eso ya vendrá después, cuando llegue la hora de separar los buenos y los malos, el día de la selección, al igual que el día de la siega para separar la cizaña y el trigo.

b) De nuevo parece como si se nos quisiera disuadir de la idea de una Iglesia pura. Por el Bautismo hemos entrado en la comunidad de Jesús muchas personas. Pero no tenemos que creer que es comunidad de perfectos, sino también de pecadores.

El mismo Jesús trata con los pecadores, les dirige su palabra, les da tiempo, les invita, no les obliga a la conversión o a seguirle. También ahora en su Iglesia coexisten trigo y cizaña, peces buenos y malos. Es una comunidad universal. Jesús se esfuerza por decirnos que, si alguna oveja se descarría, hay que intentar recuperarla, y, cuando vuelve, la alegría de Dios es inmensa cuando logra reconducirla al redil. Y que no ha venido para los justos, sino para los pecadores. Como el médico está para los enfermos, y no para los sanos.

¿Cuál es nuestra actitud ante las personas que nos parecen débiles y pecadoras? ¿ante la situación de un mundo desorientado? ¿les damos un margen de rehabilitación? ¿o nos portamos tan drásticamente como los que querían arrancar en seguida la cizaña?

Claro que tenemos que luchar contra el mal. Pero sin imitar la presunción de los fariseos, que se tenían por los perfectos, y parecían querer excluir a todos los imperfectos o pecadores. Jesús tiene otro estilo y otro ritmo.

Ojalá, después de todas estas parábolas, podamos decir, como los oyentes de Jesús -no sabemos si con mucha razón- que sí le habían entendido. Que hemos captado la intención de cada una de ellas y nos disponemos a corregir nuestras desviaciones y ponernos en la dirección que él quiere.

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compartiendo lecturas

cardenal-giacomo-biffi

Estoy leyendo un libro: Giacomo Biffi, “Memorie e digressioni di un italiano cardinale”, nuova edizione ampliata, Cantagalli, Siena, 2010, pp. 688.

Biffi es recordado sobre todo como arzobispo de Bolonia, desde 1984 al 2003. Pero en el libro él recorre su entera vida, desde el nacimiento en la Milán obrera hasta cuando se convirtió en sacerdote, después en profesor de teología, párroco, arzobispo y finalmente cardenal.

En el prólogo, Biffi reporta estas palabras de san Ambrosio, gran arzobispo de la Milán del IV siglo, su amado “padre y maestro”:

“Para un obispo no hay nada tan riesgoso frente a Dios y tan vergonzoso frente a los hombres, como el no proclamar libremente el propio pensamiento”

Y puntualmente, en las 688 páginas del volumen, el pensamiento de Biffi prorrumpe en plena libertad, punzante, irónico, anticonformista.

 

CONCILIO Y “POST-CONCILIO”

(pp. 191-194)

Para poner un poco de claridad en la confusión que en nuestros días aflige a la cristiandad, es necesario que ante todo y en forma ineludible se distinga con mucho cuidado el acontecimiento conciliar del clima eclesial que le ha seguido. Son dos fenómenos distintos y exigen una valoración diferente.

Pablo VI creyó sinceramente en el Concilio Vaticano II y en su relevancia positiva para toda la cristiandad. Fue un protagonista decisivo, al seguir todos los días con atención los trabajos y las discusiones, ayudando a superar las dificultades recurrentes de sus desarrollos.

Él esperaba que, en virtud del empeño común tanto de todos los titulares del carisma apostólico como del sucesor de Pedro, una época bendecida por una vitalidad creciente y por una fecundidad excepcional debía casi inmediatamente beneficiar y alegrar a la Iglesia.

Por el contrario, el “post-concilio”, en muchas de sus manifestaciones, lo preocupó y lo desilusionó. Entonces, con admirable franqueza reveló su congoja, y con apasionada lucidez en sus expresiones golpeó a todos los creyentes, al menos a aquellos cuya visión no estuviese demasiado obnubilada por la ideología.

El 29 de junio de 1972, en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, hablando en forma espontánea, llegó a afirmar que «tenía la sensación que a través de alguna fisura ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Existe en su interior la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento. No se confía en la Iglesia…. Se creía que luego del Concilio habría venido una jornada de sol para la historia de la Iglesia, pero por el contrario, se ha presentado una jornada cargada de nubes, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre… Creemos que algo preternatural (el diablo) ha venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir que la Iglesia cantara a viva voz un himno de alegría por haber retenido en plenitud el conocimiento de sí misma». Son palabras dolorosas y graves sobre las que no es necesario molestarse en reflexionar.

¿Cómo ha podido suceder que de los pronunciamientos legítimos y de los textos del Vaticano se haya llegado a una estación tan diferente y lejana?

