28 de agosto.

20160821_101219

Homilía para el XXII domingo durante el año C

Todo el capítulo 14 de san Lucas está dedicado a lo que podríamos llamar las “conversaciones de mesa” de Jesús. Estas “conversaciones de mesa”, son propias del Evangelio de Lucas, pero eso no significa que la mesa en tiempo de Jesús no fuera un lugar importante para expresar opinión o enseñanza, según se infiere de este género literario. Era la mesa ciertamente un lugar social muy importante. Uno es invitado a una comida y, como todos los otros huéspedes, de a uno, cada invitado ofrece una reflexión o da una enseñanza. En este caso, Jesús, aborda dos cuestiones en relación a un banquete: la elección de los lugares y la elección de los invitados. Su enseñanza sobre la elección de los lugares está dirigida a todos los invitados presentes y la de la elección de los huéspedes está dirigida al anfitrión. Cuando leemos los Evangelios, podemos considerar que somos a la vez tanto el anfitrión como los invitados, las dos enseñanzas son para todos nosotros. La primera es una llamada a la humildad; la segunda, a la generosa y desinteresada hospitalidad.

La humildad ya fue objeto de la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico: “Hijo mío, haz todo con humildad, y serás más amado que un benefactor.” ¿Qué es la humildad? No consiste en el hecho de estar constantemente pidiendo disculpas y admitir que nos equivocamos. Estos son sin duda signos de humildad, pero no son la esencia de la humildad, porque Jesús nunca se disculpó y él nunca admitió mal -y por una buena razón, y sin embargo, dijo: «aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón».

Entonces, ¿qué es esta humildad de Jesús? Consiste en el hecho de haber bajado para ser puesto al servicio de todos. Esta es la verdadera humildad, que no consiste en el teatro o gestos simbólicos. Se trata simplemente de servir a los demás en las cosas más ordinarias de la vida cotidiana. Es por eso que el orgullo – lo opuesto a la humildad – es el deseo de que los demás estén a nuestro servicio. Tomar el último lugar es, precisamente, servir a los demás, y no se toma el primer lugar para ser servido por otros.

La segunda enseñanza de Jesús – sobre la hospitalidad – es igualmente importante. Las personas a las que estamos dispuestos a servir no deben ser solo personas interesantes con las que nos sentimos a gusto cuando las encontramos, y que también nos pueden, a su vez, ayudar a conseguir un buen trabajo o evitar que paguemos una multa. Debemos invitar -y por lo tanto servir- sobre todo: «a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos», dice Jesús.

La enseñanza de Jesús está dirigida a todos. También se aplica a los grupos: familias, comunidades y naciones. No podemos enumerar todas las guerras y los conflictos que ensangrientan la humanidad hoy en día. Estos conflictos nacen siempre del deseo de un grupo de sentarse en el primer lugar en el banquete, a menudo negando a otros el derecho de ser parte de ese banquete común. Fíjense si no en declaraciones de líderes, de poderosos países, que dicen reservarse el derecho a intervenir en Siria u otro lugar según los “intereses” de su país, y así está Siria… O en nuestras Parroquias y Capillas, cuántas veces hay peleas por el primer lugar, cuántas veces nos relacionamos guiados sólo por simpatías o intereses…

Vivimos en una sociedad competitiva. Los padres quieren que su hijo sea el primero en clase, ¡aun pegándole a una maestra por una mala nota, hija y madre!, leíamos hace tiempo; se desea la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, se aspira a un mejor trabajo, una mejor posición en la sociedad, estas últimas cosas no están mal. Esto puede ayudar a desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Pero la humildad es reconocer que nuestro valor personal no reside en nada de esto, sino sólo únicamente en la calidad de nuestra relación con Dios y con los demás, servir a Dios y servir a los demás.

Que María, que sirvió a Isabel y a los suyos, nos ayude a entender la lección de la humildad y a la hospitalidad.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

26 de agosto.

10 virgenes

VIERNES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,17-25):

No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios. Dice la Escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces.» ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados a Cristo, judíos o griegos, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32

R/. La misericordia del Señor llena la tierra

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. R/.

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos,
pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor

______________________________

1. (Año II) 1 Corintios 1,17-25

a) Pablo aborda el tema de la «sabiduría» verdadera.

Como decíamos en la introducción de ayer, la temática de esta carta, escrita a una comunidad griega, se va a referir con frecuencia a la relación entre el «conocimiento» y la «caridad», entre la «gnosis» y el «ágape».

Los judíos «piden signos». Los griegos «buscan sabiduría». Pero la fe cristiana es «fuerza de Dios», es el lenguaje de la cruz («nosotros predicamos a Cristo crucificado»), que puede parecer necedad a los griegos y a los judíos, escándalo. Pero que es la verdadera «sabiduría de Dios», que siempre se muestra sorprendente y no sigue los criterios ni de los judíos ni de los griegos. Más bien parece como si Dios quisiera desprestigiar lo que los hombres llamamos sabiduría, demostrando que es necedad, mientras que lo que nosotros despreciamos como necio o débil es a sus ojos lo sabio y fuerte.

b) Este planteamiento lo hace Pablo a unos cristianos que proceden de la mentalidad griega, pagados de sí mismos y de su avanzada filosofía humana.

Pero puede resultar oportuno también para nosotros. Todos necesitamos reajustar mentalidades. Porque los criterios de «sabiduría» de este mundo no siempre coinciden con los de Jesús. Debemos «evangelizar» la cultura de nuestro tiempo, llenarla de Cristo, no «dejarnos evangelizar» por ella. Aunque tomamos en serio cada cultura y apreciamos los múltiples valores que existen en nuestra sociedad, lo que tenemos que hacer los cristianos es impregnarla de la sabiduría de Dios, como hizo Pablo con la cultura helénica.

Pablo empieza diciendo que lo suyo es evangelizar, no tanto bautizar: lo cual no cabe interpretarlo como negación de los sacramentos en la vida eclesial, sino como afirmación de la prioridad lógica de la evangelización y de la fe, sobre todo en un ambiente saturado de paganismo. Eso sí, Pablo anuncia el Evangelio «no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo».

La sabiduría cristiana se basa en Cristo, aunque chocaba en el ambiente helénico y sigue chocando también en la cultura actual. Pero es la que nos lleva a la verdadera felicidad: «nosotros predicamos a Cristo crucificado… fuerza de Dios y sabiduría de Dios».

Sigue siendo verdad lo que ya afirmaba el salmista sobre los caminos de Dios y los nuestros: «el Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad».

2. Mateo 25,1-13

a) Sigue la enseñanza de Jesús sobre la vigilancia. Ayer ponía el ejemplo del ladrón que puede venir en cualquier momento, y el del amo de la casa, que deseará ver a los criados preparados cuando vuelva. Hoy son las diez jóvenes que acompañarán, como damas de honor, a la novia cuando llegue el novio.

La parábola es sencilla, pero muy hermosa y significativa. Naturalmente, como pasa siempre en las parábolas, hay detalles exagerados o inusuales, que sirven para subrayar más la enseñanza que Jesús busca. Así, la tardanza del novio hasta medianoche, o la negativa de las jóvenes sensatas a compartir su aceite con las demás, o la idea de que puedan estar abiertas las tiendas a esas horas, o la respuesta tajante del novio, que cierra bruscamente la puerta, contra todas las reglas de la hospitalidad oriental…

Jesús quiere transmitir esta idea: que todas tenían que haber estado preparadas y despiertas cuando llegó el novio. Su venida será imprevista. Nadie sabe el día ni la hora. Israel -al menos sus dirigentes- no supieron estarlo y desperdiciaron la gran ocasión de la venida del Novio, Jesús, el Enviado de Dios, el que inauguraba el Reino y su banquete festivo.

b) «Velad, porque no sabéis el día ni la hora». ¿Estamos siempre preparados y en vela? ¿llevamos aceite para nuestra lámpara? La pregunta se nos hace a nosotros, que vamos adelante en nuestra historia, se supone que atentos a la presencia del Señor Resucitado -el Novio en nuestra vida, preparándonos al encuentro definitivo con él.

Que no falte aceite en nuestra lámpara. Es lo que tenían que haber cuidado las jóvenes antes de echarse a dormir. Como el conductor que controla el aceite y la gasolina del coche antes del viaje. Como el encargado de la economía a la hora de hacer sus presupuestos.

Se trata de estar alerta y ser conscientes de la cercanía del Señor a nuestras vidas. Todos somos invitados a la boda, pero tenemos que llevar aceite.

No hace falta, tampoco aquí, que pensemos necesariamente en el fin del mundo, o sólo en la hora de nuestra muerte. La fiesta de boda a la que estamos invitados sucede cada día, en los pequeños encuentros con el Señor, en las continuas ocasiones que nos proporciona de saberle descubrir en los sacramentos, en las personas, en los signos de los tiempos. Y como «no sabemos ni el día ni la hora» del encuentro final, esta vigilancia diaria, hecha de amor y seriedad, nos va preparando para que no falte aceite en nuestra lámpara. Al final, Jesús nos dirá qué clase de aceite debíamos tener: si hemos amado, si hemos dado de comer, si hemos visitado al enfermo. El aceite de la fe, del amor y de las buenas obras.

Cuando celebramos la Eucaristía de Jesús, «mientras esperamos su venida gloriosa», se nos provee de esa luz y de esa fuerza que necesitamos para el camino. Jesús nos dijo: «el que me come, tiene vida eterna, yo le resucitaré el último día».

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

25 de agosto.

san josé de calazans

SAN JOSÉ DE CALASANZ

(† 1648)

La villa aragonesa de Peralta de la Sal fue la patria del Santo de los niños. La fecha natalicia que armoniza la más antigua versión con todos los datos del Epistolario Calasancio es la de 31 de julio de 1558, en los albores del reinado de Felipe II.

 Cinco hermanas y dos hermanos eran los vástagos del matrimonio Calasanz-Gastón, formado en la herrería peralteña por don Pedro, baile de la villa, segundón de familia infanzona venida a menos, y doña María, madre ejemplar que educó cristianamente a todos sus hijos, muy en especial a José, su benjamín, al que inculcó una tierna devoción a la Virgen y un agresivo odio al pecado. El maestro de la escuela rural, para descansar de la monotonía del deletreo, tomaba al pequeño, subíale sobre su cátedra y hacíale recitar ante sus condiscípulos los milagros de Nuestra Señora, tal como se los enseñaba en casa su madre. De mayor interés psicológico había sido aún antes, cuando apenas frisaba en los cinco años, el rasgo de su primera escapada por los olivares del contorno, cuchillo, en mano, para matar al demonio, que las pláticas maternales le pintaban cómo a su más encarnizado enemigo.

 A los diez años pasa a Estadilla a cursar latines, y jamás empieza las clases sin haber hecho antes su oración en la iglesia, a despecho de las burlas de sus compañeros, que acaban por admirarle, llamándole “el Santet” en su ribagorzano-catalán.

 Los estudios superiores de filosofía y teología, preparación inmediata para el sacerdocio a que aspiraba, los comenzó en la universidad de Lérida, donde los estudiantes aragoneses le eligieron su prior o representante para la votación de rector, cargo que había de desempeñar un estudiante legista, en régimen harto democrático. Condiscípulo hubo, un tal Mateo García, que llamaba a José su verdadero espíritu santo, pues él le inspiraba la manera de salir con bien de las frecuentes reyertas en que le metía su carácter pendenciero. Recibióse allí nuestro pacífico Calasanz de bachiller en artes, se tonsuró de clérigo, cursó dos años de teología y se volvió a Peralta en 1577, dispuesto a cambiar de universidad, en busca de menos disturbios escolares y más disciplina académica,

 Marchó, efectivamente, a la de Valencia, dentro siempre de la corona de Aragón, y regentada entonces con mano enérgica por el patriarca Juan de Ribera; pero aquí le acechaba el Tentador, dispuesto a truncar aquella carrera sacerdotal tan decidida. Para ayuda de costas de sus estudios el joven teólogo, que estaba en la florida edad de sus veintiuno, entró de memorialista y tenedor de libros al servicio de una dama que le remuneraba con buen sueldo, pero en cuyo pecho el enemigo de toda castidad acertó a encender tan secreta cuanto viva llama de pasión. Contenida al principio, estalla al fin, tumultuosa y vehemente, aturdiendo al sorprendido e inocente joven, que reacciona inmediato eludiendo el lance con la fuga, no ya de la casa, sino de la ciudad y de la universidad misma, sin atención a sueldo y matrícula, que pierde, ni a carrera, que arriesga, pero con logro de una inocencia que mantiene inmaculada por gracia de Dios y su Santísima Madre.

 El súbito retorno a Peralta le enfrenta con nuevo peligro para su vocación. La Ribagorza arde en inquietudes de carácter político-social que ocasionan la muerte violenta de Pedro Calasanz, el hermano mayor de nuestro joven teólogo. El padre quiere ahora que José contraiga matrimonio y herede el mayorazgo. En tan difícil situación Dios acude con el remedio de una grave enfermedad que pone al propio José al borde del sepulcro. No hay opción ante el dilema de muerte o altar, que el enfermo propone al atribulado padre. Y, obtenido el paterno consentimiento, emite voto formal de recepción oportuna del sacerdocio, cede inmediatamente la enfermedad, y se retira a Barbastro el restablecido estudiante a proseguir su carrera tres años más, hasta cumplir los veinticinco y recibir las sagradas órdenes.

 El novel sacerdote continúa junto al obispo de Barbastro, el dominico Urríes; pero se le muere al año y medio, dejándole sin patrono. Retírase a su beneficio de San Esteban y coincide allí la celebración de las Cortes de Monzón, que preside personalmente Felipe II en 1585. Requieren a nuestro José para secretario de la Comisión de Reforma de los agustinos, y el presidente de la misma, prendado de él, se lo queda para examinador y confesor, partiendo ambos para otro cometido reformatorio, el de los benedictinos, catalanes y vallisoletanos, del célebre monasterio de Montserrat. Aquí nada se logra, por muerte del visitador La Figuera, que deja una vez más a Calasanz sin patrono.

Tras breve estancia en Peralta se incorpora a la diócesis de Urgel como secretario y maestro de ceremonias del Cabildo de La Seo, donde no tardan en reconocer sus valores. Es su obispo, el cartujo Andrés Capella, y su vicario general, Antonio de Gallart, futuro obispo de Perpiñán y Vich, quien le acumula los cuatro oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, con la encomienda de la visita a lo más abrupto del Pirineo, deparándole tres años de intensísimo apostolado sacerdotal, pródigo en curiosas incidencias y espirituales satisfacciones.

 Tal vez le quiere el Señor en aquella senda de cargos y ministerios, y le ronda el deseo de obtener una canonjía que los consolide y afiance. Por ello renuncia a su plebanía de Ortoneda y Claverol, asegurando para los pobres la renta en trigo de su personado, y marcha a Barcelona a los estudios, trocando entonces su licenciatura en teología por el doctorado. Para agenciar con mayor seguridad el canonicato a que aspira, marcha a Roma en 1592, asumiendo la preceptoría de dos sobrinos del cardenal Colonna y la gerencia de los asuntos de varias diócesis españolas.

Pero Dios espera en Roma al doctor Calasanz, precisamente a propósito de la canonjía. Fracasa en su intento repetidas veces, hasta que da un vuelco su alma hacia las renunciaciones completas y se entrega ardoroso a las aspiraciones de la santidad. Se olvida de España para romanizarse definitivamente, y en él la romanización equivale a santificación.

La archicofradía de los Doce Apóstoles, la cofradía de las Llagas de San Francisco, la de la Trinidad de los Peregrinos y la del Sufragio en la vía Giulia no sólo aprenden su nombre, sino que se contagian de su actividad ardorosa, tanto en las efusiones de su caridad operante cuanto en la intercesión y prácticas de su mortificación penitente, La visita diaria a las siete basílicas romanas halló por aquellos años en Calasanz un incansable y fervoroso promotor. Y empezaron entonces los carismas y los milagros, ornamento frecuente en las vidas de los elegidos del Señor.

Peregrino de los santuarios de Italia, San Francisco le desposa en Asís con tres doncellas representativas de los votos religiosos, su suerte futura; y particularmente la santa pobreza le regala con apariciones de singular predilección. Llegó la madurez, la hora de Dios.

El concilio de Trento acababa de urgir para la Contrarreforma una mayor difusión de la enseñanza del catecismo; habíase publicado el de San Pío V: era un hecho la archicofradía de la Doctrina Cristiana. Calasanz se inscribió en ella con más entusiasmo que en las cuatro anteriores, y poco faltó para que se le eligiera su presidente en Roma. Pero comprendía que no bastaba con la catequesis dominical. Sostenía con otros catequistas una escuelita cotidiana en Santa Dorotea del Trastevere; mas lamentaba en la mayoría escasa constancia y sobrado interés. Roma seguía con la lacra de la infancia enlodada en el arroyo, y a su vista Dios apretaba de congojas el corazón de su siervo. Se dedicó a llamar a muchas puertas, sombrero en mano, pordioseando amparo para los pequeñuelos, hasta que al fin comprendió que era más bien el Señor quien daba los aldabonazos en su alma para que se lanzara de lleno al apostolado de la enseñanza infantil. Y se decidió a la acción. Despidió de Santa Dorotea a los maestros interesados; proclamó la gratuidad absoluta; abrió sus aulas para todos y las rotuló con el breve y denso nombre de Escuelas Pías. Y entonces, en 1597, surgió en la Iglesia de Dios y en lo que siglos después se llamaría Historia de la Pedagogía una cosa totalmente nueva, que prepararía tiempos asimismo nuevos: el grupo escolar popular. Estaban en puerta las democracias; la cultura ya no tropezaría con el espíritu clasista; el apostolado contaría con la más eficaz de sus actividades, y se levantaba bandera tras de la cual no tardarían en formarse las numerosas mesnadas de las corporaciones católicas dedicadas a la tarea de la enseñanza. La preocupación docente prendió en los Gobiernos y hasta los Ministerios de Fomento, Instrucción Pública y Educación Nacional tienen su origen remoto en el gesto calasancio que organizó las escuelitas transtiberinas.

Una avalancha de niños las llenó hasta el tope; pero a los dos años, otra avalancha, la del Tíber, lo inunda todo, y vuelta a empezar. Calasanz ahora deja el arrabal y las introduce en el corazón de Roma, precisamente en el 1600. Y la obra puesta en marcha ya no se detiene, Varias veces cambia de local hasta definitivamente establecerse en San Pantaleón. Durante veinte años continuos (1597-1617) el padre José se ha ingeniado para mantener una comunidad secular “sui generis”, sin votos ni reglas, sin otro apoyo que el prestigio de su prefecto. Es el grupo escolar con su balumba de niños perfectamente distribuidos, con sus clases de lectura, escritura, ábaco y latín o humanidades, entreverado todo de doctrina y piedad cristianas, con pasmo de la Ciudad Eterna y de los romeros que la visitan desde toda la catolicidad, al ver el orden y compostura de las interminables rutas de alumnos, y al recordar el antiguo abandono de la infancia, que al fin encontraba su mentor y padre. La Providencia le deparó colaboradores valiosísimos como el joven Glicerio y el viejo Dragonetti, pero el factor más eficaz de consolidación fue la autoridad pontificia. Tras un fallido ensayo de agregación a una Corporación religiosa ya existente, la de San Leonardo de Lucca, el pontífice Paulo V erigió las Escuelas Pías en congregación de votos simples, y a los cuatro años de prueba, en 1621, ya logró el padre José de la santidad de Gregorio XV la elevación a Orden de votos solemnes, última de las de esta categoría en la Iglesia de Dios.

Pedagogo y legislador de pedagogos, José de la Madre de Dios estampó en sus constituciones su áurea sentencia: “Si desde los tiernos años son imbuidos los niños en piedad y letras, podrá sin duda esperarse de ellos un feliz desarrollo de toda su vida”. Y apasionado de hecho de la tarea de la enseñanza, dirá de su ejercicio que es “degnissimo, nobilissimo, meritissimo, favorevolissimo, utilissimo, bisognevolissimo, naturalissimo, ragionevolissimo, graditissimo, piacevolissimo, e gloriosissimo” (el más digno, el más noble, el de más mérito, el más favorable, el más útil, el más necesario, el más natural y razonable, el más de agradecer, el más agradable y de máxima gloria). Y, efectivamente, su dedicación a él fue integral, no solamente los veinte años dichos de su prefectura, sino también los quince de su generalato temporal, los catorce de su generalato vitalicio y aun los dos últimos de su senectud, después de destituido de su cargo de general de su Orden. Cincuenta y un años de entrega total a sus escuelas, después de los treinta y nueve de preparación y actuación sacerdotal, dan carácter a los noventa de su fecunda existencia: fecunda en su labor personal de educador, que domina a los niños con mano de santo, y con mano de santo hasta restituye a su órbita el ojo saltado a un muchacho en una pelea durante el recreo; y fecunda en su acción oficial de fundador y dilatador de su Orden por las provincias de Roma, Génova, Nápoles, Florencia, Sicilia, Germania, Polonia y Cerdeña, con más de cuarenta fundaciones realizadas bajo su gobierno. En visita personal a Cárcare, en el genovesado, reconcilió facciones ancestralmente enemistadas; en Nápoles volvió a buen camino a tres disolutos artistas que trataban de ofenderle; en Florencia permitió y estimuló a sus hijos al cultivo de las ciencias, con la amistad del perseguido sabio Galileo; en Germania sus escolapios o piaristas, como allí les llaman, ocuparon las avanzadillas de la catolicidad frente a la acometida protestante, y su santuario de NikoIsburg fue centro de irradiación y reconquista espiritual, reconocido por Von Pástor.

Mas las benemerencias del santo Calasanz no terminan con su magisterio y su Orden docente. Brilla en él la ejemplaridad de su humilde acatamiento ante las persecuciones y humillaciones más extrañas. Un miembro de su propia Corporación, el padre Mario Sozzi, logra por sus servicios y delaciones un proteccionismo excepcional de parte del Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición, y lo emplea en desacreditar a su padre general y revolverle la Orden, singularmente en Florencia. En Roma llegó a provocar el arresto y conducción del padre José y de su curia generalicia al Tribunal de la Fe entre esbirros y corchetes; como espía y malhechor, entre la nerviosa agitación de la pontificia guerra de Castro. Suspendido en su cargo de supremo moderador de la Orden, se atreve a suplantarle como primer asistente en funciones de general, y le humilla y desprecia sin respeto a su ancianidad venerable. La revancha es de Dios, que se lleva al padre Mario preso de una sífilis horripilante; mas le sucede el padre Querubini, hechura suya y tan indigno como él, presagio de que se va a la ruina del Instituto. Termina en desastre la guerra de Castro; muere el papa Urbano VIII; la comisión cardenalicia nombrada para los asuntos de las Escuelas Pías decide la reintegración del anciano padre general en el puesto de mando de la Orden; pero el Santo Oficio entiende que tal reparación será en desdoro de su prestigio tribunalicio y el papa Inocencio X opta al fin por la destrucción de la obra calasancia, desarticulándola y privándola de su jerarquía. Queda el Santo definitivamente destituido, sin perder por ello la resignación, la paciencia, ni la esperanza. Dios me lo dio, Dios me lo quitó —repite con el Job del Viejo Testamento—. Mas no vacila en profetizar la restauración de su Orden y en animar a todos sus hijos a la perseverancia. No se abandona, en efecto, ninguna casa y siguen todas repletas de alumnos. Dos años aún de infatigable actividad y de invencible paciencia, y llega el triunfo de su última enfermedad y de su muerte preciosa, el 25 de agosto de 1648.

El principio del fin fue su última comunión entre sus niños como lección postrimera, para caer en el lecho de su cuartito de San Pantaleón y edificar con sus fervores a sus desolados religiosos. De curaciones ajenas y penetración de espíritus fueron los casos frecuentes; pero mucho más los de virtudes heroicas: en materia de fe, hasta arrojó de su boca un sedante al saber que había sido ideado por el hereje Enrique VIII de Inglaterra; envió a dos de sus hijos a poner en su nombre la cabeza a los pies de la estatua de San Pedro y no quedó tranquilo hasta obtener del Papa, por escrito, la bendición apostólica, con transportes de alegría que contrastaban con los desaires, nada leves, de la propia Sede Apostólica recibidos antes. Y en sus últimos días de enfermedad tuvo el consuelo inefable de la aparición de la Virgen Santísima reafirmando sus esperanzas, y la de los escolapios hasta entonces difuntos en número de 254, con solo una ausencia.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

24 de agosto.

bartolome

SAN BARTOLOMÉ

(†  siglo I)

El nombre de Bartolomé es un patronímico que significa “Hijo de Tholmai“, derivado del arameo a través del griego. El nombre de Tholmai aparece en el Antiguo Testamento (Núm. 13, 23, y 2 Sam. 3, 3), y Josefo lo cita en la forma griega, Tholomaios (Antigüedades, XX, I, 1).

 Del apóstol Bartolomé el Nuevo Testamento no conoce más que el nombre, consignado en las cuatro listas del Colegio Apostólico (Mt. 10, 3; Mc. 3, 18; Lc. 6, 14, y Act. 1, 13).

 Si el cuarto Evangelio no menciona a Bartolomé, señala por dos veces la presencia cerca de Jesús de un discípulo llamado Natanael, nombre derivado también del arameo, que quiere decir “Don de Dios”.

 Se plantea la cuestión de saber si Bartolomé y Natanael son el mismo personaje. Esta identificación es muy posible, puesto que Bartolomé es un simple patronímico, como Barabbas o Barjona, que puede usarse solo, pero supone, naturalmente, un nombre propio.

 Pero, además, esta identificación es muy probable porque la vocación extraordinaria de Natanael, consignada en el cuarto Evangelio, no parece que fuera estéril. A continuación del relato de su primer encuentro con Jesús, San Juan introduce a nuevos personajes que comienzan a relacionarse con el joven Maestro, y uno de ellos debió ser nuestro apóstol.

 “Al otro día, queriendo Jesús salir hacia Galilea, encontró a Felipe, y le dijo: Sígueme. Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Encontró Felipe a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y en los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret. Díjole Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Díjole Felipe: Ven y verás. Vio Jesús a Natanael, que venía hacia El, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay dolo. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael le contestó: Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestóle Jesús y le dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad te digo, que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre” (lo. 1, 43-51).

 Este Natanael, que tan cumplido elogio mereció de Cristo, era de Caná (lo. 21, 2), dato que consigna San Juan al presentarle por segunda vez, cuando la pesca milagrosa en el Tiberíades después de la resurrección del Señor. Era también amigo de Felipe, como acabamos de ver, y quizá esta amistad sea la razón de que Bartolomé y Felipe formen pareja en la lista de los apóstoles que traen los sinópticos, lo cual confirma la tesis de que Bartolomé y Natanael son una sola persona.

 Las objeciones en contra no tienen peso. Porque si en antiguos catálogos de apóstoles figuran como distintos, también son distintos Pedro y Cefas, con lo que pierden toda autoridad tales documentos. Y si San Agustín se inclina igualmente a distinguirlos (Comm. in Io., I, 843), y le sigue San Gregorio Magno, lo hace dando una interpretación demasiado personal al pasaje “¿De Nazaret puede salir nada bueno?”, que le descubriría como “doctor de la Ley”, demasiado suspicaz para que Cristo le admitiera como apóstol, lo cual está en contradicción con el elogio del mismo Cristo y se explica suficientemente admitiendo que Natanael no dominara del todo sus sentimientos de paisanaje. Caná y Nazaret eran poblaciones demasiado cercanas para que entre ambas no hubiera rivalidades.

 Probada de esta forma la identidad de Bartolomé y Natanael, recapacitemos un instante sobre su primer encuentro con Jesús. Alma noble e impresionable, sin dobleces ni recovecos, manifiesta con todo candor sus emociones, pasando de la duda a la admiración y a la entrega. Juega Jesús con esta fogosidad del discípulo, y le prepara ya desde ahora para las grandes teofanías y revelaciones.

 Lo de la higuera fue un simple destello de su sabiduría divina. “¿Porque te he dicho eso crees? Cosas mayores has de ver.” La primera gran manifestación llegará a los tres días, y precisamente en Caná, para que obrando allí el prodigio desaparezca toda sospecha contra el descendiente de Nazaret. Porque en el reino de Dios no hay compromisos aldeanos de patria o lugar, de carne o sangre.

 En Caná, patria de Bartolomé, asistió Jesús con su Madre y sus discípulos a aquella boda que envidiarían los esposos jóvenes de todos los siglos. En ella convirtió el agua en vino y elevó el contrato a sacramento, el amor humano a caridad sobrenatural, dando así su regalo nupcial anticipado a todos los matrimonios cristianos.

 El maestresala, atolondrado con el apuro de faltar el vino, no sabía la procedencia del vino nuevo; pero sí estaban al tanto de ello los criados, que llenaron de agua hasta rebosar las ánforas de las abluciones. Ciertamente que Jesús había hecho una espléndida manifestación de su gloria y con razón podían creer en él sus discípulos. ¿Sería descabellado imaginarnos un aparte de Felipe a Bartolomé al gustar el vino milagroso: “¡Qué! ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”

 Y aquello era sólo el comienzo. Restaban mayores cosas, no tanto por los prodigios espectaculares cuanto por la intimidad con el Señor. ¡La dicha de convivir hora a hora con el Maestro! Jesús va moldeando a sus discípulos como el alfarero el dócil barro. La materia prima es buena, la gracia divina hará lo demás. Los apóstoles fueron la mejor obra artesana del Carpintero de Nazaret.

 El Evangelio, parco siempre y contenido, no desciende a muchos detalles que saciarían nuestra devota curiosidad; pero a través de sus páginas podemos seguir las andanzas del Colegio Apostólico. Presididos por el Maestro recorren, en continuo trajín pueblos y aldeas, predican en sinagogas y plazas, a las orillas del lago o en los repechos de la montaña. Las turbas les acosan, sin darles lugar a descanso, “pues eran muchos los que iban y venían y ni tiempo de comer les dejaban” (Mc. 6, 31).

 Esto de la comida era frecuente, como cuando se percatan, después de haber subido a la barca, que han olvidado proveerse de pan (Mt. 8, 14), o cuando tienen que comer espigas de los sembrados, desgranándolas con las manos, lo que provoca un conflicto con los fariseos, por ser día de sábado (Mt. 12, 1), o buscan higos en la higuera estéril (Mt. 21, 18).

 De dormir tampoco andarían muy sobrados. El Señor pasaba las noches en oración y sus discípulos procurarían imitarle. Pero es que les vemos en diferentes ocasiones cruzando el lago de noche, para aprovechar el tiempo, como después de las dos multiplicaciones de los panes y los peces, y puede que también durante la tempestad, cuando el mismo Señor, rendido, se durmió en la navecilla (Mt. 8, 24).

 Era la vida errante que Cristo había mostrado al discípulo tímido que deseaba seguirle. “Las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza” (Lc. 9, 58).

 Y como El los suyos. Dependían de la caridad ajena, de los amigos que les invitaban a comer, del socorro de las santas mujeres o de la administración tacaña de Judas, que, como ladrón, robaba de la bolsa común (lo. 21, 5).

 ¿Cuál era la condición de los apóstoles? En lo social pertenecían a lo que pudiéramos llamar una clase media acomodada. Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, tenían un próspero negocio de pesca, con barca propia y criados. Similar era la situación de Simón y Andrés, y por el estilo la de Felipe y Bartolomé, los galileos que vivían en la región ribereña del lago. Probablemente alternaban el oficio de la pesca con otras profesiones artesanas, o con el pastoreo y la labranza.

 En lo cultural poseían la instrucción de los de su clase, basada en un conocimiento suficiente de la Ley y la literatura religiosa judía, y seguramente sabían, además del arameo, el griego común, la lengua que se hablaba en Cafarnaúm y sus aledaños, por ser nudo de comunicaciones y comercio.

 En lo religioso eran almas sinceras, asiduos a la sinagoga los sábados, cumplidores sin escrúpulos nimios de la Ley, encendidos en la esperanza del Mesías, entregados de lleno al ideal de salvación de Israel que el Maestro predicaba, aunque algunas veces se dejaran llevar de interpretaciones algo terrenas.

 ¿Cómo se manifiestan los apóstoles? Con una mezcla muy humana de buenas cualidades y defectos.

 Son generosos, lo han dejado todo, sus casas, su familia, sus amistades, su profesión… Han roto todos los lazos que les unían a cosas tan queridas y entrañables, y se han lanzado a la gran aventura.

 Son leales a su Maestro, y tiemblan la noche de la cena, cuando les anuncia que entre ellos se encuentra un traidor.

 Piden al Señor que les aumente la fe, que les enseñe a orar, que les explique las parábolas, todo lo cual denota una enorme buena voluntad y un deseo grande de aprovechamiento.

 Junto a estas excelentes cualidades apuntan las imperfecciones. Son puntillosos, buscan los primeros puestos, quieren figurar. Son cobardes cuando regresa Jesús a Judea y cuando le abandonan la noche del prendimiento.

 No entienden tampoco la Pasión, por más explicaciones y anuncios que el Señor les da.

 Mas Jesús, con paciencia infinita, les va instruyendo y formando, aunque deje también para el Espíritu el completar interiormente su obra.

 Alterna la teoría con la práctica y por dos veces les envía a evangelizar los poblados galileos, concediéndoles poderes de arrojar los demonios y realizar milagros.

 Ellos volvieron radiantes por el fruto cosechado, y entonces Jesús exulta de gozo, porque su Padre revela estas cosas a los pequeñuelos y se las esconde a los sabios y prudentes.

 Fueron tres años de trabajo y convivencia que dejaron en su alma un poso inolvidable. Jesús los destinaba a ser sus sucesores en el ministerio pastoral. Ellos gobernarían la grey cristiana y les concedió amplísimos poderes. Les transmitió su sacerdocio, con la potestad de ofrecer el sacrificio de su Cuerpo y Sangre y administrar los sacramentos, signos eficaces de la gracia. Les encomendó el depósito de su doctrina, haciéndolos maestros y doctores.

 Tenían que superar la hora de la prueba, cuando fue como si todo se derrumbara. Ya lo había predicho el Maestro: “Todos padeceréis escándalo por mí esta noche”. Ellos, que esperaban había de redimir a Israel…

 Mas ¡qué sobresalto cuando empiezan a llegar noticias confusas de que vive! Y aquella misma tarde del domingo, estando en el cenáculo con las puertas cerradas, se les aparece Jesús: “La paz con vosotros. Yo soy; no temáis. Mirad mis llagas”.

 Allí estaba también Bartolomé, que no faltó a la reunión de los hermanos, como Tomás, apóstol individualista.

 Y también estuvo con otros siete discípulos la noche aquella en que Pedro, recordando su juventud, dijo:

 —Voy a pescar.

 Y los demás dijeron:

 —Vamos también nosotros contigo.

 Era al filo de la madrugada, cuando una sombra gritó desde la orilla:

 —Muchachos, ¿tenéis algo que comer?

 —No —contestaron ellos secamente.

 —Pues echad la red a la derecha del navío.

 Y no podían sacar las redes por la abundancia de la pesca. Entonces Juan, el más joven, susurró a Pedro:

 —Es el Señor.

 Y Pedro, impetuoso, sin esperar a que la barca llegara a la orilla, se lanzó a nado, porque estaban cerca de la costa.

 Después fue la ascensión del Señor desde el monte Olivete. Y diez días más tarde la efusión del Espíritu Santo, y la proclamación de la Iglesia, y las primeras conversiones, y los primeros fieles, y la comunidad de todos, hasta formar una sola alma y un solo corazón.

 Pero el Maestro había dicho que predicaran en todo el mundo. ¿Adónde marchó San Bartolomé? Todo es obscuro y confuso en su vida, emborronado por la literatura apócrifa y la leyenda.

 Según las Actas de Felipe habría predicado en Licaonia y en la Frigia; según el Martirio de San Bartolomé, pasión legendaria de la que se conservan dos redacciones, una en griego y otra en latín, habría predicado en el Ponto y el Bósforo; según la tradición que se remonta a Panteno y recoge Eusebio en su Historia, habría predicado en las Indias, entendiendo por tales las Indias orientales, donde habría llevado el Evangelio en arameo escrito por San Mateo; o a un país vecino a Etiopía o a la Arabia Feliz, según las referencias que tomaron los historiadores Rufino y Sócrates.

 Y todavía quedan leyendas más seguras que sitúan a nuestro Santo en Mesopotamia, Persia y Armenia. Allí habría predicado la fe en Areobanos, no lejos de Albak, y habría convertido a la hermana del rey, quien, en un acceso de ira, le mandó desollar vivo y decapitarlo. Desde luego los armenios le tienen por patrono principal, y por las circunstancias de su martirio lo es también de los carniceros y curtidores.

 En mis recuerdos infantiles se halla ligada la historia de San Bartolomé, patrono de mi pueblo natal, a esta coplilla que se cantaba la mañana del día 24 de agosto en el rosario de la aurora, y recoge la imagen del Santo que nos ha transmitido la iconografía:

 No hay ningún santo en el cielo
que tenga la honra de Bartolomé,
porque tiene el cuchillo en la mano,
el pellejo al hombro y el diablo a los pies.
Y habéis de saber
que este Santo fue martirizado
porque predicaba nuestra santa fe.

Lo del pellejo al hombro y el cuchillo en la mano está relacionado con su martirio; lo del demonio encadenado se refiere al milagro que hizo el Santo aherrojando con cadenas al demonio que hablaba por boca del ídolo Astaroth, que engañaba a los cándidos habitantes de una de las ciudades que evangelizó.

El culto a San Bartolomé está sujeto a la crítica tanto como su propia vida. Las leyendas armenias y coptas aseguran que su cuerpo fue arrojado al mar. Teodoro el Lector y Procopio hablan de un traslado a Daras, en Mesopotamia. Gregorio de Tours dice que llegó milagrosamente a la isla de Lípari. De allí, por miedo a los sarracenos, fue transportado en 808 a Benevento, y más tarde, el año 1000, fue llevado a Roma por gestiones de Otón III, depositándolo en la iglesia de San Adalberto, en la isla Tiberina, que desde entonces se llamó deSan Bartolomeo in ínsula, y llegó a ser título cardenalicio. Aunque no está claro si los beneventanos dieron las reliquias del apóstol o las de San Paulino de Nola. Sin embargo, la festividad de hoy es por esta fecha de su traslación. En la Roma medieval llegó a tener dedicadas otras muchas iglesias, lo que se explica por la gran devoción que los fieles han profesado siempre a este glorioso apóstol.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14):

El ángel me habló así: «Ven acá, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero.»
Me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y la majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51):

En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó: «Ven y verás.»
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

 ___________________

1. (Año II) 2 Tesalonicenses 3,6-10.16-18

a) Terminamos hoy la lectura de la segunda carta de Pablo a los de Tesalónica: y lo hacemos con una descalificación a los que no quieren trabajar.

Se ve que la creencia en la inminente vuelta del Señor, como Juez de la historia, les movía a algunos a pensar que ya no valía la pena trabajar en nada, ni en lo material ni en lo espiritual y comunitario. Con la consecuencia de que, al no tener nada que hacer, se metían en todo y turbaban la paz de la comunidad.

Pablo, una vez más, se pone a sí mismo como ejemplo de trabajador: cuando estuvo en esa ciudad, se ganó la vida con sus propias manos. Así tienen que hacer todos, sin prestar oídos a los rumores de un próximo fin del mundo. La consigna de Pablo se ha hecho famosa: «el que no trabaja, que no coma».

La carta termina con deseos de paz y de gracia para la comunidad.

b) En todas partes puede haber perezosos y gandules. No será porque crean que está próximo el final de todo. Pero siempre hay motivos, más o menos confesables, que a algunos les hace inhibirse del trabajo comunitario: se aprovechan de la buena voluntad y viven a costa de los demás. Y, como en Tesalónica, luego se meten en todo y siembran desorden en la comunidad, porque no hay nada como el ocio para tener tiempo para la murmuración y trastornarlo todo.

La llamada al orden de Pablo nos alcanza a todos, para que no seamos remisos en aportar nuestra parte al trabajo común. En el aspecto humano, contribuyendo al mantenimiento de la familia o de la comunidad. Y también en cuanto a la tarea evangelizadora de los cristianos en este mundo. El ejemplo de Pablo sigue al del mismo Jesús, trabajador también, hijo de trabajadores, que nos recomendó hacer fructificar los talentos que cada uno haya recibido de Dios, y a no estar mano sobre mano, enterrando los dones bajo tierra para que no se pierdan.

Las motivaciones no hace falta que sean de alta teología: la honradez y el sentido de responsabilidad nos urgen a trabajar. Como nos ha hecho decir el salmo: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos; comerás el fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien». Todo tiene que empezar por ahí: que cada uno cumpla su parte en el trabajo comunitario. Eso es lo que nos produce la mejor satisfacción y felicidad. Luego vendrán otras filigranas que podemos decir y hacer: pero si no tienen como base el trabajo responsable, serán sólo palabras vacías y demagogia.

2. Mateo 23,27-32

a) Dos acusaciones más de Jesús contra los fariseos, con los que terminamos esta serie, nada halagüeña para las clases dirigentes de Israel.

Según él, esos letrados y fariseos hipócritas se parecen a «sepulcros encalados», por fuera «con buena apariencia», pero por dentro «llenos de podredumbre». Los sepulcros se blanqueaban, entre otras cosas, para que se pudieran distinguir bien y no tocarlos, porque eso dejaba impura a la persona.

Además, los fariseos levantan mausoleos o adornan los sepulcros de los profetas muertos por sus antepasados: pero ellos mismos rechazan a los profetas vivientes, y están a punto de asesinar al enviado de Dios, con lo que van a «colmar la medida de sus padres».

b) Jesús sigue fustigando el pecado de hipocresía: aparecer por fuera lo que no se es por dentro. Como había condenado los árboles que sólo tienen apariencia y no dan fruto, aquí desautoriza a las personas que cuidan su buena opinión ante los demás, pero dentro están llenos de maldad.

¿Se nos podría achacar algo de esto? ¿no andamos preocupados por lo que los demás piensan de nosotros, cuando en lo que tendríamos que trabajar es en mejorar nuestro interior, en la presencia de Dios, a quien no podemos engañar? ¿es auténtica o falsa nuestra apariencia de piedad? ¿seria muy exagerado tacharnos de «sepulcros blanqueados»?

También conviene que nos evaluemos en el otro aspecto que Jesús denuncia: ¿somos de las personas que, de palabra, se distancian de los malos, como los fariseos de sus antepasados («nosotros no hubiéramos hecho eso de ninguna manera»), pero en realidad somos tan malos o peores que ellos, cuando se nos presenta la ocasión? Se podría decir algo así de la Iglesia, que denuncia, y con razón, los defectos de la sociedad, pero que puede caer en las mismas faltas que critica, como la ambición o la violencia o el interés por el poder? Y también de cada uno de nosotros, los «buenos», siempre tentados de creernos los mejores, los perfectos, cuando en realidad tal vez somos espiritualmente más pobres que los que tenemos por alejados o no creyentes.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

23 de agosto.

fariseos

MARTES DE LA SEMANA 21ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (2,1-3a.14-17):

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno os desoriente. Dios os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerzas para toda clase de palabras y de obras buenas.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,10.11-12a.12b-13

R/. Llega el Señor a regir la tierra

Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. R/.

Aclamen los árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,23-26):

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera.»

Palabra del Señor

______________________________

1.(Año II) 2 Tesalonicenses 2,1-3.13-16

a) Se ve que uno de los puntos de la doctrina cristiana que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la Parusía, o sea, a la venida última, escatológica, de Jesús.

Dificultad que, probablemente, compartieron otros muchos en las primeras generaciones.

Pablo les pide que «no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones… como si el día del Señor estuviera encima». En otros pasajes de las cartas a los Tesalonicenses afirma que nadie sabe el día ni la hora. Aquí parece decir que no es inminente, y que no hagan caso de los rumores sobre visiones y revelaciones en ese sentido.

b) A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Menos mal que, tal vez por los sucesivos fracasos de tales augurios, últimamente está el tema más pacífico. Pero sí sigue el afán de «supuestas revelaciones» y de apariciones con mensajes más o menos repetidos y turbadores.

Para nosotros, la revelación es la de Cristo Jesús, la que se contiene en el Evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos.

Ahí es también donde nos ha dado su gran lección María, la Madre de Jesús, con su presencia junto al Hijo a lo largo de toda su historia de salvación. No necesitamos nuevas revelaciones. Esto no quiere decir que la Virgen no se pueda aparecer, pero tenemos que tener cuidado de la curiosidad y el deseo de novedades, porque lo necesario para la salvación ya está en el Evangelio y no hay otro.

Con relación al «fin del mundo», estamos en las manos de Dios. Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (cf. Mt 25,13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: «manteneos firmes y conservad las tradiciones», «Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza», y nos da fuerzas «para toda clase de palabras y de obras buenas». O sea, hay mucho que hacer todavía, antes del final.

Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, no sabemos cuándo será la Venida del Señor. Y, por otra, sabemos que viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho. Lo que sí importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo nos preparamos para el encuentro final.

