29 de marzo.

MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Isaías 49,8-15.

Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir las herencias devastadas, para decir a los cautivos: “¡Salgan!”, y a los que están en las tinieblas: “¡Manifiéstense!”. Ellos se apacentarán a lo largo de los caminos, tendrán sus pastizales hasta en las cumbres desiertas. No tendrán hambre, ni sufrirán sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán nivelados. Sí, ahí vienen de lejos, unos del norte y del oeste, y otros, del país de Siním. ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres! Sión decía: “El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí”. ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!

Salmo 145,8-9.13-14.17-18.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas.
tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados.
El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad.

Evangelio según San Juan 5,17-30.

El les respondió: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: “Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados. Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

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1. Este poema de Isaias, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, nos prepara para ver luego en Cristo al enviado de Dios.

Es un canto que resalta el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de sus extravíos. Un Dios que es pastor y agricultor y médico y hasta madre. Que se prepara a salvar a los suyos del destierro, a restaurar a su pueblo. Las imágenes se suceden: «decid a los cautivos: salid; a los que están en tinieblas: venid a la luz». Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezcan sequía sus campos: «los conduce el Compasivo y los guía a manantiales de agua». Todo será alegría y vida.

Y por si alguien en Israel había dudado pensando «me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado», sepa que no tiene razón. «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues yo no te olvidaré».

El salmo nos lo ha hecho repetir para que profundicemos en el mensaje: «el Señor es clemente y misericordioso… el Señor es bueno con todos, es fiel a sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer».

2. Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a curar y liberar y devolver la alegría y la luz y la fiesta.

Lo ha mostrado curando al paralítico que esperaba junto a la piscina. El pasaje de hoy es continuación del milagro que leíamos ayer y que provocó una vez más las iras de sus adversarios. Jesús aprovecha para añadir su comentario al hecho, como suele hacer siempre en el evangelio de Juan.

Jesús «obra» en nombre de Dios, su Padre. Igual que Dios da vida, Jesús ha venido a comunicar vida, a curar, a resucitar. Su voz, que es voz del Padre, será eficaz, y como ha curado al paralítico, seguirá curando a enfermos y hasta resucitando a muertos. Es una revelación cada vez más clara de su condición de enviado de Dios. Más aun, de su divinidad, como Hijo del Padre.

Los que crean en Jesús y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se van a ver excluidos. El regalo que Dios ha hecho a la humanidad en su Hijo es, a la vez, don y juicio.

3. ¿Creemos de veras que Jesús, el Enviado y el Hijo, puede curarnos y comunicarnos su vida, y hasta resucitarnos, si nos hace falta? El milagro de la curación de un paralítico, ¿lo interpretamos nada más como un signo de su poder y de su buen corazón, o vemos en él el símbolo de lo que el Señor Resucitado quiere hacernos a nosotros este año?

Jesús es el que da la vida. Prepararnos a celebrar la Pascua es decidirnos a incorporar nuestra existencia a la de Cristo y, por tanto, dejar que su Espíritu nos comunique la vida en plenitud. Si esto es así, ¿por qué seguimos lánguidos, débiles y aletargados? Si nos unimos a él, ya no estaremos enfermos espiritualmente. Más aun, también nosotros podremos «obrar» como él y comunicar a otros su vida y su esperanza, y curaremos enfermos y resucitaremos a los desanimados.

Pascua es vida y resurrección y primavera. Para Cristo y para nosotros. ¿Seremos nosotros de esos que «están en el sepulcro y oirán su voz y saldrán a una resurrección de vida»? Cristo no quiere que celebremos la Pascua sólo como una conmemoración -en una primavera como ésta Jesús de Nazaret resucitó-, sino como renovación sacramental, para cada uno y para toda la comunidad, de su acontecimiento de hace dos mil años, que no ha terminado todavía.

Dios tiene el deseo de podernos decir, como en la primera lectura a su pueblo: «en el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado». Y de liberarnos, si estamos con cadenas. Y de llevarnos a la luz, si andamos en tinieblas.

Cada vez que comulgamos en la Eucaristía deberíamos recordar gozosamente la promesa de Jesús: «el que come mi carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día; como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mi» (Jn 6,56-57).

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28 de marzo.

MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Ezequiel 47,1-9.12.

El hombre me hizo volver a la entrada de la Casa, y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa, al sur del Altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Cuando el hombre salió hacia el este, tenía una cuerda en la mano. Midió quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a las rodillas. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a la cintura. Luego midió otros quinientos metros, y ya era un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido: era un agua donde había que nadar, un torrente intransitable. El hombre me dijo: “¿Has visto, hijo de hombre?”, y me hizo volver a la orilla del torrente. Al volver, vi que a la orilla del torrente, de uno y otro lado, había una inmensa arboleda. Entonces me dijo: “Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas parte adonde llegue el torrente. Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio”.

Salmo 46,2-3.5-6.8-9.

El Señor es nuestro refugio y fortaleza, una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar;
Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios, la más santa Morada del Altísimo.
El Señor está en medio de ella: nunca vacilará; él la socorrerá al despuntar la aurora.
El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan a contemplar las obras del Señor, él hace cosas admirables en la tierra:

Evangelio según San Juan 5,1-16.

Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. . Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: “¿Quieres curarte?”. El respondió: “Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y camina”. En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: “Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla”. El les respondió: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina'”. Ellos le preguntaron: “¿Quién es ese hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y camina?'”. Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

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1. La lectura profética nos prepara a entender luego la escena del evangelio: el tema común es el agua que cura y salva, y por tanto, en el marco de la Cuaresma, el recuerdo de nuestro Bautismo, que tendrá su actualización más densa en la Vigilia Pascual.

Las aguas que brotan del Templo, o sea, que vienen de Dios, lo purifican y lo curan todo a su paso, hacen que los campos produzcan fértiles frutos y que el mar muerto se llene de vida. Es un hermoso simbolismo que volveremos a escuchar en la Vigilia Pascual. Apunta, por una parte, con un recuerdo de añoranza, al paraíso inicial de la humanidad, regado por cuatro ríos de agua, y, por otra, al futuro mesiánico, que será como un nuevo paraíso.

2. Durante tres días vamos a leer el capítulo quinto de Juan.

La piscina de Betesda tenía aguas medicinales. Pero a aquel pobre hombre paralítico nadie le ayudaba a llegar al agua. Cristo le cura directamente. No sin reacciones contrarias por parte de sus enemigos, porque este signo milagroso lo había hecho precisamente en sábado.

3. El agua, tanto la que anuncia poéticamente el profeta como la del milagro de Jesús, estará muy presente en la Noche de Pascua. De Cristo Resucitado es de quien brota el agua que apaga nuestra sed y fertiliza nuestros campos. Su Pascua es fuente de vida, la acequia de Dios que riega y alegra nuestra ciudad, si le dejamos correr por sus calles. ¿Vamos a dejar que Dios riegue nuestro jardín?

El agua es Cristo mismo. Baste recordar el diálogo con la mujer samaritana junto al pozo, en Juan 4: él es «el agua viva» que quita de verdad la sed. Si el profeta ve7’a brotar agua del Templo de Jerusalén, ahora «el Cordero es el Santuario» (Ap 21,22) y de él nos viene el agua salvadora. La curación del paralítico por parte de Jesús es el símbolo de tantas y tantas personas, enfermas y débiles, que encuentran en él su curación y la respuesta a todos sus interrogantes.

El agua es también el Espíritu Santo: «si alguno tiene sed, venga a mi, y beba el que crea en mi: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,37-39).

Dios, en la Pascua de este año, quiere convertir nuestro jardín particular, y el de toda la Iglesia, por reseco y raquítico que esté, en un vergel lleno de vida. Si hace falta, él quiere resucitarnos de nuestro sepulcro, como lo hizo con su Hijo. Basta que nos incorporemos seriamente al camino de Jesús. ¿Nos dejaremos curar por esta agua pascual? ¿de qué parálisis nos querrán liberar Cristo y su Espíritu este año?

Pero, además, ¿ayudaremos a otros a que se puedan acercar a esta piscina de agua medicinal que es Cristo, si no son capaces de moverse ellos mismos («no tengo a nadie que me ayude»)?

Lo que dice el salmo se refiere a nuestra pequeña historia: «el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios… teniendo a Dios en medio, no vacila». El agua salvadora de Dios es su palabra, su gracia, sus sacramentos, su Eucaristía, la ayuda de los hermanos, la oración. La aspersión bautismal de los domingos y sobre todo la de la Vigilia Pascual nos quieren comunicar simbólica y realmente esta agua salvadora del Señor.

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27 de marzo.

LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Isaías 65,17-21.

Sí, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que no completen sus años, porque el más joven morirá a los cien años y al que no llegue a esa edad se lo tendrá por maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos:

Salmo 30,2.4-6.11-13.

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría.
Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor”.
Tú convertiste mi lamento en júbilo, me quitaste el luto y me vestiste de fiesta,
para que mi corazón te cante sin cesar. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!

Evangelio según San Juan 4,43-54.

Transcurridos los dos días, Jesús partió hacia Galilea. El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: “Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen”. El funcionario le respondió: “Señor, baja antes que mi hijo se muera”. “Vuelve a tu casa, tu hijo vive”, le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y leanunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. “Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre”, le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”. Y entonces creyó él y toda su familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

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Al comenzar las ferias de la cuarta semana, las lecturas cuaresmales cambian de orientación.

Antes leíamos los tres evangelistas sinópticos, con pasajes del AT formando una unidad temática con la página del evangelio. Ahora vamos a leer, hasta Pascua (y también durante toda la Pascua, hasta Pentecostés), al evangelista Juan, en lectura semicontinuada de algunos de sus capítulos.

Antes había sido nuestro camino de conversión el que había quedado iluminado día tras día por las lecturas. Ahora se nos pone delante como modelo del cambio de Pascua y de nuestra lucha contra el mal el camino de Jesús, con la creciente oposición de sus adversarios, que acabarán llevándole a la cruz.

1. El profeta anuncia como una vuelta al paraíso inicial: Dios está proyectando un cielo nuevo y una tierra nueva. Dios quiere que el hombre y la sociedad vuelvan al estado primero de felicidad, equilibrio y armonía.

La de hoy se parece a las páginas que solemos leer en el Adviento. La vuelta del destierro de Babilonia -que es lo que anuncia el profeta- se describe con tonos poéticos, un poco idílicos, de nueva creación en todos los sentidos: todo será alegría, fertilidad en los campos y felicidad en las personas.

El salmo es lógico que también sea optimista: «me has librado, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir, cambiaste mi luto en danzas; Señor, te daré gracias por siempre».

2. De momento a Jesús le reciben bien en Galilea, aunque él ya es consciente de que «un profeta no es estimado en su propia patria».

En Caná, donde había hecho el primer milagro del agua convertida en vino, hace otro «signo» curando al hijo del funcionario real de Cafarnaún. De nuevo aparece un extranjero con mayor fe que los judíos: «el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino».

La marcha de Jesús hacia la muerte y la resurrección está sembrada de hechos en que comunica a otros la salud, la vida, la alegría.

3. Ya quedan menos de tres semanas para la Pascua.

Pero no somos nosotros los protagonistas de lo que quiere ser esta Pascua. No somos nosotros los que le dedicamos a Dios este tiempo o nuestros esfuerzos. Es él quien tiene planes. Es él, como hizo con el pueblo de Israel, ayudándole a volver del destierro, y con su Hijo Jesús, cuando le sacó del sepulcro como primogénito de una nueva creación, quien quiere llevar a cabo también con nosotros un cielo nuevo y una tierra nueva.

Es Dios quien desea que esta próxima Pascua sea una verdadera primavera para nosotros, incorporándonos a su Hijo. Porque «el que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Co 5, l 7).

Jesús nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, y liberarnos de toda tristeza y esclavitud, y perdonarnos todas nuestras faltas. Si tenemos fe. Si queremos de veras que nos cure (cada uno sabe de qué enfermedad nos tendría que curar) y que nos llene de su vida. A los que en el Bautismo fuimos sumergidos en la nueva existencia de Cristo -ese sacramento fue una nueva creación para cada uno- Jesús nos quiere renovar en esta Pascua.

Cuando nos disponemos a acercarnos a la mesa eucarística decimos siempre una breve oración llena de humildad y confianza: «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Es la misma actitud de fe del funcionario de hoy. Y debe ser nuestra actitud en vísperas de la Pascua.

¿Dejaremos a Jesús que «haga milagros» en su patria, entre «los suyos» entre nosotros, que le seguimos de cerca? ¿o pensamos que sólo entre los alejados hace falta que sucedan la conversión y la nueva creación y los cielos nuevos? ¿Podremos cantar con alegría, en la Pascua, también nosotros, y pensando en nosotros mismos: «te ensalzaré, Señor, porque me has librado» ?

En la noche de Pascua escucharemos el relato poético de la primera creación y también el de la nueva creación, la resurrección de Cristo. Ambas se nos aplican a nosotros en un sacramento que estará esa noche muy especialmente presente en nuestra celebración: el Bautismo.

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26 de marzo.

Homilía para el IV Domingo de Cuaresma A

Cuando la desgracia o algo doloroso nos pasa, como un accidente o enfermedad, nuestra primera reacción en la mayoría de los casos, es decir, “¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué he hecho para merecer esto?. Esta es precisamente la pregunta que le plantean los discípulos a Jesús en presencia del ciego de nacimiento. O, más exactamente, ellos quieren saber si esta desgracia le ha sucedido a este hombre a causa de sus propios pecados o por pecados de sus parientes. Jesús se niega a encerrarse en tal razonamiento. Para él, el mal – ya sea daño físico o mal moral -. no es algo que debe ser explicado. El mal para Jesús debe ser eliminado. Específicamente, Jesús viene para salvar del mal a la humanidad.

Este evangelio es importante para todos nosotros, porque todos somos ciegos de nacimiento en algún sentido. Por eso el Señor nos dice. “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Juan 9, 5)

Repasemos de nuevo lo esencial del Evangelio de hoy: Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: “Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: “Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son “expulsados” por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento. Aquí la clave de interpretación es quien ve realmente, los Fariseos o el Ciego de nacimiento. ¿Cómo andamos de la vista nosotros?

Por nosotros mismos, no podemos ver. Sólo Él es la luz, y Él solo puede dar la luz, ya que fue enviado por el Padre para eso. ¿Habrá algo, entonces, que podamos hacer? Sí, “ve a lavarte a la piscina de Siloé”, dice Jesús (v. 7). Entonces nuestros ojos se abrirán, y nosotros que nacimos ciegos, veremos. Esta es la obra del Señor.

Siloé significa “Enviado” o “Aquel que fue enviado” Todos sabemos que fue enviado por el Padre. Si no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros podría haber sido liberado del pecado . Y a menos que vayamos a Él, que fue enviado, nos mantenemos en nuestro pecado y nuestra ceguera y por tanto nos mantemos lejos de la luz.

A lo largo de su vida terrena, Jesús expresó claramente en palabras y hechos, que él era la luz del mundo y la fuente de la vida. El reino que el vino a inaugurar ya estaba presente en su persona. Por dónde él pasa, la oscuridad y la muerte están obligados a retirarse. Él sana a los ciegos, (como leemos este domingo) e hizo venir a Lázaro de vuelta a la vida (como veremos el domingo próximo). Toda la creación ha sido afectada por esta encarnación de la Luz y la Vida.

A aquellos que tuvieron fe en él, y que aceptaron seguirlo, él les ofreció compartir sus bendiciones con ellos: “El que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11, 25), y “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”(Juan 8, 12).

En su carta a los Efesios, Pablo llega a conclusiones morales de todo esto: Él dice a los fieles que ellos antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor y que por lo tanto tienen que vivir ahora como hijos de la luz (Efesios 5, 8-14).

Los cristianos se convirtieron en luz. Esto quiere decir que están despiertos de la muerte e iluminados en Cristo. Esta afirmación no es vagamente poética, es verdadera fuente de alegría. También tiene graves obligaciones. Porque no es poca cosa ser con Cristo, luz del mundo. Sin embargo, es la misión de la Iglesia, y por lo tanto la de cada uno de nosotros.

Se requiere una gran sencillez de corazón para recibir la luz de Cristo y para ser capaz de compartirla con los demás. Como se trata de una respuesta clara y simple la del ciego del evangelio a los fariseos que lo interrogaban por su curación. “El hombre llamado Jesús puso en mis ojos barro y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”, yo fui, me lavé, y me encontré con la vista” (Jn 9,11). El hecho de su curación es tan evidente que no está interesado en las explicaciones que le puedan dar. Los fariseos, por el contrario, están tan interesados en las explicaciones que se están perdiendo lo obvio.

Y así se hizo el juicio manifiesto de Dios (v.39). Aquellos que piensan que ven y no ven permanecen en la oscuridad. Pero el ciego, ha llegado a la luz – la luz aquí, para Juan, es la vida en comunión con Cristo resucitado, que es la Luz del mundo. Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. Que María nuestra Madre nos ayude a ponernos el colirio del amor y de la misericordia de Dios, es la única forma de ver. Pidamos también la humildad de saber pedir ser curados de la ceguera. Vivir sin ver es un riesgo porque de golpe se puede hacer la luz y uno puede estar en un lugar que no quiere, que no sirve y que no plenifica. Jesús es la luz y está para que brille, lavemos el barro de toda nuestra vida en el agua limpia y verdadera de Dios, para ser nueva creación. Amén

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25 de marzo.

Anunciación. Fra Angelico.

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

 ¿Cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel? ¿Cómo fue aquella aurora resplandeciente para los hombres? ¿Cómo vino el sol tan callandito y se hizo de día sin que los hombres lo supieran? ¿Cómo fue Gabriel?

¿Imagináis? Es verdad que en los pintores del Renacimiento, como en el veneciano Pennacchi, vemos a María reclinada sobre silla de oro, vestida de seda y de brocado, en estancia lujosa a cuyo fondo se desvanece una perspectiva urbana de pináculo y perros fugitivos. Gabriel, en estos cuadros, despliega la gloria de sus alas, llenando la estancia mientras están frescas las azucenas del búcaro, que —como en casi todas las catedrales españolas—, son el símbolo de la pureza de María y el recuerdo cristiano de este momento. Gabriel abre su mensaje, sobre la filacteria, donde caracteres aún góticos dejan ante nuestros ojos las palabras mágicas: “Ave María, gratia plena…”.

Pero ¿fue así de veras? Lástima que la ley mosaica prohibiese pintar y esculpir imágenes, lo que ha hecho imposible la existencia de una iconografía contemporánea de nuestra Madre. ¡Si ni siquiera tenemos el rostro de María! En las catacumbas de Priscila, de principios del siglo II, está la más antigua imagen de María. Pero en tal estado que apenas si se advierte la figura de María sentada, con el Niño en brazos, morena la piel, las líneas suaves y las cejas pobladas.

En las mismas catacumbas está también la primitiva representación del gran momento. Y censurada por San Juan Crisóstomo, a quien no gustaba que el ángel fuese sustituido por un joven, porque tal restaba sobrenaturalidad a la escena. Un curioso libro del padre Interiam de Ayala, publicado en 1730, señala otros errores, como el herético de Valentino, en el que un cuerpecillo baja al seno de María en el raudal de luz celeste, y critica los fondos de palacios suntuosos, las vestiduras sacerdotales o la avanzada edad del ángel, así como la falta de equilibrio religioso o de dignidades en la escena.

Buscad, si queréis, en la historia de la pintura, de la escultura, de la miniatura… En los museos de antiguas ropas sacras y en las colecciones de miniaturas. En todo tiempo, y sobre todo durante el gótico y el románico, la Anunciación es el tema más querido de los artistas. Desde las grutas de Brudisi, del siglo XII, hasta hoy. Llenando el cántaro en la fuente, como en el díptico de Bugatti, o con anteojos y rezando el rosario, que pone a la Señora un pintor andaluz. En las planas y devotas pinturas del Giotto y Fra Angélico, de fray Lippi, de Cosa, de Ferrer Bassa, de Van Eyck…

Pero más nos gustan esas devotas y simples Anunciaciones que en los retablos levantinos anónimos, en los pórticos de las catedrales, en los remates de las columnas de los claustros, reviven la gran escena con la simplicidad admirable de una devoción fervorosa.

Pero… ¿cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel?

Bien sabemos que no había reclinatorios de oro, sino esterillas para el suelo, el suelo de tierra apisonada, endurecida, si acaso con algunas losas de piedra. Bien sabemos que no había estancias lujosas, sino una habitación interna, sin luz, o acaso el patio interior de la casa de Moría, con un brocal para el pozo, una parra para el sol y un poyo de piedra para el cansancio. Bien sabemos que no había perspectiva de pináculos y torres, ni senderos floridos de setos, sino, en todo caso, la sencilla visión de una callecita aldeana, con gallinas picoteando al sol, balidos lejanos, niños jugando en la tierra, el paso alegre de unas muchachas o el cansino y lento caminar de unos bueyes camino de la fuente comunal.

“El ángel entró a donde ella estaba…”.

Sí. María estaba en su estancia, seguramente ese cuartito escaso de luz donde resplandecería misteriosamente la figura de Gabriel, correo de Dios. Como varón, igual que se presentó a Daniel en Babilonia. Su luz, sin duda, hizo ver a María, junto a las palabras, que aquél era un enviado de lo Alto.

María tenía su corazón lleno de la esperanza del Mesías. Había decidido consagrarse a la oración. Dar a Dios su virginidad total a cambio de que Yahveh apresurase el envío del que habría de redimir a los hombres. ¡Los hombres! ¡Qué triste y larga historia de caídas, de cobardías, de suciedad, de blasfemias, de idolatría, de pecado, de lodo, de pobre miseria humana! Desde el día triste en que Adán y Eva pierden el favor del Creador, los hombres esperan que una mujer quebrante la cabeza de la serpiente. Los profetas han ido trayendo retazos de esperanza. Han indicado dónde nacerá y de quién, de qué familia, y cómo ha de morir, y cómo han de jugarse los hombres sus vestidos. La esperanza del mundo ha ido haciéndose más intensa, más dolorosa, a medida que los hombres mismos han ido cayendo cada vez más abajo por el camino abrupto de las cobardías y las traiciones a la Ley.

Sobre este mundo corrupto, en cada generación un puñado de hombres buenos montan la guardia de la esperanza. Muchos morirán sin ver el gran día. Pocos podrán tener la suerte de Simeón, a quien el Espíritu ha revelado que no morirá antes de haber visto al Ungido del Señor. Pero la esperanza se ha conservado intacta, de corazón en corazón, como en relevos, hasta llegar a este día. La Doncella piensa en los libros, medita los salmos de su antecesor, el profeta y rey David, madura su corazón en lenta espera. María no espera al Salvador como a caudillo político, a cabeza de rebelión contra Roma. No ve en él, simplemente, un mejorador de la existencia humana del pueblo elegido. Sabe que esta salvación ha de ser total, definitiva, eterna. Zacarías, Ana la profetisa, Simeón, han tenido indicaciones de que el tiempo está ya cercano. Y María, que nace limpia de pecado, elegida ya desde siempre por la voluntad del Padre, está siendo cultivada por Dios mismo en esta ansia de ser mediadora, de ser holocausto, de ser tierra madre donde la semilla de Dios ha de germinar, para que crezca Jesús-Arbol, a cuya sombra el mundo tendrá sentido y la Redención pesará sobre sus secas ramas en forma de cruz. Dios mismo es quien hace nacer en el corazón de María la decisión de consagrarse. De ser santa, tabernáculo, primera custodia que mostrará a los hombres la redondez blanca de Cristo.

¿Imagináis, pues, con qué mesurada ansiedad estaría María dispuesta para algún desconocido signo que le mostrase, al fin, la voluntad de Yahveh? ¡Cómo sería remanso, para que en aguas plácidas se reflejase complacido el rostro del Padre! ¡Cómo sería silencio, para que la voz esperada resonase claramente! ¡Cómo sería “sí” para ayudar al Padre en la gran redención de los hombres!

María, llena de suspiros.

Pero un rosal necesita apoyo. Necesita muro que le guarde de los vientos, de la cellisca y de la nieve. Hacía falta el muro. Hacía falta José. María y José se desposan. José será la sombra ancha y fuerte que necesitarán María y Jesús. Ambos, José y María, han decidido vivir juntos su vida de virginidad. Dice Williams que “la vida oculta de Jesús influía ya de antemano en María y José”. Y así, tras la apariencia ordinaria de unos desposorios vulgares, se escondía nada menos que la preparación del hogar de Jesús,

Es en este momento —sexto mes tras la noticia de la concepción de Isabel— cuando Gabriel es enviado por el Señor “a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una Virgen que estaba desposada con un varón llamado José, de la casa de David”. Es ahora cuando María está en su cuarto, recogida en silencio y soledad, como un álamo suspirante de pájaros. Y Gabriel, hecho ascua de luz, delante de la doncella, da sus palabras de fuego y de sonrisa.

¿Cómo fue, María? ¿Cómo fue, Gabriel?

Vendría el ángel vestido de impaciencia. Traía, como flechas en aljaba, las palabras de Dios que disparar al corazón esperante de María. Vendría vestido de prisa y con el vestido rojo del amor. Con la sonrisa misma del Padre: “ve a Ella y sonríele de esta manera.” ¿Verdad que podemos pensar, enamoradamente, en cómo el Padre instruiría a Gabriel, en cómo le enseñaría a decir las tremendas palabras del saludo, de la felicitación, de la promesa y de la responsabilidad?

“¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!”

Tú ya sabes, María, que eres llena de gracia. Es el tuyo, Señora, un conocimiento exacto, rotundo, sin pizca de vanidad humana, con plena conciencia de lo que eres. Tú ya sabes que el Señor está contigo, porque seguro que has venido sintiendo estos años su presencia, porque de algún modo Él tiene que haber estado en contacto contigo, aunque sólo sea convirtiendo tu oración en misterioso diálogo. Tú ya sabes que eres la única criatura a quien Dios pueda saludar así, porque, desde Adán, ningún ser humano ha estado lleno de gracia y ha poseído al Señor comoTú.

“Ella se turbó por tal lenguaje y consideraba qué podía significar aquel saludo…”

No era, no, un susto de los sentidos. Era ya el presentimiento del gran momento. María se sabe de Dios, pero ¿qué es lo que habrá de exigirla? ¿Cuál será su voluntad? Ni aun María, criatura del Padre desde su concepción sin pecado, es capaz de imaginar los planes de Dios. Por esto se turba María; esta es la dirección del “consideraba”. Pensar en qué manera, Señora, vas a ser utilizada para la Redención, es algo, sin duda, esperado y, sin embargo, capaz de turbar incluso esta alma tuya, que no ha de sentir nunca las oleadas de los hombres. Pero he aquí que ya está el Padre previniendo con exquisito, con delicado amor, el pasmo de María:

“No temas, porque has hallado gracia delante de Dios.”

No temas, Señora. ¿Recuerdas ahora las palabras de Isaías?

“El pueblo que andaba entre tinieblas y sombras de muerte ve una luz potente. A los que moraban en el país de oscuridades de muerte les brilla una luz. Tú multiplicas el pueblo y aumentas su alegría… Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío…”

María, absorta, tiene ya su corazón en calma. Sabe que es Yahveh mismo quien habla por boca del ángel, y que sus palabras están anunciando su destino, están diciéndole lo que se espera de Ella. Aún antes de que el ángel termine de hablar, María está diciendo que “si” con los ritmos de su corazón. Pero Gabriel sigue:

“Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin.”

Este es el momento, el gran momento por el que han suspirado los siglos. Las profecías ya tienen sentido y las Palabras empiezan a encajar en sus sitios como ladrillos de un muro. La esperanza misma tiene nombre. Se llama Jesús y viene por los caminos de María, doncella de Nazareth.

Fuera de esta estancia, ya comprendéis, todo sigue igual. Las gallinas siguen picoteando al sol, jugando los niños en los charquitos de la calle, lejanos los hombres negados al misterio, encerrados, bobos ellos, en su prisa, su olvido, su risa y su ignorancia. No ha pasado nada fuera de esta estancia. No ha habido lluvia de estrellas, ni se ha incendiado una zarza, ni el sol ha girado en sí mismo, ni se ha eclipsado la luz. Los hombres, bobos ellos, no saben que la Luz ha venido a este mundo. Que la Luz está ya en este mundo, aunque este mundo no la conocerá sino demasiado tarde para advertirla en sí misma.

Pero aún María querrá allanar los caminos. Y pregunta a Yahveh mismo, a través de Gabriel, con la sencilla admiración de su pureza:

—¿Cómo se efectuará esto, pues yo no conozco varón?”

—”El Espíritu Santo descenderá sobre ti —dice el ángel, explicando lección de teología, aunque casi no hace falta— y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el mes sexto para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles.”

María quiere saber. Saber cómo vendrá a Ella este Hijo misterioso. No es duda del poder omnímodo de Yahveh. Es el deseo, como dice algún comentarista, “de instrucción más precisa”.

Y entonces María dice su palabra. Para los tiempos de los tiempos, esta será “la palabra” de María. Esta será la palabra que simbolice la aceptación gozosa de la voluntad de Dios: “Hágase.” Es el “sí” de la Señora, el “sí” que el mundo espera anhelosamente en medio de su desconocimiento. Los justos que esperan resurrección al paraíso, los hombres de las generaciones precedentes, contienen un momento el aliento para escuchar la voz sencilla y cálida de María, la voz que va a allanar de veras los caminos de Dios:

—”¡He aquí la esclava del Señor! ¡Hágase en mí según tu palabra”

A la gozosa hora del mediodía, cuando huele a pan caliente y horneado, cuando los niños gritan a la salida de los colegios; cuando los bronces de los relojes dan la letanía de las horas; cuando el sol está más arriba, millones de hombres, a lo largo de los siglos, van a repetir en la emocionante plegaria del Angelus las palabras de María. Dios mismo no ha querido forzar las cosas. ¿No ven los fatalistas, los deterministas, los que pretenden negar la libertad humana, que Dios mismo necesita el “sí” del hombre para hacer su obra sin violentarle? ¿No ve el gran respeto del Padre por sus criaturas, cuando hasta su enviado espera la aceptación de esa muchacha de Nazareth para redimir al mundo? En aquel momento, María, con su “hágase”, se abre como camino para que las cosas tengan sentido. Para que el hombre pueda reconciliarse con la herencia perdida y la historia se parta en dos.

“Hágase”. La misteriosa palabra de María en la Anunciación.

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24 de marzo.

VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (14,2-10):

Esto dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros y volved al Señor. Decidle:
“Tu quitas toda falta, acepta el pacto. Pagaremos con vuestra confesión; Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos. En ti el huérfano encuentra compasión”.
“Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos: los justos andan los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 80,6c-8a.8bc-9.10-11ab.14.17

R/. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.
Clamaste en la aflicción, y te libré.R/.

Te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.
Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel! R/.

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué de la de Egipto.R/.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!
Los alimentaría con flor de harina,
los saciaría con miel silvestre.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,28b-34):

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
– «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús:
– «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. ” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos».
El escriba replicó:
– «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
– «No estás lejos del reino de Dios.»
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

____________________

1. Hoy, viernes, de nuevo se nos habla de la conversión.

El profeta Oseas habla a las tribus del Norte -Israel- antes del destierro y les urge a que se conviertan.

La primera parte del pasaje es una oración humilde del pueblo, prometiendo su vuelta a Dios. Es interesante que el mismo Dios ponga en labios de su pueblo las palabras que está deseando oírle: «perdona nuestra iniquidad, recibe el sacrificio de nuestros labios».

El pecado principal había sido contra el primer mandamiento, «no tendrás otro dios más que a mí». Por eso el arrepentimiento se refiere a la idolatría: «no nos salvará Asiria, no montaremos a caballo (o sea, no buscaremos alianzas militares con pueblos extranjeros, sino que nos fiaremos de Dios), no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos (no fabricaremos ni adoraremos ídolos)».

La segunda parte es la respuesta amable de Dios acogiendo de nuevo a su pueblo, como se acoge al hijo pródigo que vuelve o a la esposa caprichosa después de su escapada: «yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, seré rocío para Israel».

Oseas añade por su cuenta que será sabio el que siga este camino de conversión y prudente el que haga caso de la invitación de Dios.

2. Gracias a la pregunta de este buen letrado sabemos a cuál de las numerosas normas que tenían los judíos -más de seiscientas- le daba más importancia Jesús.

La respuesta es clara y sintética: «amarás al Señor tu Dios… amarás a tu prójimo como a ti mismo: no hay mandamiento mayor que estos».

Los dos mandamientos no se pueden separar. Toda la ley se condensa en una actitud muy positiva: amar. Amar a Dios. Amar a los demás. Esta vez la medida del amor al prójimo es muy cercana y difícil: «como a ti mismo». Porque a nosotros sí que nos queremos y nos toleramos. Pues así quiere Jesús que amemos a los demás.

3.

a) ¿Es actual la tentación de la idolatría? ¿podriamos estar faltando al primero y más importante mandamiento?

Sí, también para nosotros se ha repetido hoy el salmo: «yo soy el Señor, Dios tuyo… no tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero… ojalá me escuchase mi pueblo y caminase por mi camino». También a nosotros nos dice Jesús que «el Señor nuestro Dios es el único Señor» y que hay que amarle «con todo el corazón».

En nuestro caso no serán ídolos de madera o de piedra hechos por nuestras manos. Pero sí pueden ser otros valores que absolutizamos: el dinero, el éxito, el placer, la comodidad, las estructuras, nuestra propia persona.

Seguimos teniendo la tentación de pactar con Asiria o montar a caballo: de poner nuestra confianza en medios humanos, sin escarmentar por los fracasos que vamos teniendo ni por las veces que quedamos defraudados por haber recurrido a ellos. Cada uno sabrá, en el examen más exigente de la Cuaresma, cuáles son los ídolos en los que está poniendo demasiado interés, olvidándose de Dios.

b) Haremos bien en escuchar las apasionadas palabras de Dios, asegurándonos que nos quiere curar, que está dispuesto a perdonarnos también este año, que nos sigue amando a pesar de nuestras distracciones.

Y en saber orientar nuestra vida según lo que Jesús nos ha dicho que es lo principal: el amor. Preguntémonos sinceramente si nuestra vida está organizada según este mandamiento: ¿amamos? ¿amamos a Dios y al prójimo? ¿o nos amamos sólo a nosotros mismos?

Tal vez hubiéramos preferido que Jesús contestase a aquel buen hombre diciéndonos que debemos rezar más, o bien ofrecer tales o cuales sacrificios.

Pero le dijo, y nos dice a nosotros, que lo que debemos hacer es amar. Y eso es lo que más nos cuesta en la vida. Se entiende, amar gratuitamente, sin pedir nada a cambio, entregando nuestro tiempo, interesándonos por los demás. Es una consigna que nos ocupa las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana.

Una vez más hemos de recordar que, antes de ir a comulgar con Cristo, se nos invita a dar la paz a los que tenemos al lado, como representantes de todos los que encontraremos a lo largo del día en nuestra vida. Comulgamos con un Cristo entregado por los demás, para que vayamos aprendiendo a amar: a entregarnos y a ser pan partido para los demás. La Cuaresma consiste en seguir el camino de Cristo a su Pascua: y ese camino es de entrega, de amor total.

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23 de marzo.

JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Jeremías 7,23-28.

Esta fue la orden que les di: Escuchen mi voz, así yo seré su Dios y ustedes serán mi Pueblo; sigan por el camino que yo les ordeno, a fin de que les vaya bien. Pero ellos no escucharon ni inclinaron sus oídos, sino que obraron según sus designios, según los impulsos de su corazón obstinado y perverso; se volvieron hacia atrás, no hacia adelante. Desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta el día de hoy, yo les envié a todos mis servidores los profetas, los envié incansablemente, día tras día. Pero ellos no me escucharon ni inclinaron sus oídos, sino que se obstinaron y obraron peor que sus padres. Tú les dirás todas estas palabras y no te escucharán: los llamarás y no te responderán. Entonces les dirás: “Esta es la nación que no ha escuchado la voz del Señor, su Dios, ni ha recibido la lección. La verdad ha desaparecido, ha sido arrancada de su boca”.

Salmo 95,1-2.6-9.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias, aclamemos con música al Señor!
¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
“No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras.

Evangelio según San Lucas 11,14-23.

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada, pero algunos de ellos decían: “Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: “Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

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1. Escuchamos hoy una queja amarga de Dios, por medio del profeta. Una queja contra su pueblo Israel porque no cumple la alianza que había pactado: «no escucharon, caminaban según sus ideas, me daban la espalda».

Es inútil que se sucedan los profetas enviados por Dios: «ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán… Ia sinceridad se ha perdido».

Se trata de una acusación que clama al cielo: «aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios».

2. A Jesús algunos tampoco le escuchan ni le hacen caso. Para no tener que prestar atención a lo que dice, que es incómodo, buscan excusas. Hoy, una que es realmente poco razonable: que lanza los demonios en connivencia con el mismo Satanás.

La respuesta de Jesús está llena de sentido común: un reino dividido no podrá subsistir. Lo que pasa es que sus adversarios no quieren reconocer lo evidente, que ya ha llegado el Reino prometido. Que ya ha llegado el que es más fuerte que el maligno y está entablando con él una lucha victoriosa. Es que, si reconocen esto, tendrán que aceptar a Jesús como el Mesías de Dios y hacer caso del testimonio que está dando.

3. Contra los que se quejan Dios en el AT y Jesús en el evangelio, son precisamente los del pueblo elegido, los que oficialmente se consideran los mejores. Pero se ve que eso mismo, de alguna manera, les inmuniza contra lo que diga Jesús y no saben escuchar la voz de Dios.

No hay sinceridad. No quieren ver la luz. Jesús les acusará en otras ocasiones de «pecar contra el Espíritu Santo», o sea, de pecar contra la luz, no queriéndola ver, a pesar de que sea evidente.

¿Estamos nosotros mereciendo de alguna manera esta acusación de Jesús? ¿estamos causándole una desilusión en nuestro camino de este año a la Pascua, que ya está exactamente en su mitad? El Viernes Santo, durante la adoración de la Cruz, cantaremos una lamentación que el profeta pone en labios de Dios: «pueblo mío, ¿qué te he hecho?».

¿Tendremos que sentirnos aludidos?

En el ritual del Bautismo hay un gesto simbólico expresivo, el «effetá», «ábrete». El ministro toca los labios del bautizado para que se abran y sepa hablar. Y toca sus oídos para que aprenda a escuchar. Dios se ha quejado hoy de que su pueblo no le escucha.

¿Se podría quejar también de nosotros, bautizados y creyentes, de que somos sordos, de que no escuchamos lo que nos está queriendo decir en esta Cuaresma, de que no prestamos suficiente atención a su palabra?

La Virgen María, maestra en esto, como en otras tantas cosas, de nuestra vida cristiana, nos ha dado la consigna que fue el programa de su vida: «hágase en mí según tu palabra».

Va por nosotros el salmo de hoy: «ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón».

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22 de marzo.

MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

 Deuteronomio 4,1.5-9.

Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, el Dios de sus padres. Tengan bien presente que ha sido el Señor, mi Dios, el que me ordenó enseñarles los preceptos y las leyes que ustedes deberán cumplir en la tierra de la que van a tomar posesión. Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oir todas estas leyes, dirán: “¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!”. ¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros siempre que lo invocamos?. ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?. Pero presta atención y ten cuidado, para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que se aparten de tu corazón un sólo instante. Enséñalas a tus hijos y a tus nietos.

Salmo 147,12-13.15-16.19-20.

¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión!
El reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti;
Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente;
reparte la nieve como lana y esparce la escarcha como ceniza.
Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel:
a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos. ¡Aleluya!

Evangelio según San Mateo 5,17-19.

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

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  1. Moisés exhorta a su pueblo, en vísperas de entrar en la tierra prometida, a que viva según la voluntad de Dios, que cumpla la parte que le toca en la Alianza que han firmado con Dios: tienen que vivir según sus mandamientos. La Alianza se concreta en normas de vida.

Se lo dice en tono positivo: ¡qué afortunado es un pueblo como el de Israel, que tiene un Dios tan cercano, un Dios que le dirige su palabra, que le orienta, que le enseña su sabiduría! Eso no lo tiene ningún otro pueblo. Siguiendo esos caminos que Dios les señala, caminos que son en verdad justos y sensatos, llegarán a la felicidad y a la vida.

El salmo nos invita a alabar a Dios («glorifica al Señor, Jerusalén») por lo mismo, porque ha bendecido a su pueblo comunicándole su palabra: «él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz… anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel: con ninguna nación obró así».

  1. A veces Jesús en el evangelio critica las interpretaciones exageradas que los maestros de su época hacen de la disciplina. Pero hoy la defiende, diciendo que hay que cumplir los mandamientos de Dios. El no ha venido a abolir la ley. En todo caso, a darle plenitud, a perfeccionarla.

Invita a cumplir las normas que Dios ha dado, las grandes y las pequeñas. A cumplirlas y a enseñar a cumplirlas.

  1. Si los israelitas estaban orgullosos de la palabra que Dios les dirigía y de la sabiduría que les enseñaba, nosotros los cristianos tenemos razones todavía mayores para sentirnos contentos: Dios nos ha dirigido su palabra viviente, su propio Hijo, el verdadero Maestro que nos orienta en la vida. Nosotros sí que podemos decir: «con ninguna nación obró así».

La Cuaresma es el tiempo de una vuelta decidida a Dios, o sea, a sus enseñanzas, a sus caminos, los que nos va mostrando cada día con su palabra. Sin seleccionar sólo aquello que nos gusta. Y no quedándonos tampoco en palabras. Cuaresma es tiempo de obras, de cambio de vida.

La ley bien entendida no es esclavitud. Puede ser signo de amor y de libertad interior. La ley -los mandamientos de Dios, las normas de la vida familiar de la comunidad religiosa, o de la Iglesia- se puede cumplir sólo por evitar el castigo, o por un sentido del deber, o por amor. El amor lo transforma todo. También las cosas pequeñas, los detalles. El amor de cada día está hecho de detalles, no tanto de cosas solemnes y heroicas.

Nosotros escuchamos con frecuencia la palabra de Dios. Cada día nos miramos al espejo para ver si vamos conservando la imagen que Dios nos pide. Cada día volvemos a la escuela, en la que el Maestro nos va ayudando en una formación permanente que nunca acaba. Es una de las consignas de la Cuaresma: poner más atención a esa palabra, sobre todo en la primera parte de la Eucaristía. Para contrarrestar otras muchas palabras que luego escuchamos en este mundo y que generalmente no coinciden con lo que nos ha dicho Dios.