La cuestión es compleja y las razones son variadas, pero sin duda ha pesado también un proceso (por así decir) de aberrante “destilación”, que del “dato” conciliar auténtico y vinculante ha extraído una mentalidad y una moda lingüística totalmente heterogénea. Es un fenómeno que aflora por todas partes en el “post-concilio”, y sigue proponiéndose nuevamente en forma más o menos explícita.
Para hacernos entender, podríamos aventurarnos a indicar el procedimiento esquemático de tal curiosa “destilación”.

La primera fase consiste en un acercamiento discriminatorio de la redacción  conciliar, que distingue los textos aceptados y citables de los inoportunos o al menos inútiles, que hay que silenciar.

En la segunda fase se reconoce como enseñanza preciosa del Concilio no lo formulado en realidad, sino lo que la santa asamblea nos habría otorgado si no hubiese sido impedido por la presencia de muchos padres conciliares retrógrados e insensibles a la efusión del Espíritu.

Con la tercera fase se insinúa que la verdadera doctrina del Concilio no es la que de hecho fue canónicamente formulada y aprobada, sino la que habría sido formulada y aprobada si los padres conciliares hubiesen estado más iluminados, hubiesen sido más coherentes y más valientes.

Con una metodología teológica y histórica semejante  – nunca enunciada en forma tan evidente, pero no por eso menos implacable – es fácil imaginar el resultado que se deriva de ello: lo que en forma casi obsesiva se adopta y exalta no es el Concilio que ha sido celebrado de hecho, sino (por así decir) un “Concilio virtual”, un Concilio que no tiene un puesto en la historia de la Iglesia, sino en la historia de la imaginación eclesiástica. Quien después se atreve aunque sea tímidamente a disentir, es estigmatizado con la marca infamante de “preconciliar”, cuando no es directamente colocado entre los tradicionalistas rebeldes o con los execrados integristas.

Y puesto que entre los “destilados de contrabando” del Concilio se cuenta también el principio que ahora no hay error que pueda ser condenado dentro del catolicismo, a menos que se quiera pecar contra el deber primario de la comprensión y del diálogo, hoy se torna difícil, entre los teólogos y pastores, tener la valentía de denunciar con vigor y con tenacidad los venenos que están intoxicando progresivamente al inocente pueblo de Dios.

UN CARDENAL Y UN PAPA EN DEFENSA DE LOS JUDÍOS

(pp. 360-362)

El 4 de noviembre de 1988 los judíos de Boloña pensaron que era su obligación hacer una conmemoración pública, en el 50º aniversario, de las infames y vergonzosas leyes antisemitas de 1938. Con toda el alma y con pleno convencimiento he querido manifestar en esa ocasión, en nombre de toda la Iglesia de la ciudad mi total adhesión, asegurando la presencia personal en el rito conmemorativo en la sede de la sinagoga, donde he sido recibido con viva cordialidad y he tomado parte en la oración.

En esa circunstancia me han vuelto a la mente los hechos de ese lejano 1938, que ya entonces me habían golpeado en particular, si bien no tenía en ese entonces ni siquiera once años de edad.

En esos días, las normas antijudías – precedidas por diferentes publicaciones sobre la “raza”, de naturaleza pseudocientífica, avaladas si no directamente encargadas por el régimen – llovieron varias veces sobre la atónita nación italiana. Por citar sólo aquéllas de las que tengo alguna noticia, el 1° de setiembre un decreto-ley del consejo de ministros comenzó a prohibir a los extranjeros de origen judío la residencia estable en nuestro territorio. El 2 de setiembre otro decreto -ley despojó, en todas las escuelas del reino, de todo orden y grado a los docentes y a los alumnos de raza judía. El 10 de noviembre, siempre con un decreto-ley, se excluyó a los judíos de todo empleo en la administración pública, en los entes paraestatales y en las administraciones municipales. Y no estábamos sino en el comienzo de las vejaciones, que luego se hicieron cada vez más punzantes y devastadoras.

Nuestro pueblo, golpeado por sorpresa, estaba desorientado y asustado, cuando imprevistamente se elevó en Milán una voz – era la primera y fue la única – que tuvo la valentía de tomar abiertamente distancia de tanta locura.

El 13 de noviembre, desde el púlpito del Duomo de Milán, el cardenal Schuster pronunció una homilía por el comienzo del Adviento ambrosiano, la que desde las primeras palabras, en vez de recordar el contexto litúrgico, afrontó inmediatamente el argumento que más lo preocupaba:

«Ha nacido en el exterior y se propaga de a poco por todas partes una especie de herejía, que no solamente atenta contra los fundamentos sobrenaturales de la Iglesia Católica sino que, al materializar en la sangre humana los conceptos espirituales de individuo, de nación y de patria, niega a la humanidad cualquier otro valor espiritual, constituyendo así un peligro internacional no menor al del mismo bolcheviquismo. Es el llamado racismo».

