Semana Pastoral

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24 de abril.

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Fiesta externa de san Expedito.

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22 de abril.

Lecturas del Domingo 4º de Pascua – Ciclo B

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,8-12):

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1.8-9.21-23.26.28-29

R/. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R/.

Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.

Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor.
Tu eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,1-2):

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Palabra de Dios

Evangelio

Evangelio según san Juan (10,11-18), del domingo, 22 de abril de 2018

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,11-18):

En aquel tiempo dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

Palabra del Señor

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Homilía para el IV domingo de Pascua B, Domingo del Buen Pastor

“Buen Pastor” es la traducción habitual. Pero el texto original griego debe traducirse, literalmente, como “Yo soy el Pastor bello” (ho poimèn ho kalós), hace ya unos cuantos años lo recordaba el Cardenal Martini, en una carta pastoral, sobre la belleza que salvará al mundo. En realidad no hay mucha diferencia entre los dos significados, porque es verdaderamente bello lo que es bueno y verdadero. Es la diferencia entre una flor de verdad y una de plástico, entre una persona auténtica y alguien que busca engañar contando una parte. Cuando encontramos una persona admirable por su generosidad, su amor, su fidelidad, no se podría decir, quizá: “qué bella persona”, y cuando nos cuentan una historia particularmente impactante, no decimos: ¡qué linda historia! Es en este sentido que Jesús es un bello Pastor. Él utiliza esta imagen para describir la naturaleza de sus relaciones con nosotros.
Primero de todo subraya la diferencia entre un verdadero pastor, a quien las ovejas pertenecen, y el mercenario, o guardián pagado. La diferencia entre los dos se manifiesta en modo particular en los momentos de peligro, cuando aparece un lobo, por ejemplo. El verdadero pastor está pronto a arriesgar su vida; el mercenario no piensa más que en salvar la suya.
La segunda característica del “pastor bello”, que Jesús señala, es el conocimiento recíproco entre él y sus ovejas. Para alguien extraño que cuida una grey de ovejas, estas son todas iguales; pero el verdadero pastor las distingue a todas, conoce a cada una y les pone nombre. Y Jesús va mucho más allá con lo que deja entender con esta imagen. Afirma que este conocimiento recíproco entre él y sus discípulos refleja el de su misma naturaleza, del recíproco conocimiento entre Él y su Padre. Este conocimiento no es teórico e intelectual; es del orden del amor y es tal que está pronto a dar la vida por aquél que se ama. De la misma manera estamos llamados a conocerlo.
En fin, Jesús habla de ovejas que le pertenecen pero que no son de este rebaño. También si no son del mismo rebaño, son “suyas” y también las debe guiar. Vendrá un día, un momento que ninguno conoce ni puede prever, en el cual habrá un solo rebaño y un solo pastor. Porque todo el que vive la belleza de la verdad es oveja del pastor bello.
En la primera predicación apostólica, pocos días después de la Resurrección y Pentecostés, las imágenes se entrecruzan y se completan. Mientras para hablar a los pastores de Galilea Jesús adoptaba las imágenes que más servían a las experiencias de ellos – la del pastor. Pedro, hablando a los ciudadanos de Jerusalén, utiliza la imagen de un edificio. A los jefes del pueblo y a los ancianos les afirma que Jesús es la piedra, que ellos, los constructores, han rechazado, y que se volvió piedra angular. Toda salvación, hasta la curación de Pedro al paralítico, que no la pedía, sino que pedía limosna, viene por Cristo.
El apóstol Juan, escribiendo su carta al atardecer de su vida, está todavía fascinado por este conocimiento recíproco, fruto del amor del Padre por nosotros. Toda la belleza de nuestra condición de Hijos de Dios –condición que es ya la nuestra- será revelada cuando Jesús aparezca en su gloria y cuando lo veamos como es, sin velos.
Solamente esta intimidad con Jesús dentro de un conocimiento recíproco puede darnos la fuerza de ser sus testigos, y si es necesario, como muchos cristianos orientales hoy, hasta el martirio. Cuantos cristianos en Siria, Egipto, entre otros lugares son matados, perseguidos o exiliados por defender con coraje su fe y su pueblo. Tengamos en nuestra oración de manera particular, en este día, a todos aquellos que, imitando al pastor bello del Evangelio se consagran, hasta arriesgar la vida, al servicio y la defensa de la fe y de aquellos que le son confiados. Y recemos también para que todos aquellos que han recibido una responsabilidad resistan a la tentación de obrar como mercenarios, para quienes las ovejas no cuentan.
Qué María santísima nos haga escuchar la voz de la llamada de Cristo y a salir al servicio del otro, en la vocación: sacerdotal, religiosa o como laico comprometido. El éxodo de salir de uno mismo al encuentro de otro, aun arriesgando la propia comodidad y vida, como dice el papa Francisco en el mensaje de este año por la Jornada del Buen Pastor. Que la belleza del buen Pastor se refleje en nuestra vida.

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Más fotos de ayer.

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19 de abril.

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17 de abril.

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15 de abril.

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Lecturas del Domingo 3º de Pascua – Ciclo B

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (3,13-15.17-19):

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 4,2.7.9

R/. Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración. R/.

Hay muchos que dicen:
«¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro
ha huido de nosotros?» R/.

En paz me acuesto
y en seguida me duermo,
porque tú solo, Señor,
me haces vivir tranquilo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,1-5):

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él.

Palabra de Dios

Evangelio de mañana

Evangelio según san Lucas (24,35-48), del domingo, 15 de abril de 2018

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48):

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma.
Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Palabra del Señor

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Homilía para el III Domingo de Pascua

Lo más sorprendente en este Evangelio, es el miedo que tienen los once Apóstoles y sus compañeros. Poco tiempo antes los discípulos que habían encontrado a Jesús en el camino de Emaús y lo habían reconocido al partir el pan habían vuelto a contar estas cosas a los Apóstoles. Estos respondieron: “Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. Entonces primero fue el testimonio de las mujeres que fueron al sepulcro la mañana de Pascua. Entonces todos ya sabían que Jesús había resucitado. Improvisamente, mientras juntos están hablando de Jesús, este se deja simplemente ver en medio de ellos: “La paz esté con ustedes”. Y esto basta para que se asusten y se llenen de miedo. ¿Cuál es el origen de este miedo?

La razón de este susto es ciertamente el hecho de que Jesús tiene una continuidad numérica, con el que murió en la cruz, pues resucitó de veras, pero a la vez, la resurrección le confiere a su ser corporal algo de novedoso.

En el fondo tienen que superar la imagen que, de Jesús, se hicieron hasta el momento de la resurrección. Algo parecido puede ocurrirnos a nosotros, que como termina la perícopa del evangelio de hoy, nos recuerda: “Ustedes son testigos de estas cosas”. ¿No sucede algo parecido hoy en nuestros países, de origen cristiano, en América, en Europa? No hablamos mucho de Jeús, como hacían los apóstoles. Quizá olvidamos demasiado fácilmente que Jesús es distinto de las imágenes que nos hacemos de él. Estas imágenes pueden sernos útiles para entrar en contacto personal con él, y sobre todo para “hablar de Él”, pueden haber servido para diversas épocas, pero tales imágenes no son a veces una mediación eficaz para gran parte de los hombre de nuestro tiempo, que no necesariamente han abandonado a Dios por estar lejos de la Iglesia, pero sí una imagen de Jesús que, como se infiere de la segunda lectura, puede ser mentirosa, puede no representar bien a Jesús.

Debemos dejar falsas seguridades sobre Jesús y dejar que él se haga presente en medio nuestro de manera imprevista, que se deje ver, como dice textualmente el evangelio, que se muestre. Como hizo con los apóstoles mostrando sus heridas, hoy, nos lo recuerda frecuentemente el papa Francisco Jesús nos muestra las manos y los pies de aquellos hermanos y hermanas heridos por las guerras y el odio. Recemos por Siria. Por boca de todos los hambrientos de la tierra, nos dice continuamente: “¿tienen algo para comer?”.

Esto está también en la segunda lectura de san Juan. Decir que conocemos a Jesús sin observar los mandamientos, en especial el del amor, que nos regaló la víspera de su pasión, suena como una mentira. Pero si observamos este mandamiento del amor, es entonces que su amor, su espíritu, alcanza en nosotros la perfección.

Hoy se habla mucho de nueva evangelización y de la necesidad de evangelizar nuevamente la sociedad occidental de hoy. Es esencial para esto deshacerse de todas las imágenes, demasiado sentimentales, que hemos fabricado de Jesús y que aunque están acumuladas en la conciencia colectiva de muchos siglos, no hablan más a los hombres de hoy. Debemos volver a las palabras del Evangelio y a la Tradición auténtica de la Iglesia, no adulterando la Biblia, ni los sacramentos, pero haciéndolos transparentes y accesibles, cuando hay esfuerzo y conversión por parte de los que los piden. Dejemos que Jesús penetre en nuestras vidas: “¿por qué están turbados?”, y dejemos que otra vez nos llame a la “conversión proclamada en su nombre para el perdón de los pecados”.

Aprendamos a reconocer a Jesús resucitado y a vivir con la fuerza de la verdad, y dejar la mentira de no vivir en el amor. Que nuestra Madre la Virgen interceda para que así sea.

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12 de abril.

Marcha por la vida recorre los tres kilómetros de Auschwitz a Birkenau

Recemos para que se respete toda vida: desde la concepción hasta su término natural.

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10 de abril.

Lecturas del Martes de la 2ª semana de Pascua

Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,32-37):

EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 92,1ab.1c-2.5

R/. El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (3,5a.7b-15):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó:
«¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús:
«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Palabra del Señor

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a) Una de las consecuencias más visibles de la Pascua, para la primera comunidad cristiana, fue esta fraternidad tan hermosa que nos narra el libro de los Hechos.
Se trata de uno de los «sumarios» que Lucas redacta en los primeros capítulos sobre cómo se desarrollaba la vida de los cristianos de Jerusalén. La vitalidad y la armonía de aquella comunidad están tal vez idealizadas. Basta seguir leyendo y pronto aparecen tensiones y discrepancias. Por ejemplo Ananías y Safira -en una escena que no leemos- no quisieron aceptar eso de poner en común sus bienes. Lucas nos presenta cómo debería ser una comunidad cristiana que cree en Cristo Jesús y sigue su estilo de vida. Y cómo, en efecto, era en buena medida.
Por una parte, él describe una vida fraterna entendida como unión de sentimientos -un solo corazón y una sola alma-, comunidad de bienes y solidaridad con los más pobres. Destaca la generosidad de un discípulo que luego tendrá importancia en la historia de los primeros años de la Iglesia: Bernabé.
Por otra, es importante que Lucas nos diga que -a pesar de las persecuciones- «los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor». Siempre predican lo mismo: la resurrección de Jesús. Y lo hacen con valentía.
Son dos efectos notables de la Pascua para la comunidad: la fraternidad interior y el impulso misionero hacia fuera.
b) No es extraño que una comunidad como la de Jerusalén, en que todos ponían sus bienes en común y se preocupaban de los más pobres, atrajera la simpatía de los demás y se mostrara creíble en su testimonio: «eran muy bien vistos» en el Pueblo.
Todos soñamos con una comunidad así. Pero cuando nos fijamos en cómo son nuestras comunidades cristianas hoy -en la parroquia o en la familia cristiana o en una comunidad religiosa- no podemos menos de pensar que también nuestro testimonio de vida cristiana tendría más credibilidad si mostráramos una imagen clara de unidad y de solidaridad interna y externa dentro y fuera de la comunidad. El testamento de Jesús en la última cena fue pedir al Padre: «que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea».
En el mundo de hoy no se entenderán otros lenguajes, pero éste sí: si se ve a alguien dispuesto a compartir sus bienes con el más necesitado, si se tiene delante a un grupo de cristianos dispuestos a trabajar por los demás, a ayudar a solidarizarse sobre todo con los que sufren o son menos favorecidos por la vida Y eso, en nombre del Señor Jesús, por nuestra fe en él.
En nuestra familia o en nuestras comunidades hay personas que tienen menos que nosotros de todo, de felicidad, de cultura, de suerte, de bienes materiales y espirituales: estas personas necesitan nuestra acogida, nuestra palabra amiga y también a veces nuestra ayuda económica.
Cada Eucaristía, dice el Catecismo, «entraña un compromiso en favor de los pobres: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos» (Catecismo 1397, lo recordamos el jueves en la misa de la cena del Señor).
2. a) Con afirmaciones cada vez más profundas, Jesús va conduciendo a Nicodemo -y a nosotros- a un conocimiento mejor de lo que significa creer en él. Un conocimiento que nos transmite el que viene de arriba, el enviado de Dios, el que da testimonio del saber profundo de Dios.
Jesús se queja de la poca fe de «los sabios» de Israel representados por Nicodemo. En realidad, la escena está contada por el evangelista como prototípica: Nicodemo habla en cierto modo como portavoz de los judíos («nosotros sabemos…») y es interpelado por Jesús también como representante de todos: «no aceptáis nuestro testimonio… no creéis». Jesús alabó un día a su Padre diciendo: «has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos». Algunos son muy sabios en las cosas de aquí abajo, y unos ignorantes en las de arriba, las que más valen la pena.
Sobre todo se trata de captar a Cristo en toda la hondura de su misterio pascual: no sólo como profeta o taumaturgo (milagrero), sino como el que ha bajado de Dios y, después de su muerte en la cruz, sube de nuevo al cielo. Los que sepan ver y creer en Jesús levantado en la Cruz y glorificado en la Gloria, tendrán vida eterna.
b) El diálogo de Jesús con Nicodemo nos hace pensar también a nosotros: ¿somos de las personas que prefieren vivir en la oscuridad o en la penumbra, precisamente por no aceptar las consecuencias de aceptar la luz? ¿no es verdad que también los hombres de hoy, incluidos «los sabios», a veces prefieren -o preferimos- no saber, no captar la profundidad de Cristo, porque eso nos obligaría a cambiar, a «renacer»?
Tal vez muchas personas sencillas, sin gran cultura, sin tantos medios espirituales como nosotros, que no saben mucha teología pero que tienen buen corazón y unos ojos lúcidos de fe, sí están mirando a Cristo Jesús con profundidad, y se dejan influir por él, renaciendo continuamente y creciendo en su vida cristiana.

