8 de diciembre.

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Homilía para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción 2013.

El tiempo de Adviento no es una simple preparación a la fiesta de la Navidad. Navidad es más bien el momento culminante de una larga celebración que dura cuatro semanas, y que es la celebración de la venida (adventus en latín) del Hijo de Dios en la humanidad y en la historia. Navidad, en efecto, no es una suerte de aniversario del nacimiento de Jesús niño, sino la celebración de esta realidad extraordinaria: ¡Dios ha venido en medio nuestro y se hizo uno de nosotros!

Si Dios viene a nosotros, si se nos da, es necesario recibirlo. Por eso la Liturgia de Adviento, desde los primeros días, nos pone delate de los ojos la figura de la Virgen María, aquella que estuvo totalmente abierta a esta presencia, hasta el punto que fue la Madre de Dios.

En esta fiesta de la Inmaculada Concepción, celebramos precisamente esta total apertura a Dios, esta completa aceptación de su venida y de su presencia. Y porque el pecado es cerrazón y rechazo, aquella que es total apertura nació y se mantuvo sin pecado.

Hay sin embargo apertura y apertura. Al ser humano, en un pleno respeto de su libertad, son ofrecidas la muerte y la vida. El género humano, representado simbólicamente por Adán y Eva, desde los inicios de su historia, han acogido la mentira, la tentación y la muerte, es lo que nos contó la primera lectura de la Misa de hoy, tomada del libro del Génesis.  Muchos siglos más tarde, es en María, esta humilde joven de Galilea, que toda la humanidad se abre no ya a la mentira y a la muerte sino a la Verdad y a la Vida.

En uno y en otro caso, hay un mensajero. En el primer caso es la serpiente, que simboliza la mentira que induce al error. En el segundo caso se trata de Gabriel, un mensajero de Dios. El relato es muy colorido. San Lucas, en efecto, sabe escribir. El ángel aparece al inicio y desaparece al final. Entre esta llegada y esta partida, san Lucas logra presentarnos los principales personajes del Evangelio, a partir de una hecho (el anuncio a la Virgen), diciéndonos quienes son y cual es su misión: primero Jesús, nacido de María, la cual es prometida de José, después san Juan Bautista, nacido de Elizabeth, esposa de Zacarías.

¿Cuál es el tenor esencial del mensaje del arcángel Gabriel a María? Es este: Tú fuiste colmada de los favores divinos -tú concebirás y darás a luz un hijo al cual darás el nombre de Jesús – el será el Hijo del Altísimo y al mismo tiempo el hijo de David. Y ¿cuál es el tenor esencial de la respuesta de la Virgen?: Yo soy la sierva del Señor, que todo suceda según su voluntad. El ofrecimiento más sublime por una parte, y la aceptación más total y más humilde por otra.

¿Qué lección podemos sacar para nosotros? Nuestra vida está signada por “visitas” con las cuales Dios, utilizando diversos intermediarios y diversos mensajeros, nos hace conocer su voluntad. Nosotros no somos, como María, total aceptación y total apertura. Pero, en la misma medida que vamos por ese camino, Dios nace en nosotros gradualmente, y nos vuelve conforme a su imagen. En María está la apertura absoluta a la gracia que la ha llenado de la presencia divina, además de ser la madre biológica de Jesús; en nuestro caso es la gracia inversa; vale decir, es la presencia divina en nosotros que nos abre gradualmente a la gracia.

Que en estos días de Adviento intensifiquemos nuestro encuentro con Jesús y, a ejemplo de María, que nuestra vida sea un gran sí y nunca cerrazón y rechazo.

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7 de diciembre.

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SAN AMBROSIO
(+ 397)

Con el triunfo de Constantino sobre Majencio y el subsiguiente edicto promulgado el 313 en Milán, los dos grandes poderes del Imperio y de la Iglesia se hermanan en un abrazo de exterior solidaridad; con la elevación de Ambrosio al episcopado de aquella misma sede el 374 se realiza la fusión vital de la sangre añeja del espíritu romano y la sangre renovadora de los principios sobrenaturales del cristianismo. La Providencia preparó admirablemente los caminos.

Hijo de un magistrado romano del mismo nombre, a quien Constantino confiara la Prefectura de las Galias, Ambrosio se habituó a contemplar en el espejo de su padre la seriedad de vida, el amor a la justicia, el espíritu de organización y demás virtudes del antiguo patriciado romano. Sobre este terreno tan bien dispuesto vino la formación en la capital del Imperio, adonde, muerto su padre cuando él contaba catorce años, hubo de trasladarse, abandonando Tréveris, su ciudad natal, en compañía de su madre y su hermano Sátiro. El estudio de la elocuencia en los oradores que habían forjado los grandes días de la República y del Imperio, la familiaridad con los poetas griegos y latinos, intérpretes de sus glorias, y el aprendizaje del derecho, médula espinal de la grandeza de Roma, convirtieron a Ambrosio en un perfecto símbolo de las antiguas tradiciones patrias.

Dentro de este espíritu iba infiltrándose un ambiente sinceramente religioso. Su padre se había convertido al cristianismo en los tiempos duros de la persecución y su familia había sido bautizada con la sangre martirial de Santa Sotera, muerta por la castidad y la fe. Un cuadro plástico del fervor cristiano de la familia nos lo ofrece el grupo de aquellos tres hermanos, tan unidos por un tierno amor, que formaron el hogar del prefecto de las Galias: la primogénita, Santa Marcelina, que voló muy pronto a la sombra del papa Liberio para consagrar a Dios su virginidad; Sátiro, el segundo vástago de la familia, acreedor también al culto de los altares y fiel cooperador en los trabajos del tercero y menor de los hermanos, San Ambrosio el obispo.

Muy pronto se fijó en este último, distinguiéndole con una predilección particular el prepotente Probo, hombre de confianza del emperador Valentiniano I, encargado de la administración de Italia y sincero cristiano en su profesión y sus obras. Le agregó, pues, a la Prefectura del Pretorio, y en 372, cuando Ambrosio contaba algo más de treinta años, obtuvo para él el cargo de gobernador de las provincias de Liguria y Emilia, cuya capital se hallaba en Milán, despidiéndole con esta consigna de insospechado vaticinio: ‘Ve, hijo mio, y condúcete no como juez, sino como obispo”. Ambrosio no olvidó esta lección, que le granjeó el cariño de todos sus súbditos.

Era entonces Milán la segunda ciudad del Imperio, sede ordinaria de los emperadores cristianos, en la que, por lo mismo, fermentaban las intrigas políticas y repercutían con tanta mayor violencia las amenazas de los pueblos bárbaros cuanto más próximas se hallaban sus fronteras. Ultimamente la intranquilidad se habia acentuado con la división religiosa provocada por el obispo Auxencio, de ideas arrianas más o menos solapadas. Dos años llevaba Ambrosio al frente de su Prefectura cuando murió el heresiarca Se reunieron los obispos vecinos en una de las basílicas de Milán para elegir sustituto, y, mientras se prolongaba dificultosamente la deliberación, el pueblo, reunido en las naves del templo, fue gradualmente inquietándose con presagios de lucha amenazadora entre los dos partidos católico y arriano. El prefecto, avisado del peligro, se trasladó a la basílica y dirigió la palabra a la muchedumbre, exhortándola a esperar tranquila la decisión de los electores, cuando de repente, en un momento de pausa, rasgó el silencio del templo la voz vibrante de un niño que clamó por tres veces: “¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo!” Al primer estupor siguió inmediatamente el entusiasmo general de la muchedumbre, que, como un eco fue repitiendo aquel grito hasta decidir en este sentido la elección. Es la tradición recogida por Paulino, secretario del nuevo obispo y que en todo caso representaba un símbolo grato de aquella realidad.

Nadie quedó más sorprendido que el mismo Ambrosio, quien jamás había pensado en la carrera eclesiástica y que, por otra parte, siguiendo la censurable costumbre de aquellos tiempos, aún no había recibido el bautismo, esperando obtener por su medio a la hora de la muerte un perdón general de sus pecados. Expuso, pues, su situación de no bautizado, recordó la prohibición eclesiástica de elevar a la dignidad sacerdotal a un neófito, adujo las incompatibilidades jurídicas de su cargo y hasta llegó a fingir acciones menos rectas para alejar de sí semejante nombramiento. Todo resultó inútil y al fin se sometió a los planes de la Providencia, que había hablado por la voz de un niño inocente. Recibido el bautismo, fue a los ocho dias consagrado obispo de Milán, el 7 de diciembre del 374, en cuya fecha aniversaria celebra la Iglesia su fiesta litúrgica. A partir de aquel punto se entregó de lleno a las solicitudes del cargo pastoral y bien de la Iglesia, por cuyo esplendor habia de trabajar durante veintitrés años de episcopado. Sin embargo, a pesar de su alejamiento voluntarío de la corte, la divina Providencia le habia constituido, en cierto modo, ángel custodio del trono imperial, al que aguardaban años tan azarosos. Angel de la guarda fue para con el emperador Graciano, jovencito de dieciséis años cuando subió al trono, dotado de buenos sentimientos religiosos, pero inexperto e indeciso, y de quien hizo con sus consejos y su dirección un hombre de carácter maduro, que, después de haber dado al Imperio leyes de firmeza y ejemplaridad cristianas, moría asesinado sin doblegarse ante la insurrección. Durante los años de su reinado, Ambrosio entraba en su palacio con plena libertad y a cualquier hora para interceder por los necesitados y perseguidos, fueran cristianos o paganos.

Al subir al trono Valentiniano II, de solos doce años de edad, todo parecía augurar años difíciles a San Ambrosio, ya que en torno al joven augusto, bajo la tutela de su madre Justina, simpatizante con el arrianismo, se había constituido un foco de oculta hostilidad contra la persona del obispo milanés. Por eso fue más espectacular el gesto de aquella matrona artera y política cuando llevó a su hijo a presencia de Ambrosio, poniéndolo bajo su protección y rogándole que llevase una embajada de paz al general Máximo, proclamado emperador por las legiones de Bretaña. Se trataba de defender a un huérfano y a una viuda, hasta ayer en relaciones nada amistosas, y el obispo no dudó en trasladarse a las Galias para salvar al príncipe. La posterior conducta de Justina no respondió a aquel acto de generosidad; pero años más tarde, muerta ya la madre intrigante, el joven emperador terminó por arrojarse en brazos de Ambrosio, cuyos consejos solicitó de continuo, a cuya dirección entregó el alma de sus hermanas Justa y Grata y cuyo nombre invocó con ansia los últimos días de su vida en las Galias, cuando entrevió levantarse sobre su pecho el puñal del asesino.

Más varoniles fueron las relaciones de amistad entre el obispo de Milán y el emperador Teodosio, basadas en una perfecta compenetración de principios religiosos, que no impidieron, sin embargo, al primero reprender los desaciertos del segundo

Todo este influjo de San Ambrosio sobre la autoridad suprema fue constantemente enderezado a los tres grandes fines que llevaba en el corazón: la destrucción del paganismo, la extirpación de la herejía y la purificación del pecado en la Iglesia.

Porque es cierto que las instituciones y cultos paganos seguían dominando aún en gran parte de la aristocracia romana y el Senado. Un día se despertaron aterrados los círculos políticos de Roma ante el estampido de una orden imperial que ordenaba retirar del Senado la imagen de la diosa de la Victoria, aquella imagen que había presidido las deliberaciones cruciales del Estado, tan fecundas en triunfos incontrastables. Era un golpe certero asestado contra el corazón del paganismo oficial, pero al mismo tiempo representaba una herida en las más gloriosas tradiciones ancestrales. La emoción cundió entre el pueblo y la irritación entre los senadores paganos, que enviaron una comisión a Milán para entrevistarse con el emperador. Las puertas de palacio permanecieron cerradas a sus aldabonazos, y poco después se les respondía con otro decreto suprimiendo las subvenciones para el mantenimiento del altar de la Victoria, de los sacerdotes consagrados a su culto y de las vestales, custodias venerandas de la Urbe. A través de la firma imperial todos vieron el pulso firme del obispo milanés.

De nuevo, en tiempos de Valentiniano y Justina, el prefecto de Roma, Símaco, en un elocuente discurso que ha pasado a la historia como pieza de verdadero mérito oratorio, expuso ante el Consejo imperial las conveniencias de restablecer la estatua de la diosa con sus sacerdotes y vestales. Ambrosio, advertido del asunto, escribió una réplica tan llena de nervio y vigor, que el joven Valentiniano resolvió tajantemente el asunto. Una vez más había triunfado el santo Obispo. La futura tentativa del paganizante emperador Eugenio estaba ya de antemano condenada al fracaso. El paganismo había expirado oficialmente.

Más ardua fue la lucha contra el arrianismo. Ambrosio decidió asestarle un golpe en su centro neurálgico de Sirmio, donde florecía a favor del grupo hostil a Graciano, reunido allí en torno a Justina. Había que consagrar un nuevo obispo católico, y el de Milán se presentó allí para realizar la ceremonia y hacer sentir su influjo. Una muchedumbre con aires de motín le recibió entre gritos y amenazas, hasta el Punto que, al subir a la cátedra que le estaba reservada, una mujerzuela le agarró del manto para impedir que se sentase. “No me toquéis—le dijo con tono de majestuosa autoridad—. Soy sacerdote, aunque indigno, y no podéis poner vuestra mano en un ministro del Señor. Temed no os castigue Dios con alguna desgracia’. El pueblo quedó dominado por tanta dignidad y la ceremonia terminó sin incidentes. A los pocos días aquella pobre mujer era víctima de grave enfermedad; todos vieron en ello la mano de Dios y la paz quedó restaurada. Bajo esta impresión convocó Ambrosio un concilio en Aquilea que destituyó a los obispos arrianos aún existentes, y por el momento la herejía languideció.

Sin embargo, le quedaban aún por reñir en este punto las batallas más violentas. Ya en el trono Valentiniano II, por instigación de los grupos recalcitrantes, y bajo el influjo de su madre, Justina, ordenó al obispo de Milán que entregase a los arrianos una de sus principales basílicas. Ante su negativa fue llamado a palacio al consistorio imperial. “Ni yo tengo poder para entregárosla ni vos potestad para tomarla”, dijo al emperador en su presencia. La disputa se encendió mientras la multitud, noticiosa del peligro de su iglesia y su pastor, clamaba amenazadora en la calle, hasta que el mismo Ambrosio, a ruegos de la alarmada Justina, calmó con sus palabras la irritación popular “Que no se vierta una sola gota de sangre en nombre de la Iglesia—-rogaba a Dios el Santo—, y, si alguna hubiese de correr, que sea más bien la mía.”

La dignidad del obispo habia triunfado sobre la del cesar. Justina no lo olvidó, y al año siguiente un decreto imperial de tonos generales y sellado con graves sanciones jurídicas daba libertad de reunión a los arrianos. Se trataba, en realidad, de intimidar a Ambrosio para que entregase sus basílicas al obispo hereje Auxencio. El Santo no se dió por aludido y la corte no osaba pasar adelante, hasta que cierto día de Cuaresma, mientras celebraba el obispo, rodearon las tropas imperiales una de las basíhcas esperando la salida de los fieles para ocuparla. Ni el pastor ni sus ovejas consintieron en ceder, y durante varios días quedaron sitiados por las fuerzas militares, sin querer abandonar el lugar santo. Fue entonces cuando Ambrosio, para mantener tenso el espíritu de los cristianos allí voluntariamente encerrados, organizó cantos en coros alternos de salmos e himnos compuestos por él mismo, introduciendo de este modo en Occidente una costumbre que dura hasta nuestros días en el rezo del oficio divino. En la última alocución a los fieles allí presentes les declaró con firmeza: “Rindo mis homenajes de respeto al emperador, pero no cedo ante él. El emperador está en la Iglesia y no sobre la Iglesia”. La corte hubo de capitular, temiendo daños mayores. El arrianismo había recibido su golpe de gracia.

No menos firme se mostró ante el crimen y los escándalos, aun cuando éstos viniesen del emperador Teodosio. Dos veces juzgó deber enfrentarse con él y no vaciló. El año 388 ciertos monjes de Oriente, respondiendo a las violencias de los arrianos, habían incendiado algunos edificios de éstos, entre los que había quedado destruida una sinagoga hebrea. Teodosio, obsesionado por la tranquilidad pública y la justicia, ordenó al obispo de aquella región que la reconstruyese a su propia costa. Inmediatamente recibía una carta del prelado milanés reprochándole aquella decisión inmotivada e impía. Manda suavizarla, pero sin dar satisfacción completa al obispo, quien, en una homilía ante el pueblo de Milán y en presencia del mismo emperador, hace alusiones claras a su proceder condenable. Teodosio se excusa recordando las mitigaciones ordenadas, ‘No basta—responde el Santo—-, obra de suerte que pueda ofrecer el sacrificio por ti, con plena seguridad de conciencia.” Tras un diálogo público entre ambos representantes de la Iglesia y del Estado, Teodosio promete la entera revocación de la orden. “Celebraré confiado en tu palabra”, dice Ambrosio. “Tú la tienes”, responde el emperador.

Han transcurrido dos años desde este suceso cuando se promueve en Tesalónica una revuelta popular contra el cesar por haber condenado, aunque justamente, a uno de los ídolos del circo. Teodosio monta en cólera y ordena en castigo una matanza general durante una de las fiestas en el mismo circo. Trata Ambrosio de hacer revocar la orden; el emperador se resiste y cuando, al fin, promulga un decreto en contra, varios miles de inocentes han sido ya asesinados. Le exhorta inmediatamente el obispo a hacer penitencia de su pecado, como la habia hecho David: caso de no aceptar la penitencia pública, como público fue su crimen, se verá privado de los sacramentos y le será cerrada la puerta de la iglesia. El emperador se somete, aun cuando no sin violenta lucha interior, y cuando, en las fiestas de Navidad, es admitido de nuevo a los oficios sagrados, se le ve presentarse sin las insignias de su poder, como un pecador público que con gemidos y lágrimas implora la absolución de su delito antes de ocupar su puesto entre los fieles. El Imperio ha doblado oficialmente su rodilla ante la Iglesia. Más tarde confesará el emperador: “No conozco sino a Ambrosio, que me ha hecho ver qué es un obispo”.

Y, sin embargo, su figura no es la de un obispo áulico. Las puertas de su morada permanecen siempre abiertas para ofrecer paso, sin previo aviso, a cualquier creyente o pagano sin distinción. Una clientela incesante de pobres, afligidos o necesitados de consejo asedian su casa, y a nadie niega su ayuda, ya se trate de un desgraciado indeseable, ya de un genio en fermentación religiosa como Agustín. Sus arcas se vacían en favor de los pobres, y, cuando no dan abasto, los vasos de oro y otros metales preciosos son vendidos sin titubeos.

Nada tiene, pues, de extraño que no pueda salir de casa sin que una muchedumbre agradecida y admiradora de sus virtudes le rodee, formando en torno suyo un séquito de veneración y cariño dispuesto a mezclar su sangre con la de su obispo en los momentos de peligro frente a las injusticias de Valentiniano. Bien persuadido de ello está el mismo emperador cuando, a las insinuaciones de ciertos cortesanos para que actúe contra el Santo apoyado en sus tropas, responde: “Bastaria que Ambrosio levantase un dedo para que vosotros mismos me entregaseis a sus plantas atado de pies y manos”.

Y lo más sorprendente es que, en medio de tantos afanes y negocios, tuviera todavía tiempo para pronunciar, a veces diariamente, aquellas admirables homilías, origen de sus numerosos tratados exegéticos, que le ocasionaron frecuentes consultas escrituristicas por parte de sus contemporáneos. Conocía muy bien los resortes de la elocuencia clásica, como lo mostró en su refutación a Simaco, y dominaba las galas del estilo, como aparece en sus descripciones martiriales de Santa Inés y San Juan Bautista, dignas de cualquier antología; pero, por lo común, su oratoria era sencilla, pletórica, eso sí, de luz e impregnada de tal suavidad de lenguaje que penetraba hasta lo más profundo del aIma, según habia de atestiguar el más eximio de sus oyentes: Agustín de Tagaste.

Pero su genio resalta, ante todo, en la unión de dos extremos opuestos, felizmente hermanados en su ascética: el sentido práctico de la vida ordinaria y la sublimación de los más altos ideales divinos. Su sentido práctico de moralista recto, a la vez, y comprensivo fue herencia de su espiritu romano, así como su principal tratado en este sector, De las obligaciones de los clérigos, fue una transcripción al cristianismo de la obra homónima de Cicerón. Las virtudes cardinales, el deber cimentado en el cumplimiento de la voluntad divina, las modalidades de ciertas virtudes, como la pudicicia, y la exposición de los consejos evangélicos adquieren en su pluma una completa nitidez de perfiles.

Ahora que, sobre este fondo obligatorio del deber, su espíritu se remonta a las más altas cumbres del idealismo ascético. Sólo contaba tres años de sacerdocio cuando escribió para su hermana Marcelina su primera obra. Sobre las vírgenes, compilando sus homilías acerca de este tema, que su hermana no había podido oir y deseaba ardientemente conocer. Con ellas se habia dado a la pureza su más alta sublimación, y al néctar de sus mieles acudían de todas partes jóvenes escogidas deseosas de consagrar al Señor su continencia bajo la dirección del obispo milanés. Era una corriente cristalina de virginidad, desconocida hasta entonces, que se desbordaba por todo el Norte de Italia. Surgieron, como era natural, mezquinas oposiciones. De ahí que un año más tarde hubo de recoger en otro librito, Sobre la virginidad, los sermones pronunciados para defenderse a si mismo y vindicar los derechos de la pureza contra madres doloridas o futuros esposos que veían defraudadas las ilusiones de su cariño. Aún nos habia de legar otros dos escritos, uno Sobre la formación de la virgen y la perpetua virginidad de María, dirigido a una joven lombarda de su mismo nombre, nieta de su amigo Eusebio de Bolonia, y el otro la sentida Exhortación a la virginidad, pronunciado en la inauguración de una basílica, cuya fundadora, viuda noble de Florencia, consagraba sus tres hijas vírgenes al Señor. El Occidente habia alcanzado su cima más alta en la sublimación ascética de la continencia.

Vista la facilidad con que el espiritu jurídico-práctico de un romano como Ambrosio supo, sin embargo, elevarse a las regiones más empíreas de lo divino, no puede ya extrañarnos descubrir en él al iniciador de la poesía himnológica cristiana, que habían de levantar poco después a tan alto esplendor el español Prudencio y el francés Venancio Fortunato, ambos, por cierto, cantores de la virginidad. Los himnos de San Ambrosio figuran todavía hoy en el rezo del Breviario.

El año 395 pronunciaba el santo obispo la oración fúnebre en los funerales de Teodosio el Grande, que venían a ser también los del Imperio romano. Era el canto del cisne de Ambrosio, que dos años más tarde moría contemplando con tristeza la descomposición del poderío secular de Roma, pero habiendo llevado a feliz término la empresa de inocular los espíritus vitales de la grandeza romana en la savia renovadora del cristianismo.

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6 de noviembre.

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SAN NICOLÁS DE BARI
(+ siglo IV)

San Nicolás de Bari vivió, según cálculos aproximados, desde el año 280 al 345. Se sabe de cierto que hacia la época del concilio de Nicea (325) era obispo de Mira, diócesis del Asia Menor. Es probable, aunque no está probado, que asistiera al concilio. Murió en la capital de su diócesis y fue sepultado en la catedral. En el año 1087 sus restos fueron trasladados a Bari, en Italia.

Si tuviéramos que atenernos a lo históricamente demostrado, podríamos terminar aquí. Pero hay un gran hecho histórico que no se puede desconocer: la devoción a San Nicolás de Bari, intensa y extensa. Podríamos decir que, si los milagros abundantísimos que se atribuyen a San Nicolás no están probados, sí lo está el milagro patente de que sea el Santo de iconografía más numerosa, de tal modo que las imágenes de San Nicolás sólo ceden en número a las de la Santísima Virgen. Los marineros del Mediterráneo oriental le veneran como patrono. Los niños de muchos países esperan de él los juguetes. Y Nicolás quiere decir en griego “vencedor de pueblos“. Si no tenemos una biografía suya hasta cinco siglos después de su muerte (847), y en ella hay más devoción entusiasta que documentación histórica, poseemos una tradición ininterrumpida que nos autoriza a trazar aquí la biografía popular entrañable del Santo de Mira y de Bari.

En este relato tradicional puede efectuarse una discriminación que separe lo probable o admisible de lo improbable y absurdo. Que sus padres se llamaron Epifanio y Juana se puede admitir. Es pura leyenda que se tratase de un matrimonio estéril al que un ángel se apareció anunciándoles el nacimiento de un hijo llamado a la santidad. Se quiere que esta vocación fuese tan fuerte que el recién nacido se apartaba del pecho nutricio los días de ayuno. La imaginación popular se ha recreado con esta imagen y la misma actitud ha sido atribuida a otros santos.

Temprana y ejemplar devoción juvenil, encendida caridad, que se manifiesta desde la infancia. ¿Por qué no? Que su caridad moviese a Dios a un gran milagro en plena juventud de Nicolás y en la ciudad de Pátara, donde se afirma que nació, ya pertenece a una leyenda piadosa un poco excesiva. Al dirigirse Nicolás al templo, según esta leyenda, una pobre paralítica le pidió limosna. Pero el Santo había repartido ya todo lo que llevaba, y entonces, elevando los ojos al cielo y orando internamente con brevedad, dijo a la paralítica: “En el nombre de Jesús, levántate y anda”. Y al momento recobró la pobre mujer el uso de sus miembros paralizados.

De los hechos de la vida del Santo, el más difundido y el más generalmente aceptado por doquiera no es milagroso de suyo, aunque sí muestra de generosa y encendida caridad. Había en Pátara, según se dice, un hombre rico venido a menos que tenía tres hijas muy hermosas a las que no podía casar por falta de dote. Y el hombre fue tan ruin que maquinó el prostituir a sus bellas hijas para obtener dinero. Súpolo Nicolás—no es necesario admitir que por especial revelación divina, como quieren algunos—y, deslizándose en el silencio de la noche hasta la casa donde habitaban el padre y las hijas, arrojó por la ventana de la alcoba del hombre una bolsa de oro. Se retiró sin ser oído. Al día siguiente el hombre, con enorme regocijo, abandonó su criminal idea y destinó aquel oro a dotar a una de las muchachas, que inmediatamente se casó. El Santo, al advertir el excelente fruto conseguido, repitió su excursión nocturna y dejó otra bolsa. Y éste fue el dote de la segunda de las jóvenes. Nicolás repitió el donativo la vez tercera, pero en esta ocasión fue sorprendido por el padre, arrepentido ya de sus malos pensamientos, que se explayó en manifestaciones de gratitud y de piedad. Por él se supo lo ocurrido y que había sido Nicolás el generoso donante. Como la tradición quiere que las tres veces que el Santo dejó la bolsa ocurriera el hecho en lunes, en esto se funda la devoción de los tres lunes de San Nicolás.

Se afirma que el Santo perdió a sus padres siendo aún muy joven y que, sintiendo vivamente la vocación sacerdotal, acogióse al amparo de un tío suyo, que le precedió en la silla episcopal de Mira. Este último detalle no puede darse como cierto. Ni tampoco que, una vez sacerdote, se le confiase la abadía del monasterio de Sión. Y en cuanto a la peregrinación a Tierra Santa, que efectuó poco después, parece que existe una confusión entre San Nicolás de Bari y otro Nicolás, también obispo, que rigió la diócesis de Pinara en el siglo VI. En los primeros textos biográficos de los siglos IX y X, los dos obispos del mismo nombre aparecen confundidos, pero la moderna investigación ha puesto de relieve la existencia del segundo, que había sido negada.

Sobre la designación de San Nicolás para la silla episcopal de Mira, hecho histórico indudable, flota también una admisible leyenda piadosa. Se afirma que, no llegando a un acuerdo los electores, un anciano obispo, sin duda por inspiración divina, propuso que se designara al primer sacerdote que entrase en el templo a la siguiente mañana. Este sacerdote fue San Nicolás, que tenía costumbre de celebrar muy a primera hora. Pareció con esto que el dedo de Dios lo señalaba, y fue electo y consagrado obispo de Mira, sede que ocupó hasta su muerte.

La ceremonia de la consagración se completa con un nuevo milagro sumamente dudoso, pero que citamos porque en él se funda la devoción de los que consideran a San Nicolás como abogado especial para casos de incendio. Quiere la tradición que, hallándose el nuevo obispo vestido de pontifical, penetrase en el templo una infeliz mujer que llevaba en brazos a un niño muerto abrasado. Lo depositó sin decir palabra a los pies del obispo, el cual oró brevemente, obteniendo del poder de Dios que el pobre niño volviese a la vida.

¿Fue martirizado San Nicolás durante la persecución del 319? ¿Estuvo en el concilio de Nicea? He aquí dos cuestiones dudosas históricamente, aunque en el terreno tradicional y devoto se contestan en sentido afirmativo. Se asegura que el obispo de Mira fue encarcelado por Licinio y sometido a tortura en la prisión, de lo que le quedaron cicatrices gloriosas, que mostró después en Nicea y que besó Constantino en la recepción final a los obispos concurrentes.

Pero no es nada seguro que San Nicolás estuviese en Nicea. Si, por una parte, nos sentimos inclinados a admitir que estuvo por la sencilla razón de que acudieron allí más de 300 obispos y se cuentan de fijo entre ellos casi todos los del Asia Menor, por otra hay que reconocer que, si estuvo, no se distinguió ni singularizó en nada, ni figura en la larga lista de prelados a los que se confió la difusión de los acuerdos del concilio. No hay que decir que es un puro absurdo la anécdota de San Nicolás en Nicea, dándole un bofetón a Arrio. Lo probable es tal vez que, siendo la diócesis de Mira la menos contaminada por el arrianismo, San Nicolás, por esa razan o la que fuese, no acudió a Nicea.

Lo cual no impide que, en su viaje de ida al concilio, se sitúe el menos admisible y más burdamente popular de sus milagros, que debemos referir a pesar de todo, porque es la leyenda que mas influencia ha ejercido sobre la iconografía de San Nicolás. En la mayoría de las estampas e imágenes aparece San Nicolás al lado de una especie de cubo, del cual salen tres niños en ademán de orar y dar las gracias. Esto alude a una conseja atroz, a la que no se concede el menor crédito histórico. Pretende que, yendo San Nicolás camino de Nicea para asistir al concilio acompañado de Eudemo, obispo de Pátara, y tres sacerdotes más, se detuvieron al caer de la tarde en un mesón o ventorro donde determinaron pasar la noche. Al servirles la cena el ventero puso sobre la mesa una fuente llena de tasajos, al parecer de atún en escabeche. Dispúsose San Nicolás a echar la bendición, y en el mismo instante se le reveló que aquellos tasajos no eran de otra cosa que de carne humana. El ventero era un asesino que, de vez en cuando, mataba a un huésped y salaba la carne, que ofrecía después a otros. Las últimas víctimas habían sido tres adolescentes, que yacían ahora—si a eso puede llamarse yacer—despedazados en una cuba, San Nicolás acusó al ventero de su horrendo crimen y, como el mal hombre la quiso negar, el Santo conminó a todos a que le acompañasen a la bodega o despensa, donde, puesto en oración frente a una cuba, salieron de ella los tres muchachos vivos, que dieron gracias al Santo por su intercesión.

Registrado este milagro apócrifo para explicar al lector el sentido de la más acostumbrada representación de San Nicolás, nos queda por decir que el obispo vivió santamente hasta los sesenta y cinco años de edad y que se da como fecha de su muerte el 6 de diciembre del 345. Enterrado en la iglesia de Mira permaneció el cuerpo de San Nicolás por espacio de setecientos cuarenta y dos años, hasta que, habiendo pasado la ciudad y todo aquel territorio a manos de los sarracenos, cundió en las poderosas ciudades italianas, donde la devoción al Santo era muy viva, el propósito de realizar una expedición para el rescate de sus restos mortales. Donde más intensamente arraigó el propósito fue en Venecia y en Bari. Los de está última ciudad dieron cima a la empresa utilizando un barco que en apariencia iba a llevar trigo a Antioquía. Lograron apoderarse de la venerada reliquia y desembarcar con ella en Bari el 9 de mayo de 1087. Allí reposan desde entonces los restos del Santo, que por eso es llamado de Bari, y la ciudad es centro de peregrinaciones de devotos de todas partes. Es santo Patrono de Rusia, cuyo último zar llevó su nombre y donde la Iglesia cismática celebra la fiesta de la traslación de San Nicolás. El número de rusos que afluían a Bari antes del comunismo era tal, que hubo en la ciudad italiana una hospedería y un hospital moscovitas.

San Nicolás es patrono de marinos y navegantes, porque se cuenta que en una ocasión aquietó las olas enfurecidas, salvando un barco próximo a zozobrar. Y es él, bajo su propio nombre en países católicos, y como la mítica figura de Santa Claus (Saint Nicholas—Sint Klaeg— Santa Claus ) entre protestantes, quien trae juguetes a los niños. Ha resultado, en verdad, “vencedor de pueblos‘ por la universalidad de la devoción que inspira.

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Sobre la politica un artículo de un sacerdote español sin pelos en la lengua.

Católicos de políticos/ políticos de


católicos

A las 1:10 PM, por José Luis Aberasturi

Es uno de los más graves problemas que tiene la Iglesia Católica en el mundo occidental: los católicos que, siéndolo -o eso creen-, se meten en política; primero como miembros de un partido político dudosamente democrático -en la práctica diaria de sus postulados, de sus declaraciones, de sus manejos internos y externos-, para luego, y si es el caso, como miembros de un gobierno, también dudosamente democrático por las mismas razones que las señaladas anteriormente, agravadas todas ellas al convertirse en praxis gubernamental.

La Iglesia Católica -no solo en España, por supuesto- no ha estado al quite; quizá ni se le ha pasado por la imaginación. Y, si lo ha intentado, ha debido ser tan tarde, tan tímidamente y tan deslabazadamente, que los resultados ahí están: los católicos, como tales, han desaparecido de la vida política, pues no se distinguen en nada de ningún otro político al uso: todos están cortados por el mismo patrón, nunca mejor dicho. Todos fococopias impresentables; que más indignan cuanto más de católicos “van”. Ejemplos hay a mansalva: sobran. Es más: de hecho, no hay ninguno que “choque” pretendiendo ser coherente con su catolicismo, y se salga del molde, y se le pueda señalar como tal. Ninguno.

Digo que es uno de los más graves problemas, porque todos los ataques efectivos -tienen los mejores medios, y los tienen más ampliamente, y los pueden manejar sin dar cuenta a nadie en este mundo: en el otro, eso ya es “otro cantar”, y lo verán- contra la dignidad de la persona, contra la familia como célula básica de la sociedad, contra la vida, y contra la salvaguarda del bien común -que es el ámbito propio de la vida política-, respetando desde el poder el principio de subsidiariedad, que es el que legitima moralmente -hace justo, obra según justicia- el uso del poder político y gubernamental, todos los ataques vienen de ahí: de los gobiernos al uso.

A estos “temas” habría que añadir -como denuncia, naturalmente- el uso “obligatorio” de la mentira en la vida pública, la “obligación” imperiosa de enriquecerse personalmente aún a costa de arruinar, empobrecer y endeudar -para generaciones y generaciones- países enteros, y la “necesidad” de construir “estructuras de corrupción” en todos los horizontes de las realidades que tocan los políticos: gobiernos, partidos y sindicatos primeramente; y que luego, como una gangrena progresiva e imparable -porque nadie se va a autoimputar ningún miembro- se van extendiendo a todos los sectores de la sociedad, al grito de “tonto el último”.

Y como la primera gangrega que se instala necesariamente es la GANGRENA MORAL -de ahí la corrupción instalada oficialmente desde los poderes para matar las conciencias desde la más tierna infancia-, de ahí mi denuncia de que la Iglesia ha estado como mínimo poco “lista” para verlo venir: lo moral, lo justo es la esencia de lo católico. Y  ahora, claro, se tiene  que  quejar -bien que tímidamente, eso sí: ya no hay arrestos, quizá ya ni autoridad para hacerlo de otra manera- de que se la ataca, de que se la quiere silenciar -cuando la primera “mudita” ha sido ella-, o pretendiendo defender unas clases de religión que ya nadie sabe cómo hay que darlas -no se puede “adoctrinar”: dicho por un obispo católico de la católica España en una circular oficial de su diócesis-, y por otro lado, ya nadie pretende que a través de ellas se les enseñe a vivir en cristiano. Y así estamos.

Y vamos al tema, que esto han sido más unas premisas para entrarle a lo que nos ocupa: un católico coherente hoy, es decir, fiel a su condición de hijo de Dios en medio del mundo, y con el encargo divino -vocacional: vocación cristiana- de santificarse y santificar las estructuras temporales, ¿cómo debe actuar en política para ser lo que debería pretender: que su Fe eche raíces y fecunde todo aquello en lo que está metido -el quehacer político- por Voluntad de Dios?

No tengo más respuesta -ni mejor- que las palabras del testamento de Shahbaz Bhatti, político católico pakistaní, muerto a causa de su Fe en un atentado en marzo de 2011: “Me han propuesto altos cargos de gobierno y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso poniendo en peligro mi vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Solo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte que consideraría un privilegio que, en este esfuerzo y en esta batalla por ayudar a los necesitados, a los pobres, a los cristianos perseguidos de Pakistán, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir por Cristo y quiero morir por Él”.

Nos deja mudos de asombro, de entusiasmo, de ejemplaridad, de virtud, de amor a Jesucristo y a su Iglesia, y de decación hasta el finala imitación de Cristo.

Un católico, en un partido o en un gobierno no puede pretender que su conciencia esté al margen de lo que en ese partido se propugna, o en ese gobierno se perpetra, aunque hava votado en contra vez tras vez. Pero mucho menos si su silencio al respecto es notorio y público. Debería declarar inmediata y públicamente su disconformidad moral y su voto en contra.

Escandaliza sobremanera. Y con su silencio -con su conducta- contribuye notablemente a que se desdibujen los perfiles de lo que es ser católico y, por tanto, también de la doctrina que sustenta y explicita esa vida. Hace traición a su Fe, a la Iglesia, a sus hermanos en la Fe, y a todos los hombres de buena voluntad: porqueven cómo su vida práctica desautoriza todo lo que el católico representa: a Cristo mismo.

Tampoco pueden escudarse en que si ellos no estuvieran allí -cobrando, por cierto; más complementos, que los habrá seguro- habría otro que haría las cosas mucho peor, y el mal sería mucho mayor. No cuela. Cuando el mal que se instiga son 120.000 abortos al año, 230.000 embriones congelados, la historia del “principito” con sus niñas con vulva y sus niñas con pene, con sus leyes LGTBI, con los niños de 12 años enganchados al alcohol, al sexo y a las drogas, con los abortos de niñas y los cambios de sexos de menores sin consentimiento paterno, cuando se destruye la familia y la sociedad, cuando se saquean países enteros…, ¿dónde queda el recurso al mal menor? Eso es de un fariseísmo que apesta. Y si se está ahí es porque se está muy a gusto con todo eso -talmente y hacia fuera da esa impresión-, aunque se comulgue todos los días. A esto hemos llegado.

Un último apunte: de los cientos de miles de católicos y de cristianos perseguidos en Irak y Siria, con miles y miles de muertos -mártires, por supuesto- no se conoce ni un solo caso de nadie que haya apostatado por defender su patrimonio, su familia o su vida personal. Ni uno solo. Nadie se ha apuntado al mal menorCuando pasa esto, ¿cómo se va a tener derecho a estar ahí metido, con los bolsillos bien cubiertos y pretender además mantener “sana” y “a salvo” la conciencia? ¡Menudo chollo, papi!

Si alguien lo sabe, agradecería respuestas. A los de la CEE no les pregunto nada porque están muy ocupados celebrando sus 50 años de silencio, de nada.

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3 de diciembre.

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Homilía para el II Domingo de Adviento A

El libro de Hechos cuenta la historia de Pablo, estando en Éfeso un grupo de creyentes le preguntó: “¿Recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe? “No”, respondieron, “nunca hemos oído decir siquiera que había un Espíritu Santo.” Entonces Pablo les preguntó: “¿Qué, bautismo recibieron?” – “El de Juan Bautista”, respondieron. Entonces Pablo les citó el mensaje dado por Juan en el Evangelio de hoy: “Yo los bautizo con agua. Pero el que viene después de mí … los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”.

Juan era un buscador, un profeta para el ojo penetrante, mirando hacia atrás y hacia delante de él. Un profeta – incluso el prototipo del profeta. Es por eso que no murió en su cama, sino que fue decapitado. La forma normal de morir un profeta. El predicó en el desierto. No predicó en las calles de la ciudad, al igual que otros profetas. Fue el espíritu que sopla en el desierto. Este mensaje atrajo a los que vienen al desierto, lejos de sus ocupaciones, de sus casas, de sus campos. Les obligó a encontrarse con ellos mismos, tener en cuenta su historia, su vida desde la perspectiva del desierto.

En el corazón de la enseñanza de Juan está el mensaje central de este tiempo: Dios viene. Hay alguien que viene después de Juan. “El que viene después de mí”: este término puede tener varios significados. El primero, sería posible que Jesús durante un tiempo fuese uno de los discípulos de Juan. En efecto, “venir después de alguien” en el lenguaje de la Biblia significa ser su discípulo. Pero la frase Jesús “viene” está llena de significados más profundos. Dios es el Emmanuel, Dios con nosotros, presente en nuestras vidas todos los días, en la vida cotidiana de cada ser humano.

Ahora podemos leer, de nuevo, la primera lectura (el Libro de Isaías) y ver el mensaje que Dios quiere una humanidad sin fronteras, sin guerras, sin lobos y serpientes, sin hombres violentos. Él quiere una humanidad marcada por la armonía – la armonía entre hombres y mujeres, entre los seres humanos y su entorno; una humanidad marcada por la justicia, sin privilegios, sin oprimidos pobres, sin jueces injustos; una humanidad donde las naciones ya no estarán separados por montañas y valles de sus credos religiosos fanáticos, credos políticos (ideologías), sus sistemas teológicos o filosóficos …

¿Una utopía? Claro! como la llamada a ser perfectos como nuestro Padre celestial. Una utopía a la que vale la pena consagrar toda nuestra vida. Un ideal y una meta que podemos alcanzar por un solo camino, el camino de la conversión. Y eso fue lo que el Espíritu del desierto, hablando a través de la boca de Juan, exige de todos. La conversión radical que los fariseos y los saduceos no fueron capaces de lograr, no la podemos conseguir nosotros más fácil que ellos. Necesitamos el bautismo de fuego: es decir, la acción del Espíritu, el viento que quema del desierto, consumiendo todas las impurezas y las suciedades de nuestras vidas y nuestros corazones.

La profecía de Isaías pinta un cuadro en el que el niño pequeño conduce juntos al lobo y al cordero, el leopardo y el cabrito, el novillo y el león; donde la vaca y la osa pacerán en adelante, el león comerá con el cordero; y donde el niño jugará sobre el nido de la cobra. ¡Sí! el movimiento de la historia va en esa dirección. Sin embargo, los periódicos nos recuerdan que la violencia, el ansia de poder y el dinero están siempre presentes. Tantos crímenes diarios nos recuerdan que todo el mundo aún no está lleno de un espíritu de amor y paz. ¿Lo estamos nosotros?

La llamada a la conversión que viene del soplo cálido del desierto, por boca de Juan Bautista, es una llamada personal a cada uno de nosotros. Podemos escucharla de una manera especial en este corto tiempo de Adviento.

Decía el Papa Emérito en un Ángelus, el domingo II de Adviento A, de 2008: “Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena en nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar el juicio divino. El Padre —escribe el evangelista san Juan— no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5, 22. 27). Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad. El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los «frutos dignos de conversión» a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la multitud a su bautismo. Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista. La “voz” del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo. Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio”.

Que la Virgen de la espera, interceda para que de verdad la escuchemos.

 

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San Antonio María Claret y la profecía sobre Cuba.

Fotografía de Claret, de Jean Laurent.

Fotografía de Claret, de Jean Laurent.

San Antonio María Claret y la profecía

San Antonio María Claret nació en 1807, en Cataluña. En 1851, partió rumbo a Cuba con el encargo de ser Arzobispo de Santiago. Llegó el 18 de febrero de ese año y consagró su actividad pastoral a la protección de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de todos los cubanos, de quien también fue un entusiasta devoto.

Según la tradición, el Padre Claret estaba recorriendo las zonas montañosas de Santiago cuando se le presentó la Virgen de la Caridad para predecirle el futuro de Cuba, profecía que luego el sacerdote transmitió a sus feligreses y miembros de su congregación.

La revelación de la Virgen “hablaba de un joven muy osado (Castro) que subiría por esas mismas montañas con las armas en la mano, y después de unos años bajaría triunfante con una espesa barba, acompañado de otros hombres también barbudos y con largos cabellos”.

“Esos jóvenes traerían, colgando de sus cuellos, medallas de la Caridad del Cobre y crucifijos que en poco tiempo dejarían de usar, para luego negar con vergüenza sus creencias”.

La profecía agrega que el joven líder “sería aclamado por todos a causa de numerosas reformas de beneficio popular, se iría apoderando poco a poco de todo el poder, sumiendo al pueblo cubano bajo una férrea dictadura que duraría 40 años, en los cuales Cuba sufriría numerosas calamidades y penurias. Finalmente, ese hombre moriría en la cama”.

Tras su fallecimiento, continúa la profecía, “se produciría un corto período de inestabilidad y enfrentamientos, en los que incluso llegarían a producirse algunos derramamientos de sangre, aunque luego la nación cubana volvería a levantarse poco a poco hasta llegar a ocupar un destacado lugar en el ámbito internacional”.

El 22 febrero de 1857, San Antonio María Claret partió de regreso a España al ser nombrado confesor de la Reina. Fue despedido por una multitud en el puerto de Santiago de Cuba.

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27 de noviembre.

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I Domingo de Adviento, ciclo A

La clave para comprender el sentido de este difícil Evangelio es la palabra “vigilen”. “Vigilen, entonces, porque no conocen el día en que vendrá su Señor”. Esta exhortación, que encontramos aquí en la parábola del servidor fiel, la volveremos a encontrar más adelante, en aquella de las diez vírgenes, que termina también con “vigilen porque no saben ni el día ni la hora”. Esta hora es aquella de la que hablaba Jesús cuando decía “mi hora no ha llegado todavía”. Es la hora de su pasión y muerte. Por eso la misma recomendación de Jesús será repetida, con una insistencia desconcertante, un poco más, en el Evangelio de Mateo, en el relato del Getsemaní, cuando Jesús dirá a su discípulos: “mi alma está triste hasta morir… vigilen conmigo”, un rato después dirá: “no han sido capaces de vigilar conmigo” para terminar: “vigilen y oren”. Y también, implícitamente, en la noche de Navidad los pastores están vigilando y por eso son testigos del anuncio angélico.

La vigilancia, en el pensamiento de Mateo, no es entonces una espera pasiva del regreso del Señor en una oración en tranquilidad. Es solidaridad con Jesús, y participación en su sufrimiento y en su muerte. Es solidaridad con todos los atribulados con los cuales Jesús ha elegido identificarse especialmente con todos aquellos que, como él, son víctimas de la violencia.

Este texto se comprende mejor todavía si se recuerda que el Evangelio de Mateo fue escrito después de la persecución de Nerón, después del martirio de muchos cristianos y la caída de Jerusalén; esta Jersualén que, siete siglos antes de Cristo, Isaías veía como un punto de encuentro de las naciones y que, dos mil años después de Cristo, continúa siendo un lugar de conflicto y sangre.

Ante tanto conflicto armado mundial la profecía de Isaías resuena como un enorme reproche, pero también como el fundamento de nuestra esperanza: “Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas” profetizaba Isaías, “un pueblo no alzará más la espada contra otro pueblo, no se ejercitarán más para la guerra”.

¿Por qué hoy lo que sucede es más bien lo contrario de esta profecía? ¿Por qué? Porque, colectivamente, no fuimos vigilantes. No fuimos solidarios con el pobre. Hemos institucionalizado las relaciones de injusticia existentes entre los varios conjuntos de la humanidad. No hemos prestado atención ni al lamento de los oprimidos ni a la arrogancia de los opresores. Fuimos todos, un poco lo que Thomas Merton llamaba “guilty bystanders”, unos “transeúntes, testigos culpables”. Ayer murió un dictador (el modo de gobierno, sea de izquierda o de derecha que tiene las características de imponer todo desde el Estado y ocupar el lugar de religión), como persona lo encomendamos a la misericordia de Dios, como político-guerrillero-caudillo deberá dar cuenta, ¿mejoró la justicia en Cuba?

Si esta profecía de Isaías es para nosotros un reproche amargo es, sin embargo, el fundamento de nuestra esperanza. Ella es, en efecto, el anuncio de la venida del Mesías. El Mesías ya ha venido, está presente en medio nuestro, y es el Señor de la historia. Él respeta sin embargo nuestra libertad, nos deja dormitar, viniendo a reprochárnoslo de tanto en tanto: “¿no fueron capaces de velar conmigo?”, pero la victoria final de su reino de paz, de comunión y de armonía, está asegurada.

La victoria final depende de Él y de Él solo. ¿Cuándo se realizará esta victoria? Eso depende de nosotros, porque es a través de nosotros que Él ha elegido llevarla a su cumplimiento. La profecía de Isaías, que es un reproche y una fuente de esperanza, es también el llamado a una responsabilidad, es el llamado a la vigilancia. La paz es una realidad demasiado preciosa para confiar la responsabilidad a los hombres de guerra. Debemos realizarlas mediante obras de amor. Estemos vigilantes, para en lo que de nosotros depende, el mundo conozca la paz.

Hoy comenzamos el año nuevo litúrgico, el Adviento nos introduce nuevamente en el misterio de Dios que nos salva, y nos hacer recordar sus tres venidas. La parusía, al fin de los tiempos, como meditábamos los últimos días del tiempo durante el año, y lo seguiremos haciendo hasta el 17 de diciembre; en segundo lugar la venida histórica de Cristo: la navidad, a partir de ese día 17 hasta que termine el tiempo de navidad y siempre, por la fuerza sacramental, celebrar la venida intermedia de Jesús. Jesús está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.

Dice san Bernardo: “Él vino primero en la carne y la debilidad, después, en el medio, en espíritu y en poder; al final él vendrá en la gloria y majestad… Esta venida intermedia es verdaderamente como la vía por la que nos movemos entre la primera y la última; en la primera Cristo fue nuestra redención; en la última Él aparecerá como nuestra vida, y en el medio, Él es nuestro descanso y consuelo”. (Saint BERNARD, Homélie sur l’Avent 5,1-2, Éditions cisterciennes, 1966, p.128-129)

El tiempo de Adviento nos viene a recordar que nosotros estamos en movimiento y en la realización del reino de Cristo. La certeza del nacimiento histórico de Cristo y la promesa de su venida en la Parusía, para ser nuestra vida, nos deben dar el coraje y la valentía de vivir nuestra fe, de tal manera que contribuyamos para que se hagan de las espadas arados y de las lanzas podaderas. Debemos vigilar, decía el papa emérito, Benedicto XVI, en la noche buena de 2010: “Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos. El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intereses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia”.

Que María, la Virgen de la espera nos acompañe en este itinerio y nos ayude a despertarnos porque llega Cristo y a vigilar y orar con Él.

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26 de noviembre.

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SÁBADO DE LA SEMANA 34ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (22,1-7):

El ángel del Señor me mostró a mí, Juan, un río de agua de vida, reluciente como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de su plaza, a un lado y otro del río, hay un árbol de vida que da doce frutos, uno cada mes. Y las hojas del árbol sirven para la curación de las naciones. Y no habrá maldición alguna. Y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le darán culto. Y verán su rostro, y su nombre está sobre sus frentes. Y ya no habrá más noche, y no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol, porque el Señor Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos. Y me dijo:
«Estas son palabras fieles y veraces; el Señor, Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel para mostrar a sus siervos lo que tiene que suceder pronto. Mira, yo vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras proféticas de este libro».

Palabra del Señor

Salmo

Sal 94

R/. Maranatá. ¡Ven, Señor Jesús!

V/. Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

V/. Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos. R/.

V/. Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,34-36):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

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1. (Año II) Apocalipsis 22,1-7

a) La visión final del Apocalipsis sigue ofreciéndonos una escenografía triunfal, esperanzadora.

El trono de Dios, el Cordero delante, vencedor, un río de agua viva que brota del trono (el Espíritu Santo: cf. Jn 7,37-39), el árbol de la vida que da doce cosechas al año y cuyas hojas son medicinales. Allí no hay noche ni oscuridad, todo es luz, y los salvados por Cristo gozarán de alegría perpetua, y le prestarán servicio, “y lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente”.

b) Es como el retorno al paraíso terrenal. La última página de la Biblia -y, para nosotros, de este Año Litúrgico- es un calco de la primera, de la visión idílica del Génesis hasta que entró el pecado en el mundo.