Es difícil hoy darse cuenta de la impresión suscitada por esas palabras de crítica frente al pensamiento y comportamiento de un gobierno que, hace décadas, no toleraba ni siquiera la más tenue expresión disonante. Esas palabras no quedaron confinadas dentro de la también solemne atmósfera de una catedral llena de gente: fueron publicadas en la “Rivista Diocesana Milanese” y, dos días después que fueron pronunciadas, fueron divulgadas por “L’Italia”, el diario católico que se entregaba en nuestras casas. En Roma, desde los ambientes fascistas, se comenzó a pedir una retractación o al menos un cambio evidente de orientación del diario, con la amenaza (en caso contrario) de una clausura inapelable.

Pero el cardenal no fue abandonado a su suerte. De parte del Papa llegó un mensaje con la firma del secretario, monseñor Carlo Confalonieri: «El Santo Padre exhorta al cardenal de Milán que sostenga con valentía la doctrina católica, porque no se puede ceder en este punto, ni el diario “L’Italia” tampoco puede cambiar su orientación. “Aut sit ut est, aut non sit” [O de este modo, o nada]. En caso que fuese obligado a cesar las publicaciones, que se pasen al “Osservatore Romano” los nombres de los suscriptores».

La última frase nos recuerda que Pío XI no abandonó jamás su “capacidad de tomar decisiones concretas, típica de los milaneses”, ni siquiera en los momentos más decisivos y dramáticos de su actuación pontificia.

Yo era solamente un chico, pero a partir de esa experiencia he comprendido qué ventura “laica” y racional es, cuando sobreviene la hora de la general timidez y del conformismo condescendiente, la presencia en nuestro país de la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad (cf. 1Tm 3, 15).

Pero ha habido alguien que recientemente en Italia (desde la cima de uno de los máximos cargos del Estado), en una intervención pública totalmente inmotivada, ha hablado de un deplorable silencio de la Iglesia en esas circunstancias. Ciertamente, al ser él del año 1952, tiene el atenuante de no haber nacido en esa época, pero tiene el agravante de haber querido, no obstante ello, de hablar a fondo del tema, revelando al mismo tiempo sus preconceptos gratuitos y su particular desinformación.

LA IDEOLOGÍA DE LA HOMOSEXUALIDAD

(pp. 609-612)

Respecto al problema hoy emergente de la homosexualidad, la concepción cristiana nos dice que es necesario siempre distinguir entre el respeto debido a las personas, que conlleva el rechazo de toda marginación social y política (excepto la naturaleza inderogable de la realidad matrimonial y familiar), y el rechazo de toda exaltada “ideología de la homosexualidad”, rechazo que es obligatorio.

La palabra de Dios, tal como la conocemos en una página de la Carta a los Romanos del apóstol Pablo, nos ofrece una interpretación teológica del fenómeno de la extendida aberración cultural en esta materia: tal aberración – afirma el texto sagrado – es al mismo tiempo la prueba y el resultado de la exclusión de Dios de la atención colectiva y de la vida social, y de la reticencia a darle la gloria que Él espera (cf. Rm 1, 21).

La exclusión del Creador determina un descarrilamiento universal de la razón: «Se han perdido en sus vanos razonamientos y sus mentes obtusas se han entenebrecido. Si bien se declaran sabios, se han vuelto necios» (Rm 1, 21-22). En consecuencia, a partir de esta obcecación intelectual se produce la caída conductual y teórica en el más completo libertinaje: «Por eso Dios los ha abandonado a la impureza de los deseos de su corazón, hasta llegar a deshonrar entre ellos a sus propios cuerpos» (Rm 1, 24).

Y para prevenir cualquier equívoco y toda lectura acomodaticia, el apóstol prosigue haciendo un análisis impresionante, formulado con términos totalmente explícitos:

«Por eso Dios los ha abandonado a las pasiones infames. En efecto, sus mujeres han cambiado las relaciones naturales en relaciones contra natura. Igualmente también los varones, abandonando la relación natural con la mujer, han ardido de deseo unos con otros, cometiendo actos ignominiosos varones con varones, recibiendo así en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como no consideraron que debían conocer a Dios adecuadamente, Dios los ha abandonado a su inteligencia depravada y ellos han cometido acciones indignas» (Rm 1, 26-28).

Por último, san Pablo se apresura a observar que la vileza extrema se da cuando “los autores de tales cosas… no sólo las cometen, sino que también aprueban a quien las lleva a cabo” (cf. Rm 1, 32).

Es una página del libro inspirado, que ninguna autoridad terrenal puede obligarnos a censurar. Y ni siquiera nos es permitido, si queremos ser fieles a la palabra de Dios, la actitud pusilánime de ignorarla, a causa de la preocupación de parecer no “políticamente correctos”.