En la Cuaresma nos hemos propuesto orientar nuestra conducta de cada día según esa palabra. Que se note que algo cambia en nuestra vida porque nos preparamos a la Pascua, que es vida nueva con Cristo y como Cristo.

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Para profundizar:

–Deuteronomio 4,1.5-9: Guardad los preceptos y cumplidlos. La Ley es expresión de la voluntad divina y forma parte de la alianza. La observancia de la Ley ha de producir dos efectos en los gentiles: el reconocimiento de la sublimidad de la Ley y la constatación de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Las grandes maravillas realizadas por Dios en favor de Israel debieron ser motivos para ser fieles al Señor. Pero la historia de la salvación nos manifiesta lo contrario: el pueblo de Dios fue ingrato e infiel al Señor muchas veces. Fue ingrato al Señor.

¿Y nosotros? En realidad, Dios ha realizado aún mayores portentos con nosotros, por la Encarnación de su Hijo, la Redención, la institución de la Iglesia, la Eucaristía y los demás sacramentos… También nosotros hemos recibido los mandamientos y preceptos de Dios para que los cumplamos. Esos preceptos y mandatos son santos, sabios e inviolables, como el mismo Dios. Son frutos de la bondad, de la sabiduría, de la justicia y de la santidad de Dios. ¿Puede haber para nosotros algo mejor, más razonable, más santo, más poderoso y más dichoso que la santa voluntad de Dios, expresada en sus mandamientos? Tal vez muchas veces hemos dejado de cumplirlos.

Hoy, en esta celebración cuaresmal volvamos a escoger de nuevo el camino de los divinos preceptos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y a tu prójimo como a ti mismo»

No seamos como los escribas y fariseos del tiempo de Jesucristo. Ellos cumplían, en apariencia, los mandatos de Dios, interpretando la letra según su interés. Digamos y cumplamos nosotros lo que Jesús dijo: «Mi comida consiste en hacer siempre la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Debemos morir a la propia voluntad, para vivir entera y ciegamente confiados en la santa voluntad de Dios, entregados totalmente a su beneplácito, al gobierno y Providencia de Dios y llevando, según sus mandamientos, una conducta intachable. Esta es la esencia de la vida cristiana. ¿Pensamos así? ¿Vivimos así?

–Si Dios nos ha dado mandamientos y leyes es para que vivamos y nos salvemos. Por eso, los preceptos del Señor son la alegría del hombre, que se ve distinguido y privilegiado con ellos. De ahí brota el deseo de una fidelidad sincera, que manifestamos con el Salmo 147: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz, manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».

–Mateo 5,17-19: Quien cumpla los mandamientos y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. La santa Cuaresma es un tiempo adecuado para examinar nuestra vida entera, para una revisión de vida en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Cristo vino a vivificar la ley y a perfeccionarla. Él fue modelo en el cumplimiento de la voluntad divina. Dice San Bernardo:

«Y ya que en la voluntad de Dios está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino, vida de nuestra alma. Procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5).

No se haga mi voluntad, sino la tuya, dijo el Señor (Mc 14,36; cf. Mt 26,33-46; Lc 22,40-46). Y comenta San León Magno:

«Esta voz de la Cabeza es la salvación de todo el Cuerpo; esta voz enseña a todos los fieles, enciende a los confesores, corona a los mártires» (Sermón 58).

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21 de marzo.

MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Daniel 3,25.34-43.

El replicó: “Sin embargo, yo veo cuatro hombres que caminan libremente por el fuego sin sufrir ningún daño, y el aspecto del cuarto se asemeja a un hijo de los dioses”. – «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»

Salmo 25,4-9.

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día.
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud: Por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres.

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?’. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

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1. Hoy hemos hecho nuestra esa hermosa oración penitencial que el libro de Daniel pone en labios de Azarías, uno de los tres jóvenes condenados en Babilonia al horno de fuego por no querer adorar a los ídolos falsos y ser fieles a su fe. Es parecida a otras que ya hemos leído, como la de Daniel y la de Ester.

Azarías (¡qué bueno que la Biblia ponga una oración así en boca de un joven que se sabe mantener creyente en medio de un mundo ateo!) reconoce el pecado del pueblo: «estamos humillados a causa de nuestros pecados»; expresa ante Dios el arrepentimiento: «acepta nuestro corazón arrepentido como un holocausto de carneros y toros»; y el propósito de cambio: «ahora te seguimos de todo corazón, buscamos tu rostro».

Sobre todo expresa su confianza en la bondad de Dios: «no nos desampares, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia… trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia». Para ello no duda en buscar la intercesión (la «recomendación») de unas personas que si habían gozado de la amistad de Dios: los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob (Israel).

2. Una vez más el evangelio da un paso adelante: si la primera lectura nos invitaba a pedir perdón a Dios, ahora Jesús nos presenta otra consigna, que sepamos perdonar nosotros a los demás.

La pregunta de Pedro es razonable, según nuestras medidas. Le parece que ya es mucho perdonar siete veces. No es fácil perdonar una vez, pero siete veces es el colmo. Y recibe una respuesta que no se esperaba: hay que perdonar setenta veces siete, o sea, siempre.

La parábola de Jesús, como todas las suyas, expresa muy claramente el mensaje que quiere transmitir: una persona a la que le ha sido perdonada una cantidad enorme y luego, a su vez, no es capaz de perdonar una mucho más pequeña.

3.

a) En la Cuaresma nosotros podemos dirigirnos confiadamente a Dios, como los tres jóvenes en tiempos de crisis, reconociendo nuestro pecado personal y comunitario, y nuestro deseo de cambio en la vida. O sea, preparando nuestra confesión pascual. Así se juntan en este tiempo dos realidades importantes: nuestra pobreza y la generosidad de Dios, nuestro pecado y su amor perdonador. Tenemos más motivos que los creyentes del AT para sentir confianza en el amor de Dios, que a nosotros se nos ha manifestado plenamente en su Hijo Jesús. En el camino de la Pascua, nos hace bien reconocernos pecadores y pronunciar ante Dios la palabra «perdón».

Podemos decir como oración personal nuestra -por ejemplo, después de la comunión- el salmo de hoy: «Señor, recuerda tu misericordia, enséñame tus caminos, haz que camine con lealtad… el Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores…». Y como los jóvenes del horno buscaban el apoyo de sus antepasados, nosotros, como hacemos en la oración del «yo confieso», podemos esperar la ayuda de los nuestros: «por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles y los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mi ante Dios Nuestro Señor».

b) Pero tenemos que recordar también la segunda parte del programa: saber perdonar nosotros a los que nos hayan podido ofender. «Perdónanos… como nosotros perdonamos», nos abrevemos a decir cada día en el Padrenuestro. Para pedir perdón, debemos mostrar nuestra voluntad de imitar la actitud del Dios perdonador.

Se ve que esto del perdón forma parte esencial del programa de Cuaresma, porque ya ha aparecido varias veces en las lecturas. ¿Somos misericordiosos? ¿cuánta paciencia y tolerancia almacenamos en nuestro corazón? ¿tanta como Dios, que nos ha perdonado a nosotros diez mil talentos? ¿podría decirse de nosotros que luego no somos capaces de perdonar cuatro duros al que nos los debe? ¿somos capaces de pedir para los pueblos del tercer mundo la condonación de sus deudas exteriores, mientras en nuestro nivel doméstico no nos decidimos a perdonar esas pequeñas deudas? Y no se trata precisamente de deudas pecuniarias.

Cuaresma, tiempo de perdón. De reconciliación en todas las direcciones, con Dios y con el prójimo. No echemos mano de excusas para no perdonar: la justicia, la pedagogía, la lección que tienen que aprender los demás. Dios nos ha perdonado sin tantas distinciones. Como David perdonó a Saúl, y José a sus hermanos, y Esteban a los que le apedreaban, y Jesús a los que le clavaban en la cruz.

El que tenga el corazón más sano que dé el primer paso y perdone, sin poner luego cara de haber perdonado, que a veces ofende más. Sin pasar factura. Alejar de nosotros todo rencor. Perdonar con amor, sintiéndonos nosotros mismos perdonados por Dios.

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18 de marzo ordenaciones presbiteral y diaconales.

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19 de marzo.

Altar San León Magno en el Vaticano, dónde están sus restos. La escultura lo muestro deteniendo a Atila.

Homilía para el III Domingo de Cuaresma A

Hay en este Evangelio algo sorprendente y que implica sin duda una lección para nosotros. Es que Jesús, finalmente, no ha recibido el agua que pedía. Estaba cansado y sediento y le pidió agua a la Samaritana diciéndole: “Dame de beber“. Esta petición provoca entre ellos dos una conversación animada y, al final, la mujer está tan entusiasmada que, dejando allí su cántaro, corre a la ciudad para hablarle de Jesús a la gente que encuentra. Si nos limitamos al relato tal como lo encontramos en el Evangelio, no sacó agua para Jesús antes de correr a la ciudad.

Hay sin duda una lección en esa situación. Nuestras necesidades crean en nosotros una apertura a la relación, y cuando las expresamos a una persona, establecemos una relación con ésta. La relación misma es más importante que la satisfacción de la necesidad. La relación de Jesús con la Samaritana era más importante para Él – y también, desde luego, y más tratándose de Cristo, para ella – que el hecho de recibir o de no recibir agua para tomar. Hay gente, que por carencia afectiva, pone el acento en la necesidad y por tanto tiene dificultades para entenderse con el otro, pues no interrelaciona bien. Si Jesús se hubiese obsesionado en recibir el agua, o la samaritana en sacarla, sin importar la dinámica de la conversación, no hubiese habido un proceso de anuncio, conversión y misión. Había una relación, pues se hablaban, contestaban y escuchaban en el mismo registro.

Es quizás también este, el sentido de la oración. Cuando expresamos a Dios todas nuestras necesidades, establecemos una relación entre Él y nosotros; y esta relación es mucho más importante que el hecho de recibir o no lo que Le pedimos. Sobre la Cruz, el Viernes Santo, Jesús gritará: “Tengo sed“. Y allí tampoco recibirá agua para tomar – simplemente algunas gotas de vinagre puestas sobre sus labios con una esponja al final de un largo palo. Y sin embargo, algunos minutos más tarde, dirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

El relato del Libro del Éxodo nos describe al pueblo de Dios en el desierto. Están cansados, puesto que andan desde hace mucho tiempo y no tienen nada para comer. Es pues completamente comprensible desde el punto de vista humano, que se rebelaran contra Dios, incluso si Él tanto hizo por ellos. Olvidan el pasado y la atención constante de Dios por ellos y, con una violencia desatinada, se ponen a quejarse y dicen con cólera: “Danos de beber” (Éxodo 17,2). Este grito dirigido a Dios, por su intermediario Moisés, habría podido ser un llamamiento confiado en un momento de prueba – una demanda inspirada por el optimismo y segura de recibir una respuesta favorable. En realidad, era una clase de blasfemia pronunciada en la desesperación. Y sin embargo Dios los escuchó … Les dio el agua que brota de la peña.

Es fácil establecer un lazo entre este relato y las palabras de Jesús sobre el “agua viva” en el Evangelio de Juan (4, 5-42): “Quienquiera que beba del agua que yo le daré … tendrá en él una fuente que brota hasta la vida eterna.” Sería sin embargo erróneo ver en el Evangelio de hoy solamente el tema del agua viva. Este Evangelio es mucho más rico que eso. Encontramos allí varios elementos entrelazados con cuidado. El Evangelio de Juan está construido en efecto en torno a una serie de signos, cada uno es explicado o bien por un discurso o bien por un diálogo. Tenemos aquí dos signos y dos diálogos.

Primero Jesús está cansado y le pide pan a sus discípulos (v. 8). Cuando se lo traen, al final, les hace ver que hay otros alimentos (vv. 31-34). Asimismo, entre estos dos momentos, es decir después de la salida de los discípulos y antes de su vuelta, Jesús pide de beber a la Samaritana (v.7) y cuando le responde a través de una serie de preguntas, le habla de otro tipo de agua (vv. 13-14). Tenemos una transposición semejante cuando pasa de la mención de los cultos materiales -samaritano o judío- a la del culto en espíritu y en verdad (v. 20-24), y también cuando les pide a sus discípulos que miren la cosecha material, para prepararlos para la cosecha espiritual.

La lección es doble. La primera es que no nos debemos preocupar solamente por los alimentos y bebidas materiales o todavía por el culto exterior y por la cosecha, sino que nos debemos preocupar por la bebida espiritual que es el amor de Dios difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver la lectura de san Pablo), y de los alimentos espirituales, que consisten en hacer la voluntad de nuestro Padre, como culto espiritual que consiste en atestiguar la Buena Nueva. Lo cual no significa despreciar o descuidar lo externo sino darle realidad.

La segunda lección, que es sin duda el corazón del mensaje que tenemos aquí, es que estas dos dimensiones – la material y la espiritual – están unidas tan esencialmente la una a la otra, que la segunda no puede existir sin la primera. Es importante observar que Jesús le habla de agua viva solamente a una persona a la cual ha pedido que le de agua natural, para beber; a una mujer, que no hablaban los hombres con las mujeres y además de una sociedad enemiga: samaritana; y Jesús menciona el pan eterno a sus discípulos solamente después de haberlos mandado buscar pan material para apaciguar su hambre física.

Es esta una importante lección para nosotros. Tenemos necesidades materiales y necesidades espirituales, y Dios se ocupa de las dos. Asimismo, nuestros hermanos tienen necesidades materiales y necesidades espirituales, y nos debemos ocupar también de las dos. ¡Si no respondemos a las primeras no podemos pretender atender las segundas debidamente!

María Santísima proclama con su solicitud esta realidad, después de la anunciación no se evade en un ‘pseudomisticismo’ sino que se pone en marcha, con el peligro que implicaba, para visitar y asistir a su prima santa Isabel.

Que Ella en este camino cuaresmal nos enseñe a ordenar las cosas materiales y espirituales con el equilibro que da la limosna y fundamentalmente la caridad, y el ejercicio humano de un diálogo que procura escuchar en serio y comunicarse de verdad.

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17 de marzo.

VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

 

Libro de Génesis 37,3-4.12-13.17-28.

Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el hijo de la vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas. Pero sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio que ni siquiera podían dirigirle el saludo. Un día, sus hermanos habían ido hasta Siquém para apacentar el rebaño de su padre. Entonces Israel dijo a José: “Tus hermanos están con el rebaño en Siquém. Quiero que vayas a verlos”. “Está bien”, respondió él. “Se han ido de aquí, repuso el hombre, porque les oí decir: “Vamos a Dotán”. José fue entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán. Ellos lo divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían confabulado para darle muerte. “Ahí viene ese soñador”, se dijeron unos a otros. “¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!”. Pero Rubén, al oír esto, trató de salvarlo diciendo: “No atentemos contra su vida”. Y agregó: “No derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongan sus manos sobre él”. En realidad, su intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y salvo. Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, estos lo despojaron de su túnica – la túnica de mangas largas que llevaba puesta – , lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba completamente vacía. Luego se sentaron a comer. De pronto, alzaron la vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto. Entonces Judá dijo a sus hermanos: “¿Qué ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne”. Y sus hermanos estuvieron de acuerdo. Pero mientras tanto, unos negociantes madianitas pasaron por allí y retiraron a José de la cisterna. Luego lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de planta, y José fue llevado a Egipto.

 

Salmo 105,16-21.

 

El provocó una gran sequía en el país y agotó las provisiones.

Pero antes envió a un hombre, a José, que fue vendido como esclavo:

le ataron los pies con grillos y el hierro oprimió su garganta,

hasta que se cumplió lo que él predijo, y la palabra del Señor lo acreditó.

El rey ordenó que lo soltaran, el soberano de pueblos lo puso en libertad;

lo nombró señor de su palacio y administrador de todos sus bienes,

 

Evangelio según San Mateo 21,33-34.45-46.

Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

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  1. Hoy, viernes, las lecturas nos presentan más explícitamente el destino de cruz y muerte que espera a Jesús al final de su camino.

Y en el AT se ha buscado una figura entrañable: José, traicionado por sus propios hermanos.

La de José es una historia novelada, «edificante», que expresa las infidelidades de Israel y sobre todo del estilo que tiene Dios de sacar bien del mal.

«Matémoslo y echémoslo en un pozo cualquiera». Aunque después se conformaron con venderle a los mercaderes que pasaban por allá. Es el fruto de una raíz interior: la envidia, el rencor de los hermanos para con José (que, por cierto, también contribuye a fomentar esos sentimientos contándoles imprudentemente sus sueños de grandeza).

La lectura termina ahí. Pero el salmo -de nuevo muy oportuno- prolonga la historia y nos dice cómo aquello, que parecía una maldad sin sentido, tuvo consecuencias positivas para la salvación de Israel: «por delante había enviado a un hombre, José, vendido como esclavo: hasta que el rey lo nombró administrador de su casa».

  1. La historia de José se repite en Jesús.

La parábola de los viñadores que llegan a apalear a los enviados y a matar al hijo parece calcada del poema de Isaías 5, con el lamento de la viña estéril. Pero aquí es más trágica: «Matémoslo y nos quedaremos con su herencia». Los sacerdotes y fariseos entendieron muy bien «que hablaba de ellos» y buscaban la manera de deshacerse de Jesús.

También aquí, lo que parecía una muerte definitiva y sin sentido, resultó que en los planes de Dios conducía a la salvación del nuevo Israel, como la esclavitud de José había sido providencial para los futuros tiempos de hambre de sus hermanos y de su pueblo. El evangelio cita el salmo pascual por excelencia, el 117: «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». La muerte ha sido precisamente el camino para la vida. Si el pueblo elegido, Israel, rechaza al enviado de Dios, se les encomendará la viña a otros que sí quieran producir frutos.

  1. a) Durante la Cuaresma, y en particular los viernes, nuestros ojos se dirigen a la Cruz de Cristo.

Todavía con mayor motivo que José en el AT, Jesús es el prototipo de los justos perseguidos y vendidos por unas monedas. La envidia y la mezquindad de los dirigentes de su pueblo le llevan a la muerte. Su camino es serio: incluye la entrega total de su vida.

Nuestro camino de Pascua supone también aceptar la cruz de Cristo. Convencidos de que, como Dios escribe recto con líneas torcidas, también nuestro dolor o nuestra renuncia, como los de Cristo, conducen a la vida.

  1. b) También tenemos que recoger el aviso de la esterilidad y la infidelidad de Israel.

Nosotros seguramente no vendemos a nuestro hermano por veinte monedas. Ni tampoco traicionamos a Jesús por treinta. No sale de nuestra boca el fatídico propósito «matémosle», dedicándonos a eliminar a los enviados de Dios que nos resultan incómodos (aunque sí podamos sencillamente ignorarlos o despreciarlos).

Pero se nos puede hacer otra pregunta: ¿somos una viña que da sus frutos a Dios? ¿o le estamos defraudando año tras año? Precisamente el pueblo elegido es el que rechazó a los enviados de Dios y mató a su Hijo. Nosotros, los que seguimos a Cristo y participamos en su Eucaristía, ¿podríamos ser tachados de viña estéril, raquítica? ¿se podría decir que, en vez de trabajar para Dios, nos aprovechamos de su viña para nuestro propio provecho? ¿y que en vez de uvas buenas le damos agrazones? ¿somos infieles? ¿o tal vez perezosos, descuidados?

En la Cuaresma, con la mirada puesta en la muerte y resurrección de Jesús, debemos reorientar nuestra existencia. En este año concreto, sin esperar a otro.

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Para profundizar:

“Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron”. En estas palabras con las cuales Jesucristo cierra la acción de los viñadores sobre el hijo y, sobre todo, lo que el dueño de la viña había proyectado respecto a este terreno, también está encerrando qué es lo que sucede en los corazones de los viñadores.

Los viñadores homicidas no solamente es una parábola de la crueldad de los hombres para con Dios y para lo que el Señor nos va pidiendo a todos nosotros, sino que también es un reclamo al corazón del hombre, a nuestra libertad y a nuestra voluntad para que también nos preguntemos si en nosotros puede haber esta misma intención de homicidio.

Nos podría sonar como algo extraño, algo lejano, algo apartado de nosotros, pero tenemos que cuestionarnos con mucha claridad para ver si efectivamente esta voluntad de no darle a Dios lo que de Dios es, es algo alejado de nosotros, o si por el contrario, es voluntad nuestra el dar siempre a Dios lo que de Dios es.

Todo el problema de estos viñadores homicidas no nace de una crueldad con respecto a los enviados; porque los viñadores homicidas son conscientes de que los enviados no son sino una parte del contrato que se había hecho con el dueño de la viña. El problema de los viñadores homicidas es que quieren quedarse con la herencia. Una voluntad torcida, una voluntad totalmente pervertida es la que va a hacer que los viñadores se conviertan de arrendatarios en homicidas.

Que no nos suene muy lejano esto, que no nos suene muy apartado de nosotros, que por el contrario, sea para nosotros una pregunta: ¿En qué nos va convirtiendo nuestra voluntad?, ¿qué es lo que va haciendo de nosotros?, ¿qué es lo que va realizando en nuestra vida? Ése es el punto más importante, el punto más serio en el cual nuestra existencia puede torcerse o encaminarse hacia Dios nuestro Señor.

¿Nuestra voluntad y nuestra libertad hacia dónde y hacia qué están orientadas? ¿Hacia dónde estamos orientando nuestra voluntad? ¿Hacia lo que Dios quiere, hacia el ser capaces de dar los frutos que Dios nos está pidiendo? ¿O estamos orientando nuestra voluntad hacia el quedarnos injustamente con la herencia? Es una disyuntiva que se nos presenta todos los días y que va forjando nuestra personalidad, porque de esa disyuntiva va a acabar dependiendo el que nosotros vivamos de una forma coherente o incoherente con lo que Dios nuestro Señor nos va pidiendo.

Cuántas veces —y de esto somos generalmente muy conscientes—, Dios nuestro Señor pide ciertos cambios de comportamiento en nuestra alma, que son los frutos. Cuántas veces, Dios nuestro Señor pide que le devolvamos en la medida en la que Él nos ha dado.

Y si Dios fue el que hizo todo: Él es el que cavó, rodeó la cerca, construyó la torre y plantó la viña, a nosotros nos toca simplemente trabajar la viña del Señor. Si a Dios no le regresamos lo que nos dio, estamos como esos viñadores: quedándonos o queriéndonos quedar con la herencia. Lo cual, a la hora de la hora, no es sino un deseo en sí mismo frustrado, vano e inútil.

Está en nuestra voluntad el decidirnos por dar a Dios lo que es de Dios o quedarnos nosotros con lo que es de Dios. Para eso tenemos que estar revisando constantemente nuestra voluntad; revisando si nuestras obras, nuestras reacciones, nuestros deseos, son auténticamente cristianos, o si por el contrario, son simplemente manifestaciones de un deseo que quizá no está todavía orientado a Dios nuestro Señor.

Los viñadores habían trabajado no para el dueño de la viña, sino para ellos mismos. A los viñadores no les importaba el fruto del dueño de la viña, les importaba el fruto para ellos. Nuestra vida, ¿para qué trabaja?

Cuando se nos presentan cuestionamientos, preguntas, inquietudes, ¿a quién le damos los frutos? ¿A Dios? ¿O se los damos a nuestro egoísmo, a nuestro afán de autonomía o a nuestro afán de manejar las cosas como a nosotros nos gusta manejarlas?

Ciertamente que nos damos cuenta de que no está bien. No es que nuestra inteligencia se ciegue, pero nuestra voluntad pasa por alto todo esto. Como la voluntad de los viñadores pasó por alto el hecho de que el hijo era el dueño de la herencia. Esa frase tan llena de cinismo: “Venid, éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia”, encierra muchas veces el mecanismo de nuestra voluntad que, iluminada por la inteligencia, descubre perfectamente a quién le pertenecen las cosas, de quién es la vida, de quién es el tiempo, de quién son nuestras cualidades. Descubre perfectamente que determinada reacción no es todo lo cristiana que debría ser; descubre perfectamente que determinado comportamiento no está respondiendo adecuadamente a lo que Dios le pide, pero usa este mismo mecanismo: “Éste es el heredero. Vamos a matarlo y a quedarnos con la herencia”.

Esto es pavoroso cuando aparece en el alma, porque indica la absoluta perversión de la voluntad. Cómo nos puede extrañar después, que en nuestra vida haya comportamientos negativos, comportamientos que difieren de la voluntad de Dios, cuando ese mecanismo está funcionando con una relativa frecuencia en nosotros; cuando nuestra voluntad no ha sido capaz de purificarse para ser capaz de romper, de quebrar ese mecanismo en nuestra alma; cuando cada vez que vemos al heredero lo queremos matar para quedarnos con la herencia.

Tenemos que ser muy inteligentes para descubrir en nuestra voluntad que ese mecanismo está funcionando. Pero tenemos que ser también muy firmes y constantes en nuestra purificación personal para ir eliminando, una y otra vez, ese mecanismo de nuestra voluntad. Mecanismo que nos lleva siempre, y de una manera ineludible, a la más tremenda de las desgracias, que es perdernos a nosotros mismos.

“Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores”. Para lo que tú existes como viñador es para trabajar el viñedo. Y Dios quitará el viñedo a esos viñadores. ¡Qué tremendo es correr en vano! ¡Qué tremendo es vivir en vano! ¡Qué tremendo es ver pasar los días, pasar los años, ver cómo el calendario va corriendo por nuestra vida y no haber todavía dejado de correr en vano!

Ojalá que esta Cuaresma sea para nosotros un momento de particular iluminación por parte del Espíritu Santo para que, efectivamente, descubramos dónde y en qué estamos corriendo en vano, dónde y en qué nuestra voluntad todavía no es capaz de superar el mecanismo de viñador homicida. ¿Por qué, cuando vemos perfectamente quién es el heredero, en nuestro interior todavía aparece el interés por arrebatarle la herencia y quedarnos nosotros con ella? Como cristianos, como miembros de la Iglesia no podemos seguir jugando con el Dueño de la viña.

¡Qué importante es que nos iluminemos para poder iluminar; que nos aclaremos para poder aclarar; que nos purifiquemos para poder purificar! Hagamos de esta Cuaresma un camino de conversión y de orientación de nuestra voluntad hacia Dios nuestro Señor para que Él y solamente Él, sea el que se lleve los frutos de nuestra viña.

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16 de marzo. San José Grabriel del Rosario Brochero.

El rico Epulón y el pobre Lázaro
Autor: Juan de Sevilla Romero
Fecha: 1680-90
Museo: Museo del Prado. Juan de Sevilla Romero nos narra en este lienzo una de las parábolas más conocidas tomada del Evangelio de San Lucas (XVI, 19-31). El rico Epulón se presenta sentado a la mesa donde celebraba sus diarios banquetes, vestido como un hombre opulento del siglo XVI, acompañado de una dama y otro hombre que parece tirar las sobras a los perros que encontramos a sus pies. Un niño presencia la escena mientras que el pobre Lázaro se sitúa en la esquina derecha de la composición junto a una figura que porta un bastón – por su cara de mal genio parece querer expulsar al pobre del lugar -. La escena se desarrolla en un interior, enmarcada en la parte superior por un cortinaje y recortada en una pared donde contemplamos unos ricos relieves y un cuadro con la muerte del pobre, tras la cual aparecen unos árboles. Las arquitecturas han sido tomadas de la escuela veneciana que Sevilla debía de conocer, mientras que las figuras están inspiradas en Alonso Cano, apuntándose que la composición podía estar relacionada con las estampas flamencas. El pintor debía conocer también las obras de Murillo al representar el asunto como si se tratara de un tema de género. El empleo de las luces otorga a la imagen un sensacional efecto dramático, especialmente al colocar a Lázaro en semipenumbra y la mesa con las viandas totalmente iluminada. Al fondo se crea cierto aspecto atmosférico – difuminando las figuras de los criados – que recuerda a Veronés.

JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Jeremías 17,5-10.

Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor! El es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita. ¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto. Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones.

Salmo 1,1-4.6.

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!
El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados: ellos son como paja que se lleva el viento.
porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados termina mal.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’. ‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’. El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’. Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'”.

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1. El profeta nos ofrece una meditación sapiencial muy parecida a la que oíamos en labios de Moisés el jueves de la semana de ceniza. ¿Quiénes son benditos y darán fruto? ¿quiénes malditos y quedarán estériles?

Es maldito quien pone su confianza en lo humano, en las fuerzas propias (en la «carne»). La comparación es expresiva: su vida será estéril, como un cardo raquítico en tierra seca.

Es bendito el que confía en Dios: ése sí dará fruto, como un árbol que crece junto al agua.

La opción sucede en lo más profundo del corazón (un corazón que según Jeremías es «falso y enfermo»). Los actos exteriores concretos son consecuencia de lo que hayamos decidido interiormente: si nos fiamos de nuestras fuerzas o de Dios.

Esto lo dice Jeremías para el pueblo de Israel, siempre tentado de olvidar a Dios y poner su confianza en alianzas humanas, militares, económicas o políticas. Pero es un mensaje para todos nosotros, sobre todo en este tiempo en que el camino de la Pascua nos invita a reorientar nuestras vidas.

2. La parábola del rico Epulón («el que banquetea») y del pobre Lázaro nos sitúa, esta vez en labios de Jesús, ante la misma encrucijada: ¿en qué ponemos nuestra confianza en esta vida?

El rico la puso en sus riquezas y falló. En el momento de la verdad no le sirvieron de nada. El pobre no tuvo esas ventajas en vida. Pero se ve que sí había confiado en Dios y eso le llevó a la felicidad definitiva.

El rico del que habla Jesús no se dice que fuera injusto, ni que robara. Sencillamente, estaba demasiado lleno de sus riquezas e ignoraba la existencia de Lázaro. Era insolidario y además no se dio cuenta de que en la vida hay otros valores más importantes que los que él apreciaba.

3. a) La opción que nos proponía el profeta sigue siendo actual.

Es también la que hemos rezado en el salmo de hoy, prolongación -coherente como pocas veces- de la primera lectura: «dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor… será como árbol que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. No así los impíos, no así: serán paja que arrebata el viento».

La Cuaresma nos propone una gracia, un don de Dios. Pero se nos anuncia que es también juicio: al final ¿quién es el que ha acertado y tiene razón en sus opciones de vida? Tendríamos que aprender las lecciones que nos va dando la vida. Cuando hemos seguido el buen camino, somos mucho más felices y nuestra vida es fecunda. Cuando hemos desviado nuestra atención y nos hemos dejado seducir por otros apoyos que no eran la voluntad de Dios, siempre hemos tenido que arrepentirnos después. Y luego nos extrañamos de la falta de frutos en nuestra vida o en nuestro trabajo.

b) También la parábola de Jesús nos interpela. No seremos seguramente de los que se enfrascan tan viciosamente en banquetes y bienes de este mundo como el Epulón. Pero todos tenemos ocasiones en que casi instintivamente buscamos el placer, el bienestar, los apoyos humanos. La escala de valores de Jesús es mucho más exigente que la que se suele aplicar en este mundo. A los que el mundo llama «dichosos», no son precisamente a los que Jesús alaba. Y viceversa. Tenemos que hacer la opción.

No es que Jesús condene las riquezas. Pero no son la finalidad de la vida. Además, están hechas para compartirlas. No podemos poner nuestra confianza en estos valores que el mundo ensalza. No son «los últimos». Más bien a veces nos cierran el corazón y no nos dejan ver la necesidad de los demás. Y cuando nos damos cuenta ya es tarde.

¿Estamos apegados a «cosas»? ¿tenemos tal instinto de posesión que nos cierra las entrañas y nos impide compartirlas con los demás? No se trata sólo de riquezas económicas. Tenemos otros dones, tal vez en abundancia, que otros no tienen, de orden espiritual o cultural: ¿somos capaces de comunicarlos a otros?  Y hay también situaciones más cercanas y domésticas, en nuestra misma familia o comunidad, que piden que seamos más generosos con los demás. Hay muchos Lázaros a nuestra puerta. A lo mejor no necesitan dinero, sino atención y cariño.

La Cuaresma nos invita a que la caridad para con los demás sea concreta. Que sea caridad solidaria. Para que podamos oír al final la palabra alentadora de Jesús: «tuve hambre y me diste de comer… cuando lo hiciste con uno de ellos, lo hiciste conmigo».

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Para profundizar:

Entrada: «Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos. Mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto» (Sal 138,23-24).

Colecta (del misal anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia Ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar».

Comunión: «Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor» (Sal 118,1).

Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros, y se manifieste siempre en nuestras obras»

–Jeremías 17,5-10: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor. La oposición entre las dos actitudes que son fuente de desgracia o de felicidad, nos dispone a contemplar las dos figuras de la parábola evangélica: el rico Epulón y el pobre Lázaro. Comenta San Agustín:

«El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues si no se hubiese amado a sí mismo y hubiese antepuesto a Dios a sí mismo, hubiera estado siempre sometido a Dios; no se hubiera inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Dios.

«Amarse a uno mismo no es otra cosa que querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte, no amándote. Pues, para que sepáis que es un vicio amarse, dice así el Apóstol: “habrá hombres amantes de sí mismos”…  “amantes del dinero”. Ya estáis viendo que te encuentras fuera… ¿Por qué vas fuera?… Comenzaste a amar lo que es exterior a ti y te extraviaste».

San Agustín evoca la parábola del hijo pródigo; « Vuelto a sí se dirige al Padre, donde encuentra refugio segurísimo. Si, pues, había salido de sí y de aquél que le había dado el ser, al volver a sí para ir al Padre, niégase a sí mismo. ¿Qué es negarse a sí mismo? No presuma de sí, advierta que es hombre y escuche el dicho profético: “¡Maldito todo el que pone su esperanza en el hombre!” (Jer 17,5). Sea guía de sí mismo, pero no hacia abajo; sea guía de sí mismo, mas para adherirse a Dios» (Sermón 96,2).

–El Salmo 1 es una meditación sobre el destino de los buenos y de los malos. El tema de los caminos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, en la vida de la Iglesia primitiva, como en la Didajé, es muy expresivo de las diferentes actitudes humanas.

–Lucas 16,19-31: Tú recibiste bienes en vida y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí consuelo mientras tú padeces. El juicio de Dios supondrá la inversión de acá abajo. El rico Epulón y el pobre Lázaro son las dos posturas en la vida que se cambian en el juicio de Dios.

Hemos de atender a la voz de Dios, pues sólo en ellas encontramos el camino seguro para recibir el premio en la otra vida. Dios ha hablado en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y sigue hablando en la Iglesia, a través de la Tradición, el Magisterio, los dogmas y los sacramentos. San Agustín destaca el destino final de quienes siguen uno u otro camino:

«Ved a uno y a otro, al que vive en el placer y al que vive en el dolor: el rico vivía entre placeres y el pobre entre dolores; el primero banqueteaba, el segundo sufría; aquél era tratado con respeto por la familia que lo rodeaba, éste era lamido por los perros; aquél se volvía más duro en sus banquetes, éste ni con las migajas podía alimentarse.

«Pasó el placer, pasó la necesidad; pasaron los bienes del rico y los males del pobre; al rico le vinieron males y al pobre bienes. Lo pasado pasó para siempre; lo que vino después nunca disminuyó. El rico ardía en los infiernos; el pobre se alegraba  en el seno de Abrahán. Primeramente había deseado el pobre una migaja de la mesa del rico; luego deseó el rico una gota del dedo del pobre. La penuria de éste acabó en la saciedad; el placer de aquél terminó en el dolor sin fin» (Sermón 339,5).

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15 de marzo.

La madre de los zebedeos

MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

 

Libro de Jeremías 18,18-20.

Ellos dijeron: “¡Vengan, tramemos un plan contra Jeremías, porque no le faltará la instrucción al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta! Vengan, inventemos algún cargo contra él, y no prestemos atención a sus palabras”. ¡Préstame atención, Señor, y oye la voz de los que me acusan! ¿Acaso se devuelve mal por bien para que me hayan cavado una fosa? Recuerda que yo me presenté delante de ti para hablar en favor de ellos, para apartar de ellos tu furor.

Salmo 31,5-6.14-16.

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio.
Yo pongo mi vida en tus manos: tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
Oigo los rumores de la gente y amenazas por todas partes, mientras se confabulan contra mí y traman quitarme la vida.
Pero yo confío en ti, Señor, y te digo: “Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos”. Líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen.

Evangelio según San Mateo 20,17-28.

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo: “Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará”. Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo. “¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”. “Podemos”, le respondieron. “Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre”. Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

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1. Jeremías fue una figura impresionante de la pasión de Jesús. Tuvo que hablar en nombre de Dios en tiempos difíciles, inmediatamente antes del destierro final. No le hicieron caso. Le persiguieron.

En el primer párrafo hablan los que conspiran contra el profeta. Les estorba. Como estorban siempre los verdaderos profetas, los que dicen, no lo que halaga los oídos de sus oyentes, sino lo que les parece en conciencia que es la voluntad de Dios. «No haremos caso de sus oráculos». Irónicamente dicen estos «judíos malvados» que, aunque eliminen a un profeta como Jeremías, no les faltarán ni sacerdotes ni sabios ni profetas que sí digan lo que a ellos les agrada. Son los falsos profetas, que siempre han hecho carrera.

En el siguiente párrafo es el profeta el que se queja ante Dios de esta persecución y le pide su ayuda. Se siente indefenso, «me acusan, han cavado una fosa para mí». La súplica continúa en el salmo: «sácame de la red que me han tendido, oigo el cuchicheo de la gente, se conjuran contra mi y traman quitarme la vida… pero yo confío en ti, sálvame, Señor». Y eso que Jeremías habla intercedido ante Dios en favor del pueblo que ahora le vuelve la espalda.

Lo que pasa con Jeremías es un exacto anuncio de lo que en el NT harán con Jesús sus enemigos, acusándole y acosándole hasta eliminarlo. Pero él murió pidiendo a Dios que perdonara a sus verdugos. Jeremías es también el prototipo de tantos inocentes que padecen injustamente por el testimonio que dan, y de tantos profetas que en todos los tiempos han padecido persecución y muerte por sus incómodas denuncias.

2. ¡Qué contraste de actitudes entre Jesús y sus discípulos!

Jesús «iba subiendo a Jerusalén»: iba a cumplir su misión, aunque fuera a costar. Iba a ser entregado y condenado, a morir por la humanidad y a resucitar. Este es el tercero de los anuncios que hace de su pasión a sus asustados discípulos, que no entienden o no quieren entender. «El Hijo del hombre ha venido a dar su vida por muchos». Ellos siguen a Jesús como al Mesías, pero no entra en su cabeza que el estilo de la salvación sea a través de la cruz.

En efecto, basta ver la escena que Mateo cuenta a continuación: la madre de Santiago y Juan pide para sus hijos los puestos de honor. Exactamente lo contrario de lo que Jesús les estaba inculcando. No es de extrañar que los otros diez apóstoles reaccionaran disgustados: pero es porque ellos también querían lo mismo, y esos dos se les habían adelantado.

Los criterios de aquellos apóstoles eran exactamente los criterios de este mundo: el poder, el prestigio, el éxito humano. Mientras que los de Cristo son la entrega de sí mismos, ser servidores de los demás, no precisamente buscando los puestos de honor.

3. En nuestro camino de preparación de la Pascua se nos propone hoy un modelo soberano: Cristo Jesús, que camina decididamente en el cumplimiento de su misión. Va camino de la cruz y de la muerte, el camino de la solidaridad y de la salvación de todos.

«No he venido a ser servido, sino a dar mi vida por los demás».

Es el camino de todos los que le imitan. Ya antes, Jeremías había sido fiel, a pesar de las dificultades, a lo que Dios pedía de él. Y después, millones de cristianos han seguido el camino de su Maestro hasta la cruz y la vida resucitada.

No nos suele gustar el camino de la subida a la cruz. A Jeremías también le hubiera sido mucho más cómodo renunciar a su fuego interior de profeta y callarse, para volver a su pueblo a divertirse con sus amigos. A Jesús le hubiera ido mucho mejor, humanamente, si no hubiera denunciado con tanta claridad a las clases dirigentes de su tiempo.

A un cristiano le puede parecer que en medio de este mundo es mejor contemporizar y seguir las mismas consignas que todos, en busca del bienestar personal. Pero el camino de la Pascua es camino de vida nueva, de renuncia al mal, de imitación de un Cristo que se entrega totalmente, que nos enseña a no buscar los primeros puestos, sino a ser los servidores de los demás, cosa que en este mundo parece ridícula.

Aquellos discípulos de Jesús que en esta ocasión no habían entendido nada, entre ellos Pedro, madurarán después y no sólo darán valiente testimonio de Jesús a pesar de las persecuciones y las cárceles, sino que todos morirán mártires, entregando su vida por el Maestro.

¿Nos está ayudando la Cuaresma de este año en el camino de imitación de Jesús en su camino a la cruz? ¿o todavía pensamos con mentalidad humana, persiguiendo los éxitos fáciles y el «ser servidos», saliéndonos siempre con la nuestra, sin renunciar nunca a nada de lo que nos apetece? ¿organizamos nuestra vida según nuestros gustos o según lo que Dios nos está pidiendo?

En la noche de la Vigilia Pascual se nos harán dos preguntas claves, que ya desde ahora debemos ir respondiendo en nuestra actuación concreta: «¿renunciáis al mal?… ¿creéis en Dios… en Cristo?». Es el tiempo de las opciones.

En la Eucaristía comemos a Cristo Jesús como «el entregado por los demás», como el «pan partido», como el que «ha derramado su sangre por todos». ¿Estamos aprendiendo de él esa actitud de entrega?

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Para profundizar:

Análisis
Siguiendo a Marcos, Mateo presenta tres anuncios de la muerte violenta de Jesús. En el Primer Evangelio se han agregado entre el segundo y el tercer anuncio una serie de textos propios de Mateo (suele llamarse fuente M) además de los textos de Marcos y algunos de la fuente Q con lo que el tercer anuncio aparece bastante distanciado de los dos primeros. A cada uno de los anuncios, ya desde Marcos, le sigue una incomprensión del grupo de los Doce: primero Pedro, luego la discusión por el mayor y finalmente, en nuestro caso, los hijos de Zebedeo. A continuación, pero formando una misma unidad (no así en Lucas), encontramos la comparación con los “jefes”. Tenemos, entonces, un texto que Mateo ha mantenido de su fuente Marcos, aunque ha incorporado una serie de elementos que no deben dejar de tenerse en cuenta. Veamos, entonces, lo común, para luego detenernos en lo propio de nuestro texto.