2. Mateo 23,23-26

a) Uno de los defectos de los fariseos era el dar importancia a cosas insignificantes, poco importantes ante Dios, y descuidar las que verdaderamente valen la pena.

Jesús se lo echa en cara: «pagáis el diezmo de la menta… y descuidáis el derecho, la compasión y la sinceridad». De un modo muy expresivo les dice: «filtráis el mosquito y os tragáis el camello». El diezmo lo pagaban los judíos de los productos del campo (cf. Dt 14,22-29), pero pagar el diezmo de esos condimentos tan poco importantes (la menta, el anís y el comino) no tiene relevancia, comparado con las actitudes de justicia y caridad que debemos mantener en nuestra vida.

Otra de las acusaciones contra los fariseos es que «limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno». Cuidan la apariencia exterior, la fachada. Pero no se preocupan de lo interior.

b) Estos defectos no eran exclusivos de los fariseos de hace dos mil años. También los podemos tener nosotros.

En la vida hay cosas de poca importancia, a las que, coherentemente, hay que dar poca importancia. Y otras mucho más trascendentes, a las que vale la pena que les prestemos más atención. ¿De qué nos examinamos al final de la jornada, o cuando preparamos una confesión, o en unos días de retiro: sólo de actos concretos, más o menos pequeños, olvidando las actitudes interiores que están en su raíz: la caridad, la honradez o la misericordia?

Ahora bien, la consigna de Jesús es que no se descuiden tampoco las cosas pequeñas: «esto es lo que habría que practicar (lo del derecho y la compasión y la sinceridad), aunque sin descuidar aquello (el pago de los diezmos que haya que pagar)». A cada cosa hay que darle la importancia que tiene, ni más ni menos. En los detalles de las cosas pequeñas también puede haber amor y fidelidad. Aunque haya que dar más importancia a las grandes.

También el otro ataque nos lo podemos aplicar: si cuidamos la apariencia exterior, cuando por dentro estamos llenos de «robo y desenfreno». Si limpiamos la copa por fuera y, por dentro, el corazón lo tenemos impresentable.

Somos como los fariseos cuando hacemos las cosas para que nos vean y nos alaben, si damos más importancia al parecer que al ser. Si reducimos nuestra vida de fe a meros ritos externos, sin coherencia en nuestra conducta. En el sermón de la montaña nos enseñó Jesús que, cuando ayunamos, oramos y hacemos limosna, no busquemos el aplauso de los hombres, sino el de Dios. Esto le puede pasar a un niño de escuela y a un joven y a unos padres y a un religioso y a un sacerdote. Nos va bien a todos examinarnos de estas denuncias de Jesús.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

22 de agosto. Santa María, Reina.

Santa.Maria_.Reina_

REALEZA DE MARÍA

 La realeza de Cristo es dogma fundamental de la Iglesia y a la par canon supremo de la vida cristiana.

 Esta realeza, consustancial con el cristianismo, es objeto de una fiesta inserta solemnemente en la Sagrada Liturgia por el papa Pío XI a través de la bula Quas primas del 11 de diciembre de 1925. Era como el broche de oro que cerraba los actos oficiales de aquel Año Santo.

 La idea primordial de la bula podría formularse de esta guisa. Cristo, aun como hombre, participa de la realeza de Dios por doble manera: por derecho natural y por derecho adquirido. Por derecho natural, ante todo, a causa de su personalidad divina; por derecho adquirido a causa de la redención del género humano por ÉI realizada.

 Si algún día juzgase oportuno la Iglesia —decía un teólogo español en el Congreso Mariano de Zaragoza de 1940— proclamar en forma solemne y oficial la realeza de María, podría casi transcribir a la letra, en su justa medida y proporción, claro está, los principales argumentos de aquella bula.

 Y así ha sido. El 11 de octubre de 1954 publicó Pío XII la encíclica Ad Coeli Reginam. Resulta una verdadera tesis doctoral acerca de la realeza de la Madre de Dios. En ella, luego de explanar ampliamente las altas razones teológicas que justifican aquella prerrogativa mariana, instituye una fiesta litúrgica en honor de la realeza de María para el 31 de mayo. Era también como el broche de oro que cerraba las memorables jornadas del Año Santo Concepcionista.

 El paralelismo entre ambos documentos pontificios, y aun entre las dos festividades litúrgicas, salta a la vista.

 La realeza de Cristo es consustancial, escribíamos antes, con el cristianismo; la de María también. La realeza de Cristo ha sido fijada para siempre en el bronce de las Sagradas Escrituras y de la tradición patrística; la de María lo mismo.

 La realeza de Cristo, lo insinuábamos al principio, descansa sobre dos hechos fundamentales: la unión hipostática —así la llaman los teólogos y no acierta uno a desprenderse de esta nomenclatura— y la redención; la de María, por parecida manera, estriba sobre el misterio de su Maternidad Divina y el de Corredención.

 Ni podría suceder de otra manera. Los títulos y grandezas de nuestra Señora son todos reflejos, en cuanto que, arrancando frontalmente del Hijo, reverberan en la Madre, y la realeza no había de ser excepción. La Virgen, escribe el óptimo doctor mariano San Alfonso de Ligorio, es Reina por su Hijo, con su Hijo y como su Hijo. Es patente que se trata de una semejanza, no de una identidad absoluta.

 “El fundamento principal —decía Pío XII—, documentado por la Tradición y la Sagrada Liturgia, en que se apoya la realeza de María es, indudablemente, su Divina Maternidad. Y así aparecen entrelazadas la realeza del Hijo y la de la Madre en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia. El evangelio de la Maternidad Divina es el evangelio de su realeza, como lo reconoce expresamente el Papa; y el mensaje del arcángel es mensaje de un Hijo Rey y de una Madre Reina.

 Entre Jesús y María se da una relación estrechísima e indisoluble —de tal la califican Pío IX y Pío XII—, no sólo de sangre o de orden puramente natural, sino de raigambre y alcance sobrenatural trascendente. Esta vinculación estrechísima e indisoluble, de rango no sólo pasivo, sino activo y operante, la constituye a la Virgen particionera de la realeza de Jesucristo. Que no fue María una mujer que llegó a ser Reina. No. Nació Reina. Su realeza y su existencia se compenetran. Nunca, fuera de Jesús, tuvo el verbo “ser” un alcance tan verdadero y sustantivo. Su realeza, al igual que su Maternidad, no es en Ella un accidente o modalidad cronológica. Más bien fue toda su razón de ser. Predestinóla el cielo, desde los albores de la eternidad, para ser Reina y Madre de Misericordia.

 Toda realeza como toda paternidad viene de Dios, Rey inmortal de los siglos. Pero un día quiso Dios hacerse carne en el seno de una mujer, entre todas las mujeres bendita, para así asociarla entrañablemente a su gran hazaña redentora. Y este doble hecho comunica a la Virgen Madre una dignidad, alteza y misión evidentemente reales.

 Saliendo al paso de una objeción que podría hacerse fácilmente al precedente raciocinio, escribe nuestro Cristóbal Vega que, si la dignidad y el poder consular o presidencial resulta intransferible, ello se debe a su peculiar naturaleza o modo de ser, por venir como viene conferido por elección popular. Pero la realeza de Cristo no se cimenta en el sufragio veleidoso del pueblo, sino en la roca viva de su propia personalidad.

 Y, por consecuencia legítima, la de su Madre tampoco es una realeza sobrevenida o episódica, sino natural, contemporánea y consustancial con su maternidad divina y función corredentora. Con atuendo real, vestida del sol, calzada de la luna y coronada de doce estrellas viola San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis, asociada a su Hijo en la lucha y en la victoria sobre la serpiente, según que ya se había profetizado en el Génesis.

 Y esta realeza es cantada por los Santos Padres y la Sagrada Liturgia en himnos inspiradísimos que repiten en todos los tonos el “Salve, Regina”.

 Hable por todos nuestro San Ildefonso, el capellán de la Virgen, cantor incomparable de la realeza de María, que, anticipándose a Grignon de Monfort y al español Bartolomé de los Ríos, agota los apelativos reales de la lengua del Lacio: Señora mía, Dueña mía, Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas, Dominadora mía y Emperatriz.

 Realeza celebrada en octavas reales, sonoras como sartal de perlas orientales y perfectas como las premisas de un silogismo coruscante, por el capellán de la catedral primada don José de Valdivielso, cuando, dirigiéndose a la Virgen del Sagrario, le dice:

Sois, Virgen Santa, universal Señora
de cuanto en cielo y tierra ha Dios formado;
todo se humilla a Vos, todo os adora
y todo os honra y a vuestro honrado;
que quien os hizo de Dios engendradora,
que es lo que pudo más haberos dado,
lo que es menos os debe de derecho,
que es Reina universal haberos hecho.

Los dos versos finales se imponen con la rotundidez lógica de una conclusión silogística.

En el 2º concilio de Nicea, VII ecuménico, celebrado bajo Adriano en 787, leyóse una carta de Gregorio II (715-731) a San Germán, el patriarca de Constantinopla, en que el Papa vindica el culto especial a la “Señora de todos y verdadera Madre de Dios”.

Inocencio III (1198-1216) compuso y enriqueció con gracias espirituales una preciosa poesía en honor de la Reina y Emperatriz de los ángeles.

Nicolás IV (1288-1292) edificó un templo en 1290 a María, Reina de los Angeles.

Juan XXII (1316-1334) indulgenció la antífona “Dios te salve, Reina”, que viene a ser como el himno oficial de la realeza de María.

Los papas Bonifacio IX, Sixto IV, Paulo V, Gregorio XV, Benedicto XIV, León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI repiten esta soberanía real de la Madre de Dios.

Y Pío XII, recogiendo la voz solemne de los siglos cristianos, refrenda con su autoridad magisterial los títulos y poder reales de la Virgen y consagra la Iglesia al Inmaculado Corazón de María, Reina del mundo. Y en el radiomensaje para la coronación de la Virgen de Fátima, al conjuro de aquellas vibraciones marianas de la Cova de Iría, parece trasladarse al día aquel, eternamente solemne, al día sin ocaso de la eternidad, cuando la Virgen gloriosa, entrando triunfante en los cielos, es elevada por los serafines bienaventurados Y los coros de los ángeles hasta el trono de la Santísima trinidad, que, poniéndole en la frente triple diadema de gloria, la presentó a la corte celeste coronada Reina del universo… “Y el empíreo vio que era verdaderamente digna de recibir el honor, la gloria, el imperio, por estar infinitamente más llena de gracias, por ser más santa, más bella, más sublime, incomparablemente más que los mayores santos y que los más excelsos ángeles, solos o todos juntos, por estar misteriosamente emparentada, en virtud de la Maternidad Divina, con la Santísima Trinidad, con Aquel que es por esencia Majestad infinita, Rey de Reyes y Señor de Señores, como Hija primogénita del Padre, Madre ternísima del Verbo, Esposa predilecta del Espíritu Santo, por ser Madre del Rey Divino, de Aquel a quien el Señor Dios, desde el seno materno, dio el trono de David y la realeza eterna de la casa de Jacob, de Aquel que ofreció tener todo el poder en el cielo y en la tierra. El, el Hijo de Dios, refleja sobre su Madre celeste la gloria, la majestad, el imperio de su realeza, porque, como Madre y servidora del Rey de los mártires en la obra inefable de la Redención, le está asociada para siempre con un poder casi inmenso en la distribución de las gracias que de la Redención derivan…”

Por esto la Iglesia la confiesa y saluda Señora y Reina de los ángeles y de los hombres.

Reina de todo lo creado en el orden de la naturaleza y de la gracia.

Reina de los reyes y de los vasallos.

Reina de los cielos y de la tierra.

Reina de la Iglesia triunfante y militante.

Reina de la fe y de las misiones.

Reina de la misericordia.

Reina del mundo, y Reina especialmente nuestra, de las tierras y de las gentes hispanas ya desde los días del Pilar bendita. Reina del reino de Cristo, que es reino de “verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Y en este reino y reinado de Cristo, que es la Iglesia santa, es Ella Reina por fueros de maternidad y de mediación universal y, además, por aclamación universal de todos sus hijos.

En este gran día jubilar de la realeza de María renovemos nuestro vasallaje espiritual a la Señora y con fervor y piedad entrañables digámosla esa plegaria dulcísima, de solera hispánica, que aprendimos de niños en el regazo de nuestras madres para ya no olvidarla jamás:

“Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; Dios te salve”.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

21 de agosto. Día del Catequista.

Tumba san Pío X. Vaticano. enero 2015

Tumba san Pío X. Vaticano. enero 2015

SAN PÍO X

 († 1914)

San Pío X está muy reciente en el amor de la Iglesia. Aún perdura el grato recuerdo de su memoria —no hace cincuenta años que nos dejó— como el perfume que llena las naves del templo después de una solemne ceremonia religiosa. San Pío X es algo muy reciente en la Iglesia. Reciente su elevación a los altares por Pío XII, y más reciente la visita de su cuerpo a la bella Venecia en cumplimiento de una vieja promesa hecha a sus amados diocesanos:

 —Vivo o muerto volveré a Venecia.

 En la basílica de San Pedro de Roma un sencillo y hermoso sepulcro guarda sus restos. Este sepulcro es hoy día uno de los lugares vivos de la oración. Nunca faltan allí el recuerdo de las flores secas y la plegaria de los romanos y cuantos católicos visitan el templo de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

 Hay otra presencia más viva y fecunda de San Pío X. Presencia de alma a alma, que es como la gracia de su intercesión ante Dios. Cuántos sacerdotes de nuestros días se miran en el rostro de San Pío X y sacan de su ejemplo el impulso de un sacerdocio verdaderamente santo. Me parece que este hecho no se podía escapar de mis líneas al trazar su semblanza, y que debía hacer constancia de él para las nuevas generaciones de hijos de Dios que nos sucedan.

 San Pío X ha dado jornadas de inmensa gloria de Dios a su Iglesia del siglo XX.

 Su figura noble y bondadosa es algo muy cercano que cuelga de la pared de nuestro despacho o se esconde en las páginas de nuestro breviario.

 En muy pocas palabras nos resume su vida la lápida de su sepulcro:

 “Pío Papa X, pobre y rico, suave y humilde, de corazón fuerte, luchador en pro de los derechos de la Iglesia, esforzado en el empeño de restaurar en Cristo todas las cosas.”

 San Pío X nació en Riese, humilde pueblo del norte de Italia, el 2 de junio de 1835. El nombre de bautismo era José Melchor Sarto. Sus padres se llamaban Juan Bautista Sarto y Margarita Sansón. Tuvieron diez hijos, de los cuales vivieron ocho.

 Juan Bautista era alguacil del ayuntamiento de Riese. En su oficio entraba hacer la limpieza de la casa-ayuntamiento y los recados del alcalde. Por todo ello recibía cincuenta céntimos diarios.

 Los padres de San Pío X eran pobres, pero muy piadosos. Sobre todo, su madre.

 “Siendo Beppi Sarto —dice René Bazin—, hijo de padres tan cristianos, no podía dejar de amar a la Iglesia, a los oficios, al cura, al cielo, del que se aparta a tantos niños.

 Vistió muy pronto la sotana de acólito y empezó a decir que deseaba ser sacerdote.

 A los once años hizo la primera comunión. Uno necesariamente tiene que pensar aquí en el amor con que recibiría a Jesús Eucaristía aquel niño que un día Papa iba a abrir de par en par las puertas del sagrario a los pequeños.

 El cura de Riese, que se llamaba don Tito Fusarini, conocía muy bien a Beppi y decía de él:

 —Es el alma noble de este país.

 Todos los niños saben que para ser sacerdote hay que saber latín. También lo sabía el pequeño Beppi. Para ello tuvo que ir a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Y después, al seminario de Padua. Antes hay que conseguir una beca. De esto se encarga el cura de Riese, quien un día llama con bastante misterio al muchacho y le dice:

 —”De rodillas, Beppi, y da gracias a Dios, que, seguramente, tiene algún designio para ti: pronto entrarás en el seminario, y, como yo, tú también serás sacerdote.”

 José Sarto fue siempre un estudiante aventajado. Junto a las notas de los archivos del seminario de Padua se ha conservado este juicio: “Discípulo irreprochable; inteligencia superior; memoria excelente; ofrece toda esperanza”.

 Fue ordenado sacerdote el 18 de septiembre de 1858 en la catedral de Castelfranco. Al día siguiente canta su primera misa en Riese, ante las lágrimas y gozo de su madre y sus hermanas.

 Don José era un sacerdote de buena estatura, muy delgado, pero de fuerte osamenta y estaba dotado de un rostro encantador, La frente, alta; los cabellos, abundantes y echados hacia atrás; los labios, finos; las mejillas y el mentón sólidamente modelados. Pero, sobre todo, un alma que iluminaba todos sus rasgos del cuerpo con una mirada de pureza, de suavidad, que se transparentaba en sus ojos. Alguien dirá más tarde de Pío X:

 “Todo corazón recto vuela hacia él.”

 Y después de la primera audiencia que como Papa concedió al cuerpo diplomático, preguntaban éstos al cardenal Merry del Val:

 —Monseñor, ¿qué tiene este hombre que atrae tanto?

 La vida sacerdotal de don José Sarto empieza como coadjutor de Tómbolo y termina en la cátedra de Pedro. Se puede decir que pasó por la mayoría de los cargos por que puede pasar un eclesiástico. Un estupendo aprendizaje brindado por la Providencia al hijo del humilde alguacil de Riese.

 Hay una hermosa anécdota de sus tiempos de cardenal de Venecia. Nos la cuenta don José María Javierre en su estupenda vida de San Pío X.

 Al patriarca de Venecia, la ciudad más bella del mundo, le gustaba jugar alguna que otra vez una partidita a los naipes. Esta tarde son cinco amigos en torno a la mesa. Una niebla espesa cubre los canales y apenas se divisan las luces movedizas de las góndolas. Dentro se está bien al calorcillo de la estufa. Se acaba la partida y Rosa, la hermana del cardenal ha traído unas tacitas de café. Brota la charla festiva.

 —De todos modos —bromea el cardenal—, me dará mucha pena dejar Venecia. Sí, porque pronto se cumplirá mi fecha. Cada nueve años cae una hoja de mi calendario. Fui nueve años coadjutor de Tómbolo. Nueve años párroco de Salzano, y otros nueve, canónigo de Treviso. Nueve años goberné Mantua como obispo. ¿Qué me harán al terminar mis nueve años de patriarca en Venecia? ¿Papa? Porque otra solución no veo.

 Ríen todos. El patriarca está firmemente convencido de que sus días terminarán en Venecia.

 Pero Dios ha dispuesto otra cosa. A los nueve años es elegido Papa y tiene que dejar su amada Venecia.

 El Papa ha muerto. León XIII, el anciano y sabio pontífice acaba de morir. Los cardenales de todo el mundo se han reunido en Roma para elegir al nuevo Papa. Al lado del cardenal Sarto está el cardenal Lecot, arzobispo de Burdeos, quien le pregunta en francés:

 —Vuestra eminencia es, sin duda, arzobispo en Italia. ¿De qué diócesis?

 —No hablo francés —responde Sarto en italiano.

 —¿De qué diócesis sois arzobispo? —pregunta ahora en latín, el cardenal francés.

 —Soy patriarca de Venecia.

 —¿Y no habláis francés? Por tanto no sois papable, pues el Papa debe hablar francés.

 —Cierto, eminencia, no soy papable. Gracias a Dios.

 A pesar de no saber francés fue elegido Papa. Se resistió cuanto pudo, pero finalmente tuvo que rendirse a lo que claramente era la voluntad de Dios.

 El cardenal Oreglia, decano del Sacro Colegio y camarlengo de la Santa Romana iglesia, se acerca al trono del patriarca de Venecia para recibir su aceptación del Sumo Pontificado:

 —¿Aceptas la elección que acaba de hacerse de tu persona, en calidad de Papa?

 Un momento de silencio, y el elegido contesta:

 —Que ese cáliz se aparte de mí. Sin embargo, que se haga la voluntad de Dios.

 La contestación no fue considerada válida y el cardenal decano insiste:

 —¿Aceptas la elección que acaba de ser hecha de tu persona, en calidad de Papa?

 El cardenal Sarto contesta:

 —Acepto, como una cruz.

 —¿Cómo quieres ser llamado?

 —Puesto que debo sufrir, tomo el nombre de los que han sufrido: me llamaré Pío.

 El 4 de octubre de 1903 publica Pío X su primera encíclica que empieza por las palabras E supremi apostolatus cathedra. En ella va el programa de todo su pontificado: Restaurar todas las cosas en Cristo.

 “Puesto que plugo a Dios —dice— elevar nuestra bajeza hasta esta plenitud de poder, Nos sacamos ánimo de Quien nos conforta, y poniendo manos a la obra, sostenido por la fuerza divina, Nos declaramos que nuestro fin único, en el ejercicio del Sumo Pontificado, es restaurar todo en Cristo, a fin de que Cristo sea todo y esté en todo…”

 Pío X, intrépido y manso, va a dar a la Iglesia de Cristo uno de los pontificados más fecundos de toda la historia. Pío X es el papa de la Eucaristía, de la codificación del Derecho canónico, de la condenación del modernismo y restaurador de la música sacra. Cada una de estas empresas es suficiente para hacer glorioso a un pontificado.

 San Pío X abrió las puertas del sagrario a los niños. El jansenismo había propagado un concepto de Dios demasiado severo. Exigía una pureza extraordinaria para acercarse a comulgar. A los niños no se les permitía hacerlo hasta los doce años o más. Y una vez hecha la primera comunión, las restantes se distanciaban mucho.

 Pío X señaló los siete años como edad normativa para la primera comunión. Basta —decía— que los niños conozcan las verdades fundamentales de la fe y sepan distinguir este pan divino del otro pan.

 Una dama inglesa presentó su chiquitín a Pío X pidiéndole la bendición.

 —¿Cuántos años tiene?

 —Cuatro, Santidad, y espero que dentro de poco pueda él recibir la comunión.

 —¿A quién recibirás en la comunión?

 —A Jesucristo.

 —¿Y Jesucristo, quién es?

 —Es Dios —contestó el pequeño sin titubeos.

 —Tráigamelo mañana —dijo a la madre—, y yo mismo le daré la comunión.

 Uno de los problemas más difíciles de su pontificado fue la condenación del modernismo. Este le costó la encíclica Pascendi, probablemente la más importante de San Pío X. En ella califica a estas doctrinas como “el punto de cita de todas las herejías”. Era un ataque sutil a la revelación y sentido sobrenatural del catolicismo. Algo muy peligroso por salir del mismo seno de la Iglesia y minar los fundamentos de nuestra santa religión. Influenciados por las corrientes filosóficas en boga daban una interpretación enteramente natural y racionalista de las verdades religiosas, Hizo falta el instinto sobrenatural de un santo y toda la fortaleza del espíritu de Dios para desenmascarar y afrontar al modernismo.

 Fueron días de tormenta para la barca de Pedro. No era fácil ver claro entonces. Hoy, en cambio, todos vemos claro la certeza con que obró el Papa.

 Otra gran empresa de San Pío X fue la codificación del Derecho canónico.

 En una audiencia con monseñor Gasparri, uno de los canonistas más eminentes del momento, le dice el Papa:

 —Seguramente, es posible la codificación del Derecho canónico.

 —Sí, Santo Padre.

 —Pues bien, hágala usted.

 No pudo ver esta obra terminada. El día de Pentecostés de 1917 promulgaba Benedicto XV esta gran obra legislativa.

 Escogió el nombre de Pío porque así se habían llamado los papas que habían sufrido mucho. No se equivocó; tuvo que sufrir mucho. El mayor sufrimiento le vino de Francia, la hija mayor de la Iglesia.

 El 6 de diciembre de 1905 el Parlamento francés votó la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. Era el laicismo para el pueblo francés y la pobreza para la Iglesia de Francia.

 El 11 de febrero de 1906 se dirigía el Papa a los cardenales, obispos, clero y pueblo de Francia:

 “Tenemos la esperanza, mil veces cumplida, de que jamás Jesucristo abandonará a su Iglesia, y jamás la privará de su apoyo indefectible. No podemos temblar por el futuro de la Iglesia. Su fuerza es divina… y contamos con experiencia de siglos.”

 El catolicismo francés cuenta en nuestros días con un magnífico florecimiento. Sin duda que Pío X no tiene en ello la menor parte.

 Don José María Javierre tiene en su vida de Pío X un capítulo extraño y simpático. Se titula “Los defectos de Pío X”. Acaso sea la única vida de santos que tiene ese capítulo, aunque lo deberían de tener todas. Así nos daríamos perfectamente cuenta de lo que les costó llegar a la santidad y nos animaríamos a imitarlos.

 Allí se nos cuenta que José Sarto era de un temperamento fuerte y que en un momento de intenso dolor de muelas dio un tortazo a su hermana Rosa.

 A cargo de su ironía se cuentan bastantes anécdotas. De no ser santo, hubiese sido mordaz e insoportable. Pero la santidad despejó totalmente este peligro.

 La gente empezó a equivocarse cariñosamente y a llamarle Papa Santo. El corregía inmediatamente:

 —No Papa Santo, sino Papa Sarto.

 Esa santidad suya se reflejaba en su rostro, en sus palabras, en su espíritu de oración y en su incansable sentido apostólico. Cuantos le trataron de cerca aseguraban que acababan de ver a un santo. En vida se le atribuían milagros.

 Su blanca figura de Papa era la encarnación de la mansedumbre y el sentido sobrenatural.

 La Iglesia ha reconocido oficialmente su santidad. El 29 de mayo de 1954 es elevado al honor de los altares por Su Santidad Pío XII.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Festejo del dia del Niño y del Catequista en nuestra Parroquia de santa Inés.

20160820_201353 IMG-20160820-WA0010 IMG-20160821-WA0009 IMG-20160821-WA0010 IMG-20160821-WA0011 IMG-20160821-WA0012 IMG-20160821-WA0013 IMG-20160821-WA0014 IMG-20160821-WA0015 IMG-20160821-WA0016 IMG-20160821-WA0017 IMG-20160821-WA0018 IMG-20160821-WA0019 IMG-20160821-WA0020 IMG-20160821-WA0020 IMG-20160821-WA0021 IMG-20160821-WA0022 IMG-20160821-WA0023 IMG-20160821-WA0024

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

21 de agosto.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

Homilía para el XXI Domingo durante el año C

El poema del libro de Isaías, que hemos tenido como primera lectura, es uno de los textos “universalistas” (universalista: salvación para todo el mundo. Particularista: salvación para un pueblo o nación) más sorprendentes de todo el Antiguo Testamento. Al pueblo de Israel, convencido de ser el único pueblo elegido de Dios y el único destinatario de todos los privilegios de la salvación, Isaías le anuncia que Dios mandará sus mensajeros a todas las naciones y vendrán de todos los pueblos para ofrecer culto en Jerusalén.

Lo que Jesús dice en el Evangelio de hoy es ciertamente muy difícil de entender para los que lo escuchaban. Él anuncia que vendrán pueblos de oriente y de occidente, de norte y sur, y se sentarán en la mesa del reino de Dios.

Todavía más sorprendente es la afirmación que, para ser admitidos al banquete, no es importante formar parte de alguna institución, sino seguir fielmente sus enseñanzas. Muchos vendrán y dirán: “Aquí estoy Señor” ¿Nos conocemos bien, nosotros, no? Fui católico toda la vida. Participé de diversas asociaciones pías. Tengo todavía mis distintivos y mis diplomas. Pagué mi cuota todos los años. Formé parte de la Acción Católica, de Cáritas, del Opus Dei, de cursillos, partida, de la Legión de María, del camino Neocatecumenal, etc.” El Señor dirá: “Lo siento, pero no te conozco”. Tú no eres alguien que vivió según mis mandamientos de amor y de justicia, de compasión y de perdón. Sentí hablar de vos, pero no te conozco. Tú no compartiste tus riquezas con los pobres. Tú has sido despiadado en los negocios y has provocado la ruina de muchos. Nunca has olvidado un insulto o una injusticia súbita de un hermano tuyo desde hace veinte años. Los siento, pero no eres uno de los míos”. O situaciones por el estilo.

Vendrá después alguno que nunca sintió hablar de Jesús, o quizá, alguno que sea considerado no creyente, porque se quedaba en la falsa idea de Dios que se le mostraba. Y Jesús le dirá: “Bienvenido a mi reino”. Esta persona tal vez le diga: “Mira que te equivocas, me abras tomado por otro. ¿No sabes que no soy católico? O tal vez: que he abandonado la Iglesia a los 18 años?” Y Jesús entonces le dirá: “Lo que tienes como ideas no me interesa. El hecho es que tu corazón siempre estuvo conmigo. Tú has vivido según mis mandamientos, por los cuales viví y morí. Tú me has conocido siempre, aunque ignorabas mi nombre. Bienvenido a mi reino”. Estos buscaban la verdad y por lo tanto hacían el bien. Porque Cristo es la camino, Verdad y vida.

Esto por ahí escandaliza a los buenos cristianos que creemos ser, pero es la enseñanza de Jesús.

El hecho que Jesús había elegido a Israel no comportaba ningún privilegio. Esta elección confería solamente al pueblo de Israel un rol único en el plan universal de salvación -una salvación que es para todas las naciones. Análogamente, el hecho que nosotros estamos elegidos y llamados a ser miembros de la Iglesia no implica ningún privilegio, conlleva una misión y una responsabilidad.

Estamos llamados a ser auténticos discípulos de Cristo. Ser discípulos de Cristo quiere decir ponerse a seguirlo y vivir según sus enseñanzas. La Iglesia es la comunidad de todos los discípulos de Cristo que se reconocen como tal. Si formo parte de la Iglesia, pero no vivo según las enseñanzas de Jesús, no soy su discípulo. Mi pertenencia a la Iglesia está vacía de sentido. Por otra parte, alguno puede no pertenecer a la Iglesia, visiblemente, pero ser un auténtico discípulo de Cristo, aunque nunca haya sentido hablar de él, porque vive según los valores humanos y espirituales por los que Jesús vivió y murió, es decir busca y realiza la verdad, rechaza el error.

Si nosotros somos, como espero que lo seamos, miembros de la Iglesia y al mismo tiempo discípulos de Cristo, vale decir, personas que se esfuerzan, a pesar de las propias debilidades, por vivir según el mensaje de Cristo, entonces tenemos, en el plan de salvación de Dios para la humanidad, una responsabilidad grandísima: tenemos la responsabilidad de hacer conocer la persona, el nombre y el mensaje de Cristo al rededor nuestro, con nuestra vida y con nuestras palabras.

Veamos entonces en el Evangelio de hoy no la seguridad gratificante que nosotros formamos parte del pequeño número de privilegiados, sino más bien el llamado a una bella misión y al mismo tiempo de anunciar y vivir, decir y hacer, para conocer a Jesús y ser conocidos por él.

San Agustín hablando de cuantos se salvan y de los que vendrán de oriente y de occidente, comenta: “Si, entonces, hermanos míos, hablo a los granos de trigo, si los predestinados al reino de los cielos, entienden esto que les digo, hablen con las obras, no con palabras. Estoy empujado a decirles lo que no les debería haber dicho nunca. Tendría que haber, en efecto, encontrado en ustedes motivos de alabanza, no motivos de reproche. Lo digo rápido. Tomen conciencia del deber de la hospitalidad, es el camino para llegar a Dios. Si recibes a un huésped, recibes un compañero de viaje, porque todos somos viajeros. Lo es el cristiano que reconoce ser un peregrino, sea en su casa, o en su patria. Nuestra patria está allá arriba: solo allí no seremos huéspedes. Aquí, también en su casa, cada uno es huésped. Si no fuera huésped no se iría nunca. Si un día se va, es huésped. No se engañen, se es huésped, se quiera o no. Pero deja su casa a sus hijos. No dice nada: es un huésped que deja el puesto a otro huésped. En un hotel, ¿no dejas el lugar a otro que llega? Así en tu casa. El padre deja el lugar al hijo, y este a los suyos. No estamos para permanecer; y no se dejará a uno que permanezca. Si debemos todos pasar, busquemos de hacer algo que no pase porque una vez pasados y llegados allí donde no se parte más, encontremos nuestras obras buenas. Cristo es el custodio ¿podemos temer no tener más lo que le confiamos?” ( Agostino, Sermo 111, 1-2. Lezionario “I Padri vivi” 191)

Para ser conocidos de Jesús tenemos que tener obras y no títulos y jaculatorias, todas las pertenencias y títulos son tales si hacemos los que Jesús nos enseña, hagamos un tesoro de obras en el cielo, san Agustín lo dice claro, no podemos tener miedo de perder lo que le confiamos a Cristo; es más, lo único que es de verdad nuestro es lo que Él nos custodia. María la Virgen obediente interceda por nosotros, para que reconozcamos a Cristo y Él nos reconozca.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

19 de agosto.

JuanEudes-19Agosto

SAN JUAN EUDES

(†  1680)

En la noche de Navidad de 1625, en la capilla del Oratorio de París, capilla y altar dedicados a la Santísima Virgen, decía su primera misa un joven sacerdote normando. Aquel mismo día hizo el voto de perpetua servidumbre a Jesús y María.

 No habían pasado aún dos años desde que, atraído por la doctrina espiritual y prendado por los planes apostólicos del célebre cardenal De Bérulle, había ingresado en el Oratorio. ¿Quién podía vislumbrar en aquellos momentos cuál fuera el futuro brillante, aunque doloroso, del novel sacerdote?

 Su vida sería larga: ochenta años. El voto de servidumbre que acababa de recitar la resumiría perfectamente. Juan Eudes no viviría para sí, sino para Jesús y María. Necesitaría todo su tesón normando para no cejar en aquella batalla continua y dura, que cubriría toda su vida sacerdotal. Habría de luchar y sufrir por la salvación de sus hermanos y la gloria de Jesús y María. Ello sólo le interesaba.

 Quiso la Providencia que viviera en los días de mayor esplendor de la historia de Francia. No le faltaron contactos con los principales personajes y actores de él. Pero a Eudes nada le interesaban los triunfos temporales y descansaba en la abundante cosecha de sinsabores y amarguras que siempre le acompañó. Por doquiera le surgieron enemigos enconados. De entre los que debieran ser sus amigos, como servidores del mismo Dios, y de entre los separados por el hondo foso de las diferencias ideológicas. En su propia casa le acecharía la traición. En aquella cruz constante, cruz dura y dolorosa, Eudes veía el sello del beneplácito divino que, contra el parecer de los hombres, refrendaba su apostolado y sus obras. Fiel a la voluntad del Señor, su siervo caminaría hasta el fin.

 Había venido al mundo en un pueblecito normando, de la diócesis de Séez: Ri. Era el 14 de noviembre de 1601. Pocos años antes la peste lo había asolado. De la familia Eudes sólo sobrevivió un varón: Isaac. Para que no pereciera la familia, Isaac, a punto de ordenarse de subdiácono, renuncia a la carrera eclesiástica, vuelve a la heredad paterna, la cultiva y con su esfuerzo logra crearse una posición desahogada. En las postrimerías del siglo XVI contrae matrimonio con Marta Corbin, mujer de ejemplares virtudes y de una probada y no común energía de carácter.

 De Isaac Eudes, que, casado y padre de siete hijos, rezaba diariamente el oficio divino, y de Marta Corbin nació Juan Eudes. Era el mayor de los hermanos.

 Próximo a cumplir sus catorce años, fue encomendada su educación a los padres jesuitas que, en Caen, regentaban el Real Colegio del Monte. Allí cursó los estudios de humanidades y filosofía. Muchos años después, en la conclusión de su libro El corazón admirable, Eudes recordará con agradecimiento a su antiguo colegio y a su congregación mariana. En septiembre de 1620 recibió la tonsura y las órdenes menores.

 Dos años después, cuando ya adelantaba en sus estudios de teología, se creó en Caen una casa del Oratorio, instituto recientemente fundado, en París, por el padre De Bertille. Conoció Eudes a los oratorianos e inmediatamente simpatizó con ellos.

 El cardenal De Bérulle fue una de las grandes glorias religiosas de la Francia del Siglo de Oro. Enamorado de su sacerdocio, añoraba los días antiguos en que el clero “no respiraba más que cosas santas, dejando las profanas a los profanos, y llevaba profundamente grabado en sí mismo la autoridad de Dios, la santidad de Dios y la luz de Dios”. Pero, ¡qué distinto espectáculo presentaba el clero de sus días! Se ha podido escribir que “el nombre de sacerdote había llegado a ser sinónimo de ignorante y libertino”. De Bérulle quiso rehabilitarlo. El Oratorio tendrá como misión santificar al clero secular.

 ¿No era la santidad lo que desde su niñez anhelaba Eudes? En su Memorial dejará anotado: “Fui recibido y entré en la congregación del Oratorio, en la casa de Saint-Honoré, de París, por su fundador el reverendo padre De Bérulle, en el año de 1623, el 25 de marzo”. En 1625 fue ordenado de presbítero y en 1627 volvió a su tierra, cuando nuevamente se ensañaba en ella la peste. Adscrito a la casa de Caen, el padre Eudes atiende a los apestados, se dedica al estudio y a la oración e inicia la predicación de misiones populares, apostolado que constituirá una de las grandes tareas de su vida.

 Toda la vida del padre Eudes había de ser un martirio continuado, por lo que no podemos olvidar el voto que hiciera al Señor en 1637: “Me ofrezco y me entrego, me dedico y consagro a Vos, oh Jesús mi Señor, como hostia y víctima para sufrir en mi cuerpo y en mi alma, según vuestro agrado y mediante vuestra santa gracia, toda clase de penas y tormentos, incluso el derramamiento de mi sangre y sacrificio de mi vida con cualquier género de muerte. Y esto, sólo para vuestra gloria y por vuestro puro amor”.

 En 1640 fue nombrado superior del Oratorio de Caen. Poco tiempo lo sería.

 El padre Eudes había comprobado el bien inmenso que las misiones realizaban en la población; mas una preocupación le inquietaba: ¿Era posible que el fruto perdurase sin un clero que acogiera y alimentara los buenos propósitos?

 El clero. Al padre Eudes le preocupaba el clero. “¿Qué se puede esperar de estos pobres hombres con disposiciones excelentes —decía refiriéndose a los seglares— si están bajo la dirección de tales pastores como por doquier vemos?. ¿No es lógico que, olvidando pronto las grandes verdades que les impresionaron durante la misión, caigan en sus anteriores desórdenes?”

 Pensando en ello había dedicado en algunas misiones conferencias especiales a los eclesiásticos. No bastaba. Eudes comienza a pensar en una congregación que tuviera por primera finalidad el crear y regir seminarios para la formación y santificación del clero. Su pertenencia al Oratorio es un obstáculo para sus proyectos.

 En 1642 es llamado a París por el cardenal Richelieu y cambia impresiones con él sobre sus planes. El cardenal le comprende perfectamente; él también sueña con la erección de seminarios y le promete su apoyo. El cardenal muere a fines del mismo año, pero la autorización real para la fundación de la nueva congregación es firmada en el mes de diciembre.

 El padre Eudes está resuelto a abandonar el Oratorio. Ningún obstáculo canónico existe, pues en el Oratorio no hay votos religiosos que vinculen a sus miembros con el instituto. Entretanto, para evitar posibles complicaciones, las letras reales se expiden a nombre de monseñor D’Angennes, obispo de Bayeux, amigo y protector del Santo.

 A principios de 1643 el padre Eudes vuelve a Caen. Todo está decidido. Abandona el Oratorio y el 25 de marzo nace la Congregación de los Seminarios de Jesús y de María.

 La congregación nació en la fiesta de la Anunciación, porque pretendía “continuar el trabajo y las funciones del Verbo Encarnado y debía estar consagrada por entero a Jesús y María”. Sus finalidades, tal como se concretan en las letras de Luis XIII, son: “Trabajar con el ejemplo y la instrucción por establecer la piedad y santidad entre los sacerdotes y aquellos que aspiran al sacerdocio, enseñándoles a llevar una vida conforme a la dignidad y santidad de su condición, y desempeñar convenientemente todas las funciones sacerdotales, como también emplearse en la enseñanza de la doctrina cristiana por medio de misiones, predicaciones, exhortaciones, conferencias y otros ejercicios”.

 Seminarios y misiones. Pero, en primer término, seminarios.

 Seis años hacía que el padre Eudes había firmado con su sangre el voto martirial; ahora, separándose del Oratorio, desencadenaba el inacabable séquito de dolores, persecuciones y calumnias que no le abandonaría jamás.

 En todas sus negociaciones, tanto ante las autoridades regionales como en París, tanto ante los obispos como en las Congregaciones romanas, el padre Eudes tropezará con una enemiga tenaz y poderosa, abierta unas veces, solapada otras, que no reparará en dificultades ni en la licitud de los medios y tratará de hacerle fracasar y con frecuencia lo conseguirá. Si en 1648 logró en Roma la aprobación del seminario de Caen, en noviembre de 1650 el obispo de la misma ciudad, monseñor Malé, sucesor de monseñor D’Arigennes, llegará a clausurarle la capilla.

 Eudes no desiste. En 1652 ultima las constituciones de su congregación. En 1653, muerto monseñor Malé, la autoridad diocesana permite la apertura de la capilla del seminario de Caen. Tendrá que luchar para aclarar malentendidos y refutar calumnias. El sigue adelante. Tras del seminario de Caen vendrán los de Coutances en 1650, Lisieux en 1653, Evreux en 1667 y Rennes en 1670.

 Su apostolado entre los sacerdotes se intensifica. A ellos dedica retiros especiales en sus misiones; para ellos escribe diversos libros que los ayuden en su vida espiritual o pastoral. Y su enamoramiento del sacerdocio halla expresión magnífica y bella en su oficio del sacerdocio de Cristo y de los santos sacerdotes, que le fue aprobado por la autoridad eclesiástica en 1652.

 La Congregación de Jesús y María había de dedicar una atención primordial a la fundación de seminarios y a la formación del clero. Por tal motivo, el padre Eudes había abandonado el Oratorio. Ella nació en el laborar misional del Santo, al contacto con las necesidades espirituales de los pueblos misionados. San Juan había nacido misionero y jamás dejaría de serlo; la congregación que él fundara sería también misionera. En el Oratorio comenzó el misionar del padre Eudes y continuó toda su vida, con gran éxito visible y espiritual. Cruzó en todas direcciones su provincia natal de Normandía. Las poblaciones de gran parte de Bretaña, Picardía, Ile-de-France, Perche, Brie y Borgoña se apiñaron cabe su púlpito. Ciudades populosas como Caen, Rouen, Autun, Beaune, Versalles y París escucharon su predicación.

 Recorriendo el Memorial en que el Santo recogió los principales recuerdos de su vida hallamos mencionadas unas ciento diez misiones predicadas desde 1632 hasta 1676, y no puede olvidarse que la duración mínima ordinaria de una misión era de seis semanas y algunas, como la de Rennes, en 1667, se prolongó durante cinco meses.

 Su predicación era ardorosa y vibrante. Dotado de un temperamento ardiente y apasionado, sus palabras brotaban directamente del corazón. Le llamaron “león en el púlpito y cordero en el confesonario”. Tronaba sin compasión contra los vicios y con espíritu de caridad hacia los pobres pecadores, cuya suerte le acongojaba. Su palabra se alzaba enérgica y libre, con la santa libertad de los apóstoles. Buen ejemplo de ello dio en la misión de Saint-Germain-des-Prés (1660), en presencia de la reina de Francia y de la corte. Poco antes el fuego había destruido, en parte, el palacio del Louvre, y de ello tomó pie el Santo para recordar a sus oyentes que, si a los príncipes les está permitido edificar Louvres, Dios les manda aliviar a sus súbditos desgraciados; que no pueden pasar los días y los años en diversiones, pues no es ése el camino del cielo; que si el fuego temporal no había respetado la mansión real, tampoco el fuego eterno respetaría a los reyes y príncipes que no vivieran como cristianos; que causaba grande pena, finalmente, ver a los grandes de la tierra asediados por una multitud de aduladores sin que casi nunca se les diga la verdad y que él se consideraría por muy culpable si ocultara estas cosas a su majestad.

 De las misiones nació la Congregación de Jesús y de María; de ellas nacería también la de Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a la rehabilitación de las desgraciadas víctimas del vicio. Nació esta obra del padre Eudes en los mismos días en que abandonaba el Oratorio y, como todas las suyas, nació y creció en medio de las mayores dificultades exteriores, a las que aquí se sumaron las más penosas interiores. En la consolidación de la nueva congregación tuvieron gran parte las religiosas de la Orden de la Visitación, que, a petición del fundador, se encargaron de la formación de las primeras postulantes. La primera toma de hábito fue la de la señorita Taillefer, en la Orden sor María de la Asunción, el 12 de febrero de 1645. Monseñor Malé, obispo de Bayeux y no afecto al Santo como vimos, aprobó la fundación de la casa de Caen, en 1651. El papa Alejandro VII dio la bula de erección de la nueva Orden el 2 de enero de 1666.