Debemos hacer notar también el interés particular para nuestros días de esta enseñanza de la Revelación: lo que san Pablo ponía de manifiesto como acontecido en el mundo greco-romano, se demuestra proféticamente correspondiente a lo que se ha verificado en la cultural occidental en estos últimos siglos. La exclusión del Creador – hasta proclamar grotescamente, hace algunas décadas, la “muerte de Dios” – ha tenido como consecuencia (y casi como castigo intrínseco) una propagación de una visión sexual aberrante, desconocida (en cuanto a su arrogancia) en las épocas anteriores.

La ideología de la homosexualidad – como se entiende a menudo a las ideologías cuando se tornan agresivas y llegan a ser políticamente vencedoras – se convierte en una insidia contra nuestra legítima autonomía de pensamiento: quien no la comparte corre el riesgo de la condena en una especie de marginación cultural y social.

Los atentados a la libertad de juicio comienzan por el lenguaje. Quien no se resigna a aceptar la “homofilia” (es decir, el aprecio teórico de las relaciones homosexuales), es acusado de “homofobia” (etimológicamente el “miedo a la homosexualidad). Debe quedar bien en claro: quien se ha mantenido fuerte, iluminado por la luz de la palabra inspirada y vive en el “temor de Dios”, no tiene miedo de nada, excepto de la estupidez frente a la cual, como decía Bonhoeffer, estamos indefensos. Ahora se levanta a veces contra nosotros directamente la acusación increíblemente arbitraria de “racismo”: un vocablo que, entre otras cosas, no tiene nada que ver con esta problemática, y en todo caso es totalmente extraño a nuestra doctrina y a nuestra historia.

El problema sustancial que se perfila es éste: ¿se permite todavía en nuestros días ser discípulos fieles y coherentes de la enseñanza de Cristo (que desde hace milenios ha inspirado y enriquecido toda la civilización occidental), o debemos prepararnos a una nueva forma de persecución, promovida por los homosexuales facciosos, por sus cómplices ideológicos y también por aquellos que tendrían el deber de defender la libertad intelectual de todos, inclusive de los cristianos?

Hacemos una pregunta en particular a los teólogos, a los biblistas y a los pastoralistas: ¿por qué en este clima de exaltación casi obsesiva de la Sagrada Escritura no hay nadie que cite el pasaje de Rm 1, 21-32? ¿Cómo no hay nadie que se preocupe un poco de hacerlo conocer a los creyentes y a los no creyentes, no obstante su evidente actualidad?

Para Biffi un obispo es grande cuando gobierna la Iglesia “con el calor y la certeza de la fe, la concreción de las iniciativas y de las obras, la capacidad de responder a las interpelaciones de los tiempos no con concesiones o mimetismos sino tomando del patrimonio inalienable de la verdad”.

Juan XXIII: Papa bueno, mal maestro

(pp.177-179)

El Papa Roncalli murió en la solemnidad de Pentecostés, el 13 de junio de 1963. También yo lloraba, porque tenía una invencible simpatía por él. Me encantaban sus gestos “irrituales”, y me alegraban sus palabras frecuentemente sorprendentes y sus salidas extemporáneas.

Solo la evaluación de algunas frases me dejaba titubeante. Y eran precisamente las que más fácilmente que otras conquistaban las almas, porque se presentaban conformes a las instintivas aspiraciones de los hombres.

Estaba, por ejemplo, el juicio de reprobación sobre los “profetas de desventura”.

La expresión se hizo y se mantuvo popularísima y es natural: a la gente no le gusta los aguafiestas; prefiere a quien promete tiempos felices en vez de quien presenta temores y reservas. Y yo también admiraba el valor y el empuje espontáneo de este “joven” sucesor de Pedro en los últimos años de su vida.

Pero recuerdo que casi inmediatamente me asaltó una duda. En la historia de la Revelación, usualmente también los anunciadores de castigos y calamidades fueron los verdaderos profetas, como por ejemplo Isaías (capítulo 24), Jeremías (capítulo 4), Ezequiel (capítulos 4-11).

Jesús mismo, leyendo el capítulo 24 del Evangelio de Mateo, sería contado entre los “profetas de la desventura”: las noticias de futuros hechos y de próximas alegrías no se refieren como norma a la existencia de aquí abajo, sino a la “vida eterna” y el “Reino de los Cielo”

En la Biblia son más bien los falsos profetas los que proclaman frecuentemente la inminencia de horas tranquilas y serenas (véase el capítulo 13 del libro de Ezequiel).

La frase de Juan XXIII se explica con su estado de ánimo del momento, pero no debe ser absolutizada. Por el contrario, estará bien escuchar también a aquellos que tienen alguna razón de poner alerta a los hermanos, preparándoles para las posibles pruebas, y aquellos que consideran oportunas las invitaciones a la prudencia y la vigilancia.

“Es necesario mirar más a lo que nos une que a lo que nos divide”. También esta sentencia – hoy muy repetida y apreciada, casi como la regla de oro del “diálogo” – nos viene de la época joánica y nos transmite la atmósfera de la misma.