La centralidad de Jerusalén es interesante de descubrir. Allí lo esperan sumos sacerdotes y escribas, grupo siempre ligado a Jerusalén desde la visita de los magos (2,4) hasta las burlas al crucificado, y también en el primer y tercer anuncio de la pasión (en el segundo dice “hombres”, anthropos); al principio y al final los encontramos ligados a los poderosos en contraposición a Jesús: a Herodes al principio, a Pilato al final…

El uso de la voz pasiva (“será entregado”) parece indicar que será entregado “por Dios” con lo que se referiría al obrar de Dios. Sin embargo, la voz pasiva no hace referencia Dios siempre y en todo momento. Se dice que Juan el Bautista fue entregado, para referir a su prisión (4,12), y no parece aludir a que sea Dios el que lo “entrega”, pero, por sobre todas las cosas, en el caso de Jesús, el acento está puesto en que el que lo entrega es Judas (ver Jn 13,2, y lo hace inspirado por el diablo). El texto lo encontramos en los dos anuncios finales de la pasión, y vuelve a aparecer (siempre en voz pasiva) en 26,2 (en la práctica un cuarto anuncio de la Pasión, en este caso inminente), y en 26,24 (“¡Ay de aquel por quien el hijo del hombre es entregado!”, y en el v.25 se aclara que refiere a Judas) y 26,45: “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” -lo que recuerda los textos de anuncio de la Pasión, entre otras cosas por el uso de “hijo de hombre”-,y en v.46 aclara “el que me va a entregar está cerca”, “todavía estaba hablando cuando llegó Judas” (v.47), el que con un beso entrega al hijo del hombre (ver Lc 22,48). “Será entregado”, no refiere, entonces, a que es Dios quien lo entrega, sino a la participación de Judas en el drama. Más difícil es saber si también Pablo se refiere a Judas en 1 Cor 11,23: “la noche en que fue entregado”, pero no es acá el caso dar respuesta a esto.

El título “hijo de hombre” suele ser bastante confuso en los Evangelios. Como se sabe, el término se remonta fundamentalmente a Dn 7 releído por algunos apocalipsis tardíos, algunos en clave mesiánica. Por lo que parece, los Evangelios los utilizan -aplicado a Jesús, ciertamente- en tres sentidos: (1) haciendo referencia a un personaje futuro que vendrá al final (cuando venga el hijo del hombre en su gloria…”), (2) haciendo referencia a la misma persona que habla (“el hijo del hombre [= yo] no tiene dónde reclinar la cabeza”), y (3) haciendo referencia a la pasión y muerte, como es el caso de estos textos. La imagen que subyace a los relatos es la del siervo sufriente (ver Is 52,13-53,12), aunque el término nunca pierde su “coloración” de “final de los tiempos”.

Por otra parte, Jesús “será entregado” por los escribas y sumos sacerdotes a los “paganos”, y en 27,1-2 se aclara que “todos los sumos sacerdotes y los ancianos” lo “entregan” a Pilato que es, entonces, el representante de los paganos; también ellos son quienes “lo entregan”.

A la referencia a los Doce, Mateo aclara “discípulos” aclarando que la indicación la da “aparte”, con lo que probablemente quiera aproximar a toda la comunidad eclesial a este momento y hacerlo solemnemente (parece evidente que camina con muchos otros, quizá en peregrinación al Templo para la fiesta). Subir a Jerusalén es una expresión típica: la ciudad no sólo se encuentra en un monte sino que al ser lugar de encuentro con Dios eso nos hace “subir”. Las “etapas del vía crucis” parecen bien detalladas aquí, e incluso con particular precisión en Mateo: Jesús no será “matado” sino “crucificado”, no resucitará “tres días después” sino “al tercer día”. Las “burlas” son características del relato de la pasión (27,29.31.41) y de los textos del justo que sufre (Is 53,3; Sal 22,7-8).

Difícilmente pueda negarse que Jesús conocía la suerte que le esperaba, aunque puede sospecharse que la precisión de datos sean lecturas posteriores a los acontecimientos. La referencia muy frecuente a los textos del Siervo, o del justo que sufre, en los textos que aluden a la pasión y muerte de Jesús, permiten descubrir que las comunidades primitivas encontraron en estos textos del AT una clave de interpretación a lo que representaba un escándalo: la cruz. Pero el texto muestra, de todos modos, la tribulación que Jesús esperaba para sí y los suyos.

Pero ya desde su fuente -como dijimos- Mt encuentra a continuación un diálogo que se suscita a partir de un pedido. Esta incomprensión no la encontramos en Lc, pero sí la referencia final a cómo debe comportarse el seguidor de Jesús en el manejo de la autoridad.

Mt ha modificado su fuente y presenta a “la madre de los hijos de Zebedeo” como la que formula el pedido. La construcción es extraña (hubiera sido más lógico “la mujer de Zebedeo”, o “la madre de Santiago y Juan”) y quizá refleje el interés de Mateo de excusar un poco a los jóvenes. Otros proponen una “opción preferencial por los jóvenes” de Mateo, por eso el rico es “joven” y la madre intercede por los hijos. Es difícil sostener que así sea, teniendo en cuenta que en ninguno de los dos casos los jóvenes quedan bien parados. Parece preferible compararlo con el otro caso donde una madre pide a Jesús que interceda por su hija, la mujer cananea. En ambos casos la madre “se postra” ante Jesús (15,25; 20,20) y pide que le conceda algo (15,23; 20,20.23), pero en uno la mujer obtiene lo que pide insistentemente, mientras que en el otro no. Parece que Mateo quiere comparar dos actitudes, y enseñar cómo debe pedirse, y con qué actitud interior a fin de obtener lo que se pide; el lenguaje es semejante a 1 Re 1,15-21.

El asiento que se pide es “en tu reino” (el reino del hijo del hombre, ver 13,41; 16,28), no en la gloria, y se omite la referencia al “bautismo”. Se aclara, finalmente, que el que prepara los “asientos” es “mi Padre” cosa que estaba supuesta en la voz pasiva de Mc. Pero que se pida un lugar especial para Juan y Santiago no es extraño, ya que Jesús ha demostrado espacial predilección por ellos (17,1ss; 26,36-46). Precisamente, la idea de la “postración” no aparece aquí como religiosa; del mismo modo, la pregunta de Jesús “¿qué quieres?” recuerda a Est 5,3, la imagen parece real (tu reino). Esto permite una mayor conexión con lo que sigue acerca de “los jefes”. Jesús acababa de hablar del trono de gloria del hijo del hombre y los tronos donde los doce juzgarán (19,28); el pedido alude, entonces, a los lugares de preferencia a su lado. Es interesante que en Jerusalén, a dónde se dirige, será reconocido rey (27,29.37.42) en la cruz, pero a su derecha e izquierda se encuentran dos malhechores (27,38).

Lo omisión de la referencia al “bautismo” puede ser variada. Parece que la referencia al “bautismo” entendido como sufrimiento es comprensible en el mundo griego, y no así en el judío al que se dirige Mt; pero además, no es extraño que Mt haya intentado evitar una interpretación sacramental (copa y bautismo) fácilmente imaginable en este párrafo. “Copa” parece referir al martirio (ver martirio de Isaías 5,13 y algunos textos rabínicos), pero esto parece tener influencia cristiana. Parece preferible entender “copa” como simbología del “sufrimiento” ligado al juicio (Sal 11,6; 75,7-9; Is 51,17.22; Jer 25,15.17.27-28; 49,12; Lam 9,21; Ez 23,31-32; Hab 2,16; ver también PsSal 8,14-15: “¡No hubo pecado que no cometieran más que los paganos! Por eso les infundió Dios una copa de vino puro hasta embriagarlos…”; 1QpHab 11,14: «Antes al contrario, (el sacerdote impío) marchó por las sendas de la embriaguez para poder apagar su sed. Pero dejad: el cáliz de la ira de Yahvé lo devorará sin falta…»; 4QpNah 4,6) «La interpretación de esto se refiere a los impíos de Efraín, que compartirán su cáliz con Manasés»). La copa que Jesús beberá es el sufrimiento ligado a la suerte del pueblo de Dios (ver Jer 25,15ss): Jesús no está frente a su destino sino ante el juicio de Dios a los suyos.

“Podemos” puede ser incluso irónico, porque los de Zebedeo “no podrán” (26,40) ni siquiera permanecer despiertos en Getsemaní cuando Jesús pide que “pase esta copa” (26,39.42). Se debe dejar al Padre que sea él mismo quien conceda a los suyos los dones que él quiera…

La indignación de los otros diez no es porque Jesús no es comprendido rectamente, sino porque ellos esperaban lo mismo para sí.

La referencia a “los jefes de las naciones” no puede menos que ser interpretada como referencia al Imperio romano por los lectores del Evangelio, pero lo que interesa es el contraste: el hijo del hombre y los jefes de las naciones actúan de modos contrapuestos y reflejan dos actitudes contrapuestas, que quedan reflejadas en el triple “entre ustedes” vv.26-27. Los jefes actúan “contra” y un ejercicio de poder que no sea en beneficio de la gente está pervertido (Mt usa dos términos con esta idea: literalmente dice que “contraseñorean” y “contradominan”).La actitud del servicio es exactamente contrapuesta: es en favor de los demás. La diakonía es algo despreciado “entre ellos”, los de “las naciones” que lo consideran algo innoble. “Servir” (que tiene su origen en el servicio de las mesas) refleja que el reino propone una inversión de valores con respecto a los otros.

El paralelismo de los dos grupos y la antítesis entre ambos refuerza el contraste:
A. jefes – dominan
B. grandes – oprimen
C. grande – servidor
D. primero – esclavo

A y B son paralelos sinónimos, lo mismo que C y D, pero el primer par y el segundo son, a su vez un paralelo antitético (y es bueno notar el paralelismo entre este párrafo y 23,1-12).

El v.28 presenta el clímax de la unidad, dándole a la unidad en paralelismo una iluminación cristológica. Él se caracteriza por el servicio (diakonía). “Rescate” es liberación, era el dinero que se pagaba por la manumisión de esclavos o prisioneros. El griego litron traduce con frecuencia términos hebreos como ga‘âl, kippur, p_dâ (aunque este más que de un rescate refleja la liberación de un mal) ver Ex 21,28-32; 30,12; Lev 25,26.51-52; Num 18,15. Pero los verbos ya han perdido la idea de rescate-pago para ser usados en un sentido más metafórico que remite a Dios que libera, de allí la traducción “redención”. Kippur precisamente lo encontramos en el canto del siervo en Is 43,3-4. Muchos es un semitismo para decir todos, humanidad (ver 1 Tim 2,6; y también Rom 5,15.19). El hijo del hombre, leído a la luz del Siervo de Isaías es un hijo del hombre que lleva su servicio hasta la muerte. Parece exagerado ir “más allá” y preguntarse ¿a quién se pagó este rescate? como hicieron con frecuencia los Padres de la Iglesia (¿a Dios? ¿al diablo?) la metáfora no hay que llevarla hasta el extremo. Con su muerte Jesús rescata un nuevo pueblo que se guía como sociedad alternativa con criterios diferentes a los de las naciones. La actitud de servicio hasta dar la vida es una suerte de resumen de toda su vida, y es esa vida la que se nos propone de modelo.

Comentario
Como es frecuente en los relatos de anuncio de la pasión, lo sigue un malentendido de los discípulos, en este caso un reclamo de “primeros puestos”. La unidad termina regresando al comienzo y dando sentido a la muerte de Jesús, presentado como Hijo del hombre: una muerte presentada como “rescate”.

Ya es conocida la predilección de Jesús por Santiago y Juan, por eso no extraña totalmente que pretendan sentarse en los tronos de mayor cercanía para el juicio que se avecina. Que el pedido lo haga, en este caso la madre, sirve para comparar con otra madre que también pide, que también se postra, pero que en este caso obtiene lo que solicita: la mujer cananea (15,21-28), es que una cosa es pedir movido por la compasión y ante el dolor ajeno, y otra para obtener beneficios y ser considerado “de los primeros”.

La pretensión de primeros puestos, propia de “los jefes” no es coherente con la actitud que Jesús refleja al decir “de la misma manera”. No debemos modelar nuestra vida y estructuras como “los jefes de las naciones” sino en base al criterio superador del “servicio”, como el de Jesús. El sentido cristológico de la unidad muestra que la vida, ejemplo, servicio y muerte del hijo del hombre dan sentido a nuestras actitudes y es esa dinámica, la del reino, y no la de “las naciones” la que nos debe mover en lo cotidiano, como personas, y como comunidades. Este “no así entre ustedes” nos revela que estas actitudes parecen repetirse también en la comunidad cristiana, como a su vez lo indica el paralelismo con Mt 23,1-12. Habrá que ser claros, y lamentar que “el giro constantiniano haya llevado a la Iglesia a una identificación con la sociedad cerrada de occidente, lo que ha hecho que los sucesores de los apóstoles terminaran siendo príncipes de esta sociedad” (J. Ratzinger).

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14 de marzo. 19º Aniversario de mi ordenación sacerdotal.

15 de marzo 1998. Imposición de manos.

MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Isaías 1,10.16-20.

¡Escuchen la palabra del Señor, jefes de Sodoma! ¡Presten atención a la instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra! ¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda! Vengan, y discutamos -dice el Señor-: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana. Si están dispuestos a escuchar, comerán los bienes del país; pero si rehúsan hacerlo y se rebelan, serán devorados por la espada, porque ha hablado la boca del Señor.

Salmo 50,8-9.16-17.21.23.

No te acuso por tus sacrificios: ¡tus holocaustos están siempre en mi presencia!
Pero yo no necesito los novillos de tu casa ni los cabritos de tus corrales.
Dios dice al malvado: “¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos y a mencionar mi alianza con tu boca,
tú, que aborreces toda enseñanza y te despreocupas de mis palabras?
Haces esto, ¿y yo me voy a callar? ¿Piensas acaso que soy como tú? Te acusaré y te argüiré cara a cara.
El que ofrece sacrificios de alabanza, me honra de verdad; y al que va por el buen camino, le haré gustar la salvación de Dios”.

Evangelio según San Mateo 23,1-12.

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

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1. De nuevo una llamada a la conversión. Esta vez con palabras del profeta a los habitantes de dos ciudades que eran todo un símbolo del pecado en el AT: Sodoma y Gomorra.

Pues bien, por grandes que sean los pecados de una persona o de un pueblo, si se convierte, «quedarán blancos como la nieve, como lana blanca, y podrán comer de lo sabroso de la tierra» que Dios les prepara. Es expresivo el contraste de los colores: «rojos como la grana… blancos como la nieve». Eso sí, tienen que cambiar su conducta, abandonar el mal y comprometerse activamente en el bien: «escuchad la enseñanza de nuestro Dios… Iavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, defended al oprimido, sed abogados del huérfano».

El salmo de hoy da un paso más: compara la liturgia con la caridad, y sale ganando, una vez más, la caridad: «no te reprocho tus sacrificios… ¿por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?». La acusación de Dios se hace dramática: «esto haces ¿y me voy a callar? Te acusaré, te lo echaré en cara».

2. La hipocresía que ya denunciaba el salmo -rezar a Dios, pero no cumplir sus enseñanzas en la vida- la desenmascara todavía con mayor fuerza Jesús en el evangelio.

Su punto de mira son una vez más los fariseos, que hablan pero no cumplen, que son exigentes para con los demás y permisivos para consigo mismos, que todo lo hacen para recibir las alabanzas de la gente y andan buscando los primeros puestos. Jesús les acusa de intransigentes, de vanidosos, de contentarse con las formas exteriores, para la galería, pero sin coherencia interior.

Jesús quiere en los suyos la actitud contraria: «el primero entre vosotros será vuestro servidor». Como él mismo, que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida por los demás.

3. a) La llamada la oímos este año nosotros: cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia…

Con mucha confianza en el Dios que sabe y que quiere perdonar. Pero dispuestos a tomar decisiones, a hacer opciones concretas en este camino cuaresmal. No seremos tan viciosos como los de Sodoma o Gomorra. Pero sí somos débiles, flojos, y seguro que podemos acoger en nosotros con mayor coherencia la vida nueva de la Pascua. Si cambian algunas actitudes deficientes de nuestra vida, entonces sí que nos estamos preparando a la Pascua: «al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios». Algo tiene que cambiar: ¿qué defecto o mala costumbre voy a corregir? ¿qué propósito, de los que he hecho tantas veces en mi vida, voy a cumplir este año?

Haciendo caso al salmo, está bien que recordemos que nuestra Cuaresma será un éxito, no tanto si hemos cambiado algunas cosas de la liturgia, los colores o los cantos. Ni siquiera si hemos cumplido los días prescritos de abstinencia de algunos alimentos. Sino, como la palabra de Dios insiste en proponernos todos estos días, si cambiamos nuestra conducta, nuestra relación con los demás. No puede ser buena una Eucaristía que no vaya acompañada de fraternidad, una comunión que nos une con Cristo pero no nos une más con el prójimo.

b) Apliquémonos en concreto la dura advertencia de Jesús a los fariseos, que eran unos catedráticos a la hora de explicar cosas, pero ellos no las cumplían.

La hipocresía puede ser precisamente el pecado de «los buenos». Nos resulta fácil hablar, explicar a los demás el camino del bien, y luego corremos el peligro de que nuestra conducta esté muy lejos de lo que explicamos.

¿Podría decir Jesús de nosotros -los que hablamos a los demás en la catequesis, en la comunidad parroquial o religiosa, en la escuela, en la familia-, «haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen»? ¿Qué hay de fariseo en nosotros? ¿nos conformamos con la apariencia exterior? ¿somos exigentes con los demás y tolerantes con nosotros mismos? ¿nos gusta decir palabras bonitas -amor, democracia, comunidad- y luego resulta que no corresponden a nuestras obras? ¿buscamos la alabanza de los demás y los primeros puestos?

La palabra de Dios nos va persiguiendo a lo largo de estas semanas de Cuaresma para que no nos quedemos en unos retoques superficiales, sino que profundicemos en nuestro camino de Pascua.

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Una meditación del Beato papa Pablo VI, sobre el sacerdocio:

DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LO SACERDOTES DE ROMA

Capilla Sixtina
Viernes 10 de febrero de 1978

Venerables hermanos:

Gracias por vuestra presencia, que nos demuestra ya vuestra buena voluntad, vuestro afecto y vuestra comunión. Que el Señor os lo recompense y dé a este encuentro cuaresmal la virtud de infundir en vuestros ánimos el consuelo que puede necesitar vuestro ministerio, no sólo en el actual momento litúrgico, sino en la conciencia habitual de vuestra vocación sacerdotal. Porque es de esta vocación de lo que ahora tenemos intención de hablaros sencilla y brevemente, aunque nada nuevo podremos decir sobre tema tan estudiado y meditado, tratado por nosotros mismo en otras ocasiones. Pero es tema que atañe a la experiencia espiritual de la vida de cada uno de nosotros más que los libros que magistralmente lo describen e iluminan; y es tema que nos parece responder tanto a la necesidad de nuestras almas, polarizadas hacia el misterio pascual de próxima celebración, como a los requerimientos de nuestro ministerio en general.

Pues bien, os diremos que hemos meditado sobre la relación eclesial y sobrenatural que une nuestra persona y el ministerio apostólico, que ésta tiene a su cargo, a vosotros, hermanos del clero romano, y hemos buscado una palabra que pudiera tener resonancia en vuestros corazones sacudidos por la experiencia sacerdotal del momento, y que fuese eco de la voz que Cristo, nuestro Maestro, nuestro Pastor, nuestro Salvador y nuestro Todo, quisiese sugerirnos; y ésta parece haber sido la voz pascual de la resurrección: Pax vobis; sí, la paz con vosotros, nuestros sacerdotes, nuestros colaboradores en el servicio pastoral en esta bendita y dramática sede romana; hermanos nuestros e hijos nuestros: ¡la paz con vosotros!

Así intentamos corresponder a un deseo que brota de vuestra alma atormentada por el problema de vuestra condición de personas especiales, dedicadas al culto y a la profesión religiosa, problema que se ha desplomado como un peñasco sobre la conciencia sacerdotal contemporánea, abrumándola y aplastándola, en algunos hermanos nuestros, con una pregunta tan elemental como terrible: Yo ¿quién soy?, es decir, con la cuestión denominada de la propia identidad. La respuesta a la cuestión no era sino una nueva presentación de la pregunta: Yo soy cura, soy sacerdote; pero, ¿qué significa y qué lleva consigo ser sacerdote? Este interrogante, por su mismo carácter radical, crea un tormento interior y a veces preludia las respuestas más dudosas y más tristes.

Con estremecimiento contemplamos este estado de ánimo de algunos sacerdotes, y querríamos reconfortarles enseguida con la respuesta serena y segura que vosotros mismos, aquí presentes, dais a vuestras almas, hablando al Señor: Tuus sum ego!, experimentando enseguida la sensación de embriaguez y seguridad que caracteriza la conciencia del sacerdote humilde y fiel.

Nos abstenemos ahora de considerar las formas y las proporciones del fenómeno de las defecciones sacerdotales que estos últimos años ha afligido a la Iglesia y que está presente cada día en nuestra pena y en nuestra oración.

Las estadísticas nos abruman; la casuística nos desconcierta; las motivaciones, sí, nos imponen respeto y nos mueven a compasión, pero nos causan un dolor inmenso; la suerte de los débiles que han encontrado fuerza para desertar de su compromiso nos confunde y nos hace invocar la misericordia de Dios. Que sean justamente los predilectos de la Casa de Dios quienes impugnen su estabilidad y violen sus costumbres tiene para nosotros algo de inverosímil, qué nos pone en los labios las angustiadas palabras del Salmo: “…Si inimicus meas maledixisset mihi, sustinuissem…: Si me hubiese injuriado un enemigo, lo habría soportado; si se hubiese alzado contra mí un adversario, me habría escondido de él. ¡Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente! ¡Nos unía una dulce amistad, caminábamos jubilosos hacia la casa de Dios!” (Sal 54, 13-15).

Una táctica calculada se ha apoderado de la psicología de algunos hermanos en el sacerdocio —queremos creer que pocos— para desconsagrar su figura tradicional; un proceso de desacralización se ha apoderado de la institución sacerdotal para demoler su consistencia y cubrir sus ruinas, una manía de aseglaramiento ha arrancado las ínfulas exteriores del hábito sagrado y ha extirpado del corazón de algunos la sagrada reverencia debida a su propia persona, para sustituirla con una exhibida vanidad de lo profano y a veces incluso con la audacia de lo ilícito y de lo intemperante (cf. F. Galot. Visage nouveau du prétre, I, Lethielleux 1970).

Pero hoy querríamos invitaros a cada uno de vosotros, a título penitencial, o mejor, a título de conversión cuaresmal y como preludio casi del renacimiento pascual, a rememorar el momento interior en que se encendió en vuestro espíritu la lámpara de la vocación sacerdotal o religiosa.

¿Cómo fue? Cada uno se lo repita a sí mismo. No fue ciertamente un momento fácil. La conciencia del sacrificio no estuvo ausente en el cálculo decisivo y prevalente de la elección suprema del género de vida preferido: preferido como inmolación voluntaria, victoriosa frente a las renuncias que llevaba consigo, y extrañamente amada justamente por la amargura de que llenaba el corazón, algo semejante a la célebre crisis de San Agustín en el huerto milanés, cuando, pagano todavía, narra de sí mismo: …flebam amarissima contritione cordis mei. Et ecce audio vocem de vicina domo, cum canto dicentis, et crebro repetentis, quasi pueri aut puellae, nescio: tolle, lege; tolle, lege (cf. Confess. 1, 8; c. 12; cf. también Leo Trese, Il sacerdote oggi, Morcelliana, Brescia, 1958; e igualmente los demás escritos del mismo autor, ib).

Retornemos, pues, con conmovido recuerdo, al esquema esencial de la vocación eclesiástica, al punto de convergencia de las dos voces, que se hacen eco la una a la otra; la voz interior, personalísima, que se ha insinuado en la, sicología sobre el propio destino y que tiene un extraño acento de suavidad y autoridad: “¡Ven! ¡Ten confianza! ¡Este es el el camino de tu verdad! “. Y luego la voz exterior, bendita, grave, paternal, llena de sufrimiento y de seguridad, la del hombre de Dios, en función de maestro de espíritu, que, poniendo fin a tantas cavilaciones, solicitando un tremendo juego de libertad, se pronuncia: ¡Tú puedes, tú debes! Voz que se repite en labios afables, respetuosa siempre de la decisión que brota de la libertad personal, pero revestida ya de una autoridad que ahuyenta toda vacilación, toda duda, y termina entrando en el alma como espada tajante (cf. Heb 4, 12): “Sí, hijito; ven, prueba y verás” (cf. Jn, 1, 39); ¡la voz del obispo! (cf. Seminarium, 1, 1967; Yves Congar, Vocation sacerdotale, págs. 7-16).

¿Por qué estas alusiones? Por varias razones. Primera: son hermosas, son transparentes, son características. En torno a ellas cada uno de nosotros puede rehacer la historia de su vocación. Cada uno tiene su propia historia a este respecto; un drama personal; es una página autobiográfica que cada uno de nosotros debe recordar, reconstruir, venerar. Es nuestra phase, nuestro episodio del tránsito de Dios, con el acostumbrado comentario: Timeo transeuntem Deum

En segundo lugar: estos recuerdos tienen carácter, por decirlo así, adivinatorio, y ofrecen la base humana, personal, de lo que después construyó encima la gracia sacramental; un carácter definitivo: sacerdos in aeternum. Cosa inefable. Otro tema para meditaciones encantadoras. Hay una literatura, también profana, sobre este aspecto de la ordenación sacerdotal: irrevocablemente impresa en las entrañas de nuestra personalidad, terriblemente indeleble y capaz a veces de inefable reviviscencia!

Y más aún. ¿Quién podrá agotar el tema de la reflexión sobre el misterio de la identificación de nuestra pobre vida con Cristo mismo? No en vano podemos y debemos repetirnos a nosotros mismos: Sacerdos alter Christus! ¡Demasiadas, demasiadas cosas, todos lo sabemos, habría que decir a este propósito! Nosotros querríamos pediros, justamente como práctica cuaresmal, que retornaseis con toda vuestra mente a este aspecto de nuestra personalidad sacerdotal.

Para que tengáis la paradójica valentía de repetir cada uno para sí: “Christo confixus sum cruci: estoy crucificado con Cristo” (Gál 2, 19). Y para que cada cual sienta y convierta en ministerio sacerdotal esta inmolación que nos asemeja a Jesús, nuestro modelo y Salvador, y experimente en sí la felicidad del misterio pascual que estamos viviendo: “superabundo gaudio in omni tribulatione nostra: reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Cor 7, 4).

¡Así sea, así sea para todos vosotros! Queridísimos hijos, con nuestra bendición apostólica.

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13 de marzo.

LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):

Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 78,8.9.11.13

R/. Señor, no nos trates
como merecen nuestros pecados

No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R/.

Socórrenos, Dios, salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R/.

Llegue a tu presencia
el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso,
salva a los condenados a muerte. R/.

Mientras, nosotros, pueblo tuyo,
ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
contaremos tus alabanzas
de generación en generación. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Palabra del Señor

 

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1. Empezamos la segunda semana de la Cuaresma con una oración penitencial muy hermosa, puesta en labios de Daniel. Él reconoce la culpa del pueblo elegido, tanto del Sur (Judá) como del Norte (Israel), tanto del pueblo como de sus dirigentes. No han hecho ningún caso de los profetas que Dios les envía: «hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas, hemos pecado contra ti».

Mientras que por parte de Dios todo ha sido fidelidad. Daniel hace una emocionada confesión de la bondad de Dios: «Dios grande, que guardas la alianza y el amor a los que te aman… Al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón».

2. Si la dirección de la primera lectura era en relación con Dios -reconocernos pecadores y pedirle perdón a él- el pasaje del evangelio nos hace sacar las consecuencias (cosa más incómoda): Jesús nos invita a saber perdonar nosotros a los demás.

El programa es concreto y progresivo: «sed compasivos… no juzguéis… no condenéis… perdonad… dad». El modelo sigue siendo, como ayer, el mismo Dios: «sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Esta actitud de perdón la pone Jesús como condición para que también a nosotros nos perdonen y nos den: «la medida que uséis, la usarán con vosotros». Es lo que nos enseñó a pedir en el Padrenuestro: «perdónanos… como nosotros perdonamos».

3. a) Nos va bien reconocer que somos pecadores, haciendo nuestra la oración de Daniel. Personalmente y como comunidad.

Reconocer nuestra debilidad es el mejor punto de partida para la conversión pascual, para nuestra vuelta a los caminos de Dios. El que se cree santo, no se convierte. El que se tiene por rico, no pide. El que lo sabe todo, no pregunta. ¿Nos reconocemos pecadores? ¿somos capaces de pedir perdón desde lo profundo de nuestro ser? ¿preparamos ya con sinceridad nuestra confesión pascual?

Cada uno sabrá cuál es su situación de pecado, cuáles sus fallos desde la Pascua del año pasado. Ahí es donde la palabra nos quiere enfrentar con nuestra propia historia y nos invita a volvernos a Dios. A mejorar en algo concreto nuestra vida en esta Cuaresma. Aunque sea un detalle pequeño, pero que se note. Seguros de que Dios, misericordioso, nos acogerá como un padre.

Hagamos nuestra la súplica del salmo: «Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… Iíbranos y perdona nuestros pecados».

b) Pero también debemos aceptar el otro paso, el que nos propone Jesús: ser compasivos y perdonar a los demás como Dios es compasivo y nos perdona a nosotros. Ya el sábado pasado se nos proponía «ser perfectos como el Padre celestial es perfecto», porque ama y perdona a todos. Hoy se nos repite la consigna.

¿De veras tenemos un corazón compasivo? ¡Cuántas ocasiones tenemos, al cabo del día, para mostrarnos tolerantes, para saber olvidar, para no juzgar ni condenar, para no guardar rencor; para ser generosos, como Dios lo ha sido con nosotros! Esto es más difícil que hacer un poco de ayuno o abstinencia.

Ahí tenemos un buen examen de conciencia para ponernos en línea con los caminos de Dios y con el estilo de Jesús. Es un examen que duele. Tendríamos que salir de esta Cuaresma con mejor corazón, con mayor capacidad de perdón y tolerancia.

Antes de ir a comulgar con Cristo, cada día decimos el Padrenuestro. Hoy será bueno que digamos de verdad lo de «perdónanos como nosotros perdonamos». Pero con todas las consecuencias: porque a veces somos duros de corazón y despiadados en nuestros juicios y en nuestras palabras con el prójimo, y luego muy humildes en nuestra súplica a Dios.

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Para profundizar:

Sabemos que Lucas y Mateo comparten textos en común que no han recibido de Marcos; esa fuente común es conocida como “Q” (del alemán: Quelle = fuente). El Evangelio de hoy nos presenta una serie de textos que podemos fácilmente atribuir a Q y encontramos en Mt en el “Sermón de la Montaña”. El orden es semejante y algunas intenciones también.

En realidad la unidad es mucho más extensa (20-49 o 27-38 o 12-49 según diferentes autores) y la liturgia ha seleccionado sólo una parte:

v.36 es la conclusión de lo que viene diciendo hasta aquí y la preparación a lo que viene (un texto bisagra), y vv.37-38 algunas conclusiones de esto en la vida.

Veamos estas dos partes detalladamente:

“Sean misericordiosos”: el término oiktirmôn es exclusivo de este párrafo en los evangelios (sólo se repite en Sgo 5,11). Como se ha visto, Mateo prefiere “sean perfectos” haciendo referencia a la “justicia mayor” que la de los escribas y fariseos. Lo interesante es que el esquema de la frase es semejante al texto de Lev 19,2: “sean santos como Yavé es santo”, pero aquí modificado. En el AT se afirma con frecuencia que Dios es “misericordioso” (señalamos solamente los textos de la Biblia griega de LXX que utiliza oiktimôn: 2 Sam 24,14; 1 Cr 21,13; Sal 24,6; 39,12; 50,3; 68,17; 76,10; 78,8; 102,4; 118,77.156; 144,8.9; Is 63,15; Dan 9,18; Os 2,21; Zac 1,16; Sir 5,6; Bar 2,27; es interesante que el griego de Zac 12,10, allí donde el texto hebreo dice “espíritu de gracia y oración” prefiere “de gracia y misericordia”). Por lo tanto, vemos que el texto no contradice en nada la tradición bíblica. Frecuentemente oiktimôn traduce el hebreo raham que es ternura (preferentemente materna, de su seno), o también hnn que es gracia, piedad, aunque ambas palabras hebreas también se traducen con frecuencia por éleeô. En síntesis, de Dios también se predica su ternura y misericordia, no solamente su santidad. Sin embargo, en tiempos de Jesús, la santidad tenía una lectura muy negativa: puesto que el santo es el separado (Dios se separó para sí un pueblo, dentro de ese pueblo se separó una tribu, dentro de la tribu un clan y dentro del clan una persona), la fe se va viviendo como un sistema de exclusiones donde cuanto más “separado” se es, más cercano a Dios se está; de este modo, son cada vez más los grupos que van siendo excluidos de la cercanía de Dios: los paganos, los impuros (por ejemplo, los leprosos), las mujeres, los niños, la “gente de la tierra”. Es conocida la tradicional acción de gracias rabínica: “te doy gracias, Señor, por haberme hecho judío y no pagano, libre y no esclavo, varón y no mujer” (que no pretendía tanto manifestar la exclusión de los otros sectores sino manifestar que estando con los beneficiados se podía estar más cerca de Dios). El sistema de “santidad” termina siendo un sistema de exclusiones; al poner el acento en la ternura, la misericordia, en cambio, se pone el acento en las inclusiones. El término éleeô/os lo encontramos más frecuentemente en Lucas: de entrada se afirma que la misericordia de Dios alcanza a todos los que le temen (1,50), porque “Dios se acordó de la misericordia” (1,54). Recordando su alianza “hizo misericordia” (1,72) manifestando “entrañas de misericordia” (1,78), Lázaro le pide a Abraham misericordia por su sed (16,24) y los leprosos le piden a Jesús que tenga misericordia de su exclusión (17,13), cosa que también pide el ciego (18,38.39); esto debe ser imitado reconociendo como prójimo a todo caído y sufriente (10,37). También es cercano a este término lo “entrañable” (splagjnízomai; recordar 1,78; además 7,13; 10,33; 15,20). La misericordia es lo que mueve a Dios a actuar en la historia, y lo que mueve a Jesús hacia el que sufre, y es también lo que debe mover a sus seguidores. Es muy probable que Jesús haya cuestionado todo el sistema de exclusiones judías como lo demuestra su constante cercanía a los excluídos del régimen de la pureza, y seguramente en otra característica de Dios, la misericordia, ha encontrado un rostro divino más coherente con su abbá. Podemos afirmar, entonces, que la misericordia aparece como un predicado nuevo de Dios con el que Jesús enfrenta al judaísmo de su tiempo. No es cosa de imitar a Dios alejándonos de los demás, sino aproximándonos a ellos.

A continuación siguen dos ejemplos, dos negativos y dos positivos donde se muestra cómo Dios mira nuestras actitudes. A nuestras acciones -positivas o negativas- le siguen sendas acciones divinas expresadas en voz pasiva (“serán juzgados”, “serán absueltos”, que suponen a Dios como sujeto). La idea de “juzgar” supone especialmente “condenar”, guíarse sin misericordia con respecto a los demás. Absolver es liberar, dejar ir, o incluso perdonar. Dios parece guíarse con un criterio “mercantil” con quien no tiene misericordia con su hermano: usará el mismo criterio. En cambio su generosidad será desbordante con quien se guíe con criterios de misericordia (ver también 8,18; 19,25-26). Y esto incluye nuestra actitud con respecto a los bienes terrenos, como queda claro en el cuarto de los ejemplos, el de dar y la medida. La disponibilidad a la misericordia, al perdón, a la generosidad (¿limosna?) deben marcar la vida cotidiana del seguidor de Jesús.

Comentario

El amor no es un producto más de mercancía, de compra-venta, sujeto a la oferta y la demanda, no es “doy para que me des”. Al menos el amor que quiere ser como el de Dios, a quien estamos llamados a imitar. El amor es generoso, es entrega de sí, es vida y produce vida; el amor no se tiene en cuenta a sí mismo sino al ser amado (aún a costa de sí mismo; aún hasta dar la vida). El amor no es algo palpable y científicamente analizable; tampoco es algo que se puede reducir a un “sentimiento” que hoy está y mañana puede desaparecer… El amor es siembra de vida, entrega de comunión, es imitación del mismísimo Dios. Las actitudes del amor son: misericordia, perdón, generosidad, no condenar… son actitudes como las que tiene el mismo Dios y deben tener sus hijos.

Dios derrama su amor sin esperar nada a cambio, eso es la misericordia, eso es la fidelidad de Dios a su mismo ser y su compromiso con los amados; a eso nos llama: a dar sin esperar respuesta, e incluso dispuestos a recibir a cambio desprecio, incomprensión y violencia.

¿No es ingenuo esto? ¿Cómo puede vivirse esto en nuestro mundo? En este tiempo del “hombre lobo del hombre”, todo esto que Jesús plantea, ¿no es una suerte de suicidio? Lo parece. Y sin embargo lo dice. Jesús nos invita a una vida semejante a la de él, nos invita a una entrega de amor, a saber que el hombre ¡puede ser “hermano del hombre”! ¡Qué diferente sería nuestro mundo, nuestro país y nuestros barrios o pueblos si hubiera muchos sinceramente dispuestos a amar como Jesús, a dar y darse generosamente y sin medida! ¡Cuánto fruto estaría germinando!

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12 de marzo.

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Homilía para el II domingo de Cuaresma A

El padre Abraham nació en Ur, Caldea (Gn 11,31), y se estableció en Harán, mucho más al norte. Haber nacido en Ur significaba disfrutar de lo más desarrollado en el mundo cultural de aquella época. Ur era el lugar dónde se crearon los primeros tribunales conocidos de la historia, y la primera forma de legislación social. La agricultura también alcanzó cotas hasta el momento desconocidas. Sin embargo, todo este desarrollo, y el conflicto que esto genera, produjo un movimiento significativo de migración hacia el norte en el siglo 17º antes de Cristo. El padre Abraham y su familia fueron arrastrados por esta migración hacia Harán, y se establecieron – unos 1.500 kilómetros al norte de Ur – era una encrucijada para las caravanas. Allí se encontraban en las fronteras de la civilización sumeria, a la que pertenecía Ur. Ir más allá significaba cambiar de cultura.

Así que Abraham pertenecía a la primera generación de inmigrantes en Harán. Y sabemos que los inmigrantes de primera generación, en un nuevo país, necesitan estabilidad y seguridad con el fin de echar raíces. Sin embargo, Abraham recibe la llamada de Dios para dejar esta estabilidad y la seguridad, y para aventurarse más allá de los límites de su cultura – para emprender un viaje hacia lo desconocido, sin más garantía que la palabra de Dios. Él aceptó la palabra de Dios y por eso fue llamado “el padre de todos los creyentes” “Se fue – dice el libro del Génesis – sin saber a dónde iba”. Su viaje estaba lleno de peligros y tentaciones, pero se sobrepuso y llegó a la tierra prometida.

Casi dos mil años después, el Hijo de Dios fue enviado también a un viaje – un viaje que, para usar las palabras de san Pablo a los Filipenses- consistió en renunciar a todos sus privilegios. Primero se estableció en Nazaret, como Abraham había hecho en Harán. Pero un día, en su bautismo, en el Jordán, oyó el llamado mesiánico, que lo envió por los caminos de Judea y Galilea. Conoció también la tentación, como hemos visto en el Evangelio del domingo pasado, y el peligro.

Cuando Él comenzó a predicar en Cafarnaun y Nazaret, las multitudes van desde el asombro hasta la veneración como un profeta. Él resiste esta tentación. Así que después de los primeros milagros, sobre todo después de la multiplicación de los panes, las multitudes querían coronarlo rey. Otra tentación de la que se fugó. Pero cuando los poderes que comenzaron a percibirlo como una amenaza, le hicieron una guerra sistemática, y las multitudes lo abandonaban gradualmente, en algún momento se dio cuenta de que las autoridades del pueblo tenían sus planes y que Él tenía que morir. Este fue un importante punto de inflexión en su vida ministerial. A partir de ese momento dedicó mucho de su tiempo y energías para formar y enseñar a sus discípulos, más que a las multitudes.

El pasaje de la Transfiguración que leemos en el evangelio de hoy, se sitúa en este momento crucial de la vida de Jesús. Él acababa de anunciar su muerte a los discípulos. Fue con tres de ellos a la montaña para una noche de oración. En la montaña, entonces, se eliminó toda esperanza humana y no había más que esperanza pura y desnuda- mientras que todo lo que no era su misión mesiánica desaparece o se derrumba, su verdadera identidad es revelada. Él se transfiguró. Toda su humanidad se reduce a la voluntad del Padre sobre él. Jesús no se vuelve más divino de lo que siempre fue, sino que se transfigura delante de ellos, es decir, algo que no veían se revela a sus ojos, su aspecto se transforma. En la medida en la que nosotros nos acercamos a Dios con la oración, y uniéndonos a su voluntad, también somos transformados, nosotros somos transformados a imagen de Cristo y recibimos la visita de Dios y de sus santos.

Hay en este episodio de la Transfiguración no sólo una revelación sobre la persona de Cristo, sino también una revelación sobre la naturaleza de nuestra vida moral. Nosotros tendemos demasiado fácilmente a reducir nuestra fe a un ideal moral, reduciendo el mensaje del Evangelio a una regla de vida, muy noble, por cierto, pero a lo que estamos llamados es a ser transfigurados, identificados en todo nuestro ser con la voluntad de Dios para con nosotros, y a través de nuestra fidelidad continuar nuestro viaje en el desierto.

Cuaresma no debe ser un simple paréntesis penitencial en nuestras vidas. Es un tiempo en que se nos recuerda que somos un pueblo en camino por el desierto. Hemos sido llamados y enviados. Aceptar la inseguridad radical de este viaje es el precio a pagar si queremos llegar a la tierra prometida de nuestra transfiguración con Cristo. Con María, dando gracias continuemos nuestra celebración de la Eucaristía, en la que Cristo se nos dará a nosotros como nuevo maná, el alimento que necesitamos para continuar nuestro viaje.

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Para profundizar:

Jesús de Nazaret. La esfera de los libros.

Benedicto XVI.

Jesús de Nazaret. Dos hitos importantes en el camino de Jesús: la confesión de Pedro y la Transfiguración.