 Aún nacientes sus dos congregaciones, el padre Eudes las consagró, en 1643, a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Esta devoción llena su vida y su apostolado. Ella aparece pujante en todas sus manifestaciones: misiones, cartas, libros… Desde 1643 o, a más tardar, 1644, la Congregación de Jesús y de María celebraba ya la fiesta del Sagrado Corazón de María. Entre 1668 y 1670 el padre: Eudes compuso su oficio del Sagrado Corazón de Jesús, que inmediatamente fue aprobado por varios obispos. Desde 1672 celebra su instituto la fiesta del Corazón de Jesús el día 20 de octubre, día en que aún la celebran por concesión de la Santa Sede, en atención a los méritos de su fundador, a quien San Pío X no dudó en calificar, en el decreto de beatificación, de padre, doctor y apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones. Al año siguiente de disponer el padre Eudes la celebración de la fiesta, se manifestó por primera vez el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.

 El último decenio de la vida de nuestro Santo, como toda su vida, fue abundante en tribulaciones y persecuciones. Su Memorialrepite año tras año: “En este año (1670) quiso el Señor favorecerme con diferentes cruces, por lo que sea eternamente bendecido… En este año (1671) me acompañaron las cruces por todas partes. Eternas gracias sean dadas al amabilísimo Crucificado… En el año de 1672 estuve rodeado de cruces casi sin, interrupción…” Y así continúa. Sus enemigos tradicionales, oratorianos y jansenistas, a los que ahora se sumarán los lazaristas, no cejaron en su empeño de sembrarle de dificultades todos los caminos. En Roma impidieron que llegara a buen término la aprobación canónica de la Congregación de Jesús y de María; en París le hicieron caer en desgracia de Luis XIV, que le desterró de la corte.

 Por su parte los jansenistas atacaban su ortodoxia. “Me cargan con trece herejías —escribía la víctima—. El motivo de toda su cólera está en que me opuse en todas partes a sus novedades, que sostengo en alto la fe en la Iglesia y la autoridad del Romano Pontífice y que he quemado un libro detestable compuesto contra la devoción a la Santísima Virgen.” Llegaron a sobornar a su secretario para que le traicionase. En numerosas cartas expresa el padre Eudes la compasión que siente hacia sus calumniadores y el perdón que rebosa de su corazón. Pero no podía menos de defenderse. El rey encargó del asunto a la asamblea episcopal de la región, reunida en Meulan a fines de 1674; ella le declaró inocente de cuantas acusaciones se acumulaban contra su persona y su doctrina. A mediados de 1679 Luis XIV volvió a acoger en su gracia al Santo, le recibió en audiencia, alabó sus afanes apostólicos y le prometió su apoyo.

 Ya la vida del infatigable misionero tocaba a su fin. Consciente él más que nadie de la precariedad de su salud, convocó en junio de 1680 la primera asamblea de su instituto y en ella presentó la dimisión de su cargo de superior general. Dos meses no habían transcurrido cuando la enfermedad le rindió en el lecho. A sus hijos, que ansiosos le rodeaban, les habló de las alegrías del paraíso y de la eternidad, y de su gran indignidad. Les exhortó a la paz, les consoló de su muerte, les recomendó a Dios y les puso en manos de la Santísima Virgen.

 El 19 de agosto entregó su alma a Dios. Eran las tres de la tarde. Se consumaba el sacrificio de un hombre cuya vida entera fue un ascender a la cumbre del Calvario.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

18 de agosto.

Jan van Eyck. Pintura flamenca. Santa Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Influyó en la conversión de su hijo, así como en el hallazgo de la Cruz de Cristo.

Jan van Eyck. Pintura flamenca. Santa Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Influyó en la conversión de su hijo, así como en el hallazgo de la Cruz de Cristo.

SANTA ELENA 

(†  329)

No, no durmió sus sueños de recién nacida entre los encajes de una cuna imperial. Fue en un pobre cortijo de Deprano, en Nicomedia, donde vio la luz, en el 248 ó 249, aquella niña, escasa de bienes de fortuna, sobre la que Dios tenía planes estupendos.

 Así nos lo dijo San Ambrosio, que vivió en una época inmediata a la de nuestra Santa.

 Nos figuramos a Elena en su adolescencia y juventud trabajando en el mesón de su padre. Atendiendo a todo, trajinando para tener las dependencias limpias y la comida sabrosa y a punto, obsequiosa con sus huéspedes… Siempre sencilla, humilde, recatada, sonriente. Era pagana, sí, porque de familia pagana había nacido, pero sentía en su corazón el vacío de aquellas falsas divinidades.

 Hacía unos años que había unas persecuciones horribles contra los cristianos, desencadenadas por los propios emperadores de Roma, que los mandaban apresar y les sometían a tormentos terribilísimos y terminaban por llevarlos al anfiteatro para echárselos a las fieras. También a muchos los quemaban vivos.

 Elena no terminaba de comprender por qué sus emperadores hacían aquello. ¡Si los cristianos eran buena gente! Ella trataba con algunas muchachas de su edad que pertenecían a aquella “secta” y no podía sino decir que eran excelentes. Tanto que, a veces, comparándolas con sus amigas paganas, había de reconocer que las superaban en todos los aspectos.

 Naturaleza la suya rica en dones de Dios, poseía físicamente una singular hermosura que realzaba la espontánea nobleza de su espíritu y esa que llaman “aristocracia del alma”: una inteligencia privilegiada y un gran corazón.

 Tenía ya Elena alrededor de veintitrés años. Todos sus encantos estaban en auge, como en capullo recién abierto. Cuando la Providencia, “río caudaloso lleno de posibilidades y de sorpresas”, cambió por completo el curso de su obscura vida.

 Ignoramos dónde y cómo se conocieron Elena y Constancio. Él, general valeroso, de noble familia, prefecto del Pretorio durante el gobierno de Maximiano, era de carácter suave, de espíritu exquisito y culto y de salud delicada. La palidez de su rostro había dado origen a su sobrenombre: Cloro.

 La espléndida y pudorosa hermosura de aquella muchacha se le entró por los ojos robándole el corazón. Aunque ¿quién dudará que su asombro no tuvo límite cuando, al tratarla, pudo percibir la nobleza de sus sentimientos?… Y la hizo su esposa.

 No han faltado autores malintencionados que han hablado de concubinato. Nada de eso. Tillemont se ha encargado de demostrar plenamente la legitimidad de su matrimonio. Fruto de él fue su hijo Constantino, futuro emperador de Roma, que vino al mundo en Naïssus (Dardania) el 27 de febrero del 274.

 1º de marzo de 293. El Imperio romano se había extendido prodigiosamente. Diocleciano y Maximiano, que, unidos hacía tiempo, lo compartían con el título de Augustos, decidieron tener cada uno de ellos un César que colaborara en el gobierno y administración de sus Estados. Diocleciano eligió a Galerio, y Maximiano a Constancio Cloro.

 Una condición se le impuso al marido de Elena: había de repudiar a su mujer y casarse con la hijastra de Maximiano, único medio de que existiera el imprescindible “parentesco” entre los Augustos y sus Césares. Se separó, pues, de Elena y se unió en matrimonio con Teodora. Prevaleció en él la ambición de la gloria sobre la gloria del amor.

 Y nuestra Santa ¿qué hizo? Al verse postergada no dejó que se le quebrasen las alas del alma. Las plegó hacia dentro, y serena, tranquila y solitaria se refugió en el reino de su corazón. Allí le dolía menos su abandono. Es que, sin ella sospecharlo, la acompañaba Dios.

 Más le costaba la ausencia de su hijo. Intuyendo Diocleciano en el muchacho excepcionales dotes de guerrero y organizador, quiso prepararlo por sí mismo con vistas al futuro, y hacía tiempo que lo tenía en su palacio. Años fecundos éstos que pasó junto al emperador. Dejaron en el adolescente una impresión indeleble, ya que, al estallar furiosa y demoledora “la gran persecución” contra los cristianos, pudo personalmente comprobar de qué era capaz una fe religiosa profundamente sentida.

 25 de julio del 306. En este día muere Constancio Cloro. Su hijo, que le acompañó en sus últimos momentos, ya no sueña más que con llevarse a su madre a vivir con él. Está orgulloso de ella y quiere compartir su misma vida para sentir siempre el beneficio de su influencia.

 ¿Era Elena cristiana ya entonces? ¿Desde cuándo? No se sabe exactamente. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que no lo fue hasta después de la aparición de la cruz en el Cielo, durante la batalla de Saxa Rubra. Recordemos brevemente el suceso copiando a Eusebio de Cesarea, que dice haberlo oído de labios del emperador.

 “Era en las horas posmeridianas, cuando el sol declina ya; Constantino vio en el cielo, con sus propios ojos, un trofeo de cruz compuesto de luz, superpuesto al sol, y adherida al mismo una escritura que decía: “Con este signo vencerás”. Él, juntamente con todo el ejército que le sigue, se sienten presa de estupor. Constantino no comprende el significado de la aparición y pensándolo largamente llega la noche. Pero, mientras duerme, le aparece el Cristo de Dios, juntamente con el signo visto en el cielo, y le manda que haga una imitación del signo y se sirva de él como de salvaguarda en las refriegas con los enemigos.”

 Efectivamente, fabricado el “lábaro” según el signo aparecido, se lanza a la batalla y termina con aquella aplastante victoria, “que decidió los destinos del mundo y de la cristiandad”.

 A los pocos días era Constantino dueño de Roma y entraba en la Ciudad Eterna como único emperador. Era el 28 de octubre del 312. Desde entonces, en sus ideas y en su corazón, puede decirse que es cristiano. No obstante, plenamente, no llegó a realizarlo hasta los últimos momentos de su vida en que recibió el bautismo.

 No obró así su madre. El sol de la cruz que alumbró el cielo de Roma iluminó y caldeó el corazón de Elena haciéndole sentir la sublimidad de la religión cristiana y se abrazó con ella. El bautismo abrió en su alma una fuente de piedad viva, consciente, activa.

 Ya está restablecida la unidad imperial. Reconocido Constantino soberano del orbe, considera a su madre la soberana. Le da el título de Augusta, manda acuñar monedas con su efigie y, mostrándole una ilimitada confianza, deja a su plena disposición el tesoro del Estado. Mas, elevada a la cúspide de las grandezas humanas, Elena no se envanece. Vive sin fausto ni lujosas ostentaciones, y, según afirma San Gregorio, “su encantadora modestia enardece de entusiasmo a los romanos”.

 Al ser enriquecidas por la gracia sus espléndidas cualidades personales despliega todo su poder en favor de su hijo. Y es entonces cuando se percibe el valor de su influencia al transmitirle, con su cariño, todos los tesoros de bondad y prudencia que su alma acumula. El Dante decía de Beatriz: “Ella miraba hacia arriba y yo miraba en ella”. Algo así podemos creer de Elena y Constantino. Léase, si no, el famoso Edicto de Milán y todos los que le siguieron, hasta su prohibición del culto de los dioses lares, en el 321, y “toda la lluvia de beneficios morales y materiales que el gobierno de Constantino hizo caer sobre la Iglesia y que no son del todo legendarios”.

 Entramos en el año 326. Elena siente el declinar de su vida. Desde que el emperador ha trasladado su sede a la antigua Bizancio, la “nueva Roma”, allí vive ahora su madre, en aquella ágora que él, en su honor, ha adornado prodigiosamente de pórticos y estatuas. Cerca tiene la iglesia de Santa Irene, también restaurada y embellecida por su hijo. En la placidez de los atardeceres, acompañada de alguna de aquellas esclavas a las que la emperatriz trata como a hijas de su corazón, entra en la iglesia y en ella permanece largo rato dando expansión a su piedad. Considerando la magnificencia de aquella ciudad que ha hecho resurgir Constantino a orillas del Bósforo, se le enardecen los deseos de hacer algo semejante en los lugares que, en Palestina, santificó Jesucristo con su presencia.

 Contaba a la sazón setenta y siete años, y los viajes en el siglo IV no se hacían con la rapidísima comodidad que los hacemos en la vigésima centuria. Eran, por el contrario, de una lentitud y solemnidad abrumadoras. Pero nada hay difícil para un grande amor.

 Partió, pues. Su viaje, realizado con ese despliegue de lujo que pedía su rango en aquella época, dejó tras de sí imborrable estela de maravillas. Llamaba sobremanera la atención la persona de la emperatriz. Anciana, conservando aún los rasgos de su extraordinaria belleza, parecía no darse cuenta de la admiración que despertaba a su paso. En cambio, con una humildad que sobrecogía el ánimo de todos, se colocaba en las asambleas de los fieles en cualquier punto designado para las mujeres, mezclándose con las de más baja condición. Se hospedaba en conventos de monjas y hacía vida común con ellas, ocupando su tiempo en remediar toda clase de necesidades y estudiando las Sagradas Escrituras. Cuanto más se adentraba en la religión cristiana, mayor era el entusiasmo y la admiración que por ella sentía. Pero nada le produjo una impresión tan reverente como el ver a aquellas doncellas cristianas que, renunciando a los halagos del mundo, consagraban a Cristo su virginidad.

 Leyenda o historia, no hay nadie que, al escribir la semblanza de esta ilustre mujer, silencie el caso maravilloso de la invención de la Santa Cruz.

 Parece que la mayor disconformidad existente en este punto entre los historiadores es debida al silencio que del viaje de Elena hace Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino el Grande, a quien —acaso por adulación— atribuye todas las construcciones y reconstrucciones que se hicieron en Palestina aquellos años.

 Así lo juzga Tillemont al comprobar que los Santos Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo, aunque difieren en alguna pequeña circunstancia, todos atribuyen a Santa Elena el descubrimiento de la Vera Cruz. Por otra parte, el misal que a diario usamos, al comentar esta fiesta el 3 de mayo, se lo asigna también a nuestra Santa. ¿Por que habríamos de silenciarlo aquí?

 Mientras la piadosa emperatriz proyectó su viaje a Palestina un deseo vehemente enardecía su corazón: ver, tocar, venerar el sagrado leño del que estuvo colgado el Salvador del mundo. A su llegada a Jerusalén ahí se enderezan todas sus investigaciones. Mas sin éxito alguno entre los cristianos. Entonces se dirige a los judíos. Y es uno, llamado Judas, quien —señalándole el sitio exacto donde se encuentra—, le pone en antecedentes de una tradición conservada entre ellos: “hacía muchos años que, por despojar los judíos a la devoción cristiana del precioso símbolo de la cruz, la habían echado, con las de los dos ladrones, a un pozo que después colmaron de tierra y piedras para que se pudriera la madera”.

 Comienzan las excavaciones. Y, después de dos días de ansiosa expectación, aparecen las tres cruces. Pero ¿cuál de las tres sería la de nuestro divino Salvador? El santo obispo Macario acompaña a la emperatriz, y, por una inspiración súbita, recurre a una prueba decisiva: Había en aquel lugar una enferma en estado agónico. Se dirigen procesionalmente a su casa llevando las tres cruces y, cantando durante el trayecto todos los asistentes himnos sagrados, imploran la ayuda del cielo.

 Sacan a la enferma fuera en una parihuela. Y, en medio del silencio más impresionante, se acerca el obispo, ayudado por la emperatriz, y toca suavemente la cabeza de la moribunda con una de las cruces. Ni al contacto de la primera ni al de la segunda muestra aquella pobre mujer ninguna reacción. Sus ojos cerrados y su rostro exánime dan la impresión de que ya es cadáver. Mas, al posar sobre ella la tercera cruz, se incorpora, abre los ojos llenos de luz y de vida, y, cruzando las manos en el aire, exclama con exultación: “¡Dios mío, estoy curada!”.

 La alegría que rezuma el alma de Elena en aquellos momentos hay que intuirla; no se puede describir.

 Después de dar satisfacción cumplida a su piedad dispone que la Santa Cruz se divida en tres trozos. Uno lo entrega al obispo Macario para la veneración de los fieles en la iglesia de Jerusalén. El segundo lo envía a la iglesia de Constantinopla, y el tercero a Roma, a la basílica mandada levantar por ella unos años antes y que más tarde se llamó de “Santa Cruz de Jerusalén”.

 Llegamos al 329. Santa Elena, cumplidos ya los deseos más ardientes de su corazón, siente en su cuerpo el peso de los años y en su alma ansias de eternidad. Y al bendecir al Señor, llena de reconocimiento, sus labios repiten con el anciano Simeón: Nunc dimittis ancillam tuam Domine.

 Regresa junto a su hijo, y al poco tiempo muere en sus brazos. Se desconocen la fecha y el lugar de su partida de este mundo. Consta, sin embargo, que no fue en Roma, ya que Constantino hizo trasladar allí sus restos con la máxima solemnidad. Hoy, en la iglesia de Ara Caeli, de la Ciudad Eterna, existe una capilla dedicada a Santa Elena. En ella se venera la cabeza y algunos huesos de la santa emperatriz.

 No hizo Santa Elena, que sepamos, milagros en vida, y aun ignoramos si después de su muerte. Pero supo hacer el “milagro” de esgrimir con la misma gentileza una escoba en la hostería de su padre que el cetro del mundo en la corte de su hijo, y de dar un brinco gigante desde las tinieblas del paganismo hasta los esplendores de la santidad.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Tris – 17 de agosto. General José de San Martín, padre de la Patria.

DON JOSÉ DE SAN MARTÍN, PADRE DE LA PATRIA INDEPENDIENTE

El caso de San Martín es un caso polémico en ambientes tradicionalistas y católicos. Es innegable que al pedir la baja del Ejército español en 1811 – cuando toda España estaba ocupada ya por Napoleón – y decidir su vuelta a América, estaba influenciado por cierto liberalismo al estilo inglés, moderado y en todo caso, no hostil al catolicismo. Su pertenencia a la Masonería no está probada y, lo que es más importante, toda su actuación pública parece revelar un accionar contrario a los intereses de Inglaterra, de la Masonería y de los liberales criollos o peninsulares. Eso no implica que pudiera pertenecer a cierta masonería irregular, lo que explicaría ciertas conductas, escritos y hechos de su vida. De hecho, cierto pensamiento ilustrado lo mantuvo a lo largo de su existencia (se nota en muy pocas cartas privadas, en la semblanza de algún contemporáneo y en las Máximas a su hija) pero el tono general de su vida privada y sobre todo su actuación como hombre público (como Jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, como Gobernador de Mendoza, como Jefe del Ejército de los Andes, como Protector del Perú, como enemigo del gobierno de Rivadavia y como admirador de la Dictadura de Rosas) es la de un hombre profundamente respetuoso de la tradición católica americana y, a su manera, la de un católico más o menos práctico. Muy difícilmente un liberal hiciera rezar diariamente el Rosario en el Ejército como lo hacía San Martín, pedir más capellanes para sus oficiales y soldados, tener él un capellán y oratorio personal, honrar a la Virgen del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes, declarar al catolicismo la religión oficial del Perú, fundar una Orden aristocrática (la Orden del Sol) bajo el patrocinio de Santa Rosa de Lima…y proyectar una gran monarquía católica americana e independiente, con un Príncipe Español a la cabeza y sin la Constitución de 1812, como le propuso al Virrey La Serna en la Hacienda de Punchauca (siendo obstaculizado en esto por el masón General Valdés, enviado por Fernando VII). Ni, fracasada la propuesta del monarca español, enviar a buscar Príncipes europeos (ingleses, rusos, austríacos, etc) con la expresa condición de que fueran católicos y vinieran a garantizar la Independencia americana. Como afirma un historiador americano, la historia de la Independencia parece ser la de la lucha de los Libertadores (San Martín, O´Higgins, Bolívar, Iturbide) contra los liberales. Los conflictos que pudo tener San Martín con ciertas autoridades eclesiásticas no fueron de índole religiosa, sino política (como en el Perú), y además se trató de algo excepcional.

Los proyectos de San Martín se remontan al momento de su llegada al Río de la Plata (1812), cuando discute con Rivadavia por la forma de gobierno – oponiéndose a la exigencia masónica de instalar repúblicas en América – , y se extienden a lo largo de toda su vida, siendo de especial importancia sus recomendaciones monárquicas al Congreso de Tucumán (1816) y las propuestas en el Perú (1821-22).

Que San Martín estuvo vinculado a los ingleses no ofrece mayor dificultad: toda la España que combatía a Napoléon lo estaba. Que tenía algunas influencias liberales en su pensamiento (como se desprende de los recuerdos de Mrs. Graham, de algunas cartas a Guido o de referencias al estilo de la leyenda negra) tampoco, pues poco influyeron en su vida política y no fueron permanentes en su intimidad. En su vida pública San Martín obró habitualmente – con alguna excepción – en sentido católico, monárquico y si no tradicionalista, al menos conservador. Escribió además en contra de las teorías liberales, socialistas y comunistas y en favor de la religión y la tradición. Que por otro lado no obedeció a los intereses ingleses se desprende de su lucha constante por la Independencia, hecho que Gran Bretaña no apoyaba desde 1808. Esto es importante aclararlo, pues aún hoy se sigue insistiendo en que Inglaterra fomentó la Independencia americana: eso fue así hasta la invasión napoléonica a la Península. Luego actuó como intermediaria, procurando que los gobiernos americanos garantizaran la libertad de comercio y la libertad de cultos, pero procurando un entendimiento con Fernando VII y obstaculizando todo intento de independencia de los Reinos de Indias. En el Río de la Plata esto es conocido, sobre todo siguiendo la actuación de Lord Strangford. Y el Libertador – que en 1816 había dicho que nada podía esperarse de los ingleses – propuso precisamente lo que Inglaterra no quería, como es de sobra conocido: la Independencia de Sud América, tratados comerciales favorables a España y la construcción de una gran monarquía que uniera Chile, Perú y el Río de la Plata bajo la Corona de un Príncipe Español. En tal sentido, el ofrecimiento de Punchauca y Miraflores parece sincero porque a pesar de la carta a Miller, lo dicho allí se contradice con la que le escribió a Riva Agüero, y además están los testimonios de Guido, Abreu, García del Río, la última carta del propio San Martín a La Serna (poco antes de viajar a Guayaquil) y las tratativas de llegar a un acuerdo con la Madre Patria que hizo a través de su hermano Justo Rufino, que trabajaba en la Secretaría de Guerra de España. Mitre, que tuvo toda la documentación sobre el Libertador en sus manos, la da por cierta, criticándolo porque – según su opinión- de este modo los americanos perdíamos el apoyo de EE.UU, nos ligábamos a la política “reaccionaria” de la Santa Alianza y abandonábamos el camino “republicano” de la Independencia (república que en realidad nunca estuvo en la cabeza de sus protagonistas – salvo de la minoría liberal -, como puede advertirse conociendo la discusión al respecto del Congreso de Tucumán)

El conflicto con la masonería peruana y rioplatense se deduce leyendo las Memorias de Iriarte. Y probablemente sea cierta la interpretación de que eso explique el “secreto” de Guayaquil, como sugiere Steffens Soler.

La postura contraria a San Martín de algunos tradicionalistas puede refutarse diciendo que, de obrar en sentido contrario, San Martín hubiera tenido que seguir peleando en una España que en 1812 casi no existía (¡y al mando de Beresford, el jefe de las tropas británicas que invadieron Bs. As en 1806!) o luego ser cómplice de los militares iluministas que nos mandó Fernando VII (Morillo y más precisamente Valdés, el General masón, Venerable de la Logia en Perú y que fue quien se opuso al ofrecimiento de Punchauca). O aceptar la unión con España de un modo contrario a la Tradición: aceptando la Constitución de 1812 (como pedía el Rey en 1821, luego de la Revolución de Riego) y bajo un régimen centralizado, contrario a la autonomía que América tenía desde tiempos de Carlos V. ¿Quién era pues más tradicionalista? Lo de Punchauca es similar al Plan de Iguala de Iturbide, y de allí que fuera alabado por algunos monárquicos europeos de la Santa Alianza. Por otro lado, San Martín no “huyó clandestinamente” de Cádiz, sino que pidió la baja del Ejército Español, que le fue concedida con uso del grado y uniforme. Y a esa decisión llegó, probablemente y como otros americanos, por la gran persecución que estos sufrían en la ciudad española, como se desprende del epistolario del logista venezolano López Méndez, de probada ortodoxia católica. Nada tuvo que ver en esto la influencia de Miranda – que sí estuvo al servicio del Imperio inglés-, a quien San Martín jamás no conoció ni tuvo el más mínimo compromiso político.

El hilo conductor que explica algunos misterios en la vida del Padre de la Patria independiente, parece ser este: San Martín comenzó a pelear por la independencia de América cuando la Península estaba ya totalmente ocupada por Napoléon y luego contra la testarudez de Fernando VII, a pesar de los ofrecimientos de paz del gobierno rioplatense (en 1814) o del propio San Martín en el Perú. Con España o sin España, San Martín propuso la unión de Perú, Chile y el Río de la Plata bajo una monarquía católica. Fueron los masones Valdés y Rivadavia quienes combatieron este proyecto hasta lograr vencer a San Martín, quien sin embargo no dudó en apoyar al Partido Federal y sobre todo al Restaurador, que defendían los intereses americanos y la Tradición hispano- criolla en el Río de la Plata.

Todo esto está muy bien documentado en los libros de Ibarguren, Díaz Araujo y Steffens Soler. Hay que leerlos detenidamente y que el árbol (cierto liberalismo marginal de San Martín) no tape el bosque (el proyecto de monarquía católica con príncipe español a la cabeza y luego el apoyo a Rosas).

No se comprende esto, por otro lado, sin conocer el contexto en que se dio el proceso emancipador: el progresivo incumplimiento de los Borbones respecto al pacto explícito de Carlos V con los Reinos de Indias (1519), por el que se garantizaba su autonomía – incumplimiento que se dio por el Tratado de Permuta de 1750, la expulsión de los Jesuitas, la Conferencia de Bayona, la alianza del Virrey Elío con los portugueses y la represión violenta de Fernando VII a las Juntas americanas – que condujeron a los pueblos del Nuevo Mundo de un planteo inicialmente autonomista a uno más decididamente emancipador. Los argumentos jurídicos esgrimidos en el Manifiesto del Congreso de Tucumán son claros en ese sentido. Lo mismo había sido expuesto por Mariano Moreno en su polémica con el Marqués de Casa Irujo, por Fray Francisco de Paula Castañeda (quien dijo que debíamos emanciparnos con el honor propio de quienes habíamos sido hijos y súbditos de la Corona, porque entre otras cosas, “por Castilla somos gente”), por Don Juan Manuel de Rosas en su discurso de 1835 y por las cartas al propio Rosas de Tomás Manuel de Anchorena – partícipe de los hechos de Mayo de 1810 y Congresal en Tucumán -. Que en la Independencia actuaron también liberales y masones es algo similar a lo que ocurrió en España en la Guerra contra Napoleón. Pero el primer grito de autonomía se dio en el Río de la Plata bajo el lema “por Dios, por la Patria y el Rey”. La Guerra de la Independencia no fue una guerra ideológica (hubo tradicionalistas y liberales en ambos bandos), ni étnica (hubo criollos y peninsulares en un lado y en el otro) ni religiosa (masones y católicos actuaron por igual a favor o en contra de la emancipación americana). Fue una guerra separatista, fundada no en los principios abstractos del nacionalismo moderno (principio de las nacionalidades, autodeterminación de los pueblos) sino en aquellos derechos concretos reconocidos en el Fuero Juzgo, las Leyes de Partidas y sobre todo las Leyes de Indias, que garantizaban para nuestro caso que América era intangible, inalienable y autónoma. Fernando Romero Moreno.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Bis

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

17 de agosto.

parabola de los jornaleros

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 20ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (34,1-11):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza, diciéndoles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo. Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las buscase, siguiendo su rastro. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ‘¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Mis ovejas fueron presa, mis ovejas fueron pasto de las fieras del campo, por falta de pastor; pues los pastores no las cuidaban, los pastores se apacentaban a sí mismos; por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Así dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a si mismos los pastores; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que no sean su manjar. Así dice el Señor Dios: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro.”»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

______________________________

1. (Año II) Ezequiel 34,1-11

a) Esta vez la voz del profeta se alza contra los pastores de Israel: sus dirigentes, tanto civiles como religiosos.

Describe muy certeramente su pecado: «se apacientan a sí mismos». En vez de cuidar de las ovejas, curándolas, fortaleciendo a las débiles, recogiendo las descarriadas, defendiéndolas contra las fieras, lo que hacen es comer a costa de ellas y maltratarlas y, cuando hay peligro, abandonarlas. Son mercenarios.

La queja de Dios («me voy a enfrentar con los pastores») se convierte en promesa: «yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El mismo tendrá que remediar la situación. Por eso se alegra el salmista: «el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas».

b) En Jesús hemos visto cómo Dios cumple su promesa de alimentar, buscar y defender a sus ovejas, al pueblo de Israel y a toda la humanidad. Les ha enviado como Buen Pastor a su propio Hijo.

Cuando Jesús, en el capitulo 10 del evangelio de san Juan, describe las cualidades del pastor bueno, enumera precisamente las actitudes contrarias a las que Ezequiel había tenido que señalar en los malos pastores de su época, los que llevaron al pueblo de Israel a la ruina total.

Jesús conoce a sus ovejas, va delante de ellas, las busca y rehabilita, las defiende, da la vida por ellas. He ahí el modelo para todos los que, de una manera u otra, somos «pastores» o encargados del bien de los demás: los obispos y los sacerdotes, los padres, los educadores, los catequistas, los responsables de un grupo, y también las autoridades civiles.

Criticamos, y a veces con razón, a los dirigentes corruptos y aprovechados. Pero hemos de examinarnos a nosotros mismos, porque podría ser que, en nuestro nivel, también tendamos a aprovecharnos de nuestros cargos.

Quien nos ve actuar en nuestro trato con los demás, ¿nos puede aplicar el retrato de Ezequiel o el de Jesús? ¿servimos a los demás o nos servimos de ellos? ¿somos mercenarios o pastores por vocación?

2. Mateo 20,1-16

a) Hoy escuchamos la desconcertante parábola de los trabajadores de la viña, que trabajan un número desigual de horas y, sin embargo, reciben el mismo jornal.

La idea central no es el paro obrero (aunque Dios parece preocupado de que nadie se quede sin trabajo, sea cual sea la hora) ni la cuestión de los salarios ni la justicia social. La parábola no se fija en los trabajadores, sino en la actuación de Dios. Él da a todos según justicia, pero también es generoso con los últimos, aunque hayan trabajado menos.

Cuando Mateo escribió su evangelio, muchos paganos se iban incorporando a la Iglesia de Cristo, y podían suscitar, entre los provenientes del pueblo judío, el interrogante de cómo los últimos llegados recibían la misma herencia y paga. Es la sorpresa que Jesús describe en quienes habían trabajado desde primera hora de la mañana. La respuesta es el amor gratuito de Dios, que sobrepasa las medidas de la justicia y actúa libremente, también con los de la hora undécima. El tema no es si a los primeros les paga lo justo. Sino que Dios quiere pagar a los últimos también lo mismo, aunque parezca que no se lo hayan merecido tanto.

b) Los caminos de Dios son sorprendentes. No siguen nuestra lógica.

Él sigue llamando a su viña a jóvenes y mayores, a fuertes y a débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. ¿Tendremos envidia de que Dios llame a otros «distintos», o que premie de la misma manera a quienes no tienen tantos méritos como creamos tener nosotros?¿nos duele que en la vida de la comunidad eclesial, los laicos tengan ahora más protagonismo que antes, o que haya más igualdad entre hombres y mujeres, o que las generaciones jóvenes vengan con ideas nuevas y con su estilo particular de actuación?

Abrahán fue llamado a los setenta y cinco años. Samuel, cuando era un jovencito.

Mateo, desde su mesa de recaudador. Pedro tuvo que abandonar su barca. Algunos de nosotros hemos sido llamados desde muy niños, porque las condiciones de una familia cristiana lo hicieron posible. Otros han escuchado la voz de Dios más tarde. El ladrón bueno ha sido considerado como el prototipo de quienes han recibido el premio del cielo, habiendo sido llamados en la hora undécima.

Si nos sentimos demasiado «de primera hora», mirando por encima del hombro a quienes se han incorporado al trabajo a horas más tardías, estamos adoptando la actitud de los fariseos, que se creían superiores a los demás.

Esto no es, naturalmente, una invitación a llegar tarde y trabajar lo menos posible. Sino un aviso de que el premio que esperamos de Dios no es cuestión de derechos y méritos, sino de gratuidad libre y amorosa por su parte. La parábola parece una respuesta a la pregunta de Pedro, uno de los de la primera hora, que todavía no estaba purificado en sus intenciones al seguir al Mesías: «a nosotros ¿qué nos va a tocar?».

Hoy es un buen día para cantar el himno de Vísperas «Hora de la tarde, fin de las labores», que, en sus diversas estrofas, nos hace alabar a Dios por su insondable generosidad, a la hora de darnos el jornal por nuestro trabajo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Fiesta Diocesana.

 

IMG-20160815-WA0012
IMG-20160815-WA0015 IMG-20160815-WA0016 IMG-20160815-WA0017 IMG-20160815-WA0018 IMG-20160815-WA0019 IMG-20160815-WA0020 IMG-20160815-WA0021 IMG-20160816-WA0000 20160815_151733 20160815_151740 20160815_152153 20160815_152147 20160815_152459

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

15 de agosto.

IMG-20160814-WA0029

Homilia para la ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN 2016

Escuchábamos en la segunda lectura: «El último enemigo en ser destruido será la Muerte.» (1 Cor 15, 26) Si continuamos leyendo el capítulo 15 hacia el final nos encontramos con estas palabras: «Cuando lo que es corruptible se revista de  incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: la muerte ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado…» (1Cor 15, 54-56)

Ya van más de 2000 años, en un día de Dios, con el gozo de los ángeles y santos, se cumplieron en la Santísima Virgen (subida por el poder y los méritos de Cristo su Hijo al cielo), esas palabras de San Pablo.

Si también por los méritos de su Hijo había sido concebida sin pecado (Inmaculada Concepción), era lógico que aunque pasara por la muerte, no se cebara en su cuerpo (ese cuerpo que había dado carne, sangre, vida a Jesús). La corrupción del sepulcro, de la muerte.

Esta verdad creída en la Iglesia desde los primeros siglos fue la que el 1º de noviembre de 1950, el Papa Pío XII, declaró como dogma de nuestra fe. Y por ser verdad de fe (= don, regalo de Dios), no la creen los que quieren, sino los que pueden…

El triunfo de María que hoy celebramos es el triunfo de su fe, de su fidelidad a Dios. Su vida de fe se fue desarrollando en etapas sucesivas y continuas. Dios la fue despojando de sus proyectos, de sus planes. No porque eran inconvenientes o malos, sino porque tenía que creer que los que Él le proponía eran mejores: ¡y María creyó y los aceptó! Le dice Isabel: Feliz de ti por haber creído lo que te fue anunciado de parte del Señor.

Proyectó ser virgen (dedicada a Dios en cuerpo y alma), y Dios le propuso ser virgen y además madre. Si Dios era capaz de crear de la nada, ¿por qué no iba a poder hacer nacer la vida de una virgen? Y Ella, sin comprender, aceptó por la fe.

El Señor pensó para su madre en alguien excepcional. Y ella pensó en alguien excepcional, José, con ideales parecidos, para que amparara su decisión y cubriera jurídicamente su estado en una sociedad que no entendía el estado de virginidad. Pero Dios no le autorizó a explicarle su estado, Ella calló, José estuvo a punto de abandonarla, María mientras tanto creyó y Dios en sueños, por medio de su ángel, le explica a José sus planes.

Pensó en una casa digna para que nazca su Hijo, pero Jesús tuvo que nacer en una cueva de animales. Ella creyó y aceptó.

Pensó en consagrar a su Hijo a Dios en el Templo, estaba viviendo esta alegría de la maternidad y del ofrecimiento. Cuando en esta historia de paz y amor, aparece el anciano Simeón y le anuncia que Jesús será signo de contradicción, ella no entendió, pero creyó y aceptó.

Pensó en un Hijo “Príncipe de la Paz”, este era uno de los títulos de Mesías… y tuvo que escapar a Egipto. Pero ella creía y aceptaba.

Un festejo, Jesús con 12 años en el Templo, el festejo de la Pascua, se convirtió en dolor, lágrimas y angustias, Jesús se pierde. Pero ella creyó y aceptó “conservando estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51)

José la deja, en su vida pública, Jesús sale a predicar, ella queda sola en la casa, con sus recuerdos, sus preocupaciones, sus miedos… pero siempre creyendo y aceptando.

Como toda madre temió la muerte de su Hijo. Y la tuvo que presenciar, y ni siquiera una muerte normal, sino la muerte más indigna, la muerte de un malhechor. María al pie de la cruz creyó y aceptó.

Y tantas cosa de la vida cotidiana, que fueron ocasión para su acto de fe y aceptación, que no sabemos.

Tanta fidelidad recibió el día de la Asunción su premio. Y la Virgen está en el cielo, como Madre de Jesús y Madre nuestra, signo de lo que sucederá con todos hijos fieles de Dios.

Madre subida al cielo, para gozarnos con ella, para amarla, para encomendarnos a Dios, pero también para imitarla, ahora en su fidelidad, un día más adelante en su triunfo.

Fidelidad a Dios en tantas cosas que querríamos distintas y no son o no resultan así: enfermedades en vez de salud. Angustias en vez de serenidad. Injusticias en vez de justicia. Pobreza en vez de seguridad económica. Desempleo en vez de trabajo. Conventillo en vez de vivienda digna. Calumnias o mentiras en vez de verdad. Soledad y muerte en vez de compañía y vida. Desuniones en vez de unidad y paz.

Celebramos la Asunción de María, como don, como misterio, pero también como certeza que la promesa de Dios es para toda nuestra realidad humana y creyendo y aceptando también nosotros, debemos crecer en la verdadera realidad y transformar el mundo para bien.

Si aceptamos y vivimos a fondo nuestra realidad, a ejemplo de María, que sube al cielo, entonces lo corruptible se revestirá de incorruptibilidad. Vivamos ya desde ahora con un gran espíritu de fe y aceptación de la voluntad de Dios, vivamos como sus hijos.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Misa fin novena en Catedral. 14 de agosto tris.

20160814_234233

IMG-20160814-WA0032

IMG-20160814-WA0031IMG-20160814-WA0030
IMG-20160814-WA0028IMG-20160814-WA0027

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Celebración externa de Santo Domingo. 14 de agosto.

IMG-20160814-WA0021

IMG-20160814-WA0022

IMG-20160814-WA0019

IMG-20160814-WA0016

IMG-20160814-WA0043IMG-20160814-WA0042IMG-20160814-WA0041IMG-20160814-WA0040IMG-20160814-WA0038IMG-20160814-WA0036IMG-20160814-WA0036IMG-20160814-WA0035IMG-20160814-WA0034

IMG-20160814-WA0017

IMG-20160814-WA0013

IMG-20160814-WA0020

IMG-20160814-WA0018

IMG-20160814-WA0005

IMG-20160814-WA0004

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

14 de agosto.

verde homiHomilía Domingo XX durante el año C

Nos encontramos con un aspecto del mensaje de Jesús desconcertante. El amor del prójimo es el elemento central del mensaje de Jesús. Y cuando pensamos el amor y la caridad, nosotros pensamos en unidad, en armonía, en ausencia de conflicto. Entonces, somos sorprendidos, casi como un shock, es sentir a Jesús decirnos que no ha venido a traer paz sobre la tierra, sino división. Evidentemente es fácil explicar rápidamente este texto diciendo que se trata de un lenguaje figurado, e ir a buscar otros textos del Evangelio que se correspondan mejor a nuestro deseo de tranquilidad y de calor humano, de contención.

Sin embargo, si queremos ser realistas y si abrimos los ojos, veremos rápido que hay muchísimas divisiones en torno nuestro. En el mundo contemporáneo han tomado dimensiones gigantescas, el Papa Francisco lo recuerda frecuentemente: divisiones entre las culturas, entre las naciones, entre las clases sociales y entre las generaciones, los pobres y los encarcelados son una realidad palpable, si no le damos vuelta la cara, en nuestra sociedad.

El amor cristiano no pretende y no quiere suprimir las diferencias que están frecuentemente en el origen de estas divisiones, sino que quiere más bien construir puentes entre los grupos humanos, las culturas, las religiones, las civilizaciones, para superar la pobreza y la marginalidad. La originalidad del Evangelio consiste en el mandamiento de amar sin límites, de amar a todos los seres humanos, así como son, en su diversidad, para llevarlos a lo auténticamente humano.

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre, vino para ser un puente no solo entre Dios y la humanidad, sino también entre los hombres. En la tradición del Antiguo Testamento, para Israel, como para el resto de los otros pueblos de la época, los lazos familiares y tribales tenían una importancia capital. Eran sin duda una condición para la supervivencia. Una persona debía todo a su familia, y estos lazos se extendían a una serie de círculos concéntricos de la familia extendida, hasta el clan, hasta la tribu, a la nación. En una civilización que estaba casi continuamente en guerra, una persona debía amar a los suyos y odiar a todos los otros. Toda la capacidad de comunión estaba reservada a la familia.

Jesús quería hacer desaparecer esta división. Vino para llevar la salvación a todo el mundo; amaba a todos y quería extender su amor más allá de su familia y de sus parientes. Él nos invita a hacer lo mismo. Los lazos de familia, y también aquellos de pertenencia a una nación, son importantes; pero están subordinados a algo más importante: están subordinados al amor de Dios y a su invitación al amor universal, así como a la necesidad de establecer el reino de Dios, que es un reino de amor. Porque la religión verdadera no es una sociología, el Reino no se establece cuando mejoran los parámetros de bienestar social, desligados de un crecimiento humano (moral) real, por eso la Asunción de la Virgen, la Vida plena, el cielo, es la meta de la superación de toda pobreza y marginación, pero como el cielo es real, debemos transformar el aquí y el ahora de nuestra sociedad. La verdadera religión transforma a la persona y así los cambios sociales son permanentes.

Si estos principios evangélicos fueran puestos en práctica, muchos de los problemas modernos concernientes a las tensiones étnicas o a los malentendidos entre pueblos serían resueltos.

Cada uno de nosotros debe asumir sus propias elecciones por fidelidad al Evangelio. Si algunos de los nuestros nos rechazan porque hemos hecho la elección del amor universal, debemos aceptar este rechazo en comunión con Cristo que fue rechazado por los suyos por esta misma razón, y siguiendo el ejemplo del profeta Jeremías, de quien habla la primera lectura del domingo XX. Esto quiere decir Jesús cuando dice, que ha venido a traer fuego sobre la tierra -un fuego que purifica y hace nacer a la vida nueva. Y también un fuego que obra el discernimiento y el juicio. Dejémonos purificar por este fuego.

«He venido a traer fuego sobre la tierra y ¿qué quiero sino que arda?» (Lc 12,49). El entonces cardenal Ratzinger, comentando esta cita del Evangelio, opinaba que es quizá una de las sentencias más importantes pronunciadas por Jesucristo sobre la paz; en ella Jesús nos está enseñando una gran verdad: «que la verdadera paz es belicosa, que la verdad merece sufrimiento y también lucha. Que no puedo aceptar la mentira para que haya sosiego» (J. Ratzinger, Dios y el mundo, Círculo de Lectores, Barcelona 2005, p. 210)

Es común encontrar personas que piensan que alcanzaremos la paz y superaremos la pobreza cuando organicemos una estructura de seguridad confiable o establezcamos un organismo de protección civil infranqueable, pero esto aún es poco. Podríamos contar con todas estas cosas, pero todavía estaríamos viviendo una paz de caricatura y postiza, que no ha llegado a la raíz del problema y al corazón de cada hombre de nuestra sociedad.

La paz verdadera, la superación de la pobreza y el delito, no es fruto de estructuras políticas u organismos internacionales en su raíz. Nace en el alma de cada hombre y de allí se expande hasta permeabilizar toda la sociedad. Es, por lo tanto, consecuencia de una elección personal.

¿Elección de qué cosa? Elección de la verdad. La paz genuina se logra con la aceptación de la verdad en la propia vida. Por esto mismo es belicosa, porque aceptarla y vivir de acuerdo con ella muchas veces significa ir contra corriente y quedar mal ante los ojos de muchos.

No hay que pensar ahora en los delincuentes como la única fuente del problema. Cada uno debe entrar en sí mismo y preguntarse hasta qué punto ha pactado ya con la mentira y vive en el engaño. Y este pactar con la mentira puede ir de las cosas más simples como la famosa “mordida” al oficial de tránsito (que en otros términos es la acción de dar el dinero de la multa al policía para su uso personal) hasta una vivencia disfrazada o incluso traicionera de la propia vocación como esposo(a), padre/madre, profesional, religioso(a) hasta la mayor de las corrupciones a nivel nacional o internacional.

Jesús ha traído fuego, el fuego de la verdad y del amor no debemos crear falsos pacifismos pero debemos respetar al otro y vivir en la verdad personal, familiar y social aunque esto suponga lucha. Lucha que no es por capricho o desahogo sino por vivir en la auténtica paz.