Terminamos el ciclo de este año con una página tan luminosa. Lástima que no hayan añadido en el Leccionario -lo podemos hacer nosotros- los últimos versículos de este libro del Apocalipsis: “El Espíritu y la Novia (el Espíritu presente en la Iglesia, la esposa de Cristo) dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡ ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida… Y el que da testimonio de todo esto (Cristo Jesús) dice: sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén”.

Ya tenemos la puerta abierta para celebrar, desde hoy a la víspera y mañana domingo, con igual mirada profética, el Adviento. Nuestra oración y nuestro canto, hoy, es “Maranatha. Ven, Señor Jesús”. Con una perspectiva llena de futuro: “Y lo verán cara a cara”.

2. Lucas 21,34-36

a) Ultima recomendación de Jesús en su “discurso escatológico”, último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: “estad siempre despiertos”.

Lo contrario del estar despiertos es que se “nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero“. Y el medio para mantener en tensión nuestra espera es la oración: “pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir”.

La consigna final es corta y expresiva: “manteneos en pie ante el Hijo del Hombre”.

b) “Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre“.

Todos necesitamos un despertador, porque tendemos a dormirnos, a caer en la pereza, bloqueados por las preocupaciones de esta vida, y no tenemos siempre desplegada la antena hacia los valores del espíritu.

Estar de pie, ante Cristo, es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no: para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.

Los cristianos tenemos memoria: miramos muchas veces al gran acontecimiento de hace dos mil años, la vida y la Pascua de Jesús. Tenemos un compromiso con el presente, porque lo vivimos con intensidad, dispuestos a llevar a cabo una gran tarea de evangelización y liberación. Pero tenemos también instinto profético, y miramos al futuro, la venida gloriosa del Señor y la plenitud de su Reino, que vamos construyendo animados por su Espíritu.

En la Eucaristía se concentran las tres direcciones, como nos dijo Pablo (1 Co 11,26): “cada vez que coméis este pan y bebéis este vino (momento privilegiado del “hoy”), proclamáis la muerte del Señor (el “ayer” de la Pascua) hasta que venga (el “mañana” de la manifestación del Señor)”. Por eso aclamamos en el momento central de la Misa: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús“.

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23 de noviembre.

De escuela española y fechada a principios del siglo XV.

De escuela española y fechada a principios del siglo XV.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 34ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (15,1-4):

Yo, Juan, vi en el cielo otro signo, grande y maravilloso: Siete ángeles que llevaban siete plagas, las últimas, pues con ellas se consuma la ira de Dios.
Vi una especie de mar de vidrio mezclado con fuego; los vencedores de la bestia, de su imagen y del número de su nombre estaban de pie sobre el mar cristalino; tenían en la mano las cítaras de Dios. Y cantan el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo:
«Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos tus caminos, rey de los pueblos. ¿Quién no temerá y no dará gloria a tu nombre? Porque vendrán todas las naciones y se postrarán ante ti, porque tú solo eres santo y tus justas sentencias han quedado manifiestas».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.7-8.9

R/. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

V/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

V/. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

V/. Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. R/.

V/. Al Señor, que llega
para regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,12-19):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Palabra del Señor

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1. (Año II) Apocalipsis 15,1-4

a) Se repite la Pascua. Se repite el éxodo de Moisés y los suyos, ahora con el nuevo pueblo guiado por Cristo Jesús, el Gran Libertador.

Junto al mar de fuego, “los que han vencido a la Bestia” entonan cantos acompañados de sus liras. Es un himno que decimos cada semana en Vísperas: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo…”.

No es de extrañar que el salmo sea también eufórico: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas, el Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia”. Con un estribillo del Apocalipsis: “grandes y maravillosas son tus obras”.

b) A los cristianos que estaban en situación dramática, perseguidos por el emperador romano, a fines del siglo I, el vidente de Palmos les quiere convencer de que la victoria es segura, que el Cordero y sus seguidores, aunque tengan que pasar por mil penalidades, van a terminar cantando himnos victoriosos y pascuales.

A los del siglo I y a los que pasamos del XX al XXI: porque todos sabemos de fatigas y dificultades en nuestro seguimiento de Cristo, y necesitamos palabras de ánimo. Cuando cantamos este himno en Vísperas, lo tendríamos que hacer con voz alta -además de afinada-, expresando nuestra alegría, que nunca debería quedar ahogada por la rutina, por haber sido incorporados al triunfo de Cristo contra el mal y por habernos mantenido libres, con su ayuda, en medio de la corrupción general.

No se repetirá cada tarde la escenografía del Apocalipsis. Pero su contenido y su mensaje, sí. Y eso nos tiene que hacer dirigir una mirada pascual y esperanzada a la historia del mundo y a la nuestra personal. A pesar de que la lucha sigue.

2. Lucas 21,12-19

a) Jesús avisa a los suyos de que van a ser perseguidos, que serán llevados a los tribunales y a la cárcel. Y que así tendrán ocasión de dar testimonio de él.

Jesús no nos ha engañado: nunca prometió que en esta vida seremos aplaudidos y que nos resultará fácil el camino. Lo que sí nos asegura es que salvaremos la vida por la fidelidad, y que él dará testimonio ante el Padre de los que hayan dado testimonio de él ante los hombres.

b) Cuando Lucas escribía su evangelio, la comunidad cristiana ya tenía mucha experiencia de persecuciones y cárceles y martirios, por parte de los enemigos de fuera, y de dificultades, divisiones y traiciones desde dentro.

A lo largo de dos mil años, la Iglesia ha seguido teniendo esta misma experiencia: los cristianos han sido calumniados, odiados, perseguidos, llevados a la muerte. ¡Cuántos mártires, de todos los tiempos, también del nuestro, nos estimulan con su admirable ejemplo! Y no sólo mártires de sangre, sino también los mártires callados de la vida diaria, que están cumpliendo el evangelio de Jesús y viven según sus criterios con admirable energía y constancia.

Jesús nos lo ha anunciado, en el momento en que él mismo estaba a punto de entregarse en la cruz, no para asustarnos, sino para darnos confianza, para animarnos a ser fuertes en la lucha de cada día: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

El amor, la amistad y la fortaleza -y nuestra fe- no se muestran tanto cuando todo va bien, sino cuando se ponen a prueba.

Nos lo avisó: “si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20), pero también nos aseguró: “os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí; en el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

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SAN CLEMENTE I, PAPA Y MÁRTIR
(+ 101)

 Después de la muerte de Nerón, la Iglesia gozó durante algún tiempo de paz y tranquilidad. Vespasiano y Tito, los más amables de los césares en expresión de San Agustín, trataron con mayor toleráncia a la religión cristiana y prescindieron en la práctica del principio de persecución establecido por Nerón.

Impulsado por el soplo divino y la fuerza misma de la verdad, el cristianismo penetró profundamente en los centros más vitales del Imperio romano; es más, en el mismo corazón del Imperio la nueva doctrina iba consiguiendo nuevas conquistas, no ya como hasta entonces, entre la gente sencilla y las clases humildes, sino también en la más alta sociedad aristocrática; en la misma corte se había abierto paso el Evangelio de Cristo.

La unidad de la Iglesia en el obispo de Roma, suprema autoridad como sucesor de San Pedro, era una realidad. La jerarquía se desarrollaba por medio de los obispos, presbíteros, diáconos, doctores, profetas… El culto, basado en la celebración de la llamada liturgia o fracción del pan y compuesto por lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, por homilías y oraciones, constituía el punto céntrico de las reuniones cristianas y servía de fuerza propulsora para el apostolado y constancia en la fe.

Sobre este horizonte lleno de luz y de sol asomaban nubes de tormenta; la escisión y el desorden empezaban a desgarrar a algunas comunidades cristianas. En la Iglesia de Corinto, por ejemplo, acababa de surgir un conflicto ruidoso.

Con su población mezcla de elementos muy heterogéneos, comerciantes, marinos, burgueses y esclavos, situada entre los mares Egeo y Jónico, Corinto era en la antigüedad uno de los centros principales del comercio mediterráneo. Erigida en colonia romana, adquirió bien pronto un carácter cosmopolita; la ligereza de costumbres que encontramos en todo el paganismo helénico degeneraba en Corinto en un libertinaje que llegó a ser proverbial y que chocaba incluso a los mismos paganos. La comunidad cristiana, fundada por San Pablo y visitada por San Pedro, se encontraba a fines del siglo I en una situación religiosa moral bastante delicada. Los judíos, aunque convertidos, permanecían en todo momento muy vinculados a la ley mosaica. Los griegos, ligeros, charlatanes empedernidos y partidistas por temperamento, pronto dieron libre cursc en la nueva comunidad a sus defectos naturales. Más peligrosos eran todavía los miembros que se creían en posesión de carismas o gracias extraordinarias, porque pretendían administrar y ordenar todo en su Iglesia,

Al abandonar San Pablo la ciudad de Corinto no confió a los carismáticos el gobierno de su comunidad; allí, como en otras partes, se había constituido un colegio de presbíteros que con prudencia ejercía sus funciones; pero el sentido práctico de estos pastores, su constante preocupación por evitar todo escollo, no agradaba a los audaces carismáticos, quienes no dudaron en desacreditarlos por todos los medios a su alcance; hubo alborotos, disputas; varios miembros del colegio presbiteral fueron depuestos, y, dada la situación geográfica de Corinto, el desorden podía propagarse a otras ciudades de Grecia. El espíritu helénico, particularista y muy pagado de sí mismo, se sometía con dificultad a la ley fundamental que establece la jerarquía como principio de doctrina y gobierno. Cuarenta años antes, San Pablo tuvo que amonestar vivamente a los corintias por su exclusivismo al manifestarse como seguidores de Pedro, Pablo o Apolo.

Para conjurar este peligro y aplastar el cisma en sus comienzos se necesitaba algo más que las exhortaciones de un doctor o un profeta; era necesaria la decisión de un jefe supremo y juez soberano. La Iglesia de Roma, con plena conciencia de su misión, se creyó en la obligación de intervenir, y así envió a la Iglesia de Corinto, por medio de Claudio Efebo, Valerio Brito y Fortunato, una carta escrita en griego, lengua de la Iglesia en aquel tiempo, llena de sabiduría y suave autoridad, en la que recomendaba la caridad fraterna y el respeto y obediencia a los superiores.

Esta carta, este grande y admirable escrito, en frase de Eusebio de Cesarea; este documento precioso, que Orígenes cita con veneración y que los primeros cristianos equiparaban a las Sagradas Escrituras, no lleva, sin embargo, nombre de ningún autor; el documento se presenta en su solemne encabezamiento como escrito por la Iglesia de Dios que peregrina en Roma a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto. Sin embargo, una tradición muy firme y muy antigua, casi contemporánea a la misma carta, la atribuya al obispo de Roma más famoso del siglo I, Clemente, tercer sucesor de San Pedro, después de Lino y Anacleto: esto mismo se deduce de la lectura misma de la carta de los corintios. Sólo el obispo podía hablar de esa manera en nombre de su Iglesia.

El nombre de San Clemente es uno de los más ilustres y venerados de la antigüedad cristiana. Poco tiempo después de su muerte su figura aparece rodeada de una aureola maravillosa; mientras los fieles invocan su autoridad, los herejes buscan abrigo a la sombra de tan venerado nombre. Se le cita en el canon de la misa; aparece en los más antiguos calendarios; pero, como sucede con frecuencia, la celebridad le ha perjudicado al envolverle en las nubes de la leyenda, que nos impiden observar la fisonomía verdadera de su alma. Sus actas son una de ,aquellas novelas edificantes que tanto apasionaban en la Edad Media; pueden, sin embargo, recogerse en ellas rasgos auténticos que parecen eco de las tradiciones históricas. La antigua leyenda le emparentó con la familia imperial; modernamente se ha intentado identificarle con el célebre primo de Domiciano, el cónsul Tito Flavio Clemente, a quien el emperador mandó eiecutar por crimen de “ateísmo”, es decir, cristianismo. Es muy posible que fuera un liberto o hijo de liberto de la casa Flavia. Muy probablemente no procedía del paganismo, sino del judaísmo, y tal vez se trate, en opinión de Orígenes, del Clemente a quien San Pablo cita en la carta a los filipenses como colaborador suyo. Pero como, en expresión de fray Luis de León, “las escrituras que por los siglos duran nunca las dicta la boca, del alma salen”, tenemos en nuestras manos su carta, esa admirable carta en la que podemos con absoluta confianza y seguridad contemplar al trasluz el alma grande de este tercer obispo de Roma, Clemente. Se descubre en esta carta un alma que vive de una fe cristiana muy profunda, que se apoya en la revelación divina del Antiguo y Nuevo Testamento, que recurre a la oración, en la que caldea su alma sedienta de Dios y la fortalece para las luchas que ha de sostener. Testigo del pensar y del sentir de su tiempo, acoge en su seno las aspiraciones literarias, artísticas y filosóficas más nobles de sus contemporáneos, y como no se arredra ante la naturaleza, obra de Dios, tampoco teme la especulación y el arte humano, que son, en su última raíz, tanteos del alma para encontrar y llegar a Dios. Frente al paganismo que le rodea, demuestra una comprensión simpáticamente acogedora por todo lo noble y bueno que en él existe. No sólo conoce la mitología, sino que llega a proponer a la imitación y admiración de los cristianos corintios los ejemplos de abnegación heroica de ilustres paganos.

En el Pontífice que está a la cabeza de la Iglesia de Roma alienta la simpatía más verdadera, más noblemente humana, transformada y elevada por la fe cristiana. La lengua, acostumbrada a la oración, ha tomado un acento litúrgico. La admirable oración que cierra la epístola es uno de los documentos que nos dan a conocer mejor la antigua liturgia; en ella se oye la voz de un obispo que, al final de su exhortación, se vuelve hacia Dios, como acostumbraba hacer al término de sus homilías. En efecto, este documento es una homilía. Clemente sabe que allá en Corinto la leerán en la asamblea de hermanos y se dirige a esos cristianos ausentes, como se dirigiría a sus cristianos de Roma exhortándoles, reprendiéndoles, pero al mismo tiempo llevándoles a orar a Dios con él.

Haciendo alusión a los desórdenes que reinan en Corinto y recordando la necesidad de someterse al orden establecido por Dios en todas las cosas, pero principalmente en su Iglesia, “es preciso, dice, someterse con humildad al orden establecido; hermanos seamos humildes de espíritu, depongamos la soberbia y toda arrogancia, haciendo lo que es justo y recto”. Lo que constituye la belleza de la creación, del “cosmos”, y realza su hermosura es precisamente la armonía y el orden que existe en todas las cosas. “El océano tiene sus leyes, las estaciones se suceden unas a otras apaciblemente; el gran artífice, el obrero del mundo ha querido que todo sea ordenado en una conformidad perfecta”. El mismo designio se observa en el funcionamiento del organismo humano: “la cabeza no es nada sin los pies, pero a su vez los pies serían inútiles sin la cabeza; los más pequeños miembros son necesarios o útiles al conjunto y todos conspiran y se ordenan de consuno a la conservación de todo el cuerpo”. Recuerda que en el Antiguo Testamento, Dios, autor directo de la ley, había instituido una jerarquía compuesta de cuatro grados: laicos, levitas, sacerdotes y el sumo sacerdote, y que los apóstoles, habiendo recibido las instrucciones de Nuestro Señor Jesucristo, que hablaba de parte de Dios, su Padre, fueron a anunciar el Evangelio, y escogían los que habían sido primicias de su apostolado, y habiéndoles probado por el Espíritu Santo, los establecía obispos y diáconos de los que debían de creer”.

El obispo de Roma no duda, en fin, comparar la disciplina eclesiástica con la disciplina militar. Es verdad, dice Clemente, que la sociedad cristiana no es solamente un ejército, sino más bien un rebaño guiado par Cristo; más aún: es el mismo Cuerpo de Cristo. “El rebaño debe vivir en paz bajo la obediencia y tutela de los presbíteros y los miembros del Cuerpo de Cristo no deben estar separados de su cabeza. Abandonemos, pues, las investigaciones hueras y vanas y sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición.”

Después de una bella oración termina Clemente su carta con estas palabras, reveladoras de su autoridad firme y serena: “alegría y regocijo nos proporcionaréis si, obedeciendo a lo que os acabamos de escribir impulsados por el Espíritu Santo, cortáis de raíz la impía cólera de vuestra envidia conforme a la súplica con que en esta carta hemos hecho por la paz y la concordia; y lo hemos hecho así para que sepáis que toda nuestra preocupación ha sido y sigue siendo que cuanto antes volváis a recobrar la paz”.

En el mismo amanecer del cristianismo, el Romano Pontífice ha tenido conciencia de su autoridad, como sucesor de San Pedro, y al sentirse en posesión de ese derecho ha actuado, en virtud de su suprema jurisdicción, en la solución de uno de los primeros conflictos que surgieron en la naciente Iglesia. Esta actuación en la época y circunstancias concretas ha proporcionado a Clemente un lugar destacado en la historia de la Iglesia.

La carta del Pontífice tuvo tan grata acogida que setenta años más tarde, según testimonio de Dionisio de Corinto, se leía los domingos en la asamblea de los fieles. Roma ordenó y fue  obedecida.

La carta, sin fecha, fue  escrita al término de una persecución, la de Domiciano, según se desprende de sus primeras frases: “Hemos estado afligidos por una serie de calamidades que han caído sobre nosotros de una manera imprevista”. Nadie podía prever, en efecto, quela ambición del poder transformara tan violentamente a “uno de los más” honrados gobernantes”, como dice Suetonio, en un monstruo que hizo temblar a los cristianos. Asesinatos, deportaciones de toda clase de gentes fueron efectos de la persecución.

Clemente pudo salvar su vida en aquella tormenta, pero pronto la entregó en holocausto por su fe. El año 100 gobernaba el Imperio  uno de lbs más grandes y mejores emperadores, Trajano. Soldado hijo de soldado de un patriotismo ardiente, pero estrecho, tenia un sentido tan vivo de las prerrogativas del Estado que consideraba la unidad del Imperio como una especie de divinidad a la que había que sacrificar todo. Como esta unidad descansaba sobre la unidad del culto religioso, fue  fácil prever desde el comienzo de su reinado la amenaza de una nueva persecución

Sin violencia, al amparo de una legislación ilógica, como hace notar Tertuliano, se hizo perseguidor de la Iglesia, y, una de sus víctimas fue  Clemente.

Según actas griegas del siglo iv de carácter muy legendario y de valor histórico, a causa de una sedición popular fue desterrado al Quersoneso, la Crimea de nuestros ,días, y como se negase a sacrificar fue  arrojado al mar con una áncora atada al cuello.

Ni San lreneo, ni Eusebio, ni San jerónimo, que hablan de este ilustre Papa, dicen nada de su  martirio.  Sin embargo, la tradición del martirio de San Clemente aparece sólidamente establecida desde fines del siglo iv en Roma.

La figura de San Clemente quedará a los ojos de la historia como la de un noble campeón de la unidad cristiana.

En un momento difícil y decisivo supo mantener enérgicamente los derechos de la primacía romana y cumplió su. misión con la suavidad y dulzura del pastor de todo el rebaño de Cristo.

 

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20 de noviembre bis. Para pensar, si este autor no fue un profeta, estuvo cerca…

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POLÍTICA.

A la Argentina, si algo la salva, será la religión y no la política. De acuerdo; pero eso no quita que la política no sea una actividad noble y necesaria. Los antiguos la llamaban el arte de las artes; y el viejo Aristóteles dijo que era la ciencia más importante después de la metafísica; y, a veces, antes.

Santo Tomás, después de explicar por qué Aristóteles dijo que era la ciencia más alta, va luego, y en la Ética dice que la política era la ciencia más importante; después dijo el Tomás por su cuenta, que era la obra de misericordia más grande, pues si uno da una limosna o sepulta a un muerto, hace un bien a un individuo o a uno que ya ni siquiera es individuo; pero el buen gobernante descubre, explica y efectúa el bien común, que es el bien de todos; por lo menos, de muchos.

Claro que estos antiguos entendían la política como una ciencia y el arte del bien común; pero a nosotros ya nos han enseñado en las clases de educación democrática, que la política consiste en apoderarse del gobierno, por las buenas o por las malas, a tuertas o derechas, crear ministerios con muchas subsecretarías, dar puestos lucrativos a los compinches, pronunciar discursos bombásticos, dividir el tiempo en que van a gobernar (sin decir cuánto van a durar ellos), en dar palos a diestro y siniestro, inventar impuestos; e ir armando una maquinaria electoral que gane seguro con fraude o sin fraude (mejor con fraude), no dar elecciones libres; sin olvidar hacerse un buen bodigo en bancos de Suiza, para un caso de vejez, invalidez, enfermedad o que los saquen a patadas.

La política primero, no quiere decir que la política esté por encima de todo, religión incluso; sino que, en ciertos adjuntos, llega a ser lo primero, no en la dignidad, sino en el tiempo.

En la Argentina si no se resuelve primero el problema político, no se puede resolver ninguno de los otros, aunque sean en sí superiores o principales. Sean económicos o financieros, religiosos, artísticos, o el sempiterno problema de la educación.

Ustedes han visto durante un siglo una calesita de ―Ministros de Educación, cada uno de los cuales se adelanta y dice que va a resolver el problema de la educación; y después se va, y el siguiente dice lo mismo, y así in infinitum; lo cual quiere decir que ninguno resolvió el problema de la educación, por la sencilla razón de que no hay: ni problema ni educación. Para que haya educación no tendría que haber ministro; pues si hay ministro quiere decir que el Estado se ha arrogado una vocación que no le cuadra, como es la educación; que no es de su natura, sino contra.

Las cosas contra natura no pueden engendrar nada, ni siquiera monstruos; aunque sí, pueden producir monstruosidades.

Hablando en serio y dejándonos de chacotas, la vocación de político, que hoy tiene algo de cazador furtivo y de mártir (y que yo no tengo por suerte), cuando falla en una nación, la nación se va al desbande. El que tiene vocación política, y por pereza o lo que sea no la llena, se condena.

La acción política que no comience por quitar los crímenes nacionales, es perder el tiempo, a saber:
1. El mito del Estado enseñante o monopolio estatal de la (pseudo) educación.
2. El fraude de la democracia.
3. La supresión de la actividad política del pueblo, con la supresión del poder comunal y del poder provincial.
4. La corrupción de la justicia y de la administración.
5. Los ―perduellis o entregadores.
6. La previsión social en beneficio del Estado y perjuicio de los pobres.
7. El poder arbitrario de mangonear la moneda.
8. El juego, como beneficencia.
9. La indisciplina de las costumbres; que todo dicho viene de arriba; ―tal el rey, tal la grey. El pueblo menudo es tentado de imitar a los políticos corruptos; es decir, a los ladrones

Pbro. Leonardo Castellani

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20 de noviembre.

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Homilía para la Solemnidad de Cristo rey, ciclo C.

Jesucristo rey, es un poco curioso, allá arriba sobre la cruz. En realidad es más bien sorprendente que se le dé un título que siempre rechazó. Huyó cuando la muchedumbre había querido consagrarlo rey; a Pilato que insistía: “¿Entonces tu eres el rey de los judíos?” simplemente había respondido: “Tu lo dices”. Y al buen ladrón del Evangelio, que hemos proclamado hoy, quién le pide: “Acuérdate de mi cuando estés en tu reino”, en su respuesta, Jesús no habla de reino, sino que dice: “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.

En este fragmento de su Evangelio, san Lucas, establece un contraste muy acentuado entre la comprensión que este pobre ladrón tiene de Jesús y la incomprensión total que, de Él, tienen todos los otros. El pueblo, pobre, muy fácilmente manipulado –como podemos constatarlo siempre en los momentos de crisis- al principio había seguido a Jesús y lo había querido hacer rey; después manipulado por los doctores de la ley y por los jefes del pueblo, habían pedido su muerte. Y ahora, este mismo pobre pueblo –que no sabe ni él mismo lo que quiere- “se queda ahí mirando”, entonces todos se sueltan y, al final dicen lo mismo. Los jefes se burlan y dicen: “Si eres el rey de los Judíos, sálvate a ti mismo”. El primer ladrón llega a decir: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo”.

 Todos repiten “sálvate a ti mismo”. Como si Jesús hubiese venido para salvarse a sí mismo y no para salvar a todos aquellos que estaban perdidos. Lo invitan a mostrar su omnipotencia bajando de la cruz. Pero el sin embargo subió a la cruz propiamente para mostrar su debilidad –nuestra debilidad, que había tomado sobre sí. Ellos, están todos muy conscientes de su poder y de su valor personal, para darse cuenta que tienen necesidad de ser salvados. No pueden imaginar nada más que pleno poder y fuerza, mientras, la función primaria del rey, que Dios había dado a su pueblo en la época de Samuel, era aquella de defender a los pobres y pequeños, la viuda y el huérfano, de hacer justicia a los débiles y a los oprimidos. Jesús no tiene nada para responderles. Con ellos, no tiene ciertamente nada para tomar, ni nada para ganar. Simplemente rezó a su Padre para perdonarlos, porque no sabían lo que hacían.

El segundo ladrón es uno de aquellos pobres que saben ser pobres. Sabiendo que tienen necesidad de salvación, sabe reconocer un salvador; tampoco él tiene nada que perder, sino todo por ganar. Habla a Jesús con familiaridad propia de quien no sabe tener una máscara, y ante quien tampoco es necesario, al interlocutor, ponerse una. No usa títulos ni frases hechas. Llama a Jesús simplemente con su nombre, como haría naturalmente un compañero de prisión. “Jesús, dice el buen ladrón, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”.

 “Acuérdate de mi”. Es el “recuerdo” que une a Cristo a los creyentes de todos los tiempos. Es decir aquellos que se acuerdan de Él y de la recomendación que Él les hizo: “Hagan esto en memoria mía”. Pero es ante todo el recuerdo que Él, Jesús, tiene de todos los suyos, recuerdo que lo une a Él; “Acuérdate de mí”, dice el buen ladrón que ciertamente no había escuchado la recomendación que Jesús había hecho a sus discípulos, en la última cena, pero que quizá sabía lo que Jesús le había dicho a la mujer que le había echado perfume en sus pies, los había bañado con sus lágrimas y secado con sus cabellos: “Donde este Evangelio sea anunciado, había dicho, se citarán estos hechos “en memoria de ella”.

Es este recuerdo que Jesús tiene de nosotros que establece un puente entre la eternidad y nuestra vida en este mundo. El “reino” eterno de Dios es entonces instaurado en el momento presente: “Hoy estarás, conmigo, en el Paraíso”.

Es a este “hoy” que se une nuestra celebración eucarística. Nosotros hacemos memoria de Él, porque sabemos que el se acuerda de nosotros, y ese recuerdo produce vida, produce la realidad que nos circunda.

Nuestra vida de oración consiste en vivir constantemente en presencia de Dios, en mantener presente en nuestros corazones el recuero de Jesús. Pero esto es posible porque Jesús se acuerda Él mismo de nosotros. Junto con el bandido del Evangelio que, fiel a su oficio de ladrón, según una bella expresión de san Juan Crisóstomo, “roba con su confesión el reino de los cielos”, también nosotros, que somos como una banda de bandidos, digámosle: “Acuérdate de nosotros en tu reino”. Ese reino ya está aquí, dejemos que Cristo reine en nuestra vida, en nuestra familia, en la sociedad y en todo el mundo.

Nos unimos al Santo Padre Francisco en la clausura en Roma del Jubileo de la Misericordia y  pedimos por los nuevos cardenales de la Iglesia.

Con María decimos: ¡Viva Cristo rey!

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18 de noviembre.

Caravaggio: Jesús expulsa a los mercaderes del templo (1610).

Caravaggio: Jesús expulsa a los mercaderes del templo (1610).

VIERNES DE LA SEMANA 33ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (10,8-11):

Yo, Juan, escuché la voz del cielo que se puso a hablarme de nuevo diciendo:
«Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra».
Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito. Él me dice:
«Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor.
Y me dicen:
«Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,14.24.72.103.111.131

R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

V/. Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.

V/. Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.

V/. Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.

V/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.

V/. Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.

V/. Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,45-48):

EN aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles:
«Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».
Todos los días enseñaba en el templo.
Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

Palabra del Señor

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1. (Año II) Apocalipsis 10, 8-11

a) Al comienzo de otra sección del Apocalipsis (saltando del capítulo 5 al 10), hoy leemos un gesto simbólico: el vidente tiene que comer el rollo, el libro, antes de transmitir su contenido.

Es un gesto muy expresivo, que ya encontramos en Ezequiel, 3,1. El profeta, el que habla de parte de Dios, primero tiene que comer él lo que anunciará después. El libro que come -la Palabra de Dios- es en parte dulce y en parte amargo: “en la boca sabia dulce como la miel, pero cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago”.

b) Los cristianos, y sobre todo los que de alguna manera transmiten a otros la Palabra de Dios -sacerdotes, educadores, catequistas, padres, misioneros- deberíamos primero asimilarla nosotros. Comerla -interiorizarla, personalizarla- y luego comunicarla. Entonces será más creíble nuestro testimonio y nuestra palabra. Para que no caigamos en el reproche de Jesús a los fariseos, “que decían pero no hacían”.

También nosotros experimentamos que la Palabra de Dios es agridulce. Muchas veces es consoladora. Otras muchas, exigente. Ni para nosotros ni para los demás debemos caer en la tentación de hacer selección a nuestra medida, censurando el Libro Santo y eligiendo sólo lo que nos gusta.

En el salmo 118, el creyente que medita desde la sabiduría de Dios se alegraba de encontrar en la Palabra su mejor alimento y gozo: “tus preceptos son mi delicia, qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca”. Aunque los que escuchamos con frecuencia la Palabra de Dios sabemos que a veces nos produce un gusto suave, pero otras nos provoca y nos juzga y nos amenaza, para que tomemos en serio la vida. En ambos casos debemos acogerla nosotros. Así estaremos preparados para poder hablar a los demás.

2. Lucas 19,45-48

a) Jesús ya está en Jerusalén. Ayer lloró sobre su ciudad, triste por la ruina que se le avecina. Hoy realiza un gesto profético valiente: “se puso a echar a los vendedores”, diciéndoles: “vosotros habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos”. Lucas no habla, como hace Juan, del látigo que esgrimió Jesús en este momento.

Y así Jesús, con una libertad que hacia el final de su vida se acentúa y se hace más atrevida, sigue enseñando en el Templo, suscitando, naturalmente, la ira de sus enemigos, “que intentaban quitarlo de en medio”.

b) Isaías (Is 56,7) había dicho que el Templo tenía que ser “casa de oración para todos los pueblos”. Jeremías (Jr 7,11) se quejaba de que, por el contrario, algunos lo convertían en cueva de ladrones.

Jesús une las dos citas en la misma queja. Probablemente el clima de feria de negocios que reinaba en los atrios del Templo, con la venta de animales para los sacrificios y el cambio de monedas para los que venían del extranjero, es lo que él desautorizó, aunque todo ello se hiciera con el consentimiento de las autoridades.

¿Necesita la Iglesia de hoy purificarse de alguna adherencia similar? Ciertamente es legítima la aportación económica de los fieles para el culto y para la ayuda de los pobres.

Recordemos la alabanza de Jesús a aquella pobre viuda que echaba lo que tenía en el cepillo del Templo. Pero ¿no sería necesario alejar de nuestros lugares de culto todo “ruido de dinero”, toda apariencia de negocio dudoso? ¿tendría que defender Jesús nuestros templos para que sean en verdad casas de oración, abiertas a todos, y lugar donde él sigue enseñando con la fuerza salvadora de su Palabra?

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16 de noviembre.

anta Matilde y santa Gertrudis de Helfta. Fresco de Inocente Waräthi (1720). Biblioteca del monasterio de Metten, Alemania.

Santa Matilde y santa Gertrudis de Helfta. Fresco de Inocente Waräthi (1720). Biblioteca del monasterio de Metten, Alemania.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 33ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (4,1-11):

Yo, Juan, miré y vi una puerta abierta en el cielo; y aquella primera voz, como de trompeta, que oí hablando conmigo, decía:
«Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder después de esto».
Enseguida fui arrebatado en espíritu. Vi un trono puesto en el cielo, y sobre el trono uno sentado. El que estaba sentado en el trono era de aspecto semejante a una piedra de diamante y cornalina, y había un arco iris alrededor del trono de aspecto semejante a una esmeralda.
Y alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, y sobre los tronos veinticuatro ancianos sentados, vestidos con vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas. Y del trono salen relámpagos, voces y truenos; y siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios, y delante del trono como un mar transparente, semejante al cristal.
Y en medio del trono y a su alrededor, había cuatro vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer viviente era semejante a un león, el segundo a un toro, el tercero tenía cara como de hombre, y el cuarto viviente era semejante a un águila en vuelo. Los cuatro vivientes, cada uno con seis alas, estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Día y noche cantan sin pausa:
«Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir».
Cada vez que los vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono diciendo:
«Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 150,1-2.3-4.5

R/. Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso.

V/. Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.
Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza. R/.

V/. Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras;
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas. R/.

V/. Alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.
Todo ser que alienta alabe al Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,11-28):

EN aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.
Dijo, pues:
«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.
Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:
“Negociad mientras vuelvo”.
Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo:
“No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.
Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo:
“Señor, tu mina ha producido diez”.
Él le dijo:
“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.
El segundo llegó y dijo:
“Tu mina, señor, ha rendido cinco”.
A ese le dijo también:
“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.
El otro llegó y dijo:
“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, pues eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”.
Él le dijo:
“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.
Entonces dijo a los presentes:
“Quitadle a este la mina y dádsela al que tiene diez minas”.
Le dijeron:
“Señor, ya tiene diez minas”.
Os digo: “Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”».
Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor

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1. (Año II) Apocalipsis 4,1-11

a) Es admirable la imaginación poética y la fuerza descriptiva del autor del Apocalipsis.

Después del examen de conciencia que suponían las cartas a las siete Iglesias, hoy empieza a dibujarnos el grandioso ambiente del trono de Dios y la solemne liturgia del cielo.

Se suceden las imágenes, en el estilo de profetas como Isaías, Ezequiel o Daniel: el trono y el que está sentado en él, el arcoiris, los veinticuatro ancianos con vestidos blancos y corona en la cabeza, las siete lámparas o espíritus, el mar transparente como de cristal, los cuatro seres vivientes que día y noche cantan “Santo, Santo, Santo es el Señor”, y la respuesta de los ancianos con más himnos de alabanza, arrojando sus coronas a los pies del que está sentado en el trono. Todo ello con sonido de trompetas y relámpagos y retumbar de truenos.

Los cuatro seres misteriosos tienen figura de león, de toro, de hombre y de águila: son símbolos que ya habían aparecido en el profeta Ezequiel, y que más tarde la catequesis de los Santos Padres aplicó a los cuatro evangelistas, Lucas, Marcos, Mateo y Juan.

b) Uno de los aspectos que más deberíamos recordar, cada vez que participamos en la Eucaristía o en otras reuniones de oración, es que estamos unidos a la comunidad de los salvados en el cielo, que están ya celebrando en la presencia de Dios la verdadera liturgia, entonando himnos y lanzando al aire sus coronas.

No celebramos solos. Lo hacemos unidos a los ángeles, a la Virgen, a los santos, a nuestros seres queridos. La liturgia del cielo y la de la tierra están íntimamente relacionadas. No sólo cuando lo decimos explícitamente, como en el Santo de la misa, que cantamos uniendo nuestras voces a las de los ángeles y santos, sino siempre.

No importa mucho encontrar la clave simbólica para interpretar a quién corresponden esos seres misteriosos o esos personajes que están en torno a Dios, ni el sentido que puedan tener los números de esta magnífica escena: siete, veinticuatro, cuatro. Lo importante es que se nos pone delante una imagen de triunfo, de cantos jubilosos, de una liturgia festiva de los que ya están salvados: y eso es un mensaje de esperanza para los que vamos caminando un poco cansinamente por la vida, cuesta arriba hacia Jerusalén. El salmo nos quiere contagiar este optimismo: “alabad al Señor en su templo, alabadlo por sus obras magnificas, alabadlo tocando trompetas… todo ser que alienta alabe al Señor”. A eso estamos destinados. A eso estamos ya unidos, en nuestra celebración, aunque no lo veamos todavía con claridad.

2. Lucas 19,11-28

a) La parábola de las diez onzas de oro que hay que hacer fructificar tiene, según Lucas, una intención: “estaban cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro”.

Lo del tiempo concreto de la vuelta no tiene importancia. Lo que sí la tiene es que, mientras llegue ese momento -la vuelta del rey no parece inminente-, se trabaje: “negociad mientras vuelvo”. Tampoco es decisivo si con las diez monedas uno ha conseguido otras diez, 0 sólo cinco. Lo que no hay que hacer es “guardarlas en un pañuelo”, dejándolas improductivas.

La lectura de hoy es difícil de interpretar, porque la parábola de las monedas está entremezclada con otra, la del pretendiente al trono que no es bien visto por sus súbditos y luego se venga de sus enemigos: una alusión, tal vez, al episodio de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, que había vivido una experiencia similar. Es difícil deslindar las dos, y tal vez aquí lo más conveniente será seguir el filón de las onzas que Dios nos ha encomendado y de las que tendremos que dar cuenta.

b) Los talentos que cada uno de nosotros hemos recibido -vida, salud, inteligencia, dotes para el arte o el mando o el deporte: todos tenemos algún don- los hemos de trabajar, porque somos administradores, no dueños.

Es de esperar que el Juez, al final, no nos tenga que tachar de “empleado holgazán” que ha ido a lo fácil y no ha hecho rendir lo que se le había encomendado. La vida es una aventura y un riesgo, y el Juez premiará sobre todo la buena voluntad, no tanto si hemos conseguido diez o sólo cinco. Lo que no podemos hacer es aducir argumentos para tapar nuestra pereza (el siervo holgazán poco menos que echa la culpa al mismo rey de su inoperancia).

¿Qué estamos haciendo de la fe, del Bautismo, de la Palabra, de la Eucaristía? ¿qué fruto estamos sacando, en honor de Dios y bien de la comunidad, de esa moneda de oro que es nuestra vida, la humana y la cristiana? Ojalá al final todos oigamos las palabras de un Juez sonriente: “muy bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

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SANTA MATILDE Y SANTA GERTRUDIS

(+ 1298 – + 1302 ?)

 El siglo XIII dio a la Iglesia dos figuras femeninas cuya santidad fue en parte el resultado de una amistad profunda. Este es el motivo que las une aquí. Son Matilde de Hackeborn y Gertrudis, llamada la Magna, cuya ascendencia nos es desconocida. Las dos pertenecen al monasterio de Helfta, en el norte de Alemania. Las dos ingresaron niñas en el convento.

En aquella centuria en que el problema del saber iba ocupando un primer plano cada vez más definido en la tabla de los valores humanos, las hijas de las familias nobles, dirigentes de entonces, eran enviadas a monasterios femeninos para ser educadas en las artes liberales y en las reglas de la cortesía francesa, que la moda de entonces imponía.

Ya durante el siglo anterior se había ido extendiendo la idea del monasterio-asilo. Todavía muy jóvenes, las niñas eran entregadas por sus padres al monasterio, al cual se consideraban obligados a corresponder con una dote en nombre de la hija. En cierto sentido ellos creían haber asegurado así para ella una mansión temporal y eterna. Estas ideas obscurecían el verdadero sentido de la vocación.

Fue así como entró la relajación en los monasterios femeninos. Puede ser considerado producto natural de una nobleza que, al mismo tiempo que defendía una posición en la vida, buscaba asegurarse el favor de Dios.

El monacato atravesaba una crisis grave. Y el pueblo se hacía eco de ella. Escandalizado por las costumbres mundanas de los que no debían ser del mundo, por el ansia desmedida de riquezas que contemplaban en los monjes y en el clero, sufría ante este espectáculo.

Pero, una vez más, la Iglesia, contra la que no prevalecen las puertas del infierno, sacó de entre sus cenizas nueva vida espiritual para sus hijos.

Muy a principios de siglo, Santo Domingo, español, de los Guzmanes, y San Francisco, “el enamorado de la dama pobreza”, se levantaron en nombre de Dios “por una Iglesia mejor”. Y con su vida austera dieron el gran ejemplo que el clero y la vida monacal de entonces necesitaban. Intelectualmente bien preparados, los dominicos se entregaron de lleno a la guía de almas.

Llegaron a Helfa, marcando con su espíritu nuevo una nueva etapa de espiritualidad en aquel monasterio, que, por lo demás, ya atrapa la atención de los que lo rodeaban por la santidad poco común de sus monjas.

Por una especial providencia de Dios, gobernó el monasterio durante cuarenta años la abadesa Gertrudis de Hackeborn, de espíritu recio y grandes cualidades de educadora, con una decidida aspiración a la santidad, que intentó imprimir en sus súbditas.

Allí llegaron nuestras dos Santas: una, Matilde, hermana de la abadesa, a los siete años, y la otra, Gertrudis, de familia desconocida y probablemente humilde, a los cinco años de edad. Encontraron un ambiente propicio para la perfección, a la que se entregaron con sinceridad total.

Matilde fue maestra de la escuela monacal; Gertrudis fue algo más sencilla; fue una monja sin más título que su espléndida santidad y entrega total a Cristo. El Maestro correspondió por su parte a esta exquisita generosidad mostrándosele en visiones místicas y revelaciones. Pero no hay que olvidar que a estas gracias del Señor precedió con seguridad una época de gran purificación en estas dos mujeres, de esfuerzo personal constante, de fidelidad exquisita a Jesucristo. De un seguir adelante “a pesar de”. El que esas luchas no hayan llegado descritas hasta nosotros es en cierto aspecto natural en la mentalidad de la Edad Media, más dispuesta a dejarse deslumbrar por lo portentoso que por lo sencillo y oscuro. Hay que considerar, además, que los testimonios que de estas dos Santas han llegado hasta nosotros son noticias dadas por ellas mismas. Es lógico concluir que consideraron más interesante dar testimonio de Cristo y sus revelaciones que de su lucha ascética.

Tampoco de sus vidas sabemos mucho. Matilde nació en 1242 y murió en 1299. Tenía veinte años cuando llegó Gertrudis al monasterio, quien, quince años más joven, murió en 1302.

Matilde fue directora de estudios de la niña. Tanto Matilde como la abadesa percibieron rápidamente las cualidades intelectuales extraordinarias de la pequeña discípula. Y ambas se esmeraron en cultivar su inteligencia con el estudio de las artes liberales y divinas. Así preparada, Gertrudis llegó a ser la amanuense de su propia maestra. Durante la larga enfermedad que el Señor envió a Matilde, ella fue escribiendo en secreto las confidencias de la monja sobre su extraordinaria intimidad con Jesucristo. A través y con motivo del año litúrgico, el Señor se iba entregando a aquella alma, dándole a conocer la intensidad del amor de su corazón. Los favores y revelaciones recibidos por Matilde quedaron así expresados por Santa Gertrudis en un libro deliciosamente ingenuo llamado Libro de la gracia especial.También Gertrudis fue favorecida a los veinticinco años con la gracia de las revelaciones de Cristo. Por deseo expreso de Jesús nos las legó en su libro El embajador de la divina piedad.

Es un mensaje común el que Cristo dio a estas dos monjas benedictinas.

Las dos penetraron finamente el misterio de Dios hecho hombre. A través de sus revelaciones, el amor de Dios llega palpitante y vivo hasta nosotros. Ellas recibieron la gracia de comprender mejor cuál es “la anchura y longitud, la altura y profundidad de este misterio” (Eph. 3,18).

Su papel ha sido hermoso. En aquellos momentos de debilidad espiritual y tibieza en el monacato, ellas acercaron el corazón del hombre al corazón de Dios. Y dieron a conocer el poder casi infinito que el amor da al alma sobre ese corazón: “Discurría (Matilde) en una ocasión sobre el poder del amor divino, que, arrancando a Cristo del seno del Padre, le abajó al seno de su Madre, y el Señor le dice: “Heme aquí a discreción de tu alma como cautivo tuyo para que hagas de mí cuanto te plazca, y yo, como cautivo que nada puede más que lo preceptuado por su dueño, estaré a merced de tu querer” (Libro de la gr. esp., c.31).

De esta nueva categoría de valores en la vida espiritual surgió el principio de la devoción al Corazón de Cristo, símbolo definitivo del amor.

Una corriente de vitalidad se extendió por el monasterio y sus alrededores, pues la santidad de estas dos mujeres llamó pronto la atención de los que visitaban el convento. Los dominicos, los santos de entonces, con su prestigio, defendieron las teorías místicas que sobre el Corazón de Jesús sostenían aquellas benedictinas.

Hoy, refrendadas sus revelaciones por las que Cristo hizo a Santa Margarita María, corresponde a estas dos mujeres un puesto importante en la espiritualidad de la Iglesia, que desea, por su intercesión, que sus hijos lleguemos también “a conocer aquel amor de Cristo que sobrepuja a todo conocimiento, para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios” (Eph. 3,19).

 

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13 de noviembre. Clausura del Año de la Misericordia, en las Diócesis de alrededor del mundo.

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Homilía para el XXXIII Domingo durante el año C

Han pasado más de dos mil años desde que estas palabras, que hemos escuchado, fueron escritas, y muchas veces, en el curso de estos siglos, la verificación de sucesos trágicos pareció anunciar el fin del mundo. El primero fue la toma de Jerusalén y la destrucción del Templo, profecía que se anuncia primero en el Evangelio. En el año 70 el general Tito invade Jerusalén; y no queda del templo piedra sobre piedra, lo único que queda es una parte del muro protector, que es lo que hoy se visita en Jerusalén como muro de los lamentos. Después, en Occidente, las sucesivas invasiones bárbaras, que marcaron el fin de una sociedad, después la peste negra que hizo morir dos tercios de la población europea; y, más cerca de nosotros, las dos Guerras mundiales, y desde entonces el peligro de un cataclismo nuclear. Podríamos también pensar en regiones muy castigadas, como los últimos terremotos en Italia y otra vez más en Haití, por no hablar de guerras, de Siria, etc.

Las catástrofes naturales son impresionantes, pero también impresiona como vamos resignándonos o narcotizándonos frente a la violencia: el terrorismo desde las torres gemelas a los atentados actuales, los conflictos africanos y árabes, tanta gente inocente que sufre y muere. Droga, corrupción, materialismo, la mentalidad del ¡sálvese quien pueda! Y tantas situaciones más que nos hacen dudar de la continuidad del mundo o de nuestra civilización como tal.

¿Qué actitud tiene que tener el creyente frente a estas situaciones? Tenemos sobre todo la recomendación de Jesús no tengan miedo, que vuelve incesantemente en el Evangelio. Y en el Evangelio de hoy está el llamado a la perseverancia: “Gracias a la perseverancia salvarán sus vidas (alé: aliento)

¿Por qué Jesús nos habla de todo esto negativo?: cataclismos, traición, persecución, muerte, “«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. … Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.”

Un texto del rabino Abraham Jeshua Heschel podría servir como comentario a nuestro texto evangélico. Este texto fue escrito en Alemania, a finales de los años 30, cuando casi todos, comprendidos grandes filósofos, teólogos y obispos, se dejaban seducir por la mística nazista y seguían a Hitler, antes que se revelara el monstruo. Abraham Jeshua Heschel fue uno de aquellos, con Dietrich Bonhoeffer, que comprendieron bien rápido lo que estaba sucediendo. En una conferencia en el año 1938 a un grupo de Quáqueros en Alemania les decía:

«Nunca hubo una suma tal de culpa, olvido, angustia y terror. En ningún momento la tierra estuvo tan bañada de sangre. Algunos de nuestros conciudadanos se han vuelto malvados, monstruosos, y fuera de lo normal. Así, llenos de vergüenza y desorientados, nos preguntamos: ¿quién es responsable?». Y una parte de su respuesta es la siguiente: «Nosotros no nos hemos jugado bastante por la justicia y por el bien; como resultado, debemos ahora luchar contra la injusticia y el mal. No hemos ofrecido sacrificios sobre el altar de la paz y debemos entonces ofrecerlos obre el altar de la guerra» y agregaba: «La historia es una pirámide de esfuerzos y de errores; y en ciertos momentos es la Montaña Santa sobre la cual Dios juzga a las naciones. Pocos tienen el privilegio de discernir el juicio de Dios sobre la historia. Pero si un hombre ha encontrado el mal, debe saber que se le hizo evidente para que él pudiera descubrir la propia culpa y arrepentirse; porque eso que le fue mostrado está también dentro de él».

Tenemos aquí un llamado a la conversión personal. Por eso Jesús nos recuerda estas cosas, que vemos y nos hacen sufrir, todo este mal está dentro del hombre, lo que hay que sanar es el corazón humano y no hay otra solución que la conversión. Jesús con esta profecía no intentaba asustar a la gente, sino por el contrario quería invitarnos más seriamente a una conversión del corazón.

La perseverancia, termina diciendo nuestro evangelio dominical, salvará el aliento, la vida plena. Comentando este texto dice san Gregorio: «La salvación del alma está en la virtud de la paciencia, porque la fuente y la protección de todas las virtudes es la paciencia. A través de la paciencia nos volvemos dueños de nuestra vida, porque cuando aprendemos a dominarnos, entonces de verdad comenzamos a ser señores de nosotros mismos. Pero la paciencia no es solamente tolerar los males que nos vengan de los otros, sino también no sentirse mordidos contra aquellos que son la causa de esos males. Porque si uno soporta solamente en silencio el mal recibido, pero desea que se haga justicia, estos no tienen paciencia, la muestran solamente. Está escrito, en efecto: “La caridad es paciente, es benigna” (1Co 13, 4). Es paciente, porque soporta los males que vienen de los otros, y es benigna, porque ama aquello que soporta. Por eso la Verdad dice: “Amen a sus enemigos, hagan bien a aquellos que los odian, recen por aquellos que los persiguen y calumnian” (Mt 5, 44). Para los hombres es virtud tolerar a los enemigos, para Dios es virtud amarlos; Dios acepta solamente este sacrificio, que arde delante de sus ojos, en el altar de las buenas obras, la llama de la caridad». Gregorio Magno, Hom., 35, 1.3- (Lezionario “I Padri vivi” 203).

Conversión y paciencia, debemos jugarnos por la fe que tenemos viviéndola, impregnando nuestra vida personal, familiar y social del Evangelio. Jesús nos muestra el mal para que no seamos insensibles y tolerantes con él. Porque es cierto que nosotros no causamos todos los males que sufrimos; pero, a veces, nuestro corazón cerrándose a Dios contribuye con el mal que tememos o nos afecta.

Pocos están llamados a trabajar directamente en la solución de los problemas y desgracias mundiales que enumeré antes. Pero estamos todos unidos los unos a los otros, somos interdependientes. Cada vez que, en mi corazón o en mi vida, nutro cualquier resentimiento, cualquier sentimiento negativo, o más todavía de odio, hacia las personas con las que vivo o me encuentro, contribuyo a aumentar el mal que está en el mundo. Pero, cada vez que en mi vida dejo entrar el amor, la comprensión, la compasión hacia mis hermanos y hacia todas las personas que encuentro, contribuyo a apurar la victoria total de Cristo sobre las fuerzas del mal.

Que María nuestra madre interceda para que, como fruto de este Año de la Misericordia que se cierra hoy en nuestras Iglesias particulares y el próximo domingo en Roma, Dios nos haga crecer en esta confianza y nos ayude a perseverar, sintiendo y compartiendo su misericordia para frenar el mal. Amén.

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11 de noviembre.

SAN MARTIN DE TOURS

PROTECTOR DE LOS MENDIGOS, PATRONO DE LOS
SOLDADOS, COMERCIANTES, TEJEDORES Y FABRICANTES TEXTILES

VIDA Y OBRA DE SAN MARTIN DE TOURS (SAN MARTIN CABALLERO)Martín de Tours, nació en Hungría hace casi 1700 años, allá por el año 316. Recibió su educación en Pavía, Italia, y aunque se sentía inclinado por la Religión, su padre que era tribuno militar, lo hizo entrar en la guardia imperial romana a la edad de 15 años, en la que sirvió a caballo, primero en Italia y luego en Galia (hoy Francia); de allí le vino el apodo de “Caballero”.

Cuando contaba con 21 años, un frío día de invierno entra la tropa romana a la ciudad de Amiens, Francia, y Martín encuentra cerca de la puerta de la ciudad a un mendigo tiritando de frío, a quien da la mitad de su capa, pues la otra mitad pertenece al ejército romano. En la noche siguiente, Cristo se le aparece vestido con la media capa para agradecerle su gesto, diciéndole: “Hoy me cubriste con tu manto”.