Es un principio de comportamiento de evidente sensatez, que se debe tener presente cuando se trata de simple convivencia y de discusiones de la sencillez de lo cotidiano.

Pero se convierte en absurdo y desastroso en sus consecuencias, si se le aplica a los grandes temas de la existencia y particularmente a la problemática religiosa

Es conveniente, por ejemplo, que se use este aforismo para salvaguardar las relaciones de buena vecindad en un condominio o la rápida eficiencia de un consejo comunal.

Pero es un problema si lo dejamos inspirar en el testimonio evangélico frente al mundo, en nuestro esfuerzo ecuménico, en la discusión con los no creyentes. En virtud de este principio, Cristo podría volverse la primera y más ilustre víctima del diálogo con las religiones no cristianas. El Señor Jesús ha dicho de sí, aunque es una de sus palabras que tendemos a censurar: “Yo he venido a traer la división” (Lucas 12,51).

En las cuestiones que cuentan la regla no puede ser otra sino esta: nosotros debemos mirar sobre todo a lo que es decisivo, sustancial, verdadero, nos divida o no.

“Es necesario distinguir entre el error y el que yerra”. Es otra máxima que es parte de la herencia moral de Juan XXIII; ella también ha influenciado el catolicismo posterior.

El principio es muy justo y toma su fuerza de las mismas enseñanzas evangélicas: el error no puede ser sino despreciado, odiado, combatido por los discípulos de Aquel que es la Verdad; mientras el que yerra – en su inalienable humanidad – es siempre una imagen viva, aunque en sus inicios, del Hijo de Dios encarnado; y por tanto debe ser respetado, amado, ayudado en lo posible.

Pero no podía olvidar, reflexionando sobre esta sentencia, que la histórica sabiduría de la Iglesia jamás ha reducido la condena del error a una pura e ineficaz abstracción.

El pueblo cristiano debe ser puesto en guardia y defendido de aquel que de hecho siembra el error, sin que por esto se deje de buscar su verdadero bien, aunque sin juzgar la responsabilidad subjetiva de ninguno, que conoce solamente Dios.

Jesús a propósito de esto ha dado a los jefes de la Iglesia una directiva precisa: aquel que escandaliza con su comportamiento y con su doctrina, y no se deja persuadir ni por amonestaciones personales, ni por la más solemne reprobación de la Iglesia, “sea para ti como un pagano y un publicano” (cfr. Mt 18,17); previendo y prescribiendo de ese modo la institución de la excomunión.

Sobre el comunismo tenía razón el Papa Wojtyla: el Concilio no debía callar

(pp. 184-186)

Comunismo: el Concilio no habla de él. Si se recorre con atención el índice sistemático, impresiona chocarse con este categórico silencio.

El comunismo ha sido sin duda el fenómeno histórico más imponente, más duradero, más desbordante del siglo XX; y el Concilio, que además había propuesto una Constitución sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, no habla de él.

El comunismo, a partir de su triunfo en Rusia en 1917, en medio siglo ya había logrado provocar muchas decenas de millones de muertos, víctimas del terror de masa y de la represión más inhumana; y el Concilio no habla de él.

El comunismo ( y era la primera vez en la historia de las insipiencias humanas) había prácticamente impuesto a las poblaciones sometidas al ateísmo, como una especie de filosofía oficial y de paradójica “religión de estado”; y el Concilio, que si de explaya sobre el caso de los ateos, no habla de él.

En los mismos años en que se desarrollaba la cumbre ecuménica, las prisiones comunistas eran todavía lugares de indecible sufrimiento y de humillación infringida a numerosos “testigos de la fe” (obispos, presbíteros, laicos convencidos creyentes de Cristo); y el Concilio no habla de él.

Aparte de los supuestos silencios en relación a las criminales aberraciones del nazismo, ¡que luego inclusive algunos católicos (también entre aquellos activos en el Concilio) han echado en cara a Pío XII!

En aquellos años, aun percibiendo la gran anomalía de esta reserva sobre todo de parte de una asamblea que había discutido casi de todo, no me escandalicé. Más aún, debo decir que entendía los aspectos positivos de aquella línea. Y no tanto por la posibilidad, que así se perfilaba, de tratar con los regímenes comunistas la auspiciosa participación en el Concilio de los obispos controlados por ellos, cuanto por la previsión que una toma de posición cualquiera, también la más blanda y la más vigilada, habría desencadenado un aumento en la aspereza de las persecuciones, de modo que se haría más pesada la cruz que aquellos hermanos nuestros perseguidos.

En el fondo, había en todos, al menos inconscientemente, la convicción de que el comunismo era un fenómeno tan consistente que era ya irreversible: necesariamente estábamos obligados a acostumbrarnos a negociar, quién sabe por cuanto tiempo todavía.