Que María Asunta nos acompañe, para que no tengamos la tentación de edulcorar la Palabra de Dios, para que no pidamos perdón por cumplir los mandamientos y vivir los preceptos de la Iglesia, sino tratar en la medida de nuestro leal saber, entender y poder, vivir según sus exigencias, para superar la pobreza, y visitar y acompañar a los presos, no sólo los de las cárceles, si no los presos de cualquier pecado.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

9 de agosto.

Edith_Stein-Student_at_Breslau_(1913-1914) Edith_Stein_(ca._1938-1939)

Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith Stein, patrona de Europa

Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw- capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la segunda guerra mundial).

Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de cumplir Edith los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.

Edith escribió de sí misma que de niña era muy sensible, dinámica, nerviosa e irascible, pero que a los siete años ya empezó en ella a madurar un temperamento reflexivo. Pronto Edith se destacará por su inteligencia y por su capacidad de estar abierta a los problemas que la rodean.

En plena adolescencia deja la escuela y la religión porque no encuentra en ellas sentido para la vida. Surgen sus grandes dudas existenciales sobre el sentido de la vida del hombre en general, y se percata de la discriminación que sufre la mujer. Y desde ahí inicia su búsqueda, motivada por un sólo principio: “estamos en el mundo para servir a la humanidad”.

En 1913, atraída por la fenomenología de Husserl, se hace su discípula y asistente.

Pronto interrumpe sus estudios y trabajos para colaborar con su ayuda en la 1ª Guerra Mundial. Durante 6 meses trabajará como enfermera de la Cruz Roja en 1915. Será un encuentro decisivo con las situaciones límite en la vida del hombre: el dolor, el odio, la guerra, la muerte. Será un aliciente para seguir buscando respuestas.

En 1916 concluye su tesis de doctorado sobre la empatía, y hasta 1918 trabaja como asistente de Husserl.

El estudio de fenomenología hecho con seriedad le lleva al conocimiento profundo de la Iglesia católica. Pero su conversión definitiva será en 1921 leyendo la Autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Finalmente se bautiza en el año 1922, recibiendo el nombre de Teresa Edwig. Dios o “el Absoluto” llena toda su alma: “Cristo se elevó radiante ante mi mirada; Cristo en el misterio de la Cruz”.

Hasta 1933 será maestra, conferenciante, traductora y profesora de antropología.

A sus 42 años, el 15 de abril de 1934, viste el hábito carmelita en el convento de Colonia.

Pronto la atmósfera en Alemania se complica y ella presagia la suerte que le espera. Quieren salvarla haciendo que huya a Holanda, pero ella no accede, ya que eso implicaría abandonar a su hermana Rosa. El 7 de agosto del año1942, miembros de las SS se presentan en el convento y apresan a ambas para conducirlas al campo de concentración de Auschwitz.

Después de varios tormentos en la cámara de gas, el 9 de agosto moría la mártir de la Cruz, Sor Bendicta. Edith consuma su vocación en el martirio, entregando su vida por todos, por amor.

Fue canonizada como mártir en 1998. Luego, en octubre de 1999, fue declarada patrona de Europa junto con Santa Brígida y Santa Catalina.

Tanto cuando era creyente y practicante judía como cuando se alejó de la fe, y, sobre todo, cuando se convirtió después y abrazó la vida del Carmelo, su espiritualidad se manifiesta, sobre todo, en sus maravillosos y profundos escritos. Estos son los principales: Ser finito y ser eterno, La ciencia de la Cruz, Caminos para el conocimiento de Dios, Teresa de Jesús, El Misterio de Navidad, Las Bodas del cordero, La oración de la Iglesia y Ave Cruz. Sus escritos son de talante muy diverso: filosofía, antropología, psicología, espiritualidad… pero en todos ellos encontramos un denominador común: su preocupación por comprender y clarificar quién es el hombre.

Edith Stein nos da ejemplo de una vida recorrida con sincera búsqueda de la verdad, con una disposición a oír la voz del Señor aunque haga cambiar el rumbo. Nos enseña también a enamorarnos de la cruz como medio de salvación y a que seamos fieles hasta el final aunque sea con el martirio.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

8 de agosto. Santo Domingo de Guzmán.

Capilla Santo Domingo.

Capilla Santo Domingo.

Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los condes-fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

Caleruega - Torreón de los Guzmanes (Vidriera)De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.

Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España.

Al concluir la Teología en 1194, se ordenó sacerdote y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al Obispo de Osma, Diego, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al obispo Diego a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Langüedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.

Bolonia - Verdadero rostro de Sto. DomingoEn septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores.

Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia.

Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.

En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias.

Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Un texto de Leonardo Castellani.

leonardo-castellani-sj

Palabras pronunciadas por el padre Castellani en la cena que se le ofreció el 5 de diciembre de 1970 con motivo de citmplir sus 70 años de vida y sus 50 de escritor

 

Lo primero que debo hacer es agradecer esta gran manifestación de amistad, grande en cantidad y más aún en calidad. Esto significa algo, nosotros queremos que signifique algo. Tuve que aceptar este homenaje más por el bien común que por mi propia vanidad. Eso de “homenaje” parece cosa más bien de Rotary Club o La Nación diario en su centenario. Pero recordé que Cristo aceptó un homenaje; aunque lo aceptó como preparación para una buena muerte; y dijo defendiendo a la mujercita que le echaba aceite sobre los pies y se los enjugaba con su cabellera —cosa difícilmente agradable— que la dejaran hacer, porque eso significaba que Él ya estaba muerto, Del mismo modo aquí yo debo pronunciar mi testamento. O para no ser romántico, mi despedida. ¿Despedida de soltero o de casado? Parece que de casado, porque dicen que son mis bodas de oro con la literatura, con la cual jamás me he casado. Pero en fin, algo había que inventar; porque solamente el tener 70 años no tiene mucho mérito. Puede que tenga el mérito de la experiencia. Lo único que le queda al viejo es la experiencia.

La experiencia es un modo de conocer que se refiere a uno mismo por un lado y por otro a las cosas; pero a las cosas que han pasado por uno; de modo que es un conocimiento enteramente cierto, indubitable; porque no es conocimiento de oídas; y eso es lo que significa esa frase aparentemente disparatada del filósofo Kirkegor; “La subjetividad es la verdad”; lo cual quie­re decir que la única verdad verdadera, segura y vital que poseemos es aquella que está enzarzada con nuestra propia existencia. Todo lo demás, aunque no sea despreciable, son saberes “de oídas”. Y por eso en los juicios criminales de las naciones anglosajonas el testigo debe atestiguar solamente de cosas que él ha hecho o ha visto, no las que ha oído: hearsay!, le objetan: o sea ¡díceres!

Por tanto debo atestiguar mi experiencia de 50 o más años; no lo que dicen los libros que he leído o los sabios que he escuchado; y esa experiencia a lo primero resulta sombría, pero a una segunda consideración resulta más alentadora. Por tanto, si me dejara llevar del afecto de melancolía, que es propio de los ancianos, debería glosar lo que decimos cuando nos encontramos los de mi edad, que ya van quedando pocos: ‘‘somos una generación sacrificada” – “hemos fracasado” – “La Argentina no tiene remedio, es un país malnacido”, o bien es “un país cretinizado por 100 años de mala educación”, como dijo el yerno de Mussolini en su Diario.

Pero si vamos a ésa, la generación anterior, la de Lugones y Lisandro de la Torre —cuyos dos suicidios son para nosotros un dolor inconsolable y una severísima advertencia de Dios—, también fue una generación fracasada; y la que nos sigue, la de Soler Cañas y Armando Cascella, también fracasada; de modo que ¡todas las generaciones serían sacrificadas! Y por desgracia, en un sentido, ésa es la verdad religiosa: la vida del hombre pasa como un soplo y desemboca en la sepultura, y todo lo que ha hecho por regla general también se lo traga el tiempo. Ahora veo cuán verdad es ese lugar común de que la vida pasa, volando.

“Y pues vemos lo presente

cómo en un punte se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente

daremos lo aún no venido

por pasado”.

De modo que la primera parte el este protocolo consistiría en quejarme que la Iglesia me ha perseguido y la Patria me ha pospuesto y postergado; y de ahí concluir que hay un estrato de vitriolo en el fondo de la Iglesia y un gusano inmortal en el seno de la Patria. Pero después deso tendré que confesar que la Patria me ha dejado vivir —lo cual no es poco— y la Iglesia me ha enseñado la fe de Cristo.

En medio del camino de mi vida, la Iglesia, a la cual había estado sirviendo bien o mal y amando – sí – tranquilamente, se me dio vuelta y me mostró una figura de hiena, altro que Madre; la cual figura se me aparece de nuevo cada día que hay viento norte. Fue la mayor tentación de mi vida, una tentación contra la Fe —la cual como digo, vuelve a veces—, tentación que pisaba sobre hechos indubitables, o sea hechos de experiencia. Su formulación era ésta: Si la Iglesia me persigue gratuitamente, no es una sociedad fundada por Cristo, la sociedad santa que nos enseñaron. La respuesta —sencilla pero difícil de actuar— era: Esto no es la Iglesia. Pero es la Jerarquía de la Iglesia, la más alta Jerarquía. No toda la Jerarquía; y algunos cuantos miembros de la Jerarquía, por altos que estén, no son la Iglesia. La Iglesia son los santos, los humildes, los rectos, los que tienen fe actuosa, los jerarcas iluminados sean pocos o muchos, la inmensa masa de los que practican la doctrina de Cristo calladamente. La Iglesia no se conoce por los vestidos colorados; es más difícil de conocer que eso.

Puesto que la tentación va de vencida, los hechos que la fundaron no hay por qué contarlos; y en parte han sido contados ya por mí, pero transformados en material poético o novelesco, no como quejas o reproches lo cual fuera vileza. Que para eso sirven las experiencias adversas, para volverlas experiencia poética o filosófica o práctica, justamente. Sin embargo, voy a aludir al último episodio que muchos conocen, para que se vea la capa de vitriolo que hay en el fondo y que lanza radios [vitriolo: vidrio y ácido; radios: rayos, directo del latín] hacia la superficie, que no fue una casualidad sino que permanece. Dios me hizo como una sonda viva para que tocase el vitriolo; y cuando el ácido me estaba por devorar, me sacó arriba armado de una nueva terrible experiencia, una inesperada sabiduría.

La última vitriolada es pues la siguiente; hace cosa de un año vino una orden de Roma a los padres paulinos de que no editaran ningún libro de Castellani, pretérito, presente ni futuro. La orden fue oculta, a mí no me dijeron nada. La orden provino de la Congregación del Santo Oficio, cuya competencia son los errores y herejías; pero no me quisieron decir qué herejía había yo perpetrado. El derecho canónico y una bula de Benedicto XIV mandan que sí un cristiano se despeña en un error, se le avise; y recién se lo condene si después de dos avisos no se corrige. Aquí se procedió al revés: se sentenció primero y no se avisó nunca. Como los salesianos y los verbodivinos se enteraron de la orden a los paulinos, y como, haciendo celo, se dispusieron de inmediato a cumplir lo que nadie les pedía, heme aquí que no puedo editar ni reeditar ningún libro religioso mío —y libros no religiosos no tengo ganas de hacer—, porque mis libros religiosos, obviamente no puedo ir a Losada, Emecé o Sudamericana con ellos; y como tengo que ayudarme de mis libros para comer, pues la picola jubilación de periodista no alcanza para comer, ayúdenme a pensar. O sea, el disparo eclesiástico partido de las Tinieblas apuntaba a la barriga; conforme decían los rojos catalanes durante la última guerra civil española: “Apunteu a la barrigue”.

Me dirán: bien, sabido es que de Roma viene lo que a Roma va; y bien sabe usted de quién partió aquí en Buenos Arres la denuncia que en Roma se convirtió en sentencia. No vale: pues el que convirtió la secreta denuncia en secreta sentencia es el más alto organismo jerárquico de la Iglesia; el cual debería tener la obligación —no sólo como santo sino aun como racional- no sentenciar sin oír. El gran pensador suizo Gonzaga de Reynolds me dijo una vez, cuando estuvo aquí en Buenos Aires: “No hay en el mundo sociedad más desagradecida que la Iglesia Católica”. Mas en este caso se podría encarecer más, diciendo que no ya sólo la virtud de la gratitud, sino la simple virtud de la honradez han sido atropelladas aquí; pero, como está dicho, se niega que venga propiamente de la. Iglesia.

Éste es uno de los rayos de vitriolo que parten del forado inficionado de la Iglesia actual: el depósito de vitriolo se llama fariseísmo; y dese depósito viene la perturbación y crisis actual. Siempre ha existido; y las grandes perturbaciones de la Iglesia actual de allí deben de venir. Ahora bien, el fariseísmo fue la Sinagoga, la que dio muerte a Cristo; pero el fariseísmo no es la Iglesia. ¿Y quién es, pues la Iglesia en este caso? En este caso la Iglesia sería yo, como “siguiendo los preceptos del Señor y sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir”; como cuando condenaban a San Basilio la Iglesia era San Basilio, cuando condenaban a San Atanasio la Iglesia era San Atanasio, cuando condenaban a Juana de Arco la Iglesia era Juana de Arco: y lo mismo en 10 otros casos, San Juan de la Cruz, el arzobispo Carranza, el Beato Oriol, el padre Coloma, Jacinto Verdaguer. ¡Quién me iba a decir a mí: cuando joven en el Colegio del Salvador había un padre muy pomposo, majestuoso y prosopopéyico, el padre Isem, al cual por eso le pusimos el apodo de la Iglesia Católica; y ahora resulta que en justo castigo soy yo la Iglesia Católica en confronto con el padre Mejía”.

Dejando esto, y pasando a la Patria, es el mismo cuento. Ustedes tendrán sus propias experiencias, pero mi propia experiencia es que la Patria me ha puesto al margen de sus movimientos, me ha hecho ciudadano de segundo orden, me ha cargado como escritor con la conspiración del silencio, me ha exonerado de mi trabajo cinco veces, y en algunos lapsos no me ha dejado ejercitar ninguno de los tres oficios que sé, o sea: sacerdote, profesor y escritor. Son oficios que estudié bien; y ha habido trechos en mi vida en que no podía ejercitar ninguno. Podía haberme agregado a la “emigración de los técnicos”; pero no lo hice. Me quedé aquí. Incluso lo juré.

La respuesta a esto es la misma. No son la Patria los que actualmente y desde hace mucho tiempo mangonean el país a su gusto o a gusto del diablo: ¡La Patria son ustedes! No es la patria la ideología liberal, la plutocracia mercantil ni el imperialismo extranjero; esas cosas no se pueden consagrar al Corazón de María. Alguien dijo que puede ser que Onganía se haya convertido anteayer al hacer su consagración; pero en este caso va a tener que cambiar una cantidad de cosas que ha hecho. Si no comienza a cambiar una cantidad de cosas que ha hecho, no se ha convertido nada y menos consagrado; y tanto peor para él.

¡Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esta casona derruida donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada día cosas que nos dan en rostro, estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales. La Patria son ustedes. Entonces la Patria real ¿es muy chica? No lo sé, puede que sí, puede que no. Pero la Patria son ustedes.

Y si la Iglesia somos nosotros y la nación real —no La Nación diario— somos nosotros, ¿qué porvenir nos espera?

Un buen porvenir. Después de lo que ve la melancolía del anciano, viene lo que ve la juventud renovada por la fe; pues el salmo 102 dice: “Dios puede renovar mi juventud como la juventud del águila”, o sea del Ave Fénix.

La Iglesia está en crisis. Bien. ¿Es la primera crisis en su historia? No es la primera crisis, aunque los pesimistas dicen es la última. Se puede decir que, en cierto modo, la Iglesia ha andado en crisis siempre; y hasta hoy ha salido de todas y ha salido con ganancia. Baste recordar aquí la histórica frase de San Jerónimo cuando la crisis arriana del siglo IV: “El mundo se despertó un día y se espantó de verse arriano”. O sea, la herejía de Arrío, acompañada de tremenda persecución a la Iglesia, se había propagado en forma fulminante, adoptada por los emperadores y el ejército romano. De la noche a la mañana, como si dijéramos, el mundo se encontró hereje; y sin embargo poco después, cuando San Jerónimo escribió, la pesadilla había pasado.

La crisis que dio origen al Protestantismo fue algo parecido. El gran teólogo San Roberto Belarmino creyó que era la Gran Apostasía, predicha por San Pablo, tras de la cual ha de venir el Anticristo y el fin del tiempo; y la razón que lo movía era que la Pseudo Reforma era la herejía más grande que había habido “y podía haber”’ pues al cortarse de la Iglesia Visible y librar la religión al libre Examen (o sea el capricho individual), abría la puerta a todas las herejías posibles, como de hecho sucedió en el mundo protestante; en el cual existen actualmente si no me equivoco 200 religiones diferentes o denominaciones, como dicen ellos; a no ser que sean 300. Desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona de la Santísima Trinidad empezó a decir cada macana que tembló el misterio; y que me perdonen mis hermanos separados, pero me es imposible tomarlos demasiado en serio.

Desa pavorosa crisis que parecía iba a barrer con el cristianismo romano, la Iglesia Romana salió con graves pérdidas pero también con mayores ventajas; creció incluso numéricamente, a causa de la evangelización de América por España. El Protestantismo siguió el curso que le habían predicha los mejores teólogos; es decir, se desmigajó, y se sometió a los poderes polí­ticos; y si no desapareció del todo fue porque readaptó una cantidad de cosas que había comenzado por repudiar, como las parroquias, el sacerdocio, los obispos, la liturgia, e incluso, la comunión, los anglicanos y los luteranos. El Protestantismo fue combatido por Roma como una siniestra herejía por tres siglos, desde Belarmino a Newman; y si ahora la Iglesia parece haber aflojado respecto a él, es porque la situación ha cambiado; o sea, brevemente hablando, los que ahora nacen y son educados en el seno de un país protestante no son ya como los primeros protestantes, renegados y apóstatas: son como nosotros, maleducados.

Pero algunos dicen que la crisis actual de la Iglesia es peor que la crisis del siglo XVI; y yo creo lo mismo, después de haberlo largamente considerado. Bien ¿y qué? La mano de Dios no está abreviada y Dios puede conceder al mundo lo que Belloc y Chesterton tanto han deseado: la conversión de Europa; y la conversión de Europa sería entonces la resurrección del mundo. Las otras grandes crisis de la Iglesia, no se veía durante ellas como podían solventarse; y se solventaron, Así tampoco veo yo ahora cómo puede solventarse el presente berenjenal; pero eso quiere decir que Dios no vea mejor que yo las berenjenas.

Si la crisis de la Iglesia se solventa, la crisis de la Argentina se solventa; porque su raíz más honda es de índole religiosa. Dicen que esa crisis consiste simplemente en la lucha entre federales y unitarios, los unitarios estando actualmente triunfantes y los federales derrotados. (Yo soy federal santafecino del mariscal don Estanislao López; y por lo tanto es justo esté derrotado). Yo diría más bien que la lucha es entre los logistas, o sea masones, los cuales están triunfantes, por medio principalmente de los católicos llamados mistongos, y la sencilla e ingenua fe de los que en otros tiempos enarbolaron un estandarte que decía: Religión o Muerte, y ahora no se atreven a hacer lo mismo y enarbolan un estandarte que dice: “Una esclavitud confortable; que sea confortable y además lleve el nombre de LIBERTAD”.

Llegamos; pues a la profecía sobre la Patria.

He dicho antes que ustedes son la Patria, porque sé que hay muchísima gente como ustedes en todo el ámbito del país; y mediante ellos estoy yo vivo todavía y séame lícito mencionar de paso a monseñor Roberto Tavella, el doctor Alberto Graffigna y el finado Enrique Von Grolman, el señor don Florencio Gamallo, el padre Llussá y el padre Furlong, dejando otro montón entre mis bienhechores. Este montón incalculable de gente, que son los argentinos antiguos, esperan la salvación de la Patria de la bondad de Dios y de sus propios esfuerzos; hasta hoy por desgracia aislados, dispersos y aparentemente inútiles. Y mientras ellos existan, aunque sea como generación sacrificada, la redención de la Argentina es posible.

—Así que usted cree que la redención de la Argentina es posible.

—Sí, pero no la creo fácil.

—Y ¿cómo se iría a verificar?

—El cómo creo no hay un solo hombre en el mundo que lo sepa.

—¿O por lo menos, por qué camino?

—Días pasados me decía Octavio Maestu que no por el camino de cambiar estructuras, sino que deben cambiar los hombres, o sea los ánimos, o las ánimas. En realidad de verdad, ambas cosas deben cambiar, juntas y recíprocamente; o sea en causalidad recíproca, como dicen los filósofos. O sea, para repetir una cosa ya muy conocida, que Dios nos exige un cambio juntamente político y religioso. El cambio religioso es el más importante pero el cambio político es el más urgente: y ninguno de los dos puede darse solo. Y aunque para algunos conocidos míos estas dos cosas, religión y política, son distintas, y aun opuestas, y “hay que dejar la política y hacer sólo religión” dicen; es fácil de ver dónde estas dos cosas se tocan y conectan, que es en el Reino de la Verdad. Rendir culto, cultivar y resguardar la verdad, aunque sea acerca de Rosas, es hacer a la vez religión y política. Porque la Verdad es Dios, dijo crudamente Quevedo; o sea, el hombre ve las cosas porque existen y las cosas existen porque Dios las ve; y eso es la Verdad, una trascendencia que está colocada entre los hombres y Dios y tiene relación con ambos intelectos. Y así el Dios que se hizo hombre fue el Logos, es decir, la Verdad. “Nuestro Dios es el Dios de las cosas como son. Nuestro Dios es el Dios que es”.

—¿Y Ud. cree que lo va a ver?

—Sí, yo creo que lo voy a ver, desde este mundo o desde el otro.

Veré la conversión de Europa precedida ojalá de la conversión de la Argentina, la cual hemos de desear y procurar lleve la delantera, o al menos no vaya de baticola. Y si yo no veo eso, veré el gran desbarajuste atómico, en el cual el cielo y la tierra pasarán con gran estruendo, como dice San Pedro en su Epístola II, para dar lugar a la Reconstrucción Total y Definitiva a cargo del Dictador, y Taumaturgo de Nazareth, que, conforme a nuestra fe, algún día para eso solamente tiene que volver a la tierra, de la cual nunca se separó demasiado ni puede separarse, como indica ese nombre de Parusía. Porque una de dos: esta crisis atómica —y estas convulsiones entre trágicas y grotescas del mundo actual— o es la última crisis o no es la última crisis. Si no es la última crisis, entonces pasará y con ello pasará también la crisis argentina, aunque no sin que nosotros cinchemos; porque de arriba y gratis no dan nada hoy día; y sí es la última crisis, precursora del gran tumbo y voltereta, entonces debemos trabajar lo mismo hasta estar seguros de que ha llegado, aunque no para impedirlo, porque ya no habrá caso, sino para salvamos. Y la salvación consistirá en levantar las cabezas, animarnos y alegrarnos —lo cual no será fácil— porque así lo mandó Cristo. “Cuando veáis que todas estas casas comienzan”. . . , dijo; o sea, la Gran Apostaría, la persecución a los cristianos veros y el Evangelio ya predicado a todas las gentes; precedidos estos Tres Signos, del Presigno que son “guerras y rumores de guerra”. “Cuando estas cosas comiencen, levantad vuestras cabezas, porque vuestra salvación está cerca”.

Vaya un donoso consuelo que ha venido usté a darnos aquí; desde el principio del discurso —y menos mal que ya se acaba— ha estado recordando la muerte; y menos mal que no adornó la mesa con calaveras. No. Hemos estado recordando la Resurrección: la Resurrección del mundo, la Resurrección de la Argentina y la Resurrección de cada uno en particular. Y por eso hemos adornado la mesa con flores.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

7 de agosto.

verdeyo

Homilía para el domingo XIX durante el año C

La historia, vista con ojos humanos, es casi siempre una pesadilla. Esto es cierto hoy como lo fue en los días de los profetas del Antiguo Testamento y en el tiempo de Jesús. Siempre hay más escándalos, opresión, agresión,guerras, limpieza étnica y cosas que no podemos imaginar. Sin embargo, hay que poner todo esto en un contexto más amplio, en relación con el pasado, por supuesto, pero sobre todo en relación con el futuro. Porque si el pasado puede ayudarnos a entender lo que estamos viviendo, es el futuro que le da sentido a lo que vivimos hoy. Por eso Jesús nos llama a estar listos para el día del encuentro final con nuestro Dios. Y esto lo podemos aprender de nuestros antepasados en la fe, el pueblo de Israel

Dios, tal como es concebido por el pueblo de Israel, es el Dios del Éxodo, del exilio, de la Promesa. La concepción pagana de Dios era la de una presencia inmediata y dio lugar a una religión de los ídolos. Israel no tenía ídolos, Israel, adoró el nombre del Dios de la Promesa y esta religión creó una historia – una historia que fue menos la experiencia de un cambio continuo que el esperar el cumplimiento de una promesa. Siempre vivieron en el presente, pero lo que estaban viviendo recibía su sentido de lo que se les prometió para el futuro y la esperanza para el futuro se basa en el amor que Dios les había mostrado en el pasado.

La primera lectura de hoy, tomada del libro de la Sabiduría, habla de la noche santa del Éxodo, en el que el pueblo de Israel fue sacado de Egipto por Yahvé. Luego la lectura del Evangelio se refiere a la gran noche de la Resurrección de Cristo de la muerte. Ninguna de estas dos noches era el final de un proceso histórico. La resurrección no fue el final de nada. La tumba vacía no era como pensaba Hegel, el memorial de la nostalgia. La resurrección de Cristo, como el Éxodo de Egipto, fue un acontecimiento que abrió al Pueblo al futuro, que a su vez afirma y confirma la promesa de Dios.

El sentido último de nuestra existencia no está en el pasado evento del pueblo de Israel saliendo de Egipto, hace cerca de tres mil años, o de Jesús, que salió de la tumba hace poco más de dos mil años. El sentido último está en la resurrección de toda la humanidad en la liberación total de todos los seres humanos de la esclavitud del pecado, la opresión, la guerra. Esta es la razón por la cual la llamada de Jesús a estar preparados y vigilantes no es un llamado a la pasividad. Este es un llamado a ser activamente atentos, una llamada a trabajar personalmente y con lucidez en la realización de la promesa. Por eso este Evangelio no es un elogio al desinterés. Es más, al escuchar la invitación tranquilizadora de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles a ustedes el Reino» (Lc12,  32), nuestro corazón se abre a una esperanza que ilumina y anima la existencia  concreta: tenemos la certeza de que «el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva» (Spe salvi, 2).

No se debe entrar en la historia hacia atrás, mirando hacia atrás. A lo que se nos llama, es a construir un futuro que estará más cerca de la liberación total y definitiva, vivir con autenticidad y responsablemente nuestro presente. No sabemos exactamente cuál será el futuro de nuestra sociedad, nuestra iglesia, nuestra comunidad. Pero creemos que (en la fe) hay un futuro y sabemos que este futuro está en manos de Dios y se hará con nuestra cooperación. Y el fundamento de esta fe es que sabemos que Dios ha estado con nosotros en el pasado.

Muchos de nuestros planes no funcionaron, muchas de nuestras expectativas no se cumplieron. Como los discípulos de Emaús, caminando juntos, a menudo enumeramos varias de nuestras esperanzas no realizadas. La fe en la presencia del Extranjero (Jesús) que camina con nosotros nos asegura que él ha resucitado verdaderamente y que tarde o temprano, con nuestra participación, la resurrección final será una realidad.

En Lumen fidei nº 4 nos dice el Papa Francisco, en el escrito del Papa emérito Benedicto: “Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas.”

Y Jesús en el Evangelio de hoy —mediante las tres parábolas— ilustra cómo la  espera del cumplimiento de la «bienaventurada esperanza», su venida, debe  impulsar todavía más a una vida intensa, llena de obras buenas: «Vendan sus bienes y den limosna. Háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla» (Lc12, 33). Se trata de una invitación a usar las cosas sin egoísmo, sin sed de posesión o de dominio, sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los demás, la lógica del amor: como escribe sintéticamente Romano Guardini, «en la forma de una relación: a partir de Dios, con vistas a Dios» (Accettare se stessi, Brescia  1992, p. 44).

Cómo nos cuesta vivir en el presente, si nos anclamos en el pasado nos angustiamos, si vivimos muy pendientes del futuro la ansiedad nos nubla el presente y nos intranquiliza. El pasado nos tiene que enseñar que Dios siempre estuvo con nosotros y viviendo seria y profundamente el hoy preparamos el cumplimiento de la Promesa de Dios que parte de este mundo y se hunde en la vida bienaventurada de Dios, la fe luminosa es la esperanza que nos trae la luz del futuro de la resurrección de Cristo que nos atrae a él, para transformar el hoy.

Que María nuestra Madre nos haga estar atentos y vigilantes esperando a nuestro Señor, sin ser vagos ni maltratadores sino administrando seriamente el don de la vida, hoy. Si somos fieles con los bienes que el Señor nos dio en el presente él nos dará muchos más y el que más vale, que es su amor y su amistad.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

5 de agosto.

Basílica santa María la mayor, Roma

Basílica santa María la mayor, Roma

SANTA MARIA LA MAYOR

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES

LA LEYENDA

Una deliciosa leyenda da origen a la devoción de Roma a la Virgen de las Nieves.  Leyenda, que inmortalizó en la misma basílica un discípulo de Giotto, pintando el suceso extraordinario en la misma Basílica de Santa María la Mayor, donde permanece.  La escena: Está dormido el papa Líborio, con la mitra al Iado; y sobre él hay ángeles y llamas. Delante está la Virgen. En otro cuadro, Juan, el fabuloso patricio que dedicará su fortuna a la construcción de la basílica también está dormido y es iluminado por una aparición. Era un sueño doblemente milagroso. La Virgen hace descender una copiosa nevada sobre el monte Esquilino, diciéndoles que quiere se le consagre el campo nevado. El pueblo acogió la leyenda alborozado, los artistas la reprodujeron en sus lienzos. los poetas la cantaron en sus odas, y Santa María la Mayor sigue siendo todavía Nuestra Señora de las Nieves. Nieve en el ferragosto en Roma era para colapsar la atención, ya que el hecho ocurre en la noche del 4 al 5 de agosto, los días más calurosos de la canícula romana.

RESUELTAS LA DUDAS DEL PIADOSO MATRIMONIO PROCER

Juan y su esposa, matrimonio sin hijos, que pensaban a qué dedicarían su copioso patrimonio, se dirigen a contar su visión al papa Liberio, que había recibido la misma revelación. El Pontífice, todavía impresionado por el sueño extraordinario organizó una procesión hacia el lugar señalado por la Madre de Dios. Estupefactos y maravillados quedaron todos al ver un trozo del monte Esquilino, acotado y cubierto por la nieve fresca y blanca, recién llovida, con lo que la Virgen  manifestaba su deseo de que allí se levantase un templo en su honor. Repetidas son las veces en que María pide la construcción de templos, lugares de oración, por la importancia que tiene para el mundo la plegaria, presagio de lluvia de gracias y bendiciones. Basta pensar en Fátima y en Lourdes.

LOS ARTISTAS

Nuestro Murillo inmortalizó también esta leyenda En él aparece el matrimonio contando la visión al Papa, y en el fondo se contempla la procesión y el campo nevado. También otros artistas reprodujeron en sus cuadros este milagro y los poetas lo cantaron en sus versos.

Bartolomé Murillo, fundación de la Basílica Santa Maria Mayor
 

ARRAIGO EN ROMA

La devoción a la Virgen de las Nieves arraigó fuertemente en el pueblo romano hasta trapasar los límites de las fronteras y a extenderse por toda la cristiandad. En su honor se levantan hoy templos por todo el mundo, y muchas mujeres cristianas que llevan el bendito nombre de la Santísima Virgen de las Nieves.

Nuestra Señora de las Nieves es lo mismo que Santa María la Mayor, primera iglesia que se levantó en Roma en honor de María y una de las más suntuosas de Roma, por lo que mereció el título de la Mayor. Así se la distinguía de las otras sesenta iglesias que tenía la Ciudad Eterna dedicadas a Nuestra Señora.

VARIAS ETAPAS  DE LA BASILICA

Esta basílica ha pasado por bastantes vicisitudes a través de los tiempos. Situada en el Esquilino, una de las siete colinas de Roma, durante la República era necrópolis y paseo público bajo el Imperio de Augusto, donde el opulento Mecenas tenía unos jardines. Allí estaba la torre desde la cual contempló Nerón el incendio de Roma y allí había un templo dedicado a la diosa Juno, al que acudían las parejas de novios para implorar sus buenos auspicios. Aquí quiso la Reina del Cielo poner su morada. En el corazón de la urbe introduce su planta virginal y Roma se abrirá al amor de la Madre. Aún no estaba consagrada a María y era designada como basílica Sociniana. Allí habían luchado los partidarios del papa Dámaso con los secuaces del antipapa Ursino. a finales del siglo IV. Es conocida también como basílica Liberiana por su fundador, el papa Liborio, que es el papa del sueño milagroso.

En el siglo V la reconstruye Sixto III, quien la consagra a la Virgen.

El gran triunfo de María  en el Concilio de Efeso ocurrió  cuando en 431 cuando los padres del tercer concilio ecuménico  proclamaron la maternidad divina de María contra el hereje Nestorio. Este acontecimiento desató una crecida ola de amor a la Virgen que recorrió toda la cristiandad de oriente a occidente, pues la maternidad divina de María es el más grande de los privilegios de María y la raíz de todas sus grandezas.

ROMA TRAS EL CONCILIO DE EFESO

Roma no podía faltar en esta hora de gloria de Maria. Santa María la Mayor recibió el eco de la definición de los padres de Efeso en honor de la Theotocos. La ciudad entera levantó y hermoseó esta basílica. Los pintores pusieron sus pinceles bajo la dirección del Papa y las damas relaron sus joyas. La antigua basílica Sociniana fue decorada con pinturas frescos, lienos, óleos y mosaicos que celebraban el misterio de la maternidad divina de María. Se alzó un arco de triunfo y sobre la puerta de entrada se leía: “A ti, oh Virgen María, Sixto te dedicó este nuevo templo… ” Las pinturas son de tema Mariano y relacionadas con la maternidad divina de María. Representan a la Anunciación, la Visitación, María con el Niño, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y escenas de la vida de la Virgen. Las tres amplias naves de la basílica se enriquecieron con los dones de los fieles y los ábsides se adornaron de lámparas y mosaicos.

SANTA MARIA AD PRAESEPE

En el siglo VII se le añade una nueva advocación: Santa María ad praesepe, Santa María en el Pesebre. La maternidad de María conduce la devoción de los fieles al portal de Belén, a Jesús. Como siempre, por María a Jesús. Al lado de la basílica surge una gruta estrecha, obscura y recogida como la de Belén. Allí irán los papas a celebrar la misa del gallo cada Navidad.

UNA DE LAS CUATRO BASILICAS

Hoy Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas patriarcales de Roma cuya visita es necesaria para ganar el jubileo del año santo. Actualmente es una de las iglesias más ricas y bellas de la ciudad de Roma, que conserva muy bien su carácter de basílica antigua..

Sobre el altar mayor hay una imagen de María del siglo XIII, atribuida a San Lucas, y en la nave se halla el monumento a la Reina de la Paz, erigido por Benedicto XV cuando terminó la primera guerra mundial. Su artesonado está dorado con el primer oro que Colón trajo de América.  Santa María de las Nieves es una de las advocaciones más bellas de la Santísima Virgen. Ella, que es la Madre de Dios, Inmaculada, Asunta al cielo, Virgen de la Salud y del Rocío, es también Nuestra Señora de las Nieves.

LA PRIMERA BASILICA

Ni San Pedro del Vaticano, ni San Pablo extramuros, ni San Salvador de Letrán habían osado establecerse en el corazón de Roma hasta que María: “con el poder de su belleza avanza, triunfa y reina”, como dice el salmo, se estableció en el corazón del paganismo. Penetró en la ciudad, atravesó los jardines de Mecenas y puso su planta en el Esquilino. La torre donde Nerón contempló cantando el incendio de Roma, fué derruída; el templo de la reina Juno cedió sus columnas y sus bronces a la nueva basílica cristiana. La reina del Cielo destronó a la reina del Olimpo.

 

 

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

4 de agosto.

Ars, Francia.

Ars, Francia.

ArsDSC02402 arsDSC02437

ArsDSC02442

EL SANTO CURA DE ARS, Juan María Vianney, patrono de los párrocos.

(† 1859)

Oficialmente, en los libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica. Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney. ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

 Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

 Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar. Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

 Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc., etc.

 El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra

 Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourviere, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera. Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

 Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

 A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero… el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino. pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

 Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

 Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María. continúa sus estudios sacerdotales en Verriéres primero. y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero… falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. El se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

 Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

 Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón “a llorar su pobre vida”, como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

 Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

 Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

 No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que “Ars ya no es Ars”. Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

 La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

 Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

 Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

 Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

 Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina…

 Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir… Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

 No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. ¡Ah, amigo mío! —respondió sonriente—, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado.” “Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento.” “Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte.”

 Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

 Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de “La Providencia”, aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. “Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras.” Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: “El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres.”

 El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. “El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans.”

 Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Este había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras “que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén”, suavemente, sin agonía, “como obrero que ha terminado bien su jornada”, el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

 Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: “¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás.”

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

3 de agosto.

Jesús y la cananea

Jesús y la cananea

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 18ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del profeta Jeremías (31,1-7):

En aquel tiempo –oráculo del Señor–, seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo. Así dice el Señor: Halló gracia en el desierto el pueblo escapado de la espada; camina Israel a su descanso, el Señor se le apareció de lejos. Con amor eterno te amé, por eso prolongue mi misericordia. Todavía te construiré y serás reconstruida, Doncella de Israel; todavía te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros; todavía plantarás viñas en los montes de Samaría, y los que plantan cosecharán. «Es de día» gritarán los centinelas en la montaña de Efraín: «Levantaos y marchemos a Sión, al Señor nuestro Dios.» Porque así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el amor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: “El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel.”»

Palabra de Dios

Salmo

Jr 31,10-13

R/. El Señor nos guardará como pastor a su rebaño

Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como pastor a su rebaño.» R/.

Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte.
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor. R/.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

____________________

1. (Año II) Jeremías 31,1-7

a) Siguen las palabras de ánimo de Jeremías. Quiere que el pueblo no pierda la esperanza. El golpe del destierro va a ser duro, pero los caminos de Dios siguen siendo caminos de salvación y reconstrucción.

El lenguaje es entrañable. Dios es el Dios de la Alianza, el que ama, el que ayuda: «con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia… doncella de Israel, todavía te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros». Y, aunque parezca que todo está perdido, «todavía te construiré y serás reconstruida».

b) No tiene desperdicio la página de Jeremías también para nosotros, si nos encontramos en situación de desánimo.

Por una parte, haremos bien en aprender las lecciones que nos da la historia, pensando que, seguramente, algo de culpa habremos tenido nosotros en el deterioro de las cosas.

San Juan Pablo II, en su carta convocatoria del Jubileo 2000, nos invitaba a un examen de conciencia: «A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo… la indiferencia religiosa… la pérdida del sentido trascendente de la vida… la atmósfera de secularismo y relativismo ético. ¿Qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios, a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social?» (TMA 36). En esta año el papa Francisco nos invita, a mostrar el genuino rostro de Dios, el rostro de la misericordia.

Pero, a la vez, el profeta nos invita a la esperanza. El lenguaje es optimista: «halló gracia… camina al descanso… te construiré, serás reconstruida… te adornarás y saldrás a bailar… plantarás… cosecharás…». Eso no pasó sólo hace dos mil quinientos años. Dios quiere que pase también ahora lo que dice el salmo: «el que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño… entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos…».

No está hoy el mundo peor que en tiempos de Jeremías. Y tuvo solución, porque Dios lo seguía amando. Y ahora ¿quién nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?

Que alguien suba hoy a la azotea y grite, con el profeta: «Es de día». E invite a todos: «Levantaos y marchemos al Señor nuestro Dios… gritad de alegría… el Señor ha salvado a su pueblo».

2. Mateo 15,21-38

a) Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por primera vez fuera del territorio de Israel, a Tiro y Sidón, el actual Líbano.

Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.

Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero, hace ver que no ha oído. Luego, le pone unas dificultades que parecen duras: lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. Ella no parece interpretar tan negativas estas palabras y reacciona con humildad e insistencia. Hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».

b)La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por «un demonio muy malo», es sencilla y honda: «Ten compasión de mí, Señor» (en griego: Kyrie, eleison).

No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las «dificultades» que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano), en contraposición a los judíos, los de casa, a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera. La fe de esta mujer nos interpela a los que somos «de casa» y que, por eso mismo, a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás. Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

31 de julio bis. Una homilía del P. Castellani.

Habitación de san Ignacio en Roma.

Habitación de san Ignacio en Roma.

San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas

Hacer el panegírico de San Ignacio de Loyola es un gran honor para mí; y le quedo cordialmente agradecido por el honor al Sr. Cura Párroco, Dr. Agüero. La palabra «panegírico» ha ido tomando un sentido peyorativo; y eso con razón, cuando en vez de ser una simple exposición de la vida del Santo se convierten en piezas retóricas pomposas hinchadas y huecas que ponen al santo por las nubes pero lo quitan de la tierra.

Pero las vidas de los Santos es la lectura más útil al cristiano después de la Sagrada Escritura: esa lectura convirtió a San Ignacio de Loyola.

Una monja mejicana me escribió hace poco que no le gustan la vida de los Santos porque son aburridas o mentirosas; tiene razón con respecto a las biografías escritas por devotos ininteligentes. En su Vida de San Ignacio el escritor inglés Cristopher Hollis dice que los devotos suelen ser poco honrados; quiere decir que escriben vidas de Santos hombres que no tienen la inteligencia y la experiencia requeridas por ese género literario, el más difícil de todos. «Hay que ser un santo para escribir bien la vida de otro santo» dijo Tomás de Aquino, con alguna exageración. Pero hay numerosas vidas de Santos buenas: hace poco la Sra. Clara Luce Booth ha publicado un libro Santos de Ahora, entre quienes cuenta a San Ignacio: vidas breves escritas por los mejores escritores yanquis -de ahora.

San Ignacio no ha tenido suerte en biografía: no he hallado ninguna que me satisfaga, y he leído muchas. Incluso hay no pocas equivocadas y aun calumniosas, como la del austríaco Fulop-Müller y la del suizo Bluck, que ha publicado Peuser entre nosotros. Casi todas conciben a Iñigo de Yañez y Loyola (no Iñigo López de Recalde que dicen algunos) como el «Gran Inquisidor»: un hombre terco, rígido, implacable, inhumano incluso; porque, por ejemplo, a un jesuita que dio por broma una palmada en el trasero a otro que estaba agachado, lo echó al instante de la Compañía; rasgo accidental que no define a San Ignacio, y pudo ser un error, por cierto; pero para mí, en el fondo es un rasgo de sentido común; como el rasgo de Onganía al cerrar Tía Vicenta.

He aquí un soldado cojo y calvo, «soldado desgarrado y vano», de estatura casi enano, hijo de un terruño rudo, que jamás supo bien el castellano ni el vasco ni el latín ni el francés ni el italiano… se pone en el siglo XVI –dice el historiador protestante Lord Macaulay- «en el rango de los más grandes estadistas europeos» y el hombre que más ha influido en el mundo moderno –dentro de la Iglesia: A san Ignacio se podría aplicar lo que me dijo por broma un vasco no hace mucho: «Nosotros los vascos somos todos buenos; pero somos muy brutos. Ahora que cuando un vasco sale inteligente, como yo por ejemplo.. ¡arripoa!». San Ignacio fue un vasco genial. No les han faltado tampoco a los vascos genios especulativos.

Ignacio no fue ni el gran inquisidor de la leyenda de Dostoiewski, ni el jefe taimado y tramposo de Carducci y Víctor Hugo, ni el «Perinde ac cadáver» (frase que no inventó él sino San Francisco de Asís) ni el sargento mayor encalabrinado de disciplina, ni el «profesor de energía» que dice el P. Laburu, ni el gran politicastro, ni el Quijote viviente de Unamuno. Eso es leyenda o caricatura. Más cerca de encender hogueras estuvo él de ser mandado a la hoguera; y salvó de la hoguera a muchos. El nombre que él se daba era el de «Peregrino», el de «Pecador» o el de «Pobre en virtud»; y quienes lo conocían lo llamaban «Padre».

Veremos brevemente la conversión de San Ignacio, la fundación de la Compañía de Jesús y el estado de la Compañía hoy en día.

I

Dice Papini en su libro «Los Operarios de la Viña» que Ignacio de Loyola no es un santo popular: pocas veces los hombres de mando y de lucha y de orden son populares para el vulgo; son muy amados por los que están en contacto inmediato con ellos; y esto sucedió grandemente con San Ignacio. Por otra parte tuvo siempre enemigos y calumniadores –hasta nuestro días. Grandes amigos y grandes enemigos; porque simplemente, era grande.