Martín decide entonces dejar el ejército romano y servir a Dios, lo cual no puede hacer de inmediato, al negarle su licencia de retiro el emperador, el César Juliano. Cuando las legiones romanas se alistaban para entrar en combate contra los invasores bárbaros, Juliano pasaba delante de las legiones alineadas en perfecto orden, dando un incentivo económico a cada soldado. Aproximándose a Juliano, Martín le dijo: “Hasta ahora, César, he luchado por ti; permite que ahora luche por Dios. El que tenga intención de continuar siendo soldado que acepte tu donativo; yo soy soldado de Cristo, no me es lícito seguir en el ejército”.

Juliano no permitiría entre sus tropas ni la deserción ni la disensión. Lo podría mandar a ejecutar, pero Martín era apreciado por los soldados y hacerlo bajaría la moral y ocasionaría descontento en la tropa en la víspera de la batalla, por lo que prefirió desacreditar a Martín diciéndole con voz potente: “Los bárbaros nos atacarán mañana y hemos de responder con contundencia, la seguridad del Imperio peligra. Tu actitud, querido Martín, parece que está más motivada por el miedo que por tus convicciones religiosas. Dices ser cristiano, es decir, cobarde. Tienes miedo de enfrentarte al enemigo”.

Lleno del Espíritu de Dios, Martín respondió: “Mañana, al amanecer, cuando sitúes tus legiones en orden de combate, déjame en primera línea, sin armas, sin escudo y sin casco y me internaré tranquilo en las filas enemigas. Así te probaré mi valor y mi fidelidad y te demostraré que el miedo que tengo no es a morir sino a derramar la sangre de otros hombres”.

Así se acordó. Increíblemente, por la mañana los bárbaros pidieron la paz y se rindieron. Las crónicas oficiales anotaron que los bárbaros no se atrevieron a enfrentarse a la pericia militar de Juliano. Pero algunos legionarios afirmaron que lo que realmente les espantó fue el haber sabido, gracias a sus espías, que los romanos estaban tan seguros de la victoria que había soldados que acudirían al combate sin armas. Juliano no tuvo más remedio que permitirle a Martín dejar la vida militar.

Inmediatamente después, Martín se bautiza y se une a los discípulos de San Hilario en la ciudad de Poitiers. Al cabo de unos años se retiró a una pequeña isla cerca de Génova, llevando una vida de silencio, oración, estudio de las Sagradas Escrituras, meditación y austeridad, como ermitaño. Pero San Hilario le pidió que regresara a Poitiers y allí San Martín fundó el primer monasterio que hubo en Francia, en la localidad de Ligugé.

Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: “fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”.

Un día fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo aclamó como obispo de Tours, pero Martín, por humildad, se escapó y se ocultó en un escondrijo, pero fue delatado por el ruido de un ganso que no paraba de dar graznidos. Allí lo encontraron y por más que él se declarara indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar. Por eso en algunas estampas se representa un ganso al lado del santo. VIDA Y OBRA DE SAN MARTIN DE TOURS (SAN MARTIN CABALLERO)

Así, en el año 370 es consagrado obispo de Tours (Francia).

Uno de sus primeros actos fue fundar otro monasterio, el de Marmoutiers, que rápidamente contó con 80 monjes. Durante su ministerio en Tours luchó contra el paganismo, la adoración a falsos ídolos y contribuyó especialmente en la divulgación de la fe cristiana, aunque esto no siempre le fue fácil.

Recorrió todo el territorio de su diócesis dejando en cada pueblo un sacerdote. Él fue fundador de las parroquias rurales en Francia. Dice San Sulpicio, su biógrafo y discípulo, que la gente se admiraba al ver a Martín siempre de buen genio, alegre y amable. Que en su trato empleaba la más exquisita bondad con todos.

En los 27 años que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Los únicos que no lo querían eran ciertos tipos que querían seguir viviendo con sus vicios, pero el santo no los dejaba. De uno de ellos, que inventaba toda clase de cuentos contra San Martín, porque éste le criticaba sus malas costumbres, dijo el santo cuando le aconsejaron que lo debía hacer castigar: “Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?”.

Con varios empleados oficiales tuvo fuertes discusiones, porque torturaban a los prisioneros para que declararan sus delitos. Nuestro santo se oponía totalmente a esto, y aunque por ello se ganó la enemistad de altos funcionarios, no permitía la tortura.

Martín supo por revelación cuándo le iba a llegar la muerte y comunicó la noticia a sus numerosos discípulos. Estos se reunieron junto a su lecho de enfermo y le suplicaban llorando: “¿Te alejas padre de nosotros, y nos dejas huérfanos y solos y desamparados?”. En respuesta, el santo mira hacia el cielo y ora: “Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehuso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar”.

Pero Dios decidió que ya había trabajado y sufrido bastante y se lo llevó a que recibiera en el cielo el premio por sus grandes labores en la tierra. Falleció en Candes, Francia, en el año 397, a la edad de 81.

El medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre) fue guardado en una urna y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir “medio manto” se dice “capilla”, la gente decía: “Vamos a orar donde está la capilla”. Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.

Es patrono de los soldados, tejedores y fabricantes textiles. Patrono de Francia, de Hungría y de las ciudades de Utrecht en Holanda y Buenos Aires, Argentina, entre muchas otras. En México, es patrono de Acayucan, San Martín Texmelucan y Tixtla de Guerrero. Santo muy venerado en todo el mundo, tiene bajo su patronazgo miles de parroquias a lo largo de Europa y América Latina.

ORACIÓN

¡Oh! Glorioso soldado Romano,
que fuiste de Dios conferido a cumplir el don de la caridad.
Por las pruebas más grandes a que fuiste sometido por el Señor,
yo te pido de todo corazón que combatas la miseria de mi casa,
que la caridad de tu Alma me siga por dondequiera que vaya,
y me consigas la bendición del Señor en todos mis negocios.
¡Oh! San Martín Caballero, del Señor fiel Misionero, líbrame de todo mal.
Para que nunca me falte Salud, Trabajo y Sustento.

Amén.

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10 de noviembre.

Altar San León Magno en el Vaticano, dónde están sus restos. La escultura lo muestro deteniendo a Atila.

Altar San León Magno en el Vaticano, dónde están sus restos. La escultura lo muestro deteniendo a Atila.

l Papa León, que nació en Toscana a fines del siglo IV, es recordado en los textos de historia por el prestigio moral y político que demostró ante la amenaza de los Hunos de Atila (a los que logró detener sobre el puente Mincio) y de los Vándalos de Genserico (cuya ferocidad mitigó en el saqueo de Roma del 455). Elevado al solio pontificio en el 440, en sus 21 años de pontificado (murió el 10 de noviembre del 461) llevó a cabo la unidad de toda la Iglesia alrededor de la sede petrina, impidiendo usurpaciones de jurisdicción, arrancando de raíz los abusos de poder, frenando las ambiciones del patriarcado constantinopolitano y del vicariato de Arles.

Desafortunadamente, no existen muchas noticias biográficas de él. Al Papa León no le gustaba hablar mucho de sí en sus escritos. Tenía una idea elevadísima de su función: sabía que encarnaba la dignidad, el poder y la solicitud de Pedro, jefe de los apóstoles. Pero su posición de autoridad y la fama de rigidez y hieratismo no le impedían comunicar el calor humano y el entusiasmo de un hombre de Dios, que se notan por los 96 Sermones y por las 173 cartas que han llegado hasta nosotros. Sobre todo las homilías nos muestran al Papa, uno de los más grandes de la historia de la Iglesia, paternalmente dedicado al bien espiritual de sus hijos, a los que les habla en lenguaje sencillo, traduciendo su pensamiento en fórmulas sobrias y eficaces para la práctica de la vida cristiana.

Sus cartas, por el estilo culto, demuestran su rica personalidad. De espíritu comprensivo y previsor, se destacó también por su impulso doctrinal, participando activamente en la elaboración dogmática del grave problema teológico tratado en el concilio ecuménico de Calcedonia, pedido por el emperador de Oriente para condenar la herejía del monofisismo.

Su famosa Epistola dogmática ad Flavianum, leída por los delegados romanos que presidían la asamblea, presentó el sentido y también las fórmulas de la definición conciliar, creando así una efectiva unidad y solidaridad con la sede de Roma. León fue el primer Papa que recibió de la posteridad el epíteto de “magno”, grande, no sólo por las cualidades literarias y la firmeza con la que mantuvo en vida al decadente imperio de Occidente, sino por la solidez doctrinal que demuestra en sus cartas, en sus sermones y en las oraciones litúrgicas de la época en donde se ven evidentes su sobriedad y precisión características.

Murió el año 461.

Para meditar:
Cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia
De los sermones de san León Magno, papa
Sermón 92, 1.2.3

Dice el Señor: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Esta superioridad de nuestra virtud ha de consistir en que la misericordia triunfe sobre el juicio. Y, en verdad, lo más justo y adecuado es que la criatura, hecha a imagen y semejanza de Dios, imite a su Creador, que ha establecido la reparación y santificación de los creyentes en el perdón de los pecados, prescindiendo de la severidad del castigo y de cualquier suplicio, y haciendo así que de reos nos convirtiéramos en inocentes y que la abolición del pecado en nosotros fuera el origen de las virtudes.

La virtud cristiana puede superar a la de los escribas y fariseos no por la supresión de la ley, sino por no entenderla en un sentido material. Por esto, el Señor, al enseñar a sus discípulos la manera de ayunar, les dice: Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. ¿Qué paga sino la paga de la alabanza de los hombres? Por el deseo de esta alabanza se exhibe muchas veces una apariencia de virtud y se ambiciona una fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior; así, lo que no es más que maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres.

El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite. Porque es una gran verdad aquello que dice el Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará, y cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo, y, si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.

En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro. Esta sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se conviertan en celestiales, cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas.

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9 de noviembre.

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DEDICACIÓN DE LA IGLESIA DEL SALVADOR

Noviembre es un mes proyectado hacia la eternidad. No sólo porque el otoño, con la caída de las hojas, nos hace pensar en la muerte, y porque tradicionalmente está dedicado a los difuntos, sino porque la liturgia agrupa una serie de fiestas que tienen un hondo sentido escatológico.

El día 1 es la solemnidad de Todos los Santos, y parécenos asistir, con esa dramatización que la liturgia pone en sus celebraciones, al inmenso cortejo de los “señalados”, que con palmas y blancas vestiduras aclaman al que se sienta sobre el trono y al Cordero.

La Conmemoración de los Fieles Difuntos nos recuerda el sentido pascual de la muerte, que es tránsito de los que descansan en Cristo y esperan el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz.

Por último, las dedicaciones de las basílicas del Salvador, el día 9, y las de San Pedro y San Pablo, el 18, nos hacen pensar, a través de la iglesia material, tabernáculo de Dios entre los hombres, en la Iglesia del cielo, “adornada como una novia que sale a recibir al esposo”.

Cada día en la santa misa anunciamos la muerte del Señor “hasta que él venga”. Y estas fiestas avivan en nosotros, su recuerdo y acucian el deseo de su venida. Para que nos encuentre preparados, con los lomos ceñidos y las velas encendidas, nos hablan estas fiestas de noviembre de la muerte y la eternidad.

Asentada en el monte Celio, “madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y del orbe”, la sacrosanta iglesia lateranense “refulge-según frase de Juan XIII-como rodeada de dignidad por la memoria de preclaros acontecimientos y por los monumentos de la antigüedad”. Catedral del Papa, su toma de posesión significa la suprema investidura del poder en el gobierno eclesiástico de Roma y del mundo.

Del palacio que los “Laterani” poseían desde el siglo I en el Celio, viene el nombre de Letrán. Más tarde, bajo Constantino y aconsejados por Osio de Córdoba, Fausta, su esposa, hizo donación de su palacio a los Papas para su residencia habitual, y el emperador-según cuenta una legendaria tradición-, en agradecimiento a San Silvestre por el hecho de haberle curado milagrosamente de la lepra, le hizo entrega de los territorios donde el Pontífice, apoyado por el favor imperial, hizo construir la basílica de San Juan de Letrán, denominada también “Constantiniana”. ¿,Hubo donación jurídica? Nada se sabe. Sin embargo, Melciano, valiéndose del derecho que le daba el edicto de Milán, celebró en 313 un sínodo romano en la domus Faustae in Laterano; el papa Dámaso fue ordenado en la basílica, y de la fecundidad de su baptisterio, Prudencio canta sus glorias.

La dedicación del templo-primera conocida en la Iglesia-tuvo lugar el 9 de noviembre de 324, dándole Silvestre el título del Salvador. En el siglo XIII se le añadieron los de San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

Iglesia estacional en los días más grandes del año, reunió el Letrán de los siglos IV al XVI más de 25 concilios, cinco de ellos ecuménicos. Pío XI, el 11 de febrero de 1929, la honró al firmarse aquí el felicísimo Tratado de Letrán.

Mas las invasiones, los saqueos, los incendios y, sobre todo, el abandono en el cual la dejaron los papas de Aviñón, se conjuraron en torno de la archibasílica como para borrarla de la historia.

Sin embargo, el Renacimiento la hizo resurgir y el barroco la convirtió en antesala de la gloria. Los papas, de Sixto V a León XIII, la restauraron suntuosamente. Fulgurante por la belleza de sus mosaicos (siglo XIII), rica con su Sancta sanctorum, donde se conservan-según una venerable tradición-trozos de la “mensa” de la Cena, recibió su nueva consagración de manos de Benedicto XIII-en 1726. La liturgia ha retenido la primitiva fecha del 9 de noviembre. La misa es la del común de todas las dedicaciones de iglesias, riquísima de doctrina.

“El templo ha sido solemnemente consagrado, Dios ha tomado posesión y se halla asistido por el coro de ángeles” (Gradual). Desde la entrada el pensamiento de la majestad divina se impone y provoca una exclamación de terror que la liturgia toma de Jacob despertándose del sueño en Betel: “terrible es este lugar”. El temor, sin embargo, se halla moderado por una explosión de amor y de deseos: el salmo del Introito es el canto de un levita que proclama su alegría y su fervor en el servicio del templo. En efecto, el Dios Trino ha querido atraer los hombres hacia Él y comunicarse con ellos.

Este misterio de amor en Dios es un misterio de salvación.- Jesús llama a Zaqueo el publicano, subido en el sicómoro, y se hospeda en su casa. El encuentro no es solamente exterior, pues va seguido de la conversión: “desde ahora doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cúadruplo”. Al arrepentimiento, el perdón: “hoy ha venido la salud a tu casa, el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Evangelio).

Este misterio de amor es un misterio de alianza. Dios, por la encarnación del Verbo, ha erigido su tabernáculo entre los hombres y ellos serán su pueblo y el mismo Dios será con ellos. La iglesia es el lugar de su morada, donde los hombres se reúnen en Cristo y tienen acceso junto al Padre. Más aún: la iglesia no es solamente el lugar, es también el signo de la alianza. Por su dedicación se ha trocado en “impenetrable misterio”, canta el Gradual, la figura de la nueva Jerusalén en la cual se obra la unión de Dios y de los hombres. La Epístola hace aquí alusión al tema bíblico de las nupcias. El Apocalipsis lo ha tomado de los Profetas, que se habían servido de esta comparación para dar a entender con qué vínculo tan estrecho la alianza había unido Israel a su Dios.

La Iglesia, esposa del Cordero, celebra cada día sus místicas nupcias en el edificio material que ha consagrado. En él y en la misa se hace presente el sacrificio de la cruz, en el cual Cristo se ha entregado para santificarla… a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga, sino santa e intachable para unírsela en calidad de esposa. Es ahí donde sin cesar da a luz nuevos hijos a Dios, como lo declara la antigua inscripción del baptisterio de Letrán:

“Virgíneo fetu genitrix Ecclesia natos
quos spirante Deo concepit amne parit…
Fons hic es vitae qui totum diluit orbem
Sumens de Christi vulnere principium”.

“La Madre Iglesia da a luz con virginal parto a los que concibieron bajo la inspiración de Dios en las aguas. Esta es la fuente de la vida, que riega a todo el orbe y de las heridas de Cristo tomó su origen.”

Es ahí donde, por los sacramentos, prepara las piedras vivas escogidas que construyen poco a poco el templo de Dios (Postcomunión ), porque la alianza no está solamente sellada con la Iglesia en su totalidad, sino que cada alma está invitada a unirse a Dios en Cristo.

Las nupcias suponen amor recíproco; esto también se cumple en la Iglesia. La parte de Dios es la gracia que da en los sacramentos, la promesa de la vida eterna, en la cual ya no habrá ni lágrimas, ni muerte (Epístola), como también su benevolencia para con los hombres en el detalle de cada día. Tan persuadida está la liturgia, que pide con seguridad en la colecta que toda gracia que aquí se implore será alcanzada: tiene hasta la osadía de obligar a Dios a declarar en el versículo de la comunión, al comparar un texto de San Mateo con otro de San Lucas, que todo aquel que entrare en ese templo de oración será atendido. A su vez, el hombre se ofrecerá plena y alegremente con Cristo. Por eso esta ofrenda encuentra su expresión en el canto del Ofertorio y de la Secreta, acompañándola de adoración y de acción de gracias (Aleluya).

Así, a través de los textos de esta misa de la dedicación, hallamos lo que nos enseña la teología sobre las fines del sacrificio eucarístico. Maternalmente, la Iglesia nos sugiere los sentimientos que deben animar nuestra participación y nos hace pensar también en la Iglesia del cielo.

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8 de noviembre.

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MARTES DE LA SEMANA 32ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito (2,1-8.11-14):

Habla de lo que es conforme a la sana doctrina. Di a los ancianos que sean sobrios, serios y prudentes; que estén robustos en la fe, en el amor y en la paciencia. A las ancianas, lo mismo: que sean decentes en el porte, que no sean chismosas ni se envicien con el vino, sino maestras en lo bueno, de modo que inspiren buenas ideas a las jóvenes, enseñándoles a amar a los maridos y a sus hijos, a ser moderadas y púdicas, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a los maridos, para que no se desacredite la palabra de Dios. A los jóvenes, exhórtalos también a ser prudentes, presentándote en todo como un modelo de buena conducta. En la enseñanza sé íntegro y grave, con un hablar sensato e intachable, para que la parte contraria se abochorne, no pudiendo criticarnos en nada. Porque ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 36,3-4.18.23.27.29

R/. El Señor es quien salva a los justos

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R/.

El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos. R/.

Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,7-10):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Palabra del Señor

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1. (Año II) Tito 2,1-8.11-14

a) Tito, como pastor de la comunidad de Creta, debe saber enseñar oportunamente a todos. Pablo le dicta unas consignas que debe transmitir a diversas clases de personas de su comunidad y, sobre todo, cómo debe comportarse él mismo.

A los ancianos: que sean sobrios, serios y bien pensados, robustos en el amor y la paciencia. A las ancianas, que sean decentes en el porte, no chismosas ni dadas al vino (los vinos de Creta eran y son famosos) y que den buen ejemplo a todos, a los familiares y a los más jóvenes. A los jóvenes, que tengan ideas justas y se presenten como modelos de buena conducta.

Y él, Tito, el obispo de la comunidad, que sea íntegro y sensato, intachable, de manera que nadie pueda achacarle nada.

b) Aunque las recomendaciones parezcan de virtudes humanas, la motivación que pone Pablo siempre es de fe: en el tiempo intermedio que transcurre entre la “aparición de la gracia de Dios” hasta “la aparición gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo”, los cristianos debemos llevar una vida, no según “los deseos mundanos”, sino “sobria, honrada y religiosa”, de modo que seamos un “pueblo purificado, dedicado a las buenas obras”, ya que Jesús se entregó por nosotros “para rescatarnos de toda impiedad”.

Tanto la motivación como los ejemplos siguen siendo válidos. Creer en Cristo Jesús tiene consecuencias en nuestra vida. Al examen que ayer nos invitaba a hacer Pablo, hoy se añaden nuevos matices. Nos podemos preguntar si en verdad somos “robustos en la fe, en el amor y en la paciencia”, “sobrios y serios”, “bondadosos y sumisos” unos a otros, “modelos de buena conducta” para los que nos ven, de casa y de fuera de casa.

O si, por el contrario, se nos tendrá que recordar que no seamos chismosos, malpensados, dados al vino, ni nos dejemos llevar por “los deseos mundanos”, o sea, por los criterios de este mundo, muchas veces opuestos a los del evangelio de Cristo.

Desde el obispo hasta el último bautizado hemos de llevar una vida digna de nuestra identidad cristiana, “un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras”, con la mirada puesta en Jesús. Unos a otros hemos de ser de buen ejemplo, los ancianos para los jóvenes y los jóvenes para los ancianos, los responsables para la comunidad, y todos para la sociedad que nos rodea, de modo que no puedan criticarnos por ninguna conducta inconveniente.

Sólo a partir de esa base de las virtudes humanas, podremos avanzar en otros aspectos más elevados. De nuevo el salmo insiste en las cualidades básicas: “haz el bien, practica la lealtad, sea el Señor tu delicia, apártate del mal y haz el bien”.

A Pablo le preocupa la ortodoxia de la doctrina que Tito enseñe (“habla lo que es conforme a la sana enseñanza”, “en la enseñanza sé íntegro y grave”), pero sobre todo quiere que el mismo pastor de la diócesis dé un ejemplo intachable a todos.

2. Lucas 17,7-10

a) El pasaje de hoy es un poco extraño: parece como si Jesús defendiera una actitud tiránica del amo con su empleado. Cuando éste vuelve del trabajo del campo, todavía le exige que le prepare y le sirva la cena.

Jesús no está hablando aquí de las relaciones laborales ni alabando un trato caprichoso. Hay el Capricho!!!!!!

Lo que le interesa subrayar es la actitud de sus discípulos ante Dios, que no tiene que ser como la de los fariseos, que parecen exigir el premio, sino la humildad de los que, después de haber trabajado, no se dan importancia y son capaces de decir: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. El verdadero amor y las verdaderas relaciones no exigen, donan, obvio que tiene que ser recíproco. Si sólo una parte da la relación no es verdadera y entonces debemos replantearla o suprimirla.

b) Tenemos que servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos.

Y lo que decimos en nuestra relación con Dios, también se podría aplicar a nuestro trabajo comunitario, eclesial o familiar. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, ni pregonando nuestros méritos. Que no recordemos continuamente a la familia o a la comunidad todo lo que hacemos por ella y los esfuerzos que nos cuesta.

Sino gratuitamente, como lo hacen los padres en su entrega total a su familia. Como lo hacen los verdaderos amigos, que no llevan contabilidad de los favores hechos. Con la reacción que describe Jesús: “hemos hecho lo que teníamos que hacer: somos unos pobres siervos”. ¡Cuántas veces nos ha enseñado Jesús que trabajemos gratuitamente, por amor! Eso sí, seguros de que Dios no se dejará ganar en generosidad: “alegraos y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo” (Lc 6,23), “porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,38).

Si al final de la jornada nos sentimos cansados por el trabajo realizado, seguro que también estaremos satisfechos, porque nada produce más alegría que lo que se ha logrado con sacrificio. Pero sin darnos importancia ni ir diciendo a todo el mundo lo cansados que estamos. Entre otras cosas, porque también los otros trabajan. Y además, si hemos recibido gratis de Dios, es justo que demos gratis, sin quejarnos demasiado si nadie nos alaba ni nos aplaude. Dios seguro que sí nos está aplaudiendo, si hemos dado con amor, y eso es lo que cuenta de verdad.

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7 de noviembre. Hoy en Argentina comienza el mes de María. En primavera, como en Europa en mayo, se ofercen flores a María.

 
 
La fiesta de María Mediadora de todas las Gracias la instituyó el papa Benedicto XV en 1921; en ella se nos invita a recurrir siempre con confianza a esta mediación  de la Madre del Salvador
 
 
Catequésis de Juan Pablo II
  1. María Mediadora de todas las Gracias
    Catequesis de Juan Pablo II (1-X-97)

    1. Entre los títulos atribuidos a María en el culto de la Iglesia, el capítulo VIII de la Lumen gentium recuerda el de «Mediadora». Aunque algunos padres conciliares no compartían plenamente esa elección (cf. Acta Synodalia III, 8, 163-164), este apelativo fue incluido en la constitución dogmática sobre la Iglesia, confirmando el valor de la verdad que expresa. Ahora bien, se tuvo cuidado de no vincularlo a ninguna teología de la mediación, sino sólo de enumerarlo entre los demás títulos que se le reconocían a María.

    Por lo demás, el texto conciliar ya refiere el contenido del título de «Mediadora» cuando afirma que María «continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna» (Lumen gentium, 62).

    Como recuerdo en la encíclica Redemptoris Mater, «la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del de las demás criaturas» (n. 38).

    Desde este punto de vista, es única en su género y singularmente eficaz.

    2. El mismo Concilio quiso responder a las dificultades manifestadas por algunos padres conciliares sobre el término «Mediadora», afirmando que María «es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61). Recordemos que la mediación de María es cualificada fundamentalmente por su maternidad divina. Además, el reconocimiento de su función de mediadora está implícito en la expresión «Madre nuestra», que propone la doctrina de la mediación mariana, poniendo el énfasis en la maternidad. Por último, el título «Madre en el orden de la gracia» aclara que la Virgen coopera con Cristo en el renacimiento espiritual de la humanidad.

    3. La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo. En efecto, el Concilio, después de haberse referido a María «mediadora», precisa a renglón seguido: «Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador» (ib., 62). Y cita, a este respecto, el conocido texto de la primera carta a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2,5-6).

    El Concilio afirma, además, que «la misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia» (Lumen gentium, 60).

    Así pues, lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia. «En efecto, todo el influjo de la santísima Virgen en la salvación de los hombres no tiene su origen en ninguna necesidad objetiva, sino en que Dios lo quiso así. Brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (ib.).

    4. De Cristo deriva el valor de la mediación de María, y, por consiguiente, el influjo saludable de la santísima Virgen «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo» (ib.).

    La intrínseca orientación hacia Cristo de la acción de la «Mediadora» impulsa al Concilio a recomendar a los fieles que acudan a María «para que, apoyados en su protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador» (ib., 62).

    Al proclamar a Cristo único Mediador (cf. 1 Tm 2,5-6), el texto de la carta de san Pablo a Timoteo excluye cualquier otra mediación paralela, pero no una mediación subordinada. En efecto, antes de subrayar la única y exclusiva mediación de Cristo, el autor recomienda «que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres» (1 Tm 2,1). ¿No son, acaso, las oraciones una forma de mediación? Más aún, según san Pablo, la única mediación de Cristo está destinada a promover otras mediaciones dependientes y ministeriales. Proclamando la unicidad de la de Cristo, el Apóstol tiende a excluir sólo cualquier mediación autónoma o en competencia, pero no otras formas compatibles con el valor infinito de la obra del Salvador.

    5. Es posible participar en la mediación de Cristo en varios ámbitos de la obra de la salvación. La Lumen gentium, después de afirmar que «ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor», explica que las criaturas pueden ejercer algunas formas de mediación en dependencia de Cristo. En efecto, asegura: «Así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente» (n. 62).

    En esta voluntad de suscitar participaciones en la única mediación de Cristo se manifiesta el amor gratuito de Dios que quiere compartir lo que posee.

    6. ¿Qué es, en verdad, la mediación materna de María sino un don del Padre a la humanidad? Por eso, el Concilio concluye: «La Iglesia no duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la recomienda al corazón de sus fieles» (ib.).

    María realiza su acción materna en continua dependencia de la mediación de Cristo y de él recibe todo lo que su corazón quiere dar a los hombres.

    La Iglesia, en su peregrinación terrena, experimenta «continuamente» la eficacia de la acción de la «Madre en el orden de la gracia».

    [L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-X-97

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Primeras comuniones santa Inés.

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6 de noviembre.

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Hoy en la Capilla Santo Domingo

Homilía para el XXXII Domingo durante el año C

Los Saduceos, de este Evangelio, no están verdaderamente interesados en aprender algo de Jesús. Desean simplemente tenderle una trampa. Porque no creen en la resurrección, quieren demostrar como tal creencia conduce a consecuencias ridículas. La respuesta de Jesús es más bien misteriosa. En realidad parece que quiera simplemente demostrarles que es su intervención lo que es ridículo. Ellos intentan “imaginar” lo que es la vida después de la muerte; y esto en sentido proprio es imposible, porque no se puede “imaginar” algo, si no es utilizando “imágenes” sacadas de nuestra vida actual, que es limitada. Ahora bien, la vida después de la muerte está más allá de todas estas imágenes y de todos estos límites. No será una nueva vida, en el sentido de distinta, será la misma vida, pero liberada de todos los límites de de existencia presente, enmarcada en las categorías de espacio y tiempo.

El primer gran período en la historia del pueblo de Israel fue el tiempo del Éxodo, cuando el Señor formó su pueblo a través de la experiencia del desierto. El segundo gran período fue el tiempo del exilio, durante el cual, a través de las enseñanzas de sus profetas, el Señor preparó el renacer de su pueblo. El más bello fruto de este período fue le movimiento de los Hassidim, los piadosos, entre los cuales se encuentran los Anawin, o pobrecitos del Señor.

Después de la vuelta de aquél “pequeño resto” a la tierra de Israel, y después de una nueva dominación por parte de un poder extranjero, cuando la autoridad pagana quería forzar a los hebreos a la apostasía, la revuelta de los Macabeos contra el poder pagano encontró un sostén sobre todo en el movimiento Hassidim y en los Pobres del Señor.

Desgraciadamente, la revuelta de los Macabeos, que era en sus inicios un movimiento profundamente espiritual, deviene rápidamente en poder político, que aceptó diversos compromisos con las autoridades paganas, a tal punto que uno de los Macabeos se convierte en rey de Israel y Sumo Sacerdote, sin pertenecer a la familia real, ni a la familia sacerdotal. Era demasiado para los fieles del Señor, que se separan de este poder de manera revoltosa. De esta revuelta espiritual nacen tres grandes grupos espirituales: los Farieseos, los Saduceos y los Esenios (grupo de carácter monástico, bien conocido sobre todo después de descubrir Qumran).

Los Fariseos y los Saduceos tuvieron una influencia espiritual grande y profunda sobre el pueblo de Israel, preparando la venida del Mesías. Pero cuando el Mesías viene, estos movimientos habían perdido su veta espiritual. Preocupados de preservar sus tradiciones, no supieron abrirse a la luz nueva traída por Jesús. Eran ya dos partidos fuertemente conservadores, sobre el plano religioso como sobre el político, como lo son fácilmente  aquellos que, habiendo obtenido poder, honores y riquezas, no tienen ningún interés en que las cosas cambien en serio.

¿No hay aquí quizá una lección y una advertencia para nosotros? Esto nos invita a estar siempre atentos, como comunidad eclesial y como individuos a no caer en el riesgo de la esclerosis (dureza) y de la tibieza. Muchos movimientos en la historia de la Iglesia comenzaron con un gran entusiasmo carismático, pero después se fosilizaron. Solo los movimientos e instituciones que se reforman (rerformar no cambiar, corregirse adaptarse), se convierten periódicamente, son los que perduran.

Lo que es de verdad importante, para nosotros, como para los Saduceos, no es descubrir, a través de nuestra imaginación -o a través de revelaciones privadas- a qué se parecerá la vida después de la muerte, sino más bien continuar incesantemente, como comunidad y como individuos, un movimiento de conversión. Solamente así podremos, al fin de nuestra peregrinación terrena, ser reunidos junto a todos nuestros hermanos en el eterno “hoy” de Dios.

Los Saduceos utilizan la ley del levirato para, por reducción al ridículo, negar la resurrección. El levirato (del latín levir, “hermano del marido”) es literalmente el matrimonio con el cuñado, más concretamente con el hermano del marido. Con dicho término se denomina a la costumbre o ley que contempla el matrimonio entre una viuda, cuyo marido ha muerto sin tener descendencia, y un hermano de ese hombre. El hermano toma como esposa a la viuda con la intención de engendrar hijos, el mayor de los cuales, al menos, será considerado descendiente del fallecido, de manera que el nombre del marido perdure tras su muerte. Jesús les dice que no ‘entienden’ nada y agrega: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y, al ser hijos de la resurrección, son hijos de Dios

Somos hijos de Dios, por la puerta del Bautismo entramos en la Iglesia, en la fe de la Iglesia y es un camino que dura toda la vida. Dijimos al principio que propiamente no podemos imaginar la vida del cielo, pero esto no quiere decir que no podamos decir nada, decía el papa emérito Benedicto XVI en la Vigilia Pascual 2010, hablando de la resurrección: “Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces — prosigue el libro de Henoc — Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante… Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524). Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él”.

Queridos hermanos Dios no es un Dios de muertos, todos vivimos en Él. Que María nuestra Madre nos ayude con su intercesión a tomarnos enserio nuestro bautismo y a vivir una vida de verdad, solo con luz de la fe y del Evangelio vemos el camino para realizarnos en esa vida, no vegetemos, no duremos, vivamos como hijos de Dios. Amén.

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2 de noviembre.

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Homilía para la Conmemoración de todos los fieles difuntos

 Aunque la Iglesia recuerda siempre en sus oraciones a los difuntos, el día de la Conmemoración de todos ellos aparece en el calendario litúrgico el día de hoy, podríamos decir, un poco tarde. Esta idea proviene de los ambientes monásticos. La regla de San Isidoro de Sevilla (+636) prescribe la Misa por todos los difuntos el lunes después se Pentecostés. Algunas iglesias conocían un día similar de oración, después de la Epifanía del Señor.

 Existe la tendencia de unir este día a una de las grandes fiestas de la Iglesia. El día de la Conmemoración de todos los difuntos en su forma actual fue introducida por san Odilón, abad del Monasterio de Cluny (994-1048): el día 2 de noviembre, elegido, puesto que el día anterior se celebraba la Solemnidad de Todos los Santos. La Iglesia exulta por la gloria de sus santos, pero no olvida aquellos que aún no llegaron a su plenitud, nos referimos a los difuntos del purgatorio, en camino, pero en proceso de purificación.

 La abadía de Cluny por muy largo tiempo, influenció mucho sobre la vida religiosa de Europa y por eso el día de esta Conmemoración fue acogido comúnmente. La primera nota en relación con la celebración de esta conmemoración la encontramos en 1311. En algunas diócesis se desarrollaban en este día procesiones con las oraciones para los difuntos. Al final del siglo XV, en España, surge la práctica de celebrar tres Misas, práctica que se difunde en Portugal, y a través de estas naciones en América Latina. En el año 1915 al inicio de la Primera Guerra mundial, Benedicto XV extiende este privilegio a toda la Iglesia.

 El día de oración por los difuntos es para muchos la ocasión de preguntarse por los principios. ¿Por qué la muerte?, ¿por qué nuestro cuerpo vuelve al polvo?, ¿Por qué debemos experimentar el dolor de la separación de nuestros seres queridos? ¿Quién puede asegurarnos la inmortalidad, quién nos puede decir como será la vida futura, quién puede consolarnos en el tiempo de la tristeza?

 Hemos escuchado las palabras de Jesús y conocemos la respuesta, creemos en eso que dicen los libros inspirados de la Sagrada Escritura. Las muchas respuestas que hemos encontrado las podemos resumir en una: la muerte se puede comprender solo a la luz de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Como Jesús murió y resucitó, así también aquellos que mueren, Dios los reunirá por medio de Jesús con Él. (1Tm 4, 14).

 Como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo (1Co 15, 22). Yo soy la resurrección y la vida, quién cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (Jn 11, 25). La fe en la Resurrección del Señor está en la base de nuestra plegaria por aquellos que murieron: a fin que sean recibidos en la gloria, para que pasen al lugar de la luz y de la paz. Ellos no sólo creyeron en el Señor, sino a través del Bautismo murieron con Él y con Él pasaron a la vida nueva: que el Señor cumpla ahora esto que inició en el Bautismo.

 El hombre de frente a Dios: ¿quién puede decir que no tiene pecados? La Iglesia encomienda hoy a la divina Misericordia aquellos que murieron: Dios, una vez los lavó con las aguas del Bautismo, que ahora los lave con la gracia del perdón. Celebrando la Eucaristía, la Iglesia no cesa de interceder por nuestros hermanos, que murieron en la esperanza de la resurrección. Reza por los difuntos, de los cuales solo Dios conoció la fe y por todos aquellos que han dejado este mundo. Hoy, estas palabras asumen un particular significado. Estamos hoy frente a la ausencia, en este mundo, de nuestros parientes, vecinos, conocidos; pasamos tan cerca del misterio de la muerte. Nos acompañan las palabras de la liturgia: “La vida de los que creen en ti, no se quita, se transforma”. (Prefacio de difuntos I)

Con María recemos por nuestros difuntos con la antigua plegaria:

 “Dios todopoderoso y eterno,

Anualmente por nuestras plegarias

Tu concedes las cosas que te pedimos

Y los dones para todos aquellos cuyos cuerpos aquí reposan:

El lugar del refrigerio, la beatitud de la quietud,

El esplendor de la luz;

Y aquellos que están grabados por el peso de sus pecados

Te los ecomienda la súplica de tu Iglesia.”

(Sacramentarium Gelasianum, ed. L.C. Mohlberg, Roma 1968, n. 1681. Lezionario “I Padri vivi” 223)

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Homilía Solemnidad de Todos los Santos

predicada en Barcelona en 2009

 “Y VIENDO las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron a él sus discípulos.”

¡Hoy día, la Iglesia recuerda a todo hombre y mujer, de toda edad y nación, de todo idioma y cultura, admitidos para siempre a participar en la gloria de Dios en el Cielo! ¡Desde la Creación del hombre, una inmensa multitud – una asamblea incalculable de seres humanos – se encuentra ante Dios, que es Padre, Hijo, y Espíritu Santo! ¡A todas estas criaturas celebra la Iglesia en este día, bendito entre todos los días!

Con la excepción de la Virgen María, todos los santos y santas del Cielo viven junto a Dios no en cuerpo y alma, ya que el cuerpo permanece en la tierra: solo sus almas están en el Cielo, junto a Dios. No obstante, al recordarlos aquí en la tierra, formamos junto a los santos y santas del cielo un solo y único Cuerpo de Cristo: en cierto sentido, los habitantes del Cielo encuentran nuevamente su cuerpo mediante nuestra oración. Porque la oración concede al hombre la salvación no solo por esperanza, sino la salvación en cuerpo y alma, anticipando asimismo la venida del Señor y la Resurrección del cuerpo.

La oración requiere la presencia completa del ser: cuerpo y alma, tanto en la causa como en el efecto. Recordemos la oración intensa de Jesús en el Jardín de los Olivos: la angustia de su alma era tal que ésta le brotaba del cuerpo, a tal punto que surgía del Señor como gotas de sangre (cf. Lc. 22, 24). ¡Cuántas veces hemos visto la plegaria del alma sanar parcialmente o totalmente un mal del cuerpo! ¿Entonces, por qué no pensar al menos hoy, fiesta de todos los santos, que nuestra plegaria – si bien sea modesta – puede servir para procurar a los habitantes del Cielo una cierta felicidad al encontrar ya su propio cuerpo, aun antes que el Señor lo resucite?

Hemos venido a la Iglesia en esta fiesta, ciertamente por amor, pero también por obligación (en Argentina, no es festivo o feriado, por lo que no es precepto). Porque la Iglesia impone la asistencia a la Misa para todos los santos. ¿Pero, a qué se debe tal obligación? ¿Por qué ser obligado a participar de la Eucaristía todos los domingos y todas las fiestas de precepto? Muchas veces oímos decir: “Sí, creo en Dios y rezo, pero a misa no voy…” Para algunos – no me atrevo a decir, para muchos – no se debe hablar de obligación en la religión: “¿Mandamientos de Dios? Quizás… rigurosamente… ¿Mandamientos de la iglesia? ¡Entonces no!” Sin embargo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo; un cuerpo cuya Cabeza, es decir, el Principal, es Cristo… Si uno tiene la madre a 3 km, en el año va una o ninguna vez, es correcto esto: aquí de qué hablamos de amor, de obligación, de qué…

“Y VIENDO las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron a él sus discípulos.” Hoy también, estas palabras se cumplen: cuando vamos a la Iglesia, vamos hacia Cristo, que está presente en todos lados pero de modo especial en la Eucaristía, que es su Cuerpo. Así cumplimos lo que Cristo mismo nos pide mediante su Iglesia. Y así también, nos hacemos partícipes con todo nuestro ser de la alabanza de Dios: nuestro cuerpo se desplaza, hace esfuerzos para llegar a la Iglesia, y ayuda al alma a rezar en voz alta, con palabras y cantos. La orden de Dios, la orden de la iglesia no es un constreñimiento: ¡es una bendición, una gracia que nos permite unir todo nuestro ser a la alabanza de los elegidos que se encuentran en la Gloria del Paraíso!

“Y abriendo su boca, les enseñaba…”

“Y abriendo su boca…” Este giro especial del evangelista San Lucas no es de poco interés. Más allá del estilo del autor, este giro de frase pone en evidencia el hecho que Jesús es la Palabra de Dios hecha CARNE. El Hijo de Dios, el Verbo del Padre quiere comunicar con los hombres mediante la humanidad que recibió al encarnarse en el seno de la Virgen María, mediante el Espíritu Santo. Dios quiso que todo en el hombre sea santificado, cuerpo y alma. Mediante el uso de su cuerpo y alma de una manera justa y medida, evitando los excesos y las carencias, el hombre – es decir, todo hombre, sea quien sea – logra la beatitud celestial.

¡En el Paraíso, los elegidos de Dios están junto al Señor Jesús, sentados a la derecha del Padre, viviendo para siempre con el Espíritu Santo! Sin cansarse y en la espera de la resurrección de su cuerpo, los santos y santas del Cielo escuchan esta única melodía del Hijo de Dios que vive de la vida de su Padre: la PALABRA de VIDA sustenta sin cesar a todos los elegidos del Cielo, eternamente felices de oír y apreciar “Cosas que ojo no vió, ni oreja oyó, Ni han subido en corazón de hombre.” (1 Cor. 2, 9)

“«Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos!»”

Ante todas estas “Buenaventuras” hay solo una que Jesús no pudo pronunciar él mismo, ya que aún no había nacido… fue aquella que Isabel dirigió a María, poco tiempo después de la Encarnación del Verbo en ella: “¡Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 45) Esta primera “Buenaventura” resume de hecho todas las demás que Jesús pronunció. La fe es necesaria en todas circunstancias. Entre otras, si hoy hemos venido para rezar con la Iglesia, es antes que nada porque somos creyentes. Y queremos alimentar esta fe, nuestra fe, con la Palabra de Dios, fortificándola a través de la Plegaria, ¡y sobre todo con el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo!

¡Pidámosle a la Santísima Virgen María de ayudarnos a rezar, a crecer, a amar a todos los hombres, todas las mujeres, y todos los niños y niñas del cielo y de la tierra! ¡Que el Espíritu Santo venga en nosotros para transformarnos en verdaderos santos, viviendo ya en el Cielo, y permaneciendo todavía en la tierra!

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30 de octubre.

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Homilía para el XXXI Domingo durante el año C

El deseo de ver a Dios atraviesa todo el Antiguo Testamento. Muchos profetas pidieron explícitamente ver el rostro de Dios, según la misma expresión de Isaías: “mirándose el uno al otro a los ojos”.

La razón es que la cara, o el rostro, de una persona, particularmente sus ojos, revela, la mayoría de las veces, aquello que esa persona tiene en su corazón. Allí uno lee el amor o el fastidio, la alegría o el dolor, la exaltación o la aflicción. Cuando alguien quiere ver el rostro de Dios, no quiere un conocimiento abstracto, sino más bien saber quién es Dios para él.

Al mismo tiempo, el hombre tiene miedo de mirar a Dios cara a cara, porque es pecador y ante él toma más conciencia de su limitación. Hubo también en el Antiguo Testamento la creencia que no se puede ver el rostro de Dios y vivir. De ciertos patriarcas y profetas se dice que no vieron el rostro de Dios, sino su “gloria” y que la vieron desde atrás y no enfrentándose.

Con la Encarnación, sin embargo, el rostro de Dios nos fue revelado y nosotros podemos verlo. San Pablo nos dice que la gloria de Dios brilló sobre el rostro de Cristo (2Cor 4, 6), y que la plenitud de la divinidad habitó en Él corporalmente (Col 2, 9). Ahora podemos ver el rostro de Dios y vivir.

Tenemos en el Evangelio de hoy el ejemplo de alguien que quería ver el rostro de Dios: Zaqueo. Zaqueo no era precisamente un monaguillo devoto. Era un recaudador de impuestos, y encima jefe de recaudadores de impuestos de Jericó. Él era conocido en la ciudad como un pecador: un ‘corrupto’. Parece que sin embargo, tenía un corazón de niño, algo de ternura había en algún recoveco de su interioridad. Sabe que Jesús va a pasar por su ciudad y quiere verlo, por un instante olvida su importancia y se pone a correr como un niño y se sube a un árbol para ver a Jesús.

¿Qué le pasa entonces? Se invierten los roles. Aunque Zaqueo quiere ver a Jesús, es Jesús que ve a Zaqueo y lo mira con ojos llenos de un amor que lo transforma. Jesús levanta los ojos hacia Zaqueo en el Sicomoro y le dice: «Zaqueo, baja pronto: es necesario que hoy me aloje en tu casa». Cuando Jesús mira a alguien, lo ama, y este amor lo llama a crecer: «voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más» Recordemos la historia del joven rico que Jesús había encontrado antes de encontrar a Zaqueo. Él quería saber qué hacer para encontrar la salvación eterna. Jesús lo mira y lo ama. Entonces lo llama a crecer, no solo pensar en la vida eterna sino también en el prójimo: vende lo que tienes y dalo a los pobre y sígueme. Pero, como él quería la vida eterna después de la muerte, pero en esta vida prefería sus riquezas, él se va entristecido. Zaqueo, por el contrario, desde que es tocado por la mirada de Jesús, se preocupa por los pobres y por los que él perjudicó. Y Jesús declara que la salvación (no una salvación para más tarde, después de la muerte, sino para el hoy, y por supuesto para después de la muerte) ya se realizó en él. «Hoy la salvación llegó a esta casa»

Esto es lo que nos pasa cuando no sólo queremos ver a Dios, sino que osamos exponernos a su mirada: la alegría y la convocatoria para el crecimiento y, por lo tanto, para la conversión. Cuando alguno nos mira, muchas cosas pueden suceder en nosotros. Cuando algunas personas nos miran, nos sentimos miserables, humillados, deprimidos, parece que hicieron salir a la superficie lo que hay de menos bueno en nosotros. Cuando otros nos miran, es todo lo contrario. Sentimos que estamos animados, capaces de cambiar y crecer. Estos muestran en la superficie lo mejor de nosotros. Es evidente que en el Evangelio de hoy, con la segunda forma Jesús mira a Zaqueo. Así es como nos mira siempre Jesús a nosotros.

Manteniendo vivo nuestro deseo de amar a Dios, expongámonos a sus propios ojos y aceptemos que él nos llame a la conversión y nos de la alegría, como a Zaqueo. Al mismo tiempo, en nuestra vida de todos los días, miremos a nuestros hermanos como Jesús los mira. No digamos nunca como los Fariseos: «se ha ido a alojar a casa de un pecador» digamos más bien con Jesús. «Él también es un hijo de Abraham». Esta es la misericordia de Dios, que durante este años, especialmente el Papa Francisco quiso resaltar.

Comentando este pasaje san Ambrosio nos enseña cómo debemos crecer y llegar a la sabiduría: «¿Por qué las Escrituras no precisan nunca la estatura de ninguno, mientras que de Zaqueo se dice que “era pequeño de estatura” (Lc 19, 3)? Ve si acaso él no era pequeño en su malicia, o pequeño en su fe: él no había prometido todavía nada, cuando subió al sicomoro; todavía no había visto a Cristo, y por eso era pequeño. Juan en cambio era grande porque había visto a Cristo, vio al Espíritu como paloma, posarse sobre Cristo, tanto que dice: “He visto al Espíritu descender como paloma y posarse sobre él” (Jn 1, 32). ¿En cuanto a la muchedumbre, no se trata quizá de una turba confusa e ignorante, que no había podido ver la altura de la Sabiduría? Zaqueo, mientras está en medio de la muchedumbre, no puede ver a Cristo; se levanta por encima de la gente y lo ve, mereció contemplar a quien quería ver, traspasando la ignorancia de la muchedumbre…. Así ve Zaqueo que estaba en lo alto; ahora por la elevación de su fe, él emergía entre los frutos de las nuevas obras, como del alto de un árbol fecundo… Zaqueo sobre el sicomoro es el nuevo fruto de la nueva estación.»Ambrogio, In Luc., 8, 82.84-90 (Lezionario “I Padri vivi” 201).

La mirada de Cristo nos transforma, nos da la vida y la dignidad, nos hace reconocer la verdadera sabiduría, que equivale a reconocer la única riqueza que se debe amar en sí misma. Dejémonos mirar por Jesús y aprendamos a ver el mundo y a los hermanos con la mirada de Jesús, para que nuestra vida crezca, no sea enana, sino que alcance las alturas del auténtico amor, para dar frutos en el árbol de la Iglesia. María intercede por nosotros.

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Sabado 22. Con los niños de catecismo. Exposicion de Biblia carpa de antiguo y nuevo testamento. Patio de la Parroquia. 1er y 2do año de catequesis.

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23 de octubre.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

En Santiago de Compostela, Galica, España octubre 2011.

Homilía XXX domingo durante el año C

San Lucas nos dice que el Fariseo y el Publicano subieron los dos al Templo para rezar. El Fariseo rezó verdaderamente, y su plegaria podría hasta considerarse en un sentido humilde. Es verdad que él es consciente de ser justo, pero sabe que esto es un don de Dios. Da gracias a Dios por el don que ha recibido: ser un hombre justo: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” En realidad su comportamiento no es muy diverso de aquél de san Pablo en la carta a Timoteo: “He combatido el buen combate, terminé mi carrera, conservé la fe…”. En cuanto al Publicano, no osa ni siquiera levantar los ojos al cielo. Dice simplemente: “¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!”.

Los dos han orado. El Publicano salió del Templo justificado, pero el Fariseo no. ¿Qué sucedió?, ¿qué era distinto entre los dos?, ¿Simplemente había una diferencia entre humildad y orgullo? No. La diferencia es que ellos no rezaban al mismo dios (no es que existan varios dioses, solo hay un Dios, esto se dice de manera conceptual, Dios es uno, para cristianos judíos y musulmanes, ver Nostra aetate 3 y 4, pero los individuos pueden construirse imágenes falsas de este único Dios verdadero). Tenemos siempre la tendencia a construirnos un dios a nuestra imagen y medida -un dios conforme a nuestros deseos. Este es precisamente el punto de ruptura entre Jesús y los fariseos. La idea de dios de los fariseos era que este les daba a ellos todas las virtudes y los hacía mejores que el resto de los hombres. Este dios no existe. Es un ídolo. No era el Dios que anunciaba Jesús. El Fariseo de este Evangelio no creía en Dios, sino, como nos dice Lucas, creía en el proprio ser justo. San Lucas, como el domingo pasado, nos dice también el motivo de esta enseñanza de Jesús, a causa de: “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”.

El Publicano, en su humildad y pobreza, no tiene una imagen de Dios. No se ha construido un dios según sus deseos. No reza en voz alta a Dios. Se mira a sí mismo, ve su estado de pecado y entonces su deseo de curación y su capacidad de crecer y de recibir una nueva vida. Encontró a Dios en la experiencia de su propia indignidad.

Como dijimos muchas veces, en nuestros evangelios dominicales, hemos visto como tendemos fácilmente a interpretar como enseñanzas morales lo que Jesús presentó como enseñanza a propósito de su Padre. En otras palabras, transformamos una enseñanza sobre Dios en una enseñanza sobre nosotros mismos. Esta manera de distorsionar el sentido original de una parábola, es en ciertos casos más antigua que los escritos del Nuevo Testamento, que inicialmente estaban recogidos oralmente.

Al poner esta parábola junto a una parábola de Jesús sobre la oración (que era nuestro Evangelio del domingo pasado), san Lucas la presenta como una enseñanza sobre la plegaria. Después Lucas agrega un dicho bien conocido de Jesús: “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”, recordemos que san Lucas anotaba al comienzo: “Esta parábola fue dicha por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Si nosotros le quitamos estos datos de Lucas, al principio y al final, la parábola es como todas las enseñanzas de Jesús: una enseñanza sobre su Padre, una enseñanza sobre Dios.