Viéndolo bien esta era en esencia la justificación también del Ostpolitik (“política de diálogo y de deseables entendimientos con los Países del Este”) de la Santa Sede (de Juan XXIII y de Pablo VI); tal política nos parecía sanamente realista e históricamente oportuna.

Quien jamás compartió esta perspectiva fue Juan Pablo II (como entendí a partir de un diálogo tenido en el 1985). Tuvo razón él.

Sobre el “mea culpa” Juan Pablo II se corrigió, pero muy poco

(p. 536)

El 7 de julio de 1997 Juan Pablo II tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar y extendió la invitación también al ceremoniero arzobispal, Don Roberto Parisini, que me acompañaba y permaneció como precioso testigo del episodio.

A la mesa el Santo Padre en un determinado momento me dijo: ¿“Ha visto que hemos cambiado la frase de la ‘Tertio millennio adveniente’? El borrador, que había sido enviado con anticipación a los cardenales, traía esta expresión: “La Iglesia reconoce como propios los pecados de sus hijos”; expresión que – hice presente con respetuosa franqueza – no se podía proponer. En el texto definitivo el razonamiento apareció cambiado de la siguiente manera: “La Iglesia reconoce siempre como propios a sus hijos pecadores”. Para el Papa era importante recordármelo en aquel momento, sabiendo que me habría dado gusto.

Respondí diciendo que estaba muy agradecido y manifestando mi plena satisfacción desde el punto de vista teológico. Pero me pareció que también tenía que agregar una reserva de índole pastoral: la iniciativa inédita de pedir perdón por los errores y las incoherencias de los siglos pasados desde mi punto de vista escandalizaría a los “pequeños”, los preferidos del Señor Jesús (cfr. Mt 11,25): porque el pueblo fiel, que no sabe hacer muchas distinciones teológicas, a partir de esas autoacusaciones vería amenazada su serena adhesión al misterio eclesial, que (nos lo dicen todas las profesiones de fe) es esencialmente un misterio de santidad.

Entonces, el Papa textualmente dijo: “Sí, eso es verdad. Será necesario pensar sobre ello”. Lamentablemente no lo pensó lo suficiente.

Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa

(pp. 614-615)

Los días más trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden inmediatamente al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las 9:30 a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre de decir todo lo que cree.

Pero se intuye que no se puede tratar públicamente el argumento que está más lo más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: ¿a quién debemos elegir?

Y así esto va a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que otro sus problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las dificultades de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo entero. Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de ello no es un hecho alentador.

Cuál fue en aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión prevalente emerge de la intervención que después de muchos asombros me decidí a pronunciar el viernes 15 de abril del 2005. He aquí el texto:

“1. Después de haber escuchado todas las intervenciones – justas, oportunas, apasionadas – que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me está escuchando) todas mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión, y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: ‘¿Me amas más que estos?’ (cfr. Jn 21,15). En una ‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina, la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; – decía aquella terrible y aguda muchachita – el mundo está lleno de problemólogos, pero escasean los solucionólogos’.

“2. Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y sobre todo que aflige a los ‘pequeños’.

“3. Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ese.

“4. En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la ‘Dominus Iesus’: un documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una verdad que en veinte siglos – a partir del discurso de Pedro después de Pentecostés – no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza teológica, de la jerarquía.

“5. Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación de la ‘Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió: ‘Olvídalo. Ese es un documento que divide’. ‘Un documento que divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido a traer la división’ (Lc 12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad en sus partes más locuaces”.

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27 de julio.

Pantaleon

27 de julio

SAN PANTALEÓN

(†  303)

En la vida de San Pantaleón, tal como hasta nosotros ha llegado su relato, a través de las Actas, a través de la tradición, se nos manifiestan dos aspectos particularmente destacados, sobre todo si llegamos a él con alguna preocupación crítica. Sobre la vida histórica del Santo, dirá alguno, se monta una exuberancia de milagros verdaderamente sospechosa. La razón de ser del Santo, se podrá también decir, fue precisamente ésa: dar testimonio del poder de Cristo y de su verdad insoslayable, haciendo de su vida un continuo milagro, llevando sobre sus hombros el peso enorme del milagro, porque a los planes de Dios así convenía providencialmente.

 Ambas posiciones pueden ser parcialmente ciertas, y ambas, por tanto, pueden conjugarse. Conviene desde ahora, antes de entrar en la intimidad del Santo, tomar posición y acercarnos sin prejuicios. No abreviemos la mano de Dios. Conviene no rechazar lo excepcional porque sí. Ahora particularmente es importante señalar esa circunstancia. Vamos a ver al Santo tal como Actas y tradición nos lo han transmitido, sin posibilidad de quitar ni poner, prudentemente. La verdad entera, Dios la sabe.

