18 de agosto.

VIERNES DE LA SEMANA 19ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Josué (24,1-13):

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor.
Josué habló al pueblo: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “Al otro lado del río Éufrates vivieron antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses. Tomé a Abrahán, vuestro padre, del otro lado del río, lo conduje por todo el país de Canaán y multipliqué su descendencia dándole a Isaac. A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié a Moisés y Aarón para castigar a Egipto con los portentos que hice, y después os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres; y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con caballería y carros hasta el mar Rojo. Pero gritaron al Señor, y él puso una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después desplomó sobre ellos el mar, anegándolos. Vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después vivisteis en el desierto muchos años. Os llevé al país de los amorreos, que vivían en Transjordania; os atacaron, y os los entregué. Tomasteis posesión de sus tierras, y yo los exterminé ante vosotros. Entonces Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, atacó a Israel; mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijera; pero yo no quise oír a Balaán, que no tuvo más remedio que bendeciros, y os libré de sus manos. Pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó. Los jefes de Jericó os atacaron: los amorreos, fereceos, cananeos, hititas, guirgaseos, heveos y jebuseos; pero yo os los entregué; sembré el pánico ante vosotros, y expulsasteis a los dos reyes amorreos, no con tu espada ni con tu arco. Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido, y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado, y de los que ahora coméis.”»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 135,1-3.16-18.21-22.24

R./ Porque es eterna su misericordia

Dad gracias al Señor porque es bueno. R/.

Dad gracias al Dios de los dioses. R/.

Dad gracias al Señor de los señores. R/.

Guió por el desierto a su pueblo. R/.

Él hirió a reyes famosos. R/.

Dio muerte a reyes poderosos. R/.

Les dio su tierra en heredad. R/.

En heredad a Israel, su siervo. R/.

Y nos libró de nuestros opresores. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»
Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»
Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio.»
Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»
Pero él les dijo: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Josué 24,1-13

a) Saltándonos bastantes capítulos del Libro de Josué -en los que se cuentan las dramáticas aventuras de la ocupación de Canaán-, nos enteramos, hoy y mañana, de la gran asamblea de las tribus judías en Siquén, en el centro de Palestina, el mismo lugar donde Abrahán había erigido el primer altar a Dios y donde Jacob había tenido su misteriosa experiencia. Esta asamblea constituye el punto culminante del libro de Josué y, también, de la historia del pueblo de Israel, porque en ella renuevan la Alianza que la generación anterior había hecho en el Sinaí.

Josué aprovecha para hacer una larga catequesis, un repaso de la historia del pueblo, desde la llamada de Abrahán hasta el momento presente, pasando por las peripecias de la ida y la vuelta a Egipto. Una catequesis que a nosotros nos sirve también para recordar lo que hemos ido leyendo como primera lectura de la misa durante las últimas semanas.

En toda esta historia Josué ve la mano de Dios y quiere que el pueblo así lo recuerde para siempre. Naturalmente, la conquista de Canaán se ve, al cabo de varios siglos, bastante más pacífica y providencialista de lo que fue en realidad. Está muy bien elegido el salmo 135, que litánicamente va comentando: «porque es eterna su misericordia», porque Dios «guió por el desierto a su pueblo, les dio su tierra en heredad, y nos libró de nuestros opresores…».

b) A esta catequesis histórica los cristianos tenemos que añadirle varios capítulos: Cristo Jesús y los dos mil años de historia que ya lleva su comunidad, la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo.

Nuestra fe cristiana es histórica. No se reduce a unas verdades que creer o a unos deberes que cumplir. Es la historia de cómo ha actuado y sigue actuando Dios, y cómo le ha respondido la humanidad, unas veces bien y otras, mal.

Nuestra catequesis -la predicación, los cantos, el lenguaje de nuestra reflexión teológica- ganaría fuerza si fuera más «histórica». Es la mejor manera de presentar a Dios. No hecha de definiciones filosóficas, sino a partir de lo que ha obrado por su pueblo. Ahí aparecerían el amor y la fidelidad de Dios y también, las esclavitudes, los éxodos, los procesos de liberación, las idolatrías, las infidelidades, los valores y los fallos de la humanidad de entonces y de siempre. Y, en medio, se vería cómo, en Cristo, Dios se nos ha acercado definitivamente y cómo, en él, tenemos acceso confiado al Padre.

2. Mateo 19,3-12

a) Terminado ya el «discurso eclesial» del cap. 18, siguen unas recomendaciones de Jesús en su camino a Jerusalén: esta vez, la célebre cuestión del divorcio.

La pregunta no es acerca de la licitud del divorcio, que era algo admitido. Sino sobre cuál de las dos interpretaciones era más correcta: la amplia de algunos maestros como Hillel, que multiplicaban los motivos para que el marido pudiera pedir el divorcio (no aparece que lo pueda pedir la mujer), o la más estricta de la escuela de Shammai, que sólo lo admitía en casos extremos, por ejemplo el adulterio.

Jesús deja aparte la casuística y reafirma la indisolubilidad del matrimonio, recordando el plan de Dios: «ya no son dos, sino una sola carne: así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Al mismo tiempo, negando el divorcio, Jesús restablece la dignidad de la mujer, que no puede ser tratada, como lo era en aquel tiempo, con esa visión tan machista e interesada. La excepción que admite («no hablo de prostitución») no se sabe bien a qué se puede referir. Pero lo que sí queda muy claro es el principio de que «lo que Dios ha unido el hombre no lo separe».

b) Cristo toma en serio la relación sexual, el matrimonio y la dignidad de la mujer. No con los planteamientos superficiales de su tiempo y de ahora, buscando meramente una satisfacción que puede ser pasajera. En el sermón de la montaña ya desautorizaba el divorcio. Aquí apela a la voluntad original de Dios, que comporta una unión mucho más seria y estable, no sujeta a un sentimiento pasajero o a un capricho.

El plan es de Dios: él es quien ha querido que exista esa atracción y ese amor entre el hombre y la mujer, con una admirable complementariedad y, además, con la apertura al milagro de la vida, en el que colaboran con el mismo Dios.

Lo cual nos recuerda la necesidad de que lo tomemos en serio también nosotros, dentro de la comunidad eclesial: la preparación humana y psicológica del matrimonio, su celebración, su acompañamiento después… El amor que quiere Dios es estable, fiel, maduro.

Si el matrimonio se acepta con todas las consecuencias, no buscándose sólo a sí mismo, sino con esa admirable comunión de vida que supone la vida conyugal y, luego, la relación entre padres e hijos, evidentemente es comprometido, además de noble y gozoso. Como era difícil lo que nos pedía Jesús ayer: perdonar al hermano. Como es difícil tomar la cruz cada día y seguirle.

Podríamos completar hoy nuestra escucha de la Palabra bíblica leyendo lo que el Catecismo dice sobre «el matrimonio en el Señor» (CEC 1612-1617); valora el matrimonio cristiano desde su simbolismo del amor de Dios a Israel y de Cristo a su Iglesia, y alude también, con la cita de ese pasaje de Mt 19, a la cuestión del divorcio.

La lección de la fidelidad estable vale igualmente para los que han optado por otro camino, el del celibato. De eso habla hoy Jesús cuando afirma que hay quien renuncia al matrimonio y se mantiene célibe «por el Reino de los Cielos». Como hizo él. Como hacen los ministros ordenados y los religiosos: no para no amar, sino para amar más y de otro modo. Para dedicar su vida entera -también como signo-, a colaborar en la salvación del mundo. El celibato lo presenta Jesús como un don de Dios, no como una opción que sea posible a todos.

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17 de agosto.

ANTE LOS ATENTADOS DE HOY EN BARCELONA TENGAMOS PRESENTE ESTE EVANGELIO DE JESÚS, Y TRATEMOS DE VIVIR E IMPREGNAR LA CULTURA DE VALORES CRISTIANOS, TODO LO DEMÁS: DISCURSO VACUO Y DEMAGOGIA

JUEVES DE LA SEMANA 19ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Josué (3,7-10a.11.13-17):

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy empezaré a engrandecerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés. Tú ordena a los sacerdotes portadores del arca de la alianza que cuando lleguen a la orilla se detengan en el Jordán.»
Josué dijo a los israelitas: «Acercaos aquí a escuchar las palabras del Señor, vuestro Dios. Así conoceréis que un Dios vivo está en medio de vosotros, y que va a expulsar ante vosotros a los cananeos. Mirad, el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros. Y cuando los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pisen el Jordán, la corriente del Jordán se cortará: el agua que viene de arriba se detendrá formando un embalse.»
Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza caminaron delante de la gente. Y, al llegar al Jordán, en cuanto mojaron los pies en el agua –el Jordán va hasta los bordes todo el tiempo de la siega–, el agua que venía de arriba se detuvo, creció formando un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adam, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba al mar del desierto, al mar Muerto, se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos

Palabra de Dios

Salmo

Sal 113A,1-2.3-4.5-6

R/. Aleluya

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio. R/.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos. R/.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos? R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21–19,1):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros m¡ Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Josué 3,7-17

a) Concluida la lectura de los libros del Pentateuco, seguimos con otros relatos históricos, el libro de Josué y luego el de los Jueces. La aventura del pueblo de Israel continúa.

Ha cambiado el líder. A Moisés le ha sucedido su fiel discípulo Josué. Pero lo importante es que Dios sigue al frente de su pueblo: «para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés… un Dios vivo está en medio de vosotros».

Termina el éxodo por el desierto, pero queda una parte muy importante del camino, la entrada del pueblo judío a la tierra de Canaán, que no fue tan pacífica ni poética como aquí se describe. Fue una lucha larga, encarnizada, con muchas víctimas, pueblo por pueblo y región por región. Pero cuando se escribe el libro, siglos después, se tiende a mitificar. No se hace tanto historia, sino catequesis, incluso con un lenguaje que parece litúrgico: el paso por el Jordán con trompetas, cantos, procesión de sacerdotes y, sobre todo, el Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios entre los suyos.

Se cuenta el episodio del río Jordán, calcado del otro, de hacía cuarenta años, el paso del Mar Rojo. También aquí, probablemente, se trataba de un fenómeno natural -el río, en un momento determinado, se vuelve transitable-, fenómeno que se interpreta como regalo de la providencia de Dios.

b) La actuación salvadora de Dios sigue ahora, todavía más intensa que entonces. La Pascua de Jesús fue el verdadero «éxodo», el paso a través de la muerte a la nueva existencia de Resucitado, la Pascua que nos salva a todos los que nos incorporamos a él por el sacramento del Bautismo.

Ahora ya no son el Mar Rojo ni el río Jordán: es el torrente de la muerte y del pecado el que Cristo ha atravesado con su Pascua y que nos ayuda a atravesar también a nosotros. Los domingos, en el día de la victoria pascual de Cristo, en vísperas, cantamos muchas veces el salmo 113, el responsorial de hoy, que nos describe poéticamente con júbilo lleno de ironía- lo que le pasó entonces a Israel: «el mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás… ¿Qué te pasa a ti, Jordán, que te echas atrás?»…

Ahora ya no se trata de ocupar tierras y, ciertamente, tampoco de usar métodos de fuerza y de hechos consumados. Jesús nos ha enseñado la fuerza de la no violencia. Pero sí tenemos que estar convencidos de que Dios está presente en nuestra vida y quiere salvarnos de nuestras esclavitudes personales o comunitarias.

Nosotros podemos alegrarnos, con mayor razón que nuestros hermanos del AT, de que «un Dios vivo está en medio de nosotros». Ahora no nos acompaña el Arca de la Alianza primera, sino el mismo Cristo, quien, para que entendiéramos mejor su presencia, se ha querido hacer también Eucaristía, alimento para el camino, que eso significa «viático».

2. Mateo 18,21-19,1

a) Si ayer era la corrección fraterna, hoy Jesús, en su «sermón comunitario», sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas.

La propuesta de Pedro ya parecía generosa. Pero Jesús va mucho más allá: setenta veces siete significa siempre.

La parábola exagera a propósito: la deuda perdonada al primer empleado es ingente. La que él no perdona a su compañero, pequeñísima. El contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia.

Lo propio de Dios es perdonar. Lo mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

b) Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los diez mandamientos del AT.

¿No es demasiado ya perdonar siete veces? ¿y no será una exageración lo de setenta veces siete? ¿no estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su pecado.

En la Biblia, el Jubileo comportaba el perdón de las deudas y la vuelta de las propiedades a su primer dueño. Nosotros tal vez no tengamos tierras que devolver ni deudas económicas que remitir. Pero sí podemos perdonar esas pequeñas rencillas con los que conviven con nosotros. Esposos que se perdonan algún fallo. Padres que saben olvidar un mal paso de su hijo o de su hija. Amigos que pasan por alto, elegantemente, una mala pasada de algún amigo. Religiosos que hacen ver que no han oído una palabra ofensiva que se le escapó a otro de la comunidad.

En el Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir: «perdónanos como nosotros perdonamos». En el sermón de la montaña nos dijo lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda… Ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos.

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16 de agosto.

Tras golpearla con su vara, Moisés hace manar agua de la roca (cuadro por Tintoretto). Pintura exhibida en la Scuola di San Rocco, Venecia.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 19ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (34,1-12):

En aquellos días, Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Fasga, que mira a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, el territorio de Neftall, de Efraín y de Manasés, el de Judá hasta el mar occidental, el Negueb y la comarca del valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Soar; y le dijo: «Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: “Se la daré a tu descendencia.” Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.»
Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como había dicho el Señor. Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Fegor; y hasta el dia de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba. Moisés murió a la edad de ciento veinte años; no había perdido vista ni había decaído su vigor. Los israelitas lloraron a Moisés en la estepa de Moab treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés. Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos; los israelitas le obedecieron e hicieron lo que el Señor había mandado a Moisés. Pero ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto contra el Faraón, su corte y su país; ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 65,1-3a.5.8.16-17

R/. Bendito sea Dios,
que me ha devuelto la vida

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R/.

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas. R/.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor

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I. (Año I) Deuteronomio 34,1-12

a) Terminamos hoy la lectura del Deuteronomio, y con él, la del Pentateuco el grupo de los primeros cinco libros de la Biblia. Y lo hacemos con el relato sobrio por demás, de la muerte del gran protagonista de las últimas semanas.

Muere a la vista de la tierra que Dios había prometido a Abrahán y sus descendientes.

Los ciento veinte años no habría que entenderlos como números aritméticos, sino simbólicos: Moisés muere habiendo llevado a cabo la misión que se le había encomendado.

La historia sigue. Ahora, bajo la guía de Josué, el pueblo se dispone a la gran aventura de la ocupación de la tierra de Canaán. Pero, dentro de la discreción del pasaje, es lógico que se haga un breve resumen de la figura de Moisés y que se nos diga que «ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara».

Gran profeta, amigo de Dios, solidario de su pueblo, hombre de gran corazón, líder consumado, gran orante, convencido creyente, que ha dejado tras sí la impresión de que no es él, un hombre, sino Dios mismo el que ha actuado a favor de su pueblo. El protagonista ha sido Dios. Incluso en su muerte, Moisés es discreto: no se conoce dónde está su tumba.

El salmo parece que pone en sus labios esta invitación: «Aclama al Señor, tierra entera, cantad himnos a su gloria, venid a ver las obras de Dios… venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua».

b) Ojalá se pudiera resumir nuestra vida, y la misión que realizamos, cada cual en su ambiente, con las mismas alabanzas que la de Moisés. Recordemos las veces que lo nombra el mismo Jesús. Y cómo en la escena de la Transfiguración en el monte, aparece Moisés, junto con Elías, acompañando a Jesús en la revelación de su Pascua y de su gloria.

¿Se podrá decir de nosotros que hemos sido personas unidas a Dios, que hemos orado intensamente? ¿y que hemos estado en sintonía con el pueblo, sobre todo con los que sufren, trabajando abnegadamente por ellos? ¿se podrá alabar nuestro corazón lleno de misericordia?

Tal vez no se nos permitirá ver el fruto de nuestro esfuerzo, como Moisés no vio la tierra hacia la que había guiado al pueblo durante cuarenta años de esfuerzos y sufrimientos. Pero no se nos va a examinar por los éxitos y los frutos a corto plazo, sino por el amor y la entrega que hayamos puesto al colaborar en la obra salvadora de Dios.

2. Mateo 18,15-20

a) Sigue el «discurso eclesial o comunitario» de Jesús, esta vez referido a la corrección fraterna.

La comunidad cristiana no es perfecta. Coexisten en ella el bien y el mal. ¿Cómo hemos de comportarnos con el hermano que falta? Jesús señala un método gradual en la corrección fraterna: el diálogo personal, el diálogo con testigos y, luego, la separación, si es que el pecador se obstina en su fallo.

b) Todos somos corresponsables en la comunidad. En otras ocasiones, Jesús habla de la misión de quienes tienen autoridad. Aquí afirma algo que se refiere a toda la comunidad: «lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo», «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cuando un hermano ha faltado, la reacción de los demás no puede ser de indiferencia, que fue la actitud de Caín: «¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Un centinela tiene que avisar. Un padre no siempre tiene que callar, ni el maestro o el educador permitirlo todo, ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino, ni un obispo dejar de ejercer su gula pastoral en la diócesis. No es que nos vayamos a meter continuamente en los asuntos de otros, pero nos debemos sentir corresponsables de su bien. La pregunta de Dios a Caín nos la dirige también a nosotros: «¿qué has hecho con tu hermano?».

Esta corrección no la ejercitamos desde la agresividad y la condena inmediata, con métodos de espionaje o policíacos, echando en cara y humillando. Nos tiene que guiar el amor, la comprensión, la búsqueda del bien del hermano: tender una mano, dirigir una palabra de ánimo, ayudar a rehabilitarse. La corrección fraterna es algo difícil, en la vida familiar como en la eclesial. Pero cuando se hace bien y a tiempo, es una suerte para todos: «has ganado a un hermano».

Una clave fundamental para esta corrección es la gradación de que nos habla Cristo: ante todo, un diálogo personal, no empezando, sin más, por una desautorización en público o la condena inmediata. Al final, podrá ocurrir que no haya nada que hacer, cuando el que falta se obstina en su actitud. Entonces, la comunidad puede «atar y desatar», y Jesús dice que su decisión será ratificada en el cielo. Se puede llegar a la«excomunión», pero eso es lo último. Antes hay que agotar todos los medios y los diálogos. Somos hermanos en la comunidad.

Corrección fraterna entre amigos, entre esposos, en el ámbito familiar, en una comunidad religiosa, en la Iglesia. Y acompañada de la oración: rezar por el que ha fallado es una de las mejores maneras de ayudarle y, además, nos enseñará a adoptar el tono justo en nuestra palabra de exhortación, cuando tenga que decirse.

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Hoy se cumplirían 37º aniversario de la Ordenación episcopal de Mons. Rubén H. Di Monte, mi recuerdo agradecido y mi oración por su eterno descanso.

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15 de agosto. Fiesta Diocesana

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15 de agosto.

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Homilía para la solemnidad de la Asunción de la Ssma. Virgen María.

El 15 de agosto, se celebraba en Oriente una de las más antiguas fiestas marianas, muy populares entre los fieles. Según cuanto indican las lecturas de la Misa, conservadas hasta ahora, era una fiesta en honor a María, Madre de Dios. Al inicio del siglo VI, en Palestina y Siria, esta fiesta se transforma en la memoria de la Dormición de María. En Jerusalén, las celebraciones se desarrollan en la Iglesia junto al Huerto de los Olivos donde se encontraba la tumba, desde la cual, como se sostenía, María fue asunta al Cielo. La gran popularidad del apócrifo “Transitus Mariae”, así como la afluencia de los peregrinos parecen ser la causa del cambio del contenido teológico de la fiesta. El emperador Mauricio (582-602) prescribe celebrar la Asunción de María en todas las Iglesias orientales. La Iglesia romana acoge la fiesta mariana el 15 de agosto en el siglo VI, y en la mitad del siglo VII, bajo el influjo de la Iglesia bizantina, la celebra como la fiesta de la Dormición de la Beatísima Virgen María. El Sacramentario Gregoriano le dará el nombre de “Asunción” de María. El Papa Sergio (+ 701) introduce la solemne procesión nocturna.

Hacia finales del siglo X, se une a la fiesta de la Asunción de María la costumbre de bendecir las hierbas medicinales. La costumbre miraba a la más antigua tradición oriental en que, en la fiesta del 15 de agosto, se bendecían los campos. En este día, hasta hoy en algunos lugares, los fieles llevan a la Iglesia los frutos de los campos y jardines, para presentarlos a Dios.

María con el alma y el cuerpo fue asunta al Cielo, esta es la sustancia de la fiesta que la Iglesia celebra con gran alegría. No sufrió la corrupción de la tumba y este es su nuevo privilegio que está implícito en el primero: su ser inmaculado. María fue preservada de la mancha del pecado original, por eso ahora no debe estar sometida a sus consecuencias. Ha dado a luz al Hijo de Dios, el Dador de toda vida, por eso la muerte no puede tocarla. Ha participado de la manera más plena del misterio salvífico de Cristo y he aquí que en ella se revela desde ahora la plenitud de la salvación traída por Cristo. En primer lugar recibe la salvación, se transforma en la imagen de la Iglesia de la gloria y para el pueblo peregrino es un signo de esperanza y de consuelo.

«Al comenzar la Edad Moderna dijo alguien que deberíamos vivir como si Dios no existiera. Esto ha ocurrido, y a la vista tenemos las consecuencias. Nuestra regla debe ser exactamente la contraria: vivir en todo instante dando como supuesto que Él existe, y conforme a lo que Él es, porque por fuerza es lo que es. Este vivir significa dar oído a su Palabra y a su Voluntad, sintiéndonos mirados por Sus ojos. De este modo, sentiremos que pesa más nuestra responsabilidad; pero, en compensación, se hará mas fácil y mas humana nuestra vida. Mas fácil, porque nuestros errores, fracasos, privaciones y perdidas jamás nos parecerán definitivos y fatales, sabiendo como sabemos que detrás de todo ello existe siempre un sentido, y que nada esta perdido para siempre. Desde esta perspectiva, nos aparece en primer plano el lado bueno de las cosas. Ciertamente, con mirar hacia el Cielo no impedimos que lo ingrato siga siéndolo; pero su peso habrá menguado, porque todo será para nosotros penúltimo. No nos rebelaremos cuando las cosas no resulten como quisiéramos, o se frustren nuestros propósitos: porque sabemos que, en el fondo, hay algo bueno en ello, toda vez que Dios es bueno. Así, cuando perdamos a un ser querido, pensaremos que no se ha ido definitivamente, y que algún día volveremos a vernos. Es más: incluso deberíamos alegrarnos con la idea de un perfecto rencuentro. Si se ha ido de nuestro lado, nuestra separación provisional se cambiará en su momento por una compañía donde el gozo será completo y puro, sin que lo empañen las fatigas y tribulaciones de la vida presente. Y, por lo que se refiere a nuestras obras en general, procederemos pensando que su peso es oro eterno: porque Dios está mirándonos y nos guía; y porque Él es el origen de la justicia, y nos trata justamente.» Card. Ratzinger.

En la Asunción de María celebramos su plena unión con Cristo resucitado de entre los muertos, y podemos experimentar su fe viva y su presencia eficaz en la Iglesia, su maternidad espiritual. Como María, tenemos parte en el misterio salvífico de Cristo y como ella tendamos a la gloria del Cielo: llegaremos si buscamos con constancia las cosas de allá arriba. La intercesión de María nos llene con amor, nos sostenga en el camino que lleva a la gloria y nos fortalezca en la perseverancia.

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14 de agosto. Vispera de la Asunción de María al cielo.

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13 de agosto.

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Homilía para el XIX Domingo durante el año A

El relato de Jesús que camina sobre el agua, que Mateo, Marcos y Juan unen al milagro de la multiplicación de los panes; transmite una experiencia, que dejó una impresión profunda sobre los discípulos de Jesús. Cada uno de estos tres Evangelistas relata los hechos de manera un poco diversa con respecto a los otros, pero siempre el relato encuentra su centro en el encuentro de Jesús con sus discípulos sobre el mar, y en las palabras sublimes y consoladoras de Jesús: “¡Ánimo!, que soy yo, no teman”.

Después de la multiplicación de los panes, Jesús invita a sus discípulos a dirigirse en barca hacia la otra orilla del lago, mientras Él, por su lado, después de haber despedido a la muchedumbre, va a la montaña a rezar. Entonces, muy de madrugada, va caminando a su encuentro sobre el agua. Marcos introduce aquí un detalle que puede resultar curioso, pero que es de una gran importancia. Dice que Jesús estaba como siguiendo de largo, “pasando junto a ellos”, cuando lo vieron. ¿Cómo hacía para pasarlos cuándo venía hacia su encuentro? La expresión es una alusión a una de las escenas más fuertes del Antiguo Testamento.

Moisés quería ver el rostro de Dios. Pero si veía a Dios, su rostro moría, por eso el Señor de dice: “haré pasar toda mi gloria delante de ti, y proclamaré mi nombre delante de ti” (Ex. 33, 19). Dios lo invitó entonces a ir sobre la cima del monte Horeb, con estas palabras: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado». (Ex. 33, 21-22).

La historia de Elías (en la primera lectura) es una repetición de lo que le sucede a Moisés. Elías se esconde en el mismo lugar de la roca, “Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh” (1 Re. 19, 11). Y cuando viene la brisa ligera, Elías hace la experiencia de Dios.

En realidad Dios pasa constantemente junto a nosotros. La mayor parte no somos conscientes de su paso, o porque estamos distraídos, o porque estamos replegados sobre nosotros mismos, o porque buscamos encontrarlo en los eventos extraordinarios, mientras pasa cercano a nosotros en la persona de un hermano, de un amigo, de un pobre que tiene necesidad de nuestra ayuda, de alguien que no me cae tan bien, etc.

Moisés fue enviado a su pueblo. Lo mismo sucede con Elías. Los discípulos, después de su encuentro con Jesús, se reencontraron inmediatamente sobre la otra orilla del lago, prontos a comenzar una nueva jornada de trabajo misionero con Jesús.

En nuestra vida, Dios nos da unos momentos de intensa intimidad con Él, como a Pedro, Santiago y Juan en el monte Tabor, y nosotros tal vez podemos decir como Pedro que hermoso es estar aquí, hagamos tres tiendas. Pero nuestra experiencia de Dios aquí abajo es la experiencia de un Dios que pasa muy simplemente junto a nosotros en la vida que nos rodea.

Pero si no tenemos una experiencia tan íntima y fuerte con el Señor nos anima la escena de Pedro. « ¡Ven! », le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzaba a hundirse, gritó: « ¡Señor, sálvame! » Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

Comentando este pasaje, nos dice Agustín: “y el Señor le dijo: Ven… Pudo lo mismo que el Señor, no por sí, sino por el Señor. Lo que nadie puede hacer en Pablo o en Pedro, o en cualquier otro de los apóstoles, puede hacerlo en el Señor. Pedro caminó sobre las aguas por mandato del Señor, sabiendo que por sí mismo no podía hacerlo. Por la fe pudo lo que la debilidad humana no hubiera podido… A muchos les impide ser firmes su presunción de firmeza”[1]. Debemos ser firmes pero no en nosotros, sino en el Señor.

Si en el mar tempestuoso de nuestra vida divisamos a Cristo no saquemos la mirada de Él, y menos para mirar la tormenta, porque si lo hacemos nos hundimos. Seamos personas de mucha fe. Pidámoslo con confianza a la Virgen, para transformar nuestra vida, nuestra familia y nuestra sociedad. Así sea.

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[1] San Agustín, Sermones, Sermón 76, 5-9.

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8 de agosto. Preside Pbro. Raúl Herrero la solemnidad en la Capilla.

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8 de agosto.

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Capilla Santo Domingo, ayer lunes, final del Triduo.

SANTO DOMINGO DE GUZMAN

(† 1221)

Nació en Caleruega (Burgos), a fines de 1171. Su padre se llamaba Félix de Guzmán, “venerable y ricohombre entre todos los de su pueblo”. Y era de los nobles que acompañaban al rey en todas sus guerras contra los moros. Y muy emparentado con la nobleza de entonces. Su madre, la Beata Juana de Aza, era la verdadera señora de Caleruega, cuyo territorio pertenecía a los Aza por derecho de behetría. Mujer verdaderamente extraordinaria, era querida y respetada por todos, muy caritativa, sinceramente piadosa y siempre dispuesta a sacrificarse por la Iglesia y por los pobres. De ella recibió Domingo su educación primera.

Hacia los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Y hacia los catorce fue enviado al Estudio General de Palencia, el primero y más famoso de toda esa parte de España, y en el que se estudiaban artes liberales, es decir, todas las ciencias humanas, y sagrada teología. A esta última se dedicó Domingo con tanto ardor que aun las noches las pasaba en la oración y el estudio sobre todo de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres. Sobre estos textos sagrados iba él organizando en sus cuadernos una síntesis ordenada de toda la doctrina teológica.

Vivía solo, con su pequeño mobiliario y sus libros. Y así podía distribuir mejor su tiempo en el día y en la noche. Para mayor mortificación suprimió el vino, que en su casa tomaba. Suprimir el sueño para estudiar no era para él mortificación, sino gozo, pues la doctrina sagrada le embelesaba. Por eso su estudio tenía tanto de oración y de meditación como de estudio propiamente dicho. Tenía fama de vivir tan recogido, que más bien parecía un viejo que un joven de dieciocho o veinte Su vida anterior le había preparado para ello, tanto en su propia casa como en la de su tío el arcipreste.

Por aquellos tiempos de guerras casi continuas con los moros y entre los mismos príncipes cristianos, con arrasamientos de campos, de pueblos y ciudades, con dificultades enormes para traer de fuera lo que en un pueblo o en una región faltaba, eran, como no podía por menos de suceder, frecuentes las hambres, y en ciertos momentos espantosas. Por toda la región de Palencia se extendió una de esas hambres terribles que llevaban a la muerte muchas gentes. Domingo convirtió su cuarto en una Limosna, como entonces se decía, o sea en un lugar donde se daba todo lo que había y todo lo que se podía alcanzar. Y, claro está, en esa su habitación no quedaron bien pronto más que las paredes. ¡Ah! Y los libros en que Santo Domingo estudiaba, su más preciado tesoro. Tan preciado, que de ellos podía depender su porvenir. No había entonces librerías para comprarlos; había que copiarlos o hacerlos copiar; y de estas dos clases eran los libros de Domingo. Pero, además, esos libros suyos estaban llenos de anotaciones y resúmenes dictados por él mismo. Labor, como se ve, de dinero y de trabajo, nada fácil de realizar. ¡Y cómo duele desprenderse de un manuscrito propio —al que se tiene mas cariño que a un hijo— para nunca más volverlo o ver!…

Pues cuando a estos libros de Domingo les llegó su vez, ahí está ese tesoro suyo del alma para venderse también. ¿Que el corazón se le desgarra al venderlos? “Pero, ¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?” Esta fue la exclamación de Domingo a los que le reprochaban aquella venta. Y bien vale la exclamación por toda una epopeya. Pero hay todavía más: Domingo vendió cuanto tenía. Pero, ¿y las palabras del Señor: “Amaos como Yo os he amado?” ¿Y no quiso el mismo Cristo ser vendido por nosotros y para nuestro bien? A la Limosna, que Domingo había establecido en su propia habitación, llega un día una mujer llorando amargamente y diciendo: “Mi hermano ha caído prisionero de los moros”. A Domingo no le queda ya nada que dar sino a sí mismo, Pues bien; ahí está él; irá a venderse como esclavo para rescatar al desgraciado por el cual se le rogaba.

Estos actos de Domingo conmovieron a Palencia; y entre estudiantes y profesores se produjo tal movimiento de piedad y caridad que se hizo innecesario vender libros ni vender personas, sino que de las arcas, en que se hallaba escondido, salió en seguida dinero suficiente para todo. Y hasta salieron de aquí algunos que luego, al fundar Domingo su Orden, le siguieron, consagrándose a Dios hasta la muerte. Y no sólo por Palencia corrió la voz de estos hechos, sino por todo el reino de Castilla, dando lugar a que el obispo de Osma, don Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para su Cabildo, viniese a Domingo, rogándole que aceptase en su catedral una canonjía.

  La aceptación de esta canonjía suponía para Domingo un paso decisivo hacia el ideal de vida apostólica con que soñaba. Estos Cabildos regulares bajo la regla de San Agustín, fundados durante el último siglo con espíritu religioso y ansias de perfección, con vida común y pobreza personal voluntaria, eran verdaderas comunidades religiosas, aunque en los últimos tiempos habían decaído mucho. El obispo de Osma, en cosa de seis años, tuvo que sustituir a nueve de sus doce canónigos por inobservantes. Por eso buscaba santos, como el joven Domingo, para sustituirlos. Y fue tan honda la reforma de este Cabildo, que perseveró en su vida de perfección hasta fines del siglo XV, en que todos los Cabildos de España se habían ya secularizado. Tenía Domingo unos veinticuatro años cuando aceptó esa canonjía. Y poco después, al cumplir la edad canónica de veinticinco, fue ordenado sacerdote.

  Desde el primer momento el canónigo Domingo comenzó a brillar por su santidad y ser modelo de todas las virtudes; el último siempre en reclamar honores, que aborrecía, y el primero para cuanto significaba humillaciones y trabajos. Su virtud atraía. Y, como de él se dijo en su vida de apostolado, nadie se acercaba a él que no se sintiese dulce y suavemente atraído hacia la virtud. Era entonces prior del Cabildo don Diego de Acevedo, elemento importante de esta reforma y sucesor del obispo don Martín a su muerte en 1201. A Domingo debieron elegirle subprior sus compañeros apenas le hicieron canónigo, pues como tal subprior aparece bastante antes de la muerte del obispo Bazán. En 1199 aparece también, como sacristán del Cabildo, es decir, director del culto de la catedral. Estos dos cargos obligaron a Domingo a darse más de lleno al apostolado y ser modelo de perfección en todo.

  A diferencia de los antiguos monjes, que alternaban la oración con el trabajo manual, los canónigos regulares debían dedicarse más de lleno que a la vida contemplativa, al culto divino y a los sagrados ministerios; a éstos, sobre todo, los que para ellos eran especialmente dedicados. Domingo, pues, como subprior del Cabildo y como sacristán, tendría a su cargo la enseñanza de la religión, que en la catedral se daba; la predicación no sólo en la catedral, sino también en otras iglesias que del Cabildo dependían, bautizar, confesar, dar la comunión, dirigir el culto, etc., todo ello junto con una vida de apartamiento del mundo y de pobreza voluntaria, teniéndolo todo en común a imitación de los apóstoles.

  El rey Alfonso VIII había encargado al obispo de Osma, don Diego de Acevedo, en 1203, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir para su hijo Fernando, de trece años, la mano de una dama noble. El obispo aceptó. Y por compañero espiritual de viaje escogió a Domingo, subprior suyo, dirigiéndose con él por Zaragoza a Tolosa de Francia. Pero allí observaron que toda esta región, y aun, al parecer, toda Francia, Flandes, Renania, y hasta Inglaterra y Lombardía, estaban, grandemente infectadas de perniciosas herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo. Tenían hasta obispos propios. Y hasta llegaron a celebrar un concilio, presidido por un tal Nicetas, que se decía papa, venido de Constantinopla. Los poderes civiles, en general, de manera más o menos solapada, les favorecían. Su aspecto exterior era de lo más austero: vestían de negro, practicaban la continencia absoluta y se abstenían de carnes y lacticinios. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la redención por la cruz de Cristo, los sacramentos, etc., etc. Con la afirmación de dos dioses, uno bueno y otro malo, su religión venía a ser solamente una actitud pesimista frente a la vida, de la cual había que librarse por esa austeridad y mortificaciones con las que deslumbraban a las muchedumbres.

  Desde San Bernardo, sobre todo, se venía luchando contra ellos sin conseguir apenas resultado alguno. En esta zona de Francia se les llamaba albigenses, por tener en la ciudad de Albi uno de sus centros principales. Providencialmente la misma primera noche de su estancia en Tolosa tuvo Domingo ocasión de encontrarse cara a cara con uno de ellos, su propio huésped, quedando horrorizado. Le pidió razón de sus errores, y el hereje se defendió como pudo. Y así la noche entera. Hasta que, al fin, el hereje, profundamente impresionado por el amor y la ternura con que le hablaba Domingo, reconoció sus propios errores y abandonó la herejía. A la mañana siguiente Acevedo y Domingo continuaron su viaje a Dinamarca, donde cumplieron bien su misión, aunque el matrimonio, concertado así por poder o por procurador, no llegó jamás a consumarse, a pesar de un segundo viaje hecho en 1205 por los mismos dos embajadores. Los cuales habían descubierto al norte de Europa un mundo no ya de herejes, sino de paganos, con mucho mayores dificultades para su evangelización, mundo que ya no se borrará jamás de su alma.

  Vueltos Acevedo y Domingo a Provenza, y conociendo más y más los estragos de la herejía, que todo lo iba dominando, pues se servía de toda clase de armas, la calumnia, el incendio, el asesinato…, decidieron quedarse allí. La lucha entre herejes y católicos era sumamente desigual. Pues, además de que los herejes no reparaban en medios, tenían bandas de predicadores que iban por todas partes propagando su doctrina. Por parte de los católicos, en cambio, sólo podían predicar los obispos o algunos delegados suyos; y algunos, muchos menos, delegados del Papa, pero siempre, y en todo caso, con misiones muy concretas de tiempos y lugares. Además, los herejes apenas tenían otros dogmas que negaciones. Pero, en cambio, alardeaban de practicar a la perfección la moral evangélica y acusaban a la Iglesia de no practicar nada de lo que enseñaba. Para esto se fijaban, sobre todo, en la forma como venían a predicarles los legados pontificios, que solían venir con grande pompa y boato, por creer que lo contrario hacia desmerecer su autoridad.