Los Fariseos interpretaban que Dios solo pedía cierto número de reglas y preceptos: algo así como conocer una receta y hacerla, bastaría poner en nuestra vida los buenos ingredientes, mezclarlos como se debe y cocinarlos bien, y la salvación estaría asegurada. Has hecho todo lo que estaba mandado; tendrás entonces derecho a lo que se había prometido. El Publicano interpreta que Dios, no es un Dios que se puede comprar, ni siquiera con una vida virtuosa. Es un Dios de misericordia (pero si aceptamos que somos miserables; si creemos que Dios, hagamos lo que hagamos, está obligado a perdonarnos, estamos a nivel de la receta farisea). Hace un par de años, el Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, Mons. Müller, confirmado por el papa Francisco, explicaba: “Además, mediante una invocación objetivamente falsa de la misericordia divina se corre el peligro de banalizar la imagen de Dios, según la cual Dios no podría más que perdonar. Al misterio de Dios pertenece el hecho de que junto a la misericordia están también la santidad y la justicia. Si se esconden estos atributos de Dios y no se toma en serio la realidad del pecado, tampoco se puede hacer plausible a los hombres su misericordia… La misericordia de Dios no es una dispensa de los mandamientos de Dios y de las disposiciones de la Iglesia. Mejor dicho, ella concede la fuerza de la gracia para su cumplimiento, para levantarse después de una caída y para llevar una vida de perfección de acuerdo a la imagen del Padre celestial”. La justificación y la salvación que, Dios, desea darnos tan ardientemente están fundadas no sobre nuestras buenas acciones y nuestras virtudes, si no en su misericordia y en su gracia. “Dios mío ten compasión de mí que soy un pecador”, pero para que cambiemos, el cambio a una vida mejor es necesario, no hay que resignarse, como diríamos en Argentina: “si soy así que voy a hacer…”

Para nosotros, que somos tan conocedores y celosos de nuestros derechos, es muy desconcertante aprender de Jesús que nosotros no tenemos ningún derecho para hacer valer ante Dios. Todo lo que Él hace por sus creaturas, es una manifestación gratuita de su benevolencia. La intervención de Dios para salvarnos del pecado no es una recompensa por nuestros méritos, sino una demostración que Él es un Dios de misericordia, de ternura y de perdón, pero nosotros tenemos que querer ser perdonados, como el Publicano y no resistirnos a ese perdón como el Fariseo, que está a gusto consigo mismo.

Dice San Agustín que la humildad obtiene el perdón. «“El Publicano se quedaba lejos”, pero se acercaba a Dios. Su remordimiento lo alejaba, pero la piedad lo acercaba. “El publicano se alejaba, pero el Señor lo esperaba de cerca. El Señor está en el cielo”, pero mira a los humildes… Mira mejor la humildad del publicano. No le basta tenerse lejano; “ni siquiera alzaba los ojos al cielo”. Para ser mirado, no miraba, no osaba levantar los ojos; el remordimiento lo abajaba, la esperanza lo levantaba. Escucha ahora: “Se golpeaba el pecho”. Quería expiar el pecado, por eso el Señor lo perdona: “Se golpeaba el pecho diciendo: Ten compasión de mi pecador”. Esto es plegaria. ¿Qué sorprende que Dios lo perdone, cuando él se reconoce pecador? Has visto el contraste entre el publicano y el fariseo, escucha ahora la sentencia; has escuchado al soberbio acusador, al reo humilde, he aquí el juez: “En verdad les digo”. Es la Verdad, Dios, el Juez que habla: “En verdad les digo, que el publicano salió del Templo justificado a diferencia de aquel fariseo”. Dinos Señor, ¿por qué?. ¿Quieres el por qué? Aquí lo tienes: “Porque el que se exalta, será humillado, y quien se humilla será exaltado”. Has escuchado la sentencia, has visto el motivo; has sentido la sentencia, cuídate de la soberbia». Agostino, Sermo 115, (Lezionario “I Padri vivi” 200)

Conocer verdaderamente a Dios, sin crear un ídolo, nos ayuda a ser humildes y a crecer en la oración y llegar a la salvación, por la oración y relación con Dios. Confiemos en ser más humildes, pidamos ayuda a María, la Virgen humilde, y vivamos esta relación con Dios, misericordia y amor, aprendiendo a orar de verdad, ahora que próximamente terminará el Años de la Misericordia, sumerjámonos por la humildad en el mar de la misericordia del Padre.

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20 de octubre.

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JUEVES DE LA SEMANA 29ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,14-21):

Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32,1-2.4-5.11-12.18-19

R/. La misericordia del Señor llena la tierra

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. R/.

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Pero el plan del Señor subsiste por siempre,
los proyectos de su corazón, de edad en edad.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor

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1. (Año II) Efesios 3,14-21

a) Termina Pablo la primera parte de la carta, la más teológica, con una oración y una doxología final de alabanza al Dios Trino.

La oración es muy sentida: “doblando las rodillas ante el Padre”, pide, para los Efesios, que se afiancen más en las actitudes de fe que ya tienen:

“robusteceros en lo profundo de vuestro ser”,

“que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”

“que el amor sea vuestra raíz y cimiento”,

“comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor”

“y así llegaréis a la plenitud, según la plenitud de Dios”.

Todo apunta a lo que la fe y la vida cristiana de los Efesios se arraigue cada vez en profundidad y se vigorice con la fuerza de Dios.

b) Necesitamos que Pablo rece también por nosotros, para que lleguemos a esa mayor profundidad y fuerza en nuestra vida de fe.

Él está tan convencido de la riqueza del plan de Dios, que quiere a toda costa que se cumpla en los Efesios. La catequesis y la teología se han convertido, en su carta, en oración. ¿Rezamos nosotros así por nuestra comunidad, por nuestra familia, pidiendo a Dios que conceda a todos mayores ánimos y alegría para vivir su fe? ¿tenemos confianza en el poder de la oración, y en ese Dios “que puede hacer mucho más de lo que pedimos, con ese poder que actúa entre nosotros”?

Otra lección: tanto para nuestra fe personal como para nuestra evangelización a los demás, el centro de todo, la plenitud de todo, la clave para entender la historia y las personas, es el amor. El amor “trasciende toda filosofía”.. No hay fuerza más eficaz para transformarlo todo. De otras cosas podemos olvidarnos, pero del amor, no. Si vamos creciendo en el amor, iremos madurando hacia la plenitud de la vida que Dios nos ha concedido.

2. Lucas 12,49-53

a) Jesús hace hoy unas afirmaciones que pueden parecernos un tanto paradójicas: desea prender fuego a la tierra y pasar por el bautismo de su muerte; no ha venido a traer paz, sino división.

El fuego del que habla aquí Cristo no es, ciertamente, el fuego destructor de un bosque o de una ciudad, no es el fuego que Santiago y Juan querían hacer bajar del cielo contra los samaritanos, no es tampoco el fuego del juicio y del castigo de Dios, como solía ser en los profetas del AT.

Está diciendo con esta imagen tan expresiva que tiene dentro un ardiente deseo de llevar a cabo su misión y comunicar a toda la humanidad su amor, su alegría, su Espíritu. El Espíritu que, precisamente en forma de lenguas de fuego, descendió el día de Pentecostés sobre la primera comunidad.

Lo mismo pasa con la paz y la división. La paz es un gran bien y fruto del Espíritu. Pero no puede identificarse con una tranquilidad a cualquier precio. Cristo es -ya lo dijo el anciano Simeón en el Templo- “signo de contradicción”: optar por él puede traer división en una familia o en un grupo humano.

b) A veces son las paradojas las que mejor nos transmiten un pensamiento, precisamente por su exageración y por su sentido sorprendente a primera vista.

El Bautista anunció, refiriéndose a Jesús: “yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo: él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). El fuego con el que Jesús quiere incendiar el mundo es su luz, su vida, su Espíritu. Ése es el Bautismo al que aquí se refiere: pasar, a través de la muerte, a la nueva existencia e inaugurar así definitivamente el Reino.

Ésa es también la “división”, porque la opción que cada uno haga, aceptándole o no, crea situaciones de contradicción en una familia o en un grupo. Decir que no ha venido a traer la paz no es que Jesús sea violento. Él mismo nos dirá: “mi paz os dejo, mi paz os doy”. La paz que él no quiere es la falsa: no quiere ánimos demasiado tranquilos y mortecinos. No se puede quedar uno neutral ante él y su mensaje. El evangelio es un programa para fuertes, y compromete. Si el Papa o los Obispos o un cristiano cualquiera sólo hablara de lo que gusta a la gente, les dejarían en paz. Serían aplaudidos por todos. ¿Pero es ése el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra, la evangelización que nos ha encargado?

Jesús aparece manso y humilde de corazón, pero lleva dentro un fuego que le hace caminar hacia el cumplimiento de su misión y quiere que todos se enteren y se decidan a seguirle. Jesús es humilde, pero apasionado. No es el Cristo acaramelado y dulzón que a veces nos han presentado. Ama al Padre y a la humanidad, y por eso sube decidido a Jerusalén, a entregarse por el bien de todos.

¿Nos hemos dejado nosotros contagiar ese fuego? Cuando los dos discípulos de Emaús reconocieron finalmente a Jesús, en la fracción del pan, se decían: “¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?”. La Eucaristía que celebramos y la Palabra que escuchamos, ¿nos calientan en ese amor que consume a Cristo, o nos dejan apáticos y perezosos, en la rutina y frialdad de siempre? Su evangelio, que a veces compara con la semilla o con la luz o la vida, es también fuego.

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Para pensar.

Lo Paródico

Un artículo del P. Leonardo Castellani: D in á m ic a , s o c i a l , Buenas Aires, 77, año 1957

Solamente la absoluta necesidad de ganarse el puchero —es decir, el hambre— puede excusar actualmente a un hombre religioso de hacer periodismo. Pero ha de esforzarse si no quiere pecar en hacer periodismo no paródico.

Paródico no significa lo que salió de la escuela de José Parodi; nosotros hemos salido de esa escuelita privada de un viejo español, donde se enseñaba a leer, escribir y contar —bien— un poco de historia argentina —genuina—, lectura expresiva, declamación y pelota a paleta; y una cantidad de poesías religiosas o masónicas de memoria; y se ignoraba enteramente el método de Pestalozzi, de Froebel y de Herbart —lo que llama un diario, hablando de Mantovani, Lo científico-pedagógico—, pero se aprendía algo.

Lo Paródico es la imitación de Lo Serio; cuanto más parecido a Lo Serio sin serlo, es más eficaz en el arte de la comedia. No es lo mismo que Lo Cómico, no es lo mismo que Lo Falso, aunque participa de esas dos categorías.

Lo Paródico no es hecho adrede: resulta de una degeneración o descenso de Lo Serio, como respecto de la religión, ese “descenso de una mística en política” que teorizaron Bergson y Péguy. De ahí que Lo Paródico no se puede atacar directamente sin peligro de lastimar lo que está detrás de esa corteza o ese tejido adiposo.

Hay que usar las emanaciones radiactivas del humorismo. Si uno de estos católicos mistongos me dice que yo me debo sacrificar por Dios -él también— y que yo he sido elegido para “víctima” —tu abuela—, yo no puedo negarle sus proposiciones santas; mientras interiormente lo estoy mandando a la punta del sauce. Si uno de estos filósofos canonicales me hace un librote sobre Kirkegor, yo no puedo decir que es mentira lo que él ha copiado de otros libros; aunque sé perfectamente que Kirkegor y él son los dos extremos del diá­metro, y par lo tanto de Kirkegor él no sabe un Jerónimo; y así sucesivamente. Sólo el humorismo. . . y el heroísmo puede hacer mella en Lo Paródico.

La Argentina es actualmente un país paródico. En todo lo visible. No en su fondo; no en ese fondo del país real que oprimido y cuidadosamente recubierto parece estar alzando presión cuasi volcánica.

Detrás de esa costra de la parodia, Benjamín Aybar en Tucumán escribe El Realismo intuitivo, Diego Pró Estudios de Filosofía y Conversaciones con Bernareggi. Raimundo Pardo una doctrina epistemológica discutible pero original, Amadeo un buen libro de polí­tica aunque sea una muy mala defensa, Gaviola una crítica certera y casi feroz de la Universidad, y otros muchos que me excuso nombrar… ¿Que todo eso queda sepultado al instante? Déjenlo allí no más. La parodia entre nosotros está tocando los límites de la farsa; y entonces… adiós eficacia de la parodia, al quedar en calzoncillos.

Basta ver a uno de esos politiqueros afanosos por salvar el país, y aun crearlo de nuevo, mandarse una “proclama” o una “proclamación del pueblo”; manejando las palabras más graves que existen, haciendo malabarismos de psitacosis con términos abstractos que él no sabría definir: la Libertad, la Democracia, la Salud del País, los Derechos Obreros, la Felicidad de las Masas y de los Mazos, la Crisis Institucional, las Leyes Eternas, los Fueros de la Moral, las Dictaduras, el Progreso, el Bien Público, e incluso el Paraíso Terrenal, la Religión del Civismo y la Bomba Atómica; terminando naturalmente con el anatema a “las tendencias extremistas de derecha que resurgen en los Totalitarismos ignominiosos y «anquilosados»”. .. que él cree que signífica: aniquilados. Es una parodia viva de la filosofía política; e incluso de la política y de la economía. Les recomiendo los noticiarios “panamericanos”.

Más fácil todavía para tener un cuadro plástico de Lo Paródico argentino es tomar su coraje a dos manos e ir a ver películas argentinas.. . por deber profesional y encomendándose a Dios primero: parodia de la elegancia en el vestir, parodia de la aristocracia, parodia del pueblo, parodia de la tragedia, parodia del drama, parodia de la poesía, parodia de la caballerosidad, de la “gran vida”, del “Malevo Generoso”, de la Magdalena Lunfarda, de la Obrerita Caída pero santa, del orden moral, del sentimiento, del amor, de la gracia, de Carlitos Chaplin. . . y hasta de la religiosidad. Sin embargo, el buen Pepe Arias me conmueve y conmueve al público de los barrios: no en balde somos argentinos, Un amigo mío estaba a mi lado echando venablos; y yo ciertamente comencé lo mismo. Pero…

Los cineastas conocen el gusto del público…aunque ellos carezcan a veces de todo gusto. En el fondo trabajan sobre una sustancia emocional que es cristiana. . . paródica. Un peoncito correntino que estaba a mi izquierda, venido a Buenos Aires “en vacaciones”, hacía contrapeso a mi crítico de la derecha. Se sabía de memoria las viejas cintas argentinas (“yo el cine — me gûsta — con locûra) y me las explicaba: “—Ésta es mejor todavía… Pepe Arias siempre acaba mal. Los hace casar a los otros y él no se casa nunca… Es triste; pero así tiene que ser no más. —¿Por qué? —le dije yo. “—Y … así tendrá que ser no más.

¿Qué ley eterna es esa cuyo eco resuena en el correntino? Pepe Arias que concierta un matrimonio feliz aparentemente imposible, hace triunfar al cancionista desconocido y perseguido, desenmascara al villano, vuelve argentino al chiquito chinés, convierte al gángster herido y le hace restituir el “documento”, y después retorna a la penuria y al fracaso… Pepe Arias Quijote apela en el corazón del vulgo a viejos instintos obnubilados e informes; y en el fondo toca las categoría morales cristianas, las más altas, la categoría del mártir y la categoría del santo… paródicas: del buen corazón, de la pureza omnímoda en la conducta, del desinterés inefable, de la abnegación sin límites, transportadas al ritmo de tango, y con una bandera azul y blanca en lugar de crucifijo. La culpa no es de él. Él es un buen actor, y más no le pueden pedir.

Ejemplo trivial para que llegue a todos, pero que forma parte de un conjunto y que depende de otras parodias más graves: la parodia de la cultura, triunfante por ejemplo en el “suplemento” de La Nación; la parodia de la filosofía en hombres de algún talento que cayeron en la tentación de la rana que quiso hacerse buey, y estallaron; la parodia de la política que es una especie de borrachera y un verdadero alcoholismo en el país y no quiero hablar de Lo Paródico en la religión. El ‘figurón’, parodia del hombre prócer; el “pedagogo”, parodia del maestro; el cura relumbroso y meterete, parodia del sacerdote docto; el pretoriano (o sea el gorila) parodia del honor militar; el demagogo, parodia del tribuno; el sabihondo, parodia del modesto estudioso; el politiquero, parodia del estadista; el macaneador, parodia del orador; el chiripitifláutico, parodia del poeta; el compadrito, parodia del coraje; el guarango, parodia del hombre libre… con la parodia de la “Constitución”, la parodia del gobierno y la parodia de la revolución. ¿Y detrás? Y detrás la falta de moral pública y una manga de vivos y de mentirosos… y los bienes del país recogidos sigilosamente por el extranjero, por el que es extranjero en todas partes, el supercapitalismo internacional. Castigo de Dios a los pueblos que no aman bastante la verdad.

Todo esto se cifra en la frase que pronunció Clemenceau al visitar la Argentina, y que a medio siglo de distancia vibra todavía en la mente de muchos con más actualidad que nunca: “El drama de los argentinos es que tienen que tener Institutos Pasteur… y no tienen Pasteur’. La solución que daba Sarmiento era que había que tomar un mal Pasteur, y ayudarlo a volverse Pasteur. “Hay que hacer las cosas aunque sea mal —decía el sanjuanino—, después habrá tiempo para enderezarlas”. Pero la fórmula degeneró por el camino de la mayor facilidad: ahora simplemente se inventa un Pasteur, Se inventa un Pasteur espantapájaros, y después se aplasta para que no estorbe a los Pasteur pichones.

La universidad libre. . . Es necesaria. Pero si se fabrica una “universidad católica” por el camino que ahora parece que ha tomado —y que opinamos de todos modos no va a resultar— la Iglesia se manchará en la Argentina con una universidad paródica. El tal camino falso consiste simplemente en hacer una gran fachada con adentro hombres que no son profesores universitarios, es decir, sabios —puesto que ser “católico”, es decir_ amigo del obispo, lo suple todo— y encomendar su dirección a un hombre que no sólo no tiene adentro una universidad, pero ni siquiera un universitario. Nadie da lo que no tiene.

Hace un siglo Soren Kirkegor anunció que Lo Paródico se estaba adueñando del mundo; o por lo menos de Dinamarca. – Y que detrás de Lo Paródico se escondía Lo Demoníaco. Pero ésa ya es otra historia. Para concluir filosóficamente como habemos empezado, el remedio de Lo Paródico es Lo Auténtico, mantenido a toda costa, incluso hasta el martirio. (Además hace falta una revista humorística, no “jocosa” solamente). Dicen que uno “destruye”. . . ¡que Dios los escuche! Y no caen en la cuenta de que lo destruible y destruendo es una costra roñosa; y que uno trata de destruirla desde lo que está detrás de ella, que es Lo Auténtico, auténtico modesto quizá, “como cuadra a nuestra tierra”, pero al fin auténtico. En la Argentina vendrán soluciones; yo tengo esperanza. No esperen soluciones grandiosas y perfectas, el “siglo de oro” de las profecías de Don Orione, si es que son de él. No: soluciones medianejas y llenas de crudezas, soluciones quizá invisibles al principio, que demandarán esfuerzo, paciencia, y tiempo; pero al fin basadas en lo genuino, en lo sólido, en la verdad.

…porque Ella no perece, y ha de prevalecer tanto si yo la hago prevalecer… o no.

No terminará todo esto de golpe en casamiento feliz, como en las cintas de Pepe Arias. La cinta no terminará nunca, y eso es lo bueno.

A semejanza de esas pobres mujercitas que tomaron un manto y una candela y se fueron a la Procesión de Corpus a Plaza de Mayo a pesar de que el Cura les había dicho que no fueran, no menos que la Policia así… (pero para qué vamos a damos corte)…

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16 de octubre.

verdeyo

Homilía Domingo XXIX durante el año C

Tenemos dos personajes importantes en esta parábola: por un lado un juez que no cree en Dios y no le interesan las personas; por otra parte una viuda que es débil, pero que está convencida de sus derechos y está decidida a hacerlos valer. Al final el juez le da a la viuda lo que ella le demanda, simplemente para que lo deje de molestar.

No tenemos que analizar mucho esta parábola para encontrarle el sentido, pues Lucas nos dice cual es: “Jesús dijo una parábola para mostrar a sus discípulos que es necesario orar siempre sin desfallecer”.

En la primera lectura tenemos otro ejemplo de oración constante y paciente, aquella de Moisés. Además de esta constancia, Moisés y la viuda del Evangelio tienen otra cosa en común: los dos están al lado de los débiles y necesitados. La viuda, porque es parte de los débiles, Moisés porque pertenece a un pueblo oprimido. Y Dios escucha las plegarias de estos pequeños.

Es posible que, en esta escena del Evangelio, Jesús haya hecho alusión a una situación concreta conocida por sus interlocutores; no lo sabemos, pero lo que sabemos de esta viuda es lo que Jesús dice. De Moisés, sabemos más. El era un hebreo, elevado a la casa del Farón de Egipto. Pudo haber sido un personaje importante, a los ojos del mundo (poder y tener), en el gobierno de Egipto. Pero un día ve como son tratados los hebreos y en un rapto de indignación defiende a uno de sus hermanos, y este acto provoca un desencadenamiento de hechos que transformarán toda su vida. Debió huir al desierto para escapar de la cólera del Faraón. Y allí, en el desierto, él reencuentra a Dios. Allí, en la soledad del desierto, la cosa más ordinaria se transforma en un ‘hecho’ brillante, el fuego es el signo sensible de la presencia de Dios, una zarza que no se consume. Moisés recibe la misión de conducir a la libertad un pueblo que continuamente aspira a las seguridades de su cautiverio. Él permanece fiel a su pueblo; y entonces Dios, disgustado con su pueblo, lo quiere exterminar y darle una nueva nación a Moisés, pero este le dice: “Si tu te desentiendes de ellos, desentiéndete también de mí”.

Esta solidaridad de Moisés con su pueblo explica la lectura de hoy, dónde tenemos esta bella y conocida imagen de Moisés orando sobre la montaña con las manos alzadas, mientras que el pueblo combatía en el llano. La victoria de los combatientes depende de la perseverancia de Moisés en la oración.

Esta historia tradicionalmente ha sido utilizada para acentuar una distinción entre dos formas de vocaciones en la Iglesia: la vida activa y la vida contemplativa. Evidentemente hay una parte de verdad en esta interpretación. Pero sería peligroso forzar esta distinción, porque, por una parte, los que están en la tarea de transformar el mundo podrían pensar que están dispensados de la obligación de orar, pues ya tienen a los monjes y las monjas que lo hacen por ellos; y por otra parte, los monjes y las monjas podrían ensayar una cierta justificación para la falta de preocupación por las necesidades de sus hermanos en el mundo, considerándose personas importantes y cuyo único deber es rezar por los otros.

Tal interpretación olvida una realidad importante: Cristo vino. Él descendió en la batalla con toda la humanidad y el murió en esta lucha. Pero Él resucitó y está desde entonces siempre presente a la derecha del Padre intercediendo por nosotros. Él es el nuevo Moisés, para nosotros. Entonces los que trabajamos en el mundo, y los contemplativos estamos en la misma lucha contra las fuerzas del mal, hasta que la plena victoria de Cristo se realice en nosotros y para nosotros. La primera lección de la historia de Moisés es un llamado a la solidaridad con los débiles, en todos los órdenes, tomemos esto en serio llegando al final del año de la Misericordia.

Hay solamente una lucha en la que nos encontramos todos. El egoísmo y la avaricia que conduce a la corrupción, a la injusticia y, a veces, a la opresión (aunque esta palabra suele estar politizada es así) es la expresión del mal, es la lucha contra el mal. Este egoísmo y esta avaricia muchas veces los llevamos dentro, como una continua tentación y una constante dureza de nuestro corazón. Hay personas llamadas a curar estas heridas de la humanidad consagrando toda su vida a trabajar activamente en la superación de las injusticias; otras están llamadas a llevar adelante esta lucha en su propio corazón contra el mismo poder del mal, permitiendo que el reino de los cielos se realice en la humanidad a través de la conversión de los corazones.

A veces pensamos que el valor de la oración está si conseguimos algo. Estos días pasados hablando con jóvenes en España, varios me decían: “Padre el Señor no me escucha…, le pido cosas y no me da…, pasa de mí (como se dice en España)” ¡No es así! algo se perdió en la predicación, el mismo hecho de rezar es importante. Voy a ilustrar esto con un fragmento de san Agustín:

Es necesario orar siempre y no desanimarse” (Lc. 18, 1) Y propone la parábola de aquel juez injusto que no temía a Dios ni tenía respeto por los hombres y al cual cada día se dirigía, para ser escuchada, aquella viuda. Fue vencido por la inoportunidad el juez malo que no había sido movido por la compasión; y dentro de sí comenzó a decir: “Yo, verdaderamente, no temo a Dios ni tengo respeto por los hombre, sin embargo, por la molestia que cada día me trae esta viuda, escucharé su causa y le haré justicia”. Y agrega el Señor: “Si un juez inicuo ha obrado así, vuestro Padre ¿no le hará justicia a sus elegidos, que gritan a Él día y noche? Así os digo: Les hará justicia pronto” (Lc. 18, 4-8). No cesemos entonces nunca de orar. Cuanto ha prometido de darnos, también si nos viene reenviado (cuando no obetemos la gracia pronto), no se nos quita. Seguros de su promesa, no cesamos de orar, sabiendo que también esto es un don. He aquí porque dice el salmo: “Bendito mi Dios, que no ha alejado de mí ni mi plegaria ni su misericordia”. Cuando veas que tu plegaria no se ha alejado de tí, ¡quédate tranquilo!, no ha sido removida de ti tampoco su misericordia”.(Agostino,Enarr. in Ps., 65, 24). Entonces mientras recemos, no tengamos miedo Dios está cerca, ahora, si nunca rezamos… No nos hace bien estar lejos de Dios.

Estamos todos en la misma lucha escatológica. Nunca olvidemos nuestra solidaridad con aquellos que, en su vocación diferente y modos de vida variado, trabajan en la realización del Reino en la existencia concreta de la humanidad, de la victoria ya conquistada por Cristo. Todos estamos unidos porque nuestra victoria común viene del nuevo Moisés, que tiene, las manos levantadas, a la derecha del Padre. Él nos invita a dejarnos ayudar por su plegaria. Contamos también con la plegaria de su Madre, María santísima.

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15 de octubre.

Foto tomada el 29 de septiembre de 2012 en Alba de Tormes, un 29 de septiembre la Santa Comulgó por última vez para morir el 4 de octubre

Foto tomada el 29 de septiembre de 2012 en Alba de Tormes, un 29 de septiembre la Santa Comulgó por última vez para morir el 4 de octubre

Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia

Vuestra soy, para Vos nací.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis,
Vuestra, pues me redimisteis.
Vuestra, pues que me sufristeis,
Vuestra, pues que me llamasteis,
Vuestra, porque me esperasteis,
Vuestra, pues no me perdí.
¿Qué mandáis hacer de mí?…

Santa Teresa (1515-1582) nació en Ávila. Es gloria de Castilla, de España, de la Iglesia.

Ingresó en el Carmelo, en el monasterio de La Encarnación, Ávila, y de él salió para fundar el monasterio de San José.

Fue reformadora de la vida carmelitana, bajo el signo de la descalcez. Fundó 15 nuevos monasterios de Hermanas diseminados por toda España.

Escribió con mano de artista sus andanzas de fundadora, sus experiencias místicas, y bellísimas poesías.

Fue y es insigne maestra de espíritus; y ha merecido ser declarada Doctora de la Iglesia.

Falleció en Alba de Tormes, y allí resposan sus restos, venerados por los fieles.

La luz de Dios y su mensaje en la Biblia
Lectura del libro del Eclesiástico 15, 1-6:
El que teme al Señor obrará bien; observando la ley, alcanzará la sabiduría. La sabiduría le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como a la esposa de su juventud, lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia; apoyado en ella no vacilará, y confiado en ella no fracasará; lo ensalzará sobre sus compañeros para que abra la boca en la asamblea; alcanzará gozo y alegría, y le dará un nombre perdurable.

Evangelio según san Mateo 11, 25-30:
En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, por has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…

Reflexión para este día
Temor, sabiduría y prudencia.
Esas tres perlas son las que se cultivan en el texto del libro del Eclesiástico.

El santo temor reverencial y filial a Dios, creador y padre, nos pone con los pies en la tierra de nuestra debilidad e insuficiencia, y nos pide que elevemos la mente y el corazón a quien nos ama y es poderoso.

Si miramos hoy a Teresa de Jesús, comprobaremos que ella vivió esos tres valores en condición de hija predilecta: con temor de hija que no quiere ofender, con la sabiduría de quien encontró la suprema luz y gozo en Dios, con una prudencia que pone cautelas a todos los sentimientos y acciones, con experiencia profunda de que estamos llamados a sumergirnos en el misterio insondable de la divinidad.

Recemos por nuestra Diócesis de Avellaneda-Lanús que celebra a su copatrona.

¡Dios sea bendito en sus hijos santos!

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12 de octubre. Nuestra Sra. del Pilar. En España solemnidad. En Argentina memoria.


pilar goya

Goya, la Virgen del Pilar.

Lecturas del Pilar.

Primera lectura

Lectura del primer libro de las Crónicas (15,3-4.15-16;16,1-2):

En aquellos días, David congregó en Jerusalén a todos los israelitas, para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado. Luego reunió a los hijos de Aarón y a los levitas. Luego los levitas se echaron los varales a los hombros y levantaron en peso el arca de Dios, tal como había mandado Moisés por orden del Señor. David mandó a los jefes de los levitas organizar a los cantores de sus familias, para que entonasen cantos festivos acompañados de instrumentos, arpas, cítaras y platillos. Metieron el arca de Dios y la instalaron en el centro de la tienda que David le había preparado. Ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión a Dios y, cuando David terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 26,1.3.4.5

R/. El Señor me ha coronado,
sobre la columna me ha exaltado

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R/.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Él me protegerá en su tienda el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,27-28):

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.»
Pero él repuso: «Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

Palabra del Señor

LA VIRGEN DEL PILAR

 Iba el Almirante navegando aquella incertidumbre de sesenta vacías singladuras, mudo y ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas. Estaba ungido. Y el Señor se complacía en descubrirle el misterio de aquella geometría de números y de luz en que fueron creadas todas las cosas al principio. ¡Qué riesgo marear los océanos cuando aún no concierta la bitácora con la Polar, los ca minos seguros donde resoplan su gozo los ángeles del viento y las sirenas! Pero la corazonada del Almirante le ardía, asomada a los ojos, como un fuego rusiente, para conducir los navíos. ¿No parecían las carabelas, entre el turpial salobre de las olas, tres conchas peregrinas desprendidas del bordón de Santiago? Sí. Después de andar siglos y siglos la dura tierra española, en holocausto de sangre y de batallas, por la unidad de la fe, esta aventura extraordinaria en la inmensidad desconocida de los océanos.

Los Pinzones, grandes capitanes y ambiciosos, tejen, con la fatiga y el descontento de la tripulación, trampas y trifulcas al Almirante: pero él se recoge, con la seguridad de su fe iluminada, en el regazo de la Biblia. Se navega hacia la desesperación. Y, detrás de cada ola, crece el de signio del retorno a La Rábida.

De pronto, los pájaros. Inesperadamente, un vuelo de papagayos y de grullas enhebran, con las agujas de los mástiles y el hilo de oro del sol, un soneto de luz a la esperanza. El anochecer de vísperas se cierra, como boca de lobo, sin estrellas, abrasado de vientos tropicales que enloquecen la pasión y la sangre. El mar, en calma. Y rompe la “Salve, Regina” marinera, tan impetuosa, que arranca el milagro al corazón de Dios, en el nombre de María Santísima, ¡Qué prodigio entonces! El Almirante, vestido de negra ropilla penitente, agarra entre sus manos el gobernalle, Quiere rezar, y no puede, porque sus labios se aferran a una palabra sólo: “Tierra”. Después se pone a temblar, él, tan endurecido de infinitas navegaciones. Una lágrima cristiana de amor enturbia el poder de sus pupilas, que adivinan allí, en la lejana frontera del cielo con las aguas, el resplandor parpadeante de un fuego. ¿Se alucinan aún? El reloj que criba las arenas del tiempo, entre aquellas ampollas que parecen dos corazones de cristal, apunta las dos de la madrugada. Un morterazo y un grito: “¡Tierra a la vista!” Y Rodrigo de Triana, como el bello arcángel de la Anunciación, certifica el milagro del Descubrimiento.

Algarabía, abrazos y canciones; los tamboriles vascongados rizan vítores de gloria al Almirante; y una oración: “Bendita sea la luz,—bendita la santa cruz;—y el Señor de la verdad—-y la Santa Trinidad;—bendito sea este día—y el Señor, que nos lo envía”. Y allí van solemnes las carabelas españolas, escoltadas de una orla de indios que saltan y juegan, como delfines, con el poder del mar…. y parece el cortejo de los tres Reyes Magos que rinden su homenaje a un nuevo mundo recién nacido para la mayor gloria de Dios. En el Diario del Almirante hay esta noticia que resume todos los designios del Descubrimiento: “Yo, para que los indígenas nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe más por el amor que por la fuerza, les di bonetes colorados y cuentas de vidrio, que se ponían al cuello, con lo que habían mucho placer y quedaron tan nuestros que era maravilla”. Está fechada un 12 de octubre de 1492, el mismo día que allí la España distante, católica y misionera, honra a su Patrona de los cielos, Santa María del Pilar. ¿Coincidencia? Pero ésta es otra historia de un estupendo prodigio, en el escenario de las aguas del Ebro, acaecido un amanecer original, catorce siglos antes.

Os lo quiero referir con todo el perfume intacto de una primera relación, escrita por mano anónima, en las últimas páginas del códice de Los Morales, de San Gregorio Magno, según puede leerse en los archivos de Zaragoza. Tiene la suave fragancia espiritual de los scriptorios medievales, donde los monjes hilaban la historia, con aquel gozo de oros, azules y bermellones, según los abecedarios de una fe pura y pacífica. Se le creía contemporánea del obispo Tajón, hacia el 631, pero la crítica le ajustó la edad aproximada entre finales del Xlll y principios del XIV.

Y fue que Santiago el Mayor, hermano de Juan el Evangelista, vino a España para anunciar la Nueva Ley de Jesucristo. Cumplía el mandamiento que el Señor les hiciera a los Doce, en su última aparición de resucitado: Predicad el Evangelio a todas las gentes del mundo. El escritor anónimo inicia su narración dramatizando un coloquio de despedida entre la Virgen y el apóstol, que resulta poco verosímil; y después nos describe la llegada a España, por Asturias; sus viajes misioneros en Galicia; siguiéndole todo su itinerario hasta la España Menor, que es el reino aragonés, que se llama Celtiberia. Dos videntes extraordinarías, las venerables María de Jesús de Agreda y Ana Catalina Emmerich, coinciden en ver a Santiago partir desde Jaffa, tocar Cerdeña en la ruta del mar Mediterráneo y desembarcar, más lógicamente, en Cádiz o Cartagena, para la evangelización de Andalucía. La madre Agreda coloca en Granada un aprieto de muerte para el apóstol, acorralado por sus enemigos, del que le salva la Virgen María viniendo personalmente en su socorro.

Pero situémosle ya, con el códice gregoriano, en Zaragoza, donde no le acompaña la fortuna en sus trabajos apostólicos. “Aquí predicó muchos días, logrando convertir para Cristo a ocho hombres.” ¡Menguada pesca para aquel marino del mar de Tiberíades que había tocado con sus manos las redes abarrotadas de Pedro en aquella pesca milagrosa! Y, cosa muy natural, le rinde el desaliento a Santiago. “Con estos convertidos se entretenía en dulces enseñanzas sobre el reino de Dios, y por la noche iba a una era, cerca del río, donde se echaba en la paja.” Ya se presiente el prodigio. Porque, en una de esas largas noches desveladas por la amargura y la oración instante, percibe en los cielos un camino de luz, sonoro de canciones y de arcángeles. Ave Maria, gratia plena. ¿Es una alucinación de la fatiga o del viento ululante que baja del Moncayo? No. Es una evidencia estremecedora, en sus claridades celestes. La humilde Virgen Maria, tierna Madre de la Iglesia, que él dejara en Jerusalén, está allí, palpitante, viva, hermosísima, bendiciéndole, hablándole de esta manera: “He aquí, hijo mío Jacobo, el lugar de mi elección. Mira este pilar en que me asiento, enviado por mi Hijo y Maestro tuyo. En esta tierra edificarás una capilla. Y el Altísimo obrará, por Mí, milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí, hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo”. Y la cabalgata angélica toma reverente a su Reina, y por un camino de luceros, que será para siempre el Camino de Santiago, le devuelve a su retiro de Jerusalén. Así, tan sencillamente termina el relato de la aparición de Maria, en su carne mortal, al apóstol Santiago, en Zaragoza.

¿Historia o leyenda?

Cuando, en nuestro tiempo, aquel reducido oratorio, edificado por los primeros creyentes, se ha convertido en un suntuoso templo de la Hispanidad, abrir este interrogante de duda suena a herejía intolerable. Pero acaso sea mejor que la critica de dentro y de fuera de España haya cribado rigurosamente tan entrañable suceso. Si se niega la evangelización de nuestra Patria por Santiago el Mayor, nada puede quedar de esta prodigiosa venida de la Virgen, ni de su celeste regalo de la columna. Veamos.

Los adversarios argumentan en dos direcciones: una teológica; la otra, científica. Y dicen: No parece honorable a la santidad y seriedad de María este andar funambulesco por los aires, ni tampoco coherente con su carácter humildisimo el pedir, en vida aún, que el apóstol edifique un oratorio a su dedicación y culto. Pues, en respuesta, os abro la teología de la Virgen, en aquella Pentecostés, cuando preside a los Doce, la mañana elegida por el Santo Espíritu para introducir a la Iglesia públicamente en la historia del mundo. Sobre todos caen las llamas misteriosas de fuego, que los transforma, de hombres, en consagrados “testigos del Señor Jesús”. Aquí, en este ardiente cenáculo, lo veis, se realiza aquella maternidad de gracia—sin estrenar aún—anunciada al mundo por las palabras de agonía de Cristo, en la mutua entrega de su Madre y Juan. Toda maternidad tiene exigencias inviolables y derechos augustos, de sacrificio, de ternuras, de tutelas y socorros cerca de los hijos. Y María, Madre de este pequeño Colegio apostólico y de toda la Iglesia universal. Pues bien; de otro lado, no se pueden negar teológicamente a Nuestra Señora gracias, carismas y dones que hayan sido concedidos a simples mortales, sino que deben atribuírsele en grado eminente. Según la luminosa dialéctica de Santo Tomás de Aquino, María alcanza, en funciones de su divina maternidad, “una grandeza y un poder, de alguna manera, infinitos”, pues vive, como si dijéramos, en las mismas fronteras de la Deidad. Tanto, que el bello arcángel de la Anunciación la saluda: “Salve, la llena de gracia”. Pues la consecuencia será que este don de las traslaciones o bilocaciones, ya concedido a muchos siervos de Dios, hay que reconocérselo realmente a María, que pudo venir a Zaragoza, sin indecoro circense, sino empujada por un amoroso apego que profesaba a Santiago, sin duda porque el apóstol, en su rostro y en su porte, era una estampa viva de su Hijo Jesucristo. Y como Madre de todos los apóstoles.

El tema de la dedicación de un oratorio a su nombre y culto puede plantearse, salvando su exquisita humildad. Las relaciones del prodigio nos aseguran que Ella trajo una columna, de origen celeste, como testimonio y signo de fortaleza. Entonces, ¿por qué no pensar que este templo que la Virgen pide a Santiago sea corno el Arca de la Alianza antigua, el joyel que guarde el tesoro divino de su pilar? Nos promete una intercesión de gracias, milagros y bendiciones muy acorde con los principios dogmáticos de su maternidad divina. Porque, desde el instante de la Encarnación, para que su consentimiento a la empresa redentora de Cristo fuese racionalmente libre, fue necesario que conociera todo el ámbito de obligaciones y derechos de esa su maternidad, es decir, su condición de corredentora, de intercesora y medianera de todas las gracias. La madre Agreda describe así el encargo al apóstol: “Hijo mío Jacobo, este lugar ha señalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo para que en la tierra le consagres y dediques un templo y casa de oración, donde debajo del título de mi nombre, quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido”. Y así, la humilde ‘esclavita” de Nazaret, María, busca primero el honor y la gloria del que la hizo grande con su poder, porque es el Altísimo.

El argumento científico de crítica histórica procede por meras vías de negación. Sin presentar nada positivo, se contenta con calificar de sospechoso que hasta el siglo IX no se encuentran pruebas escritas del prodigio. Más: juzgan inexplicable que los escritores clásicos primitivos omitan su consignación en absoluto: así Idacio, Orosio, San Isidoro de Sevilla, San Julián de Toledo. Y, lo que es más grave, tratadistas aragoneses como San Braulio y Prudencio. Añádase aún el silencio de las liturgias mozárabes, que acostumbran consignar, en sus calendas, las clásicas conmemoraciones de las iglesias españolas, y estará completo todo lo que hay que oponer a esta gloriosa venida de la Virgen del Pilar a España. Bien.

Pero comienzan a enfriarse los quilates del argumento si tenemos en cuenta que Diocleciano mandó destruir, por el fuego, todos los archivos de la Iglesia primitiva. Por otra parte, si examinamos las obras de todos los escritores citados, veremos que ninguna de ellas trata temas en los que lógicamente haya lugar para introducir noticias del suceso. Y, entonces, no es demasiado sospechoso que las omitan, máxime,cuando se trataba, sin duda, de un hecho perfectamente conocido y en la conciencia profunda del pueblo fiel. ¿Pueden asegurar honradamente los adversarios de la venida de la Virgen que los naturales testigos del suceso—estos escritores religiosos citados—no se ocuparon del tema porque él no aparece en las obras escritas que conocemos? ¿Y las que se pudieron perder entre la intemperie de los siglos?

Desde el 855 la prueba en favor de la venida y del templo de Zaragoza es abrumadora. Piadosas donaciones que se hacen “a Santa María la Mayor de Zaragoza”. La bula del papa Gelasio II concediendo indulgencias para reconstruir el templo, derruido por el musulmán; Inocencio I, Eugenio III y Alejandro III, que acogen advocación y culto bajo su papal amparo. Los Alfonsos y los Jaimes, reyes aragoneses: Sancho el Fuerte de Navarra: los Berengueres, condes de Barcelona; multitud de obispos y fieles distinguidos, todos tuvieron a honra extender privilegios y legados, cubrir de magníficos dones esta angélica capilla, raíz y decoro de España.

Por último, la actitud oficial de la santa Iglesia. En las lecciones del Breviario Romano para este día acepta “como piadosa y antigua tradición” la visita de María a Santiago. Clemente XII concede el rezo de su oficio litúrgico, señalando la fecha del 12 de octubre. Pío VII lo eleva al rango de “primera clase con octava” para el reino de Aragón. Pío IX extiende a todas las diócesis de España el privilegio del oficio y de la misa del Pilar. Y Pío XII, en una comunicación de la Sagrada Congregación de Ritos —fecha 14 de febrero de 1958—, concede a todas las iglesias y oratorios de España, Iberoamérica e islas Filipinas “la misa propia de la Bienaventurada Virgen María del Pilar”. Para nosotros, creyentes y españoles, tiene un peso específico y un orgullo santo este proceder litúrgico de la Iglesia de Roma, como testimonio de reconocimiento, en torno a la venida de la Virgen a nuestra Patria.

Pero hay otra congruencia de filosofía de la historia. Los pueblos, en la armonía del mundo, como cada uno de los hombres, tienen asignado un destino en la providencia de Dios. Poniendo a Santiago como raíz de España, ya que él siembra lo permanente del hombre, toda nuestra historia se articula maravillosamente. Apóstol de la Verdad del Evangelio como una temperatura “militante”, él derrama en la sangre española de nuestro cuerpo nacional aquellos ardores que el mismo Cristo define como “Hijo del Trueno”. Vendrá la Reconquista para contrastar ocho siglos de un temple y de constancia aterradores, en holocausto de la unidad de nuestra fe. Y en las más dramáticas ocasiones el “Señor Santiago Caballero” combatirá la victoria de nuestros soldados. Y el mar: la definición de España como una unidad católica universal, adelantada de la fe de Cristo, que bautiza veinte naciones americanas para que recen, en castellano, el padrenuestro, el avemaría, el “Gloria al Padre”, en un rosario colosal de alabanzas a la Trinidad, por Cristo Redentor, en el nombre de María Santísima. Y así es.

Iba el Almirante, ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas, pero seguro. Allí, en las lejanías originales de España, gemía Santiago su misionar como inútil, con los pocos creyentes que le siguen. Pero aquella siembra de amarguras y de sangre florece con ímpetu milagroso de fecundidad. Es la hora del premio, la fe de este Almirante, que marca lo imposible en un navío que tiene nombre de Virgen: la Santa María. Y así Ella, que junto a las aguas del Ebro bautizó el alma de España, ahora arranca del sueño miliario estos millones de indios inocentes, como recién nacidos que España cristianiza a mayor gloria de Dios. Y este 12 de octubre bandean a victoria todas las campanas de las dos orillas; y hay un triunfo de banderas, un murmullo de espumas, un gran vuelo de cóndores andinos, que cantan, bajo la Cruz del Sur, la gran antífona agradecida de la Hispanidad, con toda la cristiandad arrodillada: Bendita y alabada sea la hora en que la Virgen Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Bendita sea por siempre y alabada. Amén.

………………..

MIÉRCOLES DE LA SEMANA 28ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Comentario a las lecturas del dí

a.

1. (Año II) Gálatas 5,18-25

a) Terminamos hoy nuestra lectura de la carta a los Gálatas. Y lo hacemos con una doble lista: las “obras de la carne” y los “frutos del Espíritu”.

Parecería que, con tanto hablar de “libertad” y de relativizar “las obras de la ley”, Pablo estuviera invitando a una espiritualidad más permisiva. Pero no. La fe en Cristo, y la apertura a su gracia, son muy exigentes.

Cuando él habla de “la carne”, se refiere a nuestras solas fuerzas, a la mentalidad meramente humana, que nos lleva a esa lista impresionante de tendencias pecaminosas en el terreno de la impureza y de la idolatría, la falta de control de nosotros mismos y los fallos en la relación con los demás.

Lo contrario son los “frutos del Espíritu”, que son los que deberían trasparentarse en nuestra conducta, con dominio de sí, paz y alegría, y sobre todo entrega amable a los demás.

b) Tenemos un buen examen delante. Un espejo donde mirarnos hoy con sinceridad.

Cada uno sabrá si en verdad “los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos” (es buena imagen la de “crucificar” lo que es anticristiano). Tal vez no tengamos que acusarnos de borracheras, orgías, libertinaje o idolatría. Pero sí puede ser que sigamos a “la carne”, a los criterios humanos, cuando caemos en envidias, rencores y contiendas. Si nos dejamos llevar por los celos y las enemistades, no estamos viviendo según Cristo, sino según la carne.

Al contrario: como cristianos que vamos madurando en nuestra vida de fe, debemos “marchar tras el Espíritu”, porque “vivimos por el Espíritu”, ya desde el Bautismo, y se tienen que ver en nuestra vida sus “frutos”, desde “el dominio de sí” hasta la “alegría y la paz” y “la comprensión, servicialidad y bondad” con los demás. ¿En qué se conoce que caminamos según el Espíritu?: en que vivimos con alegría, con amabilidad, con dominio de sí…

El salmo 1, que suena repetidamente en nuestra misa, nos sigue invitando, desde hace siglos, a elegir los caminos de Dios, y no los del mundo: “dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche”. No es, ciertamente, el apego a la ley que Pablo criticaba, como contabilidad de méritos, sino la ley que cumplimos movidos por la fe y el amor, movidos por el Espíritu de Cristo.

2. Lucas 11,42-46

a) Hoy escuchamos tres acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y una contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron metiéndose en la conversación):

– pagan los diezmos hasta de las verduras más baratas (lo de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias culturas), pero luego descuidan lo principal: “el derecho y el amor de Dios”;

– “os encantan los asientos de honor”,

– “sois como tumbas sin señal”: por fuera, todo parece limpio, y por dentro sólo hay la corrupción de la muerte;

– y los intérpretes de la ley “abruman a la gente con cargas insoportables, y ellos no las tocan ni con un dedo”.

b) Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces. Pero Jesús sigue interpelándonos: ¿merecemos algunos de estos ataques? ¿en qué medida somos “fariseos”?

Ahora no pagamos diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo.

Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: “esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)”.

No invita a no atender a los detalles, sino a asegurar con mayor interés todavía las cosas que merecen más la pena.

¿Se puede decir que no andamos buscando los puestos de honor, ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos, aunque sepamos interiormente que no lo merecemos?

Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. ¿Somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros.

Si de alguna manera somos “doctores de la ley”, porque enseñamos catequesis o educamos o predicamos, pensemos un momento si merecemos la queja de Jesús: ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, cargas insoportables? Ya es exigente de por sí la fe cristiana, pero no tenemos por qué añadirle nosotros cargas todavía más pesadas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: “venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás y permisivos con nosotros mismos.

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11 de octubre.

MARTES DE LA SEMANA 28ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (5,1-6):

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Mirad lo que os digo yo, Pablo: si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Lo afirmo de nuevo: el que se circuncida tiene el deber de observar la ley entera. Los que buscáis la justificación por la ley habéis roto con Cristo, habéis caído fuera del ámbito de la gracia. Para nosotros, la esperanza de la justificación que aguardamos es obra del Espiritu, por medio de la fe, pues, en Cristo Jesús, da lo mismo estar circuncidado o no estarlo; lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,41.43.44.45.47.48

R/. Señor, que me alcance tu favor

Señor, que me alcance tu favor,
tu salvación según tu promesa. R/.

No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos.R/.

Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre jamás. R/.

Andaré por un camino ancho,
buscando tus decretos. R/.

Serán mi delicia tus mandatos,
que tanto amo. R/.

Levantaré mis manos hacia ti
recitando tus mandatos. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.»

Palabra del Señor

…………..

1. (Año I) Romanos 1,16-25

a) El tema central de toda la carta va a ser que la salvación de Dios nos alcanza con plena energía en Cristo Jesús. Y que va destinada no sólo a los judíos sino también a los “griegos”, o sea, a los paganos.

Por una parte está el evangelio, que “es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree” y es Buena Noticia “para los que creen en virtud de su fe, porque el justo vivirá por su fe”.

Pero, por otra, está la debilidad humana, el desfase entre el amor de Dios y nuestro pecado. Hoy, Pablo describe el fallo de los paganos, que deberían haber llegado a conocer a Dios y aceptarle, porque en la misma creación del mundo hay más que suficientes signos de su poder y su divinidad. Sin embargo, “no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que se merecía”.

Los paganos, “alardeando de sabios, resultaron unos necios”: no han sabido dar el salto desde la hermosura de la naturaleza -“Dios mismo se lo ha puesto delante”- a la adoración del Dios verdadero, sino que se han hecho ídolos falsos y han caído en una vergonzosa decadencia en sus costumbres. La creación es ya el primer evangelio, que los paganos no supieron oír.

b) Pablo define el evangelio de Jesús, no tanto como una serie de verdades o de normas morales o de memorias históricas, sino como “fuerza de salvación de Dios”. Es fuerza, hoy y aquí, no un recuerdo del pasado. Una fuerza que ha sido capaz de sacar a Pablo de su convicción judía y farisaica de antes y le ha convertido en apóstol incansable del Señor.

Pero no sólo a él: Dios quiere transformar a todos, judíos o paganos, por la fe en Cristo Jesús.

Pero la Buena Noticia es a la vez juicio y contraste, signo de contradicción. También hoy muchos se quedan en los medios y no llegan al fin, admiran la hermosura y la grandeza del cosmos o los enormes progresos de la ciencia. En vez de llegar a Dios, se llenan de satisfacción con eso y se construyen ídolos a los que adoran. Con las mismas consecuencias morales de corrupción que criticaba Pablo en la sociedad pagana de su tiempo, porque si prescindimos de Dios, estamos prescindiendo también de la ética en sus motivaciones últimas, y entonces no hay control posible que detenga la degradación del obrar humano (sería bueno leer el análisis que hizo el Vaticano II sobre el ateísmo moderno: GS 19-22).

Si a los paganos los llamaba Pablo necios por no llegar a conocer a Dios, a pesar de que tenían suficiente luz, ¡cuánto más lo diría de los judíos, que tuvieron la revelación del AT, y sobre todo de los cristianos, que tenemos la gran suerte de conocer además la verdad plena de Jesús. Todo nos tendría que ayudar a reconocer la cercanía de Dios, y lo afortunados que somos por ser sus hijos: la hermosura sorprendente de la creación, la historia de salvación que Dios lleva desde el comienzo de la humanidad y, sobre todo, el don que nos ha hecho en Cristo su Hijo y también en la Iglesia, que, animada por el Espiritu de Jesús, prolonga en el tiempo su plan salvador. No tenemos excusa si no vivimos totalmente impregnados por la Buena Noticia y movidos por su fuerza transformadora.1. (Año II) Gálatas 5,1-6)

a) Sigue el tema de la libertad: las últimas frases de ayer son también las primeras de hoy: “Cristo nos ha liberado para vivir en libertad… por tanto no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud”.