La conversión de San Ignacio se verificó en 1521 a los 30 años, en su lecho de convaleciente; en la misma fecha en que Lutero se sublevó contra la Iglesia de Roma. En el sitio de Pamplona por el ejército francés, una bala de cañón le trizó la pierna derecha, no el muslo sino la canilla; y apenas cayó él, el puñado de españoles que defendía la fortaleza se rindió. Los médicos le ensamblaron los huesos rotos mal que bien; mejor dicho mal; y después se vio que una punta de hueso se proyectaba como un tarugo debajo de la piel; impidiendo el uso de la bota alta y estrecha que usaban los oficiales. Iñigo de Loyola exigió que le arreglaran eso: dijeron había que reabrir la herida, serruchar el hueso y estirar la pierna con poleas: sin anestesia. Iñigo soportó la horrible operación sin un gemido, solamente suspirando «¡Ay Jesús!» de vez en cuando. Quedó sin embargo rengo: «martirio de vanidad» lo llamará más tarde. No era su primer acto hazañoso; y mucho menos el último: toda su vida hizo actos arrojados, indomables, atrevidos incluso; es decir, caballerescos.
En su segunda larga convalecencia Iñigo leyó vidas de Santos; había pedido le trajeran novelas de caballería y le trajeron a falta dellas la «Vida de Cristo» del Cartujano y el «Flos Santorum», o Vidas de los Santos. Leyéndolas, su ánimo ardiente y ambicioso decía: «¿Esto hizo San Francisco? Pues yo también lo puedo hacer. ¿Esto hizo Santo Domingo? Pues yo también lo tengo de hacer» Y notó que cuando se pasaba horas soñando con «la dama de sus pensamientos» (que era nada menos según parece que la princesa Juana de Aragón, casada más tarde con el Rey de Nápoles; «pues no era condesa ni duquesa sino más arriba que eso» -dice él en su Autobiografía) mas cuando pensaba en las grandes hazañas y hechurías que iba a hacer por ella, el final de los pensamientos le dejaba un extraño amargor; mas cuando pensaba en los Santos, el final era tranquilo y gozoso. Después de una larga lucha de sentimientos («discernimiento de espíritus» lo llamará más tarde) se decidió a dejar la caballería terrena y seguir a Jesucristo, visto por él como un Jefe temporal (mucho mejor que el Duque de Najera, su señor) que hace reclutamiento en todo el orbe de la tierra para su sempiterna campaña contra Satanás. «Si San Bernardo hizo esto (la primera Cruzada) yo también lo haré».
Se arrancó de su casa no sin resistencia de los suyos y fue, cojeando, mendigando y desconocido al monasterio de Montserrat, donde veló una noche entera en oración, conforme a la costumbre de los caballeros antes que un Rey o una Reina (o «su señor natural») les diesen el espaldarazo con la espada y les calzasen las espuelas de oro, consagrándolos para siempre al servicio de la Justicia –y de la patria. Pero él dejó su espada al pie del altar de Nuestra Señora; y se fue, hecho un mendigo rengo y penitente a la vecina ciudad de Manresa. Allí buscó una cueva a la orilla del Río Cardoner y comenzó la más extraordinaria tanda penitencias, privaciones y oraciones. «Si San Antonio Abad hizo esto, yo también lo haré». El demonio lo tentó como a San Antonio, también extraordinariamente, con tristezas, escrúpulos, desesperación, hasta el punto de incitarlo a suicidarse. Pero él venció las tentaciones con decisiones heroicas, y tuvo grandes visiones de Dios. Esta fue la conversión de Iñigo, que tiene destellos épicos, novelescos, dramáticos y estremecedores; los cuales son conocidos. Un año estuvo en Montserrat y Manresa; y de ahí se trasladó a Barcelona, después a Venecia, después a Jerusalén.

Fue a Barcelona como etapa para Jerusalén. Una noble dama catalana que tenía un marido ciego y vivía dedicada a su cuidado y a la piedad, Isabel Rosell, estando en la iglesia sintió como una voz interior que le decía «Ese mendigo que está en la puerta». Enseguida que habló con él quedó prendida o prendada: le oyó el lenguaje de los caballeros; y lo protegió todo el tiempo de Barcelona y todo el tiempo de su vida, como otra dama, Inés Pascual en Manresa; y con esta y otra monja, Teresa Rejadella, Ignacio se escribió toda la vida. Blunck dice que San Ignacio fue un misógeno, es decir, enemigo de las mujeres; y en realidad fue lo contrario, demasiado atraído por las mujeres, digamos enamoradizo. En Roma fundó una casa para mujeres arrepentidas; y se iba él mismo a las casas malas, peleaba con los rufianes o «cafishios» y siendo ya General de la Compañía, consejero del Papa y conocido en todo el mundo, las acompañaba a pie por las estrechas y lodosas calles de Roma. Un enemigo de los Jesuitas, Miguel Mir, ex-jesuita, escribió: «Ignacio de Loyola prohibió a sus secuaces la dirección espiritual de mujeres; y él dirigió hasta su muerte un montón de mujeres. Impuso a sus secuaces una obediencia férrea; y él no obedeció una sola vez en su vida…» Lo primero es verdad, lo segundo falso.

En Barcelona tuvo su primer topetazo con la Inquisición; no el último ni mucho menos. Ignacio no podía quitarse de enseñar, exhortar y predicar, incluso en las calles; ni podía andar sin una cola, es decir, compañeros que se le pegaban infaltablemente, como a un imán. Tenía ese magnetismo, el poder de influenciar, tenía «el genio de la amistad» dijo un contemporáneo. No era ni brillo intelectual ni prepotencia de la voluntad; simplemente su libertad obraba sobre las libertades ajenas, y su dignidad era atrayente, radiante, arrastrante. El que se haga Emperador de sí mismo, ese podrá imperar a los otros. Más de una vez le bastó ir a visitar a un enemigo, conversar una hora y dejarlo convertido en adicto; como cuentan de Irigoyen; pero más que don Hipólito por cierto, como fue también el caso de San Francisco y Santo Domingo. La Inquisición andaba con ojo inquieto y barbas al hombro en ese tiempo; y con razón. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al partir él para Venecia y para Jerusalén. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al partir él para Venecia y para Jerusalén.
El viaje a Jerusalén, hecho sin dinero y descalzo, tuvo las más increíbles peripecias, que no contaré: los desprecios, los peligros y las palizas fueron sin cuento. Cuando la nave de los peregrinos en que viajó gratis llegó a Jerusalén, el Provincial de los franciscanos, que era prácticamente el Arzobispo de Tierra Santa, les dijo visitaran el Santo Sepulcro y se mandaran mudar, porque el Turco andaba bravo -los turcos desplumaban y maltrataban a los peregrinos- Ignacio se quedó. El franciscano lo llamó y le dijo si no se marchaba lo iba a excomulgar. Obedeció, pero antes fue a despedirse del Monte Oliveto, de la piedra donde según decían, estampó sus pies Jesucristo al subir al cielo. Sobornó al centinela turco con un cortaplumas, adoró la piedra, y se volvía cuando le vino una idea repentina: mirar si Cristo al subir al cielo estaba mirando hacia España, o al revés, de espaldas. Sobornó otra vez al centinela con una tijeras y entrando vio con gran ufanía que las puntas de los pies miraban a España. Se le acabó la ufanía enseguida porque un sirviente armenio del convento franciscano lo topó; y a empellones puñadas y patadas lo llevó ante el Provincial, que lo reprendió ásperamente. Este era el mismo Iñigo que a los 18 años: porque un grupo de hombres armados que venían por su acera no le cedían la derecha, desenvainó, hirió a uno y los hizo huir a todos. Pero él contó que mientras el armenio lo arreaba como a un animal, el veía delante de sí a Cristo.

Vuelto a España (en las mismas condiciones hazañosas de siempre, de Venecia a Barcelona a pie y mendigando, pasando por Francia, que estaba en guerra con España) Ignacio se puso a estudiar o quiso ponerse a estudiar: la Inquisición le había mostrado que lo que importa no es el saber, lo que importa es el título; que no basta tener talento, hay que tener permiso de tener talento.

Se fue a Alcalá y después a Salamanca algo más de dos años: en Alcalá a la escuela del maestro Arévalo, donde iban niños de 10 años, sentado en el último banco; y de hecho era el último de la clase. Se ponía a decorar la primera conjugación, Amo amas amare amavi amatum y se acordaba del amor de Dios, se abstraía y no aprendía; ni a palos, pues le pidió al maestro Arévalo que le pegase como a los chicos si no sabía la lección. A los dos años Arévalo cansado lo mandó a Salamanca. Como siempre, se le apegaron tres compañeros; y como siempre, andaba predicando y visitando enfermos y encarcelados; y como siempre, alarmó a la Inquisición y los metieron presos tres veces por lo menos.

La primera vez los interrogaron interminablemente y los largaron mandándoles se comprasen zapatos y no anduvieran descalzos. Ignacio le dijo al Inquisidor Figueroa que le regalase él los zapatos; y añadió: «Con tanta y tanta pregunta, ¿qué ha sacado Ud.? ¿Ha encontrado algo malo en lo que enseño?» «No,» -dijo Figueroa- «porque si hubiese encontrado algo malo, os mandaba a la hoguera.» «Y yo también a vos, en el mismo caso» dijo el peregrino.

Este rasgo de humor de Ignacio es uno entre muchísimos: tenía el sentido del humor, que según Aristóteles es propio del hombre magnánimo; y en él era cosa habitual; en este vasco que suelen pintar como seco, seriote, ceñudo, adusto, frío y aun lúgubre. Por ejemplo, cuando por tercera vez lo metieron preso, en Salamanca, con grillos y cadenas, fue a verlo el Inquisidor Frías con el Obispo Mendoza -el que después se haría famoso en el Concilio de Trento, hecho Cardenal de Burgos, confesor y amigo íntimo de Carlos V-; y Frías le preguntó irónicamente: «¿Me tiene odio por estos grillos y cadenas?» «Dr. Frías» contestó el reo «sepa que no hay en toda Salamanca tantos grillos y tantas cadenas cuantos yo desearía sufrir por Cristo. Lo que me impacienta son unos animalejos que hay por aquí, muy chiquitos, pero muy bravos.» La respuesta le ganó la voluntad del Cardenal de Burgos, que lo había ido a ver por curiosidad como a un chiflado cualquiera.

Podría multiplicar los ejemplos del humor un poco tosco y aun salvaje pero siempre amable del peregrino. (Una vez en Roma dijo que a él le gustaría ser judío para tener en las venas sangre de la raza de Jesucristo y un tal Mateo López le dijo, «¿Judío, señor?» y escupió. «Sí señor, judío… como Vuestra Merced» dijo Ignacio, y escupió también).

Una vez, ya General, encontró a un lego que estaba barriendo un corredor y le dijo: «Hermanos, este trabajo ¿lo haces por Dios o por los hombres?» «Por Dios» dijo el lego. «¡Qué lástima! Porque si lo hicieras por los hombres no me importaba; pero haciéndolo por Dios y barriendo tan mal como barres te tengo de dar una buena penitencia». Las penitencias que solía dar era mandar al culpable a rezar a la Capilla hasta que él avisase. Y cuando le preguntaban «¿Por quién debo rezar?» respondía: «Por mí, para que no me olvide».

Dando Ejercicios al Dr. Ortiz, un célebre profesor de Teología y encontrándolo deprimido se puso a bailar delante con su pata renga para hacerlo reír; y cuando, salido de Ejercicios, Ortiz le pidió entrar en Compañía, le dijo «No, porque sois muy gordo». Prohibió admitir en la Compañía hombres de cara fea; sin embargo Diego Laínez, el segundo General, era feísimo. «Me admitieron de noche» decía él.

Se puede contar también como rasgo de humor las catorce horas que esperó sentado a la puerta del Papa Paulo IV, su enemigo, sin comer, sin beber y sin dormir. Lo que quería el Papa era que se fuese; pero tuvo que recibirlo.

El P. Nadal en su «Memorial» dice que el buen humor era continuo en él: «En la recreación y en su aposento estaba siempre alegre y risueño, pero guay cuando fruncía el ceño; ninguno podía sostener su mirada de enojo» esa misma mirada que dirigió en Pamplona a sus compañeros de armas y al Capitán Herrera cuando querían rendirse a los franceses.
Lo hemos dejado en Salamanca, preso. Lo soltaron, con el mandato de no predicar más sobre la diferencia del pecado venial y el pecado mortal. El no se avino a ese mandato: «Me voy a estudiar a París».

Al Prior de San Esteban que, habiéndolo invitado a almorzar, le preguntó de sobremesa, después de haberlo interrogado sobre su vida y haber respondido él ingenuamente: «Bueno, si Ud. no tiene estudios, y predica cosas teológicas, entonces a Ud. ¿le ha enseñado el Espíritu Santo?» Ignacio respondió: «Si lo que yo predico está bien ¿qué le importa a Ud. quién me lo ha enseñado?» «Pues ahora veréis», dijo el Prior y salió furioso y lo denunció, y esta fue su tercera prisión. Cuando salió, dejó a sus primeros compañeros, se fue a París y fundó la Compañía de Jesús.

II

San Ignacio entró en la Sorbona, donde permaneció 7 años (1528-1535) al mismo tiempo que salía della el heresiarca Juan Calvino: otra coincidencia. ¿Para qué voy a contar las peripecias novelescas y las obras hazañosas que hizo en todo este tiempo, como de costumbre? Para él lo más hazañoso fue sacar los títulos de bachiller, maestro de Artes y licenciado y teología; porque el estudio le costaba la mar. Seguía predicando, exhortando, dando Ejercicios y eso casi le costó una «sala» que era un tremendo e infamante castigo; del cual se libró con uno de sus rasgos geniales: fue a verlo a Govea, el Rector, le habló media hora y terminó diciendo: «Cosa donosa es, Sr. Rector, que en un país cristiano sea novedad hablar de Cristo». El Rector lo abrazó y le perdonó la «sala».

Apenas dio el tremendo examen de la Piedra seleccionó seis de sus muchos seguidores, los llevó a la Capilla de Montmartre (Monte de los Mártires) donde hoy está la suntuosa basílica del Sacré Coeur; y allí hicieron votos de pobreza, celibato, obedecer al Papa e ir a Jerusalén. Esta fue la primera fundación de la Compañía. Los siete nuevos monjes eran Francisco Javier, navarro, que de joven casquivano y divertido se había de convertir en el misionero más grande que ha habido después de San Pablo; Pedro Fabbro, francés, beatificado por Paulo V, Simón Rodríguez, portugués, Alfonso Salmerón, castellano; Nicolás Bobadilla, granadino, y Diego Laínez, judío, hijo de judíos conversos.

Constituidos en «Societas Iesus», nueva sociedad religiosa, partieron hacia Roma, caminando, mendigando y predicando, estilo Loyola, en medio de la tercera guerra entre Francisco I Carlos V. En Roma se pusieron a predicar en todos los barrios y después en varias ciudades de Italia con gran expectación: la gente comenzaba por reírse del cocoliche que hablaban, mezcla de español, francés e italiano, pero luego quedaban prendidos por el fuego y verdad de sus palabras: surgieron los eternos impugnadores, que metieron presos a dos de ellos en Ravenna, y también los amigos que los apelaban «los Santos». Se enteró Paulo III, que les había negado una audiencia, y los invitó a almorzar; y esos harapientos le cayeron en gracia y les dijo: «¿Para qué quieren ir a Jerusalén? Italia es su Jerusalén». Gracias a esta caída en gracia existe hoy la Compañía de Jesús. Dos años más tarde aprobó el esquema de sus Constituciones. «El dedo de Dios está aquí» dijo al leerlas.

Paulo III subió al Papado a los 60 años y vivió hasta los 85. No hubiese subido al Papado de no ser el hermano de Julia Farnesio, la concubina de su antecesor, Alejandro VI. Era propenso a la ira y estaba siempre rabioso contra la Iglesia, contra Francia, contra España, contra Inglaterra, contra el Turco y contra sí mismo; los Romanos decían «la iracundia deste viejo no parece cosa deste mundo». Antes de morir le asesinaron un hijo suyo, Pier Luigi; y entre los asesinos estaba un Cardenal, el Cardenal Gambara. Murió lleno de ira como había vivido, pero su ira no hizo daño a la Iglesia; pues cuando estaba enojado, acertaba. Cristopher Hollis ha escrito: «Es curioso que Paulo III, si no hubiese tenido una hermana manceba de un Papa no hubiese llegado a Papa; y que si no llegaba a Papa, la Iglesia perdía a toda Europa». En efecto, Paulo III estableció a los jesuitas, convocó el Concilio de Trento y fundó el Colegio Romano, mi Universidad, la Universidad Gregoriana hoy día. Fue el primer Papa de la Contrarreforma y el más eficaz de todo. Como Uds. Ven, tenía motivos para andar enojado.

Después de Paulo III vinieron dos Papas contrarios a los jesuitas, uno los molestó poco, Julio III, pero el otro quiso suprimirlos, Paulo IV; y otro favorable, pero que reinó sólo 21 días, Marcelo I. La Compañía de Jesús empezó a crecer con rapidez tal que tan sólo el Imperio de Alejandro y el Imperio de Napoleón pueden comparársele. Entonces fue elegido el Cardenal Juan Pedro Caraffa, Paulo IV. Cuando le anunciaron a Ignacio la elección, le temblaron los huesos; el P. Nadal dice que se puso pálido y se le estremeció la osamenta. Caraffa era enemigo personal de San Ignacio porque, en primer lugar, Ignacio era español y él era napolitano y odiaba a los españoles; en segundo lugar porque lo había invitado a entrar en la Orden de los Teatinos que él había fundado junto con San Cayetano en Thiena; y tercero, después de hecha la Compañía los había instado a fundirse con su Orden que tenía porvenir mientras ellos no tenían ninguno –creía él; e Ignacio se había negado. Era para temblar porque Paulo IV era intemperante y arbitrario; y por cierto gobernó desastrosamente.

Pero San Ignacio, una vez que el médico le había dicho que evitara todo disgusto, y los presentes le preguntaron qué cosa le podría dar a él el mayor disgusto, se recogió un momento y respondió: «Si mi Compañía se deshiciese como la sal en el agua; pero si mi Compañía, que me ha costado tantos esfuerzos, luchas y sufrimientos se deshiciese como la sal en el agua, me bastaría hacer un cuarto de hora de oración para quedar de nuevo tranquilo y en paz». Y, en efecto, después de haberle temblado los huesos, al día siguiente se fue a verlo al Papa; el Papa lo hizo esperar 14 horas y después no pudo menos que recibirle media hora y, al salir el Santo, Paulo IV no estaba amigado pero sí estaba advertido: había visto ante sí un hombre de poderoso carácter cuya mirada le hacía bajar los ojos. Siguió un tira y afloje hasta la muerte de San Ignacio; una serie de desafueros que no puedo detallar, para obligar a los jesuitas a disgregarse y entrar en los Teatinos; los cuales jesuitas vivían en el más extremo apuro; pues tenían voto especial de obediencia al Papa y el Papa no podía verlos ni en pintura. Mas Ignacio aguantó: cuando en la recreación alguno comenzaba a hablar de Paulo IV (todos en Roma hablaban mal del Papa), Ignacio lo cortaba diciendo: «Hablemos del Papa Marcelo», frase que se usa aún como proverbio entre los jesuitas. El gobierno de Paulo IV fue desastroso. Al morir, él le dijo al Padre Diego Laínez que estaba a su cabecera: «Mi Pontificado ha sido el más desastroso que ha habido». No era verdad del todo, pero era verdad en parte.(Es curioso que este Papa de vida intachable y gran letrado, pero sonso para gobernar, hiciese más daño a la Iglesia que otros Papas disolutos -pero mejores estadistas- como Julio II y Alejandro Borgia. Es que, como dijo Macaulay, un Rey sonso hace más daño que un Rey malvado; y Santo Tomás dice que los sonsos pueden ir al cielo, con tal que no sean gobernantes. Así que el que saca a un sonso del gobierno, aunque sea por medio de un golpe, se hace un bien a su alma).

La Compañía creció y se plantificó en todas las partes del mundo: los Teatinos se extinguieron. El Rey Juan III mandó a su Embajador en Roma pidiese a Ignacio seis jesuitas para Portugal; y el reciente General dijo: «Embajador, somos diez actualmente: si mando seis a Portugal ¿qué me queda para todos el mundo?». Pareció una humorada y era una verdad. «Los jesuitas conquistaron a Sud América para la Iglesia de Roma» dijo Lord Macaulay, que es muy adverso a ellos. Es exageración grande pues cooperaron muchísimo franciscanos, dominicos y clero secular; pero la verdad es que los jesuitas llevaron la batuta, por decirlo así, en la evangelización del Nuevo Mundo; no olvidemos las Misiones del Paraguay, o sea de la Argentina (pues la mayoría dellas estuvieron en territorio actualmente argentino donde tuvieron tres mártires, un paraguayo, Roque González de Santa Cruz, pariente de Hernandarias; y dos españoles) y no olvidemos que un hermano carnal de San Ignacio fue uno de los fundadores de Santiago del Estero.

Así quedó establecida en el mundo la Primera gloriosa Compañía de Jesús. Después, Ignacio la gobernó 15 años y murió apaciblemente y silenciosamente, con sólo un compañero a su lado y dos médicos. Sus últimas palabras fueron iguales a las de Juan Manuel de Rosas: «¿Cómo se siente Padre?» «No sé» dijo. «Cómo se encuentra, tatita?» preguntó Manuelita a su padre. «No sé, niña». A lo mejor lo hizo adrede el “astuto tirano” –porque tenía gran admiración por San Ignacio de Loyola.

III

La Segunda Compañía de Jesús ¿es la misma que la primera? Hoy día lo niegan; diciendo por ejemplo que el Papa Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús y por algo lo habrá hecho.
Hay que decir brevemente una verdad enorme; la Compañía de Jesús fue suprimida en 1773 por obra de los masones, los enciclopedistas y un Rey cristiano tonto y disoluto -tres personas distintas y una sola calamidad verdadera. Verdad histórica demostrada diez veces.

¿No dieron motivo los jesuitas para su eliminación? Dieron asa para ello los jesuitas franceses, como he explicado en algún libro mío; sin algunos abusos ocurridos en Francia, jamás Luis XV, el Duque de Choiseul y Madama Pompadour hubieran podido eliminarlos; pero esos abusos fueron el asa, la ocasión, el pretexto, no la causa. La causa fue que ellos defendían la religión y el Papa en Europa y todo el mundo.

Pero la nueva Compañía, restaurada por Pío VII en 1814, ya no es la antigua: se ha sentado, se ha conventualizado, se ha cuartelizado, ha perdido sus filos. Fue fundada para la Contrarreforma, ya no tiene nada que hacer. Ya no tiene el espíritu de San Ignacio, ha cambiado muchas cosas de San Ignacio. Ellos que fueron el martillo de los herejes y siempre de ortodoxia impecable, han dado nacimiento en su seno a herejes o sospechosos de herejía, como el P. Telar Chardon, el P. De Lubac, el P. Rahner…

Etcétera. Estas cosas se oyen y se escriben, aquí también en la Argentina: al primero a quién se las oí fue al filósofo Maritain, cuando vino a dar conferencias a Buenos Aires. Son sofismas, según creo. Yo no puedo dar respuesta a esos brulotes y a otra media docena que podría añadir, porque acabaría a las 12 de la noche. Daré la respuesta breve de Diego Laínez a Melchor Cano en el Concilio de Trento.

Melchor Cano fue un gran teólogo español dominico que les agarró una tirria implacable a los jesuitas, a los que llamaba precursores del Anticristo. Les achacaba que no tenían coro, y por tanto no eran una verdadera Orden Religiosa; que ayunaban y se azotaban demasiado poco; y que eran demasiado indulgentes con los pecados carnales –en el confesionario, por supuesto.

En el Concilio de Trento acusó a los jesuitas y pidió su abolición. Se levantó Diego Laínez –que era un judiíto muy feo de cara, endeble y enfermo, pero el hombre más docto del Concilio y quizá de toda Europa, una inteligencia vivaz y una memoria prodigiosa- y dijo:

– Reverendo Padre, ¿cuántos Papas hay?

– Uno solo, por supuesto.

– Y entonces ¿por qué recusa Ud. una orden religiosa aprobada por Paulo III, haciéndose Ud. otro Papa? ¿Quién es Ud. para eso?

– Ah querido colega, querido colega –dijo Melchor Cano -¿Qué quiere Ud.? Cuando los pastores del aprisco duermen, por lo menos que los perros ladren.

– Que ladren -dijo Laínez- pero que ladren contra los lobos, no contra los perros.

Así también, si los Papas todos han mantenido su confianza en la nueva Compañía y la han colmado de aprobaciones y elogios ¿quiénes somos nosotros para improperiarlos y corregirlos?

¡Adelante los que quedan! ¡Oh mínima Compañía de Iñigo de Loyola –y de Jesús! Yo quisiera que repitieses los hechos hazañosos y gloriosos de tu primer siglo –y eso pido de todo corazón a tu Jefe Jesús y a tu fundador el rengo. Pero si por una desgracia enorme llegases a caer de tu espíritu y a inutilizarte para las grandes batallas actuales, si dejases de ser la caballería ligera de la Iglesia para convertirte en burocracia o rutina, si te contaminases de mundanidad, de vanidad o de progresismo, si cedieses a la pereza o a la mentira, vicios que tanto aborreció San Ignacio, entonces… ¡que Dios tenga misericordia de los cristianos que hayan de vivir en el mundo que se viene!

Finis

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

31 de julio.

20160703_100049

Homilía para el domingo XVIII durante el año C.

 En el dinero está el poder, e incluso el dinero es poder. Y el poder fácilmente crea divisiones. En efecto, la riqueza es una fuente de las jerarquías sociales y la discriminación, porque el que tiene más se sitúa por encima del que tiene menos. Obviamente, el que tiene dinero puede utilizarlo para ayudar a los demás, pero si alguien se convierte en un “hombre del dinero”, se queda terriblemente solo, esclavo, alienado. El dinero se convierte en su prisión.

No es raro, por desgracia, que el reparto de una herencia – ya sea grande o pequeña – provoque división en una familia. El hombre que viene a Jesús al comienzo del Evangelio de hoy, pidió que intervenga ante su hermano. “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia“. Pero Jesús no aceptó ejercer ese poder. Más bien le da una lección moral y lo hace en forma de parábola.

 El personaje principal de esta parábola parece existir sólo para sí mismo. Habla como si fuera la única persona en la tierra. Todo, en su breve declaración, está en primera persona: “¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Y se dijo: “Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes, para guardar en ellos toda mi cosecha y todo lo que tengo. Luego me diré: Amigo, tienes muchas cosas guardadas para muchos años; descansa, come, bebe, goza de la vida”. Habla como si no hubiera recibido nada de sus padres como si no se hubiera hecho rico gracias al trabajo de sus siervos. Él es un hombre terriblemente solo.

Está solo, incluso en el uso de sus recursos. Su única preocupación es acumular más y más. Ni siquiera se le ocurrió la idea de que los pobres y hambrientos pueden tener necesidad, de una pequeña porción, de esta riqueza acumulada en sus graneros.

Su locura reside en su incapacidad para comprender que todas las personas son interdependientes. Esta locura ha llevado a la humanidad al borde del desastre, los países pobres siempre se convierten en países más pobres y los ricos se dedican cada vez más en el consumismo desenfrenado, aún en época de crisis. La misma división también aumenta en todos los países, incluso en los países pobres.

En cuanto a lo que nos concierne, seguramente no estamos en condiciones de acumular posesiones materiales o controlar imperios económicos. Pero todos tenemos alguna posesión. Probablemente no tendremos excesivas posesiones materiales, pero tenemos otros tipos de bienes, posesiones: nuestra fama, nuestra reputación, la imagen que tenemos de nosotros mismos y ofrecemos a los otros, la estima y el afecto de nuestras hermanas y nuestros hermanos. El mensaje de Jesús no es que todo esto es malo, sino que si nos aferramos demasiado a estas posesiones, nos volvemos locos, porque nos mantendrán separados de Dios, cuando lo que debería suceder, cuando son posesiones ordenadas, es que nos lleven a Dios y nos acerquen al prójimo.

 Si realmente estamos resucitados a una nueva vida, como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy, entonces estamos en una situación en la que hemos rechazado todo lo que divide: todos los grupos raciales, religiosos, culturales. Nosotros no tenemos que preocuparnos por el futuro, dice Pablo, porque ya vivimos en los últimos tiempos. Ya que estamos resucitados en compañía de Cristo, no debemos pensar en cosas de mañana, sino en lo que existe hoy y que pertenece al Reino dónde está Cristo sentado a la diestra del Padre.

 San Basilio nos habla de la tentación de la prosperidad en relación con el Evangelio de este domingo, en definitiva la tentación es no ver al otro como hermano, si no vemos al otro como hermano, no podemos tener a Dios de verdad como Padre. Dice este santo Padre: «La tentación es de dos especies. A veces las adversidades prueban el corazón como el oro en el horno, cuando a través de la paciencia se pone a la luz toda la bondad; a veces, y no pocas, la prosperidad de la vida tiene para algunos el puesto de la tentación. Es igualmente difícil, en efecto, conservar en la adversidad un ánimo noble y guardarse de un abuso en la prosperidad. De la primera tentación es modelo Job, aquél gran atleta que sosteniendo con ánimo indómito el ímpetu atronador del diablo, fue tanto más grande su resistencia a la tentación, cuanto más grandes e inexplicables fueron las pruebas a él infligidas por el enemigo. Ejemplo de la tentación que nace de la prosperidad es aquél rico que, teniendo ya muchas riquezas, soñaba todavía con más; pero el buen Dios al principio no lo condenó por su ingratitud, al contrario, lo favoreció con nuevas riquezas, en espera que su ánimo se vuelva de una vez a la generosidad y a la mansedumbre. Pero: “el campo del rico dio frutos abundantes y él andaba pensando: ¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Y se dijo: “Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes”. (Lc 12, 16-18). ¿Por qué fue fértil el campo de aquél hombre, que no habría hecho nada de bueno con aquella riqueza? Ciertamente para que resplandezca más la indulgencia de Dios, cuya bondad se extiende también a estos, porque: “hace llover sobre justos e injustos y hace que el sol salga para buenos y malos” (Mt 4, 45). Pero esta bondad de Dios acrecienta la pena contra los malvados. Dios mandó la lluvia sobre la tierra cultivada con manos avaras, dio el sol para calentar las semillas y multiplicar los frutos. De Dios viene la tierra buena, el clima templado, la fecundidad de las semillas, la obra de los bueyes que son los medios de la riqueza de los campos. ¿Y cuál fue la reacción del hombre? Modos amargos, odio, tacañez en el dar. Esta era la respuesta a tanta magnificencia recibida. No se acordó de sus iguales, no pensó que lo superfluo debería haber sido distribuido a los indigentes, no hizo ningún caso del mandamiento: “No te canses de dar al necesitado” (Prov. 3, 27). y: “Parte tu pan con el ambriento” (Prov. 3, 3). No escuchaba la voz de los profetas, y sus graneros estallando por todas partes, pero su corazón avaro no estaba saciado. Agregando siempre nuevos productos a los viejos, terminó en esta enredada pobreza de mente, que la avaricia no le consentía de quitar lo que superaba y no tenía lugar dónde depositar la nueva riqueza. Por eso no encuentra una solución, y sin aliento: ¿Qué haré? Es infeliz por la fertilidad de sus campos, por lo que tiene, más infeliz por lo que espera. La tierra a él no le produce bienes, le trae suspiros; no le acrecienta abundancia de frutos, le trae preocupaciones, penas, ansiedad. Se lamenta como los pobres. Su grito ¿qué haré? ¿no es el mismo que emite el indigente? ¿Dónde encontraré la ropa y la comida? El rico hace el mismo lamento. Está afligido. Lo que lleva alegría a los otros le trae muerte a él. No se alegra, cuando los granos son plenos; las riquezas sobreabundantes e incontenibles lo hieren; tiene miedo que alguna gota, que caiga, sea motivo de alivio para un indigente.» (Basilio di Cesarea, In illud «Destruam»,  (Lezionario “I Padri vivi” 188)

Que María nuestra Madre, nos ayude a ser más serios y responsables con el hoy y con los dones que Dios nos da, no tengamos miedo a las riquezas, tengamos miedo cuando estas nos roban el hoy y el mañana, cuando no dejan que veamos al otro como hermano, cuando no vemos la necesidad del pobre, porque entonces también las riquezas nos pueden robar la vida eterna. Seamos generosos con los bienes materiales y espirituales y nuestra vida verá la luz de la felicidad.

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

29 de julio.

santa marta

SANTA MARTA

En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado “estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios” (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de “ama”; “dueña”. En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de “Marta y María” (martah wemariah).

Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de “ama de casa” la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: “Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude” (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana:“Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”. En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: “No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto… Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: “Señor, el que amas está enfermo”. Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue “se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro”. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará”. Díjole Jesús: “Resucitará tu hermano”. Marta le contestó: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día”. Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Respondió Marta: “Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo” (lo. 11, 20-27).

Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. “Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano”. Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, “se conmovió hondamente, se turbó y dijo: “¿Dónde le habéis puesto?”. Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: “¡Cómo le amaba!”. Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: “Quitad la piedra”, a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: “Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días”. Jesús atajó toda duda diciendo: “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?”. Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, “ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario” (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: “Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá” (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida”.

Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. “Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él” (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de “ama de casa”. También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana “ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos” (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa “ama de casa” a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que “Jesús amaba a Marta” (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Homilía breve de santa Ana.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

28 de julio.

el reino de Dios

JUEVES DE LA SEMANA 17ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,1-6):

Palabra del Señor que recibió Jeremías: «Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra.»
Bajé al taller del alfarero, que estaba trabajando en el torno. A veces, le salía mal una vasija de barro que estaba haciendo, y volvía a hacer otra vasija, según le parecía al alfarero.
Entonces me vino la palabra del Señor: «¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? –oráculo del Señor–. Mirad: como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 145

R/. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. R/.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes. R/.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,47-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos les contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor

1. (Año II) Jeremías 18,1-6

a) Otro gesto simbólico. Después del cinturón de lino, que leíamos anteayer, ahora Jeremías expresa su mensaje al pueblo con la «parábola en acción» de su visita al taller de un alfarero.

El alfarero, al moldear una vasija con barro, si no le sale como quería, vuelve a utilizar el mismo barro para otra que le salga mejor. La intención simbólica podría ser doble:

– o se está diciendo a Israel que no juegue con Dios, porque podría muy bien elegirse otro pueblo que le responda mejor (algo parecido a la parábola de los viñadores infieles de Jesús, que anuncia que Dios pasará su Reino a otros mejores),

– o se está acentuando que Dios tiene paciencia, como el alfarero, y si no le sale la forma que quería, vuelve a probar de nuevo con la misma arcilla.

El salmo parece interpretar la página con esperanza: «alaba, alma mía, al Señor… dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios».

b) Todos somos, en manos de Dios, como el barro o la arcilla en las del alfarero. Nos trata personalmente, uno a uno. Somos originales, irrepetibles, sin clonación alguna. Pero ¿nos dejamos moldear según la imagen que él quiere, o le defraudamos?

Adán, según el Génesis, fue formado del barro de la tierra. Es una imagen antigua, por tanto, que expresa bien cómo dependemos de Dios, cómo deberíamos ser dóciles en sus manos de Artista supremo, disponibles a lo que él quiera: y ya sabemos que lo que quiere de cada uno de nosotros es una imagen de su Hijo. La lástima es que nos podemos resistir.

Pablo usaba el mismo lenguaje: «¿acaso la pieza de barro dirá a quien la moldeó: por qué me hiciste así? ¿o es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras no?» (Rm 9,20?)

Los santos son las «figuras» que mejor le han salido a Dios: como para exponerlas en un museo a la vista de todos. Empezando por María de Nazaret, la madre de su Hijo, la obra maestra de este taller divino de alfarería. Mientras que nosotros, tal vez, no le damos demasiadas satisfacciones y defraudamos al Alfarero, porque no nos dejamos moldear por sus manos.

Otro profeta, Isaías, usaba la misma comparación y nos sugería una oración humilde para que Dios no pierda la paciencia con nosotros: «Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros somos el barro, y tú eres el alfarero: todos somos obra de tus manos. No te irrites, oh Dios, demasiado, ni para siempre recuerdes la culpa» (Is 64,7-8).

Además, podríamos aprender la paciencia del alfarero cuando, en las obras que llevamos entre manos, algo nos sale mal. No se trata de romper, sino de volver a empezar.

Como hace Dios con nosotros, año tras año. Respetando los ritmos de las personas, y buscando su bien, no nuestra satisfacción.

2. Mateo 13,47-53

a) La de hoy es la última parábola de la serie, y resulta muy parecida a la de la cizaña.

Esta vez, la imagen está tomada, no del trabajo del campo, sino de la pesca en el lago.

Jesús compara su Reino -por tanto, su Iglesia- a una red que los pescadores recogen con peces buenos y malos, y la llevan a la orilla tal como está, sin preocuparse, de momento, de separarlos. Eso ya vendrá después, cuando llegue la hora de separar los buenos y los malos, el día de la selección, al igual que el día de la siega para separar la cizaña y el trigo.

b) De nuevo parece como si se nos quisiera disuadir de la idea de una Iglesia pura. Por el Bautismo hemos entrado en la comunidad de Jesús muchas personas. Pero no tenemos que creer que es comunidad de perfectos, sino también de pecadores.

El mismo Jesús trata con los pecadores, les dirige su palabra, les da tiempo, les invita, no les obliga a la conversión o a seguirle. También ahora en su Iglesia coexisten trigo y cizaña, peces buenos y malos. Es una comunidad universal. Jesús se esfuerza por decirnos que, si alguna oveja se descarría, hay que intentar recuperarla, y, cuando vuelve, la alegría de Dios es inmensa cuando logra reconducirla al redil. Y que no ha venido para los justos, sino para los pecadores. Como el médico está para los enfermos, y no para los sanos.

¿Cuál es nuestra actitud ante las personas que nos parecen débiles y pecadoras? ¿ante la situación de un mundo desorientado? ¿les damos un margen de rehabilitación? ¿o nos portamos tan drásticamente como los que querían arrancar en seguida la cizaña?

Claro que tenemos que luchar contra el mal. Pero sin imitar la presunción de los fariseos, que se tenían por los perfectos, y parecían querer excluir a todos los imperfectos o pecadores. Jesús tiene otro estilo y otro ritmo.

Ojalá, después de todas estas parábolas, podamos decir, como los oyentes de Jesús -no sabemos si con mucha razón- que sí le habían entendido. Que hemos captado la intención de cada una de ellas y nos disponemos a corregir nuestras desviaciones y ponernos en la dirección que él quiere.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

compartiendo lecturas

cardenal-giacomo-biffi

Estoy leyendo un libro: Giacomo Biffi, “Memorie e digressioni di un italiano cardinale”, nuova edizione ampliata, Cantagalli, Siena, 2010, pp. 688.

Biffi es recordado sobre todo como arzobispo de Bolonia, desde 1984 al 2003. Pero en el libro él recorre su entera vida, desde el nacimiento en la Milán obrera hasta cuando se convirtió en sacerdote, después en profesor de teología, párroco, arzobispo y finalmente cardenal.

En el prólogo, Biffi reporta estas palabras de san Ambrosio, gran arzobispo de la Milán del IV siglo, su amado “padre y maestro”:

“Para un obispo no hay nada tan riesgoso frente a Dios y tan vergonzoso frente a los hombres, como el no proclamar libremente el propio pensamiento”

Y puntualmente, en las 688 páginas del volumen, el pensamiento de Biffi prorrumpe en plena libertad, punzante, irónico, anticonformista.

 

CONCILIO Y “POST-CONCILIO”

(pp. 191-194)

Para poner un poco de claridad en la confusión que en nuestros días aflige a la cristiandad, es necesario que ante todo y en forma ineludible se distinga con mucho cuidado el acontecimiento conciliar del clima eclesial que le ha seguido. Son dos fenómenos distintos y exigen una valoración diferente.

Pablo VI creyó sinceramente en el Concilio Vaticano II y en su relevancia positiva para toda la cristiandad. Fue un protagonista decisivo, al seguir todos los días con atención los trabajos y las discusiones, ayudando a superar las dificultades recurrentes de sus desarrollos.

Él esperaba que, en virtud del empeño común tanto de todos los titulares del carisma apostólico como del sucesor de Pedro, una época bendecida por una vitalidad creciente y por una fecundidad excepcional debía casi inmediatamente beneficiar y alegrar a la Iglesia.

Por el contrario, el “post-concilio”, en muchas de sus manifestaciones, lo preocupó y lo desilusionó. Entonces, con admirable franqueza reveló su congoja, y con apasionada lucidez en sus expresiones golpeó a todos los creyentes, al menos a aquellos cuya visión no estuviese demasiado obnubilada por la ideología.

El 29 de junio de 1972, en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, hablando en forma espontánea, llegó a afirmar que «tenía la sensación que a través de alguna fisura ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Existe en su interior la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento. No se confía en la Iglesia…. Se creía que luego del Concilio habría venido una jornada de sol para la historia de la Iglesia, pero por el contrario, se ha presentado una jornada cargada de nubes, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre… Creemos que algo preternatural (el diablo) ha venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir que la Iglesia cantara a viva voz un himno de alegría por haber retenido en plenitud el conocimiento de sí misma». Son palabras dolorosas y graves sobre las que no es necesario molestarse en reflexionar.

¿Cómo ha podido suceder que de los pronunciamientos legítimos y de los textos del Vaticano se haya llegado a una estación tan diferente y lejana?

La cuestión es compleja y las razones son variadas, pero sin duda ha pesado también un proceso (por así decir) de aberrante “destilación”, que del “dato” conciliar auténtico y vinculante ha extraído una mentalidad y una moda lingüística totalmente heterogénea. Es un fenómeno que aflora por todas partes en el “post-concilio”, y sigue proponiéndose nuevamente en forma más o menos explícita.
Para hacernos entender, podríamos aventurarnos a indicar el procedimiento esquemático de tal curiosa “destilación”.

La primera fase consiste en un acercamiento discriminatorio de la redacción  conciliar, que distingue los textos aceptados y citables de los inoportunos o al menos inútiles, que hay que silenciar.

En la segunda fase se reconoce como enseñanza preciosa del Concilio no lo formulado en realidad, sino lo que la santa asamblea nos habría otorgado si no hubiese sido impedido por la presencia de muchos padres conciliares retrógrados e insensibles a la efusión del Espíritu.

Con la tercera fase se insinúa que la verdadera doctrina del Concilio no es la que de hecho fue canónicamente formulada y aprobada, sino la que habría sido formulada y aprobada si los padres conciliares hubiesen estado más iluminados, hubiesen sido más coherentes y más valientes.

Con una metodología teológica y histórica semejante  – nunca enunciada en forma tan evidente, pero no por eso menos implacable – es fácil imaginar el resultado que se deriva de ello: lo que en forma casi obsesiva se adopta y exalta no es el Concilio que ha sido celebrado de hecho, sino (por así decir) un “Concilio virtual”, un Concilio que no tiene un puesto en la historia de la Iglesia, sino en la historia de la imaginación eclesiástica. Quien después se atreve aunque sea tímidamente a disentir, es estigmatizado con la marca infamante de “preconciliar”, cuando no es directamente colocado entre los tradicionalistas rebeldes o con los execrados integristas.

Y puesto que entre los “destilados de contrabando” del Concilio se cuenta también el principio que ahora no hay error que pueda ser condenado dentro del catolicismo, a menos que se quiera pecar contra el deber primario de la comprensión y del diálogo, hoy se torna difícil, entre los teólogos y pastores, tener la valentía de denunciar con vigor y con tenacidad los venenos que están intoxicando progresivamente al inocente pueblo de Dios.

UN CARDENAL Y UN PAPA EN DEFENSA DE LOS JUDÍOS

(pp. 360-362)

El 4 de noviembre de 1988 los judíos de Boloña pensaron que era su obligación hacer una conmemoración pública, en el 50º aniversario, de las infames y vergonzosas leyes antisemitas de 1938. Con toda el alma y con pleno convencimiento he querido manifestar en esa ocasión, en nombre de toda la Iglesia de la ciudad mi total adhesión, asegurando la presencia personal en el rito conmemorativo en la sede de la sinagoga, donde he sido recibido con viva cordialidad y he tomado parte en la oración.

En esa circunstancia me han vuelto a la mente los hechos de ese lejano 1938, que ya entonces me habían golpeado en particular, si bien no tenía en ese entonces ni siquiera once años de edad.

En esos días, las normas antijudías – precedidas por diferentes publicaciones sobre la “raza”, de naturaleza pseudocientífica, avaladas si no directamente encargadas por el régimen – llovieron varias veces sobre la atónita nación italiana. Por citar sólo aquéllas de las que tengo alguna noticia, el 1° de setiembre un decreto-ley del consejo de ministros comenzó a prohibir a los extranjeros de origen judío la residencia estable en nuestro territorio. El 2 de setiembre otro decreto -ley despojó, en todas las escuelas del reino, de todo orden y grado a los docentes y a los alumnos de raza judía. El 10 de noviembre, siempre con un decreto-ley, se excluyó a los judíos de todo empleo en la administración pública, en los entes paraestatales y en las administraciones municipales. Y no estábamos sino en el comienzo de las vejaciones, que luego se hicieron cada vez más punzantes y devastadoras.