La Transfiguración

En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: “Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan” (Mt 17,1; Mc 9,2). Lucas escribe: “Unos ocho días después…” (Lc 9,28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados unos con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la “exaltación” de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fondo esa singular indicación temporal. Existen dos interpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

Jean-Marie van Cangh y Michel van Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención sobre el hecho de que sólo cinco días separan dos grandes fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot), que dura una semana. Esto significa que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el transfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el santasanctorum del templo. La confesión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la datación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de las Tiendas, que –como ya se ha dicho- duraba una semana. En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen e común que relacionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta manifestación se relaciona en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singularidad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo fundamental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan, como hemos visto en el capítulo precedente: los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos litúrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida.

Precisamente al analizar las relaciones entre la historia de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas veremos que todas las fiestas judías tienen tres dimensiones. Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación; luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia y finalmente, basándose en esto, en fiestas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la historia alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la reconciliación de toda la creación. Veremos que estas tres dimensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.

A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapone otra, defendida insistentemente sobre todo por Hartmunt Gese, que no cree suficientemente fundada la relación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el transfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración. En él se dice: “La nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube” (Ex 24,16). El hecho de que aquí –a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios- se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acontecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, demostrando así que tanto Moisés como los Profetas hablan todos de Jesús.

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf Mc 9,2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf Mc 14,33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos -como en el Sermón d la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración– con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor –en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio- dice: -“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobretodo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

Y se transfiguró delante de ellos“, dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: “Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún lavandero del mundo” (9,2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (17,2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió “a lo alto de una montaña, para orar”; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco” (9,29). La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la Luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: “Cuando Moisés bajó del monte Sinaí… no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor” (Ex 34,29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace brilla también a él: Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no solo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz.

Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf sobre todo 7,9.13; 19,14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero ( cf Ap 7,14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf Lc 15,22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta –al menos en una breve indicación- de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: “Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén” (9,31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el “mar Rojo” de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la “esperanza de Israel”, el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras bajan del “monte alto”. Jesús habla con ellos de su futura resurrección de entre los muertos, lo que presupone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio,  le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al respecto: “Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¡Por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado! Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él” (Mc 9,9-13). Jesús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y completa la imagen que se habían hecho de todo ello. Identifica al Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la venida del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y solo así abre el camino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: “Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él” (Mc 9,13). Jesús recuerda aquí, por un lado,, el destino efectivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado “como el único que se había librado del martirio durante la persecución; a su regreso… también él debe sufrir la muerte” (Pesch, Markusevangelium II).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pasión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escritura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo y a partir de Él, el Resucitado.

Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El “temor de Dios” se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. “Estaban asustados”, dice Marcos (9,6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento “…no sabía lo que decía” (9,6): “Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (9,5)

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tienen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Harmut Gese lo discute y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33,7, donde se describe la “ritualización del episodio del Sinaí”: según este texto, Moisés montó “fuera del campamento” la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron “cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (33,11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la  nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tratarse de una reminiscencia del texto de las Escrituras antes citado; tanto la exégesis judía como la paleocristiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándose unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secundaría.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plausible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. Jean Daniélou ha profundizado en este aspecto de manera convincente y lo ha relacionado con el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin duda todavía conocidas y se las reinterpretaba en el contexto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mismo carácter tridimensional que caracteriza –como ya hemos visto-  a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación definitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la marcha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (chozas, sukkot) (Lv 23,43). Daniélou cita primero a Riesenfeld: “Las Tiendas no eran solo el recuerdo de la protección divina en el desierto, sino lo que es más importante, una prefiguración de los sukkot [divinos] en los que los justos vivirían al llegar el mundo futuro. Parece, pues, que el rito más característico de la fiesta de las Tiendas, tal como se celebraba en el tiempo del judaísmo, tenía relación con un significado escatológico muy preciso” (p. 451). En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16,9). “La epifanía de la gloria de Jesús –dice Daniélou- es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morirían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas” (p.459). La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis “que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad… La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico” (p. 459). Al bajar del monte Pedro debe aprender a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración –ser luz en virtud del señor y con Él- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: (Jn 1,14). Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando así el tiempo mesiánico. Siguiendo esta idea, Gregorio de Nisa analiza en un texto magnífico la relación entre la fiesta de las Tiendas y la Encarnación. Dice que la fiesta de las Tiendas siempre se había celebrado, pero no se había hecho realidad. “Pues la verdadera fiesta de las Tiendas, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamente por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118,27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana” (De anima, PG 46,132B; cf. Daniélou, pp. 464-466).

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo al relato de la transfiguración. “Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo” (Mc 9,7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios Mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido” (Mc 1,11).

Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: “Escuchadle”. Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: “Escuchadlo”. Hartmut Gese comenta esta escena de un modo bastante acertado: “Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma” (p. 81). Con esto concluye la aparición: su sentido mas profundo queda recogido es esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: “Escuchadlo”.

Si aprendemos a interpretar así el contenido del relato de la transfiguración –como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico-, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la confesión de Pedro y la instrucción sobre el apostolado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: “Y añadió: “Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”” (9,1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncian otra cosa?

Rudolf Pesch (II 2, p. 66) ha mostrado convincentemente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos –los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte- que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios “con poder”. En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte –en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas- reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el “poder” (dynamis) del Reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pablo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Primera Carta a los Corintios: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo –judíos o griegos-, poder (dynamis) de Dios y sabiduría de Dios” (1,23s). Este “poder” del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la “necesidad” de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24,26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús.

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11 de marzo.

SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón y con toda el alma. Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: Que él será tu Dios, que tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz. Hoy se compromete el Señor a aceptar lo que tú le propones Que serás su propio pueblo, como te prometió, que guardarás todos sus preceptos, que él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y que serás el pueblo santo del Señor, como ha dicho.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,1-2.4-5.7-8

R/. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas. R/.

Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus leyes exactamente,
tú, no me abandones. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Palabra del Señor

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1. «Te has comprometido con el Señor a ir por sus caminos». La idea del camino describe bien nuestra vida. Moisés se lo dice hoy a su pueblo. A nosotros, en la Cuaresma, se nos recuerda de un modo más explícito que los cristianos tenemos un camino propio, un estilo de vida, el que nos traza la palabra revelada de Dios, que escuchamos cada día.

Son las exigencias internas de la Alianza: nosotros tenemos que portarnos como el pueblo de Dios, siguiéndole sólo a él. Dios, por su parte, nos promete ser nuestro Dios, ayudarnos, hacer de nosotros el «pueblo consagrado», elegido, que da testimonio de su salvación en medio del mundo.

Es el único camino que lleva a la salvación. A la felicidad. A la Pascua. Dios nos es siempre fiel. Nosotros también debemos serle fieles y cumplir su voluntad «con todo el corazón y con toda el alma».

2. El evangelio de hoy nos pone delante un ejemplo muy concreto de este estilo de vida que Dios quiere de nosotros. Jesús nos presenta su programa: amar incluso a nuestros enemigos.

El modelo, esta vez, es Dios mismo (otras veces se presenta Jesús como el que ha amado de veras; esta vez nos propone a su Padre). Dios ama a todos. Hace salir el sol sobre malos y buenos. Manda la lluvia a justos e injustos. Porque es Padre de todos. Así tenemos que amar nosotros. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo».

3. Varias veces ha aparecido en la primera lectura la palabra «hoy». Es a nosotros a quienes interpela esta palabra, para que en esta Cuaresma, la de este año concreto, revisemos si el camino que llevamos es el que Dios quiere de nosotros o tenemos que reajustar nuestra dirección.

Si los del AT podían sentirse urgidos por esta llamada, mucho más nosotros, los que vivimos según la Nueva Alianza de Cristo: nuestro compromiso de caminar según Dios es mayor. De modo que pueda decirse también de nosotros, con el salmo de hoy: «dichoso el que camina en la voluntad del Señor… ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas».

Hoy tenemos que recoger, en concreto, la difícil consigna de Cristo: amar a los enemigos. Su lenguaje es muy claro y concreto (demasiado para nuestro gusto): «si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?… si saludáis sólo a vuestro hermano, ¿qué hacéis de extraordinario?».

¿Somos de corazón ancho? ¿amamos a todos, o hacemos selección según nuestro gusto o nuestro interés? Según el termómetro que nos propone Jesús, ¿podemos decir que somos hijos de ese Padre que está en el cielo y que ama a todos?

Es arduo el programa. Pero la Pascua a la que nos preparamos es la celebración de un Cristo Jesús que se entregó totalmente por los demás: también a él le costó, pero murió perdonando a los que le habían llevado a la cruz, como perdonó a Pedro, que le había negado. Ser seguidores suyos es asumir su estilo de vida, que es exigente: incluye el ser misericordiosos entregados por los demás, y poner buena cara incluso a los que ni nos saludan.

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Para profundizar:

Con la oración del sábado volvemos al principio de la semana. El centro de esta oración es la palabra «Converte». Aparece así de nuevo el hilo conductor, el objetivo de la Cuaresma: la conversión. Todos los textos de la Cuaresma no son más que interpretaciones y aplicaciones de esta realidad, de la que todo depende en nuestra vida.

1. Como en la oración del lunes, también en este texto es la conversión un don, es gracia: le pedimos a Dios el don de la conversión. Hallamos un matiz nuevo en la invocación del principio: «Pater aeterne». La oración señala la dirección de la conversión: queremos volver a la casa del Padre; la conversión es un retorno. En la conversión buscamos al Padre, la casa del Padre, la patria. Con estas palabras, la oración alude a la descripción clásica del camino de la conversión, a la parábola del hijo pródigo. El joven de la parábola no se limita a emigrar solamente; su alma, y no sólo su cuerpo, vive en una «tierra lejana». Víctima de su arrogancia, perdida la verdad de su ser, se ha exiliado, ha salido fuera de la casa paterna. Olvidado de Dios y de sí mismo, vive lejos del Padre, en la «regio disimilitudinis», como dicen los Padres; en las tinieblas de la muerte. La vida fuera de la verdad es camino que conduce a la muerte. En consecuencia, también el retorno a la patria comienza por una peregrinación interior: el hijo encuentra de nuevo la verdad. «Semejante visión en la verdad constituye la auténtica humildad», dice la encíclica Dives in misericordia (IV, 6). Este viaje interior llega a su término en la confesión: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». La conversión es un «obrar la verdad», afirma San Agustín, interpretando a San Juan: «El que obra la verdad viene a la luz» (Jn 3,21). El reconocimiento de la verdad se realiza en la confesión; en la confesión venimos a la luz; en la confesión, que ya se ha hecho realidad en tierra lejana, el hijo cubre la distancia, salva el abismo que le separa de la patria; en virtud de la confesión entra de nuevo en la verdad y, en consecuencia, en el amor del Padre, el cual ama la verdad, es la verdad: el amor del Padre abre definitivamente las puertas de la verdad.

Al meditar esta parábola, no debemos olvidar la figura del hijo mayor. En cierto sentido, no es menos importante que el hijo más joven, de suerte que se podría hablar también -y acaso fuera más acertado- de la parábola de los dos hermanos. Con la figura de los dos hermanos, el texto se sitúa en la estela de una larga historia bíblica, que se inicia con el relato de Caín y Abel, continúa con los hermanos Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, y es interpretada de nuevo en diferentes parábolas de Jesús. En la predicación de Jesús, la figura de los dos hermanos refleja, ante todo, el problema de la relación Israel-paganos. En esta parábola, es fácil descubrir el mundo pagano en la figura del hijo más joven, que ha dilapidado su vida lejos de Dios. La carta a los Efesios, por ejemplo, dice a los paganos: «Vosotros, que estabais lejos» (2,17). La descripción de los pecados del mundo pagano en el primer capítulo de la carta a los Romanos parece evocar los vicios del hijo pródigo. Por otra parte, no es difícil ver en el hijo mayor al pueblo elegido, a Israel, que siempre ha permanecido fiel en la casa del Padre. Es Israel el que expresa su amargura en el momento de la vocación de los paganos, que están exentos de las obligaciones de la Ley: «Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos» (Lc 15,29). Es Israel el que se indigna y se niega a participar en las bodas del hijo con la Iglesia. La misericordia de Dios invita a Israel, suplica a Israel que entre, con las palabras: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes tuyos son» (v.31).

Pero es todavía más amplio el significado de este hermano mayor. En cierto sentido, representa al hombre fiel; es decir, representa a aquellos que se han mantenido al lado del Padre y no han transgredido sus mandamientos. Con la vuelta del pecador se enciende la envidia, aparece el veneno hasta entonces oculto en el fondo de sus almas. ¿Por qué esta envidia? La envidia revela que muchos de estos «fieles» ocultan también en su corazón el deseo de la tierra lejana y de sus promesas. La envidia muestra que semejantes personas no han llegado a comprender realmente la belleza de la patria, la felicidad que se expresa en las palabras «todos mis bienes tuyos son», la libertad del que es hijo y propietario; así se hace patente que también ellos desean secretamente la felicidad de la tierra lejana; que, con el deseo, han salido ya hacia esa tierra, y no lo saben ni lo quieren reconocer. La pérdida de la verdad es en este caso muy peligrosa: no se percibe la urgencia de la conversión. Y, a lo último, no entran a la fiesta; al final se quedan fuera. Este es el sentido de estas palabras tremendas: «Y tú, Cafarnaúm, ¿te levantarás hasta el cielo? Hasta el infierno serás precipitada. Porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros obrados en ti, hasta hoy subsistiría. Así, pues, os digo que el país de Sodoma será tratado con menos rigor que tú el día del juicio» (Mt 11,23-24).

La figura del hermano mayor nos obliga a hacer examen de conciencia; esta figura nos hace comprender la reinterpretación del Decálogo en el Sermón de la Montaña. No sólo nos aleja de Dios el adulterio exterior, sino también el interior; se puede permanecer en casa y, al mismo tiempo. salir de ella. De este modo comprendemos también la «abundancia», la estructura de la justicia cristiana, cuya piedra de toque es el «no» a la envidia, el «sí» a la misericordia de Dios, la presencia de esta misericordia en nuestra misericordia fraterna.

CV/D-ABSOLUTO:2. Con esta observación volvemos a la oración del día: «Ad te corda nostra, Pater aeterne, converte, ut nos tuo cultui praestes esse dicatos», o, como dice el texto originario del Sacramentarium Leonianum, «tuo cultui subjectos». El objetivo principal del retorno, de la conversión, es el culto. La conversión es el descubrimiento de la primacía de Dios. «Operi Dei nihil praeponatur»; este axioma de San Benito no se refiere únicamente a los monjes, sino que debe constituirse en regla de vida para todo hombre. Donde se reconoce a Dios con todo el corazón, donde se tributa a Dios el honor debido, también el hombre halla su centro. La definición, tanto del paraíso como de la ciudad nueva, es la presencia de Dios, el habitar con Dios, el vivir en la luz de la gloria de Dios, en la luz de la verdad. El texto originario expresa con toda claridad esta jerarquía de la vida humana: «Quia nullis necessariis indigebunt, quos tuo cultui praestiteris esse subiectos». En estas palabras de la liturgia se escucha el eco del mandato de Jesús: «Buscad primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,33). ATEISMO/HUMANIZACION: Es ésta una regla que me parece sumamente importante en la situación que vivimos hoy. Ante la miseria ingente que sufren tantos países del Tercer Mundo, muchos, incluso buenos cristianos, piensan que hoy ya no es posible atenerse a este mandato; piensan que ha de diferirse durante un cierto tiempo el anuncio de la fe, el culto y la adoración, y tratar primero de dar solución a los problemas humanos. Pero con semejante inversión crecen los problemas, se incrementa la miseria. Dios es y será siempre la necesidad primera del hombre, de suerte que allí donde se pone entre paréntesis la presencia de Dios, se despoja al hombre de su humanidad, se cae en la tentación del diablo en el desierto y, a la postre, no se salva al hombre, sino que se le destruye.

El nuevo texto de la oración pone de relieve esta verdad, con un matiz diferente: «Converte nos, ut unum necessarium semper quaerentes et opera caritatis exercentes tuo cultui praestes esse dicatos». Se subraya la primacía de Dios aludiendo al relato de Marta y María: «Porro unum est necessarium» (Lc 10,42). La principalidad de Dios, el estar con el Señor, la escucha de su palabra, el «buscad primero el reino de Dios», continúa siendo de este modo el núcleo y centro del texto. Pero, al añadir «opera caritatis exercentes», se aclara que el amor y el trabajo para la renovación del mundo brotan de la palabra, brotan de la adoración.

TEMPORAS/QUÉ-ES:3. Una última observación. Según la tradición de la Iglesia, la primera semana de Cuaresma es la semana de las Cuatro Témporas de primavera. Las Cuatro Témporas representan una tradición peculiar de la Iglesia de Roma; sus raíces se encuentran, por una parte, en el Antiguo Testamento -donde, por ejemplo, el profeta Zacarías habla de cuatro tiempos de ayuno a lo largo del año-, y por otra, en la tradición de la Roma pagana, cuyas fiestas de la siembra y de la recolección han dejado su huella en estos días. Se nos ofrece así una hermosa síntesis de creación y de historia bíblica, síntesis que es un signo de la verdadera catolicidad. Al celebrar estos días, recibimos el año de manos del Señor; recibimos nuestro tiempo del Creador y Redentor, y confiamos a su bondad siembras y cosechas, dándole gracias por el fruto de la tierra y de nuestro trabajo. La celebración de las Cuatro Témporas refleja el hecho de que «la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,19). A través de nuestra plegaria, la creación entra en la Eucaristía, contribuye a la glorificación de Dios.

Las Cuatro Témporas recibieron en el siglo V una nueva dimensión significativa; pasaron a ser fiestas de la recolección espiritual de la Iglesia, celebración de las ordenaciones sagradas. Tiene un sentido profundo el orden de las estaciones correspondientes a estos tres días: miércoles, Santa María la Mayor; viernes, Los doce Apóstoles; sábado, San Pedro. En el primer día, la Iglesia presenta los ordenandos a la Virgen, a la Iglesia en persona. Al meditar en este gesto, nos viene a la memoria la plegaria mariana del siglo III: «Sub tuum praesidium confugimus». La Iglesia confía sus ministros a la Madre: «He ahí a tu madre». Estas palabras del Crucificado nos animan a buscar refugio junto a la Madre. Bajo el manto de la Virgen estamos seguros. En todas nuestras dificultades podemos acudir siempre, con una confianza sin límites, a nuestra Madre. Este gesto del miércoles de las Cuatro Témporas se refiere a nosotros. Como ministros de la Iglesia, somoS «asumidos» en virtud de este ofrecimiento que representa el verdadero principio de nuestra ordenación. Confiando en la Madre, nos atrevemos a abrazar nuestro servicio.

El viernes es el día de los Apóstoles. En calidad de «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» somos «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas» (Ef 2,19-20). Sólo hay verdadero sacerdocio, sólo podemos construir el templo vivo de Dios en el contexto de la sucesión apostólica, de la fe apostólica y de la estructura apostólica. Las ordenaciones mismas tienen lugar en la noche del sábado hasta la mañana del domingo en la basílica de San Pedro. Así expresa la Iglesia la unidad del sacerdocio en la unidad con Pedro, del mismo modo que Jesús, al principio de su vida pública, llama a Pedro y a sus «socios» (Lc 5,10), luego de haber predicado desde la barca de Simón. La primera semana de Cuaresma es la semana de la siembra. Confiamos a la bondad de Dios los frutos de la tierra y el trabajo de los hombres, para que todos reciban el pan cotidiano y la tierra se vea libre del azote del hambre. Confiamos también a la bondad de Dios la siembra de la palabra, para que reviva en nosotros el don de Dios, que hemos recibido por la imposición de las manos del obispo (2 Tim 1,6) en la sucesión de los Apóstoles, en la unidad con Pedro. Damos gracias a Dios porque nos ha protegido siempre en las tentaciones y dificultades, y le pedimos, con las palabras de la oración de la comunión, que nos otorgue su favor, es decir, su amor eterno, Él mismo, el don del Espíritu Santo, y que nos conceda también el consuelo temporal que nuestra frágil naturaleza necesita:

«Perpetuo, Domine, favore prosequere, quos reficis divino mysterio, et quos imbuisti caelestibus institutis, salutaribus comitare solaciis».

Oramos «por Cristo nuestro Señor». Oramos bajo el manto de la Madre. Oramos con la confianza de los hijos. Permanecen vigentes las palabras del Redentor: «Confiad; yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR
MADRID-1990
.Págs. 59-65

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Cardenal Ratzinger. Para Profundizar, textos de ayer y hoy.

Jueves Primera semana de Cuaresma

En los textos litúrgicos de este día, la Iglesia nos ofrece una catequesis sobre la oración. La reina Ester es figura del pueblo de Dios en medio de sus angustias; expuesta a la violencia de los poderosos de este mundo, desamparada, sostenida únicamente por la confianza en la fuerza de Dios, brota de sus labios la oración: «Señor mío, único rey nuestro, ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro defensor que tú. Yo misma me he ex- puesto al peligro…» (Est 14,3).

PETICION/ORACION: En el Evangelio, Jesús nos invita a la oración: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Estas palabras de Jesús son sumamente preciosas, porque expresan la relación entre Dios y el hombre y responden a un problema fundamental de toda la historia de las religiones y de nuestra vida personal. ¿Es justo y bueno pedir algo a Dios, o es quizá la alabanza, la adoración y la acción de gracias, es decir, una oración desinteresada, la única respuesta adecuada a la trascendencia y a la majestad de Dios? ¿No nos apoyamos acaso en una idea primitiva de Dios y del hombre cuando nos dirigimos a Dios, Señor del Universo, para pedirle mercedes? Jesús ignora este temor. No enseña una religión elitista, exquisitamente desinteresada; es diferente la idea de Dios que nos transmite Jesús: su Dios se halla muy cerca del hombre; es un Dios bueno y poderoso. La religión de Jesús es muy humana, muy sencilla; es la religión de los humildes: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,15).

Los pequeñuelos, aquellos que tienen necesidad del auxilio de Dios y así lo reconocen, comprenden la verdad mucho mejor que los discretos, que, al rechazar la oración de petición y admitir únicamente la alabanza desinteresada de Dios, se fundan de hecho en una autosuficiencia que no corresponde a la condición indigente del hombre, tal como ésta se expresa en las palabras de Ester: «¡Ven en mi ayuda!» En la raíz de esta elevada actitud, que no quiere molestar a Dios con nuestras fútiles necesidades, se oculta con frecuencia la duda de si Dios es verdaderamente capaz de responder a las realidades de nuestra vida y la duda de si Dios puede cambiar nuestra situación y entrar en la realidad de nuestra existencia terrena. En el contexto de nuestra concepción moderna del mundo, estos problemas que plantean los «sabios y discretos» parecen muy bien fundados. El curso de la naturaleza se rige por las leyes naturales creadas por Dios. Dios no se deja llevar del capricho; y si tales leyes existen, ¿cómo podemos esperar que Dios responda a las necesidades cotidianas de nuestro vivir? Pero, por otra parte, si Dios no actúa, si Dios no tiene poder sobre las circunstancias concretas de nuestra existencia, ¿cómo puede llamarse Dios? Y si Dios es amor, ¿no encontrará el amor posibilidad de responder a la esperanza del amante? Si Dios es amor y no fuera capaz de ayudarnos en nuestra vida concreta, entonces no sería el amor el poder supremo del mundo; el amor no estaría en armonía con la verdad. Pero si no es el amor la más elevada potencia, ¿quién es o quién tiene el poder supremo? Y si el amor y la verdad se oponen entre sí, ¿qué debemos hacer: seguir al amor contra la verdad o seguir a la verdad contra el amor? Los mandamientos de Dios, cuyo núcleo es el amor, dejarían de ser verdaderos, y entonces ¡qué cúmulo de contradicciones fundamentales encontraríamos en el centro de la realidad! Estos problemas existen ciertamente y acompañan la historia del pensamiento humano; el sentimiento de que el poder, el amor y la verdad no coinciden y de que la realidad se halla marcada por una contradicción fundamental, puesto que en sí misma es trágica, este sentimiento, digo, se impone a la experiencia de los hombres; el pensamiento humano no puede resolver por sí mismo este problema, de manera que toda filosofía y toda religión puramente naturales son esencialmente trágicas.

«Pedid y se os dará». Estas palabras tan sencillas de Jesús responden a las cuestiones más profundas del pensamiento humano, con la seguridad que sólo el Hijo de Dios puede darnos. Estas palabras nos dicen:

  1. Dios es poder, supremo poder; y este poder absoluto, que tiene al universo en sus manos, es también bondad. Poder y bondad, que en este mundo se hallan tantas veces separados, son idénticos en la raíz última del ser. Si preguntamos: «¿De dónde viene el ser?», podemos responder sin vacilar: viene de un inmenso poder, o también -pensando en la estructura matemática del ser- de una razón poderosa y creadora. Apoyándonos en las palabras de Jesús, podemos añadir: este poder absoluto, esta razón suprema es, al mismo tiempo, bondad pura y fuente de toda nuestra confianza. Sin esta fe en Dios creador del cielo y de la tierra, la cristología quedaría irremediablemente truncada; un redentor despojado de poder, un redentor distinto del Creador, no sería capaz de redimirnos verdaderamente. Y por esta razón, alabamos la inmensa gloria de Dios. Petición y alabanza son inseparables; la oración es el reconocimiento concreto del poder inmenso de Dios y de su gloria.

MANDAMIENTOS/A-D: Como he apuntado ya, aquí encontramos también el fundamento de la moral cristiana. Los mandamientos de Dios no son arbitrarios, son sencillamente la explicación concreta de las exigencias del amor. Pero tampoco el amor es una opción arbitraria: el amor es el contenido del ser; el amor es la verdad: “Qui novit veritatem, novit eam, et qui novit eam. novit aeternitatem. Caritas novit eam. O aeterna veritas et vera caritas et cara aeternitas» («Quien conoce la verdad, la conoce (se refiere a la luz inmutable), y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad la conoce. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y amada eternidad!»), dice ·Agustín-San cuando describe el momento en que descubrió al Dios de Jesucristo (Confesiones VII 10,16). El ser no habla únicamente un lenguaje matemático; el ser tiene en sí mismo un contenido moral, y los mandamientos traducen el lenguaje del ser al lenguaje humano.

Me parece fundamental poner de relieve esta verdad a la vista de la situación que vive nuestro tiempo, en que el mundo físico-matemático y el mundo moral se presentan de tal modo separados, que no parecen tener nada que ver entre sí. Se despoja a la naturaleza de lenguaje moral; se reduce la ética a poco más que a mero cálculo utilitario, y una libertad vacía destruye al hombre y al mundo.

«Pedid y se os dará». Es decir, Dios es poder y es amor; Dios puede dar y da efectivamente. Estas palabras nos invitan a meditar sobre la identidad radical del poder y del amor; nos invitan a amar el poder de Dios: «Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam».

  1. Dios puede escuchar y hablar; en una palabra: Dios es persona. En el interior de la tradición cristiana, es ésta una afirmación muy clara; pero una determinada corriente de la historia de las religiones se opone a esta idea y se deja sentir como una tentación cada vez más fuerte para el mundo occidental. Me refiero a las religiones que provienen de la tradición hinduista y budista y al fenómeno de la gnosis, que separa creación y redención. Hoy asistimos a un renacimiento de la gnosis, que representa seguramente el reto más sombrío que se le plantea a la espiritualidad y a la pastoral de la Iglesia. La gnosis permite conservar los términos y gestos venerables de la religión, el perfume de la religión, prescindiendo por completo de la fe. Es ésta la tentación profunda que la gnosis encierra: hay en ella una cierta nostalgia de la belleza de la religión, pero hay también el cansancio del corazón que no tiene ya la fuerza de la fe. La gnosis se ofrece como una especie de refugio en el que es posible perseverar en la religión cuando se ha perdido la fe. Pero tras esta fuga se esconde casi siempre la actitud pusilánime del que ha dejado de creer en el poder de Dios sobre la naturaleza, en el Creador del cielo y de la tierra. Aparece así un cierto desprecio de la corporalidad; la corporalidad se muestra despojada de valor moral. Y el desprecio de la corporalidad engendra el desprecio de la historia de la salvación, para venir a desembocar finalmente en una religiosidad impersonal. La oración es sustituida por ejercicios de interioridad, por la búsqueda del vacío como ámbito de libertad.

PATER:«Pedid y se os dará». El Padrenuestro es la aplicación concreta de estas palabras del Señor. El Padrenuestro abraza todos los deseos auténticos del hombre, desde el Reino de Dios hasta el pan cotidiano. Esta plegaria fundamental constituye así el indicador que nos señala el camino de la vida humana. En la oración vivimos la verdad. 3. Si comparamos el texto de San Mateo con el de San Lucas y con los textos afines de San Juan, se nos hace patente un último aspecto. San Mateo concluye esta catequesis sobre la oración con las palabras de Jesús: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?» (7,11) Se subraya aquí la bondad absoluta del Señor y se expresa la personalidad de Dios, Padre de sus hijos; aquí encontramos también una alusión al pecado original, a la corrupción de los hombres, cuya maldad proviene de su rebeldía contra Dios, manifestada en el camino del autonomismo, del «seréis como Dios».

Pero nuestro interés no se centra, por el momento, en estos elementos fundamentales de la teología y de la antropología cristiana. El problema que ahora nos ocupa es el siguiente: ¿Qué contenidos puede abarcar la oración cristiana? ¿Qué podemos esperar de la bondad de Dios? La respuesta del Señor es muy sencilla: todo. Todo aquello que es bueno. Dios es bueno y otorga solamente bienes y mercedes; su bondad no conoce límites. Es ésta una respuesta muy importante. Podemos realmente hablar con Dios como los hijos hablan con su padre. Nada queda excluido. La bondad y el poder de Dios conocen un solo límite; el mal. Pero no conocen límites entre cosas grandes y pequeñas, entre cosas materiales y espirituales, entre cosas de la tierra y cosas del cielo. Dios es humano; Dios se ha hecho hombre, y pudo hacerse hombre porque su amor y su poder abrazan desde toda la eternidad las cosas grandes y las pequeñas, el cuerpo y el alma, el pan de cada día y el Reino de los cielos. La oración cristiana es oración plenamente humana; es oración en comunión con el Dios-hombre, con el Hijo. La verdadera oración cristiana es la oración de los humildes, aquella plegaria que, con una confianza que no conoce el miedo, trae a la presencia de la bondad omnipotente todas las realidades e indigencias de la vida. Podemos pedir todo aquello que es bueno. Y justamente en virtud de este su carácter ilimitado, la oración es camino de conversión, camino de educación a lo divino, camino de la gracia; en la oración aprendemos qué es bueno y qué no lo es; aprendemos la diferencia absoluta entre el bien y el mal; aprendemos a renunciar a todo mal, a vivir las promesas bautismales: «Renuncio a Satanás y a todas sus obras». La oración separa en nuestra vida la luz de las tinieblas y realiza en nosotros la nueva creación. Nos hace creaturas nuevas. Por esta razón es tan importante que en la oración abramos con toda sinceridad nuestra vida entera a la mirada de Dios, nosotros, que somos malos, que tantas cosas malas deseamos. En la oración aprendemos a renunciar a estos deseos nuestros, nos disponemos a desear el bien y nos hacemos buenos hablando con aquel que es la bondad misma. El favor divino no es una simple confirmación de nuestra vida; es un proceso de transformación. Si reparamos en la hondura de esta respuesta tan sencilla del Señor en el Evangelio de San Mateo, comprenderemos el matiz específico de la tradición lucana. La respuesta del Señor según San Lucas es ésta: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas…, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo piden?» (/Lc/11/13). El contenido de la oración cristiana es aquí mucho más limitado; se define de una manera más precisa que en San Mateo: el cristiano no espera recibir de la bondad de Dios cualquier cosa; pide a Dios el don divino: el Espíritu Santo; pide a Dios nada menos que a Dios mismo -la bondad misma, el amor mismo-, el Dios que se hace don de sí, el Espíritu Santo. Esto no contradice fundamentalmente la tradición de San Mateo. También según San Lucas se pide a Dios el bien, la bondad que abraza todo lo bueno. Pero San Lucas quiere dejar claro que las cosas humanas han de mantenerse en la esfera de la responsabilidad humana; le preocupa que la oración pueda convertirse en pretexto para entregarse al abandono y a la pereza; no quiere que le pidamos a Dios demasiado poco, sino que, con la audacia del Hijo, le pidamos el todo: al mismo Dios. De este modo, San Lucas, más que San Mateo, pone el acento en la pureza del deseo, que ha de acompañar siempre a la oración cristiana; subraya que la oración de los hijos es la oración del Hijo, plegaria cristológica, «per Christum». San Lucas no limita el poder de Dios a las cosas espirituales y sobrenaturales: el Espíritu Santo lo penetra todo; pero acentúa el objetivo concreto de la oración: que dejemos de ser malos y nos hagamos buenos en virtud de nuestra participación en la bondad misma de Dios. Este es el verdadero fruto de la oración: que no sólo tengamos cosas buenas, sino que también seamos buenos.

Esta es también la línea de la tradición joannea. San Juan pone de relieve dos aspectos:

  1. a) La oración cristiana es oración en el nombre del Hijo. Si en San Lucas se encuentra únicamente sugerida la identidad de la oración de los hijos y la del Hijo, en San Juan se hace explícito este elemento esencial. Orar en el nombre del Hijo no es una mera fórmula; no consiste en solas palabras; para compenetrarnos con este nombre se exige un camino de identificación, de conversión y de purificación; es el camino por el que se llega a ser Hijo, es decir, la realización del bautismo a través de una penitencia permanente.

Respondemos así a la invitación del Señor: «Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todo a mí» (Jn 12,32). Cuando pronunciamos la fórmula litúrgica «per Christum Dominum nostrum», se hace presente toda esta teología; día a día, estas palabras nos invitan a seguir el camino de la identificación con Jesús, el Hijo; el camino del bautismo, es decir, de la conversión y de la penitencia.

  1. b) Para referirse al contenido de la oración, al contenido de la promesa y del favor de Dios, San Juan utiliza la palabra «gozo»: «Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (/Jn/16/24) Así, el texto de Juan puede servir de vínculo de unión entre la tradición de San Mateo y la de San Lucas. El contenido de todas nuestras exigencias, de todos nuestros deseos, es la dicha, la felicidad; todos y cada uno de nuestros particulares anhelos buscan fragmentos de felicidad. San Juan, con San Mateo, nos dice: pedidle a Dios todo; buscad siempre la felicidad; el Padre tiene el poder y la bondad de otorgarla.

Con San Lucas, Juan afirma: todos los bienes singulares son fragmentos de esta única realidad que se expresa en el gozo. El gozo, en último término, no es más que Dios mismo, el Espíritu Santo. Buscad a Dios, pedid «el gozo», el Espíritu Santo, y lo habréis conseguido todo.

De esta manera. la meditación del Evangelio nos lleva de la mano a la colecta de la misa de este día:

«Concédenos la gracia, Señor, de pensar y practicar siempre el bien, y pues sin ti no podemos ni existir ni ser buenos, haz que vivamos siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor…»

JOSEPH RATZINGER

EL CAMINO PASCUAL

BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 43-50

Viernes Primera semana de Cuaresma

La liturgia de la palabra propia de este día es una catequesis sobre la justicia cristiana, una respuesta a la pregunta: ¿Quién es justo a los ojos de Dios? ¿Cómo podemos ser justificados? De esta suerte, se nos ofrece también la respuesta a la cuestión de la ley, la definición de la ley nueva, de la ley de Cristo y de la relación que media entre ley y espíritu, todo ello comprendido en la unidad de la salvación, en la que se da ciertamente progreso, purificación y ahondamiento, pero que no se halla sujeta a ningún género de dialéctica antagónica. I

La catequesis comienza con la lectura del profeta Ezequiel, que representa un gran avance en el desarrollo de la idea bíblica de justicia. Son dos los elementos que me parecen importantes:

  1. También el Dios del Antiguo Testamento es un Dios de amor, un verdadero Padre para sus criaturas. Este Dios es la vida; la muerte, pues, viene a contradecir frontalmente la realidad misma de Dios. Dios no puede querer su contrario. En consecuencia, también para su criatura es Dios un Dios de vida. La muerte de la criatura es -hablando en términos humanos- un fracaso para Dios, un alejarse de El. Por esta razón, Dios quiere la vida para su criatura, no el castigo; quiere para ella la vida en su sentido más pleno: la comunicación, el amor, la plenitud del ser la participación en el gozo de la vida, en la gracia del ser.

«¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de su mal camino y viva?» (Ez 18,23). Escuchemos al mismo Dios, que nos habla con la voz del profeta Oseas: «¿Cómo podría abandonarte, Efraím? ¿Cómo he de entregarte, Israel?… Mi corazón se ha vuelto contra mí, a una se han conmovido mis entrañas. No llevaré a efecto el ardor de mi cólera.., porque yo soy Dios y no un hombre, soy santo en medio de ti, y no me complazco en destruir» (Os 11,8-9).

En este texto maravilloso encontramos dos palabras clave de la soteriología bíblica: a) La compasión de Dios: en San Bernardo de Claraval hallamos la expresión plenamente lograda del testimonio bíblico: «Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis. Deus non potest pati, sed compati» (In Cant. cant. 26,5: PL 183,906). El santo Doctor resuelve así, con los Padres de la Iglesia, el problema de la apátheia de Dios: hay una pasión en Dios; el amor, el amor hacia el hombre caído, es compasión y misericordia. Aquí reside el fundamento teológico de la pasión de Jesús, de toda la soteriología.

  1. b) El corazón de Dios: «Mi corazón se ha vuelto contra mí» (/Os/11/08). Por una parte, Dios ha de restablecer el derecho; ha de castigar el pecado de acuerdo con su verdad; pero, por otra parte, «mi corazón se ha vuelto contra mí»: el Dios de la vida, el esposo de Israel, no puede destruir la vida, no puede dar rienda suelta al ardor de su cólera y, de este modo, se vuelve contra sí mismo. En este texto se dibuja ya el misterio del corazón abierto del Hijo, el misterio de Dios que, en el Hijo, carga sobre sí la maldición de la ley para liberar y justificar a su criatura. No es exagerado decir que estas palabras que nos hablan del corazón de Dios constituyen un primer e importante fundamento de la devoción al Sagrado Corazón.

Hay una línea directa que conduce desde Ezequiel y Oseas al Evangelio de San Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (3,16), y a la realización de estas otras palabras: «Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (19,34).

Si en esta etapa de nuestra reflexión queremos hallar ya una respuesta a la pregunta sobre cuál es la medida de la justicia según estos textos, podríamos decir: puesto que Dios es esencialmente vida, le correspondemos comprometiéndonos en favor de la vida, luchando contra el dominio de la muerte, contra todas sus emboscadas; en una palabra: entregándonos al servicio de la vida en su sentido más pleno, al servicio del reino de la verdad y del amor.

El segundo punto importante del texto de Ezequiel es el personalismo claro y decidido que en él aparece. Este texto significa la plena superación de todo género de colectivismo arcaico, en el que los individuos, inevitablemente, forman parte del clan, del grupo social al que pertenecen, de manera que no pueden aspirar a un destino personal distinto del que tiene el clan. Descubrimos aquí la emancipación, la liberación de la persona en virtud de su destino único y singular. Esta liberación, el descubrimiento de la unicidad de la persona, es el corazón de la libertad. Esta liberación es el fruto de la fe en Dios-persona, o mejor aún: esta liberación proviene de la revelación de Dios-persona. La liberación, y con ella la libertad misma desaparece -no al instante, por supuesto, pero sí con una lógica implacable- cuando este Dios se pierde de vista en el mundo. Este Dios no es -como dicen los marxistas- instrumento de esclavitud; la historia nos enseña exactamente lo contrario: el valor indestructible de la persona humana depende de la presencia de un Dios personal.

Dios nos ama como personas; Dios nos llama con un nombre personal, conocido únicamente por El y por aquel que recibe su llamada. Es de lamentar que en el nuevo leccionario falte el versículo 20 del capítulo 18 de Ezequiel, que expresa la esencia de este nuevo personalismo profético: «El alma que pecare, ésa morirá; el hijo no llevará sobre sí la iniquidad del padre, ni el padre la del hijo» (/Ez/18/20). Este texto halla su acento específico en el segundo viernes de Cuaresma. El viernes nos trae siempre el recuerdo del día en que muere Jesús, y los viernes de Cuaresma acentúan este recuerdo, orientan las almas, semana tras semana y con una intensidad cada vez mayor, hacia el momento de la Redención. «El alma que pecare, ésa morirá»; con esta sentencia, Dios rechaza el principio de la venganza y lo sustituye por una justicia estrictamente personal (también la sentencia «ojo por ojo y diente por diente» [/Mt/05/38] se halla incluida en esta historia de la superación de la venganza colectiva).

«El alma que pecare, ésa morirá». En el Viernes Santo, el corazón de Dios se volverá contra sí mismo, y el único sin pecado, el Hijo encarnado, morirá por nosotros. Esta muerte voluntaria del inocente por nosotros pecadores no significa renuncia al personalismo profético, sino que expresa su máxima hondura; esta muerte es la «abundancia» de la justicia nueva, de la que nos habla el evangelio de este día. «El alma que pecare, ésa morirá». Hoy, viernes de Cuaresma, miremos a «aquel a quien traspasaron» (Zac 12,10), a aquel que murió sin pecado y murió por nosotros. En el espejo de sus llagas vemos nuestros pecados y vemos también su nombre, la abundancia de la justicia divina. Con su muerte, el Hijo no destruye la justicia; muere para salvarla. Su justicia es de tal modo abundante, que alcanza también para nosotros, pecadores.

II

Detengámonos un poco más en el evangelio de este día. Su palabra-clave, la clave del entero Sermón de la Montaña, es la palabra «abundancia», que ya hemos mencionado. «Nisi abundaverit iustitia vestra plus quam scribarum et pharisaeorum, non intrabitis in regnum caelorum» (Mt 5,20). La nueva justicia del Nuevo Testamento no viene simplemente a superar la justicia precristiana; no es una mera añadidura de obligaciones nuevas a las ya existentes; esta justicia tiene una estructura nueva, la estructura cristológica, la estructura de la abundancia, cuyo centro se revela en la palabra «por»: «el cuerpo entregado por vosotros», «la sangre derramada por vosotros».