Un símbolo de la vuelta a lo antiguo sería la circuncisión. Volver a dar importancia a esta norma, que los cristianos prácticamente habían dejado aparte, es el signo de que también se está queriendo volver a toda la ley antigua, y por tanto, como dice Pablo, “habéis roto con Cristo, habéis caído fuera del ámbito de la gracia”. Se trata de poner nuestra confianza, no en la observancia de las leyes, sino en la fe en Cristo y en la esperanza de su Espíritu. Lo cual, para Pablo, es capital para la identidad del cristiano.

b) Vivir con libertad interior, con libertad de hijos, es dejarse mover por el Espíritu de Cristo, y no por un legalismo exagerado, que Jesús ya criticó en los fariseos, que se fiaban más de las prácticas externas y de los méritos que de la gracia de Dios.

Lo que importa, para Pablo, no es la circuncisión. Se ve que los judaizantes de turno incitaban a los cristianos a volver a esta práctica que en la ley de Moisés era obligatoria.

Ahora la comunidad no le daba importancia: “lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor”. Hermosa fórmula, densa, llena de compromiso. Se ve en seguida que la libertad no es hacer uno lo que le viene en gana: es “fe activa en la práctica del amor”. No hay nada más exigente que el amor. Como en los hijos de una familia, que no obedecen o actúan por miedo al castigo o por hacer méritos interesados, sino por amor y por corresponsabilidad.

El salmo respira una actitud así: “cumpliré sin cesar tu voluntad, por siempre jamás, andaré por un camino ancho buscando tus decretos: serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo”.

2. Lucas 11,37-41

a) Continúa el viaje de Jesús, camino de Jerusalén. Lucas sitúa en este contexto una serie de recomendaciones y episodios. Durante tres días escucharemos sus duras invectivas contra los fariseos.

Los fariseos eran buena gente: cumplidores de la ley, deseosos de agradar a Dios en todo. Pero tenían el peligro de poner todo su empeño sólo en lo exterior, de cuidar las apariencias, de sentirse demasiado satisfechos de su propia santidad. Por eso les ataca Jesús, con el deseo de que reflexionen y cambien.

Tal vez no haya que pensar que dijo todo esto precisamente en casa del fariseo que le había invitado a comer. Es un recurso literario de Lucas: agrupar las varias enseñanzas de Jesús contra las actitudes de los malos fariseos. Mateo y Marcos las sitúan en otro contexto.

Hoy la acusación es que los fariseos cuidan lo exterior -limpiarse las manos, purificar los vasos por fuera- y descuidan lo interior: “por dentro rebosáis de robos y maldades”. Lo de “dar limosna” es uno de los temas preferidos de Lucas, pero no se sabe a qué se puede referir lo de “dar limosna de lo de dentro”: ¿darse a sí mismo, su tiempo, su interés? ¿dar desde dentro, con el corazón, y no sólo con apariencia exterior?

b) Los detalles exteriores, que pueden ser legítimos, sin embargo no son tan importantes como las actitudes interiores.

Claro que hay gestos externos y ritos celebrativos en nuestra vida de fe. El mismo Jesús nos encargó, por ejemplo, que hiciéramos el doble gesto del pan y del vino en memoria suya. Lo que desautoriza aquí es que nos quedemos en mero formalismo, que nos contentemos con lo exterior, cuando los gestos deben ser signo de lo interior.

Nosotros no nos escandalizamos ahora si alguien no se lava las manos. Pero puede haber “escándalos farisaicos” equivalentes, si nos contentamos con limpiar lo de fuera, mientras que lo de dentro lo tenemos impresentable, si ponemos demasiado énfasis en detalles insignificantes y casi hacemos depender de ellos la justicia o la salvación de alguien.

¿Qué es lo que nos preocupa: el ser o el parecer? ¿cumplir los ritos externos o la conversión y la pureza del corazón? Nuestra religión es “religión del deber” o “religión de la fe y del amor”?

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9 de septiembre.

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Domingo XXVIII del tiempo ordinario.

El tema de las lecturas del domingo pasado era el de la fe: (“Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a este árbol arráncate y plántate en el mar y el los obedecería”). Hoy las lecturas de la Palabra de Dios nos hablan de una dimensión de la fe, o, si prefieren, de una consecuencia de la fe: la curación. La primera lectura y la tercera nos hablan ambas explícitamente de curación, y de curacion obtenida por medio de la fe.

En la primera lectura vemos a Naamán, un oficial del ejercito sirio, y entonces un extranjero, en relación al pueblo de Israel, que va a esa tierra para hacerse curar de la lepra (hace un par de años en un diario de argentina leí que todavía hay gente que padece esta enfermedad) por medio del profeta Eliseo, el profeta de Dios. Después de su curación, quiere recompensar al profeta, pero Eliseo lo rechaza, porque sabe muy bien que el no es el autor de esta curación. Él a funcionado solamente como intermediario, al fin de poder ofrecer un culto al Dios de Israel.

En el Evangelio vemos diez leprosos curados –curados porque han creído. Los diez han creído y todos fueron curados por su fe, y sin embargo uno solo pensó en regresar atrás para agradecer. Como Naamán, era también, un extranjero. Era encima Samaritano.

Todos podemos ser Naamán y todos podemos ser uno de los diez curados por Jesús. En cual lugar nos ponemos?

Si tenemos un poco de conocimiento de nosotros mismos, sabemos que todos estamos un poco heridos. Todos llevamos dentro heridas que nos pesan más o menos. Pueden ser superficiales o profundas. Pueden ser de carácter físico, psicológico o espiritual. Quizá fuimos heridos en nuestra infancia, o cuando eramos jóvenes, o más tarde. Hemos conocido fallos durante nuestra infancia y en nuestra vida. Y, junto a todo esto, tenemos evidentemente la herida de nuestros pecados.

Jesús nos ofrece la curación de todas estas heridas. En realidad, no hace falta que venga y haga un truco mágico, como no lo necesito Eliseo (no quiso ni figurar, solo indicó que hacer, bañarse un simple gesto), todos tenemos dentro una fuerza capaz de curar todas las heridas. Este poder de curación tiene necesidad de ser liberado, activado; y eso lo hace la fe. Ahora, la fe se da cuando nos encontramos con Cristo mismo, o a veces con una mensajero de Cristo, con un profeta. No nos curamos por sugestión, nos cura Dios. No solamente debemos estar atentos en reconocer los mensajes que Jesús nos manda, sino que todos estamos llamados para ser los unos para los otros profetas, como Eliseo lo fue para Naamán, y entonces llamados para ser fuente de fe y de curación los unos de los otros.

En realidad, esta gracia de curación llega tan frecuentemente a nuestra vida, que nosotros no le prestamos atención lo suficiente. Como los nueve leprosos del Evangelio, la mayor parte de las veces olvidamos volver atrás a decir “gracias”, y de dar a Dios nuestra alabanza y adoración.

La lepra en tiempos de Jesús era una enfermedad terrible, les ponían un cencerro al cuello para que la gente no se les acerque ademas de que iban gritando que eran leprosos vivían a las afueras de la ciudad. El Papa Francisco habla de las periferias existenciales, tienen este antecedente en el Evangelio. Cuanta curación necesita nuestra sociedad, porque la necesitamos todos. Esta fuerza curativa de la fe solo funciona cuando tiene su objeto propio, el Verdadero Dios. La fe no crea la realidad, sino que se pone al alcance de ella cuando se toca a Dios. Contra lo que la razón moderna supone lo más real y objetivo en el vida es Dios, pero es tan real como nuestra libertad, si queremos podemos permanecer en la irrealidad, podemos aislarnos en diversas lepras que no nos dejan tener la salud que Jesús nos vino a traer.

En esta santa Misa demos gracias a Dios por habernos creado y regalado su amistad, en Jesús, el médico de todos nuestros males y heridas, y por habernos liberado de nuestros pecados. Que María nos haga gratos con Dios y los hermanos.

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7 de octubre.

Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Piñeiro, Avellaneda. Comunidad del P. Fernando Abraham, Jesús pan de vida.

Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Piñeiro, Avellaneda. Comunidad del P. Fernando Abraham, Jesús pan de vida.

EL SANTÍSIMO ROSARIO

Fangeaux está en un alto, dominando la inmensa llanura de Lauregais. Es un paisaje impresionante, en especial por la inmensidad del horizonte que se descubre. Precisamente Dios Nuestro Señor lo eligió para abrir los ojos de Santo Domingo de Guzmán a otro paisaje más dilatado aún, el de la inmensidad de las almas que estaban esperando quien les mostrara el camino de la auténtica vida cristiana.

Un discreto y sencillo monumento, llamado la Seignadou, marca y lugar en que, estando en oración, recibió el Santo una gracia extraordinaria. Pocos detalles sabemos de ella. Es muy fácil que, como suele ocurrir tantas veces en las vidas de los santos, ni el mismo Santo Domingo percibiera desde el primer momento toda la trascendencia de lo que entonces se le revelaba. Parece cierto que Dios le confirmó en su idea de fundar una Orden de Predicadores, que le confirmó también que eran aquellas tierras del mediodia de Francia el más adecuado escenario para dar comienzo a la tarea, y que la Santísima Virgen mostró mirar con especial predilección este apostolado dominical.

¿Ocurrió entonces la revelación del Santísimo RosarIo? Ya hemos dicho que es poco lo que nos queda de fehaciente sobre aquella visión. El Santo no fue nunca explicito, pero la tradición unánime hasta tiempos muy recientes ha hecho a Santo Domingo de Guzmán fundador del rosario. Oigamos, por ejemplo, al papa Benedicto XV:

“Y así—dice hablando de Santo Domingo—, en sus luchas con los albigenses que, entre otros artículos de nuestra fe, negaban y escarnecían con injurias la maternidad divina de Maria y su virginidad, el Santo, al defender con todas las fuerzas de su alma la santidad de estos dogmas, imploraba el auxilio de la Virgen Madre. Con cuánto agrado recibiese la Reina de los cielos la súplica de su piadosisimo siervo, fácilmente puede colegirse por el hecho de haberse servido de él la Virgen para que enseñase a la Iglesia, Esposa de su Hijo, la devoción del Santísimo Rosario: es decir, esa fórmula deprecatoria que, siendo a la vez vocal y mental (pues al mismo tiempo que se contemplan los principales misterios de la religión se recita quince veces la oración dominical con otras tantas decenas de avemarias), es devoción muy a propósito para excitar y mantener en el pueblo el fervor de la piedad y la práctica de todas las virtudes. Con razón, pues Domingo de Guzmán manda a sus hijos que, al predicar a los pueblos la palabra de Dios, se dedicasen constantemente y con todo empeño a inculcar en los ánimos de sus oyentes esta forma de orar, cuya utilidad práctica tenía él harto experimentada.”

Este es, por consiguiente, según el parecer unánime de la tradición, robustecida por los documentos pontificios el celestial origen del Santísimo Rosario. La moderna critica pone, sin embargo, no pocos reparos a este sentir. Las trazas del rosario como devoción popular son muy posteriores, y aparecen con independencia de la actuación de Santo Domingo.

No es éste el lugar de discutir una cuestión histórica. Como suele suceder en estas ocasiones, hay un desenfoque inicial en la actitud de los críticos: una idea, una institución, una devoción, no nacen nunca enteramente hechas. Piénsese en la devoción al Corazón de Jesús, elaborada durante siglos por el amor hacia la humanidad de Cristo que iba en aumento. O piénsese en la serie de vicisitudes por que pasa una idea, antes de plasmar en una realización práctica, poniendo ante los ojos, por ejemplo, las diversas tentativas y ensayos que precedieron a la configuración jurídica de la Compañía de Jesus. Que Santo Domingo de Guzmán concibió su apostolado y el de sus hijos con un mabz eminentemente mariano. no hay quien lo discuta. Que ya en los primeros tiempos de la Orden dominicana encontramos la recitación frecuente del avemaría, utilizando incluso cuerdas con nudos, también parece cierto. Recuérdese el ejemplo de Romeo de Livia, O. P. (+ 1261): el de Delfín Humberto, O. P. (+ 1356), el de la Beata Margarita Ebner, O. P. (+ 1351); el de Juan Taulero, O. P. (+ 1361), y otros muchos personajes eminentes de la Orden de Predicadores en los que encontramos elementos que luego han de servir para dar la estructuración definitiva al rosario. Esto sólo puede explicarse, o al menos se explica muy fácilmente, teniendo presente una tradición que arrancara del fundador y que perseverase dentro de la Orden.

A base de estos elementos comienza la devoción del rosario a extenderse en el siglo XV por obra principalmente de dos insignes dominicos: Alano de Rupe, forma latinizante de su apellido de la Roche, y Santiago Sprenger. El primero prefería la fórmula “salterio de la Virgen” más que la de rosario, que le parecía un tanto paganizante, y trabajó no poco en los Países Bajos por extenderlo. Sprenger no sólo consiguió extender grandemente el rosario por Alemania y los países del centro de Europa, sino que escribió un folleto de propaganda y consiguió la primera aprobación por parte de la autoridad apostólica el 10 de marzo de 1476, otorgada por el papa Sixto IV. Ni fue ésta sola la aprobación que obtuvo, sino que antes de morir logró nuevos documentos pontificios y la confirmación de todo lo actuado por parte del maestro general de la Orden. Por eso aunque algunas veces no se valore suficientemente su influencia en la difusión del rosario, es necesario tenerle por uno de los más destacados artífices de la difusión de la misma.

Ya desde entonces puede decirse que la marcha del rosario por todo el mundo es verdaderamente triunfal. Pronto salta de los países de la Europa central a los países latinos, y las concesiones papales se encuentran ya en abundancia. En España mismo vemos cómo el cardenal Gil de Viterbo, legado para España y Portugal, después de definir el rosario en su forma actual, concede gracias en 1519 a la cofradía que se había fundado en Tudela. En Vitoria, en el convento de Santo Domingo, había una capilla y altar bajo la advocación del rosario, a la que Adriano VI concede amplias indulgencias el 1 de abri! de 1523, confirmadas luego por Clemente VII y dos veces por Paulo III. Algo parecido se encuentra ya por todas partes, no sólo en Europa, sino también en América, a la que la devoción del rosario es llevada por los dominicos. Ni se piense solo en el rosario como una devoción exclusivamente dominicana: San Ignacio de Loyola, por ejemplo, y los primeros jesuítas fueron extraordinariamente afectos a ella.

Los papas continuaron alabando esta devoción y cargándola de indulgencias. Pero quien verdaderamente aparece como eminente en la historia del rosario es San Pio V. Tras algunos actos de carácter más bien particular, el día 17 de septiembre de 1569 daba la solemne bula Consueverunt Romani Pontífices, en la que no sólo definía ya con exactitud el rosario, sino que además resumía y ampliaba todos los privilegios e indulgencias unidos a esta devoción. Continúa durante todo su pontificado trabajando por la difusión del rosario. Y el 5 de marzo de 1572 da la bula Salvatoris Domini, en la que, recordando la victoria obtenida en Lepanto el 7 de octubre, permite a la Cofradía del Rosario de Martorell (Barcelona) que ese día celebren todos los años una fiesta bajo la advocación de la Virgen del Rosario, según lo había pedido don Luis de Requesens, señor de Martorell, que había estado presente en Lepanto. No parece que pueda decirse que fue San Pío V el que insertó en las letanías la invocación “Auxilium christianorum”, sino que tal invocación parece haber tenido origen en sus tiempos en Loreto mismo, por donde pasaron no pocos de los que habían participado en la batalla de Lepanto.

Su sucesor Gregorio XIII, el 1 de abril de 1533, extiende la fiesta del Rosario a todas las iglesias y capillas en que estuviera erigida la cofradía. Clemente Xl, en 1716 extendió la solemnidad a la Iglesia universal, unida al primer domingo de octubre. Sólo en 1913, como consecuencia de la reforma litúrgica que quiso descargar de fiestas los domingos, quedó fijada en el calendario de la Iglesia universal esta fiesta en el 7 de octubre, conservando la Orden dominicana el privilegio de celebrar la fiesta el mismo primer domingo de octubre.

Todos estos datos cronológicos y eruditos no son al fin y al cabo más que una manifestación del unánime sentir del pueblo cristiano, que ama extraordinariamente esta devoción. Con el certero instinto que le caracteriza, adivina lo grata que es a la Santísma Vrgen. Por eso en cuantas circunstancias, agradables o tristes, se presentan en la vida del cristiano, espontáneamente sube a sus labios esta hermosa oración. Ya se encuentre velando un cadáver, ya se acerque en peregrinación a un santuario famoso, ya trate de ofrecer algo por el éxito de unos exámenes o la resolución de un asunto difícil… en cualquier circunstancia el cristiano recurre al rosario, seguro de hallar en él un obsequio verdaderamente grato a la Santísima Virgen.

Y que tal sentir no es erróneo nos lo demuestra claramente la actitud de la Iglesia. Puede decirse que no hay devoción que de manera tan continuada haya sido recomendada e inculcada por los Romanos Pontífices. Es más, hay un hecho bien significativo: la devoción al rosario es para los Papas un refugio providencial en las circunstancias dificiles que se presentan a la Iglesia. Ya se trate, como en tiempos de San Pío V, del peligro turco, ya se trate de los espinosos problemas que plantea la fermentación intelectual del siglo XIX, como en tiempos de León XIII, hacia esta devoción se vuelven los ojos de los Papas

¿En qué está el secreto de la eficacia? Precisamente los mismos Papas nos lo dicen: en tratarse de una devoción que, siendo sencilla, está, sin embargo, llena de contenido. Sencilla, porque hartos estamos de ver cómo la más humilde mujercita sabe rezar su rosario. Llena de contenido, puesto que sistemáticamente nos obliga a recorrer los principales misterios de la vida de Jesucristo y de su santísima Madre.

Buena prueba de ello la tuvieron los misioneros que en 1865 descubrieron, viva aún, la fe de no pocos japoneses que ocultamente habían continuado, aislados del resto del mundo, siendo cristianos. La fiesta de Nuestra Señora de Japón, que se celebra allí el 17 de marzo, recuerda precisamente ese descubrimiento. Pues bien, una de las armas que habían servido para mantener viva la fe, había sido el rosario, recitado por aquellos que sobrevivieron a las persecuciones y por sus descendientes, que de ellos lo habían aprendido.

Trabajar, por consiguiente, en el conocimiento y en la difusión del Santísimo Rosario es hacer obra muy grata a Dios Nuestro Señor y contribuir al arraigo y difusión de nuestra santa fe. La aparición de la Santísima Virgen en Lourdes y Fátima, así nos lo confirman. Como nos confirma también la admirable adaptación de esta forma de devoción a los tiempos modernos la asombrosa acogida que ha tenido la cruzada del rosario en familia, nacida en Estados Unidos y difundida por todo el mundo. Así como numerosas apariciones contemporáneas esperando aprobación eclesial.

VIERNES DE LA SEMANA 27ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (3,7-14):

Comprended de una vez que hijos de Abrahán son los hombres de fe. Además, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia: «Por ti serán benditas todas las naciones.» As! que son los hombres de fe los que reciben la bendición con Abrahán, el fiel. En cambio, los que se apoyan en la observancia de la ley tienen encima una maldición, porque dice la Escritura: «Maldito el que no cumple todo lo escrito en el libro de la ley.» Que en base a la ley nadie se justifica ante Dios es evidente, porque lo que está dicho es que «el justo vivirá por su fe», y la ley no arranca de la fe, sino que «el que la cumple vivirá por ella.» Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol.» Esto sucedió para que, por medio de Jesucristo, la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles, y por la fe recibiéramos el Espíritu prometido.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 110,1-2.3-4.5-6

R/. El Señor recuerda siempre su alianza

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R/.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. R/.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,15-26):

En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: «Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo.
Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: “Volveré a la casa de donde salí.” Al volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio.»

Palabra del Señor

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1. (Año II) Gálatas 3,7-14

a) Pablo recurre al ejemplo de Abrahán, que pueden entender muy bien sus interlocutores de Galacia. Los judaizantes se sentían orgullosos de ser hijos de Abrahán. Pablo revuelve el argumento a favor de su evangelio, el de Jesús.

Abrahán recibió de Dios una misión universalista: “previendo que Dios aceptaría a los gentiles por la fe, le dijo a Abrahán: por ti serán benditas todas las naciones”. Parece que los judíos han olvidado este universalismo que era rasgo de su identidad ya desde el principio.

Lo mejor de Abrahán fue su fe. Para Pablo, la ley del AT no salva a nadie -la llama “maldición” varias veces- si se entiende meramente como un cumplimiento de leyes y de obras. Incluso los que se salvaron antes de Cristo, se salvaron por su fe, no por sus obras. Y desde la venida de Cristo, mucho más.

b) El dilema, para Pablo es: apoyarnos en nuestros propios méritos o en la bondad de Dios, centrar nuestra espiritualidad en las obras cumplidas o en nuestra apertura a la gracia de Dios. Un dilema que puede ser de actualidad en nuestra vida.

La fe de Abrahán es modélica. Era pagano cuando fue llamado a una misión que no acababa de entender. Pero se fió totalmente de Dios y emprendió su peregrinación. Eso es lo que le hace modelo de los creyentes. Dios no le eligió por sus obras, sus méritos anteriores. Dios actúa con gratuidad. Pero él creyó en Dios.

A nosotros también nos pide una fe absoluta en su Hijo Jesús, una fe que ciertamente comportará obras de fe y una conducta coherente: pero no es la conducta la que nos salva, sino la gracia de Cristo. No llevamos contabilidad de las cosas buenas que estamos haciendo por Dios. ¿Lleva contabilidad un padre o una madre por lo que hace por la familia? ¿pasa factura un amigo por un favor que ha hecho? A nosotros no nos salvará “la ley” que hemos cumplido, aunque seguramente la hemos cumplido, y con amor, sino la gratuita generosidad de Dios.

Tampoco nos salvará el pertenecer “a la raza de Abrahán”: para nosotros, el formar parte de la Iglesia, o de una familia cristiana, o de una comunidad religiosa. Es la respuesta de cada uno ante el amor y la gracia de Dios la que decidirá. Son “hijos de Abrahán”, no los que provienen de él por lazos de raza, sino los que le imitan en su actitud de fe.

2. Lucas 11,15-26

a) La oposición contra Jesús, por parte de sus enemigos, llegó a extremos curiosos: “algunos dijeron: si echa los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios”. ¿Cómo se puede luchar contra el demonio precisamente en nombre del demonio?

Jesús responde con ironía, preguntando si es que había guerra civil en los dominios de Satanás, y también, en nombre de quién echaban los demonios los que en Israel ejercían el ministerio de exorcistas, que también los había. Lo que pasaba es que los enemigos de Jesús no querían llegar a la conclusión que hubiera sido la más lógica: “el Reino de Dios ha llegado a vosotros”.

Pero también nos avisa de que puede haber recaídas en el mal y en la posesión diabólica: “cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, vuelve con siete espíritus peores y el final resulta peor que el principio”.

b) Todos estamos implicados en la lucha entre el bien y el mal. El mal -el Malo- sigue existiendo y nos obliga a no permanecer neutrales, sino a posicionarnos en su contra, junto a Cristo.

Al leer cómo Jesús libera a los posesos y cura a los enfermos, estamos convencidos de que “el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros”, que su fuerza salvadora ya está actuando.

A nosotros no se nos ocurrirán las excusas ridículas de los que no querían aceptar a Jesús.

Pero sí podemos caer en una actitud de pereza o de miedo, o bien no ser conscientes de que en efecto existe el mal, dentro de nosotros y en el mundo y en la Iglesia.

Jesús es “el más fuerte” que ha vencido al poder del mal, en su Pascua, y ahora nos invita a que nos unamos a él en esa lucha: “el que no está conmigo, está contra mí”. No podemos ser meros espectadores en la gran batalla.

También haremos bien en escuchar su advertencia: no estamos seguros de haber vencido al mal y al pecado. Puede venir ese espíritu maligno “con otros siete espíritus peores” y “meterse a vivir” en nosotros. Lo que sería una ruina peor. La llamada a la vigilancia es evidente. Cada uno sabe qué demonios le pueden tentar desde dentro y desde fuera. Haremos bien en decir humildemente, con el Padrenuestro, “no nos dejes caer en la tentación”.

Cuando comulgamos, se nos invita a participar de Cristo Jesús, que es “el que quita el pecado del mundo”. La Eucaristía es la mejor fuerza que Dios nos da en la lucha contra el mal.

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UNA NOTICIA:

El próximo lunes 24 de octubre de 2016 es una fecha ingrata para el Mal, un signo que delata la derrota de Satanás y sus demonios. Ese día, cerca de Roma, se reunirán más de trescientos miembros de la Asociación Internacional de Exorcistas para “hacer comunidad, compartir experiencias e información que beneficia el ministerio”, informa a Portaluz padre Luis Escobar, exorcista oficial de la diócesis de Rancagua (Chile), quien acudirá también al referido encuentro de seis días.

La reciente muerte del fundador de la Asociación, padre Gabriele Amorth, marcará seguramente este Congreso de Exorcistas, señala padre Luis, “porque él es desde ahora una ganancia para nosotros en el cielo”, puntualiza.

Este año 2016, gracias al Jubileo de la Misericordia, el demonio “está siendo barrido de muchas almas”, destaca padre Escobar. Los fieles de todo el mundo -puntualiza- tienen el privilegio de optar por salvar sus vidas, dando un sí auténtico a Dios y un rechazo al demonio. La receta para esto es conocida señala el exorcista: “vivir a diario la fe orando, acudiendo regularmente a confesarse, a la eucaristía y practicando obras de misericordia, por amor a Dios”.

Las armas de los Hijos de la Luz

La importancia de este Congreso quedó de manifiesto el pasado 25 de septiembre en las declaraciones del psiquiatra italiano Valter Cascioli a diario La Stampa, al señalar que la acción extraordinaria del demonio hoy se ha incrementado al punto de ser una “emergencia pastoral”.  Cascioli afirma… a medida que las personas se alejan de la fe “recurren a prácticas esotéricas, ocultas y satánicas, con serias lesiones físicas, psicológicas, espirituales y morales”. Cuestiones todas que serán parte de las ponencias y diálogos del próximo Congreso de exorcistas.

Pero también conocerán los asistentes al encuentro, experiencias que revelan cómo “el incremento del consumo de drogas y la adicción a la pornografía, son facilitadores y signos de la acción del demonio”, cuestión que han destacado los sacerdotes exorcistas de Estados Unidos Gary Thomas y Vincent Lampert en crónica reciente publicada el pasado 26 de septiembre por The Telegraph.

El triunfo es de Cristo

Padre Luis Escobar complementa advirtiendo que el demonio se expresa hoy en una diversidad de realidades que el Congreso analizará. Pero es firme e insiste en anunciar que… “a pesar de las guerras, de ideologías que imponen o validan como bueno aquello que es nocivo para el ser humano; de que se busca destruir la identidad cultural de las comunidades locales; aunque aumente la persecución de los cristianos y ataquen los valores que por siglos han consolidado el bien común en cientos de países… el triunfo es de Cristo y por la fe, de quienes siguen sus pasos”.

En este contexto el próximo Congreso pone de manifiesto ante el Papa y los obispos la necesidad de preparar adecuadamente y designar nuevos sacerdotes para este ministerio que hace explicita la misericordia de Dios. Porque si bien los exorcistas han aumentado en los últimos años, denuncia el psiquiatra Cascioli, “su número es aún insuficiente como para hacer frente a la dramática situación que afecta principalmente a los jóvenes”.

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4 de octubre.

Óleo de Cigoli.

Óleo de Cigoli.

SAN FRANCISCO DE ASÍS
(+ 1226)

—¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo viene en pos de ti? Así le preguntaba cierto día a San Francisco uno de sus discípulos, intrigado por la irresistible atracción que ejercía un hombre externamente tan despreciable como el Pobrecillo de Asís.

Fray Maseo, que tal era el nombre del que preguntaba, se planteó hace ya siete siglos un problema que todavia hay sigue intrigando a cuantos reflexionan sobre él. Prescindiendo de los innumerables simpatizantes que San Francisco tiene, tanto entre los católicos como entre los que no lo son, cuarenta y seis mil religiosos, ciento cincuenta mil religiosas y tres millones de terciarios franciscanos están atestiguando que todavía subsiste actualmente el hecho observado por fray Maseo. Nuestra sabiduría popular lo ha reflejado en el adagio de que “o por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano”. Y esto viene sucediendo así desde hace setecientos años. ¿Qué tendrá San Francisco para ejercer esta atracción? Cuanto más se estudia la personalidad del Santo más claras aparecen estas tres cosas: humanamente considerado, San Francisco poseía una riqueza de dotes intelectuales, morales y psicológicas que hacen atrayente su figura; estas cualidades humanas, lejos de quedar sepultadas, adquirieron bajo el manto de la santidad un matiz nuevo y le infundieron a ésta un carácter extraordinariamente amable; la unión de las cualidades humanas y de la santidad hicieron de San Francisco el Santo eminentemente moderno.

La riqueza de sus atractivos humanos se nos presenta desbordante ya en su misma juventud. Y es que, además de poseer excelentes cualidades, dispuso también de medios para manifestarlas.

Nacido en Asís entre 1181 y 1182, tuvo la fortuna de poseer una madre piadosa, Madonna Pica, de la que recibió una honda educación cristiana. Su padre, Pedro Bernardone, era un rico mercader en telas. De carácter jovial, altruista, soñador, caballeresco, Francisco amaba la vida y se entregó a ella. Por eso lo encontramos constituido en jefe de la juventud, en organizador de holgorios y bullanguerias, en alma de todas las fiestas juveniles. Le gustaba vestir con elegancia, cultivar el cabello, aparecer limpio, comportarse con finura y cortesía. Los historiadores nos lo presentan también como generoso hasta el derroche leal con los amigos y liberal para con los pobres. Era un auténtico juerguista, pero no un disoluto. Sus fiestas juveniles eran bulliciosas, pero se mantenían siempre dentro de lo correcto. Se nos dice que nunca perdió la gracia santificante.

Este carácter alegre, jovial, desprendido, volverá a manifestarse con mucha frecuencia a lo largo de su vida. En medio de sus enfermedades cantaba. A sus frailes los quería ver siempre alegres, con esa sana y honda alegría que nace del saber que se tiene a Dios. En medio de su pobreza daba cuanto tenia a otro tal vez menos pobre que él. A su Orden le imprimió ese sello característico de alegría y de pobreza que se ha hecho proverbial. Pero de una pobreza que, cuando no tiene que dar, se da a si misma de una manera alegre por amor de Dios.

A los veinte años le sobrevino una crisis. En su ciudad natal se declararon la guerra nobles y plebeyos. Aquellos aliados con la vecina ciudad de Perusa vendieron a éstos y Francisco, que había luchado en las filas de los humildes tuvo que soportar en Perusa un año de prisión. Al poco tiempo de verse libre, en 1203, se apoderó de él una fiebre gravisima. Durante la convalecencia se percata, con gran sorpresa suya, de que las fiestas juveniles ya no le llenaban el alma, y entonces, sediento de aventuras, en 1205 emprendió viaje hacia el sur de Italia para luchar contra el Imperio al lado de las fuerzas de Inocencio III. Inesperadamente, desde Spoleto, regresa a Asís cuando apenas había hecho otra cosa que iniciar el viaje. Es que la mano de Dios había comenzado a trabajarlo de una manera definitiva. Poco a poco va perdiendo el gusto por las diversiones bulliciosas. Poco a poco se va dando cuenta de que algo quiere Dios de él. ¿Qué será?

Años cruciales y difíciles fueron para Francisco los transcurridos entre 1205 y 1208. Abandonado de sus amigos, distanciado de su mismo padre, a quien en presencia del obispo de Asís le entregó hasta los vestidos que llevaba puestos, inició amistad con los pobres y con los leprosos. Su carácter dinámico y resuelto le impulsó a restaurar tres ruinosas ermitas de Asís una vez que en la de San Damián le pareció oír del crucifijo la voz de que restaurase su casa. El nuevo comportamiento del joven no podia menos de parecer absurdo a quienes lo habían conocido antes. Pero lo grave para Francisco no era tanto el hecho de que sus conciudadanos comenzasen a mirarlo como un lastimoso enajenado, cuanto la angustiosa incertidumbre en que vivía respecto de la voluntad de Dios.

Después de tan larga crisis, el 24 de febrero de 1208 le vino la luz repentinamente. Al oir las palabras del Evangelio en que Jesucristo enviaba a sus apóstoles por el mundo a hacer bien a todos, desprovistos de todo y expuestos a cualquier trato que quisieran darles, Francisco, súbitamente iluminado por Dios, comprendió que esto mismo era lo que el Señor pedía de él. A su característico dinamismo le faltó tiempo para llevar a la práctica el programa evangélico. No importaba que sus conciudadanos se mofasen de él. Descalzo, vestido de túnica y capuchón aldeanos, y ceñido con una cuerda, apareció por las calles de Asís predicando, con el entusiasmo y vigor que le eran propios, la paz, la pobreza y la caridad cristianas.

Si una obra es de Dios, tarde o temprano termina por triunfar. Francisco experimentó muy pronto que la suya era obra divina. Mientras la mayor parte de los habitantes de Asís esperaban que el nuevo apóstol fracasase en su empeño, a los dos meses de su decisión se le comenzaron a unir hombres tan sensatos y respetados en la ciudad como el rico y sesudo Bernardo de Quintaval, el pobre pero honrado Gil de Asís y el noble e ilustrado canónigo de la catedral Pedro Cattani. Incomprensiblemente a los ojos de los prudentes del mundo, estos hombres abandonaron la sabiduría y riqueza humanas para, al igual que Francisco, dedicarse a predicar a los demás el Evangelio viviéndolo ellos personalmente de la manera más radical.

Cuando a estos tres discípulos de la primera hora se le sumaron otros ocho, el Santo experimentó la necesidad de trazar para los doce un único programa de vida. Recopiló con este fin varios textos del Evangelio, aquellos precisamente que hablan de la renuncia a todo y del seguimiento decidido de Jesucristo, y con sus discípulos se presentó a Inocencio III para que le aprobase el nuevo modo de vida. La iniciativa de someter previamente al Papa la breve regla de una naciente Orden religiosa era inusitada entonces. Pero más llamativo que este gesto original de Francisco era el contenido de la regla misma. Nadie, ni incluso Inocencio III, creían posible vivir como Francisco y sus compañeros se proponían. ¿Es que entonces, objetaba el Santo, era imposible vivir el Evangelio? El Papa comprendió que Francisco tenia razón y aprobó verbalmente su programa de vida. Era el año 1209. El año del nacimiento de la Orden franciscana.

Constituido en padre de una familia religiosa, San Francisco en adelante ya no es sólo él, sino también sus hijos. Pero ni él ni sus hijos se pueden comprender si las cualidades humanas del padre las seccionamos del elemento divino que comenzó a intervenir a raíz de su crisis.

La gracia no cambia la naturaleza. A sus veintiséis o veintisiete años, Francisco seguía conservando su espiritu idealista y caballeresco de años atrás. Se trata de aquel espiritu caballeresco de la Edad Media que lo arriesgaba todo por el honor o por la gloria de depositar los laureles a los pies de la amada, y que Francisco no pudo saciar cuando, de camino hacia el sur de Italia para participar en la guerra, la gracia divina le hizo regresar a Asís. Esta misma gracia es la que ahora, apoderándose de su espiritu caballeresco inicialmente contrariado, lo proyectó hacia nuevos ideales. Francisco y sus compañeros se convirtieron en caballeros andantes del Evangelio, porque sin un qui jotismo espiritual como el suyo, a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse a la conquista de las almas desprovistos de todo, renunciando a todo, descalzos, burdamente vestidos, dependiendo de la benévola caridad de los demás.

Sorprendentemente, este género de vida obtuvo un éxito que nadie hubiera podido pronosticar. La Iglesia necesitaba entonces de reforma y todos anhelaban un cristianismo más impregnado de Evangelio, sobre todo en el aspecto de la pobreza. Este ambiente dio origen a una verdadera pululación de sectas heréticas que se proclamaban las restauradoras del cristianismo evangélico o apostólico como entonces se llamaba. Reflejando los deseos de todos y oponiéndose a las desviaciones heterodoxas, Francisco of reció con su Orden la verdadera solución a los problemas de la Iglesia. De aquí que las gentes se volcaran sobre él: a los doce años de su fundación, en 1221, la Orden contaba ya con el sorprendente número de más de tres mil frailes; en 1212 fundó con Santa Clara de Asís la rama femenina de las clarisas, en 1221, para dar cabida en la Fraternidad a los muchos que lo solicitaban, pero que por diversas circunstancias no podían hacerse religiosos, instituyó la Orden Tercera, es decir, la de los terciarios franciscanos.

La pobreza es lo que externamente resalta más, tanto en San Francisco como en sus frailes, aun actualmente. Incluso no se puede negar que es un elemento de gran importancia lo mismo en la espiritualidad del fundador que en la de su Orden. Pero se equivocaría quien sólo, o principalmente, considerase a Francisco en función de esta virtud. Por debajo de la pobreza late otro elemento, el más fundamental de todos: un incondicional amor a Jesucristo, que llevó a Francisco y a sus frailes a identificarse lo más posible con el Salvador. Repercusión inmediata de este amor incondicional, Ilamémosle caballeresco, es la vivencia del Evangelio de una manera literal, incluso bajo el aspecto de no poseer absolutamente nada, es decir, de la más estrecha pobreza,

Aquí es donde reside el secreto de San Francisco y lo que impulsa todos sus movimientos. Se trata de una proyección espiritual, en cuanto usufructuado por la gracia, de las grandes cualidades afectivas que poseía el Santo.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el amor que Francisco sentía por la naturaleza. La hermana agua, la hermana alondra, el hermano lobo, el hermano sol, las hermanas aves, los hermanos menores (sus frailes), no son sino modos de expresarse, adoptados por el Santo, reveladores de la capacidad y necesidad humanas de amar que encerraba su alma. Sólo que estas cualidades psíquicas estaban ahora espiritualizadas por la gracia.

Enfocada esta capacidad de amar hacia Jesucristo con el nuevo impulso de la gracia, no es extraño que llegara a donde llegó.

“¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!”, repetía frecuentemente el Santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor.

Este amor a Jesucristo será el resorte mágico que le impulsará a realizar acciones que un hombre superficial tal vez considere como niñerías. Cada vez que oía pronunciar el nombre de Jesús se relamía los labios. Deseaba que sus frailes recogiesen del suelo los fragmentos de pergamino que hallasen porque en ellos podía encontrarse escrito el nombre del Señor. En cierta ocasión se desnudaron él y su compañero para vestir a un mendigo, porque los pobres eran hermanos de Jesucristo. En la Sagrada Escritura se alude al Redentor como a un leproso, razón suficiente para que Francisco reservase para estos desgraciados, a quienes llamaba los hermanos cristianos, sus más finas atenciones. La fidelidad incondicional a la Iglesia y la devoción al Papado, una de las grandes virtudes del Santo, no frecuentes en una época minada por pequeñas pero múltiples heterodoxias, obedecía a su firme persuasión de que la Iglesia era la Esposa de Jesucristo, y el Papa su Vicario en la tierra.

Dotado de una imaginación viva y enemigo de lo abstracto, en el Santo este amor iba dirigido a Jesucristo, considerado sobre todo en sus misterios de sabor humano. Para vivir plenamente la fiesta de Navidad, Francisco representó plásticamente en Greccio, en 1223, el nacimiento del Niño Jesús, primera representación origen de nuestros belenes. La Pasión y la Eucaristía constituían el centro de sus pensamientos. San Francisco tiene el mérito de haber introducido en la Iglesia de una manera definitiva la devoción a la humanidad de Jesucristo.

Fue también el amor al Salvador lo que le infundió una sed insaciable de almas, que le condujo a él y a sus frailes a lanzarse desde el primer momento a la predicación, de la misma manera que quería Jesucristo lo hicieran sus apóstoles: ” No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni zapato, ni cayado” (Mt. 10,9-10).

A partir de la fundación de la Orden el Santo apenas tendrá un momento de reposo (tampoco lo tendrán sus frailes), acuciado por llevar almas a Jesucristo. Esta será en los doce años que siguen su ocupación más frecuente, y la Italia central su preferido campo de acción. En 1210 lo encontramos evangelizando la Umbría y estableciendo la paz entre los nobles y plebeyos de Asís. Luego pasa a Toscana y pacifica asimismo la ciudad de Arezzo, ensangrentada por luchas fratricidas. En 1217 quiere pasar a Francia, pero se vio obligado a detenerse en Florencia. Todavía en 1222, cuando ya sus enfermedades le hacían sufrir no poco, lo encontramos predicando y ofreciendo un testimonio viviente del Evangelio en la parte oriental y meridional de Italia, Sus pláticas eran sencillas, salpicadas de vivas imágenes, de tono cálidamente familiar y al aire libre. Poseía una oratoria personalísima e inconfundible, que ofrecía un marcado contraste con la vigente en aquellos tiempos. Sus historiadores nos aseguran que, atraídos por ella, ‘hombres y mujeres, clérigos y religiosos, corrían ansiosos de ver y escuchar al hombre de Dios”. Y añaden, refiriéndose a la región de Umbría: “Así se vio entonces transformarse en breve tiempo la faz de toda la comarca y aparecer risueña y hermosa la que antes se mostraba cubierta de máculas y fealdades”. Su deseo de dar a conocer a Jesucristo le indujo en cierta ocasión a pararse en mitad del camino y dirigir la palabra a sus hermanas aves, que, solícitas y silenciosas, acudieron a escucharle.

De entre sus viajes apostólicos merecen destacarse dos por el especial significado que entrañan. Como los anteriores a que nos acabamos de referir, también éstos proceden de su insaciable amor a Jesucristo, pero adquieren una expresión nueva, prácticamente inédita hasta entonces. La atracción que sentía hacia la humanidad del Salvador le hizo concebir en 1212 el propósito de llegarse hasta Palestina para visitar los lugares santificados por el Señor. La nave tenía todas las plazas ocupadas y entonces Francisco se arriesga con su compañero a viajar ocultamente en calidad de polizón. Una tempestad impidió al barco llegar a su destino, y el Santo tuvo que regresar a Italia. Ante esta contrariedad, su fértil imaginación le sugirió un nuevo proyecto, que tenía la ventaja de ofrecerle una ocasión probable de morir, como buen caballero, por el objeto de sus amores. En 1213 se encamina hacia España, visita el sepulcro de Santiago e intenta trasladarse a Marruecos para anunciar a Jesucristo entre los musulmanes. Tampoco en esta ocasión puede realizar su programa. Pero no ceja. En 1219 consigue, por fin, embarcarse hacia Siria y revivir en Palestina, sobre el mismo terreno que los presenció, los hechos de la vida del Salvador.

Con esta visita a los Santos Lugares, Francisco se convierte en el iniciador de esa epopeya heroica y sangrienta que sus hijos han venido realizando desde hace seis siglos y medio por defender la tierra santificada por Jesucristo. Tanto este viaje a Tierra Santa como el que proyectó a Marruecos significan el primer intento de evangebzación pacífica entre los musulmanes, que es también una de las más preciadas herencias que los franciscanos han conservado siempre de su fundador.

Sin embargo, esto no es todo. Desde su regreso de Tierra Santa, es decir, desde 1221, francisco tendrá que ocuparse preferentemente de los asuntos de la Orden, que iba adquiriendo un rápido desarrollo. Y así como los viajes apostólicos por Italia son la expresión del deseo que le roía de dar a conocer a Jesucristo, su labor de estos años consistirá, sobre todo, en trabajar por mantener dentro de la Orden la pureza de los ideales evangélicos. En los capítulos generales de 1221 y 1223, en las exhortaciones a los frailes, en sus contactos con el cardenal Hugolino, protector de la Fraternidad, la meta que perseguia era siempre la observancia estricta del Evangelio. Esto ya era nuevo. Pero aún dio un paso más adelante. Si en el Evangelio se dice que Jesucristo envió a sus apóstoles por todo el mundo, ¿por qué los franciscanos se iban a arredrar ante esto? A imitación del Maestro, Francisco envió también sus frailes a predicar entre los no cristianos, fundando de esta manera las modernas misiones entre infieles. Expuesta era en aquella época esta clase de apostolado, pero el amor no conoce limites, y si gana la muerte, la sufre con alegría.

La correspondencia suprema y tangible por parte del Salvador al amor que Francisco le profesaba sobrevino en la mitad de septiembre de 1224. Encontrándose en el monte de La Verna, Jesucristo se le aparece al Santo en forma de serafín y lo identifica humanamente consigo imprimiéndole sus cinco llagas. Francisco quedó convertido en un Cristo viviente. Con razón se le ha !iamado “el Cristo de la Edad Media”.

Enfermo, casi ciego, con el agudo dolor de las llagas, pero siempre alegre (precisamente en esta época compuso y cantaba frecuentemente el hermoso Cántico de las criaturas o del hermano sol), el Santo expiró en Asís el atardecer del 3 de octubre de 1226, junto a su amada capilla de la Porciúncula, centro de todo el movimiento franciscano y testigo, mediante la indulgencia obtenida del Papa por el Santo, del oculto retorno a Cristo de tantas almas descarriadas.

Con su atractivo personal, su altísima y austera pero agradable santidad, sus intuiciones y geniales innovaciones en la Iglesia, San Francisco termina siempre ganándose la simpatía de cuantos se acercan a él.

Aun bajo el aspecto puramente humano, su nueva manera de ver las cosas obliga a los historiadores a considerarlo como el primer hombre moderno y el forjador, mediante su Orden, del humanismo cristiano.

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2 de octubre.

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Homilía para el domingo XXVII durante el año C

El profeta Habacuc vivió en un tiempo de pruebas, cuando el pueblo judío fue expuesto a las invasiones y a la destrucción. En su plegaria a Dios él hace sentir el grito del pueblo: «¿Por qué? ¿por qué toda esta violencia y destrucción?» Pero su visión se termina con un grito de esperanza: «El hombre justo vivirá a causa de su fe»

En la segunda lectura, tenemos un texto de san Pablo. En el momento que san Pablo escribe esta carta, está avanzado en edad, prisionero, esperando la muerte que no tardará en venir. Escribe a su discípulo Timoteo, a quién ordenó mediante la imposición de las manos. Lo invita a no ser tímido y a no dudar en asumir la responsabilidad que recibió. No debe avergonzarse de la misión que recibió de testimoniar su fe en Cristo dónde esté, es una consecuencia de la ordenación para los presbíteros y para los obispos.

Y, finalmente, en el Evangelio, los Apóstoles le dicen a Jesús: «auméntanos la fe». Y Jesús les responde: «Si tuvieran fe, como un granito de mostaza, le dirías a esta morera:“arráncate de aquí y ve a plantarte en el mar”, y les obedecería».

Hay un tema común, entonces, que recorre las tres lecturas: es el tema de la fe. ¿Pero qué es la fe?¿Estamos seguros que tenemos fe en Dios y en su Hijo, Jesucristo? Evidentemente somos creyentes. Si no fuésemos creyentes, no vendríamos a Misa, entre otras cosas, a celebrar la Eucaristía, el santo Sacrificio, memorial de Cristo. Ahora bien, ser creyente significa tener unas creencias; y el hecho de «poseer unas creencias» no es lo mismo que «tener fe».

La fe es confianza total. Y no se puede tener confianza total en alguien a quién no conocemos íntimamente, alguien con quien no se tiene una relación personal profunda, alguien que no nos ama de verdad (no hablo de la caricatura del amor que expresa más una necesidad (el constante reclamo) que una donación-comunión). Y he aquí otra distinción importante: yo puedo conocer un montón de cosas sobre una persona y no conocerla verdaderamente. Puedo haber leído la biografía de nuestro Papa Francisco, o de un jefe de Estado o de un autor de cualquier disciplina. Puedo conocer todos los detalles de su vida, pero si jamás me encontré con ese personaje, si nunca establecí una relación personal con él, no puedo decir que lo conozco. Es lo mismo con Dios, puedo haber leído, incluso, estudiado mucho la teología. Puedo conocer, e incluso repetir de memoria pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Puedo conocer y aceptar todo lo que la Iglesia enseña, pero si no tengo una relación personal de amor con Dios en la oración, en el encuentro en su Palabra, en la Eucaristía, en la vivencia con mi prójimo, no puede decir que lo conozco. Conozco solamente cosas buenas en relación a Él, pero no a Él.

Esta, es la razón por la cual Jesús, un día, pregunta a sus discípulos: no que dicen los otros de Él, si no más bien: «Ustedes ¿quién dicen que soy yo?» es como si les dijera: «¿me conocen realmente?» Jesús no pregunta: «¿Qué dicen ustedes de mis enseñanzas, de mis milagros, etc.?» la pregunta es: «¿Quién dicen ustedes que soy?» «¿me conocen en serio?».

Tener fe en Jesucristo es aceptar ser guiados por Él, y también en ciertos momentos ser llevados sobre sus hombros, seguramente sin saber bien a dónde el nos conduce. Tener fe es aceptar que cada vez que Él entra en nuestra vida, nuestra existencia cambia totalmente. Esta fue la experiencia de los profetas del Antiguo Testamento. Esta fue la experiencia sobre todo de la Virgen María, donde su vida fue totalmente cambiada cuando recibió en ella al Verbo de Dios, y se transformó, con un acto de fe, en la Madre de Dios.

Ser cristiano, no es pertenecer a una organización que se llama Iglesia, y de observar suficientemente las leyes de tránsito para llegar al cielo, y si es posible sin recibir muchas multas en esta ruta. Ser cristianos es tener antes que nada fe en Jesucristo, tener con Él una relación personal en la oración. La Iglesia no es tanto una organización como la comunión de todos los que comparten la misma fe, en el mismo Hijo de Dios. Y esto es así para todas las vocaciones: para los laicos, casados o solteros, para los monjes y monjas, para los sacerdotes, para las religiosas y religiosos. Tener fe es la construcción de estas vidas en torno a este valor fundamental de la relación personal con Dios. Y esto es lo que da sentido a todos los demás aspectos de nuestra vida, que son muchas maneras de lograr este objetivo. Estos recursos, distintos en cada vocación, son importantes, ya que en algunos casos se compromete una promesa ante Dios y ante la Iglesia, pero no son el objeto de nuestra fe. Estos medios están al servicio de la fe. Cuando, mediante la oración, estamos en comunión con Dios, el Espíritu Santo nos regala esta nueva expresión de la fe, una fe que nos hace eficaces en el obrar cristiano, y entonces tiene sentido la moral y las leyes: Muchos años de cumplimiento sin unión con Dios en la oración, produce una vida estéril (recordemos el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo); una hora de fe en unión con Jesús hace maravillas, el Espíritu nos regala una fe que nos da ocasión incluso de ver cosas extraordinarias, escuchemos a San Cirilo de Jerusalén:

«El término “fe” es único como vocablo, pero la realidad que él significa es doble. Hay una especie de fe, aquella de los dogmas, que consiste en el asentimiento del alma a una verdad, esto es útil al alma según la palabra del Señor: “Quién escucha mis palabras y cree en aquél que me ha enviado tiene la vida eterna y no será condenado” (Jn. 5, 24); y entonces: “Quién cree en él no está condenado” (Jn. 3, 18): “sino que ha pasado de la muerte a la vida”. (Jn. 5, 24). ¡Oh, el gran amor de Dios por los hombres! Jesús te dona gratuitamente, en el curso de una sola hora, aquello que esos ganaron haciendo méritos muchos años, obrando rectamente. Si tu crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertes, te salvarás (Rom. 10, 9) y serás transportado al paraíso con aquellos que introdujo el buen ladrón. No crean que es cosa imposible. Aquél, que sobre este santo Gólgota ha salvado al ladrón (Lc. 23, 43) que creía desde hacia una sola hora, te salvaré a ti, si crees. Hay una segunda especie de fe, aquella que nos es donada por Cristo como puro don gratuito. “Por el Espíritu a uno le es dado el lenguaje de la sabiduría, a otro el lenguaje de la ciencia según el mismo Espíritu, a uno la fe, en el mismo Espíritu; a otro el don de la curación” (1Co 12, 8-9). esta fe que es don gratuito del Espíritu Santo, no mira solamente los dogmas, sino también la eficacia de obrar cosas que superan las humanas posibilidades. Quien posee esta fe, dirá a este monte: “Transfiérete de aquí a allí”; y él se transferirá (Mt. 17, 20). cuando uno dice esto, movido de la fe que nos refiere la frase del evangelio: “si tuvierais fe como un granito de mostaza” (Mt. 17, 20). Un grano de mostaza es pequeño en tamaño, pero tiene la fuerza de arder; sembrado en un pequeño recinto, produce grandes ramas y, una vez crecido, es capaz de dar sombra a los pájaros” (Mt. 13, 32). Así también la fe tiene la fuerza de obrar grandísimas cosas buenas en poquísimo tiempo. Ella representa a Dios con imágenes y lo instruye, por cuanto le es concedido, iluminada por la fe de los dogmas. Ella gira en torno al confín del mundo y, antes todavía del fin del siglo presente, ve el juicio y la retribución de los bienes prometidos. Ten aquella fe que está en tu poder y que conduce a Él, para recibir por Él también aquella fe que supera las posibilidades del hombre.» (Cirillo di Gerusalemme, Catech., 5, 9-11. Lezionario “I Padri vivi” 197)

Al recibir la Eucaristía con la que Cristo se nos da como alimento de vida, digámosle de todo corazón como los Apóstoles, con María : «Señor, aumenta nuestra fe».