 Pantaleón nace en Nicomedia, corriendo el siglo III de nuestra era. Tiempos recios iban a ser los suyos. El Imperio romano está ensayando fórmulas varias para impedir el hundimiento que se avecina, y como una de ellas se va a pensar, naturalmente, en la implantación de la religión oficial como obligación universal. El Imperio de Roma no es ya el poder seguro de sí mismo que avasallaba al mundo. Ahora ha sido necesario poner un emperador, un César, en Oriente para sostener aquellas regiones tan distantes de la metrópoli. Y Nicomedia es la residencia de los emperadores de Oriente. Estamos en una ciudad del Asia Menor, en la mitad segunda del siglo III de Jesucristo.

 La figura del futuro mártir se nos muestra en los relatos sumamente atractiva. Pantaleón es un joven de nobles inclinaciones, de sano corazón. Es hijo de un gentil, Eustorgio, senador y rico. Su madre era cristiana, pero murió joven: el niño era pequeño y apenas si pudo enseñarle más que unos rudimentos que no llegaron a darle idea completa del cristianismo.

 La formación del joven se desarrolló con felicidad, sobre la base de una inteligencia muy despierta y con muy buenos profesores. Al concluir el aprendizaje de las letras Eustorgio hizo que Pantaleón estudiara la medicina bajo la dirección de Eufrosino, médico del mismo Diocleciano. Pantaleón se va haciendo un joven distinguido y respetado: llama la atención entre sus compañeros, y su buen corazón le hace ejercer su ministerio con una abnegación ejemplar, cuya honestidad pasa a ser verdaderamente excepcional en el medio pagano en que vivía.

 El encuentro definitivo con la gracia le vino a Pantaleón a través de un sacerdote cristiano. Hermolao vivía oculto por el rigor de la persecución. Un día se encontró con Pantaleón y fue el mismo sacerdote quien, admirado por las condiciones del joven, se lanzó a hablar abiertamente de la doctrina de Jesucristo. Pantaleón quedo impresionado. Los recuerdos, desdibujados ya, de las enseñanzas de la madre cristiana subieron agolpadamente a su conciencia. Pantaleón prometió que continuarían en contacto. El golpe final de la llamada vino ya milagrosamente. Poco después hubo de encontrarse el médico Pantaleón ante un caso desesperado. Un niño yacía muerto, mientras, cercana, reptaba la víbora fatal. El médico, impotente, recuerda entonces unas palabras del sacerdote Hermolao. El nombre de Cristo bastaba para resucitar a los muertos. Pantaleón no vacila, y la increpación llena de fe opera el milagro. El niño vuelve a la vida y la serpiente muere en el acto. Pantaleón es ya cristiano. Unos días de convivencia con el sacerdote oculto le proporcionan la instrucción necesaria para recibir después el bautismo de Jesús.

 A partir de este momento la vida de Pantaleón es ya un tejido de milagros, encadenándose unos y otros de manera abrumadora, inverosímil casi. La conversión de su padre también se obra a golpe de prodigio. En casa de Pantaleón se presenta un ciego incurable, y esta ocasión va a ser eficazmente aprovechada. El joven médico llama a su padre para que esté presente a lo que va a tener lugar, y, después de invocar el nombre de Cristo sobre el ciego irremediable, pone sus manos sobre los ojos sin luz: instantáneamente una explosión jubilosa y sobrecogida acompaña al milagro. Eustorgio y el ciego caen de rodillas: Cristo, Cristo es el Dios verdadero. El senador pagano hace añicos los ídolos que adornan la casa: él ahora sólo quiere ser instruido en el cristianismo para recibir el bautismo inmediatamente, como sucede en realidad, con júbilo ilimitado de Pantaleón. Poco después Eustorgio muere. Es éste otro momento culminante en la vida de nuestro Santo.

 Efectivamente, aquí tiene lugar la segunda conversión del entusiasta neocristiano. Pantaleón, que se ve desligado de toda traba, responsable único de sus actos, por si y ante sí, se arroja a una vida de absoluto fervor: entrega a los pobres sus cuantiosas riquezas, quedándose con lo indispensable; pone en libertad a todos sus esclavos, se entrega a las obras de caridad en la práctica de su propia profesión de médico. Naturalmente, esta conducta no pudo pasar desapercibida; además, los restantes médicos de Nicomedia ardieron en celo al ver que la gran mayoría de los enfermos quería ser curada por Pantaleón, con lo que las pérdidas materiales iban a ser cuantiosas de seguir en auge el médico sospechoso. Naturalmente, había que deshacerse de él, y fue acusado ante el emperador como cristiano.