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La Anunciación del Señor.

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8 de abril.

Lecturas del Domingo 2º de Pascua – Ciclo B

Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,32-35):

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 117,2-4.16ab-18.22-24

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,1-6):

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Palabra de Dios

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegria al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

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Homilía para el II domingo de Pascua, domingo de la Misericordia. B

Según una antigua tradición, este domingo se llama domingo “in Albis”. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

Proclamamos el Evangelio narrando las dos apariciones que marcan la octava. La mención de las «puertas cerradas», que aparece en el relato de cada una de las dos apariciones de Jesús narradas en este texto inspirado de san Juan, siempre me llamó la atención y despertó mi curiosidad. Se podría fácilmente pensar que Juan sólo menciona las puertas cerradas para subrayar que Jesús tiene un cuerpo espiritual que pasa a través de las puertas cerradas y los muros. Pero esto iría en contra de los cuatro Evangelios que se esfuerzan en demostrar que el cuerpo de Cristo resucitado es un cuerpo físico normal, que puede comer y ser tocado.

La mayor parte de las traducciones de este texto no ayudan mucho a su comprensión, uniendo la mención de las «puertas cerradas» a «por temor a los judíos», lo que el original griego no hace. El texto original no dice que los discípulos hayan cerrado las puertas por temor de los judíos, sino simplemente que las puertas estaban cerradas en donde estaban los discípulos reunidos por temor a los judíos, y Jesús de repente estaba en medio de ellos.
Podemos encontrar una cierta luz sobre el sentido de este texto poniéndolo en relación con las palabras de Jesús mismo: «cuando reces ve a tu habitación, cierra la puerta, y reza a tu Padre». Lo que san Juan quiere subrayar es el hecho que los discípulos estaban en oración, todos con la puerta cerrada, cuando Jesús se deja ver la tarde de Pascua. Y lo mismo cuando se le apareció ocho días más tarde.

En realidad, el texto original no dice que Jesús apareció delante de ellos. Dice: «él estaba allí, delante de ellos». Evidentemente vemos como trasfondo la promesa de Jesús de que «cuando dos o tres está reunidos en mi nombre allí estoy yo». La presencia real de Jesús resucitado no se agota en los destellos de la resurrección, que son las apariciones históricas, sino que él está vivo y presente hoy: «más felices los que crean sin haber visto».

Jesús manifiesta su presencia, se deja ver, cuando, según su recomendación, ellos se retiran a cualquier lugar juntos y en su nombre para orar. Nos enseña que cada vez que nos reunimos en la Iglesia en nombre de Jesús, para rezar, el está también en medio nuestro.

Pero ¿qué puede significar la frase “por miedo de los Judíos” en este contexto? Este es un término que Juan usa de vez en cuando en su Evangelio, que siempre se refiere a la incapacidad o falta de voluntad para hablar de Cristo, para predicar el Evangelio. Por ejemplo, cuando Jesús va al templo el día de la Fiesta de los Tabernáculos, de incógnito, porque Herodes quiere matarlo, las multitudes se preguntan quién es, pero nadie habla de ello abiertamente “por miedo de los Judíos.” Cuando Jesús sana a un hombre nacido ciego, los fariseos preguntan a los padres del hombre, y ellos se niegan a contestar, “por miedo de los Judíos.” José de Arimatea, que se encargó de la sepultura de Jesús, era un discípulo de Jesús, aunque en secreto “por miedo de los Judíos.” En el evangelio de hoy, vemos a los discípulos reunidos, pero sin decir ni una palabra de Jesús, “por miedo de los Judíos.” Todavía no habían recibido Espíritu que les llevaría a una nueva vida, y les dará la fuerza y el coraje para testimoniar el Evangelio.

Entonces Jesús se acercó y dijo: «Como el Padre me envió, también yo los envío» y sopló sobre ellos ¿Cuál es el significado de este aliento? Esta es, obviamente, la transmisión del Espíritu. Pero Juan usa un término que significa mucho más que eso. No utiliza la palabra común “soplar”. Utiliza una palabra griega especial y poco frecuente que se encuentra tres veces en la traducción griega de la Biblia. La primera vez es en el relato de la creación: «El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y insufló en su nariz aliento de vida». La segunda vez es en el capítulo 27 de Ezequiel donde el Espíritu de Dios planea en el campo de huesos desechados y les infunde nueva vida. (Y está la tercera vez, en la Sabiduría, que es en realidad una cita del Génesis).

Jesús hace con este gesto una nueva creación que entraña el perdón de los pecados, la confesión, y la misericordia que ella supone y realiza. Sólo el que es perdonado resucita y es sujeto de la misericordia de Dios, misericordia que también requiere conversión y propósito de enmienda.

Hermanos estamos reunidos en la misa dominical en nombre de Cristo, para rezar a su Padre. Él está en medio nuestro, en su Palabra y sobre todo en el sacramento de su amor, la Eucaristía, Él nos engendra a una vida nueva y nos envía a una misión. Recibamos la Eucaristía como un alimento que nos da fuerzas para ser testigos fieles, cada uno según su vocación. Encontremos a un Dios herido, capaz de misericordia, decía Benedicto XVI en 2007: «En el pasaje evangélico de hoy también hemos escuchado la narración del encuentro del apóstol Tomás con el Señor resucitado: al apóstol se le concede tocar sus heridas, y así lo reconoce, más allá de la identidad humana de Jesús de Nazaret, en su verdadera y más profunda identidad: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). El Señor ha llevado consigo sus heridas a la eternidad. Es un Dios herido; se ha dejado herir por amor a nosotros. Sus heridas son para nosotros el signo de que nos comprende y se deja herir por amor a nosotros. Nosotros podemos tocar sus heridas en la historia de nuestro tiempo, pues se deja herir continuamente por nosotros. ¡Qué certeza de su misericordia nos dan sus heridas y qué consuelo significan para nosotros! ¡Y qué seguridad nos dan sobre lo que es él: “Señor mío y Dios mío”! Nosotros debemos dejarnos herir por él».

María Santísima acompáñanos por la senda de la Misericordia.

 

 

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4 de abril.

MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Libro de los Hechos de los Apóstoles 3,1-10.

En una ocasión, Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la tarde. Allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada “la Hermosa”, para pedir limosna a los que entraban. Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna. Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: “Míranos”. El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo. Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina”. Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. Dando un salto, se puso de pie y comenzó a caminar; y entró con ellos en el Templo, caminando, saltando y glorificando a Dios. Toda la gente lo vio camina y alabar a Dios. Reconocieron que era el mendigo que pedía limosna sentado a la puerta del Templo llamada “la Hermosa”, y quedaron asombrados y llenos de admiración por lo que le había sucedido.

Salmo 105,1-4.6-9.

¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas!
¡Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro;
Descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra rigen sus decretos.
El se acuerda eternamente de su alianza, de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac:

Evangelio según San Lucas 24,13-35.

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”. Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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1. Pedro y Juan curan en nombre de Jesús al paralítico del templo, a la hora del sacrificio de la tarde.
Qué bien cuenta Lucas el episodio: el pobre mendigo a la puerta del templo -como se ve, fenómeno antiguo-, la mirada fija del mendigo que espera algo, la mirada también fija de Pedro, el contacto de la mano, las palabras breves y solemnes: «en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar», y la curación progresiva del buen hombre hasta seguirles dando brincos al Templo, ante la admiración de la gente.
La fuerza salvadora, que en vida de Jesús brotaba de él, curando a los enfermos y resucitando a los muertos, es ahora energía pascual que sigue activa: el Resucitado está presente, aunque invisible, y actúa a través de su comunidad, en concreto a través de los apóstoles, a los que había enviado a «proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). No tendrán medios económicos, pero sí participan de la fuerza del Señor.
2. a) Otro magnifico relato de Lucas, ahora en su evangelio, con la descripción psicológicamente magistral del «viaje de ida y vuelta» de los dos discípulos desde la comunidad a su casita propia y desde la casita propia de nuevo a la comunidad, desde Jerusalén a Emaús y desde Emaús a Jerusalén, que es donde tenían que haberse quedado, porque no hay que abandonar a la comunidad sobre todo en momentos difíciles.
El viaje de ida es triste, en silencio, con sentimientos de derrota y desilusión: «nosotros esperábamos…». No reconocen al caminante que se les junta. Siempre es difícil reconocer al Resucitado, como en el caso de la Magdalena, sobre todo cuando los ojos están tristes y cerrados. Se ha desmoronado su fe, que estaba mal fundamentada. No creen en la resurrección, a pesar de que algunas mujeres van diciendo que han visto el sepulcro vacío.
El viaje de vuelta es exactamente lo contrario: corren presurosos, llenos de alegría, los ojos abiertos ahora a la inteligencia de las Escrituras, comentando entre ellos la experiencia tenida, impacientes por anunciarla a la comunidad.
En medio ha sucedido algo decisivo: el Señor Jesús les ha salido al encuentro -Buen Pastor que quiere recuperar a sus ovejas perdidas-, dialoga con ellos, les deja hablar exponiendo sus dudas, les explica las Escrituras sobre cómo el Mesías había de pasar por la muerte para cumplir su misión, y finalmente le reconocen en la fracción del pan, aunque luego recuerdan que ya ardía su corazón cuando les explicaba las Escrituras. En el momento en que, como la Magdalena con el hortelano, le quieren retener -«quédate con nosotros»-, Jesús desaparece.
Dicen los expertos que Lucas, sin pretender contarnos que la escena fuera celebración eucarística -impensable todavía, antes de Pentecostés- ha querido dejarnos en este último capítulo de su evangelio como una catequesis historizada de esta importante convicción:
Cristo Jesús sigue también presente a las generaciones siguientes, los que no hemos tenido la suerte de verle en su vida terrena. Y está presente en los tres grandes momentos en que los discípulos de Emaús le encontraron: en la fracción del pan, en la proclamación de su Palabra y en la Comunidad. Que son precisamente los tres momentos primordiales de nuestra celebración: la Comunidad reunida, la Palabra escuchada y la Eucaristía recibida como alimento: los tres «sacramentos» del Señor Resucitado.
b) Pascua no es un recuerdo. Es curación, salvación y vida hoy y aquí para nosotros. El Señor Resucitado nos las comunica a través de su Iglesia, cuando proclama la Palabra salvadora y celebra sus sacramentos, en especial la Eucaristía.
También a nosotros nos puede pasar que experimentemos alguna vez la parálisis del mendigo y la desesperanza de los dos discípulos: enfermedades que nos pueden afectar, y que en Pascua el Señor Resucitado quiere curar, si le dejamos.
Muchos cristianos, jóvenes y mayores, experimentamos en la vida, como los dos de Emaús, momentos de desencanto y depresión. A veces por circunstancias personales. Otras, por la visión deficiente que la misma comunidad puede ofrecer. El camino de Emaús puede ser muchas veces nuestro camino. Viaje de ida desde la fe hasta la oscuridad, y ojalá de vuelta desde la oscuridad hacia la fe. Cuántas veces nuestra oración podría ser: «quédate con nosotros, que se está haciendo de noche y se oscurece nuestra vida». La Pascua no es para los perfectos: fue Pascua también para el paralítico del templo y para los discípulos desanimados de Emaús.
En medio, sobre todo si alguien nos ayuda, deberíamos tener la experiencia del encuentro con el Resucitado. En la Eucaristía compartida. En la Palabra escuchada. En la comunidad que nos apoya y da testimonio. Y la presencia del Señor curará nuestros males. ¿Nos ayuda alguien en este encuentro? ¿ayudamos nosotros a los demás cuando notamos que su camino es de alejamiento y frialdad?
El relato de Lucas, narrado con evidente lenguaje eucarístico, quiere ayudar a sus lectores -hoy, a nosotros- a que conectemos la misa con la presencia viva del Señor Jesús. Pero a la vez, de nuestro encuentro con el Resucitado, si le hemos sabido reconocer en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad, ¿salimos alegres, presurosos a dar testimonio de él en nuestra vida, dispuestos a anunciar la Buena Noticia de Jesús con nuestras palabras y nuestros hechos? ¿imitamos a los dos de Emaús, que vuelven a la comunidad, y a las mujeres que se apresuran a anunciar la buena nueva?