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1 de octubre.

En Lisieux, Francia, dónde vivió la Santa, toda su vida.

En Lisieux, Francia, dónde vivió la Santa, toda su vida.

Teresa Martin nació en Alençon, Francia, el 2 de enero de 1873. Dos días más tarde fue bautizada en la Iglesia de Nôtre-Dame, recibiendo los nombres de María Francisca Teresa. Sus padres fueron Luis Martin y Celia Guérin, ambos beatos en la actualidad. Tras la muerte de su madre, el 28 de agosto de 1877, Teresa se trasladó con toda la familia a Lisieux.

 

A finales de 1879 recibió por vez primera el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la intercesión de Nuestra Señora de las Victorias (la Virgen de la Sonrisa). Educada por las Benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo. Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

 

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

 

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

 

Familia Martin GuerinEn el Carmelo comenzó el camino de perfección trazado por la Madre Fundadora, Teresa de Jesús, con auténtico fervor y fidelidad, y cumpliendo los diferentes oficios que le fueron confiados (fue también maestra de novicias). Iluminada por la Palabra de Dios, y probada especialmente por la enfermedad de su queridísimo padre, Luis Martin, que falleció el 29 de julio de 1894, emprendió el camino hacia la santidad, inspirada en la lectura del Evangelio y poniendo el amor al centro de todo. Teresa nos ha dejado en sus manuscritos autobiográficos no sólo los recuerdos de la infancia y de la adolescencia, sino también el retrato de su alma y la descripción de sus experiencias más íntimas. Descubre y comunica a las novicias confiadas a sus cuidados; el camino de la infancia espiritual; recibe como don especial el encargo do acompañar con la oración y el sacrificio a dos hermanos misioneros (el Padre Roulland, misionero en China y el Padre Belliére). Penetra cada vez más en el misterio de la Iglesia y siente crecer su vocación apostólica y misionera para arrastrar consigo a los demás, movida por el amor de Cristo, su Único Esposo.

 

El 9 de junio de 1895, en la fiesta de la Santísima Trinidad, se ofreció como victima inmolada al Amor misericordioso de Dios. Por entonces escribe el primer manuscrito autobiográfico, que entregó a la Madre Inés el día de su onomástica, el 21 de enero de 1896.

 

Algunos meses más tarde, el 3 de abril, durante la noche del jueves al viernes santo, sufrió una hemotisis, primera manifestación de la enfermedad que la llevaría a la muerte, y que ella acogió como una misteriosa visita del Esposo divino. Entró entonces en una prueba de fe que duraría hasta el final de su vida, y de la que ofrece un emotivo testimonio en sus escritos. Durante el mes de septiembre concluye el manuscrito B, que ilustra de manera impresionante el grado de santidad al que había llegado, especialmente por el descubrimiento de su vocación en el corazón de la Iglesia.

 

Mientras empeora su salud y continúa el tiempo de prueba, en el mes de junio comienza el manuscrito C, dedicado a la Madre María de Gonzaga; entretanto, nuevas gracias la llevan a madurar plenamente en la perfección y descubre nuevas luces para la difusión de su mensaje en la Iglesia, en bien de las almas que seguirán su camino. El 8 de julio es llevada a la enfermería, donde otras religiosas recogen sus palabras, a la vez que se le tornan más intensos los dolores y las pruebas, que soporta con paciencia hasta su muerte, acaecida en la tarde del 30 de septiembre de 1897, a las 19:20 h. “Yo no muero, entro en la vida”   había escrito a su hermano espiritual misionero, P. Mauricio Belliére. Sus últimas palabras, “Dios mío, te amo”, sellan una vida que se extinguió en la tierra a los 24 años, para entrar, según su deseo, en una nueva fase de presencia apostólica en favor de las almas, en la comunión de los Santos, para derramar una “lluvia de rosas” sobre el mundo (lluvia de favores y beneficios, especialmente para amar más a Dios).

 

Lluvia de RosasFue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925, y el mismo Papa, el 14 de diciembre de 1927, la proclamó Patrona Universal de las Misiones, junto con San Francisco Javier.

 

Su doctrina y su ejemplo de santidad han sido recibidos con gran entusiasmo por todas las categorías de fieles de este siglo, y también más allá de la Iglesia Católica y del Cristianismo.

Con ocasión del Centenario de su muerte, el Papa san Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia por la solidez de su sabiduría espiritual, inspirada en el Evangelio, por la originalidad de sus intuiciones teológicas, en las cuales resplandece su eminente doctrina, y por la acogida en todo el mundo de su mensaje espiritual, difundido a través de la traducción de sus obras en una cincuentena de lenguas diversas. La ceremonia del nombramiento tuvo lugar el 19 de octubre de 1.997, precisamente en el domingo en el que se celebra la Jornada Mundial de las Misiones

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30 de septiembre.

San Jerónimo escribiendo,Caravaggio, 1605.

San Jerónimo escribiendo,Caravaggio, 1605.

Primera lectura

Lectura del libro de Job (38,1.12-21;40,3-5):

El Señor habló a Job desde la tormenta: «¿Has mandado en tu vida a la mañana o has señalado su puesto a la aurora, para que agarre la tierra por los bordes y sacuda de ella a los malvados, para que la transforme como arcilla bajo el sello y la tiña como la ropa; para que les niegue la luz a los malvados y se quiebre el brazo sublevado? ¿Has entrado por los hontanares del mar o paseado por la hondura del océano? ¿Te han enseñado las puertas de la muerte o has visto los portales de las sombras? ¿Has examinado la anchura de la tierra? Cuéntamelo, si lo sabes todo. ¿Por dónde se va a la casa de la luz y dónde viven las tinieblas? ¿Podrías conducirlas a su país o enseñarles el camino de casa? Lo sabrás, pues ya habías nacido entonces y has cumplido tantísimos años.»
Job respondió al Señor: «Me siento pequeño, ¿qué replicaré? Me taparé la boca con la mano; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 138

R/. Guíame, Señor, por el camino eterno

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R/.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. R/.

Si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha. R/.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Quien a vosotros os escucha a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.»

Palabra del Señor

Jesús y los suyos tenían ya experiencia de fracaso en su trabajo evangelizador.

Acababan de dejar Galilea, de donde conservaban algunos recuerdos amargos. En su paso por Samaria no les habían querido hospedar. En Jerusalén les esperaban cosas aún peores.

Jesús anuncia que, al final, habrá un juicio duro para los que no han sabido acoger al enviado de Dios. Tres ciudades de Galilea, testigos de los milagros y predicaciones de Jesús, recibirán un trato mucho más exigente que otras ciudades paganas: hoy se nombra a Tiro y Sidón, y ayer a Sodoma. Los de casa -el pueblo elegido, los israelitas- son precisamente los más reacios en interpretar los signos de los tiempos mesiánicos.

b) Lo que le pasó a Cristo le pasa a su comunidad eclesial, desde siempre: bastantes llegan a la fe y se alegran de la salvación de Cristo. Pero otros muchos se niegan a ver la luz y aceptarla. No nos extrañe que muchos no nos hagan caso. A él tampoco le hicieron, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La libertad humana es un misterio. Jesús asegura que el que escucha a sus enviados -a su Iglesia- le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. Ése va a ser el motivo del juicio. No valdrá, por tanto, la excusa que tantas veces oímos: “yo creo en Cristo, pero en la Iglesia, no”. Sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, perfecta, y no débil y pecadora como es (como somos). Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres imperfectos.

Jesús nos enseña a reaccionar con cierta serenidad ante el rechazo del mundo. Que no pidamos que baje un rayo del cielo y destruya a los no creyentes. Ni que mostremos excesivo celo en eliminar la cizaña del campo. Nos pide tolerancia y paciencia. Aunque hoy también nos asegura que el juicio, a su tiempo, dará la razón y la quitará.

SAN JERÓNIMO

 († 420)

La Iglesia ha reconocido a San Jerónimo como Doctor Máximo en exponer las Sagradas Escrituras. Tampoco se le puede negar el título de Doctor de los ayunos. Fue admirado ya por sus contemporáneos como el varón trilingüe, por sus conocimientos del latín, del griego, del hebreo. La Edad Media se entusiasmó con sus cartas ascéticas a clérigos, monjes, vírgenes y viudas, en las que trataba el ideal de la cristiana perfección. Hoy mismo, más que sus trabajos bíblicos, superados por el incesante avance de la ciencia, siguen deleitándonos sus epístolas y sus polémicas, sus vidas de Pablo, Malco e Hilarión, es decir, aquellos escritos en que se revela más espontáneamente —el estilo del hombre— el temperamento y la personalidad de San Jerónimo. Y aquí, precisamente, es donde radica la dificultad para tejer su semblanza crítica, no su panegírico.

Ya en el siglo XVI, el gran escritor español Juan José de Sigüenza, en su Vida de San Jerónimo —la primera escrita en castellano—, tuvo que defenderlo de quienes reparaban en “que tiene mucha libertad en el decir, que es muy desenvuelto para santo”. Por otra parte, se ha llegado a decir en nuestros días que algunos pasajes de sus obras completas quizá no hubieran sido aprobados en un proceso moderno de canonización.

Ciertamente, la vida de Jerónimo, seguida paso a paso a través de los abundantes fragmentos autobiográficos de su obra escrita, nos da la clave para interpretar su santidad de la mejor ley. En sus escandalosas invectivas, así como en sus criticas mordaces y sus polémicas ofensivas, había mucho de “literatura”, esto es, “adornos retóricos” para impresionar a los lectores. Si esto se juzga defecto o sombra, error o debilidad, habrá que achacarlos al “hombre viejo”, al literato ciceroniano que pugnaba por salirse a través de su pluma. En todo caso, su entusiasmo por la Iglesia y por la ciencia, su tenaz lucha por alcanzar la perfección monástica, su entrega total a las tareas bíblicas, renunciando a su innata vocación a la literatura profana, hacen de Jerónimo un santo extraordinario, único en su género, tal vez más admirable que fácilmente imitable.

Había nacido, en la primera mitad del siglo IV, en Stridón (Dalmacia). Su padre, Eusebio, gozaba de buena posición. Pudo, pues, enviar a su hijo a Roma para que estudiara allí con los mejores maestros. Jerónimo, casi un niño, destacó entre los alumnos del célebre gramático Elio Donato. Luego estudió retórica y filosofía. A medida que avanzaba en los saberes, crecía en él la afición a los libros. Comenzó entonces a formar su propia biblioteca; unas veces compraba los códices y otras era él mismo quien se los copiaba. Iba así aumentando su rica colección de autores profanos, su tesoro, como él reconocerá más tarde.

Durante esta época de estudiante romano, Jerónimo no estaba bautizado; era solamente catecúmeno y le gustaba visitar, con sus amigos, las catacumbas. Nada, empero, tiene de extraño que, lejos de las paternas miradas, se dejase arrastrar también, en alguna ocasión, por las malas influencias del ambiente. Las cenas entre amigos jóvenes, bien rociadas con vino, hacían peligrar la castidad de los ebrios. “jamás juzgaré casto al ebrio —escribía Jerónimo desde Belén—; dirá cada cual lo que quiera; yo hablo según mi conciencia: sé que a mí la abstinencia omitida me ha dañado, y recobrada me ha aprovechado.”

Al terminar sus estudios, recibió en Roma el bautismo. Comenzó entonces una etapa viajera. Fue a Francia y entró en contacto con la colonia monástica de Tréveris. Estuvo luego en Aquilea. Súbitamente, se le ocurrió peregrinar a Jerusalén. Cortó de un tajo todos los lazos que le unían a Occidente: casa, padres, hermana, parientes; y —lo que aún le costó más— dejó la costumbre de una alimentación variada, para trocarla por una dieta de ayuno cotidiano. Sólo se llevó consigo sus libros, “la biblioteca que con enorme esfuerzo y trabajo logré reunir en Roma”.

Fue precisamente en Antioquía de Siria, a mitad de la Cuaresma, cuando una gravísima avitaminosis —un beriberi— estuvo a punto de poner fin a su vida. Durante el delirio de su enfermedad, soñó que le azotaban por ser ciceroniano. Al despertar, sintió el dolor de las heridas y sus espaldas acardenaladas. Y él mismo se las había causado, en la agitación del ensueño, al chocar su piel adelgazada y ser comprimida entre el duro suelo y sus costillas. Juró Jerónimo en aquella ocasión no volver a leer más los códices paganos. Comprendió que era necedad ayunar para estudiar a Marco Tulio. Su vocación innata de escritor estaba en crisis. Había que renunciar a los caminos de la gloria humana que le brindaba su dominio de los clásicos latinos. Era preciso, para ser fiel a la nueva llamada, entregarse al estudio de la divina palabra. La decisión de Jerónimo fue inquebrantable: el literato en ciernes se transformaría en filólogo. Profundizó el estudio del griego y, más tarde, en la soledad del desierto, con un esfuerzo sobrehumano, aprendió el hebreo con un maestro judío. La gracia había venido en ayuda de la naturaleza. La literatura profana podía despedirse de contar un clásico entre sus filas; ganaban, en cambio, el cielo, al santo penitente, la Iglesia, al Doctor Máximo de las Escrituras; la literatura cristiana, al hombre más culto y erudito de su siglo.

Apenas repuesto de su beriberi, en la misma Antioquía, comenzó Jerónimo a escribir para el público de Occidente.

Fueron al principio cartas dirigidas a los amigos, pero destinadas a la publicidad. Poco después se trasladó al desierto de Calcis, donde hizo vida de anacoreta. Los primeros días, entregado de lleno a la oración y el ayuno, se vio envuelto en un mar de tentaciones. Su cuerpo, débil por las abstinencias y convaleciente de la avitaminosis, se estremecía con el recuerdo de las danzas romanas. La temperatura subnormal, típica del hambre, enfrió su cuerpo. Sin embargo, seguían hirviendo en su mente los incendios libidinosos. Esto indignaba al eremita y provocaba sus golpes de pecho, una noche tras otra, sin dormir apenas. Aquel fugaz episodio ha servido de inspiración para toda la iconografía jeronimiana. Lienzos y estatuas en iglesias y museos nos presentan al Santo semidesnudo, sarmentoso, golpeando con una piedra su pecho, el león a sus pies, la cueva por habitación, la soledad por paisaje. Sin embargo, aquellas vehementes tentaciones desaparecieron pronto; tan pronto como Jerónimo comenzó en serio el estudio del hebreo. Le costó, se desesperó, lo echó a rodar y, por la porfía de aprender, volvió a comenzarlo de nuevo. Reanudó, pues, sus tareas intelectuales; mandó buscar los libros que necesitaba; se rodeó de copistas, siguió escribiendo. De esta época son la Carta a Heliodoro, donde canta las excelencias de la vida solitaria, así como laVida de Pablo, el primer ermitaño, en la que la fantasía del autor suplió maravillosamente la falta de información de las fuentes.

Poco más de treinta años contaría Jerónimo cuando se dejó ordenar sacerdote por el obispo Paulino de Antioquía, pero a condición de seguir siendo monje, esto es, solitario, y no dedicarse al servicio del culto. Después trató en Constatinopla con San Gregorio Nacianceno e hizo también amistad con San Gregorio de Nisa.

Hacia el año 382, invitado por el papa San Dámaso, Jerónimo se trasladó a Roma. Llegó a ser secretario del anciano Papa y hasta se habló de que sería su sucesor. Recibió el encargo de revisar el texto de la Sagrada Escritura. Ya no cesó de ocuparse de trabajos bíblicos. Hasta que se extinga su vida, en el retiro de Belén, irá acumulando códices, cotejando textos, para darnos su versión del hebreo.

Tres años duró esta estancia de Jerónimo en Roma y durante ella pasó un verdadero calvario. Al principio, con fama de sabio y de santo, todos se inclinaban respetuosamente a su paso. Pero quiso extender su apostolado a un grupo de damas pertenecientes a la nobleza romana. Ayunar diariamente, abstenerse de carne y de vino, dormir en el suelo, es decir, el más severo ascetismo oriental implantado en el corazón de Roma. Tal era el programa de las penitencias exteriores a las que se sometieron gustosas las viudas Marcela y Paula, así como la hija de ésta, Eustoquio. Por otra parte, llevado de su amor a las Escrituras, Jerónimo dio a sus discípulas lecciones bíblicas; les enseñó el hebreo para que pudieran cantar los Salmos en su lengua original; les aconsejó que tuvieran día y noche el libro sagrado en la mano. Las murmuraciones fueron surgiendo solapadamente. Jerónimo, ajeno a la tempestad que le rodeaba, quiso corregir los escándalos que veía a su alrededor. En la Carta sobre la virginidad, que escribió a su discípula Eustoquio, lanzó críticas mordaces sobre los abusos del clero romano. La tormenta estalló cuando murió la joven Blesila, otra hija de Paula. Era una viuda muy joven, y cuando todos esperaban que se volvería a casar, fue convertida por Jerónimo. Su noviciado, por decirlo así, sólo duró tres meses, porque murió apenas iniciada su vida ascética. En sus funerales, el público gritó contra “el detestable género de los monjes” y le acusó de haber provocado con los ayunos la muerte de la amable y noble joven.

Jerónimo, consternado, tuvo que abandonar Roma y emprender el camino de Jerusalén. Poco después, se reunía en Oriente con Paula y Eustoquio, “quiera o no el mundo, mías en Cristo”. Juntos visitaron los Santos Lugares; llegaron a Alejandría, al desierto de Nistria. Hacia el año 386 se establecieron definitivamente en Belén. Con el rico patrimonio de Paula pudieron construir tres monasterios femeninos y uno de hombres, dirigido por Jerónimo. Se agregó más tarde una hospedería para los peregrinos y una escuela monacal, en la que Jerónimo explicaba los autores clásicos.

Aquellos siete lustros pasados en el retiro de Belén fueron de incansable actividad literaria. Rodeado de una magnífica biblioteca, el sabio penitente seguía leyendo y escribiendo día y noche. Sólo cuando las repetidas enfermedades, avitaminosis ocasionadas por sus abstinencias, le impedían escribir, dictaba a vuela pluma a sus taquígrafos, sin retocar el escrito. Junto a sus trabajos bíblicos sobre el texto de la Sagrada Escritura, que culminaron en la versión del hebreo, hay que señalar sus comentarios a los profetas, a San Pablo, al evangelio de San Mateo, Fue también traductor excelente de Orígenes, de la Crónica de Eusebio, de Dídimo el Ciego, de las reglas de Pacomio. Las polémicas en que se vio envuelto Jerónimo no tienen parangón en la literatura cristiana. Escribió contra Elvidio, que negaba la perpetua virginidad de María; contra Joviniano, que negaba la superioridad del estado virginal sobre el matrimonio y proclamaba la inutilidad de las prácticas ascéticas; contra Vigilancio, que atacaba el culto de los santos y de las reliquias; contra los pelagianos; contra su antiguo amigo Rufino y contra Juan de Jerusalén, en aquella desdichada controversia origenista. En esas paginas polémicas es donde abundan las invectivas que ensombrecen los escritos del monje de Belén.

He aquí una muestra en el libro contra Joviniano: “Sólo nos resta —escribía Jerónimo al fin de la polémica— que nos dirijamos a nuestro Epicuro, metido en su jardín, entre adolescentes y mujerzuelas. Te apoyan los gordinflones, los de reluciente cutis, los que visten de blanco…; a cuantos viere guapetones, a cuantos se rizan el cabello, a los que vea con cara sonrosada, de tu rebaño serán, o mejor, gruñen entre tus puercos… Tienes también en tu ejército muchísimos que añadir a la centuria…: los gordos, los peinados y perfumados, los elegantes, los charlatanes, que te pueden defender con sus puños y sus patadas. A ti te ceden el paso en la calle los nobles; los ricos besan tu cabeza. Porque, si tú no hubieras venido, los borrachos y los que eructan no podrían entrar en el paraíso.” Cierto que en estos insultos personales hay mucho de retórica para desarmar con el ridículo al hereje; es verdad también que el tono oratorio se prestaba a exagerar las frases para que produjeran mayor efecto en los lectores. Muchos enemigos se creó, empero, el erudito por aquellos desahogos de su cáustica pluma. Lo que no podemos dudar un momento es de la buena intención con que Jerónimo luchó siempre en defensa de la ortodoxia, de la virginidad, del ascetismo.

Precisamente en sus cartas de Belén y en las homilías que predicaba a sus monjes se nos aparece un Jerónimo menos impulsivo, menos irónico, más moderado, más humano, más deseoso de vivir en paz que lo que muestran sus polémicas. La bella Epístola a Nepociano sobre los deberes de los clérigos, los panegíricos de sus amigos difuntos, sobre todo el de la viuda Paula; las cartas de dirección a monjes y vírgenes, forman una corona de prudentes consejos, de sabias enseñanzas, de cálidas exhortaciones a la virtud y a la perfección.

“Me pides a mí, carísimo Nepociano, en carta de la otra parte del mar, que redacte para ti, en un pequeño volumen, los preceptos del vivir y con que proceder aquel que, abandonada la milicia del siglo, tratare de ser monje o clérigo, debe ir por el recto camino a Cristo para no ser arrastrado a los apartaderos de los vicios.” Y líneas más abajo: “Imponte solamente el modo de ayunar que puedas tolerar.” “Por experiencia he aprendido —dice en otra de sus cartas— que el asnillo, cuando se fatiga en el camino, busca el pesebre.” Y en la carta a Demetríades: “No te imperamos, en verdad, los ayunos inmoderados ni las enormes abstinencias de los alimentos, con las cuales se quebrantan en seguida los cuerpos delicados y empiezan a enfermar antes de que echen los fundamentos de la santa conversión…; el ayuno no es la perfecta virtud, sino el fundamento de las demás virtudes.”

Con idéntica moderación va señalando Jerónimo, en esos escritos de dirección de las almas, los peligros de la vida solitaria, la necesidad de un director experto, del vencimiento del orgullo, de las buenas obras, sin las cuales las mismas vírgenes, según la parábola del Evangelio, son excluidas, por tener sus lámparas apagadas.

Las invasiones de los bárbaros, la ruina del Imperio, el asalto de su propio monasterio por los herejes, la repentina muerte de su cara Eustoquio, fueron dejando huella en el anciano septuagenario. Murió hacia el 20 de septiembre del año 420. Así fue, en efecto, la vida y la obra de aquel dálmata fogoso, que logró domeñar sus pasiones con las más severas abstinencias y acertó a encauzar su ambición literaria convirtiendo su pecho en la biblioteca de Cristo.

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29 de septiembre

arcangeles

Los Santos arcángeles

SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Nunca podríamos imaginar un ángel guerrero, con su rodela al brazo, la cota bien ajustada, abierta la espada en orden de combate. Pero tampoco ciertos ángeles de una estatuaria dulzona, con muchas cintas y bucles mujeriles, en un porte impropio de criaturas tan excelsas. Eugenio d’Ors, en sus Glosas que se escriben los lunes, concebía muy varonil al ángel: musculado y poderoso, como para entendérselas toda una noche con Jacob a brazo partido. Pero, al mismo tiempo, leve y sutil, asomada a sus ojos de luz toda la sabiduría de un espíritu celeste. No son apetecibles los ángeles de Denís, ni siquiera los de Beuron, y mucho menos los que Rohault inscribe sombríamente en feos dramas humanos. Sólo en las ventanas de algunas abadías y catedrales hay ángeles vivos, que al trasluz del sol arden en un fuego de oro y se hacen llama encendida y adorante al Altísimo. Y, sobre todos, aquel ángel que hay en la Toscana anunciando la encarnación a María. Pues, a pesar de los lujos que le pintó Fra Angélico en la túnica, y en la pedrería que le transfigura las alas, está allí, digno y sereno, delante de la Señora, angelizando su embajada, la turbación de la Doncella y los nardos que crecen entre la ternura del paisaje. Pero un ángel guerrero, ¿cómo?

 Fueron creados de la nada, puros espíritus —inteligentes, amorosos, libres—, domésticos del trono de Dios, en funciones de una alabanza incesante. Distribuidos según una arcana jerarquía —querubines y serafines, dominaciones, potestades y tronos, virtudes, arcángeles y ángeles—, componen muy hermosamente la grande escenografía del cielo. San Juan, desde Patmos, ha visto este cielo como una ciudad deslumbrante la Jerusalén nueva, ataviada de Esposa para sus nupcias con el Cordero de la Vida. Semejante traducción resulta demasiado corpórea y sensible, ya que nos alucina imaginar tanta abundancia de oro, del que viene fabricada, y los chispazos irresistibles de infinitos zafiros, diamantes y rubíes, que adornan las doce puertas, con doce ángeles, que son las doce tribus de Israel. No hay sol ni luna, día ni noche en esa celeste Jerusalén, porque la inviste toda una claridad eterna, cuya luz es el Cordero, a quien aclaman, con los ángeles, los felices ciudadanos de Dios: aquella turba innumerable de vencedores que rinden sus palmas en adoración infinita. Sin embargo, este mural del cielo sanjuanista nos ofrece su belleza y una tranquilidad de gozo inamisible, muy cercana al verdadero cielo, y que consiste en ver cara a cara a Dios y en amarle beatíficamente. ¿Cómo concebir dentro de tan sacra armonía el dolor de una guerra?

 San Pablo nos define una vez a la divinidad diciendo que es “la Luz indeficiente e inaccesible”. Pues en ese mundo de los ángeles destaca uno que tiene nombre de luz. “Lucifer: El-Que-Lleva-la-Luz”. Hijo y oriente de la aurora. (Os aviso que esta criatura extraordinaria puede perturbar toda la hermosura del cielo, hasta los horrores de un espantoso combate. En el horizonte de su libre albedrío, el orgullo dibuja alocadas capitanías, idolatrías febriles, quiere ser dios. Y vamos a comprobar teológicamente que existe esa inaudita paradoja de un ángel y un cielo guerreros.) Porque había sido adornado por el Señor con tantas excelencias, Lucifer le debía un servicio generoso y dócil. Lo menos que se le podía pedir. No estaba aún confirmado en gracia, sino en estado de prueba. Y entonces, al contemplar, con sensuales deleites, su poder y su luz, se alza contra el Creador. “Subiré a los cielos —grita— y pondré mi trono sobre las estrellas. Sobre la cima de los montes me instalaré en el monte santo. Seré igual a Dios. No le quiero servir.” Un colosal choque de tinieblas y de luz estremece la cúpula de los cielos.

 Angeles contra ángeles, divididos por la rebeldía de Lucifer. Todo es sobrecogedor, vertiginoso, instantáneo. Hasta que un grito de fidelidad y de acatamiento en la boca de un arcángel desconocido, restablece la armonía de la victoria. Y así queda bautizado con la misma divisa del combate: “¿Quién Como Dios?”, que quiere decir “Mi-ka-el”. Y mientras Lucifer cae a los abismos de su infierno como una llama de fuego y de odio, Miguel asciende a la capitanía de todos los ángeles fieles, príncipe y custodio, alférez de Dios.

 Después surge el tema del hombre, cuando se alza del limo de la tierra, creado como una síntesis misteriosa de todo el universo. Y, en torno al tema del hombre, el demonio y el ángel, Satanás y Miguel, porque, en la gobernación divina del mundo, a todas las criaturas preside un orden, una ley, una medida. En el paraíso vence Satanás al hombre. Entre los brillos suculentos de la manzana, sopló la serpiente su misma rebeldía del cielo: “Si coméis de ese fruto prohibido, se abrirán vuestros ojos, seréis como dioses”. Tenemos dura experiencia de este pecado de origen en las limitaciones de nuestro entendimiento, en las llagas del corazón y de la carne, en la helada agonía que da en la muerte. El hombre, aun redimido por el sacrificio de Jesús, permanece aquí abajo en una actitud militante. Debe merecer la corona peleando sus concupiscencias y los enemigos externos del demonio y del mundo. Somos el eje de aquellas dos “economías” de que nos habla San Pablo la de Jesucristo y la de Satanás. Los dos nos quieren. Y, en nuestro combate hasta el fin, además de las armas decisivas de la gracia, contamos con el socorro y la custodia de los ángeles. Cada uno tenemos nuestro ángel doméstico y acaso nuestro demonio familiar también, según disputaban las teologías escolásticas. Pero encontraréis justo que a este príncipe del cielo, el arcángel Miguel, correspondan ministerios universales y eminentes, por la fidelidad y bravura de su comportamiento,

 Es el ángel que tutela la fe de la sinagoga judía y de la santa Iglesia de Cristo. En los testimonios de la revelación aparece muy tardíamente. Hasta Daniel, nadie le cita por su nombre. Pero este profeta, al relatarnos las luchas del pueblo elegido para liberarse de la servidumbre de los persas, le invoca en su favor, ya que nadie vendrá a socorrerle “si no es Miguel, vuestro príncipe”. Y añade: “Entonces se alzará Miguel, el gran defensor de los hijos de tu pueblo, y serán días de amargura como jamás conocieron las naciones”. La carta de San Judas nos lo representa altercando con el demonio sobre el cuerpo de Moisés. Satanás quería descubrir su sepulcro para que los israelitas le adoraran idolátricamente, en apostasía del culto verdadero al Señor. Y San Miguel se lo impide velando por la fe. Así, su personalidad nos queda bien dibujada. Es el custodio fuerte de Israel, militante y guerrero, con su coraza de oro, su espada invencible y un airón de luz, que le angeliza el brillo de las alas y toda su celeste figura.

 Tan guerrero, que después, en la santa Iglesia de Cristo, los piadosos monjes medievales no vacilan en revestirle de una poderosa y muy labrada armadura, donde no falta el detalle de la espuela impaciente ni la lanza que destruye al demonio, vencido a sus pies, como le vemos en las ingenuas miniaturas de los breviarios corales. Claro que toda esta iconografía no es inventada o soñada, sino que traduce fielmente los testimonios de la tradición y de la historia.

 El Sacramentario Leoniano y el Martirologio de San Jerónimo consignan en este día de su fiesta: Natale Basilicae Angeli in Salaria. Esta es la verdadera y primitiva solemnidad que Roma dedica al arcángel, con una basílica, perfectamente localizada en el séptimo miliario de la vía Salaria, y con la consagración de cinco misas en su memoria. En el 611, el papa Adriano IV le construye, sobre el Castel di Santangelo, un oratorio, que sella la tradición antigua de haberse aparecido allí, librando a las gentes romanas de la mortandad de una peste. Es muy suyo este ministerio de medicinal tutela. Ana Catalina Emmerich ha visto al demonio soplar vientos huracanados, ensoberbecer las aguas de los océanos, perturbar el buen aire inocente con pestilencias y cóleras. Se entrega a tan malignas extravagancias porque tiene el triste y deslucido empeño de destruir toda la hermosura creada, como adversario de Dios, enemigo del hombre y dragón.

 Por ser dragón el demonio, habita espeluncas enmarañadas, montes áridos y solitarios, donde urde sus sorpresas y sus trapacerías. Y así el arcángel no tiene más remedio que descender a esas moradas infernales para abatirle y vencerle. Os quiero referir dos estupendas apariciones en esos escenarios rurales, que además nos perfilan datos muy luminosos de su augusta persona.

 El templo de su nombre, sobre el monte Gárgano, conmemora cierta victoria de los longobardos del Siponto, atribuida a su intervención, un 8 de mayo del 663. Pero las lecciones históricas del Breviario unen el triunfo castrense con un suceso de gusto medieval, muy conectado con estas espeluncas del demonio de que os hablaba. Y fue que un toro se desmanda de su manada, y se le busca día y noche por los pastores. Le encuentran, al fin, en una escondida gruta, pero inmóvil, como poseído por el maligno. Un arquero, más audaz, le dispara su flecha para removerlo del embrujo. Y entonces el prodigio de retornar la flecha al que la disparó, malhiriéndole. Lo sobrenatural del caso acongoja de miedo a estas sencillas gentes montañesas. Ayunos, plegarias, procesiones penitenciales. Y al tercer día, San Miguel se aparece al obispo, declarándole que se edifique, en la cueva, un templo al Señor y en memoria de sus ángeles. Cuando los sipontinos alcanzan la espelunca, crece el asombro, pues encuentran allí dispuesto ya un edículo como oratorio, donde el prelado inicia el culto a San Miguel, que luego corre por todo el mundo creyente y fervoroso de la Edad Media.

 Pero en la serranía navarra de Aralar encontraremos al arcángel, definido en toda su dimensión militante, a la defensa del hombre. No precisan los historiadores por qué bajó a la guerra de Pamplona el muy esforzado y noble caballero don Teodosio de Goñi. Pudo coincidir con el asedio de los judíos, aliados con los árabes; las incursiones de la morería o acaso las luchas contra los godos, porque el suceso acontece en los días del rey Witiza, a los principios del siglo VIII. Por su casamiento con doña Constanza de Butrón, acreció el caballero riquezas y pergaminos. Era mujer de muy cuidada honestidad y hermosura, al punto que hizo venir a los padres de don Teodosio al palacio de Goñí para velar amorosamente la ausencia, concediéndoles, incluso, la propia cámara nupcial. Cuando retorna de su campaña el caballero, dando al amor sus triunfos y a los odios de la guerra olvido, se le cruza, en la noche, un piadoso ermitaño, que es el mismísimo demonio, con máscara de “ángel de luz”. En aquel paraje fluvial de “Errota-bidea” le detiene y le habla una trifulca por su honra: que su mujer ha holgado con un mozo de servicio mientras él se partía el pecho en las duras batallas. “Este mismo plenilunio lo puedes comprobar, si te aceleras”, le dice.

 Y encendida su sangre hasta cegarle los ojos, pica a su caballo, que trota jadeante por la val de Goñí hasta el palacio, hasta la cámara. Tienta su mano fuerte dos personas en el lecho. El corazón se le rompe en una locura de latidos. Secamente gime don Teodosio, sin amor y sin lágrimas, por la limpieza de su nombre nada más. Y con furor de loco descarga golpes febriles de su espada sobre los adúlteros, hasta que los resplandores de la sangre caliente le hacen volver en sí. La amanecida cuelga de los tejados del caserío una brazada de rosas, que picotean alegres las golondrinas; y lloran los ángeles, asomados a las nubes, la perdición del caballero. Don Tedosio huye delatado por la luz. Pero allí, en la pradería, se topa con doña Constanza, que se le echa a los brazos, sobre el corazón, gritándole el gozo de su regreso. ¡Qué dramático instante, que le revela, de un golpe, toda la magnitud de su parricidio! Porque es navarro el caballero, creyente y piadoso, se hace camino de Roma, con larga contrición de leguas, de hambre y sed, de limosneo penitencial y humillante, para alcanzar indulgencia del Pontífice. Tres papas pudieron oír la confesión de don Teodosio —Juan VII, Sisinio y Constancio I—, porque no están de acuerdo las cronologías. Como penitencia pública de su pecado, se le impuso portar una grande cruz, ceñida la cintura de una cadena de argollas de hierro, que, al quebrarse, señalarían, al fin, los perdones del Altísimo.

 La serranía de Aralar fue el escenario que eligió el penitente entre las nevascas que silban, por el invierno, espantables sinfonías, ciudadano de las águilas, de los buitres y de los lobos, en una soledad alucinante. Y, a los siete años, otra vez el demonio. Ahora tal como es. Como dragón que, desde su madriguera, salta rabioso para devorar al penitente. Ya tenía el caballero la carne domada y llagada por el cilicio, el alma pura, el corazón endiosado. Y en aquella suprema angustia, se vuelve al arcángel, con un grito de su fe, que rompe la cúpula del cielo: “¡San Miguel me valga!” Y Miguel desciende con su espada infinita para vencer al dragón y romper las argollas de su cintura, regalándole, con su celeste presencia, una curiosa imagen para recuerdo del prodigio y para su culto. El santuario de “San Miguel in Excelsis” es, desde entonces, alma militante de Navarra, que de ahí le viene guerrear las batallas del Señor, con su “ángel” de oro revestido de armadura, pero que no lleva espada, sino que sostiene, con sus manos sobre la frente, la cruz redentora de Cristo.

 Nos guarda y nos defiende en todas las incursiones del demonio, a lo largo de nuestra navegación por la vida. Como un símbolo es patrono de todos los mareantes desde que se apareció a San Auberto de Avranches sobre Mont-Saint-Michel, donde los normandos le hicieron una de las más bellas abadías del gótico, que tiene torres de castillo y fortaleza. Y no nos abandona hasta después de la muerte. Cuando la Iglesia oficia su sacrificio por los difuntos, invoca a San Miguel, en su impresionante ofertorio, para que él presente las almas a la luz estremecida del juicio de Dios. Es el instante aterrador del recuento: de pesar las malas y las buenas obras que hicimos en el mundo. Como a Baltasar en su pagana cena, puede sorprendernos su Tecel sombrío si nos falta el peso de la caridad. Pero los devotos de San Miguel confían, porque le saben “Pesador de las almas” en la balanza de la justicia de Dios, que él sostiene en sus manos, atento a las acusaciones finales del demonio, para enfilar el platillo hacia la gloria del cielo.

 El cardenal Schuster pensó que el arcángel no pertenece a la hagiografía, sino a la teología cristológica, porque “después del oficio de Padre legal de Jesucristo, que corresponde a San José, no hay en la tierra ningún ministerio más importante y más sublime que el conferido a San Miguel, como protector y defensor de la Iglesia”. Madura en nuestro tiempo, agitado de sangrientas convulsiones, aquel “misterio de iniquidad” que conmovía a San Pablo. El dragón de las siete cabezas coronadas repta descaradamente para afligir el Cuerpo místico de Cristo, en su Iglesia, con muy sutiles asechanzas y persecuciones. Masonería, comunismo. Desde los días de León XIII, el pueblo cristiano cierra todas sus misas con aquella súplica al arcángel, para que humille a los abismos del infierno a todas las inicuas potestades de demonio, que vagan por el mundo, satanizándolo, porque Miguel es príncipe de las celestes milicias.

 Y cuando se acerque el fin, un relámpago de fuego cruzará de oriente a occidente mientras, los ángeles del Apocalipsis derraman sobre el mundo sus cálices sombríos de destrucción. En una postrera acometida, el dragón con sus ángeles negros trabará la batalla: pero San Miguel ha de arrojarle a los abismos eternos después de la última victoria. Entonces será el cielo infinito. Aquel cántico de alabanza de todos los ángeles y bienaventurados, que ha de resonar luminoso y feliz para siempre: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios! Amén”.

SAN GABRIEL ARCÁNGEL

Dios es el único ser que no tiene historia. Todos los seres creados son, en mayor o menor medida, seres históricos: nacen, evolucionan, mueren. Sólo que la historia de cada uno tiene un signo diferente, según el lugar que ocupe en la jerarquía ontológica. A medida que se asciende de lo inerte a lo sensitivo y de lo irracional al mundo del espíritu, la historia va enriqueciéndose y entrañándose en la esencia misma del ser. Por eso el hombre es el ser más histórico de todos los que pueblan la tierra. Sobre el cimiento de unas pocas tendencias universales y permanentes de su naturaleza, cada hombre participa en la historia general de la humanidad desde un ángulo propio e irrenunciable. Del hombre, y sólo del hombre, cabe hacer biografía. Una piedra, como tal, no tiene biografía, aunque las piedras, en su conjunto, tengan también historia.

Pero ¿y los ángeles? Hay, ciertamente, una historia universal de los ángeles, criaturas de Dios; una historia que ha quedado escrita en los Libros Sagrados, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Los ángeles nacieron de una palabra de Dios. Pronto, rebeldes unos, fieles otros, se bifurcó para siempre su historia colectiva en dos inmensos bloques, de luz y de sombras, de odio y de amor. La inmensa mayoría de los ángeles, espíritus puros, han quedado sin nombre y sin hazañas extremas. Sólo Dios sabe sus nombres y sus papeles en el gran teatro del mundo. Para nosotros son como anónimas estrellas fugaces, que de vez en cuando cruzan el firmamento del espíritu. Así los que se aparecieron a los pastores de Belén, anunciando la paz a los hombres de buena voluntad; el ángel de Getsemaní, que confortó a Cristo en su agonía, el que traspasó de una lanzada el corazón de Santa Teresa; tantos otros, que pusieron un momento de luz en la vida de algunos elegidos de Dios y se desvanecieron para siempre.

Mas hay unos ángeles, muy pocos, que tienen, además de esa historia anónima y colectiva, algo así como una biografía personal. Entre esos pocos, San Miguel, el capitán de las huestes angélicas contra Luzbel; San Rafael, el compañero de peregrinación de Tobías, ocupa puesto preeminente el arcángel San Gabriel.

Por de pronto, San Gabriel tiene uno de los nombres más bellos que ha podido troquelar el lenguaje humano: “hombre de Dios, hombre en que Dios confía”; o también, como San Gregorio glosa, “el fuerte de Dios”.

Cuando Dios va a hacer uso de su poder sobre el mundo, en su manifestación más excelsa, la de la Redención, elige como mensaje, como su embajador y plenipotenciario, a este soberano arcángel. Tres veces le vemos surgir corpóreamente en la historia de la humanidad. Se aparece en primer lugar, a Daniel —allá en el año tercero del reinado del rey Baltasar— para revelarle el sentido de la visión del combate entre el carnero y el macho cabrío. Lo hace en figura de varón y sobrecoge al profeta, que, de bruces y espantado, le contempla con un estremecedor anuncio para días lejanos: “Entiende, ¡oh hijo del hombre!, esta visión, que es para el tiempo final” (Dan. 8,15ss.). Pero aún recibirá Daniel una nueva visita del celestial mensajero, al iniciarse el imperio de Darío; y en ese encuentro se traslucirá la inmensa profundidad de la misión que Dios confía al arcángel. Mientras el profeta está postrado ante Yahveh, en ayuno, saco y cenizas, al caer la tarde, rogando y confesando sus pecados y los pecados de su pueblo y presentando su oración al Señor “grande y terrible”, irrumpe Gabriel en raudo vuelo y silueta de hombre, y le anuncia las setenta semanas decretadas por Dios sobre el pueblo y su ciudad santa para expiar la iniquidad, traer la justicia eterna y ungir al Santo de los santos: “siete semanas y setenta y dos semanas hasta la llegada del Mesías príncipe” (Dan. 9,1ss.).

Cuando ese plazo de Dios se cumple, el arcángel San Gabriel vuelve a la tierra con perfil de mancebo, penetra en el gran templo de Jerusalén y llega a Zacarías, el sacerdote del turno de Abías, desposado con Isabel, la hija de Aarón. El temor sobrecoge y turba al venerable sacerdote mas el arcángel le tranquiliza y anuncia que su oración ha sido escuchada: su mujer le dará un hijo, a quien pondrán por nombre Juan, y será gozo y alegría para él y para muchos, grande a los ojos del Señor y lleno del Espíritu

Santo desde el seno de su madre. Un hijo precursor del Señor de Israel que volverá a los rebeldes a la prudencia e los justos y preparará al Señor un pueblo debidamente dispuesto. Zacarías no acierta a comprender cómo le llegará ese regalo, en que se cifra la ilusión de toda su vida. El ya es viejo y su mujer estéril y avanzada en sus días. Pero el ángel le abre la inmensa perspectiva del misterio: “Yo soy Gabriel, que asisto ante Dios y he sido enviado para hablarte y darte estas buenas nuevas.” Desde ahora Zacarías permanecerá mudo hasta el día en, que se verifique el prodigio, por no haber dado fe a las palabras del enviado, que se cumplirán a su tiempo. Escasos meses tendrán que transcurrir para que la familia de Zacarías se alegre con la realización de la promesa y para que un más extraordinario acontecimiento conmueva al pueblo de Israel (Lc. 1,5ss.).

Va a sonar la hora que el arcángel anunció al profeta Daniel. Y en esa hora retornará por tercera vez Gabriel a Palestina para consumar la más alta embajada que jamás conocieron los siglos: el anuncio de la encarnación del Verbo a la Virgen María.

Tres rastros de luz nos permiten vislumbrar la suprema hermosura de ese momento; uno, en los lienzos de Fra Angélico; otro, en las páginas evangélicas de San Lucas; un tercero, en el pensamiento teológico de Santo Tomás.

Estos tres rastros son palabra hecha luz; luz que es calor y perfil de amanecer, Verbo encarnado y verdad de salvación. Porque el arcángel Gabriel es el portador de la palabra omnipotente, el gran mensajero, el primer embajador de Dios a los hombres.

Contemplemos la escena de su mensaje con nuestros ojos del cuerpo, poniéndolos sobre la tabla del Angélico. A la izquierda, entre el verde follaje del paraíso perdido, Adán y Eva, la primera pareja humana, que se aleja bajo la pesadumbre de su culpa. Arriba, sobre una ráfaga de oro, el Espíritu divino, y a la derecha, bajo una tenue y transparente luz de amanecer, el inefable espectáculo de la reconciliación entre Dios y la naturaleza humana, que se anuncia en el saludo del ángel, bajo la bóveda azul, tachonada de estrellas de oro, sin más testigo que la golondrina silenciosa sobre la barra de hierro entre las esbeltas columnas. El arcángel se inclina reverente ante la Virgen con sus brazos cruzados. Hay en él una armonía de amapolas y de trigo maduro; hay en Ella un juego de rosas y azul. La ráfaga luminosa del Espíritu toca apenas las alas y la aureola del arcángel y besa el pecho inmaculado de la doncella, que acepta el mensaje. Todo es elegancia, suprema elegancia de cuerpo y de espíritu, que es el signo de lo angélico.

Para poner sonido de este mudo cuadro de colores divinos, se nos acerca San Lucas y nos repite con sobrecogedora sencillez las palabras del arcángel.

Gabriel, enviado por Dios a Nazaret de Galilea, está ante María, la Virgen desposada con José, el varón justo de la casa de David. Y entrando a ella le dice: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.” Se turba la Doncella al oír estas palabras y busca el significado de la desconcertante salutación. Y el ángel la serena: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin.”

María, suavemente, pregunta: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?” Y el ángel descorre el velo del inmenso enigma: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios.” María, rendida y humildemente, acepta: “He aquí a la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra.” El ángel parte. La Redención ha comenzado. La misión, del embajador ha quedado soberanamente cumplida (Lc. 1,26ss.).

Pero a los hombres —a estos pobres seres que somos los hombres— nos quedan, atenazantes, unas cuantas preguntas. Para que Dios viniera al mundo a redimirnos, ¿era necesario este insólito anuncio a la Santísima Virgen, a través de un arcángel? ¿No había sido ya objeto de una profecía de predestinación el misterio de la Encarnación del Mesías en el seno de una Virgen? Y si la Virgen María tenía esa fe en la Encarnación y creía en ella con invencible certeza, como indiscutiblemente creía, ¿para qué el anuncio a través de un ángel? Aún más: si concebir en el espíritu es algo superior a concebir en el cuerpo, y son muchas las almas santas que conciben espiritualmente, ¿para qué era necesario y cómo fue posible que la Virgen de las vírgenes recibiera esa noticia de boca de una criatura, aunque fuera arcángel? La mente, a la vez poderosa y angélica de Santo Tomás de Aquino, se hace problema de estos misterios y nos abre perspectivas de luz (Summa Theologica 3 q.30). La anunciación a María era necesaria, no con necesidad absoluta, pero sí con necesidad relativa, de conveniencia, porque la unión del Hijo de Dios a María debía hacerse gradualmente y porque antes que concibiera a su Hijo en la carne, el espíritu de la Virgen tenía que estar advertido de la insondable maravilla. Con razón San Agustín ha podido decir que María fue más feliz al abrazarse a la fe en el Cristo que se le anunciaba, que al concebirlo en su carne. Pero, además, al ser instruida por Dios del gran misterio a través del ángel, se transformaba la Virgen Madre en el testigo más seguro y podía ofrecer a Dios, sin demora, el don voluntario de su ofrenda, de su entrega y servicio, que dejaba sellado, externa y solemnemente, el matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana entera.

Pero por qué ese anuncio tenía que hacerse a través de un ángel? Si Dios se revela directamente, sin intermediario, a los ángeles supremos y si María está por encima de todos los ángeles, ¿por qué no le haría Dios directamente a Ella la revelación del misterio? De otro lado, si en el orden humano establecido por Dios, las mujeres, como enseña San Pablo, deben ser instruidas de las realidades divinas por sus esposos, ¿por qué el misterio de la Encarnación no fue anunciado a la Virgen bienaventurada a través de San José, en vez de serlo por mediación del arcángel? Y aún más: Si Dios eligió a un ángel para transmitir su palabra, ¿no debía haber sido uno de los ángeles de la jerarquía suprema, la de los serafines? Sin embargo, el texto revelado de San Lucas es inequívoco: Dios eligió precisamente a un arcángel, al arcángel Gabriel, para ser su mensajero en la Anunciación a María. Y convenía que así fuese por tres razones principales, que desgrana el genio teológico de Santo Tomás.

Dios, en su plan, de gobierno del universo, reveló los misterios a los hombres por medio de los ángeles. El arcángel Gabriel dio a conocer a Zacarías el próximo nacimiento de su hijo, el profeta Juan, y el mismo arcángel completaría el anuncio revelando a María el misterio por excelencia de la Encarnación del Verbo.

En segundo lugar, la humanidad debía ser regenerada por Cristo. Si un ángel de obscuridad, bajo forma de serpiente, causó la perdición de la primera mujer, convenía que un ángel de luz restaurara la paz entre la humanidad y Dios a través de otra mujer: la Virgen María.

Por último, esa virginidad misma de la Madre de Dios requería que fuese un ángel el que le anunciara la Encarnación porque la vida de las vírgenes es como una vida de ángeles sobre la tierra y aunque la que había de ser Madre de Dios era ya superior a los ángeles por la dignidad a la que había sido divinamente elegida, sin embargo, su estado de vida presente, de vida corpórea, la hacía inferior a ellos y entraba dentro de la armonía de los planes divinos que fuese un ángel quien se acercase a ella para anunciarle la Buena Nueva. Y ese ángel no tenía por qué pertenecer a la jerarquía suprema de los serafines, sino ser el primero del orden de los arcángeles, porque a los arcángeles les corresponde la misión de intermediarios, de mensajeros entre Dios y los hombres. Y Gabriel —recordemos— es, por su nombre mismo, “el fuerte de Dios”. ¿Quién mejor que él para anunciar a una criatura humana Que llegaba a la tierra el Señor de todo poder y de toda verdad?

Todavía puede asaltarnos una duda o reproche: ¿por qué Gabriel, el ángel anunciador, tomó forma corpórea para aparecerse a la Virgen? ¿No hubiera sido más alta una visión espiritual o, a lo más, una visión imaginativa, como la de San José durante su sueño? ¿No se hubiera evitado así la turbación que, según el Evangelio mismo de San Lucas, produjo a la Virgen la aparición corporal del ángel? Sin embargo, la revelación no nos permite dudar de que el arcángel Gabriel se apareció en forma corpórea a la Virgen María, con rostro rutilante, vestido resplandeciente, en, actitud admirable, según le describe San Agustín: “Facie rutilans, veste coruscans, incessu mirabilis.”

Podía, en verdad, haberse dado una visión espiritual o imaginativa, pero había, según el Doctor Angélico, poderosas razones de conveniencia para que la aparición fuese bajo forma corpórea. Primero, por el mensaje mismo, Ya que lo que en ángel venía a anunciar era la encarnación de un Dios invisible y esta idea se hacía más clara y rotunda si una criatura invisible, como un arcángel, tomaba forma visible al acercarse a la mujer elegida entre todas las mujeres para ser Madre de Dios.

Segundo, por la dignidad misma de la Virgen Madre que había de recibir al Hijo de Dios no sólo en su seno corporal, sino también en su espíritu; y para ello importaba que sus sentidos exteriores fuesen reconfortados, al mismo tiempo que su espíritu, por una aparición angélica.

Finalmente, para que el extraordinario mensaje lograra el necesario grado de certeza, era conveniente que llegara al espíritu por vía de los sentidos, ya que el ser humano capta con mayor seguridad lo que ven sus ojos que lo que forja su imaginación.