A fin de esclarecer el significado de esta expresión, meditemos brevemente sobre dos importantes milagros de Jesús. En el episodio del milagro de la multiplicación de los panes se nos dice que «sobraron siete cestos» (/Mc/08/08). Y es que una de las intenciones centrales del relato de la multiplicación de los panes es polarizar la atención en la idea y en la realidad de la sobreabundancia, de aquello que supera el nivel de lo necesario. Nos viene de inmediato a la memoria el recuerdo de un milagro semejante que nos ha sido transmitido por la tradición joannea: la transformación del agua en vino en las bodas de Caná (Jn 2,1-11). No aparece aquí el término «abundancia», pero no por ello es menos real la presencia de su sentido: de acuerdo con los datos del Evangelio, el vino milagroso alcanza la medida, verdaderamente exorbitante para una fiesta privada, ¡de 400-700 litros! Además, ambos relatos, en la mente de los evangelistas, hacen referencia a la figura central del culto cristiano que es la Eucaristía, y la presentan como sobreabundancia típicamente divina: la sobreabundancia como expresión y lenguaje del amor. Dios no da cualquier cosa. Dios se da a sí mismo. Dios es abundancia porque es amor: Dios, en Jesucristo, es enteramente «para-nosotros», y así manifiesta su verdadera divinidad. La abundancia -la Cruz- es el verdadero signo del Hijo.

Vemos así que la medida de la justicia, según el Sermón de la Montaña, es la medida cristológica: el Hijo. Aunque el Sermón de la Montaña no habla explícitamente del Hijo, es una enseñanza profundamente cristológica en su estructura misma, de tal manera que se hace incomprensible si se prescinde de la clave de la cristología. Justicia abundante no significa incremento de la casuística y de las leyes. Justicia abundante es justicia según el modelo del Señor; es la justicia del seguimiento de Jesús. O con otras palabras: justicia abundante es una justicia íntimamente caracterizada por el principio «per». El cristiano se sabe pecador y necesitado del perdón divino. Sabe que vive del amor del «Hijo de Dios, que amó y se entregó por mí» (/Gá/02/20). No busca la autoperfección como una especie de defensa contra Dios; no busca autorrealizarse y ser el arquitecto de su propia vida, hasta el punto de no sentir necesidad alguna del amor y del perdón de los demás. Al contrario, el cristiano acepta esta necesidad, acepta la gracia, y aceptándola, se libera de sí mismo, se hace capaz de darse a sí mismo, de dar lo no-necesario, a semejanza de la generosidad divina. Así se establece en el gozo de la abundancia, en la libertad de los redimidos.

Todos los otros contenidos del evangelio de este día no son más que ejemplificación del principio de la abundancia: la interpretación cristiana del decálogo, que no es abolición, sino plenitud de la Ley y de los Profetas (Mt 5,17).

Una última observación a propósito de la estructura cristológica del Sermón de la Montaña. La antítesis: «… se dijo a los antiguos, pero yo os digo», nos viene a indicar el sentido de la nueva legislación predicada por Jesús en este nuevo Sinaí. Con estas palabras, Jesús se revela como el nuevo y verdadero Moisés, con el que se inicia la nueva alianza, el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a los Padres: «El Señor, tu Dios, te suscitará de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a él le oirás» (Dt 18,15). Las palabras que hallamos al final del Deuteronomio, palabras que suenan como el lamento de un Israel afligido, como una plegaria urgente para que Dios se acuerde de su promesa: «No ha vuelto a surgir en Israel el profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Yahveh» (Dt 34,10), estas palabras llenas de tristeza y de resignación son superadas por el gozo del Evangelio. Ha surgido el nuevo Profeta, aquel cuyo distintivo es tratar con Dios cara a cara. La antítesis respecto a Moisés implica esta sublime realidad; implica que lo esencial del nuevo Profeta es este hablar con Dios cara a cara, en calidad de amigo.

Pero, según este pasaje evangélico, Cristo es más que un Profeta, más que un nuevo Moisés. Para «ver» este anuncio del Evangelio debemos concentrar en su lectura toda nuestra atención. La antítesis no es «Moisés dijo», «yo digo»; la antítesis es «se dijo», «Yo digo». Esta pasiva «se dijo» es la forma hebraica de velar el nombre de Dios. Para evitar el santo nombre y también la palabra «Dios» se usa la voz pasiva, y todos saben que el sujeto que no se nombra es Dios. En nuestra lengua, pues, la antítesis debe traducirse así: «Dios dijo a los antiguos, pero yo os digo». Esta afirmación corresponde exactamente a la realidad histórica y teológica, porque el Decálogo no fue palabra de Moisés, sino palabra de Dios, de quien Moisés fue únicamente mediador. Si meditamos en este resultado descubrimos algo inaudito: la antítesis es «Dios dijo». «Yo digo»; en otras palabras: Jesús habla al mismo nivel de Dios; no solamente como un nuevo Moisés, sino con la misma autoridad de Dios. Este «Yo» es un Yo divino. No faltan incluso exegetas protestantes que afirman que no es posible otra interpretación y que estas palabras no pueden haber sido inventadas por la comunidad primitiva, que se inclinaba más bien a mitigar los contrastes. Dios dijo a los antiguos; el mismo Dios no nos dice algo distinto en el Yo de Cristo, sino algo nuevo: «Lo viejo pasó, se ha hecho nuevo» (2 Cor 5,17) El Señor del Sermón de la Montaña es el mismo al que se refiere San Pablo con estas palabras; el mismo del que habla el Apocalipsis de San Juan: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). La oración después de la comunión de este día está en consonancia con estos testimonios: «Señor, que esta eucaristía nos renueve para que, superando nuestra vida caduca, lleguemos a participar de los bienes de la redención».

JOSEPH RATZINGER

EL CAMINO PASCUAL

BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 51-58

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10 de marzo. Abstinencia de carne.

VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Ezequiel 18,21-28.

Pero si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, seguramente vivirá, y no morirá. Ninguna de las ofensas que haya cometido le será recordada: a causa de la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso deseo yo la muerte del pecador -oráculo del Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva? Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? Ninguna de las obras justas que haya hecho será recordada: a causa de la infidelidad y del pecado que ha cometido, morirá. Ustedes dirán: “El proceder del Señor no es correcto”. Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido. Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.

Salmo 130,1-8.

Canto de peregrinación. Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido.
Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel de todos sus pecados.

Evangelio según San Mateo 5,20-26.

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

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1. Hoy, viernes, las lecturas bíblicas nos invitan a pensar en nuestra conversión cuaresmal, porque también en nuestra vida puede darse el pecado.

Se nos recuerda que cada uno es responsable de sus propias actuaciones: no vale echar la culpa a los antepasados o a la sociedad o a los otros. En otras ocasiones se nos pone delante el carácter colectivo y comunitario de nuestras acciones, pero esta vez Ezequiel personaliza claramente tanto el pecado como la conversión.

Dios quiere la conversión de cada uno y que cada persona viva según sus caminos. Si un pecador se convierte, lo que importa es esto, y Dios no tendrá en cuenta lo anterior. Pero, por desgracia, también puede pasar lo contrario: que uno que llevaba buen camino caiga en la dejadez y se haga pecador, y también aquí lo que cuenta es la actitud que ha asumido ahora.

Por parte de Dios una cosa es clara: lo suyo no es castigar y estar espiando nuestra falta, sino que quiere que todos se conviertan de sus caminos y vivan, y está siempre dispuesto a acoger al que vuelve a él. Es lo que subraya más el salmo de hoy: «de ti procede el perdón… del Señor viene la misericordia y él redimirá a Israel de todos sus delitos».

2. Es un programa exigente el que Jesús nos propone para la conversión pascual: que nuestra santidad sea más perfecta que la de los fariseos y letrados, que era más bien de apariencias y superficial.

«Oísteis… pero yo os digo». No podemos contentarnos con «no matar», sino que hemos de llegar a «no estar peleado con el hermano» y a no insultarle. La conversión de las actitudes interiores, además de los hechos exteriores: los juicios, las intenciones, las envidias y rencores.

No sólo reconciliarse con Dios, sino también con el hermano. Y, si es el caso, dar prioridad a este entendimiento con el hermano, más incluso que a la ofrenda de sacrificios a Dios en el altar.

3. Ambas lecturas nos pueden hacen pensar un poco en nuestro camino de Cuaresma hacia la nueva vida pascual.

Nos urgen a convertirnos. Porque todos somos débiles y el polvo del camino se va pegando a nuestras sandalias. Convertirnos significa volvernos a Dios.

El peligro que señalaba Ezequiel también nos puede acechar a nosotros. ¿Tenemos la tendencia a echar la culpa de nuestra flojera a los demás: a la sociedad neopagana en que vivimos, a la Iglesia que es débil y pecadora, a las estructuras, al mal ejemplo de los demás? Es verdad que todo eso influye en nosotros. Pero no hacemos bien en buscar ahí un «alibi» para nuestros males. Debemos asumir el «mea culpa», dándonos claramente golpes en nuestro pecho (no en el del vecino). Sí, existe el pecado colectivo y las estructuras de pecado de las que habla Juan Pablo II en sus encíclicas sociales. Pero cada uno de nosotros es pecador y tenemos nuestra parte de culpa y debemos volvernos hacia Dios en el camino de la Pascua.

En concreto, lo que más nos puede costar es precisamente lo que señala Jesús en el evangelio: el amor al prójimo. No estar peleado con él y, si lo estamos, reconciliarnos en esta Cuaresma. ¿Cómo podremos celebrar con Cristo la Pascua, el paso a la nueva vida, si continuamos con los viejos rencores con los hermanos? «Ve primero a reconciliarte con tu hermano». No esperes a que venga él: da tú el primer paso. Cuaresma no sólo es reconciliarse con Dios, sino también con las personas con las que convivimos. En preparación a la Pascua deberíamos tomar más en serio lo que se nos dice antes de la comunión en cada Misa: «daos fraternalmente la paz».

Hoy sería bueno que rezáramos por nuestra cuenta, despacio, el salmo 129: «desde lo hondo a ti grito, Señor…», diciéndolo desde nuestra existencia pecadora, sintiéndonos débiles, pero confiando en la misericordia de Dios, y preparando nuestra confesión pascual.

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9 de marzo.

JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Ester 14,1.3-5.12-14.

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor y rezó así al Señor, Dios de Israel: “Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti, pues yo misma me he expuesto al peligro. Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido. Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación, y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos. Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices. A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo.”

Salmo 138,1-3.7-8.

De David. Te doy gracias, Señor, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo, y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué y aumentaste la fuerza de mi alma.
Si camino entre peligros, me conservas la vida, extiendes tu mano contra el furor de mi enemigo, y tu derecha me salva.
El Señor lo hará todo por mí. Tu amor es eterno, Señor, ¡no abandones la obra de tus manos!

Evangelio según San Mateo 7,7-12.

Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

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1. Es admirable la oración que este libro pone en boca de la reina Ester. Ester es una muchacha judía que ha logrado pertenecer al grupo de esposas del rey de Persia. Ahora está temblando de miedo porque su pueblo -y ella misma, por tanto- corre peligro de desaparecer víctima de las intrigas de un ministro que los odia.

El libro no pertenece al género histórico. Más bien está escrito con una intención religiosa, espiritual: animar a los lectores de todos los tiempos a tener confianza en Dios, porque siempre está dispuesto a ayudarnos en nuestra lucha contra el mal. La reina toma la atrevida decisión de presentarse ante el rey -el león- sin haber sido llamada. Pero no se fía de sus propias fuerzas y por eso invoca humildemente a Dios para que la ayude en este momento tan decisivo.

En su oración reconoce ante todo la grandeza de Dios y su cercanía para con el pueblo elegido. Reconoce también que «hemos pecado contra ti» y hemos «dado culto a otros dioses». Y le pide que una vez más les siga protegiendo. Es una oración humilde y confiada a la vez. Que resultó eficaz, porque el rey accedió a su petición, el pueblo se salvó y el ministro enemigo -no sin cierta dosis de astucia por parte de Ester y los suyos- pagó su ambición con la vida.

2. Esta página del AT nos prepara para escuchar las afirmaciones de Jesús: «pedid y se os dará, llamad y se os abrirá». Dios está siempre atento a nuestra oración.

El ejemplo que pone Jesús es el del padre que quiere el bien de su hijo y le da «cosas buenas». ¡Cuánto más Dios, que es nuestro Padre, que siempre está atento a lo que necesitamos!

3. La oración de Ester fue escuchada. Y Jesús nos asegura que nuestra oración nunca deja de ser escuchada por Dios.

Esto nos hace pensar que, aunque a veces no se nos conceda exactamente lo que pedimos tal como nosotros lo pedimos, nuestra oración debe tener otra clase de eficacia. Como decía san Agustín, «si tu oración no es escuchada, es porque no pides como debes o porque pides lo que no debes». Un padre no concede siempre a su hijo todo lo que pide, porque, a veces, ve que no le conviene. Pero sí le escucha siempre y le da «cosas buenas».

Así también Dios para con nosotros. En verdad, nuestra oración no es la primera palabra: es ya respuesta a la oferta de Dios, que se adelanta a desear nuestro bien más que nosotros mismos. Cuando nosotros pedimos algo a Dios, estamos diciéndole algo que ya sabía, estamos pronunciando lo que él aprecia más que nosotros con su corazón de Padre. Nuestra oración es, en ese mismo momento, «eficaz», porque nos hemos puesto en sintonía con Dios y nos identificamos con su voluntad, con su deseo de salvación para todos. De alguna manera, además, nos comprometemos a trabajar en lo mismo que pedimos.

Tenemos un ejemplo en Jesús. Él pidió ser librado de la muerte. Dice la carta a los Hebreos que «fue escuchado». Esto puede parecer sorprendente, porque murió. Sí, pero fue liberado de la muerte… después de haberla experimentado, y así entró en la nueva existencia de Señor Glorioso. A veces es misteriosa la manera como Dios escucha nuestra oración.

Podemos estar seguros, con el salmo, y decir confiadamente: «cuando te invoqué, me escuchaste, Señor». Muchas veces nuestra oración, como la de Ester, se refiere a la situación de la sociedad o de la Iglesia. ¿No está también ahora el pueblo cristiano en peligro? También en esta dirección debe ser confiada y humilde, seguros de que Dios la oye, y entendiendo nuestra súplica también como una toma de conciencia y de compromiso. Por una parte, estamos dispuestos a trabajar por la evangelización de nuestro mundo, y por otra, le pedimos a Dios: «extiende tu brazo, Señor, no abandones la obra de tus manos».

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8 de marzo.

MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Jonás 3,1-10.

La palabra del Señor fue dirigida por segunda vez a Jonás, en estos términos: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”. Jonás partió para Nínive, conforme a la palabra del Señor. Nínive era una ciudad enormemente grande: se necesitaban tres días para recorrerla. Jonás comenzó a internarse en la ciudad y caminó durante todo un día, proclamando: “Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida”. Los ninivitas creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño. Cuando la noticia llegó al rey de Nínive, este se levantó de su trono, se quitó su vestidura real, se vistió con ropa de penitencia y se sentó sobre ceniza. Además, mandó proclamar en Nínive el siguiente anuncio: “Por decreto del rey y de sus funcionarios, ningún hombre ni animal, ni el ganado mayor ni el menor, deberán probar bocado: no pasten ni beban agua; vístanse con ropa de penitencia hombres y animales; clamen a Dios con todas sus fuerzas y conviértase cada uno de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, y aplaque el ardor de su ira, de manera que no perezcamos”. Al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió.

Salmo 51,3-4.12-13.18-19.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu.
Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evangelio según San Lucas 11,29-32.

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: “Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

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El profeta Jonás -el único personaje judío que aparece en este libro- no es precisamente un modelo de creyente ni de profeta. Si por fin va a predicar a Nínive es porque se ve obligado, porque él bien había querido escaparse de su misión. Nínive era una ciudad considerada frívola, pecadora, y Jonás teme un estrepitoso fracaso en su misión. Además, se enfada cuando ve que Dios, compadecido, no va a castigar a los ninivitas. Mal profeta.

No hace falta que consideremos como histórico este libro de Jonás. Es un apólogo a modo de parábola, una historia edificante con una intención clara: mostrar cómo los paganos -en este caso nada menos que Nínive, con todos sus habitantes, desde el rey hasta el ganado- hacen caso de la predicación de un profeta y se convierten, mientras que Israel, el pueblo elegido, a pesar de tantos profetas que se van sucediendo de parte de Dios, no les hace caso.

2. La reina de Sabá vino desde muy lejos, atraída por la fama de sabio del rey Salomón. Los habitantes de Nínive hicieron caso a la primera a la voz del profeta Jonás y se convirtieron.

Jesús se queja de sus contemporáneos porque no han sabido reconocer en él al enviado de Dios. Se cumple lo que dice san Juan en su evangelio: «vino a los suyos y los suyos no le reconocieron». Los habitantes de Nínive y la reina de Sabá tendrán razón en echar en cara a los judíos su poca fe. Ellos, con muchas menos ocasiones, aprovecharon la llamada de Dios.

3. Nosotros, que estamos mucho más cerca que la reina de Sabá, que escuchamos la palabra de uno mucho más sabio que Salomón y mucho más profeta que Jonás, ¿le hacemos caso? ¿nos hemos puesto ya en camino de conversión? Los que somos «buenos», o nos tenemos por tales, corremos el riesgo de quedarnos demasiado tranquilos y de no sentirnos motivados por la llamada de la Cuaresma: tal vez no estamos convencidos de que somos pecadores y de que necesitamos convertirnos.

Hoy hace una semana que iniciamos la Cuaresma con el rito de la ceniza. ¿Hemos entrado en serio en este camino de preparación a la Pascua? ¿está cambiando algo en nuestras vidas? Conversión significa cambio de mentalidad («metánoia»). ¿Estamos realizando en esta Cuaresma aquellos cambios que más necesita cada uno de nosotros?

La palabra de Dios nos está señalando caminos concretos: un poco más de control de nosotros mismos (ayuno), mayor apertura a Dios (oración) y al prójimo (caridad). ¿Tendrá Jesús motivos para quejarse de nosotros, como lo hizo de los judíos de su tiempo por su obstinación y corazón duro?

Jonás anunció que «dentro de cuarenta días Nínive será arrasada». A nosotros se nos está diciendo que «dentro de cuarenta días será Pascua», la gran ocasión de sumarnos a la gracia de ese Cristo que a través de la muerte entra en una nueva existencia. ¿De veras podremos celebrar Pascua con él? ¿de veras nos creemos la oración del salmo de hoy: «oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme»?

La Cuaresma es la convocatoria a la renovación: «has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas» (prefacio II de Cuaresma).

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Para profundizar, del Card. Ratzinguer:

Los judíos le piden a Jesús un signo, piden que demuestre que El es verdaderamente el Mesías, aquel de quien hablan Moisés y los Profetas. Piden un signo y, de esta manera, renuevan la tentación del desierto: Jesús debería proporcionar una prueba palpable, es decir, la prueba experimental que se exige en el orden de las cosas materiales, físicas.

Ahora bien, es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar. La exigencia de una demostración física, de un signo que elimine toda duda, oculta en el fondo el rechazo de la fe, un negarse a rebasar los límites de la seguridad trivial de lo cotidiano y, por ello, encierra también el rechazo del amor, pues el amor exige, por su misma esencia, un acto de fe, un acto de entrega de sí mismo.

Los judíos piden un signo. En este sentido, también nosotros somos judíos. La teología moderna busca con frecuencia una certeza que es propia del ámbito de las ciencias (naturales, empíricas) y, arrancando de aquí, se ve conducida a reducir el anuncio bíblico a las dimensiones de esta demostrabilidad. Pienso que este error, que afecta a la esfera de la certeza, se halla en el corazón de la crisis modernista, crisis que se ha hecho de nuevo presente después del Concilio. Detrás de semejante fenómeno se oculta un empobrecimiento de la idea de realidad, y así, en el fondo de esta tendencia, se da una reducción espiritual, la miopía de un corazón demasiado centrado en la búsqueda del poder físico, de la posesión, del tener.

«Esta generación pide un signo». También nosotros esperamos la demostración, el signo del éxito, tanto en la historia universal como en nuestra vida personal. Y nos preguntamos hasta qué punto el cristianismo ha transformado realmente el mundo, hasta qué punto ha creado este signo del pan y de la seguridad, al que se refería el diablo en el desierto. El argumento de Marx, según el cual el cristianismo ha tenido tiempo suficiente para demostrar sus principios y dar pruebas de su éxito creando el paraíso en la tierra, y que después de tanto tiempo habría llegado la hora de emprender la tarea echando mano de otros principios, este argumento, digo, impresiona a no pocos cristianos; son muchos los que piensan que, al menos, es necesario estrenar un cristianismo de nuevo cuño, un cristianismo que renuncie al lujo de la interioridad, de la vida espiritual. Pero es justamente así como impiden la verdadera transformación del mundo, que no puede surgir más que de un corazón nuevo, de un corazón vigilante, de un corazón abierto a la verdad y al amor; es decir, de un corazón liberado y verdaderamente libre.

La raíz de esta equivocada exigencia de un signo no es otra que el egoísmo, un corazón impuro, que únicamente espera de Dios el éxito personal, la ayuda necesaria para absolutizar el propio yo. Esta forma de religiosidad representa el rechazo fundamental de la conversión. ¡Cuántas veces nos hacemos también nosotros esclavos del signo del éxito! ¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!

2. Jesús no rechaza todo género de signo, sino tan sólo el signo que pide «esta generación». El Señor promete y ofrece su signo, la certeza que verdaderamente responde a esta verdad: «Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación» (Lc 11,30). Mateo introduce un acento un tanto diferente del que aparece en el Evangelio de San Lucas: «Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (/Mt/12/40). Comparando ambas versiones, descubrimos dos aspectos del signo de Jonás que se renueva y llega a cumplimiento en Jesús, el verdadero Jonás.

a) Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de San Lucas me parece muy profunda; no deberíamos cansarnos de meditarla. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,8s). Queremos ver y, de este modo, estar seguros. Jesús responde: «Sí, podéis ver». El Padre se ha hecho visible en el Hijo. Ver a Jesús; ésta es la respuesta. Nosotros recibimos el signo, la realidad que se demuestra a sí misma. Porque, ¿no es un signo extraordinario esta presencia de Jesús en todas las generaciones, esta fuerza de su persona que atrae aun a los paganos, a los no cristianos, a los ateos? Ver a Jesús, aprender a verlo. Estos Ejercicios nos ofrecen la ocasión de comenzar de nuevo; y éste es, en definitiva, el único objetivo que justifica los Ejercicios: ver a Jesús. Contemplémoslo en su palabra inagotable; contemplémosle en sus misterios, como dispone San Ignacio en el libro de los Ejercicios: en los misterios del nacimiento, en el misterio de la vida oculta, en los misterios de la vida pública, en el misterio pascual, en los sacramentos, en la historia de la Iglesia. El rosario y el viacrucis no son otra cosa que una guía que el corazón de la Iglesia ha descubierto para aprender a ver a Jesús y llegar así a responder de la misma forma que las gentes de Nínive: con la penitencia, con la conversión. El rosario y el viacrucis constituyen desde hace siglos la gran escuela donde aprendemos a ver a Jesús. Estos días nos invitan a entrar de nuevo en esta escuela, en comunión con los fieles que nos han precedido en un pasado de siglos.

Se impone aquí también otra consideración. Los habitantes de Nínive creyeron en el anuncio del judío Jonás e hicieron penitencia. La conversión de los ninivitas me parece un hecho muy sorprendente. ¿Cómo llegaron a creer? Y ésta es la única respuesta que encuentro: al escuchar la predicación de Jonás, se vieron obligados a reconocer que al menos la parte manifiesta de aquel anuncio era sencillamente verdadera: la perversión de la ciudad era grave. Y así alcanzaron a entender que también la otra parte era verdadera: la perversión destruye una ciudad. En consecuencia, comprendieron que la conversión era la única vía posible para salvar la ciudad. La verdad manifiesta venía a confirmar la autenticidad del anuncio, pero el reconocimiento de esa verdad exigía la actitud sincera de los oyentes. Un segundo elemento que apoyó sin duda la credibilidad de Jonás fue el desinterés personal del mensajero: venía de muy lejos para cumplir una misión que lo exponía al escarnio y, ciertamente, no se hallaba en condiciones de prometer ninguna ganancia personal. La tradición rabínica añade otro elemento: Jonás quedó marcado por los tres días y las tres noches que pasó en el corazón de la tierra, en «lo profundo de los infiernos» (Jon 2,3). Eran visibles en él las huellas de la experiencia de la muerte, y estas huellas daban autoridad a sus palabras.

Aquí nos salen al paso algunas preguntas. ¿Creeríamos nosotros, creerían nuestras ciudades si viniese un nuevo Jonás? También hoy busca Dios mensajeros de la penitencia para las grandes ciudades, las Nínives modernas. ¿Tenemos nosotros el valor, la fe profunda y la credibilidad que nos harían capaces de tocar los corazones y de abrir las puertas a la conversión?

b) Volvamos a la interpretación del signo de Jonás según la tradición sinóptica. Mientras que San Lucas ve este signo simplemente en la persona y en la predicación de Jesús, Mateo subraya el misterio pascual: el profeta, que permanece tres días y tres noches en el vientre del cetáceo, es decir, en «lo profundo de los infiernos», en el abismo de la muerte, prefigura al Mesías muerto, sepultado y resucitado por nuestra causa. La diferencia entre ambos evangelistas no es ciertamente sustancial; el misterio pascual pertenece a la persona de Jesús, de manera que este aspecto no se halla del todo ausente en San Lucas. Pero San Mateo acentúa con más fuerza el misterio de la Pascua, la fuerza creadora de Dios, que se revela y evidencia en el Señor resucitado, en quien comienza realmente la nueva creatura, la victoria sobre la muerte, la victoria del amor, más fuerte que el «último enemigo» (1 Cor 15,26), la muerte. Dios inaugura en Cristo un milagro inaudito: vence a la muerte; el Jonás que ha vuelto de «lo profundo de los infiernos» -Jesús- nos dirige la palabra: «¡Confiad; yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33). Dios ha escuchado por fin la súplica del rico epulón: «Te ruego, padre, que siquiera le envíes (es decir, a Lázaro) a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento» (/Lc/16/28). Ha vuelto el verdadero Lázaro; ya no tenemos únicamente a Moisés y a los Profetas; tenemos a Jesús, que se ha levantado de entre los muertos y que nos advierte; pero la profecía de Abraham sigue siendo verdadera: «Si no oyen a Moisés y a los Profetas. tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita» (Lc 16,31). La dureza de corazón resiste incluso al signo de Jonás, a la resurrección de Lázaro-Jesús.

El aspecto pascual de la figura de Jonás ha sido también subrayado por la enseñanza rabínica. Según cierta tradición, Jonás quiso morir en el mar por la salvación de Israel. Ofreció voluntariamente su muerte: «Tomadme y echadme al mar» (Jon 1,12). Según los rabinos, lo hizo así porque temía que los paganos hicieran penitencia, se convirtieran y obedecieran la palabra de Dios; de este modo, habría podido acontecer que Dios, comparando la penitencia de los paganos con la dureza de Israel, repudiara a su pueblo. La muerte de Jonás -de acuerdo con la tradición rabínica- fue una muerte voluntaria por la salvación de Israel, y por esta razón fue Jonás «un justo perfecto». El signo del verdadero justo, del justo perfecto, es la muerte voluntaria por la salvación de los otros. Este signo nos lo ha ofrecido Jesús. El es el verdadero justo. Su signo es su muerte. Su signo es su cruz.

Con este signo volverá al final de los tiempos, y será este signo el juicio del mundo, el juicio de nuestra vida. Pongamos desde ahora mismo nuestra vida bajo este signo, día tras día; aceptemos y reconozcamos el signo de Jonás haciendo la señal de la cruz al principio y al final de nuestras oraciones.

c) Una última observación. A Jonás le irritó la gracia y la bondad de Dios; anunciaba el juicio y se burlaban de él. ¿No es éste un riesgo que corren todos los devotos, un peligro al que nos hallamos expuestos también nosotros cuando pensamos que la práctica de la fe tiene sentido únicamente si los otros son castigados? ¿No nos decimos, tal vez: para qué la fe si hay también gracia para los que no la tienen? De esta manera demostramos que nuestra fe no brota del amor de Dios, sino que manifiesta más bien un amor propio que busca tan sólo la seguridad personal. Demostramos que no hemos entendido todavía el signo de Jonás, el signo de la cruz, de la muerte por los demás. Recemos para que Dios nos haga comprender cada vez mejor el signo de Jonás, el amor que vence al mundo y a la muerte.

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 37-42

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7 de marzo.

MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 Libro de Isaías 55,10-11.

Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.

Salmo 34,4-7.16-19.

Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió y me libró de todos mis temores.
Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.
Los ojos del Señor miran al justo y sus oídos escuchan su clamor;
pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos.

Evangelio según San Mateo 6,7-15.

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

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1. Ayer era la caridad fraterna. Hoy, la oración. Las lecturas nos van guiando para vivir la Cuaresma con un programa denso, preparando la Pascua. Como una novia que se va preparando -adornos y joyas incluidos- a la venida del esposo.

Isaías nos presenta la fuerza intrínseca que tiene la palabra de Dios, que siempre es eficaz y consigue lo que quiere. La comparación está tomada del campo y la podemos entender todos: esa palabra es como la lluvia que baja, que empapa la tierra y la hace fecunda.

2. Jesús nos enseña a orar. A la palabra que desciende de Dios, eficaz y viva -es siempre Dios el que tiene la primera palabra, el que tiende puentes, el que ofrece su comunión y su alianza-, responde ahora la palabra que sube a él, nuestra oración.

Ante todo Jesús nos dice que evitemos la palabrería cuando rezamos: no se trata de informar a Dios sobre algo que no sabe, ni de convencerle con argumentos de algo que no está seguro de concedernos.

A continuación Jesús nos enseña la oración del Padrenuestro, la «oración del Señor», que se ha convertido en la oración de la Iglesia, de los que se sienten hijos («Padre») y hermanos («nuestro»), la oración que se ha llamado con razón «resumen de todo el evangelio».

El Padrenuestro nos educa a una visión equilibrada de nuestra vida. Se fija ante todo en Dios. Dios es el centro, no nosotros: Padre… santificado sea tu nombre… hágase tu voluntad… venga tu Reino. Luego pide para nosotros: el pan de cada día… el perdón de las ofensas… que no caigamos en la tentación… que nos libre de mal.

Jesús hace, al final, un comentario que destaca la petición más incómoda del Padrenuestro: hemos pedido que Dios nos perdone como nosotros perdonamos. Se ve que, para Cristo, esta historia de nuestra relación con Dios tiene otros protagonistas que tal vez no nos resultan tan agradables: los demás. Jesús nos enseña a tenerlos muy en cuenta: «si perdonáis, también os perdonará… si no perdonáis, tampoco os perdonará».

3. a) Uno de los mejores propósitos que podríamos tomar en esta Cuaresma, siguiendo la línea que nos ha presentado Isaías, sería el de abrirnos más a la palabra de Dios que baja sobre nosotros. Es la primera actitud de un cristiano: ponernos a la escucha de Dios, atender a su palabra, admitirla en nuestra vida, «comerla», «comulgar» con esa palabra que es Cristo mismo, en la «primera mesa», que se nos ofrece en cada Eucaristía.

Ojalá a esa palabra que nos dirige Dios le dejemos producir en nuestro campo todo el fruto: no sólo el treinta o el sesenta, sino el ciento por ciento. Como en el principio del mundo «dijo y fue hecho»; como en la Pascua, que es el comienzo de la nueva humanidad, el Espíritu de Dios resucitó a Jesús a una nueva existencia, así quiere hacer otro tanto con nosotros en este año concreto.

b) A la palabra descendente que acogemos le responde también una palabra ascendente, nuestra oración.

Cuando nosotros le dirigimos la palabra a Dios, él ya está en sintonía con nosotros. Lo que estamos haciendo es ponernos nosotros en onda con él, porque muchas veces estamos distraídos con mil cosas de la vida. En eso consiste la eficacia de nuestra oración.

Seria bueno que estos días leyéramos, como lectura espiritual o de meditación, la parte IV del Catecismo de la Iglesia Católica: qué representa la oración en la vida de un creyente, cómo oró Jesús, cómo rezó la Virgen María y, sobre todo, el sabroso comentario al Padrenuestro.

Doble programa para la Cuaresma, imitando a Cristo en los cuarenta días del desierto: escuchar más la palabra que Dios nos dirige y elevarle nosotros con más sentido filial nuestra palabra de oración. Para que nuestra oración supere la rutina y el verbalismo, y sea en verdad un encuentro sencillo pero profundo con ese Dios que siempre está cercano, que es Padre, que siempre quiere nuestro bien y está dispuesto a darnos su Espíritu, el resumen de todos los bienes que podemos desear y pedir. También nosotros podemos decir, como Jesús en la resurrección de Lázaro: «Padre, yo sé que siempre me escuchas».

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Para profundizar, un texto del Card. Ratzinger:

En los textos litúrgicos de este día se encierra el misterio de la Madre de Dios, misterio que está íntimamente vinculado con el de la encarnación del Hijo. Veamos los textos, comenzando por la lectura del profeta Isaías: «La palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía» (/Is/55/11). En tiempos del profeta Isaías no era ésta una afirmación a todas luces evidente, sino que más bien venía a contradecir lo que podía esperarse de la situación que entonces se vivía. Porque este pasaje pertenece en realidad a la narración de la pasión de Israel, donde se lee que las llamadas que Dios dirige a su pueblo fracasan una y otra vez y que su palabra queda invariablemente infructuosa. Es cierto que Dios aparece sentado sobre el trono de la historia, pero no como vencedor. Todo había acontecido en signos: el paso del Mar Rojo, el despuntar de la época de los reyes, el retorno a la patria desde el exilio; y ahora todo se desvanece. La semilla de Dios en el mundo no parece dar resultados. Por esta razón, el oráculo, aunque envuelto en oscuridades, es un estímulo para todos aquellos que, a pesar de los pesares, continúan creyendo en el poder de Dios, convencidos de que el mundo no es solamente roca en la que la semilla no puede echar raíces, y seguros de que la tierra no será para siempre corteza endurecida en la que las aves picotean los granos que sobre ella han caído (/Mc/04/19).

En nuestros oídos cristianos, esta afirmación suena como promesa de Jesucristo, gracias al cual la palabra de Dios ha penetrado verdaderamente en la tierra y se ha hecho pan para todos nosotros: semilla que fructifica por los siglos, respuesta fecunda en la que el pensamiento de Dios arraiga en este mundo de una manera vital. En pocos lugares se hallará una vinculación tan clara e íntima del misterio de Cristo al misterio de María como en la perspectiva que nos abre esta promesa: porque cuando se dice que la palabra o, mejor, la semilla fructifica, se quiere dar a entender que ésta no cae sobre la tierra para posarse en ella como si de paja se tratara, sino que penetra profundamente en el suelo para absorber su sustancia y transformarla en sí misma. Asimilando de este modo la tierra, produce algo realmente nuevo, transustanciando la misma tierra en fruto. El grano de trigo no permanece solo; se apropia el misterio materno de la tierra: a Cristo le pertenece María, tierra santa de la Iglesia, como con toda propiedad la llaman los Padres. Esto es justamente lo que el misterio de María significa: que la palabra de Dios no quedó vacía y limitada a sí misma, sino que asumió lo otro, la tierra; en la «tierra» de la Madre, la palabra se hace hombre, y ahora, amasada con la tierra de la humanidad entera, puede de nuevo volver a Dios.

El Evangelio, en cambio, parece referirse a algo completamente distinto. Se nos habla en él de la oración, de cómo ha de ser nuestra plegaria, de su verdadero contenido, de cómo debemos comportarnos y de la interioridad auténtica; por consiguiente, no de aquello que le corresponde hacer a Dios, sino de la actitud que el hombre ha de adoptar en sus relaciones con El. En realidad, ambas lecturas se hallan íntimamente vinculadas entre sí; puede decirse que en el Evangelio se nos explica cómo le es posible al hombre convertirse en terreno fértil para la palabra de Dios. Puede llegar a serlo preparando aquellos elementos gracias a los cuales una vida crece y madura. Alcanza este objetivo viviendo él mismo de tales elementos; es decir, dejándose impregnar por la palabra y, de esta manera, transformándose a sí mismo en palabra; sumergiendo su vida en la oración o, lo que es igual, en el misterio de Dios.

Este pasaje evangélico se halla, pues, en perfecta armonía con la introducción al misterio mariano que Lucas nos ofrece cuando, en diferentes lugares, dice de María que «guardaba» la palabra en su corazón (2,19; 2,51; cf. 1,19). María ha reunido en sí misma las corrientes diversas de Israel; ha llevado en sí, entregada a la oración, el sufrimiento y la grandeza de aquella historia para convertirla en tierra fértil para el Dios vivo. Orar, como nos dice el Evangelio, es mucho más que hablar sin reflexión, que desatarse en palabras.

Hacerse campo para la palabra quiere decir hacerse tierra que se deja absorber por la semilla, que se deja asimilar por ella, renunciando a sí misma para hacerla germinar. Con su maternidad, María ha vertido en esa semilla su propia sustancia, cuerpo y alma, a fin de que una nueva vida pudiera ver la luz. Las palabras sobre la espada que le atravesará el alma (Lc 2,35) encierran un significado mucho más alto y profundo: María se entrega por completo, se hace tierra, se deja utilizar y consumir, para ser transformada en aquel que tiene necesidad de nosotros para hacerse fruto de la tierra.

En la colecta de hoy se nos invita a hacernos deseo ardiente de Dios. Los Padres del desierto sostienen que orar no es más que transformarse en deseo inflamado del Señor.

Esta oración se cumple en María: diría que ella es como un cáliz de deseo, en el que la vida se hace oración y la oración vida. San Juan, en su Evangelio, sugiere maravillosamente esta transformación al no llamar nunca a María por su nombre. Se refiere a ella únicamente como a la madre de Jesús. En cierto sentido, María se despojó de cuanto en ella había de personal, para ponerse por entero a disposición del Hijo, y haciéndolo así, alcanzó la realización plena de su personalidad.

Pienso que esta vinculación entre el misterio de Cristo y el misterio de María, vinculación que las lecturas ofrecen hoy a nuestra consideración, reviste gran importancia en una época de activismo como la nuestra, que alcanza su nota más aguda en el ámbito de la cultura occidental. Esta es la razón de que en nuestro modo de pensar sigamos ateniéndonos únicamente al principio del varón: hacer, producir, planificar el mundo y, en cualquier caso, resconstruirlo desde uno mismo, sin deber nada a nadie, confiando tan sólo en los propios recursos. Con esta mentalidad no es de extrañar que hayamos ido separando cada vez más a Cristo de la Madre, sin caer en la cuenta de que María, como madre de Jesús, puede significar algo enteramente indispensable para la teología y para la fe. Por esta misma razón, esta manera de pensar referida a la Iglesia parte de un punto de vista equivocado. Con frecuencia, la consideramos casi como un producto técnico que ha de programarse con perspicacia y que nos esforzamos por realizar con un derroche enorme de energías. Y nos asombramos si luego sucede lo que observa San Luis M. Grignion de Montfort a propósito de unas palabras del profeta Ageo (1,6): “Sembráis mucho y encerráis poco”. Si el hacer pasa por encima de todo, haciéndose autónomo, entonces no llegarán nunca a existir aquellas cosas que no dependen del hacer, sino que son simplemente cosas vivas que quieren madurar».

Debemos liberarnos de esta visión unilateral propia del activismo de Occidente, para que la Iglesia no se vea rebajada a la categoría de mero producto de nuestro hacer y de nuestra capacidad organizativa. La Iglesia no es obra de nuestras manos, sino semilla viviente que quiere desarrollarse y alcanzar su madurez. Por esta razón, tiene necesidad del misterio mariano; más aún, ella misma es misterio de María. Únicamente será fecunda si se somete a este signo, es decir, si se hace tierra santa para la palabra. Hemos de aceptar el símbolo de la tierra fértil; tenemos que hacernos de nuevo hombres que esperan, recogidos en lo más íntimo de su ser; personas que, en la profundidad de la oración, del anhelo y de la fe, dejan que tenga lugar el crecimiento.

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 32-36

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6 de marzo.

tuve-hambre

LUNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

Libro del Levítico 19,1-2.11-18.

El Señor dijo a Moisés: Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo. Ustedes no robarán, no mentirán ni se engañarán unos a otros. No jurarán en falso por mi Nombre, porque profanarían el nombre de su Dios. Yo soy el Señor. No oprimirás a tu prójimo ni lo despojarás; y no retendrás hasta la mañana siguiente el salario del jornalero. No insultarás a un ciego, sino que temerás a tu Dios. Yo soy el Señor. No cometerás ninguna injusticia en los juicios. No favorecerás arbitrariamente al pobre ni te mostrarás complaciente con el rico: juzgarás a tu prójimo con justicia. No difamarás a tus compatriotas, ni pondrás en peligro la vida de tu prójimo. Yo soy el señor. No odiarás a tu hermano en tu corazón: deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él. No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

Salmo 19,8-10.15.

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple.
Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos.
La palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos.
¡Ojalá sean de tu agrado las palabras de mi boca, y lleguen hasta ti mis pensamientos, Señor, mi Roca y mi redentor!

Evangelio según San Mateo 25,31-46.

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver’. Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’. Y el Rey les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo’. Luego dirá a los de su izquierda: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’. Y él les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo’. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”.

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1. Levítico 1,1-2.11-18

En el libro del Levítico, Moisés le presenta al pueblo de Israel un código de santidad, para que pueda estar a la altura de Dios, que es el todo Santo.

Hay mandamientos que se refieren a Dios: no jurar en falso. Pero sobre todo se insiste en la caridad y la justicia con los demás. La enumeración es larga y afecta a aspectos de la vida que siguen teniendo vigencia también hoy: no robar, no engañar, no oprimir, no cometer injusticias en los juicios comprando a los jueces, no odiar, no guardar rencor. Hay dos detalles concretos muy significativos: no maldecir al sordo (aprovechando que no puede oir) y no poner tropiezos ante el ciego (que no puede ver).

La consigna final es bien positiva: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Todo ello tiene una motivación: «yo soy el Señor». Dios quiere que seamos santos como él, que le honremos más con las obras que con los cantos y las palabras.

El salmo nos hace profundizar en esta clave: «tus palabras, Señor, son espíritu y vida… los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón».

2. Mateo 25,31-46

Esta página casi final del evangelio de Mateo es sorprendente. Jesús mismo pone en labios de los protagonistas de su parábola, tanto buenos como malos, unas palabras de extrañeza: ¿cuándo te vimos enfermo y fuimos a verte? ¿cuándo te vimos con hambre y no te asistimos? Resulta que Cristo estaba durante todo el tiempo en la persona de nuestros hermanos: el mismo Jesús que en el día final será el pastor que divide a las ovejas de las cabras y el juez que evalúa nuestra actuación.

Para la caridad que debemos tener hacia el prójimo Jesús da este motivo: él mismo se identifica con las personas que encontramos en nuestro camino.

Hacemos o dejamos de hacer con él lo que hacemos o dejamos de hacer con los que nos rodean.

Es una de las páginas más incómodas de todo el evangelio. Una página que se entiende demasiado. Y nosotros ya no podremos poner cara de extrañados o aducir que no lo sabíamos: ya nos lo ha avisado él.

3. Desde los primeros compases del camino cuaresmal, se nos pone delante el compromiso del amor fraterno como la mejor preparación para participar de la Pascua de Cristo.

Es un programa exigente. Tenemos que amar a nuestro prójimo: a nuestros familiares, a los que trabajan con nosotros, a los miembros de nuestra comunidad religiosa o parroquial, sobre todo a los más pobres y necesitados.

Si la primera lectura nos ponía una medida fuerte -amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos-, el evangelio nos lo motiva de un modo todavía más serio: «cada vez que lo hicisteis con ellos, conmigo lo hicisteis; cada vez que no lo hicisteis con uno de ellos, tampoco lo hicisteis conmigo». Tenemos que ir viendo a Jesús mismo en la persona del prójimo.

Si la primera lectura urgía a no cometer injusticias o a no hacer mal al prójimo, la segunda va más allá: no se trata de no dañar, sino de hacer el bien. Ahora serán los pecados de omisión los que cuenten. El examen no será sobre si hemos robado, sino sobre si hemos visitado y atendido al enfermo. Se trata de un nivel de exigencia bastante mayor. Se nos decía: no odies. Ahora se nos dice: ayuda al que pasa hambre. Alguien ha dicho que tener un enfermo en casa es como tener el sagrario: pero entonces debe haber muchos «sagrarios abandonados».

En la Eucaristía, con los ojos de la fe, no nos cuesta mucho descubrir a Cristo presente en el sacramento del pan y del vino. Nos cuesta más descubrirle fuera de misa, en el sacramento del hermano. Pues sobre esto va a versar la pregunta del examen final. Al Cristo a quien hemos escuchado y recibido en la misa, es al mismo a quien debemos servir en las personas con las que nos encontramos durante el día.

Será la manera de preparar la Pascua de este año: «anhelar año tras año la solemnidad de la Pascua, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno», (prefacio I de Cuaresma).

Será también la manera de prepararnos a sacar buena nota en ese examen final. «Al atardecer de la vida, como lo expresó san Juan de la Cruz, seremos juzgados sobre el amor»: si hemos dado de comer, si hemos visitado al que estaba solo. Al final resultará que eso era lo único importante.

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5 de marzo.

Vaticano, altar san Pío X 9.III.2016

Vaticano, altar san Pío X 9.III.2016

Homilía para el I Domingo de Cuaresma A

 Este relato de las tentaciones de Jesús en el desierto, después de que se bautizó, nos viene referido por los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), cada uno con sus matices, correspondientes al mensaje teológico que cada evangelista quiere trasmitir, recordemos que Dios autor principal de la revelación, con el carisma de inspiración no suprime al autor secundario. Este año se proclama el relato según san Mateo.

Este afirma desde el incio sin vacilar, que “Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado por el demonio”. El demonio aquí es llamado diablo, Satanás, dos palabras que significan la misma cosa, en hebreo y en griego: el Adversario. Desde el inicio del ministerio mesiánico de Jesús, el Espíritu que descendió sobre Él en el momento del Bautismo, pone delate de Él al Adversario del género humano. La función del Espíritu, en el conducir a Jesús al desierto, es que sea tentado, confrontado con el Adversario, para demostrar la fuerza del Mesías y su victoria sobre todas las tentaciones.

Las tentaciones que Jesús encuentra en el desierto son aquella que encontrará en el curso de su vida pública, por parte de los Fariseos y de los Doctores de la Ley, y también por parte del pueblo. La identidad del Adversario y su proyecto se revelan sobre todo en la tercera tentación, que reasume las otras y que Jesús rechaza de forma más contundente. Es la tentación del poder.

Hay una gran diferencia entre autoridad y poder. En el curso de su vida públia, Jesús habló y actuó con autoridad. Siempre rechazó el poder. La afirmación totalmente radical y hasta revolucionaria de los Evangelistas, es que el poder es propiamente diabólico, no pertenece a Dios. Pertenece a Satanás, el Adversario. Sobre este punto el Evangelio de san Lucas dice lo mismo que san Mateo, pero de una forma más clara. Él le hace decir al demonio: “Yo te daré todo este poder, junto con la gloria de estos reinos, porque a mi me fue dado, y yo lo doy a quién quiero.” Jesús no contesta este poder de Satanás, pero le responde: “Adorarás al Señor tu Dios” No debemos olvidar que los Evangelistas escribían estas cosas en el momento en que la Palestina estaba ocupada por el Imperio Romano, la superpotencia de la época, que atribuía a sus Emperadores un poder divino. El mensaje de los Evangelios es, que ese poder mundano (tolerado por Dios, recordar Pilato, a quien Jesús le dice que sin el Padre no tendría poder alguno), es diabólico.

Mientras la autoridad crea comunión, el poder aísla y vuelve arrogante e implacable a quien lo ejerce. Cada una de estas tentaciones invita a Jesús a aislarse, a no vivir más que para sí mismo, como hacen naturalmente aquellos que detentan el poder. El demonio invita a Jesús a transformar las piedras en panes para satisfacer la propria hambre. Jesús multiplicará el pan más tarde, pero será para nutrir a la muchedumbre, por la cual siente compasión, e invitando a sus discípulos a compartir el pan que tienen, enseñará que cuando hay compartir, con la fuerza y el poder real de Dios, siempre hay bastante para todos. El demonio invita después a Jesús a tirarse del templo, para utilizar a Dios en su proprio provecho, forzando al Padre a enviar a los ángeles para detener su caída y mostrar de manera espectacular que él es el Mesías. Jesús siempre rechazará conformase a las aspiraciones del pueblo y los jefes del pueblo, que deseaban un Mesías poderoso, glorioso, milagrero. Aceptará por el contrario la muerte de los hombres y hará la experiencia de ser abandonado del Padre. Y es con este total desprendimiento de sí mismo y con la obediencia hasta la muerte, que nos ha salvado.

El desierto al que Jesús fue conducido no tiene nombre, contrariamente a aquél en el que estaba Juan Bautista, él bautizaba, nos viene dicho, “en el desierto de Judea”. El desierto en el que Jesús es tentado, es un lugar físico, pero también es el desierto en todo su significado simbólico, que evoca, en primer lugar el desierto en el cual el Pueblo de Israel fue tentado y cedió a la tentación, mientras Jesús será vencedor del Adversario. En primer lugar el desierto, donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre es privado de los apoyos materiales y se encuentra de frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es empujado a ir a lo esencial y precisamente por esto es más fácil encontrar a Dios. Pero el desierto es también el lugar de la muerte, porque donde no hay agua no hay tampoco vida y es un lugar de soledad, en la que el hombre experimenta siempre con más intensidad la tentación. Jesús va al desierto y allí se somete a la tentación de dejar la vía indicada por el Padre para seguir los caminos más fáciles y mundanos (cfr Lc 4,1-13). Así, Él, carga con nuestras tentaciones, lleva consigo nuestra miseria, para vencer al maligno y abrirnos el camino hacia Dios, el camino de la conversión. Este desierto simbólico es también el nuestro, en el cual también nosotros estamos constantemente confrontados a las tentaciones del Adversario. Las mismas tentaciones nos insidian constantemente, y primero de todo aquella de querer utilizar a Dios para satisfacer nuestra hambre, para llenar nuestra billetera, para satisfacer nuestra vanidad. Y esto es un ateísmo práctico. Y muchas veces somos esclavos de manifestaciones extraordinarias, de apariciones y milagros, como si Jesús no hubiese rechazado explícitamente manifestarse de este modo (Jesús hizo milagros, y también hay apariciones reconocidas por la Iglesia, pero me refiero a gente que tiene un falso misticismo, tiene mística pero no ascética). Pero sobre toda otra cosa, la tentación que nos persigue sin tregua como individuos y como sociedad, es la del poder que el Adversario nos invita a ejercer sobre nuestra propia existencia, sobre los otros y finalmente sobre Dios (queremos que Dios justifique nuestro proceder y nos conceda todas nuestras vanidades).

Decía Benedicto XVI, en la catequesis del miércoles de Ceniza del 2013, cuando ya había anunciado su renuncia: “¿Cuál es el núcleo de las tres tentaciones que sufre Jesús? Es la propuesta de instrumentalizar a Dios, de utilizarle para los propios intereses, para la propia gloria y el propio éxito. Y por lo tanto, en sustancia, de ponerse uno mismo en el lugar de Dios, suprimiéndole de la propia existencia y haciéndole parecer superfluo. Cada uno debería preguntarse: ¿qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo? Superar la tentación de someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses, o de ponerle en un rincón, y convertirse al orden justo de prioridades, dar a Dios el primer lugar, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo. «Convertirse», una invitación que escucharemos muchas veces en Cuaresma, significa seguir a Jesús de manera que su Evangelio sea guía concreta de la vida; significa dejar que Dios nos transforme, dejar de pensar que somos nosotros los únicos constructores de nuestra existencia; significa reconocer que somos criaturas, que dependemos de Dios, de su amor, y sólo «perdiendo» nuestra vida en Él podemos ganarla. Esto exige tomar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios”.

Qué el ejemplo de Jesús nos ilumine y nos fortalezca, que haga reinar la paz en nuestros corazones y en nuestra humanidad lacerada actualmente por tantas guerras e injusticias generadas por esta sed de poder y tener. María de la Cuaresma nos ayude en el camino de la conversión, nos haga comprender que nuestra vida no puede ser plena si no la ilumina y guía el Evangelio.

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1 de marzo.

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Homilía para el miércoles de ceniza 2014.

La mayoría de nosotros tenemos una idea bastante clara de la necesidad de conversión de los que nos rodean. Si ellos hubieran tenido simplemente la humildad y el buen sentido de preguntarnos, podríamos decirles fácilmente todo lo que tienen que mejorar o corregir en su conducta y en su vida. Pero tal vez podrían darnos el mismo servicio … Así que ¿por qué en este tiempo de Cuaresma, que comienza hoy, comenzamos también a escucharnos los unos a los otros, por un momento, y si es preciso también la llamada a la conversión mutua?

A primera vista, esto puede parecer contrario al Evangelio de hoy, en el que Jesús nos invita a actuar no según lo que otros piensan o dicen, sino simplemente de acuerdo a nuestro Padre del cielo. Pero  Jesús ciertamente no nos invita a una actitud en la que no prestemos ninguna atención a lo que otros piensan o sienten, de hecho cuando nos enseña como presentar la ofrenda no dice: sí tú tienes algo contra tu hermano, dice: si tu hermano tiene algo contra tí.

Cuando a veces decimos: “No me importa lo que otros piensan …” lo que queremos decir, en general es: “Yo no le doy importancia a sus críticas, a sus exigencias, sus demandas“. Pero la verdad es que seguimos, en el mismo momento, dando mucha importancia a su reconocimiento, a su afirmación, a sus estimaciones de lo que somos y lo que hacemos. La opinión pública tiene una influencia muy fuerte en la vida moderna. Se puede derribar a un gobierno, o romper una carrera política, menos en la Argentina. También puede tener una gran influencia en la vida comunitaria

Lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy es: “Párate en tus propios pies.” Y, sobre todo: “Ponte delante de tu Padre”. No actúes para otros, no relates o actúes tu vida, vívela. Tu vida no vale en razón de lo que la gente piensa de ti. Pero seguimos estando al mismo tiempo sujetos a la obligación evangélica de soportarnos mutuamente y corregirnos también mutuamente.

Cuando recibimos las cenizas, como lo haremos en un momento, realizamos un gesto simbólico. Con este gesto proclamamos públicamente que nos reconocemos pecadores y que queremos arrepentirnos y corregir nuestros errores. Este gesto público de alguna manera es una pedido de auxilio. No sería lógico si, después de esto, me ofendieramos cada vez que alguien sugiera que podríamos ser capaces de mejorar este o aquél comportamiento.

La recepción de las cenizas es un acto por el cual decimos públicamente:

Dios: soy un pecador y deseo la gracia de la conversión de mi corazón.
Hermanas y hermanos: yo soy un pecador y necesito de la ayuda de ustedes.

Por eso la liturgia nos recuerda: “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos.  Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver.  Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano.  Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”.  Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.

“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males.  ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto!  A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo.  Y bien, hermanos; no tengamos miedo, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, hermanos, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza.  “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.

Y dice el Padre Castellani: Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo?  No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba.  “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba.  No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba.  Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.

La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.

El Padre Castellani abría esta reflexión del inicio de la cuaresma a una hermenéutica histórica de la concepción del hombre en relación a Dios y a la creación y decía:

“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes.  Tú eres rey; no obedezcas.  Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo.  Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo.  Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda.  Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes.  Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo.  Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma.  ¡A luchar!  ¡A arrebatar tu parte!  ¡A triunfar!  ¡A echar fuera a los otros!  ¡Si eres pobre: asalta a los ricos!  ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.

Hermanos, ¿y el gusano y la polilla?  El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla.  Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!

Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, hermanos, los maestros de la mentira les cantarán otra canción muy diversa, los consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.

“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria.  Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido.  Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido.  Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota.  No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino.  Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo?  Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia.  La vida no vale la pena de ser vivida”.

He aquí las dos grandes mentiras del mundo.  Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—.  El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo.  Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.

El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, hermanos, la desesperación, sino que concluye la moderación.

Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza.  “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”.  “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.

Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre.  El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”.  No, hermanos: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”.  El que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.

Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, el que se salva.  No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas.  ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón?  Mandándolas a la caja de seguridad.  Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, envíen sus riquezas donde no hay ladrones, para que allá los esperen.

¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo?  Hay que sembrarlo.  Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.

Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día  con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.

Mientras tanto, con humildad y bajo el manto de la Virgen le decimos a Dios: ¡Somos pecadores, queremos convertirnos ayúdanos, y que sepamos ayudar a los hermanos y dejarnos ayudar! Amén.

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26 de febrero.

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Homilía para el VIII domingo durante el año A

Jesús nos compara con las aves del cielo y las flores silvestres. Ciertamente tenemos mucho en común con ellas. Nosotros pertenecemos al mismo mundo biológico o animal. Pero hay algo que los pájaros y las flores no tienen y que que nosotros sí tenemos, es nuestra capacidad de expresar nuestras necesidades en palabras. Cuando la necesidad se expresa en palabras, esta ya no es sólo una necesidad, se convirte en un deseo, demanda, petición -. Cualquier cosa que establece una presencia, una relación y, finalmente, se abre al amor. Cuando, como ser humano, quiero expresar a alguien un deseo, no sólo pido algo, sino que ‘pido a alguien algo’. Le pregunto a alguien para satisfacer mis necesidades. Le pido que me ame (con amor esponsal, amical, familiar, de servicio, etc.) lo suficiente para mostrarme su afecto y satisfacer mi necesidad.

Entonces, podemos percibir la profundidad del mensaje del profeta Isaías cuando se compara la atención que Dios nos presta con el afecto de una madre. “Incluso si una madre pudiera olvidar al hijo de sus entrañas, yo no te olvidaré”, dice Dios en Jerusalén.

Y en el Evangelio, Jesús también compara a Dios con un Padre que sabe todo lo que necesitamos. Así que no tenemos que tener ninguna preocupación por cómo se satisfarán nuestras necesidades. La esencia del mensaje de Jesús en este texto es que no debemos preocuparnos. Obviamente Jesús no se opone a que expresemos nuestras necesidades a nuestro Padre. En cambio, se nos invita a hacerlo expresamente. Pero no deja de repetir: “No se hagan problemas”.

Una vez más, Jesús habla aquí de desprendimiento, lo que debería ser el sello distintivo de todo cristiano. Sus palabras se hacen eco de las bienaventuranzas, en especial las de la felicidad prometida a los pobres. Todos realmente deberíamos tener libertad para entrar en el reino, es por esto que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino, porque la riqueza es preocupación y esclavitud.

No podemos buscar el reino – no podemos vivir en una unión constante y consciente con Dios, si estamos demasiado preocupados por nuestras necesidades. Y no sólo por nuestras necesidades materiales, el sufrimiento intenso o el hambre no se puede ocultar, por supuesto. Pero podemos llevar daños morales o psicológicos que pueden envenenar nuestras vidas, y la de otros, durante años, antes de que nos demos cuenta. Si no los reconocemos como lo que son, pueden limitar seriamente nuestra capacidad para relacionarnos con nuestros hermanos, y también con Dios. Expresando estas necesidades a Dios es la mejor manera de reconciliarse con ellas.

Y esto se debe a la relación entre la persona que tiene una necesidad y a quien ella expresa su deseo para que responda con una relación de amor, Jesús nos dice que hay un antagonismo total entre Dios, a quién Él llama Abba y el dinero que le dio el nombre de Mammon. El amor es celoso, y no podemos mantener estos dos amantes, o servir a dos señores.

El profeta Ezequiel también expresa esto de una manera vívida cuando reprocha a Israel el buscar seguridad en alianzas humanas más que en Dios. “Mi pueblo ha cometido dos pecados, dice el Señor: él abandonó la fuente de aguas vivas, y ha cavado aljibes, cisternas rotas que no retienen el agua”.

Si paseamos por el jardín de nuestro corazón y nuestra vida, vamos a encontrar probablemente muchas de estas cisternas rotas que cavamos en los últimos años para protegernos contra cualquier posible necesidad. Si permitimos que estos tanques se sequen por completo, seremos entonces regados por la ternura de Dios que nunca nos fallará.

Confiamos en la intercesión de María, nuestra Madre, que ella nos enseñe a confiar en Dios, en pedir que él sólo satisfaga nuestra necesidad. Pidamosle servir a un sólo Señor y acerquémonos como pobres y necesitados al altar que nos ofrece el Pan de Vida eterna y el agua para que nunca más tengamos sed.

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22 de febrero. La Cátedra de san Pedro.

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Tu barca de pescador,
que llegó de Roma al puerto,
va siguiendo el rumbo cierto
que le trazara el Señor.
La va llevando el amor
siempre a nuevas singladuras.
En las borrascas oscuras,
para que a Cristo sea fiel,
Simón Pedro, el timonel,
vela desde las alturas.

Si toda la Iglesia oraba
por ti, ahora tú por ella,
que eres su roca y su estrella.
Cuando se tambaleaba
tu fe, sobre el mar te daba
Cristo fuerza con sus manos.
Boga mar adentro, y danos
-a la Iglesia, que te implora-
tu presencia guiadora
y confirma a tus hermanos.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

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21 de febrero.

En la tumba de san Pedro.

En la tumba de san Pedro.

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Estoy, Señor, en la ribera sola
del infinito afán. Un niño grita
entre las olas, contra el viento yermo:

A través de la nada,
van mis caminos
hacia el dolor más alto,
pidiendo asilo.

La espuma me sostiene,
y el verde frío
de las olas me lleva
pidiendo asilo.

Hacia el amor más alto
que hay en mí mismo,
la esperanza me arrastra,
pidiendo asilo.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

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20 de febrero.

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En Roma. Recién he rezado la Misa por todos mis feligreses, familiares y amigos.

—————–

Muchas veces, Señor, Señor, a la hora décima
-sobremesa en sosiego-,
recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste al encuentro.
Ansiosos caminaron tras de ti…
«¿Qué buscáis…?» Les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde
halló en las aguas del Jordán su espejo,
y el río se hizo más azul de pronto,
¡el río se hizo cielo!
«Rabbí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?»
«Venid, y lo veréis». Fueron, y vieron…

«Señor, ¿en dónde vives?
«Ven, y verás». Y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas partes!,
¡Y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo,
que a Juan y a Andrés
-es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo, cada vez que yo te busque,
Señor, ¡sal a mi encuentro!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Amén.

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19 de febrero.

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Homilía para el VII Domingo durante el año A

En este domingo debemos reflexionar sobre las dos últimas antítesis que Jesús pronunció en el sermón del monte: perdonar a los que nos ofenden y amar al enemigo. Es decir, que seguimos hablando de la plenitud de la ley, de la ley que, según Jesús, no cumplían en su plenitud los escribas y los fariseos. La primera de las antítesis hace referencia al mandato que establecía la llamada ley deltalión, tal como está escrita en el libro del Éxodo, 21, 25: ojo por ojo y diente por diente. La ley del talión era considerada por los judíos como una ley sagrada, dada por Moisés a su pueblo, para impedir la venganza desproporcionada e indiscriminada. En su momento, fue una ley buena y necesaria. Pero Jesús de Nazaret les pide a sus discípulos que ellos vayan mucho más allá de la ley (el Evangelio no es un voluntarismo es la vivencia de una nueva forma de ser, inaugurada por Cristo, la ley es importante en esta dinámica, no en la materialidad de la letra); si reciben una bofetada en la mejilla, no sólo no respondan con otra bofetada en la mejilla del agresor, sino que presenten mansamente la otra mejilla. Yo no sé si nosotros, en nuestro comportamiento diario, somos más partidarios de la ley de Moisés, que del consejo de Jesús. Pero lo que sí sé es que la plenitud del perdón, según el mandamiento de Jesús, nos obliga a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien. Los cristianos debemos ofrecer mansedumbre y paz siempre, incluso a los que nos ofenden o injurian injustamente. Es evidente que ahora existen los tribunales de justicia, y que también los cristianos tenemos derecho a hacer uso de ellos cuando lo creamos justo y conveniente. Pero en la convivencia de cada día debemos esforzarnos en parecer y en ser siempre mansos y humildes de corazón. Todo esto vivido en la prudencia: Jesús nos enseña a poner la otra mejilla, pero cuando el criado del sumo sacerdote le pega, Jesús le dice: “si he hecho mal dime en qué y si no por qué me pegas…”. Es decir, ni todo el día reclamando lo que me corresponde con un “yoyismo ridículo”, ni tampoco, volviéndose uno un tonto que eso Jesús no lo quiere.

La segunda de las antítesis que nos presenta Jesús este domingo se refiere al amor a los enemigos: “Yo, en cambio, les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que les aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian”. ¿Es posible amar a los enemigos? Afectivamente, casi nunca es posible, pero lo que nos manda Cristo no es que amemos afectivamente a los enemigos, sino que les hagamos el bien y recemos por ellos. Esto no sólo es posible hacerlo, sino que haciéndolo nos sentiremos mucho mejor. La apalabra <amar> a una persona significa en este caso hacerle el bien, rezar por ella. Nos dice Jesús que si hacemos esto actuaremos como verdaderos hijos de Dios, de un Dios padre de todos, que hace salir el sol sobre buenos y malos. Amar a una persona en la medida en la que ella nos ama, es relativamente fácil; amar a una persona más allá de la medida en la que ella nos ama, es difícil. Eso es amar sin medida, amar con la medida de Dios. Muchas personas dicen: yo perdono, pero no olvido (un eufemismo para decir no perdono, pues el perdón depende de la voluntad y no de la memoria). Pues si perdonan en sentido cristiano, ya es suficiente. Olvidar, ya sabemos que, psicológicamente, es imposible y nadie nos lo va a exigir. Esa es la paz de conciencia que nos debe dar la religión, ante las injurias, los insultos y los daños no merecidos. Lo ideal sería que no nos importen la falsedades versadas sobre nosotros. El perdón es la cara humilde del amor; el que sabe perdonar, sabe amar.

¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Este pensamiento que San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto es un pensamiento que nos debe llenar de paz y, al mismo tiempo, de responsabilidad. El templo no es sagrado por la riqueza arquitectónica de sus muros, o por la suntuosidad interior y exterior que presenta al que lo mira. El templo es sagrado porque es la casa visible donde Dios se manifiesta. Si nosotros somos templos de Dios, debemos presentarnos a los demás como personas en las que Dios habita y en las que Dios se manifiesta. Dios quiere vivir en nosotros como un Dios bondadoso y lleno de amor. Si sabemos vaciarnos de nuestro yo vanidoso y carnal, Dios podrá manifestarse en nosotros como un Dios Amor, como el Dios de Jesucristo. Así cada uno de nosotros será un templo vivo de Dios, porque el Espíritu de Dios habita en nosotros.

Esta conclusión dura, exigente, de las bienaventuranzas (poner la otra mejilla y amar al enemigo) nos recuerdan que ellas son un don para nosotros. Y este don debe ser vivido en el horizonte de la santidad. La santidad no es tener una aureola, sino ser amigos de Jesús, el sufrir por sufrir, la pobreza por ella misma, son cosas que Dios no quiere en sí, las quiere si son reflejo de una vida en amistad con Jesús.

En este sentido decía el papa emérto Benedicto XVI, en el ángelus del 30 de enero del 2011: “Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios… una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13)”

Pidamos esto hoy de manos de nuestra Madre la Virgen.

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Hoy en Barcelona es la fiesta de santa Eulalia.

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Homilía

Avui, dia 12 de febrer, es commemora la festivitat de Santa Eulàlia, una santa que, malgrat tenir una vida tan curta, –morí amb tan sols tretze anys— ha tingut una forta projecció al llarg de la història.
Hoy, día 12 de febrero, se conmemora la festividad de santa Eulalia, una santa que, a pesar de tener una vida tan corta, murió con tan solo 13 años, tuvo una fuerte proyección a lo largo de la historia.
Explica la tradició que Santa Eulàlia va néixer a les darreries del segle III a la vila de Sarrià. Educada en la doctrina cristiana, visqué a l’època de l’emperador Dioclecià en què van tenir lloc les grans persecucions contra els cristians. Eulàlia, gran defensora dels principis de la fe, s’afrontà a les autoritats per queixar-se de la situació. Per aquest motiu patí un cruel matiri i morí tan jove.
Explica la tradición que santa Eulalia nació en las postrimerías del siglo III, en la ciudad de Sarriá. Educada en la doctrina cristiana, vivió en la época del emperador Dioclesiano, cuando tuvieron lugar las grandes persecuciones contra los cristianos. Eulalia, gran defensora de los principios de la fe, se enfrentó a las autoridades para quejarse de la situación. Por este motivo sufrió un cruel martirio y murió tan joven.
El martiri de Santa Eulàlia ha estat glossat en nombrosos llibres d’història amb tota mena de versions i detalls. Segons la tradició cristiana, Dacià, el governador que havia nomenat Dioclecià des de Roma, davant la insistència de la santa a defensar el cristianisme i a no renunciar a la seva fe, la castigà cruelment amb tretze martiris, el mateix nombre d’anys que ella tenia en aquell moment.
El martirio de santa Eulalia estuvo glosado en numerosos libros de historia con tada suerte de versiones y detalles. Según la tradición cristiana, Daciano, el gobernador que había nombrado Dioclesiano desde Roma, ante la insistencia de la Santa de defender el cristianismos y no renunciar a su fe, la castigó brutalmente con 13 martirios, el mismo número de años que ella tenía en ese momento.
Sorprèn que amb una vida tan curta hagi deixat un llegat tan extens. Santa Eulàlia ha estat al llarg dels segles objecte de culte, i se li han dedicat goigs, composicions musicals, himnes, devocionaris, missals, festes públiques…
Sorprende que con una vida tan corta haya dejado un legado tan extenso. Santa Eulalia estuvo a lo largo de los siglos como objeto de culto, y se le han dedicado gozos, composiciones musicales, himnos, devocionarios, misales, fiestas publicas…
La Biblioteca de Catalunya disposa de nombrosa documentació relacionada amb la santa.
La Biblioteca de Cataluña dispone de numerosa documentación relacionada con la santa.
Però d’aquesta santa no són tan sols ens ha arribat documentació escrita. El testimoni de la seva vida també ha deixat múltiples rastres en la ciutat de Barcelona. En trobem en diversos noms dels nostres carrers: la Baixada de Santa Eulàlia; el carrer de Santa Eulàlia (Gràcia); carrer de l’Arc de Santa Eulàlia… També en esglésies o indrets de culte: el santuari de Santa Eulàlia de Vilapicina; el convent de santa Anna i Santa Eulàlia a Sarrià; i evidentment, en el nom que s’atorgà a la catedral de la ciutat, catedral de la Santa Creu i de Santa Eulàlia.
Pero de esta santa no solo nos ha llegado documentación escrita. El testimonio de su vida también ha dejado múltiples rastros en al ciudad de Barcelona. Nos encontramos con diversos nombres de nuestras calles: la Bajada de Santa Eulalia, la calle de santa Eulalia (Gracia), calle de el Arco de santa Eulalia. También en Iglesias o lugares de culto: santuario de santa Eulalia de Vilapicina, La Capilla románica de L’Hospitalet, el Convento de Santa Eulalia en Sarriá, y evidentemente, en el nombre que se da a la Catedral de la ciudad, catedral de la Santa Cruz y de santa Eulalia.
Finalment, no podem oblidar l’important paper que va tenir durant segles com a patrona de la ciutat de Barcelona (633-1686) fins que es proclamà la Mare de Déu de la Mercè, es conserven peces que així ho documenten i que també constaten que la data de la festivitat era antigament durant el mes d’octubre.
Finalmente, no podemos olvidar el importante papel que tuvo durante siglos como patrona de la ciudad de Barcelona (633-1686) hasta que se proclamó la Virgen de la Merced, se conservan piezas que así lo ducumentan y que también constatamos que la fecha de la festividad era antiguamente durante el mes de octubre.
La liturgia nos trae la parábola de las vírgenes prudentes y necias.
Las diez muchachas (vírgenes) son signo de la humanidad entera, como esposa-amiga ante Dios, esperando las Bodas finales de la historia.
El aceite recibido (alumbrando en la alcuza de su propia vida) es el don de la existencia, la vida entera. Hombres y mujeres son “aceite” que alumbra en la medida en que se consume, haciéndose luz para sí mismo, luz para los otros.
La división (cinco necias, cinco prudentes), cinco y cinco, buenas y malas, prudentes y sensatas, es propia de gran parte de las “historias” de ese tipo. Tiene un fondo parenético, y sirve para insistir en la posibilidad del bien y del mal… y en la exigencia de conversión (para que al fin todas puedan ser buenas).
Vivir bien por amor en la libertad del bien, te hace tener más aceite. Las prudentes no pueden compartir el aceite, porque nadie puede vivir por otro.
Que santa Eulalia nos enseñe a amar hasta morir si es necesario, los mártires son celebrados no por sufrir, si no porque amaron. Que sepamos también tener nosotros aceite de sobra para iluminar a los otros.

 

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12 de febrero.

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Homilía para el VI domingo durante el año A.

 En el año 1983 se promulgó en la Iglesia una revisión del Código de Derecho Canónico, lo que trajo consigo a su vez, en años posteriores, una revisión, ajustada al Concilio Vaticano II de todas las aplicaciones jurídicas, así como también de las Constituciones de muchas Órdenes Religiosas. Tampoco es extraño que en tantos países se realizan enmiendas de las propias Constituciones.

Ahora bien, cuando leemos el Evangelio de hoy en el que dice Jesús en diversas ocasiones: “Se os ha dicho…pero yo os digo, es muy posible que nuestra primera impresión sea la de que Jesús está sencillamente llevando a cabo algunas enmiendas a la Constitución de Israel o tratando de poner al día el “Código de Derecho Canónico del Antiguo Testamento”.

Ahora bien, si estudiamos atentamente las palabras de Jesús, nos damos cuenta de que exige de sus oyentes un cambio mucho más radical. No se trata de un cambio de la ley sino de la relación a la ley –cambio que requiere una conversión del corazón y no de la ley. Jesús no instaura un nuevo legalismo más exigente que el de los Fariseos. Lo que él hace es reemplazar las exigencias del legalismo por las exigencias, mucho más exigentes (valga la redundancia), del amor. No establece una nueva justicia, que pueda ser mucho más rigurosa, enseña las exigencias del amor, que van mucho más allá de lo que pueda pedir la estricta justicia.

En nuestros días nos hemos ido dando cuenta de que no respetamos colectivamente los derechos de determinados sectores de la Sociedad. Y por ello hemos publicado no pocas cartas afirmando los derechos de las mujeres, por ejemplo, o los de los niños, o de los minusválidos, también de los homosexuales, etc. Todo lo cual es sumamente importante e incluso necesario, cuando no se quiere cambiar la verdad de las cosas. Pero mientras respetemos los nuevos derechos de la misma manera que respetábamos los antiguos códigos, seguimos viviendo bajo el Antiguo Testamento, y corremos peligro de llegar a no pocas injusticias.

La justicia humana consiste en el respeto de diversos derechos, los cuales han sido establecidos por las convenciones de una sociedad particular. Así, por citar un ejemplo, en una cultura en la que la esclavitud formaba parte de la estructura de la sociedad, como era, por ejemplo, el caso en el Imperio Romano en la época de Cristo o de San Pablo, la justicia consistía en el equilibrio entre los derechos del propietario de esclavos y sus obligaciones para con los esclavos que eran propiedad suya. Éstos carecían de todo derecho. En una sociedad capitalista, la justicia consiste en respetar el equilibrio establecido entre el derecho de los propietarios del capital y los de los obreros que por su trabajo hacen fructificar ese capital. En una sociedad socialista, la justicia consiste en el respeto del equilibrio establecido en esta sociedad particular entre los derechos del Estado y los de los individuos que son sus miembros. En uno y otro caso desembocamos en formas permanentes de opresión, incluso cuando ninguno de los derechos jurídicos haya sido lesionado.

Jesús no trata de precisar ninguno de estos derechos. Más bien nos dice: no quedemos en ese nivel. Si la justicia les pide que den el manto, den también la camisa. Si la justicia les permite exigir ojo por ojo y diente por diente, perdonen sencillamente a quien les ha ofendido o los ha molestado. Si el código de conducta moral les prohíbe un número determinado de cosas, como, por ejemplo, el estar con la mujer del vecino, yo les pido que cuiden incluso de los deseos de sus corazones.

Esta nueva enseñanza de Jesús referida a la ley es fuente de una gran inseguridad – una inseguridad sumamente saludable. En efecto si el ser bueno consiste en no cometer adulterio, en no matar, en no exigir más que un ojo por un ojo y un diente por un diente, en no faltar a Misa los Domingos, etc., es muy fácil que pueda sentirme seguro. En efecto puedo verificar periódicamente si soy bueno o no. Hay que cumplir con las normas pero nos como un robot. Y en el caso de que haya pecado, puedo saber exactamente cuándo, dónde y cómo, lo cual me otorga un sentido muy grande de seguridad. La seguridad de los Fariseos Pero Jesús ha dicho: “Si vuestra justicia no supera la de los Escribas y de los Fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos”. No pecar no es sencillamente cumplir normas, sino convertirse, y esto es difícil, porque no lo podemos mensurar nosotros, es obra nuestra, pero más de Dios que nos introduce en su amistad.

Pero, si ser fiel al llamamiento de Jesús consiste en la pureza de intención, en el amor a mi enemigo; si consiste en dar siempre más de lo que se me pide, en poner en orden mi relación con mis hermanos, cuando ha quedado ésta rota…, entonces es cuando vivo en esa dichosa y constante inseguridad que consiste en tener la conciencia de saberse de continuo llamado a algo que supere lo que actualmente soy y que estoy a punto de llevar a cabo. En este caso inseguridad es sinónimo de pobreza.

En esta pobreza, en la actitud de niños titubeantes, que aún están aprendiendo a andar, vamos a acercarnos ahora al altar, encontrándonos con una seguridad muy auténtica, no en una justicia nuestra que sabemos muy bien que no poseemos, sino en la justicia de Dios, sabiendo que es Él rico en misericordia y en compasión. María nuestra Madre nos ayude a encontrarnos en la presencia real de su Hijo en la Eucaristía con esa justicia superior a la de los escribas y fariseos: la vida misma de Jesús.

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11 de febrero.

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Nuestra Señora de Lourdes

11 de febrero de 1858, en la villa francesa de Lourdes, a orilla del río Gave, Nuestra Madre, Santa María manifestó de manera directa y cercana su profundo amor hacia nosotros, apareciéndose ante una niña de 14 años, llamada Bernadette (Bernardita) Soubirous.

La historia de la aparición empieza cuando Bernardita, quien nació el 7 de enero de 1844, salió, junto a dos amigas, en búsqueda de leña en la Roca de Masabielle. Para ello, tenía que atravesar un pequeño río, pero como Bernardita sufría de asma, no podía meter los pies en agua fría, y las aguas de aquel riachuelo estaban muy heladas. Por eso ella se quedó a un lado del río, mientras las dos compañeras iban a buscar la leña.

Fue en ese momento, que Bernardita experimenta el encuentro con Nuestra Madre, experiencia que sellaría toda su vida, “sentí como un fuerte viento que me obligó a levantar la cabeza. Volví a mirar y vi que las ramas de espinas que rodeaban la gruta de la roca de Masabielle se estaban moviendo. En ese momento apareció en la gruta una bellísima Señora, tan hermosa, que cuando se le ha visto una vez, uno querría morirse con tal de lograr volverla a ver”.

“Ella venía toda vestida de blanco, con un cinturón azul, un rosario entre sus dedos y una rosa dorada en cada pie. Me saludó inclinando la cabeza. Yo, creyendo que estaba soñando, me restregué los ojos; pero levantando la vista vi de nuevo a la hermosa Señora que me sonreía y me hacía señas de que me acercara. Pero yo no me atrevía. No es que tuviera miedo, porque cuando uno tiene miedo huye, y yo me hubiera quedado allí mirándola toda la vida. Entonces se me ocurrió rezar y saqué el rosario. Me arrodillé. Vi que la Señora se santiguaba al mismo tiempo que yo lo hacía. Mientras iba pasando las cuentas de la camándula Ella escuchaba las Avemarías sin decir nada, pero pasando también por sus manos las cuentas del rosario. Y cuando yo decía el Gloria al Padre, Ella lo decía también, inclinando un poco la cabeza. Terminando el rosario, me sonrió otra vez y retrocediendo hacia las sombras de la gruta, desapareció”.

A los pocos días, la Virgen vuelve a aparecer ante Bernardita en la misma gruta. Sin embargo, al enterarse su madre se disgustó mucho creyendo que su hija estaba inventando cuentos -aunque la verdad es que Bernardita no decía mentiras-, al mismo tiempo algunos pensaban que se trataba de un alma del purgatorio, y a Bernardita le fue prohibido volver a la roca y a la gruta de Masabielle.

A pesar de la prohibición, muchos amigos de Bernardita le pedía que vuelva a la gruta; ante ello, su mamá le dijo que consultara con su padre. El señor Soubiruos, después de pensar y dudar, le permitió volver el 18 de febrero.

Esta vez, Bernardita fue acompañada por varias personas, que con rosarios y agua bendita esperaban aclarar y confirmar lo narrado. Al llegar todos los presentes comenzaron a rezar el rosario; es en ese momento que Nuestra Madre se aparece por tercera vez. Bernardita narra así esta aparición: “Cuando estábamos rezando el tercer misterio, la misma Señora vestida de blanco se hizo presente como la vez anterior. Yo exclamé: ‘Ahí está’. Pero los demás no la veían. Entonces una vecina me acercó el agua bendita y yo lancé unas gotas de dicha agua hacia la visión. La Señora se sonrió e hizo la señal de la cruz. Yo le dije: ‘Si vienes de parte de Dios, acércate’. Ella dio un paso hacia delante”.

Luego, la Virgen le dijo a Bernadette: “Ven aquí durante quince días seguidos”. La niña le prometió hacerlo y la Señora le expresó “Yo te prometo que serás muy feliz, no en este mundo, sino en el otro”.

Luego de este intenso momento que cubrió a todos los presentes, la noticia de las apariciones se corrió


por toda el pueblo, y muchos acudían a la gruta creyendo en el suceso, aunque otros se burlaban.

Entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858 hubo 18 apariciones. Éstas se caracterizaron por la sobriedad de las palabras de la Virgen, y por la aparición de una fuente de agua que brotó inesperadamente junto al lugar de las apariciones y que desde entonces es un lugar de referencia de innumerables milagros constatados por hombres de ciencia.

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8 de febrero.

LA CREACIÓN DEL HOMBRE. ÓLEO SOBRE CARTÓN. FIRMADO Y TITULADO EN SU ÁNGULO INFERIOR DERECHO. AUTOR: DANIEL SABATER SALABERT (1888-1951). TITULADO, FIRMADO, LOCALIZADO Y FECHADO EN EL REVERSO. VALENCIA 1927.

LA CREACIÓN DEL HOMBRE. ÓLEO SOBRE CARTÓN. FIRMADO Y TITULADO EN SU ÁNGULO INFERIOR DERECHO.
AUTOR: DANIEL SABATER SALABERT (1888-1951). TITULADO, FIRMADO, LOCALIZADO Y FECHADO EN EL REVERSO. VALENCIA 1927.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 5ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (2,4b-9.15-17):

EL día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, Porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo; pero un manantial salía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.
Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara.
El Señor Dios dio este mandato al hombre:
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 103,1-2a.27-28.29be-30

R/. Bendice, alma mía, al Señor

V/. Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R/.

V/. Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. R/.

V/. Les retiras el aliento, y expiran,
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,14-23):

EN aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
Él les dijo:
«También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».
(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Palabra del Señor

_____________________

1. (año I) Génesis 2,4b-9.15-17

a) Hoy leemos otra versión más antigua -la llamada «yahvista», diferente de la «sacerdotal» del capítulo primero- de cómo creó Dios al hombre y lo colocó en el jardín del Edén. Otra versión también llena de poesía y encanto popular, sin pretensiones científicas.

El cuerpo de Adán lo modela Dios, según este relato, de la arcilla de la tierra. Imagen muy expresiva la de Dios como alfarero. Todo lo hace él, la tierra, los manantiales y las plantas, pero con especial cariño y detención el cuerpo humano. Y luego el espíritu, que se describe aquí como un soplo del mismo aliento de Dios.

A este hombre le encomienda que cultive el jardín. También aparece la orden de que no coma de un determinado árbol. ¿Símbolo de la limitación que el hombre tiene que reconocer en su afán de saberlo todo y de estar sobre el bien y el mal?

b) Nunca admiraremos bastante la maravilla de la creación que es el cuerpo humano. El relato bíblico nos está queriendo decir que venimos del mismo Dios, de su mano moldeadora, de su aliento de vida. Somos obra de Dios. El nos ha pensado desde toda la eternidad.

Por una parte somos parte de la tierra, estamos hechos de arcilla. Dios nos ha hecho dueños de la creación, en perfecta armonía -hasta que llegó el pecado- con los animales y las plantas y la naturaleza. Nuestro origen de la arcilla nos recuerda nuestra caducidad y la conexión íntima con este cosmos que no es eterno.

Pero a la vez hemos nacido del aliento vital de Dios y eso ilumina nuestro destino de esperanza. Que se verá plenamente cumplida cuando nos envíe su Espíritu Santo, su Aliento, y nos incorpore a la vida pascual de Cristo Jesús el día de nuestro Bautismo.

Somos arcilla y somos espíritu. El Miércoles de Ceniza se nos recuerda: «Eres polvo y en polvo te convertirás». Pero el Soplo de Dios, el Espíritu Santo, «Señor y dador de vida», al igual que en Pascua resucitó a Jesús a una nueva existencia, en Pentecostés toma posesión de la Iglesia, y en el Bautismo y Confirmación de cada uno de nosotros, para que vivamos la vida nueva del Resucitado. Podemos hacer nuestro el salmo de hoy: «Dios mío, qué grande eres… envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra».

Somos barro pero somos imagen de Dios. Eso nos invita a dar gracias a Dios por habernos dado su ser y su vida. Y también a amar al prójimo, que es barro como nosotros y, al igual que nosotros, imagen de Dios.

2. Marcos 7,14-23

a) Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley.

Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante.

Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.

La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.

b) El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona.

Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hechos 10).

Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia? ¿al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos.

Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las trece cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: malos propósitos. fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias. injusticias. fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer.

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5 de febrero.

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Homilía para el Vº domingo durante el año A

Pablo ha sido uno de los espíritus más profundos de su tiempo. Había sido formado por los mejores maestros de Israel. Había aprendido cuanto podía ser enseñado sobre la sabiduría de Israel, así como de la sabiduría de los griegos. Cuando llegó a Atenas para anunciar la Buena Nueva, pensó que el mejor medio de hacerse aceptar era utilizar el propio lenguaje y forma del Ágora, echando mano de su conocimiento de sus filósofos y de sus poetas, la tentación de todos predicar para ser aceptados. ¡Pero todo fue un fracaso! Lo cual fue una lección para Pablo, que se vio obligado a cambiar de método. Cuando fue a Corinto, una ciudad mucho más popular, de vida moral decadente y con bastantes menos intelectuales, fue como un pobre, llevando en su carne la cruz de Cristo. Y tuvo éxito. Habrían pasado algunos años para cuando escribiera el texto que hace unos instantes hemos escuchado:

Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado. Me presenté ante vosotros débil y temeroso: mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios” (1 Co 2, 1-5).

Con otras palabras, Pablo no fue a Corinto como un maestro de sabiduría, sino como quien era portador de un testimonio – en su vida – a la cruz de Cristo y a su resurrección. Este texto constituye, por consiguiente, un buen comentario del Evangelio de hoy. Cuando nos dice Jesús que somos la sal de la tierra y la luz del mundo, no nos invita a que seamos orgullosos, a que nos felicitemos de ser los “escogidos” (nos diría nuestro Papa Francisco). Por el contrario, nos confía una misión – y una misión muy exigente. Nos invita a ser la sal de la tierra y la luz del mundo no tanto por nuestra enseñanza, por nuestra sabiduría, sino ante todo por nuestro testimonio. Es que la sal si está en la cantidad exacta no ocupa el lugar de la comida hace que tenga gusto. Y la luz no es lo que se ve, ella resalta, hace ver los objetos no es el centro, es lo necesario para que veamos las cosas.

Es posible que nos guste un poco la idea de ser la luz del mundo, de manera que se nos pueda contemplar y admirar. Prestemos algo más de atención a la otra imagen utilizada por Jesús, la de la sal de la tierra, hay por lo menos dos cosas que podemos decir respecto de la sal: La primera, que para la alimentación se requiere muy poca sal. Un poco de sal da un buen gusto al alimento, como dijimos; demasiada sal lo echa a perder. Y Jesús compara el reino de Dios justamente a este elemento, de la misma manera que lo hace con relación a la levadura en la masa. Para la Iglesia, para los cristianos en general, ser una presencia humilde y pequeña en la vida de la humanidad constituye una situación normal. Todas las grandes demostraciones llamativas, pomposas y ruidosas de la presencia de la Iglesia como una realidad poderosa e influyente poco tienen que hacer con el Evangelio. Y, precisamente, la segunda característica de la sal consiste en que se disuelve en el resto del alimento y que actúa de una manera imperceptible. Así actúa la sal en la masa de la humanidad.

La lectura de Isaías nos explica de la mejor manera posible qué significa ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Esta lectura pertenece a un contexto en el que el profeta reacciona contra una forma de culto que pudiera quedar apartado de la práctica de la caridad y de la justicia. Y concluye él: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne. ENTONCES romperá tu luz como la aurora.” Añade un poco más adelante: “Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, ENTONCES brillará la luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Una excelente aplicación de las palabras de Jesús, también, la tenemos en la magnífica respuesta que dio San Francisco de Asís a fray Maseo cuando éste le preguntó: «¿Por qué todo el mundo se va detrás de ti y toda persona parece que desea verte, oírte y obedecerte? ¿Tú no eres un hombre bello, ni de grande ciencia, ni noble? ¿De dónde entonces que todo el mundo se vaya detrás de ti?». San Francisco, después de estar un largo rato con el rostro vuelto hacia el cielo, respondió: «¿Quieres saber por qué todo el mundo se viene detrás de mí? Porque los ojos de aquel santísimo Dios no han visto entre los pecadores ninguno más vil, ni más incapaz ni más gran pecador que yo; y para hacer aquella obra maravillosa que Él desea hacer, no ha encontrado otra criatura más vil sobre la tierra; y por eso me ha elegido a mí, para confundir la nobleza, la grandeza, el poder, la belleza y la sabiduría del mundo, de manera que se sepa que toda, toda virtud y todo bien viene de Él y no de la criatura, y ninguna criatura pueda gloriarse ante Él, sino que quien se gloría se gloríe en el Señor, a quien es todo honor y gloria por la eternidad» (Florecillas).

Ésta es la manera como son llamados a ser luz del mundo los Cristianos, no por pomposas procesiones, conferencias y demostraciones de ese estilo, que no es que estas cosas sean malas, son buenas; ¡cuánto necesitamos volver a lo religioso!: procesiones, oraciones, encuentros formativos… pero no como fin, sino como medio (en Argentina la Navidad una pena, los gobiernos gastan en propagandas inútiles y no se adorna nada para navidad, y si se adorna se lo hace con cosas que no tienen nada que ver). Somos llamados a ser la sal de la tierra y la luz del mundo traduciendo en nuestra vida de todos los días con las personas que nos rodean, el mensaje de amor de Jesús. El Pan de Vida que vamos a recibir en la Mesa del Señor, la Eucaristía nos otorga el poder y la fuerza de ser fieles a una misión como ésa. En la época de Jesús la sal se vendía en la plaza hasta para conservar los alimentos pero la que caía no servía para nada, ese ejemplo fácil hace ver la importancia de no desaprovechar los dones de Dios, debemos ser sal viviendo bien, aprovechando lo que Dios nos dio. La Virgen Madre nos da ejemplo con su humildad, testimonio y fidelidad de cómo ser sal y luz.

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3 de febrero.

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SAN BLAS
OBISPO Y MARTIR
(† ca. 316)

La Iglesia conmemora en este día a un santo muy popular cual es San Blas, mártir, obispo de Sebaste.

La existencia de este santo armenio, su episcopado en Sebaste, su glorioso martirio, su culto antiguo extendido en la iglesia oriental y occidental, su fama de taumaturgo, la popularidad de su devoción son hechos plenamente históricos que la tradición cristiana ha encuadrado en la leyenda de San Blas, no del todo segura en cuanto a todos los detalles, por proceder de fuentes históricas que no remontan más allá del siglo IX aunque derivan de tradición y culto muy antiguos.

Cuatro son las Actas de San Blas que traen los bolandistas. De ellas extraemos la semblanza del Santo, que presentamos a continuación, modernizada y aumentada con notas históricas referentes a su vida, devoción y culto.

Nació San Blas en Armenia, en la ciudad de Sebaste, la actual Sivas, en la segunda mitad del siglo III. Según quieren algunos, fue médico. El ejercicio de la medicina de los cuerpos lo preparó y le dio a la vez ocasión para ejercer la medicina de las almas, exigida por su fervoroso proselitismo cristiano. Ponderan las Actas las virtudes de este ejemplar cristiano: su humildad. Mansedumbre. paciencia, devoción, castidad, inocencia; en una palabra, su santidad.

Estas virtudes contribuyeron a que, vacante el obispado de Sebaste, fuera propuesto por voz unánime del clero y pueblo para ocupar la sede.

Terribles eran las circunstancias. La persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo y Daia y Licinio, se ensañó particularmente en la iglesia de Sebaste, e hizo allí ilustres mártires: San Eustracio y compañeros. San Carcerio y consortes, San Blas, los famosos cuarenta soldados mártires. Los cristianos vivían perseguidos y escondidos, como si fueran alimañas. San Blas fue el pastor prudente, celoso e intrépido elegido por la Providencia para presidir aquellas trágicas cuanto gloriosas circunstancias.

Escasas son las noticias que nos dan las Actas acerca de su gobierno pastoral. San Blas, oculto por la persecución, sostenía, alentaba y edificaba ocultamente a los cristianos con su palabra y con el ejemplo de su santa Vida.

Las Actas nos han conservado, sin embargo, un episodio que revela el temple apostólico del Santo. San Eustracio se encuentra en la cárcel condenado a próxima muerte. Sale su obispo del escondrijo; obtiene por amero el acceso a la prisión; besa emocionado las cadenas del confesor de Cristo; lo conforta; pasan toda la noche en celestiales coloquios; le administra la santa Eucaristía. Eustracio entrega a San Blas su testamento, confiándole la ejecución del mismo. Al rayar el alba se despiden dándose el ósculo de paz. San Blas vuelve a su escondite y Eustracio al día siguiente rubrica su fe con glorioso martirio.

Arreciando más la persecución bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas (Armenia es país muy montañoso), y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la contemplación, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales. Cual otro Moisés, ora San Blas en el monte por su dispersa y desolada grey.

La leyenda, al relatar la estancia de San Blas en las soledades del Argeo, nos describe escenas paradisiacas. Al perseguido por los hombres le hacen compañía las fieras, que se agrupan en tropel a la entrada de la gruta, esperando respetuosas a que el santo anacoreta termine su oración, para recibir de él su bendición y obtener también la curación de sus dolencias. Así lo encontraron los satélites del prefecto Agrícola en una cacería organizada por aquellos montes, quedando estupefactos ante el nunca visto espectáculo. Comunican el caso al prefecto y ordena éste que le traigan al obispo solitario.

En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces el Salvador instándole para que le ofrezca el sacrificio, entendiendo San Blas que el Señor lo llamaba para ofrecer el cáliz del martirio. Se levanta, ofrece los sagrados misterios y se presentan los ministros del prefecto. “Salte de tu gruta. le dicen: el prefecto te flama”. Responde el Santo a la citación con rostro sonriente y palabras cariñosas. “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”.

El traslado de San Blas a Sebaste constituyó una apoteosis popular. Las gentes, incluso los mismos paganos, acudían en tropel para presenciar el paso del santo obispo, implorando su bendición, el remedio de los males, la curación de las dolencias. San Blas, olvidado de su extrema necesidad propia, atendía a las súplicas, repartía bendiciones, encomendaba al Señor las necesidades.

De pronto una madre le presenta a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesaba en la garganta, clamando: ¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo! Compadecido San Blas, impone la mano sobre el agonizante, signa su garganta con la señal de la cruz, ora por Él…, y devuelve el niño, sano y salvo, a la desolada madre. Y dilatando su caridad a través del tiempo y del espacio, pide que cuantos recurran a su intercesión en trances semejantes obtengan la protección del cielo.

Presentado San Blas al prefecto, éste le propone con blandas palabras la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses. Rechaza San Blas con santa indignación la idolátrica propuesta. En consecuencia es apaleado terriblemente. El brutal castigo no arranca de San Blas tina queja.. Los esbirros, cansados, lo encierran en la cárcel.

Otro día intentan quebrantar su fortaleza suspendiéndolo de un madero y desgarrando sus carnes con garfios de hierro… Pero el santo pastor no habla de ofrecer solo el sacrificio; lo hablan de acompañar sus ovejas y corderos. Al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogen su sangre y se ungen con ella. Detenidas por ello, confiesan intrépidas su fe en Jesucristo sin que hagan vacilar su fortaleza los más crueles y variados tormentos y alentadas por el ejemplo de su pastor perseveran firmes, hasta ser decapitadas. Una de estas heroínas encomienda a San Blas sus dos hijitos, que querían seguirla por la senda celestial del martirio.

No tardó el pastor en consumar su sacrificio. El prefecto lo condena a la decapitación con los dos niños. Y en las afueras de Sebaste es sacrificado el pastor con los dos corderos. Ocurrió el glorioso martirio, según la opinión más probable. el año 316.

El culto de San Blas se extendió prontamente por toda la Iglesia. En el Oriente se celebra su fiesta desde muy antiguo con culto solemne el 11 de febrero. En Constantinopla había un templo dedicado a San Blas. En Armenia existió la Orden Militar de San Blas. El culto de San Blas es también muy antiguo en Occidente. Según el cardenal Schuster, en la Edad Media se erigieron en Roma no menos de 35 iglesias en honor de San Blas. Una de ellas llegó a ser contada entre las 24 abadías privilegiadas de Roma.

La república independiente de Ragusa (Yugoslavia) lo tenía por patrón principal. Lo honraba con fiesta de precepto muy solemne. Su efigie figuraba en las monedas. Uno de los principales monumentos de Ragusa es el templo de San Blas. En el calendario romano figuraba la fiesta de San Blas con rito simple, pero muchas diócesis de Europa occidental la celebran con rito doble. En muchas iglesias se conservan reliquias insignes.

Paralela al culto oficial ha sido la devoción del pueblo cristiano a San Blas, devoción popular y típica. Se le cuenta entre los 14 santos protectores, llamados así porque se les tiene por abogados eficaces en las penalidades de la vida.

Se le invoca especialmente como abogado en las enfermedades de la garganta. Como tal lo reconoce el Ritual. Es considerado como especial protector de los niños: San Blas bendito, que se ahoga este angelito. En Rusia es el patrón de los ganados. En otras naciones también se le atribuye cierto patronato sobre los mismos. Los cardadores y sombrereros lo veneraban por patrón. En el día de su fiesta se bendicen pan, vino, agua y frutos que se dan después a hombres y ganados. En muchas diócesis de Alemania, Bohemia, Suiza y también de otras naciones se da la bendición de San Blas por medio de dos velas cruzadas que se ponen sobre la cabeza de los fieles y con ellas se toca la garganta. En Roma y otras partes por unción del cuello con una candela mojada en aceite bendecido. En Argentina se toca la garganta con dos velas en cruz y se dice: Por intercesión de San Blas, obispo y mártir, te libre Dios de todo mal de garganta y de cualquier otro mal. Amén

San Blas es el santo humano, bondadoso, accesible. Invoquémoslo en nuestras necesidades en las enfermedades de la garganta no sólo materiales, sino también espirituales: respeto humano para confesar nuestra fe, angustias de pecados mortales ocultados, intemperancias en la bebida, etc.

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2 de febrero.

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Homilía para la Presentación del Señor.

Esta fiesta solemne, que dentro el tiempo durante el año, concluye el tiempo navideño, es designada con diversos nombres con diversos significados: Purificación de María, en relación con el rito de la antigua Ley (Cf. Ex 13, 2. 12. 15; Num 8, 17; Lev 2, 6. 8); La Presentación del Señor, nombre dado por la reforma litúrgica de 1969; Encuentro, en griego Hypapante, el nombre más antiguo, encuentro de Jesús con el viejo Simeón y con la profetisa ultra octogenaria Ana, esto es el encuentro del Antiguo con el Nuevo testamento, inaugurado con el nacimiento de Jesús; Los armenios la llaman: “La Venida del Hijo de Dios al Templo” y todavía la observan el 14 de febrero, Candelaria, por la procesión que en Jerusalén se hacía al final del siglo cuarto, y que nos es recordada por la célebre relación sobre las liturgias locales de la peregrina Egeria o Silvia; y en Roma, en ese mismo tiempo, aunque con diferente significado, penitencial y purificador, con una procesión de luces; en Milán con la letanía, que de la Iglesia de Santa María Beltrade a la Catedral acompañaba la procesión llevando un portatorium con la idea, es decir con la imagen de la Virgen teniendo en brazos a Cristo niño. Decía el beato Pablo VI: bellísima colección de ritos varios y devotos, los cuales finalmente encuentran en la liturgia de hoy, que podemos sostener auténtica y central respecto a las otras, su punto focal, fijo en el ofrecimiento bíblico de Jesús a Dios, Padre y Señor de la vida humana, en la expresión finalmente mesiánica que se pone al centro de la historia de la humanidad y del contrastado destino de salvación, como “signo de contradicción” (Luc 2, 34).

Comentaba el gran predicador Bossuet: “Nosotros sabemos que el primer acto de Jesús entrando en el mundo, fue de darse a Dios y de ponerse en lugar de todas las víctimas, de cualquier naturaleza que ellas fuesen, para cumplir la voluntad de Dios, cualquiera fuese” (BOSSUET, Elévations sur les mystères, «Œuvres», II, 336). Está en este episodio evangélico la profesión religiosa fundamental: la filosofía de la vida comienza así: el hombre no es para sí; él es criatura, él nace libre, pero en la esfera de un designio divino que envuelve su destino y su deber radical (Cfr. Ef. 1, 3ss). Palabra evidente para quien ha descubierto la llave de la vocación humana, que es aquella de Cristo mismo: “He aquí, que yo vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hb. 10, 7. 9; Sal. 39, 8; Is. 53, 7). De aquí toda la relación entre el hombre y Dios se desarrolla en una serie de pasos ascensionales que se hacen oración, diálogo, obediencia, amor, oblación; se hacen también sacrificio, pero destinado a fundirse en el océano de la vida y de la bienaventuranza.

Este empeño inicial, esta ofrenda a la voluntad de Dios merece la gran meditación de esta particular festividad, de nuestra fe en Dios y en Cristo nuestro maestro y nuestro salvador. Somos Pueblo de Dios, y casi llevados por una costumbre histórica, de la cual no tendremos nunca bastante reconocimiento, ni habremos tampoco suficientemente bendecido esta fortuna, me refiero a habernos encontrado con el mundo religioso, con el reino de la fe y de la luz. ¿Hemos comprendido esta suerte maravillosa? ¿Hemos correspondido a la dignidad de esta elección comunitaria, que incorpora nuestra microscópica existencia a aquella universal del Cristo total, que se llama Cuerpo místico, la Iglesia?

¿Nos hemos dado cuenta que en esta desmesurada comunión, que nos hace a todos uno en Cristo, nuestra mínima vida, lejos de perder su personalidad, la adquiere y la engrandece?. Lo nuestro toma proporciones incalculables, y se vale de esta transfigurante “sociedad del espíritu” (Filp. 2, 1) para llegar a aquella plenitud que en vano buscamos en la posesión de las cosas de la tierra, de la naturaleza, de los sentidos, del mismo pensamiento; y que profundamente, inconscientemente quizá, deseamos, que es la posesión infinita del Dios viviente.

Ofrecerse a Cristo y recibirlo. Con Cristo se conquista lo infinito, Dios.

Felices nosotros, si este ofrecimiento, derivado de nuestro bautismo, se ha mantenido fiel, si se ha profundizado en la conciencia de su hiperbólica proporción; y si en vez de irradiarse en el esfuerzo de rendirse mínima y avaramente, se ha hecho más generosa y operante la entrega, si este ofrecimiento se ha hecho pleno y cristiano.

La presentación del Señor al templo y la Purificación de Nuestra Señora nos recuerda la verdadera religión, es decir, la relación con Dios. Por eso en Europa hoy se celebra la jornada de la vida religiosa (en Argentina lo hacemos en septiembre). Pero en un sentido lato, lo que particularmente y según el carisma se vive en el religioso o la religiosa (vida activa, vida contemplativa, instituto secular, etc), lo debemos vivir todos los bautizados.

Pidamos al Señor esta gracia para toda la Iglesia, pidamos crecer en oración, diálogo, obediencia, amor, oblación; también en sacrificio, y lo que no entendamos no lo neguemos, no lo disfracemos, sino que a ejemplo de María, guardémoslo y meditémoslo en nuestro corazón, si somos fieles al fin nos daremos cuenta que eso que no entendemos corresponde al designo de amor y misericordia que Dios tiene para cada uno de nosotros.

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31 de enero.

San Juan Bosco en Martí Codolar, Hortalizas, Barcelona

San Juan Bosco en Martí Codolar, Horta, Barcelona

San Juan Bosco

(Becchi, 1815 – Turín, 1888) Santo y sacerdote italiano, también llamado Don Bosco. Su niñez fue dura, pues después de perder a su padre, tuvo que trabajar sin descanso para sacar adelante la hacienda familiar. Se cuenta que aprendió a leer en cuatro semanas; quería estudiar para ser sacerdote, por lo que tenía que hacer todos los días a pie unos diez kilómetros (a veces descalzo, por no gastar zapatos) para ir a estudiar en el liceo de Chieri. Con el fin de pagar sus estudios trabajó en toda clase de oficios.

Ordenado en 1841 y preocupado por la suerte de los niños pobres, particularmente por su imposibilidad de acceso a la educación, a partir de 1842 fundó el Oratorio de San Francisco de Sales. Estableció luego las bases de la Congregación de los sacerdotes de San Francisco de Sales, o salesianos (1851), aprobada en 1860, y de su rama femenina, el Instituto de Hijas de María Auxiliadora. Tales instituciones, dedicadas a la enseñanza de los niños pobres (a los que se formaba en diversos oficios y en la vida cristiana), se desarrollaron con rapidez gracias al impulso de uno de los grandes pedagogos del siglo XIX.

La orden salesiana alcanza hoy en día 17.000 centros en 105 países, con 1.300 colegios y 300 parroquias, mientras que el instituto femenino de María Auxiliadora (las Hermanas Salesianas) posee 16.000 centros en 75 países, dedicados a la educación de la juventud pobre. Ya en vida de Don Bosco las instituciones por él fundadas llegaron a reunir más de cien mil niños pobres bajo su protección.

Además de su labor educadora y fundadora, San Juan Bosco publicó más de una cuarentena de libros teológicos y pedagógicos, entre los cuales cabe destacar El joven instruido, del que se llegaron a publicar más de cincuenta ediciones y un millón de ejemplares sólo en el siglo XIX. El propio santo se encargó también de compilar y editar los llamados Sueños de Don Bosco, un total de 159 sueños en ocasiones premonitorios que tuvo a lo largo de su vida, el primero de ellos a los nueve años de edad.

San Juan Bosco murió la madrugada del 31 de enero de 1888 en Turín. Durante tres días, la ciudad piamontesa desfiló ante su capilla ardiente, a cuyo entierro acudieron más de trescientos mil fieles. Fue beatificado en 1929 y canonizado en 1934; para su canonización se presentaron seiscientos cincuenta milagros obrados por él. Su festividad se conmemora el día de su fallecimiento, el 31 de enero.

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30 de enero.

Cerdos de Gerasa, S. XIX

Cerdos de Gerasa, S. XIX

LUNES DE LA SEMANA 4ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (11,32-40):

HERMANOS:
¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos.
Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra.
Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 30,20.21.22.23.24

R/. Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en en Señor

V/. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. R/.

V/. En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras. R/.

V/. Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada. R/.

V/. Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba. R/.

V/. Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (5,1-20):

EN aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente:
«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo?
Por Dios te lo pido, no me atormentes».
Porque Jesús le estaba diciendo:
«Espíritu inmundo, sal de este hombre».
Y le preguntó:
«Cómo te llamas?».
Él respondió:
«Me llamo Legión, porque somos muchos».
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:
«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
«Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Palabra del Señor

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1. (año I) Hebreos 11,32-40

a) Además de Abrahán y Sara, la carta recuerda otros nombres del AT que nos han dado ejemplo de una fe recia: políticos, profetas, hombres y mujeres de familia. Para que no nos desanimemos nosotros ante las dificultades de nuestro camino.

Es impresionante la enumeración de las cosas que por la fuerza de su fe llegaron a hacer esas personas, conquistando reinos, domando animales, derrotando a ejércitos enemigos, curando y resucitando. Y eso a pesar de las dificultades que también ellos experimentaron, porque fueron golpeados, flagelados, encarcelados, sentenciados a muerte. No se trata de recordar a qué persona concreta corresponde cada una de las hazañas o de las penalidades, aunque algunas si fáciles de adjudicar. Es el conjunto el que impresiona y sirve de estimulo a los lectores de la carta y a nosotros.

Además. su autor no se olvida de repetir que las personas que vivieron en tiempos del AT tienen el mérito de haber vivido en un tiempo de promesas, de figuras: no en los tiempos mesiánicos, como nosotros. Eran en verdad peregrinos, que no alcanzaron nunca la claridad y la seguridad que nosotros podemos tener ahora.

b) Tendemos a engrandecer nuestras dificultades. Así tratamos de explicar nuestra debilidad o nuestros fallos. Las culpas las echamos fácilmente al mundo en que vivimos. Deberíamos espejarnos en Abrahán y en todas esas personas que se nos recuerdan del AT y en tantas otras del NT y de la historia de la Iglesia. No somos los primeros en sufrir para ser fieles a Dios.

Los tiempos en que vivieron todas esas personas fueron tan difíciles o más que los nuestros. Lo que pasa es que tenían fe. Se fiaron totalmente de Dios y siguieron con perseverancia sus caminos. No miraban atrás, sino adelante. No se refugiaron en una actitud conservadora, sino que arriesgaron en la aventura de la fe. La carta dice que «el mundo no era digno de ellos».

Con muchos más medios espirituales que los antiguos, deberíamos ser más coherentes en nuestra vida cristiana. ¿Nos mueve la fe a hacer cosas como las que lograron ellos? ¿o nos escudamos en el miedo o en el riesgo que supone dar pasos adelante? Ellos consiguieron cosas que serían inexplicables con sus solas fuerzas. Pero se fiaron de Dios y recurrieron continuamente a su ayuda.

Si creyéramos de veras en Cristo Jesús, presente en nuestra vida y en la de la Iglesia, haríamos cosas muy hermosas para bien de todos.

Tendremos que rezar en verdad el salmo de hoy para arriesgarnos más: «sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor», y esperar confiadamente el premio de Dios que no faltará: «amad al Señor, fieles suyos, el Señor guarda a sus leales».

2. Marcos 5,1-20

a) Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos.

Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su primer encuentro con paganos -abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera- Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas.

Probablemente el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.

b) La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos, como Jesús, o dirigiéndose a los neopaganos del mundo de hoy. También con los marginados, a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar, para transmitirles su esperanza y su salvación. Después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio».

Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo.

Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida?

En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios?

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Hoy en la Parroquia de la Bonanova, Barcelona

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29 de enero.

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Homilía para el IV domingo durante el año A

La mayoría de las personas buscan la felicidad en un país extranjero llamado “otro lugar”. El pobre sueña con la felicidad de los ricos, los que sufren aislamiento con la felicidad de los que están rodeados de amigos. La felicidad está en una región en la que siempre hace calor, pero no demasiado. Es el vecino que tiene una casa más grande, una mujer más hermosa, más talento artístico, y cuyos logros son apreciados. Es decir nos cuesta conformarnos con lo que somos y tenemos. Mi abuela decía: “siempre falta cinco para el peso”.

No hay nada malo con la construcción de una vida ideal en París (la frase de la película Casablanca: “We’ll always have Paris” siempre tendremos París), con tal de que no tratemos de vivir allí. Pero la parte triste es que fácilmente se transpone la actitud que acabo de describir a grandes rasgos en la comprensión del mensaje del Evangelio.

Jesús vino para que tengamos vida y para que la tengamos en plenitud, ahora y siempre. Nos dijo que nos había dicho todo lo que había oído de su Padre, para que nuestro gozo sea cumplido; pero a menudo nos contentamos con esperar sólo la felicidad después de la muerte, en una especie de otra parte que llamamos cielo, lo cual es correcto, pero el cielo ya comienza aquí cuando aceptamos el Reino y nos alimentamos de la eucaristía “pignus futurae gloraiae” anticipo de la vida futura.

Muchas veces interpretamos, con demasiada facilidad, las Bienaventuranzas (que acabamos de escuchar) de la siguiente manera: Bienaventurados los pobres, porque después de su miserable vida en la tierra van a recibir el reino de los cielos como herencia; Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados en el cielo; Bienaventurados los que tienen hambre, porque después de haber muerto de hambre van a disfrutar de una deliciosa comida en el cielo, etc. etcétera

Y el siguiente paso, en la lógica de tal interpretación, es decir a los pobres: “Tú debes saber, que tienes una verdadera suerte, eres más feliz que los ricos, por lo que no creas problemas a nuestra sociedad que no debe tratar de revertir esta situación. O decir a los hambrientos de justicia: Como tienen el privilegio de ser víctimas de la injusticia, p el reino será de ustedes en cielo y entonces no hacer esfuerzo por conseguir la justicia aquí abajo, porque puede perder su recompensa en el cielo … y nos ocasionarías demasiados problemas “… Como si todas estas situaciones fueron destinadas a permanecer sin cambios hasta el llamado “fin del mundo”, después de lo cual se invertirán los papeles.

Todo esto no es la enseñanza de Jesús. Su enseñanza es continua con la de los profetas del Antiguo Testamento que anunciaban el reino del Mesías como un reino en el que, finalmente, se haría justicia a los oprimidos, la buena noticia es predicada a los pobres, las lágrimas se limpiarán de las mejillas de todos los que lloran y la felicidad sería ofrecida a todos. Y Jesús no dijo, ¿”no he venido para abolir la ley, sino para cumplirla”? Por lo tanto, cuando dice: “El reino de los cielos ha llegado”, significa lo que significan estas palabras. No anuncia una felicidad que estará disponible después de la muerte (allí lo estará en plenitud), si pasamos nuestro examen. Él dijo que el pobre es feliz, porque vino a librarlo de su pobreza; Dijo que los que lloran serán felices, porque él vino a limpiar sus lágrimas; él dijo bienaventurados a los hambrientos, porque vino a librarlos de su hambre.

El reino de Dios, donde los cojos andan, donde se curó al leproso, donde se perdona al pecador, donde los poderosos son expulsados de sus tronos y son exaltados los humildes, donde los hambrientos son alimentados, no va a pasar al final de tiempo. Este reino es el final de los tiempos. Este reino se debe realizar aquí en la tierra, o nunca existirá. Si se hace aquí en la tierra, va a durar para siempre, porque es una realidad divina, porque es la realización de la dimensión divina del hombre, creado a imagen de Dios.

Las Bienaventuranzas no son, por tanto, un tranquilizante espiritual para que nosotros aceptemos los desafíos de esta vida a la espera de una mejor. Son una llamada y una misión que nos ha sido confiada a los que hemos recibido el Evangelio.

¿Cómo realizar esa misión? – Por el simple hecho de hacer lo que dice Jesús en el Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas: “Se dijo: No matarás. Pero yo digo no insultes a tu hermano, ni siquiera lo hagas llorar injustamente (a veces las lágrimas salen del otro por soberbia al no aceptar una verdad) Se dijo: no cometerás adulterio, pero yo les digo que mirar impuramente es adulterar en el corazón. Se dijo ojo por ojo, diente por diente yo te digo que no respondas a la violencia con violencia. Se dijo también ama a tu prójimo y odia a tu enemigo, Yo te digo: ama a tu enemigo como a ti mismo …

Cuando todos los cristianos – todos nosotros – vivamos de acuerdo con estos principios, y lo hagamos de una manera contagiosa, no habrá más pobres, hambrientos y afligidos. El Reino de Dios se hará realidad. Este será el fin de los tiempos, porque el tiempo alcanzará la eternidad y se fundirá en ella

Que la Virgen María nos ayude a entender esto, que es el corazón del Evangelio.

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28 de enero.

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SANTO TOMÁS DE AQUINO

(† 1274)

Medieval el ambiente de intrigas, de luchas y apetencias políticas, que rodearon su aristocrática cuna napolitana. Medieval el clima de renovación monástica y de contienda universitaria, en que cuajó su vocación religiosa y su formación intelectual. Medieval también la gran crisis ideológica que dividía a la cristiandad y que habría de encontrar en Tomás el más genial y supremo moderador. Pero la figura de Tomás de Aquino trasciende todo encasillamiento temporal, conquistando actualidad y vigencia siempre palpitantes, de múltiple y fecunda irradiación.

No ha sido Tomás de los santos más desfigurados por leyendas ingenuas o tradiciones biográficas, desprovistas de rigor histórico y de penetración psicológica. Mas sus dimensiones de gigante suelen hacer que sea muy fragmentariamente conocido. La preeminencia de su misión intelectual y personalidad científica, que le colocan en la cúspide del pensamiento católico, a veces le distancian de nosotros, restando atractivo y eficacia a su patronato sobre la juventud estudiosa. Por eso no quisiéramos silenciar otros aspectos muy humanos de su vida, que le sitúan ante aquellos problemas, inquietudes y luchas propias de la edad juvenil.

Se presenta —a la visión sensible— como una naturaleza vigorosa, de dimensiones atléticas en su cuerpo y de energías esforzadas en el alma. Alto, grueso, bien proporcionado, color trigueño y frente despejada, de porte distinguido y sensibilidad extraordinaria. Síntesis acabada de una herencia lombarda en la línea paterna de Aquino y normanda por la materna de los condes de Teate. Último hijo varón de familia numerosa; doce hermanos que integraron un variado panorama de trayectorias: guerreros y caballeros, poetas y teólogos, abadesas o madres.

Destinado por decisión familiar a la vida monástica en Montecasino, recibió de los monjes negros su primera instrucción, con afición enraizada a las observancias regulares y a la vida litúrgica. Azares de guerra entre el Pontificado y el Imperio le llevaron a continuar sus estudios a la Universidad de Nápoles, donde tuvo ocasión de conocer —en sus primeros fervores— a la Orden de Santo Domingo, donde por iniciativa propia, reflexión madurada y voluntad inflexible, vino a encauzar su vocación a los diecinueve años. Frente a los derroteros del éxito fácil, que le prometían su talento y su linaje por los caminos del mundo, se dibujan en su vida —con rasgos duros— los designios de la Providencia: renuncia de su yo y entrega generosa a una vocación dominicana. Y junto a los obstáculos íntimos del alma invitada a negarse, las desgarradoras contiendas de una obstinada oposición familiar. Claro, pero espinoso y accidentado, se le abre el camino del porvenir. Tomás, revestido con los blancos hábitos de Santo Domingo, comienza virilmente la gran batalla de su destino. Hombre de carácter, enfrentado con la realidad de la vida; temple recio de joven que no retrocede cuando no se debe retroceder. Supera con suave diplomacia los halagos insistentes de su madre —la condesa Teodora— y de sus amadas hermanas; se mantendrá esforzado y valiente ante el atropello brutal de sus hermanos guerreros, que le raptarán en Acquapendente cuando con el general de la Orden se dirigía a Bolonia; si dolorosa fue la lucha en que le arrancaron sus hábitos de fraile, más violenta y trascendental la pelea y la victoria cuando en el castillo de San Juan ahuyenta, esgrimiendo en la mano un tizón incandescente, la insinuante provocación de una mala mujer que sus hermanos hicieran penetrar en su estancia. “Sintió rebelarse en su cuerpo aquel estímulo carnal que siempre había sabido someter a la razón”, escribe su más antiguo biógrafo… Y “aquella victoria valió para la Iglesia toda la santidad y la ciencia de Tomás”, replicaría un Romano Pontífice; conquistó también un equilibrio apacible de sentimientos y amores que jerarquizaron para siempre su varonil afectividad. Años más tarde hará inútiles las ofertas en firme y con refrendo papal de la abadía mitrada de Montecasino y de la sede arzobispal de Nápoles. La visión íntima de su vocación había quedado radiante y asegurada, por gracias especiales de Dios, por los consejos de los superiores de la Orden y por el providencial magisterio de Alberto Magno, que le reafirmarán la conciencia y responsabilidad de aquella trascendental empresa intelectual y apostólica que la Providencia les confiara. Se salvó, en la generosidad de su entrega y en la fortaleza contrastada de su defensa, no sólo la vocación personal de Tomás, sino la orientación doctrinal de su Orden, y uno de los más grandes servicios que se hayan rendido a la Iglesia.

En los designios de Dios sobre aquel joven excepcional no sólo tienen decisiva importancia las dotes extraordinarias de inteligencia preclara y laboriosidad infatigable; la trayectoria de su formación pausada y lenta enriquecerá aquellas posibilidades haciéndole alcanzar proporciones insospechadas. Ciencia de las escuelas en Montecasino y en Nápoles, es su primer bagaje de artes, letras y filosofía. Con diecinueve años de edad y catorce de estudios, llega al ambiente de formación profunda de la Orden Dominicana, cuyo lema nadie mejor que Tomás supo formular después de vivido: “Contemplar y transmitir el fruto de la contemplación”. Roma y Bolonia, Nápoles y Roccasecca fueron el escenario de un noviciado muy especial, en el que las inquietudes y las luchas ayudaron a enraizar y conjuntar el estudio con la oración, la doctrina con la vida. La Orden, con visión certera, le llevará a continuar sus estudios de teología en las aulas de mejor solera: Santiago de París, en pleno ambiente de polémica universitaria, y principalmente en Colonia durante cuatro años de trascendental importancia junto a un maestro —también excepcional—, Alberto Magno. La Biblia y los Padres de la Iglesia, las sentencias y los teólogos, la ciencia natural y la renovación aristotélica de la filosofía, fueron penetrando fecundantes en aquel Tomás singular que, al llegar a su sacerdocio en 1251, pasaría insensiblemente sin dejar nunca de aprender y estudiar, el prestigio y la fama de su saber y de su virtud le ascendieron pronto a la cátedra de la Universidad.

Podrá considerarse poco normal el que desde sus días infantiles comenzara a atormentarle aquel profundo interrogante: “¿Quién es Dios?” Mas no era tanto inquietud de duda como ansia creciente de saber y amor esforzado de la verdad. Toda su existencia vendrá a dar contestación a aquella pregunta en lenguaje de vida y claridad de ciencia. La síntesis de su programa de formación, de lo que fue su vida estudiantil aquellos largos años, nos la describe Tomás —guardando anonimato— en aquellos certeros consejos a un estudiante: “Pureza exquisita de conciencia; aplicación incansable en las horas de estudio, esfuerzo para comprender a fondo cuanto se lee y oye; trabajo para superar toda duda y llegar a la certidumbre; refugiarse cuanto pueda en la sala de armas del espíritu”. ¡Qué humanos y qué al alcance de todos estos rasgos que reflejan limpieza de alma y espíritu de piedad!, pero sobre todo, subrayan insistentes el esfuerzo tenaz, la laboriosidad perseverante, la sacrificada estudiosidad, sin los cuales tantas veces quedan estériles y ocultas grandes capacidades.

Si el estudiante Tomás destacó por su talento, también conquistaba por su sencillez y humildad. Detalles generosos de compañerismo en sus tareas escolares nos han recogido sus biógrafos; más tarde se reflejarán también en las, maravillosas páginas que dejará escritas sobre la amistad y el amor. La exquisita sensibilidad de su temperamento se enriqueció con experiencias de intenso convivir humano que contrapesarán siempre en él la claridad y equilibrio de su inteligencia con un sentido de realidad y aguda perspicacia de los problemas humanos.

Primeramente el servicio del prójimo y la ayuda privada a sus compañeros; más tarde las públicas disputaciones escolásticas le pusieron en marcha en las tareas de polémica y enseñanza en las que pronto habría de elevarse hasta el supremo magisterio. Comienza en Colonia, pero pasará en seguida a París, principal escenario de su magisterio, a propuesta del mismo San Alberto y del cardenal Hugo de Sancaro. Actúa como bachiller bíblico y después como sentenciario, en el Estudio General de Santiago. Ensayo turbulento de una docencia fustigada durante cuatro años por Guillermo de Santo Amor y los seculares. La distancia de siglos suaviza la tensión y acritud de aquel estado de cosas, y hoy nos resultan ridículas las invectivas violentas en aquella polémica entre unos y otros maestros, entre regulares y seculares, involucrando cosas, intrigando ante Pontífices y prelados y hasta hostilizando con plantes, huelgas y violencias en los ambientes universitarios. Sin duda, fue Tomás una de las piedras de mayor escándalo en la polémica. También fue el más contundente refutador, cuyo informe pesó más sin duda en la decisión terminante del papa Alejandro IV, que mandó conferir a Tomás —de treinta y un años de edad— el grado de maestro y la “licentia docendi”. A los pies del Sagrario, en humilde súplica y encendida oración, impetraba Tomás del Señor la ciencia y la gracia para bien comenzar y cumplir exactamente su oficio de maestro. Siguieron las intrigas, y hasta las coacciones físicas, de resistencia al magisterio de Tomás, hasta que el Papa mandó a la Facultad recibir en su seno con plenitud de honores y derechos a fray Tomás de Aquino y a fray Ventura de Bagnorea. Maravillosa siempre en medio de la polémica su mesura y equilibrio en los modos, la elegancia y altura de su disertación y, sobre todo, la caridad y el amor a la verdad. Tres años duró su primer magisterio en París como regente de la cátedra de extranjeros, compatible con las delicadas tareas del asesoramiento real y del consejo al maestro general de la Orden. Y sorprendente es que aquella incansable actividad no le entorpeciera su difícil y profunda actividad científica, plasmada en Los Comentarios a la Sagrada Escritura, y al Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, sus tratados De Trinitate y Dé veritate, y el comienzo, de la Summa contra Gentiles, obras —entre otras de menor importancia— escritas en aquellos agitados años de París.

Las circunstancias llevaron a Tomás al capítulo general de Valenciennes, donde con Alberto Magno, Pedro de Tarantasia, Bonhome de Bretaña y Florencio de Hesdin, redactaron una nueva “Ratio Studiorum” para las casas de formación de la Orden, de trascendental importancia en la renovación de la cultura filosófica y teológica. Se traslada seguidamente a Italia en 1259, donde durante nueve años —como teólogo del Estudio General de la Corte Pontificia— desarrollará la más intensa y fecunda etapa de su vida. Profesor universitario con abrumadora concurrencia de alumnos y prestigio sorprendente; consultor pontificio de máxima autoridad, a quien se multiplican las consultas y se piden dictámenes por numerosas jerarquías de la Iglesia que le hacen colaborar en problemas de gobierno y de disciplina. No deben silenciarse aquellas conversaciones y entrevistas que juntaron en la corte papal de Orvieto a San Alberto y a Santo Tomás con el papa Urbano IV y que terminaron con el encargo oficial a Tomás de corregir y depurar los estudios filosóficos aristotélicos para que pudieran eficazmente servir en el desarrollo de la teología. junto a Tomás, el gran helenista dominicano Guillermo de Moebeker hizo posible la revisión directa de textos e ideas de Aristóteles, que había de tener extraordinaria trascendencia en la cultura occidental y en la evolución de la enseñanza teológica.

El itinerario de su magisterio al servicio de la corte pontificia peregrinante, dibuja la ruta sinuosa de su producción escrita en esta etapa trascendental. En Anagni y Orvieto comentará a San Pablo, terminará la Summa contra Gentes y dará comienzo a su glosa escriturística Catena aurea, que será terminada en Santa Sabina de Roma, donde dará comienzo a su obra trascendental: la Summa Theologica, que continúa en Viterbo y concluye en París. De 1268 a 1272 quedará redactada esta obra cumbre de su genio y pieza trascendental de la ciencia sagrada.

Nuevamente en París, comienza la segunda etapa de su enseñanza universitaria; a las viejas polémicas —casi domésticas— con Guillermo de Santo Amor van a suceder otras profundas contiendas ideológicas con Siger de Brabante y Boecio de Dacia. La perversión averroísta de la filosofía de Aristóteles puso en serio peligro aquella gran renovación doctrinal que capitaneaban Alberto y Tomás. Más peligrosa y trascendental, y no menos acre y violenta, esta nueva batalla iba a poner en claro la doctrina y equilibrio de Tomás en plena madurez de inteligencia y en espléndida fecundidad doctrinal. No sólo termina la Summa y compone otros importantes tratados teológicos, sino que comenta ampliamente los libros de Aristóteles y polemiza sobre su sentido e interpretación en numerosos escritos. En esta época alcanza el máximo prestigio en la corte real de San Luís y la más popular adhesión de sus alumnos, que recogieron aleccionadores y ejemplares recuerdos de su gestión universitaria. Con todo, el ambiente de huelgas y desórdenes, de intrigas y de luchas volvieron a interrumpir las tareas docentes de Tomás en París y se trasladará nuevamente a su patria, reclamado para regentar cátedra en la Universidad de su ciudad natal.

Cambio de ambiente, cambio de preocupaciones, la vida de Tomás en plena madurez parece adentrarse más en los problemas de la vida. Breve será esa última etapa de su magisterio napolitano, que nos presenta al teólogo entrañablemente ocupado en asuntos de su propia familia, para ayudar a su hermana viuda; en asuntos de su provincia dominicana, reorganizando la casa de estudios y acudiendo a los capítulos y consejos; le vemos más que nunca participando en la labor ministerial de la palabra, en largas e intensas jornadas de predicación apostólica que subrayan otra faceta de su rica personalidad, el Santo Tomás predicador. Predicador apostólico en los difíciles ambientes de aquella turbulenta Universidad, en la que mereció el nombramiento de predicador general conferido por su provincia en 1260. Predicador excepcional ante el Papa y los cardenales cuando, en 1264 se le confió la delicada tarea de cantar litúrgicamente las glorias del Sacramento, en aquella obra maestra de devoción y poesía que fue el oficio del Corpus Christi, y se le encomendó también aquel trascendental y devotísimo sermón predicado ante el Consistorio, que es de los cantos más tiernos y teológicos a la Sagrada Eucaristía. Pero también predicador popular en las basílicas romanas de 1265 a 1267, singularmente en los famosos sermones de Semana Santa predicados en Santa María la Mayor, de los que se ha podido escribir este acertado comentario: “Conmovió al pueblo hasta las lágrimas cuando hablaba de la pasión de Cristo; y el día de Pascua, lo movió hasta los mayores transportes de alegría, asociándolo al incontenible gozo de la Santísima Virgen por la resurrección de su Hijo”. Y tal vez más patéticos e impresionantes aquellos sermones que en 1273 predicaba en el púlpito de la iglesia de Santo Domingo de Nápoles en su propia lengua natal, el dialecto napolitano. “Predicaba con los ojos cerrados o estáticos y dirigidos al cielo”, testificará en su proceso de canonización Juan de Blas, justicia de Nápoles. “La muchedumbre se agolpaba para escucharle, oyéndole con tanta atención y reverencia, como si hablase el mismo Dios”, escribía Guillermo de Tocco. La madurez de su alma por aquellos años había elevado el rango de su magisterio intelectual a la cálida expansión de su experiencia mística. Y lo mismo que un día, después de la visión sobrenatural que iluminó intensamente su alma con la ciencia de los santos durante la celebración de la misa de San Nicolás, Santo Tomás dejará de escribir porque todo le parecía “paja” en lo escrito frente a lo contemplado, también dejará de predicar y de hablar con los hombres para quedar sumido en la intensa oración, diálogo directo con Dios Nuestro Señor, que fue regalo espléndido de Dios en los últimos días, a quien durante toda su vida se había ejercitado intensamente en la oración y mística contemplación. Nunca hubo para él ni dualidad ni oposición entre la oración y el estudio, entre la acción y la contemplación. Hombre “miro modo Contemplativus” escribió de él Guillermo de Tocco, su más antiguo biógrafo. Sabiduría, caridad y paz serán las tres notas dominantes y características de su vida espiritual, comentará Mgr. Grabmann, uno de sus más modernos apologistas.

Vocación, formación, magisterio, producción científica, predicación apostólica, son dimensiones —aunque extraordinarias— humanas de la personalidad de Tomás. Su dimensión sobrenatural, la medida y matices de su santidad y ejemplaridad fueron solemnemente proclamadas por la Iglesia en Avignon el 18 de julio de 1332, medio siglo después de su dichosa muerte en el monasterio de Fossanova. Si la excepcionalidad de sus cualidades humanas lo distancian de nosotros, la heroicidad probada de sus virtudes lo elevan sin distanciarlo… porque el camino de la oración, de la humildad, de la prudencia y de la caridad, de la fortaleza y de la sobriedad, de la pureza y de la paciencia en las que Tomás sobresalió, es camino para todas las almas.

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27 de enero.

VIERNES DE LA SEMANA 3ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 1. (año II) Hebreos 10,32-39

a) La página de hoy nos hace conocer un poco más las circunstancias que rodeaban a los destinatarios de la carta. Se ve que empezaron su vida cristiana con mucho fervor, pero ahora les faltaba constancia.

Eso que al principio no les había sido nada fácil seguir a Cristo: el autor habla de combates y sufrimientos, insultos, tormentos y confiscación de bienes. Pero se ve que lo soportaron muy bien y además eran capaces de compartir el dolor de los demás en una admirable solidaridad.

Ahora el autor les tiene que decir que no pierdan el fervor de los primeros días. Si siguen con valentía verán la salvación. Si se acobardan, lo perderán todo.

b) Se nos invita a nosotros a ser constantes, a ser valientemente cristianos en medio de un mundo hostil. No somos los primeros en sufrir contradicción y dificultad en el seguimiento de Cristo. Con la diferencia de que nosotros no hemos llegado probablemente a esos insultos y torturas, encarcelamientos y confiscación de bienes. Ha habido otros muchos cristianos no sólo valientes. sino héroes en su fidelidad a Cristo.

Todos nos cansamos, y nos disminuye el fervor primero, y los ideales no brillan siempre igual. Nos debe dar ánimos en nuestra lucha de cada día. por una parte, el recordar los inicios (de nuestra vida cristiana, o religiosa, o matrimonial), cuando éramos capaces de soportarlo todo con amor y con ideales convencidos y por otra, mirar hacia el premio futuro.

2. Marcos 4,26-34

a) Otras dos parábolas tomadas de la vida del campo y, de nuevo, con el protagonismo de la semilla. que es el Reino de Dios.

La primera es la de la semilla que crece sola, sin que el labrador sepa cómo. El Reino de Dios, su Palabra, tiene dentro una fuerza misteriosa, que a pesar de los obstáculos que pueda encontrar, logra germinar y dar fruto. Se supone que el campesino realiza todos los trabajos que se esperan de él, arando, limpiando, regando. Pero aquí Jesús quiere subrayar la fuerza intrínseca de la gracia y de la intervención de Dios. El protagonista de la parábola no es el labrador ni el terreno bueno o malo, sino la semilla.

La otra comparación es la de la mostaza, la más pequeña de las simientes, pero que llega a ser un arbusto notable. De nuevo, la desproporción entre los medios humanos y la fuerza de Dios.

b) El evangelio de hoy nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tienen su Evangelio, sus Sacramentos y su Gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va bien, pensamos que es mérito nuestro, y si mal, nos hundimos.

No tendríamos que enorgullecernos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos. San Pablo dijo que él sembraba, que Apolo regaba, pero era Dios el que hacia crecer. Dios a veces se dedica a darnos la lección de que los medios más pequeños producen frutos inesperados, no proporcionados ni a nuestra organización ni a nuestros métodos e instrumentos. La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así, la fuerza de la Palabra de Dios viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.

Por otra parte, tampoco tendríamos que desanimarnos cuando no conseguimos a corto plazo los efectos que deseábamos. El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezcan las circunstancias de la vida de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad, la semilla de Dios se abrirá paso y producirá su fruto. Aunque no sepamos cómo ni cuándo. La semilla tiene su ritmo. Hay que tener paciencia, como la tiene el labrador.

Cuando en nuestra vida hay una fuerza interior (el amor, la ilusión, el interés), la eficacia del trabajo crece notablemente. Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia salvadora de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente.

Nosotros lo que debemos hacer es colaborar con nuestra libertad. Pero el protagonista es Dios. El Reino crece desde dentro, por la energía del Espíritu.

No es que seamos invitados a no hacer nada, pero si a trabajar con la mirada puesta en Dios, sin impaciencia, sin exigir frutos a corto plazo, sin absolutizar nuestros méritos y sin demasiado miedo al fracaso. Cristo nos dijo: «Sin mí no podéis hacer nada». Sí, tenemos que trabajar. Pero nuestro trabajo no es lo principal.

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26 de enero. Santos Timoteo y Tito.

San Pablo, con Timoteo y Tito.

San Pablo, con Timoteo y Tito.

SAN TIMOTEO († 97)

En 1885 el arqueólogo Sterret descubrió unas viejas ruinas romanas junto al actual pueblecito turco de Katyn Serai. Estas se reducían a una piedra impulimentada de altar pagano con una inscripción dedicada a Augusto por los decuriones de la colonia romana. Esto es todo lo que se conserva del antiguo pueblecito de Listra, encuadrado en la provincia de Licaonia.

Capital de la provincia fue Iconio, hoy Conia. Desde aquí huían apresuradamente, en los primeros meses del año 48, Pablo y Bernabé, alegres por haber sido hallados dignos de padecer persecución por el nombre de Jesús.

En su fuga a campo traviesa recorrieron unos cuarenta kilómetros al sur, consiguiendo alcanzar las primeras casas de Listra. Quizá allí no hubiera sinagoga, pero ciertamente no faltaba una familia judía, donde pudieran alojarse los fugitivos.

De esta familia han llegado hasta nosotros los nombres de tres generaciones: Loide, su hija Eunice y el hijo de ésta, Timoteo.

De Eunice sabemos que estuvo casada con un pagano (Act. 16,1). A pesar de su ascendencia paterna pagana. Timoteo podría ser considerado como judío. Y aunque no había sido circuncidado, según la costumbre judía, al octavo día de haber nacido, recibió desde pequeño una sólida y jugosa formación religiosa de labios de su madre y de su abuela.

El mismo Pablo se lo recordará más tarde: “Quiero evocar el recuerdo de la limpia fe que hay en ti, fe que, primero, residió en el corazón de tu abuela Loide y de tu madre Eunice y que estoy seguro que también reside en ti… Ya sabes qué maestros has tenido y cómo desde tus más tiernos años conoces las Sagradas Escrituras” (1 Tim. 1,5; 3,14).

Una buena temporada se pasaron los dos apóstoles en Listra, en el seno de aquella buena familia. Como es lógico, los primeros beneficiarios de la predicación evangélica fueron los que tan generosamente les habían ofrecido hospitalidad.

En el capítulo 14 del libro de los Hechos de los Apóstoles se nos narran los avatares de la actuación apostólica de Pablo y Bernabé en el pueblo natal de Timoteo.

Una tarde, quizá en los alrededores del templo de Júpiter, Pablo hablaba al aire libre a un grupo de gente; Bernabé, alto y corpulento, estaba firme y silencioso a su lado. Entre los oyentes se hallaba un pobre cojo; que escuchaba con gran atención. Viendo Pablo que el enfermo “tenía fe para ser curado, le dijo con voz poderosa: ¡Levántate y tente sobre tus pies! Y, efectivamente, se alzó de golpe y comenzó a caminar”.

A la vista de tan estupendo prodigio los asistentes empezaron a gritar en dialecto licaonio: “¡Los dioses en forma humana han bajado a nosotros!” Y viendo la buena estatura de Bernabé lo tomaron por Júpiter, y a Pablo, que era el orador, lo tomaron fácilmente por Mercurio. Fue la casualidad de que los sacerdotes del vecino templo de Júpiter tenían preparados para el sacrificio dos toros adornados de guirnaldas ,y naturalmente, les pareció magnífica la ocasión para ofrecérselos al propio dios en persona.

Hasta aquí Pablo y Bernabé no habían comprendido el significado de aquel barullo, ya que la turba hablaba en dialecto licaonio, desconocido para ellos, pero a la vista de los preparativos del sacrificio cayeron en la cuenta de la ingenuidad de aquel pueblo crédulo.

Como buenos israelitas, Pablo y Bernabé rasgaron sus vestiduras e hicieron desistir a la turba de semejante idolatría: ellos no eran dioses, sino hombres como el resto de los mortales.

La reacción de la turba, abocada al desengaño, cambió rápidamente de signo y en un gesto brutal de despecho se lanzó sobre los dos apóstoles, apaleándolos ferozmente hasta dejarlos aparentemente muertos. Arrojados así fuera de los muros de la ciudad, fueron a la noche recogidos por los “hermanos”, que, con gran contento, pudieron comprobar que aún vivían los dos misioneros. Con suma cautela fueron llevados de nuevo a casa de Timoteo, donde pernoctaron, para salir al día siguiente de madrugada, a bordó de un jumentillo, con destino a la vecina ciudad de Derbe.

Es de suponer que ya en aquella ocasión Pablo hubiera bautizado a Timoteo, a quien él mismo habría instruido directamente en la fe, ya que lo llama “hijo suyo queridísimo” (1 Cor. 4,17).

Cuando más tarde Pablo, en su segundo viaje misionero, vuelve a pasar por Listra, piensa en Timoteo como posible candidato al ministerio evangélico; pero, no queriendo dejarse llevar por el juicio apasionado del afecto, propuso la candidatura a los cristianos de Iconio y de Listra, “los cuales dieron de él óptimos informes” (Act. 16,2).

Entonces el Apóstol lo toma definitivamente a su servicio y, para hacer más eficaz su apostolado entre los judíos, lo circuncida previamente, ya que por aquella comarca todos sabían que era hijo de padre griego.

Desde este momento Timoteo se convirtió en un compañero fiel y en un valioso auxiliar de San Pablo. Juntamente con él recorrió la Frigia y la Galacia y, después de haber evangelizado el Asia Menor, se trasladó a Europa y anduvo al lado de su maestro por Filipos, Berea y Atenas, y con él asimismo volvió a Jerusalén.

Durante el curso de este segundo viaje fue encargado de visitar y consolar a los fieles de Tasalónica (Fil. 2,22; Act. 16,3-18,22).

También acompañó a San Pablo en la tercera expedición misionera, y estuvo con él cerca de tres años en Éfeso, desde donde partió para Macedonia, enviado por el Apóstol para realizar una delicada misión (1 Cor. 4,17; 16,10-12).

Allí en Macedonia esperó a su maestro y juntamente con él visitó Corinto y Tróade y, finalmente, ambos volvieron a Jerusalén.

No sabemos si Timoteo estuvo con San Pablo durante su prisión en Cesarea y el viaje a Roma para asistir al proceso imperial.

Lo que está fuera de duda es que estuvo junto a él durante la primera prisión romana, ya que encontramos su nombre en la inscripción de las cartas que en aquella ocasión escribió el Apóstol (Col 1,1; Filem. 1).

Cuando Pablo recobró la libertad, después de la absolución dictada por el tribunal del César, volvió a llevar consigo a Timoteo en las correrías apostólicas, cuya identificación nos es hoy difícil de precisar.

Estamos en los primeros meses del año 65. Pablo vuelve a Éfeso, donde pasa una temporada de duración desconocida, tras de la cual abandona la metrópoli asiática, dejando allí a Timoteo con amplios poderes de inspección.

Desde Macedonia, a donde se había trasladado inmediatamente, el Apóstol escribe su primera carta a Timoteo, en la que le recuerda los consejos que de viva voz le había dado al dejarle encomendada la floreciente cristiandad de la gran ciudad. A través de este maravilloso documento paulino podemos conocer la gran estima que el Apóstol tenía del que había sido su más fiel auxiliar en la predicación del Evangelio: “Que nadie desprecie tu juventud. Al contrario, muéstrate un modelo para los creyentes, por la palabra, la conducta, la caridad, la fe, la pureza” (1 Tim. 4.12).

E incluso, conociendo la austeridad de su discípulo, le ordena que afloje un poco en su penitencia, ya que su salud no se lo soportaba: “Deja de beber sólo agua. Toma un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes achaques” (1 Tim. 5,23).

Hemos de suponer que Timoteo siguió en su cargo de “epíscopo” o inspector de las cristiandades de Asia, desde su residencia en Efeso hasta la segunda prisión romana de San Pablo.

En estas circunstancias supremas del Apóstol no podía faltarle la presencia de su querido hijo Timoteo, al que reclama con acentos emocionantes, desahogándose tiernamente con él: “Apresúrate a venir a mi lado lo más pronto posible, pues Demas me ha abandonado por amor del mundo presente. Se ha ido a Tesalónica: Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráetelo contigo, pues me es un elemento valioso en el ministerio. Cuando vengáis, traeos la capa que dejé en Tróade, en casa de Carpo, así como los libros, sobre todo los pergaminos. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho daño. El Señor le dará según sus obras. Tú también desconfía de él, pues ha sido un adversario encarnizado de nuestra predicación. La primera vez que tuve que presentar mi defensa, nadie me ha apoyado. ¡Todos me han abandonado!” (2 Tim. 4,9-16).

He aquí la verdadera grandeza de Timoteo: él fue constituido en albacea y heredero del gran Apóstol. Su último escrito fue esta segunda carta a Timoteo, que bien pudiéramos llamar su testamento y última voluntad: “He aquí que yo he sido ya derramado en libación y el momento de mi partida ha llegado. Yo he luchado hasta el final. La buena lucha, he consumado mi carrera, he guardado la fe. Y ahora he aquí que está preparada para mí la corona de justicia, que en recompensa el Señor me dará en aquel día, Él, que es justo juez; y no solamente a mí, sino a todos los que habrán esperado con amor su aparición (2 Tim. 4,6-8).

De la vida posterior de Timoteo tenemos sólo breves noticias. Según Eusebio (Hist. eccies. 3,4), continuó en su cargo de obispo de Efeso y cuasi metropolitano de toda el Asia Menor.

Finalmente, según sus propias Actas martiriales, que Focio pudo todavía leer, en tiempos ya de Domiciano fue martirizado en la misma ciudad de Efeso por haber intentado apartar al pueblo de una fiesta licenciosa.

Pero quizá, por encima de su propia aureola de mártir de la fe, brilla más alta y esplendente su calidad de discípulo predilecto, de auxiliar fidelísimo y de inmediato heredero de aquel que con justa razón podemos denominar el segundo fundador del cristianismo.

SAN TITO, OBISPO
(s. I)

De San Tito no tenemos otras noticias que las que San Pablo nos suministra; y a los datos del Apóstol hemos de acordar su biografía. El primer dato sobre Tito lo encontramos acompañando a San Pablo a Jerusalén con Bernabé. El objeto del viaje fue defender Pablo el Evangelio de Jesucristo frente a los doctores judíos que querían someter a los conversos a las ceremonias legales del Viejo Testamento, murmurando de San Pablo porque se oponía a semejante servidumbre. Hacía catorce años que Pablo se había ausentado de la ciudad santa donde estuvo a raíz de su conversión, tres años después de la misma. El viaje obedecía a una “revelación” que tuvo, donde se le ordenó subir allá a verse con las “columnas de la Iglesia”, como llamaban a San Pedro, San Juan y Santiago, a fin de confrontar su predicación con la de ellos; estando acordes en todo, en señal de lo cual se dieron las manos, a Pablo y a Bernabé se entiende, y no a Tito porque era gentil.

Los enemigos de San Pablo pretendían que los conversos se circuncidaran, ya que le oyeron decir que los cristianos no estaban obligados a aquella ceremo nia.Furtivamente espiaban a Pablo en estas predicaciones, y fue tal la defensa que hizo de su nueva teología, que “ni aun Tito, que me acompañaba, con ser gentil, fue obligado a circuncidarse” (Gal. 2,3). No era, pues, Tito judío. ¿Dónde,o en qué poblado o ciudad había nacido? ¿Creta, Corinto, Antioquía? Es inútil discurrir a este respecto. Era sencillamente, gentil. ¿Por qué, siendo gentil, acompañó a San Pablo? La palabra “gentil” se usaba para denominar a los griegos, según algunos expositores. En aquel entonces, Tito era cristiano. Venia del “gentilismo”, pero era cristiano, razón por la cual, juzgándose los judíos cristianos representantes de las dos leyes, la judía y la cristiana, pretendían que los conversos aceptasen la circuncisión, sosteniendo que sin ella no podían salvarse (Act. 15). El punto de partida de San Pablo para este viaje a Jerusalén fue Antioquía, donde había muchos discipulos del Señor. El y Bernabé “se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos” (Act. 14,28). Apareciendo Tito con ellos en Jerusalén, por deducción, Tito debió ser antioqueno, convertido por San Pablo a la fe, tomándole desde entonces por “socio” y “coadjutor” suyo.

Como sujeto de toda garantía espiritual y de un celo grande semejante al suyo, San Pablo encomienda a Tito, en su tercer viaje a Tiro, Patara, Rodas, Esmirna, Tróade, Filipos, Tesalónica, Efeso, Antioquía, dos misiones delicadísimas a los corintios: la primera desde Efeso y la segunda desde Macedonia. Los corintios fueron evangelizados por San Pablo. Les cobró el Apóstol un cariño y una solicitud grandes; pero no faltaron disidentes y traidores a la causa de la fe. Algunos judíos conversos dieron nuevas a San Pablo del mal espíritu de algunos, y los mismos fervorosos cristianos le dirigieron una carta enterándole de los pecados y disensiones entre ellos. Ya en sus comienzos se vió en la necesidad de salir precipitadamente de Corinto porque los judíos le acusaron ante Galión, procónsul de Acaya, de que Pablo “persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley”, la ley antigua (Act. 18,13).

San Pablo hubo de embarcarse navegando a Siria, bajando después a Efeso. En Efeso estaba Tito. Con lo sabido por él mismo, las noticias que fueron llegando después de su partida, la carta que los corintios le dirigieron, consultándole diversos puntos, Pablo escribió su primera carta a los corintios, encomendando a Tito le sirviera de correo, a la vez que de apóstol y encomendero suyo para ver de poner paz entre los corintios y reducirlos a la concordia. El primer punto a coordinar era la división entre los conversos, llamándose unos discípulos de Pedro, otros de Apolo, otros de Cristo y otros de Pablo. “¿Está dividido Cristo? -les dice-. ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros?” (Cor. 1,13). Siendo Corinto ciudad internacional, a ella acudían no solamente los ricos comerciantes, sino los filósofos, los oradores, los sofistas. Vivían pagados de su sabiduría. “Los judíos piden milagros, los griegos sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos” (ibid. 22-23).

El espíritu de partido, los pleitos entre los conversos, los vicios de la impureza, el incestuoso, etc., son temas de San Pablo. Por sabia que fuera la carta de San Pablo, el intérprete de la misma y el ejecutor habia de ser Tito. Qué tino, qué prudencia, qué sabiduría, qué don de gentes necesitaba el discípulo para llevar a cabo la paz y la concordia entre todos volviéndolos al verdadero cristianismo, que era Cristo. Deseando conocer San Pablo el éxito de su carta y de las gestiones de su ardoroso y fiel discipulo, le citó en Tróade a donde se dirigía San Pablo a predicar el Evangelio de Cristo. “En medio de haber abierto el Señor una entrada, no tuvo sosiego mi espíritu, porque no hallé a mi hermano Tito, y así, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia” (2 Cor. 11,12-13). La inquietud de San Pablo estaba bien justificada por la ternura que sentía por los nuevos convertidos por él, por la dificultad creada por ellos en asuntos de gravedad y por el miedo que sentía por su querido discípulo, por si no lo habían recibido bien o no había tenido éxito en sus gestiones.

Llegó San Pablo a Macedonia y crecieron sus angustias por nuevas dificultades. Muy grandes debieron de ser. Tito no estaba allí. “Pues así como llegamos a Macedonia, no he tenido consuelo ninguno según la carne, sino que he sufrido toda suerte de tribulaciones, combates por fuera, por dentro temores” (2 Cor. 7,5). Las grandes penalidades del Apóstol en Macedonia tuvieron su recompensa con la llegada de Tito. “Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la llegada de Tito y no sólo con su llegada, sino con el consuelo que de vosotros nos trajo, al anunciarnos vuestra ansia, vuestro llanto y vuestro celo por mí, con lo que creció más mi gozo”, La embajada de Tito fue cumplida y triunfante, hasta el punto de que el Apóstol, que se había manifestado duro con los corintios en su segunda carta a los mismos, se sincera un poco de su filípica anterior atenuando su rigor por contraposición al amor que les tiene.

El puro elogio que hace de Tito muestra bien a las claras el valor de su obra apostólica y del tiempo con que llevó a cabo su misión. “Que si en algo me glorié con él de vosotros, no he quedado confundido, sino que así como en todo os habíamos hablado verdad, así era también verdadero nuestro gloriarnos con Tito. Y su cariño por vosotros se ha acrecentado viendo vuestra obediencia y el temor y temblor con que le recibisteis. Me alegro de poder en todo confiar en vosotros” (ibid. 12,14-16).

Por si había quedado algún leño encendido entre los corintios, y ante las buenas nuevas traídas por Tito, San Pablo les escribe su segunda carta desde Macedonia, confiándola al mismo Tito, queriendo que el que tan buen éxito tuvo en su primera misión, acabara la obra en la segunda. El empeño era más fácil. Conocían los corintios a Tito y le amaban. Sabían los corintios el celo del discípulo de San Pablo por ellos y le recibirían y atenderían de mejor gana que en la primera. Así aconteció. “Y gracias sean dadas a Dios, que puso en el corazón de Tito esta solicitud para vosotros, pues no sólo acogió nuestro ruego, sino que solicitó por propia iniciativa partir a vosotros” (¡bid. 8,16). En esta segunda carta San Pablo cambia su técnica epistolar, manifestándose más humano y comprensivo, en atención a las buenas noticias que Tito le diera de ellos. Les muestra su deseo de ir a verlos, imposible de realizar por entonces, perdona al incestuoso, canta su libertad evangélica y se declara heraldo de la verdad…. hace un resumen de sus padecimientos por el apostolado de Cristo y pregona un elogio a los corintios. “Y así como abundáis en todo, en fe, en palabra, en ciencia, en toda obra de celo y en amor hacia nosotros, así abundéis también en esta obra de caridad” (ibid. 8,7). (Pide a los corintios hagan una colecta por los pobres de Jerusalén). No deja en el tintero su ascendencia judía y farisaica frente a la vanidad de los pseudo-apóstoles, a la vez que se absuelve de no haberles sido gravoso en nada ni querer nada para sí. En esta defensa incluye a Tito,. ¿Os he explotado acaso por medio de alguno de los que os envié? Yo animé a Tito a ir y envié con él al hermano. ¿Acaso Tito os explotó? ¿No procedimos ambos según el mismo espíritu? ¿No seguimos los mismos pasos?” (ibid. 12,17-18). Flaqueza ha sido en el sacerdocio antiguo el interés. Los nuevos apóstoles suplican algunas limosnas para los pobres, para ellos nada quieren. Tito sigue a San Pablo en su desinterés.

En la segunda carta a Timoteo hay otra alusión a Tito, que ya hemos citado. “Date prisa a venir a mí, porque Demas me ha abandonado por amor a este siglo, desertó del apostolado y se marchó a Tesalónica, Crescente a Galacia, Tito a DalmInacia” (2 Tim. 4,9). ¿Otra misión delicada? Sin duda alguna; porque, al decir San Pablo que “Demas me ha abandonado”, haciendo después mención de Crescente y de Tito, no significa que estos dos últimos le abándonaran también, sino que hubieron de dejarlo por su misma voluntad. El viaje de Tito a Dalmacia y las razones del mismo las desconocemos. Es un inciso que San Pablo dejó en la oscuridad, mas, conociendo el celo del Apóstol por los cristianos, es de suponer que su envío allá sería por intereses grandes de los conversos y de la Iglesia.

Después de su prisión, San Pablo pasó por Creta. ¿Se encontraba en la isla Tito? ¿Acompañaba a San Pablo en su viaje a la isla? Las palabras de San Pablo en la carta que le escribe, desde Nicópolis, en el Epiro, da a entender que Tito trabaja en la viña del Señor de Creta. Dice el Apóstol: “Te dejé en Creta para que acabases de ordenar lo que faltaba y constituyeses por las ciudades “presbíteros” en la forma que te ordené” (1 Tim. l). “Te dejé en Creta. para que acabases de ordenar lo que faltaba…” indicación de que allí trabajaba llevando a cabo una obra que no se había terminado, ordenándole el Apóstol que la acabara”. Fue consagrado obispo de Creta por el mismo San Pablo. En la carta que le escribe le suplica que deje Creta tan pronto como lleguen Artemas o Tíquico, que él enviaba, y fuera a verle en Nicópolis, lo antes posible, porque tengo el propósito de pasar allí el invierno”. Tito le acompañaría en todo este tiempo. Se ha dicho ya que desde Nicópolis le envió a Dalmacia.

Resumiendo la carta que le escribe San Pablo, aparte de ser una distinción muy grande, a la vez propone en ella las perfecciones que ha de tener un obispo presbítero, todo lo cual hace comprender que el modelo vivo de los obispos era Tito: “porque es preciso que el obispo sea inculpable, como administrador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias, sino hospitalario, amador de los buenos, modesto, justo, santo, continente, guardador de la palabra fiel…”, “porque hay muchos indisciplinados, charlatanes, embaucadores, sobre todo, los de la circuncisión, los judíos a los cuales es preciso tapar la boca… Bien dijo uno de ellos, su propio profeta: Los cretenses, siempre embusteros, bestias malas y glotones” (Epiménedes de Cnosos. Siglo VI a. de J. C.). Vienen después los consejos por categorías según la edad y condición. Finaliza San Pablo la carta dando consejos al mismo Tito: “Evita las cuestiones necias, las genealogías y las contiendas y debates sobre la ley, porque son inútiles y vanas”. Un final muy ajustado a la doctrina del Evangelio, en lo social: ” … y que los nuestros aprendan a ejercitarse en buenas obras para atender a las necesidades apremiantes y que no sean hombres infructuosos”. Esta carta se escribía por los años 66-67. Una tradición registrada por el historiador Eusebio afirma que murió de muchos años en Creta, siendo enterrado en la catedral. Siglos después fue trasladado a Venecia, donde descansan sus restos.

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Domingo 22, fiesta de externa de santa Inés.

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23 de enero.

LUNES DE LA SEMANA 3ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (9,15.24-28):

Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna. Pues Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres –imagen del auténtico– sino en el mismo cielo para ponerse ante Dios intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces –como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo–. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6

R/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia
y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclamad al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,22-30):

En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.»
Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.»
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Palabra del Señor

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1. (año I) Hebreos 9,15.24-28

a) Sigue el tema del sacerdocio de Cristo, muy superior al del AT, porque él es «mediador de una Alianza nueva».

Ahora argumenta la carta a partir de la entrada que el sumo sacerdote hacía una vez al año, en la fiesta de la Expiación, en el «santísimo» el espacio más sagrado del Templo de Jerusalén, para ofrecer sacrificios por sí y por el pueblo (sería bueno leer el impresionante ceremonial tal como lo describe Levítico 16). Pero como no ofrecía más que sangre de animales, no era eficaz de una vez por todas su ministerio y lo tenía que repetir cada año.

No así Cristo Jesús. Ante todo, él entró en el santuario del cielo, no en un templo humano, y lo hizo de una vez por todas, porque se entregó a sí mismo, no sangre ajena. Así como todos morimos una vez, también Cristo, por absoluta solidaridad con nuestra condición humana, se sometió a la muerte «para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo».

b) Tenemos un Sacerdote en el cielo que no ha entrado en la presencia de Dios por unos instantes, sino para siempre. Tenemos un Mediador siempre dispuesto a interceder por nosotros. Como el autor de la carta no se cansa de repetirlo, tampoco nosotros nos deberíamos cansar de recordar esta buena noticia, dejándonos impregnar por ella en nuestra historia de cada día.

Sobre todo en el momento de la Eucaristía. El sacrificio de Cristo fue único. Hace dos mil años, en el Calvario. Pero nosotros lo celebramos cada día. El mismo nos encargó: «Haced esto en memoria mía». San Pablo sitúa claramente cada celebración entre el pasado de la Cruz y el futuro de la parusía: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga» (1 Co 11 ,26).

En cada Eucaristía participamos y entramos en comunión con el sacrificio de la Cruz, que está siempre presente en él mismo, el Señor Resucitado, que se nos da en comunión como el «entregado por». Según el Misal, significamos con mayor plenitud el sentido de este sacramento si comulgamos también con vino, que «expresa más claramente la voluntad con que se ratifica en la Sangre del Señor la alianza nueva y eterna» (IGMR 240).

2. Marcos 3,22-30

a) Si sus familiares decían que «no estaba en sus cabales», peor es la acusación de los letrados que vienen desde Jerusalén (los de la capital siempre saben mucho más): «tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Brillante absurdo, que Jesús tarda apenas un momento en ridiculizar. ¿Cómo puede nadie luchar contra si mismo? ¿cómo puede ser uno endemoniado y a la vez exorcista, expulsados de demonios?

Lo que está en juego es la lucha entre el espíritu del mal y el del bien. La victoria de Jesús, arrojando al demonio de los posesos, debe ser interpretada como la señal de que ya ha llegado el que va a triunfar del mal, el Mesías, el que es más fuerte que el malo. Pero sus enemigos no están dispuestos a reconocerlo. Por eso merecen el durísimo ataque de Jesús: lo que hacen es una blasfemia contra el Espíritu. No se les puede perdonar. Pecar contra el Espíritu significa negar lo que es evidente, negar la luz, taparse los ojos para no ver. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Por eso, mientras les dure esta actitud obstinada y esta ceguera voluntaria, ellos mismos se excluyen del perdón y del Reino.

b) Nosotros no somos ciertamente de los que niegan a Jesús, o le tildan de loco o de fanático o de aliado del demonio. Al contrario, no sólo creemos en él, sino que le seguimos y vamos celebrando sus sacramentos y meditando su Palabra iluminadora. Nosotros sí sabemos que ha llegado el Reino y que Jesús es el más fuerte y nos ayuda en nuestra lucha contra el mal.

Pero también podríamos preguntarnos si alguna vez nos obstinamos en no ver todo lo que tendríamos que ver, en el evangelio o en los signos de los tiempos que vivimos. No será por maldad o por ceguera voluntaria, pero sí puede ser por pereza o por un deseo casi instintivo de no comprometernos demasiado si llegamos a ver todo lo que Cristo nos está diciendo y pidiendo.

Tampoco estaría mal que nos examináramos un momento para preguntarnos si nos parecemos algo a esos letrados del evangelio: ¿no tenemos una cierta tendencia a juzgar drásticamente a los que no piensan como nosotros, en la vida de familia, o en la comunidad, o en la Iglesia? No llegaremos a creer que están fuera de sus cabales o poseídos por el demonio, pero sí es posible que les cataloguemos como pobres personas, sin querer apreciar ningún valor en ellos, aunque lo tengan.

Una última dirección en nuestra acogida de este evangelio. Somos invitados a luchar contra el mal. En esta lucha a veces vence el Malo, como en el Génesis sobre Adán y Eva. Pero ya entonces sonó la promesa de la enemistad con otro más fuerte. El Más Fuerte ya ha venido, es Cristo Jesús. A nosotros, sus seguidores, se nos invita a no quedarnos indiferentes y perezosos, sino a resistir y trabajar contra todo mal que hay en nosotros y en el mundo.

En la Vigilia Pascual, cuando renovamos el sacramento del Bautismo, hacemos cada año una doble opción: la renuncia al pecado y al mal, y la profesión de fe. Hoy, el evangelio, nos muestra a Cristo como liberador del mal, para que durante toda la jornada colaboremos también nosotros con él en exorcizar a este nuestro mundo de toda clase de demonios que le puedan tentar.

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Misa del día propio 21.


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22 de enero.

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Homilía para el III Domingo durante el año A

En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros. Jesús comienza a predicar en Galilea, la región en la que creció, un territorio de “periferia” con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Pero el profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8, 23-9, 1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4, 12-16).

El término “evangelio“, en tiempos de Jesús, lo usaban los emperadores romanos para sus proclamas. Independientemente de su contenido, se definían “buenas nuevas”, es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos, buenos presagios. Por eso, aplicar esta palabra a la predicación de Jesús asumió un sentido fuertemente crítico, como para decir: Dios, no el emperador, es el Señor del mundo, y el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

La “buena nueva” que Jesús proclama se resume en estas palabras: “El reino de Dios —o reino de los cielos— está cerca” (Mt 4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Cuando Pedro y su hermano Andrés, abandonando cuanto tenían, siguieron a Jesús, incurrían en un riesgo enorme. En sus mismos días, habían venido otros profetas, presentándose como el Mesías, y muchos les habían seguido, simplemente para caer posteriormente en la cuenta de que habían sido inducidos a error y que se habían equivocado. ¡En cierta manera, puede decirse que los discípulos tuvieron suerte! Aquél a quien siguieron era en verdad el Mesías.

Y tal fue la alegría de haber realizado una buena elección que más tarde, recordando el momento de su primera llamada, lo embellecieron. Cada uno de ellos lo narra a su manera, describiendo un contexto diferente. Todos tienden a dar la impresión de que la respuesta fue inmediata y definitiva. En realidad sabemos por el resto del Evangelio, que necesitaron más tiempo y que no abandonaron sus ocupaciones hasta después de la Resurrección. Pero al unir en la lejanía los diversos sucesos en un único episodio, subrayan el punto esencial, que es el poder que tiene el llamado de Dios, una vez que ha sido reconocido y aceptado, de movilizar todas las energías humanas.

Ese modo de llamada de sus discípulos por parte de Jesús es característico del nuevo estilo adoptado por el joven rabino que era Jesús. No reúne a sus discípulos en torno a si como lo hacían determinados rabinos contemporáneos y directores de escuelas. No será un profesor pavoneándose en su cátedra, con una turba ferviente de discípulos a sus pies. Será más bien un rabino itinerante, que viajará constantemente hacia los pobres y los extraviados (diría hoy el Papa Francisco: “a las periferias”). A sus discípulos no les pedirá oídos benévolos o una mirada entusiasta, sino más bien la voluntad de ponerse en camino y de ir ante los demás, el coraje de encontrarse con el otro allí donde se halle, en las fronteras más alejadas. La Evangelización no será un asunto de círculos cerrados reunidos en un conjunto común de creencias en torno a un mismo maestro. Consistirá en salir de uno mismo para ir al encuentro del otro.

Mantenemos demasiado fácilmente la tendencia a identificar la Iglesia con el Reino de Dios. En el Evangelio, Jesús, hace una distinción muy clara entre ambos. Todo ser humano, sin distinción alguna, se ve llamado a entrar en el Reino de Dios. Pero tan sólo un pequeño número se ve llamado a ser, frente al resto del mundo, Sus testigos y testigos de su Mensaje. Todos ellos son Iglesia. Y la misión de la Iglesia no consiste en preocuparse por el número de sus miembros, o tener interés alguno en que vengan todos a llenar sus filas, pero ojo, no podemos renunciar a la misión sin cercenar del evangelio las palabras del mismo cristo: “Hagan discípulos a todas las naciones…”. La misión de la Iglesia consiste en ayudar a todo ser humano a entrar en el reino de Dios. Probablemente la Iglesia seguirá siendo siempre pequeña. El Reino de Dios, a cuyo servicio se halla la Iglesia, ha de ser universal.

Si tenemos en cuenta todo esto, todos los problemas internos de la Iglesia adquieren una importancia mucho más relativa. Los conflictos, que son normales y sanos en todo grupo humano que goce de salud, han existido desde los orígenes. Los Cristianos de Corinto decían: Yo soy de Pedro o soy de Pablo; Yo pertenezco a la Iglesia tradicional o a la Iglesia progresista, al movimiento carismático o al movimiento “Nosotros somos Iglesia”. Pablo les dice: ¡Déjense de estupideces! ¿Han sido bautizados en nombre de Pablo o de Pedro? O ¿es que han muerto por ustedes Pablo o Pedro?

Es Cristo quien ha muerto por nosotros, y nosotros formamos una Iglesia no con vistas a ocuparnos de nuestros problemas internos, sino para dar juntos testimonio de ese mismo Reino de Dios, sean cuales puedan ser nuestros conflictos.

La red en que nos es preciso unir a la humanidad no se basa en nuestras propias filas. Es la red misteriosa del amor misericordioso de Dios para toda persona, sean cuales fueren su color, su raza o sus creencias. Por eso en la Iglesia, participando de ella y no diluyendo ni desconociendo su identidad debemos ser pescadores de hombres.

El Papa emérito Benedcito XVI decía el día que comenzó su ministerio Petrino, 24.IV.2005: “Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular (ser pescador de hombres). Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo”.

Sigamos a Jesús en este tiempo durante el año, dejemos que él nos alcance, dejémonos iluminar por su luz, y con María, nuestra madre, y santa Inés, patrona de mi comunidad, en el lugar de nuestra vocación y misión, seamos pescadores de hombres, para que nuestros hermanos vean la verdadera vida, la buena noticia: Jesús.

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