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3 de abril.

MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASCUA

Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,36-41.

Por eso, todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías”. Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”. Pedro les respondió: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar”. Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil.

Salmo 33,4-5.18-20.22.

Porque la palabra del Señor es recta y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su amor.
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia.
Nuestra alma espera en el Señor; él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti.

Evangelio según San Juan 20,11-18.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir “¡Maestro!”. Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'”. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

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1. Pedro termina su discurso de Pentecostés ante el pueblo reunido, con claridad y valentía. El que antes de la Pascua aparecía con frecuencia lento en entender los planes de Jesús, ahora está lúcido y ha madurado en la fe, conducido por el Espíritu. Pedro proclama el acontecimiento de la Pascua desde la perspectiva mesiánica: al Jesús a quien sus enemigos han llevado a la muerte, Dios, al resucitarle, le ha constituido Señor y Mesías, le ha «autentificado» ante todos en el acontecimiento de la Pascua.
Lucas nos describe el camino de la iniciación cristiana, con sus diversas etapas:
– muchos oyentes se dejan convencer por el testimonio de Pedro y preguntan: ¿qué hemos de hacer?,
– Pedro les dice que se conviertan, que abandonen su camino anterior, equivocado, propio de una «generación perversa»,
– o sea, que crean en Cristo Jesús,
– y los que crean, que reciban el bautismo de agua en nombre de Jesús, bautismo que les dará el perdón de sus pecados y el don del Espíritu,
– bautismo que es universal, para todos los que se sientan llamados por Dios,
– y así se incorporen a la comunidad eclesial, a la comunidad del Resucitado, que empieza a crecer nada menos que con tres mil nuevos miembros.
Este programa, que va desde la evangelización hasta el bautismo y la vida eclesial, se irá repitiendo generación tras generación, con más o menos énfasis en cada una de sus etapas.
Podemos cantar, con el salmo, que «la misericordia del Señor llena la tierra».
2. a) Esta vez es Juan el que nos cuenta el encuentro de María Magdalena con el Resucitado.
Es una mujer llena de sensibilidad, decidida, que ha sido pecadora, pero que se ha convertido y cree en Jesús y le ama profundamente. Ha estado al pie de la cruz. Ahora está llorando junto al sepulcro.
Se ve claramente que tanto las mujeres como los demás discípulos no estaban demasiado predispuestos a tomar en serio la promesa de la resurrección. La única interpretación que se le ocurre a la Magdalena, ante la vista de la tumba vacía, es que han robado el cuerpo de su Señor, y está dispuesta a hacerse cargo de él, si le encuentra: «yo lo recogeré».
En las diversas manifestaciones del Señor sus discípulos no le reconocen fácilmente: unos lo confunden con un caminante más, otros con un fantasma, y Magdalena con el hortelano. El Resucitado no es «experimentable» como antes: está en una existencia nueva, y él se manifiesta a quien quiere y cuando quiere. Eso sí, los que se encuentran con él quedan llenos de alegría y su vida cambia por completo.
Magdalena le reconoce cuando Jesús pronuncia su nombre: «María». Es la experiencia personal de la fe. Jesús había dicho que el Buen Pastor conoce a sus ovejas una a una. La fe y la salvación siempre son nominales, personalizadas, tanto en la llamada como en la respuesta.
Magdalena recibe una misión: no puede quedarse ahí, no puede «retener» para sí al que acaba de encontrar resucitado, sino que tiene que ir a anunciar la buena noticia a todos. Se convierte así, como vimos ayer de las demás mujeres, en «apóstol de los apóstoles».
b) Ojalá también nosotros, ante el acontecimiento de la Pascua, nos dejemos ganar por Cristo.
La Pascua que hemos empezado a celebrar nos interpela y nos provoca: quiere llenarnos de energía y de alegría. Se tendrá que notar en nuestro estilo de vida que creemos de verdad en la Pascua del Señor: que él ha resucitado, que se nos han perdonado los pecados, que hemos recibido el don del Espíritu y pertenecemos a su comunidad, que es la Iglesia.
Ayudados por la fe, seguramente hemos «oído» que también a nosotros el Señor nos ha mirado y ha pronunciado nuestro nombre, llamándonos a la vida cristiana, o a la vida religiosa o sacerdotal. El popular canto de Gabarain, lleno de sentimiento, está inspirado por tantas escenas del evangelio, además del caso de la Magdalena: «me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre». Y nosotros nos hemos dejado convencer vitalmente por esa llamada. Como los oyentes de Pedro a los que les llega su predicación al alma y preguntan qué deben hacer.
Somos enviados a anunciar la buena noticia. Pero sólo será convincente nuestro anuncio si brota de la experiencia de nuestro encuentro con el Señor.
Como Pedro y la Magdalena y las demás mujeres han quedado transformados por la Pascua, nosotros, si la celebramos bien, seremos testigos que la contagiamos a nuestro alrededor. Y los demás nos verán en nuestra cara y en nuestra manera de vida esa «libertad verdadera» y esa «alegría del cielo que ya hemos empezado a gustar en la tierra», como ha pedido la oración del día.
Claro que nosotros no acabamos de «ver» ni reconocer al Señor en nuestra vida, mucho menos que los discípulos a quienes se apareció. Pero tenemos el mérito de creer en él sin haberle visto con los ojos de la carne: «dichosos los que crean sin haber visto», como dijo Jesús a Tomás.
En la Eucaristía, tenemos cada día un encuentro pascual con el Resucitado, que no sólo nos saluda, sino que se nos da como alimento y nos transmite su propia vida. Es la mejor «aparición», que no nos permite envidiar demasiado ni a los apóstoles ni a los discípulos de Emaús ni a la Magdalena.

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Confirmaciones en la Vigilia

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Vigilia Pascual. Fotos de la celebración.

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Vigilia Pascual 31 de marzo.

Homilía para la Vigilia Pascual 2018

Este Evangelio (Marcos 16, 1-7) se abre con un toque femenino y una fragancia de perfumes. Tres mujeres han ido a comprar perfumes y vienen a la tumba para embalsamar el cuerpo de Jesús. Para comprender su gesto, tenemos que situarlo en su contexto.
En el transcurso del presente año litúrgico, seguimos en general el Evangelio de Marcos. Es su relato de la Pasión que hemos leído el domingo de Ramos, y es su descripción de los acontecimientos de la mañana de Pascua que leemos esta noche. Los relatos de Marcos son precisos y concisos; cada frase está allí llena de sentido. Tenemos que prestar atención a todos los detalles. Al final de la pasión el domingo pasado Marcos nos decía que las mujeres miraban como ponían a Jesús en el Sepulcro.
Inmediatamente después de la mención de la muerte de Jesús, Marcos dice que el velo del Templo se ha roto en dos. ¿De qué velo se trata? Probablemente no se trata del velo que se encontraba en la entrada del Santo de los Santos, donde podía entrar sólo el Gran Sacerdote. Se trata más bien del velo que separaba la parte principal del Templo, abierta a los judíos de sexo masculino, de la parte exterior donde se admitía a los Gentiles y las mujeres.
Además, Marcos añade inmediatamente dos frases que nos orientan en el sentido de esta interpretación. Primero relata las palabras del oficial militar romano, es un gentil, que hace este acto de fe: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”, y habla acerca de las mujeres presentes en el Calvario, que serán igualmente testigos de la Resurrección. También tenemos a san Pablo que en Gálatas 3, 28, dice: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús”.
Según la Ley de Israel, se excluía a los Paganos de la salvación prometida a los judíos y el testimonio dado por una mujer no tenía ningún valor legal. El desgarro del velo del Templo notifica que la plena participación en la Comunidad Cristiana nacida del costado de Cristo está abierta a toda persona, sin consideración a las diferencias de sexo, de nacionalidad o de religión.
Los discípulos de Jesús formaban una gran familia, donde cada uno y cada una tenía una relación particular con Jesús. Había hombres, entre los cuales tres tenían una relación privilegiada: Pedro, Santiago y Juan, que fueron los testigos de la Transfiguración y de la agonía en Gethsemaní. Había también varias mujeres. En cuanto a esto Marcos dice tres cosas: a) que lo habían seguido en Galilea; b) cuánto lo servían; y, c) que habían subido con él a Jerusalén.
“Seguir a Jesús” quiere decir ser su discípulo. “Servir” quiere decir participar en su diaconía, en su ministerio. “Haber subido con él a Jerusalén” quiere decir haber aceptado todas las consecuencias de esta relación y haberse vuelto testigo de su muerte y de su resurrección.
Entre este grupo de mujeres, tres tenían una relación muy particular con Jesús y tuvieron probablemente un papel importante en la Iglesia primitiva. Eran María de Magdala, María, la madre de Santiago, y Salomé. Las encontramos a las tres a los pies de la cruz, con María la Madre de Jesús y Juan (mientras que los otros Apóstoles han huido); las encontramos en la tumba la mañana del primer día de la semana, con sus perfumes. Son las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección y las primeras en dar testimonio de ella.
El desgarro del velo del Templo está pues lleno de sentido profundo, incluso si se ha intentado constantemente coserlo en el transcurso de los siglos. Significa que Jesús ha hecho caer las barreras entre Israel y las naciones, entre Judíos y paganos, entre hombres y mujeres. Las palabras del ángel a las tres mujeres mencionan la caída de otra barrera – aquella entre la carne y el espíritu, entre el cuerpo y el alma. El ángel que se les aparece a las tres mujeres parece esforzarse por hacerles comprender que Cristo resucitado y glorioso que se les aparecerá pronto, es aquel que descansaba muerto en la tumba. Les indica el lugar preciso donde descansaba su cuerpo.
Cuántas cosas nos dividen: particularidades de raza, de sexo, de educación, de religión, de riqueza y pobreza, de no entendernos porque uno piensa en su cuestión y el otro en la suya y no hay esfuerzo de buscar, en serio, qué me está diciendo el otro. Es más fácil pelear y decir cualquier cosa, y en esto ninguno somos inocentes. En esta noche santa, debemos romper todas estas barreras, todos juntos tenemos que atravesar los lados rotos del velo del templo, tenemos que entrar juntamente al Templo Nuevo a través de la puerta abierta en el costado de Cristo con el fin de llegar un día a ser “uno” como él y su Padre son Uno.
Cómo podemos vencer la división, la del pecado, la del egoísmo que nos separa de Cristo hasta hacerle violencia. Cómo dicen ahora, un poco sincréticamente: siendo seres de luz. Dicho bíblicamente: viviendo en la luz, imitando a Jesús que dijo “Yo soy la luz del mundo”, decía el Papa emérito en 2012: «En la Vigilia Pascual, la noche de la nueva creación, la Iglesia presenta el misterio de la luz con un símbolo del todo particular y muy humilde: el cirio pascual. Esta es una luz que vive en virtud del sacrificio. La luz de la vela ilumina consumiéndose a sí misma. Da luz dándose a sí misma. Así, representa de manera maravillosa el misterio pascual de Cristo que se entrega a sí mismo, y de este modo da mucha luz. Otro aspecto sobre el cual podemos reflexionar es que la luz de la vela es fuego. El fuego es una fuerza que forja el mundo, un poder que transforma. Y el fuego da calor. También en esto se hace nuevamente visible el misterio de Cristo. Cristo, la luz, es fuego, es llama que destruye el mal, transformando así al mundo y a nosotros mismos. Como reza una palabra de Jesús que nos ha llegado a través de Orígenes, «quien está cerca de mí, está cerca del fuego». Y este fuego es al mismo tiempo calor, no una luz fría, sino una luz en la que salen a nuestro encuentro el calor y la bondad de Dios». El papa Francisco en la misa Crismal de este año nos invitaba a los sacerdotes a la cercanía, si vivimos como el cirio en virtud del sacrificio, si nos dejamos formar por el fuego podemos dar el calor de la cercanía, los sacerdotes y todos los bautizados que hoy renovamos nuestras promesas bautismales.
Que Nuestra Señora de la Pascua nos ayude a vivir en la unidad y a ser luz viviendo cercanamente, cerca de Cristo y cerca de los demás. Amén