  En el seno de la Iglesia hacía un siglo que se venían haciendo reformas en Cabildos catedrales, como hemos visto, y en Ordenes religiosas, como la de Cluny, la del Cister y otras. Pero estas reformas no siempre lograban, mantenerse en el primer fervor y con frecuencia fracasaban por completo, a poco de haberse iniciado.

  Además, estas comunidades, por mucha perfección que practicasen, vivían separadas del pueblo, mientras que los herejes vivían con el mezcladísimos. Por otra parte, al pueblo suelen preocuparle menos los dogmas que la moral, y cree siempre más en las obras que en las palabras. Cuando el obispo de Osma y el subprior llegaron a darse cuenta por completo de la situación, comenzaron a advertir al Papa que no era nada a propósito para combatir a los herejes presentarse como sus legados se presentaban. Entre aquella inmensa corrupción, que lo inundaba todo, comenzaban a sentirse por doquier ansias de verdadera vida evangélica, y se hacía cada vez más claro que para conquistar al mundo, tan extraviado y corrompido, había que volver al modo de predicar y de vivir que los mismos apóstoles practicaron.

  En la primavera de 1207 hubo un encuentro en Montpellier entre algunos legados cistercienses del Papa, por una parte, y el obispo de Osma y Domingo, por otra, sobre el sistema a seguir en la lucha contra los herejes. El de Osma renunció a todo su boato episcopal para abrazar con Domingo la vida estrictamente apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaban, renunciando a toda comodidad, caminando, a pie y descalzos, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, etc., etc. Domingo por ese tiempo ya no quería que le llamasen subprior ni canónigo, sino tan sólo fray Domingo, y su obispo se había adaptado también perfectamente a esta pobreza de vida.

  Con estas cosas el aspecto de la lucha contra los herejes fue cambiando más y más a favor de los católicos. Los misioneros papales aumentaron notablemente en cantidad y calidad, llevando una vida enteramente apostólica y repartiéndose por toda la región en torno a ciertos centros escogidos. Domingo se quedó en un lugarcito llamado Prulla, cerca de Fangeau, junto a una ermita de la Virgen y algunas pocas viviendas, pero con buenas comunicaciones. Era ya predicador pontificio y delegado del Papa para dar certificados de reconciliación con el sello de toda la Empresa Misional. Este sello contenía solamente la palabra Predicación. Al jefe de la misión, en este caso a Domingo, se le llamaba magister praedicationis. Se fundaron no pocos de estos centros; pero como el personal de la misión, en general, era temporero, a los pocos meses comenzaron a cansarse y se fueron a sus abadías, quedando en pie solamente el centro de Prulla, que dirigía y sostenía Domingo.  Por este mismo tiempo comenzó Domingo a reunir en Prulla un grupo de damas convertidas de la herejía, a las que él fue dando poco a poco algunas normas y reglas de vida, que más tarde se convirtieron en verdaderas constituciones religiosas, calcadas sobre las mismas de los dominicos. Y habiéndose ido a sus abadías los abades cistercienses que formaban el grupo principal de la misión; habiéndose ido, por otra parte, a Osma don Diego de Acevedo para arreglar sus asuntos y volver a Francia, cosa que no pudo realizar por sorprenderle la muerte; habiendo sido asesinado el principal legado del Papa y director de aquella gran misión, las cosas cambiaron súbitamente, y Domingo, cuando más ayudas necesitaba, se quedó solo. El asesinato de Pedro de Castelnau se atribuyó al conde de Tolosa, por lo cual éste fue excomulgado, el Papa exoneró a sus súbditos de la obediencia debida y promovió contra él una cruzada, capitaneada por Simón de Montfort, que marca uno de los períodos más sangrientos y difíciles de toda esta época.

  Domingo no era partidario de estos procedimientos; para defender la religión no aceptaba otras armas que los buenos ejemplos, la predicación y la doctrina; por lo cual, cuando toda aquella región era el escenario de una guerra de las más sangrientas, él se recluyó en Prulla, para sostener allí, cuando menos, un grupito de compañeros, que ya tenía, y otro grupo mayor de mujeres convertidas, base del convento de monjas que allí se estaba formando. En 1212 quisieron hacerle obispo de Cominges; pero él rehusó humildemente, alegando que no podía abandonar la formación de esta doble comunidad, en edad tan tierna todavía.

  En 1213, calmada un poco la guerra, aparece Domingo predicando la Cuaresma en Carcasona. En esta ciudad, emporio de la herejía, peligraba hasta la vida de los predicadores; se les escupía, se les tiraba piedras y barro, se les dirigía toda clase de insultos y calumnias; y precisamente por eso Domingo tenía a esta ciudad un especial cariño. El obispo le nombró vicario suyo in spiritualibus, es decir, en cuanto a la predicación, al confesonario, a la reconciliación de herejes, etc., pero no en causas judiciales o administrativas. Al año siguiente le nombró capellán suyo, es decir párroco en Fangeaux (25 de mayo de 1214). En 1215 el arzobispo Auch, con el voto unánime de sus canónigos, quiso hacerle obispo de Conserans, diócesis sufragánea suya. Domingo vuelve a resistirse con invencible tenacidad.

  Estando en Fangeaux una noche en oración, parece haber tenido una revelación especial, de la cual, como es natural, no queda documento fehaciente; queda solamente un monumentito de tiempo posterior llamado Seignadou. Y allí parece haber tenido el Santo cierta visión que le impresionó grandemente. ¿La revelación del rosario? Los santos nunca suelen sacar al público estos secretos. Entrar con más detalles en esto de la fundación del rosario no es cosa nuestra. La tradición, unánime hasta tiempos muy recientes, avalada por gran multitud de documentos pontificios y con multitud de argumentos de toda clase, a Santo Domingo atribuye la fundación del rosario.

  Desde 1214 vuelve Domingo a sus continuas andanzas de predicación y apostolado, y en plan verdaderamente apostólico. Los testigos del proceso de su canonización nos ofrecen datos abundantísimos. Nunca iba solo, sino con un compañero por lo menos, pues Jesucristo enviaba a sus discípulos a predicar de dos en dos. Solía llevar consigo un bastón con un palito atravesado en lo alto, como empuñadura. Uno de estos bastones se conserva todavía en Bolonia. Ninguna clase de equipaje ni bolsillos ni alforjas, sino tan sólo, en la única túnica remendada y pobrísima con que se cubría, una especie de repliegue sobre el cinturón, en el que llevaba el Evangelio de San Mateo, las Epístolas de San Pablo y una navajita sin punta, sin duda para cortar el pan duro que pidiendo de puerta en puerta le daban. Iba ceñido con una correa, a estilo de los canónigos de San Agustín a que pertenecía.

  Caminaba siempre descalzo. Lo cual dio lugar a que un hereje se le ofreciese en cierta ocasión como guía para conducirle a un lugar desconocido, en que tenía que predicar. Lo llevó por los sitios más malos, llenos de piedras y espinos, de modo que al poco rato Domingo y su compañero llevaban los pies deshechos y ensangrentados. Domingo entonces comenzó a dar gracias a Dios y al guía, porque con aquel sacrificio, decía, era bien seguro que su predicación produciría gran fruto. Y así fue, porque hasta el mismo guía se convirtió.

  En los caminos iba siempre hablando de Dios y predicando a los compañeros de viaje. Y cuando esto no era posible se separaba del grupo y comenzaba a cantar himnos y cánticos religiosos. Cuando el concilio de Montpellier, para diferenciarles de los herejes, prohibió a los predicadores católicos ir descalzos, Santo Domingo llevaba sus zapatos al hombro y sólo se los ponía al entrar en pueblos y ciudades. Ninguna defensa llevaba en sus viajes contra el sol, aun en lo más ardiente del verano, ni contra la lluvia o la nieve. Y cuando llegaba a un pueblo con su túnica de lana empapadísima y le invitaban a que, como todos los demás, se acercase al fuego para secarse, él se disculpaba amablemente yéndose a rezar a la iglesia. A consecuencia de lo cual solía estar lleno de dolores, en los que se gozaba. Sus mortificaciones eran continuas e inexorables. Su camisa estaba tejida con ásperas crines de cola de buey o de caballo, como declaran en su proceso las señoras que se la preparaban. Por debajo de ella tenía otros cilicios de hierro y, fuertemente ceñida a la cintura, una cadena del mismo metal, que no se quitó hasta su muerte. Con cadenillas de hierro también se disciplinaba todas las noches varias veces. No tuvo lecho jamás, y, cuando en sus viajes se lo ponían, lo dejaba siempre intacto, durmiendo en el suelo y sin utilizar siquiera una manta para cubrirse, aun en tiempos de mucho frío. En los conventos ni celda siquiera tenía, pasando la noche en la iglesia en oración en diversas formas, de rodillas, en pie, con los brazos en cruz o tendido en venia a todo lo largo. Para morir tuvieron que llevarle a una celda prestada. Parcísimo en el comer, ayunaba siempre en las cuaresmas a sólo pan y agua.

  Jamás tuvo miedo a las amenazas que los herejes continuamente le dirigían. El camino que desciende a Prulla desde Fangeaux era muy a propósito para emboscadas y asaltos. Y, sin embargo, casi a diario lo recorría Domingo bien entrada la noche. Un día unos sicarios, comprados por los herejes, le esperaban para matarle. Mas providencialmente aquel día no pasó por allí el siervo de Dios. Y, habiéndole encontrado tiempo más tarde, le dijeron que qué hubiera hecho de haber caído en sus manos, a lo cual Domingo les respondió: “Os hubiera rogado que no me mataseis de un solo golpe, sino poco a poco, para que fuese más largo mi martirio; que fuerais cortando en pedacitos mi cuerpo y que luego me dejaseis morir así lentamente, hasta desangrarme del todo”. ¡Qué grandeza! ¡Que amor a la cruz y al que en ella quiso por nosotros morir!

  Dejemos a Domingo seguir en sus ininterrumpidas predicaciones. Por el mes de abril dos importantes caballeros de Tolosa se le ofrecieron a Domingo para seguirle, no como los demás discípulos que le acompañaban, sino incorporándose plenamente con él, con un juramento o voto de fidelidad y de obediencia. Uno de ellos, Pedro Seila, iba a heredar de su padre tres casas en la ciudad de Tolosa, y de aquí salió la primera fundación de dominicos, pues antes del año estaban las tres llenas de gente. El obispo, al aprobarles la fundación, había declarado a Domingo y a sus compañeros vicarios suyos en orden a la predicación, y esto en forma permanente y sin especial nombramiento, cosa hasta entonces completamente desconocida en la historia de la Iglesia. Como no podemos seguir paso a paso esta historia, baste recordar que, cuando, en vez del obispo, sea el Papa el que tome una determinación parecida en orden a Domingo y sus compañeros, la Orden de Predicadores quedará fundada. Los compañeros de Domingo eran todos clérigos y vestían, como él, túnica blanca, como los canónigos de San Agustín. Y Domingo se preocupó inmediatamente de buscarles un doctor en teología que les pusiera clase diaria, a fin de prepararles para la predicación. Primero doctores y luego predicadores.

  Por el mes de noviembre de 1215 celebróse en Roma el IV Concilio de Letrán, el más importante acaso de la Edad Media. En este concilio, canon 13, se prohibió la fundación de nuevas Ordenes religiosas. ¿Qué sería de la recién nacida, aunque aún no confirmada por Roma, Orden de Predicadores? El Papa, sin embargo, declaró, como ampliación de ese canon prohibitivo, que admitiría fundaciones con tal de que se acogiesen a una de las antiguas reglas, completada en los detalles por especiales constituciones, para mejor adaptarlas a los tiempos. Esto lo dijo el mismo Inocencio III a Domingo, asegurándole que cuantas constituciones adicionales le propusiese él se las confirmaría. Pero, unos meses después, muere el Papa y es elegido Honorio III. Domingo había reunido a sus hijos el día de Pentecostés de 1216 para redactar esas nuevas constituciones, que son aún hoy la base de las constituciones de la Orden dominicana; pero, cuando quiso ir a Roma, para que el Papa cumpliese su palabra de confirmárselas, el Papa era nuevo y se resistía a prescindir de un canon del concilio para aprobar una Orden que con tantas novedades se presentaba. Sobre todo lo de la predicación, como privilegio concedido a los dominicos sólo por serlo, levantaba por todas partes una grande oposición. Había también en esta nueva Orden otras novedades, por ejemplo, las constituciones hechas por Domingo, a diferencia de las de todas las Ordenes religiosas existentes, eran leyes meramente penales, pues no obligaban a culpa, sino a pena. Además, la doctrina de las dispensas se cambiaba por completo. No sólo se dispensaba una ley por no poder cumplirla, sino también cuando, aun pudiendo, estorbaba a otra ley o precepto de orden superior y más directamente conducente al fin último de la Orden, etc., etc.

  El Papa, sin embargo, quería y veneraba mucho a Domingo, y cuanto más le iba tratando más le veneraba y le quería. Y, al fin, después de algunas vacilaciones y muchas consultas, dio su bula de 21 de enero de 1217, concediéndole a Domingo la confirmación deseada. Y tan amigo de Domingo y protector de su Orden llegó a ser que desde esa fecha hasta 1221, por agosto, en que Domingo expiró, le fueron dirigidos por el Papa sesenta documentos entre bulas, breves, epístolas, etc., llegando a eximirle de pagar los gastos que todos estos documentos debían pagar en la curia pontificia.

  Por este tiempo, estando Domingo en Roma, se le aparecieron una noche en oración los apóstoles San Pedro y San Pablo y, entregándole un báculo y un libro, le dijeron ambos a la vez: “Ve y predica”. Esto lo refirió el mismo Domingo más tarde a alguno de sus hijos, que lo transmitió a la historia.

  Confirmada la Orden, volvió Domingo a Francia, y el 15 de agosto de 1217 reunió a sus dieciséis discípulos en Tolosa, para dispersarles por el mundo contra la opinión de casi todos, incluso algunos obispos amigos. De estos dieciséis dominicos envió siete a París, dándoles por superior al único doctor con que hasta entonces contaba, fray Mateo de Francia, y poniendo, además, entre ellos dos con fama de contemplativos, uno de éstos su propio hermano. A España envió cuatro. Tres los dejó en Tolosa, y los otros dos se quedaron en Prulla, donde, además de las monjas, habían comenzado a congregarse hacía algunos años un grupito de discípulos. Poco tiempo más tarde envió también religiosos a Bolonia, al lado de la otra universidad de fama mundial que entonces brillaba.

  En 1219 visitó Domingo su comunidad de París, que tenía ya más de treinta dominicos, varios de ellos ingresados en la Orden con el título de doctor. De este modo, no sólo tenían derecho a enseñar, sino que podían hacerlo en su propia casa, que ya entonces estaba establecida en lo que fue después, y vuelve a ser hoy, famosísimo convento de Saint Jacques. En Bolonia le sucedió una cosa parecida, pues en 1220, por la acción del Beato Reginaldo, doctor también de Paris, y otros varios, que por él habían ingresado, en la Orden, la universidad se encontraba en las más íntimas relaciones con los dominicos. Podemos decir que tanto el convento de París como el de Bolonia comenzó a ser desde el principio una especie de Colegio Mayor, o, aún más, una sección de la misma universidad, incorporada a ella totalmente.

  En 1220 las herejías de cátaros, albigenses, etc., se habían extendido muchísimo por Italia, especialmente por la región del norte. El papa Honorio III, para detener los progresos de la herejía, determinó organizar una gran Misión. Pero, en vez de poner al frente de ella algún cardenal como legado suyo, o algunos abades cistercienses, encomendó la dirección a Domingo, no sólo con facultad para declarar misioneros a cuantos quisiese de sus propios hijos, sino también para reclutar misioneros entre los mismos cistercienses, benedictinos, agustinos, etc. Esto era una novedad que, aunque presentida, llamó mucho la atención. Seguir las peripecias de esta gran misión nos es absolutamente imposible. Domingo acabó en ella de agotar sus fuerzas por completo. Venía padeciendo mucho de varias enfermedades, sin querer cuidarse lo más mínimo ni dejar de predicar un solo día muchas veces y a todas horas.

  El día 28 de julio por la noche llegó a su convento de Bolonia verdaderamente deshecho y casi moribundo. Pero no quiso celda ni lecho, sino que, como de costumbre, después de predicar a los novicios, se fue a la iglesia a pasar la noche en oración. El 1 de agosto no pudo levantarse del suelo ni tenerse en pie, y por primera vez en su vida aceptó que le pusieran un colchón de lana en el extremo del dormitorio, y poco después en una celda, que le dejaron prestada, pues en la Orden no hubo nunca dormitorios corridos, sino celditas, en las que cabía un colchón de paja —de lana para los enfermos— y un pupitre para estudiar y escribir. La intensidad de la fiebre le transpone a ratos. Otras veces toma aspecto como de estar en contemplación y otras mueve los labios rezando, otras pide que le lean algunos libros; jamás se queja; cuando tiene alientos para ello habla de Dios, y la expresión de su rostro demacrado sigue siempre dulce y sonriente.

  El 6 de agosto habla a toda la comunidad del amor de las almas, de la humildad, de la pureza, condición necesaria para producir grande fruto. Después hace confesión general con los doce padres más graves de la comunidad, que más tarde declararon no haber encontrado en él ningún pecado, sino muy leves faltas.

  Después, ante la sospecha, que le sugirieron, de que quisieran llevar a otra parte su cuerpo, dijo: “Quiero ser enterrado bajo los pies de mis hermanos”. Y viéndoles a todos llorar, añadía: “No lloréis, yo os seré más útil y os alcanzaré mayores gracias después de mi muerte”. Y ante una súplica del prior levantó las manos al cielo, diciendo: “Padre Santo, bien sabes que con todo mi corazón he procurado siempre hacer tu voluntad. He guardado y conservado a los que me diste. A Ti te los encomiendo: Consérvalos, guardalos”. Y volviéndose a la comunidad, preparada para rezar las preces por los agonizantes, les dijo: “Comenzad”. Y, al oír: “Venid en su ayuda, santos de Dios”, levantó las manos al cielo y expiró. Era el 6 de agosto de 1221, cuando no había cumplido aún cincuenta años. Ofició en sus funerales el cardenal Hugolino, legado del Papa, al que había de suceder bien, pronto, y que le había de canonizar.

  Una de las monjas admitidas por él en el convento de San Sixto, de Roma, hace de Domingo la siguiente descripción, confirmada por el dictamen técnico que sobre su esqueleto se dio en 1945, al abrir su sepultura, por temor de que fuese Bolonia bombardeada: “De estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente sonrosado, cabellos y barba tirando a rubios, ojos bellos. De su frente y cejas irradiaba una especie de claridad que atraía el respeto y la simpatía de todos. Se le veía siempre sonriente y alegre, a no ser cuando alguna aflicción del prójimo le impresionaba. Tenía las manos largas y bellas. Y una voz grave, bella y sonora. No estuvo nunca calvo, sino que tenía su corona de pelo bien completa, entreverada con algunos hilos blancos.”

  Fue canonizado por Gregorio IX en 1234. Y sus restos descansan en la magnífica basílica del convento de Predicadores de Bolonia, en una hermosísima y artística capilla.

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6 de agosto.

Homilía para la Transfiguración del Señor

Cada vez que Jesús, en los momentos importantes de su vida, desea encontrarse con su Padre recogiéndose intensamente en la oración, se retira en soledad, y frecuentemente se va a la montaña. La celebración de hoy evoca la narración de un momento especial del Evangelio, el cuarto misterio de la luz. Jesús ha llegado más o menos a la mitad de su vida pública. Los inicios de su ministerio habían estado signados por grandes sucesos: las muchedumbres lo seguían con entusiasmo y esperanza. Gradualmente estas mismas muchedumbres lo irán abandonando y los jefes del pueblo querrán deshacerse de Él. Jesús lúcidamente debe elegir no responder a las expectativas de la muchedumbre – querían hacerlo un mesías político-, Él debe aceptar la muerte. Es esta situación que lo conduce a la montaña a rezar, a encontrarse, en cuanto hombre, con su Padre.

 Esta vez, sin embargo, y esto es importante, no va solo. Toma consigo a tres de sus discípulos, aquellos con los cuales sabe que puede compartir aquello que vive más íntimamente. Serán los mismos que Él conducirá al Huerto de Getsemaní, en el momento de su Pasión.

Mientras rezaba, dice su “” a la voluntad del Padre. Debe aceptar plenamente su misión, aceptar la muerte. Es entonces que, cuando todas las puertas parecen cerrarse, cuando el porvenir se cierra delante de Él, cuando las esperanzas humanas desaparecen, no le queda más que una esperanza reducida a los mínimos términos, la esperanza en su Padre. Y entonces se revela su verdadera identidad: “Este es mi Hijo predilecto”. Jesús aparece transfigurado. Toda su humanidad es reducida al hecho que Su Padre lo ha deseado. Y desde el momento que los tres discípulos han tenido el privilegio de participar en su oración, son también ellos admitidos a la revelación de su identidad de Hijo de Dios.

Aquí tenemos ya algunos elementos fundamentales de la vida cristiana. Es una vida de oración y soledad, sobre la montaña, a ejemplo de Cristo, junto con Él, que todos necesitamos. Serán diversos los tiempos. Los momentos de montaña para los laicos, no serán lo mismo que para los sacerdotes, o para los religiosos y religiosas, que para los monjes o monjas, etc. No serán iguales pero, ciertamente, no podrán faltar. Pero en esos momentos no estaremos solos, llevamos, cuando esos momentos son auténticos, a todos los que están ligados a nosotros, los llevamos en el corazón.

«Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante». Y dos huéspedes misteriosos se encontraron con Él. Jesús no se vuelve más divino de lo que siempre fue, sino que se transfigura delante de ellos, es decir, algo que no veían se revela a sus ojos, su aspecto se transforma. En la medida en la que nosotros nos acercamos a Dios con la oración también somos transformados, nosotros somos transformados a imagen de Cristo y recibimos la visita de Dios y de sus santos. Esto cuando la oración es efectiva y nos hace abrazar la voluntad de Dios y tratar de realizarla.

¿De qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? Hablaban de su próxima partida, de su muerte, que tendría lugar en Jerusalén. También a nosotros Dios, cuando viene a visitarnos, nos habla de la muerte – de la muerte a nosotros mismos, que es necesaria, para que podamos dejarnos transformar.

Pedro no entiende bien qué sucede y dice: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». ¿Qué quieren decir todos los evangelistas, cuando dicen, un poco sumariamente, que «Pedro nos sabía lo que decía»? Creo que un sentido puede ser este: Pedro no sabía que no nos corresponde a nosotros construirle una morada al Señor. Es Él que quiere construirse una morada en nosotros.

En la Transfiguración, hay una revelación no solamente sobre la persona de Jesús, sino también sobre la naturaleza de la vida cristiana. Muy frecuentemente queremos reducir la fe a un simple ideal moral, queremos reducir el Evangelio a una simple regla de vida. En realidad, lo que importa es que nosotros nos dejemos transfigurar, que nos dejemos transformar a imagen de Cristo, y en todos los elementos y circunstancias de nuestra vida.

Para nosotros, como para Jesús, esto sucederá de una manera más radical y más significativa cuando nos encontremos en presencia de momentos de crisis en nuestra vida: por ejemplo, cuando debamos aceptar errores, las cruces o sufrimientos, o también la humillación, puede ser también esta circunstancia difícil un momento de transformación. Entonces quizá tendremos ojos nuevos, ojos puros, que nos permitan ver –ver a Dios- y de verlo en cada uno de nosotros y sobre todo y principalmente en la Eucaristía.

Pidamos, con María Virgen, la luz de la transfiguración, la luz de Dios, la luz de la oración, para nosotros y para toda la humanidad para que transforme todo a nuestro alrededor y nos vuelva capaces de ver el rostro de Cristo.

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4 de agosto dia del párroco.

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4 de agosto.

En Ars, Francia cuerpo incorrupto de san Juan María Vianney

Habitación del Cura de Ars

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2 de agosto.

SANTA MARIA DE LOS ÁNGELES

O DE LA PORCIÚNCULA

San Francisco de Asís pidió a Cristo, mediante la intercesión de la Reina de los Ángeles, el gran perdón o «indulgencia de la Porciúncula», confirmada por mi venerado predecesor el Papa Honorio III a partir del 2 de agosto de 1216. Desde entonces empezó la actividad misionera que llevó a Francisco y a sus frailes a algunos países musulmanes y a varias naciones de Europa. Allí, por último, el Santo acogió cantando a «nuestra hermana la muerte corporal» (Cántico de las criaturas). De la experiencia del Poverello de Asís, la iglesita de la Porciúncula conserva y difunde un mensaje y una gracia peculiares, que perduran todavía hoy y constituyen un fuerte llamamiento espiritual para cuantos se sienten atraídos por su ejemplo. A este propósito, es significativo el testimonio de Simone Weil, hija de Israel fascinada por Cristo: «Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Angeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme» (Autobiografía espiritual). La Porciúncula es uno de los lugares más venerados del franciscanismo, no sólo muy entrañable para la Orden de los Frailes Menores, sino también para todos los cristianos que allí, cautivados por la intensidad de las memorias históricas, reciben luz y estímulo para una renovación de vida, con vistas a una fe más enraizada y a un amor más auténtico. Por tanto, me complace subrayar el mensaje específico que proviene de la Porciúncula y de la indulgencia vinculada a ella.” Con estas palabras comenzaba el mensaje de Juan Pablo II en 1999, dirigido al Ministro General de la Orden Franciscana, en la reapertura de la Basílica y de la capilla de la Porciúncula. ¿Qué ocurrió en la Porciúncula?

Cuenta Emilia Pardo Bazán en su vida de San Francisco que una noche, en el monte cercano a la Porciúncula, ardía Francisco de Asís en ansias de la salvación de las almas. Un ángel le ordenó bajar del monte a su Santa María de los Angeles. Allí vio a Jesucristo, a su Madre y a multitud de espíritus. Oyó la voz de Jesús: – Pues tantos son tus afanes por la salvación de las almas, pide, Francisco, pide. Francisco pidió una indulgencia plenaria, que se ganase con sólo entrar confesado y contrito en aquella capilla de los Ángeles.- Mucho pides, Francisco, pero accedo contento. Acude a mi Vicario, que confirme mi gracia. Al alba, tomó el camino de Perusa, acompañado de Maseo de Marignano. Estaba en Perusa el Papa Honorio III. – Padre Santo -dijo Francisco, en honor de María he reparado una iglesia; hoy vengo a solicitar para ella indulgencia. Dime cuántos años e indulgencias pides.- Padre Santo -replicó Francisco-, lo que pido no son años, sino almas. No puede conceder esto la Iglesia -objetó el Papa.- Señor -replicó Francisco-, no soy yo, sino Jesucristo, quien os lo ruega. En esta frase hubo tal calor, que ablandó el ánimo de Honorio, moviéndole a decir: – Me place, me place, me place otorgar lo que deseas. Y llamó a Francisco: -Otorgo, pues , que cuantos entren confesados en Santa María de los Ángeles sean absueltos de culpa y pena; esto todos los años perpetuamente, mas sólo en el espacio de un día natural. Bajó Francisco la cabeza en señal de aprobación, y sin despegar los labios salió de la cámara. – ¿Adónde vas, hombre sencillo? -gritó el Papa-. Me basta -respondió Francisco- lo que oí; si la obra es divina, Dios se manifestará en ella. Sirva de escritura la Virgen, Cristo el notario y testigos los ángeles. Y se volvió de Perusa a Asís. Llegando a Collestrada, se desvió de sus compañeros para desahogar su corazón en ríos de lágrimas; al volver de aquel estado de plenitud y de gozo, llamó a Maseo a voces: ¡Maseo, hermano! De parte de Dios te digo que la indulgencia que obtuve del Pontífice está confirmada en los cielos.

El tiempo corría el tiempo sin que Honorio autorizara la indulgencia; el retraso atribulaba a Francisco. En una fría noche de enero se encontraba abismado. Impensadamente pensó que obraba mal, que faltaba a su deber trasnochando y extenuándose a fuerza de vigilias, siendo un hombre cuya vida era tan esencial para el sostenimiento de su Orden. Pensó que tanta penitencia pararía en enflaquecer y perder su razón, y le entró congoja. Para desechar esta tentación, nacida del cansancio de su cuerpo, se levantó, y se arrojó sobre una zarza, revolcándose en ella. Manaba sangre de su piel, y se cubría el zarzal de rosas, como las de mayo. Francisco se encontró rodeado de ángeles que cantaban a coro:- Ven a la iglesia; te aguardan Cristo y su Madre –4. Francisco se levantó transportado y caminó luminoso. Sobre su cuerpo veía Francisco un vestido transparente como el cristal. Cogió de la zarza florida doce rosas blancas y doce rojas, y entró en la capilla. Allí estaban Cristo y su Madre, con innumerables ángeles. Francisco cayó de rodillas. María se inclinó hacia su hijo, y éste habló así: – Por mi madre te otorgo lo que solicitas; y sea el día aquel en que mi apóstol Pedro, encarcelado por Herodes, vio milagrosamente caer sus cadenas (1 de agosto). Ve a Roma; notifica mi mandamiento a mi Vicario; llévale rosas de las que han brotado en la zarza; yo moveré su corazón. Francisco se levantó, fue a Roma con Bernardo de Quintaval, Ángel de Rieti, Pedro Catáneo y fray León, la ovejuela de Dios.

Se presentó al Papa llevando en sus manos tres rosas encarnadas y tres blancas de las del prodigio. Intimó a Honorio de parte de Cristo que la indulgencia había de ser en la fiesta de San Pedro ad Víncula. Le ofreció las rosas, frescas y fragantes. Se reunió el Consistorio, y ante las flores que representaban en enero la primavera, fue confirmada la indulgencia.

Escribió el Papa a los obispos circunvecinos de la Porciúncula, citándoles para que se reunieran en Asís el primer día de Agosto, a fin de promulgar la indulgencia solemnemente. «En el día convenido apareció Francisco en un palco con los siete obispos a su lado, y pronunció una plática ferviente sobre la indulgencia. Los obispos se indignaron, y cuando el obispo de Asís se levantó resuelto a proclamar la indulgencia por diez años solos, en vez de esto repitió las palabras de Francisco; unos después de otros, reprodujeron los obispos el primer anuncio.

Durante muchos años, fue sólo conocida oralmente la indulgencia de la Porciúncula. Medio siglo después del tránsito de Francisco hallamos el primer documento de Benito de Arezzo, que dice así: «En el nombre de Dios, Amén. Yo fray Benito de Arezzo, que estuve con el beato Francisco mientras aún vivía, y que por auxilio de la gracia fui recibido en su Orden por el mismo Padre Santísimo; yo que fui compañero de sus compañeros, y con ellos estuve frecuentemente, ya mientras vivía el santo Padre nuestro, ya después que se partió de este mundo, y con los mismos conferencié frecuentemente de los secretos de la Orden, declaro haber oído repetidas veces a uno de los compañeros del beato Francisco, llamado fray Maseo de Marignano, que estuvo con el hermano Francisco en Perusa, en presencia del papa Honorio, cuando el santo pidió la indulgencia de todos los pecados para los que, contritos y confesados, viniesen al lugar de Santa María de los Angeles (que por otro nombre se llama Porciúncula) el primer día de agosto, desde las vísperas de dicho día hasta las vísperas del día siguiente. La cual indulgencia, habiendo sido pedida por el beato Francisco, fue otorgada por el Sumo Pontífice, aunque él mismo dijo no ser costumbre en la Sede Apostólica conceder tales indulgencias». Del entusiasmo que en el pueblo despertaban las indulgencias podemos juzgar por las crónicas que refieren el acontecimiento que, estremeciendo hasta las últimas fibras de la conciencia de Dante, dio por resultado la Divina Comedia. La multitud que acudía a Asís a lucrar la indulgencia era enorme. El jubileo determinaba una suspensión de discordias y luchas: la tregua de Dios.

Sitiado Asís por las tropas de Perusa, el día 2 de Agosto se interrumpió el ataque, para que los peregrinos pudieran entrar en la villa para obtener la indulgencia. Gregorio XV, hizo extensivo el jubileo de la Porciúncula a todas las iglesias franciscanas del mundo. Según fray Pánfilo de Magliano, la indulgencia fue concedida el año 1216, y en 1217 la proclamación solemne de la Porciúncula por siete obispos.

La víspera del solemne día llamaba a los fieles la Campana de la Predicación; se cubría el campo de toldos y enramadas y acampaban al raso los peregrinos. Al lucir el nuevo sol se verificaba la ceremonia de la absolución, descrita por el Dante, en el canto IX del Purgatorio.

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MIÉRCOLES DE LA SEMANA 17ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (34,29-35):

Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de la cara radiante y no se atrevieron a acercarse a él. Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la comunidad, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los israelitas, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. Y, cuando terminó de hablar con ellos, se echó un velo por la cara. Cuando entraba a la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Cuando salía, comunicaba a los israelitas lo que le habían mandado. Los israelitas veían la piel de su cara radiante, y Moisés se volvía a echar el velo por la cara, hasta que volvía a hablar con Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 98

R/. Santo eres, Señor, Dios nuestro

Ensalzad al Señor, Dios nuestro,
postraos ante el estrado de sus pies:
Él es santo. R/.

Moisés y Aarón con sus sacerdotes,
Samuel con los que invocan su nombre,
invocaban al Señor,
y él respondía. R/.

Dios les hablaba
desde la columna de nube;
oyeron sus mandatos
y la ley que les dio. R/.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;
postraos ante su monte santo:
Santo es el Señor, nuestro Dios. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,44-46):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Éxodo 34,29-35

a) Cuando Moisés bajaba del Sinaí, del encuentro con Dios, tenía el rostro radiante.

El relato habla de cuándo se ponía Moisés un velo por la cara y cuándo se lo quitaba.

Por eso, en la iconografía, se le representa muchas veces con dos rayos de luz que le brotan de la frente.

El Éxodo resalta, de modo particular, que Moisés actúa de mediador, que intercede ante Dios por su pueblo y le comunica a éste la palabra de Dios. Es un hombre de Dios y un hombre del pueblo. Cercano a los dos.

Por eso el Salmo dice de él: «Moisés y Aarón con sus sacerdotes… invocaban al Señor y él respondía, Dios les hablaba desde la columna de nube».

b) ¿Nos brilla el rostro después de haber estado orando y celebrando, en la presencia de Dios?

Moisés bajó de los cuarenta días del monte -días de oración, soledad y experiencia religiosa-, y todos se lo notaron. Cuando terminamos Ejercicios espirituales o un retiro mensual o, sencillamente, nuestra celebración de la Eucaristía o de la Oración de las Horas o nuestra meditación, ¿se nos nota? No hace falta que nos brille el rostro y tengamos que cubrirnos con un velo para no deslumbrar. Lo que se nos tendría que notar en la cara es una actitud de fe en Dios, de alegría, de esperanza, de entrega gozosa al trabajo, de optimismo.

No nos quedamos en la montaña de la oración. Bajamos al valle del trabajo y la misión.

Pero lo hacemos conjugando oración y entrega, como Moisés, impregnando de oración el trabajo y llevando el compromiso misionero a nuestra oración. Personas de Dios. Personas entregadas a su trabajo. Todos mediadores, de alguna manera, entre Dios y la humanidad.

A los ministros en la comunidad Pablo nos recuerda que se nos tendría que notar la gloria de Dios, como se le veía a Moisés, y eso que su ministerio era pasajero y el nuestro, ya definitivo, porque es colaboración con Cristo Jesús (cf. 2 Co 3,7 y su comentario el jueves de la semana 10ª). Pero extiende a todos su exhortación: «todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos» (2 Co 3,18).

El resplandor de Dios se llama Cristo Jesús, al que en uno de los mejores himnos, le llamamos «Luz gozosa de la santa gloria del Padre». Los que entramos en comunión con él por la oración y, sobre todo, por la Eucaristía, debemos reflejar luego, en nuestro modo de actuar en la vida, esa luz ante los demás.

2. Mateo 13,44-46

a) Dos parábolas más, muy breves, y ambas coincidentes en su intención: la del que encuentra un tesoro escondido bajo tierra y la del comerciante que, entre las perlas, descubre una particularmente preciosa. Los dos venden cuanto tienen, para asegurarse la posesión de lo que sólo ellos saben que vale tanto.

Hoy Jesús hubiera podido añadir ejemplos como el del que juega en bolsa y sabe qué acciones van a subir, para invertir en ellas, o el de un coleccionista que descubre por casualidad un cuadro o una partitura o una moneda de gran valor. Y no digamos, un pozo de petróleo.

b) Es una sabiduría rara -la verdadera sabiduría- la de descubrir cuáles son los valores auténticos en esta vida, y cuáles, no, a pesar de que brillen más o parezcan más atrayentes.

¿Qué es más importante: el dinero, la salud, el éxito, la fuerza, el gozo inmediato? ¿o la felicidad, el amor verdadero, la cultura, la tranquilidad de conciencia?