 Diocleciano fue un emperador de excepcionales vuelos. Quiso llegar a una solución que evitase el camino de catástrofe por el que se avanzaba. Sus decisiones fueron múltiples. Para la crisis económica arbitró el edicto del Máximum, de 202, el más grande intento de tasación estatal que se recuerde de tiempos antiguos. En el gobierno montó una máquina que creyó eficaz: el mismo año en que la muerte de Carino le dejó el Imperio se buscó un colega, Maximiano. Seis años después, ante lo eficaz del resultado, añade dos nuevos emperadores (292), y además fue afortunado en la elección de las personas: Galerio y Constancio Cloro. Soldado excepcional aquél, pero rudo y de primitivos sentimientos. Constancio Cloro, en cambio, general destacado, era de más fina formación. Galerio movió a Diocleciano a firmar el decreto de exterminio general de los cristianos. Fue el 23 de febrero del 303. No era tolerable que ante los proyectos de religión oficial un grupo irreductible se mantuviera en el seno del Imperio rompiendo la unidad de creencia. Se inauguró la décima gran persecución. Ríos de sangre cristiana corrieron por todo el ámbito del Imperio.

 La presencia de Pantaleón ante el tirano es el triunfo manifiesto de la fe de Cristo sobre todos los intentos opresores. Incluso sobre la fuerza física, sobre las leyes naturales, sobre el instinto de las fieras hambrientas. Pantaleón pasa a ser un grito de triunfo, el emblema de la fe invencible por obra del poder de Jesús. El interrogatorio ya se abre con un milagro. El ciego curado por Pantaleón ha declarado ser cristiano y se le ha quitado la vida. Pantaleón recogió su cuerpo y lo sepultó junto a su padre. Entonces es también él llamado a juicio: se le intenta seducir, pero todo es en vano. Declara su fe y afirma en ella su poder excepcional.

 Después Pantaleón es atado al potro. Aquí se hacen presentes los garfios de hierro con que se le desgarran las carnes, las teas encendidas que se le aplican a las llagas. Pero una fuerza misteriosa hace reanimarse al mártir, y los brazos de los verdugos caen, dominados por una fuerza prodigiosa. La ira del tribunal no tiene límite. Se prepara una caldera de plomo fundido, en la que va a ser sepultado Pantaleón. Pero, en el momento en que el cuerpo del mártir toca la ardiente superficie, ésta queda como helada, y Pantaleón puede apoyarse sobre el plomo endurecido. Ahora el mudo estupor se junta con la inmediata reacción ciega de la soberbia enfebrecida. Pantaleón va a ser arrojado al mar, atada al cuello la gran piedra que impida su vuelta a la superficie. Se quiere ahora impedir también el que los demás cristianos recojan su cuerpo y lo veneren. Pero Pantaleón vuelve andando a la playa sobre la superficie de las aguas.

 Lo evidente del caso no logra hacer que el tribunal abra los ojos. Se ensaya el tormento de las fieras. La ciudad sabe ahora que el invencible va a probar el terrible tormento, y una multitud inmensa llena el anfiteatro. A la señal estremecedora, y en medio de un silencio impresionante, se abren las jaulas. Varias fieras avanzan a saltos, rugientes, hacia el mártir, que está solo, en medio de la arena. Mas, apenas se le llegan, se aquietan, sumisas, a sus plantas. Pantaleón las bendice y ellas se retiran. El vocerío loco de la multitud reclama la libertad para el inocente, y tiembla en el ambiente la sensación de que el Dios verdadero es el que le sostiene.

 Bajo la opresión del griterío los jueces, abrasados de rencor, humillados, deciden seguir con la intentona de los tormentos. Es en vano que el pueblo grite a su favor. Pantaleón es sometido al suplicio de la rueda. Sale ileso. Entonces se le arroja en un calabozo. Son detenidos Hermolao y otros dos cristianos: la pretensión es que seduzcan al mártir a que apostate. Hermolao se niega, y con Hermipo y Hermócrates, los dos cristianos, padece el martirio.

 Pantaleón es azotado. Se preludia el final. La condena es que se le decapite y luego se queme su cuerpo. Pantaleón, gozoso, va al suplicio. Es atado a un olivo. El verdugo alza la espada para cortarle la cabeza, pero en el momento de dar el golpe el hierro se ablanda y el mártir ni siquiera percibe el metal sobre su cuello. Ante el nuevo prodigio el lictor cae de rodillas pidiendo perdón; pero Pantaleón se siente ya impaciente. Ahora es él quien pide, entre súplicas y forcejeos, que se cumpla la sentencia. Los verdugos, que inicialmente se resisten, acceden por fin, y, después de abrazarse con el mártir, hacen caer la cuchilla definitiva. Salta la sangre e instantáneamente florece el olivo y se llena de frutos. El cuerpo no es quemado. Los soldados no se atreven. Los cristianos se lo llevan y recibe sepultura en medio de intensa veneración.

 San Pantaleón ha pasado a ser uno de los principales patronos de los médicos. Su culto ha sido extendidísimo y popular. Su nombre en la hora ciega de las persecuciones tuvo el valor de un símbolo, Los cristianos confesaron a Dios, y Él estuvo con ellos, prestándoles un poder incalculablemente más grande que todas las insidias de sus enemigos.

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