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Viernes santo

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Viernes santo

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Celebración Iglesia Santa Inés

 


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Jueves santo misa de la Institución de la Eucaristía.

Homilía para la Misa “in coena Domini

Si hay un momento de nuestra vida espiritual, de nuestra profesión cristiana, de nuestra pertenencia a la Iglesia, en el que debemos comprometer nuestra atención, nuestra conciencia, nuestro fervor, es este. Un momento muy hermoso y significativo, pero igualmente intenso y difícil, contrario a nuestra distracción habitual. Es un momento de atracción hacia una Realidad presente y misteriosa, que exige a nuestras facultades espirituales una concentración singular: entramos en el misterio.
Para entrar en el misterio debemos ser iniciados. Simplemente decimos: debemos ser creyentes. Nos acercamos, o más bien celebramos el “mysterium fidei“. Necesitamos ese suplemento de conocimiento, de esa virtud intelectual, respaldada por la buena voluntad e iluminada por el Espíritu Santo, que se llama fe, para entrar en el secreto de la Realidad, que hoy está preparado para nosotros y para tener un disfrute vital. ¿Por qué hoy, y no siempre, cuando celebramos los misterios divinos? Siempre, respondemos definitivamente; pero hoy con mayor intensidad, porque el sacrificio divino de la Misa, que celebramos en otros días, deriva de esto y a esto se refiere. Aquí está el misterio pascual, tal y como se nos da para recordarlo y revivirlo; y cada vez que renovamos la ofrenda litúrgica, celebramos este mismo misterio pascual.
Y entrando así en el cenáculo de las supremas comunicaciones divinas, debemos permanecer en silencio y en éxtasis, como aquellos que ven demasiado y solo entienden algo; y al mismo tiempo deberíamos estar conscientes de esto: que en la cena del Señor, como un nudo central, convergen los hilos de la historia antigua de la Salvación, porque la Pascua hebrea depone aquí sus símbolos proféticos, que disuelven sus secretos y se transfunden en la nueva forma, simbólica y profética también, pero confirmada por otra Realidad, a través de la cual tenemos el memorial perenne de nuestra redención realizada con el Sacrificio de la Cruz y la Resurrección gloriosa, y se nos da para compartir su fuerza y tener su promesa; para que de la misma cena del Señor comience otro manojo de nuevos hilos, invadiendo el mundo y la historia, y por cada ser vivo se ramifiquen y lleguen, si queremos, a cada uno de nosotros.
El lenguaje bíblico es más claro que cualquiera de nuestros discursos: el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento se tocan allí, y uno da al otro las intenciones divinas, incluso las intervenciones divinas en el designio sublime y formidable de la relación entre Dios y el hombre, y aquí se ve el mediador: Cristo Jesús. Océanos de verdad, y por lo tanto de doctrina se abren delante nuestro: la Eucaristía, ustedes saben, hermanos, es una síntesis de nuestra fe; y por lo tanto, después de haber hecho un esfuerzo de conciencia religiosa para abstraer nuestros espíritus de cualquier distracción para fijar la mente y el corazón en el punto focal, al cual se dirige esta celebración tan especial, nos sentimos empujados a revisar, bajo la nueva luz de este mismo punto focal, todo: el mundo, la historia, la vida, nosotros mismos.
Demasiado, es mucho, quisiéramos exclamar, y con la voz de los Santos más comprensivos también nos gustaría tartamudear: satis, Domine, suficiente, Señor, suficiente. Esto requiere que ahora estemos contentos con un pensamiento entre los muchos posibles y que centremos nuestra atención por un momento en uno de los aspectos esenciales del misterio del Jueves Santo, en el que me gustaría centrar el pensamiento y la oración de esta santa asamblea.
¿Qué aspecto? El intencional, el final, el de la “comunión”. Como alguien que es experto en ciertas técnicas modernas prodigiosas puede usar ciertos instrumentos mágicos, victorioso de tiempo y espacio, y sabe cómo ponerse en una relación sensible con escenas y palabras lejanas y esquivas de nuestra percepción inmediata, así nosotros, entrando con fe y con amor en el sistema sacramental concebido por Cristo e instituido, es decir, inaugurado en la misma noche en que fue entregado, “in qua nocte tradebatur” (1 Corintios 11: 23), nos podemos poner en contacto con él, Cristo, sobrevolando, por la fuerza de su Palabra, leyes y obstáculos de orden natural, que en sí mismos son insuperables, y “hacer la comunión”, como solemos decir; hacer la Pascua.
La Eucaristía es el sacramento de la permanencia de Cristo, que ahora vive en la gloria eterna del Padre, en nuestro tiempo, en nuestra historia, en nuestra tierra de peregrinación. «Vobiscum sum», estoy con ustedes, Jesús dirá cerrando la escena del Evangelio, y cumplirá su promesa. La Eucaristía es el sacramento de su presencia viva, real y sustancial, en todas partes; donde haya un ministro suyo que haga lo que Él ha hecho, en su memoria. «Hagan esto – Jesús dijo esa noche, instituyendo junto con la Eucaristía el sacramento del Orden Sagrado, un instrumento humano autorizado, para renovar su misterio y extenderlo por toda la tierra – hagan esto en mi memoria» (Luc 22, 19).
La Eucaristía es el sacramento que multiplica, que universaliza la presencia y la acción de Jesús: cómo una sola y misma palabra puede ser escuchada por muchos y adquirir eficacia lógica en quienes la escuchan y entienden, así el Señor, a través de la Eucaristía, se vuelve accesible para todos los que lo acepten bajo este signo. La Eucaristía es Cristo para cada uno de nosotros, cubierto precisamente por las apariencias de pan para hallarse adaptado y listo para satisfacer nuestro hambre, para hacerse desear, acercarse, asumir, asimilarnos a él.
La Eucaristía es la figura de Cristo sacrificado por nosotros, para que sea posible y urgente recordar siempre su Pasión, participar en el drama sacrificial y obtener su eficacia redentora. Recordémoslo para que tengamos clara la intención universal de Cristo: la de unirse a nosotros y admitirnos a su comunión. No es posible tener una idea de esto sin admitir un amor excesivo e infinito que se proyecta sobre cada uno de nosotros y que no nos da paz hasta que algo de entendimiento, alguna correspondencia no surja también de nuestro árido corazón. Decía el beato Pablo VI: la Eucaristía es una escuela de amor; y, para poner nuestra mente en fase con la ardiente y abrumadora corriente de su amor, al menos tenemos que decir con el Apóstol, que en esa noche bendita y trágica del Jueves Santo puso su oído sobre el pecho de Cristo y escuchó los latidos de su corazón: sí, “hemos creído en el amor” (1 Jn. 4, 16). Y aquí se perfecciona la nueva vida espiritual, el interior, de todos los que han entrado en comunión con Cristo.
Esto no es todo. La gracia que nos ofrece la Eucaristía no es solo en relación a la comunión con Cristo; otra comunión es el resultado de este sacramento; y es la comunión con todos aquellos hermanos en la fe y en la caridad que están sentados en la misma mesa. Muy conocidas, pero siempre memorables, las palabras de San Pablo: “Hablo a personas inteligentes; juzguen lo que digo. ¿El cáliz de bendición que nosotros bendecimos, no es una comunión de la sangre de Cristo? ¿El pan que partimos no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque el pan es único, un solo cuerpoformamos, aunque somos muchos todos participamos de aquél único pan“(1 Corintios 10: 15-17).
Y ahora, queridos hermanos, que la realidad profunda y sobrenatural del misterio pascual nos introduce en la realidad, mística sí, pero también visible y experimental, de la sociedad naciente de Cristo, su cuerpo místico, la Iglesia (cfr. S. Th . III, 73, 3), que quisiéramos inundada, precisamente a causa de este jueves Santo, por la gracia propia de este bendito día, la gracia de la comunión, la gracia de la unidad con Cristo y con ella misma; y para este fin rezamos todos juntos. Uno de los frutos de la eucaristía es la unidad de la Iglesia (Catecismo 1396).
Pedimos la unidad para toda la Iglesia. La unidad tiene diferentes grados: puede ser superficial y formal, sufrida y no amada, consuetudinaria e inoperante; y puede ser profunda y cordial, convencida y activa, impregnada de mutua y santificante caridad: esta unidad, viviente de fe y de amor a Cristo y de sincera fraternidad. Recemos, hoy que conmemoramos el mandamiento nuevo del amor que de verdad la unidad de vida en la fe se refleje en nuestra sociedad.
Jueves santo: Eucaristía, Sacerdocio, Mandamiento nuevo del amor. Veamos otro fruto de la Eucaristía que nos presenta el Catecismo, 1397: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40)”: Decía san Juan Crisóstomo: «Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. […] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno […] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso» (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).
Expresión de este compromiso hacia los pobres es el lavado de pies que en unos instantes escenificaremos. Hermanos, que nuestra liturgia no sea mero rito, sino sea signo de que hemos escuchado al Señor, sea signo de que participamos conscientemente de su mesa y queremos hacer siempre memoria de Él.
María madre de Jesús sumo y eterno sacerdote haznos seguir a tu hijo Jesús hasta el Calvario y hasta la Resurrección, viviendo como él nos mostró. Amén.

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Misa crismal.

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27 de marzo.

MARTES SANTO

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (49,1-6):

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:
– «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor,el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolvise a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza:
– «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios
Salmo
Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15.17

R/. Mi boca contará tu salvación, Señor

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame. R.

Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.

Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.

Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
– «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
– «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
– «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
– «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
– «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
“Donde yo voy, vosotros no podéis ir”»
Simón Pedro le dijo:
– «Señor, ¿a dónde vas?».
Jesús le respondió:
– «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
– «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
– «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Palabra del Señor

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1. Hoy leemos el segundo «canto del Siervo» en Isaías.
El Siervo es llamado por Dios ya desde el seno de su madre, con una elección gratuita, para que cumpla sus proyectos de salvación: «me llamó desde las entrañas maternas y pronunció mi nombre».
Dos comparaciones describen al Siervo: será como una espada, porque tendrá una palabra eficaz («mi boca, una espada afilada»), y será como una flecha que el arquero guarda en su aljaba para lanzarla en el momento oportuno.
La misión que Dios le encomienda es «traerle a Jacob, reunir a Israel… más aún: ser luz de las naciones, para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra».
En este segundo canto aparece ya el contrapunto de la oposición, que en el primero de ayer no aparecía. El Siervo no tendrá éxitos fáciles y más bien sufrirá momentos de desánimo: «yo pensaba: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
Le salvará la confianza en Dios: «mi salario lo tenía mi Dios». Confianza que subraya muy bien el salmo: «a ti, Señor, me acojo, no quede yo derrotado para siempre… sé tú mi roca de refugio… porque tú fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud».
2. Jesús es el verdadero Siervo, luz para las naciones, el que con su muerte va a reunir a los dispersos, el que va a restaurar y salvar a todos.
También en él podemos constatar la «crisis» que se notaba en el canto de Isaías. Jesús no tuvo aparentemente muchos éxitos. Algunos creyeron en él, es verdad, pero las clases dirigentes, no. Hoy escuchamos que uno le va a traicionar: lo anuncia él mismo, «profundamente conmovido». También sabemos qué van a hacer sus seguidores más cercanos: uno le negará cobardemente, a pesar de que en ese momento asegura con presunción: «daré mi vida por ti». Los otros huirán al verle detenido y clavado en la cruz. La queja del Siervo («en vano me he cansado») se repite en sus labios: «¿no habéis podido velar una hora conmigo?… Padre, ¿por qué me has abandonado?». En verdad «era de noche». A pesar de que él es la Luz.
3. Nuestra atención se centra estos días en este Jesús traicionado, pero fiel. Abandonado por todos, pero que no pierde su confianza en el Padre: «ahora es glorificado el Hijo del Hombre… pronto lo glorificará Dios».
A la vez que admiramos su camino fiel hacia la cruz, podemos reflexionar sobre el nuestro: ¿no tendríamos que ser cada uno de nosotros, seguidores del Siervo con mayúsculas, unos siervos con minúsculas que colaboran con él en la evangelización e iluminación de nuestra sociedad? ¿somos fieles como él?
Tal vez tenemos momentos de crisis, en que sentimos la fatiga del camino y podemos llegar a dudar de si vale o no la pena seguir con la misión y el testimonio que estamos llamados a dar en este mundo. Muchas veces estas crisis se deben a que queremos éxitos a corto plazo, y hemos aceptado la misión sin asumir del todo lo de «cargar con la cruz y seguir al maestro». Cuando esto sucede, ¿resolvemos nuestros momentos malos con la oración y la confianza en Dios? ¿podemos decir con el salmo: «mi boca contará tu auxilio… porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza»?
Estos días últimos de la Cuaresma y, sobre todo, en el Triduo de la Pascua tenemos la oportunidad de aprender la gran lección del Siervo que cumple con radicalidad su misión y por eso es ensalzado sobre todos.

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Para meditar

De NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984 .Pág. 168 s.

Después de la meditación de ayer que se situaba históricamente en Betania el lunes por la tarde… saltamos directamente a la tarde del jueves, durante la ultima cena.
-Jesús dijo: “Uno de vosotros me entregará” Se miraban los discípulos unos a otros, sin saber de quién hablaba.
Jesús toma la iniciativa de anunciar la traición.
Está solo. Nadie entiende en esto nada.
Uno de los discípulos, el amado de Jesús…
Juan subraya esto. Y es a ese título que él interviene. La amistad.
-Estaba recostado junto a Jesús. Simón Pedro le hizo señal, diciéndole: “Pregúntale de quién habla”. El discípulo, inclinándose hacia el pecho de Jesús, le dijo: “Señor, ¿quién es?”
Es una escena que ha sido representada por muchos pintores.
Familiaridad.
Sí, Tú, Señor, has aceptado estos gestos sencillos. No te has avergonzado de haber necesitado este afecto… de poder hablar con verdaderos amigos…
Por otra parte, vemos una vez más en el Evangelio, las funciones complementarias, en la Iglesia: Pedro toma la iniciativa – prioridad oficial-, pero es Juan el que hace el encargo delicado.
Cada uno tiene su sitio particular. Todos no pueden hacer todo. Ayúdame, Señor, a cumplir bien mi cometido, y en mi sitio. Durante estos días santos, quisiera, a mi manera, vivir contigo, Señor. Ofrecerte mi amistad. Procuraré pensar mucho más en ti en el curso de estos días venideros.
-“Aquel a quien yo mojare y diere un bocado”. Se lo da a Judas… y Jesús le dice: “Lo que has de hacer, hazlo pronto.” Ninguno de los que estaban a la mesa conoció a qué propósito hacía aquello. Judas tomando el bocado, se salió luego.
Era de noche.
Todo se hace con palabras veladas… en una especie de pudor sigiloso, entre Jesús y Judas… como si Jesús no quisiera perjudicar a Judas: los demás no entienden lo que está pasando.
Hasta aquí llega la lucidez de Jesús frente a su muerte: es El quien dirige las operaciones; es El quién decide la hora: “lo que has de hacer, hazlo pronto,”. Mi vida, nadie la toma, soy Yo quien la da. He aquí mi Cuerpo entregado por vosotros.
-Así que salió, dijo Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en él… Dios también le glorificará pronto.” Palabras asombrosas. Como ayer son también una anticipación. La “gloria” ya está ahí, desde que la muerte ha sido decidida, desde que el traidor ha salido para su faena.
-Hijitos míos, todavía estaré un poco con vosotros… Yo me voy.
Tú no piensas en ti, sino en ellos. Van a quedarse solos. Pedro adivina algo, sin duda. Y ¡propone “seguir” a Jesús!
-“¿Darás por mí tu vida?… En verdad te digo que no cantará el gallo antes que tres veces me niegues.”
¡Pobre Pedro! Y sin embargo él se creía muy generoso, y lo era, a su modo. Jesús le anuncia su propia traición, algunos minutos después de la de Judas. Entonces, de repente, el silencio debió de ser muy denso en el grupo.
Tu soledad ¡oh Jesús! es total. Has ido hasta el límite de la condición humana. El hombre, que más solo se encuentre a la hora de la muerte, puede reconocerse en ti.

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26 de marzo.

LUNES SANTO

Libro de Isaías 42,1-7.

Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley. Así habla Dios, el Señor, el que creó el cielo y lo desplegó, el que extendió la tierra y lo que ella produce, el que da el aliento al pueblo que la habita y el espíritu a los que caminan por ella. Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

Salmo 27,1-3.13-14.

De David. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿ante quién temblaré?
Cuando se alzaron contra mí los malvados para devorar mi carne, fueron ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropezaron y cayeron.
Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no temerá; aunque estalle una guerra contra mí, no perderé la confianza.
Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor.

Evangelio según San Juan 12,1-11.

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: “¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”. Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

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1. En esta Semana Santa como primera lectura leemos los cuatro cantos del Siervo de Yahvé, del profeta Isaías. Los tres primeros, del lunes al miércoles. El cuarto, en la impresionante celebración del Viernes Santo. Son cantos que nos van anunciando la figura de ese Siervo, que podría referirse al mismo pueblo de Israel, pero que, poco a poco, se va interpretando como el Mesías enviado por Dios con una misión muy concreta en medio de las naciones.
El primer canto, que escuchamos hoy, presenta al Siervo como el elegido de Dios, lleno de su Espíritu, enviado a llevar el derecho a las naciones y abrir los ojos de los ciegos y liberar a los cautivos. Se describe el estilo con el que actuará: «la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará».
Como la misión de ese Siervo no se prevé que sea fácil -y así aparecerá en los cantos siguientes- el salmo ya anticipa la clave para entender su éxito: «el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?… Cuando me asaltan los malvados, me siento tranquilo: espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».
2. La entrañable escena de Betania sucedió «seis días antes de la Pascua», en Betania, y por eso se lee precisamente hoy.
La queja de Judas sirve para señalar la intención del gesto simbólico: Jesús es consciente de que su fin se precipita, e interpreta el gesto de María como una unción anticipada que presagia su muerte y sepultura.
La muerte de Jesús ya se ve cercana. Además, sus enemigos deciden matar también a Lázaro.
3. Jesús es el Siervo verdadero. El enviado de Dios para anunciar su salvación a todos los pueblos. El Mesías que demuestra ser el Siervo entregando su propia vida por los demás.
El pasaje que hemos leído en Isaías resuena casi al pie de la letra en los relatos que los evangelistas nos hacen del bautismo de Jesús en el Jordán: también allí se oye la voz de Dios diciendo que es su siervo o su hijo querido, y aparece el Espíritu sobre él, y empieza una misión de justicia y buena noticia.
También de él se puede decir que no quebró la caña que estaba a punto de romperse, sino que se mostró siempre lleno de paciencia y tolerancia (no como Santiago y Juan, que quieren hacer llover fuego del cielo sobre el pueblo que no les recibe, o como Pedro, que saca su espada y hiere a los que detienen al Maestro). Más tarde Pedro, con un conocimiento mucho más profundo de Jesús, podrá decir que «pasó haciendo el bien» (Hch 10).
También de él se podrá decir que devolvió la vista a los ciegos y se preocupó de liberar de sus males a toda persona que encontraba sufriendo. Y de esto somos más conscientes precisamente en vísperas de celebrar el Triduo de su muerte en la Cruz y su resurrección a la nueva existencia.
Ayer celebrábamos con él su entrada en Jerusalén, con un gesto decidido de asumir sobre sus hombros el destino que nos hubiera correspondido a nosotros. El Siervo camina hacia su muerte. Con unción previa incluida. Nuestros ojos estarán fijos en él estos próximos días, llenos de admiración. Dispuestos a imitar también nosotros, en su seguimiento, sus mismas actitudes de fidelidad a Dios y de tolerante cercanía para con los demás. Dispuestos a vivir como él «entregados por».

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Lectura para reflexión:

De: JOSEPH RATZINGER
EL ROSTRO DE DIOS
SÍGUEME. SALAMANCA-1983.Págs. 82 s.