Nuestro pueblo, golpeado por sorpresa, estaba desorientado y asustado, cuando imprevistamente se elevó en Milán una voz – era la primera y fue la única – que tuvo la valentía de tomar abiertamente distancia de tanta locura.

El 13 de noviembre, desde el púlpito del Duomo de Milán, el cardenal Schuster pronunció una homilía por el comienzo del Adviento ambrosiano, la que desde las primeras palabras, en vez de recordar el contexto litúrgico, afrontó inmediatamente el argumento que más lo preocupaba:

«Ha nacido en el exterior y se propaga de a poco por todas partes una especie de herejía, que no solamente atenta contra los fundamentos sobrenaturales de la Iglesia Católica sino que, al materializar en la sangre humana los conceptos espirituales de individuo, de nación y de patria, niega a la humanidad cualquier otro valor espiritual, constituyendo así un peligro internacional no menor al del mismo bolcheviquismo. Es el llamado racismo».

Es difícil hoy darse cuenta de la impresión suscitada por esas palabras de crítica frente al pensamiento y comportamiento de un gobierno que, hace décadas, no toleraba ni siquiera la más tenue expresión disonante. Esas palabras no quedaron confinadas dentro de la también solemne atmósfera de una catedral llena de gente: fueron publicadas en la “Rivista Diocesana Milanese” y, dos días después que fueron pronunciadas, fueron divulgadas por “L’Italia”, el diario católico que se entregaba en nuestras casas. En Roma, desde los ambientes fascistas, se comenzó a pedir una retractación o al menos un cambio evidente de orientación del diario, con la amenaza (en caso contrario) de una clausura inapelable.

Pero el cardenal no fue abandonado a su suerte. De parte del Papa llegó un mensaje con la firma del secretario, monseñor Carlo Confalonieri: «El Santo Padre exhorta al cardenal de Milán que sostenga con valentía la doctrina católica, porque no se puede ceder en este punto, ni el diario “L’Italia” tampoco puede cambiar su orientación. “Aut sit ut est, aut non sit” [O de este modo, o nada]. En caso que fuese obligado a cesar las publicaciones, que se pasen al “Osservatore Romano” los nombres de los suscriptores».

La última frase nos recuerda que Pío XI no abandonó jamás su “capacidad de tomar decisiones concretas, típica de los milaneses”, ni siquiera en los momentos más decisivos y dramáticos de su actuación pontificia.

Yo era solamente un chico, pero a partir de esa experiencia he comprendido qué ventura “laica” y racional es, cuando sobreviene la hora de la general timidez y del conformismo condescendiente, la presencia en nuestro país de la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad (cf. 1Tm 3, 15).

Pero ha habido alguien que recientemente en Italia (desde la cima de uno de los máximos cargos del Estado), en una intervención pública totalmente inmotivada, ha hablado de un deplorable silencio de la Iglesia en esas circunstancias. Ciertamente, al ser él del año 1952, tiene el atenuante de no haber nacido en esa época, pero tiene el agravante de haber querido, no obstante ello, de hablar a fondo del tema, revelando al mismo tiempo sus preconceptos gratuitos y su particular desinformación.

LA IDEOLOGÍA DE LA HOMOSEXUALIDAD

(pp. 609-612)

Respecto al problema hoy emergente de la homosexualidad, la concepción cristiana nos dice que es necesario siempre distinguir entre el respeto debido a las personas, que conlleva el rechazo de toda marginación social y política (excepto la naturaleza inderogable de la realidad matrimonial y familiar), y el rechazo de toda exaltada “ideología de la homosexualidad”, rechazo que es obligatorio.

La palabra de Dios, tal como la conocemos en una página de la Carta a los Romanos del apóstol Pablo, nos ofrece una interpretación teológica del fenómeno de la extendida aberración cultural en esta materia: tal aberración – afirma el texto sagrado – es al mismo tiempo la prueba y el resultado de la exclusión de Dios de la atención colectiva y de la vida social, y de la reticencia a darle la gloria que Él espera (cf. Rm 1, 21).

La exclusión del Creador determina un descarrilamiento universal de la razón: «Se han perdido en sus vanos razonamientos y sus mentes obtusas se han entenebrecido. Si bien se declaran sabios, se han vuelto necios» (Rm 1, 21-22). En consecuencia, a partir de esta obcecación intelectual se produce la caída conductual y teórica en el más completo libertinaje: «Por eso Dios los ha abandonado a la impureza de los deseos de su corazón, hasta llegar a deshonrar entre ellos a sus propios cuerpos» (Rm 1, 24).

Y para prevenir cualquier equívoco y toda lectura acomodaticia, el apóstol prosigue haciendo un análisis impresionante, formulado con términos totalmente explícitos:

«Por eso Dios los ha abandonado a las pasiones infames. En efecto, sus mujeres han cambiado las relaciones naturales en relaciones contra natura. Igualmente también los varones, abandonando la relación natural con la mujer, han ardido de deseo unos con otros, cometiendo actos ignominiosos varones con varones, recibiendo así en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como no consideraron que debían conocer a Dios adecuadamente, Dios los ha abandonado a su inteligencia depravada y ellos han cometido acciones indignas» (Rm 1, 26-28).

Por último, san Pablo se apresura a observar que la vileza extrema se da cuando “los autores de tales cosas… no sólo las cometen, sino que también aprueban a quien las lleva a cabo” (cf. Rm 1, 32).

Es una página del libro inspirado, que ninguna autoridad terrenal puede obligarnos a censurar. Y ni siquiera nos es permitido, si queremos ser fieles a la palabra de Dios, la actitud pusilánime de ignorarla, a causa de la preocupación de parecer no “políticamente correctos”.

Debemos hacer notar también el interés particular para nuestros días de esta enseñanza de la Revelación: lo que san Pablo ponía de manifiesto como acontecido en el mundo greco-romano, se demuestra proféticamente correspondiente a lo que se ha verificado en la cultural occidental en estos últimos siglos. La exclusión del Creador – hasta proclamar grotescamente, hace algunas décadas, la “muerte de Dios” – ha tenido como consecuencia (y casi como castigo intrínseco) una propagación de una visión sexual aberrante, desconocida (en cuanto a su arrogancia) en las épocas anteriores.

La ideología de la homosexualidad – como se entiende a menudo a las ideologías cuando se tornan agresivas y llegan a ser políticamente vencedoras – se convierte en una insidia contra nuestra legítima autonomía de pensamiento: quien no la comparte corre el riesgo de la condena en una especie de marginación cultural y social.

Los atentados a la libertad de juicio comienzan por el lenguaje. Quien no se resigna a aceptar la “homofilia” (es decir, el aprecio teórico de las relaciones homosexuales), es acusado de “homofobia” (etimológicamente el “miedo a la homosexualidad). Debe quedar bien en claro: quien se ha mantenido fuerte, iluminado por la luz de la palabra inspirada y vive en el “temor de Dios”, no tiene miedo de nada, excepto de la estupidez frente a la cual, como decía Bonhoeffer, estamos indefensos. Ahora se levanta a veces contra nosotros directamente la acusación increíblemente arbitraria de “racismo”: un vocablo que, entre otras cosas, no tiene nada que ver con esta problemática, y en todo caso es totalmente extraño a nuestra doctrina y a nuestra historia.

El problema sustancial que se perfila es éste: ¿se permite todavía en nuestros días ser discípulos fieles y coherentes de la enseñanza de Cristo (que desde hace milenios ha inspirado y enriquecido toda la civilización occidental), o debemos prepararnos a una nueva forma de persecución, promovida por los homosexuales facciosos, por sus cómplices ideológicos y también por aquellos que tendrían el deber de defender la libertad intelectual de todos, inclusive de los cristianos?

Hacemos una pregunta en particular a los teólogos, a los biblistas y a los pastoralistas: ¿por qué en este clima de exaltación casi obsesiva de la Sagrada Escritura no hay nadie que cite el pasaje de Rm 1, 21-32? ¿Cómo no hay nadie que se preocupe un poco de hacerlo conocer a los creyentes y a los no creyentes, no obstante su evidente actualidad?

Para Biffi un obispo es grande cuando gobierna la Iglesia “con el calor y la certeza de la fe, la concreción de las iniciativas y de las obras, la capacidad de responder a las interpelaciones de los tiempos no con concesiones o mimetismos sino tomando del patrimonio inalienable de la verdad”.

Juan XXIII: Papa bueno, mal maestro

(pp.177-179)

El Papa Roncalli murió en la solemnidad de Pentecostés, el 13 de junio de 1963. También yo lloraba, porque tenía una invencible simpatía por él. Me encantaban sus gestos “irrituales”, y me alegraban sus palabras frecuentemente sorprendentes y sus salidas extemporáneas.

Solo la evaluación de algunas frases me dejaba titubeante. Y eran precisamente las que más fácilmente que otras conquistaban las almas, porque se presentaban conformes a las instintivas aspiraciones de los hombres.

Estaba, por ejemplo, el juicio de reprobación sobre los “profetas de desventura”.

La expresión se hizo y se mantuvo popularísima y es natural: a la gente no le gusta los aguafiestas; prefiere a quien promete tiempos felices en vez de quien presenta temores y reservas. Y yo también admiraba el valor y el empuje espontáneo de este “joven” sucesor de Pedro en los últimos años de su vida.

Pero recuerdo que casi inmediatamente me asaltó una duda. En la historia de la Revelación, usualmente también los anunciadores de castigos y calamidades fueron los verdaderos profetas, como por ejemplo Isaías (capítulo 24), Jeremías (capítulo 4), Ezequiel (capítulos 4-11).

Jesús mismo, leyendo el capítulo 24 del Evangelio de Mateo, sería contado entre los “profetas de la desventura”: las noticias de futuros hechos y de próximas alegrías no se refieren como norma a la existencia de aquí abajo, sino a la “vida eterna” y el “Reino de los Cielo”

En la Biblia son más bien los falsos profetas los que proclaman frecuentemente la inminencia de horas tranquilas y serenas (véase el capítulo 13 del libro de Ezequiel).

La frase de Juan XXIII se explica con su estado de ánimo del momento, pero no debe ser absolutizada. Por el contrario, estará bien escuchar también a aquellos que tienen alguna razón de poner alerta a los hermanos, preparándoles para las posibles pruebas, y aquellos que consideran oportunas las invitaciones a la prudencia y la vigilancia.

“Es necesario mirar más a lo que nos une que a lo que nos divide”. También esta sentencia – hoy muy repetida y apreciada, casi como la regla de oro del “diálogo” – nos viene de la época joánica y nos transmite la atmósfera de la misma.

Es un principio de comportamiento de evidente sensatez, que se debe tener presente cuando se trata de simple convivencia y de discusiones de la sencillez de lo cotidiano.

Pero se convierte en absurdo y desastroso en sus consecuencias, si se le aplica a los grandes temas de la existencia y particularmente a la problemática religiosa

Es conveniente, por ejemplo, que se use este aforismo para salvaguardar las relaciones de buena vecindad en un condominio o la rápida eficiencia de un consejo comunal.

Pero es un problema si lo dejamos inspirar en el testimonio evangélico frente al mundo, en nuestro esfuerzo ecuménico, en la discusión con los no creyentes. En virtud de este principio, Cristo podría volverse la primera y más ilustre víctima del diálogo con las religiones no cristianas. El Señor Jesús ha dicho de sí, aunque es una de sus palabras que tendemos a censurar: “Yo he venido a traer la división” (Lucas 12,51).

En las cuestiones que cuentan la regla no puede ser otra sino esta: nosotros debemos mirar sobre todo a lo que es decisivo, sustancial, verdadero, nos divida o no.

“Es necesario distinguir entre el error y el que yerra”. Es otra máxima que es parte de la herencia moral de Juan XXIII; ella también ha influenciado el catolicismo posterior.

El principio es muy justo y toma su fuerza de las mismas enseñanzas evangélicas: el error no puede ser sino despreciado, odiado, combatido por los discípulos de Aquel que es la Verdad; mientras el que yerra – en su inalienable humanidad – es siempre una imagen viva, aunque en sus inicios, del Hijo de Dios encarnado; y por tanto debe ser respetado, amado, ayudado en lo posible.

Pero no podía olvidar, reflexionando sobre esta sentencia, que la histórica sabiduría de la Iglesia jamás ha reducido la condena del error a una pura e ineficaz abstracción.

El pueblo cristiano debe ser puesto en guardia y defendido de aquel que de hecho siembra el error, sin que por esto se deje de buscar su verdadero bien, aunque sin juzgar la responsabilidad subjetiva de ninguno, que conoce solamente Dios.

Jesús a propósito de esto ha dado a los jefes de la Iglesia una directiva precisa: aquel que escandaliza con su comportamiento y con su doctrina, y no se deja persuadir ni por amonestaciones personales, ni por la más solemne reprobación de la Iglesia, “sea para ti como un pagano y un publicano” (cfr. Mt 18,17); previendo y prescribiendo de ese modo la institución de la excomunión.

Sobre el comunismo tenía razón el Papa Wojtyla: el Concilio no debía callar

(pp. 184-186)

Comunismo: el Concilio no habla de él. Si se recorre con atención el índice sistemático, impresiona chocarse con este categórico silencio.

El comunismo ha sido sin duda el fenómeno histórico más imponente, más duradero, más desbordante del siglo XX; y el Concilio, que además había propuesto una Constitución sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, no habla de él.

El comunismo, a partir de su triunfo en Rusia en 1917, en medio siglo ya había logrado provocar muchas decenas de millones de muertos, víctimas del terror de masa y de la represión más inhumana; y el Concilio no habla de él.

El comunismo ( y era la primera vez en la historia de las insipiencias humanas) había prácticamente impuesto a las poblaciones sometidas al ateísmo, como una especie de filosofía oficial y de paradójica “religión de estado”; y el Concilio, que si de explaya sobre el caso de los ateos, no habla de él.

En los mismos años en que se desarrollaba la cumbre ecuménica, las prisiones comunistas eran todavía lugares de indecible sufrimiento y de humillación infringida a numerosos “testigos de la fe” (obispos, presbíteros, laicos convencidos creyentes de Cristo); y el Concilio no habla de él.

Aparte de los supuestos silencios en relación a las criminales aberraciones del nazismo, ¡que luego inclusive algunos católicos (también entre aquellos activos en el Concilio) han echado en cara a Pío XII!

En aquellos años, aun percibiendo la gran anomalía de esta reserva sobre todo de parte de una asamblea que había discutido casi de todo, no me escandalicé. Más aún, debo decir que entendía los aspectos positivos de aquella línea. Y no tanto por la posibilidad, que así se perfilaba, de tratar con los regímenes comunistas la auspiciosa participación en el Concilio de los obispos controlados por ellos, cuanto por la previsión que una toma de posición cualquiera, también la más blanda y la más vigilada, habría desencadenado un aumento en la aspereza de las persecuciones, de modo que se haría más pesada la cruz que aquellos hermanos nuestros perseguidos.

En el fondo, había en todos, al menos inconscientemente, la convicción de que el comunismo era un fenómeno tan consistente que era ya irreversible: necesariamente estábamos obligados a acostumbrarnos a negociar, quién sabe por cuanto tiempo todavía.

Viéndolo bien esta era en esencia la justificación también del Ostpolitik (“política de diálogo y de deseables entendimientos con los Países del Este”) de la Santa Sede (de Juan XXIII y de Pablo VI); tal política nos parecía sanamente realista e históricamente oportuna.

Quien jamás compartió esta perspectiva fue Juan Pablo II (como entendí a partir de un diálogo tenido en el 1985). Tuvo razón él.

Sobre el “mea culpa” Juan Pablo II se corrigió, pero muy poco

(p. 536)

El 7 de julio de 1997 Juan Pablo II tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar y extendió la invitación también al ceremoniero arzobispal, Don Roberto Parisini, que me acompañaba y permaneció como precioso testigo del episodio.

A la mesa el Santo Padre en un determinado momento me dijo: ¿“Ha visto que hemos cambiado la frase de la ‘Tertio millennio adveniente’? El borrador, que había sido enviado con anticipación a los cardenales, traía esta expresión: “La Iglesia reconoce como propios los pecados de sus hijos”; expresión que – hice presente con respetuosa franqueza – no se podía proponer. En el texto definitivo el razonamiento apareció cambiado de la siguiente manera: “La Iglesia reconoce siempre como propios a sus hijos pecadores”. Para el Papa era importante recordármelo en aquel momento, sabiendo que me habría dado gusto.

Respondí diciendo que estaba muy agradecido y manifestando mi plena satisfacción desde el punto de vista teológico. Pero me pareció que también tenía que agregar una reserva de índole pastoral: la iniciativa inédita de pedir perdón por los errores y las incoherencias de los siglos pasados desde mi punto de vista escandalizaría a los “pequeños”, los preferidos del Señor Jesús (cfr. Mt 11,25): porque el pueblo fiel, que no sabe hacer muchas distinciones teológicas, a partir de esas autoacusaciones vería amenazada su serena adhesión al misterio eclesial, que (nos lo dicen todas las profesiones de fe) es esencialmente un misterio de santidad.

Entonces, el Papa textualmente dijo: “Sí, eso es verdad. Será necesario pensar sobre ello”. Lamentablemente no lo pensó lo suficiente.

Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa

(pp. 614-615)

Los días más trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden inmediatamente al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las 9:30 a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre de decir todo lo que cree.

Pero se intuye que no se puede tratar públicamente el argumento que está más lo más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: ¿a quién debemos elegir?

Y así esto va a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que otro sus problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las dificultades de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo entero. Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de ello no es un hecho alentador.

Cuál fue en aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión prevalente emerge de la intervención que después de muchos asombros me decidí a pronunciar el viernes 15 de abril del 2005. He aquí el texto:

“1. Después de haber escuchado todas las intervenciones – justas, oportunas, apasionadas – que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me está escuchando) todas mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión, y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: ‘¿Me amas más que estos?’ (cfr. Jn 21,15). En una ‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina, la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; – decía aquella terrible y aguda muchachita – el mundo está lleno de problemólogos, pero escasean los solucionólogos’.

“2. Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y sobre todo que aflige a los ‘pequeños’.

“3. Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ese.

“4. En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la ‘Dominus Iesus’: un documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una verdad que en veinte siglos – a partir del discurso de Pedro después de Pentecostés – no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza teológica, de la jerarquía.

“5. Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación de la ‘Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió: ‘Olvídalo. Ese es un documento que divide’. ‘Un documento que divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido a traer la división’ (Lc 12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad en sus partes más locuaces”.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

27 de julio.

Pantaleon

27 de julio

SAN PANTALEÓN

(†  303)

En la vida de San Pantaleón, tal como hasta nosotros ha llegado su relato, a través de las Actas, a través de la tradición, se nos manifiestan dos aspectos particularmente destacados, sobre todo si llegamos a él con alguna preocupación crítica. Sobre la vida histórica del Santo, dirá alguno, se monta una exuberancia de milagros verdaderamente sospechosa. La razón de ser del Santo, se podrá también decir, fue precisamente ésa: dar testimonio del poder de Cristo y de su verdad insoslayable, haciendo de su vida un continuo milagro, llevando sobre sus hombros el peso enorme del milagro, porque a los planes de Dios así convenía providencialmente.

 Ambas posiciones pueden ser parcialmente ciertas, y ambas, por tanto, pueden conjugarse. Conviene desde ahora, antes de entrar en la intimidad del Santo, tomar posición y acercarnos sin prejuicios. No abreviemos la mano de Dios. Conviene no rechazar lo excepcional porque sí. Ahora particularmente es importante señalar esa circunstancia. Vamos a ver al Santo tal como Actas y tradición nos lo han transmitido, sin posibilidad de quitar ni poner, prudentemente. La verdad entera, Dios la sabe.

 Pantaleón nace en Nicomedia, corriendo el siglo III de nuestra era. Tiempos recios iban a ser los suyos. El Imperio romano está ensayando fórmulas varias para impedir el hundimiento que se avecina, y como una de ellas se va a pensar, naturalmente, en la implantación de la religión oficial como obligación universal. El Imperio de Roma no es ya el poder seguro de sí mismo que avasallaba al mundo. Ahora ha sido necesario poner un emperador, un César, en Oriente para sostener aquellas regiones tan distantes de la metrópoli. Y Nicomedia es la residencia de los emperadores de Oriente. Estamos en una ciudad del Asia Menor, en la mitad segunda del siglo III de Jesucristo.

 La figura del futuro mártir se nos muestra en los relatos sumamente atractiva. Pantaleón es un joven de nobles inclinaciones, de sano corazón. Es hijo de un gentil, Eustorgio, senador y rico. Su madre era cristiana, pero murió joven: el niño era pequeño y apenas si pudo enseñarle más que unos rudimentos que no llegaron a darle idea completa del cristianismo.

 La formación del joven se desarrolló con felicidad, sobre la base de una inteligencia muy despierta y con muy buenos profesores. Al concluir el aprendizaje de las letras Eustorgio hizo que Pantaleón estudiara la medicina bajo la dirección de Eufrosino, médico del mismo Diocleciano. Pantaleón se va haciendo un joven distinguido y respetado: llama la atención entre sus compañeros, y su buen corazón le hace ejercer su ministerio con una abnegación ejemplar, cuya honestidad pasa a ser verdaderamente excepcional en el medio pagano en que vivía.

 El encuentro definitivo con la gracia le vino a Pantaleón a través de un sacerdote cristiano. Hermolao vivía oculto por el rigor de la persecución. Un día se encontró con Pantaleón y fue el mismo sacerdote quien, admirado por las condiciones del joven, se lanzó a hablar abiertamente de la doctrina de Jesucristo. Pantaleón quedo impresionado. Los recuerdos, desdibujados ya, de las enseñanzas de la madre cristiana subieron agolpadamente a su conciencia. Pantaleón prometió que continuarían en contacto. El golpe final de la llamada vino ya milagrosamente. Poco después hubo de encontrarse el médico Pantaleón ante un caso desesperado. Un niño yacía muerto, mientras, cercana, reptaba la víbora fatal. El médico, impotente, recuerda entonces unas palabras del sacerdote Hermolao. El nombre de Cristo bastaba para resucitar a los muertos. Pantaleón no vacila, y la increpación llena de fe opera el milagro. El niño vuelve a la vida y la serpiente muere en el acto. Pantaleón es ya cristiano. Unos días de convivencia con el sacerdote oculto le proporcionan la instrucción necesaria para recibir después el bautismo de Jesús.

 A partir de este momento la vida de Pantaleón es ya un tejido de milagros, encadenándose unos y otros de manera abrumadora, inverosímil casi. La conversión de su padre también se obra a golpe de prodigio. En casa de Pantaleón se presenta un ciego incurable, y esta ocasión va a ser eficazmente aprovechada. El joven médico llama a su padre para que esté presente a lo que va a tener lugar, y, después de invocar el nombre de Cristo sobre el ciego irremediable, pone sus manos sobre los ojos sin luz: instantáneamente una explosión jubilosa y sobrecogida acompaña al milagro. Eustorgio y el ciego caen de rodillas: Cristo, Cristo es el Dios verdadero. El senador pagano hace añicos los ídolos que adornan la casa: él ahora sólo quiere ser instruido en el cristianismo para recibir el bautismo inmediatamente, como sucede en realidad, con júbilo ilimitado de Pantaleón. Poco después Eustorgio muere. Es éste otro momento culminante en la vida de nuestro Santo.

 Efectivamente, aquí tiene lugar la segunda conversión del entusiasta neocristiano. Pantaleón, que se ve desligado de toda traba, responsable único de sus actos, por si y ante sí, se arroja a una vida de absoluto fervor: entrega a los pobres sus cuantiosas riquezas, quedándose con lo indispensable; pone en libertad a todos sus esclavos, se entrega a las obras de caridad en la práctica de su propia profesión de médico. Naturalmente, esta conducta no pudo pasar desapercibida; además, los restantes médicos de Nicomedia ardieron en celo al ver que la gran mayoría de los enfermos quería ser curada por Pantaleón, con lo que las pérdidas materiales iban a ser cuantiosas de seguir en auge el médico sospechoso. Naturalmente, había que deshacerse de él, y fue acusado ante el emperador como cristiano.

 Diocleciano fue un emperador de excepcionales vuelos. Quiso llegar a una solución que evitase el camino de catástrofe por el que se avanzaba. Sus decisiones fueron múltiples. Para la crisis económica arbitró el edicto del Máximum, de 202, el más grande intento de tasación estatal que se recuerde de tiempos antiguos. En el gobierno montó una máquina que creyó eficaz: el mismo año en que la muerte de Carino le dejó el Imperio se buscó un colega, Maximiano. Seis años después, ante lo eficaz del resultado, añade dos nuevos emperadores (292), y además fue afortunado en la elección de las personas: Galerio y Constancio Cloro. Soldado excepcional aquél, pero rudo y de primitivos sentimientos. Constancio Cloro, en cambio, general destacado, era de más fina formación. Galerio movió a Diocleciano a firmar el decreto de exterminio general de los cristianos. Fue el 23 de febrero del 303. No era tolerable que ante los proyectos de religión oficial un grupo irreductible se mantuviera en el seno del Imperio rompiendo la unidad de creencia. Se inauguró la décima gran persecución. Ríos de sangre cristiana corrieron por todo el ámbito del Imperio.

 La presencia de Pantaleón ante el tirano es el triunfo manifiesto de la fe de Cristo sobre todos los intentos opresores. Incluso sobre la fuerza física, sobre las leyes naturales, sobre el instinto de las fieras hambrientas. Pantaleón pasa a ser un grito de triunfo, el emblema de la fe invencible por obra del poder de Jesús. El interrogatorio ya se abre con un milagro. El ciego curado por Pantaleón ha declarado ser cristiano y se le ha quitado la vida. Pantaleón recogió su cuerpo y lo sepultó junto a su padre. Entonces es también él llamado a juicio: se le intenta seducir, pero todo es en vano. Declara su fe y afirma en ella su poder excepcional.

 Después Pantaleón es atado al potro. Aquí se hacen presentes los garfios de hierro con que se le desgarran las carnes, las teas encendidas que se le aplican a las llagas. Pero una fuerza misteriosa hace reanimarse al mártir, y los brazos de los verdugos caen, dominados por una fuerza prodigiosa. La ira del tribunal no tiene límite. Se prepara una caldera de plomo fundido, en la que va a ser sepultado Pantaleón. Pero, en el momento en que el cuerpo del mártir toca la ardiente superficie, ésta queda como helada, y Pantaleón puede apoyarse sobre el plomo endurecido. Ahora el mudo estupor se junta con la inmediata reacción ciega de la soberbia enfebrecida. Pantaleón va a ser arrojado al mar, atada al cuello la gran piedra que impida su vuelta a la superficie. Se quiere ahora impedir también el que los demás cristianos recojan su cuerpo y lo veneren. Pero Pantaleón vuelve andando a la playa sobre la superficie de las aguas.

 Lo evidente del caso no logra hacer que el tribunal abra los ojos. Se ensaya el tormento de las fieras. La ciudad sabe ahora que el invencible va a probar el terrible tormento, y una multitud inmensa llena el anfiteatro. A la señal estremecedora, y en medio de un silencio impresionante, se abren las jaulas. Varias fieras avanzan a saltos, rugientes, hacia el mártir, que está solo, en medio de la arena. Mas, apenas se le llegan, se aquietan, sumisas, a sus plantas. Pantaleón las bendice y ellas se retiran. El vocerío loco de la multitud reclama la libertad para el inocente, y tiembla en el ambiente la sensación de que el Dios verdadero es el que le sostiene.

 Bajo la opresión del griterío los jueces, abrasados de rencor, humillados, deciden seguir con la intentona de los tormentos. Es en vano que el pueblo grite a su favor. Pantaleón es sometido al suplicio de la rueda. Sale ileso. Entonces se le arroja en un calabozo. Son detenidos Hermolao y otros dos cristianos: la pretensión es que seduzcan al mártir a que apostate. Hermolao se niega, y con Hermipo y Hermócrates, los dos cristianos, padece el martirio.

 Pantaleón es azotado. Se preludia el final. La condena es que se le decapite y luego se queme su cuerpo. Pantaleón, gozoso, va al suplicio. Es atado a un olivo. El verdugo alza la espada para cortarle la cabeza, pero en el momento de dar el golpe el hierro se ablanda y el mártir ni siquiera percibe el metal sobre su cuello. Ante el nuevo prodigio el lictor cae de rodillas pidiendo perdón; pero Pantaleón se siente ya impaciente. Ahora es él quien pide, entre súplicas y forcejeos, que se cumpla la sentencia. Los verdugos, que inicialmente se resisten, acceden por fin, y, después de abrazarse con el mártir, hacen caer la cuchilla definitiva. Salta la sangre e instantáneamente florece el olivo y se llena de frutos. El cuerpo no es quemado. Los soldados no se atreven. Los cristianos se lo llevan y recibe sepultura en medio de intensa veneración.

 San Pantaleón ha pasado a ser uno de los principales patronos de los médicos. Su culto ha sido extendidísimo y popular. Su nombre en la hora ciega de las persecuciones tuvo el valor de un símbolo, Los cristianos confesaron a Dios, y Él estuvo con ellos, prestándoles un poder incalculablemente más grande que todas las insidias de sus enemigos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

26 de julio.

SAN JOAQUÍN y SANTA ANA
abuelos de Jesús
padres de la Virgen María

SAN JOAQUÍN

Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada. Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús. Por otra parte, el hecho de que tantas veces encontremos representaciones pictóricas y escultóricas alusivas a los primeros años de María, quien aparece reclinada en los brazos de su madre, Santa Ana, y a escenas de la vida pastoril de San Joaquín, a quien se presenta como padre de María, lo mismo en mosaicos bizantinos del Monte Athos que en tablas de la escuela valenciana o castellana, atestigua la raigambre y el favor de que ha gozado en la cristiandad la piadosa tradición que hace a San Joaquín y Santa Ana padres de María y abuelos de Jesús.

Dicha tradición fue recopilada en la Edad Media por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, quienes se encargaron de difundirla por el Occidente, pero ya en el siglo VI había sido aceptada oficialmente por la Iglesia oriental, refrendada como estaba por escritos venerables, cuya antigüedad llega a remontar el siglo II. En todos los datos que dicha tradición recoge acerca de la vida de San Joaquín descansa un fondo de verosimilitud que no puede ser turbado por el carácter apócrifo de los documentos escritos en que están contenidos. Pero ellos no constituyen, naturalmente, un cimiento inconmovible, sobre el que se pueda edificar históricamente la vida del augusto abuelo de Jesús, junto al nombre comúnmente aceptado de Joaquín (que significa el hombre a quien Yahvé levanta), se encuentran otros más raros como Cleofás, Jonachir y Sadoch, que no son sino variantes sin importancia de los documentos escritos. Una curiosa tradición retransmitida por los cruzados hace nacer a San Joaquín en Séforis, pequeña ciudad de Galilea. Otros dicen que fue Nazaret su ciudad natal. San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II, en su núcleo primitivo, se dice que contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia. Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido. Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sido notificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta. Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios. Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

SANTA ANA

Empecemos por afirmar que nada sabemos sobre la santa madre de la Virgen María, Nuestra Señora. Nada rigurosamente histórico. Los cuatro, evangelios canónicos, con su sobriedad característica, guardan absoluto silencio sobre los padres de María. Ni siquiera sus nombres nos han transmitido.

Si algo queremos saber acerca de ellos tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. En estos escritos —no reconocidos por la Iglesia como revelados— resulta difícil entresacar la verdad del error, aunque bien pudiera ser que gracias a ellos haya llegado hasta nosotros algún dato auténtico silenciado por los cuatro evangelistas. Así, pues, con ingenua sencillez de niños, escuchemos lo que los apócrifos nos han transmitido acerca de la santa mujer que mereció ser la madre de Nuestra Señora y la abuela de Nuestro Señor.

Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: “No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel”.

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo, como dijimos en la reseña de san Joaquín. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: “¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac“.

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros:

¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor.

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: “Mi alma ha sido hoy enaltecida.” Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: “Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: “Ana está amamantando“. Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: “Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros“. Y Joaquín respondió: “Esperemos“.

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel“. Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Y sus padres regresaron, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Sin duda, nosotros habríamos deseado saber algo más. Pero, aunque esbozada apenas, es una encantadora y admirable figura de mujer la que se adivina en esos breves trazos.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! “Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: ¡Ana está amamantando!” Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: “¡Ana está amamantando!”

Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. “Esperemos—le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años… No sea que vaya a tener añoranza de nosotros…” Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

La crítica moderna está de acuerdo en negar todo fundamento histórico al episodio de la presentación de María al Templo. La costumbre, afirmada por los apócrifos, según la cual los primogénitos, varones y hembras, pertenecían a Dios y debían ser educados en el Templo hasta su pubertad, no existió, en realidad, en Israel. Los primogénitos eran, en efecto, consagrados al Señor, pero rescatados en el acto mediante una ofrenda. Los padres los tomaban de nuevo consigo y eran educados en el seno del hogar. Claramente nos cuenta San Lucas cómo se hizo con el Niño Jesús.

Así, pues, Dios no pidió este sacrificio a la bendita madre de la Virgen María. Pudo Ana guardar a su hija junto a sí, verla crecer sobre sus rodillas, tener el gozo de educarla, disfrutar de su presencia hasta su muerte. Breve sería, sin embargo, su felicidad: de los Evangelios se desprende que María era ya huérfana en el momento de sus esponsales con José, hacia sus quince años.

Dios no pidió a Ana el sacrificio de la separación. Pero le impuso otro sin duda mayor: la dejó en una total ignorancia de su gloriosa misión. Si consideramos la estricta sobriedad de las revelaciones hechas a la propia Madre del Salvador, tendremos que dar por descontado que nunca supo Ana que su Hija era una criatura única, excepcional; nunca supo qué Nieto iba a tener de Ella. No bajó un ángel para revelarle el prodigio que se había realizado en su seno: la concepción sin mancha del único ser humano exento del pecado de Adán (aparte Jesucristo, Hombre-Dios).

La separación física de su hija, unas leguas más o menos de distancia entre las dos, habrían significado muy poco para Ana si, al dejarla en el Templo, la hubiera sabido inmaculada, llena de gracia, futura Madre de Dios. Fue el desconocimiento de estas grandezas lo que abrió lejanías insondables entre madre e hija. Estar tan cerca del misterio, rozar ya los días tan suspirados de la redención, ser ella misma una pieza tan importante en la precisión del engranaje divino —¡abuela de Dios!— y no tener de ello conocimiento, ¿no es acaso una privación mucho más dura que la impuesta a Moisés, al que se permitió, por lo menos, entrever la Tierra Prometida en la que no iba a poder entrar?

Ana se convierte así en una figura singularmente atractiva, amable y consoladora para cuantos, al trasponer el umbral de la vejez, se sienten de pronto invadidos por la penosa impresión de haber vivido una vida inútil, carente de sentido. Es entonces cuando puede ser alentador el recuerdo de Ana, de su vida obscura, sin trascendencia aparente, en contraste con la altísima misión que estaba cumpliendo sin saberlo. “¿Quién sabe a lo que uno está destinado? —dice el padre Faber—. Nuestra misión es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado; porque las misiones son cosas divinas, ocultas por lo regular, y se cumplen sin que tengamos conciencia de ellas“. Así fue en el caso de Ana.

Hay almas tan completamente entregadas a Dios, tan fieles y tan sencillas, que la Providencia sabe muy bien que puede disponer de ellas sin contar con su consentimiento previo. Almas en estado de disponibilidad total: Dios no tiene por qué molestarse en darles explicaciones. De las tales, Ana es una buena muestra.

Bueno es vivir ignorado de los demás, pero es mucho más seguro todavía ignorarse a sí mismo. Que la santa abuela de Jesús nos haga comprender la segura belleza de su obscuro camino.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

24 de julio.

verde

Homilía para el XVII domingo durante el año C

“¡Señor, enséñame a rezar!” Cada uno de nosotros probablemente presentó esta súplica al Señor. Si lo hemos hecho, y si la respuesta que recibimos vino de Dios, sabemos que no hay respuesta fácil para esta petición.

En el texto que hemos escuchado, Jesús no da una sola respuesta, fácil. En realidad, no responde directamente a la pregunta. No dice: “La oración es esto y esto otro”. No dice ni siquiera: “La oración consiste en recitar esta o aquella fórmula”. Dice más bien: “Cuando recen, digan...”. Es decir cuando están en estado de oración, o cuando en su corazón hay una oración, y quieren expresarla en palabras, pueden, por ejemplo, utilizar las siguientes palabras: “Padre nuestro, sea santificado tu nombre, etc.”

Si Jesús no responde directamente a la pregunta, la razón probable es que lo que para Él es más importante no es el hecho que nosotros aprendamos a rezar, sino que aprendamos más bien a transformar toda nuestra vida en oración. “No aquél que me dice “Señor, Señor…” entrará en el Reino de Dios, sino el que hace la voluntad de mi Padre…”

No es necesario concebir la plegaria como una situación en la que hay por una parte uno que suplica y, por otra, alguno al que le pedimos hacer esto o aquello. Si tomamos el mensaje bíblico en su totalidad, Dios no aparece como alguien sentado en su trono allá arriba, en el cielo, mientras escucha las oraciones que le vienen de sus súbditos aquí abajo, de la tierra. Al contrario, se manifiesta con un Padre. No como un padre con sus hijos chicos, sino como un Padre con sus hijos adultos, que se han vuelto sus amigos y a los cuales abre Él su corazón.

La historia del Libro del Génesis, que hemos escuchado como primera lectura, es un bello ejemplo. Abrahán recibió la visita de Dios bajo la forma de tres hombres (tema que meditamos el domingo pasado), los trató según las reglas de la hospitalidad oriental, en su mesa y en su tienda. Partiendo de aquel lugar, Dios -siempre en el género literario de la Sagrada Escritura- se dirige a Sodoma y Gomorra, porque sintió decir cosas abominables sobre los habitantes de aquellas ciudades. Quiere ir al lugar a verificar en persona; y si lo que sintió es verdadero, destruirá estas ciudades. Pero antes de dejar la tienda de Abrahán, Dios piensa para sí: “No puedo esconder a mi amigo Abrahán lo que estoy por hacer”. Y Abrahán empieza a negociar con Él. ¿Si hay quizá justos en aquellas ciudades… Realmente exterminarás al justo con el impío? Sería contra tu naturaleza… le dice Abrahán. En realidad Abrahán quisiera salvar no solo a los justos, sino también a los pecadores. De todos modos, sabe que es uno de ellos. Abrahán manifiesta dos formas de solidaridad y esto le da una gran fuerza para negociar: la solidaridad con Dios, del cual es amigo, y la solidaridad con la humanidad culpable, a la cual el pertenece. Que importante cuando abrimos nuestra vida a Dios el “no nos puede esconder lo que está por hacer”.

En la breve plegaria que Jesús enseñó a sus discípulos, encontramos estos dos polos: el primero es “sea santificado tu nombre, venga tu reino…”. Y el segundo es: “danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, no nos dejes caer en tentación…

Volvamos al ejemplo de Abrahán, ahora con palabras del Papa emérito Benedicto XVI, la oración es sentir con Dios y con los demás es entrar en una dimensión nueva de la verdadera justicia, dejemos a Benedicto que lo explique: “Abrahán pide el perdón para toda la ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios. En efecto, dice al Señor: «Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él?» (v. 24b). De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a través del perdón que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con su oración, por tanto, Abrahán no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libre de la culpa también a los impíos, perdonándolos. El pensamiento de Abrahán, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se puede tratar a los inocentes del mismo modo que a los culpables, esto sería injusto; por el contrario, es necesario tratar a los culpables del mismo modo que a los inocentes, realizando una justicia «superior», ofreciéndoles una posibilidad de salvación, porque si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, también ellos se convertirán en justos, con lo cual ya no sería necesario el castigo”. La verdadera oración participa del querer de Dios, “Es esta la petición de justicia que Abrahán expresa en su intercesión, una petición que se basa en la certeza de que el Señor es misericordioso. Abrahán no pide a Dios algo contrario a su esencia; llama a la puerta del corazón de Dios pues conoce su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad, cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios y su perdón, ¿no son acaso la manifestación de la fuerza del bien, aunque parece más pequeño y más débil que el mal? La destrucción de Sodoma debía frenar el mal presente en la ciudad, pero Abrahán sabe que Dios tiene otros modos y otros medios para poner freno a la difusión del mal. Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abrahán, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina. Abrahán —como recordamos— hace disminuir progresivamente el número de los inocentes necesarios para la salvación: si no son cincuenta, podrían bastar cuarenta y cinco, y así va bajando hasta llegar a diez, continuando con su súplica, que se hace audaz en la insistencia: «Quizá no se encuentren más de cuarenta.. treinta… veinte… diez» (cf. vv. 29.30.31.32). Y cuanto más disminuye el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: «Perdonaré… no la destruiré… no lo haré» (cf. vv. 26.28.29.30.31.32).”

La verdadera oración es vivir en la comunión con Dios, por eso, cuando esa comunión existe, dice Jesús que pidan y todo se les dará. Continúa el Papa emérito: “Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin contar ni siquiera con unos pocos inocentes de los cuales partir para transformar el mal en bien. Porque es este precisamente el camino de salvación que también Abrahán pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del castigo, sino ser liberados del mal que hay en nosotros. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazar a Dios y al amor que ya lleva, en sí mismo [el rechazo], el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo rebelde: «En tu maldad encontrarás el castigo, tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor, tu Dios» (Jr 2, 19). De esta tristeza y amargura quiere el Señor salvar al hombre, liberándolo del pecado. Pero, por eso, es necesaria una transformación desde el interior, un agarradero de bien, un inicio desde el cual partir para transformar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perdón. Por esto los justos tenían que estar dentro de la ciudad, y Abrahán repite continuamente: «Quizás allí se encuentren…». «Allí»: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede sanar y devolver la vida. Son palabras dirigidas también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien; que hagamos todo lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente que vivan y sobrevivan nuestras ciudades y para salvarnos de esta amargura interior que es la ausencia de Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra no existía ese germen de bien.” (Benedicto XVI18 de mayo del 2011).

Hay momentos en nuestra vida que la oración brota de la profundidad de nuestro corazón como la lava de un volcán -sea que hayamos hecho una viva experiencia del amor de Dios, sea que nos hayamos vuelto profundamente conscientes de nuestra condición de pecadores y de necesitados. Pero es probable que, la mayor parte de las veces, nuestra oración sea aquella del Publicano: “Ten piedad de mi que soy un pecador”. Orar para estar con Dios, para crecer en comunión, para sentir con Él. Esta oración es siempre escuchada, porque es la plegaria del pobre, en sentido bíblico, el que depende de Dios. Cuando nos reconocemos como uno de estos pobres, podemos decir con los Apóstoles: “Señor, enséñame a rezar…” La respuesta será siempre nueva y exigente, ¡Virgen orante enséñanos la verdadera oración!

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Del P. Castellani.

Las tres Marías Magdalenas son una sola

Se me ocurre hablar sobre Una Controversia Evangélica, ensayo apare¬cido el domingo 14 de julio con la firma de Vicente Ostuni, Versa sobre elproblema de Santa María Magdalena. El autor analiza lo que hay en los cuatro Evangelios, que conoce bien y trata con respeto, así como a los expositores.

Para “simplificar el problema”, toma como presupuesto que la Magdalena fueron tres mujeres, y después de tres columnas de análisis, concluye que realmente fueron tres mujeres. Es la hipótesis más fácil y también la más socorrida. Pero es falsa. La Magdalena fue una sola mujer.

Cinco veces se ocupa el Evangelio de una mujer que aparece teniendo un trato estrecho con Jesús el Maestro, de donde algún exegeta facilón -creo que San Leoncio- -defendió que fueron cinco mujeres. No hay que multiplicar las cosas sin necesidad, decían los antiguos; axioma de que abusó Occam.

“Non sunt multiplicando entia sine necessitate. ” La cuestión no se puede resolver con argumento escriturístico; solamente con un argumento psicológico.

Helo aquí: los gestos de esta mujer recordada cinco veces son siempre iguales a sí mismos. Los gestos identifican a una persona mucho más que las palabras, e incluso mucho más que un retrato.

El gesto típico de este personaje es arrojarse a los pies de Cristo – “devota
de los pies de Jesús”, dice San Agustín-, de lo cual hay cinco versiones; o si se quiere seis, si se cuenta estar dicha persona a los pies de Cristo durante la agonía de la Cruz, y después del descendimiento, como la pintó el Tiziano
y otros.

El otro gesto permanente de la María multiplicada por cinco es la expresión de un amor intenso, humildísimo y discreto al Rabboni (Maestro mío), al cual Nuestro Señor responde con condescendencia, aceptación y defensa: la defiende de inmediato ante el fariseo Simón, ante su hermana Marta y ante Judas. Y en la segunda unción de los pies le responde con una promesa espléndida; eso será conocido por todo el mundo y por todos los tiempos.