Y no importa que esa aparición corpórea produjera turbación en la Virgen. Siempre que una fuerza superior del espíritu actúa sobre nuestras vidas, sea a través de visiones imaginativas o de apariciones sensibles, experimentamos turbación. Pero eso es motivo de honor y no de humillación, porque ese estremecimiento en las potencias inferiores tiene precisamente por causa el hecho de la elevación del espíritu a un plano más alto. Y, además, en el caso de la Virgen María, la turbación no fue de duda —como la de Zacarías frente al mismo arcángel Gabriel—, sino de humildad y pudor, y mereció la inmediata palabra tranquilizadora del mensajero: “Ne timeas”, “No temas”, y la plena revelación del misterio. Santo Tomás subraya agudamente —glosando a San Lucas— que lo que turbó a la Virgen no fue la vista del ángel corpóreo, sino el insondable mensaje que brotaba de sus labios; un mensaje que el arcángel cumplió en un orden perfecto, consecuente con la triple finalidad de su misión. Gabriel tenía que poner al espíritu de la Virgen en actitud de expectativa ante una gran realidad; y por ello la saluda con un saludo nuevo e insólito, al llamarla “llena de gracia”, y al decir que el Señor está con Ella y que es bendita entre todas las mujeres. Además, el ángel debía instruir a la Virgen en el misterio de la Encarnación que iba a tener lugar en Ella, y lo hace con las delicadas palabras de que “concebirá en su seno” y de que “el Espíritu Santo vendrá sobre Ella”. Y, por último, el ángel debía obtener del corazón de la Virgen una palabra de consentimiento, y para lograrla, evoca el ejemplo de su prima Isabel, grávida en su ancianidad, y, sobre todo, descorre el velo del misterio de la omnipotencia divina.

Esta es la breve y divina historia del arcángel Gabriel. Su palabra vence al tiempo y nos llega viva a nosotros cada vez que releemos el relato evangélico o que rememoramos la figura del enviado del Señor. Una palabra que nos abre los oídos del espíritu al ser último de todas las cosas; palabra de fe en el Dios Omnipotente. Una noticia que nos abre, como a la Virgen María, los ojos del alma a la belleza de la patria que no vemos; palabra de esperanza en la promesa, que garantiza con su sacrificio y con su redención el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho Hombre en las entrañas de María. Un mensaje, por último, que nos abre el corazón, nuestro duro corazón de piedra, al latido del amor; palabra de caridad enardecida por el Espíritu, que liga al cielo y la tierra, al hombre con Dios.

¡Oh tú, arcángel San Gabriel, embajador de Dios, patrono de todos los embajadores y mensajeros de la tierra, de todos los que tienen que cumplir misiones cerca de los hombres; tú a quien contemplamos amorosamente en silencio, empújanos a ser incansables heraldos de la pureza y de la humildad de María y de la realeza y la magnanimidad de Dios!

SAN RAFAEL, ARCÁNGEL


Divisar desde las sombras del destierro las cimas celestes, coronadas de luz, y hallar allí quien interceda por nosotros ante el Altísimo y quien descienda para llevarnos de la mano hacia las alturas, será siempre entre los cristianos una fuente de consuelos y esperanza. Venimos de Dios y a Dios caminamos: pero no solos, sino en compañía de ángeles que nos guardan e iluminan. El Apocalipsis los describe incensando el trono de Dios y poniendo sobre el altar de oro las oraciones de todos los santos (Apoc. 8,3). Las cuales, en olor de suavidad y de incienso suben entremezcladas con las oraciones de Aquel que, según la frase de San Pablo, vive siempre para rogar por nosotros (Hebr. 7,25).

¿Quiénes son estos ángeles? Uno de ellos, San Rafael nos lo va a revelar, al mismo tiempo que contemplamos su paso visible y su paso invisible por la tierra. Situemos estas páginas mirando a la remota lejanía. Setecientos veinte años antes de Jesucristo. Reinan en Nínive Salmanasar V y después Sargón II. San Rafael acompaña a Tobías en el viaje: nosotros le acompañaremos a él muy de cerca, porque las huellas de sus pies y los pliegues de su manto han quedado prendidos en uno de los libros sagrados más deliciosos que han leído los hombres.

En el libro de Tobit pensaría, sin duda, San Pablo cuando escribió: “¿No son todos los ángeles espíritus ministrantes, enviados para el servicio en favor de aquellos que han de alcanzar la herencia de la salud?” (Hbr. 1,14).

¡Cuán maravillosamente realiza el arcángel San Rafael este ministerio del espiritu! Sobre todo en lo referente a la piedad, a la caridad, a la pureza del matrimonio y a la santificación de la familia.

Al despedirse San Rafael revelará en casa de Tobit el misterio de su misión. Y el joven Tobías traza este resumen del ministerio angélico: Porque él me llevó y me trajo sano, él cobró el dinero de Gabaelo, él hizo que yo tuviera mujer, y él alejó de ella el demonio, ocasionó gozo a sus padres, y a mí mismo me liberó de ser devorado por el pez; a ti, además, hizo ver la luz del cielo y por él hemos sido colmados de todos los bienes. En correspondencia a esto, ¿qué le podemos dar que sea digno? (Tob. 12,3).

Los “bienes’ derramados sobre los dos Tobías corren paralelos y tienen un fundamento común: premiar una familia santificada, preparar un matrimonio santificador. San Rafael desciende del cielo para premiar la virtud del anciano Tobías, sobre todo su heroica caridad, para aliviarle en su tribulación y curarle su ceguera. Él es la “medicina de Dios”. A Tobit le descubre el secreto de la muerte de los siete maridos de Sara, le enseña la pureza y fecundidad del matrimonio, y tapa una fosa preparada para enterrar las rosas de la cuna la misma noche de las bodas (Tob. 8, 1 1-1 5 ).

Tobit pertenece a la tribu de Neftalí, vive los días aciagos de la ruina de Israel, sufre la invasión de los enemigos de su pueblo y marcha cautivo a Nínive bajo el vasallaje de los asirios. Pierde la anchura de la libertad, pero día a día recorre los caminos de la verdad y de la justicia (1,3).

Era niño, y ninguna niñería se descubría en sus obras; sonreiale ante Dios la vigorosa y lozana juventud. Mientras vive en su patria sube a Jerusalén, visita el Templo, adora al Señor Dios de Israel y le ofrece sus décimas con entera fidelidad. Ya casado, tiene un hijo y le impone también el nombre de Tobías, y le enseña desde la infancia el santo temor de Dios (1,4-10).

Las virtudes de Tobit se abrillantan entre las inclemencias del destierro. No se contamina con la impiedad de los ninivitas. Mientras soplan vientos favorables en tiempo del rey Sargón favorece a sus hermanos de cautiverio, los visita, los socorre y les presta dinero, como a Gabaelo, según veremos pronto. De sus manos brotan continuamente los alimentos, los vestidos, las medicinas y el dinero en favor de los necesitados. Entierra a los muertos, incluso jugándose la vida, porque, muerto Sargón, Senaquerib le persigue a muerte (1,11-23). Mas, si arrecia el ciclón, arrecia también su caridad; y Tobit, temiendo más a Dios que al rey, recoge cadáveres de sus hermanos de patria y de destierro, los oculta en su casa y durante la noche los entierra (2,9).

No tardó en llegar de nuevo la hora de la “tentación”, permitida por Dios para dejar a la posteridad admirables ejemplos de paciencia. Tobit se queda completamente ciego de una manera inesperada. En pos de la ceguera vienen los insultos, la incomprensión, las burlas. Mas ni se queja de la ceguera ni se enoja con la fea conducta de parientes y de amigos (2,11-23).

Acude al Señor, ora con lágrimas en su acatamiento y exclama: “Justo eres, Señor, y justos son tus juicios: hágase conmigo tu voluntad, porque más me conviene morir que vivir” (3,1-6).

¡Cerrados estaban los ojos de la cara de Tobit, pero muy abiertos los de su espíritu! En éstos se estaba mirando desde el cielo el arcángel San Rafael, y muy pronto, como médico enviado por Dios, se miraría también en la luz de aquellos!

Pero ¿moriría Tobit? Ante la posibilidad de un desenlace inminente llama Tobit a su hijo Tobías, encargándole que vaya a Ecbatana —la Ragés de la Vulgata—. Vivia allí su pariente Gabaelo, a quien hacia tiempo habia prestado Tobit diez talentos de plata. Habia llegado, pues, el momento de cobrar la suma prestada, antes que se echasen encima las sombras de la noche.

Al recibir Tobías el encargo replica: “Haré, padre mio, cuanto me mandas. Mas no conozco a Gabaelo ni tengo idea del camino” (4,1; 5,1,4).

No lo recorrería él solo fácilmente. Ecbatana distaba de Nínive 700 kilómetros. ¿No se prestaria algún “varón fiel” a acompañarle mediante la merecida recompensa?

Apenas ha dado los primeros pasos Tobías le sale al encuentro un joven “espléndido”, ceñido de su manto y en actitud de caminante. No cae en la cuenta Tobías de hallarse ante un ángel de Dios—San Rafael en persona—, como lo revelará más tarde. Desde el primer momento roba todas las simpatías del joven. Es el compañero ideal de viaje.

—¿De dónde procedes, simpático joven?—pregunta Tobías. —De los hijos de Israel. —¿Conoces el camino de Media? —Lo conozco, lo he recorrido muchas veces, y he vivido con Gabaelo, “nuestro hermano”.

Salta de júbilo Tobías, y sin poderse contener le dice a San Rafael: —Aguarda un momento; voy a,comunicárselo a mi padre.

El cual, no menos gozoso que el hijo, llama al ángel, que le saluda así: —Alegría siempre para ti. —¿Qué alegría puede haber para mi, si vivo en tinieblas y no veo la luz del cielo?—replica el ciego Tobit.

Anúnciale entonces el ángel que curará, que cobrará la deuda a Gabaelo, que acampañará a su hijo, y se lo devolverá sano y salvo. A las preguntas de Tobit sobre su persona y su linaje, San Rafael responde con piadosas evasivas, hasta terminar este diálogo con la frase, tan inocentemente expresiva, de Tobit: —Buen viaje, Dios os guíe en vuestro camino, y su angel os acompañe (5,5-21).

Avanzaba bordeando las orillas del Tigris. Bañándose cierto día en sus aguas, un enorme pez se abalanza sobre Tobías para devorarle. Asustóse, y entonces San Rafael le indica que, sin miedo ninguno, agarre al pez (6,4-6): —Desentráñalo, y guarda su corazón, la hiel y el hígado, pues son cosas muy útiles para medicinas (6,5).

¿Cuál seria su aplicación? San Rafael responde: —Si pusieres sobre las brasas un pedacito del corazón del pez, su humo ahuyenta todo género de demonios, ya sea del hombre, ya de la mujer, con tal eficacia que no se acercan más a ellos. La hiel sirve para untar los ojos que tuvieren alguna mancha o nube, con lo que sanarán.

Los acontecimientos sellarán más tarde el acierto de estas observaciones.

Era necesario hacer un alto en el camino. ¿En donde? Todo lo tiene previsto el ángel, y, al contestar, entra de lleno en el asunto que más había de interesar a Tobías. Oigamos sus palabras: —Aquí hay. un hombre, llamado Raquel, pariente tuyo, de tu misma tribu, el cual tiene una hija llamada Sara; ni tiene otro varón ni hembra fuera de ésta, —Pero he oído—replica Tobías—que se ha desposado con siete maridos, y que han fallecido todos; y aun he oído decir que un demonio los ha ido matando. Temo, pues, no sea que también me suceda a mi lo mismo, y que, siendo yo hijo único de mis padres, precipite su vejez al sepulcro con la aflicción que les ocasione.

—Oyeme—añade el ángel Rafael—, escúchame, que yo te enseñaré cuáles son aquellos sobre los que tiene potestad el demonio. Los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, entregándose a su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento, ésos son sobre los que tiene poder el demonio. Mas tú, cuando la hubieres tomado por esposa, entrando en el aposento no te llegarás a ella en tres días; y no te ocuparás en otra cosa sino en hacer oración en compañía de ella. En aquella misma noche, quemado el hígado del pez, será ahuyentado el demonio. En la segunda noche serás admitido en la unción de los santos patriarcas. En la tercera alcanzarás la bendición, para que nazcan de vosotros hijos sanos. Pasada la tercera noche te juntarás con la doncella en el temor del Señor, llevado más bien del deseo de tener hijos que de la concupiscencia, a fin de conseguir en los hijos la bendición propia del linaje de Abraham.

En casa de Ragüel reciben a los viajeros con alborozo; corren lágrimas de alegría y se les prepara el banquete. Antes de comenzarlo indica Tobías su firme propósito de casarse con Sara. Hay estupor general en los asistentes, y el padre de Sara no acierta con la respuesta. Interviene entonces el ángel y le dice: —No temas dar a tu hija por esposa de Tobías, puesto que con este joven temeroso de Dios es con quien debe casarse, y no hay otro que la merezca.

Convencido Ragüel con estas palabras, accede gustoso a las bodas. Juntan, pues, los jóvenes sus diestras, firman el acta matrimonial, celebran un banquete y se piden para ellos las bendiciones del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (7,1-17).

Correspondía ahora a Ana preparar la habitación de los nuevos esposos. Cuando entró en ella su hija Sara la madre rompió a llorar. ¿Qué suerte correría aquella noche su hija? ¿Cómo terminará Tobías, después del desastrado fin de los siete maridos anteriores? Afortunadamente no se había olvidado de los consejos de Rafael, y, sacando de su alforjilla el pedazo de hígado y corazón, púsolo sobre unos carbones encendidos. Entonces el ángel Rafael cogió al demonio y le confinó en el desierto del Egipto superior.

Con esta protección tan visible de la divina Providencia, por ministerio de San Rafael, quedan aseguradas la felicidad y santidad de los nuevos esposos. Tres noches pasan en oración. Tobías dice: —Tú sabes, Señor, que no me he casado con Sara por lujuria, sino por amor de una posteridad en la cual será bendito tu nombre por los siglos de los siglos.

Y Sara oraba así: —Compadécete, Señor; compadécete de nosotros, y haz que lleguemos sanos a la ancianidad (8,4-10).

Hay una escena encantadora y de un patético realismo. Cerca del canto de los gallos, Ragüel y sus criados preparan, no lejos del lecho de bodas, la tumba. Una muchacha se encarga de asomarse y ver si ha muerto ya el octavo marido. Comprobado que duermen tranquilamente, el suegro ordena que se tape la tumba antes que amanezca (8,1 1-16).

Ragüel y Ana entonan un himno de acción de gracias al Señor Dios de Israel. No ha muerto el esposo, como se temían, y ante tanta misericordia todas las gentes confesarán que el Dios de Israel es el solo Dios en toda la tierra,

Siguen los convites para la familia y los amigos; en pos del convite los espléndidos donativos de los padres y las cariñosas porfías para que permanez,can con ellos los esposos dos semanas. Mas el viaje no ha terminado. ¿Cómo llegar hasta Ecbatana y cobrar la deuda de Gabaelo?

Para el ángel del Señor no existen dificultades. Rafael, acompañado de cuatro criados, se encarga de ir a Ecbatana; y no sólo realiza cumplidamente el encargo y cobra la suma prestada, sino que, además, convida a Gabaelo, por encargo de Tobías, a regresar con él y acompañar a los nuevos esposos en la felicidad de sus bodas (c.9).

Entretanto pasan días y los nuevos esposos no regresan. Ana y Tobit se ponen en lo peor y llegan a sospechar si Gabaelo habrá muerto y tal vez el mismo Tobías. ¿A qué obedece tanta tardanza? Ambos lloran con lágrimas irremediables. La madre no se consuela con nada, sino que a diario corre los caminos por donde algún día había de regresar su hijo. Sus ayes los escuchan todos los vecinos: —¡Ay, ay de mí, hijo mío!; ¿para qué te dejamos marchar, oh lumbre de nuestros ojos, báculo de nuestra ancianidad, consuelo de nuestra vida y esperanza de nuestra prosperidad?

Esta amargura e impaciencia ya la preveía Tobías. Por eso no accede a la proposición de su suegro, que insistía en el retraso de la vuelta. Por tanto, se concierta el viaje y se entregan a los recién casados cuantiosos bienes como dote de matrimonio. A Sara le recomiendan sus padres, entre ósculos de despedida, que honre a sus suegros, ame a su marido, cuide de la familia, gobierne la casa y permanerca en todo irreprensible.

—Que el ángel santo del Señor—dice Ragüel—os acompañe en el camino y os conserve incólumes (c.10). Caminan delante San Rafael y Tobías; éste, por consejo del ángel, lleva consigo la hiel del pez. La necesitarán muy pronto. Oigamos ahora a Rafael hablando con Tobías en el camino.

—Apenas entres en tu casa adora al Señor tu Dios, y, dándole gracias, acércate a tu padre y dale un ósculo. E inmediatamente unge sus ojos con la hiel del pez; y sábete que entonces se abrirán sus ojos y verá tu padre la luz del cielo y se gozará contemplándote con sus ojos.

Realizóse todo esto al pie de la letra. Al ciego Tobit se le enredan los pies y tropieza al salir al encuentro de su hijo. Se abrazan, se besan, lloran y bendicen al Señor. Tobías unge en seguida con la hiel del pez los ojos de su padre y poco después recobra Tobit la vista, exclamando lleno de alegría: —Te bendigo, Señor Dios de Israel, porque Tú me has probado y Tú me has salvado; y he aquí que ya veo a Tobías, mi hijo (c.11).

No es para descrito el júbilo de toda la familia a lo largo de siete días de fiestas familiares, en las que participaron padres e hijos por tan venturosos acontecimientos. ¿Qué parte tomó en las alegrías de la familia el providencial acompañante de Tobías en el camino? ¿Quién era el misterioso personaje?

Cuantos le han tratado estímanle por un santo varón e insuperable amigo. No pasan de ahí. Habrá, pues, que preparar una recompensa digna de su persona y de sus servicios. Pero ¿cuál? Se lo preguntan mutuamente padre e hijo y no dan con la solución. Toda recompensa les parece pequeña. Al fin insinúa Tobías a su padre la necesidad de rogar a San Rafael que acepte la mitad de los bienes que ha traído.

Y diciendo y haciendo, llaman aparte al gentil acompañante y le proponen la idea. He aquí la deliciosa respuesta:

—Bendecid al Dios del cielo y glorificadle delante de todos los vivientes, porque ha hecho brillar en vosotros su misericordia. Porque así como es bueno tener oculto el secreto confiado por el rey, es cosa muy loable el publicar y celebrar las obras de Dios. Buena es la oración acompañada del ayuno, y el dar limosna mucho mejor que tener guardados los tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte y es la que purga los pecados y alcanza la misericordia y la vida eterna. Mas los que cometen el pecado y la iniquidad son enemigos de su propia alma. Por tanto, voy a manifestaros la verdad, y no quiero encubriros más lo que ha estado oculto. Cuando tú orabas con lágrimas y enterrabas a los muertos y te levantabas de la mesa a medio comer, y escondías de día los cadáveres en tu casa, y los enterrabas de noche, yo presentaba al Señor tus oraciones. Y, por lo mismo que eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación o aflicción te probase. Y ahora el Señor me envió a curarte a ti y a libertar del demonio a Sara, esposa de tu hijo. Porque yo soy el ángel Rafael, uno de los siete espíritus principales que asistimos delante del Señor (12,6.15).

Caen trémulos de emoción los dos Tobías a los pies del ángel, que se despide de ellos con las siguientes palabras:

—La paz sea con vosotros; no temáis, Pues que, mientras he estado yo con vosotros, por voluntad o disposición de Dios he estado; bendecidle, pues, y cantad sus alabanzas. Parecía, a la verdad, que yo comía y bebía con vosotros: mas yo me sustento de un manjar invisible y de una bebida que no puede ser vista de los hombres. Ya es tiempo de que me vuelva al que me envió: vosotros, empero, bendecid a Dios y anunciad todas sus maravillas (12,17-20).

Y pronunciando estas frases desapareció de su presencia… Mas para continuar siendo la medicina de Dios en la historia de las almas de una manera eficacísima, aun cuando invisible. Las cofradías se honran con su patronato, Córdoba le recuerda en cada una de sus páginas cristianas, muchos fieles emprenden los viajes bajo su protección, San Juan de Dios apoya su caridad en la caridad del arcángel.

En el cántico de cisne de Tobit, en su visión de la ruina de Nínive y restauración de Jerusalén, en su pía ancianidad de ciento dos años, en su testamento espiritual, exaltando la justicia del Señor y las excelencias de la limosna, y en la última mirada de sus ojos se reflejó con arreboles de gloria la figura angélica de San Rafael.

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28 de septiembre.

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MIÉRCOLES DE LA SEMANA 26ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura

Lectura del libro de Job (9,1-12.14-16):

Respondió Job a sus amigos: «Sé muy bien que es así: que el hombre no es justo frente a Dios. Si Dios se digna pleitear con él, él no podrá rebatirle de mil razones una. ¿Quién, fuerte o sabio, le resiste y queda ileso? Él desplaza las montañas sin que se advierta y las vuelca con su cólera; estremece la tierra en sus cimientos, y sus columnas retiemblan; manda al sol que no brille y guarda bajo sello las estrellas; él solo despliega los cielos y camina sobre la espalda del mar; creó la Osa y Orión, las Pléyades y las Cámaras del Sur; hace prodigios insondables, maravillas sin cuento. Si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome, y no lo siento; si coge una presa, ¿quién se la quitará?; ¿quién le reclamará: “Qué estás haciendo”? Cuánto menos podré yo replicarle o escoger argumentos contra él. Aunque tuviera razón, no recibiría respuesta, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara y me respondiera, no creo que me hiciera caso.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 87

R/. Llegue hasta ti mi súplica, Señor

Llegue hasta ti mi súplica, Señor.
Todo el día te estoy invocando,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias? R/.

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,
o tu justicia en el país del olvido? R/.

Pero yo te pido auxilio,
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas
y me escondes tu rostro? R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,57-62):

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme.»
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Palabra del Señor

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1. (Año II) Job 9,1-12.14-16

a) Job y sus amigos buscan respuesta a la pregunta sobre el mal que agobia a los inocentes, y no la encuentran.

Job no se atreve a pleitear contra Dios. Sus razones tendrá. Es el todopoderoso. Lo sabe todo y lo puede todo. ¿Cómo podremos nosotros encontrar argumentos contra él o pedirle cuentas?, “¿quién le reclamará: qué estás haciendo?”. Nosotros no sabemos la respuesta, pero él sí que debe saberla.

Job está asustado ante Dios. No acaba de recibir respuesta. Sigue la búsqueda. Sus contertulios no le ayudan mucho. Más bien meten cizaña en su ánimo.

b) La situación puede pasarnos a nosotros mismos, o a conocidos nuestros a los que vemos sufrir en propia carne lo que parece una injusticia por parte de Dios: ¿porqué a mí? ¿porqué a esta persona inocente? ¿cómo lo permite Dios?

Juan Pablo II, en su carta “Salvifici Doloris” (1984), sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, es el que mejor ha abordado este misterio. Sobre todo en su apartado tercero, “a la búsqueda de una respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento”, que toma pie precisamente del libro de Job. ¿Será, como le dicen sus amigos, que estas desgracias son necesariamente castigo de sus pecados? ¿será una pedagogía divina, por el valor educativo que tienen las pruebas y el dolor? El libro de Job niega estos presupuestos como insuficientes, pero no llega a la clave verdadera. Como dice el Papa, “el libro de Job no es la última palabra de la revelación sobre este tema”.

La respuesta la tenemos en Cristo, en su dolor asumido, en su solidaridad total, en su muerte inocente y en su resurrección. Dios nos ha querido salvar asumiendo él nuestro dolor, entrando hasta el fondo en el mundo de nuestro sufrimiento y dándole así un sentido redentor, de amor, desde la profundidad del sacrificio pascual de Cristo, el Siervo de Yahvé que se entrega por los demás voluntariamente, a pesar de ser inocente. Dios nos ha mostrado su amor precisamente a través de su dolor, solidario del nuestro. Nuestro dolor, entonces, se convierte en solidario del de Cristo. Con la misma finalidad: salvar al mundo.

Seguirá siendo una pregunta difícil de contestar. Seguirá doliendo. La oración del salmo no nos da la respuesta, pero sí fuerzas para vivir el misterio: “llegue hasta ti mi súplica, Señor, ¿por qué me rechazas y me escondes tu rostro? Pero yo te pido auxilio, por la mañana irá a tu encuentro mi súplica”.

Jesús nos dio el ejemplo, entregándose en manos de Dios y caminando hacia su sacrificio: “no se haga mi voluntad sino la tuya. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

2. Lucas 9,57-62

a) En el camino de Jesús se espeja nuestro camino. Hoy leemos tres breves episodios de “vocación” a su seguimiento, con situaciones diferentes y respuestas que parecen paradójicas por parte de Jesús.

A uno que le quería seguir, Jesús le advierte que no tiene ni dónde reclinar la cabeza: menos que los pájaros y las zorras, que tienen su nido o su madriguera. A otro le llama él, y no le acepta la excusa dilatoria de que tiene que enterrar a su padre: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. Al que le pide permiso para despedirse de su familia, le urge a que deje estar eso, porque sería como el que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás.

b) Las respuestas no se deben tomar al pie de la letra, sino como una manera expresiva de acentuar la radicalidad del seguimiento que pide Jesús, y su urgencia, porque hay mucho trabajo y no nos podemos entretener en cosas secundarias.

Con su primera respuesta, nos dice que su seguimiento no nos va a permitir “instalarnos” cómodamente. Jesús está de camino, es andariego. Como Abrahán desde que salió de su tierra de Ur y peregrinó por tierras extrañas cumpliendo los planes de Dios.

Con la segunda, Jesús no desautoriza la buena obra de enterrar a los muertos. Recordemos el libro de Tobías, en que aparece como una de las obras más meritorias que hacía el buen hombre. A Jesús mismo le enterraron, igual que hicieron luego con el primer mártir Esteban. Lo que nos dice es que no podemos dar largas a nuestro seguimiento. El trabajo apremia. Sobre todo si la petición de enterrar al padre se interpreta como una promesa de seguirle una vez que hayan muerto los padres. El evangelio pone como modelos a los primeros apóstoles, que, “dejándolo todo, le siguieron”.

Lo mismo nos enseña con lo de “no despedirse de la familia”. No está suprimiendo el cuarto mandamiento. Es cuestión de prioridades. Cuando el discípulo Eliseo le pidió lo mismo al profeta Elías, éste se lo permitió (I R 19). Jesús es más radical: sus seguidores no tienen que mirar atrás. Incluso hay que saber renunciar a los lazos de la familia si lo pide la misión evangelizadora, como hacen tantos cristianos cuando se sienten llamados a la vocación ministerial o religiosa, y tantos misioneros, también laicos, que deciden trabajar por Cristo dejando todo lo demás.

Sin dejarnos distraer ni por los bienes materiales ni por la familia ni por los muertos. La fe y su testimonio son valores absolutos. Todos los demás, relativos. Además eligiendo a Dios todos estaremos mejor, nosotros y los nuestros, y hasta la relación con los bienes materiales: estarán ordenados.

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25 de septiembre.

img-20160925-wa0006predicando en la Bonanova. Barcelona hoy 25 de septiembre

Homilía para el XXVI Domingo durante el año C

La mayoría de las parábolas de Jesús, como ya hemos dicho varias veces, son enseñanzas sobre Dios, en las cuales Jesús quiere mostrarnos quien es su Padre, la enseñanza moral es consecuencia de haber entendido el mensaje principal. Pero otras parábolas, como es el caso de este domingo, traen esencialmente una enseñanza moral. La técnica de la parábola, como también lo hemos comentado, consiste en animar a los que escuchan a que se identifiquen con un personaje y a sacar de esta identificación todas las consecuencias o todas las enseñanzas que seamos capaces. Es entonces el caso de la parábola proclamada este domingo, llamada tradicionalmente: «Parábola del rico epulón y del pobre Lázaro». Aquí Dios no es mencionado.

¿Cuál es el personaje con el que nos tenemos que identificar en este relato? Ciertamente no el hombre rico, ni Abraham. ¿Será, entonces, el pobre Lázaro? No. El, o más bien, los personajes más importantes de esta parábola, para nuestro cometido, son los cinco hermanos del hombre rico, Abraham le dice al rico que ellos «tienen a Moisés y los profetas», estos cinco hermanos están aquí abajo, entre los vivos, somos todos nosotros.

Retomemos un poco los detalles de esta parábola. Había un hombre rico y uno pobre. No dice si se trata de un rico bueno o malo, o, de un pobre bueno o malo. No. Simplemente el Evangelio nos dice: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro.» que no tenía nada para comer. El pobre bien quería comer las migas que caían de la mesa del rico, no dice que él las había pedido y que le fueran negadas. Estos hombres vivían uno al lado de otro y simplemente se ignoraban sin malicia y sin celos. La única nota de intimidad es un perro que lame las llagas del pobre (una vez leí que un político americano dijo: «si quieres tener un amigo en Washington, cómprate un perro» se podría reemplazar fácilmente Washington por cualquier capital política del mundo, por lo demás hay muchas personas que por defectos de los otros, o incapacidad propia, llegaron a esta conclusión: «mientras más conozco a las personas más quiero a los animales», claro: los animales no son personas, en el sentido que no me discuten, no las puedo enviar a hacer algún trabajo, los formo a mi manera y con mis mañas, etc.).

El rico no tiene nombre. Algunos confunden el sustantivo común epulón del título de la parábola con el nombre. Epulón en el diccionario de la Real Academia viene definido como: «hombre que come y se regala mucho». Este rico representa a todos los que se dejan alienar por el tener. El pobre tiene un nombre cuya etimología es «“Él” Azar» y que quiere decir «Dios socorre». Lo que parecería un poco irónico, por lo menos, no lo socorre aquí abajo. Cuando los dos llegan al otro lado, o «el seno de Abraham» (aquí no se trata del cielo porque Jesús, hablando a los Fariseos, uliza sus categorías), cambian los roles. El pobre, que yacía en el suelo, es llevado por los ángeles al seno de Abraham, es decir al Paraiso; y el rico que, aquí abajo, reposó en los divanes elevados, fue enterrado. Él estaba hasta tal punto ligado a las realidades de este mundo, que permanece encadenado aún después de su muerte.

Este rico no era malo, simplemente inconsciente, a lo largo de toda su vida. Ahora sufre terriblemente y como tiene un buen corazón, quisiera ahorrarle la misma suerte a sus hermanos, y querría que Abraham les envíe a Lázaro para sacarlos de su letargo. Es cuando Abraham responde: «“Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”».

Como dije antes, estos cinco hermanos del hombre rico, nos representan a nosotros. Y nosotros no tenemos solamente a Moisés y los Profetas para escuchar, sino a la Palabra definitiva del Padre: Jesús y su Evangelio. Seguramente entre nosotros muy pocos vivirán fastos parecidos a los del rico de la parábola, y seguramente no serán tantos los que vivan una miseria parecida a la de Lázaro. Pero el hecho es que, hoy como en la época de Jesús , y quizás aún más, existe una brecha entre los ricos y los pobres. Desde hace varios años, especialmente desde el rápido avance de la economía global neoliberal, sin moral, a escala mundial, esta brecha es cada vez mayor, tanto dentro de los países como entre los países. De acuerdo con información del Banco Mundial, de hace unos años, había más de mil millones de personas que viven por debajo del nivel de pobreza absoluta (con menos de un dólar al día). En Argentina la lucha contra la pobreza debe preocuparnos más, y más podríamos hacer, cuando pensamos en los demás pueblos de latinoamérica, en África, Asia, tal vez no sentimos más sensación que una encuesta.

¿Somo inconscientes, como el rico del Evangelio de hoy, o bien somos conscientes de todas las desigualdades en las que vivimos y seguro disfrutamos. Hacemos algo para remediarlo? San Juan Pablo II, hablando a la Tribuna de las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979, hizo alusión a esta parábola del rico y del pobre Lázaro y concluyó que «es urgente traducir en términos económicos y políticos y en términos de derechos humanos, de relación entre el primer, el segundo y el tercer Mundo el contenido de esta parábola.» Magisterio semejante fue realizado por Benedicto XVI y contemporáneamente por el papa Francisco quien frecuentemente alude a esta parte esencial de la Buena Noticia. Que la Virgen nos ayude con su intercesión para que nosotros seamos capaces de traducir en nuestra vida diaria la enseñanza de Jesús: no ser inconscientes con la necesidad del que tenemos al lado, espero que este año de la Misericordia nos haya ayudado en este camino. Recordar que la vida, que no se acaba, se define en base a esta conciencia de no ignorar al otro, vivir el Evangelio es un saber y un obrar que no es mecánico, es fruto de una relación y se alimenta de la gracia de Dios; dice la conocida copla española:

La ciencia más acabada
es que el hombre en gracia acabe,
pues al fin de la jornada,
aquél que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada.

En esta vida emprestada,
do bien obrar es la llave,
aquel que se salva sabe;
el otro no sabe nada.

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18 de septiembre.

bonanova

Homilía para el XXV Domingo durante el año C

La primera lectura que escuchamos nos ofrece el contexto necesario para comprender este difícil evangelio. Esta primera lectura tomada del libro del profeta Amós, que vivió durante los fastos del reino de Jeroboam II, en el Reino del Norte en Israel, en la época en que este reino había alcanzado su máximo esplendor, en cuanto a poder material y prosperidad.

Cuando el profeta Amós se manifestó, había en el país abundancia, esplendor y orgullo. Los ricos vivían en la opulencia. Tenían sus palacios de verano e invierno, ricamente adornados de mármol, con espléndidos divanes, sobre los que se echaban para consumir sus suntuosos banquetes. Poseían viñas y bebían buen vino, y se ungían con ungüentos preciosos. En el mismo momento en cambio la justicia fallaba en el país. Los pobres estaban afligidos, explotados y hasta vendidos como esclavos, y los jueces estaban corrompidos. Es en este clima que Amós profiere las palabras rugientes que hemos escuchado: “Escuchen esto, ustedes, los que pisotean al indigente para hacer desaparecer a los pobres del país. Ustedes dicen:… compraremos a los débiles con dinero y al indigente por un par de sandalias, y venderemos hasta los desechos del trigo. El Señor lo ha jurado por el orgullo de Jacob: Jamás olvidaré ninguna de sus acciones.”

Teniendo en mente esta advertencia, pasemos ahora al Evangelio. Parece efectivamente que Jesús alude a un fraude que habría sucedido poco tiempo antes y que era ciertamente bien conocido por su auditorio. Jesús no tiene ciertamente la intención de enseñarnos como engañar a nuestro empleador o al fisco (que puede ser, que este, nos engañe a nosotros). Un detalle interesante para anotar, es que Lucas es el único de los Evangelistas que trae este relato; y sabemos hasta que punto, Lucas, se preocupa de todo lo que concierne a la pobreza y el peligro de las riquezas y el dinero. En realidad la frase que resume todo es la última: “No pueden servir a Dios y a Mammona”. San Lucas, en efecto, da al dinero un nombre proprio: Mammona, para indicarnos bien que, si uno se vuelve esclavo del dinero, este se vuelve nuestro patrón y nos domina como haría un dueño humano.

Esta es la parábola del “Mayordomo Infiel” como dicen nuestros Evangelios castellanos, no fue infiel. Mucho menos fue “inicuo”, como dice la Vulgata latina: “vilicum iniquitatis”, (“granjero de iniquidad”). Ni fue granjero ni fue de iniquidad. El texto griego dice “ecónomo” o sea, “administrador o gerente”; y en cuanto al genitivo “tes adikías” (de injusticia), Cristo lo usa irónicamente, como se ve por todo el contexto. La traducción exacta española y argentina sería: el Capataz Camandulero; o el Apoderado Pícaro.

Los intérpretes tropiezan aquí: ¡Cristo aprobó un robo, alabó a un ladrón, fomentó la infidelidad de los empleados y… la “lucha de clases”! “¿También ustedes están sin inteligencia?”, les habría respondido el Señor. ¡Como si todo el que cuenta un caso, aprobase el caso! Uno cuenta lo que pasa. Pero lo que más hay que notar, es que en ningún lado del relato consta que el Gerente haya sido un ladrón: “que fue acusado de ladrón”, lo cual es cosa distinta. Y las quitas que hizo a las deudas, podía tener atribuciones para hacerlas; y leyendo atentamente se ve que las tenía, como ustedes lo verán si leen atentamente. Si los deudores aceptaron y el amo aprobó, es que las tenía. Cristo concluyó con una observación irónica: “los hijos de este mundo son más videntes en sus negocios que los hijos de la luz”.

La enseñanza de Jesús en este relato es la siguiente: si los hijos de este mundo, que son esclavos de las cosas materiales, son tan hábiles, cuanto más hábiles deberemos ser los que pretendemos ser hijos de Dios. Se debe utilizar el dinero no para construir una seguridad en vistas a un porvenir temporal y mundano, solamente, sino para construir el reino eterno. La manera de hacerlo es considerar que uno no es propietario de cuanto posee. Que uno administra para uno y en relación con los otros. Por eso así como este administrador (“deshonesto” “injusto: no sujeto a la justicia”, dice Cristo: fronímos ¡un vivo, hábil!) hace caridad, no es justo en el sentido de aplicar la ley sin circunstancias, pero hace caridad, baja los intereses de los préstamos de su amo, que seguramente eran excesivos, hace una caridad interesada. Y, entonces, Jesús dice: si este hace caridad por su interés y recibe un beneficio, si los hijos de la luz hacen caridad como tiene que ser: ¡qué beneficios no recibirán! ¡El mejor negocio es la caridad! Este negocio se cobra aquí, pero sobre todo en las mansiones eternas.

Sabemos que hay codicia en nuestro corazón, y sabemos que la hay también en grandes dosis en el mundo, en las relaciones individuales, como entre las naciones y los bloques de naciones. Los reproches de Amós llegan actuales. Y como en tiempos de Jesús debemos elegir entre Dios y Mammona.

Renovemos de nuevo, cada uno de nosotros, nuestra opción por Dios, no despreciemos ni endiosemos el dinero y los negocios materiales, sino que recordemos hacer negocios verdaderos como tantas veces Cristo nos advierte, dónde la polilla no roe, ni los ladrones roban. Recordemos una página del P. Leonardo Castellani: “Cristo no afirmó que todo les tiene que salir mal a “los hijos de la luz”; entonces apaga y vámonos ¿para qué viniste al mundo?, ¡oh Luz del Mundo! Cristo exhortó irónicamente a los que se llaman “buenos” a tener por lo menos tanta prudencia en sus negocios como los llamados por ellos “malos”; y si la tienen, no hay ninguna razón porque no les sucedan a ellos también sus negocios, tanto los del cielo como los de la tierra. … Fíjese: Dios podía haber dispuesto los sucesos de este mundo de tres maneras: 1) Que a los buenos les fuese siempre bien y a los malos siempre mal; 2) al revés: siempre mal a los buenos, siempre bien a los malos; 3) mezclando bienes y males a buenos y malos; con una preferencia de males a los santos y a los idiotas. Dios prefirió el plan 3; y si ustedes lo piensan un momento, verán que está muy bien. Si a los buenos siempre les fuese bien y mal a los malos (plan 1) simplemente no habría buenos, porque todos serían buenos a la fuerza: se suprimirían el mérito, la bondad, la virtud, la santidad y hasta el mismo libre albedrío. Sería imposible ser malo. Ese es el estado de los animales: no pueden ser malos… ni buenos tampoco. Son animales. Si al revés, a los buenos siempre les fuese mal (plan 2) la bondad se volvería imposible, porque no habría ser humano capaz de soportarla; habría que ser ángel. Dios escogió el tercer plan: hacer salir el sol sobre los buenos y los malos y llover sobre los justos y los injustos; y que cada cual procure tomar el solcito y aprovechar el agua lo mejor que pueda. Y si a un católico, por idiota o descuidado, se le rompen las acequias, que no le eche la culpa a Dios y que no ande diciendo que “bien dijo Cristo que los hijos de este siglo son necesariamente más felices en sus negocios que los hijos de la luz”. Cristo no dijo eso.” (CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Editorial Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 282-287)

Seamos astutos en las cosas materiales, para bien, pero en las espirituales mucho más, que a todos nos va a favorecer. Recemos unos por otros y pidamos a la Virgen que sepamos hacer el verdadero negocio: la caridad, sobre todo en este último trecho del año de la Misericordia.

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14 de septiembre.

18

EXALTACIÓN DE LA CRUZ

“Exaltación de la Cruz” será mejor que para nosotros no signifique elevación, sublimación en vagas nubes de gloria, sino, al contrario: “humillación de la Cruz”, mirada cara a cara a la dura realidad de lo que fue esa cama de muerte del Hijo de Dios. Ya nos hemos acostumbrado a la cruz, y hasta hay quien gusta de interpretarla como signo abstracto, casi como el “más” de los matemáticos, como “cruce de infinitos”, etc. Pero para los primeros cristianos, la cruz era todavía algo tan horroroso que tardaron mucho en representar a Cristo clavado en ella (fue, recordémoslo, en la puerta de madera de Santa Sabina, en Roma). Porque, ¿qué era la cruz? Lo que más se le parece ahora es la horca (una horca, en su forma, viene a ser una cruz manca). Pero en España dice poco: pensemos en el garrote vil (otros pueblos pensarán en la guillotina, en la silla eléctrica, en la cámara de gas; nunca en el piquete de ejecución que, después de todo, tiene algo de honor militar). Pero, además, añadamos el lento suplicio a la ejecución: un suplicio gratuito, no para obtener declaraciones, a la manera moderna (y antigua), sino para hacer lenta y desgarradora la agonía. No entremos a preguntar detalles a los historiadores: si el reo era clavado antes por las manos al palo transversal, y éste elevado con cuerdas —como con las reses muertas, pero en vivo—, etc. Nos basta con saber: horas de tortura para morir, como los peores bandidos, para quienes quitarles la vida en un momento se hubiera considerado escaso castigo.

 Es frecuente —se dirá— el caso de fundadores políticos y religiosos que murieron “ajusticiados”. En nuestra época no nos es muy difícil imaginar que el Hijo de Dios se hubiera dejado fusilar (eso imagina Faulkner en su extraña reviviscencia de Una fábula). Pero de haber nacido en nuestra época, el hecho de que hubiera muerto agarrotado, con dos granujas cualquiera —”A éste por ladrón”, “A éste por subversivo”, “A éste por ladrón”—, eso rebasa lo que podríamos esperar (a pesar de que nuestro siglo nos ha desengañado mucho de las justicias humanas y sus castigos). Ahora tenemos cruces al cuello y en las paredes, pero, ¿no nos hubiera escandalizado este artefacto de ejecución de haberlo conocido como tal antes de contar con Cristo? Quizá alguna vez, leyendo muertes de mártires —con refinadas torturas de ruedas de cuchillos, calderas de aceite, desolladuras— hemos pensado que Jesucristo aceptó una muerte sencilla, casi fácil. Sencilla, sí, pero la peor. Una muerte corriente, de código penal, sin ningún artilugio inventado para el caso, con el procedimiento vulgar; una “muerte en serie”, como diría Rilke, igual que un traje de almacén, pero el más sucio y roto entre tantos iguales, para redimir la muerte de todos. Porque ya venía del tormento, refinado a fuerza de estúpido, de los soldados, que ni siquiera le odiaban como los judíos, y para quienes era un anarquista chiflado a quien azotaban para ver si así se podía cerrar el expediente, y a quien abofeteaban sólo por pasar el aburrimiento en el cuerpo de guardia, por vengarse de sus “horas extraordinarias” de servicio. Y de ahí —a petición de los suyos, no por deseo de los ocupantes extranjeros— a una muerte de delincuente común, con su palo como un poste de tormento, para que todos descargasen en él su golpe: unos, los celos, ya tranquilizados, de perder el poderío religioso —y ésos darían más fuerte, para acelerar la muerte, y con ella su propio sosiego—; otros, echándole encima su desengaño político de conspiradores ambiciosos, despechados porque sus afanes de mando se hubieran esfumado en redención de espíritu.

 A la vez que aparato de muerte, la cruz fue para Cristo picota de vergüenza. Para eso se ponían las cruces en alto; para “dar ejemplo” y permitir la burla y el salivazo. Pero seguramente ningún reo tuvo tal tempestad encima de insultos y manchas. Los ladrones, a los lados, aun con todos sus dolores, todavía se asombraron, sin comprender: el uno le increpó, el otro le defendió. De cruz a cruz se hizo un extraño diálogo, más allá de la vida y el mundo: el pobre agonizante de en medio prometía la gloria eterna al otro agonizante que creía en su inocencia. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era una piltrafa, con la cara tapada por hilos de sangre de las espinas y por las huellas de las bofetadas; su cuerpo parecía vestido por millares de líneas de azotes; sobre su desnudez, un papelón anunciaba, con burlona seriedad: “Fulano de Tal, rey del país”.

 Estaba ronco de sed, pero el vino con hiel era peor que la sed; alrededor, todos se le burlaban, jaleaban su agonía, le escupían. Pero Jesús, todavía en el potro, ganaba y se llevaba un compañero de tormento.

 “Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz” (Gal. 6, 8), leemos en la misa de hoy. Y de otro lugar, recordamos el mandato para salvarse: “tome cada uno su cruz, y sígame”. Pero pensamos en algo extraordinario, en un peso que, hasta en su misma forma, sea un testimonio de Dios, con su recuerdo y su consuelo aún en el dolor. Y, sin embargo, nuestra cruz es lo vulgar, lo de siempre; nos la tiene preparada la vida, y no se distingue de lo humano: está hecha con la madera misma de nuestro ser. La llevamos de todas maneras encima, pero se hace de Cristo cuando, en vez de odiarla, la aceptamos para ir detrás de ÉI. La vida, más o menos cruelmente, antes o después, nos crucifica también. Pero podemos volver la mirada al que más sufre clavado sobre nuestro mismo tormento de muerte, y confesar: “A mí me está bien empleado, pero, ¿y a éste, que no hizo más que querernos bien?”

 Mientras llevamos la cruz invisible, alrededor florecen las cruces. ¡Qué extraño! Todos los emblemas suelen ser signos de gloria, o atributos de trabajo, o alusiones convenidas. El símbolo de Cristo es un esquema de muerte vil; de toda su misión en la tierra eso es lo que mejor le representa, la clave rápida para no olvidar y reconocer, justamente la mayor humillación, la peor vulgaridad.

 Basta un leve gesto, casi un azar, cualquier cosa, para una cruz. Un viajero inglés del siglo XVII contaba de los españoles: “algunos, si ven en el suelo dos pajitas cruzadas, se arrodillan y las besan en el mismo polvo”. Muy bello es, pero no es ésa la obediencia de que Cristo nos daba ejemplo. Esa es la obediencia invisible, que no rompe una línea de vida como un intermedio extraordinario; en otro sentido: es la sumisión a lo que nos toque, la renuncia a que nuestra voluntad sea algo aparte de la de Dios. Es el andar por la vida sin apego a lo que —con todo amor— hacemos: cuidando nuestros hechos, pero dispuestos a dejarlos en cuanto tiren para el otro lado de Cristo, y dispuestos a seguirlos amando también cuando se nos vuelvan dolor y fatiga sobre los hombros, y no podamos quitárnoslos de encima. Cuando nos dicen “obediencia”, parece que lo oímos siempre como a través de nuestros oídos de niño: “haz esto”, haz aquello”, “no comas esto”, “no toques lo otro”. Quizá no hemos aprendido una obediencia “de mayores”, y pensamos que si Dios nos mandara algo, si Cristo nos viniera a dar una orden, ¡qué de prisa lo haríamos! Pero nunca nos ha mandado nada Cristo; no hemos oído su voz diciéndonos que oficio debíamos seguir, qué estado debíamos tomar, qué solución debíamos adoptar en aquella ocasión de la que dependió nuestra vida, y en que volvimos los ojos al cielo deseando un mandato que nos evitara la responsabilidad y el terror de equivocarnos. Nuestra obediencia ha de ser otra: estampada en cada momento, más allá de lo que elijamos y lo que hagamos, como entrega ciega de nuestra voluntad a la divina, sin importarnos siquiera nuestro margen de error y aun nuestras mismas caídas de todos los días. Pues no seremos nosotros quienes nos elevemos, sino Él que tira de nosotros desde el mismo centro de la renuncia y el sufrimiento.

 En el evangelio de la misa de hoy se lee: “Cuando me eleven sobre la tierra, atraeré a Mí todas las cosas. (Pero esto lo decía indicando de qué muerte tenía que morir)” (lo. 12, 32). Nadie entendió esta paradoja: acaso pensarían en un trono, y en el mundo entero viniendo a rendir homenaje a Cristo. Hubiera sido imposible que imaginaran un trono en forma de cruz y una elevación a través del dolor: hacia la muerte y el abandono de Jesús acuden todas las cosas, acrecentando su propia desazón íntima para tender a ese centro de resolución y gloria. Pero se ha dejado elevar en tormento, porque lo que quería no era reinar simplemente sobre los hombres y las cosas, sino elevarlos, sacarlos de su ser caído, y hacerles subir hasta que fueran mundo suyo, y ya no mundo del pecado. Muerto, y muerto a manos de los hombres, y estrujado hasta quedar como cosa, humillado hasta el nivel de la materia misma, desde ahí acompaña el ascenso de todo, tira de todo para que por su cruz suba con Él al cielo.

 Y la cruz volverá a estar en el trono de esplendor de Jesucristo, cuando vuelva para juzgar al mundo y darle la gloria final: cruz será el relámpago que le precederá, escrito en el cielo sobre los países, y el signo en su mano, como la llave de su poderío y la vara que divida el rebaño humano, a un lado o a otro, para siempre. De su paso por la tierra, sólo eso le quedará acompañando su carne gloriosa: la señal de la cruz, convertida de tortura en árbol de luz, lo mismo que todo dolor ha de resucitar hecho esplendor en nuestro cuerpo, y toda memoria convertida en alegría.

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13 de septiembre.

Icono, san Pablo guía a san Juan crisóstomo.

Icono, san Pablo guía a san Juan crisóstomo.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR

(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton…, y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 – veintidós exuberantes años – hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: “¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!”

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle – divino pretexto – una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo – llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo… Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase – y a él le gusta, de seguro, el juego – diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis…

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia…, o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón… Pero, hasta entonces…, turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía – le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio – misterios de Dios – lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara… en el derecho de asilo… Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía… Bendito sea el Señor… ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón – dice él – más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionte al pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. “Gloria a Dios en todas las cosas”, clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

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Noche de sábado. Cantobar, Parroquia Santa Inés.

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Tarde en el Barrio.

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11 de septiembre.

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Homilía para el XXIV domingo durante el año C

El relato del diálogo entre Dios y Moisés (primera lectura) a propósito del pueblo que cometió el pecado de idolatría termina con las palabras: “El Señor renunció al propósito de hacer mal a su pueblo”. Este texto no habla de conversión, porque no se menciona ninguna conversión, al menos hasta este punto del relato; tampoco directamente de la plegaria, aunque nos enseña algo sobre la plegaria. Este texto trata esencialmente de Dios. Nos dice quién es Dios.

Lo mismo en el Evangelio de hoy. Como en todas sus otras parábolas, Jesús, en estas, nos dice algo a propósito de su Padre y del Reino del Padre. Y sin embargo nosotros estamos tan concentrados sobre nosotros mismos que la mayor parte de las veces encontramos en estas parábolas, sobre todo, enseñanzas sobre nosotros y sobre nuestra conducta moral.

En el Evangelio del domingo pasado Jesús anunciaba la radicalidad de las exigencias para seguirlo. Inmediatamente después, vemos a los Publicanos y pecadores que se congregan alrededor de Jesús, con gran escándalo de los Fariseos y de los Escribas que le reprochan hacer un buen recibimiento a Publicanos y pecadores y de comer a la mesa con ellos. En respuesta a estas murmuraciones Jesús les ofrece no una parábola, si no tres, y todas sobre el gozo que hay en el cielo cuando un pecador se arrepiente y vuelve a Dios. Es un gozo similar a aquél de un pastor que ha reencontrado la oveja que había perdido y también aquél de la mujer que encontró la moneda de plata que había perdido. O mejor, es como el gozo de un padre cuando su hijo vuelve a casa. Y esta tercera parábola es mucho más elaborada que las otras dos.

Un hombre tenía dos hijos…” Estos dos hijos corresponden a todas las personas presentes: el más joven, que pide su parte de la herencia y se va, corresponde a los Publicanos y a los pecadores; mientras el más grande, que queda en casa, corresponde a los Fariseos y a los Escribas.

El primer hijo rechaza al Padre, o en todo caso se comporta como si su padre estuviese ya muerto: “Dame la parte de la herencia que me toca”, dice. Y es solo después de haber gastado todo y volverse esclavo de otro, que se acuerda de su padre y vuelve a él. En cuanto al padre, él nunca olvidó que era su hijo, y nunca dejó de considerarlo hijo suyo, esperándolo continuamente, y hasta corriendo a su encuentro cuando lo ve llegar. A la confesión de su hijo: “Padre he pecado contra el cielo y contra tí. No merezco más ser llamado tu hijo…”, él no responde nada, sino solamente con los gestos: lo abraza, lo cubre de besos, lo calza, y organiza un banquete para celebrar su retorno.