UNCIÓN PARA EL ENTERRAMIENTO
La historia de la unción en Betania parece, a primera vista, que corresponde al campo de lo anecdótico. Pero el mismo Jesús añade en el evangelio: «En verdad os digo: dondequiera que se predique el evangelio, en todo el mundo se hablará de lo que ésta ha hecho, para memoria de ella» (Mc 14,9). ¿Pero en qué radica esta afirmación que dura a través de los tiempos? El mismo Jesús nos ofrece una interpretación, cuando dice: «Lo ha hecho… anticipándose a ungir mi cuerpo para la sepultura» (Mc 14,8; cf. Jn 12,7). Así, pues, él compara lo que ocurre aquí con el embalsamamiento de los muertos, que era corriente entre los reyes y los potentados. Tal unción era una tentativa de salir al paso a la muerte: solamente en la putrefacción, en la destrucción del cuerpo, así se creía, completa la muerte su obra. Mientras queda el cuerpo, el hombre no se ha deshecho, no ha muerto totalmente. Según eso, Jesús ve en el rasgo o gesto de María la tentativa de asestar un golpe a la muerte. El reconoce ahí un esfuerzo malogrado, pero no inútil, que es esencial de todo amor: el comunicar la vida a los demás, la inmortalidad. Pero lo ocurrido en los días siguientes muestra la impotencia de tal esfuerzo humano; no existe ninguna posibilidad de proporcionarse a sí mismo la inmortalidad. Ni el poder de los ricos ni la abnegación de los que aman pueden conseguir esto. En fin de cuentas, tal tentativa de «unción» es más una conservación que una superación de la muerte. Sólo una unción es suficientemente fuerte para oponerse a la muerte, a saber, el Espíritu santo, el amor de Dios. La pascua es su victoria, en la que Jesús se muestra como el Cristo, como el «ungido» de Dios.
Sin embargo, la acción de María sigue siendo algo permanente, algo simbólico y modélico, puesto que siempre debe existir el esfuerzo para mantener vivo a Cristo en este mundo y para oponerse a los poderes que le hacen enmudecer, que pretenden matarlo.
¿Pero cómo puede ocurrir esto? Por cada acción de la fe y del amor. Una frase del evangelio puede dar, tal vez, más color a esta afirmación. Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó del aroma del aceite o perfume (12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo en los que se salvan» (2 Cor 2,15). La vieja idea pagana de que los sacrificios alimentan a los dioses con su buen olor, se halla aquí transformada en la idea de que la vida cristiana hace que el buen aroma de Cristo y la atmósfera de la verdadera vida se difunda en el mundo. Pero también hay otro punto de vista. Junto a María, la servidora de la vida, se halla en el evangelio Judas, el cual se convierte en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. Él se opone a la unción, al gesto del amor que suministra la vida. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel.
Él había acudido a Jesús con una esperanza bien determinada; según ella, le midió a él y por ella le negó. Así representa él no sólo el cálculo frente al desinterés del amor, sino también a la incapacidad de escuchar, de oír y obedecer frente a la humildad del aro que se deja conducir incluso a donde no quiere. «La casa se llenó del aroma del perfume»_¿ocurre así con nosotros?_¿Exhalamos el olor del egoísmo, que es el instrumento de la muerte, o el aroma de la vida, que procede de la fe y lleva al amor?

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Imágenes de la celebración

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25 de marzo.

Lecturas del Domingo de Ramos en la Pasión del  Señor – Ciclo B

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (50,4-7):

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza: «Acudió al Señor,
que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.» R/.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Palabra del Señor

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Homilía para el domingo de Ramos en la Pasión del Señor B

Jesús realmente carecía de diplomacia. Había tenido éxito en poner a todas las autoridades del pueblo en contra suya, llamándolos “sepulcros blanqueados”, comparándolos con los viñadores homicidas, acusándolos de impedir que la gente entrara en el reino, y recordándoles que convirtieron el Templo en una cueva de bandidos. Incluso con respecto al resto del pueblo, él no había sido más tierno, comparándolo con una higuera cubierta con hojas pero sin producir fruto. Más grave todavía, se puso del lado de los pequeños y los oprimidos.
Este año, este Domingo de Ramos, leemos la Pasión según San Marcos. Pero Marcos es un narrador muy concreto, que, como los otros evangelistas, sin duda tiene su propia visión teológica, pero que generalmente nos da los hechos en su estado original, sin interpretación.
Decía Benedicto XVI en 2012: “Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?
Los hechos son simples: Jesús es perturbador, y especialmente el mensaje que proclama es perturbador. Alrededor de su persona se desarrolla una animosidad que gradualmente se convierte en violencia, una violencia ciega, cada vez más comunicativa. En primer lugar, el hecho de algunos miembros del Sanedrín y la secta de los fariseos y de los saduceos, se extiende a todas las personas que finalmente claman con una sola voz: “Crucifícale”.
Jesús, que siempre ha rechazado el poder, no solo se niega a defenderse o a defenderse por la fuerza, sino que su Padre también parece ser impotente. El que llamamos en el Credo “todopoderoso” no pudo salvar a su hijo de la violencia y la malicia de los hombres
Jesús como su Padre, a la violencia ciega de los hombres ha opuesto el poder del amor y el perdón. Jesús ha unido fuerzas con las víctimas de la violencia en la historia de la humanidad, que siempre son derrotadas en lo inmediato por el poder de sus agresores. Pero al negarse a responder a la violencia con violencia, se aseguró la victoria definitiva con las armas del amor.
La violencia está en el corazón de cada ser humano y en el corazón de la humanidad. Es al estar del lado de las víctimas de la violencia que Jesús nos liberó del mundo en pecado, demostrando la aberración que sería la búsqueda de la liberación por la violencia y aún más cualquier esfuerzo por imponer a los demás la liberación por la violencia. Todos los caminos de la liberación están condenados al fracaso, excepto el del amor que es el elegido por Dios y su Hijo.
En esta Semana Santa pongamos nuestra vida a los pies de Cristo como un manto. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”» (PG 97, 994). Con María queremos seguirte, Jesús, nuestro Salvador. Amén.

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22 de marzo.

JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Génesis 17,3-9.

Abrám cayó con el rostro en tierra, mientras Dios le seguía diciendo: “Esta será mi alianza contigo: tú serás el padre de una multitud de naciones. Y ya no te llamarás más Abrám: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que yo te he constituido padre de una multitud de naciones. Te haré extraordinariamente fecundo: de ti suscitaré naciones, y de ti nacerán reyes. Estableceré mi alianza contigo y con tu descendencia a través de las generaciones. Mi alianza será una alianza eterna, y así yo seré tu Dios y el de tus descendientes. Yo te daré en posesión perpetua, a ti y a tus descendientes, toda la tierra de Canaán, esa tierra donde ahora resides como extranjero, y yo seré su Dios”. Después, Dios dijo a Abraham: “Tú, por tu parte, serás fiel a mi alianza; tú, y también tus descendientes, a lo largo de las generaciones.

Salmo 105,4-9.

¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro;
recuerden las maravillas que él obró, sus portentos y los juicios de su boca!
Descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra rigen sus decretos.
El se acuerda eternamente de su alianza, de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac:

Evangelio según San Juan 8,51-59.

Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás”. Los judíos le dijeron: “Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: ‘El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás’. ¿Acaso eres más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?”. Jesús respondió: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman ‘nuestro Dios’, y al que, sin embargo, no conocen. Yo lo conozco y si dijera: ‘No lo conozco’, sería, como ustedes, un mentiroso. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría”. Los judíos le dijeron: “Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?”. Jesús respondió: “Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”. Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se escondió y salió del Templo.

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1. Ayer se nombraba a Abrahán en el evangelio, porque los judíos se sentían orgullosos de ser sus hijos. Hoy de nuevo aparece en las dos lecturas -y en el salmo- como figura del Jesús que con su Pascua se dispone a agrupar en torno a sí al nuevo pueblo elegido de Dios.
Yahvé hace un pacto de alianza con Abrahán. Le cambia el nombre, con lo que eso significa de misión específica: ahora no es Abrán (hijo de un noble), sino Abrahán (padre de muchedumbres). Dios le promete descendencia numerosa, a él que es ya viejo, igual que su mujer; y le promete la tierra de Canaán, a él que no posee ni un palmo de tierra.
Por parte de Dios no hay problema. Él cumple sus promesas: «el Señor se acuerda de su alianza eternamente», como nos ha hecho repetir el salmo.
Pero Abrahán y sus descendientes tienen que guardar también su parte de la alianza, tienen que creer y seguir al único Dios. Yahvé será el Dios de Israel, e Israel, su pueblo. Abrahán sí creyó, a pesar de todas las apariencias en contra.
2. Pero los que se vanaglorian de ser descendientes de Abrahán, no quieren reconocer a Jesús como el Enviado de Dios. Toman piedras para apedrearle. No son precisamente seguidores de su padre Abrahán, el patriarca de la fe. No aceptan que en Jesús quiera sellar Dios una Nueva Alianza con la humanidad y empezar una nueva historia.
La verdad es que algo de razón tenían en «escandalizarse» de lo que decía Jesús.
¿Cómo se puede admitir que una persona diga: «quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre», «antes que naciera Abrahán existo yo»? A no ser que sea Dios: pero esto es lo que los judíos no pueden o no quieren admitir.
En el prólogo del evangelio ya decía Juan que «en el principio existía la Palabra», que es Cristo. Y que vino al mundo «y los suyos no le recibieron». Ahí ya estaba condensado lo que ahora vivimos en la proximidad de la Pascua: el rechazo a Jesús hasta llevarlo a la muerte.
3. Ayer la clave de este diálogo era la libertad, la libertad de ser hijos y no sólo dadores de culto. Nos preguntábamos si somos en verdad libres, y de qué esclavitudes tendrá que liberarnos el Resucitado en la Pascua de este año.
Hoy la clave es la vida: los que creen en Jesús, además de vivir como hijos, de ser libres, tienen vida en plenitud y «no conocerán lo que es morir para siempre». Si nuestra fe en Cristo es profunda, si no sólo sabemos cosas de él, si no sólo «creemos en él», sino que «le creemos a él» y le aceptamos como razón de ser de nuestra vida: si somos fieles como Abrahán, si estamos en comunión con Cristo, tendremos vida. Como los sarmientos que se unen a la cepa central. Como los miembros del cuerpo que permanecen unidos a su cabeza. Los que «no sabrán qué es morir» serán «los que guardan mi palabra»: no los que la oyen, sino quienes la escuchan y la meditan y la cumplen.
En vísperas de la Pascua -la fiesta de la vida para Jesús, aunque sea a través de su muerte- también nosotros sentimos la llamada a la vida. La Pascua no debe ser sólo una conmemoración histórica. Sino una sintonía sacramental y profunda con el Cristo que atraviesa la muerte hacia la vida. Así entramos en la nueva alianza del verdadero Abrahán y nos hacemos con él herederos de la vida.
Los que celebramos la Eucaristía con frecuencia oímos con gusto la promesa de Jesús: «el que come mi Cuerpo y bebe mi sangre tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día». La Eucaristía, memoria sacramental de la primera Pascua de Jesús hace más de dos mil años, es también anticipo de la Pascua eterna a la que nos está invitando.

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19 de marzo. Solemnidad de San José. Capilla San Expedito.

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Misa y celebración externa 20mo. aniversario de mi ordenación sacerdotal

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Homilía V domingo de Cuaresma B

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18 de marzo.

Lecturas del Domingo 5º de Cuaresma – Ciclo B

Primera lectura
Lectura del profeta Jeremías (31,31-34):

Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor.” Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 50

R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (5,7-9):

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando es su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Juan (12,20-33):

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra del Señor

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Homilía para el V domingo de Cuaresma B

En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. “Señor —le dijeron—, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22).
En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.
A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye el pasaje evangélico: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), así como el comentario del Evangelista: “Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.

El texto de Jeremías que hemos escuchado en la primera lectura de la Misa es uno de los más bellos de la Biblia sobre la conversión. Primero de todo él la describe no como un simple cambio de comportamiento, o como una sustitución de un “yo” por otro “yo”, sino como un cambio profundo del corazón. Y por este cambio del corazón es necesario entender no solo un corazón más puro, un corazón que desea cosas mejores, sino más bien un corazón que esté profundamente impregnado del Espíritu Santo, hasta desear todo lo que Dios mismo desea. “Pondré mi ley en lo más profundo de su ánimo; la escribiré en su corazón… Ellos no tendrán más necesidad de instruirse recíprocamente… Todos en efecto me conocerán, de los más grandes a los más pequeños”.
Se trata de una obediencia “radical” a Dios. Radical porque radical es la obediencia que parte de la raíz (radix) misma de nuestro ser. Pero ¿cómo Dios realiza este cambio? No hay otro camino que aquél que Cristo nos ha enseñado, aquél que él mismo utilizó.
La lectura de la Carta a los Hebreos nos habla de las oraciones de Jesús “con fuertes gritos y lágrimas”, agregando que aprendió la obediencia con sufrimiento (por las cosas que padeció). Todos hemos hecho la experiencia que las cosas más importantes de la vida se aprenden con sufrimientos mucho más que por una vida de estudio o acomodada. El texto también agrega que Cristo se volvió una fuente de salvación para todos aquellos que lo obedecen. Nosotros entonces estamos llamados a obedecerlo, como él mismo obedeció al Padre, con la misma obediencia radical, esto es mediante la entrega radical de todo nuestro ser en sus manos. ¿Y cómo podemos aprender la obediencia, si no como la ha hecho él mismo, esto es a través de los sufrimientos?
Por esto nos dice el Evangelio: “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo, pero si muere, produce mucho fruto. Quién ama su vida la pierde; y quien la pierde en este mundo, la conservará para la vida eterna”.
¿Cuál es el sentido de esta pequeña frase enigmática que encontramos un cierto número de veces en el Evangelio (bajo formas ligeramente diferentes): “quién ama su vida la pierde, quien pierde su vida en este mundo la salva para la vida eterna”? Salvar la propia vida significa mantenerla, agarrarse a ella por temor a la muerte: perder la vida quiere decir: dejarla ir, despegarse, aceptar morir. Lo paradójico es que aquél que teme a la muerte ya está muerto, mientras aquél que no tiene más miedo de la muerte, ya comenzó a vivir en plenitud. ¿Pero por qué alguien debería estar pronto a sufrir y a morir? ¿Esto tiene sentido? La palabra clave aquí es “compasión” (sufrir con).
Lo que Jesús quería eliminar absolutamente era el sufrimiento y la muerte: el sufrimiento del pobre y el oprimido, el sufrimiento del enfermo, el sufrimiento y la muerte de todas las víctimas de la injusticia. La única manera de destruir el sufrimiento es renunciar a todos los valores de este mundo y sufrir sus consecuencias. Sólo la aceptación del sufrimiento puede vencer en el mundo al sufrimiento (paradoja). El sufrimiento es parte de la vida, porque somos necesitados y la necesidad no satisfecha lo produce. La compasión puede destruir el sufrimiento, sufriendo con aquellos que sufren y en lugar de ellos. Una simpatía por el pobre que no estuviese lista a compartir sus sufrimientos, sería una estéril emoción. No se puede tener parte en la bendición de los pobres, sin estar listos a compartir sus sufrimientos. Se puede decir lo mismo de la muerte.
Decía en una ocasión el papa emérito Benedicto XVI: “Morir duele; morir asusta; no sólo la muerte con la cual se termina el peregrinar en esta vida; sino todas las muertes, todas las renuncias, todos los descubrimientos que lo que nos gusta está mal, que lo que nos resulta cómodo está mal, que aquello que da placer está mal y que debe ser abandonado. Obviamente no se ha de entender que todo lo que gusta, es cómodo o da placer está mal; eso sería absurdo. Hay mucho de lo que nos gusta, es cómodo o da placer que es bueno, pero otro mucho es malo. Estas últimas cosas son las que producen incomodidad, malestar, crisis cuando hay que abandonarlas por ser malas. Aquellas que están bien forman parte del plan de Dios para la realización del hombre ya en su peregrinar. Renunciar a lo que es muerte, para vivir lo que es vida es un programa exigente, pero es el mejor.”
Es precisamente esto que Jesús ha hecho por nosotros. Es esto de lo que hacemos memoria (estar presentes en esa realidad) en estas semanas. Alcanzamos en la Eucaristía la fuerza para seguir sus pasos, vamos también acompañados por María nuestra madre.

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15 de marzo.

JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Primera lectura
Lectura del libro del Éxodo (32,7-14):

EN aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
«Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».
Y el Señor añadió a Moisés:
«Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».
Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:
«¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”».
Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 105,19-20.21-22.23

R/. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo

V/. En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba. R/.

V/. Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R/.

V/. Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (5,31-47):

EN aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Palabra del Señor

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1. Esta vez es Moisés el que aparece como lazo de unión entre las dos lecturas y como figura de Cristo Jesús. Moisés intercediendo por su pueblo, y Jesús caminando a la cruz para entregar su vida por la salvación de todos.
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a Moisés distanciándose del pueblo: «se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto… Este pueblo es de dura cerviz: déjame que mi ira se encienda contra él».
Pero Moisés le da la vuelta a esta acusación, tomando la defensa de su pueblo ante Dios: «¿por qué se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto?» No es el pueblo de Moisés, sino el de Dios. Ése va a ser el primer argumento para aplacar a Yahvé. Además, le recuerda la amistad de los grandes patriarcas, para que perdone ahora a sus descendientes. También utiliza otra razón: se van a reír los egipcios si ahora el pueblo perece en el desierto.
Yahvé, además, había puesto una especie de «trampa» a Moisés: al pueblo le va a destruir, pero «de ti haré un gran pueblo». Moisés no cae en la tentación: se pone a defender al pueblo. Hoy no lo leemos, pero más adelante le dice a Dios que si no salva al pueblo, le borre también a él del libro de la vida.
El autor del Éxodo parece como si atribuyera a Moisés un corazón más bondadoso y perdonador que a Yahvé. Y concluye: «y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo».
2. Sigue el comentario de Jesús después del milagro de la piscina y de la reacción de sus enemigos.
Les echa en cara que no quieren ver lo evidente. Porque hay testimonios muy válidos a su favor: el Bautista, que le presentó como el que había de venir las obras que hace el mismo Jesús y que no pueden tener otra explicación sino que es el enviado de Dios; y también las Escrituras, y en concreto Moisés, que había anunciado la venida de un Profeta de Dios.
Pero ya se ve en todo el episodio que los judíos no están dispuestos a aceptar este testimonio: «yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis», «os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros».
Si Moisés excusaba a su pueblo, ahora no podría hacerlo con los que no creen en Jesús: les acusaría claramente.
3. a) La primera lectura nos interpela en una dirección interesante: ¿se puede decir que nosotros tomamos ante Dios la actitud de Moisés en defensa del pueblo, de esta sociedad o de esta Iglesia concreta, de nuestra comunidad, de nuestra familia o de nuestros jóvenes? ¿intercedemos con gusto en nuestra oración por nuestra generación, por pecadora que nos parezca? Recordemos esa postura de Moisés: mientras rezaba a Dios con los brazos en alto, su pueblo llevaba las de ganar en sus batallas.
En la oración universal de la Misa presentamos en presencia de Dios las carencias y los problemas de nuestro mundo. Lo deberíamos hacer con convicción y con amor. Amamos a Dios y su causa, y por eso nos duele la situación de increencia del mundo de hoy. Pero a la vez amamos a nuestros hermanos de todo el mundo y nos preocupamos de su bien. Como Moisés, que sufría por los fallos de su pueblo, pero a la vez lo defendía y se entregaba por su bien.
b) Pero todavía es más apremiante el ejemplo del mismo Jesús en su camino a la Pascua. A pesar de la oposición de las personas que acabarán llevándole a la muerte, él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final por la humanidad.
Ciertamente nosotros somos de los que sí han acogido a Jesús y han sabido interpretar justamente sus obras. Por eso creemos en él y le seguimos en nuestra vida, a pesar de nuestras debilidades. Además en el camino de esta Cuaresma reavivamos esta fe y queremos profundizar en su seguimiento, imitándole en su entrega total por el pueblo. El evangelio de Juan resume, al final, su propósito: «estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).
Se trata de aceptar a Cristo, para tener parte con él en la vida.
Por eso sentimos todos la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo el mundo.

 

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14 de marzo. Hoy es el 20º aniversario de mi ordenación sacerdotal, espero de ustedes una oración.

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Lecturas de hoy Miércoles de la 4ª semana de Cuaresma

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (49,8-15):

ESTO dice el Señor:
«En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado;
te he defendido y constituido alianza del pueblo,
para restaurar el país,
para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: “Salid”,
a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”.
Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas;
no pasarán hambre ni sed,
no les hará daño el bochorno ni el sol;
porque los conduce el compasivo
y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos,
y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos;
miradlos, del Norte y del Poniente,
y los otros de la tierra de Sin.
Exulta, cielo; alégrate, tierra;
romped a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y se compadece de los desamparados».
Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 144,8-9.13cd-14.17-18

R/. El Señor es clemente y misericordioso

V/. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

V/. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.

V/. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (5,17-30):

EN aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Palabra del Señor

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1. Este poema de Isaías, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, nos prepara para ver luego en Cristo al enviado de Dios.
Es un canto que resalta el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de sus extravíos. Un Dios que es pastor y agricultor y médico y hasta madre. Que se prepara a salvar a los suyos del destierro, a restaurar a su pueblo. Las imágenes se suceden: «decid a los cautivos: salid; a los que están en tinieblas: venid a la luz». Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezcan sequía sus campos: «los conduce el Compasivo y los guía a manantiales de agua». Todo será alegría y vida.
Y por si alguien en Israel había dudado pensando «me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado», sepa que no tiene razón. «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues yo no te olvidaré».
El salmo nos lo ha hecho repetir para que profundicemos en el mensaje: «el Señor es clemente y misericordioso… el Señor es bueno con todos, es fiel a sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer».
2. Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a curar y liberar y devolver la alegría y la luz y la fiesta.
Lo ha mostrado curando al paralítico que esperaba junto a la piscina. El pasaje de hoy es continuación del milagro que leíamos ayer y que provocó una vez más las iras de sus adversarios. Jesús aprovecha para añadir su comentario al hecho, como suele hacer siempre en el evangelio de Juan.
Jesús «obra» en nombre de Dios, su Padre. Igual que Dios da vida, Jesús ha venido a comunicar vida, a curar, a resucitar. Su voz, que es voz del Padre, será eficaz, y como ha curado al paralítico, seguirá curando a enfermos y hasta resucitando a muertos. Es una revelación cada vez más clara de su condición de enviado de Dios. Más aun, de su divinidad, como Hijo del Padre.
Los que crean en Jesús y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se van a ver excluidos. El regalo que Dios ha hecho a la humanidad en su Hijo es, a la vez, don y juicio.
3. ¿Creemos de veras que Jesús, el Enviado y el Hijo, puede curarnos y comunicarnos su vida, y hasta resucitarnos, si nos hace falta? El milagro de la curación de un paralítico, ¿lo interpretamos nada más como un signo de su poder y de su buen corazón, o vemos en él el símbolo de lo que el Señor Resucitado quiere hacernos a nosotros este año?
Jesús es el que da la vida. Prepararnos a celebrar la Pascua es decidirnos a incorporar nuestra existencia a la de Cristo y, por tanto, dejar que su Espíritu nos comunique la vida en plenitud. Si esto es así, ¿por qué seguimos lánguidos, débiles y aletargados? Si nos unimos a él, ya no estaremos enfermos espiritualmente. Más aun, también nosotros podremos «obrar» como él y comunicar a otros su vida y su esperanza, y curaremos enfermos y resucitaremos a los desanimados.
Pascua es vida y resurrección y primavera. Para Cristo y para nosotros. ¿Seremos nosotros de esos que «están en el sepulcro y oirán su voz y saldrán a una resurrección de vida»? Cristo no quiere que celebremos la Pascua sólo como una conmemoración -en una primavera como ésta Jesús de Nazaret resucitó-, sino como renovación sacramental, para cada uno y para toda la comunidad, de su acontecimiento de hace dos mil años, que no ha terminado todavía.
Dios tiene el deseo de podernos decir, como en la primera lectura a su pueblo: «en el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado». Y de liberarnos, si estamos con cadenas. Y de llevarnos a la luz, si andamos en tinieblas.
Cada vez que comulgamos en la Eucaristía deberíamos recordar gozosamente la promesa de Jesús: «el que come mi carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día; como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mi» (Jn 6,56-57).

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11 de marzo.

Lecturas del Domingo 4º de Cuaresma – Ciclo B

Primera lectura
Lectura del segundo libro de las Crónicas (36,14-16.19-23):

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»
En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:
“El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»

Palabra de Dios
Salmo
Sal 136,1-2.3.4.5.6

R/. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión.» R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,4-10):

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Palabra de Dios

Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Juan (3,14-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Palabra del Señor

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Homilía para el IV domingo de Cuaresma B

Este IV domingo de Cuaresma, tradicionalmente designado como “domingo Laetare“, está impregnado de una alegría que, en cierta medida, atenúa el clima penitencial de este tiempo santo: “Alégrate Jerusalén —dice la Iglesia en la antífona de entrada—, (…) gocen y alégrense ustedes, que por ella estaban tristes“. De esta invitación se hace eco el estribillo del salmo responsorial: “El recuerdo de ti, Señor, es nuestra alegría“. Pensar en Dios da alegría.
Surge espontáneamente la pregunta: pero ¿cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar “obstinado”, y nos envuelve con su inagotable ternura.
Las palabras de Jesús que acabamos de escuchar están tomadas de su conversación con Nicodemo. En el Evangelio de san Juan, la historia del encuentro de Jesús con Nicodemo sigue inmediatamente a la de la expulsión de los vendedores del Templo, que proclamábamos el domingo pasado. Debido a ese gesto, Jesús claramente tomó partido contra los sumos sacerdotes y los líderes religiosos que gobernaban el Templo de Jerusalén, y que pertenecían al partido de los saduceos, a quienes los fariseos se oponían constantemente, quienes negaban su legitimidad. Entonces podemos ver que había una dimensión política en el enfoque de Nicodemo. Quería poner a este joven rabino, Jesús, que comenzaba a ser popular, del lado de los fariseos, contra los saduceos. “Sabemos, dice, con cierta obsequiosidad, que eres un maestro que proviene de Dios”.
Jesús no se deja poner tan fácilmente del lado de los fariseos, para quienes la salvación debe realizarse dentro del orden establecido por la ley. Él le enseña a Nicodemo que para ser salvo es necesario nacer de nuevo, del Espíritu. Ahora, este nuevo nacimiento solo puede provenir del “Hijo del Hombre”, el único que descendió del cielo. Y es aquí donde comienza el texto del Evangelio que proclamamos recién. Obviamente, es a propósito que el Evangelista Juan usa la expresión “Hijo del Hombre”, presentando al Mesías como el prototipo de una nueva humanidad. Él enseña así que lo que puede salvar a la gente de la muerte es fijar sus ojos en el Hombre por excelencia, es decir, aspirar a la plenitud de la humanidad que brilla en la figura del Hombre-Dios, que se convertirá para todos los hombres en el punto de atracción. Sin decirlo explícitamente, Juan obviamente se refiere a la figura de Jesús en la cruz, en quien el plan de Dios para la humanidad será plenamente realizado. La cruz se ve aquí no en términos de muerte, sino de exaltación gloriosa y salvadora.
Y Juan retoma aquí un tema ya abordado en el Prólogo del Evangelio y que le es querido: la luz ha entrado en la oscuridad de la humanidad; algunos lo recibieron, otros lo rechazaron. Ahora, lo que separa de Dios o une a Dios no son doctrinas, teorías o ideas; son las obras: “Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz; no viene a la luz, para que no le sean reprobadas sus obras, sino que el que obra según la verdad sale a la luz“. Cuando Juan el Bautista envió a sus discípulos a Jesús para preguntarle si él era el Mesías, no les dio una doctrina, un programa, digamos político-moral; Él les dijo: “Vayan y díganle a Juan lo que han visto“: las obras que hago.
Dios amó tanto al mundo, le dijo Jesús a Nicodemo, que entregó a su único hijo para que todo hombre que cree en él tenga vida eterna, es decir, una vida en plenitud que nunca cesa. La única forma de juzgar el valor de las ideas y teorías religiosas, políticas, sociales o económicas es ver hasta qué punto favorecen la vida y en qué medida lleva a la muerte o siembran la muerte, incluso si lo hacen en nombre de las ideologías de tinte religioso.
Es interesante ver que la primera lectura elegida para la Misa de hoy no está tomada del Libro de los Números, donde se cuenta la historia de la serpiente de bronce, sino del segundo libro de Crónicas. El autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia.
Eso mismo nos lo ha confirmado, en la segunda lectura, el apóstol san Pablo, recordándonos que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo” (Ef 2, 45). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término “misericordia”, eleos, utiliza también la palabra “amor”, agape, recogida y amplificada ulteriormente en la bellísima afirmación que hemos escuchado en la página evangélica: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).
Decía el papa emérito en el año 2006: “Sabemos que esa “entrega” por parte del Padre tuvo un desenlace dramático: llegó hasta el sacrificio de su Hijo en la cruz. Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente, siempre, pero especialmente en este tiempo cuaresmal, la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor… Por eso, como escribí en la encíclica Deus caritas est, en la cruz “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (n. 12). ¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe”.
Pidamos que nuestras obras estén siempre en la luz, recordemos que Dios no castiga arbitrariamente, a veces ese castigo lo producimos cuando usamos mal la libertad, quebrantando la ley natural o su gracias. Pidamos ser testigos del amor de Dios, testimoniar el amor de Dios, Padre misericordioso, amor que es el verdadero secreto de la alegría cristiana, a la que nos invita este domingo, domingo Laetare. Dirigiendo la mirada a María, “Madre de la santa alegría”, pidámosle que nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe, para que, como nos exhorta la liturgia hoy, renovados en el espíritu y con corazón alegre correspondamos al amor eterno e infinito de Dios. Amén.

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4 de marzo.

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Lecturas del Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo B

Primera lectura
Lectura del libro del Éxodo (20,1-17):

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y bisnietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

Palabra de Dios
Salmo
Sal 18,8.9.10.11

R/. Señor, tú tienes palabras de vida eterna

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor
es fiel e instruye al ignorante. R/.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.

La voluntad del Señor
es pura y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.R/.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila.R/.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,22-25):

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para lo judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios

Evangelio de mañana


Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25):

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Palabra del Señor

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Homilía para el III Domingo de Cuaresma B

Cuando Jesús expulsa a los vendedores del Templo, con ovejas y bueyes, tirando el dinero de los cambistas en el suelo y volcando sus escritorios, los discípulos recuerdan la palabra de la Escritura: “El celo de tu casa me devora” (Salmo 69.10, griego). Interpretan la acción de Jesús a la luz del celo de Elías (1 Reyes 19, 10, 14. 15-18, 2 Reyes 10,1-28, Mal 3, 1ss). Ven en Jesús el Mesías que viene a consolidar las instituciones religiosas de Israel con fuerza y violencia. No entendieron nada, ni siquiera lo que Elías mismo había aprendido en su experiencia mística en el Monte Horeb: que Dios no está presente en lo que es violento (huracán, terremoto, fuego, etc.), sino en lo que es dulce y pacífico, ligera brisa.
Diciendo “no hagan un lugar de comercio la casa de mi Padre”, Jesús se coloca en otro terreno. Esta “Pascua de los Judíos”, como el evangelista Juan la llama, no sin una nota peyorativa, es muy diferente de la “Pascua del Señor” (como en Ex 12,11.48, Levítico 23, 4, Números 9: 10.14 Deuteronomio 16,1), y el Templo donde se lleva a cabo esta Pascua de los Judíos ya no es la casa de Dios. Llamando a Dios “mi Padre”, Jesús indica que la relación entre Dios y el pueblo ya no se puede formular en términos de sacrificio sangriento y por lo tanto de violencia, sino en términos de amor paterno y filial.
Para comprender la actitud aparentemente violenta e intransigente de Jesús, necesitamos reposicionar el Decálogo, que escuchamos en la primera lectura, en su verdadero contexto. Desafortunadamente, hemos aprendido los “Diez Mandamientos” como una serie de preceptos morales que debemos observar, bajo pena de pecado. Estos preceptos fueron realmente promulgados en el doloroso recuerdo de la esclavitud de Egipto y con la esperanza de establecer una sociedad diferente, sin esclavitud ni opresión, donde la igualdad de todos ante Dios sería respetada en las relaciones interpersonales. Si los primeros tres mandamientos hablan de la relación con Dios, los otros siete hablan de las relaciones entre las personas dentro de la comunidad. Por eso la tradición teológica ve los 10 Mandamientos como la expresión de la ley natural. La razón del ser humano puede entender “racionalidad” (valga la redundancia) de los mandamientos y la utilidad de su observancia.
En el tiempo de Jesús, en el universo religioso de Israel, se notó la dominación y explotación de los pobres por parte de la clase dominante. En particular, la “Pascua de los judíos” fue una oportunidad para explotar a los pobres, que tenían que proporcionar la cantidad debida al Templo. Es por eso que Jesús abordó sus reproches, especialmente a los vendedores de palomas, que eran los que explotaban a los más pobres, que no podían comprar nada más. Y tira las monedas, monedas sin grabados, que podían usarse en el Templo.
La ira de Jesús está dirigida contra cualquier uso del sentimiento religioso para explotar a los pequeños y a los pobres. Toda apelación a Dios, ya sea que se llame a Allah o al Dios de los cristianos, para justificar la violencia y la guerra es un crimen contra la humanidad, la humanidad de los pequeños, que son siempre sus primeras víctimas y la humanidad de él, quien eligió convertirse en uno de nosotros.
Decía el papa emérito el 11 de marzo de 2012: “El Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma refiere, en la redacción de san Juan, el célebre episodio en el que Jesús expulsa del templo de Jerusalén a los vendedores de animales y a los cambistas (cf. Jn 2, 13-25). El hecho, recogido por todos los evangelistas, tuvo lugar en la proximidad de la fiesta de la Pascua y suscitó gran impresión tanto entre la multitud como entre sus discípulos. ¿Cómo debemos interpretar este gesto de Jesús? En primer lugar, hay que señalar que no provocó ninguna represión de los guardianes del orden público, porque lo vieron como una típica acción profética: de hecho, los profetas, en nombre de Dios, con frecuencia denunciaban los abusos, y a veces lo hacían con gestos simbólicos. El problema, en todo caso, era su autoridad. Por eso los judíos le preguntaron a Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (Jn 2, 18); demuéstranos que actúas verdaderamente en nombre de Dios. La expulsión de los mercaderes del templo también se ha interpretado en sentido político revolucionario, colocando a Jesús en la línea del movimiento de los zelotes. Estos, de hecho, eran «celosos» de la ley de Dios y estaban dispuestos a usar la violencia para hacer que se cumpliera. En tiempos de Jesús esperaban a un mesías que liberase a Israel del dominio de los romanos. Pero Jesús decepcionó estas expectativas, por lo que algunos discípulos lo abandonaron, y Judas Iscariote incluso lo traicionó. En realidad, es imposible interpretar a Jesús como violento: la violencia es contraria al reino de Dios, es un instrumento del anticristo. La violencia nunca sirve a la humanidad, más aún, la deshumaniza. Escuchemos entonces las palabras que Jesús dijo al realizar ese gesto: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2, 16). Sus discípulos se acordaron entonces de lo que está escrito en un Salmo: «El celo de tu casa me devora» (69, 10). Este Salmo es una invocación de ayuda en una situación de extremo peligro a causa del odio de los enemigos: la situación que Jesús vivirá en su pasión. El celo por el Padre y por su casa lo llevará hasta la cruz: el suyo es el celo del amor que paga en carne propia, no el que querría servir a Dios mediante la violencia. De hecho, el «signo» que Jesús dará como prueba de su autoridad será precisamente su muerte y resurrección. «Destruid este templo —dijo—, y en tres días lo levantaré». Y san Juan observa: «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 19. 21). Con la Pascua de Jesús se inicia un nuevo culto, el culto del amor, y un nuevo templo que es él mismo, Cristo resucitado, por el cual cada creyente puede adorar a Dios Padre «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23).”
Al final del evangelio hay algo que tenemos que tener en cuenta: “Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre”. ¿Puede fiarse de nosotros Jesús, que somos creyentes? ¿Entendemos sus gestos, sus palabras, vivimos en el amor y la paz, aun cuando tenemos que corregir y a veces defendernos? Que María nuestra Madre nos enseñe a entender el abismo de amor y entrega de su hijo Jesús por nosotros.

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