Así fue. Así ES. Por eso estamos escribiendo.

La cúspide de esta relación santa fue la primera aparición de Cristo Resurrecto -excepto la de a su Santísima Madre, por supuesto—. La narración
de San Juan es muy hermosa, y el Evangelista la pormenoriza; leámosla denuevo: María de Magdala, que vino a la cabeza de las santas mujeres, quedó vagando como aturdida por el jardín, y le dijo al seudojardinero: “Si tú lo has sacado, dámelo que yo le llevaré.” (De “la osada Magdalena”, habla Santa ‘Teresa.) “iMaría!” le dice el otro, y ella reconociéndolo grita: “ Rabboni”, voz de amor y de respeto; y se arroja a sus pies. “No me toques…”, dicen nuestras Biblias y la gran mayoría de los exegetas, incluso los que saben griego, como Maldonado o Grandmaison. “No me toques” (“noli me tangere”), que se ha vuelto ya un proverbio. Pero “no me toques porque aún no he subido al Padre” no tiene sentido, es un dislate; no dijo eso Jesús. Lo que dijo, en arameo o en griego, fue: “Cesa ya de abrazar mis pies, porque no habiendo subido aún al Padre, hay tiempo.”

Parece mentira no hayan caído aún en la cuenta ni siquiera el docto Bover-Cantera. La lengua griega tiene, además de las voces activa y pasiva, una voz “media”, que indica continuación de la acción de verbo; y así el verbo lyo , el primero que nos enseñan, en su voz media lyomai, significa seguir desatando; y fileoo, filó, amar, continuar amando. Y aquí tenemos el imperativo aoristo medio de aptomai, tenere. Traduce mi diccionario: no quierastenerme más. Y la frase de Cristo deja de ser un dislate.

(Un dislate parecido hay en el cap. X X , 7, de San Juan, sobre la desnudez de San Pedro. Dislates que se deshacen con un pequeño conocimiento de la lengua en que se escribieron los cuatro Evangelios; lo que no impedirá que los sabios sigan repitiéndolos: porque los sabios no son curiosos.

María de Magdalena alternaba ya con los Apóstoles, sus dos hermanos, las Santas Mujeres y la Madre del Señor: Cristo la había no sólo perdonado sino honorado y rehabilitado. No fue una prostituta vulgar, pues entonces los siervos de Simón fariseo no la hubiesen déjado entrar en el salón del banquete. La tradición dice que la casaron muy jovencita con un escriba, y no aguantándolo huyó y se amancebó públicamente con un centurión romano.

Cristo arrojó de ella siete demonios, según San Lucas: es decir, los siete pecados capitales.

Según nosotros, es la adúltera a quien Cristo salvó la vida a la vera del templo; la que ungió los pies del Señor en lo de Simón Fariseo sin decir una palabra y anegada en llanto; y de la cual Cristo dijo: “Le fueron perdonados muchos pecados porque amó mucho”, aunque lo dijo inviniendo la frase; la que acompañó al Señor con las otras mujeres de Acción Católica, sirviéndolo en los menesteres mujeriles; la que, sentada a sus pies, escuchaba sus revelaciones en Betania; la que consiguió del Taumaturgo la resurrección
de su hermano, y lo hizo llorar; la que lo ungió por segunda vez donde Simón el Leproso, con un perfume que costaba lo que el sueldo de un obrero durante un año; la que estuvo junto a la Madre de Dios durante la agonía; y la que lo vio resucitado “la primera” -se entiende después de la Madre-. La que la tradición nos retrata, eremita entregada a rigurosa penitencia, en Lyon de Francia, al lado de su hermano Lázaro obispo y Marta Ecónoma.

Ostuni trae como argumento el que estaba en Betania, y así no puede ser la que acompañaba al Señor por Galilea, sin reparar que estaba en Betania
seis días antes de la Pasión, cuando ya habían acabado sus vagabundias. Volvió a su antigua casa, la de Lázaro y Marta.

Así, pues, mi conjetura -o nuestra conjetura, pues no la he inventado
y o – vale lo menos tanto como la del apreciable Ostuni: Santa María Magdalena, la ex pecadora penitente, venerada hoy por todo el mundo -y sobre todo en la familia Castellani, por Magdalena Diana-, no son cinco ni tres
ni dos mujeres, sino una y la misma.

Padre L.Castellani
Mayoría (diario), n° 18, Suplemento Literario
Buenos Aires, 28 de julio de 1974

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

22 de julio.

Jerónimo Cósida. Noli me tangere. No me toques, aparación de Jesús resucitado a la Magdalena.

Jerónimo Cósida. Noli me tangere. No me toques, aparación de Jesús resucitado a la Magdalena.

SANTA MARIA MAGDALENA

(s. I)

María Magdalena irrumpe en el Evangelio y en la historia cuando entra, temblorosa pero resuelta, en Casa del fariseo Simón.

La escena relatada por San Lucas (7,36-50) parte en dos vertientes la vida de esta mujer: antes y después de su encuentro con Jesús.

De este episodio, que la liturgia nos propone en el Evangelio de su fiesta, hemos de arrancar para conocerla Delicadamente, el evangelista silencia en este lugar su nombre, pero en el capítulo siguiente nos habla de María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios (Lc. 8,2).

La semejanza íntima entre la María Magdalena nombrada por los cuatro evangelistas con la pecadora innominada que se arroja a los pies de Jesús en casa del fariseo justifican plenamente la identificación que la tradición cristiana y la liturgia hacen de estas dos figuras evangélicas.

Recogiendo los datos necesarios para reconstruir “su pasado” hallamos que era una mujer pecadora que había en la ciudad (Lc. 7,37), que esta ciudad era Magdala, y que le fueron perdonados sus pecados porque había amado mucho (Lc. 7,47); luego antes de la escena en casa de Simón había conocido a Jesús, había sido transformada por El.

Era Magdala una ciudad próspera. Recostada en la ribera del mar de Galilea, se había enriquecido con la industria de salazón de pescado. A esto había que añadir la riqueza de su suelo cruzado de corrientes, que le permitían el lujo de ceñirse de árboles.

María, ávida y hermosa, pasearía por aquellas calles su belleza aderezada de lino finísimo, de brazaletes y de collares. La admiración de los hombres y el tintineo de sus tobillos anillados, que suscitaban miradas de envidia y de deseo, le distraían la tristeza. Pero las horas de placer se le escapaban de las manos sin remedio, como las cuentas de un collar roto, dejándole insatisfecho el corazón.

Jesús iniciaba su vida pública eligiendo como centro de su predicación y sus milagros a la pequeña Galilea.

Un día cualquiera llegó hasta Magdala el rumor. Iba creciendo como la brisa vespertina que riza apenas la superficie de! lago para estallar al fin en ola sobre la orilla.

—¡Ha aparecido un Profeta! Se rodea de discípulos. ¡Anuncia el reino de Dios y dice que está dentro de nosotros! Viene hacia Magdala… ¡Ya llega!… Está aquí. ¡El Profeta!

Se dejó arrastrar por un grupo que corría. Fue sólo un instante. Divisó su estatura destacada. Más cerca pudo distinguir sus rasgos. Le agradaron. Eran regulares y firmes, pero…, ¿y sus ojos? No podía verlos. Fue sólo un instante. Él, al pasar, la miró. Hubiera querido retenerle, pero Él seguía ya su camino.

No podía María olvidar los ojos del Profeta. ¿Qué había en aquellos ojos? ¿Reproche? Sí, reproche; pero también compasión, una compasión inmensa. La vida se le hizo insoportable. Cada pecado grababa más hondo en su recuerdo aquella mirada. Le dijeron que Cafarnaúm era su residencia más frecuente.

La tarde estaba ahíta de polvo y la ciudad parecía desierta; pronto descubrió un apiñado enjambre frente a una casa del barrio de los pescadores. Magdalena tardó horas en ir ganando puestos pacientemente hasta llegar al umbral en que Jesús inagotablemente se inclinaba sobre las necesidades de todos. Le golpeaba apresuradamente el corazón. Se había cubierto con un velo tupido que ocultaba por entero su vestido rico, sus cabellos. ¿Qué le pediría ella al Profeta? Nada. Realmente. no tenía nada que pedirle. Ni sabía ahora por qué había venido.

De pronto se produjo un gran revuelo. Alguien por la parte posterior de la casa había logrado levantar la techumbre y en este momento, ante un murmullo expectante, descolgaban una camilla con un hombre totalmente rígido e inmóvil (Mc. 2, 1-2; Mt. 9, 1-18; Lc. 5, 17-26).

Los escribas y personas importantes que rodeaban a Jesús se apartaron, y quedó el hombre tendido en el centro de la habitación delante de Él. El enfermo, intensamente pálido, imploraba con los ojos. Jesús le miró largamente —se hizo un silencio total—; después, posando una mano sobre su frente, dijo en tono solemne:

Hijo, ten confianza; perdonados te son tus pecados.

Magdalena, en la misma puerta, tembló: ¡sus pecados!

Hubo un instante de sorpresa y desencanto. Miradas de reprobación de los escribas. Pareció que uno de ellos iba a hablar, pero Jesús le tomó la palabra.

—¿Por qué os escandalizáis de que yo perdone los pecados? Pensáis, sin duda, que sólo Dios puede hacerlo… Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad de perdonar los pecados, a ti lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

María comprendió entonces la profundidad de la mirada compasiva de Jesús. Creyó que Él, con su poder divino, había taladrado su conciencia y que la había visto a ella, manchada de lujuria, de envidia, de codicia. De repente, aquellas palabras de Jesús anteponiendo el perdón de los pecados a la salud del cuerpo, la habían colocado frente a sí misma. Todo su orgullo de mujer hambrienta de halagos se rebelaba. No podía soportar el pensamiento de su propio espectáculo. Sentía asco de su vida y juntamente una rebeldía indomable que le impedía reconocerse indigna, despreciable, merecedora de la infinita compasión de Jesús.

El remordimiento es amargo cuando el amor no lo ha transformado aún en contrición. Es como una losa que nos oprime, amenazando aplastarnos para siempre; como una serpiente que se revuelve en el alma.

Lentamente, por debajo del orgullo encabritado, y a medida que éste se amansaba, la gracia iba abriéndose paso. A la rebeldía sucedía la esperanza que habían dejado prendida en su alma aquellas palabras dirigidas al paralítico: Hijo, ten confianza; tus pecados te son perdonados. Ella también podía ser perdonada.

Sus pecados le pesaban ahora como una cadena insoportable. Pero las cadenas atan a la tierra. Ella, para liberarse, tenía que romperlas, y se sentía sin fuerzas, impotente. En esta agonía que le deshace el alma, porque ya no quiere pecar y peca, busca de nuevo a Jesús.

Ahora Él enseña en el Monte. Entre Caná y Cafarnaúm, en la ladera del Poniente, que conserva fresca la hierba hasta el centro del verano. La muchedumbre que le rodea es compacta. No logra acercarse al Maestro, pero le escucha:

—Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos también alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Y estas palabras abren su alma a un deseo acuciante de bondad y de bien.

Como el aliento del amanecer despertando a las palmeras del desierto, como el primer vuelo de un pájaro recién nacido, aletea en su corazón un amor nuevo, un amor puro que le empuja sin violencias hacia aquella verdad, hacia aquel bien vislumbrado que se personifica en Jesús.

Sólo Él podía saciar los verdaderos deseos de su corazón.

Como la esposa del Cantar ella quiere buscar al amado por calles y por plazas e increpar a los centinelas de la ciudad: “¿No habéis visto al amado de mi alma?”

Supo que estaba en casa de Simón. Entró muy de prisa, apretando fuertemente su frasco de perfume. Hubiera querido pasar desapercibida, pero no fue posible. Casi la echaron para atrás las miradas de escándalo y de desprecio. No importaba. Se lo merecía. Su orgullo se había fundido porque había triunfado el amor.

Le vio y se arrojó a sus pies. Quiso decirle su arrepentimiento, suplicar su perdón. Pero no pudo. Se le ahogaron en lágrimas las palabras. Sólo supo besarlos y llorar, no sabía si de amor o de dolor. Él comprendía.

Derramó sobre sus pies el perfume. Quería darle esta muestra de gratitud; pero… ¡qué poco era aquello! Se soltó en gesto rápido las trenzas. Eran algo muy suyo, algo que ella había cuidado con esmero como a su gala preferida, justo era emplearlas ahora en enjugarle a Él los pies.

Ahí seguía, ajena a la irritación circundante cuando habló Jesús:

Simón, quiero decirte una cosa.

Dila, Maestro.

Un acreedor tenía dos deudores

Aludida por Él, María se estremeció desde sus plantas escuchando aturdida la defensa que ¡de ella! hacía el Maestro.

Lentamente irguió la cabeza y se atrevió, al fin, a mirarle.

Mujer, perdonados te son tus pecados

Movió ella los labios sin lograr emitir ningún sonido

Tu fe te ha salvado, vete en paz (Lc. 7,36-50),

Las palabras del Señor fueron eficaces en su alma, que quedó inundada de paz.

¡Oh hijas de Jerusalén!, conjúroos por las cabras y por los ciervos de los campos que no despertéis ni desveléis a mi amada (Cant. 3,5).

María, renovada y libre, se une al grupo de mujeres que asisten a Jesús. En adelante su vida aparece íntimamente trenzada con los principales acontecimientos de la vida de Cristo: vicisitudes de su ministerio mesiánico, pasión y muerte, resurrección.

Y aconteció luego que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios. Con Él iban los doce y algunas mujeres… María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza…, y otras muchas que le servían con sus haberes (Lc. 8,1-3).

Seguir a Jesús, servirle, pudo parecer a Magdalena una felicidad indecible. Pronto comprobó que estaba sembrado de sacrificios. Pero amaba. Amaba con sinceridad, tenía una deuda que pagar y siguió adelante.

La vida pública del Señor cosechó algo más que éxitos.

A los pocos días de iniciar el peregrinaje en su seguimiento estuvieron a punto de lapidarle en Nazaret (Mc. 6,16; Mt. 13,53-58). El entusiasmo que produjo la multiplicación de los panes se trocó en desvío cuando Jesús prometió a su auditorio que Él les daría a comer su carne y a beber su sangre. María no entendía nada, pero no podía dejar de creer en Él. ¿No estaban todos ellos a cada paso comprobando su poder divino? ¿Cómo podían dudar? ¿No palpaban en si mismos una transformación inexplicable a su solo contacto? ¡Ah! Ella no tenía derecho a dudar. ¡Había experimentado tan ciertamente que era Él y sólo Él quien la había curado atrayéndola tan suave pero tan fuertemente hasta arrancarla del pecado!

Menos mal que aquel día Simón, en un arranque, había sabido interpretar lo que ella misma sentía.

—No, Señor, nosotros no te dejaremos. ¿Adónde iríamos? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna! (lo. 6,60-70).

Galilea, Fenicia, Decápolis, Judea. En Judea el ambiente era hostil, preñado de peligros. Pero ella no tenía miedo. Tampoco comprendió entonces por qué algunos discípulos tenían miedo.

Hasta que… Parecía imposible. Imposible. Habían vuelto a Jerusalén para la Pascua. Se precipitaron los acontecimientos. Ella no lo había creído, a pesar de los rumores, a pesar de las amenazas, y el golpe la anonadó.

¡Habían prendido al Maestro! (Mt. 26; Mc. 14; Lc. 22. lo. 18).

Habían prendido al Maestro de noche, mientras ella dormía. ¿Cómo era posible que durmiera? Y ahora —estaba amaneciendo— le acababan de llevar a Pilato después que el sanhedrín hubo decretado su muerte (Mt. 27; Mc. 15: Lc. 23).

Alzaron la cruz.

María se quedó helada de horror. No podía ser Él. No podía serlo. Sus ojos —aquellos ojos— estaban turbios de sangre. Su cuerpo, como un gusano retorcido y lívido.

—¡Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz! (Mt. 27,40).

¿Bajaría? ¿Por qué no se desclavaba? Podía hacerlo. Estaba segura. ¿Por qué no lo hacia? ¿Por qué?

Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34).

Sí, era Jesús. Este era Jesús. Perdonando, siempre perdonando. ¿Cómo era posible que Él, tan bueno … acabase así? Él no lo merecía, ella sí. Lo hubiese merecido, pero Él …

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Miró a lo alto. Esta voz parecía venir de uno de los malhechores crucificados junto al Maestro. Ahora Jesús le miraba y parecía querer hablarle:

Yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Le. 23, 42-43).

¡Con qué facilidad perdonaba Jesús! ¡Con qué facilidad la había perdonado a ella! ¡Con qué facilidad perdonaba ahora a este malhechor! ¿No sería que Jesús sufría para tener derecho a perdonar?

Le daba vértigo el misterio que se abría a su entendimiento como una sima.

La justicia de Dios —ella lo había sabido siempre— era inexorable. Necesariamente inexorable. Y Jesús perdonaba tan fácilmente.

Miró a Jesús. Tuvo valor para mirar de nuevo a Jesús.

¡Ese era el precio del pecado! Ese jirón blanco y retorcido surcado de sangre. ¡De nuestros fáciles pecados!

Su angustia, su desesperación primera había cedido a un dolor hondo, anonadado, que no podía contener.

Una mano amiga se posó sobre su brazo. Era la Madre de Jesús… Se miraron. Tuvo vergüenza de haber exteriorizado con tanta vehemencia su dolor, pues… ¿podría haber dolor comparable al suyo?

La Madre también lloraba, pero sosegadamente, como la lluvia mansa que fecunda la tierra.

Jesús tenía que morir. Moriría. ¡Qué amor el suyo! Iba a morir por sus pecados.

Cuando el corazón sufre nos parece que el tiempo se detiene para oprimirnos. Es una ilusión. Nos oprime la pena, pero el tiempo pasa. Y pasaron aquellas horas para los amigos de Jesús desde que Él quedó encerrado en el sepulcro dejándoles sumidos en una inercia llena de estupor.

La sensibilidad de Magdalena, deshecha por el horror del suplicio, reproducía a cada instante la imagen de las llagas, los clavos, las espinas, la sangre de Cristo.

Se revolvía sin poder ni querer escapar del atroz recuerdo ni de la certeza de que Jesús había muerto por sus pecados. Le parecía sentir la sangre de Cristo chorreando sobre su alma para dejarla blanca, sin mancha. ¿No había dicho el profeta: Aunque vuestros pecados os hayan teñido como la grana, quedarán vuestras almas blancas como la nieve, y aunque fuesen teñidas de encarnado como el bermellón se volverán del color de la lana más blanca? (Is. 1,18).

Su único consuelo era prometerse a sí misma que moriría con Él.

Esto haría: En cuanto terminase el descanso sabático correría al sepulcro y permanecería allí hasta morir. Junto al cuerpo de Jesús, sin separarse de Él.

Los dedos del alba hilaban tenuemente el amanecer más hermoso que ella hubiera presenciado jamás. Toda la fragancia de la primavera parecía emerger de la tierra saliendo al encuentro del pequeño grupo de mujeres. Sus siluetas se confundían con la luz difusa del camino que conducía al sepulcro. Una brisa fresquísima oreaba sus mantos.

María no podía reprimir sus apresurados latidos cuando divisaron el sepulcro a lo lejos. Mas… ¿qué era aquello? La piedra estaba corrida.

¡Había sido violada la sepultura! (Mc. 16,4; lo. 20,1).

Despavorida desanda Magdalena el camino, corriendo hasta quedar sin aliento para avisar a los discípulos. ¡Han robado el cuerpo del Maestro!

Pedro y Juan corren también (lo. 20,2-4). Ella, muy rezagada esta vez, alocada y exhausta, llega de nuevo y encuentra el lugar solitario.

Se postra llorando junto al sepulcro vacío.

No puede resignarse a perder el cuerpo de Jesús. No le queda otra señal tangible de su existencia. Necesita palpar de nuevo esta prueba inequívoca de que los últimos meses de su vida no han sido un sueño.

¿Un sueño? ¿Estará soñando ahora?

Tocada por una intuición se asoma toda por la oquedad negra transpirada de frescor de la cueva. En el interior divisa dos sombras blancas.

Mujer, ¿por qué lloras?

Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Se siente dispuesta a buscarlo, a rescatarlo como sea. No puede discurrir. Sólo sabe que quiere el cuerpo de Jesús, que necesita el cuerpo de Jesús para morir a su lado como un perro fiel.

Se vuelve y tropieza su vista con una figura erguida. Le hiere el sol en contraste con la obscuridad del sepulcro. Deslumbrada, sólo sabe echarse a llorar de nuevo.

Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?

Señor, si tú lo has llevado de aquí dime en dónde lo has puesto, que yo me lo llevaré.

—¡María!

Y cae a sus plantas, vencida por esta sola palabra que estalla en su conciencia como una cascada de luz. La realidad de Jesús resucitado se revela a su alma más aún que a sus ojos atónitos.

Nunca sabrá traducir esta revelación inefable de Jesús. Su divinidad, su amor sin límites. ¿Fue un siglo o fue un instante? Como un eco lejano suena en su recuerdo: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Él la había limpiado con su sangre y por eso ve… Sólo al quebrarse el hilo de aquel íntimo encuentro pudo ella balbucir, a la par que alargaba sus brazos para abrazar los pies del Señor:

¡Raboni!

Pero Jesús la detiene suavemente:

No me toques

Había dejado besar y ungir sus pies por la pecadora arrepentida que se llegaba a Él por primera vez. Pero ahora se ha dado a conocer a aquella alma en su espíritu, y esta gracia exige una respuesta de fe sin aledaños sensibles.

Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios… (lo. 20,11-18; Mc. 16,9-11).

No quería Jesús que Magdalena muriese doliente y abatida… Lo que exigía de su amor era una postura de fe y de obediencia.

Y fue María Magdalena…”

La brisa del amanecer se ha detenido ante el triunfo del sol que corre como un gigante su camino.

Los evangelistas no vuelven a nombrarla, pero nos es fácil descubrir su silueta entre las fieles mujeres que presenciaron el último adiós del Maestro ascendiendo entre nubes.

¿Después? Una abundante tradición la lleva al desierto y hasta la hace arribar con la diáspora judía en las playas de Marsella.

Nosotros que la hemos visto palpitar en las páginas del Evangelio preferimos dejar que se oculte con ÉI a nuestros ojos. No nos hace falta más.

María Magdalena será siempre en el santoral romano el prototipo de la mujer que, habiendo pecado, se convierte en un rendimiento total al amor divino.

La gracia de la conversión es con frecuencia así: un toque discreto, una invitación, una mirada. De nuestra respuesta depende un escalonamiento sucesivo de gracias que nos lleven hasta la santidad.

A través del texto evangélico hemos seguido este proceso en María, la pecadora. Ella fue fiel en cada etapa.

A la gracia de la conversión que se operó en ella, sin duda alguna, por la predicación y los milagros de Jesús, María responde con la confesión humillante de su culpa en casa de Simón.

Después del perdón se consagra totalmente al servicio del Maestro y le sigue hasta la cruz como no fueron capaces de seguirle los discípulos.

Muerto no le abandona. Quiere rescatar su cuerpo… ni siquiera ve su impotencia para hacerlo, ni los peligros que entraña su deseo. Jesús recompensa su fidelidad con la gracia inmensa de su primera aparición.

A partir de este momento se inicia en aquella alma una fase de madurez que hemos creído ver en la frase de Jesús: No me toques.

La fe en la soledad y la constancia del servicio en una vida olvidada de reparación, como de quien ha visto morir a Jesús por ella, la conducen a los altares.

La Iglesia la propone en el día de hoy para ejemplo nuestro.

El Papa Francisco elevó la celebración litúrgica de esta santa de memoria obligatoria a fiesta:

Prot. N. 257/16

DECRETO

La Iglesia, tanto en Occidente como en Oriente, ha tenido siempre en gran consideración a Santa María Magdalena, la primera testigo y evangelista de la resurrección del Señor, y la ha celebrado de diversos modos. En la actualidad, cuando la Iglesia es llamada a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina, ha parecido bien que el ejemplo de Santa María Magdalena fuera propuesto también a los fieles de un modo más adecuado. En efecto, esta mujer, conocida como aquella que ha amado a Cristo y que fue muy amada por Cristo; llamada por San Gregorio Magno “testigo de la divina misericordia” y por Santo Tomás de Aquino “la apóstol de los apóstoles”, puede ser hoy propuesta a los fieles como paradigma del servicio de las mujeres en la Iglesia. Por eso, el Sumo Pontífice Francisco ha establecido que la celebración de Santa María Magdalena, de ahora en adelante, sea inscrita en el Calendario Romano General con el grado de fiesta en vez de memoria, como hasta ahora. El nuevo grado celebrativo no conlleva ninguna variación sobre el día, en el que se realiza dicha celebración, y sobre los textos del Misal y de la Liturgia de las Horas, es decir: a) permanece el mismo día dedicado a la celebración de Santa María Magdalena, tal como aparece en el Calendario Romano, es decir, el 22 de julio; b) los textos a usar en la Misa y en el Oficio Divino son los mismos que aparecen en el Misal y en la Liturgia de las Horas del día indicado, con la incorporación en el Misal del prefacio propio, anexo a este decreto. La Conferencia de los Obispos se encargará de traducir el texto del prefacio en la lengua vernácula, de modo que, previa aprobación de la Sede Apostólica, pueda ser usado y, a su debido tiempo, incorporado en la próxima impresión del propio Misal Romano. Donde Santa María Magdalena, según el derecho particular, es legítimamente celebrada en un día y con un grado diverso, también en el futuro se celebrará en el mismo día y con el mismo grado. Sin que obste nada en contrario. En la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, día 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Robert Card. Sarah Prefetto

Arthur Roche Arcivescovo Segretario

Prefacio
APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES

V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.

V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
aclamarte siempre,
Padre todopoderoso,
de quien la misericordia
no es menor que el poder,
por Cristo, Señor nuestro.

El cual se apareció visiblemente en el huerto
a María Magdalena,
pues ella lo había amado en vida,
lo había visto morir en la cruz,
lo buscaba yacente en el sepulcro,
y fue la primera en adorarlo
resucitado de entre los muertos;
y él la honró ante los apóstoles
con el oficio del apostolado
para que la buena noticia de la vida nueva
llegase hasta los confines del mundo.

Por eso, Señor,
nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:

Santo, Santo, Santo…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

19 de julio.

mi-madre-y-mis-hermanos-03

MARTES DE LA SEMANA 16ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 84,2-4.5-6.7-8

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia

Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira. R/.

Restáuranos, Dios salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad? R/.

¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (12,46-50):

En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo.»
Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»
Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»

Palabra del Señor

______________

1. (Año II) Miqueas 7,14-15.18-20

a) Esta tercera y última página de Miqueas es más esperanzadora que las anteriores.

Es una mezcla de afirmaciones proféticas y de súplica ante Dios, ensalzando su misericordia. La confianza del profeta se basa en que Dios seguirá siendo fiel a las promesas que había hecho, ya desde Abrahán, y que pastoreará al pueblo de su heredad.

Pero, sobre todo, se basa en que Dios seguirá haciendo lo que sabe hacer mejor: perdonar.

Es un retrato entrañable: «¿qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado?… se complace en la misericordia… arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos».

b) Los que hemos escuchado, además de la voz de los profetas, lo que nos dice Jesús sobre el amor de Dios -describiéndolo como el padre del hijo pródigo o como el pastor que busca la oveja descarriada- tenemos todavía más motivos para dejarnos llenar de esperanza y alegrarnos con esta noticia de la misericordia de Dios.

Si tenemos a mano la encíclica de Juan Pablo II «Dives in misericordia» «Rico en misericordia» (de 1980), nos haría mucho bien releerla.

Para nosotros mismos, también necesitamos oir esta buena noticia, porque todos somos débiles y nos alegramos del perdón de Dios. La Eucaristía la solemos empezar con la invocación «Señor, ten piedad». Y, sobre todo, en el sacramento de la Reconciliación participamos de la victoria que Jesús consiguió en su cruz contra el pecado y el mal.

Y para los demás, porque no tenemos que cansarnos de proclamar esta bondad de Dios para con los débiles y pecadores. Dios deja siempre abierta la puerta a la misericordia y a la rehabilitación de las personas y de los pueblos.

El salmo refleja bien la idea del profeta y nuestros sentimientos de confianza: «Señor, has sido bueno con tu tierra, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados… muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación».

La última palabra de la historia no es nuestro pecado, sino, como nos dice Miqueas, el amor perdonador de Dios.

2. Mateo 12,46-50

a) El episodio es sencillo: la madre y los parientes de Jesús quieren saludarle, y alguien se lo viene a decir.

Jesús, quien, seguramente, luego les atendería con toda amabilidad, aprovecha para anunciarnos el nuevo concepto de familia que se va a establecer en torno a él. No van a ser decisivos los vínculos de la sangre: «el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Naturalmente, no niega los valores de la familia humana. Pero aquí le interesa subrayar que la Iglesia es suprarracial, no limitada a un pueblo, como el antiguo Israel. La familia de los creyentes no se va a fundar en criterios de sangre o de raza. Los que creen en Jesús y cumplen la voluntad de su Padre, ésos son su nueva familia. Incluso a veces, si hay oposición, Jesús nos enseñará a renunciar a la familia y seguirle, a amarle a él más que a nuestros propios padres.

b) Jesús habla de nosotros, los que pertenecemos a su familia por la fe, por el Bautismo, por nuestra inserción en su comunidad. Eso son nuestro mayor titulo de honor.

Pero también podemos aceptar otra lección: pertenecer a la Iglesia de Jesús no es garantía última, ni la prueba de toque de que, en verdad, seamos «hermanos y madre» de Jesús. Dependerá de si cumplimos o no la voluntad del Padre. La fe tiene consecuencias en la vida. Los sacramentos, y en particular la Eucaristía, piden coherencia en la conducta de cada día, para que podamos ser reconocidos como verdaderos seguidores y familiares de Jesús.

Como María, la Madre, que entra en pleno en esta nueva definición de familia, porque ella sí supo decir -y luego cumplir- aquello de «hágase en mi según tu palabra». Aceptó la voluntad de Dios en su vida. Los Padres decían que fue madre antes por la fe que por la maternidad biológica. Es el mejor modelo para los creyentes.

Cuando acudimos a la Eucaristía, a veces no conocemos a las personas que tenemos al lado. Pero también ellas son creyentes y han venido, lo mismo que nosotros, a escuchar lo que Dios nos va a decir, a rezar y cantar, a celebrar el gesto sacramental de la comunión con el Resucitado. Ahí es donde podemos acordarnos de que la familia a la que pertenecemos como cristianos es la de los creyentes en Jesús, que intentan cumplir en sus vidas la voluntad de Dios.

Por eso, todos con el mismo derecho podremos elevar a Dios la oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro, que estás en el cielo…».

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Procesión y misa de Itati. 9 de julio me mandaron estas fotos.

2-Nacimiento-de-Jesus-Maria-Jose-Navidad-Natividad-Sagrada-Familia-Pesebres-Reyes-Magos  (4) 13606441_10209682188193406_5588012643751641008_n (1) 13612390_10209682176913124_9139353271519029916_n 13775755_1631669363816094_5193284497788259466_n13775853_1631668747149489_7579153720262563330_n13775479_1631668490482848_2406978764972039384_n13769471_1631668323816198_517902552400687905_n13718561_1631668783816152_3958785942910704475_n13700168_1631668857149478_3334317043802092425_n13690715_1631669210482776_5395328904907068525_n13690589_1631668580482839_2985110965155087749_n13680972_10209682180433212_5944378421520678675_n13620968_10209682178713169_8012267916781937153_n 13620783_10209682173433037_6017378011381184153_n

  • 13620836_10209682168992926_7451606208943727861_n 13620968_10209682178713169_8012267916781937153_n 13626563_10209682186513364_5932679463796086250_n 13680972_10209682180433212_5944378421520678675_n
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Misa sábado 16 de julio Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Lomas de Zamora, fiesta patronal.

IMG-20160716-WA0030IMG-20160717-WA0013.jpgIMG-20160716-WA0023IMG-20160716-WA0026IMG-20160716-WA0024

13690645_1186880421364737_8837189534824850320_n 13709951_1186880284698084_2708580913114470540_n 13709961_1186880338031412_2004549333465886879_n 13728972_1186880358031410_4926685331325684344_n 13729152_1186880384698074_2636989447229207773_n

IMG-20160716-WA0025

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

17 de julio.

20160712_180716

Homilía para el domingo XVI durante el año C.

La primera lectura de la Misa de hoy nos ofrece un bello ejemplo de la hospitalidad a la oriental. Es un género de hospitalidad que encontramos todavía en los países pobres, pero que se hace más rara en los países ricos. Cuando se acumula la riqueza, se desarrolla evidentemente el deseo de protegerla, y se vuelven menos inclinados a compartirla, si no es de manera selectiva y fácilmente ostentatoria.

En el Evangelio no vemos nunca a Jesús organizar grandes festines para invitar a la gente, o simplemente a sus amigos. Al contrario, aparece siempre como el extranjero que tiene necesidad de la hospitalidad de los otros. También para la última Cena, su última comida con sus discípulos, se hace recibir en la casa de un extraño. Lo reciben en su casa los publicanos. Acepta la invitación de los Fariseos. Dónde va, lleva un mensaje, ofrece una palabra.

Jesús ama particularmente la hospitalidad de sus amigos queridos: Marta, María y Lázaro. Confieso que, ahora tengo una gran simpatía por Marta, antes no; y pienso con un abad francés que los comentadores y predicadores de los siglos pasados no le han hecho justicia. Es muy fácil, y se volvió popular, ver en este relato evangélico la afirmación de la superioridad de una forma de vida cristiana sobre otra (la vida de contemplación superior a la vida de acción).

En realidad, propiamente, Marta aparece como la figura central de este pasaje evangélico. Jesús es su huésped; es ella que lo recibe en su casa. María se encuentra allí, pero es también ella una invitada de Marta. Jesús no es un huésped común. También para sus amigos más queridos, él permanece “extranjero”, pero cuando llega de cualquier parte, lleva, a quienes lo reciben, la Palabra de Dios, y es esta Palabra que cuenta más que nada.

Vemos esto también en la primera lectura. Los visitantes de Abran le llevan una palabra; y esta palabra se encarnará en el seno de Sara, no, evidentemente, como en la Virgen, sino mediante las causas segundas humanas. La respuesta de Jesús a Marta expresa la misma realidad: lo que cuenta por encima de todo es su Palabra y la escucha de esta Palabra. Ahora, la gran familiaridad con la que Marta habla a Jesús indica bien que entre ellos había una relación profunda que no puede existir sino entre dos personas que se escuchan recíprocamente.

En el servicio de la hospitalidad, hay diversos elementos esenciales: es necesario recibir al huésped, conversar con él, prepararle de comer y ofrecerle diversos servicios. No hay verdadera hospitalidad sin todos estos elementos. No basta sentarse a los pies de alguien para escucharlo, como no es suficiente ofrecerle de comer y listo. Marta y María se dividen juntas estos elementos de la hospitalidad. Y entonces, cuando Jesús dice a Marta, mientra lo está sirviendo, que María ha elegido la parte buena (tèn agathèn merída exeléxato) expresión que generalmente es traducida como la parte mejor, por razones gramaticales no convincentes, pero más correcto sería buena parte, no habla de una superioridad objetiva. Dice simplemente que María ha elegido la parte más agradable del servicio de hospitalidad, y que esta no le será quitada. En cuanto a Marta, que hace todo el servicio oneroso, como Jesús mismo en la Última Cena, la invita a hacerlo sin preocupaciones y sin nerviosismo. Todo esto que las dos, Marta y María, hacen, constituye el servicio integral de la hospitalidad. Se complementan entre las dos. Ninguna de las dos es superior a la otra.

Una lección adicional de este pasaje es que Dios no quiere solamente llamarnos a su mesa, sino quiero también ser invitado a la nuestra. Quiere ser nuestro huésped, como Jesús fue huésped de Marta, que lo ha recibido en su casa. Se presenta a nosotros en la persona del extranjero, del pobre, de aquél que es rechazado, de los refugiados y de los sin techo. Si escuchamos su Palabra, Él y su Padre habitarán en nosotros. Tengámoslo presente en este año de la Misericordia.

La Virgen tuvo esta experiencia eminentemente que Ella nos ayude a entender que este es el único camino.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

16 de Julio.

DSC_0624

Homilía para Ntra. Sra. del Carmen.

La Fiesta de Nuestra Sra. del Carmen, también nos recuerda la misión de profeta y apóstol. El Carmelo, cuya hermosura ensalza la Biblia, ha sido siempre un monte sagrado. En el siglo IX antes de Cristo, Elías lo convirtió en el refugio de la fidelidad al Dios único y en el lugar de los encuentros entre el Señor y su pueblo (1R 18,39). El recuerdo del Profeta «abrasado de celo por el Dios vivo» había de perpetuarse en el Carmelo. Durante las Cruzadas, los ermitaños cristianos se recogieron en las grutas de aquel monte emblemático, hasta que en el siglo XlII, formaron una familia religiosa, a la que el patriarca Alberto de Jerusalén dio una regla en 1209, confirmada por el Papa Honorio III en 1226. El Monte Carmelo está situado en la llanura de Galilea, cerca de Nazareth, donde vivía María «conservándolo todo en su corazón». Por eso la Orden del Carmelo desde sus orígenes, se ha puesto bajo el patrocinio de la Madre de los contemplativos. Hoy pedimos con la liturgia al Señor que nos haga llegar, gracias a «la intercesión de la Virgen María» «hasta Cristo, monte de salvación».

En 1246 en Inglaterra, Simón Stock, nombrado general de la Orden Carmelitana, comprendió que, sin una intervención de la Virgen, la Orden se extinguiría pronto. En esta situación de angustia, recurrió a María, a la que llamó “Flor del Carmelo” y “Estrella del Mar” y puso la Orden bajo su amparo, y le suplicó su protección para toda la comunidad. En respuesta a su oración, el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen y le dio el escapulario para la Orden con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno”.

Los hombres nos comunicamos por símbolos, banderas, himnos, escudos y uniformes, que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios. Los laicos que desean asociarse a los religiosos en el camino de la santidad, pueden usar el escapulario, miniatura de hábito otorgado por la Virgen que, con el rosario y la medalla milagrosa, es uno de los más importantes sacramentales marianos. Como la cinta roja en la ventana de Rajab fue para los hebreos la señal para salvar del extermino a ella y a su familia, el escapulario del Carmen, es para los que lo llevan, su señal de predestinación. Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: “Los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, y la Virgen está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.” El escapulario ha sido constituido por la Iglesia como sacramental y signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción, y que propicia la renuncia del pecado.

Para el cristiano, el escapulario es una señal de su compromiso de vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima y el signo del amor y la protección maternal de María, que envuelve a sus devotos en su manto, como lo hizo con Jesús al nacer, como Madre que cobija a sus hijos. Cubrió Dios con un manto a Adán y Eva después del pecado; Jonatán dio su manto a David en señal de su amistad, y Elías le dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida. San Pablo nos dice que nos revistamos de Cristo, con el vestido de sus virtudes. El escapulario es el signo de que pertenecemos a María como sus hijos escogidos, consagrados y entregados a ella, para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón.

En 1950 el Papa Pío XII escribió “que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”. Quien usa el escapulario debe ser consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras.

En la última aparición de Fátima, octubre de 1917, día del milagro del sol, la Virgen vino vestida con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano. El Papa Pío XII, que recomendó frecuentemente el Escapulario, en 1951, 700 aniversario de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, ante una numerosa audiencia en Roma, exhortó a vestir el Escapulario como “Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María, que nos marca como hijos elegidos de María y se convierte para nosotros en un “Vestido de Gracia”.

Madre del Carmelo: Tengo mil dificultades, ayúdame. De los enemigos del alma, sálvame. En mis desaciertos, ilumíname. En mis dudas y penas, confórtame. En mis enfermedades, fortaléceme. Cuando me desprecien, anímame. En las tentaciones, defiéndeme. En horas difíciles, consuélame. De mis pecados, perdóname. Con tu corazón maternal, ámame. Con tu inmenso poder, protégeme en tus brazos de Madre, al expirar, recíbeme. Virgen Santísima del Carmen, ruega por nosotros. Amén.

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

Para preparar la fiesta de Nuestra Señora del Carmen. Un vídeo emocionante.

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

15 de julio.

Detalle del Santo en su estudio. Con capello de cardenal. Reproducción de una tabla flamenca que se conserva en la Parroquia de Bagnoregio, Italia, su ciudad natal.

Detalle del Santo en su estudio. Con capelo de cardenal. Reproducción de una tabla flamenca que se conserva en la Parroquia de Bagnoregio, Italia, su ciudad natal.

SAN BUENAVENTURA
obispo y doctor

(†  1274)

San Buenaventura —Juan de Fidanza— nació en Bañorea (Bagnoreggio), pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo. Un hecho milagroso ilumina su niñez como prenuncio de lo que sería su vida. Estando gravemente enfermo, su atribulada madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud. Llegado a los umbrales de la juventud se afilió a la Orden fundada por su bienhechor, atraído, según el mismo Santo confiesa, por el hermoso maridaje que entre la sencillez evangélica y la ciencia veía resplandecer en la Orden franciscana. En las aulas de la universidad de París, a la sazón lumbrera del saber, escuchó las lecciones de los mejores maestros de la época a la vez que atendía con ardoroso empeño a su formación espiritual en la escuela del Pobrecillo de Asís, Sus bellas cualidades de mente y corazón, perfeccionadas por la gracia, le atrajeron la simpatía y admiración de sus maestros y condiscípulos. Alejandro de Hales decía que parecía no haber pecado Adán en Buenaventura. Durante un decenio enseñó en París con aplauso unánime. Y, cuando apenas contaba treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, le eligió por su ministro general el 2 de febrero de 1257.

 A lo largo de dieciocho años viajará incansable a través de Francia e Italia, llegando a Alemania por el norte, y por el sur a España; celebrará Capítulos generales y provinciales y proveerá con clarividencia a las necesidades de la Orden, para entonces extendida por todo el mundo antiguo conocido, en cuanto a la legislación y a los estudios, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable. Sus normas de gobierno son en lo substancial válidas aún hoy. después de siete siglos. Con toda razón puede llamársele en cierto sentido el segundo fundador de la Orden de Francisco de Asís, del que escribió, a petición de los frailes, una biografía, modelo en el género por la serenidad crítica, amor filial y arte literario que la hermosean.

 Predicaba con frecuencia impulsado de su celo por el bien de las almas. Papas y reyes, como San Luis, rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y especialmente comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los papas le distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia. Gregorio X (1271-76), que por consejo del Santo había sido elevado al sumo pontificado, nombróle cardenal, le consagró obispo él mismo y le retuvo a su lado para preparar el segundo concilio ecuménico de Lyón, en el que el Seráfico Doctor dirigió los debates y por su mano se realizó la unión de los griegos disidentes a la Iglesia de Roma. Fue el remate glorioso de una vida consagrada al bien de la Iglesia y de su Orden. Pocos días después, el 15 de julio de 1274, entregaba a Dios su bendita alma en medio de la consternación y tristeza del concilio, que se había dejado ganar por el irresistible encanto de su personalidad y por la santidad de su vida. El Papa mandó —caso único en la historia— que todos los sacerdotes del mundo dijeran una misa por su alma.

 Si fue ingente la acción de San Buenaventura como hombre de gobierno, viendo los once gruesos volúmenes in folio de sus obras, hay que convenir que no fue inferior la que desarrolló en el aspecto científico. En los años de docencia en la universidad parisiense escribió comentarios a la Biblia y a las Sentencias de Pedro Lombardo. De la época de su gobierno nos quedan obras teológicas, apologías en que defiende la perfección evangélica y las Ordenes mendicantes de los ataques de sus adversarios, muchos centenares de sermones y opúsculos místicos; algunos, como el Itinerario del alma a Dios, son joyas inapreciables de la mística de todos los tiempos. En sus obras hallamos la síntesis definitiva del agustinismo medieval y la idea de Cristo, centro de la creación, y además la síntesis más completa de la mística cristiana. Todo ello presentado con claridad y precisión escolásticas, a la par que en un estilo armonioso y elegante, como de maestro, no sólo en las ideas, sino también en el decir. Sobre todas las otras cualidades de que están sus escritos adornados resalta una peculiar fuerza divina que el papa Sixto IV descubre en sus obras que arrastra y enfervoriza a las almas. Es la unción espiritual que rezuman todas sus páginas. Y no podía ser de otra manera, ya que la ciencia bonaventuriana no es frío ejercicio de la inteligencia, sino sabiduría, sabor de la ciencia sagrada vivida y practicada. Es, pues, muy comprensible el influjo inmenso del magisterio del santo doctor en la posteridad. Ideas y estímulos han bebido a caño libre en sus páginas maestros de la espiritualidad y almas sedientas de perfección. También en nuestra patria han sido editados repetidamente sus opúsculos auténticos y aun los espurios, pero inspirados en su espíritu o compuestos con retazos de sus obras.