Pero todavía es más necesaria la verdadera sabiduría cuando se trata de descubrir cuáles son los valores del Reino que Dios más aprecia, cuáles sus planes sobre nosotros, los que nos conducen a la verdadera felicidad. A veces, son verdaderamente un tesoro escondido o una perla única.

Muchos cristianos, jóvenes y mayores, tienen la suerte de poder agradecer a Dios el don de la fe, o de haber descubierto en una determinada vocación el camino que Dios les destinaba, o de haberse encontrado con Cristo Jesús, como Pablo cerca de Damasco, o como Mateo cuando estaba sentado a su mesa de impuestos, o como los pescadores del lago que oyeron la invitación de Jesús.

Y lo han dejado todo y han encontrado la alegría y el pleno sentido de sus vidas. En la vida religiosa. O en el ministerio sacerdotal. O en una vida cristiana comprometida y vivida con coherencia, para bien de los demás.

Es una buena inversión. Aunque no sea aplaudida por este mundo ni cotice en la Bolsa

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1 de agosto.

Benedicto XVI: “Quien reza se salva”, san Alfonso María Ligorio
Audiencia General

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 30 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a los fieles, continuando el ciclo de catequesis sobre los Doctores de la Iglesia, en la audiencia general en la Plaza San Pedro.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera presentaros la figura de un santo Doctor de la Iglesia al que debemos mucho, ya que fue un insigne teólogo moralista y un maestro de vida espiritual para todos, sobre todo para la gente humilde. Es el autor de la letra y de la música de uno de los villancicos navideños más famosos de Italia: Tu scendi dalle stelle, además de otras muchas cosas.

Perteneciente a una familia napolitana noble y rica, Alfonso María de Ligorio nació en 1696. Dotado de grandes cualidades intelectuales, con tan solo 16 años se graduó en derecho civil y canónico. Era el abogado más brillante del foro de Nápoles: durante ocho años ganó todas las causas que defendió. Sin embargo, su alma tenía sed de Dios y estaba deseosa de la perfección, así el Señor le hizo comprender que era otra la vocación a la que lo llamaba. De hecho, en 1723, indignado por la corrupción y la injusticia que viciaban el ambiente que lo rodeaba, abandonó su profesión -y con ella la riqueza y el éxito- y decide convertirse en sacerdote, a pesar de la oposición paterna. Tuvo maestros excelentes que lo introdujeron en el estudio de las Sagradas Escrituras, de la Historia de la Iglesia y de la mística. Adquirió una amplia cultura teológica, que comenzó a dar fruto cuando, algunos años después, comienza su labor de escritor. Fue ordenado sacerdote en 1726 y se entregó, para el ejercicio de su ministerio, a la Congregación diocesana de las Misiones Apostólicas. Alfonso inició la evangelización y la catequesis entre los estratos más bajos de la sociedad napolitana, a la que gustaba predicar, y a la que instruía en las verdades fundamentales de la fe. No pocas de estas personas, pobres y modestas, a las que se dirigió, a menudo se dedicaban a los vicios y realizaban acciones criminales. Con paciencia les enseñaba a rezar, animándolas a mejorar su modo de vivir. Alfonso obtuvo resultados excelentes: en el barrio más miserable de la ciudad se multiplicaban los grupos de personas que, al caer la tarde, se reunían en las casas privadas y en los talleres, para rezar y meditar la Palabra de Dios, bajo la guía de un catequista formado por Alfonso y por otros sacerdotes, que visitaban regularmente a estos grupos de fieles. Cuando, por deseo expreso del arzobispo de Nápoles, estas reuniones comenzaron a celebrarse en las capillas de la ciudad, estas tomaron el nombre de “capillas nocturnas”. Esto fue una verdadera y propia fuente de educación moral, de saneamiento social, de ayuda recíproca entre los pobres: esto puso fin a robos, duelos, prostitución hasta casi desaparecer.

Aunque si el contexto social y religioso de la época de san Alfonso era muy distinto del nuestro, las “capillas nocturnas” son un modelo de acción misionera en el que nos podemos inspirar también hoy para “una nueva evangelización”, particularmente de los más pobres, y para construir una convivencia humana más justa, fraterna y solidaria. A los sacerdotes se les ha confiado un deber de ministerio espiritual, mientras que los laicos bien formados pueden ser eficaces animadores cristianos, auténtica levadura evangélica en el seno de la sociedad.

Después de haber pensado irse para evangelizar a los pueblos paganos, Alfonso, a la edad de 35 años, entró en contacto con los agricultores y pastores de las regiones interiores del Reino de Nápoles, y estupefacto por su ignorancia religiosa y el estado de abandono en el que estaban, decidió dejar la capital y dedicarse a estas personas, que eran pobres espiritual y materialmente. En 1732 fundó la Congregación religiosa del Santísimo Redentor, que puso bajo la tutela del obispo Tommaso Falcoia, y de la que se convirtió en el superior. Estos religiosos, dirigidos por Alfonso, fueron auténticos misioneros itinerantes, que llegaron incluso a los pueblos más remotos, exhortando a la conversión y a la perseverancia en la vida cristiana sobre todo por medio de la oración. Todavía hoy, los redentoristas, esparcidos por tantos países del mundo, con nuevas formas de apostolado, continúan esta misión de evangelización. Pienso en ellos con reconocimiento, exhortándoles a ser siempre fieles al ejemplo de su Santo Fundador.

Estimado por su bondad y por su celo pastoral, en 1762 Alfonso fue nombrado obispo de Sant’Agata dei Goti, ministerio que, dejó en 1775 por causa de las enfermedades que sufría, por concesión del Papa Pío VI. El mismo Pontífice, en 1787, exclamó, al recibir la noticia de su muerte, que se produjo con mucho sufrimiento, exclamó: “¡Era un santo!”. Y no se equivocaba: Alfonso fue canonizado en 1839, y en 1871 es declarado Doctor de la Iglesia. Este título se le concede por muchas razones. Antes que nada, porque propuso una rica enseñanza de teología moral, que expresa adecuadamente la doctrina católica hasta el punto de ser proclamado por el Papa Pío XII como “Patrón de todos los confesores y moralistas”. En su época, se difundió una interpretación muy rigurosa de la vida moral, quizás por la mentalidad jansenista, que antes que alimentar la confianza y esperanza en la misericordia de Dios, fomentaba el miedo y presentaba un rostro de Dios adusto y severo, muy lejano al revelado por Jesús. San Alfonso, sobre todo en su obra principal titulada Teología Moral, propone una síntesis equilibrada y convincente entre las exigencias de la ley de Dios, esculpida en nuestros corazones, revelada plenamente por Cristo y interpretada con autoridad por la Iglesia, y los dinamismos de la conciencia y de la libertad del hombre, que en la adhesión a la verdad y al bien, permiten la maduración y la realización de la persona. A los pastores de almas y a los confesores, Alfonso recomendaba ser fieles a la doctrina moral católica, asumiendo al mismo tiempo, una actitud caritativa, comprensiva, dulce para que los penitentes se sintiesen acompañados, sostenidos, animados en su camino de fe y de vida cristiana. San Alfonso no se cansaba nunca de repetir que los sacerdotes son un signo visible de la infinita misericordia de Dios, que perdona e ilumina la mente y el corazón del pecador para que se convierta y cambie de vida. En nuestra época, en la que son claros los signos de pérdida de la conciencia moral y -es necesario reconocerlo- de una cierta falta de estima hacia el Sacramento de la Confesión, la enseñanza de san Alfonso es todavía de gran actualidad.

Junto a las obras de teología, san Alfonso compuso muchos otros escritos, destinados a la formación religiosa del pueblo. Es estilo es simple y agradable. Leídas y traducidas en numerosas lenguas, las obras de san Alfonso han contribuido a plasmarla espiritualidad popular de los últimos dos siglos. Algunas de estas son textos que aportan grandes beneficios todavía hoy, como Máximas Eternas, Las Glorias de María, Práctica de amor a Jesucristo, obra -esta última- que representa la síntesis de su pensamiento y de su obra maestra. Insiste mucho en la necesidad de la oración, que permite abrirse a la Gracia divina para cumplir cotidianamente la voluntad de Dios y conseguir la propia santificación. Con respecto a la oración escribe: “Dios no niega a nadie la gracia de la oración, con la que se obtiene la ayuda para vencer toda concupiscencia y toda tentación. Y digo, replico y replicaré siempre, durante toda mi vida, que toda nuestra salvación está en el rezar”. De aquí su famoso axioma: “Quien reza se salva” “Del gran Medio de la Oración y opúsculos afines”. Obras Ascéticas II, Roma 1962, p. 171). Me viene a la mente, a este propósito, la exhortación de mi predecesor, el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II: “nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas ‘escuelas de oración’”… “Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral” (Carta Apostólica Novo Millenio ineunte, 33 y 34).

Entre las formas de oración aconsejadas fervientemente por san Alfonso, destaca la visita al Santísimo Sacramento o, como diríamos hoy, la adoración, breve o prolongada, personal o comunitaria, ante la Eucaristía. “Ciertamente -escribe Alfonso- entre todas las devociones esta de adorar a Jesús sacramentado es justo después de los sacramentos, la más querida por Dios y la más útil para nosotros… ¡Oh, qué bella delicia estar delante de una altar con fe.. presentando nuestras necesidades, como hace un amigo a otro con el que se tiene total confianza!” (“Visitas al Santísimo Sacramento, a María Santísima y a San José correspondientes a cada día del mes”. Introducción). La espiritualidad alfonsiana es, de hecho, eminentemente cristológica, centrada en Cristo y en su Evangelio. La meditación del misterio de la Encarnación y de la Pasión del Señor son frecuentemente objeto de su predicación. En estos eventos, la Redención es ofrecida a todos los hombres “copiosamente”. Y justo porque es cristológica, la piedad alfonsiana es también exquisitamente mariana. Muy devoto de María, Alfonso ilustra su papel en la historia de la salvación: socia de la Redención y mediadora de gracia, Madre, Abogada y Reina. Además, san Alfonso afirma que la devoción a María nos confortará en el momento de nuestra muerte. Estaba convencido que la meditación sobre nuestro destino eterno, sobre nuestra llamada a participar para siempre en la beatitud de Dios, así como la posibilidad trágica de la condenación, contribuye a vivir con serenidad y compromiso, y a afrontar la realidad de la muerte conservando siempre la confianza en la bondad de Dios.

San Alfonso María de Ligorio es un ejemplo de pastor celoso, que ha conquistado las almas predicando el Evangelio y administrando los Sacramentos, combinado con un modo de hacer basado en una bondad humilde y suave, que nacía de la intensa relación con Dios, que es la Bondad infinita. Tuvo una visión realista y optimista de los recursos del bien que el Señor da a cada hombre y dio importancia a los afectos y a los sentimientos del corazón, además de la mente, para poder amar a Dios y al prójimo.

En conclusión, quisiera recordar que nuestro santo, análogamente a San Francisco de Sales -del que hablé hace alguna semana- insiste en decir que la santidad es accesible a todos los cristianos: “El religioso por religioso, el seglar por seglar, el sacerdote por sacerdote, el casado por casado, el comerciante por comerciante, el soldado por soldado, y así hablando en todos los estados”(Práctica de amor a Jesucristo. Obras ascéticas I, Roma 1933, p. 79). Agradezcamos al Señor que, con su Providencia, suscita santos y doctores en lugares y tiempos diversos, que hablan el mismo lenguaje para invitarnos a crecer en la fe y a vivir con amor y con alegría nuestro ser cristianos en las sencillas acciones de cada día, para caminar en el camino de la santidad, en el camino hacia Dios y hacia la verdadera alegría. Gracias.

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31 de julio.

San Ignacio de Loyola

Habitación de San Ignacio en Roma.

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30 de julio.

Homilía para el XVII domingo durante el año A

Tuve algunas ocasiones de hablar con profesionales que no tienen fe cristiana, y que se definían, como por otra lado es típico en España, como “agnósticos”, alguno incluso agregaba: “agnóstico en búsqueda”. Y una vez un conocido que no es creyente, o al menos piensa que no lo es, de improviso se encontró con una enfermedad degenerativa, y lo afrontó con coraje y dignidad y cuando lo encontré me dijo: “tener tu fe me ayudaría”. Estos dos ejemplos –y estoy seguro de que ustedes podrían citar más de uno- nos permite ver como el camino hacia el Reino de Dios y hacia la felicidad es distinto para cada persona. Las tres parábolas que hemos escuchado subrayan también que el misterio tiene un camino único para cada persona.

El hombre de la primera parábola, el que descubre un tesoro en un campo, no buscaba tesoros. Simplemente lo encuentra, casualmente. El autor de la parábola no se preocupa ni siquiera de explicar en cuales circunstancias el hombre hizo este descubrimiento. Esto importa poco. Lo que importa es que tubo la sabiduría de percibir el valor de eso que había descubierto casi por casualidad. Comprende también que no es verdaderamente casualidad que hizo este descubrimiento, y que aquél tesoro es parte integrante de un campo, de una realidad más grande que el tesoro mismo. Y no irá de noche a sacar el tesoro –lo que podría hacer sin que nadie se entere- al contrario, comprará el campo y tomará posesión legítima de su tesoro. Por eso él vende todas sus otras posesiones, habiendo evaluado que el negocio valía la pena. El tesoro del Evangelio se encuentra concretamente en un campo que podríamos interpretar como una imagen de la Iglesia con todas sus estructuras. El campo no es el tesoro, sino que uno está en el otro y son inseparables. Para profundizar esta idea recordemos lo que decía el papa Francisco en la catequesis, del 25 de junio de 2014, sobre la Iglesia: «¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito la Iglesia como un “nosotros” eclesial! A veces sucede que escuchamos a alguien decir: “yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien. Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas. Es verdad que caminar juntos es difícil y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos haga problema o nos de escándalo. Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus virtudes y sus límites, que viene a nosotros y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recuérdenlo bien: ser cristianos significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es “cristiano”, el apellido es “pertenencia a la Iglesia”»

Otra cosa es el hombre de la segunda parábola. Es un buscador y también un conocedor. Es un negociante de perlas preciosas y aunque tenga ya una buena colección, está siempre a la búsqueda de perlas de mayor calidad. Un día encuentra una de cualidad excepcional. Como buen conocedor, juzga que esta perla sola vale más de cuanto ya posee. También él vende todo lo que tenía y compra esta perla rara que satisface todas sus expectativas.

El hombre de la tercera parábola es también distinto. Es un pescador que ha tirado las redes al mar como de costumbre, y que probó de todo un poco, cosas útiles y cosas inútiles. Pone los peces buenos en el cesto y no tiene problemas en tirar al mar el resto.

Jesús, en el Evangelio, nos habla frecuentemente de renuncia. Estas tres parábolas nos ayudan a comprender que la renuncia –a cualquier cosa, y también a todo lo que tenemos, y hasta a todo lo que somos- no tiene sentido si no es la consecuencia de una elección juiciosa y serena. Y para comprar el campo, donde se encuentra el tesoro, el hombre de la primera parábola, se deshace de todo lo otro que posee; y para comprar la perla que corona todas las búsquedas del comerciante de la segunda parábola vende, también él, todo lo que tiene. En fin, el pescador de la tercera parábola está suficientemente pagado con el gran número de pescados de calidad que consiguió, que no duda en tirar el resto al mar. Los tres, encuentran su gozo y su felicidad en esta elección y en la determinación que la acompaña.

Poco importa como hemos encontrado el tesoro del Evangelio, este tesoro nos satisface y será el fundamento de nuestro gozo y de nuestra felicidad únicamente si tenemos el coraje de pagar el precio y de deshacernos de todo lo que en nuestra vida no es compatible con el mensaje evangélico. Sea que seamos agricultures, comerciantes de perlas, o pescadores, nos tocará un día u otro saber bien discernir y calcular el valor de lo que hemos descubierto, encontrado o capturado en la red, en relación a todo aquello que poseemos ya.

Para saber hacer las elecciones necesarias en el momento oportuno, hagamos como Salomón en la primera lectura. Pidamos a Dios la sabiduría, no la ciencia infusa de lo que se necesita hacer, sino un corazón atento e inteligente que sepa discernir y hacer las elecciones necesarias en el momento oportuno. La primera elección debe ser Dios y sus cosas, la segunda el otro (el hermano nunca es un objeto, ni una mercancía recordemos la enseñanza del Papa, que citamos sobre la Iglesia, debemos vivir en comunión, la gente no se tasa, no se compra y no se vende) y después ir usando y no poniendo como fin lo material; pero esto,  aunque no lo hagamos convencidos, la muerte y el capricho del deseo, tarde o temprano, nos despojará de todo. Dios nos espera, tengamos confianza.

Que nuestra Madre la Virgen nos ayude a nunca vender todo por una baratija, una bisutería (bijouterie), por una chuchería, sino que nos despojemos de todo por el único tesoro: Dios.

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29 de julio.

SANTA MARTA

En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado “estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios” (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

 Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de “ama”; “dueña”. En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de “Marta y María” (martah wemariah).

 Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

 Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de “ama de casa” la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: “Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude” (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

 Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: “Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”. En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

 Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: “No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto… Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

 Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

 Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: “Señor, el que amas está enfermo”. Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue “se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro”. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará”. Díjole Jesús: “Resucitará tu hermano”. Marta le contestó: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día”. Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Respondió Marta: “Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo” (lo. 11, 20-27).

 Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. “Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano”. Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

 El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, “se conmovió hondamente, se turbó y dijo: “¿Dónde le habéis puesto?”. Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: “¡Cómo le amaba!”. Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: “Quitad la piedra”, a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: “Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días”. Jesús atajó toda duda diciendo: “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?”. Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, “ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario” (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: “Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá” (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida”.

 Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. “Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él” (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de “ama de casa”. También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana “ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos” (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa “ama de casa” a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

 A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que “Jesús amaba a Marta” (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

 En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.

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28 de julio.

VIERNES DE LA SEMANA 16ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (20,1-17):

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificado. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,8.9.10.11

R/. Señor, tú tienes palabras de vida eterna

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R/.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,18-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Éxodo 20,1-17

a) La página de hoy condensa los diez mandamientos, el Decálogo de la Alianza entre Dios y su pueblo. De los capítulos 20-23 del Libro del Éxodo, sólo leemos el comienzo, para pasar después a la ratificación simbólica de la Alianza en el capitulo 24.

Todo empieza con una frase básica: «yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la esclavitud de Egipto». Las normas de vida que el pueblo recibe no vienen de un Dios extraño, lejano. Vienen del mismo Dios que les quiere como un padre, que les ha liberado de la opresión, que les acompaña en su camino.

Los diez mandamientos -que en los capítulos siguientes están mucho más detallados- resumen el estilo de vida que se pide al pueblo elegido. Unos se refieren a la relación con Dios, empezando por el primero y más importante: «no tendrás otros dioses frente a mí».

Los otros dan normas sobre el trato a los demás, empezando por el «honra a tu padre y a tu madre».

b) Los mandamientos de la primera Alianza siguen siendo válidos. Son «diez palabras» (eso es lo que significa «decálogo») que Dios nos ha dirigido de una vez por todas, para que vivamos según sus caminos.

Jesús no suprimió los mandamientos. Les dio motivaciones más profundas («amaos como yo os he amado») y los completó (sobre todo, con las bienaventuranzas y el sermón de la montaña).

Los mandamientos no nos quitan la libertad: al contrario, son el camino de una vida digna, libre, en armonía con Dios y con el prójimo, que es el mejor modo de estar también en armonía con nosotros mismos. Los mandamientos son el camino para la verdadera liberación.

Podemos decir con humildad y alegría: «tú tienes palabras de vida eterna… la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma… los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón», reconociendo el principio básico: «Yo soy el Señor tu Dios».

Sería muy útil que nos asomásemos hoy a las páginas que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a los mandamientos, entendidos ahora desde Cristo (3a parte: «La vida en Cristo»; segunda sección: «los diez mandamientos» no. 2052-2557). Es una buena actualización de esas palabras normativas de Dios, que siguen válidas para toda la humanidad y para nosotros, los cristianos.

2. Mateo 13,18-23

a) Jesús explica otro aspecto de la parábola del sembrador: las diversas clases de terreno que suele encontrar la Palabra de Dios. Jesús mismo hace hoy la «homilía»: la aplicación de la Palabra a nuestra vida.

Los diversos terrenos que encuentra la semilla que sale de la mano del sembrador se describen muy claramente:

– la que cae al lado del camino y desaparece pronto por obra del maligno;

– la que cae entre piedras y no arraiga, porque es superficial e inconstante y ante cualquier dificultad sucumbe;

– la que se siembra entre zarzas y espinas, que no llega a prosperar por las diversas preocupaciones de la vida, sobre todo la de las riquezas;

– y, finalmente, la semilla que cae en tierra buena, la tierra de quien escucha y acoge la Palabra, y produce el ciento o el sesenta o el treinta por uno.

b) Dios quiere que, en nuestro terreno, su Palabra produzca siempre el ciento por ciento de fruto.

¿Nos atreveríamos a decir que es así? Bueno será que nos preguntemos cada uno por qué la semilla del Sembrador, Cristo, no produce todo el fruto que él espera: ¿estamos distraídos? ¿somos superficiales? ¿andamos preocupados por otras muchas cosas y no acabamos de prestar atención a lo que Dios nos dice? ¿tenemos miedo a hacer caso del todo a su Palabra?

A lo largo de las páginas del evangelio, se ve que la predicación de Jesús no en todos produce fruto: por superficialidad, hostilidad o inconstancia. Cuando, por ejemplo, Jesús les anunció el don de la Eucaristía -diciéndoles que sólo si creían en él, más aún, si le comían, iban a tener vida-, se le marchó un buen grupo de discípulos, asustados de lo que exigía el Maestro (Jn 6,60).

La Palabra que Dios nos dirige es siempre eficaz, salvadora, llena de vida. Pero, si no encuentra terreno bueno en nosotros, no le dejamos producir su fruto. ¿Se nos nota durante la jornada que hemos recibido la semilla de la Palabra y hemos recibido a Cristo mismo como alimento?

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27 de julio.

Horeb, Sinaí

JUEVES DE LA SEMANA 16ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Lectura del libro del Éxodo (19,1-2.9-11.16-20b):

Aquel día, a los tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí: saliendo de Rafidín, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon allí, frente al monte.
El Señor dijo a Moisés: «Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar lo que te digo, y te crea en adelante.»
Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo había dicho. Y el Señor le dijo: «Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa y estén preparados para pasado mañana; pues el Señor bajará al monte Sinaí a la vista del pueblo.»
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte. Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.

Palabra de Dios

Salmo

Dn 3,52.53.54.55.56

R/. A ti gloria y alabanza por los siglos

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
bendito tu nombre, santo y glorioso. R/.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R/.

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R/.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos. R/.

Bendito eres en la bóveda del cielo. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,10-17):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.” ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»

Palabra del Señor

________________________

1. (Año I) Éxodo 19,1-2.9-11.16-20

a) Fue espectacular la escenografía con la que Dios se apareció a su pueblo, en el monte Sinaí o el Horeb, donde ya se había aparecido a Moisés y hará después con Elías. Dios se sirve también de los fenómenos naturales para dar a conocer su presencia salvadora. Como la zarza ardiente había sido un signo en el encuentro con Moisés, aquí es lo que se podría interpretar como una gran tormenta resonando en el macizo de la montaña, o como un movimiento sísmico o incluso un fenómeno de erupción volcánica, con humaredas grandiosas, fuego y estrépito. Dios prepara psicológicamente al pueblo antes de dictarle las cláusulas de la Alianza: los próximos cinco capítulos del Éxodo los ocupa el texto de esta Alianza.

El pueblo reconoce la grandeza de Dios y se purifica para encontrarse con él aunque sólo Moisés es invitado a subir al monte. El cántico de Daniel es muy adecuado para prolongar el clima de la lectura: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres… Bendito eres en el templo de tu santa gloria, tú que sondeas los abismos».

b) En el NT Dios se nos ha acercado mucho más suavemente. Como a Elías en una ligera brisa, a nosotros nos ha venido en la forma de un niño que nace en Belén, como un trabajador, como una persona que no quiere quebrar la caña medio cascada ni apagar el pábilo vacilante.

Es verdad que, en Pentecostés, el envío del Espíritu sobre la primera comunidad también se expresa con un lenguaje que recuerda la teofanía del Sinaí: ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso y unas lenguas como de fuego. Pero el estilo del acercamiento de Dios a nosotros es mucho más pacífico que el del Sinaí.

Nuestro encuentro con él es, por ejemplo, la proclamación de su Palabra, o la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, o a través de las palabras y los ejemplos de las personas que nos rodean.

Además de sentir la misma admiración por las grandes obras de Dios y de reconocer su grandeza y su fuerza, ojalá sepamos descubrirle en estas cosas tan sencillas y tan profundas a la vez, en lo de cada día, no en los milagros, las apariciones o los fenómenos extraordinarios. El camino que nos ha enseñado Jesús es el de la sencillez y la cotidianidad.

2. Mateo 13,10-17

a) «¿Por qué les hablas en parábolas?». Las parábolas de Jesús tienen claridad y pedagogía para hacer entender su intención a todos. Menos a los que no quieren entenderla.

Si ayer la parábola del sembrador empezaba hablándonos de la siembra y del fruto final, hoy la explicación que empieza a dar Jesús -y que terminará mañana- se fija, más bien, en aquellas personas que no están dispuestas a que la semilla produzca fruto en sus vidas.

¿Por qué unos entienden y otros no? Las parábolas pueden resultar sencillas de entender o impenetrables… Jesús habla de personas que oyen pero no entienden, y miran pero no ven: la explicación es que «son duros de oído y han cerrado los ojos para no ver ni oír ni entender ni convertirse».

En el fondo, la conducta de cada uno y las actitudes que ha tomado ya previamente, son las que deciden si ve o no ve, si quiere ver o no. Cada persona es responsable de captar el don de Dios, acogerlo o rechazarlo.

b) Es de suponer que Jesús nos puede dirigir a nosotros la bienaventuranza: «dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen». Los ojos de los sencillos son los que descubren los misterios del Reino. No los ojos de los orgullosos o complicados.

Hemos recibido de Dios el don de la fe y con sencillez intentamos responder a ese don desde nuestra vida. Nos hemos enterado del proyecto de salvación de Cristo y lo estamos siguiendo.

Pero también podemos hacer ver que no oímos o que no entendemos, porque, en el fondo, no nos interesa aceptar el contenido de lo que oímos o de lo que vemos. Y no hay peor sordo que el no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.

¿Hacemos caso, cada día, de la Palabra que oímos? ¿nos dejamos interpelar por ella también cuando resulta exigente y va contra la corriente de este mundo o contra los propios gustos? Nosotros, que hemos recibido más gracias de Dios que otros muchos, deberíamos ser también mucho más generosos en nuestra aceptación de su semilla y dar más frutos que otros. Si tomásemos en serio las lecturas, nuestra vida seria bastante distinta.

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26 de julio.

Benedicto XVI, un día como hoy en 2009, resaltó -a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana-, la importancia del rol educativo de los abuelos, que en la familia “son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida”.

En el 2013, cuando el Papa Francisco se encontraba en Río de Janeiro (Brasil) por la Jornada Mundial de la Juventud Río 2013, y coincidiendo su estadía con esta fecha, destacó que “los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!”.

Joaquín (significa Yahweh prepara).
Una antigua tradición, que arranca del siglo II, atribuye los nombres San Joaquín y Santa Ana a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a santa Ana se introdujo ya en la Iglesia oriental en el siglo VI, y pasó a la occidental en el siglo X; el culto a san Joaquín es más reciente.
No conocemos de Joaquín y Ana con certeza mas que sus nombres y el hecho de que fueron los santos padres de la Madre de Dios. Lo que relatan sobre ellos los libros apócrifos no es todo confiable y es difícil distinguir lo cierto de la leyenda.
San Joaquín era venerado por los griegos desde muy temprano. Es el santo patrón de numerosos pueblos en Hispanoamérica, España y las Filipinas. Su festividad, junto a la de su esposa Santa Ana, se celebra el 26 de julio, tras la reforma del calendario litúrgico. Ellos son los patrones de los abuelos.
Grande es la dignidad de Santa Ana por ser la Madre de la Virgen María, predestinada desde toda la eternidad para ser Madre de Dios, la santificada desde su concepción, Virgen sin mancilla y mediadora de todas las gracias. Nieto de Santa Ana fue el hijo de Dios hecho hombre, el Mesías, el Deseado de las naciones. María es el fundamento de la gloria y poder de Santa Ana a la vez que es gloria y corona de su madre.
La santidad de Santa Ana es tan grande por las muchas gracias que Dios le concedió. Su nombre significa “gracia”. Dios la preparó con magníficos dones y gracias. Como las obras de Dios son perfectas, era lógico que Él la hiciese madre digna de la criatura más pura, superior en santidad a toda criatura e inferior solo a Dios.
Santa Ana tenía celo por hacer obras buenas y esforzarse en la virtud. Amaba a Dios sinceramente y se sometió a su santa voluntad en todos los sufrimientos, como fue su esterilidad por veinte años, según cuenta la tradición. Esposa y madre fue fiel cumplidora de sus deberes para con el esposo y su encantadora hija María.
Muy grande es el poder intercesor de Santa Ana. Ciertamente santa amiga de Dios, distinguida sobre todo por ser la abuela de Jesús en cuanto Hombre.
La Santísima Trinidad le concederá sus peticiones: el Padre, para quien ella gestó, cuidó y educó a su hija predilecta; el Hijo, a quien le dió madre; el Espíritu Santo, cuya esposa educó con tan gran solicitud.
Esta Santa privilegiada sobresale en mérito y gloria, cercana al Verbo encarnado y a sus Santísima Madre. Sin duda que Santa Ana tiene mucho poder ante Dios. La madre de la Reina del Cielo, que es poderosa por su intercesión y Madre de misericordia, es también llena de poder y de misericordia.
Tenemos muchos motivos para escoger a Santa Ana como nuestra intercesora ante Dios. Como abuela de Jesucristo, nuestro hermano según la carne, es también nuestra abuela y nos ama a nosotros sus nietos. Nos ama mucho porque su nieto Jesús murió por nuestra salvación y María, su hija, fue proclamada Madre nuestra bajo la Cruz. Nos ama de verdad en atención a las dos Personas que ella amó más en esta vida: a Jesús y a María. Si su amor es tan grande su intercesión no será menos. Debemos, por tanto acudir a ella con tal confianza en nuestras necesidades. No hay la menor duda de que esto agrada a Jesús y a María, quienes la amaron tan profundamente.
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23 de julio.

Homilía para el Domingo XVI durante el año A

Nuestra tendencia natural es clasificar a las personas en dos categorías: los buenos los malos. Evidentemente, como es natural, nosotros nos ponemos en la primera categoría. Esta es la tendencia ya sea en los individuos como así también en las naciones o en los grupos religiosos.

Siempre preocupados por un profundo deseo de seguridad, somos fácilmente perturbados por el carácter relativo de todas las cosas. Entonces intentamos transformar en absolutos todos nuestros conceptos, y fácilmente nos perturbamos si los otros no sienten el mismo deseo (lo sienten pero a veces no coinciden los objetos, cada uno quiere hacer “su” dogma, como dice la sabiduría popular: cada loco con su tema). Aparece entonces la intolerancia y los sectarismos.

Los mismos Apóstoles estaban escandalizados del comportamiento de los Fariseos y de ciertos discípulos vacilantes, y habrían querido hasta que, Jesús, hiciese caer fuego del cielo sobre sus enemigos. Jesús rechazo estos comportamientos.

Él es el pastor universal. No vino con signos de poder, como un juez que tiene por misión separar los buenos de los malos. No establecía líneas de marcación entre los discípulos. No juzgaba. Había venido para los pecadores. Esperaba simplemente que todos se reconocieran tales. No apagaba la mecha humeante (algo que siempre me repetía el Obispo que me ordenó: cómo Jesús no hay que apagar la mecha, hay que tratar de que se vuelva a encender, me decía). En su amor, esperando una respuesta, tenía un respeto extraordinario por todos aquellos que amaba (todas las personas). Su paciencia es la expresión de un desapego radical de sí mismo.

En el curso de su vida humana fue la encarnación de la paciencia divina en relación con los pecadores. Mostró que el perdón divino era sin límites y que ningún pecado podía arrancar al hombre del poder del Padre (sólo el pecado contra el Espíritu Santo, que en su sustancia, es no querer conscientemente que Dios actúe en nosotros).

Pero el mensaje de la parábola de hoy va más lejos. Jesús no es un nuevo legislador, vino a dar plenitud, no a cambiar las reglas del juego. Trae una levadura para ponerla en la masa de la humanidad, esta levadura, invita a todas las generaciones a repensar, a remodelar sus vidas. Todo debe fermentar al calor del Evangelio.

La Iglesia, siendo el Cuerpo de Cristo, recibió la tarea de encarnar la paciencia de Jesús hacia la humanidad. El Papa Francisco ya nos lo ha dicho de todas las formas posibles, con gestos y palabras. Tampoco su misión es de separar a los buenos de los malos, sino la de presentar un rostro auténtico del amor. En la tierra el grano siempre está mezclado con la paja, y también con la cizaña. La línea de separación entre el bien y el mal pasa a través de cada uno de nosotros. La separación será sin duda después de la muerte.

El otro mensaje de la parábola es que la ley del Reino es una ley de crecimiento. Un buen acto de fe consiste en saber estar atentos a los gérmenes de vida nueva en nuestra comunidad, en nuestra familia, en nuestra Iglesia, y en favorecer el crecimiento de estas semillas, sin dejarse molestar por la presencia de eventuales cizañas en medio de ellas.

El pecado está pegado a nuestra piel. No es algo que entra de improviso en nuestra vida y que nosotros podemos despojarnos en cualquier parte. Hay en nosotros semillas de pecado y semillas de curación. La lucha entre estos dos tipos de semilla durará hasta el fin, hasta nuestra muerte. Lo mismo sucede para la Iglesia y para el Mundo.

Nadie puede esperar ser capaz de imitar la paciencia de Cristo, a menos que esté nutrido de su Palabra y de su Pan. Es por esta razón que nosotros celebramos la Eucaristía, que puede nutrir en nosotros la vida en germen. Acerquémonos entonces a este don con confianza y esperanza, que santa María, nos ayude a tener paciencia, en primer lugar con nosotros, para que vivamos en Jesús, y no muramos en nuestras propias trampas y después con nuestros hermanos para que los sepamos ayudar a encender la mecha que humea.

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22 de julio. Santa María Magdalena desde el año pasado fiesta.

Santa María Magdalena

Discípula del Señor

Martirologio Romano: Memoria de santa María Magdalena, que, liberada por el Señor de siete demonios y convertida en su discípula, le siguió hasta el monte Calvario y mereció ser la primera que vio al Señor resucitado en la mañana de Pascua y la que se lo comunicó a los demás discípulos (s. I).

Hoy celebramos a Santa María Magdalena, debemos referirnos a tres personajes bíblicos, que algunos identifican en una sola persona: María Magdalena, María la hermana de Lázaro y Marta, y la pecadora anónima que unge los pies de Jesús.

Tres personajes para una historia

María Magdalena, así, con su nombre completo, aparece en varias escenas evangélicas. Ocupa el primer lugar entre las mujeres que acompañan a Jesús (Mt 27, 56; Mc 15, 47; Lc 8, 2); está presente durante la Pasión (Mc 15, 40) y al pie de la cruz con la Madre de Jesús (Jn 19, 25); observa cómo sepultan al Señor (Mc 15, 47); llega antes que Pedro y que Juan al sepulcro, en la mañana de la Pascua (Jn 20, 1-2); es la primera a quien se aparece Jesús resucitado (Mt 28, 1-10; Mc 16, 9; Jn 20, 14), aunque no lo reconoce y lo confunde con el hortelano (Jn 20, 15); es enviada a ser apóstol de los apóstoles (Jn 20, 18). Tanto Marcos como Lucas nos informan que Jesús había expulsado de ella «siete demonios». (Lc 8, 2; Mc 16, 9)

María de Betania es la hermana de Marta y de Lázaro; aparece en el episodio de la resurrección de su hermano (Jn 11); derrama perfume sobre el Señor y le seca los pies con sus cabellos (Jn 11, 1; 12, 3); escucha al Señor sentada a sus pies y se lleva «la mejor parte» (Lc 10, 38-42) mientras su hermana trabaja.

Finalmente, hay un tercer personaje, la pecadora anónima que unge los pies de Jesús (Lc 7, 36-50) en casa de Simón el Fariseo.

Dos en una, tres en una

No era difícil, leyendo todos estos fragmentos, establecer una relación entre la unción de la pecadora y la de María de Betania, es decir, suponer que se trata de una misma unción (aunque las circunstancias difieren), y por lo tanto de una misma persona.

Por otra parte, los «siete demonios» de Magdalena podían significar un grave pecado del que Jesús la habría liberado. No hay que olvidar que Lucas presenta a María Magdalena (Lc 8, 1-2) a renglón seguido del relato de la pecadora arrepentida y perdonada (Lc 7, 36-50).

San Juan, al presentar a los tres hermanos de Betania (Marta, María y Lázaro), dice que «María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos». El lector atento piensa: “Conozco a este personaje: es la pecadora de Lucas 7”. Además, en el mismo evangelio de Lucas, inmediatamente después del episodio de la unción, se nos presenta a María Magdalena, de la que habían salido «siete demonios». El lector ratifica su impresión: “María Magdalena es la pecadora que ungió a Jesús”. Y por último, en el mismo evangelio de San Lucas, pocos capítulos después (Lc 10), María, hermana de Marta, aparece escuchando al Señor sentada a sus pies. El lector concluye: “María Magdalena y esta María son una misma persona, la pecadora penitente y perdonada, que Juan también menciona por su nombre aclarándonos que vivía en Betania”.

Pero esta conclusión no es necesaria porque:

no hay por qué relacionar a Juan con Lucas; los relatos difieren en varios detalles. Así, por ejemplo, la unción, según Lucas, tiene lugar en casa de Simón el Fariseo; su relato hace explícita referencia a los pecados de la mujer que unge a Jesús. Pero Mateo, Marcos y Juan, por su parte, hablan de la unción en Betania en casa de un tal Simón (Juan no aclara el nombre del dueño de casa, sólo señala que Marta servía y que Lázaro estaba presente), y mencionan el gesto hipócrita de Judas en relación con el precio del perfume, sin sugerir que la mujer fuese una pecadora. Sólo Juan nos ofrece el nombre de la mujer, que los demás no mencionan.

los «siete demonios» no significan un gran número de pecados, sino -como lo aclara allí mismo Lucas- «espíritus malignos y enfermedades»; este significado es más conforme con el uso habitual en los evangelios.

Dos teorías

Los argumentos a favor de la identificación de los tres personajes, como vemos, son débiles. Sin embargo, tal identificación cuenta a su favor con una larga tradición, como se ha mencionado. Hay que decir también que los argumentos a favor de la distinción entre las tres mujeres tampoco son totalmente concluyentes. Es decir que ambas teorías cuentan con razones a favor y en contra, y de hecho, a lo largo de la historia, ambas interpretaciones han sido sostenidas por los exegetas: así, por ejemplo, los latinos estuvieron siempre más de acuerdo en identificar a las tres mujeres, y los griegos en distinguirlas.

Una respuesta “oficial”

A pesar de que ambas posturas cuentan con argumentos, hoy en día la Iglesia Católica se ha inclinado claramente por la distinción entre las tres mujeres. Concretamente, en los textos litúrgicos, ya no se hace ninguna referencia -como sí ocurría antes del Concilio- a los pecados de María Magdalena o a su condición de “penitente”, ni a las demás características que le provendrían de ser también María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta. En efecto, la Iglesia ha considerado oportuno atenerse sólo a los datos seguros que ofrece el evangelio.

Por ello, actualmente se considera que la identificación entre Magdalena, la pecadora y María es más bien una confusión “sin ningún fundamento”, como dice la nota al pie en Lc 7, 37 de “El Libro del Pueblo de Dios”. No hay dudas de que la Iglesia, a través de su Liturgia, ha optado por la distinción entre la Magdalena, María de Betania y la pecadora, de modo que hoy podemos asegurar que María Magdalena, por lo que nos cuenta la Escritura y por lo que nos afirma la Liturgia, no fue “pecadora pública”, “adúltera” ni “prostituta”, sino sólo seguidora de Cristo, de cuyo amor ardiente fue contagiada, para anunciar el gozo pascual a los mismos Apóstoles.

La liturgia de su fiesta

Los textos bíblicos que se proclaman en su Memoria (que se celebra el 22 de julio) hablan de la búsqueda del «amado de mi alma» (Cant 3, 1-4a) o de la muerte y resurrección de Jesús como misterio de amor que nos apremia a vivir para «Aquel que murió y resucitó» por nosotros (2 Cor 5, 14-17). El evangelio que se proclama en la Misa es Jn 20, 1-2.11-18, es decir, el relato pascual en que Magdalena aparece como primera testigo de la Resurrección de Jesús, lo proclama «¡Maestro!» y va a anunciar a todos que ha visto al Señor. Como se ve, ninguna alusión a sus pecados ni a su supuesta identificación con María de Betania. Sólo pervive de esta supuesta identificación el hecho de que la Memoria litúrgica de Santa Marta se celebra justamente en la Octava de Santa Magdalena, es decir, una semana después, el 29 de julio. Santa María de Betania aun no tiene fiesta propia en el Calendario Litúrgico oficial.

Los textos eucológicos de la Misa de la, ahora, Fiesta de Santa María Magdalena nos dicen, por su parte, que a ella el Hijo de Dios le «confió, antes que a nadie… la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual» (Oración Colecta). Magdalena es aquella «cuya ofrenda de amor aceptó con tanta misericordia tu Hijo Jesucristo» (Oración sobre las Ofrendas) y es modelo de «aquel amor que [la] impulsó a entregarse por siempre a Cristo» (Oración Postcomunión). Y el nuevo prefacio hace una síntesis de los argumentos anteriores: «Él se apareció en el huerto a María Magdalena porque ella lo amó mientras vivía, lo vio morir en la cruz, lo buscó yacente en el sepulcro y fue la primera en adorarlo cuando resucitó de entre los muertos; así fue honrada con el oficio del apostolado entre los apóstoles para que ellos anunciaran la buena noticia de la vida nueva hasta los confines del mundo.»

En la Liturgia de las Horas ocurre otro tanto, ya que los nuevos himnos compuestos después de la reforma litúrgica (Aurora surgit lúcida para Laudes y Mágdalæ sidus para el Oficio de Lecturas y Vísperas) hacen hincapié en los mismos aspectos: María Magdalena como testigo privilegiado de la Resurrección, primera en anunciar a Cristo resucitado, y fiel e intrépida seguidora de su Maestro. Algo similar se verifica en los demás elementos del Oficio Divino, en los que -nuevamente- no hay alusión ninguna a los supuestos pecados de la Magdalena ni a su condición de hermana de Marta y Lázaro.

Como claro contraste, cabe señalar que en la liturgia previa al Concilio, la Memoria del 22 de julio se llamaba «Santa María Magdalena, penitente», y abundaban las referencias a su pecado perdonado por Jesús y a su condición de hermana de Lázaro. El evangelio que se proclamaba era justamente Lc 7, 36-50, es decir, la unción de Jesús a cargo de «una mujer pecadora que había en la ciudad»: “in civitate peccatrix“.

Finalmente, mencionemos que el culto a Santa María Magdalena es muy antiguo, ya que la Iglesia siempre veneró de modo especial a los personajes evangélicos más cercanos a Jesús. La fecha del 22 de julio como su fiesta ya existía antes del siglo X en Oriente, pero en Occidente su culto no se difundió hasta el siglo XII, reuniendo en una sola persona a las tres mujeres que los Orientales consideraban distintas y veneraban en diversas fechas. A partir de la Contrarreforma, el culto a María Magdalena, “pecadora perdonada”, adquiere aun más fuerza.

La leyenda oriental señala que después de la Ascensión habría vivido en Éfeso, con María y San Juan; allí habría muerto y sus reliquias habrían sido trasladadas a Constantinopla a fines del siglo IX y depositadas en el monasterio de San Lázaro.

Otra tradición -que prevalece en Occidente- cuenta que los tres “hermanos” (Marta, María “Magdalena” y Lázaro) viajaron a Marsella (en un barco sin velas y sin timón). Allí, en la Provenza, los tres convirtieron a una multitud; luego Magdalena se retiró por treinta años a una gruta (del “Santo Bálsamo”) a hacer penitencia. Magdalena muere en Aix-en-Provence, adonde los ángeles la habían llevado para su última comunión, que le da San Máximo. Diversos avatares sufren sus reliquias y su sepulcro a lo largo de los siglos.

Estas leyendas, naturalmente, no tienen ningún fundamento histórico y, como otras tantas, fueron forjadas en la Edad Media para explicar y autentificar la presencia, en una iglesia del lugar, de las supuestas reliquias de Magdalena, meta de innumerables peregrinajes.

Finalmente, cabe consignar que el apelativo “Magdalena” significa “de Magdala”, ciudad que ha sido identificada con la actual Taricheai, al norte de Tiberíades, junto al lago de Galilea.

Traduzco una estrafa, la ante última del himno Aurara surgit lucida:

O flos venuste Magdalae

o Christi amore saucia,

tu caritatis ignibus

fac nostra corda ferveant.

____________________

Oh María flor hermonsa de Magdala, herida

por el amor de Cristo, abrasa con el fuego

divino lo íntimo de nuestros corazones.

Y de Magdalae sidus, la tercera estrofa:

Haeret hinc urgens tibi caritatis

vis ut insistas pedibus Magistri,

fervidis illum comitata semper

sedula curis.

___________________________

De aquí que la fuerza del amor te urja a

seguir de cerca las huellas del Maestro y

acompañarle, ya para siempre, con el afán

solícito de servirle.

 

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19 de julio.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 15ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (3,1-6.9-12):

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés.»
Respondió él: «Aquí estoy.»
Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.»
Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
El Señor le dijo: «El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas.»
Moisés replicó a Dios: «¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?»
Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.6-7

R/. El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R/.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-27):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor

_____________________________

1. (Año I) Éxodo 3,1-6.9-12

a) La visión de la zarza ardiente representa un momento decisivo en la vida de Moisés y de su pueblo: Dios le llama para llevar a cabo la liberación de su pueblo.

Han pasado varios años desde la huida de Moisés. Se ha instalado en tierras de Madián. Se ha casado allí con la hija del sacerdote pagano Jetró. Ha tenido familia. Ha madurado en su carácter. Es pastor de oficio y está cuidando los rebaños de su suegro. Y allí se le aparece Dios, en forma de fuego. (A Pedro le hará impresión el Jesús de la pesca milagrosa; a Pablo, el Jesús que se le aparece en el camino de Damasco. Cada uno tenemos algún momento en que Dios sale a nuestro paso).

Quien se aparece a Moisés es el Dios de los patriarcas. El Dios de la promesa. El Dios que ve cómo sufre su pueblo y no lo puede soportar y decide intervenir, enviando a Moisés.

La vocación no es nada fácil. De momento, su temperamento decidido responde: «aquí estoy». Pero, luego, se da cuenta de lo que le está pidiendo Dios y presenta sus objeciones: ¿precisamente él, huido de la justicia de Egipto, es el que va a volver allí, nada menos que a pedir al Faraón que deje salir a los suyos?

La respuesta de Dios es una de las que más veces aparece en la Biblia: «yo estoy contigo».

b) El Dios del éxodo es también el Dios Padre de Jesús. Es el Dios de ahora, nuestro Padre, que sigue con su corazón apenado por tanto dolor e injusticia como hay en este mundo: «el clamor de los israelitas ha llegado a mí». El Dios que quedó retratado en las parábolas y en la actuación de Jesús de Nazaret: el que se apiadaba de la gente que tenía hambre, que perdonaba a los pecadores, que denunciaba las injusticias, que curaba de todo mal.

Nosotros, con mayor razón que el mismo salmista, podemos decir sus palabras: «el Señor es compasivo y misericordioso… Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades, él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura… El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos: enseñó sus caminos a Moisés». Podríamos rezar hoy entero, por ejemplo después de comulgar, el salmo 102: un canto a la misericordia de Dios Liberador.

Al mismo tiempo, sintámonos enviados a practicar la misma misericordia y comunicar un poco de esperanza a quienes se encuentren hoy con nosotros en nuestra familia o comunidad o en el entorno social, ayudándoles a salir de sus diversas esclavitudes. Si nos parece que es misión difícil, nos hará bien recordar la palabra de Dios a Moisés: «yo estoy contigo».

2. Mateo 11,25-27

a) Las personas sencillas, las de corazón humilde, son las que saben entender los signos de la cercanía de Dios. Lo afirma Jesús, por una parte, dolorido, y por otra, lleno de alegría.

Cuántas veces aparece en la Biblia esta convicción. A Dios no lo descubren los sabios y los poderosos, porque están demasiado llenos de sí mismos. Sino los débiles, los que tienen un corazón sin demasiadas complicaciones.

Entre «estas cosas» que no entienden los sabios está, sobre todo, quién es Jesús y quién es el Padre. Pero la presencia de Jesús en nuestra historia sólo la alcanzan a conocer los sencillos, aquellos a los que Dios se lo revela.

b) En el evangelio podemos constatar continuamente este hecho. Cuando nació Jesús en Belén, le acogieron María y José, sus padres, una humilde pareja de jóvenes judíos; los pastores, los magos de tierras lejanas y los ancianos Simeón y Ana. Los «sabios y entendidos», las autoridades civiles y religiosas, no lo recibieron.

A lo largo de su vida se repite la escena. La gente del pueblo alaba a Dios, porque comprenden que Jesús sólo puede hacer lo que hace si viene de Dios. Mientras que los letrados y los fariseos buscan mil excusas para no creer.

La pregunta vale para nosotros: ¿somos humildes, sencillos, conscientes de que necesitamos la salvación de Dios? ¿o, más bien, retorcidos y pagados de nosotros mismos, «sabios y entendidos», que no necesitamos preguntar porque lo sabemos todo, que no necesitamos pedir, porque lo tenemos todo? Cuántas veces la gente sencilla ha llegado a comprender con serenidad gozosa los planes de Dios y los aceptan en su vida, mientras que nosotros podemos perdernos en teologías y razonamientos. La oración de los sencillos es más entrañable y, seguramente, llega más al corazón de Dios que nuestros discursos eruditos de especialistas.

Nos convendría a todos tener unos ojos de niño, un corazón más humilde, unos caminos menos retorcidos, en nuestro trato con las personas y, sobre todo, con Dios. Y saberles agradecer, a Dios y los demás, tantos dones como nos hacen. Siguiendo el estilo de Jesús y el de María, su Madre, que alabó a Dios porque había puesto los ojos en la humildad de su sierva.

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18 de julio.

MARTES DE LA SEMANA 15ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (2,1-15a):

En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño. Viendo qué hermoso era, lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y pez, colocó en ella a la criatura, y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo. Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba. La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó a la criada a recogerla. La abrió, miró dentro, y encontró un niño llorando.
Conmovida, comentó: «Es un niño de los hebreos.»
Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?»
Respondió la hija del Faraón: «Anda.»
La muchacha fue y llamó a la madre del niño.
La hija del Faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.»
La mujer tomó al niño y lo crió.
Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «Lo he sacado del agua.»
Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos, y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos. Miró a un lado y a otro, y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena.
Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?»
Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?»
Moisés se asustó pensando: «La cosa se ha sabido.» Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 68,3.14.30-31.33-34

R/. Humildes, buscad al Señor,
y revivirá vuestro corazón

Me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente. R/.

Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío,
el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude. R/.

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,20-24):

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

Palabra del Señor

____________________________

1. (Año I) Éxodo 2,1-15

a) Empieza la historia de Moisés, dibujando a grandes rasgos su infancia y juventud.

El relato es encantador y, a la vez, significativo. Frente a la voluntad del Faraón, que quiere reprimir al pueblo judío, la sencilla acción de tres mujeres sirve para que los planes de Dios sigan adelante: la madre y la hermana de Moisés, y la hija del mismo Faraón. Los caminos de Dios son sorprendentes. Una cesta en el río y un niño llorando dentro de ella, que conmueve el corazón de la egipcia. Paradojas de la vida: la hija del Faraón adopta y educa al que va a ser el liberador del pueblo oprimido por su padre.

El nombre Moisés probablemente era egipcio, pero los judíos lo interpretaron del verbo «mossá», «sacar». Y así aparece Moisés como el sacado, el salvado de las aguas: él que luego será el que libere a su pueblo de la esclavitud, ayudándole a atravesar el Mar Rojo y el desierto. (Como Jesús, que escapa de la matanza de los inocentes en Belén, y que luego será el salvador de todos).

No tuvo de momento mucho éxito Moisés entre los suyos, a pesar de que salió de su palacio y les visitó, dándose cuenta de cómo estaban siendo oprimidos. Se ve que ya de joven era de genio vivo y decidido: reaccionó matando a un egipcio. Se dio cuenta que le perseguían y decidió escapar de Egipto, viviendo así primero él personalmente el «éxodo».

b) Quienes, de alguna manera, nos sentimos llamados a ser liberadores de los demás -con el anuncio y el testimonio de la libertad de Jesús- antes debemos ser nosotros mismos «liberados», sacados de las aguas. Teniendo conciencia del don que Dios nos ha hecho, con alguna clase de «éxodo» en nuestra vida, es como mejor nos sentiremos dispuestos a ayudar a los demás.

En nuestra vida tal vez nos ha tocado decir las palabras del salmo: «Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie: he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente. Pero mi oración se dirige hacia ti, Dios mío… Yo soy un pobre malherido, Dios mío, tu salvación me levante». Momentos de oscuridad, de cansancio, de desánimo, no nos faltan a nadie. Eso nos debería dar madurez personal y solidaridad con los que pasan por momentos parecidos. Moisés sabe lo que sufre su pueblo. Sobre todo, es Dios quien ha visto el dolor de su pueblo y por eso ha decidido -entonces y ahora-, llamar a otros colaboradores que trabajen en su liberación.

¿Somos capaces de «salir» de nuestra comodidad, como el joven Moisés, acercarnos a los que sufren, sintonizar con su dolor y poner los medios para aliviarlo, ciertamente no con la violencia, pero sí con la entrega de nuestras mejores energías?

2. Mateo 11,20-24

a) Lo que decía ayer Jesús de que no había venido a traer paz, sino espadas y división, se ve claramente en la página siguiente del evangelio.

Tres de las ciudades -Betsaida, Corozaín, Cafarnaúm-, en torno al lago de Genesaret, que tenían que haber creído en él, porque escuchaban su predicación y veían continuamente sus signos milagrosos, se resisten. Jesús se lamenta de ellas. Las compara con otras ciudades con fama de impías, o por paganas (Tiro y Sidón) o por la corrupción de sus costumbres (Sodoma), y asegura que esas ciudades «malditas» serán mejor tratadas que las que ahora se niegan a reconocer en Jesús al enviado de Dios.

En otra ocasión Jesús alabó a la ciudad pagana de Nínive, porque acogió la predicación de Jonás y se convirtió al Señor. Mientras que el pueblo elegido siempre se mostró reacio y duro de cerviz.

b) Los que pertenecemos a la Iglesia de Jesús, podemos compararnos a las ciudades cercanas a Jesús. Por ejemplo, a Cafarnaúm, a la que el evangelio llama «su ciudad».

Somos testigos continuos de sus gracias y de su actuación salvadora.

¿Podríamos asegurar que creemos en Jesús en la medida que él espera de nosotros?

Los regalos y las gracias que se hacen a una persona son, a la vez, don y compromiso.

Cuanto más ha recibido uno, más tiene que dar. Nosotros somos verdaderamente ricos en gracias de Dios, por la formación, la fe, los sacramentos, la comunidad cristiana. ¿De veras nos hemos «convertido» a Jesús, o sea, nos hemos vuelto totalmente a él, y hemos organizado nuestra vida según su proyecto de vida?

¿O, tal vez, otras muchas personas, si hubieran sido tan privilegiadas en gracias como nosotros, le hubieran respondido mejor?

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17 de julio.

LUNES DE LA SEMANA 15ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Lectura del libro del Éxodo (1,8-14.22):

En aquellos días, subió al trono en Egipto un Faraón nuevo, que no había conocido a José, y dijo a su pueblo: «Mirad, el pueblo de Israel está siendo más numeroso y fuerte que nosotros; vamos a vencerlo con astucia, pues si no, cuando se declare la guerra, se aliará con el enemigo, nos atacará, y después se marchará de nuestra tierra.»
Así, pues, nombraron capataces que los oprimieron con cargas, en la construcción de las ciudades granero, Pitom y Ramsés. Pero, cuanto más los oprimían, ellos crecían y se propagaban más. Hartos de los israelitas, los egipcios les impusieron trabajos crueles, y les amargaron la vida con dura esclavitud: el trabajo del barro, de los ladrillos, y toda clase de trabajos del campo; les imponían trabajos crueles.
Entonces el Faraón ordenó a toda su gente: «Cuando nazca un niño, echadlo al Nilo; si es niña, dejadla con vida.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 123,1-3.4-6.7-8

R/. Nuestro auxilio es el nombre del Señor

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
–que lo diga Israel–,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros. R/.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.
Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes. R/.

Hemos salvado la vida,
como un pájaro de la trampa del cazador;
la trampa se rompió, y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,34–11,1):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Palabra del Señor

______________________________

Empezamos a leer un nuevo libro, el Éxodo, el segundo de la Biblia después del Génesis. Cambiarnos de libro, pero seguimos con la historia del pueblo elegido. Lo habíamos dejado en Egipto, recién llegado bajo la protección de José, concluyendo así la era de los patriarcas.

Han pasado más de cuatrocientos años, según el texto, y va a empezar la historia de otro gran personaje, Moisés, que guiará al pueblo a la libertad y a la tierra prometida.

En este libro, y durante casi tres semanas, seguiremos el relato de la esclavitud de lsrael, su liberación, su alianza con Dios y su marcha por el desierto hacia la tierra de Canaán, la que Dios había prometido a Abrahán. Es una historia que podría ser, sencillamente, la de un pueblo emigrante que decide volver a su tierra de origen: pero es una historia muy significativa para entender los planes de Dios, que lleva adelante su promesa a Abrahán.

También aquí, como en el Génesis, encontramos varias versiones de los acontecimientos, por ejemplo la «yahvista» y la «sacerdotal», que interpretan a su modo las tradiciones orales que debían conservarse en Israel respecto a la huida o la expulsión de Egipto y la llegada a Canaán. Lo más importante no es la localización geográfica o histórica de los diversos episodios, sino la intención religiosa del relato. Es un libro fundamental para entender la historia de Israel y, también, la nuestra: Dios libera a su pueblo, en la primera Pascua, que será para siempre la clave para entender la nueva Pascua de Cristo, que libera a toda la humanidad y reúne su nuevo Pueblo, que atraviesa en el Bautismo las aguas del Mar Rojo y entra en la tierra de la Nueva Alianza.

a) Los años no pasan en balde. Estamos en el siglo XIII antes de Cristo. El Faraón de turno -probablemente Ramsés II- ya no recuerda los favores que deben a José. Lo que sí ve es que este pueblo de emigrados va creciendo y que, con el tiempo, puede ser peligroso, si se les ocurre rebelarse o aliarse con otros enemigos.

Por otra parte, a los egipcios les interesa poder disponer de esa mano de obra tan abundante y barata. La opresión es de tipo laboral, pero para el pueblo judío es el prototipo de la esclavitud. Sobre todo, cuando se da la orden de eliminar a los niños que vayan naciendo, para contener el crecimiento del pueblo. Cuando ya se iba cumpliendo la promesa a Abrahán -una descendencia numerosa como las arenas de la playa- viene la decisión contraria del Faraón. Aunque las comadronas no obedecieron muchas veces esta cruel norma (un hermoso caso de «objeción de conciencia»).

Ahí es cuando empieza la historia de Moisés, que es también la historia de un Dios que ha decidido liberar a su pueblo. Entendemos por qué Israel canta con gratitud salmos como el de hoy: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, nos habrían tragado vivos… Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes. Nuestro auxilio es el nombre del Señor».

b) Nosotros nos situamos, durante toda la lectura del Libro del Éxodo, en esta perspectiva: hemos sido liberados por el nuevo Moisés, Cristo Jesús. Con su muerte -su «éxodo»- nos ha hecho salir de la esclavitud y nos ha hecho miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

Podemos rezar con pleno sentido: «si el Señor no hubiera estado de nuestra parte…».

Antes se apelaba al pueblo que vivió el primer éxodo: «que lo diga Israel ». Ahora somos nosotros los que podemos dar gozoso testimonio: «que lo diga el pueblo de los liberados por Cristo Jesús». ¿Tenemos experiencia de «liberados» por Cristo, de reconciliados por él, de salvados?

También podemos reflexionar desde otra perspectiva. Las situaciones de injusticia continúan a lo largo de la historia. Situaciones de opresión económica y humana.

Situaciones de genocidio en diferentes partes del mundo, de las que nos enteramos, día tras día, por los medios de comunicación, y no nos tendrían que dejar indiferentes.

A Dios le sigue doliendo el sufrimiento del pobre y del débil, y busca las personas para la liberación de los oprimidos. Lo mismo que entonces a Moisés, ahora nos encarga a nosotros -a los cristianos y a todos los de buena voluntad- que luchemos contra la injusticia.

Siempre podemos aportar algo para solucionar los grandes problemas del mundo, con ayuda económica o trabajo personal. Pero, además, hemos de colaborar en nuestro mundo más cercano. Ante todo, no creando nosotros mismos situaciones de injusticia. Y, luego, denunciando, si es el caso, los atropellos de los derechos humanos, y trabajando nosotros en la mejora de la vida de los más pobres, en el terreno de la educación, de la sanidad, de la atención social y, naturalmente, en la evangelización cristiana, factor fundamental para la liberación integral de la persona humana.

Mateo 10,34-11,1

a) Terminamos hoy la lectura del «discurso de la misión», el capítulo 10 de Mateo.

Y lo hacemos con unas afirmaciones paradójicas de Jesús: él ha venido, no a traer paz, sino espadas y divisiones en la familia; hay que amarle más a él que a los propios padres; el que busque con sus cálculos conservar su vida, la perderá; hay que cargar la cruz al hombro para ser dignos de él.

La página termina con una alabanza a quienes reciban a los que Jesús ha enviado como misioneros y evangelizadores: «el que os recibe a vosotros, me recibe a mí… y no perderá su paga, os lo aseguro». Aunque sólo sea un vaso de agua lo que les hayan dado.

b) Ciertamente, aquí Jesús no se desdice de las recomendaciones de paz que había hecho, ni de las bienaventuranzas con que ensalzaba a los pacíficos y misericordiosos, ni del mandamiento de amar a los padres. Lo que está afirmando es que seguirle a él comporta una cierta violencia: espadas, división en la familia, opciones radicales, renuncia a cosas que apreciamos, para conseguir otras que valen más. No es que quiera dividir: pero a los creyentes, su fe les va a acarrear, con frecuencia, incomprensión y contrastes con otros miembros de la familia o del grupo de amigos.

Hay muchas personas que aceptan renuncias por amor, o por interés (comerciantes, deportistas), o por una noble generosidad altruista (en ayuda del Tercer Mundo). Los cristianos, además, lo hacen por la opción que han hecho de seguir el estilo evangélico de Jesús.

Ya se lo había anunciado el anciano Simeón a María, la madre de Jesús: su hijo sería bandera discutida y signo de contradicción. Y lo dijo también el mismo Jesús: el Reino de Dios padece violencia y sólo los «violentos» lo consiguen.

La fe, si es coherente, no nos deja «en paz». Nos pone ante opciones decisivas en nuestra vida. Ser cristianos -seguidores de Jesús- no es fácil y supone saber renunciar a las tentaciones fáciles en los negocios, o en la vida sexual. No es que dejemos de amar a los familiares. Pero, por encima de todo, amamos a Dios. Ya en el AT el primer mandamiento era el de «amar a Dios sobre todas las cosas».

Dejémonos animar por la recomendación que hace Jesús a quienes acojan a los enviados por él. Hasta un vaso de agua dado en su nombre tendrá su premio. Al final, resultará que la cosa se decide por unos detalles entrañables: un vaso de agua como signo de generosidad para con los que evangelizan este mundo.

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Sábado 15. Capilla santo Domingo. Entrega de Escapularios a niños de catequesis.

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16 de julio.

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Homilía XV Domingo durante el Año A

La agricultura o la jardinería pueden ser una buena escuela de paciencia, de confianza y de abandono. Una vez que se ha trabajado el suelo, se han depositado allí las semillas y se ha regado, no se tiene más que esperar con paciencia. Durante un primer tiempo no hay ningún medio para saber de modo cierto si la semilla crecerá o no. Después no se puede saber hasta dónde crecerá la semilla. Se puede actuar de diversas maneras sobre las condiciones que favorecen el crecimiento, pero no se puede intervenir de ningún modo en el proceso mismo de crecimiento. Teniendo esto presente volvamos, ahora, a la lectura del Evangelio de hoy.

Los profetas de Israel así como Jesús hablaban a un pueblo compuesto en su mayor parte de granjeros y de pescadores. Por eso, cuando querían hablar del Reino de Dios, utilizaban imágenes y parábolas vinculadas a la vida y al crecimiento.

En la primera lectura de hoy, el profeta Isaías compara la Palabra de Dios a la lluvia que abreva la tierra y la fecunda y no vuelve a Dios sin haber cumplido la misión para la que fue enviada, es decir, hacer germinar la semilla y procurarle el pan al sembrador. Y en el Evangelio Jesús compara esta Palabra con una semilla.

Una cosa destacable, en el Evangelio de hoy, es que no se tiene solamente una parábola, sino a la vez la parábola y su interpretación. Eso es muy inusual, ya que el uso clásico de la parábola implicaba una técnica según la cual el rabino, o el maestro, llevaban a cada oyente a sacar sus propias conclusiones de la parábola. Es por eso que los exegetas y los comentadores son bastante unánimes en pensar que la segunda parte de nuestro Evangelio de hoy – es decir la interpretación – no es de Jesús mismo sino que representa la interpretación de la Iglesia primitiva, tomada seguramente de otras enseñanzas de Cristo. Por otro lado sabemos que la gracia de la inspiración, en los escritores sagrados, no anula sus recursos lingüísticos, semánticos y morfológicos-

En el texto de Mateo, esta parábola, sigue inmediatamente el relato donde los miembros de la familia de Jesús querían agarrarlo y llevarlo a la casa, porque pensaban que había perdido la cabeza. Esta parábola es en realidad una reflexión de Jesús sobre su ministerio. Su Palabra – la Palabra de Dios – es recibida de diversos modos. En ciertas personas, encuentra un corazón de piedra y no crece en absoluto; en otras, se cree con dificultad, pero crece sin embargo. Y cuando haya alcanzado su pleno crecimiento, será el Fin. En resumen, se trata de un mensaje de esperanza.

Cuando esta parábola era proclamada en la Iglesia primitiva, se añadió a ello una interpretación que le fue atribuida a continuación a Jesús. Y, de modo sorprendente, ha habido un deslizamiento de acento de la semilla hacia el suelo. Toda la atención – y la preocupación – de Jesús se ponía sobre la semilla misma, es decir sobre el Reinado de Dios. Para los primeros cristianos, la preocupación se vuelve gradualmente aquella de ser una tierra tan buena como posible para recibir esta semilla.

Tal preocupación era evidentemente legítima y encontraba un cierto fundamento en la parábola misma, tal como había sido contada por Jesús. Pero este deslizamiento muestra a pesar de todo bastante bien nuestra tendencia humana a estar preocupados más por nosotros mismos y del modo en como recibimos la Palabra de Dios, que de la Palabra misma. ¡Jesús se preocupaba por la Palabra! Y su mensaje es precisamente que incluso a pesar de nuestro endurecimiento y nuestra falta de cooperación, la semilla del Reino crecerá hasta su plena medida.

La razón de este deslizamiento en el objeto de nuestra preocupación es probablemente nuestro miedo innato al sufrimiento. Pablo, en su Carta a los Romanos, nos recuerda, que todo el sufrimiento cuya experiencia podemos hacer no es más que un elemento del proceso de crecimiento hacia la plenitud del Reino de Dios en nosotros. Se trata de los dolores normales del parto.

Es curioso como encontramos fácilmente toda clase de buenas razones y de pretextos para protegernos de la dolorosa realidad del crecimiento y refugiarnos en la actividad más segura de preparar el suelo. Nos sentimos más seguros cuando nos preocupamos de labrar el suelo, de arrancar las malas hierbas, de poner la tierra de diversos modos. «Hacemos» algo y esperamos una recompensa por lo que hacemos. Todo eso es bueno y necesario. Pero el Evangelio y Pablo nos recuerdan otra dimensión: la necesidad de esperar con paciencia mientras la semilla llega al tiempo del crecimiento; la necesidad de hacer la experiencia de muerte de la semilla sin estar seguros de si verdaderamente echará raíz, sin saber hasta qué punto crecerá. No controlamos el crecimiento. Y eso es penoso. Es penoso tanto el proceso de crecimiento como el hecho de no poder controlarlo. Por eso todo el tema de los pequeños en el Evangelio, sin ser pequeños no es posible recibir el Reino.

Un tema que no quiero dejar de señalar es el comentario que hace Jesús, acerca de por qué habla en parábolas con los judíos. Allí cita un texto de Isaías dónde se habla de la dureza del corazón: tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan… Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. ¿A qué se refiere? Hay una expresión que vamos a entender bien: No hay peor sordo que el que no quiere oír. Cerrarse cuando uno puede entender. Y ¿por qué se le quitará hasta lo que tiene? Porque lo que tiene es falso y deforma la realidad y la desordena, y aunque haya algunas percepciones verdaderas existe en lo profundo el deseo de no entender, y este es el único obstáculo definitivo a la Palabra. Los otros obstáculos se superan, porque lo importante no es lo que hacemos nosotros para que crezca, lo importante es ella que crece.

Conscientes de la necesidad de prácticas ascéticas, de la necesidad de trabajar el jardín de nuestro corazón y de regar en él las plantas, no olvidamos volver a lo que, para Jesús, es lo más importante: la Palabra de Dios, la semilla depositada por el Padre en la humanidad; y que nosotros no tengamos ojos u oídos que no quieren ver y escuchar, sino que esperemos con confianza su crecimiento en cada uno de nosotros y en toda la humanidad. Aceptemos también pasar a través de los sufrimientos que forman parte de tal nacimiento y de tal crecimiento. Que María nos ayude a tener paciencia y nos acompañe con su intercesión.

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15 de julio. Novena Parroquia del Carmen de Banfield. Misa con los Padres Carmelitas.

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14 de julio.

VIERNES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (46,1-7.28-30):

En aquellos días, Israel, con todo lo suyo, se puso en camino, llegó a Berseba y allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac.
Dios le dijo a Israel en una visión de noche: «Jacob, Jacob.»
Respondió: «Aquí estoy.»
Dios le dijo: «Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en un pueblo numeroso. Yo bajaré contigo a Egipto, y yo te haré subir; y José te cerrará los ojos.»
Al salir Jacob de Berseba, los hijos de Israel hicieron montar a su padre, con los niños y las mujeres, en las carretas que el Faraón había enviado para transportarlos. Tomaron el ganado y las posesiones que habían adquirido en Canaán y emigraron a Egipto Jacob con todos sus descendientes, hijos y nietos, hijas y nietas, y todos los descendientes los llevó consigo a Egipto. Jacob despachó por delante a Judá, a visitar a José y a preparar el sitio en Gosén. Cuando llegaban a Gosén, José mandó preparar la carroza y se dirigió a Gosén a recibir a su padre. Al verlo, se le echó al cuello y lloró abrazado a él.
Israel dijo a José: «Ahora puedo morir, después de haberte visto en persona, que estás vivo.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 36,3-4.18-19.27-28.39-40

R/. El Señor es quien salva a los justos

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R/.

El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán. R/.

Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá. R/.

El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados
y los salva porque se acogen a él. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,16-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. Porque os aseguro que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

______________________

1. (Año I) Génesis 46,1-7.28-30

a) José no sólo perdona a sus hermanos, sino que les encarga que traigan a su padre a Egipto.

La escena es significativa: Jacob, con sus hijos y nietos, y con sus posesiones, emigra a Egipto. Es el inicio de una estancia del pueblo elegido en tierra extraña, que tendrá su viaje de vuelta en el éxodo, cuatro siglos después, cuando, guiados por Moisés, salgan de Egipto y peregrinen hacia la tierra prometida.

En las palabras de ánimo que Dios dirige al anciano Jacob ya se asegura la vuelta: «no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en un pueblo numeroso: yo bajaré contigo y yo te haré subir».

Es emocionante la escena del encuentro de Jacob con su hijo José, después de tantos años de darlo por perdido. Toda la familia se instala en la región de Gosén.

b) En nuestra vida, hay muchos viajes de ida y vuelta.

Como Abrahán, que sale de su tierra de Ur, como José que es llevado contra su voluntad a Egipto, como Jacob y su familia que emigran buscando mejores condiciones de vida, todos podemos ser un poco peregrinos en la vida y emigrantes, viajeros de éxodos que no esperábamos. La vida da muchas vueltas y, a veces, nos hace madurar por caminos que, a primera vista, no nos parecen muy agradables.

Ojalá tengamos la seguridad, como Jacob y José, de que Dios está siempre con nosotros. Estemos en tierra propia o en tierra extraña: «yo bajaré contigo a Egipto y yo te haré subir». Igual que José interpretaba que era Dios el que había permitido que él pasara por la amarga experiencia de ser vendido como esclavo, para sacar también de eso un gran bien para todos. Pase lo que pase a cada persona, y también a la humanidad y a la Iglesia, Dios sigue con sus planes: «yo te convertiré en pueblo numeroso».

El salmo nos invita, una vez más, a hacer el bien y a tener confianza en Dios, que nos sigue en todos nuestros «viajes» con cercanía de padre: «Confía en el Señor y haz el bien… el Señor vela por los días de los buenos… apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles… el Señor es quien salva a los justos, los protege y los libra».

2. Mateo 10,16-23

a) En el discurso misionero, Jesús anuncia a los suyos que tendrán dificultades y persecuciones.

Las comparaciones están tomadas ahora de la vida de los animales: lobos y ovejas, serpientes y palomas. Conscientes de que serán perseguidos, les recomienda estas dos cualidades: la sagacidad de las serpientes (para saber discernir la presencia de los lobos y no provocar inútilmente a los opositores) y la sencillez de las palomas (sin doblez ni complicaciones).

Seguros de que, a pesar de todas las precauciones, los llevarán ante los tribunales y los odiarán y hasta los matarán. Jesús les invita a confiar en la ayuda de Dios: el Espíritu Santo estará a su lado y les dará su luz y su fuerza.

b) Cuando Mateo escribió su evangelio, la comunidad cristiana ya sabía mucho de persecuciones y excomuniones y hasta de martirios.

El Libro de los Hechos nos lo atestigua abundantemente. Basta recordar el martirio de Santiago y Esteban, así como la historia de los dos grandes héroes de la primera generación, Pedro y Pablo.

A lo largo de la historia, la comunidad de Cristo ha seguido padeciendo problemas internos y externos. Ya se lo había avisado Jesús. También en el mundo de hoy, anunciar el evangelio nos expone a malentendidos y reacciones contrarias. El martirio -el testimonio hasta la muerte- sigue siendo actual. Se repiten los casos, sobre todo en países de misión, o allí donde cristianos valientes denuncian atropellos e injusticias.

Pero esto no nos tiene que desanimar, ni hacernos cejar en nuestro empeño evangelizador. «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra». Lo importante es seguir anunciando a todos el amor de Dios. Si no es de un modo, será de otro. Si estamos convencidos nosotros mismos de que la salvación está en Cristo y en el estilo de vida que nos propone, ya encontraremos el lugar y el modo de comunicarla a los demás. Con prudencia y, al mismo tiempo, con sencillez. Ayudados por el Espíritu de Dios. Tenemos trabajo hasta el fin del mundo, hasta la vuelta del Señor. Y «el que persevere hasta el final, se salvará».

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13 de julio.

JUEVES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (44,18-21.23b-29;45,1-5):

En aquellos días, Judá se acercó a José y le dijo: «Permite a tu siervo hablar en presencia de su señor; no se enfade mi señor conmigo, pues eres como el Faraón. Mi señor interrogó a sus siervos: “¿Tenéis padre o algún hermano?”, y respondimos a mi señor: “Tenemos un padre anciano y un hijo pequeño que le ha nacido en la vejez; un hermano suyo murió, y sólo le queda éste de aquella mujer; su padre lo adora.” Tú dijiste: “Traédmelo para que lo conozca. Si no baja vuestro hermano menor con vosotros, no volveréis a verme.” Cuando subimos a casa de tu siervo, nuestro padre, le contamos todas las palabras de mi señor; y nuestro padre nos dijo: “Volved a comprar unos pocos víveres.” Le dijimos: “No podemos bajar si no viene nuestro hermano menor con nosotros”; él replicó: “Sabéis que mi mujer me dio dos hijos: uno se apartó de mí, y pienso que lo ha despedazado una fiera, pues no he vuelto a verlo; si arrancáis también a éste de mi presencia y le sucede una desgracia, daréis con mis canas, de pena, en el sepulcro.”»
José no pudo contenerse en presencia de su corte y ordenó: «Salid todos de mi presencia.»
Y no había nadie cuando se dio a conocer a sus hermanos. Rompió a llorar fuerte, de modo que los egipcios lo oyeron, y la noticia llegó a casa del Faraón.
José dijo a sus hermanos: «Yo soy José; ¿vive todavía mi padre?»
Sus hermanos se quedaron sin respuesta del espanto.
José dijo a sus hermanos: «Acercaos a mí.»
Se acercaron, y les repitió: «Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí; para salvación me envió Dios delante de vosotros.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,16-17.18-19.20-21

R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor

Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo. R/.

Le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó. R/.

El rey lo mandó desatar,
el Señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones. R/.

Evangelio de mañana

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (10,7-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo.»

Palabra del Señor

___________________

1. (Año I) Génesis 44,18-21.23-29; 45,1-5

a) Sigue la historia de José, que llega a la escena culminante del reencuentro y la reconciliación con sus hermanos, una de las páginas más bellas de la Biblia, tanto en el aspecto literario como en el humano y religioso.

Antes de esta página, en el Génesis se cuenta que en el segundo viaje de sus hermanos a Egipto, en busca de víveres, José retiene a Benjamín, su hermano predilecto, con el pretexto de que ha «robado» un cáliz, que él se había encargado de que escondieran precisamente en el saco de Benjamín.

Cuando Judá, intercediendo patéticamente por su hermano pequeño, le cuenta un relato que él conocía muy bien, el de su venta por unas monedas, José no puede ya contenerse más y, entre lágrimas, se da a conocer a sus hermanos, creando en ellos una situación de sorpresa indecible y, también, de miedo: «yo soy José, vuestro hermano, al que vendisteis a los egipcios». Pero no tienen que temer, porque les perdona: «acercaos a mí».

La lección se pone en boca de José: «para salvación me envió Dios delante de vosotros». El salmo comenta y desarrolla esta misma idea: «Recordad las maravillas que hizo el Señor. Llamó al hambre sobre aquella tierra… por delante había enviado a José, vendido como esclavo». Los planes de Dios son admirables. El va llevando a cumplimiento su promesa mesiánica por caminos que nos sorprenden.

b) La historia de José nos recuerda la de Jesús,

– que también es vendido por los suyos y llevado a la cruz;

– que muere pidiendo a Dios que perdone a sus verdugos;

– que parece haber fracasado en la misión encomendada, pero que nos muestra cómo Dios consigue sus propósitos de salvación también a través del mal y del pecado de las personas.

Nosotros tendríamos que aprender, sobre todo, a perdonar a los que nos han ofendido.

Difícilmente nos harán un mal tan grande como el que los hermanos de José o los discípulos de Jesús les hicieron a ellos. Y perdonaron.

¿Hubiéramos tenido nosotros, en su lugar, la grandeza de corazón que aquí muestra José? ¿y Cristo en la cruz? ¿facilitamos que se puedan rehabilitar las personas, dándoles un voto de confianza, a pesar de que hayan fallado una o más veces? Aunque nos cueste, ¿sabemos perdonar?

2. Mateo 10~7-15

a) El Maestro da a sus apóstoles -a todos nosotros, miembros de la Iglesia «apostólica» y «misionera»- unas consignas, para que cumplan su misión siguiendo su estilo:

– ante todo, lo que tienen que anunciar es el Reino de los Cielos, el proyecto salvador de Dios, que se ha cumplido en Jesús: ésta era la última idea del evangelio de ayer y la primera de hoy,

– pero, además, a las palabras deben seguir los hechos: curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios;

– los enviados de Jesús deben actuar con desinterés económico, no buscando su propio provecho, sino «dando gratis lo que han recibido gratis»;

– este estilo es la llamada «pobreza evangélica»: que no se apoya en los medios materiales (oro, plata, vestidos, alforjas), sino en la ayuda de Dios y en la fuerza de su palabra;

– y les avisa Jesús que, en algunos sitios los recibirán y en otros no los querrán ni escuchar.

b) Nos conviene revisar nuestro modo de actuar, comparándolo con estas consignas misioneras de Jesús. No se trata de tomarlas al pie de la letra (no llevar ni calderilla), sino de asumir su espíritu:

– el desinterés económico:

– la generosidad de la propia entrega: ya que Dios nos ha dado gratis, tratemos de igual modo a los demás; recordemos cómo Pablo no quiso vivir a costa de la comunidad, sino trabajando con sus propias manos, aun reconociendo que «bien merece el obrero su sustento»;

– confiemos más en la fuerza de Dios que en nuestras cualidades o medios técnicos; nos irá mejor si llevamos poco equipaje y si trabajamos sin demasiados cálculos económicos y humanos;

– no nos contentemos con palabras, sino mostremos con nuestros hechos que la salvación de Dios alcanza a toda la persona humana: a su espíritu y a su cuerpo; a la vez que anunciamos a Dios, luchamos contra el mal y las dolencias y las injusticias;

– no dramaticemos demasiado los fracasos que podamos tener: no tienen que desanimarnos hasta el punto de dimitir de nuestro encargo misionero; si en un lugar no nos escuchan, vamos a otro donde podamos anunciar la Buena Noticia: dispuestos a todo, a ser recibidos y a ser rechazados;

– sin olvidar que, en definitiva, lo que anunciamos no son soluciones técnicas ni políticas, sino el sentido que tiene nuestra vida a los ojos de Dios: el Reino que inauguró Cristo Jesús.

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12 de julio.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (41,55-57;42,5-7.17-24a):

En aquellos días, llegó el hambre a todo Egipto, y el pueblo reclamaba pan al Faraón; el Faraón decía a los egipcios: «Dirigíos a José y haced lo que él os diga.»
Cuando el hambre cubrió toda la tierra, José abrió los graneros y repartió raciones a los egipcios, mientras arreciaba el hambre en Egipto. Y de todos los países venían a Egipto a comprarle a José, porque el hambre arreciaba en toda la tierra. Los hijos de Jacob fueron entre otros a comprar grano, pues había hambre en Canaán. José mandaba en el país y distribuía las raciones a todo el mundo. Vinieron, pues, los hermanos de José y se postraron ante él, rostro en tierra.
Al ver a sus hermanos, José los reconoció, pero él no se dio a conocer, sino que les habló duramente: «¿De dónde venís?»
Contestaron: «De tierra de Canaán, a comprar provisiones.»
Y los hizo detener durante tres días.
Al tercer día, les dijo: «Yo temo a Dios, por eso haréis lo siguiente, y salvaréis la vida: si sois gente honrada, uno de vosotros quedará aquí encarcelado, y los demás irán a llevar víveres a vuestras familias hambrientas; después me traeréis a vuestro hermano menor; así probaréis que habéis dicho la verdad y no moriréis.»
Ellos aceptaron, y se decían: «Estamos pagando el delito contra nuestro hermano, cuando le veíamos suplicarnos angustiado y no le hicimos caso; por eso nos sucede esta desgracia.»
Intervino Rubén: «¿No os lo decía yo: “No pequéis contra el muchacho”, y no me hicisteis caso? Ahora nos piden cuentas de su sangre.»
Ellos no sabían que José les entendía, pues había usado intérprete. Él se retiró y lloró; después volvió a ellos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32,2-3.10-11.18-19

R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti

Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas;
cantadle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones. R/.

El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,1-7):

En aquel tiempo, Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24

a) Dentro del ciclo del patriarca Jacob, leeremos, durante varios días, la deliciosa historia de José.

Saltamos algunos capítulos del Génesis, por ejemplo la narración de cómo sus hermanos, por la envidia que sentían hacia José, el predilecto de Jacob, le vendieron a unos comerciantes que iban a Egipto, de cómo allí fue esclavo y estuvo en la cárcel, hasta que por su don de interpretar los sueños del Faraón, llegó a escalar posiciones muy altas en la corte, siendo nombrado primer ministro y administrador del reino. Esa página la leemos el viernes de la segunda semana de Cuaresma, porque a José se le ve como figura de Cristo, también vendido por los suyos.

Aquí empalma la lectura de hoy. La sabia previsión de José le hace persona importante en el momento de sequía que azota a Egipto y a los países limítrofes, incluido el de Canaán. Por eso vienen sus hermanos a comprar víveres para sus familias. José no se da a conocer de inmediato y los pone a prueba, pidiéndoles que le traigan al hermano menor, Benjamín, a quien quiere de modo especial porque son hijos de la misma madre (Raquel).

¡Sorpresas de la vida! Uno de los motivos de la ojeriza de sus hermanos contra José había sido que él, ingenuamente, les había contado un sueño en que los veía arrodillados a sus pies. Y, en efecto, ahora lo están, aunque de momento no le reconozcan.

b) El salmo nos ayuda a interpretar desde una perspectiva religiosa la historia de José. A pesar de las intrigas de sus hermanos, que le vendieron para deshacerse de él, Dios lo convierte todo en bien: «dad gracias al Señor con la cítara… el Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad… Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre».

La historia es una invitación a creer en la providencia de Dios, que, como tantas veces, escribe recto con líneas que han resultado torcidas por los fallos de los hombres. Cuántas veces, en la historia de la Iglesia, acontecimientos que parecían catastróficos, no lo fueron, sino que incluso resultaron providenciales para indicarnos los caminos de Dios y purificarnos de nuestras perezas o ambiciones. Por ejemplo, la invasión de los pueblos del Norte, en el siglo V, o la pérdida, en el siglo pasado, de los Estados Pontificios.

También en nuestra historia particular hemos experimentado tal vez que lo que creíamos un fracaso ha resultado un bien para nosotros. Como para Ignacio de Loyola su herida en el sitio de Pamplona. Como para Jesús, cuya muerte -vendido como José por unas monedas- parecía el fracaso de todos sus planes salvadores, y fue precisamente el hecho decisivo de la redención de la humanidad.

Dios sabe sacar siempre bien del mal.

2. Mateo 10,1-7

En el capítulo 10, Mateo comienza una nueva sección de su evangelio: el llamado «discurso misionero» o «apostólico».

Terminada la serie de milagros que había narrado después del sermón de la montaña, ahora leemos el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús, en el que da a sus apóstoles unas consignas para su misión evangelizadora.

Ya había insinuado la idea al final del evangelio de ayer, cuando Jesús contemplaba la abundancia de la mies y la escasez de obreros para la siega, invitándonos a orar al Padre que envíe trabajadores a su campo.

a) A los discípulos a quienes elige, Jesús los llama «apóstoles», o sea, «enviados». Su misión va a ser, ante todo: «id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca». Pero este anuncio debe ir acompañado de hechos: «expulsar espíritus inmundos, curar toda enfermedad».

Puede parecer extraño que les recomiende que no vayan a tierras de paganos ni a Samaria, sino que se limiten a predicar a «las ovejas descarriadas de Israel». El pueblo judío es el heredero de la promesa: antes de hacerse universal, la salvación se ha de ofrecer a Israel. Al final les dará, según Mateo, la orden: «id y haced discípulos a todas las naciones».

b) La Buena Noticia de Dios, de la salvación y la vida que nos ofrece, debe ser anunciada a toda la humanidad. Cada generación es nueva, en la historia, y necesita ser evangelizada.

Por eso sigue en pie el encargo de Jesús. A unos se lo encomienda de un modo más intenso y oficial: a los obispos de la comunidad eclesial, que son los sucesores de esos doce apóstoles. Como también a sus colaboradores más cercanos, los presbíteros y los diáconos, que reciben para ello una gracia especial en el sacramento del Orden.

Pero es toda la comunidad cristiana la que debe anunciar la salvación de Dios y dar testimonio de ella con palabras y con obras. En el ámbito de la familia, del trabajo, del estudio, de la política, de los medios de comunicación, de la sociedad en general. En tierras de misión y en países cristianos.

Es lo mejor que un cristiano puede hacer, dar testimonio del amor y la cercanía de Dios a su alrededor, curar las dolencias, expulsar los demonios de nuestra sociedad, ayudar a que todos puedan vivir su existencia con esperanza y sentido. No todos somos sucesores de los apóstoles, pero todos somos seguidores de Jesús y debemos continuar -cada uno en su ambiente-, la misión que él vino a cumplir. Todos formamos la Iglesia «apostólica» y «misionera».

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Misa exequial de una parroquiana.

Homilía para la Misa exequial de Victoria Marcone

Estamos de duelo, estamos tristes. Se nos ha muerto una feligresa que para algunos era madre, abuela, bisabuela, pariente, una amiga, un vecina del barrio que había conquistado nuestro aprecio, su relación con esta Iglesia de santa Inés todos la conocemos, y yo en estos cuatro años que estoy aquí he percibido la profunda religiosidad y he percibido la entrega y donación para nuestra Iglesia. Victoria ha vuelto a la casa del Padre. Hacía tiempo que sabíamos que su salud, a causa de sus años, estaba muy débil, y ya veíamos la hermana muerte, como decía san Francisco, cercana. Y cuando hemos sabido que le había llegado su hora nos hemos propuesto acompañar sus restos mortales y estar al lado de sus familiares que tanto la extrañarán.

Y aquí estamos. Terminamos de escuchar unas palabras de un hombre al que le preocupaba como a nosotros la muerte. Vivió hace casi dos mil años: Pablo de Tarso. Con su estilo característico nos acaba de decir unas cosas de las que en buena parte estamos convencidos, pero que por otra parte tenemos que hacer un esfuerzo muy grande -un esfuerzo de fe- para aceptarlas y entenderlas un poco.

San Pablo nos ha venido a decir que tarde o temprano todos moriremos, sin ninguna excepción. Cuando una persona ha podido vivir tantos años como Victoria, es como un consuelo humano para los que la querían, para los que durante años y años han gozado del calor de su compañía. No todos pueden llegar a la edad de nuestra hermana.

Pero por otra parte cuando se llega a esta edad, imagino que uno mismo desea la muerte, aunque lo quiera disimular. Querés vivir, pero el no poder hacer aquello que querrías, a causa de la enfermedad, tener que depender casi siempre de los demás te va preparando a desear, aunque la temas, la muerte. Todo esto, mirando así humanamente, nos lo recordaba san Pablo: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo”. Es decir, todos sin excepción moriremos un día u otro. Una persona que tuvo una gracia muy particular, Lucia la vidente de Fátima, que murió casi con 100 años, escribía: “nadie quiere morir, pero cuesta mucho ser viejo”, precisamente por experimentar las limitaciones de la edad.

Pero esto que es tan evidente para cualquiera, los cristianos lo miramos desde otra perspectiva, desde la fe. Ampliamos la profundidad de esta visión humana. No vemos sólo un primer plano de una mujer que ya ha muerto y que nada se puede hacer para devolverla a la vida. Nuestra fe nos revela, nos quiere hacer ver que los deseos de vivir que ella tenía no son en vano, no han sido frustrados. Que la Vida (con mayúsculas) triunfa sobre la muerte. Que por más que ahora nos dispongamos a enterrar los restos de Victoria, su vida no cabe en la bóveda.

Su vida tiene una coronación, un desenlace que la liturgia lo nombra con tres expresiones: el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. Sólo cabe al lado de Dios. Es lo que nos quería decir san Pablo: “si se destruye esta tienda corporal, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene duración eterna en los cielos“.

Como ven, san Pablo utiliza una imagen que para muchos puede resultar familiar. Hay mucha gente que ha tenido que dejar sus tierras, su casa, para ir a ganarse la vida a otras tierras, a veces en el extranjero, cómo no pensar en la Italia natal. Allí viven de modo provisional, en una casa que tal vez se han arreglado un poco, pero que no sienten como su casa. Para ellos “en casa” quiere decir la que han dejado, la de su niñez, la de sus padres. En el país que los recibe ellos trabajan sin desanimarse y se construyen una casa, con la nostalgia de la primera, tienen hijos y familia y esta ya es también su casa, pero la nostalgia de aquella queda. El creyente de verdad es el que mira la vida presente de esta manera. Vive trabajando con todas sus fuerzas para arreglar este mundo, para hacerlo más hermoso, más acogedor, más humano, para poder encontrarse mejor en él el tiempo que tenga que estar. Pero sabiendo que su tierra, su casa definitiva no está aquí. Que un día tiene que salir de ella. Que la vida para él no se acaba con la muerte. Que al morir hará como el emigrante que vuelve a la casa paterna donde le espera el Padre para darle un fuerte abrazo. Esto es lo que como creyentes creemos que ha pasado ya con Victoria que nos ha dejado, el Padre la ha recibido en la casa definitiva, en su morada, y allí con María santísima y sus seres querido, nos agradece haber compartido tantos años con nosotros, sabiendo que los vínculos no se cortan, en la comunión de los santos estamos cerca de nuestros difuntos, estando cerca de Dios tenemos una comunión más límpida que la que tenemos aquí.

Al encomendar a Victoria a la misericordia de Dios, con esta misa en sufragio, le agradecemos al Señor lo que ella significó y nos dio, lo que hizo por sus familiares y por la Iglesia, y pedimos por su purificación y su descanso eterno. Amén.

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11 de julio.

MARTES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (32,22-32):

En aquellos días, todavía de noche se levantó Jacob, tomó a las dos mujeres, las dos siervas y los once hijos y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el torrente e hizo pasar sus posesiones. Y él quedó solo. Un hombre luchó con él hasta la aurora; y, viendo que no le podía, le tocó la articulación del muslo y se la dejó tiesa, mientras peleaba con él.
Dijo: «Suéltame, que llega la aurora.»
Respondió: «No te soltaré hasta que me bendigas.»
Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?»
Contestó: «Jacob.»
Le replicó: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido.»
Jacob, a su vez, preguntó: «Dime tu nombre.»
Respondió: «¿Por qué me preguntas mi nombre?»
Y le bendijo. Jacob llamó aquel lugar Penuel, diciendo: «He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo.»
Mientras atravesaba Penuel salía el sol, y él iba cojeando. Por eso los israelitas, hasta hoy, no comen el tendón de la articulación del muslo, porque Jacob fue herido en dicho tendón del muslo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 16,1.2-3.6-7.8.15

R/. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, Señor

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R/.

Emane de ti la sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
Aunque sondees mi corazón,
visitándolo de noche,
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí. R/.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios,
a quien se refugia a tu derecha. R/.

Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,32-38):

En aquel tiempo, presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló.
La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual.»
En cambio, los fariseos decían: «Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios.»
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Palabra del Señor

___________________________

1. (Año I) Génesis 32,22-32

a) Leemos hoy otro episodio misterioso de la historia de Jacob, su lucha contra una persona que parece hombre, pero que no se sabe, por el relato, si es un espíritu, un ángel o el mismo Dios.

Esta vez, el viaje de Jacob es de vuelta. Han pasado bastantes años -unos veinte- de la visión de la escala. Viene de Mesopotamia, donde se había refugiado, y vuelve a su tierra de origen, Canaán, con sus dos mujeres (Lía y Raquel) y sus once hijos. Viene con miedo a las iras de su hermano Esaú, que no le perdona la trampa con la que le privó de sus derechos.

En esta circunstancia es cuando, durante la noche, le sucede la misteriosa lucha con el desconocido, en la que parece que Jacob queda victorioso, pero tocado en la articulación de su muslo y, por tanto, cojo. El lugar donde ha sucedido esto se llama «Penuel», que significa «he visto a Dios cara a cara».

De nuevo se legitima la elección de Jacob por parte de Dios, y también se justifica que ese lugar sea considerado después como sagrado.

b) Nuestros encuentros con Dios son misteriosos. A veces son pacíficos, como el de Jacob cuando la escala y los ángeles. Otras, más turbulentos, como éste de la lucha nocturna, pero que también termina en una bendición.

Parece que Jacob pasa por una crisis importante. Ha decidido volver a su tierra, pero tiene miedo de su hermano. Muchas veces nos toca sufrir, pronto o tarde, las consecuencias de nuestros fallos y trampas, y experimentamos en nuestra vida lo mismo que Jacob: que era de noche y «se quedó solo», a pesar de que llevaba tantas personas en su compañía.

Nuestra relación con Dios puede ser de forcejeo y combate. Ya nos dijo Jesús que «el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Seguir a Cristo supone a menudo renuncias y valentía. Él también tuvo que luchar y venció en el gran combate de la redención de la humanidad. Ahora nos hace partícipes de esa victoria, dándonos fuerzas en nuestras luchas de cada día.

De noche, y solos, y en lucha. Nuestra vida: un camino con frecuencia nada fácil. Pero, como Jacob, eso nos ayuda a renovar la orientación de nuestras vidas, apoyados en Dios. En él se dio una transformación: de llamarse Jacob («el usurpador»), pasó a ser Israel («fuerte con Dios», o «Dios es fuerte»). Las pruebas de la vida nos tendrían que transformar, haciéndonos madurar y ayudándonos a pasar de «tramposos y suplantadores» a personas «fuertes con la fuerza de Dios».

Pablo les dice a sus cristianos que «nuestra lucha no es contra los hombres, sino contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal» (Ef 6,12). Pero ¿no tenemos en la Eucaristía el mejor alimento y la fuerza más eficaz para esta lucha?

El salmo -que haremos bien en rezar pausadamente, hoy, por nuestra cuenta- nos dirige hacia esta súplica confiada: «Señor, vengo a tu presencia, escucha mi apelación, atiende a mis clamores… yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío… tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu derecha… y al despertar me saciaré de tu semblante».

2. Mateo 9,32-38

a) Jesús cura a un mudo. Probablemente, un sordomudo, porque el término que emplea Mateo puede significar ambas cosas.

La reacción ante el gesto de Jesús es dispar. La gente sencilla queda admirada: «nunca se ha visto en Israel cosa igual». Pero los fariseos no quieren reconocer la evidencia: «este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Jesús, además de su buen corazón, que siempre se compadece de los que sufren -él recorre pueblos y aldeas y se da cuenta de cómo sufre la gente-, está mostrando, para el que lo quiera ver, su dominio contra el mal y la muerte, su carácter mesiánico y divino.

La escena termina con un pasaje que introduce ya el capítulo que seguirá, el discurso «de la misión». Jesús se compadece de las personas que aparecen «extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor», y se dispone a movilizar a sus discípulos para que vayan por todas partes a difundir la buena noticia.

Pero lo primero que les dice no es que trabajen y que prediquen, sino que recen: «rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

b) También ahora el mundo necesita la buena noticia de Jesús.

¡Cuántas personas a nuestro alrededor están extenuadas, desorientadas, sordas a la Palabra más importante, la Palabra de Dios! Si saliéramos de nuestro mundo y «recorriéramos los caminos», nos daríamos cuenta, como Jesús, de las necesidades de la gente. ¿No se puede decir que «la mies es mucha» y que muchos están «como ovejas que no tienen pastor»? Es bueno recordar el comienzo de aquel documento tan famoso del Vaticano II, la «Gaudium et spes»: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Ahora no va Jesús por los caminos. Pero vamos nosotros, y se escucha nuestra voz, la de la Iglesia. Todos estamos comprometidos en la evangelización, en que nuestros contemporáneos, jóvenes y mayores, oigan hablar de Jesús y se llenen de esperanza con su mensaje de salvación. Unos evangelizan desde su ministerio de responsables de la comunidad. Todos, desde su identidad de cristianos bautizados, «sacerdotes», o sea, mediadores de la palabra y de la alegría de Dios para con los demás.

Está bien que el primer consejo que nos da Jesús para el trabajo misionero sea la oración: «la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Para que no nos creamos que todo depende de nuestros talentos o de las estructuras o de las instituciones. Es Dios el que salva, el que quiere que el mundo participe de su vida y de su alegría. Y es a él a quien debemos mirar, en primer lugar, los cristianos, en nuestra misión de anunciadores de la buena noticia.

Además, eso sí, pondremos todos los medios y energías para dar ese testimonio y hacer oír la voz de Dios en nuestros ambientes.

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SAN BENITO ABAD

(† 547)

“Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre.” Y fue Benito, el de Nursia. Ha tenido por biógrafo al papa San Gregorio Magno. Pero Benito escribió la Regla de los monasterios, y en ella tenemos retratado su propio vivir cotidiano, observando ya el mismo San Gregorio que Benito, consecuente con su doctrina, fue el primero en observar la norma de vida perfecta que él mismo dictó para monjes observantes, muy distintos de los sarabaítas y giróvagos, plaga de aquellos tiempos.

Nace Benito por los años de 480 en la provincia de Nursia, en los montes Sabinos, no lejos de Roma. Nace en una familia acomodada y tiene, por lo menos, una hermana, por nombre Escolástica.

Ya adolescente, sus padres quieren hacer de él un letrado, un orador, para lo cual le colocan en Roma, asistido en la gran urbe decadente por el aya, que suple las veces de una madre solícita y cariñosa.

Quizá no tiene ya madre en la tierra.

Benito asiste a las aulas de algún rétor y se entrena en la retórica, saliendo discípulo aventajado, como lo demostrará el estilo pulido de su futura Regla, sometido al ritmo o cursus de la elegante prosa entonces en boga.

Pero el joven Benito es un austero montañés, mal avenido con la corrupción de la corte, con el pensar y el vivir de gran parte de la estudiantina, en su mayoría aún pagana. Medita dejar aquel ambiente fétido y malsano, y un buen día sale de la ciudad con dirección a su tierra natal, aunque seguido por su aya, entristecida y alarmada. Se detiene en Afide, parando allí unos meses, conquistándose la simpatía del vecindario, especialmente de su párroco, quien ve en Benito un clérigo ideal, Corre un día la voz de haber recompuesto por arte de milagro un harnero prestado de frágil arcilla.

El que antes desdeñó ser un día gramático o rétor y conseguir con ello un brillante porvenir mundano, huye ahora de la aureola de taumaturgo, buscando un escondido paraje en los cercanos montes, en la cuenca del Anio, hallándolo precisamente junto a unos viejos y desmoronados edificios que habían contemplado las crápulas de la corte neroniana.

Hay allí un embalse artificial y por eso la rocosa cueva por él recogida para mansión se llama cueva de Subiaco (sub-lago).

Enterrado en vida, no habla el intrépido solitario de unos veinte años sino con las alimañas y las aves; de vez en cuando con algún pastor de ovejas y cabras que penetran en la espesura. Un compasivo monje, Román, le viste el hábito monacal y, a hurtadillas de su abad, le propina el necesario alimento, quitándolo de su propia boca.

Ya empieza, contra el todavía imberbe, pero bravo mancebo solitario, la guerra del enemigo malo, rompiéndole a pedradas la esquila que le avisa cuando Román le descuelga por el peñasco la cestilla de pobres provisiones.

Y luego, una ruda tentación carnal, de la que Benito sale triunfador, lanzándose desnudo en el próximo zarzal. Escarmentada la carne, no volverá a rebelarse contra el espíritu.

Ahora le espera al asceta otro género de palestra. Ha visto los peligros de la completa soledad, y, cuando monjes del cenobio de Vicovaro le proponen salir de su retiro y ser su abad, Benito lo consiente, bien que temeroso de su edad y quizá también de un posible fracaso, pareciéndole difícil enderezar a hombres avezados a la indisciplina.

El que hasta entonces había vivido “solo consigo, a la vista del Supremo Inspector”, vivirá en adelante con otros en la vida cenobítica o de comunidad, que él considera como la más fuerte y más segura.

Y funda en las cercanías doce conventos con doce monjes cada uno, por el patrón de los monasterios pacomianos del Egipto, en los que oración y trabajo manual están sabiamente organizados.

El abad Benito admite en su convento a gentes de toda edad y condición, a ricos y a pobres, a bárbaros y a romanos, a esclavos y a libres y libertos, con un admirable sentido de cristiana igualdad, porque —dice— “en Cristo todos somos uno y servimos en una misma milicia”.

Admite incluso niños, esos pueri oblati, las luego célebres Escuelas monacales, seminario de sabios y de santos.

Entre esos niños ofrecidos por sus padres como ofrenda a Dios con una oblación ritual, están los hijos de dos patricios romanos, Plácido y Mauro, los benjamines de la familia monacal. Con ellos sale cierto día y hace manar copiosa fuente, muy necesaria, dentro del cerco de piedras colocadas por ellos, y entre Mauro y Benito, éste que manda, aquél que obedece, extraen del fondo del lago a Plácido, tragado por las aguas, caminando Mauro a pie, enjuto, sobre el líquido cristal azulado hasta asirlo por el largo cabello.

Pasan días y años en la paz benedictina, entre el ora et labora, dos alas que sostienen al alma en su vuelo. Pero el enemigo, que nunca duerme, concita los ánimos de ciertos monjes revoltosos contra su joven abad, mal avenido con toda liviandad, y quizá demasiado recto para ellos. Murmuran, forcejean, y, al fin, intentan envenenarle con el vino. Mas, ¡oh prodigio! al bendecirlo en el refectorio, quiébrase el vaso. Como el presbítero Florencio, hombre influyente y disoluto, atenta también contra su vida, Benito, siempre sereno, reunida la comunidad, se despide de ella y camina hacia el sur con algunos hermanos adictos a su persona y a la Regla. Entre éstos se cuenta el obediente Mauro, está también el cariñoso cuervo, que grazna y revolotea en torno de la comitiva, cual celoso can, fiel guardador de su amo.

Y llegan juntos a la lejana villa de Cassino, ascendiendo al castro romano que domina el fértil y sonriente valle. Destruidos los simulacros de las divinidades gentiles, los monjes peregrinos establecen allí la vida monástica, aprovechando los muros de antiguos templos y fortaleza. Montecassino será en adelante un místico castillo, una atalaya desde donde los monjes oteen al mundo y calen las nubes en la oración, aunque bajen a librar las batallas del Señor cuando el interés del prójimo así lo demanda.

El monasterio de Benito, “escuela práctica del divino servicio”, estará desde ahora constituido por el patrón del cenobio basiliano. En él madura sus experiencias anteriores. Si desde su infancia demostró cierta madurez de anciano, cor gerens senile, podía adiestrarse más y más, y perder quizás algún resabio de aquella nursina durities, característica de su tierra natal. Nadie ya osa envenenar al “venerable varón de Dios, lleno del espíritu de todos los justos”.

Quien no le deja en paz es su eterno émulo, Satán, contra cuya picaresca y furia tiene siempre el recurso de la oración y el signo de la santa cruz. A veces bástale el desprecio para fugarlo, cuando le molesta con ruidos, cuando le llama: Maledicte! al no contestarle si le dice: Benedicte!

Y es natural que el diablo le persiga cuando también Benito le persigue él mismo y sus monjes, quemando sus simulacros y derribando sus aras, levantando un bastión espiritual inexpugnable. En él se libran batallas y se adiestran los soldados de Cristo “verdadero Rey, empleando, ante todo, las preclaras y fortísimas armas de la santa obediencia, amando y sirviendo a ese magno Rey que ni muere ni es infiel a sus promesas”.

El asedio diabólico llega a ser tan rabioso, que le mata un joven monje, de noble familia, derribando cierto día la pared en construcción. Pero Benito abad arrebata su presa a la muerte voraz. La guerra contra Benito no difiere mucho de las célebres tentaciones del abad Antonio, patriarca de monjes en Egipto. Menos importancia tuvo el imaginario incendio de la cocina monasterial. Menos también el caso de aquella piedra que, con no ser muy pesada, no pueden moverla entre todos los monjes canteros. Pero no la mueven con palanca, la levantan como una plumilla cuando Benito conjura al diablo en ella asentado. De ahí la medalla y la llamada cruz de San Benito, tan buscada por los fieles.

Otro día lo lanza del cuerpo de un monje, obseso por el maligno, quien le mueve a salirse en seguida de la oración común y aun del monasterio. Entonces el conjuro eficaz es un sonoro bofetón y el monje permanece con los demás en el coro.

Se precisa un instrumento eficaz para que la obra emprendida quede consolidada y perdure hasta el fin de los tiempos; una Regla que resuma la evangélica perfección y recoja el espíritu y la experiencia monástica de Oriente y Occidente.

De ahí la Regla benedictina, la Regla maestra, la Santa Regla, la más sabia y prudente de las Reglas (San Gregorio M.), el código que figurará sobre el altar, junto a la Biblia, en algunos concilios de la Iglesia.

El abad Benito, buen romano, que sabe dictar leyes, pero también cumplirlas, es el primero en el coro a las dos de la mañana, cuando comienza el canto de las divinas alabanzas. El es el más asiduo en la “lección divina” diurna y nocturna, en el trabajo de manos, que ocupa al monje varias horas. No come carne de cuadrúpedos, como tampoco sus monjes, pero sí bebe una discreta hemina o módica ración del generoso vino de la soleada Campania, tan regustado por Horacio.

En el régimen abacial, como “padre que es del monasterio”, procura a cada cual lo necesario, sin atender a las envidias, pero también sin demostrar injustas y odiosas preferencias, “amando más, únicamente, al que halla más aventajado en la obediencia”, que todo lo resume.

Mira con especial solicitud de padre a los monjes enfermos, enfermos del cuerpo o del alma, viendo en ellos, muy especialmente, a Cristo, como también en los huéspedes.

Redacta un código penal, moderado cual ninguno en aquel tiempo, y antes de acudir al cuchillo de la separación con la oveja obstinada en perderse, discurre su caridad mil ingeniosos ardides, mil remedios de prudente médico y de avisado pedagogo. Aunque no transige en punto a los principios básicos, si alguno delinque descubre el delito con su admirable discreción de los espíritus y reprende en forma severa al par que paternal.

Todo el secreto de la evangélica perfección lo cifra en el complejo que llama humildad. Por los doce grados de ésta el alma llega infaliblemente a la celsitud de la perfección, a la unión de caridad más íntima con Dios, la cual fuga el imperfecto temor. Por eso reprende ásperamente a cierto monje joven y noble, alumbrándole él mismo en la comida, para con ello confundir su secreta y mal dominada soberbia.

Quiere con inflexible lógica que todo sea lo que se dice ser. Así el oratorio ha de servir para orar, no para charlar; el abad, que se llama padre, ha de serlo con todas sus consecuencias. Ha de hacer dulce la vida a sus monjes, como también éstos la del abad, y todo, principalmente, por honor y amor a Cristo.

El mayordomo, que comparte algo de la cura abacial, ha de participar asimismo del espíritu de paternidad con los monjes. No son súbditos de un señor y miembros de una sociedad religiosa, sino miembros de una familia; porque en el monasterio ha de haber cálidas relaciones familiares, Entre hermanos de toda edad, condición y temperamento, débense evitar roces dolorosos y hacer del cenobio una antesala del cielo.

El trato mutuo habrá de ser, no sólo correcto, sino de, licado y exquisito. Ni el tuteo está permitido al monje, porque el amor fraterno no excluye el respeto. Benito guarda siempre un continente noble y señorial, propio de su distinguida cuna. Considera que el monje, quizá de villana extracción, elevado ya por su total entrega a Cristo, adquiere una dignidad que le prohibe todo lo rústico y lo vulgar. Ha aprendido en San Ambrosio que “nobleza es virtud”, todavía más que herencia de sangre, quizá viciada y corruptible si no corrompida por el vicio, tan general entre ricos y potentados.

Pero si el padre Benito es un asceta contemplativo y mira al cielo desde la torretta de Montecassino, no por eso desdeña la acción de caridad y de apostolado con aquellos que se debaten en lo bajo del valle contra el pecado y la adversidad.

Desciende con frecuencia, requerido por los grandes o por los humildes. Un día será un clérigo que pide aceite para un remedio urgente; otro día vendrá un pobre aldeano acosado por su brutal acreedor; otro día resucitará al niño de cierto labrador que se lo pide con sencilla fe; una vez recibe en audiencia al bárbaro rey Totila, despidiéndole corregido después de anunciarle que, tras de conquistar Roma, pasará a Sicilia, y al nono año morirá.

Pero, si toda humana desgracia conmueve su corazón, aféctale muy especialmente la ceguera de los que no conocen a Dios ni viven como para gozarle para siempre. Y por eso, aun renunciando al propio gusto, pero sin perder por ello la presencia divina, deja con frecuencia su amada soledad claustral, atendiendo a la salud espiritual de los pueblos comarcanos e iniciando así la labor misionera que luego sus monjes habrán de proseguir y ampliar por todo el Occidente, mereciendo con esto el título de padre de Europa que Dom Guéranger y finalmente el papa Pío XII atribuyeron.

El diálogo con los hombres no impide su dialogar con Dios, pues al que “ve al Creador se le hace angosta toda criatura”. De donde él saca mayor luz y fuerza es de su trato con la Divinidad en los divinos misterios, el Opus Dei, la obra de Dios por excelencia, a la que nada se debe anteponer, según él enseña, por ser ellos la fuente de toda santidad, ocupación y obra principal del monje, como de todo buen cristiano.

El abad oficia, sin duda, siquiera en los días solemnes del año litúrgico. Es el primer liturgo de la casa y bien se nota que Benito tiene de Roma la confianza e incluso los poderes sacerdotales, requeridos para ciertos actos, como son la excomunión de unas beatas insolentes con su buen capellán,

En el último decenio de su vivir terreno ve Benito extinguirse algunos luceros de la Iglesia, amigos suyos: el gran Cesáreo de Arlés, como él legislador monástico. Luego el sabio abad de Vivario, Casiodoro, mentor de reyes. Una estrellada noche ha contemplado subir a los cielos, en globo, como de fuego, el alma santa de su buen amigo el obispo de Capua, Germán. Pero más aún le afecta el vuelo de paloma al seno del Esposo de su entrañable hermana, la virgen Escolástica, que ante Dios todavía ha podido mas que el, consiguiendo una furiosa tempestad para alargar unas horas la postrera despedida.

Todo esto le va despegando más y más de todo lo transitorio y apegando a lo eterno, afligiéndole asimismo la precaria situación de la patria y de la Iglesia, mal dirigida por el papa Vigilio, a quien el clero romano tilda de perjuro al credo de Calcedonia. Presiente además, nuevas invasiones y saqueos, el incendio y destrucción de su propio monasterio, salvas únicamente las vidas de sus monjes, y todo junto abate al anciano y facilita su vuelo a las altas esferas, donde se alaba a Dios y se le canta el Aleluya sin cansancio.

Quizá las nieblas invernales impresionan también su salud. Resiste la Cuaresma del 547, pero el Jueves Santo, 21 de marzo, asistiendo a los divinos misterios, siéntese morir y quiere hacerlo de pie, como lo deseaba Vespasiano.

Efectivamente; el bravo atleta de Cristo, de pie, envía su espíritu al Creador, nutrido del cuerpo y sangre de Cristo y oleado, sostenido por sus hijos, que celebran entre alegres y tristes el tránsito, la Pascua de su abad, que les había enseñado a “desear con toda concupiscencia espiritual la vida perdurable y con gozo, la santa Pascua”.

Unos monjes, más favorecidos, contemplan su alma voladora subiendo sobre alfombras y entre mágicas luminarias, hasta posarse en el trono prometido a cuantos lo dejaron todo por seguir a Cristo.

Y la luminosa estela que tras él queda en el mundo, no se acaba de borrar. Benito, el Pater, Dux et Magister Benedictus, como dice San Bernardo, apacienta todavía con su doctrina, su vida, su intercesión, a cuantos se cobijan entre los pliegues de su amplia cogulla.

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Permítanme recordar un aniversario personal, hoy hace 10 años de la firma de mi diploma de adscripción a los Capellanes del Papa, miembro de la familia Pontificia y capilla papal.

La noticia se hizo pública en Agosto, aquí el recuerdo de la reseña de Aica:

http://www.aicaold.com.ar/index.php?module=displaystory&story_id=8807&edition_id=548&format=html&fech=2007-08-13

Una oración por mí!

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10 de julio.

LUNES DE LA SEMANA 14ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (28,10-22a):

En aquellos días, Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Casualmente llegó a un lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Cogió de allí mismo una piedra, se la colocó a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: Una escalinata apoyada en la tierra con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella.
El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré dondequiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido.»
Cuando Jacob despertó, dijo: «Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía.»
Y, sobrecogido, añadió: «Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo.»
Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que le había servido de almohada, la levantó como estela y derramó aceite por encima. Y llamó a aquel lugar «Casa de Dios»; antes la ciudad se llamaba Luz.
Jacob hizo un voto, diciendo: «Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado como estela será una casa de Dios.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 90,1-2.3-4.14-15ab

R/. Dios mío, confío en ti

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti.» R/.

Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás. R/.

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,18-26):

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un personaje que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá.»
Jesús lo siguió con sus discípulos. Entretanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría.
Jesús se volvió y, al verla, le dijo: «¡Animo, hija! Tu fe te ha curado.»
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa del personaje y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: «¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano, y ella se puso en pie. La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 28,10-22

a) Escapando de las iras de su hermano Esaú, Jacob emprende la huida. Y es aquí donde le espera Dios.

La escena de hoy, con la escalera misteriosa que une cielo y tierra, por la que suben y bajan ángeles, y que conduce hasta Dios, parece que tiene una primera intención: justificar el origen del santuario de Betel, en el reino del Norte. Jacob erige un altar a Dios y llama a aquel lugar «casa de Dios», que es lo que significa Betel. Todos los lugares sagrados de las diversas culturas se suelen legitimar a partir de alguna aparición sobrenatural o de un hecho religioso significativo, más o menos histórico. En el fondo, los pueblos muestran su convicción de la cercanía de Dios y de su protección continua a lo largo de la historia.

Pero, sobre todo, esta historia quiere legitimar, de alguna manera, el que la línea de la promesa de Dios, que había empezado por Abrahán e Isaac, y que en rigor hubiera tenido que seguir en el primogénito Esaú, ahora pasa por Jacob, aunque sea por medio de intrigas y trampas. Las palabras de Dios a Jacob son casi idénticas a las que escuchara Abrahán: «Yo soy el Señor, el Dios… todas las naciones se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo». Desde ahora, Yahvé será para los judíos «el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob». Dios sigue escribiendo recto con líneas torcidas.

b) Los caminos de Dios son misteriosos. Actúa con libertad absoluta a la hora de elegir a sus colaboradores en la historia de la salvación. Incluso de las debilidades y fallos humanos saca provecho para llevar adelante la salvación de la humanidad.

Muchas de estas personas, como Jacob, se muestran disponibles a este proyecto de Dios y aceptan ser un anillo más de esa cadena humana de que se sirve Dios para su Reino.

También nosotros nos sentimos enviados de Dios a este mundo, cada uno en su ambiente. No tendremos sueños como el de Jacob. Tenemos algo mejor: Jesús es nuestro Mediador, que nos abre el acceso a Dios y nos ha llamado a ser discípulos suyos y a colaborar con él, siendo luz y sal y fermento en este mundo.

Ante las dificultades que esto comporta, tenemos que saber escuchar la voz de Dios: «yo estoy contigo». Él nos ayuda en el camino, nos conoce, nos está cerca.

Tenemos que compartir la confianza que expresa el salmo 90, el que rezamos tantas veces en Completas, antes de acostarnos: «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti; él te librará de la red del cazador».

2. Mateo 9,18-26

a) Mateo nos narra hoy dos milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro: un hombre le pide que devuelva la vida a su hija que acaba de fallecer, y una mujer queda curada con sólo tocar la orla de su manto.

Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el Reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección.

b) En los sacramentos es donde nos acercamos con más fe a Jesús y le «tocamos», o nos toca él a nosotros por la mediación de su Iglesia, para concedernos su vida.

En el caso de aquella mujer, Jesús notó que había salido fuerza de él (como comenta Lucas en el texto paralelo). Así pasa en los sacramentos, que nos comunican, no unos efectos jurídicamente válidos «porque Cristo los instituyó hace dos mil años», sino la vida que Jesús nos transmite hoy y aquí, desde su existencia de Señor Resucitado. Como dice el Catecismo, «los sacramentos son fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante» (CEC 1116). Y esa vida se manifiesta en el texto porque habla de la vida. La niña muerta estaba en edad de ser dada en matrimonio, y así tener descendencia y, la mujer con hemorragias, a causa de la impureza producida por la sangre no podía tener hijos, Jesús en sus milagros se abre a la vida, y toda Su Vida nos abre a nosotros la Vida verdadera.

El dolor de aquel padre y la vergüenza de aquella buena mujer pueden ser un buen símbolo de todos nuestros males, personales y comunitarios. También ahora, como en su vida terrena, Jesús nos quiere atender y llenarnos de su fuerza y su esperanza. En la Eucaristía se nos da él mismo como alimento, para que, si le recibimos con fe, nos vayamos curando de nuestros males.

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Festejo comunidad Itatí.

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9 de julio.

Homilía para el XIV domingo durante el año A

El texto del Evangelio que hemos proclamado contiene algunos puntos de contacto con el Magníficat de la Virgen María, que son muy interesantes y extremadamente reveladores.

Antes que nada Jesús da gloria al Padre, por haber revelado “a los pequeños” lo que está escondido a los sabios y eruditos. Después invita a cada uno a cargar su yugo sobre las espaldas y a ser sus discípulos, porque dice “Yo soy manso y humilde de corazón”.

Los pequeños, los humildes, tienen un puesto especial en el Evangelio. El Padre profesa por ellos un amor preferencial. María es una de ellos, y lo proclama al inicio del Magníficat: “Mi alma engrandece al Señor… porque se inclinó a mirar la pequeñez de su sierva”. La palabra griega aquí utilizada tapeinôsin es traducida de diversos modos en las diversas traducciones de la Biblia: humildad, pequeñez, humilde condición. Ahora, se trata de la misma palabra que Jesús utiliza en el Evangelio de hoy cuando dice que él es manso y “humilde” de corazón (tapeinos). Es la misma palabra que utiliza María, otra vez más en su Magníficat, cuando dice que el Señor ha bajado del trono a los poderosos y exaltado a los “pequeños”, los humildes (tapeinous).

Cuando Jesús da gloria al Padre por haber revelado a los pequeños las cosas escondidas a los sabios, los pequeños de los cuales habla son sus discípulos. Y no eran ingenuos como niños. Eran hombres adultos, que sabían cómo comportarse en el mundo: Mateo, el cobrador de impuestos, sabía como hacer plata; Judas, el zelote, conocía el modo de hacer guerrilla; Pedro, Santiago y Juan eran pescadores, que sabían guiar la barca en el lago y tirar las redes. Ellos habían dejado todo para ser discípulos de Jesús. Cuando Jesús los invita –y nos invita- a la simplicidad de corazón, no nos invita a un comportamiento infantil o a una forma infantil de espiritualidad. Al contrario, nos invita a una forma mucho más exigente de pobreza de corazón. Nos invita a seguirlo como discípulos, y entonces a abandonar todas nuestras formas de seguridad, y especialmente nuestra sed de poder, del mismo modo en que sus discípulos habían abandonado todo para seguirlo.

La primera lectura, del libro de Zacarías, describe al Mesías que viene no como un rey potente en su caballo, sino como un simple y manso salvador que avanza sobre un burrito. Pablo, el fariseo sabio y autorizado, que fue como golpeado en el camino a Damasco, aprendió el camino de la humildad y de la pequeñez y la describe como la vida según el espíritu, distinta de la vida según la carne.

La principal característica del niño es su impotencia. El niño puede ser, a su modo, tan inteligentes como un adulto, puede, como él, amar y así sucesivamente. Pero como todavía no ha acumulado conocimientos, bienes materiales, relaciones sociales, está privado de poder, es impotente. Tan pronto como llegamos a ser adultos, queremos ejercer poder y control: en nuestra propia vida, en la de los demás, sobre de las cosas materiales, e incluso a veces sobre Dios. Es esto a lo que Jesús nos pide que renunciemos, cuando nos invita a ser “pequeños”.

Un ejercicio útil de conocimiento de nosotros mismos podría ser aquél de examinar las diversas formas en las que se expresa, en varios aspectos de nuestras vidas, nuestra sed de poder y cómo defendemos este poder una vez adquirido. Contemplemos entonces a nuestro Señor, que vino, no como un poderoso rey en un trono, sino en un burro, como profeta humilde y sin poder.

Miremos también la pequeñez de su sierva santísima, su madre, y con ella cantemos, con un gozo y una esperanza renovados: “Derribó a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes”. Podemos nosotros, un día, cantar todos juntos por los siglos de los siglos: “Bendito el Señor, Dios de Israel, porque miró la pequeñez de sus siervos”.

En Argentina celebramos una fiesta Patria, Día de la Independencia: aquel 9 de julio de 1816, Francisco Laprida preguntó a los 33 congresistas de Tucumán si querían ser una nación libre e independiente, la respuesta fue clamorosa y positiva; que hoy repitamos esa historia cuidando que nuestra nación, la República Argentina, sea libre e independiente de las presiones de afuera y también de las de adentro que, muchas veces, no respetan el bien común de nuestra nación. Que Dios nos ayude y la Virgen de Itatí, en su día, nos proteja. ¡Feliz día de la patria!

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6 de julio.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 13ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (21,5.8-20):

Abrahán tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac. El chico creció, y lo destetaron. El día que destetaron a Isaac, Abrahán dio un gran banquete.
Pero Sara vio que el hijo que Abrahán había tenido de Hagar, la egipcia, jugaba con Isaac, y dijo a Abrahán: «Expulsa a esa criada y a su hijo, porque el hijo de esa criada no va a repartirse la herencia con mi hijo Isaac.»
Como al fin y al cabo era hijo suyo, Abrahán se llevó un gran disgusto.
Pero Dios dijo a Abrahán: «No te aflijas por el niño y la criada. Haz exactamente lo que te dice Sara, porque es Isaac quien continúa tu descendencia. Aunque también del hijo de la criada sacaré un gran pueblo, por ser descendiente tuyo.»
Abrahán madrugó, cogió pan y un odre de agua, se lo cargó a hombros a Hagar y la despidió con el niño. Ella se marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas; se apartó y se sentó a solas, a la distancia de un tiro de arco, diciéndose: «No puedo ver morir a mi hijo.» Y se sentó a distancia. El niño rompió a llorar.
Dios oyó la voz del niño, y el ángel de Dios llamó a Hagar desde el cielo, preguntándole: «¿Qué te pasa, Hagar? No temas, que Dios ha oído la voz del niño que está ahí. Levántate, toma al niño y tenlo bien agarrado de la mano, porque sacaré de él un gran pueblo.» Dios le abrió los ojos, y divisó un pozo de agua; fue allá, llenó el odre y dio de beber al muchacho. Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias.
El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protege. R/.

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que le temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor;
¿hay alguien que ame la vida
y desee días de prosperidad? R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,28-34):

En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»
Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando.
Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara.»
Jesús les dijo: «Id.»
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 21,5.8-20

a) Nace por fin Isaac, el hijo esperado, el hijo de la promesa, del que se espera que dé origen a una numerosa descendencia. Y llena de alegría la casa. Isaac significa «Dios sonríe» o «Dios es propicio».

Pero, según este relato -la versión de este capítulo 21 es distinta de la que habíamos leído hace una semana en el capítulo 16-, pronto surgen esas miserias que a veces enturbian la vida de una familia: los celos de Sara porque Abrahán mira con buenos ojos a Ismael y a su madre, la esclava egipcia Agar. Por un momento, el protagonista de la historia es Ismael, el primogénito, que ya debía tener unos catorce años, pero que no es el que va a prolongar la línea de la promesa, según los misteriosos designios de Dios.

Abrahán se ve obligado a despedirlo, junto con su madre, y ambos emprenden un amargo viaje al desierto, con momentos de desesperación. Pero Dios piensa también en ese muchacho. «Dios oyó la voz del niño» (Ismael significa «Dios escucha»), que llegará a ser el padre de los ismaelitas, nómadas del desierto, y los árabes, que se refieren de buen grado a Abrahán como su padre y origen.

El salmo parece personificar la oración de Agar y de su hijo en el desierto: «si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de su angustia». La lectura termina: «Dios estaba con el muchacho».

b) Nosotros solemos tener prisa por conseguir nuestros objetivos. Desde que Dios le prometió que tendría descendencia pasaron bastantes años, y Abrahán no perdió la esperanza. Finalmente, llegó, cuando parecía imposible.

¿Perdemos la esperanza en el porvenir de la Iglesia, de las vocaciones, en los valores de la juventud? ¿queremos resultados a corto plazo, como si todo dependiera de nosotros, o nos fiamos de Dios, que conduce la historia a su ritmo misterioso?

Otra lección que tenemos que aprender de esta página del Génesis es la amplitud de corazón. Como Dios y como Abrahán, ¿sabemos acoger a todos, tanto a Isaac como a Ismael, tanto a la libre como a la esclava? ¿o somos mezquinos de corazón y celosos? En nuestra familia o en nuestra comunidad, ¿sabemos ceder, como Abrahán, que, una vez, dejó a su sobrino Lot escoger los mejores pastos y ahora se preocupa tanto del hijo de la esclava como del de la libre? ¿miramos con ojos de simpatía, con ojos de Buen Pastor, también a los que en nuestra Iglesia vemos como alejados, y estamos dispuestos a descubrir los valores que también ellos tienen, y que nos pueden enseñar a nosotros? Dios está también con Ismael. ¿Quiénes somos nosotros para hacer acepción de personas?

2. Mateo 8,28-34

a) Después de calmar la tempestad en la escena de ayer, esta vez el milagro de Jesús sucede en territorio pagano, Gerasa o Gadara: libera a dos enfermos de su posesión diabólica.

Se trata de un milagro un poco misterioso. El relato parece más simbólico que preocupado por los detalles históricos: país pagano, posesión diabólica, cementerios como lugar de muerte, y traspaso de los demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para la cultura del tiempo. Parece como si Mateo quisiera acumular todos los grados del mal para recalcar después el poder de Jesús, que es superior al mal, al malo, y lo vence eficazmente.

Los demonios reconocen al Mesías. Se quejan de que adelante su derrota: porque estaba anunciado que los demonios serían maniatados al final de los tiempos. En el Apocalipsis ( 19,20 y 20,2) se canta la victoria final contra la Bestia y sus secuaces, que son arrojados al fondo del mar, como los cerdos de la escena de hoy.

El signo no produce mucho efecto entre los habitantes del lugar, que piden a Jesús que se marche. Le consideran culpable de la pérdida de una piara de cerdos, que seguramente se debió a algún fenómeno natural.

b) Jesús sigue ahora su lucha contra el mal. Y nosotros, con él. El mal que hay dentro de nosotros, el mal que hay en el mundo.

Jesús sigue siendo el más fuerte. Tanto si se personifica el mal en el demonio, cosa que hace tantas veces el evangelio, como si no, todos tenemos experiencia de que existe el mal en nuestras vidas y, también, de nuestras pocas fuerzas para combatirlo.

¿Somos como los gerasenos, que desaprovechan la presencia del Mesías y no parecen querer que les cure de sus males? ¿invocamos confiadamente a Jesús para que nos ayude en nuestra lucha? Haremos bien en pedirle que nos libere de las cadenas que nos atan, de los demonios que nos poseen, de las debilidades que nos impiden una marcha ágil en nuestra vida cristiana.

En el Padrenuestro pedimos a Dios: «Mas líbranos del mal», que también se puede traducir «mas líbranos del malo». Cuando vamos a comulgar, se nos recuerda que ese Pan de vida que recibimos, Jesús Resucitado, es «el que quita el pecado del mundo».

Al mismo tiempo, como seguidores de Cristo, tenemos que saber ayudar a otros a liberarse de sus males. Jesús nos da a nosotros el equilibrio interior y la salud, con sus sacramentos y su palabra. Nosotros hemos de ser buenos transmisores de esa misma vida a los demás, para que alcancen su libertad interior y vivan más gozosamente su vida humana y cristiana.

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4 de julio.

MARTES DE LA SEMANA 13ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (19,15-29):

En aquellos días, los ángeles urgieron a Lot: «Anda, toma a tu mujer y a esas dos hijas tuyas, para que no perezcan por culpa de Sodoma.»
Y, como no se decidía, los agarraron de la mano, a él, a su mujer y a las dos hijas, a quienes el Señor perdonaba; los sacaron y los guiaron fuera de la ciudad.
Una vez fuera, le dijeron: «Ponte a salvo; no mires atrás. No te detengas en la vega; ponte a salvo en los montes, para no perecer.»
Lot les respondió: «No. Vuestro siervo goza de vuestro favor, pues me habéis salvado la vida, tratándome con gran misericordia; yo no puedo ponerme a salvo en los montes, el desastre me alcanzará y moriré. Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña donde puedo refugiarme y escapar del peligro. Como la ciudad es pequeña, salvaré allí la vida.»
Le contestó: «Accedo a lo que pides: no arrasaré esa ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo allí, pues no puedo hacer nada hasta que llegues.»
Por eso la ciudad se llama La Pequeña. Cuando Lot llegó a La Pequeña, salía el sol. El Señor, desde el cielo, hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega con los habitantes de las ciudades y la hierba del campo. La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal. Abrahán madrugó y se dirigió al sitio donde había estado con el Señor. Miró en dirección de Sodoma y Gomorra, toda la extensión de la vega, y vio humo que subía del suelo, como el humo de un horno. Así, cuando Dios destruyó las ciudades de la vega, arrasando las ciudades donde había vivido Lot, se acordó de Abrahán y libró a Lot de la catástrofe.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 25,2-3.9-10.11-12

R/. Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad

Escrútame, Señor, ponme a prueba,
sondea mis entrañas y mi corazón,
porque tengo ante los ojos tu bondad,
y camino en tu verdad. R/.

No arrebates mi alma con los pecadores,
ni mi vida con los sanguinarios,
que en su izquierda llevan infamias,
y su derecha está llena de sobornos. R/.

Yo, en cambio, camino en la integridad;
sálvame, ten misericordia de mí.
Mi pie se mantiene en el camino llano;
en la asamblea bendeciré al Señor. R/.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,23-27):

En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole: «¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!»
Él les dijo: «¡Cobardes! ¡Qué poca fe!»
Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.
Ellos se preguntaban admirados: «¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 19,15-29

a) El castigo de Dios sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra se ha convertido en el prototipo de castigo contra la corrupción y la maldad.

La destrucción de estas ciudades, que se hallaban cerca del Mar Muerto, seguramente se debe a algún fenómeno natural: el fuego, un terremoto o, tal vez, una erupción, en un terreno que presenta características de tipo volcánico. Pero la intención religiosa del Génesis lo atribuye toda al juicio de Dios, que condena la maldad de sus habitantes. Así sucede muchas veces en la Biblia, como cuando se justifica la destrucción de Babel o de Babilonia o de Jerusalén.

La tradición de la «estatua de sal», en la que se ha convertido la esposa de Lot, probablemente también se originó en alguna caprichosa formación rocosa y salina de la zona, interpretada popularmente como la figura de una mujer. Aquí se presenta como consecuencia de haber «vuelto la mirada atrás», cosa que el ángel les había prohibido.

b) Si queremos salvarnos, debemos abandonar Sodoma, nuestra particular vida de pecado o de vida superficial.. A Lot y a su familia les costó decidirse. Se tuvieron que poner fuertes los ángeles enviados por Dios, porque no estaban convencidos de que necesitaran ser salvados. La mujer cayó en la tentación de mirar atrás. Siempre nos puede la comodidad, la costumbre, la inercia. El mismo Jesús nos dio el aviso, invitándonos a la fidelidad y a la decisión: «Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lc 17,32-33).

Estamos en medio de un mundo que, ciertamente, no nos ayuda a vivir en cristiano, sin llegar siempre a la depravación moral de Sodoma, y sus criterios van a menudo en dirección contraria al evangelio.

En nuestra lucha contra el mal y en nuestro seguimiento de Cristo, deberíamos ser más decididos. Jesús nos advirtió más de una vez que no miráramos atrás: «nadie que pone su mano en el arado y vuelve la vista atrás, es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62).

No vaya a ser que merezcamos el reproche que Jesús hizo a sus contemporáneos: «y tú, Cafarnaúm, te hundirás: porque, si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy» (Mt 11,23).

2. Mateo 8,23-27

a) De hoy al jueves escuchamos otra serie de milagros de Jesús: hoy, el de la tempestad calmada.

En el lago de Genesaret se forman con frecuencia grandes temporales (la palabra griega «seismós megas» apunta a un «gran seísmo», a un maremoto). Los apóstoles quedaron aterrorizados, a pesar de estar avezados en su oficio de pescadores.

Despiertan a Jesús, que sigue dormido -debe tener un gran cansancio, un sueño profundo y una salud de hierro- con una oración bien espontánea: «Señor, sálvanos, que nos hundimos». Y quedan admirados del poder de Jesús, que calma con su potente palabra la tempestad: «¿quién es éste? hasta el viento y el agua le obedecen».

b) Seguir a Jesús no es fácil, nos decía él mismo ayer. Hoy, el evangelio afirma brevemente que cuando él subió a la barca, «sus discípulos lo siguieron»; pero eso no les libra de que, algunas veces en su vida, haya tempestades y sustos.

También en la de la Iglesia, que, como la barca de los apóstoles, ha sufrido, en sus más de dos mil años de existencia, perturbaciones de todo tipo, y que no pocas veces parece que va a la deriva o amenaza naufragio.

También en nuestra vida particular hay temporadas en que nos flaquean las fuerzas, las aguas bajan agitadas y todo parece llevarnos a la ruina.

¿Mereceríamos alguna vez el reproche de Jesús: «cobardes, ¡qué poca fe tenéis!»?

Cuando sabemos que Cristo está en la barca de la Iglesia y en la nuestra; cuando él mismo nos ha dicho que nos da su Espíritu para que, con su fuerza, podamos dar testimonio en el mundo; cuando tenemos la Eucaristía, la mejor ayuda para nuestro camino, ¿cómo podemos pecar de cobardía o de falta de confianza?

Es verdad que también ahora, a veces, parece que Jesús duerme, sin importarle que nos hundamos. Llegamos a preguntarnos por qué no interviene, por qué está callado. Es lógico que brote de lo más íntimo de nuestro ser la oración de los discípulos: «sálvanos, que nos hundimos».

La oración nos debe reconducir a la confianza en Dios, que triunfará definitivamente en la lucha contra el mal. Y una y otra vez sucederá que «Jesús se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma».

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3 de julio.

La Incredulidad de santo Tomás. Caravaggio.

SANTO TOMÁS
Apóstol (+ s. I)

Tan pronto como Juan Bautista señaló a las turbas la presencia del Mesías entre los mortales con las palabras: “He aquí el Cordero de Dios”, dos de sus discípulos que le oyeron, abandonando su compañía, se fueron en pos de Cristo. Poco a poco fueron juntándose otros, procedentes en su totalidad de las clases sociales media y trabajadora.

El Evangelio menciona a veces expresamente los nombres de los apóstoles que se unían a Cristo y describe las circunstancias que rodearon tal acontecimiento, pero ni una sola palabra encontramos en el texto neotestamentario sobre cuándo y cómo Santo Tomás se incorporó al Colegio apostólico.

Su nombre figura por vez primera en la lista que dan los evangelios sinópticos de los doce apóstoles. Pero en el orden de su colocación se percibe una variante dictada por la modestia y humildad que caracterizan a San Mateo. Mientras Marcos y Lucas (Mc. 3,18; Lc. 6,15) hablan de Mateo y Tomás, el primer evangelista invierte los términos, escribiendo: Tomás y Mateo, y para que el recuerdo de su pasada profesión le sirviera de ocasión para humiliarse, añade a su nombre el epíteto de el publicano (Mt. 10,3).

El hecho de que un hombre se llamara Tomás debía extrañar a los lectores griegos del Evangelio, y de ahí que San Juan Evangelista, al mencionarle, añade: Llamado Dídimo, como si dijera: nombre que en griego corresponde a la palabra “Dídimo” (Io. 11,16; 21,2). Antes de los escritos del Nuevo Testamento no encontramos ningún individuo que lleve el nombre de Tomás, mientras que la palabra “Dídimo” como nombre propio figura en algunos papiros del siglo lll a. de Cristo originarios de Egipto. Se sabe que el término “Tomás” proviene de una raíz hebraica que significa duplicar, cuyo sentido aparece en el libro del Cantar de los Cantares (4,2; 6,6), en donde se habla de “crías mellizas o duplicadas”. Esta aclaración hecha por el evangelista dio pie a que se formularan multitud de hipótesis encaminadas a identificar el otro mellizo.

Antiguas crónicas le asignan un hermano gemelo, llamado Eleazar o Eliezer; una hermana, con el nombre de Lydia o Lypsia. En las Actas apócrifas que llevan su nombre y en la Doctrina Apostolorum los mellizos son llamados Judas y Tomás, nombres que se repiten juntos en la historia del rey Abgaro, de Edesa (EUSEBIO, H. Ecct. 16).

Todas estas y otras hipótesis se han creado con el laudable fin de completar las escasas informaciones evangélicas sobre nuestro apóstol. Además de ignorar cuándo, cómo y dónde fue llamado al apostolado, ignoramos también su procedencia, no siéndonos posible tampoco determinar su condición social y el oficio que ejercía antes de su vocación. Una antigua leyenda afirma que el Santo fue arquitecto, a consecuencia de lo cual, a partir del siglo XIII, el arte pictórico, entre otros el pincel de Rafael, le ha representado con una escuadra como símbolo, por considerarle Patrono de los constructores. Con todo, a través de una información de San Juan (21,1), puede conjeturarse que Tomás fue un humilde pescador, un simple marinero, sin llegar a ser propietario de embarcación alguna. Esta conjetura se armoniza con las noticias conservadas en antiguas narraciones sobre la condición humilde y pobre de sus padres.

Debía encontrarse Tomás atareado en su trabajo junto a las redes cuando oyó la invitación de Cristo, que le inducía a que le siguiera para transformarle en pescador de almas. Es de creer que, al oír la llamada de Jesús, lo abandonara todo y le siguiera, porque es muy probable que perteneciera él a aquel numeroso grupo de auténticos israelitas que sentían llamear en su corazón los ideales religiosos y mesiánicos, avivados por la esperanza de la llegada inminente del Mesías, que debía restablecer el reino de Israel. Por lo que nos deja adivinar el evangelio de San Juan, en las contadas ocasiones en que señala algún hecho o refiere algún diálogo en que interviene Santo Tomás, deducimos que nuestro apóstol era de modales poco refinados y amigo de soluciones tajantes, rápidas y expeditivas. Pero junto a esta brusquedad y rudeza tenía un corazón impresionable y sensible, demostrando repetidamente un amor extraordinario y una lealtad sin limites hacia su divino Maestro, que exteriorizaba con brutal franqueza. De ahí que, en justa correspondencia, profesara Jesús hacia él un afecto especial, como se lo demostró al aparecerse por segunda vez a sus apóstoles reunidos en el Cenáculo con el fin de quitar de los ojos de Tomás la venda de la incredulidad, que amenazaba cegarle, diciéndole en tono amistoso: “No hagas el incrédulo, que no te conviene”.

De este amor y lealtad de Tomás hacia Cristo tenemos un fiel testimonio en su primera intervención que recuerda el Evangelio (Jn 11 , 1-16). Crecía la animosidad del judaísmo oficial contra Jesús, y se buscaba una ocasión propicia para quitarle silenciosamente de en medio. Todas estas maquinaciones conocíalas Jesús, y por ello, con el fin de ponerse al abrigo de toda asechanza, se retiró a la región de Perea. Conocían su paradero las hermanas de Lázaro, que le mandaron un recado con la noticia de que Lázaro, su hermano, estaba enfermo. A pesar de esta alarmante noticia permaneció Jesús dos dias más en el lugar en que se hallaba: pasados los cuales dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. La noticia desconcertó a los apóstoles, que recordaban el atentado que pocos dias antes tuvo Jesús. Rabí—le dicen—, los judíos te buscan para apedrearte, y de nuevo vas allá? Cristo les responde que nada adverso sucederá en tanto que no llegue la hora decretada por el Padre, añadiendo: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero yo voy a despertarle”. A estas palabras se acogen los discípulos con el fin de disuadirle del viaje a Judea. Sabían cuánta era la amistad que mediaba entre Jesús y la familia de Lázaro, y no dudaban de que, en caso de grave enfermedad, acudiria Jesus junto al lecho de su amigo. Pero, al anunciarles sin tapujos que Lázaro había muerto, callaron todos, consternados por la muerte de un amigo entrañable y por conjeturar que aquel triste desenlace empujaria a su Maestro a ir a Betania, situada junto a los muros de la ciudad de Jerusalén, donde, pocos dias antes, los judíos juntaron piedras para apedrearles. Sólo Tomás rompió el silencio para increpar a sus compañeros de apostolado, reprochándoles implícitamente su cobardía y falta de fidelidad a su Maestro. “Vamos también nosotros a morir con Él”, dijo Tomás. En sus palabras, concisas y tajantes se encierra una idea profunda. No es posible, viene a decir Tomás, que Jesús cambie de parecer y renuncie al propósito de ir a despertar a Lázaro de su sueño de muerte. Por otra parte, sería inconcebible dejarle marchar solo hacia el lugar de peligro, quedando ellos a buen recaudo en la lejana Perea. ¿Qué hacer, pues? No queda, según Tomás, otra solución airosa que acompañarle adondequiera que Él vaya, aunque esta lealtad y adhesión pueda acarrearles la muerte.

Aunque el Evangelio no lo diga expresamente, por lo que dejan entrever los textos que hablan de las actuaciones de Tomás, estaba él siempre dispuesto a dar su vida por su Maestro.

En vísperas de su pasión y muerte quiso Cristo celebrar la última cena en compañía de sus discípulos. De sobremesa se entretuvo largamente con ellos, abriéndoles de par en par su corazón dolorido y tratando de tranquilizar a sus amigos ante las perspectivas sombrías de un futuro próximo. Cristo les habló de su inminente partida: Un poco aún estaré todavía con vosotros; adonde yo voy vosotros no podéis venir. Estas palabras de adiós desgarraron el corazón de sus apóstoles hasta el punto de no poder articular palabra. Jesús infundióles ánimo diciéndoles que la separación no era definitiva porque un día se juntarían todos en la gloria. En la casa de mi Padre -aseguróles Cristo- hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino. Estas últimas palabras llamaron la atención de Tomás, quien, con los ademanes rudos que le caracterizaban, objetó: No sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? A lo cual respondió Cristo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

Aunque el ánimo de Tomás estuviera abatido por el pensamiento de tener que separarse de su Maestro, no perdia, sin embargo, la esperanza de poder impedir su muerte. Bien sabia él que el verdadero israelita entra por la muerte en la paz de Dios, pero la turbación y el afán de hacer algo para salvar a Jesús no le dejaban ahondar en estos misterios. También habría oído en las sinagogas que la palabra “camino”, en los profetas (Is. 30,11), se toma muchas veces en sentido moral y religioso, pero le ofusca el ansia por conocer adónde quiere marcharse su Maestro con el fin de alejar los peligros que pudiera encontrar en su camino.

Este rasgo de valentía y fidelidad del apóstol ha sido recogido exactamente por el pincel de Leonardo de Vinci en su cuadro de La última cena, en que se representa a Tomas reafirmando a Cristo calurosamente, y con maneras casi agresivas, su fidelidad.

Una vez terminadas sus últimas enseñanzas y exhortaciones, salió Jesús del Cenáculo en dirección a un huerto que estaba al otro lado del torrente Cedrón. Sus apóstoles le acompañaban en silencio, dibujándose en sus rostros la gravedad del momento. Tomás le seguía con la esperanza de salvarle. Pocos momentos antes le había dicho Jesús que Él era el camino, la verdad y la vida. Sabrá Cristo, por consiguiente, pensaba Tomás, escoger el camino verdadero para no caer en las asechanzas que le tienden sus enemigos. Además, si algunos exaltados se atrevieran a tocarle, allí estaba él, el robusto marinero, para castigar su atrevimiento.

Pero estas últimas esperanzas se derrumban al divisar el tropel de gentes que acudían a prender al Maestro, y mayormente cuando Éste mandó a Pedro que metiera la espada en la vaina, porque deseaba beber el cáliz que le presentaba su Padre. Ante esa actitud de Jesús, un grave desengaño se apodera del ánimo del fornido Tomás, que se pregunta si fue un mito y un engaño el poder que había manifestado Cristo en otras ocasiones. Él, que esperaba, como sus compañeros, la restauración de Israel y confiaba ocupar un lugar destacado en el nuevo reino, se encuentra de golpe fracasado en su ideal, objeto de escarnio de todos y con la perspectiva de volver a sus redes para ganar el pan de cada día. De ahí que, a pesar de sus bravatas y promesas, al comprobar el prendimiento de su Maestro, huye despavorido en dirección al monte Olívete para internarse en el desierto de Judá o esconderse en casa de alguna familia amiga. Pensaba Tomás que su aventura había terminado; Cristo moriría en manos de sus enemigos. Sería sepultado y desaparecería su memoria para siempre. Tanto Tomás como los otros apóstoles no previeron, ni menos esperaron, la resurrección de su Maestro.

Pasada la tormenta, encontráronse los apóstoles sin pastor, turbados y desconcertados, sumidas en la tristeza y el llanto (Mc. 16,10). María Magdalena les anunció que Jesús había resucitado y que se le había aparecido, pero ellos no lo creyeron. ¿Cómo debían ellos dar fe al testimonio de una mujer? Más tarde aparecióse a dos que iban de camino y se dirigían al campo. Estos, vueltos, dieron la noticia a los demás; ni aun a éstos creyeron (Mc. 16,12,15). Los dos discípulos que se encaminaban a Emaús tardaron mucho en rendirse a la evidencia de las pruebas que les presentaba Cristo resucitado (Lc. 24,13-35). Cuando los once se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, aparecióseles Cristo. Viéndole se postraron; pero algunos vacilaron (Mt. 28,16-17).

Una ola de escepticismo se había adueñado de los apóstoles y hacían falta pruebas fehacientes para que renaciera en ellos la fe y la confianza en Jesús. Y no tardaron éstas en venir, porque tuvo Cristo compasión de sus amados apóstoles, de dura cerviz y tardos en creer.

Estaban diez de ellos reunidos en el Cenáculo con las puertas herméticamente cerradas por temor de los judíos. De repente se presentó Cristo en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Jesús les increpó suavemente por su incredulidad, y añadió: Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved, que el espiritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Diciendo esto, les mostró las manos y los pies (Lc. 24,37,40). Pero aun con pruebas tan palmarias no creyeron ellos totalmente hasta que Cristo les abrió la inteligencia (Lc. 24,45).

Vemos en esta aparición—la misma de que habla San Juan (20,19-25)—que, a pesar de ofrecerles Jesús pruebas tan evidentes de su personalidad, algunos abrigaban ciertas sospechas. Quiso la fatalidad que a esta aparición no estuviera presente Santo Tomás, y sería aventurado querer investigar las razones que motivaron su ausencia. Quizá su mismo temperamento independiente, impulsivo y con acentuada personalidad le impelía a no querer mezclarse de nuevo en un asunto que había fracasado. El, que tanto había batallado para impedir que Jesús cayera en manos de sus enemigos, comprueba ahora que sus esfuerzos fueron inútiles y que la causa de su Maestro se había desvanecido para siempre con la muerte del mismo. Es verdad que oye voces de unos y otros de que Cristo ha resucitado y de que se ha aparecido a algunas personas; pero él quiere pruebas tangibles: exige que se le aparezca como ha hecho con otros—que no fueron tan generosos como él—; que pueda hablarle cara a cara y palparle.

Sus compañeros de apostolado, entusiasmados, contaron a Tomás que habían visto a Cristo, que le habían tocado y comido con Él. Tomás, en el fondo, quiere dar fe a su testimonio, pero responde con una negación fría a su narración entusiasta. No merece ni quiere sufrir la humillación de ser él el único del Colegio apostólico que no vea al Maestro resucitado, y de ahí sus protestas de que no creerá en lo que le dicen hasta que lo vea y toque él personalmente. Es curioso ver cómo cada vez sus exigencias van en aumento: quiere ver con sus propios ojos la señal o marca dejada por los golpes y tocar la herida. Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25).

No podemos afirmar que Tomás dudara formalmente de la resurrección de Cristo; más bien cabe suponer que sus exigencias ante los otros apóstoles van encaminadas a obligar a Cristo a que se le aparezca a él personalmente en premio de la fidelidad que siempre le demostró en vida. Y al formular tales pretensiones abriga en su interior la esperanza de que Jesús no se negará a ellas.

Y no podia menos de acudir Jesús al llamamiento de su apóstol. En efecto, a los ocho días estaban reunidos de nuevo los apóstoles en el Cenáculo y con ellos Tomás. Las puertas, como la primera vez, estaban cerradas. Cristo se apareció y saludó a los presentes, diciéndoles: La paz sea con vosotros. Luego dijo a Tomás: Alarga acá tu dedo, y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel (Jn. 20,26-27). Cristo conocia las condiciones puestas por su discípulo para creer en Él y se somete gustoso a que Tomás haga la experiencia de distinguir entre un fantasma y un cuerpo viviente. No es de suponer que Tomás hiciera uso de la autorización que le hacia el Maestro. Su reacción ante las palabras de Jesús fue de reconocer la divinidad de Jesús: ¡Señor mío y Dios mío! Trátase de una confesión de fe completa. Nadie en el Evangelio le había dado este titulo, que Él había reivindicado con términos precisos. Jesús mira al corpulento e impulsivo Tomás humillado a sus pies y con una sonrisa beatifica le reconviene, diciendo: ¿Creos ahora o no?’ Tomás creyó por haber visto a Cristo; pero dichosos los que sin ver creyeron. Después de los apóstoles vendrán otros que no han contemplado la humanidad gloriosa de Cristo. A ellos se dirige elogiosamente Jesús.

Las futuras generaciones compensarán por el ardor de su fe lo que les faltará de presencia real. “El evangelista San Juan quiso cerrar su evangelio con el episodio de Tomás. La escena que él cuenta después de ésta, la aparición de Jesus en el mar de Tiberíades, es sólo un apéndice que añadió más tarde. La respuesta final de Jesús había de ser como un amén poderoso que había de resumir todo el Evangelio y habia de resonar a través de todos los siglos en el alma de los creyentes: Porque me has visto has creido, Tomás. Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Es como una amable ironía el que la liturgia coloque la fiesta de Santo Tomás el 21 de diciembre, pocos dias antes de Navidad, como si le quisiera poner ante el pesebre del Niño de Belén. Diriase que ante el Niño divino está repitiendo para los vacilantes de todos los tiempos su profunda e infantil oración: ¡Señor mío y Dios mío! ¡Señor mío y Dios mío!

Con una simple mención en el relato de la pesca milagrosa (Jn 21,2) y la consignación de su nombre en la lista de los apóstoles reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión (Act. 1,13), desaparece Tomás de los anales de la historia para adentrarse en la enmarañada selva de la leyenda. Su paso fugaz por el escenario de la historia fue provechoso para nosotros, hasta el punto que San Gregorío el Grande no vacila en afirmar que “más beneficiosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los apóstoles que fácilmente creyeron (Homil. 26, in Evang., 7 ).

El apóstol enérgico y valiente sentía cómo su corazón ardía en llamas por el deseo de predicar a las gentes la buena nueva del Maestro, a quien tanto amó en vida y que, después de muerto, vió con sus ojos y pudo tocar con sus manos. La atmósfera que se respiraba en Palestina era tan hostil a Cristo que hubiera sido arriesgado organizar allí un plan sistemático de apostolado. Algunos de los apóstoles fueron encarcelados o llevados a los tribunales, prohibiéndoseles predicar la doctrina de Cristo. En estas condiciones era mejor emigrar hacia los pueblos de la gentilidad. El cristianismo no era una secta como cualquier otra de las que existían por aquel entonces en el seno del judaísmo, sino un movimiento universalista encaminado a ganar para la doctrina de Cristo a todos los hombres de buena voluntad. La estrella nacida en Belén debía alumbrar a todo hombre que viene a este mundo. A los judíos, como depositarios de la revelación primitiva, pertenecían las primicias del apostolado cristiano: pero, a causa de su obstinada ceguera, fueron ellos preteridos a los pueblos que vivian en las tinieblas y en medio de las sombras de la muerte.

Santo Tomás emprendió el camirto de la gentilidad; Sabemos que salió de Palestina, y las tradiciones aseguran que marchó hacia Oriente, a las tierras por donde sale el sol, para anunciarles que otro Sol más radiante y vivificador había nacido en tierras de Palestina. Desde muy antiguo tomó cuerpo la tradición de que fue Tomás el apóstol de los partos, medas y persas, territorios que actualmente corresponden al Irak, Irán y Beluchistán. Otras tradiciones extienden hasta la India el campo de su apostolado, adonde llegó por el llamado “camino de la seda”, que atravesaba la Persia, el Pakistán y el Tíbet. Se dice que su apostolado fue muy fructífero debido a su predicación y a la multitud de milagros que obró en confirmación de su doctrina. Una tradición siria llama a Santo Tomás “rector y maestro de le Iglesia de la India, fundada y regida por él”. Sin embargo, los cristianos del Indostán, conocidos por el nombre de cristianos de Santo Tomás, que habitan el Malabar y pertenecen a la Iglesia siria, tienen probablemente su origen de un misionero nestoriano llamado Tomás. En la Iglesia malabar se canta en las lecciones litúrgicas en honor del Santo: “Por las fatigas apostólicas de Santo Tomás llegaron los chinos y los etíopes al conocimiento de la doctrina de Cristo. Por Santo Tomás fueron bautizados y se hicieron hijos de Dios. Por Santo Tomás el reino de Dios llegó hasta la China”. En el libro de las Actas atribuidas al apóstol se refieren fantásticas aventuras referentes a su ida a la India y a sus trabajos allí como arquitecto real.

El Breviario romano dice que el Santo fue martirizado en Calamina, ciudad que no se ha identificado todavía. Parte de sus reliquias fueron trasladadas a Edesa, en cuyo lugar se mostraba su sepulcro, según testimonio de escritores cristianos antiguos. San Juan Crisóstomo enumera la tumba de Santo Tomás entre los cuatro sepulcros de los apóstoles (San Pedro, San Pablo, San Juan ) que puede identificarse su emplazamiento. De Edesa sus reliquias fueron trasladadas a la isla de Chíos y de ahí pasaron a Ortona, donde se veneran actualmente.

La tradición ha atribuido a Santo Tomás un evangelio de carácter gnóstico, que se ha perdido. El actual Evangelio de Santo Tomas, también apócrifo, refiere numerosas y fantásticas leyendas en torno a la infancia de Jesús. También se le han adjudicado el libro de las Actas de Santo Tomás y un Apocalipsis, condenado por el papa Gelasio I a fines del siglo v.

Nunca admiraremos bastante la recia figura de Santo Tomás, quien, bajo unos modales toscos, escondía un alma noble, generosa, impresionable, amante de Jesús, confesor de su divinidad y su apóstol abnegado. En vez de hacer hincapié en su incredulidad, más bien afectada que real, debemos ahondar en el conocimiento de sus excelsas virtudes para confirmarnos en nuestra condición de soldados de Cristo.

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2 de Julio.

Homilía para el XIII domingo durante el año A

Este evangelio es un poco desconcertante –como el Evangelio lo es a menudo. La segunda parte, sobre el recibir al otro, y en particular el recibir (acoger) el mensaje de Cristo, es tranquilizador y fácil de comprender. Este mensaje se puede poner en paralelo con la historia del Libro de los Reyes, que nos habla del profeta Eliseo, como primera lectura. La primera parte del texto, afirma: “Aquél que ama más a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”, esto es difícil de entender, es como si hubiese una competición entre dos amores. No es por tanto conforme a la imagen de Dios que Jesús nos revela habitualmente.

De hecho, entre el Evangelio del domingo pasado (Mt. 10, 26-33) y este de hoy (Mt. 10, 37-42), hay un pequeño pasaje que los autores del leccionario de la misa han dejado de lado, pero que es necesario para entender nuestra página de hoy. Se trata del pasaje donde Jesús dice: “No deben creer que he venido a traer paz a la tierra… Yo vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre… a poner por enemigos a los de la propia casa”. Es cierto que este texto tampoco es fácil, pero el sentido es claro. El sentido es que la paz que Jesús vino a traer al mundo no es una paz “a cualquier precio”. No es una paz como “la puede dar el mundo”. No es la paz que consiste en un compromiso con el orden establecido, aún cuando este orden hace injusticia con Dios, con los más pequeños y débiles. No es la paz anunciada por los falsos profetas que lo único que desean es ser aceptados y aplaudidos, sino más bien la paz anunciada por los verdaderos profetas, que es fruto del restablecimiento de un orden justo que tiene sus ecos en el Magnífica: “Derriba del trono a los poderosos, eleva a los humildes… llena de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías”.

Cualquiera que haya elegido servir a Dios y no al Dinero –quien haya elegido vivir según los preceptos del Evangelio y de aceptar todas sus consecuencias- puede esperar que en ciertas circunstancias su elegir responsable lo enfrente a otros, inclusive, a su propio entorno, comprendido parientes y amigos.

Es entonces que siguen estas palabras de Jesús “si alguno ama más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Fuera de esta situación de conflicto entre elegir el Evangelio y aquello que es opuesto, es evidente que no pueda haber oposición ni siquiera tensión entre el amor de Dios (1er mandamiento) y el amor a los padres (4º mandamiento)

El Hijo de Dios se dio todo entero a su misión. Según la carta a los Filipenses, el no se quiso “atar” a su condición de Dios; sino que se anonadó (se vació); el renunció a todos sus derechos para hacerse uno de nosotros. Aquél que quiera guardar su vida, es decir aquél que se aferra a su vida como una propiedad privada y que está enroscado sobre sí mismo, ha ya perdido, en realidad, su vida, porque así la ha vaciado de sentido. Pero el que acepta la cruz, quién acepta vivir los conflictos nacidos de la fidelidad al Evangelio (no conflictos a causa de nuestra miseria), el que acepta conformar su vida al Evangelio aunque implique elegir entre Jesús y sus más próximos, ese posee ya en plenitud la vida –incluso, en el caso de los mártires, cuando elegir a Dios lo pueda llevar a la muerte física.

Para aquellos que lo han seguido en este espíritu, a sus Apóstoles, Jesús dio el nombre cariñoso de “pequeños”. Es por eso que un vaso de agua a “uno de estos pequeños” no quedará sin recompensa. Este tendrá, dice Jesús, recompensa de profeta. La frase “recompensa de profeta” no significa la recompensa que se adapte a un profeta, sino más bien que uno recibe a un profeta – un verdadero profeta como Eliseo – que, donde quiera que vaya suscita la vida.   Así como una recompensa de hombre justo, significa que uno la recibe de un hombre justo.

Este Evangelio es muy exigente. Nos llama a la hospitalidad, a recibir, especialmente, a acoger a los pequeños, pero también a una hospitalidad ordenada, donde hay un orden importante, y elegir a Cristo cada vez que las circunstancias o las personas nos obliguen a elegir entre ellas o Él, es nuestro primer deber. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no elegir a Cristo en nuestra vida?

Que María santísima nos ayuda siempre a elegir bien.

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29 de junio misa en santa faz Madonna delle grazie

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28 de junio.

Por sus frutos

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 12ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (15,1-12.17-18):

En aquellos días, Abrán recibió en una visión la palabra del Señor: «No temas, Abrán, yo soy tu escudo, y tu paga será abundante.»
Abrán contestó: «Señor, ¿de qué me sirven tus dones, si soy estéril, y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa?»
Y añadió: «No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará.»
La palabra del Señor le respondió: «No te heredará ése, sino uno salido de tus entrañas.»
Y el Señor lo sacó afuera y le dijo: «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.»
Y añadió: «Así será tu descendencia.» Abran creyó al Señor, y se le contó en su haber.
El Señor le dijo: «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.»
Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré que yo voy a poseerla?»
Respondió el Señor: «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.»
Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.
Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Eufrates.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2.3-4.6-7.8-9

R/. El Señor se acuerda de su alianza eternamente

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis.

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 15,1-12.17-18

a) «Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán». La doble promesa que Dios le había hecho -posesión de la tierra y descendencia numerosa- tarda en cumplirse. Dios se la vuelve a hacer, esta vez ya en forma de alianza.

El gesto con el que se ratifica esta alianza nos puede parecer extraño, pero era expresivo en la cultura de entonces: se descuartizaban animales, se colocaban en dos filas y los dos contrayentes pasaban por en medio (Dios pasó en forma de fuego). La intención simbólica es: si alguno de los dos no cumple su palabra, que le suceda como a estos animales.

No todo es fácil ni llano en el camino de Abrahán. Siente miedo, la duda le tienta («no me has dado hijos»), tiene que espantar los buitres que bajan sobre los animales muertos, le invade un sueño profundo «y un terror intenso y oscuro cayó sobre él». Pero, una vez más, el patriarca confía plenamente en Dios: «Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber».

b) En la vida de un creyente no todo son días de sol y de claridad.

También a nosotros nos rondan las dudas y el temor e incluso, alguna vez, la noche oscura y el «terror intenso y oscuro». Seguro que podemos decir, mirando a nuestra historia, que algunas veces «el sol se puso y vino la oscuridad». Nos da pena, como a Abrahán, ser estériles, que nuestro trabajo no produzca frutos visibles. ¿Quién no quiere tener, de alguna manera, descendientes que continúen nuestra obra o poseer un trozo de tierra?

Tenemos que mirarnos en el espejo de Abrahán. Y de Cristo, que nos da un ejemplo todavía más pleno de confianza en Dios: «a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». No sólo le tenemos que servir cuando todo es fácil y nos sale bien. También, cuando no vemos el final del túnel. Cuando estamos bien establecidos y nos invitan al éxodo, o cuando, como a Abrahán, nos obligan a plantar tiendas de peregrino y levantarlas al cabo de poco. ¿Nos fiamos de Dios? ¿se puede decir que no sólo «creemos en Dios», sino que «creemos a Dios»? A Abrahán se le llama «patriarca de la fe» porque creyó en circunstancias difíciles, cuando las apariencias parecían ir en contra de las dos promesas que Dios le hacía. Para todos, también para los cristianos, es un ejemplo magnífico de fidelidad a Dios.

El salmo nos invita a esta actitud: «que se alegren los que buscan al Señor, recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro… él se acuerda de su alianza eternamente, de la alianza sellada con Abrahán».

2. Mateo 7,15-20

a) Jesús previene a sus seguidores del peligro de los falsos profetas, los que se acercan «con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces».

Les da una consigna: «por sus frutos los conoceréis». La comparación es muy expresiva: un árbol puede ser muy bonito en su forma y en sus hojas y flores, pero si no da buenos frutos, no vale. Ya se puede cortar y que sirva para leña.

b) Tanto el aviso como la consigna son de plena actualidad. Porque siempre ha habido, junto a persecuciones del exterior, el peligro interior de los falsos profetas, que propagan, con su ejemplo o con su palabra, caminos que no son los que Jesús nos ha enseñado.

El criterio que él da lo debe aplicar la comunidad cristiana siempre que surgen nuevos movimientos o personas que llaman la atención, y de los que cabe la duda de si están movidos por el Espíritu de Dios o por otros móviles más interesados.

Pero es también un modo de juzgarnos a nosotros mismos: ¿qué frutos producimos? ¿decimos sólo palabras bonitas o también ofrecemos hechos? ¿somos sólo charlatanes brillantes? Se nos puede juzgar igual que a un árbol, no por lo que aparenta, sino por lo que produce. De un corazón agriado sólo pueden brotar frutos agrios. De un corazón generoso y sereno, obras buenas y consoladoras.

Podemos hablar con discursos elocuentes de la justicia o de la comunidad o del amor o de la democracia: pero la «prueba del nueve» es si damos frutos de todo eso. El pensamiento de Cristo se recoge popularmente en muchas expresiones que van en la misma dirección: «no es oro todo lo que reluce», «hay que predicar y dar trigo», «obras son amores y no buenas razones»…

Pablo concretó más, al comparar lo que se puede esperar de quienes siguen criterios humanos y de los que se dejan guiar por el Espíritu de Jesús: «las obras de la carne son fornicación, impureza, idolatría, odios, discordia, celos, iras, divisiones, envidias… en cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, fidelidad, dominio de sí» (Ga 5,19-26).

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Recemos por el Papa Francisco en el 25º aniversario de su Ordenación Episcopal.

Un recuerdo personal y filial, estuve presente, hace 25 años, en su Ordenación Episcopal, oremos por el sucesor de Pedro.

A continuación, la homilía que el Papa Francisco ha pronunciado en la Santa Misa:

En la primera lectura hemos escuchado como continúa el diálogo entre Dios y Abraham, ese diálogo que comenzó con aquel  “Vete. Vete de tu tierra … “(Gn 12,1). Y en esta continuación del diálogo, encontramos  tres imperativos: “¡Levántate!”, “¡Mira!”, “¡Espera!”. Tres imperativos que marcan el camino que debe recorrer Abraham y también cómo hacerlo, la actitud interior: levántate, mira, espera.

“¡Levántate!”. Levántate, camina, no te quedes sentado. Tienes una tarea, tienes una misión y debes llevarla a cabo en camino. No te quedes sentado: levántate, de pie. Y Abraham empezó a andar. En camino, siempre. Y el símbolo de esto es la tienda. Dice el libro del Génesis que Abraham iba con la tienda, y cuando se detenía allí plantaba la tienda. Abraham nunca se construyó una casa mientras obedecía a este imperativo: “Levántate”. Solamente construyó un altar: la única cosa. Para adorar al que le había ordenado que se levantase, que se pusiera en camino, con la tienda de campaña. “¡Levántate!”.

¡Mira!”. Segundo imperativo. “Alza tus ojos y mira, desde el lugar en donde estás, hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente ” (Gen 13:14). Mira. Mira el horizonte, no construyas muros. Mira siempre. Y sigue adelante. Y la mística [la espiritualidad] del horizonte es que cuanto más se va adelante, más lejano está el horizonte. Empujar la mirada, empujarla hacia adelante, caminando, pero hacia el horizonte.

Tercer imperativo: “¡Espera!”. Hay un diálogo muy hermoso: “[Señor,] me has dado tanto, pero un criado de mi casa me va a heredar” – “No te heredará ese, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas”… (Gn 15,3-4). ¡Espera! Y esto, dicho a un hombre que no podía tener herederos, tanto por su edad como por la esterilidad de su esposa. Pero será “tuyo”.” Y tu heredad – la tuya – será “como el polvo de la tierra: tal que si alguien  puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia” (Gen 13:16). Y algo más adelante: “Mira hacia arriba, mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… Así será tu descendencia “. Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó, por justicia (cf. Gn 15.5 a 6). En la fe de Abraham comienza esa justicia que [el apóstol] Pablo llevará más  allá en la explicación de la justificación.

“Levántate! ¡Mira! – al horizonte, no hay paredes, el horizonte – ¡Espera!”. Y la esperanza no tiene paredes, es puro horizonte.

Pero cuando Abraham fue llamado, tenía más o menos nuestra edad: estaba a punto de retirarse, retirarse a descansar … Comenzó a esa edad. Un hombre mayor con el peso de la vejez, esa vejez que trae dolores, enfermedades … Pero tú, como si fueras un jovenzuelo, ¡levántate!, ¡vete!, ¡vete! Como si fueras un scout: ¡vete! Mira y espera. Y esta Palabra de Dios también es para nosotros, que tenemos una edad que es como la de Abraham … más o menos – hay algunos jóvenes aquí, pero la mayoría de nosotros está en esta edad -; y hoy a nosotros el Señor nos dice lo mismo: “¡Levántate! ,¡Mira!, ¡Espera”. Nos dice que no es el momento de cerrar nuestra vida, de cerrar nuestra historia, de resumir nuestra historia. El Señor nos dice que nuestra historia está todavía abierta: está abierta hasta el final, está abierta con una misión. Y con estos tres imperativos nos indica la misión: “¡Levántate! ,¡Mira!, ¡Espera”.

Alguien que no nos quiere dice que somos la gerontocracia de la Iglesia. Es una burla. No entiende lo que dice. No somos gerontes: somos abuelos, somos abuelos. Y si no lo sentimos, debemos pedir la gracia de sentirlo.  Abuelos a los que miran nuestros nietos. Abuelos que tienen que darles un sentido de la vida con su experiencia. Abuelos que no están encerrados en la melancolía de su historia, sino abiertos para darles esto. Y para nosotros, este ” levántate, mira, espera” se llama “soñar”. Somos abuelos llamados a soñar y dar nuestros sueños a los jóvenes de hoy que lo necesitan. Porque tomarán de nuestros sueños la fuerza para profetizar y llevar a cabo su tarea.

Me viene a la mente el pasaje del Evangelio de Lucas (2.21 a 38);  Simeón y Ana, dos abuelos, pero ¡Que capacidad de soñar tenían estos dos! Y todo ese sueño se lo contaron a San José, a la Virgen María, a la gente … y Ana iba hablando aquí y allá y decía: “¡Es él! ¡Es él!”, y proclamaba el sueño de su vida. Y eso es lo que hoy el Señor nos pide: que seamos abuelos. Que tengamos vitalidad para dar a los jóvenes, porque los jóvenes la esperan de nosotros; que no nos encerremos, para darles lo mejor que tenemos: esperan de nosotros la experiencia, nuestros sueños positivos para llevar a cabo la profecía y la tarea.

Pido al Señor para todos nosotros que nos conceda esta gracia. También para aquellos que aún no han llegado a ser abuelos: Vemos al presidente [de los obispos] de Brasil, es un jovenzuelo … pero llegará… La gracia de ser abuelos, la gracia de soñar y dar este sueño a nuestros jóvenes: lo necesitan.

[Al final de la misa, antes de la bendición]

Quiero dar las gracias a todos por las palabras que me ha dirigido el cardenal Sodano, decano, con el nuevo vice-decano que está a su lado – ¡mis mejores deseos! -. Agradeceros esta oración común en este aniversario, pidiendo perdón por mis pecados y la perseverancia en la fe, la esperanza y la caridad. Os agradezco mucho esta compañía fraterna y pido al Señor que os bendiga y os acompañe en el camino de servicio a la Iglesia. Muchas gracias.

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27 de junio.

MARTES DE LA SEMANA 12ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (13,2.5-18):

Abrán era muy rico en ganado, plata y oro. También Lot, que acompañaba a Abrán, poseía ovejas, vacas y tiendas; de modo que ya no podían vivir juntos en el país, porque sus posesiones eran inmensas y ya no cabían juntos. Por ello surgieron disputas entre los pastores de Abrán y los de Lot. En aquel tiempo cananeos y fereceos ocupaban el país.
Abrán dijo a Lot: «No haya disputas entre nosotros dos, ni entre nuestros pastores, pues somos hermanos. Tienes delante todo el país, sepárate de mí; si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; si vas a la derecha, yo iré a la izquierda.»
Lot echó una mirada y vio que toda la vega del Jordán, hasta la entrada de Zear, era de regadío (esto era antes de que el Señor destruyera a Sodoma y Gomorra); parecía un jardín del Señor, o como Egipto. Lot se escogió la vega del Jordán y marchó hacia levante; y así se separaron los dos hermanos. Abrán habitó en Canaán; Lot en las ciudades de la vega, plantando las tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran malvados y pecaban gravemente contra el Señor.
El Señor habló a Abrán, después que Lot se había separado de él: «Desde tu puesto, dirige la mirada hacia el norte, mediodía, levante y poniente. Toda la tierra que abarques te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo; el que pueda contar el polvo podrá contar a tus descendientes. Anda, pasea el país a lo largo y a lo ancho, pues te lo voy a dar.»
Abrán alzó la tienda y fue a establecerse junto a la encina de Mambré, en Hebrón, donde construyó un altar en honor del Señor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 14,2-3a.3bc-4ab.5

R/. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua. R/.

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor. R/.

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará. R/.

Evangelio de mañana

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,6.12-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) Génesis 13,2.5-18

a) Abrahán no sólo es prototipo de cómo se responde a Dios con obediencia y fe, sino también de cómo se es tolerante y generoso con los demás.

La situación que se creó entre él y su sobrino Lot, y entre sus respectivos pastores, preocupados por sus rebaños, podría haberse inquinado hasta llegar a una guerra más o menos abierta. Pero Abrahán fue magnánimo con su sobrino: con un gesto elegante, le dejó escoger las tierras que quisiera como pasto de sus ganados. Lot eligió lo mejor, claro. A Abrahán le quedan, por tanto, las tierras más secas. Pero, en el fondo, elige a Dios, y Dios parece que quiere premiarle inmediatamente, prometiéndole otra vez la tierra que están recorriendo, Canaán, para él y sus descendientes.

Y, de nuevo, Abrahán eleva un altar y adora a Dios.

b) A veces, lo que nos falta en nuestra vida de cristianos, o de religiosos o de ministros ordenados, no es la doctrina o la fe, sino buen corazón.

El salmo de hoy, haciéndose eco de la actitud de Abrahán, se pregunta quién puede «hospedarse en la tienda de Dios», lo que hoy equivaldría a preguntar quién es buen cristiano. La respuesta es muy concreta y no se pierde en altas teologías. La persona honrada es la «que procede honradamente y practica la justicia, que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino: el que así obra, nunca fallará».

¿Quedaríamos bien retratados en esta enumeración? En concreto, imitando a Abrahán, podemos preguntarnos cuál suele ser nuestro modo de resolver las tensiones que pueden surgir en nuestra convivencia: ¿somos capaces de ceder? ¿damos prioridad al gusto de los demás o siempre tiene que prevalecer el nuestro? ¿resolvemos los posibles conflictos de la vida familiar o comunitaria echando aceite en las junturas, sacrificándonos nosotros, si es preciso? ¿sabemos buscar la paz y la concordia, hablando como personas civilizadas, aun antes de recurrir a los motivos, más sobrenaturales, que nos enseña Jesús?

Entonces sí podemos ir al altar, y ofrecer a Dios en la Eucaristía, junto al sacrificio definitivo de Cristo, el nuestro: ese gesto que seguramente nos habrá costado, de tolerancia y generosidad. Él nos premiará, como hizo con Abrahán. Cristo dijo que recibiremos «el ciento por uno», si hemos tenido que sacrificar algo de lo nuestro para seguirle como discípulos. Aparentemente, habremos perdido, porque otro se ha salido con la suya. Pero ante Dios somos más ricos.

2. Mateo 7,6.12-14

a) Siguen, en el sermón del monte, diversas recomendaciones de Jesús. Hoy leemos tres.

La primera es bastante misteriosa, probablemente tomada de un refrán popular: «no echar las perlas a los cerdos o lo santo a los perros». No sabemos a qué se puede referir: ¿el sentido del «arcano», que aconseja el acceso a los sacramentos sólo a los ya iniciados? ¿la prudencia en divulgar la doctrina de la fe a los que no están preparados? ¿el cuidado de que no se profane lo sagrado?

La segunda sí que se entiende y nos interpela con claridad: «tratad a los demás como queréis que ellos os traten». Igualmente la tercera: «entrad por la puerta estrecha», porque ante la opción de los dos caminos, el exigente y el permisivo, el estrecho y el ancho, todos tendemos a elegir el fácil, que no es precisamente el que nos lleva a la salvación.

b) Jesús nos va enseñando sus caminos. Los que tenemos que seguir si queremos ser seguidores suyos.

Podemos detenernos sobre la segunda consigna que nos da hoy: tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros. Es una «regla de oro» que tenemos muchas ocasiones de cumplir, a lo largo del día.

Podríamos escribir en una hoja de papel la lista de cosas que deseamos o exigimos que hagan con nosotros: que nos atiendan, que se interesen por nosotros, que sean tolerantes con nuestros defectos y alaben nuestras cualidades, que no nos condenen sin habernos dado ocasión de defendernos y explicar lo que de verdad ha sucedido. Y otras cosas muy razonables y justas. Pues bien, a continuación tendríamos que decirnos a nosotros: eso mismo es lo que tú tienes que hacer con los que viven contigo. Santa María enséñanos a entender esta página clave del Evangelio!

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26 de junio.

LUNES DE LA SEMANA 12ª DEL TIEMPO ORDINARIO

1. (Año I) Génesis 12,1-9

Los capítulos del 1 al 11 del Génesis, que leímos en las semanas 5ª y 6ª del Tiempo Ordinario, reflexionaban religiosamente sobre el origen del cosmos y del género humano.

Ahora, durante tres semanas, escuchamos la historia del pueblo predilecto de Dios, Israel, a partir de la vocación de Abrahán desde el capítulo 12 hasta el final del libro.

La historia de Abrahán, y la de los grandes patriarcas Isaac, Jacob y José, está aquí contada desde una clave claramente religiosa y, además, según varias tradiciones intermezcladas en el Génesis.

La lectura de otros libros históricos del AT nos ocupará nueve semanas (de la 12ª a la 20ª). En ellos, no sólo repasaremos la historia del pueblo de Israel, del que somos herederos, sino que nos veremos reflejados nosotros mismos en nuestra actuación, dejándonos juzgar por la voz de Dios.

a) Hoy escuchamos el relato de la vocación de Abrahán, allá en su tierra de Ur, en el país de Caldea, un pueblo de cultura bastante avanzada, con buenas técnicas de trabajo y una buena legislación social. Pero corrompido, como todos los demás, religiosa y moralmente. Y corrompido como nuestros pueblos y gobiernos de hoy, que se empeñan en marginar a Dios, y por tanto la moral, de la vida social.

Dios ha decidido formar un pueblo según su corazón, en medio de ese mundo pagano, para que conserve la religión monoteísta y atraiga la bendición sobre toda la humanidad. Para ello, Dios se fija en Abrahán, un hombre mayor ya, que parecería que tiene derecho a un descanso. Pero la orden es «sal de tu tierra». Tal vez esté relacionada esta salida con alguno de los fenómenos, que también existían entonces, de migraciones colectivas de pueblos buscando mejores condiciones de vida.

Abrahán responde con decisión, fiándose de lo que entiende como voz de Dios. Junto con su familia y sus posesiones, abandona Caldea y emprende el camino que Dios le indica, «sin saber a dónde iba» (Hb l 1,8). Está abierto al futuro. No se apega al pasado. Tiene mérito su fe, porque Dios le promete dos cosas difíciles de creer: que le hará padre de un gran pueblo (a él que es ya mayor y su esposa, estéril) y le dará en posesión la tierra que le mostrará (abandona algo seguro por algo que en seguida se verá que es utópico).

No es de extrañar que Abrahán sea, tanto para los judíos como para los musulmanes y los cristianos, el prototipo del que creyó en Dios, en medio de dificultades sin cuento.

b) Abrahán se puede considerar como el representante de todas las personas a las que les ha tocado peregrinar, abandonando seguridades y lanzándose a aventuras en el servicio de Dios: misioneros, religiosos, cristianos comprometidos, voluntarios. Pero también, de los jóvenes que han dejado de ser niños y se enfrentan a la aventura de la vida. A todos nos toca alguna vez emprender nuevos caminos: «Sal de tu tierra».

En cada circunstancia nos toca dar a Dios nuestra respuesta. Aunque, a veces, sus llamadas no dejen de ser sorprendentes.

Una respuesta cultual, como hizo Abrahán levantando un altar a Dios e invocando su nombre: nosotros también lo hacemos con la oración, los sacramentos, la Eucaristía.

Y una respuesta vital, con la obediencia y un estilo de conducta según la voluntad de Dios. Como hizo María de Nazaret: «hágase en mí según tu palabra». Como hizo Jesús, que vino a cumplir la voluntad de su Padre. Aunque esta obediencia suponga éxodo, salida de nosotros mismos y de nuestras comodidades. Aunque implique dejar las cosas en las que estamos instalados y que nos resultan tan cómodas.

El salmo no va sólo por Abrahán. Va por todos nosotros, que nos sentimos llamados por Dios y ponemos nuestra confianza en él: «dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad… nosotros aguardamos al Señor, él es nuestro auxilio y escudo».

2. Mateo 7,1-5

a) Seguimos escuchando varias recomendaciones de Jesús, todavía en el sermón del monte. Esta vez, sobre el no juzgar al hermano.

Jesús no sólo quiere que no juzguemos mal, injustamente. Nos invita a no juzgar en absoluto. La comparación que pone es muy plástica: la brizna que logramos ver en el ojo de los demás y la enorme viga que no vemos en el nuestro. Claro que es exagerada, probablemente tomada de un refrán de la época: como era exagerada la diferencia entre los diez mil talentos que le fueron perdonados a un siervo y los pocos denarios que él no supo condonar.

El aviso es claro: «os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros». Si nuestra medida es de rigor exagerado, nos exponemos a que la empleen también contra nosotros. Si nuestra medida es de misericordia, también Dios nos tratará con misericordia. Es lo mismo que afirma aquella petición tan peligrosa del Padrenuestro: «perdónanos como nosotros perdonamos».

b) ¡Cuántas veces nos dedicamos a juzgar a nuestros semejantes! Juzgar significa meternos a fiscales y a jueces. Con frecuencia, lo hacemos sin tener en la mano todos los datos de su actuación y sin darles ocasión de defenderse, sin escuchar sus explicaciones.

Los defectos que tenemos nosotros no los vemos, pero sí la más pequeña mota en el ojo del vecino. Se nos podría acusar de ser hipócritas, como el fariseo que se gloriaba ante Dios de «no ser como los demás», sino justo y cumplidor.

Jesús nos enseña a ser tolerantes, a no estar siempre criticando a los demás, a saber cerrar un ojo ante los defectos de nuestros familiares y vecinos, porque también ellos seguramente nos perdonan a nosotros los que tenemos y no nos los están echando en cara cada día, o sí, pero nosotros debemos escuchar a Jesús. Estamos advertidos!

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25 de junio.

Homilía para el XII domingo durante el año A

En la última de las bienaventuranzas, Jesús había declarado felices a aquellos que son perseguidos por causa de la Justicia: Felices ustedes cuando los insulten, había dicho, los persigan y mintiendo digan toda suerte de males contra ustedes por mi causa, agregando: así persiguieron a los profetas que los precedieron. El Evangelio que hemos proclamado comenta y explica esta bienaventuranza.

En el texto que precede inmediatamente el de hoy, Jesús mandaba a sus discípulos a la misión, diciéndoles que los mandaba como a ovejas en medio de lobos. También les aconsejaba ser simples como palomas pero prudentes como serpientes, les advertía que serían traicionados por la gente, perseguidos, puestos presos, y que como él serían odiados.

A pesar de todo esto, les dice: No teman, una expresión que recorre como un estribillo el curso de este breve texto. No teman a aquellos que pueden hacer perecer su cuerpo, pero no pueden con el alma, con su persona. Teman solamente a Dios; él solo tiene el poder de mandar a la gehena. Pero se apresura a agregar que Dios es un Padre, que se preocupa de todos los detalles de nuestra vida, comprendidos, agrega Jesús, el número de nuestros cabellos (y seguro que había calvos entre los que escuchaban, como yo que estoy en vía de serlo)

Jesús interrogado por Pilato, sentíamos el Viernes santo, contesta haber venido al mundo para hacer justicia a la Verdad. Él invita a todos sus discípulos a no transigir nunca con el mensaje del Evangelio, a llamar a las cosas por su nombre, a decir “sí” cuando es “sí” y “no” cuando es “no”. Aquellos que son fieles a la verdad, en cualquier campo, lo pagan caro, a veces con la vida.

Cuando el cristianismo se difundió, durante las primeras generaciones cristianas, el Imperio Romano, que dominaba todavía gran parte del mundo, tenía su propia religión de estado, por la cual las otras religiones aparecían como una amenaza. Por eso los primeros mártires cristianos fueron frecuentemente mandados a la muerte “in odio fidei” (por odio a la fe).

Los numerosos mártires del sigo XX, y ahora también los del siglo XXI, raramente van a la muerte por odio a la fe de manera explícita (últimamente sí en los casos de los terroristas islámicos). Aquellos que los matan no se preocupan mínimamente de la fe, ni siquiera para detestarla. Ellos mueren a causa de su fidelidad al mensaje del Evangelio y a su verdad. Son matados en general por poderosos de este mundo, porque dan fastidio, en cuanto se ponen de parte de los pequeños, de los pobres, de los oprimidos, no en sentido político sino humano.

Dan fastidio, sea porque proclama la verdad, o simplemente porque viven en la verdad del mensaje evangélico de compartir, de respeto a la dignidad humana, de perdón de las ofensas. Son imitadores fieles de Juan el Bautista, cuya solemnidad es hoy sábado 24, él que fue decapitado simplemente porque había molestado a Herodes, y sobre todo a Herodías, recordándoles una principio fundamental de moralidad, que ellos habían infringido: No te es lícito tomar a la mujer de tu hermano. Antes todavía del mensaje de Jesús que leemos hoy, Juan era uno de aquellos que no temían a quien puede matar el cuerpo. Era un hombre libre.

Decía el papa emérito el 22 de junio de 2008: “Quien lo ama no tiene miedo:  “No hay  temor  en el amor —escribe el apóstol san Juan—; sino que el amor perfecto  expulsa  el  temor, porque el temor  mira al castigo; quien teme no ha  llegado  a  la  plenitud en el amor” (1 Jn 4, 18). Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación. Cuanto más crecemos en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos cualquier forma de miedo. En el pasaje evangélico de hoy, Jesús repite muchas veces la exhortación a no tener miedo. Nos tranquiliza, como hizo con los Apóstoles, como hizo con san Pablo cuando se le apareció en una visión durante la noche, en un momento particularmente difícil de su predicación: “No tengas miedo —le dijo—, porque yo estoy contigo” (Hch 18, 9-10)”

En nuestra oración de hoy, junto a la preocupación del Papa Francisco, llevemos a todos aquellos que en nuestro tiempo, hombres y mujeres, bajo diversos tipos de regímenes totalitarios, o en la jungla de nuestras economías ultra-liberales y de nuestras democracias selectivas, o delante a las orgías de violencia, que responden a otras violencias, continúan exponiéndose a las persecuciones, y por tanto a arriesgar su vida en la defensa de la verdad y en la fidelidad vivida en los valores evangélicos de compartir, de perdón, de amor, comprendidos aquellos menos populares: defensa de la vida, castidad, etc. Son ellos los verdaderos mártires de nuestro tiempo, más allá de las apariencias ideológicas, o que se pueda más o menos demostrar un día que murieron por odio a la fe.

Que María nuestra madre nos acompañe en este camino.

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21 de junio.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 11ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,6-11):

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.» El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia. Siempre seréis ricos para ser generosos, y así, por medio nuestro, se dará gracias a Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 111,1-2.3-4.9

R/. Dichoso quien teme al Señor

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R/.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R/.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) 2 Corintios 9, 6-11

a) Sigue Pablo hablando del tema de la colecta para la comunidad de Jerusalén. Ofrece más argumentos para que los cristianos de Corinto sean generosos en su donación:

– en el campo, la cosecha depende también de lo generosa que haya sido la siembra:

– Dios nos ha colmado de toda clase de favores: es lógico que nosotros seamos generosos con los demás;

– Dios nos premiará y no se dejará ganar en generosidad;

– pero hay que dar con buena cara, «no a disgusto ni por compromiso»: «al que da de buena gana lo ama Dios».

b) Ojalá fuera un retrato aplicable a nosotros lo que dice el salmo de hoy, que también ha recordado Pablo a los corintios: «dichoso quien teme al Señor… reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta…».

No se trata sólo de dar limosna a los pobres de cerca o a los de lejos. También tenemos que mostrar amabilidad con las personas que conviven con nosotros, y ayudarles en lo económico o en lo cultural o en lo espiritual. No es limosna: es la donación de nuestro tiempo, de nuestro interés, de nosotros mismos. No vaya a ser que protestemos de las injusticias que suceden en Yugoslavia, Albania o África, y luego pongamos mala cara al que vive con nosotros y no le ayudemos en lo que necesita.

También en el seno de una familia o de una comunidad, se tendría que poder decir que «en las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo». En un mundo que camina entre tinieblas, si somos caritativos, si mostramos interés por los demás y ayudamos al que está en necesidad (a un enfermo, por ejemplo), ya habrá un poco más de luz. Y, además, «por medio nuestro, se dará gracias a Dios», o sea, seremos ocasión para que otros experimenten la cercanía de Dios y le alaben.

Estamos en un momento en que va creciendo toda clase de voluntariados en nuestra sociedad: personas que dedican parte de su tiempo a ayudar gratuitamente a los demás. Los cristianos debemos practicar, todavía con mayor motivación, esta comunicación de bienes dentro y fuera de la Iglesia.

Hagamos caso de la urgente invitación de Pablo a los Corintios: el que tiene, dé al que no tiene. Y dé de buena gana.

2. Mateo 6,1-ó.16-18

a) Jesús exige a los suyos autenticidad. Que no practiquen el bien «delante de los hombres para ser vistos por ellos», sino por la recompensa que nos viene de Dios, que es quien nos ve y conoce nuestros méritos e intenciones.

Esto lo concreta en tres direcciones que abarcan toda nuestra vida: en relación con Dios (la oración), en relación con los demás (la caridad) y en relación a nosotros mismos (el ayuno).

En los tres aspectos es igual la dinámica:

– cuando hacemos limosna, no lo debemos hacer para que todos se enteren: Dios nos ve y nos premiará;

– cuando rezamos, no es para que todos se den cuenta de lo piadosos que somos, sino para tener un encuentro con Dios;

– cuando ayunamos, no buscamos el aplauso y la admiración de los demás, sino que lo hacemos por amor a Dios.

Cada vez, Jesús pone unas comparaciones que pueden parecer paradójicas si se toman al pie de la letra, pero que indican muy bien su invitación a una autenticidad interior:

– cuando hacemos limosna, «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha»,

– cuando oramos, «entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre»,

– cuando ayunamos, «perfúmate la cabeza y lávate la cara».

b) Es un programa muy serio de vida cristiana. Este evangelio lo leemos también al inicio de la Cuaresma, el miércoles de ceniza. Nos indica el estilo de nuestro seguimiento de Jesús. No se trata de no hacer limosna ni oración comunitaria ni ayuno. Sino de no buscar, en todo ello, las apariencias y la ostentación.

Si actuamos así, no buscando por hipocresía el aplauso de los demás (como los fariseos), sino tratando de agradar a Dios con sencillez y humildad, lo tendremos todo: Dios nos premiará, los demás nos apreciarán porque no nos damos importancia y nosotros mismos gozaremos de mayor armonía y paz interior.

Lo que cuenta en nuestra vida no es la opinión que los demás puedan tener de nosotros, sino lo que piensa Dios, que nos ve por dentro. Se repite para nosotros la afirmación de Jesús: «y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

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SAN LUIS GONZAGA

 (†  1591)

Fue Luis Gonzaga el mayor de los ocho hijos nacidos del matrimonio de Ferrante Gonzaga, marqueses de Castellón y condes de Tanasentena. Su nacimiento fue grandemente celebrado en la casa solariega de Castellón, a corta distancia de Villafranca y Solferino.

 Lo que había de ser aquel pequeñuelo decíalo su entusiasmo por las armas ya desde la edad de cuatro años. Cubierta la cabeza con un pequeño morrión, defendido el pecho con garbosa coraza, lanza en la mano y espadín en la cintura, gozaba de pasar revista de parada al ejército de su padre.

 Al disparar en Casale de Monferrato pesado arcabuz quemóse el rostro. Más tarde robó pólvora a los soldados del marqués y cargó temerariamente un cañón, cuya cureña, al retroceder por la reacción del disparo, estuvo a punto de aplastar al precoz artillerito.

 En el campamento aprendió a repetir vergonzosas palabrotas que su ayo tuvo prontamente que corregir. El recuerdo de estas que él llamó toda su vida sus faltas le ofreció, de mayor, constante ocasión de humillarse ante Dios.

 Descorazonóse el marqués al volver de su expedición a Túnez, cuando encontró a Luis demasiadamente dado a lo piadoso. Para poner coto al dominio que creía excesivo de la ascética en el corazón de su primogénito decidió enviarle a Florencia con Rodolfo, su segundo hijo, para que el atrayente fausto de la corte de los Médicis le curara.

 Fue allí donde, en la iglesia de los servitas, ofreció con voto su pureza a la reina de la celeste corte y recibió de ella el don de conservarla intacta en sí y en otros. Su misión universal de guardián de la pureza en la juventud tiene allí su raíz. En los medios de defensa y preservación de la virtud angélica va tan adelante como pocos santos. Eran una providencial ayuda para la juventud que apoyada en él le había de seguir.

 Se ha dicho que tanta precaución espiritual logró ensimismarle y convertirle en un misántropo. En contra de tal afirmación ofrecemos pruebas. Las numerosas cartas que en estas fechas escribía a su madre, doña Marta, demuestran con qué ilusión asistía a las corridas en el mismo palco del duque. Sus descripciones tan extraordinariamente minuciosas en los detalles son inexplicables si no gozara vivamente con la asistencia a tales espectáculos.

 Fue más adelante, en Mantua, donde comenzó a sentir los primeros amagos del mal de piedra, que sería un filón más que su sabia técnica espiritual explotaría en orden a lo eterno.

 Vuelto a Castellón, y en la intimidad de la vida familiar, empezó a escalar las cumbres de la unión con Dios. Horas pasaría extasiado en oración. Los criados atisbaban detrás de las puertas sus ratos de ocio a lo divino, puestos sus brazos en cruz y las rodillas sobre el frío mármol, los ojos en el crucifijo.

 Pero no era su piedad pasiva y no más. Ya entonces enseñaba el catecismo a los pobres y atendía con sus visitas y limosnas a los menesterosos.

 San Carlos Borromeo, cuando se encarga de prepararle para tomar por primera vez en sus labios el pan de los ángeles, queda maravillado al descubrir tan honda contemplación y un espíritu de mortificación tan varonil en cuerpo todavía tan joven.

 De nuevo preocupado por las inclinaciones que estimaba demasiado espirituales de Luis, don Ferrante, gobernador entonces de Monferrato, le conduce a Casale para que, bajo su inmediata vigilancia, tome más alegre parte en torneos, festivales, bailes, juegos y paradas militares, tanto a pie como a caballo. Las conversaciones con caballeros y damas conseguirían alejar del corazón de su primogénito, pensaba él, su demasiada inclinación al trato con Dios.

 Nada logró don Ferrante, ya que fue allí donde el ángel de la pureza formuló su decidido propósito de abrazar la vida religiosa, aunque sin decidir todavía en qué instituto. Allí visitaba a los padres capuchinos, el santuario de la Crea y a los padres barnabitas.

 No creyó prudente, con todo, manifestar nada a su padre todavía; pero la decisión de abandonar el mundo fue para él desde este momento definitiva e irrevocable.

 Al volver de Casale a Monferrato la proporción de sus penitencias aterró a su padre. Tres veces por semana se disciplinaba hasta derramar sangre. Fabricóse él mismo un cilicio con las estrellitas de las espuelas para los corceles y metía bajo sus sábanas astillas de madera para mejor martirizarse. Aquí también Luis cumplía una misión de ejemplaridad que había de arrastrar eficazmente a lo mejor de la juventud durante siglos.

 No paró el marqués hasta conducirle a Madrid, corte entonces la más poderosa del mundo, donde esperaba que sus esplendores habían de hacer entrar en razón al fervoroso Luis. Trasladóse a bordo de una galera de Juan Andrés Doria.

 Ofreció la ocasión soñada la invitación por parte de la emperatriz de Austria, hija del emperador Carlos V, viuda de Maximiliano II, a la marquesa de Castellón de que la acompañase como dama de honor. De sus cinco hijos, Luis y Rodolfo fueron escogidos para pajes de honor del príncipe Diego, hijo de Felipe II.

 Placeres, honores, seducciones y glorias no lograron doblar la convencida y férrea voluntad de Luis, de modo que renunciara a su ideal de total entrega a Dios.

 Si un día Luis forzará las puertas de una casa religiosa no habrá sido porque la suave brisa llevara allí su barca sin luchar con temporales.

 Cierto que desde entonces le ayudará la mano en su timón de Nuestra Señora del Buen Consejo, quien el 15 de agosto de 1583, desde su altar, le invita claramente a ingresar en la Compañía de Jesús. Esta devota imagen que se veneraba en la iglesia imperial, hoy catedral, pereció abrasada en las sacrílegas llamas de julio de 1936.

 Ya antes había pesado las razones que podían doblar su voluntad, en la indecisión de qué Instituto abrazar, a favor de la Orden de Ignacio. Dos de ellas más le vencían: la una, su celo por la salvación de las almas; la otra, el encontrar en ella cerrado el camino para cualquier dignidad eclesiástica.

 Apenas tuvo decidido el extremo con su confesor, comunicólo a su piadosa madre, quien, lejos de desanimarle, se propuso ayudarle mediando con don Ferrante.

 No era fácil alcanzar la victoria sobre un carácter tan tesonero como el del marqués, y menos después de haber concebido ilusiones tan numerosas sobre cuánto le había de ayudar su primogénito. Al primer intento de razonar su decisión no logró el joven Gonzaga sino verse arrojado coléricamente de su presencia.

 Pasado algún tiempo creyó el marqués buen camino para el logro de sus ilusiones, sin quebrar totalmente las de Luis, invitarle a que se contentase con entrar en una Orden religiosa que admitiera dignidades eclesiásticas. Con ello no cerraba la puerta a los triunfos humanos que esperaba de las maravillosas cualidades que todos descubrían en el primero de sus ocho hijos.

 La respuesta de Luis fue clara y terminante: “Padre —contestó—, si yo ambicionara honores conservaría el marquesado que Dios, por ser yo el primogénito, me ha dado, y no dejaría lo cierto por lo que no podré apetecer ya en esta vocación. Deseo entrar en la Compañía de Jesús porque, entre otras cosas, me aleja de tales dignidades”.

 Nada pudo, ayudando a don Ferrante, su primo fray Francisco Gonzaga, ministro general de los franciscanos, quien, de paso en aquellos días por Madrid, intentó, pero sin éxito, que tomara su sobrino ruta más a gusto del marqués. Es más: convencido, de la divina vocación de Luis, aseguró a don Ferrante que el llamamiento de lo alto era tan claro que nadie debía imprudentemente oponérsele. Ello ayudó a lograr del orgulloso pero siempre cristiano Gonzaga la promesa de que daría pronto su autorización para la entrada en la religión que Luis ansiaba.

 Cuando llegó el momento de cumplir la promesa dada, don Ferrante pensó que, enviándole a Mantua, Ferrara, Parma y Turín, Luis cambiaría sus fervorosos propósitos. Pero todo fue inútil.

 Tampoco lograron domar aquella voluntad hercúlea personalidades movidas por el marqués con el mismo fin. Ni un muy eximio religioso, ni el arcipreste de Castellón, ni un devoto prelado lograron que cediese un palmo en su intento.

 Al fin pudieron sobre la energía del marqués las muchas manchas de sangre sobre el pavimento de la alcoba de su primogénito, señales de sus penitencias.

 Siguiéronse los numerosos expedientes para la renuncia del marquesado a favor de Rodolfo.

 Con todo, hubo de partir Luis para Milán, donde durante ocho meses, con diecisiete años de edad, resolvería difíciles negocios de su padre con tal diplomacia que el marqués volvió de nuevo a la carga, aduciendo su avanzada edad, la inexperiencia de Rodolfo, la libertad que estaba decidido a concederle para cuanto se refiriese a su bien espiritual, y, sobre todo, el bien de todo género que podría hacer a manos llenas con el peso de su categoría social y su espiritual ejemplo.

 Largo sería referir con detalles las muchas batallas que todavía ofrecería don Ferrante a Luis. Decíale que en partiendo dejaría de llamarle hijo, que estando él herido en el lecho terminaba de arrancarle la vida, y así de muchas maneras. Nada pudo contra la coraza de Luis, quien, entre lágrimas, defendía el castillo de un corazón enamorado de ideales altos.

 Cuando el primogénito de los Gonzaga entraba en el noviciado de San Andrés de Roma, el marqués escribía al general, padre Claudio Aquaviva: “Hago saber a vuestra señoría reverendísima que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de esta mi casa…”

 De las industrias que ama la Compañía de Jesús en la formación de sus hijos las preferencias de Luis recayeron en cuanto fuera especialmente humillante. Su categoría social y representación política ofrecían abundante orgullo que poder valientemente pisar por amor de lo eterno.

 Luis manifestó la profundidad de su talento también entre los jesuitas. Muestra de ello fue el haber sido escogido por los superiores para sostener, conforme a la costumbre de entonces, en acto público la defensa de las tesis íntegras de la universa filosofía en presencia de tres cardenales y con general aplauso.

 A la muerte de don Ferrante recurrió doña Marta a los superiores para que Luis acudiera a poner paz entre el duque de Mantua y el hermano de Luis, Rodolfo, a propósito del Estado Solferino. Logrólo a satisfacción de ambos.

 Llevó también entonces a feliz término asunto más delicado. Habíase visto obligada doña Marta a abandonar su palacio, porque Rodolfo vivía en él con Elena Aliprandi, con general escándalo. Luis averiguó que en secreto estaban unidos en legítimo matrimonio y obligó a Rodolfo a que lo hiciera público, alejando de su ánimo los temores que había concebido de que este matrimonio sería desaprobado por los suyos.

 La caridad que ardía en el corazón de Luis le había de llevar al martirio en forma juvenil, arengadora para su seguimiento de la juventud perezosa. Pasando horas y días junto a la cabecera de los apestados que inundaron Roma en el año 1591; cargando sobre sus débiles hombros sus agotados cuerpos; queriendo atender a cuantos necesitaban en aquellos angustiosos días de su maternal solicitud, le prendió en sus garras la enfermedad que terminó consumiéndole. Su amor a la Eucaristía le hizo concebir la idea de alcanzar del cielo su muerte para la fiesta del Corpus. El cielo casi se lo concedió, ya que murió en la madrugada del viernes siguiente.

 De él dijo en su visión Santa María Magdalena de Pazzis: “Asaeteó con dardos de amor al corazón del Verbo”.

 El águila valiente de los Gonzaga podía ya desde entonces mecerse con un nuevo vuelo sobre las verdes llanuras de Castiglione sin amedrentarse de superar las altas colinas que les dan sombra.

 Doña Marta podría pronto dejar la airosa torre desde donde, melancólica, contemplaba la riente planicie del marquesado, para acudir a la beatificación en Roma de aquel Luis que la tierra, el papado y el cielo consideraban como la más galana joya de la brillante dinastía de los Gonzaga.

 Durante días repicarían como reinas las campanas de Castiglione, se prolongarían los banquetes entre viejos tapices, los cañones atronarían el aire y las fuentes manarían néctar para los servidores del marquesado.

 Los pórticos renacentistas de la antigua mansión señorial sentiríanse orgullosos de haber visto pasar bajo sus piedras aquel que llevaba al linaje Gonzaga a las máximas alturas de la gloria.

 La ciudad apellidada al par alcázar, santuario y jardín ofrecía para su alcázar un capitán de la juventud; para su santuario, un santo inconfundible, y para su jardín, una flor cuyo aroma de pureza embalsamaría ambientes hasta entonces de repulsiva corrupción y podredumbre.

 Si Luis ha pasado de moda para algunos sectores ¿no será quizá que para ellos no tienen sentido las armas de la fe, la aureola de la santidad y, sobre todo, la azucena de la pureza?

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20 de Junio.

Patrona de Argentina bendice nuestra Patria, haz que vivamos según las Bienaventuranzas de tu Hijo Jesús.

MARTES DE LA SEMANA 11ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (8,1-9):

Queremos que conozcáis, hermanos, la gracia que Dios ha dado a las Iglesias de Macedonia: En las pruebas y desgracias creció su alegría; y su pobreza extrema se desbordó en un derroche de generosidad. Con todas sus fuerzas y aún por encima de sus fuerzas, os lo aseguro, con toda espontaneidad e insistencia nos pidieron como un favor que aceptara su aportación en la colecta a favor de los santos. Y dieron más de lo que esperábamos: se dieron a sí mismos, primero al Señor y luego, como Dios quería, también a nosotros. En vista de eso, como fue Tito quien empezó la cosa, le hemos pedido que dé el último toque entre vosotros a esta obra de caridad. Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. No es que os lo mande; os hablo del empeño que ponen otros para comprobar si vuestro amor es genuino. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 145,2.5-6.7.8-9a

R/. Alaba, alma mía, al Señor

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él;
que mantiene su fidelidad perpetuamente. R/.

Que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) 2 Corintios 8,1-9

a) Pablo pide a los cristianos de Corinto que participen con generosidad en la colecta que se esta organizando a favor de la comunidad de Jerusalén.

Les pone como ejemplo a los cristianos de Macedonia, en Grecia. Estos eran más pobres que los de Corinto, pero se esforzaron «por encima de sus fuerzas» en ayudar a los de la iglesia madre de Jerusalén, y Pablo los pone como ejemplo de generosidad. Más aun: esos cristianos tienen a gloria el poder ayudar a otros más pobres y consideran, no un favor que ellos hacen, sino un favor que se les hace a ellos el permitirles organizar esta colecta.

No dieron lo que tenían, «se dieron a sí mismos».

Pero hay otro ejemplo todavía más expresivo: el mismo Jesús, que «siendo rico, se hizo pobre, para que vosotros, con su pobreza, os hagáis ricos». Lo mismo deberían hacer los de Corinto, que ya se distinguen por otras cosas: su fe, su sabiduría y la gratitud que deben sentir por Pablo.

b) Es una llamada a la generosidad para con los que son más pobres que nosotros en algo.

¿Somos solidarios con los demás o nos encerramos en nosotros mismos? Seguro que poseemos, en cierta abundancia, alguna clase de bienes: materiales, culturales, espirituales. ¿Somos generosos en compartirlos con los demás?

Eso puede pedírsenos en la sociedad, desde el 0’7 por los países del Tercer Mundo hasta las ayudas que se organizan dentro de nuestro ambiente más cercano. O en la Iglesia, cuando se nos pide que colaboremos, con nuestra aportación de dinero o de trabajo, (como aquí en Argentina, la semana pasada fue la colecta de Cáritas) en los proyectos de la comunidad. O en nuestra propia familia o comunidad, porque siempre hay alguien que necesita alguna clase de ayuda. Deberíamos practicar mucho más decididamente la comunicación cristiana de bienes.

No en plan de limosna. Como Cristo, que no dio limosna, sino que se entregó totalmente.

Como los de Macedonia que, según Pablo, «se dieron a sí mismos», haciendo lo que podían y más de lo que podían. La actitud de apertura y solidaridad con los demás debe caracterizar a los seguidores de Jesús.

2. Mateo 5,43-48

a) En el sermón de la montaña sigue Jesús contraponiendo la ley antigua con su nuevo estilo de vida: esta vez, en cuanto al amor a los enemigos.

La primera consigna, «amarás a tu prójimo», sí que estaba en el AT. La segunda, «aborrecerás a tu enemigo», no la encontramos en ningún libro, pero se ve que era la interpretación popular complementaria de la anterior. Jesús corrige esta interpretación: sus seguidores deberán amar también a los enemigos, o sea, a los que no sean de su familia o de su pueblo o de su gusto.

Saludar a los que nos saludan lo hacen todos. Amar a los que nos aman, es algo espontáneo, no tiene ningún mérito. Lo que ha de caracterizar a los cristianos es algo «extraordinario»: saludar a los que no nos saludan, amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen.

Jesús pone por delante como modelo nada menos que a Dios: «así seréis hijos de vuestro Padre, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos… sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

b) El que mejor ha imitado a Dios Padre es Jesús mismo. Si por alguien mostró preferencias fue por los pobres, los débiles, los marginados por la sociedad, los pecadores.

Y, al final, entregó su vida por todos y murió perdonando a los mismos que le crucificaban.

En nuestra pequeña historia de cada día caben, por desgracia, la distinción de personas por simpatía o interés, las rencillas e indiferencias sostenidas, o el rencor hacia quienes nos parece que no nos miran bien. Tenemos un campo de examen y de propósito al leer estas recomendaciones de Jesús.

Debemos superar lo que nos resulta espontáneo -poner buena cara a los amigos, mala a los que no nos resultan simpáticos- y actuar como Dios, que es Padre de todos y manda su sol y su lluvia sobre todos. Nosotros no le daremos lluvia a nadie, pero sí le podemos ofrecer buena cara, acogida, ayuda y palabras amables y, cuando haga falta, perdón.

Tal vez lo primero que tenemos que «perdonar» a los otros es eso, el que sean «otros», con su carácter, sus manías, sus opiniones. Nos encontramos con personas de otra cultura, edad, sexo, formación y, a veces, de raza y de situación social diferentes. Entonces es cuando tenemos que recordar la consigna de amar a todos, como el Padre, como Cristo. Porque cuando nos resultan simpáticos, no hace falta recordar ninguna consigna.

El gesto de paz que hacemos antes de ir a comulgar ¿lo restringimos mentalmente sólo para los amigos y los que congenien con nosotros, o lo entendemos como gesto simbólico de que, a lo largo de la jornada, pondremos buena cara a todos?

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Hoy en Argentina es un día patrio: el día de la Bandera.

Aunque la enseña patria fue creada el 27 de febrero de 1812, la fecha de su conmemoración coincide con la del fallecimiento de Manuel Belgrano, el 20 de junio de 1820.

El 20 de junio de 1820 murió Manuel Belgrano, creador de la enseña nacional, en cuyo honor se instauró como Día de la Bandera.

La fecha fue decretada por ley 12.361 del 8 de junio de 1938, con aprobación del Congreso, por el entonces Presidente de la Nación Argentina, Roberto M. Ortiz.

La bandera fue creada el 27 de febrero de 1812, durante la gesta por la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

La actual bandera de la Argentina está basada en la bandera creada por Manuel Belgrano, quien la diseñó con los colores de la escarapela nacional, celeste y blanca. Lamentablemente la prensa liberal y atea no relata que Belgrano se inspiró en los colores de la Virgen Inmaculada para crear la bandera, sin ánimo de criticar a otros próceres, Belgrano VERDADERAMENTE ERA CATÓLICO PRÁCTICO.

Los colores de la Bandera Argentina

Los colores de la bandera Argentina fueron tomados de los colores de la Virgen María, la Inmaculada. Lo confirman muchos testimonios escritos, como por ejemplo los textos del historiador Aníbal Rottjer:

“El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante y presidente de su Cabildo, dijo: “Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de quien era ferviente devoto”. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según afamados historiadores”. (Rotjer, A., El General Manuel Belgrano, Buenos Aires, 1970, p. 66).

El Oficio de Belgrano al Gobierno en el que comunica haber enarbolado una nueva bandera, fechado en Rosario, 27 de febrero de 1812, dice: “Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional”.

La pregunta es cuáles son los antecedentes de los colores de la escarapela, ya que el decreto del triunvirato de 18 de febrero de 1812 que la establece no indica los motivos. Primer antecedente, en las invasiones inglesas los húsares de Pueyrredón usaron la medida de la Virgen de Luján como distintivo. Este mismo que luego se usará para la escarapela y la bandera. Rotjer escribe:

Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usar de reconocimiento los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y las llaman de la medida de la Virgen, porque cada una de ella media 38 cm ., que era la altura de la imagen de Lujan“. (Rotjer, A., El General Manuel Belgrano, Buenos Aires, 1970, p. 61).

Segundo, el otro antecedente es el de la Bandera del Consulado:

al fundarse el Consulado en 1794, quiso Manuel Belgrano que su patrona fuera la Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución constaba de los colores azul y blanco. Belgrano en 1812 para el pabellón nacional ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones distintas de las dichas en 1794?“. El Padre Jorge Salvaire no conocía estos detalles y sin embargo afirma que: “con razón cuentan, no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria los colores blanco y azul había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María (como) ardiente devoto“. (Furlong, G. Belgrano el santo de la espada y de la pluma, Buenos Aires, 1974, p. 35)

Al ser bendecida por primera vez la bandera en Jujuy el 25 de mayo de 1812 Belgrano hace una proclama a sus soldados cuando les toma juramento de fidelidad a esa bandera, allí dice: “No olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que Él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda que la sostengamos…”

Manuel Belgrano, había concurrido a Luján en 1812 con su ejército a visitar a María y rezar el Rosario con los soldados, por eso en 1813 ofrecerá a la Virgen dos banderas tomadas al enemigo en la batalla de Salta. El 27 de junio se lee en la sesión del Cabildo de Lujan el siguiente oficio:

“Por la patria al señor presidente y demás señores del I. C. J. y R. de la villa de Luján / General del Ejército Auxiliador del Perú/ …Remito a V. S. dos banderas de división, que en la acción del 20 de febrero se arrancaron de la mano del enemigo, a fin de que sirva presentarlas a los pies de Nuestra Señora, a nombre del ejército de mi mando en el templo de ésa, para que se haga notorio el reconocimiento que mis hermanos de armas y yo estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por su mediación, y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos su gracia. Dios guarde V. S. muchos años. Jujuy, 3 de mayo de 1813. Manuel Belgrano (Instituto Belgraniano de Luján (21 de mayo de 2009). «Cronología de Belgrano en Luján»)

Cumplidos todos los trámites oficiales y notificaciones debidas, las banderas fueron colocadas ante la Santísima Virgen de Lujan el sábado 1 de julio de 1813.

Belgrano residió en Luján durante 1814 y consagró estos trofeos de guerra a la Virgen de la villa. Entre ellos se cuentan esas dos banderas de división realistas arrebatadas por el Ejército del Norte al ejército del general Pío Tristán en la Batalla de Salta, y que Belgrano destinó a Nuestra Señora de Luján en acción de gracias por su protección.

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“Nuestra bandera nació en un pedazo de pampa, junto al río inmenso y melancólico, en tiempos de guerra y de heroico apuro. No es símbolo de ninguna herejía, no es símbolo de ningún capitalismo, de ningún imperialismo, de ningún rencor fratricida; no ha amparado piratería ni conquistas injustas, ni siquiera venganzas criminales… Yo quisiera decir que los males que sufrimos hoy como pueblo los argentinos no son fruto de los crímenes nacionales, sino más bien de la imprevisión y de ingenuidad, de superficialidad y de ignorancia en último caso.”
PADRE LEONARDO CASTELLANI.

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Hoy en san Expedito.

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19 de junio.

LUNES DE LA SEMANA 11ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (6,1-10):

Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios. Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3cd-4

R/. El Señor da a conocer su victoria

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclamad al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»

Palabra del Señor

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1. (Año I) 2 Corintios 6,1-10

a) Pablo se siente «colaborador» y «servidor» de Dios, y no cesa de exhortar a los Corintios a que sepan aprovechar el «día de la gracia», el «día de la salvación», el tiempo favorable. Ser colaborador es no ser protagonista: el que lleva a cabo el proyecto de salvación es Dios. Pablo es nada más (y nada menos) el que da a conocer este plan salvador de Dios, profundamente preocupado de que llegue a cuantos más mejor.

Pablo dice lo que significa para un apóstol este ministerio: hace una lista impresionante de dificultades (luchas, golpes, cárceles, días sin comer, noches sin dormir) y, a la vez, de actitudes generosas por su parte (paciencia, amabilidad, amor). Ciertamente, no se presenta como un perezoso o resignado servidor: «con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la salvación». Le tachan de impostor o de moribundo o de pobre y le sentencian, pero resulta que está bien vivo y enriquece a los demás.

También aquí podría decir Pablo a los Corintios, como les había dicho en su primera carta: «sed mis imitadores como yo lo soy de Cristo» (I Co l l,l).

b) Este retrato de Pablo debería ser el de todo cristiano.

Los que en la comunidad cristiana tenemos alguna clase de vocación apostólica, dando testimonio de Cristo a los demás -familiares, alumnos, vecinos-, ya sabemos lo que nos espera. Aunque no tanto como Pablo, pero no nos debe extrañar que pasemos apuros y seamos signos de contradicción y tengamos que echar mano de nuestros mejores propósitos y «dones del Espíritu» para seguir fieles a nuestro camino.

¿Se podría decir de nosotros que «con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la salvación» y trabajamos sin desaliento por el bien de los demás? ¿o nos desanimamos fácilmente ante las dificultades y contradicciones?

Estas listas de Pablo parecen como el eco de las bienaventuranzas de Jesús: pobres, misericordiosos, perseguidos, pero felices y eficaces en nuestro servicio a la comunidad. Eso sí, con la ayuda de Dios. Como el salmo nos ha hecho decir, la victoria es del Señor, «su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo».

2. Mateo 5,38-42

a) Siguen las antítesis con que Jesús quiere hacer entender a sus seguidores un estilo de vida más perfecto y auténtico. Esta vez se trata de nuestra relación con quienes nos han ofendido.

La llamada «ley del talión» -ojo por ojo y diente par diente- era una ley que, en su tiempo, representaba un progreso: quería contener el castigo en sus justos límites, y evitar que se tomara la justicia por su cuenta arbitrariamente. Había que castigar sólo en la medida en que se había faltado: «tal como» (de ahí el nombre de «talión», del latín «talis»).

Pero Jesús va más allá, no quiere que se devuelva mal por mal. Pone ejemplos de la vida concreta, como los golpes, o los pleitos, o la petición de préstamos: «no hagáis frente al que os agravia… preséntale la otra mejilla… dale también la capa».

b) Es uno de los aspectos de la doctrina de Jesús que más nos cuesta a sus seguidores. Cuántas veces nos sentimos movidos a devolver mal por mal. Cuando perdonamos, no acabamos de olvidar, dispuestos a echar en cara su falta al que nos ha ofendido y vengarnos de alguna manera.

No se trata, tal vez, de poner la otra mejilla al pie de la letra. Pero sí, de aprender el espíritu de reconciliación, no albergar sentimientos de represalia personal («el que me la hace me la paga»), no devolver mal por mal, sino cortar las escaladas del rencor en nuestro trato con los demás. Jesús nos ha enseñado a amar a todos, también a los que no nos aman.

Esto no es una invitación a aceptar, sin más, las injusticias sociales y a cerrar los ojos a los atentados contra los derechos de la persona humana. Ni Jesús ni los cristianos permanecen indiferentes ante estas injusticias, sino que las denuncian. El mismo Jesús pidió explicaciones, en presencia del sumo sacerdote, al guardia que le abofeteó, y Pablo apeló al César para escapar de la justicia, demasiado parcial, de los judíos. Pero sí se nos enseña que, cuando personalmente somos objeto de una injusticia, no tenemos que ceder a deseos de venganza. Al contrario, que tenemos que saber vencer el mal con el amor. Es como la actitud de no-violencia de Gandhi, que practican tantas personas a la hora de intentar resolver los problemas de este mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús que muere pidiendo a Dios que perdone a los que le han llevado a la cruz.

¿Estoy dispuesto a devolver bien por mal, a acompañar durante dos millas al que me pidió la mitad, a prestar fácilmente mis cosas al que me parece que no lo merece o tal vez no me las pueda devolver? O sea, ¿soy una persona de paz, de reconciliación, no porque no me cueste perdonar, sino por mi decisión de imitar a Cristo?

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