El otro hijo, que representa a los Fariseos y Escribas, dejó de ser hijo, todavía más que el primero. Él mismo se hizo servidor y esclavo. Dice: “Cuántos años estoy a tu servicio, sin haber desobedecido nunca tus órdenes…” Olvidó que era su hijo, y por tanto tampoco tiene un hermano. Dice a su padre: “Este hijo tuyo…” y entonces el padre le responde: “Este tu hermano….

En oposición al dios oscuro de los Fariseos, Jesús describe a su Padre como un Dios que danza. Una frase de este texto siempre me ha llamado la atención; es la reflexión que hace justamente el hermano mayor cuando vuelve del campo y llama a uno de los servidores para preguntarle la razón de aquella música y danza. Cada vez que nosotros volvemos a Dios, después de alguna de nuestras escapadas, es para Dios un tiempo de música y de danza.

La interpretación de la parábola podemos compararla a la de un sueño. Nosotros somos, en cierto modo, cada uno de los personajes. Cada uno de nosotros es a la vez el hijo pródigo y aquél que queda en casa, que se lamenta de la atención que el padre presta al primero cuando vuelve. Pero -más importante todavía- en una parábola estamos llamados a identificarnos con uno de los personajes. Y aquí el personaje central, que debemos mirar, es el Padre. No tanto en el sentido que debemos recibir a aquél que nos ha ofendido, cuando vuelve humildemente, obrando como un pequeño dios (cuantas veces tenemos esta fantasía: que de nosotros dependen los otros y la realidad), sino más bien en el sentido que nosotros estamos invitados a alegrarnos con Dios cada vez que alguno que estaba alejado vuelve a Él.

Los fariseos consideraban a los Publicanos y pecadores como esa clase de personas con las que alguien respetable no debía mezclarse, y se escandalizaban del hecho que Jesús comiese con ellos. Con esta parábola Jesús enseña que lo que es verdaderamente importante no es lo que estas personas son, sino lo que Dios es; porque, en definitiva, todos somos pecadores. Y esta es la lección de la lectura del libro del Éxodo concerniente a Moisés. Dios escucha a Moisés no porque era santo y distinto del resto del pueblo, sino al contrario porque él es y quiere estar como alguien del pueblo (se siente parte del pueblo) y entonces nada, ni una promesa hecha a Dios puede romper esta solidaridad que él tiene con los suyos.

Hermanos la Biblia nos revela a Dios y Dios es Padre, y si aceptamos esta revelación nos tenemos que volver hijos y ensanchar el corazón para llevarnos como tales. Recemos para que esta enseñanza de Jesús sobre su Padre, se verifique y crezca en nuestras familias, parroquias, comunidades y en nuestro mundo. Para que nos alegremos cuando los que están lejos vuelvan, para que cambiemos de verdad, para que este año de la Misericordia sea eficaz para cambiar nuestro corazón. Puedan todos los hijos del Padre celeste aprender como calmar la violencia, llegando a establecer una sociedad justa en la cual todos y cada uno sean respetados como seres humanos y vean respetados todos sus derechos.

Que nuestra Madre, la Virgen María, interceda por nosotros y que haya mucha alegría por todos los que de corazón vuelvan a la casa del Padre, que no critiquemos ni tengamos miedo que Jesús trate a los pecadores y publicamos, el médico vino para los enfermos.

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9 de septiembre.

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Aljibe , dónde bautizaba el santo.

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Reliquias del Santo

SAN PEDRO CLAVER

 (†  1654)

Escenario de horror.— Hace 231 años los periódicos de La Habana publicaron estos avisos en sitio destacado:

 “Un mulato como de treinta años, buen cocinero, sano y con todas tachas, menos ladrón, se cambia por negro, mulas, caballos o volanta. En el almacén que era de don Juan Rincón darán razón.” (Papel periódico 18 enero de 1785.)

Buena ocasión. Se vende una mulata de dieciocho años de edad, recién venida del campo, sin vicios malos, muy dócil, 500 pesos. Otra mulata de veintiséis años, casada en la villa de Santiago, con su cría de cinco meses, en 300 pesos, alcabala y escritura y sin incluir la cría.”

Adelante, señores; 200 piastras vale esta linda negra, buena lavadora, 200 piastras, señores. Vedla: es joven aún.”

 “¿250 piastras dijo? Es suya… “,  y el dueño la empujó y siguió con ella; había comprado también un reloj de la sucesión de M. Reynoil y dos sillas. La escena sucede en Martinica, comienzos del XVIII.

 Mercados parecidos tenían lugar en Portobello, Jamaica, Lima, Veracruz, Cartagena. Es la esclavitud de la raza de color. La trata negrera. El negocio era bueno. Un esclavo, “una pieza de Indias”, se compraba en Africa en 1683 por ocho francos y se vendía en Cartagena en 100 pesos. Se podían permitir los negreros el lujo “de que murieran en el camino las dos terceras partes del cargamento humano”.

 El sordo rumor de los encadenados, el ambiente fétido “de las calas de los veleros, el dolor de un presente y el temor de un futuro sin esperanzas”, pensaban que les destinaban a morir y de su sangre teñir los navíos, dan una estampa de colores crudos. Aragó fue un viajero que vio esta escena:

 “Allá en un salón bajo y hediondo están clavados en el suelo y en las paredes bancos negros y sangrientos. En estos bancos y sobre este piso húmedo, se sientan desnudos, hombres, mujeres, niños y alguna vez ancianos que esperan al comprador. Apenas se presenta éste en la puerta, y a una señal del amo, todo el harén se levanta, gesticula, se agita, se contrae, muge canciones salvajes, prueba de que tiene pulmones y que ha comprendido perfectamente la esclavitud. ¡Infeliz del que no trata de distinguirse de sus compañeros!, el látigo está preparado para surcar su cuerpo y hacer volar por el aire los pedazos de carne negra.

 Ahora, silencio: el negocio va a tratarse, y cerrarse la venta.

 —¡Eh, pst, tú, aquí…!

 “Cualquiera cosa” se levanta: esa cualquiera cosa es un ser que tiene dos ojos, una frente, sesos, un corazón como vos y como Yo… ¡pero me engaño!, ese pecho no encierra un corazón; pero, por lo demás, está completo.

 —Mirad “esto”. (Es el amo.)

 —Camina.

 Y “eso” se pone a caminar.

 —Ahora corre.

 Y “eso” corre. Alza la cabeza, agita los miembros, patea, grita, enseña los dientes.

 —Vamos, bravo. ¿Cuánto vale?

 —Seis cuádruplos.

 —Doy cinco. Pero ahora que me acuerdo, ¿ha pasado ya la viruela?

 —Ya la ha tenido; mirad bien.

 “En efecto, manchas amarillas y lucientes esparcidas sobre el cuerpo negro testifican el contacto de un pequeño hierro candente, cuya cicatriz ha dejado una señal que engaña al inexperto comprador.”

 —Está bien; he aquí vuestros cuádruplos.

 —Cantad ahora vosotros.

 La cascada cae mugiendo, los compradores salen, empujando delante de ellos a puntapiés su adquisición. El amo mete su oro en una bolsa de cuero, y se coloca en la puerta para detener otros parroquianos al paso: he aquí en miniatura un mercado de negros.

Estas escenas del realismo brutal ocurrían en el Nuevo Mundo y eran eco de la gran cacería africana.

 Un día del siglo XV el portugués Albiso de Cadamosto se encontró en la Costa de Oro con unos negros. “Todos –-dice— corrieron a verme como una gran maravilla…; los unos cogían mis manos y las frotaban con saliva para ver si mi blancura procedía de alguna pintura o tinte que tuviera sobre mi carne…”

 Más tarde hay una fecha. El 12 de enero de 1510, segundo viaje de Colón. Su majestad manda a los oficiales de Indias emplear negros. Asientos de negros…, palabras que esconde la tragedia de catorce millones de seres desplazados de sus bohíos, de su tierra nativa, de sus familiares y lanzados a un mundo nuevo. Un millón llegó a Cartagena de Indias. Era uno de los tres puertos negreros.

 El dorado Divino.— “Padre Claver: ¿cuántos esclavos negros cree haber bautizado?

 —Hermano Nicolás: según mi cuenta más de 300.000…”

 Este diálogo seco tuvo lugar hace trescientos treinta y seis años en el colegio de los jesuitas de Cartagena de Indias. Al protagonista no le ha cubierto el polvo de tres siglos.

 En voz baja los niños de hoy, blancos y negros, preguntan a sus padres: “¿De quién es esa calavera que va en esa urna dorada? —Es un santo, es San Pedro Claver, y agregan: se llamó el esclavo de los esclavos negros; les quería mucho; murió en Cartagena el 8 de septiembre de l654.”

 Tres siglos no han borrado su recuerdo. Y los niños blancos y negros unen sus rostros curiosos y se acercan al Santo que vive hoy como ayer. La figura de Claver se agiganta. Es el patrono de Colombia. No se piensa que ese hombre es el libertador de una raza oprimida.

 El padre Pedro Claver, cuando charlaba con el hermano Nicolás y se sometía a un verdadero reportaje, era un anciano de setenta años; le llamaban el Santo y sus ojos eran tristes. “Era de mediana estatura, un poco inclinado, cabeza grande, rostro descarnado, color pálido obscuro, frente ancha y rugosa cruzada por dos profundas arrugas horizontales, ojos hundidos, tristes, barba poblada, boca grande.”

 El hermano Nicolás González, cuyo testimonio permite reconstruir algo de la vida del Santo, era un hermano coadjutor jesuita que le acompañó durante veintidós años. Fue su gran amigo y admirador: fue el testigo que dijo más cosas en el proceso de canonización. La personalidad de Claver le llenaba de estupor. En él no se realizaba la frase “No hay hombre grande para el ayuda de cámara”.

 Declaró con juramento, “por lo menos hacía un acto heroico diario”. Esta palabra: “heroísmo”, en aquel siglo XVII, tenía un sentido fuerte, sonaba a selva virgen y a sangre. Pedro Claver vivió una época brillante (1580-1651).

 Habían pasado tres grandes sucesos: el Renacimiento, la Reforma y el descubrimiento de América. Era la etapa de la consolidación de fronteras, de forcejeo de fuerzas, de cimientos de imperios. Existía la magia fresca del Nuevo Mundo. El eco de las hazañas sonaba como clarín en los descendientes de Pizarro, Cortés, Quesada… El Dorado brillaba como una ilusión en los ojos ardientes de aquellos campesinos acostumbrados a domeñar una tierra gastada. El fabuloso nuevo mundo era el ideal de las almas selectas y de los cuerpos famélicos. América fue luz de conquista terrena y espiritual. El soldado soñaba con su espada y su misión. Era la tierra nueva para los conquistadores a lo humano y lo divino.

 El 15 de abril de 1610 se embarcó en Sevilla en el galeón San Pedro en la madurez de los treinta años el silencioso Pedro Claver. Un conquistador más en su Dorado de esclavitud.

 Infancia sin historia.— Verdú es un pueblo catalán del valle del Urgel. 2.000 habitantes en tiempos del Santo. Célebre entonces y hasta el siglo pasado por sus ferias de mulas y sus cántaros redondos que conservan el agua fresca. Paisaje de viñedos, olivos y cereales. El horizonte es amplio en la llanura. La silueta que se destaca desde la carretera de Lérida-Barcelona es simple en su simbolismo. La torre —Verdú era una villa amurallada, militar— del homenaje, que domina el castillo, gloria de los Cerveras antes, después depósito de cereales y una iglesia románica. Verdú fue durante mucho tiempo una ciudad levítica, de abadengo. Perteneció a la abadía de Poblet. Una sardana popular dice de la villa: “Brillas en primavera la púrpura con sus amapolas, en verano con el oro de tus trigales, en otoño con el rojo de los viñedos y el verde obscuro de los olivares”. Verdú es gloria de dos grandes hombres: Juan Teres, que fue virrey de Cataluña, y Pedro Claver, el misionero de la Nueva Granada. Los amigos de la leyenda agregan un tercer personaje: Colom… Este apellido es frecuente entre los payeses, y un padrino de Claver calcetero se apellidaba Colom.

 En la calle mayor de la villa, en una masía grande, nació el 26 de junio de 1580 Pedro Claver. Sus padres eran unos campesinos acomodados, tenían dieciocho fincas y un patronato con otras once: no pertenecían a la nobleza como se ha dicho. Los padrinos eran calceteros y canteros. Los padres del Santo se llamaban Pedro Claver y Juana Corberó. Tuvieron 6 hijos, de los cuales, Catalina y Catalina María murieron en la infancia, Jaime a los veintiún años. Quedaron tres: Juan Martín, el mayor; Isabel, la más pequeña, y el Santo, que era el penúltimo. El jefe de la familia no era muy instruido, apenas sabía firmar, pero era de juicio recto y singular bondad; figura como albacea en muchos testamentos y fue “jurat encap” en 1601 y 1605. La fe de bautismo que se conserva hoy día en el despacho parroquial de Verdú dice así: “El 26 de junio de 1580 fue bautizado Juan Pedro, hijo de Pedro Claver, de la calle mayor, y Ana, mujer de aquél. Fueron padrinos Juan Borrel, cantero, y Magdalena, mujer de Flavian Colom, calcetero, todos de Verdú. Dios le haga buen cristiano“. Dios le hizo algo más: un gran santo.

 Su infancia fue la de un campesino. No tiene historia. A los diecinueve años inició su vida eclesiástica. Más tarde entró en la Compañía de Jesús. En la maravillosa isla de Mallorca se encontró con un santo anciano, San Alfonso Rodríguez. Era un místico, su figura de castellano viejo se parecía a un sarmiento retorcido por la penitencia, tenía fuego interior. Un día tuvo una visión que se refería a su amigo. Vio un trono en el cielo para Claver, “porque allá en las Indias tendría que padecer mucho”.

¡Ay!, Pedro, cuántos están ociosos en Europa mientras en América perecen tantas almas…, allá está tu misión“. Pedro Claver sintió una luz en su camino y un gran ardor conquistador. Desde ese momento su alma grande soñó con el nuevo mundo. Tres ciudades de Colombia fueron el escenario de su vida:

Santa Fe de Bogotá, con sus casonas, sus patios, sus claustros viejos de San Bartolomé. Pedro Claver vivió en la capital dos años. Es el único santo canonizado que ha pisado estas calles y recorrido estos caminos.

Tunja, envuelta en su paisaje ascético y místico, dureza serena y elevación profunda. Es otra ciudad claveriana. Allí estuvo un año.

Cartagena, la metrópoli cálida de la colonia, llena de luz y de contrastes, ciudad militar, mística y popular. Por sus calles y plazas el Santo de los esclavos anduvo treinta y ocho años.

El día 20 de marzo de 1616 Pedro Claver se ordena de sacerdote en la catedral de la ciudad heroica. Unos años más tarde, el 3 de abril de 1622, tuvo lugar una escena silenciosa pero trascendental. En un papel ordinario, vasto, con su letra clara un poco inclinada a la derecha y con trazos rectos, escribió las palabras que se han hecho inmortales, Petrus Claver aethiopum semper servus. “Pedro Claver, esclavo para siempre de los etíopes” (es decir, de los negros).

Desde este momento, la vida de este hombre no será sino una cadena de sacrificios, de entregas al hermano, que sufre abandonado. Olvidará todo lo brillante de la vida.

Ataúdes flotantes.— La humanidad siempre ha sido cruel; hoy hay campos de concentración, ayer había barracones negreros.

El padre Sandoval fue el primer apóstol de los negros que de una manera sistemática trabajó en Cartagena de Indias. Escribió un libro genial: De la salvación de los negros, que en su género es único por su valor sociológico y valiente. El galeón negrero se acerca al puerto. Ya las velas se recogen. Ha pasado el fuerte del Pastelillo y se puede oír el rumor del puerto. En el fondo del navío un terrible murmullo. Gritos de angustia, miradas ansiosas, los negreros muestran un rostro más benévolo. Ha llegado una tercera parte de su mercancía y hay interés en que dé buena impresión. “Rían, esclavos…, rían”.

“Cautivos estos negros con la justicia que Dios sabe —dice Sandoval— los echan luego en prisiones asperísimas, de donde no salen hasta llegar a este puerto de Cartagena. A veces llegan doce o catorce navíos al año, hediondos, y les da tanta tristeza y melancolía por la idea que tienen que les traen para hacer aceite de ellos o comérselos, que mueren un tercio de la navegación. Vienen apretados, asquerosos y tan mal tratados que me certifican los que los traen que vienen de seis en seis con argollas en el cuello, con grillos en los pies de dos en dos, de modo que de los pies a la cabeza vienen aprisionados. Debajo de la cubierta, cerrados por fuera, donde no ven sol ni luna, que nadie puede atreverse a meterse allá sin marearse ni resistir una hora.

“Comen cada veinticuatro horas, no más que una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo o millo crudo y con él un pequeño jarro de agua, y no otra cosa sino mucho palo, mucho azote y malas palabras.”

“Con este tratamiento llegan unos esqueletos, sacándolos luego a tierra en carnes vivas, pónenles en un gran patio corral, acuden luego a él innumerables gentes, unos llevados de la codicia, otros de curiosidad y otros de compasión; éstos son los misioneros, y aunque van corriendo siempre hallan algunos muertos.”

Página terrible de un testigo del maestro y antecesor de San Pedro Claver. El mismo confiesa que, ante esta humanidad repugnante, sentía espasmo y su naturaleza quería huir.

La gran manada.— Sólo se conserva un retazo de carta del 31 de marzo de 1617. De ella son estas líneas:

“Ayer saltaron a tierra un gran navío de negros de los Ríos de Guinea. Fuimos allá cargados de naranjas, limones, tabaco. Entramos en sus barracones, remeros de una y otra parte. Fuimos rompiendo hasta llegar a los enfermos, de que había gran manada echados en el suelo, muy húmedo y anegadizo. Echamos manteos fuera, terraplenamos el lugar, llevamos en brazos a los enfermos…”

La sociología de Claver no era complicada ni recargada de incisos. Tuvo un amor supremo: “Señor, te amo mucho, mucho…”. Una voluntad de acero: cuando el cuerpo se rebelaba ante una llaga abierta, ante el horror de un leproso hecho pedazos, su rostro demacrado y amarillento como las olivas de su pueblo se encendía, sacaba una disciplina que termina en pequeños pedazos de hierro y allí mismo, ante el enfermo, desgarraba sus carnes magras. “Así, así, pues ya verás”, y la tempestad pasaba, Su rostro, como el mar Caribe que lamía los muros de su cuarto, se volvía sereno y se inclinaba al enfermo, besaba una y otra vez sus llagas, “hasta dejarlas limpias con sus propios labios”.

Retírese, hermano“.— El hermano Nicolás, su compañero de veintidós años, dijo: “Yo le acompañé —declara en el proceso—, la enferma está en un cuarto obscuro, hacía un calor terrible y un hedor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y me caía por tierra. El padre me dijo: “Retírese, hermano mío” y vi sus labios en las llagas de la pobre esclava negra”. Una vez, una enferma no pudo soportar esta postración y gritó con angustia: “No, no, mí padre, no hagáis esto”. Pocas veces la tierra ha visto a un hombre amar tanto a unos seres rotos y abandonados. como el padre Claver.

El capitán Barahonda testifica: “Y los negros a su vez le amaban, pues les tenía mucho amor y siempre que lo veían iban a besarle la mano y se postraban arrodillados en su presencia”.

Llega un buque negrero.— Un día cualquiera de 1622 a 1654. La escena era muy conocida en el colegio de San Ignacio, situado junto a las murallas, a pocos pasos del desembarcadero de los esclavos. Un mensajero llegaba jadeante al cuarto de Claver. El Santo había prometido oraciones especiales al que diera la primera noticia. Gran don. Su cuarto era muy pobre: una silla desvencijada, una cama con una estera y allá, en el rincón —cosa singular— una despensa abastecida: naranjas, limones, tabaco, aguardiente o aguafuerte.

Al primer anuncio todo es movimiento. Los intérpretes negros “su brazo derecho”; uno, llamado Calapino, hablaba doce lenguas de Africa. ¿Sus nombres? Andrés Sacabuche, Aluanil, de Angola; Sofo y Yolofo, de Guinea; Viafara Manuel y Juan Moniolo… y con ellos el hermano Nicolás González, el viejo amigo. Al puerto, pronto. Cada uno con su carga. Decía Pedro Claver: “Navío de negros ha venido, es necesario anzuelo”.

Su facha era singular: una bolsa de cuero amarrada al brazo izquierdo, en ella un revoltijo: un manual eclesiástico, los cirios, aceite santo, una cruz, tabaco, vestidos…

El padre Claver era melancólico en sus últimos años, pero su natural era colérico. Había sufrido mucho y visto mucha miseria. Allá se veían en la borda unas figuras negras, él saludaba con ansia. A veces no esperaba, tomaba la primera barquichuela que encontraba. El espectáculo era triste, en el ambiente fétido, mezcla de pez y desperdicios, un rebaño de seres desnudos; en su mirada, el recuerdo de un pasado de horror y terror indisimulado.

Pensaban que les iban a matar y por eso gritaban en su lengua aguda. ¿Habría llegado la hora de la matanza? “No temáis —gritaban los intérpretes—, es el padre Pedro; él os ama”. Y Claver, en la imposibilidad de hacerse entender en todas las lenguas, les iba abrazando uno a uno, era el lenguaje común. Primero a los niños moribundos: “yo te bautizo”, y allí mismo muchos volaban a la eternidad. Luego los enfermos. A veces un sorbo de aguafuerte les hacía volver en sí. Claver era muy humano para los demás, sólo para él reservaba el rigor. Su cuerpo estaba lleno de cilicios “desde los dedos del pie al cuello”. El hermano Lomparte dijo un día:

 —¿Qué es eso, padre? Hasta cuándo ha de tener amarrado el borrico?

 —Hasta la muerte, hermano —fue la respuesta.

 El borrico era su Propio cuerpo atormentado.

Esclavo, de los esclavos.— Y seguía la gran carrera de la caridad. La catequesis maravillosa; cinco, ocho horas en lóbregos barracones. El bautismo, 300.000. La rudeza de los hospitales donde su cuerpo y su alma se entregaban. La idea fija de la liberación de sus “señores esclavos”. Este fue Claver durante cuarenta años. El santo heroico. El maravilloso santo de Cartagena que hacía milagros con su Cristo de madera y sabía poner esperanzas en los que habían llegado de Africa sin ellas. Tuvo contradicciones. Le llamaron ignorante. “El prefería a sus negros, y las señoras de Cartagena doña Isabel de Urbina y doña Mariana de Delgado debieron aguardar horas en la fila de esclavas que esperaban junto al confesonario del padre Claver”. Dice un intérprete: “Tenía gran compasión de estas pobres negras que no tenían a nadie. Para las otras no faltaban confesores”.

Abandonado.— Misterios de la vida y de la ingratitud humana. El padre Claver cayó un día paralítico, “entró, después de una misión en Tolú, al colegio con el color del rostro más pálido, las facciones desencajadas, las fuerzas débiles”. Estaba herido de muerte.

Cuatro años en este aposento que visitan hoy los turistas en Cartagena de Colombia, allí, junto al rumor del mar Caribe. El dinámico estaba inmóvil. El santo de la ciudad estaba abandonado. Todos habían huido y sólo el negro Manuel estaba a su lado. El negro Manuel, sin embargo, era esclavo nuevo. Le hizo sufrir mucho y no se quejó. “El mismo confesó luego que le dejaba sin pan ni ración. No quería vestirle, le gobernaba a empellones y sólo pudo notar que cuando bajaba a la cocina el anciano paralítico, con su mano temblorosa, tomaba una disciplina sobre sus carnes moribundas. “Más merecen mis culpas”, solía decir. Era la suprema purificación del abandono y el olvido.

Paz.— Y llegó un día, 6 de septiembre de 1654, en que un murmullo potente se oyó en la ciudad. Despertaba de un sueño de olvido. ¿Qué sucedía? El Santo muere. El Santo muere. Y ante el moribundo empezó la apoteosis más gigantesca que los hombres hayan conocido. El 7 de septiembre perdió el habla y el día 8, entre “la una y las dos de la mañana —dice el padre Arcos, su superior y testigo—, sin hacer acción ni movimiento alguno, con la misma paz, tranquilidad y quietud que había vivido. dio su alma a Dios”.

El hermano Nicolás escribía sublimemente más tarde:

Quedó con el mismo semblante que siempre tuvo, Y yo conocí que había muerto porque de repente se le mudó la cara pálida y muy macilenta en un esplendor y belleza extraordinarias; conocí que su alma gozaba de Dios separada del cuerpo. Me arrodillé, besé sus pies muertos, muy bellos y muy blancos y lo mismo hicieron los que estaban allí, sacerdotes, españoles, moros…

Han pasado más de tres siglos desde aquel día memorable. San Pedro Claver no es para su ciudad, Cartagena, ni para el mundo un personaje muerto. Vive irradiando beneficios y amor. Sus reliquias van triunfales por los caminos de Colombia y en su santuario de Cartagena pasan todos los años más de 100.000 personas venidas de todo el mundo.

Hoy se oye también la palabra maravillada: “el Santo, el Santo”. Es el patrono de todas las misiones con negros, el patrono de los obreros de Colombia, en especial. Es una de las mayores figuras del mundo hispánico. El primer misionero del siglo XVII (Astrain).

 “Columna inexpugnable de la Iglesia” (Tarraconense).

 “Su nombre queda grabado con letras de oro en la historia” (Pastor).

 “La vida que más nos ha impresionado después de la de Cristo” (León XIII).

Reconciliación.— Margarita era una esclava negra de Caboverde; su dueña era la gran señora cartagenera doña Isabel de Urbina, devotísima de Claver. La esclava era predilecta del Santo, pues le ayudaba a cocinar platos especiales para los leprosos de San Lázaro y en los últimos días ella preparaba, por mandato de su ama, algo nuevo para el moribundo. En la mañana del 8 de septiembre doña Isabel se acercó llorosa a la esclava. Leyó en sus ojos la noticia. El padre Pedro había muerto. “Margarita —le dijo— desde hoy eres libre”. Abrió sus grandes ojos y cayó en los brazos de la gran señora. Sintió dolor por su libertad. Era la reconciliación simbólica de dos razas sobre la tumba de Claver.

Esta es una de las mayores grandezas de este Santo. Fue el libertador de una raza, sobre todo porque supo infundir en aquellas almas desgarradas un ideal de esperanza. Les enseñó a reír de nuevo con esa risa fresca de la raza de color. En estos tiempos de inquietudes, de odios, de egoísmos, San Pedro Claver trae un mensaje.

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8 de septiembre.

lujan

LA NATIVIDAD DE SANTA MARÍA VIRGEN

El Evangelio de la Misa, en esta fiesta, es peculiar, por su mismo contenido, una genealogía, y porque como es lógico, en esta celebración, tiene que ver con la Navidad, con el nacimiento, con la vida.

A simple vista la lectura de esta genealogía puede resultar reiterativa, aburrida. Pero si lo vemos desde la historia de la salvación, esta lista de antepasados de Cristo puede convertirse en conmovedora e incluso en apasionante. Escribe Guardini:

«¡Qué elocuentes son estos nombres! A través de ellos surgen de las tinieblas del pasado más remoto las figuras de los tiempos primitivos. Adán, penetrado por la nostalgia de la felicidad perdida del paraíso; Matusalén, el muy anciano; Noé, rodeado del terrible fragor del diluvio; Abrahán, al que Dios hizo salir de su país y de su familia para que formase una alianza con él; Isaac, el hijo del milagro, que le fue devuelto desde el altar del sacrificio; Jacob, el nieto que luchó con el ángel de Dios… »

Pero no sólo hay luz en esa lista. Lo verdaderamente conmovedor de esta genealogía es que ninguno de los dos evangelistas, que las traen, ha «limpiado» la estirpe de Jesús. En la lista aparece -y casi subrayado- Farés, hijo incestuoso de Judá; Salomón, hijo adulterino de David. Los escritores bíblicos no disimulan la realidad de la naturaleza humana, con sus lados claros y obscuros.

Y digo que casi lo subrayan porque no era frecuente que en las genealogías hebreas aparecieran mujeres; aquí aparecen cuatro y las cuatro con historias tristes. Tres de ellas son extranjeras (una cananea, una moabita, otra hitita) y para los hebreos era una infidelidad el matrimonio con extranjeros. Tres de ellas son pecadoras. Sólo Ruth pone una nota de pureza. No se oculta el terrible nombre de Tamar, nuera de Judá, que, deseando vengarse de él, se vistió de cortesana y esperó a su suegro en una oscura encrucijada. De aquel encuentro incestuoso nacerían dos ascendientes de Cristo: Farés y Zara. Y el evangelista no lo oculta. Y aparece el nombre de Rajab, pagana como Ruth. y «mesonera», es decir, prostituta de profesión. De ella engendró Salomón a Booz.

Y no se dice -hubiera sido tan sencillo- «David engendró a Salomón de Betsabé», sino, abiertamente, «de la mujer de Urías». Parece como si el evangelista tuviera especial interés en recordarnos la historia del pecado de David que se enamoró de la mujer de uno de sus generales, que tuvo con ella un hijo y que, para ocultar su pecado, hizo matar con refinamiento cruel al esposo deshonrado.

Cristo entró en la raza humana tal y como la raza humana es, sólo la genealogía muestra un pórtico de pureza total en el penúltimo escalón -su madre Inmaculada- pero aceptó, en todo el resto de su progenie, la realidad humana total que él venia a salvar. Dios, que escribe con líneas torcidas entró por caminos torcidos, por los caminos que son los de la humanidad.

Hoy celebramos el nacimiento de aquella que con su sí nos posibilitó el nacimiento de Cristo en nuestra naturaleza.

Los Evangelios canónicos guardan silencio del nacimiento de la Virgen. Dios ha comenzado la obra, Él la terminará. Ese será en todo momento el “sello” de la Virgen. La madre de la “palabra eterna” nació en “silencio”. Sin embargo algo podemos saber por la tradición.

¿Quiénes fueron sus padres? Nació de Joaquín y Ana, dos israelitas ancianos. Fue de sangre real y de estirpe sacerdotal. Según consta en los evangelios, María perteneció a la estirpe de David y tenía como antepasados a Leví y Aarón. La genealogía basada en registros públicos conservados en Jerusalén, que S. Lucas, inserta en su evangelio, parece ser la de María, así como la que hemos proclamado hoy, de Mateo, corresponde a José.

¿Cómo fue concebida? Natural y prodigiosamente. Esto último por haber sido concebida de hombre anciano y de mujer estéril. Fue una concepción milagrosa, pero no virginal.

¿Cómo nació? El nacimiento de María fue proporcionado a su concepción. Nació de una manera natural, en cuanto a lo sustancial del nacimiento, y de una forma prodigiosa en cuanto a ciertas circunstancias. San Bernardo ve la conveniencia de que Santa María, naciera sin producir dolor a su madre.

¿Dónde nació María? La opinión más común es que Joaquín y Ana vivían en Jerusalén. Su casa distaría como unos treinta metros de la piscina de Betesda, tan frecuentada por Jesús y en la que curó al paralítico. No es cierto que naciera la Virgen en Nazaret, donde luego estuvo. Los Padres antiguos llamaban a María “Virgo hierosolimitana”. “Virgen Jerosolimitana”.

El desarrollo de su vida, fue acorde con la naturaleza humana, pero con las prerrogativas de haber nacido no sujeta al pecado original, de ahí que su vida siempre estuvo en sintonía con la gracia de Dios.

La Iglesia honró siempre con solemnidad la Natividad de la Virgen, por qué su fiesta fue fijada para el 8 de septiembre se ignora, quizás tenga que ver con el inicio del año de trabajo en Europa. Su origen, como el de todas las fiestas mayores marianas, se encuentra en Oriente, probablemente en Palestina. Menciones del nacimiento de la Virgen las tenemos en el siglo II, con el protoevangelio de Santiago, S. Agustín habla de que en su tiempo no había una fiesta litúrgica del nacimiento de María. En los concilios de Éfeso (431) y Calcedionia (451) Se hace una referencia. Y así hasta nuestros días.

Nosotros tenemos un nacimiento, una familia carnal y espiritual, y la fe, que también implica una ‘descendencia’. No debemos tapar o falsear las páginas que, quizás, no son tan hermosas, en nuestra historia, si no que, fieles a la herencia recibida debemos caminar hacia adelante realizando el bien. Qué María nos anime y haga provechosa nuestra vida.

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6 de septiembre.

JESÚS-ORANDO-EN-EL-DESIERTO

MARTES DE LA SEMANA 23ª DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,1-11):

Cuando uno de vosotros está en pleito con otro, ¿cómo tiene el descaro de llevarlo a un tribunal pagano y no ante los santos? ¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias? Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria. De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a ésos que en la Iglesia no pintan nada.
¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos? No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro, y además entre no creyentes. Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar? En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros. Sabéis muy bien que la gente injusta no heredará el reino de Dios. No os llaméis a engaño: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por Espíritu de nuestro Dios.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 149,1-2.3-4.5-6a.9b

R/. El Señor ama a su pueblo

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey. R/.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R/.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca;
es un honor para todos sus fieles. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-19):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salta de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor
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1. (Año II) 1 Corintios 6,1-11
a) Otro de los desórdenes que Pablo quiere corregir es el de los pleitos que surgen en la comunidad de Corinto, y que algunos llevan a los tribunales paganos.
Para el apóstol es intolerable que haya pleitos, pero, si los hay, deben resolverse fraternalmente, sin acudir a la jurisdicción del fuero civil o penal. Ya que los corintios están tan orgullosos de su “sabiduría” (¡son griegos!), Pablo, con ironía, les dice: “¿no os da vergüenza? ¿es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?”.
Aduce varios argumentos:
– los cristianos estamos destinados, al fin de la historia, a “juzgar al mundo”: cuánto más estas pequeñeces de ahora;
– lo mejor sería que tuviéramos tanta paciencia que nadie se diera fácilmente por ofendido, sobre todo tratándose de hermanos, y así no habría pleitos: “¿no estaría mejor sufrir la injusticia?”,
– y enumera una serie de situaciones pecaminosas que nos excluirían de heredar el reino de Dios: inmorales, idólatras, adúlteros, invertidos, ladrones, difamadores… (le gusta concretar: cf. las listas de Ga 5,19-21 y de Ef 5,3-6).
b) Una familia y una comunidad cristiana deberían saber “lavar la ropa sucia en casa”, con una actitud tolerante, imitando la misericordia de Cristo, que refleja la de Dios Padre. Jesús nos dijo lo de presentar la otra mejilla. Aquí Pablo dice: “¿no sería mejor dejarse robar?”. Son actitudes difíciles, porque a todos nos gusta que se respeten nuestros derechos y salirnos con la nuestra. Pero alguien tiene que romper la espiral de la violencia o del rencor. A todos Dios nos ha tenido que perdonar: “os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios”, como ha dicho Pablo. Ahora se trata de que nosotros tengamos una actitud semejante de perdón para con los demás, sin estar siempre alzando la bandera de nuestros derechos y de las (presuntas) ofensas que hemos recibido.
¡Qué impresión más pobre hace el que una familia airee sus tensiones internas con personas ajenas! ¡Qué mal efecto produce el que los miembros de una comunidad parroquial o religiosa hablen mal los unos de los otros! Tendríamos que saber dialogar y resolver nosotros mismos estos “pleitos”, cediendo todos un poco y poniendo cada uno su parte de perdón y de capacidad de humor.
2. Lucas 6,12-19
a) Antes de contar la elección de los doce apóstoles, Lucas nos dice expresamente que “Jesús subió a la montaña a orar y pasó la noche orando a Dios”.
Es el evangelista que más énfasis pone en la figura de Jesús orante. Aquí se dispone a elegir, entre los discípulos que le siguen, a doce apóstoles (palabra griega para “enviados”), pero el evangelio da importancia al hecho de que antes se pasa la noche orando a su Padre.
Son doce: un número que puede verse como simbólico de muchas cosas (los doce meses del año, o los signos del zodíaco), pero sobre todo de las doce tribus de Israel. Así, Jesús manifiesta que el nuevo Israel, la Iglesia, viene a sustituir y cumplir lo que se había empezado en el antiguo.
La lista de los doce aparece varias veces en el evangelio, con ligeras diferencias de orden, que aquí no nos interesa subrayar. Los doce no son grandes personalidades. Le van a defraudar en más de una ocasión. Pero es el estilo de Dios, que va eligiendo para su obra a personas débiles.
A partir de ahora estos doce van a acompañar muy de cerca a Jesús, y van a colaborar en su evangelización, en sus signos de curación y de liberación del mal. Aunque tendrán que madurar mucho para ser los colaboradores que Jesús necesita para la salvación del mundo.
b) La comunidad de Jesús es “apostólica”. Está cimentada en la piedra angular, que es Cristo Jesús. Pero también tiene como fundamento a los apóstoles que él mismo eligió como núcleo inicial de la Iglesia.
Todos los bautizados formamos la comunidad, el Cuerpo de Cristo, que es la Cabeza. Él es el Pastor, la Luz, el Maestro. Pero a la vez recordamos que mandó a sus apóstoles que enseñaran y que fueran pastores y luz para el mundo. Detrás de ellos vinieron sus sucesores, como Pablo y Bernabé y Timoteo y Tito, ministros en una comunidad compuesta por innumerables hombres y mujeres. Ahora, nosotros. No todos somos “sucesores de los apóstoles”, como el Papa y los Obispos, pero sí todos somos miembros activos de la Iglesia.
Esta comunidad “apostólica” es la que colabora con el Resucitado y su Espíritu en el trabajo que él hizo en directo, mientras vivió sobre la tierra: anunciar la buena noticia a todos, curar enfermos, liberar a los atormentados por los espíritus malos…
Si entonces dice Lucas que “salía de él una fuerza que los curaba a todos”, lo mismo se tendría que poder decir de su Iglesia, de nosotros. Desde hace dos mil años este mundo no ve a Jesús, pero debería sentir la fuerza curativa y liberadora de la comunidad de Jesús, en todos los ambientes, también en los más cercanos de la vida familiar y social y de nuestro trabajo.

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guadalupe

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE de Extremadura

Sucedió, según cuenta el hecho una sencilla leyenda rimada, allá mediado el siglo XIII. Nos hallamos en una región agreste, corazón de Extremadura, en los repliegues de los montes de Toledo vecinos al pico de las Villuercas, en la aldea de Alía. Un pastor, recontando el ganado a la hora del encierro, echó de menos una vaca. Partió a buscarla. Internóse por aquellos montes, robledales bravíos, buenos para la caza de osos en verano al decir del libro de La Montería, hasta llegar a un riachuelo de arábigo nombre, el Guadalupejo (río escondido). Remontóle. A la derecha, desviándose de su curso y siguiendo probablemente los restos de una calzada romana, encontró, luego de pasados tres días, la vaca, muerta pero intacta, respetada por las fieras. Sacó de la vaina un cuchillo de monte y se dispuso a desollarla. Comenzó, según costumbre, haciéndole en el pecho dos incisiones en forma de cruz. Y entonces…
El pastor vio a la Señora. La Señora Santa María le dijo:
—Ve a comunicar a los clérigos de Cáceres que en el sitio donde yace tu vaca hay enterrada una gloriosa imagen mía. Quiero la desentierren, le erijan una capilla y le tributen el culto debido, porque mediante ella yo derramaré misericordias. Vendrán gentes de todas las tierras y haré innumerables milagros. Que se dé a todos cuantos vengan a visitarme comida y hospedaje gratuitos. Y será edificado un pueblo.
Desaparecida la visión y preso de la emoción consiguiente, contempló el pastor con asombro que la vaca, resucitada, pacía quieta a la sombra de un roble, conservando entre las patas delanteras una cicatriz en forma de cruz.
Marchó a la ciudad. La Virgen quiso confirmar su mensaje resucitando a un hijo del pastor que acababa de morir. Con ello consiguió persuadir a los clérigos, que se encaminaron en algún número al lugar del prodigio. Allí, efectivamente, encontraron enterrada una antiquísima imagen. Le construyeron con premura una capilla de ramaje y cortezas de alcornoques.
Dice la leyenda que junto a la imagen se conservaba un pergamino declarando su procedencia:
Había pertenecido al papa San Gregorio, quien le profesaba suma devoción. Un día la peste asoló a Roma y el Papa determinó sacarla en procesión de rogativas. Durante ella el Papa vio aparecer un ángel sobre el sepulcro de Adriano (llamado luego por esto castillo de Sant’angelo) envainando una espada ensangrentada, y un coro de ángeles cantando, como señal de que el azote de Dios cesaba por la intercesión de María, la antífona Regina coeli laetare…
El Papa envió la imagen a San Isidoro de Sevilla, por medio de su hermano San Leandro, para que presidiera los destinos de la España recién convertida y unificada. Y cuando la invasión sarracena amenazó Sevilla, los cristianos huyeron, llevándose nuestra imagen con las reliquias de aquella familia de santos, para enterrarla en lugar seguro, como hicieron cerca del Guadalupejo en el lugar que mejor les pareció.
Inmediatamente comenzaron los milagros y el afluir de las gentes. Ya en 1329 consta históricamente de la existencia de una capilla, dotada con algunas tierras, junto a la que se levantaban hospitales para peregrinos y enfermos. Entre aquellas gentes piadosas, no era el menos devoto Alfonso Onceno, rey de Castilla.
Viendo este rey que la ermita amenazaba ruina, mandó construir el hermoso templo que hoy se conserva (1330-1335). Poco después, habiéndose encomendado a Nuestra Señora en la batalla del Salado, le atribuyó su victoria y en agradecimiento declaró al monasterio de patronato real y lo constituyó en priorato. Como dice un historiador. “Desde entonces quedó consagrada esta santa casa como santuario real y las glorias españolas, lo mismo que sus desgracias, comenzaron de consuno a girar en torno del hermoso trono de la reina de Altamira, de la Morenita de las Villuercas”.
En 1346 el segundo prior del monasterio lo transforma en un impresionante castillo a fin de protegerlo de las incursiones de las ciudades vecinas. Y ya en l383 es tan grande la afluencia de peregrinos, procedentes de todas partes, que el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, se ve compelido a construir el famoso puente sobre el Tajo que lleva su nombre (Puente del Arzobispo) con objeto de facilitarles el paso.
Pocos años después, en 1389, viendo el rey que la importancia del santuario crecía sin cesar y que la afluencia de los peregrinos y el correr de los milagros aumentaban continuamente, comprendió la necesidad de una comunidad religiosa que lo sostuviese y se dedicara exclusivamente al culto de Nuestra Señora. Así en el año 1389 llegaron al monasterio 31 monjes de la recién nacida Orden de San Jerónimo, llevando al frente a uno de sus cofundadores, el padre Yáñez, a quien Enrique III quiso para arzobispo de Toledo, sin poderlo recabar de su modestia.
Desde estos momentos la Virgen no parece cansarse de prodigar sus gracias desde el monasterio. A sus pies encontraron los grandes hombres y mujeres de la España de oro el aliento y el espíritu cristiano y caballeresco que les impulsó en sus empresas. Todas las grandezas de España se forjaron a sus pies.
Sería imposible enumerarlas. Recordemos solamente algunos de los nombres más ilustres y hechos más significativos:
La casa de Trastamara tuvo extraordinaria devoción a la Virgen. Para ayudar a Juan I en la batalla de Aljubarrota se vendió su primer trono. Juan II se buscó entre los monjes del monasterio un consejero, a la muerte del valido don Alvaro de Luna. Doña María de Aragón y Enrique IV (enterrados en el monasterio) tuvieron por confesor al extático padre Cabañuelas, de quien se cuenta uno de los milagros eucarísticos más célebres de España.
La vida de los Reyes Católicos dice estrechísima relación con Guadalupe. En 1464, teniendo Isabel trece años, se celebra en el santuario su primer concierto matrimonial con el portugués Alfonso V, y el segundo en 1469. Más de veinte veces vino ella al monasterio con diversos motivos, y siempre en busca de la sombra de la Virgen, ordenando por último que su testamento fuese conservado siempre en el monasterio. Yendo a Guadalupe visitó la muerte a su esposo don Fernando, quien ya había sido librado por intercesión de la Virgen del atentado que sufrió en Barcelona el 1492.
Bien es sabido que durante el reinado de Fernando e Isabel se realizan dos gestas que van a definir para siempre el perfil y la misión histórica de España en el mundo: la integración nacional y unidad religiosa por la toma de Granada y la conquista y cristianización de América.
Devotamente se encomendó a Nuestra Señora la reina Isabel, mediante las oraciones de los monjes, cuando la guerra de Granada. Una vez conquistada la ciudad, en el mismo día, se apresuró a enviar la siguiente carta que se conserva en el archivo de la casa “Devoto Prior: Ya sabéis cómo vos hice saber muchas veces la entrada del Rey mi Señor a conquistar el reino de Granada, por que rogásedes a Dios Nuestro Señor le diese la victoria de aquellos enemigos de nuestra Santa Fe Católica. Agora vos hago saber cómo ya, bendito Nuestro Señor, le plugo dar al Rey mi Señor esta victoria que hoy dos días de este mes de enero, se nos entregó la ciudad de Granada con todas sus fuerzas y sus tierras. Lo que vos escribo solamente para que hagáis gracias a Dios Nuestro Señor que tuvo por bien de vos oír, y dar en esto el fin deseado.— De la ciudad de Granada, dos días de enero de 92 años. Yo, la Reina.” Y el 9 de junio vinieron los dos reyes a dar personalmente gracias a la Virgen trayéndole innumerables trofeos de la batalla.
En Guadalupe se firmaron en 20 de junio de 1488 las cartas reales a Juan de Peñalosa, dándole facultades para que “constriñades a los maestres y gentes dellas (las carabelas) que fueren menester, que vayan con él (Colón) para que las puedan llevar a donde por vos le ha sido mandado”.
Si por la Virgen pudo comenzarse el viaje, por la Virgen se pudo terminar, porque, cuando al regreso les asaltó durísima tempestad en las islas Azores, se encomendaron a Santa María de Guadalupe, prometiendo ir, aquél a quien designare la suerte, a llevarle un grueso cirio a su casa, siendo el mismo almirante el designado para traerlo. Por eso en el segundo viaje puso el nombre de Guadalupe a la primera isla descubierta —Turuqueira— y a los pies de la imagen (29 de julio de 1496) consagró las primicias espirituales del Nuevo Mundo, ya que hizo bautizar a los dos primeros indios que recibieron este sacramento en España.
Si a ello añadimos que los grandes conquistadores de América, nacidos al amparo de la Virgen de Guadalupe en la región extremeña (Pizarro, Cortés, Ovando, etc.) aprendieron desde niños a encomendarse a Ella, no nos extrañará que llevasen su devoción al Nuevo Mundo y acudiesen a Ella en sus momentos difíciles, como hizo señaladamente Cortés, quien, cual prenda de agradecimiento, le envió en una ocasión una hermosa lámpara y un alacrán de oro. Así encontramos el nombre de la Virgen de Guadalupe extendido por toda la geografía americana, desde el Tepeyac, en Méjico, hasta Lima, pasando por Guápulo (Quito), Potosí, Sucre, Pacasmayo, Ica, Chuquiabo, Misque, Trujillo, Cochabamba y Oruro.
Cuando el último rey de España, Alfonso XIII, le ciñó hermosísima corona, como representante de tantos antecesores suyos en el trono y en la devoción, pudo leerse en ella: Regina Hispaniarum, ora pro nobis (Reina de las Españas, ora por nosotros): reconocimiento de esta atribución suya de realeza sobre toda la Hispanidad.
Porque no fue solamente América, sino todo lugar donde lo español puso su planta. El Gran Capitán, su devotísimo, la llevó por Nápoles, Palermo, Mesina. Ella ayudó a Cisneros en la conquista de Orán y Cisneros, en buena ley de caballería andante a lo divino, le envió 300 cautivos por él libertados para que le dieran gracias, viniendo luego también él para hacerlo personalmente.
Estuvo presente en Lepanto con don Juan de Austria; con Felipe II en la guerra contra los moriscos de Granada; con don Sebastián de Portugal en la guerra de Marruecos (precisamente fue en Guadalupe donde Felipe II le negó ayuda militar y la mano de su hija Isabel Clara): presidió las negociaciones que llevaron a la unidad ibérica en tiempo de este rey.
La invocó el conde-duque de Olivares en la batalla de Fuenterrabía; Alvarez de Sotomayor en la batalla de Budapest contra los turcos (1686), y le envió su corazón para que yaciera siempre a sus pies; el conde de Alcaudete en las batallas de Temeswar (1716) y de Belgrado (1717). La llevaron a Flandes el duque de Alba e Isabel Clara Eugenia, a Hungría el emperador Fernando: Carlos V a Alemania; a Inglaterra la desgraciada María Tudor. Todo el esplendor de la España de los Austrias, cuyos reyes la visitaron innúmeras veces, le ofrecieron sus mejores exvotos, propagaron su devoción por el mundo. Hasta Polonia, el Congo, Grecia, conocieron y rezaron al Señor por intercesión de la Virgen de Guadalupe; hasta la lejana India a donde la llevaron los portuegueses.
Brilló peculiarmente el Poder de Nuestra Señora en la liberación de cautivos, de forma tal que a sus devotos se les daba trato de especial vigilancia en los mercados de esclavos de Berbería, por la presteza con que alcanzaban libertad. Cautivo insigne que supo esto por experiencia fue Miguel de Cervantes, quien vino a ofrecerle sus cadenas después del cautiverio de Argel. Ya en el siglo XV daba testimonio un viajero alemán de que colgaban de las paredes del templo cadenas de cautivos libertados en cantidad tal, que no se podrían transportar ni con 200 carros.

Muchos de ellos servían como agradecimiento, a las obras del monasterio. Hubo quienes, imitados luego por gentes de toda condición y estilo, se consagraban al servicio de la Virgen de por vida, mediante voto de esclavitud perpetua primer forma de esclavitud mariana conocida en la Iglesia.
Y fue San Juan de Dios quien escuchó en Guadalupe de labios de la Virgen la orden de consagrarse al cuidado de los enfermos, que eran atendidos, por otra parte, en el monasterio con tanto esmero, que llegaron a ser mundialmente famosas sus escuelas de medicina, donde se practicó por vez primera en Europa la autopsia.
La casa de Borbón, menos afecta al santuario, recibió también muchos beneficios de la Virgen. El monasterio ayudó mucho a Carlos III en la guerra contra Inglaterra; a Carlos IV contra la Revolución Francesa; a Godoy contra Inglaterra. Y cuando la invasión francesa asoló España, el monasterio se volcó exhaustivamente en ayuda de los patriotas empeñando todas las alhajas de la Virgen.
Luego vinieron los años negros. En 1835 la exclaustración terminó con lo poco que dejaron los franceses y poco a poco la inmensa mayoría de los españoles olvidaron a la Virgen de Guadalupe. Su monasterio fue en gran parte destruido; sus riquezas aventadas; sirvió hasta de cuartel…
En 1908 comenzó su restauración material y espiritual. Se hicieron cargo de la empresa los hijos de San Francisco de Asís, que tanto habían propagado su devoción por América. Alfonso XIII y el Primado de las Españas quisieron reparar tanta ingratitud, coronándola solemnemente en 1928. Luego Ella volvió a proteger a sus hijos y de nuevo tornó a difundirse su devoción y sus milagros. Fue decisiva su milagrosa intervención en la guerra de 1936 y desde entonces su culto fue aumentando más y más, porque Ella es aquí, en Guadalupe, reina y madre de misericordia, sanadora de almas y cuerpos.
No cabe duda de que la Virgen se ha manifestado en Guadalupe como Reina de las grandezas de España, Reina de la Hispanidad. Ella templó espíritus para obras grandes —reconquista, unidad hispana político-religiosa, conquista de América, Imperio español, lucha contra los turcos—, imprimiendo a los momentos más esplendorosos de nuestra historia un sello espiritual, católico, mariano. Ahora bien, el recuerdo de las glorias pretéritas sólo debe servirnos para incitarnos al hacer.
Pensar lo que significa la Virgen de Guadalupe en la historia espiritual de España y del mundo debe enseñarnos a acudir a Ella, para adquirir a sus plantas ese espíritu caballeresco y cristiano indispensable a la gran tarea que llama a nuestros corazones. Cada uno de nosotros debe ser un conquistador, un misionero. Y todos podemos serlo si confiamos en su ayuda y nos apoyamos en su intercesión.
No se trata de que volvamos a soñar con pasadas grandezas imperiales estilo siglo XVI —la historia no suele volver—. Hemos de ser más generosos, más espirituales, vivir nuestra hora: se trata de un quehacer más amplio y de mayor ambición: ganar el mundo —el mundo de hoy, el mundo del porvenir sobre todo— para Cristo.

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