 En medio de actividad tan desbordante el ministro general de la Orden seráfica fue ascendiendo por las vías de la santidad hasta su cumbre más cimera. No es solamente un teólogo que puede dar razón adecuada de los fenómenos místicos merced a los profundos conocimientos que de la ciencia sagrada posee. Es parejamente un varón experimentado, que ha vivido, por lo menos, algunos de los fenómenos que analiza. Se juntan, por tanto, en su persona ciencia y experiencia. Mas no vaya a creerse que, antes de pisar las alturas de la unión mística, no tuviera el Doctor Seráfico que mantener recias luchas consigo mismo y con sus torcidas inclinaciones. Nada más aleccionador que la Carta que contiene veinticinco memoriales de perfección, breve código ascético, de valor inestimable por lo que de autobiográfico encierra. Leyéndola se columbran los esfuerzos que hizo para desligar su corazón de todo afecto desordenado de las criaturas y lograr una extremada exquisitez de conciencia y se entrevén sus progresos en el ejercicio de las virtudes. Entre sus virtudes preferidas están la humildad y la pobreza, la oración, la mortificación y la paciencia. Una ingenua leyenda, no comprobada, nos lo muestra lavando la vajilla conventual en el preciso momento que llegan con las insignias cardenalicias los enviados del Papa. Si el hecho no es real, simboliza exactamente la humildad del Santo en medio de los mayores éxitos y honores. En el desempeño de su cargo brillaron su prudencia, su humilde llaneza y amor de padre en atender a sus súbditos de cualquier categoría que fuesen. La piedad bonaventuriana es marcadamente cristocéntrica y mariana. Puso todo su empeño en imitar a Cristo, camino del alma. La Pasión sacratísima era el objeto preferido de sus meditaciones y amores seráficos. Todos los días dedicaba un obsequio especial a la Virgen Santísima y en honor suyo ordenó a sus religiosos que predicasen al pueblo la piadosa costumbre de saludarla con el rezo del Angelus. Tenerle devoción equivalía para el Santo a imitarla en su pureza y humildad.

 El papa Sixto IV le canonizó el año 1482. En 1588 le proclamó doctor de la Iglesia Sixto V, asignándole el título de Doctor Seráfico. El sapientísimo León XIII le declaró príncipe de la mística. Y Pío XII exhortaba recientemente a los cultivadores de las ciencias eclesiásticas con palabras de San Buenaventura a unir el estudio con la práctica y la unción espiritual,

 Grandiosa fue la actividad del Santo de Bañorea como sacerdote, como prelado y como sabio. Pero la ciencia ni la acción secaron su espíritu. Espoleado de abrasante amor a Dios y al prójimo, vivió una intensa vida interior, savia que empapaba toda su actividad de efluvios sobrenaturales. Secreto resorte de todo dinamismo sobrenaturalmente fecundo ha sido siempre una robusta vida interior. Es la lección perenne que el Santo nos brinda con las enseñanzas de su magisterio y el ejemplo de su vida. Es el camino que con gesto amable y persuasivo señala a las almas que no quieran dejarse arrastrar por este mundo ahíto de técnica, de adelantos, de prisas y velocidades supersónicas, amenazado, en cambio, de un espantoso vacío interior.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

12 de julio.

ay de ti

MARTES DE LA SEMANA 15ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,1-9):

Reinaba en Judá Acaz, hijo de Yotán, hijo de Ozías. Rasín, rey de Damasco, y Pecaj, hijo de Romelía, rey de Israel, subieron a Jerusalén para atacarla; pero no lograron conquistarla.
Llegó la noticia al heredero de David: «Los sirios acampan en Efraín.» Y se agitó su corazón y el del pueblo, como se agitan los árboles del bosque con el viento.
Entonces el Señor dijo a Isaías: «Sal al encuentro de Acaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la Alberca de Arriba, junto a la Calzada del Batanero, y le dirás: “¡Vigilancia y calma! No temas, no te acobardes ante esos dos cabos de tizones humeantes, la ira ardiente de Rasín y los sirios y del hijo de Romelía. Aunque tramen tu ruina diciendo: “Subamos contra Judá, sitiémosla, apoderémonos de ella, y nombraremos en ella rey al hijo de Tabeel.” Así dice el Señor: No se cumplirá ni sucederá: Damasco es capital de Siria, y Rasín, capitán de Damasco; Samaria es capital de Efraín, y el hijo de Romelía, capitán de Samaria. Dentro de cinco o seis años, Efraín, destruido, dejará de ser pueblo. Si no creéis, no subsistiréis.”»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 47

R/. Dios ha fundado su ciudad para siempre

Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. R/.

El monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. R/.

Mirad: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos. R/.

Allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,20-24):

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

Palabra del Señor

______________________________

1. (Año II) Isaías 7,1-9

a) Esta vez el profeta se mete en política. No tanto para dar soluciones técnicas o militares, sino para recordar al rey y a las clases dirigentes los criterios de fidelidad religiosa que deben seguir.

Corren aires de guerra. El rey Acaz y sus militares son presas del pánico (el texto dice que están agitados como los árboles del bosque con el viento) ante los dos reyezuelos que les vienen a atacar: el rey de Damasco y el de Israel, el reino del Norte. Todo era cuestión de alianzas militares, o con Asiria, más al Norte (como quería Acaz), o con Egipto, al Sur (como querían Damasco y Samaria).

Isaías recibe el encargo de tranquilizar al rey, y lo hace en nombre de Yahvé, el Dios fiel, que seguirá apoyando a la dinastía de David, la línea de la promesa mesiánica. Con la condición de que también ellos le sean fieles: «si no creéis, no subsistiréis».

El salmo insiste en esta confianza, basada en el amor que Dios tiene a Jerusalén: «Dios ha fundado su ciudad para siempre, su monte santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra… Los reyes se aliaron para atacarla juntos, pero huyeron despavoridos».

Por esta vez, Dios ahorra a su pueblo la catástrofe nacional que ya se ve en el horizonte.

b) Nos irían mucho mejor las cosas, tanto en la Iglesia como en la sociedad, y en cada familia y comunidad, si fuéramos más fieles a Dios y sus caminos.

No es que cada desgracia sea castigo del pecado, o cada éxito, premio a la virtud. Pero nosotros mismos nos vamos construyendo un futuro bueno o malo según qué caminos seguimos. El que siembra vientos recoge tempestades. El mal que hacemos tiene siempre consecuencias. ¿Cómo podrá ser estable un edificio -nuestra vida- si lo construimos basándonos en el interés o la falsedad?

Jesús nos dirá que demos al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios.

Es un equilibrio que sanaría tantas situaciones de tensión que se crean debido a nuestros egoísmos e idolatrías. Las soluciones técnicas hay que ponerlas en marcha, pero sin olvidarnos de nuestra fidelidad a Dios. Sin él, todo es deleznable. Ni Egipto ni Asiria nos pueden ofrecer alianzas estables; ni el dinero ni el poder ni la técnica pueden asegurarnos el bienestar, ni a las personas ni a la comunidad.

Es hermoso el gesto simbólico que Dios le sugiere a Isaías. Tiene que ir al encuentro de Acaz acompañado por el hijo del profeta, que lleva por nombre «Sear Yasub», que significa «un resto volverá». Dios nunca cierra del todo la puerta a la esperanza. Los que la cerramos, a veces, somos nosotros, con nuestras desviaciones y olvidos.

2. Mateo 11,20-24

a) Lo que decía ayer Jesús de que no había venido a traer paz, sino espadas y división, se ve claramente en la página siguiente del evangelio.

Tres de las ciudades -Betsaida, Corozaín, Cafarnaúm-, en torno al lago de Genesaret, que tenían que haber creído en él, porque escuchaban su predicación y veían continuamente sus signos milagrosos, se resisten. Jesús se lamenta de ellas. Las compara con otras ciudades con fama de impías, o por paganas (Tiro y Sidón) o por la corrupción de sus costumbres (Sodoma), y asegura que esas ciudades «malditas» serán mejor tratadas que las que ahora se niegan a reconocer en Jesús al enviado de Dios.

En otra ocasión Jesús alabó a la ciudad pagana de Nínive, porque acogió la predicación de Jonás y se convirtió al Señor. Mientras que el pueblo elegido siempre se mostró reacio y duro de cerviz.

b) Los que pertenecemos a la Iglesia de Jesús, podemos compararnos a las ciudades cercanas a Jesús. Por ejemplo, a Cafarnaúm, a la que el evangelio llama «su ciudad».

Somos testigos continuos de sus gracias y de su actuación salvadora.

¿Podríamos asegurar que creemos en Jesús en la medida que él espera de nosotros?

Los regalos y las gracias que se hacen a una persona son, a la vez, don y compromiso.

Cuanto más ha recibido uno, más tiene que dar. Nosotros somos verdaderamente ricos en gracias de Dios, por la formación, la fe, los sacramentos, la comunidad cristiana. ¿De veras nos hemos «convertido» a Jesús, o sea, nos hemos vuelto totalmente a él, y hemos organizado nuestra vida según su proyecto de vida?

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

10 de julio.

20160703_100049

Homilía para el XV domingo durante el año C

La primera lectura que escuchamos fue del libro del Deuteronomio, que, de todos los libros del Antiguo Testamento, es la ley. Sin embargo, el mensaje que oímos fue una maravillosa introducción a la enseñanza del Evangelio. Este texto nos dice que la ley de Dios no puede reducirse a una serie de reglamentos, ella es una ley de amor, escrita en nuestros corazones. Si escuchamos esta ley del amor que Dios ha escrito en nuestros corazones, todos los demás preceptos del Evangelio o de la Iglesia tendrán su verdadero significado. Si no, son simplemente un conjunto de textos muertos.

El vívido relato, basado en el Evangelio de san Lucas, que acaban de escuchar dirige una pregunta significativa a Jesús a través de un Doctor en Derecho. Fue una muy buena pregunta, personal y práctica. De hecho, él no dijo: “¿Cuál es el mandamiento más importante?” sino “¿Qué debo hacer?” Jesús dijo: “Usted es un estudioso de la ley: debe saber esto. ¿Qué es lo que se lee en su ley?” Entonces el hombre le dio la respuesta correcta: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma y con todas las fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. ” ¡Muy bien!, dijo Jesús, Haga esto y tendrá la vida eterna.” El doctor constató que el diálogo terminó abruptamente y por eso plantea otra pregunta: “Pero entonces … ¿quién es mi prójimo?

Para responder esta segunda pregunta, Jesús, usará una parábola. Y es importante recordar que toda la parábola que sigue es una respuesta a esta pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Porque cuando se ha terminado de contar la parábola Jesús vuelve, precisamente a esta pregunta: “¿Quién, en su opinión, fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” Mediante esta pregunta, Jesús requerirá que el doctor se identifique con el hombre que cayó en mano de ladrones. (Recordemos que la técnica de la parábola como forma de enseñanza consistía en llevar a los oyentes a identificarse con un personaje de la historia.) Tomando la estructura narrativa, el Doctor había dicho: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús reformuló la misma pregunta al final: “¿Quién fue el prójimo del que cayó bajo los golpes de los ladrones, de los malvivientes?” El Doctor sólo puede responder: “El que le mostró compasión”. Si tenemos en cuenta todo esto nos damos cuenta que cuando Jesús dijo: “Ve y haz tú lo mismo“, el sentido inmediato no es “Ir y ser uno mismo como un buen samaritano”, sino: “Como el hombre que cayó bajo los golpes de los ladrones, acepta, también, que incluso un samaritano es tu prójimo”. En un segundo momento debemos imitar al samaritano, y socorrer al más débil que nosotros. Jesús nos pide ir más allá – por el amor – de todas las divisiones que creamos entre nosotros. Trasladado al mundo de hoy, la división entre los Judíos y samaritanos sería la división entre ricos y pobres, entre países desarrollados y subdesarrollados, entre capitalistas y comunistas, entre los partidarios de la globalización y las víctimas de la misma, entre negros y blancos, entre conservadores y progresistas, entre los ciudadanos y los residentes y otras divisiones que nos inventamos.

Para nosotros, el que está del otro lado es el que se ha equivocado. Jesús nos invita a reconocer la presencia de una persona, en estas condiciones, que incluso puede ayudarnos aunque la consideramos enemiga, esa persona puede ser nuestra buena samaritana. El samaritano en esta parábola es un viajero. El sacerdote y el levita, están en su casa y tienen mucho que hacer. No tienen tiempo para ayudar. También tienen todo lo que necesitan. Se bastan a sí mismos y no reconocen su vecino. Pero el samaritano está de viaje, está fuera de su entorno normal. Llegó a una tierra extraña en busca de algo. El camino de Jerusalén a Jericó era muy peligroso, especialmente para un samaritano. Era un pobre, una persona que conoce el desprecio, el peligro, el miedo. Por lo tanto, podía estar abierto a la compasión.

Si aplicamos todo esto en el mundo de hoy, ¿cuál es la persona que cayó junto al camino, con los ladrones? Es el que salió de Jerusalén a Jericó, el que ha dejado la seguridad de la ciudad santa con sus comodidades y certezas, para encontrar algo en la dirección del desconocido, como Abraham. Es, por ejemplo, la persona que busca modelos más justos y evangélicos de vivir, y aquellos que se desvían del buen camino sin una intención mala. Después de haber dejado el camino pisado por la multitud, tales personas son más vulnerable, más expuestos que otros a cometer errores, incluso graves errores. Puede ser fácilmente encontrado en la cuneta – que también puede ser su salvación. Encontramos estas personas por todas partes. Donde sea que estén, serán fácilmente ignorados por los levitas y los sacerdotes, excepto para recibir de ellos lecciones de buena conducta. Esperamos que un día se encuentren con un samaritano. Quizá esta dinámica es la que el Papa Francisco señala al insistir salir a la periferia, y en este año de la Misericordia.

El samaritano en el mundo actual es la persona que abandonó la seguridad y la comodidad de su pequeño mundo y quiere que otros aprendan nuevas formas de pensar y de vivir. Estando ellos mismos en una situación de constante inseguridad – elegida o aceptada, en todo caso – pueden tener compasión por que cayeron. Sólo si nos comprometemos como viajeros, como peregrinos, como lo hizo Cristo, seremos capaces de ayudar a nuestros hermanos y hermanas no, para observar una ley, o para ganar méritos en cielo o el placer que se siente al ser bueno y generoso, sino simplemente porque tenemos “compasión”, somos capaces de sentir con el hermano, y entonces la ley y el precepto tienen sentido y se cumplen, diríamos solos, virtuosamente, sin esfuerzo.

Como conclusión práctica: sería demasiado fácil la resolución de querer ser buenos samaritanos de los que nos rodean. Escuchemos más bien la primera lección de la parábola de Jesús: aceptar la evidencia de que todos somos, de diferentes maneras, necesitados junto al camino. Nuestro primer reto es aceptar que nuestro prójimo, el que nos ayudará, será el que tendemos a considerar indigno – aquel para el que tenemos la costumbre de orar por su conversión. Solo dando este paso, podremos acoger la invitación de Jesús: “Ve y haz tú lo mismo“. Que la Virgen interceda para que demos este paso de progreso en nuestra humanidad.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

8 de julio.

NOVENA A LA VIRGEN DEL CARMEN
Del 8 al 16 de Julio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por la señal, etc.

ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios mío y Señor mío, postrado delante de vuestra Majestad Soberana, con todo mi ser, con toda mi alma y todo mi corazón te adoro, confieso, bendigo, alabo y glorifico. A ti te reconozco por mi Dios y mi Señor; en Ti creo, en Ti espero y en Ti confío me has de perdonar mis culpas, y dar tu gracia y perseverancia en ella, y la gloria que tienes ofrecida a los que perseveran en tu amor. A Ti amo sobre todas las cosas. A Ti confieso mi suma ingratitud y todas mis culpas y pecados, de todo lo cual me arrepiento y te pido me concedas benignamente el perdón. Pésame, Dios mío, de haberos ofendido, por ser Vos quien sois. Propongo firmemente, ayudado con vuestra divina gracia, nunca más pecar, apartarme de las ocasiones de ofenderos, confesarme, satisfacer por mis culpas y procurar en todo serviros y agradaros. Perdóname, Señor, para que con alma limpia y pura alabe a la santísima Virgen, Madre vuestra y Señora mía, y alcance por su poderosa intercesión la gracia especial que en este Novena pido, si ha de ser para mayor honra y gloria vuestra, y provecho de mi alma. Amén.

ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Virgen María, Madre de Dios y Madre también de los pecadores, y especial Protectora de los que visten tu sagrado Escapulario; por lo que su divina Majestad te engrandeció, escogiéndote para verdadera Madre suya, te suplico me alcances de tu querido Hijo el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades, el consuelo de mis aflicciones y la gracia especial que pido en esta Novena, si conviene para su mayor honra y gloria, y bien de mi alma: que yo, Señora, para conseguirlo me valgo de vuestra intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos a fin de poder alabarte dignamente; y uniendo mis voces con sus afectos, te saludo una y mil veces, diciendo: (rezar tres avemarías)
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Virgen santísima del Carmen; yo deseo que todos sin excepción se cobijen bajo la sombra protectora de tu santo Escapulario, que todos estén unidos a Ti, Madre mía, por los estrechos y amorosos lazos de esta tu querida Insignia. ¡Oh hermosura del Carmelo! Míranos postrados reverentes ante tu sagrada imagen, y concédenos benigna tu amorosa protección. Te recomiendo las necesidades de nuestro Santísimo Padre, el Papa, y las de la Iglesia Católica, nuestra Madre, así como las de mi nación y las de todo el mundo, las mías propias y las de mis parientes y amigos. Mira con ojos de compasión a tantos pobres pecadores, herejes y cismáticos como ofenden a tu divino Hijo, y a tantos infieles como gimen en las tinieblas del paganismo. Que todos se conviertan y te amen, Madre mía, como yo deseo amarte ahora y por toda la eternidad. Así sea.

DÍA PRIMERO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que fuiste figurada en aquella nubecilla que el gran Profeta de Dios, Elías, vio levantarse del Mar, y con su lluvia fecundó copiosamente la tierra, significando la purísima fecundidad con que diste al mundo a tu querido Hijo Jesús, para remedio universal de nuestras almas: te ruego, Señora, me alcances de su majestad copiosas lluvias de auxilios, para que mi alma lleve abundantes frutos de virtudes y buenas obras, a fin de que sirviéndole con perfección en esta, vida, merezca gozarle en la eterna. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA SEGUNDO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que por tu singular amor a los Carmelitas los favoreciste con tu familiar trato y dulces coloquios, alumbrándolos con las luces de tu enseñanza y ejemplo de que dichosamente gozaron. Te ruego, Señora, me asistas con especial protección, alcanzándome de tu bendito Hijo Jesús luz para conocer su infinita bondad y amarle con toda mi alma; para conocer mis culpas y llorarlas para saber como debo comportarme a fin de servirle con toda perfección; y para que mi trato y conversación sean siempre para su mayor honra y gloria y edificación de mis prójimos. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA TERCERO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que te dignaste admitir con singular amor el obsequio filial de los Carmelitas, que entre todos los mortales fueron los primeros que en tu honor edificaron un templo en el Monte Carmelo, donde concurrían fervorosos a darte culto y alabanza. Te ruego, Señora, me alcances sea mi alma templo vivo de la Majestad de Dios, adornado de todas las virtudes, donde El habite siempre amado, adorado y alabado por mi, sin que jamás le ocupen los afectos desordenados de lo temporal y terreno. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA CUARTO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que para mostrar tu especialísimo amor a los Carmelitas les honraste con el dulce nombre de hijos y hermanos tuyos, alentando con tan singular favor su confianza, para buscar en ti, como en amorosa Madre, el remedio, el consuelo y el amparo en todas sus necesidades y aflicciones, moviéndoles a la imitación de tus excelsas virtudes. Te ruego, Señora, me mires, como amorosa Madre y me alcances la gracia de imitarte, de modo que dignamente pueda yo ser llamado también hijo tuyo, y que mi nombre sea inscrito en el libro de la predestinación de los hijos de Dios y hermanos de mi Señor Jesucristo. Así Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA QUINTO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que para defender a los Carmelitas, tus hijos, cuando se intentaba extinguir la sagrada Religión del Carmen, mostrando siempre el amor y singular predilección con que los amparas, mandaste al Sumo Pontífice, Honorio III, los recibiese benignamente y confirmase su instituto, dándole por señal de que esta era tu voluntad y la de tu divino Hijo, la repentina muerte de dos que especialmente la contradecían. Te ruego, Señora, me defiendas de todos mis enemigos de alma y cuerpo, para que con quietud y paz viva siempre en el santo servicio de Dios y tuyo. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

SEXTO DÍA

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que para señalar a los Carmelitas por especiales hijos tuyos, los enriqueciste con la singular prenda del santo escapulario, vinculando en él tantas gracias y favores para con los que devotamente lo visten y cumpliendo con sus obligaciones, procuran vivir de manera que imitando tus virtudes, muestran que son tus hijos. Te ruego, Señora, me alcances la gracia de vivir siempre como verdadero cristiano y cofrade amante del santo escapulario, a fin de que merezca lograr los frutos de esta hermosa devoción. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA SÉPTIMO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que en tu santo Escapulario diste a los que devotamente lo visten, un firmísimo escudo para defenderse de todos los peligros de este mundo y de las asechanzas del demonio, acreditando esta verdad con tantos y tan singulares milagros. Te ruego, Señora, que seas mi defensa poderosa en esta vida mortal, para que en todas las tribulaciones y peligros encuentre la seguridad, y en las tentaciones salga con victoria, logrando siempre tu especial asistencia para conseguirlo. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA OCTAVO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que ejerces tu especial protección en la hora de la muerte para con los que devotamente visten tu santo escapulario, a fin de que logren por medio de la verdadera penitencia salir de esta vida en gracia de Dios y librarse de las penas del infierno. Te ruego, Señora, me asistas, ampares y consueles en la hora de mi muerte, y me alcances verdadera penitencia, perfecta contrición de todos mis pecados, encendido amor de Dios y ardiente deseo de verle y gozarle, para que mi alma no se pierda ni condene, sino que vaya segura a la felicidad eterna de la gloria. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

DÍA NOVENO

Comenzar con el acto de contrición y la oración.
ORACIÓN. ¡Oh! Virgen del Carmen, María Santísima, que extendiendo tu amor hacia los Carmelitas, aún después de la muerte, como piadosísima Madre de los que visten tu santo escapulario consuelas sus almas, cuando están en el Purgatorio, y con tus ruegos consigues salgan cuanto antes de aquellas penas, para ir a gozar de Dios, nuestro Señor, en la gloria. Te ruego, Señora, me alcances de su divina Majestad cumpla yo con las obligaciones de cristiano y la devoción del santo escapulario, de modo que logre este singularísimo favor. Así, Señora, te lo suplico humildemente, diciendo: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia, etc.
Pedir la gracia particular que se desee conseguir en esta Novena. Terminar con la oración final.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

7 de julio.

misioneros

JUEVES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (11,1-4.8c-9):

Así dice el Señor: «Cuando Israel era joven, lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Cuando lo llamaba, él se alejaba, sacrificaba a los Baales, ofrecía incienso a los ídolos. Yo enseñé a andar a Efraín, lo alzaba en brazos; y él no comprendía que yo lo curaba. Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que levanta el yugo de la cerviz, me inclinaba y le daba de comer. Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 79

R/. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece;
despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo.»

Palabra del Señor

___________________

1. (Año II) Oseas 11,1-4.8-9

a) La página de Oseas es un hermoso canto al amor que Dios tiene a su pueblo.

Si antes había comparado este amor al conyugal, ahora describe con rasgos bien tiernos el amor de un padre -o de una madre- por el hijo que lleva en brazos, al que acaricia y besa, al que le enseña a andar, al que atrae «con lazos de amor». Pero ese hijo ahora le es infiel. El pueblo ha roto la alianza que había prometido guardar: «cuando le llamaba, él se alejaba».

¿Cuál será la reacción de Dios? Uno piensa inmediatamente en el castigo que dará a Israel (aquí se le llama Efraím, una de las tribus descendientes de José). Pero no. Dios no se decide a castigar: va a perdonar una vez más.

El profeta -reflejando su propia incapacidad de condenar a su mujer infiel, porque en el fondo la sigue queriendo- describe con trazos muy humanos ese amor de Dios: «se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas: no cederé al ardor de mi cólera». Y la razón es todavía más impresionante: «porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta». Lo propio de Dios no es castigar, sino amar y perdonar. No es un enemigo siempre al acecho, sino el amigo que está en medio de su pueblo.

b) Cuando tengamos que reconocer nuestro pecado, haremos bien en acordarnos de estas palabras de un Dios que no puede dejar de amarnos, a pesar de lo que hayamos hecho. Dios sigue enamorado de la humanidad. Como Oseas de su mujer.

¿Queremos mejor «buena noticia» que ésta? ¿no se adelanta ya aquí -en una página que puede considerarse una de las mejores del AT- el retrato que de Dios nos hará Jesús, describiéndolo como el padre del hijo pródigo y como el pastor que se alegra por recuperar la oveja descarriada, dispuesto siempre a perdonar?

Podemos acudir a él con confianza, diciéndole con el salmo: «que brille tu rostro, Señor, y nos salve… despierta tu poder y ven a salvarnos… ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó».

Además, podemos aprender otra lección: a ser nosotros también misericordiosos, capaces de amar a cada una de las personas que forman nuestra Iglesia, nuestra comunidad, nuestra familia, aunque descubramos defectos en ellas. Como hace continuamente Dios. Y aunque nos cueste.

2. Mateo 10~7-15

a) El Maestro da a sus apóstoles -a todos nosotros, miembros de la Iglesia «apostólica» y «misionera»- unas consignas, para que cumplan su misión siguiendo su estilo:

– ante todo, lo que tienen que anunciar es el Reino de los Cielos, el proyecto salvador de Dios, que se ha cumplido en Jesús: ésta era la última idea del evangelio de ayer y la primera de hoy,

– pero, además, a las palabras deben seguir los hechos: curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios;

– los enviados de Jesús deben actuar con desinterés económico, no buscando su propio provecho, sino «dando gratis lo que han recibido gratis»;

– este estilo es la llamada «pobreza evangélica»: que no se apoya en los medios materiales (oro, plata, vestidos, alforjas), sino en la ayuda de Dios y en la fuerza de su palabra;

– y les avisa Jesús que, en algunos sitios los recibirán y en otros no los querrán ni escuchar.

b) Nos conviene revisar nuestro modo de actuar, comparándolo con estas consignas misioneras de Jesús. No se trata de tomarlas al pie de la letra (no llevar ni calderilla), sino de asumir su espíritu:

– el desinterés económico:

– la generosidad de la propia entrega: ya que Dios nos ha dado gratis, tratemos de igual modo a los demás; recordemos cómo Pablo no quiso vivir a costa de la comunidad, sino trabajando con sus propias manos, aun reconociendo que «bien merece el obrero su sustento»;

– confiemos más en la fuerza de Dios que en nuestras cualidades o medios técnicos; nos irá mejor si llevamos poco equipaje y si trabajamos sin demasiados cálculos económicos y humanos;

– no nos contentemos con palabras, sino mostremos con nuestros hechos que la salvación de Dios alcanza a toda la persona humana: a su espíritu y a su cuerpo; a la vez que anunciamos a Dios, luchamos contra el mal y las dolencias y las injusticias;

– no dramaticemos demasiado los fracasos que podamos tener: no tienen que desanimarnos hasta el punto de dimitir de nuestro encargo misionero; si en un lugar no nos escuchan, vamos a otro donde podamos anunciar la Buena Noticia: dispuestos a todo, a ser recibidos y a ser rechazados;

– sin olvidar que, en definitiva, lo que anunciamos no son soluciones técnicas ni políticas, sino el sentido que tiene nuestra vida a los ojos de Dios: el Reino que inauguró Cristo Jesús.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

6 de julio.

Relicario peregrio de Santa María Goretti que ya ha estado en Canada y en los Estados Unidos.

Relicario peregrio de Santa María Goretti que ya ha estado en Canada y en los Estados Unidos.

Pío XII con la familía Goretti el día de la Canonización de María.

Pío XII con la familía Goretti el día de la Canonización de María.

SANTA MARIA GORETTI

(† 1902)

El día 9 de octubre de 1954 moría en Corinaldo una pobre mujer de pueblo. Los periódicos del mundo entero publicaron la noticia con gran relieve. ¿Quién era la señora Assunta, a quien la gente solía llamar “mamá Assunta”, para que mereciese el interés de la prensa mundial? ¿Qué hazañas había realizado para que el Ayuntamiento de su pueblo decretase funerales públicos y la gente tapase con una pirámide de flores su ataúd?

 Assunta Goretti era una viejecita de ochenta y ocho años, que no sabía leer ni escribir, pero que poseía esa sabiduría superior de los que conocen y viven el Evangelio. El año 1943, al correr al refugio porque las sirenas daban la alarma de aviación, se rompió una pierna y desde entonces quedó inválida. Estaba sentada en un carrito. A pesar de lo cual mereció que Su Santidad el Papa la recibiese en el Vaticano con los honores concedidos a los príncipes y jefes de Estado. Los periodistas de todas partes solicitaban sus manifestaciones y, aunque quería pasar desapercibida de todos, era una de las figuras más populares de nuestro siglo.

 ¿Quién era esta mujer singular? La madre de una niña mártir, la única persona que ha tenido la dicha de presenciar la canonización de su propia hija.

 Fue el 24 de junio de 1950. Como los peregrinos venidos de todos los confines no iban a caber en la basílica de San Pedro, el Papa canonizó a Santa María Goretti en la plaza inmensa delantera a la basílica. Se calcula que medio millón de personas presenció aquella tarde la ceremonia emocionante. No se recordaba nada igual en los anales de Roma.

 La historia de Santa María Goretti es hoy sabida de todos. Incluso ha sido llevada a la pantalla, aunque con esa manía del cine de retocar y deformar los hechos.

 Era una familia de pobres campesinos italianos. Un matrimonio compuesto de ambos esposos, Luis Goretti y Assunta Carlini, y cinco hijos. La segunda es María, que nació en Corinaldo el 16 de octubre de 1890.

 Pero en Corinaldo no encuentran manera de ganarse la vida, a pesar de poseer allí unas tierrecillas. Y emigran. Primero a Colle Gianturco, y al cabo de dos años a Ferriere di Conca, a once kilómetros de Nettuno. Allí se instalan como colonos del conde Mazzoleni.

 Aquel terreno era entonces en extremo malsano. Eran las regiones pantanosas del Agro Pontino. El mosquito que transmite la malaria acechaba insidiosamente a los Pobres labriegos. Así Luis Goretti murió al poco tiempo de aposentarse su familia en Ferriere. Y quedaron solos Assunta y sus cinco hijos, el mayor de los cuales apenas tenía trece años.

 —Animo, mamá —decía María, la mayor de las niñas—. ¿Por qué tienes miedo? ¡Ya vamos siendo grandes! Basta que el Señor nos dé salud. Saldremos adelante, saldremos. Assunta trabajaba en el campo, como un hombre. Siempre había trabajado, porque quedó huérfana de pocos años. Trabajaba y educaba a sus pequeños. Desde que éstos aprendían a hablar les enseñaba a hacer la señal de la cruz y a rezar las primeras oraciones y los rudimentos de la doctrina cristiana.

 Marietta atendía a todo, lavaba a sus hermanitos menores, iba por agua, preparaba la comida, cosía.

 Nunca tuvo amigas, pues las ocupaciones de la casa no le dejaban tiempo para jugar.

 Pero es que sobre los deberes de la propia familia recaían también sobre ella la obligación de atender a otras dos personas que vivían en la misma casa y eran aparceros en las faenas agrícolas, Juan Serenelli y su hijo Alejandro, mocetón de unos veinte años. La casa tenía dos dependencias separadas, pero la escalera y la cocina eran comunes para ambas familias.

 Alejandro no era mal muchacho; pero empezó a darse a lecturas deshonestas que emponzoñaron su alma. Y el que hasta entonces había mirado con indiferencia a la hija mayor de la señora Assunta, empezó a fijarse demasiado en la chiquilla.

 No porque ésta diese motivo alguno. Todos están acordes en afirmar, y así lo ha declarado después repetidamente el mismo Alejandro, que María Goretti era muy modesta y miradísima en el vestir. Era una niña –todavía no llegaba a los doce años—, pero algo desarrollada, quizá más de lo que pudiera esperarse de su edad. Y en el corazón de Alejandro Serenelli se encendió una brutal pasión.

 Dos veces la tentó. Al principio, la pequeña ni comprendió el alcance de lo que Alejandro pretendía; pero vio que era algo malo. Y resistió fuertemente arrojando al tentador, a pesar de su edad y su vigor. Alejandro se sintió despreciado y vencido por Marietta.

 Volvió al asalto por tercera vez. Era la tarde del 5 de julio de 1902. Alejandro ha pensado bien todas las cosas. Abajo su padre, la señora Assunta y todos los de la casa, se encuentran trillando habas en la era. Arriba, en el descanso de la escalera, María Goretti cose una camisa que Alejandro le había mandado urgentemente remendar con el secreto designio de que la muchacha quedase sola en alguno de los aposentos.

 Marietta se intranquiliza cuando ve llegar a Alejandro. Está sobre ascuas; sabe lo que el joven brutal quiere y verse a solas con él la atemoriza. Cose apresuradamente. El mocetón la llama:

 —María, ven acá.

 —¿Para qué? ¿Qué quieres?

 —Tú ven acá.

 —No. Si no me dices qué quieres, no voy.

 Alejandro la toma violentamente por un brazo, le tapa la boca con la mano y, venciendo la resistencia de la pobreta, da una patada a la puerta y la cierra.

 La débil fuerza de una niña que no ha cumplido doce años vencerá las fuerzas del muchacho de veinte. Grita Marietta:

 —¡No! ¡No!… ¡Es pecado!. ¡No, no! ¿Qué haces, Alejandro?… ¡Vas al infierno!…

 El mocetón, viendo que nada consigue, coge un hierro afilado que tenía a punto y se ensaña con su tierna víctima, que prefiere la muerte antes que pecar. Hasta catorce heridas que traspasan su vientre y el pecho pudieron apreciar los médicos que después la reconocieron.

 Al fin acuden los familiares. Loca de dolor pregunta a su hija la señora Assunta:

 —Marietta mía, ¿qué ha sucedido? ¿Quién ha sido? Dime, dime…

 —Fue Alejandro.

 —¿Por qué te hizo esto, hija mía?

 —Porque me quería hacer las cosas malas y yo no quería.

 Y exacto, quedó intacta la tierna virgencita, conforme a la confesión del mismo asesino y al testimonio de los médicos.

 A las cinco horas una ambulancia lleva a la pobre hija al hospital de los hermanos de San Juan de Dios de Nettuno. Por la misma carretera dos carabinieri llevan esposado a Alejandro Serenelli. Distinto fruto de la educación que Assunta Goretti y Juan Serenelli dieron a sus hijos.

 Poco pudieron hacer los médicos del hospital. Sin embargo, intentaron la laparotomía o apertura del vientre pasa poder operarla. Y sin darle anestésico; dos horas de atroz martirio. Marietta coge entre sus manos la medalla de la Milagrosa que siempre llevaba al cuello.

 Le preparan al viático, que recibe como un ángel. Le sugieren que perdone al asesino, y contesta al punto:

 —Sí, le perdono por amor a Jesús, y quiero que venga también conmigo al cielo.

 Algunas horas más tarde moría la niña entre delirios, en los que se le oía defenderse contra Serenelli e invocar a la Virgen Santísima.

 La muerte de Marietta llenó de estupor a toda la comarca. Sin distinción de público acudieron todos a su entierro.

 Treinta años después fue desenterrado su cadáver y llevado a una capilla en la basílica de Nuestra Señora de las Gracias, de Nettuno. Miles de fieles rezan ante aquellos restos de una virgen cristiana, la Santa Inés del siglo XX, como la llamamos hoy.

 El heroísmo de Santa María Goretti no fue improvisado. Los actos de hermosas virtudes de que dio prueba antes de su muerte —preferir la muerte al pecado, perdonar a su asesino, soportar con paciencia sobrehumana una operación sin cloroformo y la sed abrasadora que luego siguió—, todo esto era consecuencia de una vida santa, a la que venía preparándose con el ejercicio constante de las virtudes cristianas en un ambiente lleno de fe, de trabajo y de privaciones.

 Assunta enseñaba a sus hijos el catecismo, les infundía el horror al pecado, les acostumbraba a la oración. Su hogar era pobre; tenían lo justo para vivir, la madre había de pasar la jornada fuera, en los trabajos del campo. Y Marietta lo hacía todo en casa con la formalidad de una persona mayor. Y todavía encontraba tiempo para rezar el rosario en sufragio de su padre muerto. Y reunía a sus hermanitos y les enseñaba la doctrina y rezaba con ellos. Y hasta consolaba a su madre:

 —No tenga cuidado, mamá: verá cómo salimos adelante.

 Marietta estaba más crecida de lo que sus años podían exigir. Con su pelo castaño, sus ojos negros y su tez fresca y rosada era una muchacha sana de cuerpo y espíritu. La modestia era su principal virtud; ha declarado siempre unánimemente su madre.

 Nunca fue presumida, pues además vestía las ropas usadas que le daba una vecina.

 Así, con oración, modestia y trabajo, se preparó esta santita para llegar a ser canonizada en la plaza de San Pedro un 24 de junio de 1950.

 El desgraciado confesó de pleno su crimen. Y se arrepintió de aquel acto de locura una tarde de verano.

 Condenado a treinta años de cárcel, mereció que le rebajasen su condena en tres años por su buen comportamiento. Hoy sirve como criado y hortelano en el convento de capuchinos de Ascoli.

 La niña le había perdonado en el hospital. Pero, como el mismo Serenelli ha manifestado después, ya cuando Marietta se retorcía en el suelo apuñalada con el punzón de hierro, le dijo:

 —No es nada, Alejandro… Yo te perdono.

 Por eso la señora Assunta perdonó también al criminal. Fue una escena que sólo puede darse entre cristianos. Estaba de criada del señor cura de Corinaldo la madre de María Goretti cuando la noche de Navidad de 1938 llamaron a la puerta de la casa rectoral. Abrió la señora Assunta y un hombre le dijo:

 —¿Me reconoce usted, señora Assunta? —al tiempo que bajaba los ojos.

 —Sí, Alejandro; te recuerdo.

 —¿Me perdona? —suplicó el infeliz, que llevaba en el rostro las trazas de veintisiete años de cárcel.

 —Si Dios te ha perdonado, Alejandro, ¿cómo no te he de perdonar yo?

 Aquella noche la pasó en la casa del párroco, y juntos, la madre y el asesino de su hija, se acercaron a comulgar en la Misa del Gallo.

 Y siempre, cuando hablaban de Serenelli, la señora Goretti no consentía que le tratasen mal.

 —¡Está tan arrepentido! Y habiéndole perdonado Marietta, ¿cómo no le voy a perdonar yo? Es cierto que ha cometido un pecado enorme; pero Dios ha sabido sacar bien de tanto mal.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

3 de julio.

verde julio

Homilía para el XIV domingo durante el año C

En el Evangelio, tenemos dos versiones del mandato misionero de Jesús: el primero, común a los tres Evangelios sinópticos, se dirige a los Doce Apóstoles, el otro, más largo, que hemos proclamado, y es propio de san Lucas, se dirige a los setenta y dos discípulos.

Jesús quiere que todos los misioneros – todos sus discípulos – sean auténticos peregrinos, es decir, personas que están totalmente comprometidos con su misión, que vayan derecho por el camino, mirando hacia adelante, sin dejarse distraer por todo lo que puedan encontrar interesante en el sendero: “No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias, y no se detengan a saludar en el camino.”

La persona que llegó a esta libertad interior, que se reconcilió con su propia pobreza, es una persona llena de paz, por lo tanto puede transmitir paz a los demás. “En cualquier casa donde entren, primeramente digan: Paz a esta casa, si hay un amigo de la paz, su paz reposará sobre él, de lo contrario, se volverá a ustedes”. La Paz se comparte entre personas libres. Quien no tiene esta libertad, quien sigue siendo un esclavo de sus deseos es a menudo una fuente de tensiones, si no de conflictos.

Pablo fue uno de estos peregrinos, uno de los más pobres. A diferencia de todos los demás apóstoles, Pablo parece que nunca ha tenido en la cabeza la idea de una iglesia local. Ha fundado varias, pasando constantemente de una a otra, poniendo a otras personas a la cabeza de las comunidades fundadas por él, va directamente a otra misión. Se basa en su amor por Cristo y el amor de Cristo por él, como en su voluntad de sufrir por Cristo, amó hasta el punto de ser capaz de decir: “Que la cruz de nuestro Señor Jesucristo sea mi solo orgullo“.

Este mensaje se aplica no sólo a los predicadores del Evangelio, sino a todos los discípulos, entre ellos ustedes, los fieles laicos. Recordemos que en el Evangelio del domingo pasado Jesús pidió un desprendimiento radical de todo el que quisiera seguirlo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, en cuanto a ti, ve y anuncia el Reino de Dios” Para estar arraigado – arraigado en Cristo – es necesario estar libre de otros ataduras. Esta es la vocación no sólo de aquellos que están llamados a predicar la Buena Nueva, de los ascetas que están llamados a vivir en soledad, y de todo bautizado llamado a ser discípulo y misionero.

Al principio de su santa Regla san Benito habla de las diversas categorías de monjes. Menciona los cenobitas (los que practican la vida en común) y para quien escribió su Regla y los ermitaños, por los que tiene un gran respeto cuando son genuinos. También habla de “girovagos”, una palabra que se refiere a las personas que pasan constantemente de un lugar a otro, impulsadas no por el Espíritu de Dios, sino por sus caprichos e instintos.

Pero hay una diferencia radical entre los girovagos mencionados por Benito y los peregrinos. Mientras que un giróvago es desarraigado, y por lo tanto no puede crecer, el auténtico peregrino es una persona arraigada. O bien tiene una casa de la que parte y a la que regresará al final de su peregrinación, o, si adoptó una vida de peregrino perpetuo (que fue la primera forma de monacato cristiano en Siria), encontró suficientes raíces en su interior para apoyarse en otras raíces geográficas y culturales. Si la “estabilidad” en un lugar y una comunidad es importante, la dimensión característica del caminante espiritual continúa siendo esencial para el bautizado.

Este mensaje puede parecer un poco austero. Pero en este compromiso con la persona de Cristo y con la misión recibida de él, es también una profunda alegría – una alegría que está en proporción de la radicalidad en el don de sí mismo. Esto se expresa bien en la primera lectura, tomada del libro de Isaías, en Jerusalén, figura de Cristo se describe en términos muy tiernos como una madre amorosa que alimenta a sus hijos de su pecho, los lleva en sus brazos y acaricia en su regazo.

San Gregorio magno tiene palabras duras con nosotros sacerdotes, pero que nos sirven a todos los bautizados para comprender la importancia de la predicación y sobre todo de la necesidad de esta, dice Gregorio, en Hom., 17, 1-4.7 s. (Lezionario “I Padri vivi” 184): “Escuchemos ahora que cosa dice el Señor a sus predicadores: “la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rueguen entonces al señor de la mies, que envíe operarios a su mies,” (Lc 10, 2). La mies es mucha, pero los trabajadores son pocos. No lo podemos decir sin amargura. Son muchos aquellos que están dispuestos a escuchar, pero pocos a predicar. El mundo está lleno de sacerdotes pero en la mies es difícil encontrar un trabajador, ¿por qué hemos aceptado el oficio sacerdotal, pero no hacemos el trabajo de nuestro oficio? Pero reflexionen, reflexionen, hermanos, en las palabras: “recen al señor de la mies, que envíe trabajadores a su mies”. Recen por nosotros, para que podamos trabajar adecuadamente para ustedes, para que nuestra lengua no desista de exhortar, porque, después de haber tomado el oficio de la predicación, nuestro silencio no nos condene. Frecuentemente la lengua calla por culpa de los predicadores; pero sucede otras veces que calla por culpa de quien debe escuchar. A veces la palabra falta por la maldad del predicador, como dice el salmista: “Dios dice al pecador: ¿por qué osas hablar de mi justicia?” (Sal 49, 16); y a veces el predicador está impedido por culpa de los que escuchan, como en Ezequiel: “Y haré que tu lengua se te pegue al paladar y enmudecerás, y no serás para ellos el hombre que reprenda, porque son una casa rebelde.” (Ez 3, 26). Como si dijese: Te quito la palabra, porque un pueblo rebelde, que me exaspera con sus acciones, no es digno que se les enseñe la verdad. No es fácil, entonces, discernir por culpa de quien es quitada la palabra al predicador; pero es cierto que el silencio del pastor, si a veces es dañoso al mismo pastor, al rebaño siempre es dañoso...”

La mies es mucha. Como Jesús nos pidió, roguemos al Señor de la mies que envíe obreros a su viña. Por encima de todo, cultivemos en nosotros la pobreza, el desprendimiento y la libertad que requiere toda persona que ha sido llamada y enviada a una misión. Que todos escuchemos y prediquemos la palabra, con María santísima lo pedimos humildemente.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario